112-113

CAPÍTULO 112
Tessa
A la mañana siguiente, cuando suena la alarma de mi móvil, estoy agotada.
Apenas he dormido nada. Me he pasado horas dando vueltas, siempre a punto de
quedarme dormida pero sin conseguirlo.
No sé si ha sido por la emoción de que Hardin por fin accediera a venirse a
vivir a Seattle o por la discusión que vamos a tener sobre Inglaterra, pero no he
pegado ojo y tengo mala cara. No es tan fácil disimular las ojeras a golpe de
corrector como dicen las firmas de cosméticos, y tengo el pelo como si hubiera
metido los dedos en un enchufe. Por lo visto, la alegría que siento al saber que
voy a tenerlo aquí conmigo no basta para mitigar la ansiedad que me produce
que me esté mintiendo.
Acepto el ofrecimiento de Kimberly y nos vamos a trabajar juntas, así
dispongo de unos minutos más para aplicarme otra capa de rímel mientras ella
cambia de un carril a otro sin ningún cuidado por la autopista. Me recuerda a
Hardin: maldice a los demás coches y pega bocinazos sin parar.
Hardin no ha mencionado si sigue pensando en venir hoy a Seattle. Cuando se
lo pregunté anoche, justo antes de colgar, me dijo que me lo confirmaría por la
mañana. Son casi las nueve y no sé nada de él. No paro de pensar que le pasa
algo y que, si no lo resolvemos bien, nos dará problemas. Steph ha sembrado la
duda en él, lo sé por cómo recela de todo lo que le digo. Vuelve a ocultarme
cosas y me aterra la de conflictos que eso podría causarnos.
—A lo mejor deberías ir tú a verlo este fin de semana —me sugiere
Kimberly sin dejar de insultar a un camión y a un Mini.
—¿Resulta tan evidente? —le pregunto despegando la mejilla del frío cristal
de la ventanilla.
—Salta a la vista.
—Perdona que esté tan depre —suspiro.
No es tan mala idea. Echo muchísimo de menos a Landon, y estaría bien
volver a ver a mi padre.
—Sí, lo estás. —Me sonríe—. Pero nada que no arregle una taza de café y un
poco de pintalabios.
Asiento y rápidamente sale de la autopista, con un giro de ciento ochenta
grados en mitad de una intersección con mucho tráfico.
—Conozco una pequeña cafetería por aquí cerca —dice—. Es fantástica.
Para cuando llega la hora de la comida, mis agobios matutinos han desaparecido,
y eso que sigo sin noticias de Hardin. Le he escrito dos veces pero he conseguido
no llamarlo. Trevor me está esperando sentado a una mesa vacía de la sala de
descanso con dos platos de pasta.
—Me han enviado la comida dos veces y he pensado que, al menos por un
día, podría librarte de la fiambrera. —Sonríe y me pasa un paquete con cubiertos
de plástico.
La pasta sabe tan bien como huele. La deliciosa salsa Alfredo me recuerda
que hoy casi no he desayunado, y me sonrojo cuando se me cae la baba al
llevarme a la boca el tenedor por primera vez.
—Está buena, ¿verdad? —sonríe Trevor limpiándose con el pulgar la
comisura del labio para recoger una gota de la salsa cremosa. Se lleva el dedo a
la boca y no puedo evitar pensar en lo raro que resulta el gesto en un hombre
vestido con traje.
—Mmm… —No soy capaz de contestarle porque estoy demasiado ocupada
comiéndome mi plato.
—Me alegro… —responde él apartando sus ojos azul oscuro de los míos y
revolviéndose en su asiento.
—¿Va todo bien? —le pregunto.
—Sí… Es que… quería comentarte una cosa.
De repente me pregunto si no habrá pedido dos platos de pasta a propósito.
—Adelante… —contesto rezando para que esto no se ponga demasiado
incómodo.
—Puede que suene un poco raro —dice.
« Genial.»
—Adelante —contesto animándolo con una sonrisa.
—Vale… Allá voy. —Hace una pausa y se pasa el dedo por uno de los
gemelos de la camisa—. Carine me ha pedido que vaya a la boda de Krystal con
ella.
Aprovecho y me meto más pasta en la boca para no tener que decir nada de
momento. De verdad, no sé por qué me lo cuenta ni qué se supone que debo
contestar. Asiento, animándolo a seguir, e intento no reírme pensando en lo bien
que Kimberly imitaba ayer a Carine. Fue la monda.
—Me preguntaba si hay alguna razón por la que deba decirle que no… —dice
Trevor, y me mira como si esperara una respuesta.
Estoy segura de que se asusta cuando me atraganto, pero cuando me mira
con preocupación levanto un dedo y sigo masticando, a conciencia, y trago con
fuerza antes de contestar:
—No veo por qué no deberías aceptar.
Espero que con eso baste. Pero entonces sigue hablando:
—Lo que quiero decir es que… —Mi única esperanza es que adivine que, en
realidad, sé exactamente lo que quiere decir y no acabe la frase.
No hay suerte.
—Sé que tienes una relación intermitente con Hardin y que ahora mismo no
estáis juntos. Sólo quería estar seguro de que puedo dedicarle todo mi afecto, sin
distracciones, antes de aceptar.
No sé qué decir, así que pregunto en voz baja:
—¿Soy una distracción?
Esto es muy incómodo, pero Trevor es muy dulce y se ha sonrojado tanto
que me dan ganas de consolarlo.
—Sí, lo has sido desde que llegaste a Vance —dice atropelladamente—. No te
lo tomes a mal, es que he estado esperando y quería dejar claras mis intenciones
antes de explorar la posibilidad de iniciar una relación con otra persona.
Y aquí tengo a mi señor Collins, aunque es mucho más guapo que el original.
Me siento tan mal por él como Elizabeth Bennett en Orgullo y prejuicio.
—Trevor, lo siento mucho, yo…
—No pasa nada, de verdad. —Su mirada es tan sincera que me hace daño—.
Lo entiendo. Sólo quería confirmarlo por última vez. —Escarba un poco con el
tenedor en su plato de pasta y añade—: Supongo que no he tenido bastante con
todas las veces anteriores.
Se ríe nervioso, en voz baja, y por simpatía me río con él.
—Es muy afortunada —digo esperando aliviar la vergüenza que sé que
siente.
No debería haberlo comparado con el señor Collins, Trevor no es ni tan
agresivo ni tan molesto. Me bebo un enorme trago de agua y espero que con esto
acabe todo.
—Gracias —dice, pero añade con una pequeña sonrisa—: A lo mejor así
Hardin dejará de llamarme el puto Trevor.
Tengo que taparme la boca con la mano para no escupir toda el agua que he
bebido. Trago a mucha velocidad y exclamo:
—¡No sabía que lo sabías! —Me río de lo mal que me siento por él.
—Sí, se le ha escapado alguna vez —explica él de buen humor, y me alegro
de que podamos reírnos juntos, como amigos, sin lugar a la confusión.
Sin embargo, lo bueno se acaba pronto. A Trevor se le borra la sonrisa de la
cara. Me vuelvo, está mirando hacia la puerta.
—¡Qué bien huele! —dice una de las cotillas a la otra al entrar. Me siento un
poco mezquina por lo mucho que las detesto, pero no puedo evitarlo.
—Deberíamos irnos —me susurra Trevor mirando de reojo a la más bajita.
Me quedo mirándolo perpleja, pero me levanto y tiro la bandeja vacía de
poliestireno a la basura.
—Hoy estás espectacular, Tessa —me dice la más alta.
No sé interpretar su expresión, pero sé que se está burlando de mí. Sé que hoy
estoy horrorosa.
—Ya, gracias.
—El mundo es un pañuelo, ¿Hardin sigue trabajando para Bolthouse?
Se me resbala el bolso del hombro y cojo la tira de cuero a toda velocidad
antes de que llegue al suelo.
« ¿Conoce a Hardin?»
—Así es —digo enderezándome para fingir que no me afecta que lo
mencione.
—Mándale recuerdos de mi parte —dice con una sonrisa burlona.
Da media vuelta y desaparece con su pérfida segundona.
—¿A qué demonios ha venido eso? —le pregunto a Trevor después de
comprobar que se han ido de verdad y no nos están espiando—. ¿Tú sabías que
iban a decirme algo?
—No estaba seguro, pero lo sospechaba. Las he oído hablar de ti.
—¿Qué decían? Si ni siquiera me conocen.
Vuelve a estar incómodo. Trevor es la persona más transparente que conozco.
—No han dicho nada sobre ti en concreto…
—Entonces estaban hablando de Hardin, ¿no? —pregunto. Asiente y me
confirma mis sospechas—. ¿Qué han dicho exactamente?
Trevor se mete la corbata roja por dentro del traje.
—Pues… preferiría no tener que decírtelo. Será mejor que se lo preguntes a
él.
La reticencia de Trevor me da muy mala espina, y me estremezco al pensar
que Hardin pueda haberse acostado con una de esas tipas. O con las dos. No son
mucho may ores que y o: veinticinco como mucho, y he de admitir que las dos
son guapas. Van mucho más arregladas y exageradas que y o, pero no dejan de
ser atractivas.
El camino de vuelta a mi despacho se me hace largo y los celos se apoderan
de mí. Si no le pregunto a Hardin por esa chica, me voy a volver loca.
Lo llamo nada más entrar en mi despacho. Tengo que saber si va a venir esta
noche, necesito un poco de seguridad.
El nombre de Zed aparece en la pantalla de mi móvil antes de que pueda
marcar el número de Hardin. Hago una mueca pero decido que cuanto antes lo
coja, mejor.
—Hola —digo, pero no me sale natural. Suena falso, demasiado alegre.
—Hola, Tessa, ¿cómo te va? —pregunta él. Siento que hacía siglos que no oía
su voz aterciopelada, aunque sé que no es así.
—Va… —Apoyo la frente en el frío escritorio.
—No pareces muy contenta.
—Estoy bien, sólo es que llevo mucho entre manos.
—Precisamente por eso te llamo. Sé que te dije que estaría en Seattle el
jueves, pero ha habido un cambio de planes.
—¿Y eso? —« Qué alivio.» Miro al techo y respiro hondo. No me había dado
cuenta de que estaba conteniendo la respiración—. No pasa nada. La próxima
vez…
—No, quiero decir que y a estoy en Seattle —dice, y de inmediato se me
acelera el pulso—. He viajado de noche, con la camioneta, ha sido genial. Sólo
estoy a unas manzanas de tu oficina y no quiero molestarte en el trabajo, pero
podríamos cenar juntos o algo cuando salgas de trabajar.
—Pues… —Miro el reloj. Son las dos y cuarto y Hardin no ha respondido a
ninguno de mis mensajes—. No sé si es buena idea. Hardin viene esta noche —
confieso.
Primero Trevor y ahora Zed. ¿Es que la doble capa de rímel me ha gafado o
qué?
—¿Estás segura? —me pregunta Zed—. Lo vi ayer de fiesta…, era muy
tarde.
« ¿Qué?» Hardin y yo estuvimos hablando por teléfono anoche hasta las
once. ¿Qué hay abierto a esa hora? ¿Ha estado matando el rato otra vez con ésos
a los que él llama sus amigos?
—No sé… —digo dándome de cabezazos contra la mesa. No me hago daño,
pero sé que Zed puede oírlos.
—Sólo vamos a salir a cenar. Luego te dejaré seguir con lo que sea que
tengas planeado —insiste—. Será agradable ver una cara conocida, ¿qué me
dices?
Como si lo estuviera viendo: está sonriendo, es esa sonrisa que tanto me gusta.
Así que pregunto:
—He venido a trabajar con una compañera y no tengo aquí el coche. ¿Te
importa venir a recogerme a las cinco?
Y cuando accede la mar de contento, estoy emocionada y muerta de miedo.
CAPÍTULO 113
Tessa
A las cinco menos cinco intento llamar a Hardin, pero no lo coge. ¿Dónde se
habrá metido todo el día? ¿Estaba Zed en lo cierto y anoche estuvo por ahí hasta
las tantas? ¿Es posible que esté de camino a Seattle para darme una sorpresa? No
me lo creo ni y o. Siento una opresión en el pecho horrible desde que he accedido
a ver a Zed. Sé que a Hardin no le gusta nada que seamos amigos. Le da tanta
rabia que incluso tiene pesadillas y aquí estoy y o, echándole leña al fuego.
No me molesto en arreglarme el pelo ni en retocarme el maquillaje antes de
coger el ascensor y bajar al vestíbulo, y decido ignorar la atenta mirada de
Kimberly. No debería haberle contado mis planes. Veo la camioneta de Zed a
través de los paneles de cristal y da gusto verla. Me apetece mucho ver una cara
conocida. Preferiría que fuera la de Hardin, pero Zed está aquí y él no.
Salta de su camioneta para saludarme en cuanto salgo del edificio. Sonríe de
oreja a oreja y veo que lleva la cara cubierta de vello negro. Va vestido con
vaqueros negros y una camiseta gris de manga larga. Está tan guapo como
siempre y yo parezco una zombi.
—Hola. —Sonríe y me espera con los brazos abiertos.
No sé qué hacer, pero por educación me lanzo a recibir su abrazo.
—Cuánto tiempo —dice con la boca en mi pelo.
Asiento y pregunto:
—¿Qué tal el viaje? —mientras me separo de él.
Suspira.
—Largo. Pero he podido aprovechar para escuchar buena música por el
camino.
Me abre la puerta del acompañante y me apresuro a subir para escapar del
aire frío. En el interior del vehículo hace calor y huele a él.
—¿Cómo es que has venido un día antes? —pregunto para iniciar la
conversación mientras él se incorpora al tráfico vacilante.
—He cambiado de planes, eso es todo. —Sus ojos van de un retrovisor a otro.
—Da un poco de miedo el tráfico de esta ciudad —le digo.
—Mucho. —Sonríe sin apartar la vista de la carretera.
—¿Sabes adónde quieres ir a cenar? No he tenido tiempo de ver la ciudad, así
que todavía no sé cuáles son los sitios buenos.
Miro el móvil. Hardin sigue sin dar señales de vida. Busco restaurantes en una
aplicación y en cuestión de minutos Zed y yo decidimos ir a un pequeño grill de
estilo mongol.
Yo me pido pollo con verduras y contemplo admirada cómo el chef prepara la
comida delante de nosotros. Nunca había estado en un sitio así, y a Zed le parece
muy divertido. Nos hemos sentado al fondo del pequeño restaurante. Tengo a Zed
justo enfrente y permanecemos tan callados que resulta incómodo.
—¿Qué pasa? —pregunto escarbando en mi comida.
La mirada de Zed rebosa preocupación.
—No sé si debería mencionarlo… Parece que ahora mismo estás un poco
desbordada y quiero que te lo pases bien.
—Estoy bien. Dime lo que tengas que decir. —Me preparo para el golpe que
sé que voy a recibir.
—Anoche Hardin vino a mi casa.
—¿Qué? —No puedo ocultar la sorpresa en mi voz. ¿Por qué habrá hecho
eso? Y si lo ha hecho, ¿cómo es que Zed está sentado aquí conmigo sin un
rasguño, sin un moratón?—. ¿Qué quería? —pregunto.
—Decirme que no me acercase a ti —contesta al instante.
Cuando le mencioné anoche a Hardin el mensaje de Zed parecía
completamente indiferente.
—¿A qué hora? —pregunto esperando que fuera después de que hablásemos
al respecto de no ocultarnos las cosas.
—Por la tarde, pronto.
Dejo escapar un suspiro de exasperación. A veces Hardin no tiene límites, y
su lista de ofensas es cada vez más larga.
Me masajeo las sienes. De repente he perdido el apetito.
—¿Qué te dijo exactamente?
—Que le daba igual cómo lo hiciera, o si tenía que herir tus sentimientos, pero
que necesitaba que no me acercara a ti. Estaba tan tranquilo que daba miedo. —
Le clava el tenedor a un florete de brócoli y se lo lleva a la boca.
—Y ¿aun así has venido?
—Sí.
La batalla cargada de testosterona entre estos dos me tiene más que harta, y
y o me mantengo al margen, intentando imponer algo de paz y fracasando
miserablemente.
—¿Por qué?
Sus ojos de color caramelo encuentran los míos.
—Porque sus amenazas ya no funcionan conmigo. No puede decirme de
quién puedo ser amigo, y espero que tú opines lo mismo.
Decir que me cabrea que Hardin fuera a casa de Zed es quedarse corto. Me
molesta todavía más que no me dijera nada anoche y que quisiera que Zed
hiriese mis sentimientos con tal de poner fin a nuestra amistad mientras él
mantenía oculto su papel en la intriga.
—Opino igual en lo que respecta a que Hardin controle mis amistades. —En
cuanto pronuncio las palabras, a Zed le brillan los ojos con una mirada triunfal,
cosa que también me cabrea—. Pero también creo que tiene buenas razones
para no querer que seamos amigos, ¿no te parece?
Él menea la cabeza conciliador.
—Sí y no. No voy a ocultar lo que siento por ti, pero tampoco voy a insistir.
Ya te dije que aceptaré lo que puedas ofrecerme y, si sólo podemos ser amigos,
eso seremos.
—Sé que no vas a insistir. —Elijo responder sólo a la mitad de su comentario.
Zed nunca me presiona para que haga nada y nunca intenta obligarme a
hacer nada, pero detesto cómo habla de Hardin.
—¿Puedes decir lo mismo de él? —me reta mirándome intensamente.
El impulso de defender a Hardin me hace contestar:
—No, no puedo. Sé cómo es, pero es que él es así.
—Siempre sales a defenderlo. No lo entiendo.
—Ni falta que te hace —respondo cortante.
—¿Tú crees? —contesta Zed con calma, frunciendo el ceño.
—Sí. —Pongo la espalda recta y me yergo todo lo que puedo.
—¿No te molesta que sea tan posesivo, que te diga a quién puedes tener como
amigo…?
—Me molesta, pero…
—Se lo consientes.
—¿Has venido hasta Seattle para recordarme que Hardin es controlador?
Abre la boca para hablar, pero vuelve a cerrarla.
—¿Qué? —lo presiono.
—Eres suya y me preocupas. Te noto estresada.
Suspiro vencida. Estoy estresada, demasiado, pero pelearme con Zed no va a
solucionar nada. Sólo hace que me sienta aún más frustrada.
—No voy a excusarlo, pero tú no sabes nada de nuestra relación. No sabes
cómo es cuando está conmigo. No lo comprendes como yo.
Aparto el plato y me doy cuenta de que la pareja de la mesa de al lado nos
está mirando. Bajo la voz y digo:
—No quiero discutir contigo, Zed. Estoy agotada y me hacía mucha ilusión
que pasáramos un rato juntos.
Se reclina en su silla.
—Me estoy comportando como un capullo, ¿verdad? —dice con ojos tristes
—. Perdóname, Tessa. Podría echarle la culpa al largo viaje… Pero no es
excusa. Lo siento.
—No pasa nada. No quería pagarla contigo. No sé lo que me ocurre. —Está a
punto de venirme la regla, seguro que por eso estoy que muerdo.
—Es culpa mía, de verdad —dice, y me coge la mano por encima de la
mesa.
La tensión se podría cortar con un cuchillo y no puedo dejar de pensar en
Hardin, pero me gustaría pasarlo bien un rato. Por eso le pregunto:
—Y ¿cómo va todo lo demás?
Zed empieza a contarme historias de su familia, del calor que hacía en
Florida la última vez que estuvo allí. La conversación recupera su flujo normal,
fácil, disperso. La tensión se evapora y puedo acabarme el plato de pollo.
Terminamos de cenar y estamos saliendo del restaurante cuando Zed
pregunta:
—¿Tienes planes para esta noche?
—Sí, voy a ir al club de jazz de Christian. Lo acaban de inaugurar.
—¿Christian? —pregunta él.
—Sí, mi jefe. Estoy viviendo en su casa.
Arquea las cejas.
—¿Estás viviendo con tu jefe?
—Sí. Fue compañero de universidad del padre de Hardin y es amigo de toda
la vida de Ken y de Karen —le explico.
No me había parado a pensar que Zed desconoce los detalles de mi vida.
Aunque vino a recogerme tras la fiesta de compromiso que Christian le dio a
Kimberly, no sabe nada de ellos.
—Ah, así es como conseguiste las prácticas remuneradas —señala.
« Ay y y.»
—Sí —confieso.
—Es genial igualmente.
—Gracias. —Miro por la ventanilla y saco el móvil del bolso. Nada—. ¿Qué
tienes pensado hacer en Seattle? —le pregunto mientras intento indicarle cómo
llegar a la casa de Christian y Kimberly. Me doy por vencida a los pocos minutos
y tecleo la dirección en mi móvil. La pantalla se congela y se apaga dos veces
antes de cooperar.
—No estoy seguro. Voy a ver qué tienen pensado mis amigos. ¿Y si
quedamos un rato más tarde? ¿O antes de que me vaya el sábado?
—Estaría bien. Te llamaré para concretarlo.
—¿Cuándo viene Hardin? —El tono viperino de su pregunta no se me escapa.
Vuelvo a mirar la pantalla del móvil, esta vez por costumbre.
—No lo sé. Puede que esta noche.
—¿Ahora mismo estáis juntos? Sé que no íbamos a hablar más del asunto,
pero estoy algo confundido.
—Yo también —reconozco—. Últimamente nos estamos dando algo de
espacio.
—Y ¿funciona?
—Sí. —Hasta hace un par de días, cuando Hardin empezó a distanciarse.
—Eso está bien.
Tengo que saber qué le ronda por la cabeza. Sé que le está dando vueltas a
algo.
—¿Qué?
—Nada. No quieres saberlo.
—Sí, sí que quiero. —Sé que voy a arrepentirme, pero me puede la
curiosidad.
—Es que no veo ese espacio. Tú estás aquí en Seattle, viviendo con unos
amigos de su familia, con tu jefe nada menos. Aunque esté a unos cuantos
kilómetros de distancia, te tiene controlada, e intenta apartar de ti a los pocos
amigos que tienes, eso cuando no está aquí contigo. Yo no veo el espacio por
ninguna parte.
La verdad es que no se me había ocurrido ver lo de mi estancia en casa de
Christian y Kimberly desde esa perspectiva. ¿Es otra de las razones por las que
Hardin me saboteó el alquiler del apartamento? ¿Para que, si decidía venir a
Seattle, tuviera que vivir bajo la vigilancia de los amigos de su familia?
Meneo la cabeza intentando no pensar.
—Nos va bien. Sé que para ti no tiene sentido, pero a nosotros nos funciona.
Sé…
—Intentó sobornarme para que me alejara de ti —me interrumpe Zed.
—¿Qué?
—Sí. Me estuvo amenazando y me dijo que le hiciera una oferta. Me dijo que
me buscara otra zorra en la universidad con la que divertirme.
« ¿Zorra?»
Zed se encoge de hombros como si nada.
—Me dijo que nadie más te tendrá nunca y que estaba muy orgulloso de que
siguieras con él incluso después de que te dijera que se había acostado con Molly
cuando vosotros dos ya habíais empezado a salir.
Que mencione a Hardin y a Molly es una puñalada trapera, y Zed lo sabe.
Por eso lo ha dicho, sabía que iba a dolerme.
—Eso ya lo hemos superado. No quiero hablar de Hardin y de Molly —
mascullo.
—Sólo quiero que sepas lo que tienes entre manos. Cuando tú no estás, él no
es la misma persona.
—Eso no es malo —replico—. Tú no lo conoces.
Siento un gran alivio en el momento en que nos acercamos a las afueras de la
ciudad, señal de que estamos a menos de cinco minutos de casa de Christian.
Cuanto antes lleguemos, mejor.
—Tú tampoco, ésa es la verdad —dice—. Te pasas todo el día discutiendo con
él.
—¿Adónde quieres ir a parar, Zed? —Odio el rumbo que ha tomado nuestra
conversación, pero no sé cómo volver a encauzarla por territorio neutral.
—A ninguna parte. Sólo esperaba que, después de todo este tiempo y de toda
la mierda que te ha hecho tragar, vieras la verdad.
Entonces se me ocurre una cosa.
—¿Le has dicho que ibas a venir?
—No.
—No estás jugando limpio —le digo. Lo he pillado.
—Ni él tampoco. —Suspira, desesperado por no subir la voz—. Mira, sé que
lo defenderás hasta el final, pero no puedes culparme por querer tener lo que él
tiene. Quiero que me defiendas a mí, quiero que confíes en mí incluso cuando no
deberías. Siempre estoy aquí para ti y él no. —Se pasa la mano por la barba y
coge aire—. No estoy jugando limpio y él tampoco. Ha jugado sucio desde el
principio. A veces juraría que sólo le importas tanto porque sabe lo que siento por
ti.
Por eso precisamente Zed y yo nunca podremos ser amigos. Nunca
funcionará a pesar de lo dulce y comprensivo que es. No se ha dado por vencido
y supongo que eso le honra. No obstante, no puedo darle lo que quiere y no
quiero sentir que tengo que explicarle mi relación con Hardin cada vez que lo
veo. Ha estado ahí siempre que lo he necesitado, pero sólo porque y o se lo he
permitido.
—No sé si queda lo suficiente de mí como para poder darte mi amistad.
Me mira con expresión impasible.
—Eso es porque te ha agotado.
Permanezco en silencio, mirando los pinos que bordean la carretera. No me
gusta la tensión que siento ni tener que contener las lágrimas. Entonces Zed
musita:
—No quería que esta noche acabase así. Imagino que no querrás volver a
verme.
Señalo por la ventanilla.
—Ya hemos llegado.
Un silencio incómodo y tenso llena la cabina de la camioneta hasta que la
gigantesca casa aparece. Cuando miro a Zed, está observando la casa de
Christian con unos ojos como platos.
—Es aún más grande que la otra, la casa a la que fui a buscarte una vez —
dice intentando aliviar la tensión.
Por hacer lo mismo, empiezo a contarle que tiene gimnasio y una cocina
muy espaciosa, y cómo Christian controla la casa mediante el iPhone.
Y entonces el corazón se me sube a la garganta.
El coche de Hardin está aparcado justo detrás del Audi reluciente de
Kimberly. Zed lo ve al mismo tiempo que y o pero ni se inmuta. Me quedo lívida
y digo:
—Será mejor que vaya adentro.
Aparcamos y Zed dice:
—Te pido disculpas de nuevo, Tessa. Por favor, no te vay as enfadada
conmigo. Ya tienes bastante. No debería haberte hecho sentir aún peor.
Se ofrece a entrar conmigo pero le aseguro que no pasa nada, que todo está
bien. Sé que Hardin estará cabreado, más que eso, pero yo la he liado y soy y o
la que tiene que arreglarlo.
—Todo irá bien —afirmo con una sonrisa falsa antes de salir del coche y
prometerle que le mandaré un mensaje en cuanto pueda.
Soy consciente de que camino muy despacio hacia la puerta, pero no quiero
ir más rápido. Estoy intentando pensar qué debo decir, si debo o no enfadarme
con Hardin, o disculparme por haber vuelto a ver a Zed. Entonces la puerta se
abre.
Hardin sale vestido con unos vaqueros oscuros y una camiseta blanca. Se me
acelera el pulso a pesar de que sólo llevo dos días sin verlo y me muero por
tenerlo cerca. Lo he echado mucho de menos estos días.
Está impertérrito y sigue con una mirada glacial la camioneta de Zed, que
desaparece de nuestra vista.
—Hardin, y o…
—Entra —me dice de mala manera.
—No me… —empiezo a decir.
—Hace frío. Entra. —Me lanza cuchillos con la mirada que me impiden
discutir.
Me sorprende cuando me pone la mano en la cintura con delicadeza y me
conduce a la casa, donde Kimberly y Smith juegan a las cartas en el salón, y de
ahí a mi habitación sin mediar palabra.
Con calma, cierra la puerta y echa el pestillo. Luego me mira y el corazón
casi se me sale del pecho cuando me pregunta:
—¿Por qué?
—Hardin, no ha pasado nada, te lo juro. Me ha dicho que había cambiado de
planes y yo me he sentido muy aliviada porque creía que no iba a venir, pero a
continuación me ha dicho que ya estaba en Seattle y que quería que fuéramos a
cenar. —Me encojo de hombros, en parte para calmarme—. No he sabido
decirle que no.
—Nunca has sabido —me espeta sosteniéndome la mirada.
—Sé que ayer te presentaste en su casa. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no necesitabas saberlo. —Respira con fuerza, apenas puede
mantener el control.
—No eres quién para decidir lo que necesito saber —arremeto contra él—.
No puedes ocultarme las cosas. ¡También sé lo de la boda de tu madre!
—Sabía que ibas a reaccionar así. —Levanta las manos, intentando
defenderse.
Pongo los ojos en blanco y echo a andar hacia él.
—Y una mierda.
Ni siquiera pestañea. Se le marcan las venas bajo los pocos sitios que quedan
de piel blanca, azul claro entrelazado con tinta negra. Aprieta los puños.
—Una cosa detrás de otra.
—Seré amiga de quien me dé la gana, y tú vas a dejar de hacer cosas a mis
espaldas, como por ejemplo ir por ahí teniendo pataletas como un crío —le
advierto.
—Me dijiste que no ibas a volver a verlo.
—Lo sé. Antes no lo entendía, pero después de esta noche he decidido que no
vamos a ser amigos. Pero no porque tú lo digas.
Ahora sí que parpadea, pero de sorpresa. Por lo demás, mantiene el mismo
nivel de potente intensidad.
—Entonces, ¿por qué?
Desvío la mirada un tanto avergonzada.
—Porque sé que te sienta fatal y no debería seguir provocándote. Sé lo
mucho que me dolería que vieras a Molly… o a cualquier otra mujer. Dicho esto,
no tienes derecho a controlar mis amistades, aunque no puedo mentir y decir que
no me sentiría exactamente igual que tú si estuviera en tu lugar.
Se cruza de brazos y respira hondo.
—Y ¿por qué ahora? ¿Qué te ha hecho para que de repente hayas cambiado
de opinión?
—Nada. No me ha hecho nada. Sólo que he tardado mucho en comprenderlo.
Tenemos que ser iguales, ninguno de los dos debería tener más poder que el otro.
Por cómo le brillan los ojos sé que quiere decir algo, pero se limita a asentir.
—Ven aquí. —Abre los brazos, esperándome, como hace siempre. No tardo
en cobijarme en ellos.
—¿Cómo sabías que estaba con él? —Pego la mejilla a su pecho. Su
fragancia mentolada invade mis sentidos y me quita a Zed de la cabeza.
—Me lo ha dicho Kimberly —explica con la boca pegada a mi pelo.
Frunzo el ceño.
—No sabe mantener la boca cerrada.
—¿No ibas a decírmelo? —Me levanta la barbilla con el pulgar.
—Sí, pero habría preferido contártelo y o. —Supongo que le estoy agradecida
a Kimberly por ser tan sincera. Sería muy hipócrita por mi parte querer que sólo
fuera sincera conmigo y no con Hardin—. ¿Por qué no has venido a buscarnos?
—pregunto. Si sabía que estaba con Zed, lo lógico es que lo hubiera hecho.
—Porque —suspira, mirándome a los ojos— no paras de decir que es como
un ciclo que se repite y quería romperlo.
Su respuesta, sincera y bien pensada, me llena el corazón de alegría. Lo está
intentando de verdad y eso significa mucho para mí.
—Aunque estoy cabreado —añade.
—Lo sé. —Le acaricio la mejilla con la y ema de los dedos y sus brazos me
estrechan con más fuerza—. Yo también estoy enfadada. No me has contado lo
de la boda y quiero saber por qué.
—Esta noche no —me advierte.
—Sí, esta noche. Has dicho lo que querías decir sobre Zed y ahora me toca a
mí.
—Tessa… —Aprieta los labios.
—Hardin…
—¡Eres lo peor! —Me suelta y empieza a andar de un lado para otro,
poniendo una distancia entre nosotros que no puedo soportar.
—¡Igual que tú! —contraataco y lo sigo para acercarme a él.
—No quiero hablar de la puta boda. Ya me está costando bastante
controlarme. No me busques las cosquillas, ¿vale?
—¡Bien! —digo casi a gritos, aunque doy mi brazo a torcer. No porque me dé
miedo lo que vaya a decirme, sino porque acabo de pasar dos horas y media con
Zed y sé que la rabia de Hardin es en realidad una forma de enmascarar el dolor
y la ansiedad que le acabo de causar

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