107-108

CAPÍTULO 107
Hardin
Las cajas caen de la estantería al suelo con estrépito. Vuelvo a golpear el metal,
dejando una mancha roja y espesa en él. El escozor familiar de la carne
abriéndose en mis nudillos sólo consigue hacer que la adrenalina suba y que la
furia que siento crezca. Es casi reconfortante el alivio de permitirme expresar la
rabia de la forma en que solía hacerlo siempre. No tengo que contenerme. No
tengo que pensar en mis actos. Puedo rendirme a la ira, dejar que salga, dejar
que me hunda.
—¿Qué estás haciendo? ¡Que venga alguien! —grita una mujer.
Cuando giro la cabeza hacia ella, ésta da un paso atrás en dirección al final
del pasillo y entonces veo que, pegada a su falda, hay una niña rubia. Los ojos de
la mujer están llenos de miedo y cautela.
Cuando los ojos azul claro de la niña se encuentran con los míos, no puedo
apartar la mirada. Con cada respiración furiosa que abandona mi cuerpo, robo un
poco de la inocencia que los inunda. Corto la conexión con la mirada de la niña y
miro el caos que he organizado en el pasillo. La decepción sustituy e a la rabia en
un segundo y recibo un duro golpe al darme cuenta de que la estoy armando en
medio de un Target. Si la poli llega antes de que pueda salir de aquí, estoy jodido.
Con una última mirada a la niña del vestido largo y los zapatos brillantes,
corro por el pasillo hacia la puerta principal. Evitando el caos que crece
alrededor de mí, paso de un pasillo al otro mientras intento que nadie me vea.
No puedo pensar con claridad. Nada de lo que pienso tiene sentido.
Tessa no se folló a Zed.
No lo hizo.
No pudo hacerlo.
Si lo hubiera hecho, lo sabría. Alguien me lo habría dicho.
Ella me lo habría dicho. Ella es la única persona que conozco que no me
miente.
De repente estoy fuera y el aire invernal me corta la piel sin compasión.
Centro la mirada en mi coche, que está aparcado al fondo del parking,
agradeciendo que la oscuridad de la noche me proteja.
—¡Joder! —grito una vez llego al coche. Mi bota se estampa contra el
parachoques y el sonido chirriante del metal al doblarse hace que mi frustración
disminuya—. ¡Sólo ha estado conmigo! —chillo, y luego subo al coche.
Estoy metiendo la llave en el contacto cuando dos coches de policía entran en
el aparcamiento con las luces y las sirenas puestas. Salgo del parking poco a poco
para no llamar la atención y veo cómo aparcan en el bordillo y corren adentro
como si se hubiera cometido un asesinato.
En cuanto consigo salir, siento un gran alivio recorrerme el cuerpo. Si llegan a
detenerme en el Target, Tessa se habría puesto como una moto.
Tessa… y Zed.
No soy tan idiota como para creerme las mentiras de Steph cuando dice que
Tessa se lo folló. Sé que no lo hizo. Sé que soy el único hombre que ha estado
dentro de ella, el único que ha hecho que se corra en su vida. No él.
Nadie más, joder. Sólo y o.
Sacudo la cabeza para apartar la visión de ellos dos juntos, sus dedos
agarrando los brazos de él mientras entra y sale de ella. Joder, otra vez esto, no.
No puedo pensar con claridad, literalmente. No puedo ver con claridad.
Tendría que haber agarrado a Steph por el cuello y…
No, no puedo permitirme acabar de imaginarlo. Ha conseguido lo que quería
de mí y eso me cabrea aún más. Sabía exactamente lo que se hacía al
mencionar a Zed, me estaba tomando el pelo a propósito, intentando hacerme
saltar, y funcionó. Sabía que estaba tirando de la anilla de una granada y luego
alejándose. Pero no soy una granada, tendría que poder controlarme.
Llamo a Tessa inmediatamente pero no responde. Su teléfono suena… y
suena… y suena. Antes me ha dicho que se iba a dormir, pero sé perfectamente
que siempre tiene el teléfono en modo vibración y que no soporta dormir con
ruido.
—Vamos, Tess, coge el puto móvil —gimoteo, y tiro el teléfono al asiento del
acompañante.
Tengo que alejarme de Target todo lo que pueda antes de que los polis
comprueben las cámaras de seguridad del parking y consigan la matrícula o algo
así.
La autovía es una jodida pesadilla y sigo intentando llamar a Tessa. Si no me
devuelve la llamada antes de una hora, telefonearé a Christian.
Tendría que haberme quedado en Seattle una noche más. Mierda, tendría que
haberme ido a vivir allí desde el principio. Todos mis motivos para no querer ir
ahora me parecen absurdos. Todos los miedos que tenía, y todavía tengo, sólo se
mantienen vivos por la distancia que hay de donde vive ella a donde yo vivo.
« En el fondo sabes que no funcionará.»
« Tú estás lleno de tatuajes, y sólo es cuestión de tiempo que ella se canse de
avergonzarse de que la vean contigo.»
« Fijación por el chico malo…»
« Se casará con un banquero o algo así.»
La voz de Steph martillea mis oídos una y otra vez. Me voy a volver loco.
Estoy perdiendo literalmente la cabeza en esta carretera. Todos los esfuerzos que
llevo haciendo esta semana no significan nada ahora. Esa víbora se ha cargado
los dos días que he pasado con Tessa de un plumazo.
« ¿Vale la pena todo esto? ¿Todo este esfuerzo constante conduce a algo? ¿Voy
a tener que prohibirme decir y hacer lo que está mal? Y si continúo con esta
transformación potencial, ¿de verdad me querrá después o se sentirá como si
hubiera terminado una especie de proy ecto para una clase de psicología?
» Cuando todo acabe, ¿quedará lo bastante de mí para que me quiera? ¿Seré
siquiera el mismo hombre del que se enamoró o ésta es su forma de
transformarme en quien ella desearía que fuera, en alguien de quien se
hartará?»
¿Está intentando que me parezca a él? ¿Que sea como Noah?
« No puedes competir con eso…»
Steph tiene razón. No puedo competir con Noah y la relación sencilla que
tenían. Ella nunca tuvo que preocuparse por nada cuando estaba con él. Les iba
bien juntos. Les iba bien y era fácil.
Él no está destrozado como yo.
Recuerdo el tiempo en que solía pasar horas sentado en mi cuarto esperando
a que Steph me dijera que Tessa había vuelto de pasar un rato con él. Me
entrometía todo cuanto podía y, sorprendentemente, me salió bien. Me eligió a mí
y no a él, el chico que había querido desde pequeña.
Se me revuelve el estómago de imaginar a Tessa diciéndole a Noah que lo
quiere.
« Fijación por el chico malo…» Soy más que una fijación para Tessa. Tengo
que serlo. Me he follado a muchas tías que sólo querían cabrear a sus padres,
pero Tessa no es una de ellas. Ha tragado mucha mierda mía para demostrarlo.
Mis pensamientos son un revoltijo delirante que no soy capaz de seguir.
¿Por qué dejo que Steph se meta en mi cabeza? No tendría que haber
escuchado ni una sola palabra de lo que ha dicho esa zorra. Restriego los nudillos
sangrientos y destrozados en los pantalones y aparco el coche.
Cuando levanto la mirada, veo que estoy en el parking de Blind Bob’s. He
conducido hasta aquí sin pensar mucho en ello. No debería entrar…, pero no
puedo evitarlo.
Y detrás de la barra veo a una vieja… amiga. Carly. Carly, con muy poca
ropa y los labios pintados de rojo.
—Vaya…, vay a…, vaya… —Me sonríe.
—No digas nada —gruño, y me siento en un taburete justo delante de ella.
—Ni lo sueñes. —Sacude la cabeza; su cola de caballo rubia se mueve de un
lado a otro—. La última vez que te serví todo acabó en una espiral de drama, y
no tengo ni el tiempo ni la paciencia como para repetir mi actuación esta noche.
La última vez que estuve aquí pillé tal ciego que Carly me obligó a dormir en
su sofá, lo que llevó a un terrible malentendido con Tessa, que tuvo un accidente
de tráfico aquel día por mi culpa. Por la mierda con la que lleno su vida, que de
otro modo sería perfecta.
—Tu trabajo es servirme una copa cuando la pido —digo señalando la botella
de whisky oscuro en la estantería que hay tras ella.
—Ahí mismo hay una señal que dice justo lo contrario. —Apoy a los codos en
la barra y yo vuelvo a sentarme en el taburete, poniendo entre nosotros tanta
distancia como puedo.
El pequeño cartel que dice RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN
está pegado en la pared y no puedo evitar reírme.
—No pongas mucho hielo, no quiero que se agüe.
Vuelvo a ignorarla cuando pone los ojos en blanco y se incorpora para coger
un vaso vacío.
Un gran chorro de licor cae en mi vaso mientras la voz de Steph suena en mi
cabeza una y otra vez. Ésta es la única forma de librarme de sus acusaciones y
mentiras.
La voz de Carly me saca de mi aturdimiento:
—Te está llamando.
Miro hacia abajo y veo la foto que le hice a Tessa mientras dormía esta
mañana parpadeando en la pantalla del móvil.
—Mierda.
Instintivamente aparto el vaso y vuelco el contenido recién servido sobre la
barra. Ignoro las maldiciones que suelta Carly y me largo del bar tan rápido
como he llegado.
Fuera, deslizo el pulgar sobre la pantalla.
—Tess.
—¡Hardin! —dice nerviosa—. ¿Estás bien?
—Te he llamado muchas veces. —Suelto un suspiro de alivio al oír su voz a
través del pequeño auricular.
—Lo sé, lo siento. Estaba dormida. ¿Estás bien? ¿Dónde estás?
—En Blind Bob’s —admito. De nada sirve mentir, siempre averigua la verdad
de una forma u otra.
—Ah… —susurra.
—He pedido una copa. —Puedo contárselo todo, ya que estoy.
—¿Sólo una?
—Sí, y no he tenido la oportunidad de probarla siquiera antes de que llamaras.
No sé cómo me siento respecto a eso. Su voz es mi salvavidas, pero también
siento algo que me pide que vuelva a entrar en el bar.
—Eso está bien —dice—. ¿Ya te marchas?
—Sí, ahora mismo.
Abro la puerta del coche y me acomodo en el asiento del conductor.
Tras unos instantes Tessa me pregunta:
—¿Por qué has ido allí? No pasa nada, pero… sólo me pregunto el porqué.
—He visto a Steph.
Resopla.
—¿Qué ha pasado? ¿Has… ha pasado algo?
—No le he hecho daño, si es lo que preguntas.
Pongo el coche en marcha pero me quedo en el aparcamiento. Quiero hablar
con Tessa sin estar distraído conduciendo.
—Me ha dicho unas cuantas mierdas que… que me han cabreado
muchísimo. He perdido los nervios en Target.
—¿Estás bien? Espera, pensaba que odiabas Target.
—¿Eso es lo único que…?
—Lo siento, estoy medio dormida.
Lo dice como si estuviera sonriendo, pero enseguida su tono cambia y se
vuelve de preocupación.
—¿Estás bien? ¿Qué te ha dicho?
—Ha dicho que te follaste a Zed —contesto. No quiero repetir el resto de la
mierda que ha dicho de Tessa y de mí y que no somos buenos el uno para el otro.
—¿Qué? Sabes que no es verdad. Hardin, te juro que no pasó nada entre
nosotros que tú no…
Golpeo el parabrisas con un dedo, viendo cómo se acumulan mis huellas.
—Dice que su compañero de piso os oyó.
—No la crees, ¿verdad? No puedes creerla, Hardin, me conoces, sabes que te
lo habría dicho si alguien además de ti me hubiera tocado… —Su voz se rompe y
siento un dolor en el pecho.
—Shhh…
No debería haberla dejado seguir. Debería haberle dicho que sabía que no era
verdad pero, como soy un maldito egoísta, necesitaba oírselo decir.
—¿Qué más te ha dicho? —Está llorando.
—Gilipolleces. De ti y de Zed. Se ha aprovechado de todos mis miedos e
inseguridades con respecto a nosotros.
—Y ¿por eso has ido al bar? —No me está juzgando, sólo siento una
comprensión que no me esperaba.
—Supongo —suspiro—. Sabía cosas. De tu cuerpo…, cosas que sólo y o
debería saber.
Un escalofrío me recorre la espalda.
—Era mi compañera de habitación en la residencia. Me vio cambiarme un
montón de veces, por no mencionar que fue la que me desnudó aquella noche —
dice intentando respirar.
La rabia vuelve a invadirme. Pensar en Tessa incapaz de moverse mientras
Steph la desnudaba en contra de su voluntad…
—No llores, por favor. No puedo soportarlo, no cuando estamos a horas de
distancia —le suplico.
Ahora que tengo a Tessa al otro lado del teléfono, las palabras de Steph no
parecen ser verdad, y la locura (la maldita locura) que sentía hace sólo unos
minutos se ha disuelto.
—Hablemos de otra cosa mientras vuelvo a casa.
Doy marcha atrás con el coche y pongo el teléfono en manos libres.
—Vale, sí… —dice, y la escucho mientras piensa—. Ah, Kimberly y
Christian me han invitado a acompañarlos a su club este fin de semana.
—No vas a ir.
—Si me dejas terminar… —replica—. Pero como espero que estés aquí y sé
que no ibas a querer venir, hemos quedado en que entonces iré el miércoles por
la noche.
—¿Qué clase de club está abierto un miércoles? —Echo un vistazo al
retrovisor, contestando a mi propia pregunta—. Iré —le digo finalmente.
—¿Qué? A ti no te gustan los clubes, ¿recuerdas?
Pongo los ojos en blanco.
—Iré contigo este fin de semana. No quiero que vayas el miércoles.
—Voy a ir el miércoles. Podemos volver el fin de semana si quieres, pero y a
le he dicho a Kimberly que iré y no tengo motivos para no hacerlo.
No tengo la paciencia para mantener esta conversación con ella ahora.
—Excepto yo. Soy el motivo, ¿no? —Mi voz suena como un gimoteo patético.
—Si tienes un motivo de peso para que no vay a, sí. Estaré con Kim y
Christian, no va a pasarme nada.
—Prefiero que no vayas —digo entre dientes. Estoy al límite y me está
poniendo a prueba—. O también puedo ir el miércoles —le ofrezco intentando
ser razonable.
—No tienes que conducir tantas horas el miércoles si y a tienes pensado venir
el viernes.
—¿Es que no quieres que te vean conmigo? —Lo suelto antes de que pueda
impedirlo.
—¿Qué? —Escucho de fondo el clic cuando enciende la lámpara—. ¿Por qué
dices eso? Sabes que no es verdad. No dejes que Steph se te meta en la cabeza.
Porque se trata de eso, ¿no?
Entro en el aparcamiento del edificio y aparco el coche antes de contestar.
Tessa espera en silencio una explicación. Al final suspiro.
—No. No lo sé.
—Tenemos que aprender a luchar juntos, no el uno contra el otro. No debería
ser Steph contra ti y tú contra mí. Tenemos que estar juntos en esto —continúa.
—No es eso lo que estoy haciendo…
« Tiene razón. Siempre la tiene, joder.»
—Iré el miércoles y me quedaré hasta el domingo.
—Te saltarás las clases.
—Tengo clases y trabajo.
—Suena a que no quieres que vaya. —Mi paranoia se abre paso en mi y a
maltratada confianza.
—Claro que quiero y lo sabes —repone.
Saboreo las palabras: joder, la echo tanto de menos…
—¿Ya estás en casa? —pregunta Tessa justo cuando apago el motor.
—Sí, acabo de llegar.
—Te echo de menos.
La tristeza en su voz hace que todo se pare de golpe.
—No lo hago. Lo siento. Me estoy volviendo loco sin ti, Tess.
—Yo también —suspira, y hace que quiera volver a pedirle disculpas.
—Soy un capullo por no haberme ido a Seattle contigo desde el principio.
La oigo toser al otro lado.
—¿Qué?
—Ya me has oído. No voy a repetirlo.
—Vale. —Al final deja de toser cuando subo al ascensor—. Sé que podría no
haberte oído bien, de todas formas.
—Bueno, ¿qué quieres que haga con Steph y Dan? —Cambio de tema.
—¿Qué puedes hacer? —me pregunta con calma.
—No quieres que conteste a eso.
—Entonces nada, déjalos tranquilos.
—Seguramente le cuente lo de esta noche a todo el mundo y siga esparciendo
el rumor de Zed y tú.
—Ya no vivo allí. No pasa nada —dice Tessa, intentando convencerme. Sin
embargo, sé lo que un rumor como ése puede llegar a herirla, lo admita o no.
—No quiero dejarlo así —le confieso.
—No quiero que te metas en líos por ellos.
—Vale —asiento, y nos damos las buenas noches.
No va a estar de acuerdo con mis ideas de cómo detener a Steph, así que
mejor dejarlo. Abro la puerta de casa y veo a Richard despatarrado en el sofá,
durmiendo. La voz de Jerry Springer resuena por toda la casa. Apago la tele y
me voy directo a mi cuarto.
CAPÍTULO 108
Hardin
Me paso la mañana entera como un muerto viviente. No recuerdo haber ido a la
primera clase, y empiezo a preguntarme por qué me molesto siquiera.
Cuando voy a cruzar por delante del edificio de administración, veo a Nate y
a Logan al pie de la escalera. Me pongo la capucha y paso por su lado sin mediar
palabra. Tengo que largarme de este sitio como sea.
Sin embargo, cambio de opinión y doy media vuelta y subo la empinada
escalinata hasta el edificio principal. La secretaria de mi padre me recibe con la
sonrisa más falsa que he visto en mucho tiempo.
—¿Puedo ayudarte?
—He venido a ver a Ken Scott.
—¿Habías pedido cita? —me pregunta la mujer con dulzura, sabiendo
perfectamente que no. Sabiendo perfectamente quién soy.
—Está claro que no; ¿está ahí mi padre o no? —inquiero a la vez que señalo la
pesada puerta de madera frente a mí. El cristal ahumado del centro hace difícil
saber si está dentro.
—Está ahí, pero está en mitad de una videoconferencia ahora mismo. Si te
sientas, te…
Paso por delante de su mesa y voy directo a la puerta. Cuando giro el pomo y
abro, mi padre se vuelve para mirarme y levanta un dedo tranquilamente para
pedirme que le dé un segundo.
Como el educado caballero que soy, pongo los ojos en blanco y me siento
delante de su mesa.
Tras otro minuto, más o menos, mi padre devuelve el teléfono a su sitio y se
pone en pie para saludarme.
—No te esperaba.
—Yo tampoco esperaba estar aquí —admito.
—¿Algo va mal?
Su mirada va de la puerta cerrada a mi espalda y a mi cara de nuevo.
—Tengo una pregunta —digo finalmente.
Apoyo las manos en su escritorio de madera de cerezo casi granate y lo
miro. Veo manchas oscuras de barba incipiente en su cara, lo que me deja claro
que lleva días sin afeitarse, y la camisa blanca tiene los puños algo arrugados.
Creo que no lo había visto llevar una camisa arrugada desde que me vine a vivir
a Estados Unidos. Es un hombre que va a desayunar con un chaleco de punto y
unos pantalones recién planchados.
—Te escucho —dice él.
Hay mucha tensión entre nosotros pero, a pesar de ello, tengo que hacer un
esfuerzo para recordar el profundo odio que llegué a sentir una vez por este
hombre. Ahora no sé qué sentir por él. No creo que sea capaz de perdonarlo
nunca del todo, pero mantener toda esa rabia hacia él me consume demasiada
energía. Jamás tendremos la relación que tiene con mi hermanastro, pero
digamos que es agradable que cuando necesite algo de él intente hacer todo lo
que pueda por ayudarme. Aunque la mayoría de las veces su ayuda no me lleva
a ninguna parte, de alguna forma valoro su esfuerzo.
—¿Cómo de complicado sería para ti trasladar mi expediente al campus de
Seattle?
Mi padre levanta una ceja con dramatismo.
—¿En serio?
—Sí. No quiero tu opinión, quiero una respuesta.
He dejado claro que mi repentino cambio de parecer no es discutible.
Me mira con detenimiento antes de responder.
—Bueno, eso retrasaría tu graduación. Lo mejor sería que te quedaras aquí lo
que queda de trimestre. Para cuando hayas pedido el traslado, te matricules y te
mudes a Seattle no habrá valido la pena el lío y el tiempo… logísticamente
hablando.
Vuelvo a apoyarme en el respaldo de piel y lo miro.
—¿No podrías ay udar a acelerar el proceso?
—Sí, pero aun así retrasaría la fecha de tu graduación.
—Así que, básicamente, tengo que quedarme aquí.
—No tienes que hacerlo —se frota la barba incipiente del mentón—, pero
sería lo más sensato ahora mismo. Ya casi lo has conseguido.
—No pienso asistir a esa graduación —le recuerdo.
—Tenía la esperanza de que hubieras cambiado de opinión. —Mi padre
suspira y aparta la mirada.
—Pues no ha sido así…
—Es un día muy importante para ti. Los últimos tres años de tu vida…
—Me da igual. No quiero ir. Me parece bien que me manden el diploma por
correo. No voy a ir, fin de la discusión.
Mi mirada recorre la pared a su espalda y los marcos que cuelgan en las
paredes marrón oscuro de su despacho. Los certificados y diplomas enmarcados
en blanco destacan sus logros, y sé por la forma en que los mira con orgullo que
significan más para él de lo que jamás significarán para mí.
—Siento oír eso —dice mientras sigue mirando los marcos—. No volveré a
pedírtelo —añade frunciendo el ceño.
—¿Por qué es tan importante para ti que vaya? —me atrevo a preguntar.
La hostilidad entre nosotros es ahora palpable, la atmósfera se ha hecho
pesada, pero las facciones de mi padre se relajan cada vez más a medida que
pasan unos minutos de silencio entre nosotros.
—Porque —suelta un largo suspiro— hubo un tiempo, un largo tiempo, en el
que no estaba seguro… —otra pausa— de lo que sería de ti.
—¿Y eso significa…?
—¿Seguro que tienes tiempo de hablar ahora?
Su mirada se dirige a mis nudillos pelados y mis pantalones manchados de
sangre. Sé que en realidad quiere decir: ¿estás seguro de que estás mentalmente
equilibrado para hablar ahora?
Sabía que tendría que haberme cambiado los vaqueros. Esta mañana no tenía
ganas de nada. He rodado literalmente fuera de la cama y he cogido el coche
para venir al campus.
—Quiero saberlo —respondo con severidad.
Asiente.
—Hubo un tiempo en el que ni siquiera creía que fueras a terminar el
instituto, ya sabes, por todos los problemas en los que siempre te metes.
Ante mis ojos desfilan imágenes de peleas de bar, robos en tiendas, lágrimas,
chicas medio desnudas, vecinos cabreados y una madre muy decepcionada.
—Lo sé —coincido—. Técnicamente sigo metido en líos.
Mi padre me lanza una mirada que dice que no está para nada satisfecho con
que esté siendo tan frívolo con algo que para él fue una preocupación
considerable.
—Ni mucho menos tanto como lo estabas —replica—. No desde… ella —
añade con suavidad.
—Ella causa la may or parte de mis problemas.
Me rasco la nuca, sabiendo que soy un bocazas.
—Yo no diría eso.
Entorna sus ojos marrones y sus dedos juegan con el botón superior de su
chaleco. Ambos nos quedamos sentados en silencio un momento, sin saber muy
bien qué decir.
—Me siento tan culpable, Hardin… Si no hubieras conseguido acabar el
instituto y llegar a la universidad, no sé qué habría hecho.
—Nada, habrías vivido tu vida perfecta aquí —le espeto.
Se encoge como si lo hubiera abofeteado.
—Eso no es cierto. Sólo quiero lo mejor para ti. No siempre lo he
demostrado, y lo sé, pero tu futuro es muy importante para mí.
—¿Por eso hiciste que me aceptaran en la WCU desde el principio?
Nunca hemos hablado del hecho de que sé que utilizó su posición para
matricularme en esta maldita universidad. Sé que lo hizo. No di palo al agua en el
instituto y mi expediente lo prueba.
—Eso, y que tu madre estaba en una situación límite contigo. Quería que
vinieras aquí para poder conocerte. No eres el mismo chico que eras cuando me
fui.
—Si querías conocerme, deberías haberte quedado cerca más tiempo. Y
beber menos.
Fragmentos de recuerdos que me he esforzado en olvidar se abren camino en
mi mente.
—Te fuiste y nunca tuve la oportunidad de ser sólo un niño —añado.
A menudo me preguntaba lo que debía de sentirse siendo un niño feliz en una
familia sólida y cariñosa. Mientras mi madre trabajaba de sol a sol, solía
sentarme solo en el salón a mirar las paredes sucias y desgastadas durante horas.
Me preparaba cualquier porquería que fuera mínimamente comestible y me
imaginaba que estaba sentado a una mesa repleta de gente que me quería, que se
reían y me preguntaban qué tal me había ido el día. Cuando me metía en una
pelea en el colegio, a veces deseaba tener un padre que o bien me felicitara o me
pateara el culo por meterme en líos.
Las cosas fueron mucho más fáciles a medida que crecía. En mi
adolescencia me di cuenta de que podía hacer daño a la gente y las cosas fueron
más fáciles. Podía vengarme de mi madre por dejarme solo mientras trabajaba
llamándola por su nombre de pila y negándole la simple alegría de oír a su único
hijo decirle « Te quiero» .
Podía vengarme de mi padre no hablándole. Tenía un objetivo: hacer que
todos los que me rodeaban se sintieran tan desgraciados como yo lo era y así
podría ser por fin uno de ellos. Usaba el sexo y las mentiras para hacerles daño a
las chicas y lo convertí en un juego. El tema se fastidió cuando una amiga de mi
madre empezó a pasar mucho tiempo conmigo, su matrimonio se fue a la
mierda junto con su dignidad, y mi madre estaba destrozada porque su hijo de
catorce años hubiera sido capaz de hacer algo así.
Parece que Ken lo entiende, como si supiera exactamente lo que pienso.
—Lo sé —dice—, y siento todo lo que has tenido que pasar por mi culpa.
—No quiero seguir hablando de eso.
Empujo la silla hacia atrás y me pongo en pie.
Mi padre continúa sentado y no puedo evitar sentirme poderoso al estar
plantado así delante de él. Me siento… superior, en todas las formas posibles. Su
culpa y su arrepentimiento lo persiguen y y o por fin estoy consiguiendo
reconciliarme con los míos.
—Pasaron tantas cosas que no entenderías… Ojalá pudiera contártelas, pero
eso no cambiaría nada.
—Ya te he dicho que no quiero hablar más de esto. He tenido un día horrible
y esto es demasiado. Lo pillo, te arrepientes de habernos dejado y toda esa
mierda. Lo he superado —miento, y él asiente. En realidad no es del todo
mentira. Estoy más cerca de superarlo de lo que lo he estado nunca.
Cuando llego a la puerta, me viene algo a la mente y me vuelvo para mirarlo.
—Mi madre se va a casar, ¿lo sabías? —le comento por curiosidad.
Por su mirada inexpresiva y la forma de bajar las cejas, está claro que no
tenía ni idea.
—Con Mike, y a sabes, el vecino —añado.
—Ah. —Frunce el ceño.
—Dentro de dos semanas.
—¿Tan pronto?
—Sí —asiento—. ¿Hay algún problema o algo?
—No, en absoluto. Sólo estoy un poco sorprendido, nada más.
—Sí, y o también.
Apoy o el hombro en el marco de la puerta y veo que la expresión abatida de
mi padre se torna en una de alivio.
—¿Vas a ir a la boda?
—No.
Ken Scott se pone en pie y rodea su enorme escritorio para acercarse a mí.
Tengo que admitir que estoy un poco intimidado. No por él, claro, sino por la pura
emoción en sus ojos cuando me dice:
—Tienes que ir, Hardin. Le romperás el corazón a tu madre si no vas. Sobre
todo porque sabe que viniste a mi boda con Karen.
—Sí, ambos sabemos por qué fui a la tuya. No tenía elección, y tu boda no
era en la otra punta del puto planeta.
—Como si lo hubiera sido, porque no llegamos a hablar. Tienes que ir. ¿Tessa
lo sabe?
Joder. No había pensado en eso.
—No, y no tienes por qué decírselo. Ni a Landon; si se entera no será capaz
de callarse.
—¿Se lo estás ocultando por algún motivo? —pregunta con la voz llena de
reproche.
—No se lo estoy ocultando. Es que no quiero que se preocupe por ir. Ni
siquiera tiene pasaporte. Nunca ha salido del estado de Washington.
—Sabes que le gustaría ir. A Tessa le encanta Inglaterra.
—¡No ha ido nunca! —replico levantando la voz.
A continuación, respiro profundamente intentando calmarme. Me saca de
quicio que actúe como si fuera su propia hija, como si la conociera mejor que
y o.
—No diré nada —me asegura levantando las manos como para aplacar mi
ira.
Me alegro de que no insista en el tema. Ya he hablado demasiado y estoy
jodidamente agotado. No he dormido nada esta noche después de la llamada de
Tessa. Mis pesadillas han regresado con toda su maldita fuerza y me he obligado
a permanecer despierto una vez me he despertado y me he provocado el vómito
por tercera vez.
—Tienes que venir a casa a ver a Karen pronto. Anoche me preguntaba por ti
—me dice justo antes de que salga del despacho.
—Hum, claro —murmuro, y cierro la puerta detrás de mí.

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