10 y 11

CAPÍTULO 10
Tessa
El camino de vuelta al coche después de yoga se me hace más largo que de
costumbre. La expulsión de Hardin y el traslado a Seattle se me han olvidado
durante la meditación, pero ahora, lejos de la clase, vuelvo a cargar con ese peso
en las espaldas, multiplicado por diez.
En cuanto salgo de la plaza de aparcamiento el móvil vibra en el asiento del
acompañante. « Hardin.»
—¿Diga? —Cambio de marcha.
Pero es una voz de mujer la que ladra al otro lado, y se me para el corazón.
—¿Eres Tessa?
—¿Sí?
—Vale. Tengo a tu padre y a…
—Su novio —gruñe Hardin de fondo.
—Sí, a tu novio —dice con socarronería—. Necesito que vengas a recogerlos
antes de que alguien llame a la policía.
—¿A la policía? ¿Dónde están? —Vuelvo a cambiar de marcha.
—En Dizzy’s, en la avenida Lamar; ¿conoces el sitio?
—No, pero lo buscaré en Google.
—Ya, claro.
Paso de su actitud. Cuelgo y busco la dirección del bar.
« ¿Qué demonios hacen Hardin y mi padre en un bar a las tres de la tarde? Y
¿cómo es que están juntos?»
No tiene sentido. Y ¿qué pinta la policía en todo esto? ¿Qué han hecho?
Debería habérselo preguntado a la mujer del teléfono. Sólo espero que no se
hayan peleado el uno con el otro. Es lo último que necesitamos.
Para cuando me acerco al bar, me he puesto en lo peor y he llegado a la
conclusión de que Hardin ha asesinado a mi padre o viceversa. No hay policías
en la puerta del pequeño bar, buena señal. Supongo. Aparco directamente delante
del edificio y me apresuro a entrar. Desearía llevar una sudadera y no una
mísera camiseta.
—¡Ahí está! —exclama mi padre visiblemente contento.
Se tambalea hacia mí. Va pedo.
—¡Deberías haberlo visto, Tessie! —Aplaude—. ¡Hardin sabe patear un culo!
—¿Dónde está…? —empiezo a decir, pero entonces se abre la puerta del
servicio y sale Hardin, limpiándose las manos ensangrentadas en una toalla de
papel manchada de rojo.
—¡¿Qué ha pasado?! —le grito desde la otra punta del bar.
—Nada… Tranquilízate.
Abro una boca de palmo y me acerco a él.
—¿Estás borracho? —pregunto, y me aproximo más para mirarlo bien a los
ojos: los tiene rojos.
Desvía la mirada.
—Puede.
—¡Esto es increíble! —Cruzo los brazos cuando intenta cogerme de la mano.
—Oye, deberías darme las gracias por haber cuidado de tu padre. Ahora
mismo estaría rodando por el suelo de no haber sido por mí. —Señala a un
hombre que está sentado en el suelo sujetándose una bolsa de hielo contra la
mejilla.
—No tengo que agradecerte nada, ¡estás borracho a media tarde! Y te has
emborrachado nada menos que con mi padre. Pero ¿a ti qué coño te pasa?
Me aparto de él de dos zancadas y vuelvo a la barra, donde mi padre espera
sentado.
—No te enfades con él, Tessie, te quiere —lo defiende mi padre.
« Pero ¿qué demonios pasa aquí?»
Hardin se acerca, cierro los puños, bajo los brazos y grito:
—¡¿Qué pasa? ¿Os habéis puesto pedo juntos y ahora sois amigos del alma?!
¡Ninguno de los dos debería beber!
—Nena… —me dice Hardin al oído intentando rodearme con el brazo.
—Oye —avisa la mujer que hay detrás de la barra mientras la golpea para
llamar mi atención—. Sácalos de aquí.
Asiento y les lanzo miradas asesinas a los dos borrachos idiotas que me han
tocado en suerte. Mi padre tiene las mejillas sonrosadas, como si le hubieran
pegado, y a Hardin ya se le están hinchando las manos.
—Puedes venir a casa a dormir la mona, pero este comportamiento es
inaceptable. —Quiero echarles la bronca a los dos por comportarse como unos
críos—. Debería daros vergüenza.
Salgo del pequeño y pestilente lugar y estoy en el coche antes de que ellos
hayan conseguido llegar a la puerta. Hardin mira mal a mi padre cuando el
hombre intenta apoyarse en su hombro. Me meto en el coche asqueada.
La embriaguez de Hardin me pone de los nervios, sé cómo se pone cuando
está borracho y no sé si lo he visto alguna vez tan bebido, ni siquiera el día que
destrozó la porcelana de casa de su padre. Añoro los días en los que sólo bebía
agua en las fiestas. Tenemos bastantes problemas entre manos, y que vuelva a
beber no hace más que echar leña al fuego.
Por lo visto, mi padre ha pasado de ser un borracho con muy mala leche a ser
uno de esos borrachos que cuentan chistes interminables de mal gusto y sin
ninguna gracia. Se pasa el trayecto a casa riéndose a carcajadas de sus propias
palabras, con Hardin uniéndose a la fiesta de vez en cuando. No me imaginaba
que el día fuera a ser así. No sé cómo es que Hardin se ha encariñado con él,
pero ahora que los veo a los dos borrachos a plena luz del día, su « amistad» no
me gusta un pelo.
Cuando llegamos a casa dejo a mi padre en la cocina, comiéndose los
cereales de Hardin, y me voy al dormitorio, donde parece que empiezan y
acaban todas nuestras discusiones.
—Tessa —empieza a decir Hardin en cuanto cierro la puerta.
—No me hables —le digo con frialdad.
—No te enfades conmigo, sólo estábamos echando un trago —dice en tono
juguetón. No estoy de humor.
—¿Sólo un trago? ¿Con mi padre, un alcohólico con el que estoy intentando
construir una relación, al que quería tratar de convencer de que dejara la bebida?
¿Es con ese hombre con el que sólo te estabas tomando un trago?
—Nena…
Niego con la cabeza.
—Nada de « nena» . Me parece fatal.
—No ha pasado nada —me dice enroscando los dedos en mi brazo para
atraerme hacia sí pero, cuando lo aparto, trastabilla y cae sobre la cama.
—Hardin, ¡te has metido en una pelea otra vez!
—No ha sido gran cosa. ¿A quién le importa?
—Amí. Me importa a mí.
Me mira desde el borde de la cama, con los ojos verdes veteados de rojo, y
dice:
—Si tanto te importo, ¿por qué vas a dejarme?
El alma se me cae un poquito más a los pies, y a toca el suelo.
—No voy a dejarte, te he pedido que te vengas conmigo —suspiro.
—Pero no quiero —gimotea.
—Ya lo sé pero, sin contarte a ti, es lo único que me queda.
—Me casaré contigo. —Busca mi mano, pero retrocedo.
Se me corta la respiración. Estoy segura de que no lo he oído bien.
—¿Cómo dices?
Levanto las manos para que no se me acerque más.
—He dicho que me casaré contigo si me eliges a mí. —Se pone en pie y se
me acerca.
Sus palabras me excitan, aunque en el fondo sé que no significan nada por
todo el alcohol que fluy e por sus venas.
—Estás borracho —le digo.
Sólo se ofrece a casarse conmigo porque está borracho, lo que es mucho peor
que no ofrecerse en absoluto.
—¿Y qué? Aun así, va en serio.
—No, no va en serio. —Niego con la cabeza y lo esquivo otra vez.
—Sí, va en serio. Ahora no, claro está… ¿Qué tal dentro de cinco o seis años?
—Se rasca la frente con el pulgar, pensativo.
Pongo los ojos en blanco. A pesar de que se me acelera el pulso, este último
detalle, la puntilla de que se ofrezca a casarse conmigo dentro de « cinco o seis
años» me demuestra que, a pesar de que intenta convencerme de lo contrario en
su embriaguez, la realidad vuelve a asentarse en su cabeza.
—Mañana me lo cuentas —le digo a sabiendas de que no se acordará.
—¿Llevarás esos pantalones? —Sus labios dibujan una sonrisa traviesa.
—No, y no empieces a hablar de los puñeteros pantalones.
—Tú eres quien se los pone. Sabes muy bien lo que pienso de ellos. —Se mira
la entrepierna, luego se la señala y me observa con las cejas enarcadas.
Juguetón, tentador, borracho… Hardin es adorable, pero no lo bastante como
para conseguir que dé mi brazo a torcer.
—Ven aquí —me suplica fingiendo hacer pucheros.
—No. Sigo enfadada contigo.
—Venga, Tessie. No te enfades. —Se echa a reír y se frota los ojos con el
dorso de la mano.
—Si cualquiera de los dos vuelve a llamarme así, te juro que…
—Tessie, ¿qué te pasa, Tessie? ¿No te gusta que te llamen Tessie, Tessie?
Sonríe de oreja a oreja y siento que, cuanto más lo miro, más me flaquean
las fuerzas.
—¿No vas a dejar que te quite los pantalones?
—No. Tengo muchas cosas que hacer, y que me quites los pantalones no está
entre ellas. Te diría que te vinieras, pero has decidido coger la gran borrachera
con mi padre, así que ahora tengo que ir sola.
—¿Vas a salir? —Su voz es aterciopelada pero ronca, grave por el alcohol.
—Sí.
—Pero no vas a ir así vestida.
—Sí, voy a ir así. Puedo vestirme como me dé la real gana. —Cojo una
sudadera y las llaves de Hardin, por si intenta conducir—. Volveré luego, no
hagas ninguna tontería porque no pienso sacaros ni a ti ni a mi padre de la cárcel.
—Qué atrevida. Me gusta, pero se me ocurren otras cosas para hacer con esa
boca tan insolente que tienes. —Cuando paso de su comentario soez, me suplica
—: Quédate aquí conmigo.
Salgo rápidamente de la habitación antes de que me convenza para que me
quede. Lo oigo llamarme « Tessie» cuando llego a la puerta de entrada y tengo
que taparme la boca para disimular la carcajada que se me escapa. Ése es mi
problema: cuando se trata de Hardin, mi cerebro no distingue el bien del mal.
CAPÍTULO 11
Tessa
Para cuando llego al coche, desearía haberme quedado en el dormitorio con el
Hardin juguetón.
Sin embargo, tengo demasiadas cosas que hacer. Tengo que devolverle la
llamada a la mujer del apartamento de Seattle, comprar un par de cosas para el
viaje con la familia de Hardin y, lo más importante de todo, aclararme sobre
Seattle. Que Hardin se haya ofrecido a casarse conmigo me ha conmovido de
verdad, pero sé que no quiere casarse mañana mismo. Estoy intentando
desesperadamente no darle más vueltas a lo que ha dicho para no dejar que me
haga cambiar de opinión, pero me resulta mucho más duro de lo que imaginaba.
« Me casaré contigo si me eliges a mí.»
Me ha sorprendido. La verdad es que me ha dejado de piedra. Parecía muy
tranquilo, con un tono de voz neutro, como si estuviera anunciando lo que íbamos
a cenar. Aunque empiezo a conocerlo bien: sé que comienza a desesperarse. El
alcohol y la desesperación por evitar que me mude a Seattle son las únicas
razones por las que me ha pedido la mano. Aun así, no puedo dejar de
repetírmelo mentalmente. Ya, ya sé que es patético pero, para ser sincera, esa
mezcla de esperanza y de conocerlo bien es mucho mejor que como me siento
ahora mismo.
Para cuando llego a Target, aún no he llamado a Sandra (creo que ése era su
nombre) para hablar del apartamento. Por las fotos que he visto en la web,
parece un buen sitio. No es tan grande como nuestro apartamento actual, pero
está bastante bien y puedo pagarlo yo sola. No tiene estanterías en lugar de
paredes ni el ladrillo visto que tanto me gusta, pero servirá.
Estoy lista para esto, para Seattle. Estoy lista para dar un paso hacia mi
futuro. Llevo esperando esto desde que tengo uso de razón.
Recorro la tienda mientras sueño despierta con Seattle y con mi situación, y
de repente me doy cuenta de que tengo la cesta llena de cosas que no necesito.
Pastillas para el lavavajillas, pasta de dientes, un recogedor nuevo… ¿Para qué
voy a comprar todo esto si estoy a punto de mudarme? Dejo el recogedor en su
sitio, junto con unos calcetines de colores que no sé por qué los he cogido. Si
Hardin no se viene conmigo, tendré que empezar de cero y comprar platos
nuevos y todo lo demás. Es un alivio que el apartamento esté amueblado, porque
eso elimina al menos doce cosas de mi lista de tareas.
Después de Target no sé muy bien qué hacer. No quiero volver al
apartamento con Hardin y mi padre, pero tampoco tengo otro sitio adonde ir. Voy
a pasar tres días con Landon, Ken y Karen, así que no me apetece ir a su casa a
molestarlos. Necesito amigos con urgencia. Al menos, uno. Podría llamar a
Kimberly, pero estará ocupada con su mudanza. Es una chica con suerte. Sé que
es la empresa de Christian la que la lleva a Seattle pero, por el modo en que la
mira, la seguiría al fin del mundo.
Mientras busco en el móvil el número de Sandra, casi marco por accidente el
de Steph.
Me pregunto qué estará haciendo. A Hardin le daría un ataque si la llamo para
salir un rato. Claro que tampoco está en posición de decirme lo que debo hacer
después de haberse emborrachado y haberse metido en una pelea en mitad del
día.
Decido llamarla. Y lo coge enseguida.
—¡Tessa! ¿Qué haces, chica? —dice muy alto, intentando que se la oiga entre
el barullo.
—Nada, estoy sentada en el aparcamiento de Target.
—Menuda juerga, ¿eh? —Se ríe.
—La verdad es que no. Y ¿tú qué haces?
—Nada, voy a comer con alguien.
—Ah, vale. Oye, llámame cuando acabes —le digo.
—Puedes venir a comer con nosotros, hemos quedado en el Applebee’s que
hay a la salida del campus.
El Applebee’s me recuerda a Zed, pero la comida estaba deliciosa y no he
tomado nada en todo el día.
—Vale, ¿seguro que no te importa? —pregunto.
Oigo una puerta que se cierra de fondo.
—¡Seguro! Trae tu culo aquí. Llegaremos en quince minutos.
Llamo a Sandra de vuelta al campus y le dejo un mensaje en el buzón de voz.
No puedo ignorar el alivio que siento cuando, en vez de responderme una persona
de carne y hueso, salta el buzón de voz, pero no sé muy bien por qué me siento
así.
Para cuando llego, en el Applebee’s no cabe un alfiler, y no veo el pelo rojo
de Steph por ningún lado, así que le doy mi nombre a la camarera.
—¿Cuántos van a ser? —Me pregunta amablemente.
—Tres, creo. —Steph ha dicho que había quedado con alguien, supongo que
se refería a una sola persona.
—Muy bien, tengo un reservado libre. Puede sentarse allí si quiere. —La
chica sonríe y coge cuatro menús del estante que tiene detrás.
La sigo al reservado que está al fondo del restaurante y espero a que llegue
Steph. Miro el móvil por si hay noticias de Hardin, pero nada. Seguro que está
durmiendo la mona. Cuando levanto la vista, la adrenalina se me dispara al ver
una cabeza rosa chillón.

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