109-111
CAPÍTULO 109
Tessa
En clase, el chico que he decidido que es un futuro político se acerca y me
susurra:
—¿A quién votaste en las elecciones?
Me siento un poco incómoda cerca de mi nuevo compañero. Es encantador,
demasiado, y su ropa elegante y su piel tostada hacen que sea una visión que me
distrae. No es atractivo de la misma forma que lo es Hardin, pero no hay duda de
que lo es, y él lo sabe.
—No voté —respondo—. No tenía la edad suficiente.
Se ríe.
—Cierto.
La verdad es que no quería hablar con él, pero en los últimos minutos de clase
nuestro profesor nos ha pedido que habláramos entre nosotros mientras él atendía
una llamada. Me siento aliviada cuando el reloj marca las diez y es hora de irse.
Los intentos del futuro político para seguir charlando conmigo mientras
salimos de clase fracasan miserablemente y, tras unos segundos, se despide y se
va en dirección opuesta.
Llevo toda la mañana distraída. No puedo dejar de pensar en lo que Steph
debió de decirle a Hardin para que se pusiera así. Sé que creyó lo que le conté
respecto al rumor de Zed, pero sea lo que sea lo que le dijo le molestó lo
suficiente como para no querer repetirlo.
Odio a Steph. La odio por lo que me hizo y por meterse en la cabeza de
Hardin y herirlo utilizándome de alguna forma. Para cuando llego al aula de
historia del arte, ya he pensado unas diez formas de cómo asesinar a esa horrible
chica.
Me siento al lado de Michael, el chico del pelo azul del otro día que tiene
sentido del humor y me paso la clase de historia del arte riéndome de sus chistes,
lo que es una buena distracción de mis pensamientos homicidas.
Por fin el día se acaba y me dirijo al coche. En cuanto llego y me subo, el
móvil empieza a vibrar. Espero que sea Hardin pero, al mirar hacia abajo, veo
que no. Tengo tres mensajes de texto, dos de los cuales acaban de aparecer.
Decido leer primero el de mi madre:
Llá m a m e . Te ne m os que ha bla r.
El siguiente es de Zed; respiro hondo antes de darle al pequeño icono con
forma de sobre.
Esta r é e n Se a ttle d e j ue v e s a s á ba do. D im e c uá ndo pode m os
v e r no s
Me froto las sienes, agradecida por haber dejado el de Kimberly para el
final. Nada puede ser tan estresante como decirle a Zed que y a no quiero verlo ni
hablar con él o tener una conversación con mi madre.
¿Sa bía s qu e tu c hic o s e v a a Londr e s a f ina le s de la se m a na
q ue v ie n e ?
He hablado demasiado pronto.
¿Inglaterra? ¿A qué iba a irse Hardin a Inglaterra? ¿Se va a ir a vivir allí
cuando se gradúe? Vuelvo a leer su mensaje…
¡La semana que viene!
Apoyo la cabeza en el volante y cierro los ojos. Mi primer impulso es
llamarlo y preguntarle por qué me está ocultando ese viaje. No lo hago porque
ésta es una oportunidad perfecta para intentar no sacar conclusiones sin
preguntarle antes. Hay una posibilidad, una pequeña, de que Kimberly esté
equivocada y Hardin no se vaya a Inglaterra la semana que viene.
Siento una punzada en el pecho al pensar que todavía quiera volver a vivir allí.
Sigo intentando convencerme de que soy lo suficientemente buena para él como
para retenerlo aquí.
CAPÍTULO 110
Hardin
Parece que hace siglos que no venía aquí. He estado dando vueltas con el coche
durante una hora, pensando en las posibles consecuencias que tendría el hecho de
venir. Tras escribir una lista mental de pros y contras, algo que nunca jamás
hago, apago el motor y salgo al frío aire de la tarde.
Doy por sentado que está en casa, si no, sólo habré perdido toda la tarde y
estaré más enfadado de lo que ya estoy. Echo un vistazo al aparcamiento y veo
su camioneta cerca de la entrada. El edificio de apartamentos marrón está
apartado de la calle y una escalera oxidada lleva a la segunda planta, en la que
está su casa. Con cada pisada de mis botas en la escalera metálica, me repito los
principales motivos por los que estoy aquí.
Justo cuando llego al apartamento C, mi teléfono vibra en el bolsillo de atrás.
O bien es Tessa o bien mi madre, y no quiero hablar con ninguna de ellas ahora
mismo. Si hablo con Tessa, mi plan se irá a la mierda. Y mi madre sólo
conseguiría cabrearme con los asuntos de la boda.
Llamo a la puerta. Al cabo de unos segundos Zed abre, llevando sólo unos
pantalones de chándal. Va descalzo y me llama la atención el complejo tatuaje
del mecanismo de un reloj que se extiende en su abdomen. No lo había visto
nunca. Debió de hacérselo después de intentar tirarse a mi chica.
Zed no me saluda. En su lugar, me mira fijamente desde la puerta con aire
de clara sorpresa y de sospecha.
—Tenemos que hablar —digo por fin, y me abro paso para entrar en su casa.
—¿Tengo que llamar a la policía? —pregunta en ese tono suyo tan seco.
Me siento en su sofá de cuero gastado y lo miro.
—Eso dependerá de si colaboras o no.
Su mandíbula está cubierta de pelo oscuro que enmarca su boca. Parece que
han pasado meses desde que lo vi delante de la casa de la madre de Tessa en
lugar de unos días.
Suspira y apoya la espalda en la pared opuesta de su pequeño salón.
—Bueno, suéltalo —dice.
—Ya sabes que es por Tessa.
—Hasta ahí llego. —Frunce el ceño y cruza sus brazos tatuados.
—No vas a ir a Seattle.
Levanta una espesa ceja antes de sonreír.
—Sí que voy —replica—. Ya he hecho planes.
« Pero ¿qué coño…? ¿Por qué leches va a ir a Seattle?» Está poniéndome las
cosas más difíciles de lo que es necesario, y empiezo a maldecirme por pensar
que esta conversación iba a acabar de cualquier forma menos dejándolo
postrado en una camilla.
—El tema es… —respiro hondo para calmarme y ceñirme al plan—, que no
vas a ir a Seattle.
—Voy a visitar a unos amigos —me contesta desafiante.
—Mentira. Sé exactamente lo que vas a hacer —se la devuelvo.
—Voy a casa de unos amigos en Seattle pero, por si te interesa, me ha
invitado a visitarla.
En cuanto las palabras salen por su boca, me pongo en pie.
—No me piques, estoy intentando hacer bien esto. No tienes por qué ir a
verla. Es mía.
Levanta una ceja.
—¿Te das cuenta de cómo suena eso? ¿Decir que es tuya como si fuera de tu
propiedad?
—Me importa una mierda cómo suene, es la verdad.
Doy otro paso hacia él. El ambiente ha pasado de ser tenso a totalmente
primitivo. Ambos intentamos reclamar lo nuestro aquí y yo no voy a recular.
—Si es tuya, ¿por qué no estás en Seattle con ella? —me pincha.
—Porque me gradúo cuando acabe el trimestre, por eso.
¿Qué hago contestando a esa pregunta? He venido a hablar, no a escuchar ni a
« entablar diálogo» , como solía decir un profesor mío. Si intenta volver esto
contra mí, estoy jodido.
—Que y o no esté en Seattle es irrelevante. Tú no vas a verla mientras estés
allí.
—Eso tendrá que decidirlo ella, ¿no crees?
—Si crey era eso, no estaría aquí, ¿no te parece?
Aprieto los puños a los costados y aparto la mirada de él para ver un montón
de libros de ciencias en la mesa de centro.
—¿Por qué no la dejas en paz? ¿Esto es por lo que le hice a…?
—No —me interrumpe—. No tiene nada que ver con eso. Tessa me importa,
tanto como a ti. Pero, al contrario que tú, y o la trato como se merece que la
traten.
—No tienes ni idea de cómo la trato y o —gruño.
—Sí, tío, sí que lo sé. ¿Cuántas veces ha venido a mí corriendo entre lágrimas
por algo que le has dicho o hecho? Demasiadas. —Me apunta con un dedo—.
Sólo le haces daño, y lo sabes.
—Para empezar, ni siquiera la conoces, y segundo, ¿no crees que es patético
que no dejes de intentar conseguir algo que no podrás tener jamás? ¿Cuántas
veces hemos tenido esta conversación y sobre cuántas chicas?
Me mira con detenimiento, asimilando mi rabia pero sin morder el anzuelo
que le he lanzado sobre su historia con las chicas.
—No. —Saca la lengua para humedecerse los labios—. No es patético. De
hecho, es una genialidad. Con Tessa, estaré esperando a un lado el día en que
inevitablemente vuelvas a cagarla y, cuando lo hagas, estaré ahí para ella.
—Eres un jodido…
Doy un paso atrás para poner el máximo de distancia entre nosotros antes de
que su cabeza acabe estampada contra la pared.
—¿Qué necesitas? —le espeto—. ¿Quieres que ella misma te diga que no te
quiere cerca? Pensaba que ya lo había hecho y, sin embargo, aquí estás…
—Has venido tú.
—¡Maldita sea, Zed! —grito—. ¿Por qué coño no puedes dejarlo estar? Sabes
lo que significa Tessa para mí y siempre estás intentando meterte entre nosotros.
Encuentra a otra con la que divertirte. El campus está lleno de zorras.
—¿Zorras? —repite en tono burlón.
—Sabes que no estoy hablando de Tessa —gruño, esforzándome por
mantener los puños pegados a los costados.
—Si tanto significara para ti, no le habrías hecho la mitad de lo que le has
hecho. ¿Sabe que te tiraste a Molly mientras ibas detrás de ella?
—Sí, lo sabe. Se lo conté.
—¿Y no le importó?
Su tono es del todo opuesto al mío. Él está tranquilo y sereno, mientras que yo
lucho con todas mis fuerzas por que no salte la tapa que retiene mi furia.
—Tessa sabe que no significó nada para mí, y fue antes de todo. —Lo miro
intentando volver a concentrarme—. Pero no he venido aquí para hablar de mi
relación.
—Vale, entonces ¿a qué has venido exactamente?
« Puto engreído.»
—Para decirte que no la vas a ver en Seattle. Pensaba que podríamos
hablarlo de una forma más… —busco la palabra exacta— civilizada.
—¿Civilizada? Lo siento, pero me cuesta creer que hayas venido aquí con
intención de ser « tolerante» —se mofa señalando el bulto en el puente de su
nariz.
Cierro los ojos un momento y veo su nariz destrozada y sangrando, rebotando
contra la barrera de metal cuando estrello su cabeza contra ella. El recuerdo de
ese sonido me provoca un nuevo subidón de adrenalina.
—¡Esto es civilizado para mí! —replico—. He venido aquí para hablar, no
para pelear. Sin embargo, si no vas a alejarte de ella no me dejas más opción. —
La postura de mi cuerpo cambia un poco.
—¿Cuál? —pregunta Zed.
—¿Qué?
—¿Qué opción? Ya hemos estado en esta misma situación otras veces. No
puedes atacarme muchas más hasta que consigas que te detengan. Y esta vez
seguiré adelante con los cargos.
En eso tiene razón. Lo que me saca de quicio todavía más. Odio no poder
hacer nada excepto asesinarlo, literalmente, lo que no es una opción… al menos
de momento.
Respiro un par de veces e intento relajar los músculos. Tengo que intentarlo
con la última opción. Una que no quería tener que utilizar, pero es que no me está
dejando mucho margen.
—He venido pensando que podríamos llegar a algún tipo de acuerdo —le
digo.
Zed ladea la cabeza con chulería.
—¿Qué clase de acuerdo? ¿Es otra apuesta?
—Me lo estás poniendo difícil, en serio… —le digo entre dientes—. Dime qué
quieres a cambio de dejarla en paz. ¿Qué puedo darte para hacer que
desaparezcas? Dilo y lo tendrás.
Me mira y parpadea deprisa, como si acabaran de salirme cuatro ojos en la
cara.
—Venga, vamos. Todo el mundo tiene un precio —murmuro con ironía.
Me exaspera tener que negociar con alguien como él, pero no hay nada más
que pueda hacer para que se largue.
—Déjala que me vea otra vez, una vez más —sugiere—. Estaré en Seattle el
jueves.
—No, ni hablar.
« ¿Este tío es subnormal o qué le pasa?»
—No te estoy pidiendo permiso —replica—. Sólo intento que te sientas más
cómodo con ello.
—Eso no va a suceder. No tenéis ninguna razón para pasar un rato juntos, no
está disponible para ti, ni para ningún otro hombre, y nunca lo estará.
—Ya estás otra vez con el rollo posesivo.
Pone los ojos en blanco y me pregunto qué diría Tessa si pudiera ver esta
faceta suy a, la única que yo he conocido. ¿Qué clase de novio sería si no fuera
posesivo, si me pareciera bien compartirla con alguien?
Me muerdo la lengua mientras Zed mira al techo como si estuviera
meditando sus próximas palabras. Esto es una mierda, una puta mierda. La
cabeza me da vueltas y empiezo a preguntarme sinceramente cuánto más voy a
poder aguantar.
Por fin él me mira y sonríe lentamente. Luego dice:
—Tu coche.
Me quedo boquiabierto al oírlo y no puedo evitar reírme.
—¡Ni de coña! —Avanzo dos pasos hacia él—. No voy a regalarte mi puto
coche. ¿Se te ha ido la olla o qué? —replico manoteando en el aire.
—Lo siento, parece que no vamos a poder llegar a un acuerdo después de
todo.
Sus ojos brillan a través de las pestañas espesas y se frota la barba con los
dedos.
En mi cabeza empiezan a flotar imágenes de mi pesadilla, él penetrándola,
haciendo que se corra…
Sacudo la cabeza para deshacerme de ellas.
Finalmente saco las llaves del bolsillo y las lanzo sobre la mesa de centro que
hay entre nosotros.
Zed las mira boquiabierto y se acerca a la mesa para coger el llavero.
—¿Va en serio? —Estudia las llaves girándolas en la palma de su mano unas
cuantas veces antes de volver a mirarme—. ¡Te estaba tomando el pelo!
Me tira las llaves pero no las cojo a tiempo, y éstas caen al suelo a pocos
centímetros de mi bota.
—Me retiro…, joder. No esperaba que me dieras las llaves de verdad. —Se
ríe, burlándose de mí—. No soy tan capullo como tú.
Lo miro amenazante.
—No me estabas dejando muchas opciones.
—Una vez fuimos amigos, ¿recuerdas? —comenta entonces.
Me quedo en silencio mientras ambos recordamos cómo era todo antes de
esta mierda, antes de que nada me importara…, antes de ella. Su mirada ha
cambiado, sus hombros se tensan tras su pregunta.
Es duro recordar aquellos días.
—Estaba demasiado borracho como para acordarme ahora.
—¡Sabes que es cierto! —exclama levantando la voz—. Dejaste de beber
desde que…
—No he venido aquí a hacer un viaje por mis recuerdos contigo. ¿Te vas a
retirar o no? —Lo miro. Está algo diferente, más duro.
Se encoge de hombros.
—Sí, claro.
« Esto ha sido demasiado fácil…»
—Lo digo en serio —insisto.
—Igual que y o —replica con un gesto de la mano.
—Eso significa no tener ningún tipo de contacto con ella. Ninguno —le
recuerdo.
—Se preguntará por qué. Le he mandado un mensaje esta mañana.
Prefiero ignorar eso.
—Dile que ya no quieres ser amigo suyo.
—No quiero herir sus sentimientos de esa forma —me dice.
—Me importa una mierda si hieres sus sentimientos. Tienes que dejarle claro
que no vas a volver a ir detrás de ella nunca más.
La calma que he notado durante un momento se ha diluido, y mi mal genio
vuelve a aflorar. La posibilidad de que Tessa se sienta herida porque Zed ya no
quiere ser su amigo me saca de quicio.
Camino hacia la puerta, sabiendo porque me conozco que no puedo soportar
ni cinco minutos más en este mohoso apartamento. Estoy muy orgulloso de mí
mismo por haber mantenido la calma tanto rato con Zed después de todo lo que
ha hecho para entrometerse en mi relación.
En cuanto mi mano coge el pomo, dice:
—Por ahora haré lo que tengo que hacer, pero eso no alterará el resultado de
todo esto.
—Tienes razón —coincido, sabiendo que lo que él quiere decir significa
exactamente lo opuesto de lo que y o voy a hacer.
Antes de que su maldita boca pueda decir una sola palabra más, salgo de su
apartamento y bajo la escalera a toda prisa.
Para cuando llego a la entrada de casa de mi padre, el sol se está poniendo y aún
no he podido hablar con Tessa. Cada vez que la llamo salta el buzón de voz. He
telefoneado dos veces a Christian, pero él tampoco ha respondido.
Tessa se va a cabrear porque he ido a casa de Zed, siente algo por él que
jamás comprenderé ni toleraré. A partir de hoy rezaré por no tener que
preocuparme más por él.
« Amenos que no quiera separarse de él…»
No. No me permito dudar de ella. Sé que Steph me ha llenado la cabeza de
mentiras que se han colado en cada grieta de mi estructura. Si realmente Zed se
hubiera follado a Tessa, podría haber usado esta tarde como excusa perfecta para
echármelo en cara.
Entro en casa de mi padre sin llamar y busco a Landon o a Karen por la
planta baja. Karen está en la cocina, de pie junto a los fogones y con un batidor
de varillas en la mano. Se vuelve y me saluda con una sonrisa cálida, aunque su
mirada se ve triste y fatigada. Un sentimiento de culpa familiar se extiende por
todo mi cuerpo al recordar las macetas que rompí sin querer en su invernadero.
—Hola, Hardin. ¿Estás buscando a Landon? —me pregunta dejando el batidor
en un plato y secándose las manos en el extremo de su delantal estampado con
fresas.
—La verdad… es que no lo sé —admito.
« ¿Qué estoy haciendo aquí?»
¿Cuán patética es mi vida ahora mismo que me consuela venir a esta casa
antes que a ningún otro lugar? Sé que es por los recuerdos que tengo de cuando
estaba aquí con Tessa.
—Está arriba, hablando por teléfono con Dakota —dice entonces. Hay algo
en su tono que me descoloca.
—¿Ha…? —No soy muy bueno interactuando con otras personas que no sean
Tessa, y soy especialmente malo enfrentándome a las emociones de los demás
—. ¿Ha tenido un mal día o algo? —le pregunto sonando como un idiota.
—Eso creo. Lo está pasando mal. No me ha contado nada, pero parece muy
enfadado últimamente.
—Sí… —asiento, aunque yo no he notado nada distinto en el humor de mi
hermanastro. Además, he estado demasiado ocupado y eso lo ha obligado a
cuidar de Richard hasta ahora—. ¿Cuándo vuelve a irse a Nueva York?
—Dentro de tres semanas. —Intenta ocultar el dolor en su tono al pronunciar
esas palabras, pero fracasa estrepitosamente.
—Ah. —Cada minuto que pasa me siento más incómodo—. Bueno, tengo que
irme.
—¿No quieres quedarte a cenar? —me pregunta ilusionada.
—Hum…, no, gracias.
Entre la charla con mi padre esta mañana, el rato que he pasado con Zed y
ahora esta cosa rara con Karen, estoy desbordado. No puedo arriesgarme a que
le suceda algo a Landon. No sería capaz de tratar con él en ese estado, hoy no.
Aún me queda llegar a casa, donde me espera un y onqui en rehabilitación y una
puta cama vacía.
CAPÍTULO 111
Tessa
Kimberly me está esperando en la cocina cuando vuelvo de la facultad. Tiene
delante dos copas de vino, una llena y la otra vacía, lo que me dice que mi
silencio le confirmó que yo no sabía que Hardin tenía pensado irse a Inglaterra.
Me ofrece una sonrisa comprensiva cuando dejo la bolsa en el suelo y me
siento en el taburete que hay junto a ella.
—Hola, guapa.
Vuelvo la cabeza con gesto exagerado para verle la cara.
—Hola.
—¿No lo sabías? —Hoy lleva el pelo rizado y le cae perfectamente sobre los
hombros. Sus pendientes negros con forma de lazo resplandecen bajo las luces
brillantes.
—No. No me lo había dicho —suspiro agarrando la copa de vino llena.
Se ríe y coge la botella para llenar la copa vacía, la que era para mí.
—Christian me ha dicho que Hardin aún no le ha dado una respuesta
definitiva. No debería haberte contado nada hasta saberlo con total seguridad,
pero tenía la impresión de que no te había mencionado lo de la boda.
Rápidamente, me trago el vino blanco por miedo a escupirlo.
—¿Qué boda?
Me apresuro a pegarle otro trago antes de abrir de nuevo la boca. Se me
ocurre una idea loca… Que Hardin se va a Inglaterra para casarse. En plan
matrimonio de conveniencia. Eso todavía se hace en Inglaterra, ¿no?
No, no se hace. Pero sólo de pensarlo se me ponen los pelos de punta
mientras espero a que Kimberly siga hablando. ¿Ya estoy borracha?
—Su madre va a casarse. Ha telefoneado a Christian esta mañana para
invitarnos.
Rápidamente bajo la vista a la encimera de granito oscuro.
—No sabía nada.
La madre de Hardin se casa dentro de dos semanas y Hardin ni siquiera lo ha
mencionado. Entonces me acuerdo… de lo raro que estaba antes.
—¡Por eso ha estado llamándolo tanto!
Kimberly me mira con unos ojos que parecen interrogantes de neón y bebe
un sorbo de su copa de vino.
—¿Qué debo hacer? —le pregunto—. ¿Finjo que no sé nada? Hardin y yo nos
hemos estado comunicando mucho mejor últimamente… —divago.
Sé que sólo hace una semana que las cosas han mejorado, pero para mí ha
sido una semana alucinante. Siento como si hubiéramos progresado más en los
últimos siete días que en los últimos meses. Hardin y yo hemos estado hablando
de problemas que antes se habrían convertido en grandes peleas a gritos; sin
embargo, ahora estoy de vuelta en el pasado, a cuando me ocultaba las cosas.
Siempre lo pillo. ¿Es que a estas alturas aún no se ha dado cuenta?
—¿Te apetece ir? —pregunta Kimberly.
—No podría ni aunque me hubieran invitado. —Apoy o la mejilla en la mano.
Ella mueve su taburete hacia un lado y coge el borde del mío para girarlo y
tenerme cara a cara.
—Te he preguntado si te apetece ir —insiste. El aliento le huele un poco a
vino.
—Claro, me encantaría, pero…
—¡Entonces deberías ir! Te llevaré de acompañante si es necesario. Estoy
segura de que a la madre de Hardin le gustará tenerte allí. Christian dice que te
adora.
A pesar de que el secreto de Hardin me ha puesto de un humor de perros, sus
palabras son como música para mis oídos. Yo también adoro a Trish.
—No puedo ir. No tengo pasaporte —digo. Además, no puedo permitirme un
billete de avión de última hora.
Kim quita importancia a mis peros.
—Eso se puede acelerar.
—No sé… —contesto.
Las mariposas en el estómago que siento sólo de pensar en Inglaterra hacen
que me den ganas de correr pasillo abajo, encender el ordenador y buscar cómo
se consigue un pasaporte, pero el desagradable descubrimiento de que Hardin me
ha estado ocultando la boda a propósito me obliga a no levantarme del asiento.
—Ni lo dudes. A Trish le encantaría que fueras, y Dios sabe que Hardin
necesita un empujoncito para comprometerse. —Bebe de su copa de vino y deja
una enorme huella roja de carmín en el borde.
Estoy segura de que Hardin tiene sus motivos para no habérmelo contado. Si
va, es probable que no quiera que lo acompañe a Inglaterra. Sé que lo atormenta
su pasado y, por mucho que parezca una locura, es posible que sus demonios
sigan vagando al acecho por las calles de Londres, esperando encontrarnos.
—Hardin no es así —le digo—. Cuanto más insista, más se resistirá.
—Pues entonces… —me da un pequeño toque con la punta de su zapato de
tacón rojo— vas a tener que plantarte y no ceder ni un solo palmo.
Me guardo sus palabras para analizarlas más tarde, cuando ya no esté bajo su
atenta mirada.
—A Hardin no le gustan las bodas.
—A todo el mundo le gustan las bodas.
—A Hardin, no. Las detesta, y también el concepto de matrimonio —le digo,
y observo con especial curiosidad cómo abre los ojos y deja su copa encima de
la barra de desay uno con cuidado.
—Pues… entonces… lo que… quiero decir… —Parpadea—. ¡No se me
ocurre qué decir, y eso ya es decir mucho! —replica echándose a reír.
No puedo evitar reírme con ella.
—¿Me lo dices o me lo cuentas?
La risa de Kimberly es contagiosa a pesar de mi mal humor, es algo que me
encanta de ella. Desde luego, a veces se mete donde no la llaman, y no siempre
me siento cómoda con cómo habla de Hardin, pero es muy sincera y abierta, dos
cualidades que aprecio mucho en ella. Llama a las cosas por su nombre, y es
como un libro abierto. No tiene doblez, a diferencia de muchas personas que he
conocido últimamente.
—Y ¿qué vais a hacer? ¿Ser novios eternamente? —pregunta.
—Eso mismo le dije yo.
No puedo evitar reírme. Puede que sea el vino que ya me he terminado,
puede que porque llevo toda la semana sin pensar en el hecho de que Hardin ha
rechazado cualquier clase de compromiso a largo plazo… No lo sé, pero sienta
bien echarse unas risas con Kimberly.
—Y ¿qué hay de los hijos? ¿No te importa tener niños sin estar casada?
—¡Niños! —Me echo a reír otra vez—. No quiere tener niños.
—Esto se pone cada vez mejor. —Pone los ojos en blanco, coge su copa y la
remata.
—Eso dice ahora, pero espero que… —No termino de formular mi deseo.
Dicho en voz alta me hace parecer desesperada.
Kimberly me guiña el ojo.
—¡Te pillé! —dice con cara de entenderme a la perfección.
Agradezco entonces que cambie de tema y empiece a hablar de una
pelirroja de la oficina, Carine, que se ha pillado de Trevor. Se los imagina en la
cama, como dos langostas chocando la una contra la otra sin saber muy bien qué
hacer, y me entra la risa otra vez.
Para cuando llego a mi habitación son las nueve pasadas. He apagado el móvil
para poder pasar un rato con Kimberly sin interrupciones. Le he contado que
Hardin tiene pensado venir a Seattle mañana en vez del viernes. Se ha echado a
reír y me ha dicho que ya sabía ella que no iba a poder aguantar tanto sin verme.
Todavía tengo el pelo mojado tras salir de la ducha y ya he preparado la ropa
para mañana. Lo estoy posponiendo, lo sé. Seguro que cuando encienda el móvil
tendré que lidiar con Hardin, enfrentarme a él, o no, con respecto a la boda. En
un mundo perfecto, simplemente sacaría el tema y Hardin me invitaría a ir con
él. Me explicaría que estaba esperando a encontrar el mejor modo de
convencerme antes de invitarme. Pero este mundo no es perfecto y me estoy
poniendo muy nerviosa. Me duele saber que lo que le dijo Steph, fuera lo que
fuese, le sentó tan mal que ha vuelto a ocultarme cosas. La odio. Quiero a Hardin
con locura y sólo deseo que abra los ojos y vea que nada de lo que ella o
cualquiera le diga podrá cambiar eso.
Indecisa, saco el móvil del bolso y lo enciendo. Tengo que llamar a mi madre
y mandarle un mensaje a Zed, pero primero quiero hablar con Hardin. Hay
varias notificaciones en la parte superior de la pantalla y el icono de los mensajes
parpadea. Aparecen uno tras otro, todos de Hardin. Lo llamo sin leerlos.
Lo coge a la primera.
—Tessa, ¿qué coño pasa?
—¿Has intentado llamarme? —pregunto tímidamente con toda la inocencia
del mundo, tratando de que ninguno de los dos pierda la calma.
—¿Me preguntas si he intentado llamarte? ¿Me tomas el pelo? Llevo tres horas
llamándote sin parar —resopla—. Incluso he llamado a Christian.
—¿Qué? —exclamo, pero no quiero empezar con los gritos, así que
rápidamente añado—: Estaba pasando un rato con Kim.
—¿Dónde? —exige saber al instante.
—Aquí, en casa —digo, y empiezo a doblar la ropa sucia y a colocarla en el
cesto de la colada. La meteré en la lavadora antes de acostarme.
—Ya, pues la próxima vez que necesites… —Deja escapar un gruñido de
frustración y cuando empieza a hablar de nuevo su voz es un poco más dulce—:
La próxima vez podrías enviarme un mensaje de texto o algo así antes de apagar
el móvil. —Suspira y añade—: Ya sabes cómo me pongo.
Agradezco el cambio de tono y el hecho de que se haya mordido la lengua
antes de soltarme la perla que me iba a soltar y que prefiero no oír. Por
desgracia, la alegría que me había proporcionado el vino casi ha desaparecido
por completo, y el hecho de haber descubierto que Hardin planea irse a
Inglaterra me pesa como una losa en el pecho.
—¿Qué tal tu día? —le pregunto con la esperanza de que me cuente lo de la
boda si le doy la oportunidad de hacerlo.
Suspira.
—Ha sido… largo.
—El mío también. —No sé qué decirle sin delatarme y preguntárselo a las
claras—. Zed me ha escrito.
—¿Ah, sí? —Lo dice con calma, pero detecto un punto borde que
normalmente me intimidaría.
—Sí, esta mañana. Dice que el jueves vendrá a Seattle.
—Y ¿qué le has contestado?
—Nada, de momento.
—¿Por qué me lo cuentas? —pregunta.
—Porque quiero que seamos sinceros el uno con el otro. Se acabaron los
secretos y el ocultarnos cosas. —Hago énfasis en esto último con la esperanza de
animarlo a que me cuente la verdad.
—Ya… Pues gracias por contármelo, en serio —dice. No añade nada más.
« ¿Está de broma?»
—Sí… ¿No hay nada que tú quieras contarme? —pregunto. Todavía me estoy
aferrando a la esperanza de que corresponda a mi sinceridad.
—Pues… Hoy he hablado con mi padre.
—¿De veras? ¿Sobre qué? —Menos mal. Ya sabía yo que entraría en razón.
—Para trasladarme a la Universidad de Seattle.
—¿En serio? —Me sale más un gritito que otra cosa, y la profunda carcajada
de Hardin resuena al otro lado de la línea.
—Sí, pero dice que eso retrasaría mi graduación y que no tiene sentido que
me traslade con el trimestre tan avanzado.
—Vaya… —Creo que mi corazón ha hecho un mohín. Dudo un instante antes
de preguntarle—: ¿Y después?
—Sin problema.
—¿Sin problema? ¿Así de fácil? —La sonrisa que se me dibuja en la cara es
may or que todo lo demás. Ojalá estuviera aquí: lo cogería de la camiseta y le
plantaría un beso de película en los morros.
Entonces dice:
—¿Para qué posponer lo inevitable?
Se me borra la sonrisa de la cara.
—Lo dices como si Seattle fuera peor que la cárcel.
No contesta.
—¿Hardin?
—No lo veo así. Sólo es que todo esto me molesta. Hemos perdido mucho
tiempo y eso me cabrea.
—Lo entiendo —digo. No ha escogido las palabras más elegantes del mundo,
pero es su manera de decirme que me echa de menos. Estoy que doy saltos de
alegría. ¡Va a trasladarse a Seattle conmigo! Llevamos meses peleándonos por lo
mismo y de repente ha accedido sin más—. Entonces ¿te vienes a Seattle? ¿Estás
seguro? —Tengo que preguntárselo.
—Sí. Estoy listo para empezar de cero. Seattle es tan buen sitio como
cualquier otro.
Me rodeo el cuerpo con los brazos de la emoción.
—¿No vas a irte a Inglaterra? —le doy una última oportunidad para que me
cuente lo de la boda.
—No. No me voy a Inglaterra.
Ya he ganado la gran batalla de Inglaterra, así que cuando el enfado por la
boda resurge, me aguanto y no le busco las cosquillas a mi chico. Ya veremos
qué pasa con eso. De momento, voy a conseguir lo que quiero: a Hardin en
Seattle, conmigo.
Tessa
En clase, el chico que he decidido que es un futuro político se acerca y me
susurra:
—¿A quién votaste en las elecciones?
Me siento un poco incómoda cerca de mi nuevo compañero. Es encantador,
demasiado, y su ropa elegante y su piel tostada hacen que sea una visión que me
distrae. No es atractivo de la misma forma que lo es Hardin, pero no hay duda de
que lo es, y él lo sabe.
—No voté —respondo—. No tenía la edad suficiente.
Se ríe.
—Cierto.
La verdad es que no quería hablar con él, pero en los últimos minutos de clase
nuestro profesor nos ha pedido que habláramos entre nosotros mientras él atendía
una llamada. Me siento aliviada cuando el reloj marca las diez y es hora de irse.
Los intentos del futuro político para seguir charlando conmigo mientras
salimos de clase fracasan miserablemente y, tras unos segundos, se despide y se
va en dirección opuesta.
Llevo toda la mañana distraída. No puedo dejar de pensar en lo que Steph
debió de decirle a Hardin para que se pusiera así. Sé que creyó lo que le conté
respecto al rumor de Zed, pero sea lo que sea lo que le dijo le molestó lo
suficiente como para no querer repetirlo.
Odio a Steph. La odio por lo que me hizo y por meterse en la cabeza de
Hardin y herirlo utilizándome de alguna forma. Para cuando llego al aula de
historia del arte, ya he pensado unas diez formas de cómo asesinar a esa horrible
chica.
Me siento al lado de Michael, el chico del pelo azul del otro día que tiene
sentido del humor y me paso la clase de historia del arte riéndome de sus chistes,
lo que es una buena distracción de mis pensamientos homicidas.
Por fin el día se acaba y me dirijo al coche. En cuanto llego y me subo, el
móvil empieza a vibrar. Espero que sea Hardin pero, al mirar hacia abajo, veo
que no. Tengo tres mensajes de texto, dos de los cuales acaban de aparecer.
Decido leer primero el de mi madre:
Llá m a m e . Te ne m os que ha bla r.
El siguiente es de Zed; respiro hondo antes de darle al pequeño icono con
forma de sobre.
Esta r é e n Se a ttle d e j ue v e s a s á ba do. D im e c uá ndo pode m os
v e r no s
Me froto las sienes, agradecida por haber dejado el de Kimberly para el
final. Nada puede ser tan estresante como decirle a Zed que y a no quiero verlo ni
hablar con él o tener una conversación con mi madre.
¿Sa bía s qu e tu c hic o s e v a a Londr e s a f ina le s de la se m a na
q ue v ie n e ?
He hablado demasiado pronto.
¿Inglaterra? ¿A qué iba a irse Hardin a Inglaterra? ¿Se va a ir a vivir allí
cuando se gradúe? Vuelvo a leer su mensaje…
¡La semana que viene!
Apoyo la cabeza en el volante y cierro los ojos. Mi primer impulso es
llamarlo y preguntarle por qué me está ocultando ese viaje. No lo hago porque
ésta es una oportunidad perfecta para intentar no sacar conclusiones sin
preguntarle antes. Hay una posibilidad, una pequeña, de que Kimberly esté
equivocada y Hardin no se vaya a Inglaterra la semana que viene.
Siento una punzada en el pecho al pensar que todavía quiera volver a vivir allí.
Sigo intentando convencerme de que soy lo suficientemente buena para él como
para retenerlo aquí.
CAPÍTULO 110
Hardin
Parece que hace siglos que no venía aquí. He estado dando vueltas con el coche
durante una hora, pensando en las posibles consecuencias que tendría el hecho de
venir. Tras escribir una lista mental de pros y contras, algo que nunca jamás
hago, apago el motor y salgo al frío aire de la tarde.
Doy por sentado que está en casa, si no, sólo habré perdido toda la tarde y
estaré más enfadado de lo que ya estoy. Echo un vistazo al aparcamiento y veo
su camioneta cerca de la entrada. El edificio de apartamentos marrón está
apartado de la calle y una escalera oxidada lleva a la segunda planta, en la que
está su casa. Con cada pisada de mis botas en la escalera metálica, me repito los
principales motivos por los que estoy aquí.
Justo cuando llego al apartamento C, mi teléfono vibra en el bolsillo de atrás.
O bien es Tessa o bien mi madre, y no quiero hablar con ninguna de ellas ahora
mismo. Si hablo con Tessa, mi plan se irá a la mierda. Y mi madre sólo
conseguiría cabrearme con los asuntos de la boda.
Llamo a la puerta. Al cabo de unos segundos Zed abre, llevando sólo unos
pantalones de chándal. Va descalzo y me llama la atención el complejo tatuaje
del mecanismo de un reloj que se extiende en su abdomen. No lo había visto
nunca. Debió de hacérselo después de intentar tirarse a mi chica.
Zed no me saluda. En su lugar, me mira fijamente desde la puerta con aire
de clara sorpresa y de sospecha.
—Tenemos que hablar —digo por fin, y me abro paso para entrar en su casa.
—¿Tengo que llamar a la policía? —pregunta en ese tono suyo tan seco.
Me siento en su sofá de cuero gastado y lo miro.
—Eso dependerá de si colaboras o no.
Su mandíbula está cubierta de pelo oscuro que enmarca su boca. Parece que
han pasado meses desde que lo vi delante de la casa de la madre de Tessa en
lugar de unos días.
Suspira y apoya la espalda en la pared opuesta de su pequeño salón.
—Bueno, suéltalo —dice.
—Ya sabes que es por Tessa.
—Hasta ahí llego. —Frunce el ceño y cruza sus brazos tatuados.
—No vas a ir a Seattle.
Levanta una espesa ceja antes de sonreír.
—Sí que voy —replica—. Ya he hecho planes.
« Pero ¿qué coño…? ¿Por qué leches va a ir a Seattle?» Está poniéndome las
cosas más difíciles de lo que es necesario, y empiezo a maldecirme por pensar
que esta conversación iba a acabar de cualquier forma menos dejándolo
postrado en una camilla.
—El tema es… —respiro hondo para calmarme y ceñirme al plan—, que no
vas a ir a Seattle.
—Voy a visitar a unos amigos —me contesta desafiante.
—Mentira. Sé exactamente lo que vas a hacer —se la devuelvo.
—Voy a casa de unos amigos en Seattle pero, por si te interesa, me ha
invitado a visitarla.
En cuanto las palabras salen por su boca, me pongo en pie.
—No me piques, estoy intentando hacer bien esto. No tienes por qué ir a
verla. Es mía.
Levanta una ceja.
—¿Te das cuenta de cómo suena eso? ¿Decir que es tuya como si fuera de tu
propiedad?
—Me importa una mierda cómo suene, es la verdad.
Doy otro paso hacia él. El ambiente ha pasado de ser tenso a totalmente
primitivo. Ambos intentamos reclamar lo nuestro aquí y yo no voy a recular.
—Si es tuya, ¿por qué no estás en Seattle con ella? —me pincha.
—Porque me gradúo cuando acabe el trimestre, por eso.
¿Qué hago contestando a esa pregunta? He venido a hablar, no a escuchar ni a
« entablar diálogo» , como solía decir un profesor mío. Si intenta volver esto
contra mí, estoy jodido.
—Que y o no esté en Seattle es irrelevante. Tú no vas a verla mientras estés
allí.
—Eso tendrá que decidirlo ella, ¿no crees?
—Si crey era eso, no estaría aquí, ¿no te parece?
Aprieto los puños a los costados y aparto la mirada de él para ver un montón
de libros de ciencias en la mesa de centro.
—¿Por qué no la dejas en paz? ¿Esto es por lo que le hice a…?
—No —me interrumpe—. No tiene nada que ver con eso. Tessa me importa,
tanto como a ti. Pero, al contrario que tú, y o la trato como se merece que la
traten.
—No tienes ni idea de cómo la trato y o —gruño.
—Sí, tío, sí que lo sé. ¿Cuántas veces ha venido a mí corriendo entre lágrimas
por algo que le has dicho o hecho? Demasiadas. —Me apunta con un dedo—.
Sólo le haces daño, y lo sabes.
—Para empezar, ni siquiera la conoces, y segundo, ¿no crees que es patético
que no dejes de intentar conseguir algo que no podrás tener jamás? ¿Cuántas
veces hemos tenido esta conversación y sobre cuántas chicas?
Me mira con detenimiento, asimilando mi rabia pero sin morder el anzuelo
que le he lanzado sobre su historia con las chicas.
—No. —Saca la lengua para humedecerse los labios—. No es patético. De
hecho, es una genialidad. Con Tessa, estaré esperando a un lado el día en que
inevitablemente vuelvas a cagarla y, cuando lo hagas, estaré ahí para ella.
—Eres un jodido…
Doy un paso atrás para poner el máximo de distancia entre nosotros antes de
que su cabeza acabe estampada contra la pared.
—¿Qué necesitas? —le espeto—. ¿Quieres que ella misma te diga que no te
quiere cerca? Pensaba que ya lo había hecho y, sin embargo, aquí estás…
—Has venido tú.
—¡Maldita sea, Zed! —grito—. ¿Por qué coño no puedes dejarlo estar? Sabes
lo que significa Tessa para mí y siempre estás intentando meterte entre nosotros.
Encuentra a otra con la que divertirte. El campus está lleno de zorras.
—¿Zorras? —repite en tono burlón.
—Sabes que no estoy hablando de Tessa —gruño, esforzándome por
mantener los puños pegados a los costados.
—Si tanto significara para ti, no le habrías hecho la mitad de lo que le has
hecho. ¿Sabe que te tiraste a Molly mientras ibas detrás de ella?
—Sí, lo sabe. Se lo conté.
—¿Y no le importó?
Su tono es del todo opuesto al mío. Él está tranquilo y sereno, mientras que yo
lucho con todas mis fuerzas por que no salte la tapa que retiene mi furia.
—Tessa sabe que no significó nada para mí, y fue antes de todo. —Lo miro
intentando volver a concentrarme—. Pero no he venido aquí para hablar de mi
relación.
—Vale, entonces ¿a qué has venido exactamente?
« Puto engreído.»
—Para decirte que no la vas a ver en Seattle. Pensaba que podríamos
hablarlo de una forma más… —busco la palabra exacta— civilizada.
—¿Civilizada? Lo siento, pero me cuesta creer que hayas venido aquí con
intención de ser « tolerante» —se mofa señalando el bulto en el puente de su
nariz.
Cierro los ojos un momento y veo su nariz destrozada y sangrando, rebotando
contra la barrera de metal cuando estrello su cabeza contra ella. El recuerdo de
ese sonido me provoca un nuevo subidón de adrenalina.
—¡Esto es civilizado para mí! —replico—. He venido aquí para hablar, no
para pelear. Sin embargo, si no vas a alejarte de ella no me dejas más opción. —
La postura de mi cuerpo cambia un poco.
—¿Cuál? —pregunta Zed.
—¿Qué?
—¿Qué opción? Ya hemos estado en esta misma situación otras veces. No
puedes atacarme muchas más hasta que consigas que te detengan. Y esta vez
seguiré adelante con los cargos.
En eso tiene razón. Lo que me saca de quicio todavía más. Odio no poder
hacer nada excepto asesinarlo, literalmente, lo que no es una opción… al menos
de momento.
Respiro un par de veces e intento relajar los músculos. Tengo que intentarlo
con la última opción. Una que no quería tener que utilizar, pero es que no me está
dejando mucho margen.
—He venido pensando que podríamos llegar a algún tipo de acuerdo —le
digo.
Zed ladea la cabeza con chulería.
—¿Qué clase de acuerdo? ¿Es otra apuesta?
—Me lo estás poniendo difícil, en serio… —le digo entre dientes—. Dime qué
quieres a cambio de dejarla en paz. ¿Qué puedo darte para hacer que
desaparezcas? Dilo y lo tendrás.
Me mira y parpadea deprisa, como si acabaran de salirme cuatro ojos en la
cara.
—Venga, vamos. Todo el mundo tiene un precio —murmuro con ironía.
Me exaspera tener que negociar con alguien como él, pero no hay nada más
que pueda hacer para que se largue.
—Déjala que me vea otra vez, una vez más —sugiere—. Estaré en Seattle el
jueves.
—No, ni hablar.
« ¿Este tío es subnormal o qué le pasa?»
—No te estoy pidiendo permiso —replica—. Sólo intento que te sientas más
cómodo con ello.
—Eso no va a suceder. No tenéis ninguna razón para pasar un rato juntos, no
está disponible para ti, ni para ningún otro hombre, y nunca lo estará.
—Ya estás otra vez con el rollo posesivo.
Pone los ojos en blanco y me pregunto qué diría Tessa si pudiera ver esta
faceta suy a, la única que yo he conocido. ¿Qué clase de novio sería si no fuera
posesivo, si me pareciera bien compartirla con alguien?
Me muerdo la lengua mientras Zed mira al techo como si estuviera
meditando sus próximas palabras. Esto es una mierda, una puta mierda. La
cabeza me da vueltas y empiezo a preguntarme sinceramente cuánto más voy a
poder aguantar.
Por fin él me mira y sonríe lentamente. Luego dice:
—Tu coche.
Me quedo boquiabierto al oírlo y no puedo evitar reírme.
—¡Ni de coña! —Avanzo dos pasos hacia él—. No voy a regalarte mi puto
coche. ¿Se te ha ido la olla o qué? —replico manoteando en el aire.
—Lo siento, parece que no vamos a poder llegar a un acuerdo después de
todo.
Sus ojos brillan a través de las pestañas espesas y se frota la barba con los
dedos.
En mi cabeza empiezan a flotar imágenes de mi pesadilla, él penetrándola,
haciendo que se corra…
Sacudo la cabeza para deshacerme de ellas.
Finalmente saco las llaves del bolsillo y las lanzo sobre la mesa de centro que
hay entre nosotros.
Zed las mira boquiabierto y se acerca a la mesa para coger el llavero.
—¿Va en serio? —Estudia las llaves girándolas en la palma de su mano unas
cuantas veces antes de volver a mirarme—. ¡Te estaba tomando el pelo!
Me tira las llaves pero no las cojo a tiempo, y éstas caen al suelo a pocos
centímetros de mi bota.
—Me retiro…, joder. No esperaba que me dieras las llaves de verdad. —Se
ríe, burlándose de mí—. No soy tan capullo como tú.
Lo miro amenazante.
—No me estabas dejando muchas opciones.
—Una vez fuimos amigos, ¿recuerdas? —comenta entonces.
Me quedo en silencio mientras ambos recordamos cómo era todo antes de
esta mierda, antes de que nada me importara…, antes de ella. Su mirada ha
cambiado, sus hombros se tensan tras su pregunta.
Es duro recordar aquellos días.
—Estaba demasiado borracho como para acordarme ahora.
—¡Sabes que es cierto! —exclama levantando la voz—. Dejaste de beber
desde que…
—No he venido aquí a hacer un viaje por mis recuerdos contigo. ¿Te vas a
retirar o no? —Lo miro. Está algo diferente, más duro.
Se encoge de hombros.
—Sí, claro.
« Esto ha sido demasiado fácil…»
—Lo digo en serio —insisto.
—Igual que y o —replica con un gesto de la mano.
—Eso significa no tener ningún tipo de contacto con ella. Ninguno —le
recuerdo.
—Se preguntará por qué. Le he mandado un mensaje esta mañana.
Prefiero ignorar eso.
—Dile que ya no quieres ser amigo suyo.
—No quiero herir sus sentimientos de esa forma —me dice.
—Me importa una mierda si hieres sus sentimientos. Tienes que dejarle claro
que no vas a volver a ir detrás de ella nunca más.
La calma que he notado durante un momento se ha diluido, y mi mal genio
vuelve a aflorar. La posibilidad de que Tessa se sienta herida porque Zed ya no
quiere ser su amigo me saca de quicio.
Camino hacia la puerta, sabiendo porque me conozco que no puedo soportar
ni cinco minutos más en este mohoso apartamento. Estoy muy orgulloso de mí
mismo por haber mantenido la calma tanto rato con Zed después de todo lo que
ha hecho para entrometerse en mi relación.
En cuanto mi mano coge el pomo, dice:
—Por ahora haré lo que tengo que hacer, pero eso no alterará el resultado de
todo esto.
—Tienes razón —coincido, sabiendo que lo que él quiere decir significa
exactamente lo opuesto de lo que y o voy a hacer.
Antes de que su maldita boca pueda decir una sola palabra más, salgo de su
apartamento y bajo la escalera a toda prisa.
Para cuando llego a la entrada de casa de mi padre, el sol se está poniendo y aún
no he podido hablar con Tessa. Cada vez que la llamo salta el buzón de voz. He
telefoneado dos veces a Christian, pero él tampoco ha respondido.
Tessa se va a cabrear porque he ido a casa de Zed, siente algo por él que
jamás comprenderé ni toleraré. A partir de hoy rezaré por no tener que
preocuparme más por él.
« Amenos que no quiera separarse de él…»
No. No me permito dudar de ella. Sé que Steph me ha llenado la cabeza de
mentiras que se han colado en cada grieta de mi estructura. Si realmente Zed se
hubiera follado a Tessa, podría haber usado esta tarde como excusa perfecta para
echármelo en cara.
Entro en casa de mi padre sin llamar y busco a Landon o a Karen por la
planta baja. Karen está en la cocina, de pie junto a los fogones y con un batidor
de varillas en la mano. Se vuelve y me saluda con una sonrisa cálida, aunque su
mirada se ve triste y fatigada. Un sentimiento de culpa familiar se extiende por
todo mi cuerpo al recordar las macetas que rompí sin querer en su invernadero.
—Hola, Hardin. ¿Estás buscando a Landon? —me pregunta dejando el batidor
en un plato y secándose las manos en el extremo de su delantal estampado con
fresas.
—La verdad… es que no lo sé —admito.
« ¿Qué estoy haciendo aquí?»
¿Cuán patética es mi vida ahora mismo que me consuela venir a esta casa
antes que a ningún otro lugar? Sé que es por los recuerdos que tengo de cuando
estaba aquí con Tessa.
—Está arriba, hablando por teléfono con Dakota —dice entonces. Hay algo
en su tono que me descoloca.
—¿Ha…? —No soy muy bueno interactuando con otras personas que no sean
Tessa, y soy especialmente malo enfrentándome a las emociones de los demás
—. ¿Ha tenido un mal día o algo? —le pregunto sonando como un idiota.
—Eso creo. Lo está pasando mal. No me ha contado nada, pero parece muy
enfadado últimamente.
—Sí… —asiento, aunque yo no he notado nada distinto en el humor de mi
hermanastro. Además, he estado demasiado ocupado y eso lo ha obligado a
cuidar de Richard hasta ahora—. ¿Cuándo vuelve a irse a Nueva York?
—Dentro de tres semanas. —Intenta ocultar el dolor en su tono al pronunciar
esas palabras, pero fracasa estrepitosamente.
—Ah. —Cada minuto que pasa me siento más incómodo—. Bueno, tengo que
irme.
—¿No quieres quedarte a cenar? —me pregunta ilusionada.
—Hum…, no, gracias.
Entre la charla con mi padre esta mañana, el rato que he pasado con Zed y
ahora esta cosa rara con Karen, estoy desbordado. No puedo arriesgarme a que
le suceda algo a Landon. No sería capaz de tratar con él en ese estado, hoy no.
Aún me queda llegar a casa, donde me espera un y onqui en rehabilitación y una
puta cama vacía.
CAPÍTULO 111
Tessa
Kimberly me está esperando en la cocina cuando vuelvo de la facultad. Tiene
delante dos copas de vino, una llena y la otra vacía, lo que me dice que mi
silencio le confirmó que yo no sabía que Hardin tenía pensado irse a Inglaterra.
Me ofrece una sonrisa comprensiva cuando dejo la bolsa en el suelo y me
siento en el taburete que hay junto a ella.
—Hola, guapa.
Vuelvo la cabeza con gesto exagerado para verle la cara.
—Hola.
—¿No lo sabías? —Hoy lleva el pelo rizado y le cae perfectamente sobre los
hombros. Sus pendientes negros con forma de lazo resplandecen bajo las luces
brillantes.
—No. No me lo había dicho —suspiro agarrando la copa de vino llena.
Se ríe y coge la botella para llenar la copa vacía, la que era para mí.
—Christian me ha dicho que Hardin aún no le ha dado una respuesta
definitiva. No debería haberte contado nada hasta saberlo con total seguridad,
pero tenía la impresión de que no te había mencionado lo de la boda.
Rápidamente, me trago el vino blanco por miedo a escupirlo.
—¿Qué boda?
Me apresuro a pegarle otro trago antes de abrir de nuevo la boca. Se me
ocurre una idea loca… Que Hardin se va a Inglaterra para casarse. En plan
matrimonio de conveniencia. Eso todavía se hace en Inglaterra, ¿no?
No, no se hace. Pero sólo de pensarlo se me ponen los pelos de punta
mientras espero a que Kimberly siga hablando. ¿Ya estoy borracha?
—Su madre va a casarse. Ha telefoneado a Christian esta mañana para
invitarnos.
Rápidamente bajo la vista a la encimera de granito oscuro.
—No sabía nada.
La madre de Hardin se casa dentro de dos semanas y Hardin ni siquiera lo ha
mencionado. Entonces me acuerdo… de lo raro que estaba antes.
—¡Por eso ha estado llamándolo tanto!
Kimberly me mira con unos ojos que parecen interrogantes de neón y bebe
un sorbo de su copa de vino.
—¿Qué debo hacer? —le pregunto—. ¿Finjo que no sé nada? Hardin y yo nos
hemos estado comunicando mucho mejor últimamente… —divago.
Sé que sólo hace una semana que las cosas han mejorado, pero para mí ha
sido una semana alucinante. Siento como si hubiéramos progresado más en los
últimos siete días que en los últimos meses. Hardin y yo hemos estado hablando
de problemas que antes se habrían convertido en grandes peleas a gritos; sin
embargo, ahora estoy de vuelta en el pasado, a cuando me ocultaba las cosas.
Siempre lo pillo. ¿Es que a estas alturas aún no se ha dado cuenta?
—¿Te apetece ir? —pregunta Kimberly.
—No podría ni aunque me hubieran invitado. —Apoy o la mejilla en la mano.
Ella mueve su taburete hacia un lado y coge el borde del mío para girarlo y
tenerme cara a cara.
—Te he preguntado si te apetece ir —insiste. El aliento le huele un poco a
vino.
—Claro, me encantaría, pero…
—¡Entonces deberías ir! Te llevaré de acompañante si es necesario. Estoy
segura de que a la madre de Hardin le gustará tenerte allí. Christian dice que te
adora.
A pesar de que el secreto de Hardin me ha puesto de un humor de perros, sus
palabras son como música para mis oídos. Yo también adoro a Trish.
—No puedo ir. No tengo pasaporte —digo. Además, no puedo permitirme un
billete de avión de última hora.
Kim quita importancia a mis peros.
—Eso se puede acelerar.
—No sé… —contesto.
Las mariposas en el estómago que siento sólo de pensar en Inglaterra hacen
que me den ganas de correr pasillo abajo, encender el ordenador y buscar cómo
se consigue un pasaporte, pero el desagradable descubrimiento de que Hardin me
ha estado ocultando la boda a propósito me obliga a no levantarme del asiento.
—Ni lo dudes. A Trish le encantaría que fueras, y Dios sabe que Hardin
necesita un empujoncito para comprometerse. —Bebe de su copa de vino y deja
una enorme huella roja de carmín en el borde.
Estoy segura de que Hardin tiene sus motivos para no habérmelo contado. Si
va, es probable que no quiera que lo acompañe a Inglaterra. Sé que lo atormenta
su pasado y, por mucho que parezca una locura, es posible que sus demonios
sigan vagando al acecho por las calles de Londres, esperando encontrarnos.
—Hardin no es así —le digo—. Cuanto más insista, más se resistirá.
—Pues entonces… —me da un pequeño toque con la punta de su zapato de
tacón rojo— vas a tener que plantarte y no ceder ni un solo palmo.
Me guardo sus palabras para analizarlas más tarde, cuando ya no esté bajo su
atenta mirada.
—A Hardin no le gustan las bodas.
—A todo el mundo le gustan las bodas.
—A Hardin, no. Las detesta, y también el concepto de matrimonio —le digo,
y observo con especial curiosidad cómo abre los ojos y deja su copa encima de
la barra de desay uno con cuidado.
—Pues… entonces… lo que… quiero decir… —Parpadea—. ¡No se me
ocurre qué decir, y eso ya es decir mucho! —replica echándose a reír.
No puedo evitar reírme con ella.
—¿Me lo dices o me lo cuentas?
La risa de Kimberly es contagiosa a pesar de mi mal humor, es algo que me
encanta de ella. Desde luego, a veces se mete donde no la llaman, y no siempre
me siento cómoda con cómo habla de Hardin, pero es muy sincera y abierta, dos
cualidades que aprecio mucho en ella. Llama a las cosas por su nombre, y es
como un libro abierto. No tiene doblez, a diferencia de muchas personas que he
conocido últimamente.
—Y ¿qué vais a hacer? ¿Ser novios eternamente? —pregunta.
—Eso mismo le dije yo.
No puedo evitar reírme. Puede que sea el vino que ya me he terminado,
puede que porque llevo toda la semana sin pensar en el hecho de que Hardin ha
rechazado cualquier clase de compromiso a largo plazo… No lo sé, pero sienta
bien echarse unas risas con Kimberly.
—Y ¿qué hay de los hijos? ¿No te importa tener niños sin estar casada?
—¡Niños! —Me echo a reír otra vez—. No quiere tener niños.
—Esto se pone cada vez mejor. —Pone los ojos en blanco, coge su copa y la
remata.
—Eso dice ahora, pero espero que… —No termino de formular mi deseo.
Dicho en voz alta me hace parecer desesperada.
Kimberly me guiña el ojo.
—¡Te pillé! —dice con cara de entenderme a la perfección.
Agradezco entonces que cambie de tema y empiece a hablar de una
pelirroja de la oficina, Carine, que se ha pillado de Trevor. Se los imagina en la
cama, como dos langostas chocando la una contra la otra sin saber muy bien qué
hacer, y me entra la risa otra vez.
Para cuando llego a mi habitación son las nueve pasadas. He apagado el móvil
para poder pasar un rato con Kimberly sin interrupciones. Le he contado que
Hardin tiene pensado venir a Seattle mañana en vez del viernes. Se ha echado a
reír y me ha dicho que ya sabía ella que no iba a poder aguantar tanto sin verme.
Todavía tengo el pelo mojado tras salir de la ducha y ya he preparado la ropa
para mañana. Lo estoy posponiendo, lo sé. Seguro que cuando encienda el móvil
tendré que lidiar con Hardin, enfrentarme a él, o no, con respecto a la boda. En
un mundo perfecto, simplemente sacaría el tema y Hardin me invitaría a ir con
él. Me explicaría que estaba esperando a encontrar el mejor modo de
convencerme antes de invitarme. Pero este mundo no es perfecto y me estoy
poniendo muy nerviosa. Me duele saber que lo que le dijo Steph, fuera lo que
fuese, le sentó tan mal que ha vuelto a ocultarme cosas. La odio. Quiero a Hardin
con locura y sólo deseo que abra los ojos y vea que nada de lo que ella o
cualquiera le diga podrá cambiar eso.
Indecisa, saco el móvil del bolso y lo enciendo. Tengo que llamar a mi madre
y mandarle un mensaje a Zed, pero primero quiero hablar con Hardin. Hay
varias notificaciones en la parte superior de la pantalla y el icono de los mensajes
parpadea. Aparecen uno tras otro, todos de Hardin. Lo llamo sin leerlos.
Lo coge a la primera.
—Tessa, ¿qué coño pasa?
—¿Has intentado llamarme? —pregunto tímidamente con toda la inocencia
del mundo, tratando de que ninguno de los dos pierda la calma.
—¿Me preguntas si he intentado llamarte? ¿Me tomas el pelo? Llevo tres horas
llamándote sin parar —resopla—. Incluso he llamado a Christian.
—¿Qué? —exclamo, pero no quiero empezar con los gritos, así que
rápidamente añado—: Estaba pasando un rato con Kim.
—¿Dónde? —exige saber al instante.
—Aquí, en casa —digo, y empiezo a doblar la ropa sucia y a colocarla en el
cesto de la colada. La meteré en la lavadora antes de acostarme.
—Ya, pues la próxima vez que necesites… —Deja escapar un gruñido de
frustración y cuando empieza a hablar de nuevo su voz es un poco más dulce—:
La próxima vez podrías enviarme un mensaje de texto o algo así antes de apagar
el móvil. —Suspira y añade—: Ya sabes cómo me pongo.
Agradezco el cambio de tono y el hecho de que se haya mordido la lengua
antes de soltarme la perla que me iba a soltar y que prefiero no oír. Por
desgracia, la alegría que me había proporcionado el vino casi ha desaparecido
por completo, y el hecho de haber descubierto que Hardin planea irse a
Inglaterra me pesa como una losa en el pecho.
—¿Qué tal tu día? —le pregunto con la esperanza de que me cuente lo de la
boda si le doy la oportunidad de hacerlo.
Suspira.
—Ha sido… largo.
—El mío también. —No sé qué decirle sin delatarme y preguntárselo a las
claras—. Zed me ha escrito.
—¿Ah, sí? —Lo dice con calma, pero detecto un punto borde que
normalmente me intimidaría.
—Sí, esta mañana. Dice que el jueves vendrá a Seattle.
—Y ¿qué le has contestado?
—Nada, de momento.
—¿Por qué me lo cuentas? —pregunta.
—Porque quiero que seamos sinceros el uno con el otro. Se acabaron los
secretos y el ocultarnos cosas. —Hago énfasis en esto último con la esperanza de
animarlo a que me cuente la verdad.
—Ya… Pues gracias por contármelo, en serio —dice. No añade nada más.
« ¿Está de broma?»
—Sí… ¿No hay nada que tú quieras contarme? —pregunto. Todavía me estoy
aferrando a la esperanza de que corresponda a mi sinceridad.
—Pues… Hoy he hablado con mi padre.
—¿De veras? ¿Sobre qué? —Menos mal. Ya sabía yo que entraría en razón.
—Para trasladarme a la Universidad de Seattle.
—¿En serio? —Me sale más un gritito que otra cosa, y la profunda carcajada
de Hardin resuena al otro lado de la línea.
—Sí, pero dice que eso retrasaría mi graduación y que no tiene sentido que
me traslade con el trimestre tan avanzado.
—Vaya… —Creo que mi corazón ha hecho un mohín. Dudo un instante antes
de preguntarle—: ¿Y después?
—Sin problema.
—¿Sin problema? ¿Así de fácil? —La sonrisa que se me dibuja en la cara es
may or que todo lo demás. Ojalá estuviera aquí: lo cogería de la camiseta y le
plantaría un beso de película en los morros.
Entonces dice:
—¿Para qué posponer lo inevitable?
Se me borra la sonrisa de la cara.
—Lo dices como si Seattle fuera peor que la cárcel.
No contesta.
—¿Hardin?
—No lo veo así. Sólo es que todo esto me molesta. Hemos perdido mucho
tiempo y eso me cabrea.
—Lo entiendo —digo. No ha escogido las palabras más elegantes del mundo,
pero es su manera de decirme que me echa de menos. Estoy que doy saltos de
alegría. ¡Va a trasladarse a Seattle conmigo! Llevamos meses peleándonos por lo
mismo y de repente ha accedido sin más—. Entonces ¿te vienes a Seattle? ¿Estás
seguro? —Tengo que preguntárselo.
—Sí. Estoy listo para empezar de cero. Seattle es tan buen sitio como
cualquier otro.
Me rodeo el cuerpo con los brazos de la emoción.
—¿No vas a irte a Inglaterra? —le doy una última oportunidad para que me
cuente lo de la boda.
—No. No me voy a Inglaterra.
Ya he ganado la gran batalla de Inglaterra, así que cuando el enfado por la
boda resurge, me aguanto y no le busco las cosquillas a mi chico. Ya veremos
qué pasa con eso. De momento, voy a conseguir lo que quiero: a Hardin en
Seattle, conmigo.
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