101-102
CAPÍTULO 101
Tessa
La mañana llega enseguida y, cuando me despierto, estoy sola en la cama. El
lado vacío del colchón aún conserva la huella del cuerpo de Hardin, así que
seguramente hace poco que se ha levantado.
En ese momento, entra en la habitación con una taza de café en la mano.
—Buenos días —me dice cuando se da cuenta de que estoy despierta.
—Hola.
Tengo la garganta cerrada y seca. Me tenso al recordar a Hardin entrando y
saliendo de mi boca con furiosas embestidas.
—¿Te encuentras bien?
Deja la taza de café humeante sobre la cómoda y se acerca a la cama. Se
sienta a mi lado, en el borde del colchón.
—Cuéntame —añade con calma cuando ve que tardo en responder.
—Sí, sólo dolorida.
Estiro los brazos y las piernas. Sí…, estoy dolorida.
—¿Adónde has ido?
—He ido a por café, y tenía que llamar a Landon para decirle que no volveré
hoy —me cuenta—. Eso si todavía quieres que me quede.
—Quiero —asiento—. Pero ¿por qué se lo tienes que decir a Landon?
Hardin se pasa una mano por el pelo y sus ojos se concentran en interpretar
la expresión de mi cara. Siento que hay algo que se me escapa.
—Cuéntame —digo usando sus mismas palabras.
—Está haciendo de canguro de tu padre.
—¿Por qué?
« ¿Por qué iba a necesitar mi padre un canguro?»
—Tu padre está intentando permanecer sobrio, por eso. Y no soy tan estúpido
como para dejarlo solo en ese apartamento.
—Tienes alcohol allí, ¿verdad?
—No, lo tiré. Dejemos el tema, ¿vale? —Su tono y a no es amable, es
insistente y está claramente al límite.
—No voy a dejar el tema. ¿Hay algo que deba saber? Porque vuelvo a
sentirme como si me quedara fuera de alguna cosa.
Cruzo los brazos sobre el pecho y él inspira profunda y dramáticamente,
cerrando los ojos mientras lo hace.
—Sí, hay algo que no sabes, pero te suplico que, por favor, confíes en mí,
¿vale?
—¿Es malo? —pregunto aterrorizada por las posibilidades.
—Confía en mí, ¿de acuerdo?
—¿Que confíe en ti para hacer qué?
—Que confíes en que voy a encargarme de esta mierda para que, cuando te
cuente lo que ha pasado, y a ni siquiera importe. Ya bastante tienes encima ahora;
por favor, confía en mí para resolver esto. Déjame hacerlo por ti y olvídalo —
me insta.
La paranoia y el pánico que suelen acompañar a este tipo de situaciones
palpitan en mi interior, y estoy a punto de quitarle el móvil a Hardin y llamar a
Landon yo misma. Su mirada, sin embargo, me detiene. Me está pidiendo que
confíe en él, que confíe en que solucionará lo que sea que esté pasando y, para
ser sincera, por mucho que quiera saber de qué se trata, no creo que pudiera
asumir ni un solo problema más de los que ya tengo ahora mismo.
—Vale —suspiro.
Frunce el ceño y ladea la cabeza. Está alucinado de lo fácil que ha sido
convencerme para que no me meta, estoy segura.
—Sí. Haré todo lo que pueda para no preocuparme por lo que pasa con mi
padre si me prometes que es mejor para mí no saberlo.
—Lo prometo. —Asiente.
Lo creo, más o menos.
—Vale. —Ultimo el acuerdo con esa palabra y hago cuanto está en mi mano
para quitarme de la cabeza la necesidad obsesiva que tengo de saber qué está
pasando. Necesito confiarle esto a Hardin. Necesito confiarle la decisión que he
tomado. Si no soy capaz de confiarle esto, ¿cómo voy a pensar en un futuro
común?
Suspiro, y Hardin sonríe al ver que consiento.
CAPÍTULO 102
Tessa
—Parece que voy a pasarme todo el día escribiendo notas de agradecimiento
para los invitados que anoche hicieron que la inauguración del club fuera todo un
éxito —dice Kimberly con una sonrisa irónica mientras me saluda agitando un
sobre en el aire cuando entro en la cocina—. ¿Qué tienes pensado hacer hoy?
Echo una ojeada al montón de tarjetas que ya ha escrito y a la pila en la que
sigue trabajando y me pregunto cuánto habrá invertido Christian en sus negocios
si toda esa gente a la que están escribiendo son algún tipo de « socios» . Sólo el
tamaño de esta casa debe de significar que tiene más empresas en marcha
además de la editorial y un club de jazz.
—No lo sé. Cuando Hardin salga de la ducha, veremos —le digo, y dejo un
montón de sobres nuevos sobre la encimera de granito.
He tenido que obligar a Hardin a entrar en el baño y a darse una ducha solo,
seguía enfadado por no haberlo dejado entrar mientras yo me daba la mía. Por
muchas veces que he intentado explicarle lo incómodo que sería si los Vance
supieran que nos estamos duchando juntos en su casa, él insistía en mirarme raro
y responder que hemos hecho cosas mucho peores en su casa que ducharnos
juntos en las pasadas doce horas.
He aguantado el tipo a pesar de sus súplicas. Lo que sucedió en el gimnasio
fue lujuria pura y sin premeditación alguna. Y no pasa nada porque hiciéramos
el amor en mi cuarto porque de momento es mi habitación y soy una adulta que
mantiene relaciones sexuales consentidas con mi…, con lo que quiera que sea
Hardin mío ahora mismo. Sin embargo, lo de la ducha lo siento de otra forma.
Con lo cabezota que es Hardin, seguía sin estar de acuerdo, por lo que he
acabado pidiéndole que me trajera un vaso de agua de la cocina. He hecho
pucheros y ha picado. En cuanto se ha ido de la habitación he corrido por el
pasillo hasta el baño, he cerrado la puerta con pestillo al entrar y lo he ignorado
cuando ha empezado a pedirme enfadado que lo dejara entrar.
—Tendrías que pedirle que te lleve a hacer turismo —me dice Kimberly—.
Tal vez sumergiros en la cultura de la ciudad lo ay ude a decidirse a venir a vivir
aquí contigo.
En estos momentos no quiero enfrentarme a semejante conversación.
—Pues… Sasha me pareció simpática —le digo en un intento no muy
encubierto de desviar la conversación de mis problemas de pareja.
—¿Sasha? ¿Simpática? Tampoco tanto —dice Kimberly con un resoplido.
—Sabe que Max está casado, ¿verdad?
—Claro que lo sabe. —Se humedece los labios—. Y ¿acaso le importa? No,
en absoluto. Le gusta su dinero y las joyas caras que recibe al verse con él. No
podrían importarle menos su mujer y su hija.
El tono de desaprobación de Kim es duro, y me alivia saber que estamos de
acuerdo en este asunto.
—Max es un capullo, pero me sigue sorprendiendo que tenga el valor de
llevarla a donde puedan verlo con ella. O sea, ¡¿es que le da igual si Denise o
Lillian se enteran?!
—Sospecho que Denise ya lo sabe. Con un tío como Max, habrá habido
muchas otras Sashas a lo largo de los años, y la pobre Lillian ya desprecia a su
padre, así que dudo que el hecho de saberlo cambie nada.
—Es tan triste… Están casados desde la universidad, ¿no?
No sé cuánto sabe Kimberly de Max y su familia, pero dada la forma en la
que habla, creo que no es poco.
—Se casaron justo al terminar, fue un escándalo de miedo.
Los ojos de Kimberly se iluminan por el ansia de contarles a mis ignorantes
oídos una historia tan suculenta.
—Al parecer, a Max le habían concertado matrimonio con otra, una mujer
cuya familia era amiga de la suya. Era básicamente un acuerdo de negocios. El
padre de Max viene de una familia adinerada, creo que ésa es en parte la razón
por la que Max es tan gilipollas. A Denise se le partió el corazón cuando él le
contó sus planes para casarse con otra mujer.
Kimberly habla como si ella hubiera estado presente de verdad cuando
sucedió y no como si fuera un cotilleo. Sin embargo, tal vez sea así como son
siempre los cotilleos.
Bebe un trago de agua antes de continuar.
—El caso es que, tras la graduación, Max se rebeló contra su padre y dejó a
la mujer literalmente plantada en el altar. El mismo día de la boda, apareció en
casa de Trish y Ken con su esmoquin y esperó en la puerta hasta que Denise
salió. Aquella misma noche, los cinco sobornaron a un sacerdote con una botella
de whisky de marca y el poco dinero que llevaban en los bolsillos. Denise y Max
se casaron justo antes de la medianoche, y ella se quedó embarazada de Lillian
semanas más tarde.
Ami mente le cuesta imaginarse a Max como un joven enamorado corriendo
por las calles de Londres en esmoquin buscando a la mujer que amaba. La
misma mujer a la que ahora traiciona una vez tras otra llevándose a la cama a
tías como Sasha.
—No pretendo entrometerme, pero la… de Christian… —no sé cómo
llamarla—, quiero decir, la madre de Smith, ¿estaba…?
Con una sonrisa comprensiva, Kimberly acaba con mi absurdo tartamudeo.
—Rose apareció años más tarde. Christian siempre fue el quinto mosquetero
entre las dos parejas. Una vez él y Ken dejaron de hablarse y Christian volvió a
Estados Unidos…, entonces fue cuando conoció a Rose.
—¿Cuánto tiempo estuvieron casados?
Miro a Kimberly buscando alguna señal de incomodidad. No quiero
entrometerme, pero no puedo evitar sentirme fascinada por la historia de este
grupo de amigos. Espero que Kimberly me conozca lo bastante bien como para
no sorprenderse de la cantidad de preguntas que estoy deseando hacer.
—Sólo dos años. Llevaban saliendo no más que unos meses cuando ella se
puso enferma. —Se le rompe la voz y traga saliva, con los ojos llenos de
lágrimas—. Se casó con ella de todas formas…, la llevó al altar… Su padre, en
silla de ruedas…, insistió en hacerlo. A medio camino del altar, Christian se
acercó y acabó de llevarla él mismo.
Kimberly rompe a llorar y yo me seco las lágrimas que caen de mis ojos.
—Lo siento —dice con una sonrisa—. Hacía mucho tiempo que no contaba
esta historia, ¡y me emociona tanto!
Se inclina sobre la encimera para coger un puñado de pañuelos de papel de
una caja y me tiende uno.
—El simple hecho de pensar en ello me demuestra que, tras esa insolencia y
esa mente brillante, hay un hombre increíblemente cariñoso.
Me mira y luego mira de nuevo los montones de sobres.
—Mierda, ¡he mojado las tarjetas con las lágrimas! —exclama, y se repone
rápidamente.
Me gustaría preguntarle más cosas sobre Rose y Smith, Ken y Trish en su
época universitaria, pero no deseo forzarla.
—Quería a Rose y ella lo curó, incluso cuando se estaba muriendo. Él sólo
había amado a una mujer en toda su vida y ella consiguió romper esa barrera.
La historia, por bonita que sea, no hace sino confundirme más. ¿Quién era
esta mujer a la que Christian amó? Y ¿por qué necesitó curarse después?
Kimberly se suena la nariz y levanta la vista. Yo vuelvo la cabeza hacia la
puerta, donde Hardin nos mira raro a Kimberly y a mí, tratando de entender la
escena que se desarrolla en la cocina.
—Bueno, es obvio que llego en mal momento —dice.
No puedo evitar sonreír pensando en la pinta que debemos de tener, llorando
sin motivo aparente, con dos enormes montones de sobres frente a nosotras sobre
la encimera.
Hardin tiene el pelo húmedo de la ducha y está recién afeitado. Está
guapísimo con una camiseta negra lisa y unos vaqueros. En los pies no lleva nada
más que los calcetines y su expresión es de recelo cuando me hace señas para
que me acerque.
—¿Os esperamos para cenar esta noche? —pregunta Kimberly mientras
cruzo la habitación para ir junto a él.
—Sí —digo.
—No —responde Hardin al mismo tiempo.
Kim se ríe y sacude la cabeza.
—Bueno, mandadme un mensaje cuando os pongáis de acuerdo.
Minutos más tarde, cuando Hardin y y o llegamos a la puerta principal, Christian
aparece de repente de una habitación cercana con una gran sonrisa.
—Fuera hace un frío que pela. ¿Dónde está tu abrigo, jovencito?
—Primero, no necesito un abrigo. Segundo, no me llames jovencito —replica
Hardin poniendo los ojos en blanco.
Christian saca un abrigo gordo azul marino del armario que hay junto a la
puerta.
—Toma, póntelo. Es como una maldita estufa por dentro y por fuera.
—Ni hablar —se mofa Hardin, y yo no puedo evitar reírme.
—No seas idiota, fuera estamos a siete bajo cero. Puede que tu dama te
necesite para no pasar frío.
Christian lo pica y Hardin evalúa mi jersey morado grueso, mi abrigo
morado y mi gorro también morado, del que no ha dejado de burlarse desde que
me lo he puesto. Me puse eso mismo la noche que me llevó a patinar sobre hielo
y aquel día hizo igual. Hay cosas que nunca cambian.
—Vale —gruñe Hardin, y mete sus largos brazos en las mangas del abrigo.
No me sorprende comprobar que no le queda mal, incluso los grandes
botones de color bronce que lleva la chaqueta en la parte delantera adquieren un
toque masculino al mezclarse con el estilo simple de Hardin. Sus nuevos
vaqueros, que cada vez me gustan más, y su camiseta negra lisa, sus botas negras
y ahora el abrigo hacen que parezca recién sacado de las páginas de alguna
revista. Es injusto que esté perfecto sin hacer el más mínimo esfuerzo.
—¿Qué miras tanto? —me suelta.
Doy un saltito al oírlo. A cambio, recibo una sonrisa y una mano caliente
coge la mía.
Justo en ese momento, Kimberly corre por el pasillo hasta el recibidor,
seguida de Smith gritando:
—¡Esperad! Smith quiere pediros algo.
Baja la cabeza para mirar a su futuro hijastro con una sonrisa afectuosa.
—Adelante, cariño.
El niño rubio mira directamente a Hardin.
—¿Podemos hacerte una foto para lo de mi cole?
—¿Qué?
Hardin palidece un poco y me mira. Sé lo que siente respecto a que le hagan
fotos.
—Es una especie de collage que está haciendo. Dice que también quiere una
foto tuy a —le explica Kimberly a Hardin, y yo lo miro suplicándole para que no
le niegue eso a un niño que claramente lo idolatra.
—Hum…, claro —dice al final. Gira sobre los talones y mira a Smith—.
¿Tessa también puede salir en la foto?
—Supongo —contesta el crío encogiéndose de hombros.
Le sonrío pero no parece darse cuenta. Hardin me mira como diciendo « Le
gusto más que tú y ni siquiera tengo que intentarlo» , y y o le doy un discreto
codazo mientras nos dirigimos al salón. Me quito el gorro y uso la goma que llevo
en la muñeca para recogerme el pelo para la foto. La belleza de Hardin es tan
poco forzada y natural que lo único que tiene que hacer para estar perfecto es
quedarse de pie con el ceño fruncido por lo incómodo de la situación.
—La haré rápido —dice Kimberly.
Hardin se acerca más a mí y me rodea la cintura con un brazo perezoso.
Dibujo mi mejor sonrisa mientras él intenta sonreír sin enseñar los dientes. Le
doy un empujoncito y su sonrisa aparece justo a tiempo para que Kimberly haga
la foto.
—Gracias —dice, y veo que está satisfecha de verdad.
—Vamos —me apremia Hardin, y yo asiento y le digo adiós con la mano a
Smith antes de seguirlo por el pasillo hasta la puerta principal.
—Ha sido muy amable por tu parte —comento.
—Lo que tú digas.
Sonríe y cubre mi boca con la suya. Entonces oigo el suave clic de una
cámara y me aparto de él para ver a Kimberly de nuevo con la cámara en las
manos. Hardin gira la cara para esconderla en mi pelo y ella hace otra foto.
—Basta ya —gruñe, y me arrastra hacia fuera de la casa—. Pero ¿qué le
pasa a esta familia con los vídeos y las fotos? —murmura, y cierra la puerta de
golpe tras de mí.
—¿Vídeos? —inquiero.
—Da igual.
El aire frío nos golpea y yo me suelto rápidamente el pelo y vuelvo a
ponerme el gorro.
—Primero iremos a buscar tu coche y haremos que le cambien el aceite —
dice Hardin por encima del rugido del viento.
Meto la mano en el bolsillo del abrigo para buscar las llaves y dárselas, pero
él sacude la cabeza y balancea su llavero delante de mi cara. Ahora lleva una
llave con una goma verde que me suena.
—No te llevaste la llave cuando dejaste todos tus regalos —me dice.
—Ah…
Mi mente se llena con el recuerdo de haber dejado mis posesiones más
preciadas en una pila sobre la cama que solíamos compartir.
—Me gustaría recuperar todas esas cosas pronto, si es posible.
Hardin se sube al coche sin mirarme siquiera.
—Hum, sí. Claro —murmura.
Una vez dentro del coche, pone la calefacción a tope y alarga el brazo para
cogerme la mano. Apoya la mano y la mía en mi pantorrilla y sus dedos
resiguen con precisión el lugar donde solía llevar la pulsera en mi muñeca.
—No me gusta que la dejaras allí… Debería estar aquí —dice presionando la
base de mi muñeca.
—Lo sé. —Mi voz es apenas un susurro.
Echo de menos esa pulsera todos los días, y también mi libro electrónico.
Además, quiero recuperar la carta que me escribió para leerla una y otra vez.
—Tal vez puedas traerla cuando vuelvas el próximo fin de semana —digo
esperanzada.
—Claro —asiente, pero sus ojos siguen fijos en la carretera.
—¿Por qué hay que hacer un cambio de aceite? —le pregunto.
Llegamos al final del sendero de entrada y tomamos la calle residencial.
—Lo necesitas —responde señalando la pegatina del parabrisas.
—Vale…
—¿Qué? —Me mira enfadado.
—Nada, es un poco raro llevar el coche de alguien a que le cambien el
aceite.
—He sido el único que ha llevado durante meses tu coche a que le cambien el
aceite, ¿por qué tendría que sorprenderte ahora?
Tiene razón, siempre es el que se encarga de cualquier tipo de mantenimiento
que pueda necesitar y a veces sospecho que es un paranoico y arregla o cambia
cosas sin que sea necesario.
—No sé. Supongo que se me olvida que a veces éramos una pareja normal
—admito moviéndome inquieta en mi asiento.
—Explícate.
—Cuesta recordar las cosas pequeñas y normales como cambiar el aceite del
coche o la vez que me dejaste hacerte una trenza —sonrío al recordarlo—,
cuando siempre parecía que estuviéramos atravesando alguna especie de crisis.
—Primero —sonríe—, no vuelvas a mencionar el tema de la trenza. Sabes
perfectamente que la única razón por la que dejé que lo hicieras fue porque me
sobornaste con unas galletas. —Me aprieta la pierna con cariño y siento una
oleada de calor bajo la piel—. Y, segundo, supongo que en parte tienes razón.
Sería genial que tus recuerdos no estuvieran empañados por mi costumbre de
joderlo todo siempre.
—No eres sólo tú, ambos cometemos errores —lo corrijo.
Los errores de Hardin suelen causar muchos más daños que los míos, pero y o
tampoco soy inocente. Tenemos que dejar de culparnos a nosotros mismos o al
otro e intentar llegar a alguna especie de punto medio juntos. Y eso es imposible
si Hardin no deja de fustigarse por cada error que cometió en el pasado. Tiene
que encontrar la forma de perdonarse a sí mismo… y así poder avanzar y ser la
persona que de verdad quiere ser.
—Tú no hiciste nada —me replica.
—En lugar de estar discutiendo por quién cometió errores y quién no, vamos
a decidir qué vamos a hacer hoy cuando le hay amos cambiado el aceite al
coche.
—Tendrás un iPhone —dice.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no quiero un iPhone? —gruño.
Mi teléfono es lento, sí, pero los iPhone son caros y complicados, dos cosas
que no puedo permitirme ahora mismo en mi vida.
—Todo el mundo quiere un iPhone. Sólo eres una de esas que no quieren
rendirse a la moda. —Me mira y veo cómo sus hoyuelos se marcan con malicia
—. Por eso seguías llevando faldas largas en la facultad.
Lo que acaba de decir le parece tronchante, y el coche se llena con su risa.
—De todas formas, no puedo permitirme uno ahora —replico imitando su
forma de fruncir el ceño—. Tengo que ahorrar para alquilar un apartamento y
hacer la compra. Ya sabes…, necesidades —digo poniendo los ojos en blanco
para quitarle hierro.
—Imagina todo lo que podríamos hacer si tú también tuvieras un iPhone.
Tendríamos aún más formas de comunicarnos y, además, sabes que te lo voy a
comprar yo, así que no vuelvas a hablar de dinero.
—Lo que me imagino es que podrías rastrear mi teléfono para saber adónde
voy —lo pico, ignorando su necesidad incontrolable de comprarme cosas.
—No, pero podríamos hacer videochats.
—Y ¿por qué tendríamos que hacer eso?
Me mira como si me hubieran salido dos ojos más y sacude la cabeza.
—Imagínate poder verme todos los días en la brillante pantalla de tu nuevo
iPhone.
Inmediatamente me vienen a la cabeza imágenes de sexo telefónico y
videochats y recorro mentalmente, avergonzada, fotos de Hardin tocándose a sí
mismo frente a la pantalla. ¿Se puede saber qué me pasa?
Me arden las mejillas y no puedo evitar echarle una mirada a su entrepierna.
Con un dedo bajo mi barbilla, Hardin me levanta la cabeza para que lo mire.
—Estabas pensando en ello…, en todas las guarradas que podría hacerte vía
iPhone.
—No, qué va —miento.
Con cabezonería, me niego con todas mis fuerzas a cambiar de móvil, así que
hablo de otra cosa.
—La oficina nueva es muy agradable…, tiene unas vistas increíbles —digo.
—¿Ah, sí? —El tono de Hardin se ha apagado de repente.
—Sí, y las vistas desde el comedor del personal son aún mejores. El despacho
de Trevor tiene… —Me interrumpo a mitad de frase pero es demasiado tarde.
Hardin me está mirando fijamente, esperando a que la termine.
—No, no. Continúa.
—El despacho de Trevor es el que tiene las mejores vistas —digo, y mi voz
suena mucho más clara y firme de lo que siento en mi interior.
—¿Puedo saber con qué frecuencia vas a su despacho, Tessa? —Los ojos de
Hardin van de mí a la carretera.
—He estado dos veces esta semana. Comimos juntos.
—¡¿Cómo?! —me espeta.
Sabía que tendría que haber esperado hasta después de cenar para sacar el
tema de Trevor. O mejor, ni sacarlo. Ni siquiera debería haberlo mencionado.
—Suelo comer con él —admito.
Por desgracia para mí, en ese momento mi coche se para en un semáforo, lo
que no me deja otra alternativa que aguantar la mirada de Hardin.
—¿Cada día?
—Sí…
—Y ¿hay algún motivo?
—Es la única persona que conozco que tiene el mismo horario para comer
que yo. Kimberly está tan liada ay udando a Christian que ni siquiera hace una
pausa al mediodía —digo moviendo las manos delante de la cara para ayudar en
mi explicación.
—Pues que te cambien la hora de comer.
El semáforo se pone en verde, pero Hardin no pisa el acelerador hasta que se
oye un claxon impaciente detrás de nosotros entre el tráfico.
—No voy a cambiar la hora de comer. Trevor es un compañero de trabajo,
eso es todo.
—Bueno —exhala—, preferiría que no comieras con el jodido Trevor. No lo
soporto.
Riendo, bajo las manos a mi regazo y apoyo una de ellas sobre la de Hardin.
—Tus celos son irracionales —repongo—; no tengo a nadie más con quien
comer, sobre todo cuando las otras dos chicas con las que comparto la hora de la
comida llevan toda la semana siendo crueles conmigo.
Me mira de reojo mientras cambia de carril con suavidad.
—¿Qué quieres decir con que han sido crueles contigo?
—No han sido exactamente crueles. No sé, tal vez sólo sea una paranoia mía.
—¿Qué ha pasado? Dime —me insta.
—No es nada grave, sólo tengo el presentimiento de que no les gusto por
algún motivo. Siempre las pillo riendo o cuchicheando mientras me miran.
Trevor dice que les gusta cotillear, y juro que las he oído decir algo acerca de
cómo he conseguido el trabajo.
—Y ¿qué dijeron? —pregunta Hardin enfadado. Tiene los nudillos blancos de
la fuerza con la que agarra el volante.
—Hicieron un comentario, algo así como « Ya sabemos cómo ha conseguido
el trabajo» .
—Y ¿les has dicho algo? ¿O a Christian?
—No, no deseo causar problemas. Sólo llevo allí una semana y no quiero ir
de acusica como si fuera una niña pequeña.
—Y una mierda. O les dices a esas tías que te dejen en paz o yo mismo
hablaré con Christian. ¿Cómo se llaman? Puede que las conozca.
—Tampoco es para tanto —le digo intentando desactivar la bomba que sin
duda y o misma he activado—. En todas las oficinas hay un grupito de mujeres
malintencionadas. Lo único que pasa es que las que hay en la mía se han fijado
en mí. No quiero hacer una montaña de esto, sólo quiero integrarme y tal vez
hacer amigos.
—Cosa que no creo que ocurra si sigues dejando que actúen como arpías o
pasando todo el rato con el puto Trevor —replica él. Se humedece los labios y
respira hondo.
Yo también respiro hondo y lo miro, debatiéndome entre defender a Trevor o
no.
« A la mierda.»
—Trevor es la única persona allí que se esfuerza en ser amable conmigo y
ya lo conozco —digo—. Por eso como con él.
Miro por la ventanilla y veo cómo pasa mi ciudad preferida mientras espero
que la bomba explote.
Cuando Hardin no contesta, lo observo y mira fijamente la carretera como si
la atravesara; luego añado:
—Echo mucho de menos a Landon.
—Él también a ti. Y también tu padre.
Suspiro.
—Quiero saber cómo está, pero si hago una pregunta, haré treinta —digo—.
Ya sabes cómo soy.
La preocupación estalla en mi pecho y hago todo lo que puedo para
contenerla e ignorarla y que desaparezca.
—Claro que lo sé, y por eso no las responderé —contesta Hardin.
—¿Cómo está Karen? ¿Y tu padre? ¿Es triste que los eche de menos más a
ellos que a mis propios padres? —le pregunto.
—No, teniendo en cuenta quiénes son tus padres. —Arruga la nariz—. Y,
respondiendo a tu pregunta, están bien, supongo. No les presto mucha atención.
—Espero que pronto esto empiece a parecerse a mi hogar —digo sin pensar
al tiempo que me hundo en mi asiento de piel.
—No parece que de momento te guste mucho Seattle; ¿qué estás haciendo
aquí entonces?
Hardin mete mi coche en el aparcamiento de un pequeño edificio. En la
entrada hay un gran letrero amarillo que afirma que hacen cambios de aceite en
quince minutos y que el servicio es muy amable.
No sé qué responderle. Tengo miedo de compartir con Hardin mis miedos y
mis dudas sobre lo que acabo de hacer. No porque no confíe en él, sino porque no
quiero que él los use como algo con lo que obligarme a dejar Seattle. No me iría
mal un discurso motivacional ahora mismo, pero prefiero el silencio al « Te lo
dije» que seguramente me diría él.
—No es que no me guste —le explico—, es que todavía no me he
acostumbrado. Sólo ha pasado una semana del traslado y a lo que estoy
acostumbrada es a mi antigua rutina, a Landon y a ti.
—Me pondré a la cola y te veo dentro —dice Hardin sin mediar palabra
sobre mi respuesta.
Asiento, bajo del coche y en el frío me apresuro a entrar en el pequeño taller.
El olor a goma quemada y a café rancio llenan la sala de espera. Me quedo
mirando una foto enmarcada de un coche antiguo cuando noto la mano de
Hardin posarse en la parte baja de mi espalda.
—No deberían tardar mucho.
Me coge de la mano y me lleva al polvoriento sofá de piel en el centro de la
sala.
Veinte minutos más tarde, está de pie y camina de aquí para allá sobre el
suelo de baldosas blancas y negras. Entonces suena una campanilla en la sala que
anuncia que alguien ha entrado.
—En el cartel pone que tardan quince minutos —le espeta Hardin al chico del
mono de trabajo manchado de aceite.
—Sí, así es —replica él encogiéndose de hombros. Se le cae sobre el
mostrador el cigarrillo que lleva detrás de la oreja y se apresura a recogerlo con
las manos enguantadas.
—¿Me estás tomando el pelo? —gruñe Hardin; su paciencia está llegando al
límite.
—Ya casi está —le asegura el mecánico antes de salir de la sala tan de
repente como ha entrado. No lo culpo.
Me doy la vuelta hacia Hardin y me pongo en pie.
—No pasa nada, no tenemos prisa.
—Está echando a perder mi tiempo contigo. Tengo menos de veinticuatro
horas para pasar contigo y él me las está haciendo perder, joder.
—Tranquilo.
Cruzo el suelo de baldosas y me quedo de pie frente a él.
—Estamos juntos —le digo.
Meto las manos en los bolsillos del abrigo de Christian y Hardin aprieta los
labios para evitar que su ceño fruncido acabe en una sonrisa.
—Si no han acabado dentro de diez minutos, no pienso pagar por esta mierda
—amenaza.
Yo lo miro sacudiendo la cabeza y luego la hundo en su pecho.
—Y no le pidas disculpas a ese tío por mí —añade. Pone el pulgar debajo de
mi barbilla y me levanta la cara para mirarme a los ojos—. Sé que pensabas
hacerlo.
Me besa suavemente en los labios y de repente me siento hambrienta y
ansiosa, quiero más.
Los temas de discusión en el coche han demostrado ser puntos débiles
nuestros en el pasado, pero aun así hemos hecho el camino hasta aquí sin
may ores daños. Me siento sorprendentemente mareada por eso, o tal vez sean los
cálidos brazos de Hardin rodeando mi cintura o su perfume habitual mentolado
unido a la colonia que le ha cogido prestada a Christian.
Sea lo que sea, me doy cuenta de que somos los únicos que estamos
esperando en el taller, y me sorprende lo afectuoso que está Hardin cuando
vuelve a besarme, esta vez más fuerte y sacando la lengua para buscar la mía.
Mis manos encuentran el camino hasta su pelo y tiro suavemente de las puntas,
haciendo que gima y me abrace más fuerte la cintura. Él pega el cuerpo al mío,
su boca sigue ansiando la mía, hasta que suena de nuevo la campanilla de la
puerta, que me hace dar un salto y apartarme de él mientras me coloco el gorro
nerviosa.
—¡Teeerminadooo! —anuncia el tipo del cigarrillo de antes.
—Ya era hora —señala Hardin en tono borde, y saca su cartera del bolsillo de
atrás y me dirige una mirada de advertencia cuando y o hago lo mismo.
Tessa
La mañana llega enseguida y, cuando me despierto, estoy sola en la cama. El
lado vacío del colchón aún conserva la huella del cuerpo de Hardin, así que
seguramente hace poco que se ha levantado.
En ese momento, entra en la habitación con una taza de café en la mano.
—Buenos días —me dice cuando se da cuenta de que estoy despierta.
—Hola.
Tengo la garganta cerrada y seca. Me tenso al recordar a Hardin entrando y
saliendo de mi boca con furiosas embestidas.
—¿Te encuentras bien?
Deja la taza de café humeante sobre la cómoda y se acerca a la cama. Se
sienta a mi lado, en el borde del colchón.
—Cuéntame —añade con calma cuando ve que tardo en responder.
—Sí, sólo dolorida.
Estiro los brazos y las piernas. Sí…, estoy dolorida.
—¿Adónde has ido?
—He ido a por café, y tenía que llamar a Landon para decirle que no volveré
hoy —me cuenta—. Eso si todavía quieres que me quede.
—Quiero —asiento—. Pero ¿por qué se lo tienes que decir a Landon?
Hardin se pasa una mano por el pelo y sus ojos se concentran en interpretar
la expresión de mi cara. Siento que hay algo que se me escapa.
—Cuéntame —digo usando sus mismas palabras.
—Está haciendo de canguro de tu padre.
—¿Por qué?
« ¿Por qué iba a necesitar mi padre un canguro?»
—Tu padre está intentando permanecer sobrio, por eso. Y no soy tan estúpido
como para dejarlo solo en ese apartamento.
—Tienes alcohol allí, ¿verdad?
—No, lo tiré. Dejemos el tema, ¿vale? —Su tono y a no es amable, es
insistente y está claramente al límite.
—No voy a dejar el tema. ¿Hay algo que deba saber? Porque vuelvo a
sentirme como si me quedara fuera de alguna cosa.
Cruzo los brazos sobre el pecho y él inspira profunda y dramáticamente,
cerrando los ojos mientras lo hace.
—Sí, hay algo que no sabes, pero te suplico que, por favor, confíes en mí,
¿vale?
—¿Es malo? —pregunto aterrorizada por las posibilidades.
—Confía en mí, ¿de acuerdo?
—¿Que confíe en ti para hacer qué?
—Que confíes en que voy a encargarme de esta mierda para que, cuando te
cuente lo que ha pasado, y a ni siquiera importe. Ya bastante tienes encima ahora;
por favor, confía en mí para resolver esto. Déjame hacerlo por ti y olvídalo —
me insta.
La paranoia y el pánico que suelen acompañar a este tipo de situaciones
palpitan en mi interior, y estoy a punto de quitarle el móvil a Hardin y llamar a
Landon yo misma. Su mirada, sin embargo, me detiene. Me está pidiendo que
confíe en él, que confíe en que solucionará lo que sea que esté pasando y, para
ser sincera, por mucho que quiera saber de qué se trata, no creo que pudiera
asumir ni un solo problema más de los que ya tengo ahora mismo.
—Vale —suspiro.
Frunce el ceño y ladea la cabeza. Está alucinado de lo fácil que ha sido
convencerme para que no me meta, estoy segura.
—Sí. Haré todo lo que pueda para no preocuparme por lo que pasa con mi
padre si me prometes que es mejor para mí no saberlo.
—Lo prometo. —Asiente.
Lo creo, más o menos.
—Vale. —Ultimo el acuerdo con esa palabra y hago cuanto está en mi mano
para quitarme de la cabeza la necesidad obsesiva que tengo de saber qué está
pasando. Necesito confiarle esto a Hardin. Necesito confiarle la decisión que he
tomado. Si no soy capaz de confiarle esto, ¿cómo voy a pensar en un futuro
común?
Suspiro, y Hardin sonríe al ver que consiento.
CAPÍTULO 102
Tessa
—Parece que voy a pasarme todo el día escribiendo notas de agradecimiento
para los invitados que anoche hicieron que la inauguración del club fuera todo un
éxito —dice Kimberly con una sonrisa irónica mientras me saluda agitando un
sobre en el aire cuando entro en la cocina—. ¿Qué tienes pensado hacer hoy?
Echo una ojeada al montón de tarjetas que ya ha escrito y a la pila en la que
sigue trabajando y me pregunto cuánto habrá invertido Christian en sus negocios
si toda esa gente a la que están escribiendo son algún tipo de « socios» . Sólo el
tamaño de esta casa debe de significar que tiene más empresas en marcha
además de la editorial y un club de jazz.
—No lo sé. Cuando Hardin salga de la ducha, veremos —le digo, y dejo un
montón de sobres nuevos sobre la encimera de granito.
He tenido que obligar a Hardin a entrar en el baño y a darse una ducha solo,
seguía enfadado por no haberlo dejado entrar mientras yo me daba la mía. Por
muchas veces que he intentado explicarle lo incómodo que sería si los Vance
supieran que nos estamos duchando juntos en su casa, él insistía en mirarme raro
y responder que hemos hecho cosas mucho peores en su casa que ducharnos
juntos en las pasadas doce horas.
He aguantado el tipo a pesar de sus súplicas. Lo que sucedió en el gimnasio
fue lujuria pura y sin premeditación alguna. Y no pasa nada porque hiciéramos
el amor en mi cuarto porque de momento es mi habitación y soy una adulta que
mantiene relaciones sexuales consentidas con mi…, con lo que quiera que sea
Hardin mío ahora mismo. Sin embargo, lo de la ducha lo siento de otra forma.
Con lo cabezota que es Hardin, seguía sin estar de acuerdo, por lo que he
acabado pidiéndole que me trajera un vaso de agua de la cocina. He hecho
pucheros y ha picado. En cuanto se ha ido de la habitación he corrido por el
pasillo hasta el baño, he cerrado la puerta con pestillo al entrar y lo he ignorado
cuando ha empezado a pedirme enfadado que lo dejara entrar.
—Tendrías que pedirle que te lleve a hacer turismo —me dice Kimberly—.
Tal vez sumergiros en la cultura de la ciudad lo ay ude a decidirse a venir a vivir
aquí contigo.
En estos momentos no quiero enfrentarme a semejante conversación.
—Pues… Sasha me pareció simpática —le digo en un intento no muy
encubierto de desviar la conversación de mis problemas de pareja.
—¿Sasha? ¿Simpática? Tampoco tanto —dice Kimberly con un resoplido.
—Sabe que Max está casado, ¿verdad?
—Claro que lo sabe. —Se humedece los labios—. Y ¿acaso le importa? No,
en absoluto. Le gusta su dinero y las joyas caras que recibe al verse con él. No
podrían importarle menos su mujer y su hija.
El tono de desaprobación de Kim es duro, y me alivia saber que estamos de
acuerdo en este asunto.
—Max es un capullo, pero me sigue sorprendiendo que tenga el valor de
llevarla a donde puedan verlo con ella. O sea, ¡¿es que le da igual si Denise o
Lillian se enteran?!
—Sospecho que Denise ya lo sabe. Con un tío como Max, habrá habido
muchas otras Sashas a lo largo de los años, y la pobre Lillian ya desprecia a su
padre, así que dudo que el hecho de saberlo cambie nada.
—Es tan triste… Están casados desde la universidad, ¿no?
No sé cuánto sabe Kimberly de Max y su familia, pero dada la forma en la
que habla, creo que no es poco.
—Se casaron justo al terminar, fue un escándalo de miedo.
Los ojos de Kimberly se iluminan por el ansia de contarles a mis ignorantes
oídos una historia tan suculenta.
—Al parecer, a Max le habían concertado matrimonio con otra, una mujer
cuya familia era amiga de la suya. Era básicamente un acuerdo de negocios. El
padre de Max viene de una familia adinerada, creo que ésa es en parte la razón
por la que Max es tan gilipollas. A Denise se le partió el corazón cuando él le
contó sus planes para casarse con otra mujer.
Kimberly habla como si ella hubiera estado presente de verdad cuando
sucedió y no como si fuera un cotilleo. Sin embargo, tal vez sea así como son
siempre los cotilleos.
Bebe un trago de agua antes de continuar.
—El caso es que, tras la graduación, Max se rebeló contra su padre y dejó a
la mujer literalmente plantada en el altar. El mismo día de la boda, apareció en
casa de Trish y Ken con su esmoquin y esperó en la puerta hasta que Denise
salió. Aquella misma noche, los cinco sobornaron a un sacerdote con una botella
de whisky de marca y el poco dinero que llevaban en los bolsillos. Denise y Max
se casaron justo antes de la medianoche, y ella se quedó embarazada de Lillian
semanas más tarde.
Ami mente le cuesta imaginarse a Max como un joven enamorado corriendo
por las calles de Londres en esmoquin buscando a la mujer que amaba. La
misma mujer a la que ahora traiciona una vez tras otra llevándose a la cama a
tías como Sasha.
—No pretendo entrometerme, pero la… de Christian… —no sé cómo
llamarla—, quiero decir, la madre de Smith, ¿estaba…?
Con una sonrisa comprensiva, Kimberly acaba con mi absurdo tartamudeo.
—Rose apareció años más tarde. Christian siempre fue el quinto mosquetero
entre las dos parejas. Una vez él y Ken dejaron de hablarse y Christian volvió a
Estados Unidos…, entonces fue cuando conoció a Rose.
—¿Cuánto tiempo estuvieron casados?
Miro a Kimberly buscando alguna señal de incomodidad. No quiero
entrometerme, pero no puedo evitar sentirme fascinada por la historia de este
grupo de amigos. Espero que Kimberly me conozca lo bastante bien como para
no sorprenderse de la cantidad de preguntas que estoy deseando hacer.
—Sólo dos años. Llevaban saliendo no más que unos meses cuando ella se
puso enferma. —Se le rompe la voz y traga saliva, con los ojos llenos de
lágrimas—. Se casó con ella de todas formas…, la llevó al altar… Su padre, en
silla de ruedas…, insistió en hacerlo. A medio camino del altar, Christian se
acercó y acabó de llevarla él mismo.
Kimberly rompe a llorar y yo me seco las lágrimas que caen de mis ojos.
—Lo siento —dice con una sonrisa—. Hacía mucho tiempo que no contaba
esta historia, ¡y me emociona tanto!
Se inclina sobre la encimera para coger un puñado de pañuelos de papel de
una caja y me tiende uno.
—El simple hecho de pensar en ello me demuestra que, tras esa insolencia y
esa mente brillante, hay un hombre increíblemente cariñoso.
Me mira y luego mira de nuevo los montones de sobres.
—Mierda, ¡he mojado las tarjetas con las lágrimas! —exclama, y se repone
rápidamente.
Me gustaría preguntarle más cosas sobre Rose y Smith, Ken y Trish en su
época universitaria, pero no deseo forzarla.
—Quería a Rose y ella lo curó, incluso cuando se estaba muriendo. Él sólo
había amado a una mujer en toda su vida y ella consiguió romper esa barrera.
La historia, por bonita que sea, no hace sino confundirme más. ¿Quién era
esta mujer a la que Christian amó? Y ¿por qué necesitó curarse después?
Kimberly se suena la nariz y levanta la vista. Yo vuelvo la cabeza hacia la
puerta, donde Hardin nos mira raro a Kimberly y a mí, tratando de entender la
escena que se desarrolla en la cocina.
—Bueno, es obvio que llego en mal momento —dice.
No puedo evitar sonreír pensando en la pinta que debemos de tener, llorando
sin motivo aparente, con dos enormes montones de sobres frente a nosotras sobre
la encimera.
Hardin tiene el pelo húmedo de la ducha y está recién afeitado. Está
guapísimo con una camiseta negra lisa y unos vaqueros. En los pies no lleva nada
más que los calcetines y su expresión es de recelo cuando me hace señas para
que me acerque.
—¿Os esperamos para cenar esta noche? —pregunta Kimberly mientras
cruzo la habitación para ir junto a él.
—Sí —digo.
—No —responde Hardin al mismo tiempo.
Kim se ríe y sacude la cabeza.
—Bueno, mandadme un mensaje cuando os pongáis de acuerdo.
Minutos más tarde, cuando Hardin y y o llegamos a la puerta principal, Christian
aparece de repente de una habitación cercana con una gran sonrisa.
—Fuera hace un frío que pela. ¿Dónde está tu abrigo, jovencito?
—Primero, no necesito un abrigo. Segundo, no me llames jovencito —replica
Hardin poniendo los ojos en blanco.
Christian saca un abrigo gordo azul marino del armario que hay junto a la
puerta.
—Toma, póntelo. Es como una maldita estufa por dentro y por fuera.
—Ni hablar —se mofa Hardin, y yo no puedo evitar reírme.
—No seas idiota, fuera estamos a siete bajo cero. Puede que tu dama te
necesite para no pasar frío.
Christian lo pica y Hardin evalúa mi jersey morado grueso, mi abrigo
morado y mi gorro también morado, del que no ha dejado de burlarse desde que
me lo he puesto. Me puse eso mismo la noche que me llevó a patinar sobre hielo
y aquel día hizo igual. Hay cosas que nunca cambian.
—Vale —gruñe Hardin, y mete sus largos brazos en las mangas del abrigo.
No me sorprende comprobar que no le queda mal, incluso los grandes
botones de color bronce que lleva la chaqueta en la parte delantera adquieren un
toque masculino al mezclarse con el estilo simple de Hardin. Sus nuevos
vaqueros, que cada vez me gustan más, y su camiseta negra lisa, sus botas negras
y ahora el abrigo hacen que parezca recién sacado de las páginas de alguna
revista. Es injusto que esté perfecto sin hacer el más mínimo esfuerzo.
—¿Qué miras tanto? —me suelta.
Doy un saltito al oírlo. A cambio, recibo una sonrisa y una mano caliente
coge la mía.
Justo en ese momento, Kimberly corre por el pasillo hasta el recibidor,
seguida de Smith gritando:
—¡Esperad! Smith quiere pediros algo.
Baja la cabeza para mirar a su futuro hijastro con una sonrisa afectuosa.
—Adelante, cariño.
El niño rubio mira directamente a Hardin.
—¿Podemos hacerte una foto para lo de mi cole?
—¿Qué?
Hardin palidece un poco y me mira. Sé lo que siente respecto a que le hagan
fotos.
—Es una especie de collage que está haciendo. Dice que también quiere una
foto tuy a —le explica Kimberly a Hardin, y yo lo miro suplicándole para que no
le niegue eso a un niño que claramente lo idolatra.
—Hum…, claro —dice al final. Gira sobre los talones y mira a Smith—.
¿Tessa también puede salir en la foto?
—Supongo —contesta el crío encogiéndose de hombros.
Le sonrío pero no parece darse cuenta. Hardin me mira como diciendo « Le
gusto más que tú y ni siquiera tengo que intentarlo» , y y o le doy un discreto
codazo mientras nos dirigimos al salón. Me quito el gorro y uso la goma que llevo
en la muñeca para recogerme el pelo para la foto. La belleza de Hardin es tan
poco forzada y natural que lo único que tiene que hacer para estar perfecto es
quedarse de pie con el ceño fruncido por lo incómodo de la situación.
—La haré rápido —dice Kimberly.
Hardin se acerca más a mí y me rodea la cintura con un brazo perezoso.
Dibujo mi mejor sonrisa mientras él intenta sonreír sin enseñar los dientes. Le
doy un empujoncito y su sonrisa aparece justo a tiempo para que Kimberly haga
la foto.
—Gracias —dice, y veo que está satisfecha de verdad.
—Vamos —me apremia Hardin, y yo asiento y le digo adiós con la mano a
Smith antes de seguirlo por el pasillo hasta la puerta principal.
—Ha sido muy amable por tu parte —comento.
—Lo que tú digas.
Sonríe y cubre mi boca con la suya. Entonces oigo el suave clic de una
cámara y me aparto de él para ver a Kimberly de nuevo con la cámara en las
manos. Hardin gira la cara para esconderla en mi pelo y ella hace otra foto.
—Basta ya —gruñe, y me arrastra hacia fuera de la casa—. Pero ¿qué le
pasa a esta familia con los vídeos y las fotos? —murmura, y cierra la puerta de
golpe tras de mí.
—¿Vídeos? —inquiero.
—Da igual.
El aire frío nos golpea y yo me suelto rápidamente el pelo y vuelvo a
ponerme el gorro.
—Primero iremos a buscar tu coche y haremos que le cambien el aceite —
dice Hardin por encima del rugido del viento.
Meto la mano en el bolsillo del abrigo para buscar las llaves y dárselas, pero
él sacude la cabeza y balancea su llavero delante de mi cara. Ahora lleva una
llave con una goma verde que me suena.
—No te llevaste la llave cuando dejaste todos tus regalos —me dice.
—Ah…
Mi mente se llena con el recuerdo de haber dejado mis posesiones más
preciadas en una pila sobre la cama que solíamos compartir.
—Me gustaría recuperar todas esas cosas pronto, si es posible.
Hardin se sube al coche sin mirarme siquiera.
—Hum, sí. Claro —murmura.
Una vez dentro del coche, pone la calefacción a tope y alarga el brazo para
cogerme la mano. Apoya la mano y la mía en mi pantorrilla y sus dedos
resiguen con precisión el lugar donde solía llevar la pulsera en mi muñeca.
—No me gusta que la dejaras allí… Debería estar aquí —dice presionando la
base de mi muñeca.
—Lo sé. —Mi voz es apenas un susurro.
Echo de menos esa pulsera todos los días, y también mi libro electrónico.
Además, quiero recuperar la carta que me escribió para leerla una y otra vez.
—Tal vez puedas traerla cuando vuelvas el próximo fin de semana —digo
esperanzada.
—Claro —asiente, pero sus ojos siguen fijos en la carretera.
—¿Por qué hay que hacer un cambio de aceite? —le pregunto.
Llegamos al final del sendero de entrada y tomamos la calle residencial.
—Lo necesitas —responde señalando la pegatina del parabrisas.
—Vale…
—¿Qué? —Me mira enfadado.
—Nada, es un poco raro llevar el coche de alguien a que le cambien el
aceite.
—He sido el único que ha llevado durante meses tu coche a que le cambien el
aceite, ¿por qué tendría que sorprenderte ahora?
Tiene razón, siempre es el que se encarga de cualquier tipo de mantenimiento
que pueda necesitar y a veces sospecho que es un paranoico y arregla o cambia
cosas sin que sea necesario.
—No sé. Supongo que se me olvida que a veces éramos una pareja normal
—admito moviéndome inquieta en mi asiento.
—Explícate.
—Cuesta recordar las cosas pequeñas y normales como cambiar el aceite del
coche o la vez que me dejaste hacerte una trenza —sonrío al recordarlo—,
cuando siempre parecía que estuviéramos atravesando alguna especie de crisis.
—Primero —sonríe—, no vuelvas a mencionar el tema de la trenza. Sabes
perfectamente que la única razón por la que dejé que lo hicieras fue porque me
sobornaste con unas galletas. —Me aprieta la pierna con cariño y siento una
oleada de calor bajo la piel—. Y, segundo, supongo que en parte tienes razón.
Sería genial que tus recuerdos no estuvieran empañados por mi costumbre de
joderlo todo siempre.
—No eres sólo tú, ambos cometemos errores —lo corrijo.
Los errores de Hardin suelen causar muchos más daños que los míos, pero y o
tampoco soy inocente. Tenemos que dejar de culparnos a nosotros mismos o al
otro e intentar llegar a alguna especie de punto medio juntos. Y eso es imposible
si Hardin no deja de fustigarse por cada error que cometió en el pasado. Tiene
que encontrar la forma de perdonarse a sí mismo… y así poder avanzar y ser la
persona que de verdad quiere ser.
—Tú no hiciste nada —me replica.
—En lugar de estar discutiendo por quién cometió errores y quién no, vamos
a decidir qué vamos a hacer hoy cuando le hay amos cambiado el aceite al
coche.
—Tendrás un iPhone —dice.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no quiero un iPhone? —gruño.
Mi teléfono es lento, sí, pero los iPhone son caros y complicados, dos cosas
que no puedo permitirme ahora mismo en mi vida.
—Todo el mundo quiere un iPhone. Sólo eres una de esas que no quieren
rendirse a la moda. —Me mira y veo cómo sus hoyuelos se marcan con malicia
—. Por eso seguías llevando faldas largas en la facultad.
Lo que acaba de decir le parece tronchante, y el coche se llena con su risa.
—De todas formas, no puedo permitirme uno ahora —replico imitando su
forma de fruncir el ceño—. Tengo que ahorrar para alquilar un apartamento y
hacer la compra. Ya sabes…, necesidades —digo poniendo los ojos en blanco
para quitarle hierro.
—Imagina todo lo que podríamos hacer si tú también tuvieras un iPhone.
Tendríamos aún más formas de comunicarnos y, además, sabes que te lo voy a
comprar yo, así que no vuelvas a hablar de dinero.
—Lo que me imagino es que podrías rastrear mi teléfono para saber adónde
voy —lo pico, ignorando su necesidad incontrolable de comprarme cosas.
—No, pero podríamos hacer videochats.
—Y ¿por qué tendríamos que hacer eso?
Me mira como si me hubieran salido dos ojos más y sacude la cabeza.
—Imagínate poder verme todos los días en la brillante pantalla de tu nuevo
iPhone.
Inmediatamente me vienen a la cabeza imágenes de sexo telefónico y
videochats y recorro mentalmente, avergonzada, fotos de Hardin tocándose a sí
mismo frente a la pantalla. ¿Se puede saber qué me pasa?
Me arden las mejillas y no puedo evitar echarle una mirada a su entrepierna.
Con un dedo bajo mi barbilla, Hardin me levanta la cabeza para que lo mire.
—Estabas pensando en ello…, en todas las guarradas que podría hacerte vía
iPhone.
—No, qué va —miento.
Con cabezonería, me niego con todas mis fuerzas a cambiar de móvil, así que
hablo de otra cosa.
—La oficina nueva es muy agradable…, tiene unas vistas increíbles —digo.
—¿Ah, sí? —El tono de Hardin se ha apagado de repente.
—Sí, y las vistas desde el comedor del personal son aún mejores. El despacho
de Trevor tiene… —Me interrumpo a mitad de frase pero es demasiado tarde.
Hardin me está mirando fijamente, esperando a que la termine.
—No, no. Continúa.
—El despacho de Trevor es el que tiene las mejores vistas —digo, y mi voz
suena mucho más clara y firme de lo que siento en mi interior.
—¿Puedo saber con qué frecuencia vas a su despacho, Tessa? —Los ojos de
Hardin van de mí a la carretera.
—He estado dos veces esta semana. Comimos juntos.
—¡¿Cómo?! —me espeta.
Sabía que tendría que haber esperado hasta después de cenar para sacar el
tema de Trevor. O mejor, ni sacarlo. Ni siquiera debería haberlo mencionado.
—Suelo comer con él —admito.
Por desgracia para mí, en ese momento mi coche se para en un semáforo, lo
que no me deja otra alternativa que aguantar la mirada de Hardin.
—¿Cada día?
—Sí…
—Y ¿hay algún motivo?
—Es la única persona que conozco que tiene el mismo horario para comer
que yo. Kimberly está tan liada ay udando a Christian que ni siquiera hace una
pausa al mediodía —digo moviendo las manos delante de la cara para ayudar en
mi explicación.
—Pues que te cambien la hora de comer.
El semáforo se pone en verde, pero Hardin no pisa el acelerador hasta que se
oye un claxon impaciente detrás de nosotros entre el tráfico.
—No voy a cambiar la hora de comer. Trevor es un compañero de trabajo,
eso es todo.
—Bueno —exhala—, preferiría que no comieras con el jodido Trevor. No lo
soporto.
Riendo, bajo las manos a mi regazo y apoyo una de ellas sobre la de Hardin.
—Tus celos son irracionales —repongo—; no tengo a nadie más con quien
comer, sobre todo cuando las otras dos chicas con las que comparto la hora de la
comida llevan toda la semana siendo crueles conmigo.
Me mira de reojo mientras cambia de carril con suavidad.
—¿Qué quieres decir con que han sido crueles contigo?
—No han sido exactamente crueles. No sé, tal vez sólo sea una paranoia mía.
—¿Qué ha pasado? Dime —me insta.
—No es nada grave, sólo tengo el presentimiento de que no les gusto por
algún motivo. Siempre las pillo riendo o cuchicheando mientras me miran.
Trevor dice que les gusta cotillear, y juro que las he oído decir algo acerca de
cómo he conseguido el trabajo.
—Y ¿qué dijeron? —pregunta Hardin enfadado. Tiene los nudillos blancos de
la fuerza con la que agarra el volante.
—Hicieron un comentario, algo así como « Ya sabemos cómo ha conseguido
el trabajo» .
—Y ¿les has dicho algo? ¿O a Christian?
—No, no deseo causar problemas. Sólo llevo allí una semana y no quiero ir
de acusica como si fuera una niña pequeña.
—Y una mierda. O les dices a esas tías que te dejen en paz o yo mismo
hablaré con Christian. ¿Cómo se llaman? Puede que las conozca.
—Tampoco es para tanto —le digo intentando desactivar la bomba que sin
duda y o misma he activado—. En todas las oficinas hay un grupito de mujeres
malintencionadas. Lo único que pasa es que las que hay en la mía se han fijado
en mí. No quiero hacer una montaña de esto, sólo quiero integrarme y tal vez
hacer amigos.
—Cosa que no creo que ocurra si sigues dejando que actúen como arpías o
pasando todo el rato con el puto Trevor —replica él. Se humedece los labios y
respira hondo.
Yo también respiro hondo y lo miro, debatiéndome entre defender a Trevor o
no.
« A la mierda.»
—Trevor es la única persona allí que se esfuerza en ser amable conmigo y
ya lo conozco —digo—. Por eso como con él.
Miro por la ventanilla y veo cómo pasa mi ciudad preferida mientras espero
que la bomba explote.
Cuando Hardin no contesta, lo observo y mira fijamente la carretera como si
la atravesara; luego añado:
—Echo mucho de menos a Landon.
—Él también a ti. Y también tu padre.
Suspiro.
—Quiero saber cómo está, pero si hago una pregunta, haré treinta —digo—.
Ya sabes cómo soy.
La preocupación estalla en mi pecho y hago todo lo que puedo para
contenerla e ignorarla y que desaparezca.
—Claro que lo sé, y por eso no las responderé —contesta Hardin.
—¿Cómo está Karen? ¿Y tu padre? ¿Es triste que los eche de menos más a
ellos que a mis propios padres? —le pregunto.
—No, teniendo en cuenta quiénes son tus padres. —Arruga la nariz—. Y,
respondiendo a tu pregunta, están bien, supongo. No les presto mucha atención.
—Espero que pronto esto empiece a parecerse a mi hogar —digo sin pensar
al tiempo que me hundo en mi asiento de piel.
—No parece que de momento te guste mucho Seattle; ¿qué estás haciendo
aquí entonces?
Hardin mete mi coche en el aparcamiento de un pequeño edificio. En la
entrada hay un gran letrero amarillo que afirma que hacen cambios de aceite en
quince minutos y que el servicio es muy amable.
No sé qué responderle. Tengo miedo de compartir con Hardin mis miedos y
mis dudas sobre lo que acabo de hacer. No porque no confíe en él, sino porque no
quiero que él los use como algo con lo que obligarme a dejar Seattle. No me iría
mal un discurso motivacional ahora mismo, pero prefiero el silencio al « Te lo
dije» que seguramente me diría él.
—No es que no me guste —le explico—, es que todavía no me he
acostumbrado. Sólo ha pasado una semana del traslado y a lo que estoy
acostumbrada es a mi antigua rutina, a Landon y a ti.
—Me pondré a la cola y te veo dentro —dice Hardin sin mediar palabra
sobre mi respuesta.
Asiento, bajo del coche y en el frío me apresuro a entrar en el pequeño taller.
El olor a goma quemada y a café rancio llenan la sala de espera. Me quedo
mirando una foto enmarcada de un coche antiguo cuando noto la mano de
Hardin posarse en la parte baja de mi espalda.
—No deberían tardar mucho.
Me coge de la mano y me lleva al polvoriento sofá de piel en el centro de la
sala.
Veinte minutos más tarde, está de pie y camina de aquí para allá sobre el
suelo de baldosas blancas y negras. Entonces suena una campanilla en la sala que
anuncia que alguien ha entrado.
—En el cartel pone que tardan quince minutos —le espeta Hardin al chico del
mono de trabajo manchado de aceite.
—Sí, así es —replica él encogiéndose de hombros. Se le cae sobre el
mostrador el cigarrillo que lleva detrás de la oreja y se apresura a recogerlo con
las manos enguantadas.
—¿Me estás tomando el pelo? —gruñe Hardin; su paciencia está llegando al
límite.
—Ya casi está —le asegura el mecánico antes de salir de la sala tan de
repente como ha entrado. No lo culpo.
Me doy la vuelta hacia Hardin y me pongo en pie.
—No pasa nada, no tenemos prisa.
—Está echando a perder mi tiempo contigo. Tengo menos de veinticuatro
horas para pasar contigo y él me las está haciendo perder, joder.
—Tranquilo.
Cruzo el suelo de baldosas y me quedo de pie frente a él.
—Estamos juntos —le digo.
Meto las manos en los bolsillos del abrigo de Christian y Hardin aprieta los
labios para evitar que su ceño fruncido acabe en una sonrisa.
—Si no han acabado dentro de diez minutos, no pienso pagar por esta mierda
—amenaza.
Yo lo miro sacudiendo la cabeza y luego la hundo en su pecho.
—Y no le pidas disculpas a ese tío por mí —añade. Pone el pulgar debajo de
mi barbilla y me levanta la cara para mirarme a los ojos—. Sé que pensabas
hacerlo.
Me besa suavemente en los labios y de repente me siento hambrienta y
ansiosa, quiero más.
Los temas de discusión en el coche han demostrado ser puntos débiles
nuestros en el pasado, pero aun así hemos hecho el camino hasta aquí sin
may ores daños. Me siento sorprendentemente mareada por eso, o tal vez sean los
cálidos brazos de Hardin rodeando mi cintura o su perfume habitual mentolado
unido a la colonia que le ha cogido prestada a Christian.
Sea lo que sea, me doy cuenta de que somos los únicos que estamos
esperando en el taller, y me sorprende lo afectuoso que está Hardin cuando
vuelve a besarme, esta vez más fuerte y sacando la lengua para buscar la mía.
Mis manos encuentran el camino hasta su pelo y tiro suavemente de las puntas,
haciendo que gima y me abrace más fuerte la cintura. Él pega el cuerpo al mío,
su boca sigue ansiando la mía, hasta que suena de nuevo la campanilla de la
puerta, que me hace dar un salto y apartarme de él mientras me coloco el gorro
nerviosa.
—¡Teeerminadooo! —anuncia el tipo del cigarrillo de antes.
—Ya era hora —señala Hardin en tono borde, y saca su cartera del bolsillo de
atrás y me dirige una mirada de advertencia cuando y o hago lo mismo.
Comentarios
Publicar un comentario