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CAPÍTULO 114
Tessa
Abro el cajón de la cómoda y busco unas bragas limpias y un sujetador a juego.
—Voy a darme una ducha. Kimberly quiere salir a las ocho y ya son las siete
—le digo a Hardin, que está sentado en el borde de mi cama con los codos
apoy ados en las rodillas.
—¿Vas a ir? —se burla.
—Sí. Ya te lo he dicho, ¿no te acuerdas? Para eso has venido, ¿no?, para que
no vaya sola.
—No he venido sólo por eso —dice a la defensiva. Lo miro con una ceja en
alto y él pone los ojos en blanco—. No es que no sea uno de los motivos, pero no
es el único.
—¿Sigues queriendo venir? —le pregunto tentándolo con la ropa interior que
llevo en la mano.
Recibo una sonrisa picarona como recompensa.
—No, no quiero ir. Pero si tú vas, yo también.
Le dedico una amplia sonrisa pero no me sigue cuando salgo de la habitación.
Qué sorpresa. Ojalá lo hubiera hecho. No sé muy bien dónde estamos en este
momento. Sé que está enfadado por lo de Zed y y o estoy molesta porque me ha
estado ocultando cosas otra vez, pero en general me encanta que esté aquí y no
quiero perder el tiempo discutiendo.
Me envuelvo el pelo con una toalla. No tengo tiempo para lavármelo y
secármelo antes de salir. El agua caliente alivia en parte la tensión de mis
hombros y de mi espalda pero no me despeja la cabeza. Tengo que estar de
mejor humor en una hora. Estoy segura de que Hardin se pasará la noche de
morros. Quiero que nos divirtamos con Kimberly y con Christian, no quiero
silencios incómodos ni escenas en público. Quiero que nos llevemos bien y que
los dos estemos de buen humor. No he visto nada de Seattle de noche desde que
llegué, y quiero que mi primera salida nocturna sea lo más divertida posible. No
paro de sentirme culpable por lo de Zed, pero es un gran alivio cuando mi enfado
y mis pensamientos irracionales se pierden por el desagüe junto con el agua
caliente y los restos de jabón.
En cuanto cierro el grifo de la ducha, Hardin llama a la puerta. Me enrollo
una toalla alrededor del cuerpo y respiro hondo antes de contestar.
—Salgo dentro de diez minutos. Tengo que ver qué hago con mi pelo.
Pero cuando me miro al espejo, ahí está Hardin.
Entorna los ojos al ver la mata encrespada sobre mi cabeza.
—Y ¿ahora qué le pasa?
—Está fuera de control —replico echándome a reír—. No tardaré nada.
—¿Vas a ponerte eso? —dice mirando el vestido negro e incómodo que
cuelga de la cortina de la ducha porque estaba intentando que se desarrugara un
poco. La última vez que me lo puse, durante las « vacaciones familiares» , la
noche acabó en desastre… Bueno, la semana.
—Sí. Kimberly dice que son muy estrictos con el vestuario.
—¿Cómo de estrictos? —Hardin se mira los vaqueros con manchas y la
camiseta negra.
Me encojo de hombros y sonrío para mis adentros. Me imagino a Kimberly
diciéndole a Hardin que se cambie de ropa.
—No pienso cambiarme —dice, y vuelvo a encogerme de hombros.
Hardin no deja de mirar mi imagen en el espejo mientras me maquillo y me
peleo con el pelo armada con la plancha. El vapor de la ducha me lo ha
encrespado mucho y está horrible. No tiene arreglo. Al final, me lo recojo en la
nuca. Al menos el maquillaje me ha quedado muy bien, para compensar que mi
pelo tiene un día de perros.
—¿Vas a quedarte hasta el domingo? —le pregunto poniéndome la ropa
interior y embutiéndome en el vestido. Quiero asegurarme de que mantenemos
la tensión bajo control y no nos pasamos la noche discutiendo.
—Sí, ¿por? —responde con calma.
—Estaba pensando que, en vez de pasar el viernes aquí, podríamos volver
para que pueda ver a Landon y a Karen. Y también a tu padre, por supuesto.
—Y ¿qué hay del tuy o?
—Ah… —Se me había olvidado que mi padre estaba viviendo con Hardin—.
He estado intentando no pensar en esa situación hasta que puedas contarme más.
—No creo que sea una buena idea…
—¿Por qué no? —pregunto. Echo mucho de menos a Landon.
Hardin se frota la nuca con la mano.
—No lo sé… Toda esta mierda con Steph y con Zed…
—Hardin, no voy a volver a ver a Zed y, a menos que Steph aparezca por el
apartamento o por casa de tu padre, tampoco volveré a verla a ella.
—Sigo pensando que no deberías ir.
—Vas a tener que relajarte un poco —suspiro recolocándome el moño.
—¿Relajarme? —dice en tono de burla, como si la idea nunca se le hubiera
pasado por la cabeza.
—Sí, tienes que relajarte. No puedes controlarlo todo.
Levanta la cabeza de golpe.
—¿No puedo controlarlo todo? Y ¿me lo dices tú?
Me echo a reír.
—Voy a dejar que te salgas con la tuya en cuanto a Zed porque sé que está
mal. Pero no puedes mantenerme alejada de toda la ciudad sólo porque te
preocupe que me lo encuentre a él o a una chica desagradable.
—¿Ya has terminado? —inquiere apoyándose en el lavabo.
—¿De discutir o de arreglarme el pelo? —replico mirándolo con una sonrisa
de superioridad.
—Eres lo peor. —Me devuelve la sonrisa y me da una palmada en el culo
cuando me doy la vuelta para salir del baño.
Me alegro de que esté tan juguetón. La noche pinta bien.
Atravesamos el pasillo hacia mi habitación cuando Christian nos llama desde
la sala de estar.
—Hardin, ¿todavía estás aquí? ¿Te vienes a escuchar un poco de jazz? No es
heavy metal, pero…
No oigo el resto porque estoy muerta de risa. Hardin se ha puesto a imitar a
Christian Vance de improviso. Le doy un empujoncito en el pecho y le digo:
—Ve con él. No tardo nada en arreglarme.
De vuelta en mi habitación, cojo el bolso y saco el móvil. Tengo que hablar
con mi madre. No hago más que posponerlo y no va a parar de llamarme.
También tengo un mensaje de Zed:
P o r f a vo r , no te e n f a de s c onm igo po r lo de e sta noc he . H e
sid o u n c a pu llo . N o e r a m i in te nc ión . Lo sie nto.
Borro el mensaje y meto otra vez el móvil en el bolso. Mi amistad con Zed
acaba aquí. He estado dándole falsas esperanzas demasiado tiempo y cada vez
que me despido de él acabo por dar marcha atrás y empeorar la situación. No es
justo ni para él ni para Hardin. Hardin y yo ya tenemos bastantes problemas.
Como mujer, me molesta que intente prohibirme que vea a Zed, pero no puedo
negar que sería muy hipócrita por mi parte seguir siendo su amiga. No quiero
que Hardin sea amigo de Molly ni que queden para pasar un rato. Sólo de
pensarlo me dan ganas de vomitar. Zed ha dejado muy claro lo que siente por mí
y no es justo, para nadie, que sigamos viéndonos y lo aliente en silencio. Se porta
muy bien conmigo y ha estado a mi lado cuando lo he necesitado muchas veces,
pero odio cómo me hace sentir, como si tuviera que darle explicaciones y
defender mi relación.
Bajo la escalera disfrutando de la gran noche que me imagino que voy a
pasar con mi chico… Y me llevo toda una sorpresa cuando entro en la sala de
estar y me encuentro a Hardin con las manos en el pelo, furioso.
—¡Ni hablar! —resopla alejándose de Christian.
—Una camiseta sucia y unos vaqueros manchados de sangre no son un
atuendo apropiado para el club, por mucho que conozcas al dueño —dice
Christian restregándole algo de color negro a Hardin por el pecho.
—Pues entonces no voy —dice él con un mohín, dejando que la prenda negra
caiga a los pies de Christian.
—No seas crío y ponte la dichosa camisa.
—Me pongo la camisa si puedo ir en vaqueros —repone Hardin, negociando,
mirándome en busca de apoyo.
—¿Te has traído algo que no esté manchado de sangre? —dice Christian
sonriente. Se agacha para recoger la camisa.
—Puedes ponerte los vaqueros negros, Hardin —sugiero intentando mediar
entre los dos.
—Vale. Dame la puta camisa. —Le arranca a Christian la camisa de las
manos y le saca el dedo mientras desaparece por el pasillo.
—¡Y, ya puestos, podrías cortarte el pelo! —le grita Christian.
No puedo evitar echarme a reír.
—Déjalo en paz. Te va a poner un ojo morado y no voy a impedírselo —
bromea Kimberly.
—Ya…, ya… —Christian la coge entre sus brazos y le da un beso en la boca.
Me doy la vuelta justo cuando suena el timbre de la puerta.
—¡Debe de ser Lillian! —anuncia Kim soltándose de él.
Hardin vuelve a entrar en la sala de estar en cuanto Lillian atraviesa el
umbral.
—¿Qué hace aquí? —gruñe. Se ha puesto la camisa negra, que no le queda
nada mal.
—No seas malo —le digo—. Va a quedarse con Smith y es amiga tuya, ¿no te
acuerdas?
Es verdad que mi primera impresión de Lillian no fue buena, pero ha
acabado por gustarme, aunque no la veo desde que volvimos de las Vacaciones
Infernales.
—No, no lo es.
—¡Tessa! ¡Hardin! —exclama con una sonrisa tan brillante como sus ojos
azules. Menos mal que no lleva el mismo vestido que yo, como la primera vez
que la vi, en el restaurante de Sandpoint.
—Hola. —Le devuelvo la sonrisa y Hardin se limita a saludar con un gesto de
la cabeza.
—Estás estupenda —me dice Lillian dándome un repaso con la mirada.
—Gracias, igualmente. —Ella lleva una rebeca de lana y unos caquis.
—Si y a habéis terminado… —refunfuña Hardin.
—Yo también me alegro de volver a verte, Hardin. —Le pone los
ojos en blanco y él se suaviza un poco y le ofrece una media sonrisa.
Mientras, Kimberly corre de un lado a otro poniéndose los tacones y
retocándose el maquillaje delante del espejo gigante que hay encima del sofá.
—Smith, ve arriba. Volveremos a medianoche como muy tarde.
—¿Lista, amor? —le pregunta Christian.
Ella asiente y él extiende los brazos hacia la puerta.
—Nosotros iremos en mi coche —anuncia Hardin.
—¿Por qué? Hemos pedido un coche —dice Christian.
—Por si queremos volver antes.
Christian se encoge de hombros.
—Haz lo que quieras.
Mientras salimos me fijo en la camisa de Hardin. No es muy distinta de la
que suele ponerse cuando no tiene más remedio que arreglarse. La diferencia es
que ésta tiene un discreto, casi imperceptible, estampado animal…
—Ni una palabra —me advierte cuando se da cuenta de que estoy mirando
su camisa.
—No he dicho nada. —Me muerdo el labio y gruñe.
—Es fea a rabiar —dice, y no paro de reír hasta que llegamos al coche.
El club de jazz está en el centro de Seattle. Las calles están llenas, como si fuera
sábado noche, no miércoles. Esperamos en el coche de Hardin hasta que un
elegante coche negro aparca junto a nosotros y de él salen Christian y Kimberly.
—Estos ricachones… —dice Hardin dándome un apretón en el muslo.
Nosotros también salimos del coche.
Con una rápida sonrisa, el portero desengancha el cordón de terciopelo del
poste plateado y nos deja pasar. Al momento, Kimberly nos guía por la oscuridad
del club y nos enseña el interior mientras Christian se va por su cuenta. Bloques
de piedra gris hacen las veces de mesas y hay sofás negros con cojines blancos
aquí y allá. La única nota de color en todo el club son los ramos de rosas rojas
que descansan encima de los enormes bloques de piedra gris. La música es suave
y relajante pero estimulante a la vez.
—Muy pijo —dice Hardin poniendo los ojos en blanco.
Está guapo a más no poder bajo la luz tenue. La camisa de Hardin combinada
con los vaqueros negros son más de lo que mi libido puede soportar.
—Bonito, ¿verdad? —nos pregunta Kimberly con una gran sonrisa.
—No veas —contesta Hardin. En cuanto llegamos a las mesas llenas de
gente, me coge de las caderas y me atrae hacia sí.
—Christian está en la zona vip. Es toda nuestra —nos informa Kimberly.
Caminamos hacia la parte de atrás del club y una cortina de satén se abre y
desvela un espacio de buen tamaño con más cortinas negras a modo de paredes.
Cuatro sofás delimitan el espacio y hay una enorme mesa de piedra en el centro,
cubierta de botellas de bebida, una cubitera y varios aperitivos.
Estoy tan distraída que ni siquiera veo a Max, que está sentado en uno de los
sofás, delante de Christian.
Genial. Max me cae fatal y sé que Hardin tampoco puede soportarlo. Los
brazos de mi chico se tensan en mis caderas y le lanza una mirada asesina a
Christian.
Kimberly sonríe como la buena anfitriona que es.
—Encantada de volver a verte, Max.
Él le sonríe.
—Igualmente, cielo. —Le coge la mano y se la lleva a los labios.
—Disculpa —dice entonces una voz de mujer detrás de mí.
Hardin y yo nos hacemos a un lado y Sasha se contonea por el pequeño
espacio. Entre lo alta que es y el vestido tan descarado que lleva, se hace el ama
de la sala.
—Genial —dice Hardin repitiendo mis pensamientos de hace unos segundos.
Se alegra tanto de verla como y o de ver a Max.
—Sasha. —Kimberly intenta fingir que se alegra de verla pero fracasa. Una
de las desventajas de la sinceridad de mi amiga es que le cuesta ocultar sus
emociones.
Sasha le sonríe y se sienta en el sofá, al lado de Max. Sus ojos siniestros
buscan los míos, como si me estuviera pidiendo permiso para sentarse con su
amante. Desvío la mirada y Hardin me lleva al sofá que está justo enfrente de
ellos. Kimberly se sienta en el regazo de Christian y coge una botella de
champán.
—¿Qué te parece, Theresa? —pregunta Max con su acento marcado y
aterciopelado.
—Pues… —tartamudeo al oír mi nombre completo—. Es… es bonito.
—¿Os apetece un poco de champán? —nos ofrece Kimberly.
Hardin contesta por mí:
—Amí no, pero a Tessa sí.
Me apoy o en su hombro.
—Si tú no vas a beber nada, yo tampoco.
—Adelante, no me importa. Amí no me apetece.
Le sonrío a Kim.
—Para mí nada, gracias.
Hardin frunce el ceño y coge una copa de encima de la mesa.
—Deberías tomarte al menos una. Has tenido un día muy largo.
—Lo que quieres es que me emborrache para que no te haga preguntas —
susurro poniendo los ojos en blanco.
—No. —Sonríe divertido—. Quiero que te lo pases bien. Eso era lo que
querías, ¿no?
—No me apetece tener que beber para pasarlo bien. —Cuando miro
alrededor, veo que ninguno de los presentes está escuchando nuestra
conversación.
—No he dicho que lo necesites. Sólo digo que tu amiga te está ofreciendo
champán gratis, del que cuesta más que tu vestido y mi ropa juntos. —Sus dedos
bailan por mi nuca—. ¿Por qué no vas a disfrutar de una copa?
—Tienes razón. —Me apoy o otra vez en él y Hardin me entrega la copa
alargada—. Pero sólo voy a tomarme una —le digo.
A los treinta minutos ya me he terminado mi segunda copa y estoy
planteándome si me tomo una tercera para no sentirme tan incómoda viendo a
Sasha desfilar de aquí para allá. Dice que sólo quiere bailar pero, si eso fuera
cierto, saldría a la zona pública del club.
La fulana quiere atención.
Me tapo la boca con la mano como si lo hubiera dicho en voz alta.
—¿Qué?
Sé que Hardin se aburre. Mucho. Lo sé por cómo mira la cortina negra y me
acaricia la espalda, ausente.
Niego con la cabeza a modo de respuesta. No debería pensar esas cosas de la
mujer cuando ni siquiera la conozco. Lo único que sé de ella es que se acuesta
con un hombre casado…
Y con eso me basta. No puedo evitar que me caiga mal.
—¿Podemos irnos ya? —me susurra Hardin al oído, dándome otro apretón en
el muslo.
—Sólo un ratito más —le digo.
No es que me aburra, es que prefiero estar a solas con Hardin a estar aquí
evitando mirar a Sasha o su ropa interior.
—Tessa, ¿vienes a bailar?… —sugiere Kimberly, y Hardin se tensa.
Me acuerdo de la última vez que estuve en un club con Kimberly y bailé con
un tío sólo para cabrear a Hardin, que se encontraba a kilómetros de distancia.
Entonces tenía el corazón roto y estaba tan triste que no pensaba con claridad.
Aquel tío acabó besándome y yo acabé prácticamente violando a Hardin en la
habitación de mi hotel después de que apareciera por sorpresa y encontrara allí a
Trevor. Fue un malentendido épico pero, ahora que me acuerdo, la noche no
acabó nada mal para mí.
—No sé bailar, ¿recuerdas? —le digo.
—Bueno, pues daremos una vuelta o algo. —Sonríe—. Parece que te estás
quedando dormida.
—Vale, una vuelta. —Me pongo de pie—. ¿Quieres venir? —le pregunto a
Hardin.
Me dice que no con la cabeza.
—No le va a pasar nada. Volvemos en un minuto —le asegura Kimberly.
Él no parece muy contento con que vay an a separarme de su lado, pero
tampoco intenta detenerla. Se está esforzando por demostrarme que puede
relajarse y por eso lo adoro.
—Si la pierdes, no te molestes en volver —le contesta.
Kimberly suelta una sonora carcajada y me saca a rastras de la zona vip, en
dirección al club lleno de gente.
CAPÍTULO 115
Hardin
—¿Adónde crees que se habrá llevado a Theresa? —me pregunta Max
sentándose a mi lado.
—Tessa —lo corrijo. ¿Cómo coño sabe que se llama Theresa? Vale, puede
que sea un poco obvio, pero no me gusta que lo diga.
—Tessa. —Me sonríe y le da un largo trago a su champán—. Es una chica
encantadora.
Cojo una botella de la mesa e ignoro su provocación. No tengo el menor
interés en hablar con el tipo. Debería haberme ido con Tessa y con Kimberly, a
donde fuera. Estoy intentando demostrarle a mi chica que puedo « relajarme» y
esto es lo que consigo. Estar sentado junto a este señor en un club donde la
música da asco.
—Vuelvo enseguida. El grupo acaba de llegar —nos informa Christian. Se
mete el móvil en el bolsillo de los pantalones de vestir y se va.
Max se pone de pie y lo sigue tras decirle a Sasha que lo pase bien, que beba
más champán.
No irán a dejarme a solas con ella…
—Parece que sólo quedamos tú y y o —me dice la muy guarra, lo que me
confirma que, en efecto, eso es lo que acaban de hacer.
—Ya… —Hago rodar el tapón de una botella de plástico por la mesa de
piedra.
—¿Qué te parece el sitio? Max dice que se llena todas las noches desde la
inauguración. —Me sonríe.
Finjo que no he visto que se ha desabrochado un botón de su vestido casi
inexistente para enseñarme el canalillo…
—Sólo lleva unos días abierto, normal que esté siempre lleno —replico.
—Aun así, es bonito. —Descruza las piernas y las vuelve a cruzar.
Se la ve desesperada. Llegados a este punto, ya ni siquiera sé si de verdad
está intentando algo conmigo o si está tan acostumbrada a hacerse la fulana que
le sale solo.
Se inclina sobre la mesa que se interpone entre nosotros.
—¿Te apetece bailar? Hay espacio de sobra. —Me roza la manga de la
camisa con sus uñas infinitas y me aparto.
—¿Estás loca? —le espeto, y me siento en la otra punta del sofá.
El año pasado tal vez me habría llevado su culo desesperado al baño y me la
habría follado hasta dejarla inconsciente. Ahora sólo de pensarlo me dan ganas
de vomitar en su vestido blanco.
—¡Oye! Sólo te he preguntado si querías bailar.
—Baila con tu novio casado —le suelto, y estiro el brazo para descorrer la
cortina con la esperanza de ver a Tessa.
—No me juzgues tan rápido. Ni siquiera me conoces.
—Te conozco lo suficiente.
—Ya, pues yo a ti también. Así que, en tu lugar, me andaría con cuidado.
—¿Ah, sí? —Me echo a reír.
Me mira de mala manera, intentando intimidarme, estoy seguro.
—Sí.
—Si supieras algo sobre mi forma de ser, sabrías que ahora mismo no te
conviene amenazarme —le advierto.
Levanta una copa de champán y me dedica un pequeño brindis.
—Eres tal y como dicen…
Y con esa frase me voy. Descorro la cortina y voy a buscar a Tessa para que
podamos largarnos de aquí.
¿Quién le ha hablado de mí? ¿Quién se cree que es? Christian tiene suerte de
que le hay a prometido a Tessa una noche sin incidentes. De lo contrario, Max
tendría que rendir cuentas de lo sucia que su novia tiene la boca.
Doy vueltas por el club buscando el vestido brillante de Tessa y el pelo rubio
de Kimberly. Menos mal que no es la clase de sitio en el que todo el mundo está
dando brincos en la pista de baile. Casi todos los clientes están sentados junto a
una mesa, cosa que facilita mucho mi búsqueda. Al final, las encuentro en la
barra principal, hablando con Christian, Max y otro tío. Tessa está de espaldas a
mí, pero por su postura sé que está nerviosa. A los pocos segundos se les une otro
tipo y, a medida que me acerco, el primer tío empieza a resultarme conocido.
—¡Hardin! Por fin apareces. —Kimberly alarga el brazo para tocarme el
hombro, pero la esquivo y me acerco a Tessa.
Cuando me mira, tiene los ojos grises recelosos y guían mi mirada hacia el
invitado.
—Hardin, te presento a mi profesor de religión internacional, el señor Soto —
dice sonriendo con educación.
« ¿Te estás quedando conmigo? ¿Es que ahora todo el mundo se va a venir a
vivir a Seattle?»
—Jonah —la corrige él, y gesticula para que nos demos un apretón de manos.
Yo estoy demasiado alucinado para negárselo.
CAPÍTULO 116
Hardin
El profesor de Tessa sonríe y le pega un sutil repaso con la mirada, pero yo lo
veo en tecnicolor.
—Me alegra volver a verte —dice pero, por cómo se mueve con la música,
no sé si me lo dice a mí o a ella.
—El profesor Soto vive ahora en Seattle —me informa Tessa.
—Qué bien —digo por lo bajo.
Tessa me oye y me da un codazo. Le rodeo la cintura con el brazo.
A Jonah el gesto no le pasa desapercibido. Luego vuelve a mirarla a la cara.
« Está conmigo, capullo.»
—Sí —dice él—, me trasladé al campus de Seattle hace un par de semanas.
Solicité el puesto hace un par de meses y por fin me lo han dado. Ya era hora de
llevarse el grupo a otra parte —nos dice como si debiera importarnos.
—The Reckless Few van a tocar aquí esta noche, y más noches si podemos
convencerlos —presume Christian.
Jonah le sonríe y se mira las botas.
—Creo que eso se puede arreglar —comenta levantando la vista con una
sonrisa. Se acaba la copa con un solo movimiento y dice—: Será mejor que nos
preparemos para la actuación.
—Sí —repone Christian—. No consientas que os distraigamos.
Le da una palmada a Soto en el hombro y el profesor se vuelve para sonreírle
a Tessa por última vez antes de abrirse paso entre la gente hacia el escenario.
—Son increíbles. ¡Esperad a oírlos! —exclama Vance dando palmas antes de
rodear la cintura de Kimberly con el brazo y conducirla a una mesa en primera
fila.
Ya los he oído. No son para tanto.
Tessa me mira nerviosa.
—Es buena persona —señala—. Recuerda que declaró en tu favor cuando
estuvieron a punto de expulsarte.
—No, yo no recuerdo nada de eso. Lo único que sé es que le gustas y que
misteriosamente está viviendo en Seattle y da clases en tu campus.
—Ya lo has oído, hace meses que solicitó el traslado… Y no le gusto.
—Sí que le gustas.
—A ti te parece que le gusto a todo el mundo —contraataca.
Es imposible que sea tan ingenua como para creer que ese pavo es trigo
limpio.
—¿Hacemos una lista? —replico—. Tenemos a Zed, al puto Trevor, al cretino
del camarero… ¿Me dejo a alguien? Ah, ahora podemos añadir al profesor
pervertido, que te estaba mirando como si fueras el postre. —Miro al capullo en
el minúsculo escenario, se mueve como si fuera el tío más importante del mundo
pero finge no darle importancia.
—El único que cuenta de esa lista es Zed. Trevor es un encanto y no supone
ningún peligro. A Robert es posible que no vuelva a verlo, y Soto no es un
acosador.
Ha dicho una palabra que me chirría.
—¿Es « posible» ?
—Está claro que no voy a volver a verlo. Estoy contigo, ¿vale? —Me coge de
la mano y me relajo.
He de asegurarme de quemar o tirar por el retrete el número de ese
camarero. Por si las moscas.
—Sigo crey endo que ese capullo es un acosador. —Señalo el escenario con la
cabeza, hacia el desgraciado con cazadora de cuero.
Puede que tenga que hablar con mi padre para asegurarme de que no es tan
turbio como me lo parece a mí. Tessa se metería directa en la boca del lobo,
siempre se equivoca respecto al carácter de la gente.
Me lo demuestra con una sonrisa radiante, me mira como una idiota por todo
el champán que le corre por las venas. Aquí sigue, conmigo, después de toda la
mierda que le he hecho tragar…
—Creía que era un club de jazz. Este grupo es más… —Tessa empieza a
intentar distraerme de la lista interminable de hombres que desean su afecto.
—¿Penosa? —la interrumpo.
Me pega un manotazo en el brazo.
—No, sólo que no es jazz. Son más del rollo de The Fray…
—¿The Fray? Por favor, no insultes a tu grupo favorito. —Lo único que
recuerdo del grupo del profesor es que eran patéticos.
Me pega con el hombro.
—Y el tuy o.
—Va a ser que no.
—No finjas que no te gustan. Sé que te encantan.
Me estrecha la mano y meneo la cabeza. No voy a negarlo, pero tampoco
voy a admitirlo.
Miro a la pared y a las tetas de Tessa mientras espero que la banda de
pacotilla empiece a tocar.
—¿Nos vamos y a? —pregunto.
—Sólo una canción —dice Tessa.
Tiene las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes y las pupilas dilatadas. Se
toma otra copa. Se alisa el vestido y le da un tirón al bajo de su vestido.
—¿Al menos puedo sentarme? —digo señalando la fila de taburetes vacíos
junto a la barra.
Cojo a Tessa de la mano y me la llevo hacia allí. La siento en el taburete que
hay en uno de los extremos, el que está más cerca de la pared y más lejos de la
gente.
—¿Qué van a tomar? —nos pregunta un hombre joven con perilla y un
acento italiano falso como él solo.
—Una copa de champán y un agua —digo mientras Tessa se coloca entre
mis piernas. La cojo de la cintura y siento las lentejuelas de su vestido contra la
palma de la mano.
—Sólo servimos la botella entera de champán, señor —me dice el camarero
con una sonrisa de disculpa, como si no estuviera seguro de que pudiera
permitirme una botella de su puto champán.
—Sírveles una botella entera —dice la voz de Vance a mi lado, y el camarero
asiente mirándonos a los dos.
—Lo quiere frío —recalco con chulería.
El chico asiente de nuevo y se apresura a ir a por la botella. « Capullo.»
—Deja de vigilarnos, que no eres nuestro canguro —le digo a Vance.
Tessa me mira mal, pero no le hago ni caso.
Él pone los ojos en blanco, como el petardo sarcástico que es.
—Es evidente que no os estoy vigilando. Tessa no tiene edad para beber.
—Ya, y a —digo.
Alguien lo llama entonces y Christian me da una palmada en el hombro antes
de irse.
Al instante, el camarero descorcha una botella de champán y vierte el líquido
en una copa para Tessa. Ella le da las gracias con educación y él le responde con
una sonrisa más falsa que su acento. Esta pantomima me está matando.
Se lleva la copa a los labios y apoya la espalda contra mi pecho.
—Qué bueno está.
Entonces dos hombres pasan junto a nosotros y le dan un repaso a Tessa. Ella
se da cuenta. Lo sé por cómo se aprieta contra mí y apoya la cabeza en mi
hombro.
—Ahí está Sasha —dice por encima del ruido que emite la guitarra del
profesor Acosador, que está haciendo la prueba de sonido.
La rubia alta está buscando algo: a su novio o a algún tipejo al que cepillarse.
—¿A quién le importa? —replico, la cojo del codo con delicadeza y hago que
se vuelva para verle la cara.
—No me gusta —dice Tessa.
—No le gusta a nadie.
—¿No te gusta? —pregunta.
« ¿Está loca?»
—¿Por qué iba a gustarme?
—No lo sé. —Sus ojos se posan en mi boca—. Porque es guapa.
—¿Y?
—No sé… Estoy rara. —Menea la cabeza intentando hacer desaparecer el
resentimiento que veo en su expresión.
—Tessa, ¿estás celosa?
—No —dice con un mohín.
—No tienes por qué. —Abro más las piernas y la estrecho contra mí—. Ella
no es lo que quiero. —Miro su pecho casi al descubierto—. Yo te quiero a ti. —
Dibujo la línea de su escote con el índice, como si no estuviéramos en un club
lleno a rebosar.
—Sólo por mis tetas —dice susurrando la última palabra.
—Evidentemente. —Me río, provocándola.
—Lo sabía. —Se hace la ofendida pero sé que se está riendo por encima del
borde de la copa.
—Sí. Y ahora que ya sabes la verdad, ¿me dejas que te las folle?
Una ducha de champán mana de su boca y aterriza en mi camisa y en mi
regazo.
—¡Perdona! —chilla cogiendo una servilleta de la barra. Me la pasa por la
camisa, que es fea que te cagas, y luego empieza a secarme la entrepierna.
Le cojo la muñeca y le quito la servilleta:
—Yo de ti no lo haría.
—Ah —dice, y se ruboriza hasta el cuello.
Uno de los miembros de la banda se pone al micrófono y hace las
presentaciones. Intento que no me den arcadas cuando empieza a sonar el horror.
Tessa está embobada mientras tocan una canción tras otra y y o me encargo de
que su copa esté siempre llena.
Doy gracias por cómo estamos sentados. Bueno, yo estoy sentado. Ella está
de pie entre mis piernas, de espaldas a mí, pero puedo verle la cara si me apoyo
en la barra. Los tonos rojizos de la iluminación, el champán y ella siendo…
ella… Está resplandeciente. Ni siquiera puedo ponerme celoso porque es…
preciosa.
Como si me leyera el pensamiento, se vuelve y me regala una sonrisa. Me
encanta verla así, tan despreocupada…, tan joven. Tengo que hacer que se sienta
así más a menudo.
—Son buenos, ¿verdad? —Mueve la cabeza al ritmo de la música, lenta pero
intensa.
Me encojo de hombros.
—No —replico. No son terribles, pero a buenos no llegan ni de lejos.
—Callaaaaa —dice exagerando la palabra, y me da la espalda. Momentos
después, empieza a balancear las caderas al ritmo de la voz llorona del cantante.
Joder.
Bajo la mano a sus caderas y se aprieta más contra mí sin dejar de moverse.
El ritmo de la canción se acelera, igual que Tessa. Joder…
Hemos hecho muchas cosas… Yo he hecho casi de todo, pero nadie nunca
había bailado así conmigo. Algunas chicas, e incluso algunas strippers, se me han
despelotado en el regazo, pero no así. Esto es lento, embriagador… Y me pone
mogollón. Le sujeto la otra cadera con la mano y se vuelve un poco para dejar la
copa en la barra. Con las manos vacías, me sonríe con lujuria y mira en
dirección al escenario. Levanta una mano y me pasa los dedos por el pelo.
Coloca la otra encima de la mía.
—No pares —le suplico.
—¿Seguro? —Me tira del pelo.
Me cuesta creer que esta chica seductora con un vestido corto, que menea las
caderas y me tira del pelo, sea la misma que escupe el champán cuando hablo
de follarle las tetas. Me pone a mil.
—Joder, sí —susurro, y la cojo de la nuca para atraer su boca hacia la mía—.
Muévete pegada a mí… —Le doy un apretón en la cadera—. Más cerca.
Y eso hace. La altura del taburete es perfecta, estoy en el lugar justo para
que me restriegue el culo contra el sitio que más ganas tiene de ella.
Miro un momento alrededor. No quiero que nadie más la vea bailar.
—Estás muy sexi… —le digo al oído— cuando bailas así en público… Sólo
para mí.
Juro que la he oído gemir y no puedo más. Le doy la vuelta y le meto la
mano debajo de la falda.
—Hardin —protesta cuando aparto las bragas.
—Nadie nos está mirando y, aunque nos mirasen, no verían nada —le
aseguro. No lo haría si supiera que alguien puede verlo—. Te ha gustado montar
el numerito, ¿verdad? —le digo. No puede negarlo: está chorreando.
No contesta. Apoy a la cabeza en mi hombro y me tira del bajo de la camisa,
agarrándolo como suele agarrarse a las sábanas. Entro y salgo de ella, intentando
seguir el ritmo de la canción. Casi al instante se le tensan los muslos y está a
punto de correrse en mis dedos. Gime para que sepa el placer que le doy. Se
pega más a mí, me chupa el cuello. Sus caderas se hunden en mí y siguen el
ritmo de mis dedos, que entran y salen de su coño húmedo. La música y las
voces ahogan sus gemidos y es posible que me esté haciendo sangre en el vientre
con las uñas.
—Estoy a punto —gruñe con la boca pegada a mi cuello.
—Eso es, nena. Córrete para mí. Aquí mismo, Tessa. Córrete —la invito con
dulzura.
Asiente y me muerde un tendón del cuello. La polla me palpita en los
pantalones, intentando escapar de los vaqueros. Tess deja caer todo su peso sobre
mí cuando se corre y la sujeto con fuerza. En cuanto levanta la cabeza está
jadeando, colorada, feliz y encendida bajo las luces.
—¿Coche o baño? —pregunta cuando me llevo los dedos a la boca y me los
chupo.
—Coche —contesto, y se acaba el champán. Que page Vance. No tengo
tiempo para buscar al camarero.
Tessa me coge entonces de la mano y tira de mí hacia la puerta. Me tiene
ganas y yo la tengo como una piedra gracias a su jueguecito en la barra.
—¿Ése no es…? —Tessa frena en seco poco antes de llegar a la salida del
club.
Pelo negro de punta… Juraría que la paranoia me provoca alucinaciones.
Pero ella también lo ha visto.
—¿Qué coño hace aquí? ¿Le has dicho que íbamos a venir? —le espeto.
He mantenido la calma toda la noche y ahora aparece este gilipollas para
jodérmela.
—¡No! ¡Por supuesto que no! —exclama Tessa, defendiéndose. Por su
mirada sé que dice la verdad.
Zed nos ve y frunce el ceño con malicia. Como le gusta meter cizaña, se nos
acerca.
—¿Qué haces tú aquí? —le pregunto cuando se acerca.
—Lo mismo que tú. —Se y ergue y mira a Tessa. Qué ganas tengo de subirle
el escote para taparle el canalillo y romperle a ese cretino los dientes.
—¿Cómo sabías que estábamos aquí? —le suelto.
Tessa me da un tirón del brazo y nos mira a uno y a otro.
—No lo sabía. He venido a ver tocar al grupo.
Entonces se nos acerca un tío con la misma piel bronceada que Zed.
—Deberíais largaros —les digo.
—Hardin, por favor —me suplica Tessa detrás de mí.
—No —le susurro. Ya estoy harto de Zed y todas sus mierdas.
—Oy e… —El tío se planta entre nosotros—. Van a tocar más. Vamos a
decirles que hemos llegado.
—¿Conocéis a Soto? —le pregunta Tessa.
« Joder, Tessa.»
—Sí —contesta el extraño.
Casi puedo ver las teorías conspiranoicas volando por la cabeza de Tessa,
preguntándose cómo es que se conocen. Como lo que quiero es no ver a Zed, la
cojo del brazo y la llevo a la salida.
—Ya nos veremos —dice él poniendo para Tessa su mejor sonrisa de « soy
un cachorrito y quiero que te sientas mal por mí y me quieras porque soy
patético» antes de seguir al otro tío hacia el escenario.
Salgo a toda velocidad hacia el aire frío de la noche. Tessa me sigue de cerca,
insistiendo con lo mismo:
—Te juro que no sabía que iba a venir aquí. ¡Te lo juro!
Le abro la puerta del acompañante.
—Lo sé, lo sé —le digo para que se calle mientras hago lo posible por
tranquilizarme—. Déjalo estar, por favor. No quiero que nos estropee la noche.
Rodeo el coche y me siento junto a ella.
—De acuerdo —accede y asiente.
—Gracias —suspiro.
Meto la llave en el contacto y Tessa me coge de la mejilla y me obliga a
volverme hacia ella.
—Te agradezco mucho el esfuerzo que estás haciendo esta noche. Sé lo
mucho que te cuesta, pero significa un mundo para mí. —Sonrío contra la palma
de su mano mientras la escucho.
—Bien.
—Lo digo en serio. Te quiero, Hardin. Muchísimo.
Le digo lo mucho que la quiero mientras trepa por su asiento y se sienta a
horcajadas en mi regazo. Me desabrocha la bragueta y me baja los pantalones a
toda velocidad. Su mano se cierra rápidamente en mi cuello y me arranca la
camisa, de la que saltan los dos botones superiores. Le subo el vestido para ver su
cuerpo desnudo y ella mete la mano en mi bolsillo de atrás para sacar el condón
que imaginaba que íbamos a necesitar.
—Sólo te deseo a ti. Siempre —me asegura para tranquilizar mi mente
inquieta mientras me pone el condón.
La cojo de las caderas y la levanto. En el coche, todo es tan pequeño que la
siento más cerca, más adentro, cuando se deja caer sobre mí. La lleno, del todo,
es mía, y siseo posesivo. Me tapa la boca con sus besos y se traga mis gemidos
mientras mueve lentamente las caderas, igual que en el club.
—Te la he metido hasta los huevos —le digo cogiéndola del moño y tirando
de él para obligarla a que me mire.
—Me gusta —gime sintiéndola toda, hasta el fondo.
Una de sus manos se hunde en mi pelo y con la otra me coge del cuello. Está
muy sexi por el alcohol, la adrenalina y las ganas que me tiene…, lo mucho que
necesita mi cuerpo y esta conexión apasionada y en estado puro que sólo
nosotros compartimos. No la encontrará con nadie más, y yo tampoco. Con
Tessa lo tengo todo, y ella no podrá dejarme nunca.
—Joder, te quiero —gimo en su boca mientras me tira del pelo y me agarra
con fuerza del cuello. No es incómodo, sólo una leve presión, pero me vuelve
loco.
—Te quiero —jadea cuando levanto las caderas para ir a su encuentro y se la
meto con más fuerza que antes.
La miro fijamente y disfruto con cómo flexiona los músculos de la pelvis. El
placer aumenta poco a poco en la base de mi columna y noto que ella se tensa
mientras la sigo ayudando con mis caderas.
Tiene que ir a que le den la píldora. Necesito sentirla sin barreras otra vez.
—Me muero por estar dentro de ti sin condón… —le susurro en el cuello.
—No pares —me dice. Le encanta que le diga guarradas.
—Quiero que sientas cómo me corro dentro de ti… —Le chupo la clavícula,
saboreando las gotas de sudor—. Sé que te va a gustar que te marque así. —Sólo
de pensarlo me pongo a cien.
—Ya casi… —gime, y con un último tirón de pelo nos derretimos los dos
juntos, jadeantes, gimiendo, guarros. Somos así.
La ay udo a bajar de mi regazo y bajo la ventanilla mientras se arregla el
vestido.
—Pero ¿qué…? —empieza a decir cuando me ve tirar el condón por la
ventanilla—. ¡Dime que no acabas de tirar un condón usado por la ventanilla! ¿Y
si Christian lo ve?
Le sonrío con malicia.
—Estoy seguro de que no será el único que se encuentre en el aparcamiento.
Intenta subirme la bragueta para ayudarme a vestirme y que pueda conducir.
—O tal vez no —replica asomando la nariz por la ventanilla y mirando el
aparcamiento mientras pongo el coche en marcha—. Aquí huele a sexo —añade,
y se echa a reír a carcajadas.
Asiento y escucho cómo tararea todas las puñeteras canciones que ponen por
la radio de camino a casa de Vance. Me apetece burlarme de ella, pero es un
sonido encantador, sobre todo después de haber tenido que escuchar a ese grupo
de mierda.
« ¿Un sonido encantador?» Empiezo a hablar como ella.
—Voy a tener que arrancarme los tímpanos cuando acabe la noche —le digo,
aunque no me hace ni caso. Me saca la lengua con un gesto infantil y sigue
cantando, aún más fuerte.
Cojo a Tessa de la mano para que no se caiga mientras recorremos la corta
distancia que hay desde el sendero de grava hasta la puerta principal. Por cómo
actúa, estoy seguro de que casi todo el contenido de la botella de champán y a
está en su hígado.
—¿Y si no podemos abrir? —me pregunta con una risita tonta.
—La canguro está en casa —le recuerdo.
—¡Es verdad! Lillian… —Sonríe—. Es muy maja.
Yo me río de lo borracha que está.
—Creía que no te caía bien.
—Ahora que sé que no le gustas como tú me hiciste creer, y a me cae mejor.
Le acaricio los labios.
—No me hagas morritos. Se parece mucho a ti… Sólo que es más molesta.
—¿Perdona? —Hipa—. No fue bonito por tu parte hacerme sentir celos de
ella.
—Pero funcionó —le contesto muy satisfecho de mí mismo cuando llegamos
a la puerta.
Lillian está sentada en el sofá cuando entramos en la casa. Me paro a darle un
tirón al bajo del vestido de Tessa. Me mira mal.
Al vernos, Lillian se pone de pie.
—¿Qué tal todo?
—¡Ha sido genial! ¡El grupo era alucinante! —le dice Tessa con una sonrisa
de oreja a oreja.
—Está pedo —informo a Lillian.
Se ríe.
—Ya lo veo. —Y, tras una pausa, añade—: Smith está durmiendo. Esta noche
casi hemos mantenido una conversación.
—Bien por ti —digo llevando a Tessa hacia el pasillo.
Mi novia borracha le dice adiós a Lillian con la mano.
—¡Encantada de volver a verte!
No sé si debería decirle a Lillian que se vaya a casa o esperar hasta que
Vance vuelva. Me callo. Además, que se encargue ella del pequeño robot si se
despierta.
Cuando llegamos a la habitación de Tessa, cierro la puerta y de inmediato se
desploma en la cama.
—¿Puedes quitármelo? —dice señalando su vestido—. Pica mucho.
—Sí, levanta.
La ay udo a sacarse el vestido y me da las gracias con un beso en la punta de
la nariz. Es muy poca cosa, pero el gesto me pilla por sorpresa y le sonrío.
—Me alegro de que estés aquí conmigo —dice.
—¿Sí?
Asiente y me desabrocha los botones que le quedan a la camisa de Christian.
Me desliza la prenda por los hombros y la dobla con cuidado antes de levantarse
y dejarla en el cesto de la ropa sucia. Nunca entenderé por qué dobla la ropa
sucia, pero ya me he acostumbrado.
—Sí, mucho. La verdad es que Seattle no es tan genial como yo creía —
confiesa al fin.
« Pues vuelve conmigo» , me dan ganas de decirle.
—¿Y eso? —es lo que digo en realidad.
—No lo sé. Simplemente no lo es. —Frunce el ceño y me sorprende que, en
vez de querer escuchar lo infeliz que es aquí, me apetezca cambiar de tema.
Landon y yo sospechábamos cómo se sentía en realidad, pero aun así me sabe
mal que Seattle no sea lo que ella esperaba. Debería sacarla mañana por ahí para
animarla un poco.
—Podrías venirte a vivir a Inglaterra —le digo.
Me lanza una mirada incendiaria con las mejillas sonrosadas y los ojos
brillantes por el champán.
—¿No me llevas allí contigo de boda pero quieres que me vay a a vivir
contigo? —me suelta. Me ha pillado.
—Ya lo hablaremos luego —digo con la esperanza de que lo deje estar.
—Sí…, sí…, siempre para luego. —Vuelve para sentarse en la cama pero no
calcula bien y acaba rodando por el suelo y desternillándose de risa.
—Ten cuidado, Tessa. —La cojo de la mano y la ay udo a levantarse. El
corazón me late a toda velocidad en el pecho.
—Estoy bien. —Se ríe y se sienta en la cama, llevándome consigo.
—Te he dado demasiado champán.
—Eso es verdad —sonríe y me empuja contra el colchón hasta tumbarme.
—¿Te encuentras bien? ¿No tienes ganas de devolver?
Apoya la cabeza en mi pecho.
—Deja de hacer de padre, estoy bien. —Me muerdo la lengua para no
soltarle una perla.
—¿Qué te apetece hacer? —pregunta.
—¿Qué?
—Me aburro. —Me mira con esa cara. Se levanta y me mira, hay algo
salvaje en sus ojos.
—¿Qué te gustaría hacer, borrachuza?
—Tirarte del pelo. —Sonríe y tira de mi labio inferior con los dientes del
modo más pecaminoso posible.
CAPÍTULO 117
Hardin
—¿No puedes dormir? —Christian enciende la luz y ya somos dos en la cocina.
—Tessa necesitaba un vaso de agua —le explico.
Empujo la puerta de la nevera pero él no deja que se cierre.
—Kim también —dice detrás de mí—. Es el precio de beber demasiado
champán.
Las risas de Tessa y su sed insaciable de placer me tienen agotado. Estoy
convencido de que empezará a vomitar si no bebe agua. Me pasan por la cabeza
imágenes de la noche, Tessa tumbada en la cama, abierta de piernas para mí
mientras hacía que se corriera con los dedos y con la lengua. Ha estado increíble,
como siempre que me monta la polla hasta que me vacío en un condón.
—Sí. Tessa ha pillado una buena. —Me contengo para no echarme a reír al
recordar cómo se ha caído de la cama.
—Entonces… ¿Inglaterra la semana que viene? —dice cambiando de tema.
—No, no voy a ir.
—Es la boda de tu madre.
—¿Y? No es la primera, y tampoco será la última —replico.
Si digo que no me esperaba que me tirase la botella de agua de la mano de un
manotazo, me quedo corto.
—¿Qué coño haces? —exclamo agachándome a recoger la botella.
Cuando me levanto, Vance me está mirando fijamente con cara de pocos
amigos.
—No tienes derecho a hablar así de tu madre.
—Y ¿eso a ti qué te importa? No quiero ir y no voy a hacerlo.
—Dime por qué. Dime la verdadera razón —me desafía.
« Pero ¿qué cojones le pasa?»
—No le debo explicaciones a nadie. Ya me han obligado a ir a una este año y
no pienso pasar por otra.
—Vale. Ya he mandado hacer el pasaporte de Tessa. Imagino que estarás
bien aquí sin ella mientras ella visita por primera vez Inglaterra como invitada de
Kim.
La botella se me cae al suelo. Ahí se queda.
—¿Qué? —Lo miro fijamente. Me está tomando el pelo. Seguro.
Se apoya en la isleta y se cruza de brazos.
—Envié los formularios y aboné las tasas en cuanto supe lo de la boda.
Tendrá que pasarse a recogerlo y a que le hagan la foto, pero lo demás ya está
hecho.
Estoy que echo humo. Noto cómo empieza a hervirme la sangre.
—¿Por qué lo has hecho? Ni siquiera es legal —digo, como si me importara
una mierda la ley…
—Porque sabía que ibas a ser un gilipollas testarudo y también porque sabía
que ella es lo único que puede hacer que vayas. Para tu madre es muy
importante tenerte allí, y le preocupa que no quieras ir.
—Hace bien en preocuparse. ¿Os creéis que podéis usar a Tessa para
obligarme a ir a Inglaterra? Que os jodan a los dos, a ti y a mi madre.
Abro la puerta de la nevera para coger otra botella de agua, sólo por fastidiar,
pero Christian la cierra de una patada.
—Sé que has tenido una vida de mierda, ¿vale? Yo también, así que lo
entiendo. Pero a mí no vas a hablarme como les hablas a tus padres.
—Pues deja de meterte en mi puta vida igual que hacen ellos.
—No me meto en nada. Sé que a Tessa le encantaría que fueras a esa boda, y
tú también sabes que te sentirás fatal por haberle robado la oportunidad de estar
allí sólo porque eres un cretino egoísta. Más te vale olvidarte del cabreo que
tienes conmigo y darme las gracias por hacerte la semana mucho más fácil.
Me quedo mirándolo un momento para asimilar lo que ha dicho. En parte
tiene razón: ya me siento mal por no querer ir a la boda sólo porque sé lo mucho
que a Tessa le gustaría ir. Esta noche ya me lo ha dicho bastantes veces y me
pesa en la conciencia.
—Interpretaré tu silencio como un « gracias» —dice Vance con una sonrisa
de superioridad, y le pongo los ojos en blanco.
—No quiero que se convierta en una costumbre —replico.
—¿El qué? ¿La boda?
—Sí. ¿Cómo voy a poder llevarla a otra boda y ver cómo pone ojos de
cordero degollado sólo porque recuerda que ella nunca tendrá la suya?
Christian se lleva los dedos a la barbilla y da un par de golpecitos.
—Ah, y a entiendo. —Me sonríe aún más—. ¿Ése era el problema? ¿No
quieres que se haga ilusiones?
—No. Ya se ha hecho ilusiones. Esa chica tiene la cabeza llena de pájaros,
ése es el problema.
—¿Por qué es un problema? ¿No quieres que haga un hombre decente de ti?
Aunque me está provocando, me alegro de que no me guarde rencor por los
tacos de antes. Por eso me cae bien Vance (más o menos): no es tan sensiblón
como mi padre.
—Porque no va a pasar —contesto—, y es una de esas locas que sacan el
tema al mes de empezar a salir. Rompió conmigo porque le dije que no iba a
casarme con ella. A veces está como una regadera.
Vance se echa a reír y le da un trago a la botella de agua que iba a llevarle a
Kimberly. Tessa también está esperando que le lleve agua. Tengo que ponerle fin
a esta conversación. Ya ha durado demasiado y es demasiado personal para mi
gusto.
—Deberías dar las gracias porque quiera estar contigo. No eres precisamente
el chico más encantador del mundo, y ella lo sabe mejor que nadie.
Empiezo a preguntarme qué coño sabrá él de mi relación, pero entonces me
acuerdo de que está comprometido con la mujer más bocazas de Seattle. Mejor
dicho, con la mujer más bocazas de Washington… Puede que de todo Estados
Unidos.
—¿He acertado? —Interrumpe el hilo de mis pensamientos sobre su
insoportable prometida.
—Sí, pero aun así… Es absurdo pensar en el matrimonio. Ni siquiera ha
cumplido aún los veinte.
—Eso lo dice el que no puede separarse ni un metro de ella.
—Gilipollas —mascullo.
—Es la verdad.
—No significa que no seas gilipollas.
—Es posible. Pero me hace gracia: no quieres casarte con ella, sin embargo
eres incapaz de controlar tu pronto o tu ansiedad cuando temes perderla.
—¿Qué coño quieres decir? —Creo que prefiero no saber la respuesta.
Demasiado tarde. Vance me mira a los ojos.
—Tu ansiedad… se dispara cuando estás preocupado porque temes que te
deje o cuando otro tío le presta atención.
—¿Quién ha dicho que y o tenga an…?
Pero el viejo cabezota no me hace ni caso y sigue hablando.
—¿Sabes lo que suele obrar maravillas en esos casos?
—¿Qué?
—Un anillo. —Levanta la mano y se toca el dedo en el que pronto habrá una
alianza.
—La madre que me trajo… ¿A ti también te ha comido el coco? ¿Qué ha
hecho?, ¿te ha pagado? —Me echo a reír de pensarlo. No es nada descabellado,
teniendo en cuenta lo obsesionada que está con el matrimonio y lo encantadora
que es.
—¡No, zopenco! —Me tira a la cabeza el tapón de la botella de plástico—. Es
la verdad. Imagínate poder decir que es tuya y que sea cierto. Ahora son sólo
palabras, una fanfarronada sin sentido que les sueltas a los tipos que la desean, y
serán muchos, pero cuando Tessa sea tu esposa, entonces será tuy a de verdad.
Entonces será real y nada resulta más satisfactorio, especialmente a los
paranoicos como tú y yo.
Para cuando termina de pronunciar su discurso, tengo la boca seca y quiero
salir a toda pastilla de esta cocina con demasiada luz.
—Menudo montón de mierda —le digo de sopetón.
Echa a andar y abre un armario de la cocina.
—¿Has visto la serie « Sexo en Nueva York» ?
—No.
—« Sexo en Nueva York» o « Sexo y Nueva York» , no me acuerdo…
—No, no y no —le contesto.
—A Kim le encanta, la ve a todas horas. Tiene todas las temporadas en DVD.
Christian abre un paquete de galletas.
Son las dos de la madrugada. Tessa me está esperando y aquí estoy yo,
hablando de una estúpida serie de televisión.
—¿Y?
—Hay un episodio en el que las chicas hablan de que uno sólo tiene dos
grandes amores en la vida…
—Vale, bien. Esto empieza a ser muy raro —digo dándome la vuelta para
marcharme—. Tessa me está esperando.
—Ya lo sé… Lo sé… Enseguida acabo. Te lo resumiré del modo más
masculino posible.
Giro sobre los talones y lo miro impaciente. Venga.
—Decían que uno sólo tiene dos grandes amores en toda su vida. Lo que
quiero decir es que… Bueno, no sé lo que quiero decir, pero sé que Tessa es tu
gran amor.
Me he perdido.
—Has dicho que teníamos dos.
—Bueno, en tu caso tu otro gran amor eres tú mismo. —Se ríe—. Creía que
eso era evidente.
Enarco una ceja.
—¿Y tú, qué? ¿Doña Bocazas y la madre de Smith?
—Cuidadito… —me advierte.
—Perdona. Kimberly y Rose. —Pongo los ojos en blanco otra vez—. ¿Son tus
grandes amores? Espero por tu bien que las pavas de la serie esa se equivoquen.
—Eh, sí. Ellas son mis grandes amores —tartamudea con una emoción que
no consigo identificar y que desaparece antes de que pueda hacerlo.
Lo apunto con la botella de agua y declaro:
—Vale, ahora que no me has aclarado nada, me voy a la cama.
—Ya… —dice un poco vacilante—. No sé ni de qué hablo. Yo también he
bebido demasiado.
—Bien… Vale —respondo, y lo dejo solo en la cocina.
No sé a qué ha venido todo eso, pero ha sido muy raro ver al único e
inimitable Christian Vance sin palabras.
Para cuando vuelvo a la habitación, Tessa duerme en su lado de la cama, con
las manos debajo de la mejilla y las rodillas flexionadas.
Apago la luz y le dejo la botella de agua en la mesilla de noche antes
de deslizarme a su lado. Su cuerpo desnudo emana calor cuando lo
acaricio, y no puedo evitar estremecerme cuando la punta de mis dedos le pone
la carne de gallina. Me reconforta verlo, me recuerda que incluso en sueños mis
caricias despiertan algo en ella.
—Hola —me susurra adormilada.
Me sobresalto al oír su voz y hundo la cabeza en su cuello. La acerco a mí.
—La semana que viene nos vamos a Inglaterra —le digo.
Rápidamente gira la cabeza para mirarme. La habitación está a oscuras pero
la luz de la luna me basta para verle la cara de sorpresa.
—¿Qué?
—Nos vamos a Inglaterra. Tú y y o. A finales de la semana que viene.
—Pero…
—No. Te vienes. Sé que quieres ir, así que no intentes negármelo.
—Pero no tienes…
—Theresa, déjalo estar. —Le tapo la boca con la mano y me la mordisquea
con los dientes—. ¿Vas a ser una niña buena y a estarte calladita si quito la mano?
—le provoco recordando que me ha acusado de ser condescendiente con ella.
Asiente con la cabeza y la aparto. Tessa se incorpora sobre un codo y me
mira. No puedo hablar con ella en serio cuando está desnuda y con ganas de
guerra.
—¡Pero no tengo pasaporte! —protesta, y oculto la sonrisa. Sabía que no iba a
poder callarse.
—Ya está en marcha. Lo demás lo arreglaremos mañana.
—Pero…
—Theresa…
—¿Dos veces en un minuto? Muy mal. —Sonríe.
—No vas a volver a beber champán. —Le aparto el pelo enmarañado de la
cara y dibujo el contorno de su labio inferior con el pulgar.
—Pues no he oído que te quejaras antes cuando estaba…
Cierro su boca de borracha con un beso. La quiero tanto, la quiero tantísimo
que me asusta pensar en la posibilidad de perderla.
¿De verdad deseo mezclarla a ella, mi posible futuro, la única oportunidad
que tengo de ser feliz, con mi retorcido pasado?

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