103-106
CAPÍTULO 103
Hardin
—No me estaba mirando a mí —dice intentando convencerme cuando por fin
llegamos al coche, que he tenido que aparcar lo más lejos posible del restaurante.
—Estaba jadeando encima de la lasaña. Si hasta le colgaba un hilo de baba de
la barbilla.
Los ojos del hombre estaban pegados a Tessa mientras intentaba disfrutar de
mi plato de pasta demasiado caro y con demasiada salsa. Quiero insistir en el
tema, pero al final decido que mejor no lo haré. Tessa ni siquiera se había dado
cuenta de que había llamado la atención de ese tío, estaba demasiado ocupada
sonriéndome y hablando conmigo como para mirarlo dos veces.
Sus sonrisas son brillantes y sinceras, ha tenido mucha paciencia conmigo
ante mis comentarios acerca de esperar tanto para que nos dieran una mesa, y
parece encontrar siempre alguna forma para tocarme. Una mano en la mía, el
roce de sus dedos en mi brazo, su suave mano acariciándome el pelo de la nuca,
me toca constantemente y yo me siento como un puto crío el día de Navidad.
Eso si realmente supiera lo emocionado que está un crío en Navidad.
Pongo la calefacción del coche a tope porque quiero que entre en calor lo
antes posible. Tiene la nariz y las mejillas de un adorable color rojizo y no puedo
evitar acercarme y rozar con mi mano helada sus labios temblorosos.
—En ese caso, es una pena que vaya a pagar tanto por comerse una lasaña
llena de babas, ¿no? —Sonríe, y me acerco para acallar su comentario cursi
cubriendo su boca con la mía.
—Ven aquí —gruño.
La atraigo con cuidado a mi regazo tirando de las mangas de su abrigo
morado. No protesta; al contrario, salta el apoyabrazos para poder sentarse sobre
mí. Su boca sigue sobre la mía y yo, posesivo, la reclamo para mí atrayendo su
cuerpo hacia el mío hasta acercarlo todo lo que permite el extraño diseño de este
coche. Cuando acciono la palanca del asiento que lo reclina por completo, Tessa
jadea y su cuerpo cae sobre el mío.
—Sigo dolorida —me dice, y la aparto un poco suavemente.
—Sólo quería besarte —respondo.
Es verdad. No es que fuera a rechazar hacerle el amor en el asiento delantero
del coche, pero no es lo que tenía en mente.
—Pero quiero —admite con timidez, girando un poco la cabeza como para
que no la vea.
—Podemos ir a casa…, bueno, a tu casa.
—¿Por qué no aquí?
—¿Hola? ¿Tessa?
Agito la mano delante de su cara y ella me mira desconcertada.
—¿Has visto a Tessa por aquí? Porque esta obsesa sexual de hormonas
revolucionadas que tengo sentada encima no es ella —la pico, y al final lo pilla.
—No soy una obsesa sexual.
Hace un puchero sacando el labio inferior y yo me apresuro a cazarlo entre
los dientes. Mueve las caderas sobre mí, y examino el aparcamiento con la
mirada. El sol y a empieza a ocultarse, y la atmósfera densa y el cielo nublado
hacen que parezca que es más tarde de lo que es en realidad. Sin embargo, el
parking está lleno de coches, y lo último que me apetece es que nos pillen
follando en público.
Separa su boca de la mía y me recorre el cuello con los labios.
—Estoy estresada, y tú no has estado conmigo, y te quiero.
A pesar del aire caliente de la calefacción, un escalofrío me recorre la
espalda y una de sus manos consigue deslizarse entre nosotros bajo mis
pantalones.
—Y también puede que tenga las hormonas un poco revolucionadas, ya casi
es…, bueno, y a sabes qué semana. —Me susurra las últimas palabras como si
fueran un secreto obsceno.
—Vaya, ahora lo entiendo. —Sonrío, preparando mentalmente bromas
subidas de tono para picarla toda la semana, como siempre hago.
Me lee la mente.
—No digas nada —me regaña, apretando y tocando mi polla
mientras su boca sigue en mi cuello.
—Entonces deja de hacer eso antes de que me corra en los pantalones. Ya
me ha pasado demasiadas veces desde que te conozco.
—Sí, te ha pasado. —Sonríe.
Me muerde y mis caderas me traicionan elevándose para unirse a la tortura
de sus movimientos sinuosos.
—Volvamos a casa… —insisto—. Como alguien te vea así, montándome en
mitad de un parking, tendré que matarlo.
Tessa mira alrededor del aparcamiento pensativa, inspeccionando los
alrededores, y entonces veo cómo empieza a ser consciente de dónde estamos.
—Vale —dice, y con otro puchero vuelve a su asiento.
—Mira cómo se ha girado la tortilla… —replico.
Su mano vuelve a agarrarme y aprieta, y yo hago una mueca de dolor. Tessa
sonríe con dulzura, como si no acabara de intentar castrarme.
—Tú conduce —ordena.
—Me saltaré todos los semáforos en rojo para llevarte a casa y darte tu
merecido —respondo para picarla.
Ella pone los ojos en blanco y apoy a la cabeza en la ventanilla.
Para cuando llegamos al semáforo se ha quedado dormida. La toco para
asegurarme de que no se ha enfriado; tiene la frente cubierta de gotitas de sudor,
lo que hace que apague la calefacción inmediatamente. Decido disfrutar de los
suaves sonidos de su sueño ligero y tomar el camino largo para volver a casa de
Vance.
Con cuidado, la sacudo de un hombro.
—Tessa, y a hemos llegado.
Abre los ojos y parpadea rápidamente para evaluar dónde se encuentra.
—¿Ya es tan tarde? —pregunta mirando el reloj del salpicadero.
—Había tráfico —le digo.
La verdad es que he conducido por toda la ciudad intentando averiguar qué es
lo que la ha cautivado tanto de ella. Sin embargo, no ha habido forma. No he
podido encontrarlo a través del aire helado. O de los atascos del tráfico. O del
puente levadizo que provocaba el atasco. Lo único que tenía sentido para mí era
la chica que dormía en mi coche. A pesar de los cientos de edificios que se
alinean dibujando e iluminando la ciudad, ella es lo único que podría hacer que
Seattle mereciera la pena.
—Aún estoy muy cansada… —Sonríe—. Creo que he comido demasiado. —
Y me aparta cuando me ofrezco a llevarla a su habitación.
Camina como una zombi cruzando la casa de Vance y, en cuanto su cabeza se
posa sobre la almohada, se queda dormida de nuevo. La desvisto con cuidado,
cubro su cuerpo semidesnudo con el edredón y dejo mi vieja camiseta junto a su
cabeza esperando que se la ponga cuando se despierte.
Me quedo mirándola. Tiene los labios entreabiertos y rodea con los brazos
uno de los míos como si estuviera abrazando una almohada mullida. No puede
estar cómoda, pero está profundamente dormida, agarrándome como si tuviera
miedo de que desaparezca.
Creo que, si sigo sin comportarme como un capullo a diario, se me
recompensará con momentos como éste todos los fines de semana, y eso me
basta para aguantar hasta que ella también lo vea.
—¡¿Cuántas veces vas a llamarme?! —grito en el auricular.
Mi teléfono lleva toda la noche vibrando con el nombre de mi madre
parpadeando en la pantalla. Tessa no deja de despertarse y, a su vez, me
despierta a mí. Juro que la última vez lo dejé en silencio.
—¡Tendrías que haber contestado! —dice ella—. Tengo algo importante que
contarte.
Su voz es dulce, y no recuerdo la última vez que hablé con ella.
—Pues adelante, habla —gruño, e instintivamente me incorporo para
encender la lamparilla. Su luz es demasiado brillante para estas horas de la
mañana, así que tiro de la cuerdecita y devuelvo la habitación a su antigua
oscuridad.
—Bueno, allá va… —Respira hondo—. Mike y yo vamos a casarnos.
Suelta un grito y me aparto el teléfono de la oreja para proteger mi oído.
—Vale… —digo, esperando más.
—¿No estás sorprendido? —pregunta, obviamente decepcionada por mi
reacción.
—Me dijo que te lo iba a pedir, y supongo que le has dicho que sí. ¿Por qué
tendría que sorprenderme?
—¿Te lo dijo?
—Sí —respondo mirando las formas rectangulares y oscuras de algunas fotos
que cuelgan de la pared.
—Bueno, y ¿qué te parece?
—¿Acaso importa? —inquiero.
—Pues claro que importa, Hardin.
Mi madre suspira y y o me incorporo del todo. Tessa se mueve en sueños y
me busca.
—Sea como sea, no me importa. Me sorprendió un poco, pero ¿qué más me
da si te casas? —susurro rodeando con la pierna los suaves muslos de Tessa.
—No te estoy pidiendo permiso. Sólo quería saber cómo te sentías al respecto
para que pueda decirte por qué llevo toda la mañana llamándote.
—Estoy bien, y ahora dime.
—Como sabes, a Mike le parece que sería una buena idea vender la casa.
—¿Y?
—Bueno, está vendida. Los nuevos propietarios se trasladarán el mes que
viene, después de la boda.
—¿El mes que viene?
Me froto la sien con el índice. Sabía que no tenía que coger el maldito
teléfono a estas horas.
—Íbamos a esperar al año que viene, pero ya tenemos una edad y, con el
hijo de Mike marchándose a la universidad, no habrá mejor momento que ahora.
Debería empezar a hacer calor dentro de unos meses, pero no queremos esperar.
Puede que haga frío, pero no será insoportable. Vendrás, ¿no? Y traerás a Tessa,
¿eh?
—Así que la boda es el mes que viene, ¿o dentro de dos semanas? —El
cerebro no me funciona tan temprano.
—¡Dos semanas! —me responde mi madre emocionada.
—No creo que pueda… —replico, y no sigo.
No es que no quiera unirme a la feliz fiesta del amor correspondido y toda
esa mierda, pero no quiero ir a Inglaterra, y sé que Tessa no vendrá conmigo
avisándola con tan poco tiempo, sobre todo teniendo en cuenta el estado de
nuestra relación en estos momentos.
—¿Por qué no? —dice ella—. Se lo preguntaré y o misma si…
—No, no lo harás —la corto en seco.
Me doy cuenta de que estoy siendo un poco brusco y reculo.
—Ni siquiera tiene pasaporte —digo. Es una excusa, pero es verdad.
—Puede conseguir uno en dos semanas si se lo expiden urgente.
Suspiro.
—No lo sé, mamá, dame un poco de tiempo para pensar en ello. Son las putas
siete de la mañana —gruño, y cuelgo.
Luego me doy cuenta de que ni siquiera le he dado la enhorabuena. Joder. En
fin, tampoco es que lo esperara de mí necesariamente.
Entonces oigo que alguien está rebuscando en los malditos armarios del final
del pasillo. Me tapo la cabeza con el grueso edredón para amortiguar el ruido de
portazos y el odioso pitido del lavavajillas, pero los sonidos no cesan. La
cacofonía continúa hasta que supongo que me quedo dormido a pesar de ella.
CAPÍTULO 104
Hardin
Son algo más de las ocho y puedo ver a través del salón, hasta la cocina, donde
Tessa está vestida y arreglada, desayunando con Kimberly.
Mierda, y a es lunes. Ella tiene que ir a trabajar y yo tengo que coger el
coche para volver a la universidad. Me perderé las clases de hoy, pero no podría
importarme menos. Tendré mi título antes de dos meses.
—¿Vas a despertarlo? —le pregunta Kimberly a Tessa justo cuando entro.
—Estoy despierto —gruño aún medio grogui por el sueño.
He dormido mejor esta noche que en toda la semana. La primera noche que
pasé aquí estuvimos despiertos casi todo el tiempo.
—Hola. —La sonrisa de Tessa ilumina la oscura habitación, y Kimberly
discretamente baja del taburete en el que estaba sentada y nos deja a solas. Lo
que significa que anota un nuevo récord para no molestarme.
—¿Cuánto llevas despierta? —le pregunto.
—Dos horas. Christian me ha dicho que podía quedarme una hora más
porque aún no te habías levantado.
—Tendrías que haberme despertado antes.
Recorro vorazmente su cuerpo con la mirada. Lleva una blusa de color
burdeos metida en una falda de tubo negra hasta la rodilla. La tela envuelve sus
caderas de una forma que me hace querer volverla en ese taburete, subirle la
falda hasta que se le vean las bragas (de encaje, tal vez) y poseerla aquí y
ahora…
Pero entonces me despierta de mis pensamientos:
—¿Qué?
La puerta principal se cierra y me alivia saber que por fin estamos solos en la
enorme casa.
—Nada —miento, y camino hacia la cafetera medio llena—. Claro, ¿cómo
iban a tener una Keurig?… Malditos ricachones.
Tessa se ríe por mi comentario.
—Me alegro de que no, no me gustan nada esos trastos.
Apoya los codos sobre la isla de la cocina y su pelo cae enmarcándole la
cara.
—Yo también.
Echo una mirada a la espaciosa cocina y de vuelta al pecho de Tessa, que
ahora está de pie muy erguida.
—¿A qué hora tienes que irte? —le pregunto.
Se cruza de brazos y me deja sin vistas.
—Dentro de veinte minutos.
—Mierda —suspiro, y ambos nos llevamos la taza de café a los labios a la vez
—. Tendrías que haberme despertado —insisto—. Dile a Vance que no vas.
—¡No! —replica, y sopla el café humeante que tiene en la mano.
—Sí.
—No —dice con voz firme—, no puedo aprovecharme de mi relación
personal con él de esta manera.
Las palabras que ha elegido para decirlo me cabrean.
—No es una « relación personal» . Vives aquí porque eres amiga de
Kimberly y básicamente porque yo te presenté a Vance —le recuerdo,
completamente consciente de lo mucho que le molesta que saque este tema.
Pone sus ojos grises en blanco con dramatismo y atraviesa el lujoso suelo de
madera, sus tacones sonando con fuerza al pasar por mi lado. Le agarro el codo
con los dedos, deteniendo su dramática salida.
La atraigo hacia mi pecho y beso la base de su cuello.
—¿Adónde te crees que vas?
—Ami habitación, a coger el bolso —dice.
Pero la forma pesada en la que se eleva y cae su pecho contradice
completamente su tono frío y su mirada aún más fría.
—Dile que necesitas más tiempo —le pido casi rozando con los labios la fina
capa de piel de su nuca.
Tessa intenta fingir que no le afecta que la toque, pero yo sé la verdad.
Conozco su cuerpo mejor que ella.
—No —replica.
Hace un esfuerzo mínimo para liberarse, sólo para poder decirse a sí misma
que lo ha hecho.
—No quiero aprovecharme de él. Ya me ha dejado quedarme aquí gratis.
No pienso rendirme.
—Entonces lo llamaré yo —le digo.
Hoy no la necesita en la oficina. Ya la tiene tres días a la semana. Yo la
necesito más que la editorial.
—Hardin…
Alcanza mi mano antes de que yo pueda meterla en el bolsillo para coger el
móvil.
—Llamaré a Kim —dice finalmente.
Frunce el ceño y me sorprende, y le agradezco que se hay a rendido tan
rápido.
CAPÍTULO 105
Tessa
—Hola Kim, soy Tessa. Iba a…
—Adelante —me corta—. Ya le he dicho a Christian que seguramente no
vendrías hoy.
—Siento pedírtelo. Yo…
—Tessa, no pasa nada. Lo entendemos.
La sinceridad de su voz me hace sonreír a pesar de mi enfado con Hardin. Es
agradable tener una amiga por fin. Me cuesta mucho aliviar la presión que siento
en el pecho por la traición de Steph. Miro mi habitación temporal y me recuerdo
a mí misma que estoy a horas de distancia de ella, del campus, de todos los
amigos que pensaba que había hecho en mi primer trimestre en la facultad, todos
falsos. Ésta es mi vida ahora. Mi sitio está en Seattle y no voy a tener que volver
a ver nunca más a Steph ni a los demás.
—Muchísimas gracias —le digo.
—No tienes por qué dármelas. Sólo recuerda que todas las habitaciones
principales de la casa están vigiladas —ríe Kimberly—. Estoy segura de que, tras
el incidente del gimnasio, no se te olvidará.
Atravieso a Hardin con la mirada cuando entra en la habitación.
Su sonrisa expectante y la forma en la que esos vaqueros azules bajos se
apoy an en sus caderas me distraen de las palabras de Kimberly. Tengo que
esforzarme para recordar lo que me ha dicho hace unos segundos.
« ¿El gimnasio? Ostras, no…» Se me hiela la sangre y Hardin viene directo
hacia mí.
—Hum, sí —murmuro, levantando una mano para evitar que se acerque ni
un poco más.
—Pásalo bien —añade Kimberly, y cuelga.
—¡Hay cámaras en el gimnasio! ¡Nos vieron! —le digo a Hardin
aterrorizada.
Él se encoge de hombros como si no fuera nada importante.
—Las apagaron antes de poder ver nada.
—¡Hardin! Saben que…, ya sabes, ¡en su gimnasio!
Mis manos vuelan frente a mí.
—¡Es terrible! —Me cubro la cara con ellas y Hardin me las aparta
enseguida.
—No vieron nada. Ya he hablado con ellos. Tranquilízate. ¿No crees que me
habría vuelto loco si sé que han visto algo?
Me relajo un poco. Tiene toda la razón, habría estado mucho más enfadado
de lo que parece en este momento, pero eso no significa que me sienta
totalmente humillada porque lo saben, aunque pararan la grabación a tiempo.
Pero, espera, ¿qué significa grabación aquí? Todo es digital. Podrían decir que
apagaron las cámaras pero en realidad quedarse mirando todo el rato…
—Las imágenes… no están grabadas ni guardadas en ninguna parte, ¿verdad?
—No puedo evitar preguntarlo. Dibujo con la yema del dedo la pequeña cruz
tatuada en la mano de Hardin.
Él baja la cabeza y me mira a la defensiva.
—¿Qué quieres decir con eso?
Las… viejas aficiones de Hardin reaparecen en mi mente.
—No quiero decir eso —digo rápidamente. Puede que demasiado rápido.
—¿Estás segura? —pregunta.
Veo cómo se le endurecen las facciones y sus ojos se llenan de culpa.
—Ya, y ¿cómo sabes lo que me preocupa que estuvieras pensando si no lo has
pensado ya por ti misma?
—No —le aseguro, y acorto el espacio que hay entre nosotros.
—No, ¿qué? —inquiere.
Puedo leer sus pensamientos en este momento, puedo verlo revivir las
horribles cosas que hizo.
—No hagas eso, no vuelvas ahí.
—No puedo evitarlo.
Se frota la cara con la mano de forma lenta y enajenada.
—¿Es eso lo que pensabas? ¿Que sabía lo de la grabación y que les dejé
verla?
—¿Qué? ¡No! Nunca pensaría eso —le digo sinceramente—. Sólo he
conectado la grabación del gimnasio con lo que pasó antes de que dijeras nada.
Ha sido pura paranoia mía.
» Tan sólo me lo recordó: en ningún momento pensé que lo estuvieras
haciendo ahora. —Le agarro el andrajoso cuello de la camiseta negra—. Sé que
no le enseñarías a nadie una cinta mía. —Lo miro a los ojos, obligándolo a que
me crea.
—Si alguna vez alguien te hiciera algo así… —Hace una larga pausa y
respira hondo—. No sé lo que le haría, aunque fuera Vance —admite.
El temperamento de Hardin es algo a lo que me he acostumbrado de sobra en
los últimos meses.
Me pongo de puntillas para poder mirarlo a los ojos.
—Eso no va a suceder.
—Pero estuvo a punto de suceder algo terrible la semana pasada con Steph y
Dan.
Un escalofrío hace que le tiemblen los hombros y yo busco
desesperadamente las palabras justas para sacarlo de ese oscuro lugar.
—No pasó nada —replico.
Lo irónico de ser y o la que lo consuele cuando el trauma es en realidad algo
que me ocurrió a mí no es algo nuevo; pero este intercambio de papeles revela la
verdadera naturaleza de nuestra relación y la necesidad de Hardin de culparse
por cosas que no puede controlar. Igual que con su madre, igual que conmigo.
Ahora lo veo.
—Si hubiera estado dentro de ti…
Esas palabras traen imágenes vagas de recuerdos de aquella noche, imágenes
de los dedos de Dan subiendo por mi pantorrilla, de Steph quitándome el vestido.
—No quiero hablar de hipótesis.
Me pego a él y a sus brazos rodeándome la cintura, aprisionándome,
protegiéndome de los malos recuerdos y de las amenazas inexistentes.
Frunce el ceño.
—Apenas hablamos de ello.
—No quiero hacerlo —contesto—. Ya hablamos lo suficiente en casa de mi
madre y no es así como quiero pasar el día libre que he conseguido.
Le regalo la mejor de mis sonrisas intentando sin éxito aliviar la tensión.
—No soportaría que alguien te hiciera daño así. No soporto la idea de que te
violara. Hace que me entren ganas de asesinar: lo veo todo rojo. No puedo con
ello. —La expresión de enfado de Hardin no se ha relajado, tan sólo se ha visto
intensificada. Sus ojos verdes atraviesan los míos, y sus rudas manos me
aprisionan las caderas.
—Entonces será mejor que no hablemos de ello. Quiero que intentes
olvidarlo, como he hecho yo. —Le acaricio la espalda, suplicándole con suavidad
que lo olvide todo. No nos hará ningún bien a ninguno de los dos seguir siempre
con lo mismo. Fue tremendo y asqueroso, pero no estoy dispuesta a permitir que
me controle—. Te quiero. Te quiero con locura.
Su boca envuelve la mía, y enredo mis brazos en los suyos, acercándolo a mí.
Cuando paramos para coger aliento, digo:
—Céntrate en mí, Hardin. Sólo en m…
Me interrumpe la presión de su boca en la mía de nuevo, poseyéndome,
demostrándome su compromiso conmigo y con él mismo. Su lengua dura se
abre paso entre mis labios para acariciar la mía. Las yemas de sus dedos se
clavan aún más en mis caderas y me hacen gemir cuando se deslizan por mi
barriga y hasta mi pecho. Me agarra las tetas y yo me pego con más fuerza a su
cuerpo, llenando sus ávidas manos.
—Demuéstrame que soy el único —susurra en mi boca, y yo sé
exactamente lo que quiere, lo que necesita.
Me pongo de rodillas frente a él y tiro del único botón de sus vaqueros. La
cremallera resulta ser más problemática, y por un momento considero arrancar
las costuras y destrozarlo todo. Sin embargo, no puedo permitirme tal cosa, más
que nada por lo bueno que está con estos vaqueros azules. Lentamente, rozo con
los dedos el vello fino que lleva desde su ombligo hasta la goma de su bóxer, y él
gime impaciente.
—Por favor —me suplica—, no seas cruel.
Asiento y le bajo los calzoncillos hasta los tobillos sobre los vaqueros. Hardin
vuelve a gemir, esta vez más fuerte, más primitivo, y yo lo cojo con la boca. Los
movimientos lentos y rápidos de mi lengua dicen las cosas que intento que se
graben en su mente paranoica, asegurándole que estos actos de placer son
distintos de cualquier cosa que pudiese obligarme a traer a alguien.
Lo quiero. Me doy cuenta de que lo que estoy haciendo tal vez no sea la
forma más sana de atajar su enfado y su preocupación, pero mis ansias de él son
más fuertes que mi subconsciente, que, en este momento, balancea con
suficiencia un libro de autoayuda en mis narices.
—Me vuelve loco ser el único hombre que ha poseído tu boca —dice, y gime
cuando uso una mano para coger lo que mi boca no puede—. Esos labios sólo me
han agarrado a mí.
Un rápido movimiento de sus caderas me provoca una arcada y él recorre
mi frente con el pulgar.
—Mírame —me ordena.
Y y o obedezco encantada. Estoy disfrutando de esto tanto como él. Siempre
lo hago. Me encanta ver cómo cierra los ojos con cada caricia de mi lengua. Me
encanta cómo gime y gruñe cuando succiono con más fuerza.
—Joder, sabes exactamente…
Echa la cabeza atrás y siento cómo los músculos de sus piernas se contraen
bajo mi mano, que he apoyado en él para mantener el equilibrio.
—Soy el único hombre frente al que te pondrás de rodillas…
Aprieto los muslos para aliviar un poco la tensión que sus obscenas palabras
están provocando en mí. Hardin se apoy a con una mano en la pared mientras mi
boca lo acerca cada vez más y más al clímax. No aparto la mirada de la suya,
algo que sé que lo vuelve completamente loco, mientras disfruto dándole placer.
Su mano libre va de encima de mi cabeza a mi boca, recorre con la yema de su
pulgar mi labio superior y lo mete y lo saca de mi boca a un ritmo cada vez más
frenético.
—Joder, Tess.
Su cuerpo se tensa mientras me dice lo mucho que le gusta, lo mucho que me
quiere, cuando está a punto de correrse.
Me la como entera, gimiendo mientras me llena la boca… y él gime,
vaciándose en mi lengua. Sigo chupando, sacándole cada gota de leche mientras
él me acaricia la mejilla con el pulgar.
Me abandono a su roce, gozando de su ternura, y me ayuda a levantarme con
delicadeza. Ya de pie junto a él me rodea con sus brazos, estrechándome en un
gesto íntimo que casi me abruma.
—Siento haber sacado toda esa mierda —susurra contra mi pelo.
—Shhh… —susurro yo a mi vez, puesto que no quiero volver a esa oscura
conversación que hemos dejado minutos atrás.
—Inclínate sobre la cama —me dice entonces.
Me cuesta un poco procesar sus palabras, pero no me da la posibilidad de
responder antes de que me empuje suavemente poniendo la palma de la mano
en la parte baja de mi espalda, guiándome así al borde del colchón. Me agarra
los muslos y me sube la falda hasta que mi trasero queda al descubierto para él.
Lo deseo tanto que me duele físicamente, un dolor que sólo él puede calmar.
Cuando me muevo para quitarme los zapatos, vuelve a presionar mi espalda con
la palma de la mano.
—No, déjatelos puestos —gruñe.
Gimo cuando me aparta las bragas y me mete un dedo. Se acerca más, sus
piernas casi tocando las mías, su polla rozando con suavidad mis muslos.
—Es tan jugoso, nena, y está tan calentito. —Añade otro dedo, y yo gimo,
apoy ando todo mi peso en los codos, sobre el colchón. Arqueo la espalda cuando
encuentra el ritmo, introduciéndose en mí de manera constante, metiendo y
sacando sus largos dedos—. Haces unos ruiditos tan sexis, Tess —dice, y pega su
cuerpo al mío, de manera que noto su polla dura contra mí.
—Por favor, Hardin. —Gimo, ahora lo necesito. En cuestión de segundos me
sacia como sólo él me sabe saciar y como nunca lo hará nadie. Lo deseo, pero
eso no es nada en comparación con el amor incontenible, absorbente,
conturbador que siento por él, y en el fondo (en ese fondo que sólo él y yo
podemos ver) sé que él siempre será el único.
Más tarde, tumbados en la cama, Hardin gimotea « No quiero irme» , y en un
gesto muy poco propio de él, hunde la cabeza en mi hombro y me rodea con los
brazos y las piernas. Su pelo grueso me hace cosquillas. Intento peinarlo con los
dedos, pero es simplemente demasiado.
—Necesito un corte de pelo —anuncia como si respondiera a mis
pensamientos.
—Amí me gusta así —digo acariciando los mechones húmedos.
—Si no fuera así, no me lo dirías —me reta.
Tiene razón, pero sólo porque no me imagino un solo corte de pelo que no le
sentara bien. De todas formas, resulta que me encanta cómo lo lleva ahora.
—Tu teléfono vuelve a sonar —le advierto, y él levanta la cabeza para
mirarme—. Podría estar pasándole algo malo a mi padre. Estoy haciendo lo que
puedo para no volverme loca y de verdad quiero confiar en ti, así que, por favor,
contesta —le suelto de golpe.
—Si le pasa algo a tu padre, Landon puede ocuparse de ello, Tessa.
—Hardin, sabes lo difícil que es para mí, ¿verdad?
—Tessa —dice para acallarme, pero entonces se pone en pie y coge el móvil
del escritorio—. ¿Ves? Es mi madre.
Levanta la pantalla para que pueda ver el nombre de Trish desde allí. Me
encantaría que me hiciera caso y cambiara el contacto a « Mamá» en su
teléfono, pero no quiere. Lo que me recuerda a mí misma.
—¡Contesta! —lo apremio—. Podría ser una emergencia.
Me levanto de la cama e intento quitarle el móvil, pero él es muy rápido.
—Está bien. Lleva dándome por saco toda la mañana.
Hardin sostiene el móvil en alto, sobre mi cabeza.
—¿Y eso? —le pregunto y lo veo apagar el teléfono.
—Nada importante. Ya sabes lo pesada que puede ser —dice.
—No es pesada —replico en defensa de Trish. Es muy dulce y me encanta
su sentido del humor. Algo que no le vendría mal a su hijo.
—Tú eres igual de pesada que ella, sabía que dirías eso.
Sonríe. Sus largos dedos me colocan el pelo detrás de las orejas. Lo miro mal
en broma.
—Estás siendo terriblemente encantador hoy. Sin contar que acabas de
llamarme pesada, claro.
No me quejo, pero teniendo en cuenta nuestro historial, me temo que este
comportamiento terminará en cuanto termine nuestro maravilloso fin de semana.
—¿Preferirías que fuera un cabrón? —replica levantando una ceja.
Sonrío, disfrutando de su comportamiento juguetón, no importa lo poco que
dure.
CAPÍTULO 106
Hardin
Por si el maldito y eterno trayecto bajo la lluvia helada no hubiera sido lo
bastante desagradable, cuando llego a mi apartamento me bombardea la imagen
del padre de Tessa despatarrado en mi sofá con ropa mía puesta. Lleva unos
pantalones de pijama de algodón y una camiseta negra que le van demasiado
pequeños, y siento literalmente cómo el bagel que Tessa me ha preparado para
desay unar esta mañana vuelve a mi garganta y me suplica que lo regurgite sobre
el suelo de hormigón.
—¿Qué tal está Tessie? —me pregunta Richard en cuanto cruzo la puerta.
—¿Por qué has vuelto a ponerte mi ropa? —gruño sin esperar una respuesta
por su parte pero sabiendo que me la va a dar de todas formas.
—Sólo tengo la camisa que me diste y no consigo quitarle el olor —contesta
poniéndose en pie.
—¿Dónde está Landon?
—Landon está en la cocina. —La voz de mi hermanastro llega a la sala de
estar por mi espalda.
Un minuto más tarde se reúne con nosotros, con un trapo de cocina en las
manos. Caen gotas de jabón al suelo y lo reprendo por no hacer que Richard lave
los malditos platos.
—Entonces, ¿cómo está? —pregunta.
—Está bien, joder. Y, por si a alguien le interesa, yo también estoy bien —
suelto.
El apartamento se ve mucho más limpio de lo que estaba cuando me fui. Los
montones de manuscritos de mierda que pensaba tirar se han evaporado, la torre
de botellas de agua vacías que construí en la mesita de café ya no está, e incluso
el montículo de polvo que me había acostumbrado a ver crecer ha desaparecido
de las esquinas de la mesa de la tele.
—¿Qué demonios ha pasado aquí? —les pregunto. Mi paciencia se está
agotando bastante rápido para hacer sólo dos minutos que he entrado.
—Si te refieres a qué ha pasado porque hemos limpiado… —empieza a decir
Landon, pero lo corto.
—¿Dónde está mi mierda? —inquiero caminando por la habitación—. ¿Os he
pedido a alguno de los dos que toquéis mi mierda?
Me pellizco el puente de la nariz con los dedos y respiro hondo intentando
controlar mi inesperada rabia. ¿Por qué coño han limpiado mi puto apartamento
sin consultarme antes?
Miro a uno y luego al otro una y otra vez antes de largarme a mi cuarto.
—Menudo humor tenemos… —oigo decir a Richard cuando llego a la puerta.
—No le hagas caso…, la echa de menos —responde Landon rápidamente.
Como diciendo « Que os jodan a los dos» , doy un portazo lo más fuerte que
puedo.
Landon tiene razón. Sé que la tiene. Lo sentía a medida que me alejaba en el
coche de aquella maldita ciudad, distanciándome de ella. Podía sentir cómo se
tensaban más todos y cada uno de mis músculos y tendones cuanto más me
alejaba de ella. Cada puto kilómetro haciendo más y más grande el agujero que
se iba abriendo en mí. Un agujero que sólo ella puede llenar.
Maldecir a cada capullo con que me cruzaba en la autopista me ha ayudado a
mantener la rabia controlada, pero estaba claro que no iba a durar mucho.
Tendría que haberme quedado en Seattle unas horas más, haberla convencido de
tomarse la semana libre y de volver a casa conmigo. Tal y como iba vestida, no
debería haber tenido elección.
Cuanto más profundizo en mis pensamientos, más veces me descubro
visualizando su cuerpo semidesnudo. La falda enrollada en la cintura, dejando al
descubierto la visión más sexi posible. Mientras su cuerpo y el mío chocaban sin
parar, me prometió que no me olvidaría en toda esta larga semana y me dijo
cuánto me quería.
Cuanto más pienso en cómo me besaba y luego volvía a besarme, más me
excito.
La necesidad que tengo de ella es más fuerte que nunca. Es deseo y amor
entremezclados, o no, la necesidad que tengo de ella va más allá del deseo. La
forma en la que estamos conectados cuando hacemos el amor es indescriptible,
sus gemidos, el modo en que me recuerda que soy el único hombre que la ha
hecho sentir así. Me quiero y la quiero, fin de la puta historia.
—Hola —digo al teléfono. La he llamado antes de ser consciente de lo que
hacía.
—Hola, ¿pasa algo? —me pregunta.
—No. —Miro mi habitación. Mi recién recogida habitación—. Sí.
—¿Qué pasa? ¿Estás en casa?
« No es mi casa. Tú no estás aquí…»
—Sí, tu puto padre y Landon ya me han sacado de quicio —respondo.
Se le escapa una risita.
—Hace, ¿cuánto?, ¿diez minutos que has llegado? ¿Qué han hecho ya?
—Han limpiado todo el apartamento, han cambiado toda mi mierda de sitio,
no encuentro nada.
Me encantaría que hubiera una camiseta sucia o algo en el suelo a lo que
darle una patada.
—Y ¿qué estás buscando? —me pregunta.
Pero entonces, al otro lado de la línea, oigo una voz de fondo.
Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no preguntarle con quién
demonios está.
—Nada en concreto —admito—. A lo que me refiero es que, si quisiera
encontrar algo, no podría.
Se ríe.
—¿Así que estás enfadado porque han limpiado el apartamento y no
consigues encontrar algo que ni siquiera estás buscando?
—Sí —digo con una mueca.
Me estoy comportando como un puto crío, y lo sé. Ella también lo sabe, pero
en lugar de reñirme se ríe.
—Deberías ir al gimnasio.
—Debería volver a Seattle y follarte encima de tu cama. Otra vez —
disparo de vuelta.
Ella jadea y el sonido se hace eco muy dentro de mí, lo que provoca que la
necesite aún más.
—Mmm, sí —susurra.
—¿Con quién estás? —He aguantado al menos cuarenta segundos. Estoy
mejorando.
—Trevor y Kim —me contesta lentamente.
—¿Me tomas el pelo?
El puto Trevor siempre está ahí. Empieza a ser más molesto que Zed, y eso
y a es mucho decir.
—Har-din…
Noto que se siente incómoda y que no quiere dar explicaciones delante de
ellos.
—The-re-sa.
—Voy un momento a mi habitación —se excusa educadamente, y mientras
oigo su respiración me impaciento cada vez más.
—¿Qué hace el puto Trevor en tu casa? —digo, sonando más trastornado de lo
que era mi intención.
—Ésta no es mi casa —me recuerda.
—Ya, bueno, pero vives ahí y…
Me interrumpe:
—Deberías irte al gimnasio, estás furioso.
Percibo la preocupación en su voz, y el silencio que le sigue lo demuestra.
—Por favor, Hardin.
A ella no puedo decirle que no.
—Te llamo cuando vuelva —acepto, y cuelgo el teléfono.
No puedo decir que no haya visto la asquerosa cara de modelo del puto Trevor
impresa en el saco mientras le daba patadas, puñetazos, patadas y puñetazos
durante dos horas seguidas. Pero tampoco puedo decir que me hay a ayudado, la
verdad es que no. Sigo… cabreado. Ni siquiera sé por qué estoy cabreado
excepto porque Tessa no está aquí y yo no estoy allí.
Joder, va a ser una semana muy larga.
No tenía pensado pasarme tanto rato haciendo ejercicio, pero estaba claro
que lo necesitaba. Cuando llego al coche me espera un mensaje de Tessa:
H e in te nta d o a g ua n ta r de spie r ta , pe r o e stoy a go ta da
Agradezco que fuera esté oscuro porque así nadie verá la cara de idiota que
se me ha quedado con su indirecta. Es jodidamente adorable sin proponérselo.
Casi ignoro un mensaje de Landon que me recuerda que nos estamos
quedando sin provisiones. No he comprado comida de verdad para mí desde…
nunca. Cuando vivía en la hermandad comía la porquería que compraban los
demás.
Sin embargo, Tessa puede que se enfade si se entera de que no doy de comer
a su padre, y Landon seguro que no duda en delatarme.
No sé cómo me veo yendo a Target en lugar de a Conner’s para hacer la
compra. Está claro que Tessa me influy e hasta cuando no está. Pasa tanto tiempo
en Conner’s como en Target, aunque puede tirarse horas explicándome por qué
Target es mucho mejor que cualquier otra tienda. Me aburre mortalmente pero
he aprendido a asentir en los momentos justos para que se crea que la escucho y
que estoy más o menos de acuerdo con ella.
En cuanto meto una caja de Frosties en el carrito de la compra, veo aparecer
fugazmente una melena pelirroja al final del pasillo. Sé que es Steph antes de que
se vuelva. Sus mugrientas botas altas y negras con cordones rojos son
inconfundibles.
Rápidamente pienso en las dos opciones que tengo. Una, puedo acercarme y
recordarle lo muy hija de…
Antes de que pueda pensar en la segunda opción, que seguramente habría
preferido, se vuelve y me ve.
—¡Hardin, espera! —Su voz suena fuerte cuando giro sobre los talones y dejo
el carrito de la compra en mitad del pasillo. Aunque venga de machacarme en el
gimnasio, no hay forma humana de que pueda controlarme delante de Steph. No
la hay.
Oigo sus fuertes pisadas sobre el suelo laminado mientras me sigue a pesar de
mis claras intenciones de ignorarla.
—¡Escúchame! —grita cuando está justo detrás de mí.
Cuando dejo de andar, choca contra mi espalda y se cae al suelo.
Me vuelvo y le grito:
—¡¿Qué coño quieres?!
Se pone rápidamente en pie. Me percato de que el vestido negro que lleva
está todo manchado de polvo blanco del suelo sucio.
—Pensaba que estabas en Seattle.
—Y lo estoy, pero justo ahora mismo no —miento. No tengo ni idea de qué
me ha impulsado a enfrentarme a ella, pero ya es tarde para echarse atrás.
—Sé que ahora me odias… —empieza.
—Es el primer pensamiento sensato que has tenido en mucho tiempo —le
suelto, y luego la observo detenidamente. Sus ojos verdes casi desaparecen bajo
las líneas negras que los rodean. Está horrible—. No estoy de humor para tus
chorradas —le advierto.
—Nunca lo has estado. —Sonríe.
Aprieto los puños a mis costados.
—No tengo nada que decirte, y y a sabes cómo me pongo cuando no quiero
que me molesten.
—¿Me estás amenazando? ¿En serio?
Levanta los brazos frente a sí y luego vuelve a dejarlos caer. Me quedo en
silencio mientras imágenes de una Tessa apenas consciente pasan por mi cabeza.
Tengo que alejarme de Steph. Nunca le haría daño físico, pero sé toda la mierda
que puedo llegar a soltarle para hacerle mucho más daño del que pueda llegar a
imaginar. Es una de mis muchas aptitudes.
—No es buena para ti —tiene el valor de decirme Steph.
No puedo evitar reírme ante la osadía de esta zorra.
—No eres tan estúpida como para intentar hablar conmigo de eso —replico.
Pero si algo ha sido alguna vez Steph es segura de sí misma. Orgullosa de sí
misma.
—Sabes que es cierto —contesta—. No es suficiente para ti, y tú nunca serás
suficiente para ella.
El fuego que arde en mi interior se aviva mientras ella sigue:
—Te cansarás de esa santurrona, y lo sabes. Seguramente y a te hayas
cansado.
—¿Santurrona? —Me trago otra carcajada. No conoce a la Tessa a la que le
gusta que se la follen delante de un espejo y que se folla a sí misma con sus
dedos hasta gritar mi nombre.
Steph asiente.
—Y a ella se le pasará la fijación por el chico malo que tiene contigo y se
casará con un banquero o algo así. No creo que seas tan idiota como para pensar
que esto va para largo. Sé que viste cómo estaba con Noah, ese capullo de las
chaquetas de punto. Eran como la pareja modelo que están hechos el uno para la
otra, y lo sabes. No puedes competir con eso.
—¿Y qué? ¿Quieres decir que tú y yo funcionaríamos mejor?
Mi voz acaba sonando mucho menos exigente de lo que pretendía. Se está
entrometiendo en mis mayores inseguridades y estoy haciendo lo que puedo por
no vacilar.
Pone en blanco sus ojos de mapache.
—No, claro que no. Sé que no te gusto, nunca te he gustado. Sólo es que me
preocupas —dice.
Aparto la mirada de ella para mirar los pasillos vacíos.
—Sé que no quieres creerme y sé que te gustaría partirme el cuello por
meterme con tu Virgen María, pero en ese oscuro corazoncito tuy o sabes que lo
que estoy diciendo es verdad.
Me muerdo un carrillo al oír el mote con el que mis supuestos amigos
bautizaron a Tessa hace tiempo.
—En el fondo sabes que no funcionará. Es demasiado pija para ti. Tú estás
lleno de tatuajes, y sólo es cuestión de tiempo que ella se canse de avergonzarse
de que la vean contigo.
—Tessa no se avergüenza de que la vean conmigo —replico dando un paso
hacia la arpía pelirroja.
—Sabes que sí. Incluso me lo llegó a decir a mí cuando empezabais a salir.
Seguro que sigue igual. —Sonríe, el pendiente de la nariz brilla bajo la luz y yo
me avergüenzo con el recuerdo de sus manos tocándome, haciendo que me
corriera.
Me trago la rabia y replico:
—Intentas manipularme porque es todo lo que te queda y no te va a
funcionar.
La hago a un lado para irme.
Suelta una carcajada asquerosa.
—Si eres suficiente para ella, ¿por qué se iba con Zed tan a menudo? Ya sabes
lo que decían por ahí…
Me paro en seco. Recuerdo a Tessa volviendo de aquella comida con Steph.
Estaba muy enfadada tras marcharse de Applebee’s el día que Steph se llevó a
Molly y las dos le dieron a entender a Tessa que corría el rumor de que se follaba
a Zed. Me cabreé tanto que llamé a Molly para advertirle de que no volvieran a
meterse entre Tessa y yo. Está claro que Steph no recibió el mensaje, a pesar de
que era de ella de quien debía preocuparme desde el principio.
—Tú te inventaste esos rumores —la acuso.
—No, fue el compañero de piso de Zed. Fue él quien la oyó gemir su nombre
y la cama de Zed golpeando la pared cuando él intentaba dormir. Molesto,
¿verdad?
La sonrisa malévola de Steph me deja sin el poco autocontrol que me
quedaba desde que Tessa se fue a Seattle.
« Tengo que largarme ahora mismo. Tengo que largarme ahora mismo…»
—Zed dijo que no lo hizo nada mal, por cierto; al parecer, hace eso… eso que
hace ella con las caderas o algo así. Ah, y ese lunar… ya sabes cuál.
Se golpea suavemente la mejilla con sus uñas negras.
No puedo soportarlo.
—¡Cállate! —Me tapo las orejas con las manos—. ¡Cállate de una vez! —le
grito desde el otro lado del pasillo.
Steph se aleja, sigue riendo.
—Créeme o no me creas —añade encogiéndose de hombros—. Me da igual,
pero sabes que es una pérdida de tiempo. Ella es una pérdida de tiempo.
Hace una mueca de burla y desaparece justo cuando mi puño impacta con la
estantería metálica.
Hardin
—No me estaba mirando a mí —dice intentando convencerme cuando por fin
llegamos al coche, que he tenido que aparcar lo más lejos posible del restaurante.
—Estaba jadeando encima de la lasaña. Si hasta le colgaba un hilo de baba de
la barbilla.
Los ojos del hombre estaban pegados a Tessa mientras intentaba disfrutar de
mi plato de pasta demasiado caro y con demasiada salsa. Quiero insistir en el
tema, pero al final decido que mejor no lo haré. Tessa ni siquiera se había dado
cuenta de que había llamado la atención de ese tío, estaba demasiado ocupada
sonriéndome y hablando conmigo como para mirarlo dos veces.
Sus sonrisas son brillantes y sinceras, ha tenido mucha paciencia conmigo
ante mis comentarios acerca de esperar tanto para que nos dieran una mesa, y
parece encontrar siempre alguna forma para tocarme. Una mano en la mía, el
roce de sus dedos en mi brazo, su suave mano acariciándome el pelo de la nuca,
me toca constantemente y yo me siento como un puto crío el día de Navidad.
Eso si realmente supiera lo emocionado que está un crío en Navidad.
Pongo la calefacción del coche a tope porque quiero que entre en calor lo
antes posible. Tiene la nariz y las mejillas de un adorable color rojizo y no puedo
evitar acercarme y rozar con mi mano helada sus labios temblorosos.
—En ese caso, es una pena que vaya a pagar tanto por comerse una lasaña
llena de babas, ¿no? —Sonríe, y me acerco para acallar su comentario cursi
cubriendo su boca con la mía.
—Ven aquí —gruño.
La atraigo con cuidado a mi regazo tirando de las mangas de su abrigo
morado. No protesta; al contrario, salta el apoyabrazos para poder sentarse sobre
mí. Su boca sigue sobre la mía y yo, posesivo, la reclamo para mí atrayendo su
cuerpo hacia el mío hasta acercarlo todo lo que permite el extraño diseño de este
coche. Cuando acciono la palanca del asiento que lo reclina por completo, Tessa
jadea y su cuerpo cae sobre el mío.
—Sigo dolorida —me dice, y la aparto un poco suavemente.
—Sólo quería besarte —respondo.
Es verdad. No es que fuera a rechazar hacerle el amor en el asiento delantero
del coche, pero no es lo que tenía en mente.
—Pero quiero —admite con timidez, girando un poco la cabeza como para
que no la vea.
—Podemos ir a casa…, bueno, a tu casa.
—¿Por qué no aquí?
—¿Hola? ¿Tessa?
Agito la mano delante de su cara y ella me mira desconcertada.
—¿Has visto a Tessa por aquí? Porque esta obsesa sexual de hormonas
revolucionadas que tengo sentada encima no es ella —la pico, y al final lo pilla.
—No soy una obsesa sexual.
Hace un puchero sacando el labio inferior y yo me apresuro a cazarlo entre
los dientes. Mueve las caderas sobre mí, y examino el aparcamiento con la
mirada. El sol y a empieza a ocultarse, y la atmósfera densa y el cielo nublado
hacen que parezca que es más tarde de lo que es en realidad. Sin embargo, el
parking está lleno de coches, y lo último que me apetece es que nos pillen
follando en público.
Separa su boca de la mía y me recorre el cuello con los labios.
—Estoy estresada, y tú no has estado conmigo, y te quiero.
A pesar del aire caliente de la calefacción, un escalofrío me recorre la
espalda y una de sus manos consigue deslizarse entre nosotros bajo mis
pantalones.
—Y también puede que tenga las hormonas un poco revolucionadas, ya casi
es…, bueno, y a sabes qué semana. —Me susurra las últimas palabras como si
fueran un secreto obsceno.
—Vaya, ahora lo entiendo. —Sonrío, preparando mentalmente bromas
subidas de tono para picarla toda la semana, como siempre hago.
Me lee la mente.
—No digas nada —me regaña, apretando y tocando mi polla
mientras su boca sigue en mi cuello.
—Entonces deja de hacer eso antes de que me corra en los pantalones. Ya
me ha pasado demasiadas veces desde que te conozco.
—Sí, te ha pasado. —Sonríe.
Me muerde y mis caderas me traicionan elevándose para unirse a la tortura
de sus movimientos sinuosos.
—Volvamos a casa… —insisto—. Como alguien te vea así, montándome en
mitad de un parking, tendré que matarlo.
Tessa mira alrededor del aparcamiento pensativa, inspeccionando los
alrededores, y entonces veo cómo empieza a ser consciente de dónde estamos.
—Vale —dice, y con otro puchero vuelve a su asiento.
—Mira cómo se ha girado la tortilla… —replico.
Su mano vuelve a agarrarme y aprieta, y yo hago una mueca de dolor. Tessa
sonríe con dulzura, como si no acabara de intentar castrarme.
—Tú conduce —ordena.
—Me saltaré todos los semáforos en rojo para llevarte a casa y darte tu
merecido —respondo para picarla.
Ella pone los ojos en blanco y apoy a la cabeza en la ventanilla.
Para cuando llegamos al semáforo se ha quedado dormida. La toco para
asegurarme de que no se ha enfriado; tiene la frente cubierta de gotitas de sudor,
lo que hace que apague la calefacción inmediatamente. Decido disfrutar de los
suaves sonidos de su sueño ligero y tomar el camino largo para volver a casa de
Vance.
Con cuidado, la sacudo de un hombro.
—Tessa, y a hemos llegado.
Abre los ojos y parpadea rápidamente para evaluar dónde se encuentra.
—¿Ya es tan tarde? —pregunta mirando el reloj del salpicadero.
—Había tráfico —le digo.
La verdad es que he conducido por toda la ciudad intentando averiguar qué es
lo que la ha cautivado tanto de ella. Sin embargo, no ha habido forma. No he
podido encontrarlo a través del aire helado. O de los atascos del tráfico. O del
puente levadizo que provocaba el atasco. Lo único que tenía sentido para mí era
la chica que dormía en mi coche. A pesar de los cientos de edificios que se
alinean dibujando e iluminando la ciudad, ella es lo único que podría hacer que
Seattle mereciera la pena.
—Aún estoy muy cansada… —Sonríe—. Creo que he comido demasiado. —
Y me aparta cuando me ofrezco a llevarla a su habitación.
Camina como una zombi cruzando la casa de Vance y, en cuanto su cabeza se
posa sobre la almohada, se queda dormida de nuevo. La desvisto con cuidado,
cubro su cuerpo semidesnudo con el edredón y dejo mi vieja camiseta junto a su
cabeza esperando que se la ponga cuando se despierte.
Me quedo mirándola. Tiene los labios entreabiertos y rodea con los brazos
uno de los míos como si estuviera abrazando una almohada mullida. No puede
estar cómoda, pero está profundamente dormida, agarrándome como si tuviera
miedo de que desaparezca.
Creo que, si sigo sin comportarme como un capullo a diario, se me
recompensará con momentos como éste todos los fines de semana, y eso me
basta para aguantar hasta que ella también lo vea.
—¡¿Cuántas veces vas a llamarme?! —grito en el auricular.
Mi teléfono lleva toda la noche vibrando con el nombre de mi madre
parpadeando en la pantalla. Tessa no deja de despertarse y, a su vez, me
despierta a mí. Juro que la última vez lo dejé en silencio.
—¡Tendrías que haber contestado! —dice ella—. Tengo algo importante que
contarte.
Su voz es dulce, y no recuerdo la última vez que hablé con ella.
—Pues adelante, habla —gruño, e instintivamente me incorporo para
encender la lamparilla. Su luz es demasiado brillante para estas horas de la
mañana, así que tiro de la cuerdecita y devuelvo la habitación a su antigua
oscuridad.
—Bueno, allá va… —Respira hondo—. Mike y yo vamos a casarnos.
Suelta un grito y me aparto el teléfono de la oreja para proteger mi oído.
—Vale… —digo, esperando más.
—¿No estás sorprendido? —pregunta, obviamente decepcionada por mi
reacción.
—Me dijo que te lo iba a pedir, y supongo que le has dicho que sí. ¿Por qué
tendría que sorprenderme?
—¿Te lo dijo?
—Sí —respondo mirando las formas rectangulares y oscuras de algunas fotos
que cuelgan de la pared.
—Bueno, y ¿qué te parece?
—¿Acaso importa? —inquiero.
—Pues claro que importa, Hardin.
Mi madre suspira y y o me incorporo del todo. Tessa se mueve en sueños y
me busca.
—Sea como sea, no me importa. Me sorprendió un poco, pero ¿qué más me
da si te casas? —susurro rodeando con la pierna los suaves muslos de Tessa.
—No te estoy pidiendo permiso. Sólo quería saber cómo te sentías al respecto
para que pueda decirte por qué llevo toda la mañana llamándote.
—Estoy bien, y ahora dime.
—Como sabes, a Mike le parece que sería una buena idea vender la casa.
—¿Y?
—Bueno, está vendida. Los nuevos propietarios se trasladarán el mes que
viene, después de la boda.
—¿El mes que viene?
Me froto la sien con el índice. Sabía que no tenía que coger el maldito
teléfono a estas horas.
—Íbamos a esperar al año que viene, pero ya tenemos una edad y, con el
hijo de Mike marchándose a la universidad, no habrá mejor momento que ahora.
Debería empezar a hacer calor dentro de unos meses, pero no queremos esperar.
Puede que haga frío, pero no será insoportable. Vendrás, ¿no? Y traerás a Tessa,
¿eh?
—Así que la boda es el mes que viene, ¿o dentro de dos semanas? —El
cerebro no me funciona tan temprano.
—¡Dos semanas! —me responde mi madre emocionada.
—No creo que pueda… —replico, y no sigo.
No es que no quiera unirme a la feliz fiesta del amor correspondido y toda
esa mierda, pero no quiero ir a Inglaterra, y sé que Tessa no vendrá conmigo
avisándola con tan poco tiempo, sobre todo teniendo en cuenta el estado de
nuestra relación en estos momentos.
—¿Por qué no? —dice ella—. Se lo preguntaré y o misma si…
—No, no lo harás —la corto en seco.
Me doy cuenta de que estoy siendo un poco brusco y reculo.
—Ni siquiera tiene pasaporte —digo. Es una excusa, pero es verdad.
—Puede conseguir uno en dos semanas si se lo expiden urgente.
Suspiro.
—No lo sé, mamá, dame un poco de tiempo para pensar en ello. Son las putas
siete de la mañana —gruño, y cuelgo.
Luego me doy cuenta de que ni siquiera le he dado la enhorabuena. Joder. En
fin, tampoco es que lo esperara de mí necesariamente.
Entonces oigo que alguien está rebuscando en los malditos armarios del final
del pasillo. Me tapo la cabeza con el grueso edredón para amortiguar el ruido de
portazos y el odioso pitido del lavavajillas, pero los sonidos no cesan. La
cacofonía continúa hasta que supongo que me quedo dormido a pesar de ella.
CAPÍTULO 104
Hardin
Son algo más de las ocho y puedo ver a través del salón, hasta la cocina, donde
Tessa está vestida y arreglada, desayunando con Kimberly.
Mierda, y a es lunes. Ella tiene que ir a trabajar y yo tengo que coger el
coche para volver a la universidad. Me perderé las clases de hoy, pero no podría
importarme menos. Tendré mi título antes de dos meses.
—¿Vas a despertarlo? —le pregunta Kimberly a Tessa justo cuando entro.
—Estoy despierto —gruño aún medio grogui por el sueño.
He dormido mejor esta noche que en toda la semana. La primera noche que
pasé aquí estuvimos despiertos casi todo el tiempo.
—Hola. —La sonrisa de Tessa ilumina la oscura habitación, y Kimberly
discretamente baja del taburete en el que estaba sentada y nos deja a solas. Lo
que significa que anota un nuevo récord para no molestarme.
—¿Cuánto llevas despierta? —le pregunto.
—Dos horas. Christian me ha dicho que podía quedarme una hora más
porque aún no te habías levantado.
—Tendrías que haberme despertado antes.
Recorro vorazmente su cuerpo con la mirada. Lleva una blusa de color
burdeos metida en una falda de tubo negra hasta la rodilla. La tela envuelve sus
caderas de una forma que me hace querer volverla en ese taburete, subirle la
falda hasta que se le vean las bragas (de encaje, tal vez) y poseerla aquí y
ahora…
Pero entonces me despierta de mis pensamientos:
—¿Qué?
La puerta principal se cierra y me alivia saber que por fin estamos solos en la
enorme casa.
—Nada —miento, y camino hacia la cafetera medio llena—. Claro, ¿cómo
iban a tener una Keurig?… Malditos ricachones.
Tessa se ríe por mi comentario.
—Me alegro de que no, no me gustan nada esos trastos.
Apoya los codos sobre la isla de la cocina y su pelo cae enmarcándole la
cara.
—Yo también.
Echo una mirada a la espaciosa cocina y de vuelta al pecho de Tessa, que
ahora está de pie muy erguida.
—¿A qué hora tienes que irte? —le pregunto.
Se cruza de brazos y me deja sin vistas.
—Dentro de veinte minutos.
—Mierda —suspiro, y ambos nos llevamos la taza de café a los labios a la vez
—. Tendrías que haberme despertado —insisto—. Dile a Vance que no vas.
—¡No! —replica, y sopla el café humeante que tiene en la mano.
—Sí.
—No —dice con voz firme—, no puedo aprovecharme de mi relación
personal con él de esta manera.
Las palabras que ha elegido para decirlo me cabrean.
—No es una « relación personal» . Vives aquí porque eres amiga de
Kimberly y básicamente porque yo te presenté a Vance —le recuerdo,
completamente consciente de lo mucho que le molesta que saque este tema.
Pone sus ojos grises en blanco con dramatismo y atraviesa el lujoso suelo de
madera, sus tacones sonando con fuerza al pasar por mi lado. Le agarro el codo
con los dedos, deteniendo su dramática salida.
La atraigo hacia mi pecho y beso la base de su cuello.
—¿Adónde te crees que vas?
—Ami habitación, a coger el bolso —dice.
Pero la forma pesada en la que se eleva y cae su pecho contradice
completamente su tono frío y su mirada aún más fría.
—Dile que necesitas más tiempo —le pido casi rozando con los labios la fina
capa de piel de su nuca.
Tessa intenta fingir que no le afecta que la toque, pero yo sé la verdad.
Conozco su cuerpo mejor que ella.
—No —replica.
Hace un esfuerzo mínimo para liberarse, sólo para poder decirse a sí misma
que lo ha hecho.
—No quiero aprovecharme de él. Ya me ha dejado quedarme aquí gratis.
No pienso rendirme.
—Entonces lo llamaré yo —le digo.
Hoy no la necesita en la oficina. Ya la tiene tres días a la semana. Yo la
necesito más que la editorial.
—Hardin…
Alcanza mi mano antes de que yo pueda meterla en el bolsillo para coger el
móvil.
—Llamaré a Kim —dice finalmente.
Frunce el ceño y me sorprende, y le agradezco que se hay a rendido tan
rápido.
CAPÍTULO 105
Tessa
—Hola Kim, soy Tessa. Iba a…
—Adelante —me corta—. Ya le he dicho a Christian que seguramente no
vendrías hoy.
—Siento pedírtelo. Yo…
—Tessa, no pasa nada. Lo entendemos.
La sinceridad de su voz me hace sonreír a pesar de mi enfado con Hardin. Es
agradable tener una amiga por fin. Me cuesta mucho aliviar la presión que siento
en el pecho por la traición de Steph. Miro mi habitación temporal y me recuerdo
a mí misma que estoy a horas de distancia de ella, del campus, de todos los
amigos que pensaba que había hecho en mi primer trimestre en la facultad, todos
falsos. Ésta es mi vida ahora. Mi sitio está en Seattle y no voy a tener que volver
a ver nunca más a Steph ni a los demás.
—Muchísimas gracias —le digo.
—No tienes por qué dármelas. Sólo recuerda que todas las habitaciones
principales de la casa están vigiladas —ríe Kimberly—. Estoy segura de que, tras
el incidente del gimnasio, no se te olvidará.
Atravieso a Hardin con la mirada cuando entra en la habitación.
Su sonrisa expectante y la forma en la que esos vaqueros azules bajos se
apoy an en sus caderas me distraen de las palabras de Kimberly. Tengo que
esforzarme para recordar lo que me ha dicho hace unos segundos.
« ¿El gimnasio? Ostras, no…» Se me hiela la sangre y Hardin viene directo
hacia mí.
—Hum, sí —murmuro, levantando una mano para evitar que se acerque ni
un poco más.
—Pásalo bien —añade Kimberly, y cuelga.
—¡Hay cámaras en el gimnasio! ¡Nos vieron! —le digo a Hardin
aterrorizada.
Él se encoge de hombros como si no fuera nada importante.
—Las apagaron antes de poder ver nada.
—¡Hardin! Saben que…, ya sabes, ¡en su gimnasio!
Mis manos vuelan frente a mí.
—¡Es terrible! —Me cubro la cara con ellas y Hardin me las aparta
enseguida.
—No vieron nada. Ya he hablado con ellos. Tranquilízate. ¿No crees que me
habría vuelto loco si sé que han visto algo?
Me relajo un poco. Tiene toda la razón, habría estado mucho más enfadado
de lo que parece en este momento, pero eso no significa que me sienta
totalmente humillada porque lo saben, aunque pararan la grabación a tiempo.
Pero, espera, ¿qué significa grabación aquí? Todo es digital. Podrían decir que
apagaron las cámaras pero en realidad quedarse mirando todo el rato…
—Las imágenes… no están grabadas ni guardadas en ninguna parte, ¿verdad?
—No puedo evitar preguntarlo. Dibujo con la yema del dedo la pequeña cruz
tatuada en la mano de Hardin.
Él baja la cabeza y me mira a la defensiva.
—¿Qué quieres decir con eso?
Las… viejas aficiones de Hardin reaparecen en mi mente.
—No quiero decir eso —digo rápidamente. Puede que demasiado rápido.
—¿Estás segura? —pregunta.
Veo cómo se le endurecen las facciones y sus ojos se llenan de culpa.
—Ya, y ¿cómo sabes lo que me preocupa que estuvieras pensando si no lo has
pensado ya por ti misma?
—No —le aseguro, y acorto el espacio que hay entre nosotros.
—No, ¿qué? —inquiere.
Puedo leer sus pensamientos en este momento, puedo verlo revivir las
horribles cosas que hizo.
—No hagas eso, no vuelvas ahí.
—No puedo evitarlo.
Se frota la cara con la mano de forma lenta y enajenada.
—¿Es eso lo que pensabas? ¿Que sabía lo de la grabación y que les dejé
verla?
—¿Qué? ¡No! Nunca pensaría eso —le digo sinceramente—. Sólo he
conectado la grabación del gimnasio con lo que pasó antes de que dijeras nada.
Ha sido pura paranoia mía.
» Tan sólo me lo recordó: en ningún momento pensé que lo estuvieras
haciendo ahora. —Le agarro el andrajoso cuello de la camiseta negra—. Sé que
no le enseñarías a nadie una cinta mía. —Lo miro a los ojos, obligándolo a que
me crea.
—Si alguna vez alguien te hiciera algo así… —Hace una larga pausa y
respira hondo—. No sé lo que le haría, aunque fuera Vance —admite.
El temperamento de Hardin es algo a lo que me he acostumbrado de sobra en
los últimos meses.
Me pongo de puntillas para poder mirarlo a los ojos.
—Eso no va a suceder.
—Pero estuvo a punto de suceder algo terrible la semana pasada con Steph y
Dan.
Un escalofrío hace que le tiemblen los hombros y yo busco
desesperadamente las palabras justas para sacarlo de ese oscuro lugar.
—No pasó nada —replico.
Lo irónico de ser y o la que lo consuele cuando el trauma es en realidad algo
que me ocurrió a mí no es algo nuevo; pero este intercambio de papeles revela la
verdadera naturaleza de nuestra relación y la necesidad de Hardin de culparse
por cosas que no puede controlar. Igual que con su madre, igual que conmigo.
Ahora lo veo.
—Si hubiera estado dentro de ti…
Esas palabras traen imágenes vagas de recuerdos de aquella noche, imágenes
de los dedos de Dan subiendo por mi pantorrilla, de Steph quitándome el vestido.
—No quiero hablar de hipótesis.
Me pego a él y a sus brazos rodeándome la cintura, aprisionándome,
protegiéndome de los malos recuerdos y de las amenazas inexistentes.
Frunce el ceño.
—Apenas hablamos de ello.
—No quiero hacerlo —contesto—. Ya hablamos lo suficiente en casa de mi
madre y no es así como quiero pasar el día libre que he conseguido.
Le regalo la mejor de mis sonrisas intentando sin éxito aliviar la tensión.
—No soportaría que alguien te hiciera daño así. No soporto la idea de que te
violara. Hace que me entren ganas de asesinar: lo veo todo rojo. No puedo con
ello. —La expresión de enfado de Hardin no se ha relajado, tan sólo se ha visto
intensificada. Sus ojos verdes atraviesan los míos, y sus rudas manos me
aprisionan las caderas.
—Entonces será mejor que no hablemos de ello. Quiero que intentes
olvidarlo, como he hecho yo. —Le acaricio la espalda, suplicándole con suavidad
que lo olvide todo. No nos hará ningún bien a ninguno de los dos seguir siempre
con lo mismo. Fue tremendo y asqueroso, pero no estoy dispuesta a permitir que
me controle—. Te quiero. Te quiero con locura.
Su boca envuelve la mía, y enredo mis brazos en los suyos, acercándolo a mí.
Cuando paramos para coger aliento, digo:
—Céntrate en mí, Hardin. Sólo en m…
Me interrumpe la presión de su boca en la mía de nuevo, poseyéndome,
demostrándome su compromiso conmigo y con él mismo. Su lengua dura se
abre paso entre mis labios para acariciar la mía. Las yemas de sus dedos se
clavan aún más en mis caderas y me hacen gemir cuando se deslizan por mi
barriga y hasta mi pecho. Me agarra las tetas y yo me pego con más fuerza a su
cuerpo, llenando sus ávidas manos.
—Demuéstrame que soy el único —susurra en mi boca, y yo sé
exactamente lo que quiere, lo que necesita.
Me pongo de rodillas frente a él y tiro del único botón de sus vaqueros. La
cremallera resulta ser más problemática, y por un momento considero arrancar
las costuras y destrozarlo todo. Sin embargo, no puedo permitirme tal cosa, más
que nada por lo bueno que está con estos vaqueros azules. Lentamente, rozo con
los dedos el vello fino que lleva desde su ombligo hasta la goma de su bóxer, y él
gime impaciente.
—Por favor —me suplica—, no seas cruel.
Asiento y le bajo los calzoncillos hasta los tobillos sobre los vaqueros. Hardin
vuelve a gemir, esta vez más fuerte, más primitivo, y yo lo cojo con la boca. Los
movimientos lentos y rápidos de mi lengua dicen las cosas que intento que se
graben en su mente paranoica, asegurándole que estos actos de placer son
distintos de cualquier cosa que pudiese obligarme a traer a alguien.
Lo quiero. Me doy cuenta de que lo que estoy haciendo tal vez no sea la
forma más sana de atajar su enfado y su preocupación, pero mis ansias de él son
más fuertes que mi subconsciente, que, en este momento, balancea con
suficiencia un libro de autoayuda en mis narices.
—Me vuelve loco ser el único hombre que ha poseído tu boca —dice, y gime
cuando uso una mano para coger lo que mi boca no puede—. Esos labios sólo me
han agarrado a mí.
Un rápido movimiento de sus caderas me provoca una arcada y él recorre
mi frente con el pulgar.
—Mírame —me ordena.
Y y o obedezco encantada. Estoy disfrutando de esto tanto como él. Siempre
lo hago. Me encanta ver cómo cierra los ojos con cada caricia de mi lengua. Me
encanta cómo gime y gruñe cuando succiono con más fuerza.
—Joder, sabes exactamente…
Echa la cabeza atrás y siento cómo los músculos de sus piernas se contraen
bajo mi mano, que he apoyado en él para mantener el equilibrio.
—Soy el único hombre frente al que te pondrás de rodillas…
Aprieto los muslos para aliviar un poco la tensión que sus obscenas palabras
están provocando en mí. Hardin se apoy a con una mano en la pared mientras mi
boca lo acerca cada vez más y más al clímax. No aparto la mirada de la suya,
algo que sé que lo vuelve completamente loco, mientras disfruto dándole placer.
Su mano libre va de encima de mi cabeza a mi boca, recorre con la yema de su
pulgar mi labio superior y lo mete y lo saca de mi boca a un ritmo cada vez más
frenético.
—Joder, Tess.
Su cuerpo se tensa mientras me dice lo mucho que le gusta, lo mucho que me
quiere, cuando está a punto de correrse.
Me la como entera, gimiendo mientras me llena la boca… y él gime,
vaciándose en mi lengua. Sigo chupando, sacándole cada gota de leche mientras
él me acaricia la mejilla con el pulgar.
Me abandono a su roce, gozando de su ternura, y me ayuda a levantarme con
delicadeza. Ya de pie junto a él me rodea con sus brazos, estrechándome en un
gesto íntimo que casi me abruma.
—Siento haber sacado toda esa mierda —susurra contra mi pelo.
—Shhh… —susurro yo a mi vez, puesto que no quiero volver a esa oscura
conversación que hemos dejado minutos atrás.
—Inclínate sobre la cama —me dice entonces.
Me cuesta un poco procesar sus palabras, pero no me da la posibilidad de
responder antes de que me empuje suavemente poniendo la palma de la mano
en la parte baja de mi espalda, guiándome así al borde del colchón. Me agarra
los muslos y me sube la falda hasta que mi trasero queda al descubierto para él.
Lo deseo tanto que me duele físicamente, un dolor que sólo él puede calmar.
Cuando me muevo para quitarme los zapatos, vuelve a presionar mi espalda con
la palma de la mano.
—No, déjatelos puestos —gruñe.
Gimo cuando me aparta las bragas y me mete un dedo. Se acerca más, sus
piernas casi tocando las mías, su polla rozando con suavidad mis muslos.
—Es tan jugoso, nena, y está tan calentito. —Añade otro dedo, y yo gimo,
apoy ando todo mi peso en los codos, sobre el colchón. Arqueo la espalda cuando
encuentra el ritmo, introduciéndose en mí de manera constante, metiendo y
sacando sus largos dedos—. Haces unos ruiditos tan sexis, Tess —dice, y pega su
cuerpo al mío, de manera que noto su polla dura contra mí.
—Por favor, Hardin. —Gimo, ahora lo necesito. En cuestión de segundos me
sacia como sólo él me sabe saciar y como nunca lo hará nadie. Lo deseo, pero
eso no es nada en comparación con el amor incontenible, absorbente,
conturbador que siento por él, y en el fondo (en ese fondo que sólo él y yo
podemos ver) sé que él siempre será el único.
Más tarde, tumbados en la cama, Hardin gimotea « No quiero irme» , y en un
gesto muy poco propio de él, hunde la cabeza en mi hombro y me rodea con los
brazos y las piernas. Su pelo grueso me hace cosquillas. Intento peinarlo con los
dedos, pero es simplemente demasiado.
—Necesito un corte de pelo —anuncia como si respondiera a mis
pensamientos.
—Amí me gusta así —digo acariciando los mechones húmedos.
—Si no fuera así, no me lo dirías —me reta.
Tiene razón, pero sólo porque no me imagino un solo corte de pelo que no le
sentara bien. De todas formas, resulta que me encanta cómo lo lleva ahora.
—Tu teléfono vuelve a sonar —le advierto, y él levanta la cabeza para
mirarme—. Podría estar pasándole algo malo a mi padre. Estoy haciendo lo que
puedo para no volverme loca y de verdad quiero confiar en ti, así que, por favor,
contesta —le suelto de golpe.
—Si le pasa algo a tu padre, Landon puede ocuparse de ello, Tessa.
—Hardin, sabes lo difícil que es para mí, ¿verdad?
—Tessa —dice para acallarme, pero entonces se pone en pie y coge el móvil
del escritorio—. ¿Ves? Es mi madre.
Levanta la pantalla para que pueda ver el nombre de Trish desde allí. Me
encantaría que me hiciera caso y cambiara el contacto a « Mamá» en su
teléfono, pero no quiere. Lo que me recuerda a mí misma.
—¡Contesta! —lo apremio—. Podría ser una emergencia.
Me levanto de la cama e intento quitarle el móvil, pero él es muy rápido.
—Está bien. Lleva dándome por saco toda la mañana.
Hardin sostiene el móvil en alto, sobre mi cabeza.
—¿Y eso? —le pregunto y lo veo apagar el teléfono.
—Nada importante. Ya sabes lo pesada que puede ser —dice.
—No es pesada —replico en defensa de Trish. Es muy dulce y me encanta
su sentido del humor. Algo que no le vendría mal a su hijo.
—Tú eres igual de pesada que ella, sabía que dirías eso.
Sonríe. Sus largos dedos me colocan el pelo detrás de las orejas. Lo miro mal
en broma.
—Estás siendo terriblemente encantador hoy. Sin contar que acabas de
llamarme pesada, claro.
No me quejo, pero teniendo en cuenta nuestro historial, me temo que este
comportamiento terminará en cuanto termine nuestro maravilloso fin de semana.
—¿Preferirías que fuera un cabrón? —replica levantando una ceja.
Sonrío, disfrutando de su comportamiento juguetón, no importa lo poco que
dure.
CAPÍTULO 106
Hardin
Por si el maldito y eterno trayecto bajo la lluvia helada no hubiera sido lo
bastante desagradable, cuando llego a mi apartamento me bombardea la imagen
del padre de Tessa despatarrado en mi sofá con ropa mía puesta. Lleva unos
pantalones de pijama de algodón y una camiseta negra que le van demasiado
pequeños, y siento literalmente cómo el bagel que Tessa me ha preparado para
desay unar esta mañana vuelve a mi garganta y me suplica que lo regurgite sobre
el suelo de hormigón.
—¿Qué tal está Tessie? —me pregunta Richard en cuanto cruzo la puerta.
—¿Por qué has vuelto a ponerte mi ropa? —gruño sin esperar una respuesta
por su parte pero sabiendo que me la va a dar de todas formas.
—Sólo tengo la camisa que me diste y no consigo quitarle el olor —contesta
poniéndose en pie.
—¿Dónde está Landon?
—Landon está en la cocina. —La voz de mi hermanastro llega a la sala de
estar por mi espalda.
Un minuto más tarde se reúne con nosotros, con un trapo de cocina en las
manos. Caen gotas de jabón al suelo y lo reprendo por no hacer que Richard lave
los malditos platos.
—Entonces, ¿cómo está? —pregunta.
—Está bien, joder. Y, por si a alguien le interesa, yo también estoy bien —
suelto.
El apartamento se ve mucho más limpio de lo que estaba cuando me fui. Los
montones de manuscritos de mierda que pensaba tirar se han evaporado, la torre
de botellas de agua vacías que construí en la mesita de café ya no está, e incluso
el montículo de polvo que me había acostumbrado a ver crecer ha desaparecido
de las esquinas de la mesa de la tele.
—¿Qué demonios ha pasado aquí? —les pregunto. Mi paciencia se está
agotando bastante rápido para hacer sólo dos minutos que he entrado.
—Si te refieres a qué ha pasado porque hemos limpiado… —empieza a decir
Landon, pero lo corto.
—¿Dónde está mi mierda? —inquiero caminando por la habitación—. ¿Os he
pedido a alguno de los dos que toquéis mi mierda?
Me pellizco el puente de la nariz con los dedos y respiro hondo intentando
controlar mi inesperada rabia. ¿Por qué coño han limpiado mi puto apartamento
sin consultarme antes?
Miro a uno y luego al otro una y otra vez antes de largarme a mi cuarto.
—Menudo humor tenemos… —oigo decir a Richard cuando llego a la puerta.
—No le hagas caso…, la echa de menos —responde Landon rápidamente.
Como diciendo « Que os jodan a los dos» , doy un portazo lo más fuerte que
puedo.
Landon tiene razón. Sé que la tiene. Lo sentía a medida que me alejaba en el
coche de aquella maldita ciudad, distanciándome de ella. Podía sentir cómo se
tensaban más todos y cada uno de mis músculos y tendones cuanto más me
alejaba de ella. Cada puto kilómetro haciendo más y más grande el agujero que
se iba abriendo en mí. Un agujero que sólo ella puede llenar.
Maldecir a cada capullo con que me cruzaba en la autopista me ha ayudado a
mantener la rabia controlada, pero estaba claro que no iba a durar mucho.
Tendría que haberme quedado en Seattle unas horas más, haberla convencido de
tomarse la semana libre y de volver a casa conmigo. Tal y como iba vestida, no
debería haber tenido elección.
Cuanto más profundizo en mis pensamientos, más veces me descubro
visualizando su cuerpo semidesnudo. La falda enrollada en la cintura, dejando al
descubierto la visión más sexi posible. Mientras su cuerpo y el mío chocaban sin
parar, me prometió que no me olvidaría en toda esta larga semana y me dijo
cuánto me quería.
Cuanto más pienso en cómo me besaba y luego volvía a besarme, más me
excito.
La necesidad que tengo de ella es más fuerte que nunca. Es deseo y amor
entremezclados, o no, la necesidad que tengo de ella va más allá del deseo. La
forma en la que estamos conectados cuando hacemos el amor es indescriptible,
sus gemidos, el modo en que me recuerda que soy el único hombre que la ha
hecho sentir así. Me quiero y la quiero, fin de la puta historia.
—Hola —digo al teléfono. La he llamado antes de ser consciente de lo que
hacía.
—Hola, ¿pasa algo? —me pregunta.
—No. —Miro mi habitación. Mi recién recogida habitación—. Sí.
—¿Qué pasa? ¿Estás en casa?
« No es mi casa. Tú no estás aquí…»
—Sí, tu puto padre y Landon ya me han sacado de quicio —respondo.
Se le escapa una risita.
—Hace, ¿cuánto?, ¿diez minutos que has llegado? ¿Qué han hecho ya?
—Han limpiado todo el apartamento, han cambiado toda mi mierda de sitio,
no encuentro nada.
Me encantaría que hubiera una camiseta sucia o algo en el suelo a lo que
darle una patada.
—Y ¿qué estás buscando? —me pregunta.
Pero entonces, al otro lado de la línea, oigo una voz de fondo.
Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no preguntarle con quién
demonios está.
—Nada en concreto —admito—. A lo que me refiero es que, si quisiera
encontrar algo, no podría.
Se ríe.
—¿Así que estás enfadado porque han limpiado el apartamento y no
consigues encontrar algo que ni siquiera estás buscando?
—Sí —digo con una mueca.
Me estoy comportando como un puto crío, y lo sé. Ella también lo sabe, pero
en lugar de reñirme se ríe.
—Deberías ir al gimnasio.
—Debería volver a Seattle y follarte encima de tu cama. Otra vez —
disparo de vuelta.
Ella jadea y el sonido se hace eco muy dentro de mí, lo que provoca que la
necesite aún más.
—Mmm, sí —susurra.
—¿Con quién estás? —He aguantado al menos cuarenta segundos. Estoy
mejorando.
—Trevor y Kim —me contesta lentamente.
—¿Me tomas el pelo?
El puto Trevor siempre está ahí. Empieza a ser más molesto que Zed, y eso
y a es mucho decir.
—Har-din…
Noto que se siente incómoda y que no quiere dar explicaciones delante de
ellos.
—The-re-sa.
—Voy un momento a mi habitación —se excusa educadamente, y mientras
oigo su respiración me impaciento cada vez más.
—¿Qué hace el puto Trevor en tu casa? —digo, sonando más trastornado de lo
que era mi intención.
—Ésta no es mi casa —me recuerda.
—Ya, bueno, pero vives ahí y…
Me interrumpe:
—Deberías irte al gimnasio, estás furioso.
Percibo la preocupación en su voz, y el silencio que le sigue lo demuestra.
—Por favor, Hardin.
A ella no puedo decirle que no.
—Te llamo cuando vuelva —acepto, y cuelgo el teléfono.
No puedo decir que no haya visto la asquerosa cara de modelo del puto Trevor
impresa en el saco mientras le daba patadas, puñetazos, patadas y puñetazos
durante dos horas seguidas. Pero tampoco puedo decir que me hay a ayudado, la
verdad es que no. Sigo… cabreado. Ni siquiera sé por qué estoy cabreado
excepto porque Tessa no está aquí y yo no estoy allí.
Joder, va a ser una semana muy larga.
No tenía pensado pasarme tanto rato haciendo ejercicio, pero estaba claro
que lo necesitaba. Cuando llego al coche me espera un mensaje de Tessa:
H e in te nta d o a g ua n ta r de spie r ta , pe r o e stoy a go ta da
Agradezco que fuera esté oscuro porque así nadie verá la cara de idiota que
se me ha quedado con su indirecta. Es jodidamente adorable sin proponérselo.
Casi ignoro un mensaje de Landon que me recuerda que nos estamos
quedando sin provisiones. No he comprado comida de verdad para mí desde…
nunca. Cuando vivía en la hermandad comía la porquería que compraban los
demás.
Sin embargo, Tessa puede que se enfade si se entera de que no doy de comer
a su padre, y Landon seguro que no duda en delatarme.
No sé cómo me veo yendo a Target en lugar de a Conner’s para hacer la
compra. Está claro que Tessa me influy e hasta cuando no está. Pasa tanto tiempo
en Conner’s como en Target, aunque puede tirarse horas explicándome por qué
Target es mucho mejor que cualquier otra tienda. Me aburre mortalmente pero
he aprendido a asentir en los momentos justos para que se crea que la escucho y
que estoy más o menos de acuerdo con ella.
En cuanto meto una caja de Frosties en el carrito de la compra, veo aparecer
fugazmente una melena pelirroja al final del pasillo. Sé que es Steph antes de que
se vuelva. Sus mugrientas botas altas y negras con cordones rojos son
inconfundibles.
Rápidamente pienso en las dos opciones que tengo. Una, puedo acercarme y
recordarle lo muy hija de…
Antes de que pueda pensar en la segunda opción, que seguramente habría
preferido, se vuelve y me ve.
—¡Hardin, espera! —Su voz suena fuerte cuando giro sobre los talones y dejo
el carrito de la compra en mitad del pasillo. Aunque venga de machacarme en el
gimnasio, no hay forma humana de que pueda controlarme delante de Steph. No
la hay.
Oigo sus fuertes pisadas sobre el suelo laminado mientras me sigue a pesar de
mis claras intenciones de ignorarla.
—¡Escúchame! —grita cuando está justo detrás de mí.
Cuando dejo de andar, choca contra mi espalda y se cae al suelo.
Me vuelvo y le grito:
—¡¿Qué coño quieres?!
Se pone rápidamente en pie. Me percato de que el vestido negro que lleva
está todo manchado de polvo blanco del suelo sucio.
—Pensaba que estabas en Seattle.
—Y lo estoy, pero justo ahora mismo no —miento. No tengo ni idea de qué
me ha impulsado a enfrentarme a ella, pero ya es tarde para echarse atrás.
—Sé que ahora me odias… —empieza.
—Es el primer pensamiento sensato que has tenido en mucho tiempo —le
suelto, y luego la observo detenidamente. Sus ojos verdes casi desaparecen bajo
las líneas negras que los rodean. Está horrible—. No estoy de humor para tus
chorradas —le advierto.
—Nunca lo has estado. —Sonríe.
Aprieto los puños a mis costados.
—No tengo nada que decirte, y y a sabes cómo me pongo cuando no quiero
que me molesten.
—¿Me estás amenazando? ¿En serio?
Levanta los brazos frente a sí y luego vuelve a dejarlos caer. Me quedo en
silencio mientras imágenes de una Tessa apenas consciente pasan por mi cabeza.
Tengo que alejarme de Steph. Nunca le haría daño físico, pero sé toda la mierda
que puedo llegar a soltarle para hacerle mucho más daño del que pueda llegar a
imaginar. Es una de mis muchas aptitudes.
—No es buena para ti —tiene el valor de decirme Steph.
No puedo evitar reírme ante la osadía de esta zorra.
—No eres tan estúpida como para intentar hablar conmigo de eso —replico.
Pero si algo ha sido alguna vez Steph es segura de sí misma. Orgullosa de sí
misma.
—Sabes que es cierto —contesta—. No es suficiente para ti, y tú nunca serás
suficiente para ella.
El fuego que arde en mi interior se aviva mientras ella sigue:
—Te cansarás de esa santurrona, y lo sabes. Seguramente y a te hayas
cansado.
—¿Santurrona? —Me trago otra carcajada. No conoce a la Tessa a la que le
gusta que se la follen delante de un espejo y que se folla a sí misma con sus
dedos hasta gritar mi nombre.
Steph asiente.
—Y a ella se le pasará la fijación por el chico malo que tiene contigo y se
casará con un banquero o algo así. No creo que seas tan idiota como para pensar
que esto va para largo. Sé que viste cómo estaba con Noah, ese capullo de las
chaquetas de punto. Eran como la pareja modelo que están hechos el uno para la
otra, y lo sabes. No puedes competir con eso.
—¿Y qué? ¿Quieres decir que tú y yo funcionaríamos mejor?
Mi voz acaba sonando mucho menos exigente de lo que pretendía. Se está
entrometiendo en mis mayores inseguridades y estoy haciendo lo que puedo por
no vacilar.
Pone en blanco sus ojos de mapache.
—No, claro que no. Sé que no te gusto, nunca te he gustado. Sólo es que me
preocupas —dice.
Aparto la mirada de ella para mirar los pasillos vacíos.
—Sé que no quieres creerme y sé que te gustaría partirme el cuello por
meterme con tu Virgen María, pero en ese oscuro corazoncito tuy o sabes que lo
que estoy diciendo es verdad.
Me muerdo un carrillo al oír el mote con el que mis supuestos amigos
bautizaron a Tessa hace tiempo.
—En el fondo sabes que no funcionará. Es demasiado pija para ti. Tú estás
lleno de tatuajes, y sólo es cuestión de tiempo que ella se canse de avergonzarse
de que la vean contigo.
—Tessa no se avergüenza de que la vean conmigo —replico dando un paso
hacia la arpía pelirroja.
—Sabes que sí. Incluso me lo llegó a decir a mí cuando empezabais a salir.
Seguro que sigue igual. —Sonríe, el pendiente de la nariz brilla bajo la luz y yo
me avergüenzo con el recuerdo de sus manos tocándome, haciendo que me
corriera.
Me trago la rabia y replico:
—Intentas manipularme porque es todo lo que te queda y no te va a
funcionar.
La hago a un lado para irme.
Suelta una carcajada asquerosa.
—Si eres suficiente para ella, ¿por qué se iba con Zed tan a menudo? Ya sabes
lo que decían por ahí…
Me paro en seco. Recuerdo a Tessa volviendo de aquella comida con Steph.
Estaba muy enfadada tras marcharse de Applebee’s el día que Steph se llevó a
Molly y las dos le dieron a entender a Tessa que corría el rumor de que se follaba
a Zed. Me cabreé tanto que llamé a Molly para advertirle de que no volvieran a
meterse entre Tessa y yo. Está claro que Steph no recibió el mensaje, a pesar de
que era de ella de quien debía preocuparme desde el principio.
—Tú te inventaste esos rumores —la acuso.
—No, fue el compañero de piso de Zed. Fue él quien la oyó gemir su nombre
y la cama de Zed golpeando la pared cuando él intentaba dormir. Molesto,
¿verdad?
La sonrisa malévola de Steph me deja sin el poco autocontrol que me
quedaba desde que Tessa se fue a Seattle.
« Tengo que largarme ahora mismo. Tengo que largarme ahora mismo…»
—Zed dijo que no lo hizo nada mal, por cierto; al parecer, hace eso… eso que
hace ella con las caderas o algo así. Ah, y ese lunar… ya sabes cuál.
Se golpea suavemente la mejilla con sus uñas negras.
No puedo soportarlo.
—¡Cállate! —Me tapo las orejas con las manos—. ¡Cállate de una vez! —le
grito desde el otro lado del pasillo.
Steph se aleja, sigue riendo.
—Créeme o no me creas —añade encogiéndose de hombros—. Me da igual,
pero sabes que es una pérdida de tiempo. Ella es una pérdida de tiempo.
Hace una mueca de burla y desaparece justo cuando mi puño impacta con la
estantería metálica.
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