118-121
CAPÍTULO 118
Tessa
Cuando me despierto, Hardin no me está envolviendo con su cuerpo, y en la
habitación hay demasiada luz incluso cuando vuelvo a cerrar los ojos.
—¿Qué hora es? —gruño manteniéndolos cerrados.
Me palpita la cabeza y, aunque sé que estoy tumbada boca abajo, tengo la
sensación de que me estoy balanceando de atrás hacia adelante.
—Las doce —responde la voz profunda de Hardin desde el otro extremo del
dormitorio.
—¡Las doce! ¡Me he perdido mis dos primeras clases!
Intento incorporarme, pero la cabeza me da vueltas. Vuelvo a tumbarme
sobre el colchón con un sollozo.
—No te preocupes, vuelve a dormirte.
—¡No! No puedo faltar a más clases, Hardin. Acabo de empezar en este
campus y no puedo empezar así el trimestre. —El pánico se está apoderando de
mí—. Voy a ir muy retrasada.
—Estoy convencido de que te irá bien —dice Hardin quitándole importancia
y atravesando la habitación para sentarse en la cama—. Seguro que ya has
terminado todas las tareas.
Me conoce demasiado bien.
—Ésa no es la cuestión —replico—. La cuestión es que he faltado a clase y
eso hace que dé mala impresión.
—¿Ante quién? —pregunta Hardin.
Sé que me está tomando el pelo.
—Ante mis profesores y mis compañeros.
—Tessa, sabes que te quiero, pero venga ya. A tus compañeros les importa
una mierda si vas o no a clase. Ni siquiera se habrán dado cuenta. Tus profesores,
sí, porque eres una pelota y alimentas su ego. Pero a tus compañeros les da igual
y, si no fuese así, ¿qué más da? Su opinión no importa.
—Supongo que tienes razón. —Cierro los ojos e intento ver las cosas desde su
punto de vista.
Detesto llegar tarde, faltar a clase y dormir hasta el mediodía.
—No soy una pelota —añado.
—¿Cómo te encuentras?
Noto que el colchón se mueve y, cuando abro los ojos, veo que lo tengo a mi
lado.
—Como si anoche hubiese bebido demasiado. —Me va a estallar la cabeza.
—Y así fue. —Asiente varias veces muy serio—. ¿Qué tal está tu culo? —Me
agarra por detrás y hago una mueca.
—No hemos…
« No estaba tan borracha…, ¿verdad?»
—No. —Se echa a reír, me masajea la nalga y me mira a los ojos—. Aún
no.
Trago saliva.
—Sólo si tú quieres —añade—. Te has convertido en una auténtica zorra, así
que había dado por hecho que eso sería lo siguiente en tu lista.
« ¿Yo? ¿Una zorra?»
—No pongas esa cara de susto, sólo era una sugerencia. —Me sonríe.
No sé cómo me siento con respecto a ese tema… Lo que sí sé es que no
puedo continuar ni procesar este tipo de conversación ahora mismo.
Sin embargo, mi curiosidad saca lo peor de mí.
—¿Has…? —No sé cómo plantear la pregunta. Ésta es una de las pocas cosas
de las que nunca hemos hablado; que me diga guarradas sobre hacérmelo en el
ardor del momento no cuenta—. ¿Has hecho eso antes?
Inspecciono su rostro en busca de la respuesta.
—No, la verdad es que no.
—Vaya.
Soy demasiado consciente de que sus dedos recorren la piel desnuda donde
debería estar el elástico de mis bragas si las llevase puestas. Por algún motivo, el
hecho de que Hardin nunca haya experimentado eso me empuja a hacerlo.
—¿En qué piensas? —pregunta—. Veo salir humo de tu cabeza. —Me da un
toquecito en la nariz con la suya y yo sonrío bajo su mirada.
—Me gusta el hecho de que no lo hayas hecho… y a…
—¿Por qué? —Enarca una ceja y yo escondo el rostro.
—No lo sé.
De repente tengo vergüenza. No quiero parecer insegura ni iniciar una
discusión. Bastante tengo y a con la resaca.
—Dímelo —me pide con suavidad.
—No lo sé. Porque estaría bien que tu primera vez en algo fuese conmigo.
Se incorpora, se apoya sobre un codo y me mira.
—¿Qué quieres decir?
—Que has hecho un montón de cosas… sexualmente hablando… —le explico
tranquilamente—. Y yo no te he aportado ninguna experiencia nueva.
Me observa detenidamente, como si tuviera miedo de contestar.
—Eso no es cierto.
—Sí que lo es. —Vuelvo a hacer pucheros.
—Y una mierda. Eso es mentira y lo sabes. —Su voz es prácticamente un
rugido, y tiene el ceño muy fruncido.
—No me muerdas. ¿Cómo crees que me siento al pensar que no has estado
sólo conmigo? —digo.
No suelo pensar tanto en ello como antes pero, cuando lo hago, me duele
profundamente.
Hace una mueca, me agarra de ambos brazos con suavidad y tira para que
me incorpore a su lado.
—Ven aquí. —Siento cómo me coloca sobre su regazo y mi piel
completamente desnuda agradece el tacto agradable de su cálido cuerpo
semidesnudo—. Nunca me lo había planteado —me dice con el rostro enterrado
en mi hombro, y me provoca un escalofrío—. Si hubieses estado con otra
persona, no estaría contigo ahora.
Aparto la cabeza de golpe y lo miro.
—¿Disculpa?
—Ya me has oído. —Besa la curva de mi hombro.
—Eso no es muy agradable.
Estoy acostumbrada a la falta de tacto de Hardin, pero esas palabras me han
sorprendido. No puede estar hablando en serio.
—Nunca me he considerado una persona agradable —repone.
Giro el cuerpo sobre su regazo y hago como que no oigo el gruñido profundo
en su garganta.
—¿Lo estás diciendo en serio?
—Totalmente —asiente.
—Entonces, ¿me estás diciendo que si no hubiese sido virgen no habrías salido
conmigo? —No solemos hablar mucho de este tema, y tengo miedo de descubrir
adónde nos va a llevar.
Entorna los ojos mientras evalúa mi expresión antes de decir:
—Eso es justo lo que estoy diciendo. Y, por si no lo recuerdas, no quería salir
contigo de todos modos.
Sonríe, pero y o frunzo el ceño.
Apoy o los pies en el suelo y me levanto de su regazo, pero él me retiene en el
sitio.
—No llores —dice, e intenta besarme, pero aparto la cabeza.
Lo fulmino con la mirada.
—Entonces quizá no deberías haber salido conmigo. —Estoy tremendamente
sensible y me siento dolida.
Añado gasolina al fuego y aguardo la explosión:
—Quizá deberías haberme dejado después de ganar la apuesta.
Lo miro a sus ojos verdes y espero su reacción, pero ésta sigue sin llegar. Se
echa hacia atrás muerto de risa y mi sonido favorito inunda la habitación.
—No seas cría —dice estrechándome con más fuerza y cogiéndome de las
dos muñecas con una mano para evitar que me levante de su regazo—. Que no
quisiese salir contigo al principio no significa que no me alegre de haberlo hecho.
—Sigue sin ser algo agradable de escuchar. Y has dicho que no estarías
conmigo ahora si hubiera estado con otra persona. Entonces, ¿si me hubiese
acostado con Noah antes de conocerte no habrías salido conmigo?
Se encoge al oír mis palabras.
—No, no lo habría hecho. No habríamos llegado a esa… situación… si tú no
hubieses sido virgen. —Ahora camina con pies de plomo. Me alegro.
—Situación —repito aún irritada, y la palabra brota con más dureza de lo que
pretendía.
—Sí, situación.
Me vuelve de repente y me tumba boca arriba contra el colchón. Coloca su
cuerpo sobre el mío, me agarra de las muñecas por encima de mi cabeza con
una sola mano y me separa los muslos con las rodillas.
—No soportaría la idea de que otro hombre te hubiese tocado. Sé que es una
puta locura, pero es la verdad, te guste o no.
Siento cómo su aliento caliente me golpea la cara. Por un momento me
olvido de que estoy enfadada con él. Está siendo sincero, eso es cierto, pero lo
que dice es de una doble moral tremendamente ofensiva.
—Lo que tú digas.
—¿Lo que y o diga? —Se ríe y me agarra con más fuerza de las muñecas.
Flexiona la cadera y presiona su cuerpo cubierto por un bóxer contra mi
entrepierna—. No seas ridícula, ya sabes cómo soy.
Ahora mismo me siento muy expuesta, y su comportamiento dominante me
está calentando más de lo que debería.
—Y sabes perfectamente que sí me has aportado nuevas experiencias —
añade—. Nunca me había querido nadie, ni romántica ni familiarmente
hablando, en realidad… —Su mirada se pierde en lo que imagino que será un
doloroso recuerdo, pero regresa a mí al instante—. Y nunca había vivido con
nadie. Nunca me había importado una mierda perder a nadie, pero sin ti no
podría sobrevivir. Ésa es una experiencia nueva. —Sus labios planean sobre los
míos—. ¿Te parecen suficientes « experiencias nuevas» ?
Asiento y él sonríe. Si levanto la cabeza sólo un centímetro más, mis labios
rozarán los suy os. Parece leerme la mente y aparta la cabeza un poco.
—Y no vuelvas a echarme en cara lo de esa apuesta nunca más —me
amenaza mientras se restriega contra mí. Un gemido traicionero escapa de mis
labios y sus ojos se ensombrecen de deseo—. ¿Entendido?
—Claro. —Desafiante, pongo los ojos en blanco y él me suelta las muñecas y
desciende la mano por todo mi cuerpo hasta detenerse en la cadera y apretarla
suavemente.
—Hoy te estás comportando como una niña malcriada. —Traza círculos en
mi cadera y aplica más presión sobre mi cuerpo.
Me siento como una niña malcriada; tengo resaca y las hormonas a flor de
piel.
—Y tú como un capullo, así que supongo que estamos empatados.
Se muerde un carrillo y baja la cabeza hacia mí. Sus labios calientes me
besan la mandíbula y envían una línea directa de electricidad a mi entrepierna.
Envuelvo su cintura con las piernas y elimino el pequeño espacio que separaba
nuestros cuerpos.
—Sólo te he querido a ti —me recuerda de nuevo, aliviando el ligero dolor
que me han causado sus palabras anteriores. Sus labios alcanzan mi cuello. Me
agarra un pecho con una mano y utiliza la otra para sostenerse—. Siempre te he
querido.
No digo nada. No quiero fastidiar este momento. Me encanta cuando se
muestra franco respecto a lo que siente por mí y, por primera vez, veo todo esto
desde una perspectiva diferente. Steph, Molly y medio maldito campus de la
WCU pueden haberse acostado con Hardin, pero ninguna de ellas, ni una sola, le
han oído decir « Te quiero» . Nunca han tenido, ni tendrán, el privilegio de
conocerlo, de conocerlo de verdad, como lo conozco yo. No tienen ni la menor
idea de lo maravilloso e increíblemente brillante que es. No lo oy en reír ni ven
cómo cierra los ojos con fuerza en ese momento ni cómo se forman sus
hoyuelos al hacerlo. Nunca sabrán los detalles de su existencia ni escucharán el
convencimiento en su voz cuando jura que me quiere más que a su vida. Y las
compadezco por ello.
—Y y o sólo te he querido a ti —le respondo.
El amor que sentía por Noah era un amor fraternal. Ahora lo sé. Amo a
Hardin de una manera increíble y absorbente, y sé, en lo más profundo de mi
ser, que jamás sentiré eso por nadie que no sea él.
La mano de Hardin se desliza hacia sus calzoncillos. Se los baja y lo ayudo a
desprenderse de ellos con los pies. Con un suave movimiento, se desliza dentro de
mí y dejo escapar un grito cuando se hunde a través de mi resbaladiza hendidura.
—Repítelo —me ruega.
—Sólo te he querido a ti —repito.
—Joder, Tess, te quiero muchísimo —dice. Su cruda confesión se abre paso a
través de sus dientes apretados.
—Siempre te querré sólo a ti —le prometo, y rezo en silencio para que
hallemos el modo de superar todos nuestros problemas, porque sé que lo que
acabo de decir es cierto. Siempre será él. Incluso si algo nos separa.
Hardin me llena con profundas arremetidas y me reclama mientras me
muerde y me chupa la piel del cuello con su boca cálida y húmeda.
—Siento… cada centímetro de tu cuerpo… Joder, qué caliente estás… —
gruñe, y sus gemidos me indican que no se ha puesto un condón.
Incluso a pesar de mi estado de frenesí, oigo las alarmas en mi cabeza. Dejo
esa impresión a un lado y me deleito en la sensación de los fuertes músculos de
Hardin contrayéndose bajo mis manos mientras acaricio sus hombros y sus
brazos tatuados.
—Tienes que ponerte uno —digo, aunque mis actos se oponen a mis palabras;
mis piernas se aferran con más fuerza a su cintura y lo estrechan más contra mí.
Mi vientre se tensa y empieza a serpentear…
—No puedo… parar… —Su ritmo se acelera y creo que me partiré en dos si
se detiene ahora.
—Pues no lo hagas.
Estamos locos y no pensamos con claridad, pero no puedo dejar de arañarle
la espalda, animándolo a continuar.
—Joder, córrete, Tessa —me ordena, como si tuviese elección.
Cuando llego al borde del orgasmo, temo desmay arme ante la inmensa
cantidad de placer que siento cuando sus dientes rozan mi pecho y tiran,
marcándome ahí. Con otro gemido de mi nombre y una declaración de su amor
por mí, los movimientos de Hardin cesan. Sale de mí y se corre sobre la piel
desnuda de mi vientre. Observo embelesada cómo se toca a sí mismo mientras
me marca de la manera más posesiva sin interrumpir en ningún momento el
contacto visual.
Luego se deja caer sobre mí temblando y sin aliento. Nos quedamos en
silencio. No necesitamos hablar para saber lo que está pensando el otro.
—¿Adónde quieres ir? —le pregunto.
Ni siquiera me apetece salir de la cama, pero que Hardin se hay a ofrecido a
llevarme a dar una vuelta por Seattle, durante el día, es algo que nunca había
sucedido en el pasado, y no sé si la situación se repetirá ni cuándo.
—La verdad es que me da igual. ¿De compras? —Inspecciona mi rostro—.
¿Necesitas ir de compras? ¿O te apetece?
—No necesito nada… —respondo, pero cuando veo lo nervioso que está a mi
lado, reculo—: Bueno, sí. Ir de compras está bien.
Se está esforzando mucho. Hardin no se siente cómodo haciendo las cosas
sencillas que suelen hacer las parejas. Le sonrío y recuerdo la noche que me
llevó a patinar sobre hielo para demostrarme que podía ser un chico normal.
Fue muy divertido, y él estaba encantador y travieso, más o menos como lo
ha estado durante la última semana y media. No quiero un novio « normal» ,
quiero que Hardin, con su ácido sentido del humor y su actitud agridulce, me
lleve de vez en cuando a hacer algo sencillo y que haga que me sienta lo bastante
segura en nuestra relación como para que lo bueno supere con creces lo malo.
—Genial —dice, y se revuelve incómodo.
—Voy a cepillarme los dientes y a recogerme el pelo.
—También podrías vestirte. —Coloca la mano sobre la zona más sensible
entre mis piernas. Hardin ya ha utilizado una de sus camisetas para limpiarme,
algo que solía hacer todo el tiempo.
—Cierto —convengo—. Y a lo mejor debería darme una ducha rápida.
Trago saliva y me pregunto si Hardin y y o tendremos un nuevo asalto antes
de marcharnos.
La verdad, no sé si ninguno de los dos podría con ello.
Me levanto de la cama y hago una mueca de disgusto. Sabía que tenía que
venirme la regla cualquier día de éstos, pero ¿por qué ha tenido que ser justo
hoy? Supongo que eso actúa a mi favor, ya que habré terminado para cuando nos
marchemos a Inglaterra.
Marcharnos a Inglaterra…, no parece real.
—¿Qué pasa? —pregunta Hardin con curiosidad.
—Me ha… Es el momento de… —Aparto la mirada, sabiendo que ha tenido
un mes entero para fabricar sus bromas.
—Hum… ¿El momento de qué? —Sonríe con superioridad y se mira la
muñeca vacía como si estuviese mirando un reloj.
—No empieces… —protesto. Junto los muslos y me apresuro a ponerme algo
de ropa para dirigirme al baño.
—Vay a, vay a. Tienes una resaca en toda regla —bromea.
—Tus chistes son malísimos. —Me pongo su camiseta y veo la sonrisa
lánguida que me dirige mientras observa cómo llevo su camiseta de nuevo.
—Malísimos, ¿eh? —Sus ojos verdes brillan—. ¿Tan malas que te sangran…
los oídos?
Salgo corriendo de la habitación mientras él continúa riéndose de su propia
ocurrencia.
CAPÍTULO 119
Hardin
—No sabía que estabais aquí. Pensaba que hoy Tessa tenía clase —me dice
Kimberly cuando entro en la cocina. ¿Qué hace ella todavía aquí?
—No se encontraba bien —respondo—. ¿No tendrías que estar trabajando?
¿O quedarse en casa es otra de las ventajas de follarte a tu jefe?
—Yo tampoco me encuentro bien, listillo. —Me tira un trozo de papel
arrugado, pero falla.
—Tessa y tú deberíais aprender a controlaros con el champán —le digo.
Me hace una peineta.
El microondas pita y Kimberly saca un cuenco de plástico lleno de algo que
parece y huele a comida de gato, y después se sienta en un taburete frente a la
barra de desayuno. Empieza a comérselo con el tenedor y yo levanto una mano
para taparme la nariz.
—Eso huele a mierda pura —señalo.
—¿Dónde está Tessa? Ella te cerrará la boca.
—Yo que tú no contaría con ello —replico sonriendo con superioridad.
Me he aficionado a tomarle el pelo a la prometida de Vance. Es insensible a
mis mofas, y es tan insufrible que me proporciona un montón de munición.
—¿Con qué no tiene que contar?
Tessa se reúne con nosotros en la cocina, vestida con una sudadera, unos
vaqueros estrechos y esas zapatillas de andar por casa que lleva como zapatos.
En realidad no son más que tela exageradamente cara que envuelve un trozo de
cartón, y usan el pretexto de las causas benéficas para timar a los estúpidos
consumidores. Ella no lo ve así, claro, por lo que he aprendido a guardarme esa
opinión para mí.
—Nada. —Me meto las manos en los bolsillos y me resisto a la necesidad de
tirar de un codazo a Kimberly del taburete.
—Está fanfarroneando, como siempre —dice Kim, y da otro bocado a su
comida de gato.
—Vámonos, es insufrible —replico lo bastante alto como para que ella me
oiga.
—Hardin —me regaña Tessa.
La cojo de la mano y la guío fuera de casa.
Cuando llegamos al coche, mete un montón de tampones en mi guantera.
Entonces me viene algo a la cabeza.
—Tienes que empezar a tomarte la píldora —le digo.
Últimamente he sido muy descuidado, y ahora que la he sentido sin condón
y a no hay vuelta atrás.
—Lo sé. Llevo un tiempo queriendo pedir cita con un médico, pero es difícil
conseguirla con el seguro de estudiante.
—Claro, claro.
—A ver si a finales de semana voy. Tengo que hacerlo pronto. Te has vuelto
muy descuidado últimamente —dice.
—¿Descuidado? ¿Yo? —Me mofo—. Eres tú la que no para de pillarme
desprevenido y no puedo pensar con claridad.
—¡Venga ya! —Se ríe y se reclina contra el reposacabezas.
—Oye, si quieres arruinarte la vida teniendo un hijo, adelante, pero a mí no
vas a arrastrarme contigo. —Le aprieto el muslo y ella frunce el ceño—. ¿Qué
pasa?
—Nada —miente, y finge una sonrisa.
—Dímelo ahora mismo.
—No deberíamos hablar del tema de los niños, ¿recuerdas?
—Cierto… Así que ahorrémonos problemas y empieza a tomarte la píldora
para que no tengamos que volver a hablar ni a preocuparnos sobre lo de los niños
nunca más.
—Buscaré una clínica hoy mismo para que tu futuro no corra peligro —dice
con voz rotunda.
Se ha molestado, pero no existe un modo suave de decirle que tiene que
tomarse la píldora si va a estar follándome varias veces al día cuando estemos
juntos.
—Tengo cita para el lunes —anuncia tras hacer unas cuantas llamadas.
—Estupendo. —Me paso la mano por el pelo antes de volver a apoyarla sobre
su muslo.
Enciendo la radio y sigo las instrucciones de mi teléfono hasta el centro
comercial más cercano.
Para cuando terminamos de dar una vuelta por el centro comercial, ya estoy
aburrido de Seattle. Lo único que me mantiene entretenido es Tessa. Incluso
cuando está callada puedo leerle la mente con tan sólo observar sus expresiones.
Veo cómo mira a la gente mientras corren de un lado a otro. Frunce el ceño
cuando una madre enfadada le da una palmada en el culo a su hijo en medio de
una tienda, y la saco de allí antes de que la escena, y su reacción ante ella, se
descontrole. Comemos en una pizzería tranquila y, mientras lo hacemos, Tessa no
para de hablar con entusiasmo sobre una nueva serie de libros que quiere leer. Sé
lo crítica que puede ser sobre las novelas modernas, de modo que eso me
sorprende y me intriga.
—Tendré que descargármelos cuando me devuelvas el libro electrónico —
dice limpiándose la boca con la servilleta—. Y también estoy deseando
recuperar mi pulsera. Y la carta.
Me obligo a controlar el pánico que se apodera de mí de repente y me meto
casi una porción entera de pizza en la boca para evitar responder. No puedo
decirle que rompí la carta, así que me siento tremendamente aliviado cuando
cambia de tema.
El día termina con Tessa durmiéndose en el coche. Se ha convertido en un
hábito y, por alguna razón, me encanta. Conduzco el largo trayecto de vuelta a la
casa, como hice la última vez.
La alarma del móvil de Tessa no me ha despertado, ni ella tampoco. No me hace
ninguna gracia no haberla visto antes de que se fuese esta mañana, sobre todo
teniendo en cuenta que estará todo el día fuera. Cuando miro la hora en el reloj
de pared, veo que son casi las doce del mediodía. Al menos, comerá pronto.
Me visto rápidamente y salgo de la casa hacia la nueva sucursal de la
editorial Vance. Se me hace raro pensar que, si quisiera, podría estar allí con ella,
los dos juntos conduciendo para ir a trabajar todas las mañanas, volviendo en el
mismo coche…, podríamos incluso vivir juntos de nuevo.
« Espacio, Hardin, quiere espacio.» La idea me hace reír; la verdad es que
no nos estamos dando demasiado espacio, sólo tres días a la semana, como
mucho. Lo único que estamos haciendo es complicar las cosas para vernos al
tener que recorrer tanta distancia.
Cuando entro en el edificio, veo que la oficina de Seattle es tremendamente
espléndida. Es mucho más grande que la oficina de mierda en la que yo
trabajaba. No echo de menos trabajar en ese cuchitril, eso sin duda, pero este
sitio está muy bien. Vance no me permitiría trabajar desde casa. Fue Brent, mi
jefe en Bolthouse, quien me recomendó que trabajara desde mi salón con el fin
de « mantener la paz» . A mí me va de puta madre, y más ahora que Tessa está
en Seattle, así que, que les den por el culo a esos gilipollas susceptibles de la
oficina.
Me sorprende no perderme en este laberinto.
Cuando llego al área de recepción, Kimberly me sonríe desde detrás de su
mostrador.
—Hola. ¿En qué puedo ay udarle? —dice con entusiasmo, mostrándome su
capacidad de ser profesional.
—¿Dónde está Tessa?
—En su despacho —contesta eliminando su fachada.
—¿Que está…? —Me apoy o contra la pared y espero a que me indique el
camino.
—Por el pasillo, su nombre está en una placa en la puerta. —Vuelve a mirar
la pantalla de su ordenador y pasa de mí. Será borde…
¿Por qué le paga Vance exactamente? Sea cual sea la razón, debe de valerle
mucho la pena para que sea capaz de follársela con frecuencia y tenerla cerca
durante el día. Sacudo la cabeza para intentar deshacerme de las imágenes de
ellos dos juntos.
—Gracias por tu ay uda —le espeto, y me dirijo hacia el largo y estrecho
pasillo.
Cuando llego al despacho de Tessa, abro la puerta sin llamar. La habitación
está vacía. Me llevo la mano al bolsillo y saco el móvil para llamarla. Al cabo de
unos segundos oigo un traqueteo y veo su móvil vibrando sobre la mesa.
« ¿Dónde cojones está?»
Recorro el pasillo en su busca. Sé que Zed está en la ciudad, y eso me cabrea.
Juro que como…
—¿Hardin Scott? —pregunta una voz femenina por detrás de mí cuando entro
en lo que parece ser una pequeña sala de descanso.
Cuando me vuelvo me encuentro con un rostro familiar.
—Eh…, ¿hola?
No recuerdo dónde la he visto antes, pero sé que lo he hecho. Sin embargo,
cuando una segunda chica se reúne con ella, caigo en la cuenta. Esto tiene que
ser una puta broma. El universo se está burlando de mí y ya me estoy
cabreando.
Tabitha me sonríe.
—Vaya…, vay a…, vaya.
La historia que Tessa me contó acerca de que había dos brujas en la oficina
cobra ahora mucho más sentido.
Puesto que está claro que ninguno de los dos va a andarse con ceremonias,
digo simplemente:
—Tú eres la que está jodiendo a Tessa, ¿verdad?
Si hubiese sabido que Tabitha también se había trasladado a la oficina de
Seattle, habría entendido al instante que ella era la zorra en cuestión. Ya tenía esa
fama cuando yo trabajaba para Vance, y estoy seguro de que no ha cambiado.
—¿Quién? ¿Yo? —replica. Se coloca el pelo por encima del hombro y sonríe.
Parece diferente…, antinatural. La piel del pequeño esbirro que la sigue tiene
el mismo tono anaranjado que la de ella. Deberían dejar de bañarse en colorante
alimentario.
—Ya vale de gilipolleces. Déjala en paz. Está intentando adaptarse a una
nueva ciudad y vosotras dos no vais a joderle la experiencia haciéndole la vida
imposible sin motivo.
—¡Yo no he hecho nada! Era sólo una broma. —Me vienen a la mente
flashes de ella comiéndome la polla en un cuarto de baño, y me trago la
desagradable sensación que me produce el indeseado recuerdo.
—Pues no vuelvas a hacerlo —le advierto—. No estoy de coña. No quiero ni
que hables con ella.
—Joder, veo que sigues teniendo el mismo buen humor de siempre. No
volveré a meterme con ella. No quiero que te chives al señor Vance de mí y que
me despidan, como a la pobre Sam…
—Yo no tuve nada que ver en eso.
—¡Claro que sí! —susurra dramáticamente—. En cuanto su hombre
descubrió lo que estabais haciendo…, lo que tú hiciste…, la despidieron
misteriosamente a la semana siguiente.
Tabitha era fácil, muy fácil, y Samantha también. En cuanto descubrí quién
era el novio de Samantha, empecé a sentirme atraído por ella. Pero en el
momento en que me colé entre sus piernas, no quise saber nada más. Ese
jueguecito me causó un montón de problemas que preferiría no recordar, y
desde luego no quiero que Tessa se vea mezclada en toda esa mierda.
—No sabes ni la mitad de lo que pasó —le espeto—, así que cierra la puta
boca. Deja en paz a Tessa y conservarás tu trabajo.
En realidad, es posible que tenga un poco de culpa en el motivo por el que
Vance decidiese despedir a Samantha, pero el hecho de que trabajara allí me
estaba causando demasiados problemas. Estaba en su primer año de facultad, y
trabajaba a tiempo parcial como chica de los recados de la editorial.
—Hablando de la diablilla mimada —dice el esbirro, y señala hacia la puerta
de la pequeña sala de descanso con la cabeza.
Tessa entra sonriendo y riéndose. Y, justo a su lado, vestido con uno de sus
trajecitos con corbata, está el puto Trevor, sonriendo y riéndose con ella.
El cabrón me ve primero y le da un toque a Tessa en el brazo para que se
vuelva hacia mí. Hago acopio de todo mi autocontrol para no ir y partirle las
piernas. Cuando ella me ve desde el otro lado de la habitación, su rostro se
ilumina, su sonrisa se amplía y corre hacia mí. Pero cuando llega ve que Tabitha
está a mi lado.
—Hola —saluda insegura y nerviosa.
—Adiós, Tabitha —digo instando a esta última a largarse. Le susurra algo a su
amiga y ambas salen de la habitación.
—Adiós, Trevor —digo en voz baja para que sólo Tessa pueda oírme.
—¡Hardin! —Me da un toquecito en el brazo de la manera fastidiosa en que
suele hacerlo.
—Hola, Hardin —me saluda Trevor, siempre tan amable.
Veo que tiene una especie de tic en el brazo, como si no supiera si ofrecerme
la mano o no. Espero por su bien que no lo haga. No se la aceptaré.
—Hola —respondo secamente.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Tessa.
Mira hacia el pasillo, hacia las dos chicas que acaban de marcharse. Sé que
en realidad lo que se está preguntando es: « ¿De qué las conoces y qué te han
dicho?» .
—Tabitha ya no será un problema —replico.
Se queda boquiabierta y con los ojos como platos.
—¿Qué has hecho?
Me encojo de hombros.
—Nada. Sólo le he dicho lo que deberías haberle dicho tú: que se vay a a la
mierda.
Tessa le sonríe al puto Trevor, y él se sienta a una de las mesas intentando no
mirarnos. Me divierte bastante verlo tan incómodo.
—¿Has comido ya? —pregunto.
Ella niega con la cabeza.
—Pues vamos a comer algo. —Le lanzo al fisgón una mirada como
queriendo decirle que se joda y dirijo a Tessa fuera de la habitación y por el
pasillo.
—En el restaurante de al lado hacen unos tacos muy buenos —dice.
Resulta que no tiene razón. Los tacos son una mierda, pero ella devora su
plato y la mayor parte del mío. Después, se pone colorada y culpa a sus
hormonas por su apetito; cuando me amenaza con « meterme un tampón por la
garganta» como vuelva a hacer otra broma sobre su regla, me echo a reír.
—Aún me apetece volver mañana para ver a todo el mundo y recoger mis
cosas —dice, y se enjuaga la boca con un poco de agua para eliminar los restos
de salsa picante que acaba de ingerir.
—¿No crees que ir a Inglaterra la semana que viene ya es bastante viaje? —
digo intentando que cambie de planes.
—No. Quiero ver a Landon. Lo echo mucho de menos.
Unos celos injustificados se apoderan de mí, pero los descarto. Él es su único
amigo. Bueno, él y la insufrible Kimberly.
—Seguirá allí cuando volvamos de Inglaterra…
—Hardin, por favor. —Me mira, pero no pidiéndome permiso como
hace otras veces. Esta vez está pidiendo mi colaboración, y por cómo le brillan
los ojos sé que va a ir a ver a Landon lo quiera y o o no.
—Vale, joder —gruño.
Esto no puede salir bien. La miro al otro lado de la mesa y veo que sonríe
orgullosa. Aunque no sé si lo está por haber ganado esta discusión o por haber
conseguido que ceda, pero está preciosa y muy relajada.
—Me alegro de que hay as venido aquí hoy. —Me coge de la mano mientras
paseamos por la bulliciosa calle. ¿Por qué hay tanta gente en Seattle?
—¿En serio? —digo. Ya lo imaginaba, pero tenía miedo de que se enfadara
conmigo por aparecer sin avisar. No me habría importado una mierda, pero
bueno.
—Sí. —Me mira y se frena en medio de una marabunta de cuerpos
ajetreados—. Casi… —dice, pero no termina la frase.
—¿Casi qué? —Detengo su intento de seguir caminando y la aparto hacia la
pared junto a una joy ería.
El sol se refleja en los enormes anillos de diamantes del escaparate y la
desplazo unos cuantos centímetros para apartarme de su resplandor.
—Es una tontería. —Se muerde el labio inferior y mira al suelo—. Pero tengo
la sensación de que puedo respirar por primera vez desde hace meses.
—¿Eso es bueno o…? —empiezo a preguntar, y le levanto la barbilla para que
no tenga más remedio que mirarme.
—Sí, es bueno. Siento que por fin todo funciona con normalidad. Sé que ha
sido poco tiempo, pero nunca nos habíamos llevado tan bien. Sólo hemos
discutido unas pocas veces, y hemos conseguido solucionarlo hablando. Estoy
orgullosa de nosotros.
Su comentario me hace gracia, porque seguimos discutiendo sin parar. No son
sólo unas pocas veces, pero tiene razón: hemos solucionado las cosas hablando.
Me encanta el hecho de que discutamos, y creo que a ella también. Somos
totalmente diferentes, de hecho, no podríamos serlo más, y llevarnos bien todo el
tiempo sería aburridísimo. No podría vivir sin su constante necesidad de
corregirme o de agobiarme sobre lo desastre que soy. Es un incordio, pero no
cambiaría nada de ella. Excepto su necesidad de estar en Seattle.
—La normalidad está sobrevalorada, nena —replico y, para demostrar que
estoy en lo cierto, la levanto por la parte superior del muslo, coloco sus piernas
alrededor de mi cintura y la beso contra la pared en medio de una de las calles
más bulliciosas de Seattle.
CAPÍTULO 120
Tessa
—¿Cuánto falta? —protesta Hardin desde el asiento del acompañante.
—Menos de cinco minutos. Acabamos de pasar Conner’s.
Sé que sabe perfectamente lo corta que es la distancia desde aquí hasta el
apartamento; es simplemente que no es capaz de estar un rato sin quejarse.
Hardin ha conducido la may or parte del tray ecto, hasta que por fin lo he
persuadido para que me dejase terminar a mí el viaje. Se le estaban cerrando los
ojos, y sabía que necesitaba descansar. Eso ha quedado demostrado cuando ha
estirado el brazo por encima de la consola central para cogerme mientras yo
conducía y se ha quedado dormido casi al instante.
—Landon sigue allí, ¿verdad? ¿Has hablado con él? —le pregunto.
Estoy muy emocionada por volver a ver a mi mejor amigo. Ha pasado
mucho tiempo, y echo de menos sus amables y sabias palabras y su perpetua
sonrisa.
—Por enésima vez: sí —responde Hardin claramente irritado.
Ha estado ansioso todo el trayecto, aunque no lo quiera admitir. Dice que sólo
está cabreado por la distancia, pero tengo la sensación de que hay algo más
detrás de su frustración. Y no estoy del todo segura de querer saber de qué se
trata.
Aparco frente al edificio del apartamento que fue mi hogar y se me hace un
nudo en el estómago cuando mis nervios empiezan a emerger hacia la superficie.
—Todo irá bien, ya verás. —Las palabras para infundirme seguridad que
utiliza Hardin me sorprenden en el momento en que atravesamos la puerta del
patio.
Tengo una sensación extraña al subir en el ascensor. Es como si hubiera
pasado mucho más tiempo, no sólo tres semanas. Hardin me coge de la mano
hasta que llegamos a la puerta de casa. Introduce la llave en la cerradura y la
abre.
Landon se levanta inmediatamente del sofá y recorre la habitación con la
sonrisa más amplia que jamás le he visto esbozar en los seis meses que han
pasado desde que nos hicimos amigos. Me envuelve con los brazos y me abraza
para darme la bienvenida. Es en este momento cuando me percato realmente de
lo mucho que lo he echado de menos. Sin darme cuenta, empiezo a sollozar y a
suspirar profundamente contra el pecho de mi amigo.
No sé por qué estoy llorando tanto. He echado muchísimo de menos a
Landon, y su calurosa reacción a mi regreso me ha tocado la fibra sensible.
—¿Cuándo le toca el turno a su viejo? —oigo preguntar a mi padre desde
algún lugar algo lejano.
Landon empieza a retroceder, pero Hardin dice:
—Dentro de un momento —y le hace un gesto a mi amigo mientras evalúa
mi estado mental.
Me lanzo contra Landon de nuevo, y sus brazos me envuelven otra vez.
—Te he echado mucho de menos —le digo.
Sus hombros se relajan visiblemente y despega los brazos de mi cuerpo.
Cuando me dispongo a abrazar a mi padre, Landon permanece cerca, tan
sonriente y encantador como siempre. Al mirar a mi padre me doy cuenta de
que debe de haber sabido que iba a venir de visita. Parece que lleva la ropa de
Landon y le está un poco estrecha. También advierto que va perfectamente
afeitado.
—¡Mírate! —exclamo con una sonrisa—. ¡Te has quitado la barba!
Deja escapar una sonora carcajada y me abraza con fuerza.
—Sí, se acabó la barba —corrobora.
—¿Qué tal el viaje? —pregunta Landon metiéndose las manos en los bolsillos
de sus pantalones azul marino.
—Una mierda —responde Hardin al tiempo que yo digo: « Bien» .
Landon y mi padre se echan a reír, Hardin parece cabreado, y yo estoy
simplemente feliz de estar en casa… con mi mejor amigo y el pariente más
cercano con el que tengo contacto. Lo que no hace sino recordarme que tengo
que llamar a mi madre, cosa que sigo posponiendo.
—Voy a llevar tu maleta al cuarto —anuncia Hardin, y deja que los tres
continuemos con nuestros saludos.
Veo cómo desaparece por la habitación que en su día compartimos. Anda
cabizbajo y quiero ir tras él, pero no lo hago.
—Yo también te he echado mucho de menos, Tessie. ¿Cómo te está tratando
Seattle? —pregunta mi padre.
Se me hace raro mirarlo ahora, llevando una de las camisas de Landon y
pantalones de vestir, sin pelo en la cara. Parece un hombre totalmente diferente.
Pero las bolsas debajo de sus ojos están más hinchadas, y veo que le tiemblan
ligeramente las manos a los costados.
—Bien, todavía me estoy adaptando a todo —le digo.
Sonríe.
—Me alegra oír eso.
Landon se aproxima más a mí cuando mi padre se sienta en un extremo del
sofá. Le da la espalda a mi padre, como si quisiera que nuestra conversación
fuese privada.
—Tengo la impresión de que has estado meses fuera —dice mirándome a los
ojos.
Él también parece cansado…, ¿quizá por quedarse en el apartamento con mi
padre? No lo sé, pero lo averiguaré.
—Yo también, es como si el tiempo pasara de manera extraña en Seattle.
¿Cómo va todo? Tengo la sensación de que apenas hemos hablado.
Es cierto. No he llamado a Landon tanto como debería haberlo hecho, y él
debe de haber estado muy liado con su último trimestre en la WCU. Si menos de
tres semanas sin verlo se me hace así de duro, ¿cómo podré soportarlo cuando se
marche a Nueva York?
—Sabía que estarías ocupada, todo va bien —dice.
Desvía la mirada hacia la pared y yo suspiro. ¿Por qué tengo la sensación de
que se me está pasando algo obvio?
—¿Estás seguro? —Mi mirada oscila entre mi mejor amigo y mi padre. La
expresión de abatimiento de Landon no me pasa desapercibida.
—Sí, y a hablaremos sobre eso después —dice para que no me preocupe—.
Ahora quiero que me lo cuentes todo sobre Seattle. —La tenue luz que se
reflejaba en sus ojos se intensifica y se transforma en una brillante llamarada de
felicidad, la felicidad que tanto he echado de menos.
—Estoy bien… —asiento sin mucho entusiasmo, y Landon arruga la frente
—. En serio, estoy bien. Mucho mejor ahora que Hardin me visita más.
—Pensaba que querías espacio, ¿no? —bromea, y me da un toquecito en el
hombro con la palma de su mano—. Tenéis una manera muy extraña de romper.
Pongo los ojos en blanco porque tiene razón, pero digo:
—Ha sido muy agradable tenerlo allí. Sigo tan confundida como siempre,
pero Seattle se parece más al Seattle de mis sueños cuando Hardin está allí
conmigo.
—Me alegra oír eso. —Landon sonríe y desvía la mirada cuando Hardin llega
y se coloca a mi lado.
Miro a mi alrededor y les digo a los tres:
—Este lugar está mucho más ordenado de lo que me había imaginado.
—Es que hemos estado limpiando mientras Hardin estaba en Seattle —dice
mi padre, y me echo a reír al recordar cómo Hardin se quejaba de que los otros
dos no paraban de toquetear sus cosas.
Me vuelvo hacia el organizado vestíbulo y recuerdo la primera vez que
atravesé esa puerta con Hardin. Me enamoré al instante del encanto anticuado
del lugar: el ladrillo visto me pareció maravilloso, y me quedé impresionada al
ver la enorme librería que cubría la pared al otro extremo de la habitación. El
suelo de hormigón impreso le daba personalidad al apartamento. Era algo único
y hermoso. No podía creer que Hardin hubiese escogido un espacio tan perfecto
para los dos. No era para nada extravagante, sino bonito y adecuadamente
distribuido. Recuerdo lo nervioso que se puso por si no me gustaba. Aunque yo
también estaba igual. Pensaba que estaba loco por querer que viviésemos juntos
tan pronto teniendo en cuenta los altibajos de nuestra relación, y ahora sé que mi
aprensión estaba perfectamente justificada; Hardin había usado este apartamento
como una trampa. Pensaba que me sentiría obligada a quedarme con él después
de descubrir lo de la apuesta que había hecho con su grupo de amigos. Y
funcionó en cierta manera. No me gusta especialmente esa parte de nuestro
pasado, pero no la cambiaría.
A pesar de los recuerdos de nuestros primeros días felices aquí, por algún
motivo sigo sin poder quitarme de encima esa desagradable sensación en el
estómago. Me siento una extraña en esta casa ahora. La pared de ladrillo que
tanto me gustaba se ha manchado de nudillos ensangrentados tantas veces que he
perdido la cuenta, los libros de las estanterías han sido testigos de demasiadas
batallas a gritos, las páginas han absorbido demasiadas lágrimas tras nuestras
interminables peleas, y la imagen de Hardin postrado de rodillas delante de mí es
tan intensa que prácticamente la veo impresa en el suelo. Este lugar ya no es
para mí el tesoro que fue, y estas paredes guardan recuerdos de tristeza y de
traición, no sólo de Hardin, sino también de Steph.
—¿Qué te pasa? —me pregunta él en el momento en que mi expresión se
torna melancólica.
—Nada, estoy bien —le digo.
Quiero apartar de mi mente los recuerdos desagradables que eclipsan estos
momentos de felicidad por haberme reunido con Landon y con mi padre tras las
solitarias semanas que he soportado en Seattle.
—No cuela —resopla Hardin, pero lo deja estar y se dirige a la cocina. Al
cabo de un segundo, su voz inunda el salón—: ¿No hay comida en esta casa?
—En fin, y a empieza. Con lo tranquilos que estábamos —le susurra mi padre
a Landon, y ambos se ríen amistosamente.
Me siento muy afortunada de que Landon esté en mi vida y de que tenga lo
que parece una buena relación con mi padre, aunque da la impresión de que
Hardin y Landon lo conocen mejor que yo.
—Vuelvo dentro de un minuto —digo.
Quiero quitarme esta pesada sudadera; hace demasiado calor en el pequeño
apartamento y, a cada momento que pasa, siento que mis pulmones necesitan
aire fresco cada vez más. Necesito leer la carta de Hardin de nuevo; es mi cosa
favorita en el mundo entero. Es mucho más que una cosa para mí; expresa su
amor y su pasión de un modo que su boca jamás sería capaz de expresar. La he
leído tantas veces que me la sé de memoria, pero necesito tocarla físicamente
otra vez. Cuando tenga esas hojas gastadas entre mis dedos, toda la ansiedad que
siento desaparecerá con sus concienzudas palabras y podré respirar de nuevo y
disfrutar de mi fin de semana aquí.
Busco en la cómoda y en todos los cajones antes de acercarme al escritorio.
Rebusco en vano entre montones de clips y bolígrafos. « ¿En qué otro lugar
podría haberla guardado?»
Encuentro mi libro electrónico y la pulsera encima de mi diario de religión,
pero la carta no está por ningún lado. Después de dejar la pulsera sobre el
escritorio, me acerco al armario y busco en la caja de zapatos vacía que Hardin
utiliza para guardar sus archivos del trabajo durante la semana. Levanto la tapa y
veo que está vacía, excepto por una única hoja de papel que, para mi desgracia,
no es la carta. « Pero ¿qué es esto?» Está repleta de arriba abajo con la escritura
de Hardin y, si no estuviera tan preocupada por mi carta, me pararía a leerla. Es
muy raro que este papel esté aquí. Me apunto mentalmente volver para leer lo
que hay a escrito ahí. Coloco de nuevo la tapa en la caja y la guardo donde
estaba.
Por si no he mirado bien en el cajón, regreso a la cómoda. ¿Y si Hardin la ha
tirado?
No, él no haría eso. Sabe lo mucho que esa carta significa para mí. Jamás
haría eso. Saco mi viejo diario una vez más, le doy la vuelta y lo sacudo, con la
esperanza de que caiga la carta. Estoy empezando a asustarme cuando, de
repente, un pequeño trocito de papel llama mi atención. Es un pedazo roto que
revolotea en el aire entre mi diario y el suelo. Me agacho para recogerlo justo
cuando se posa en él.
Reconozco las palabras de inmediato; las tengo prácticamente grabadas en la
memoria. Sólo es media frase, casi demasiado pequeña como para leerla, pero
las palabras manchadas de tinta están sin duda escritas del puño y letra de
Hardin. Se me cae el alma a los pies. Observo el fragmento de papel y entonces
me doy cuenta de lo que ha pasado. Sé que la ha destruido. Empiezo a sollozar y
dejo que el pedacito de papel se me escurra de entre mis dedos temblorosos y
vuelva a caer al suelo. Se me parte el corazón al instante y empiezo a
preguntarme cuánto seré capaz de soportar.
CAPÍTULO 121
Hardin
—Ya puedes irte —digo liberando así a Landon de sus labores de canguro.
—No voy a irme, Tessa acaba de llegar —responde desafiándome.
Supongo que él es una de las razones, aunque no la única, por las que quería
venir a este maldito lugar.
—Vale —refunfuño, y bajo la voz—. ¿Cómo se ha portado en mi ausencia?
—pregunto.
—Bien; tiene menos temblores y no ha vomitado desde ay er por la mañana.
—Puto y onqui. —Me paso las manos por el pelo—. Joder.
—Relájate. Todo saldrá bien —me asegura mi hermanastro.
Ignoro sus sabias palabras y lo dejo en la cocina para ir a buscar a Tessa.
Cuando llego a la puerta del dormitorio, oigo unos sollozos en el interior. Doy un
paso rápido hacia adelante y la veo con las dos manos sobre la boca y con sus
ojos grises inyectados en sangre y llenos de lágrimas mirando al suelo. Un paso
más es todo lo que necesito para ver qué es lo que está mirando. Mierda.
« Mierda.»
—¿Tess?
Tenía pensado idear un plan para arreglar el problema que había creado al
romper la maldita carta, pero aún no he tenido ocasión. Iba a buscar los trozos
que faltaban y a intentar pegarlos con celo…, o al menos quería habérselo
contado antes de que lo descubriera por su propia cuenta. Ahora ya es demasiado
tarde.
—¡Tess, lo siento! —exclamo mi disculpa mientras las lágrimas empapan sus
ya mojadas mejillas.
—¿Por qué lo…? —solloza, incapaz de terminar la frase.
Se me parte el corazón. Por un breve momento, creo que me duele
más a mí que a ella.
—Estaba muy enfadado cuando me dejaste —empiezo a explicarle, y
camino hacia ella, pero ella retrocede. Y no la culpo—. No pensaba con claridad,
y la carta estaba ahí, sobre la cama, donde tú la habías puesto.
No dice nada ni aparta la mirada.
—¡Te juro que lo siento muchísimo! —proclamo frenéticamente.
—Yo… —Se atraganta y se seca con furia las lágrimas—. Necesito un
minuto, ¿vale? —Cierra los ojos y unas cuantas lágrimas más escapan por debajo
de sus pestañas.
Quiero concederle el minuto que me pide, pero tengo miedo de que
conforme pase el tiempo se sienta cada vez más dolida y decida que no quiere
verme.
—No voy a marcharme de la habitación —digo.
Tiene las dos manos pegadas a la boca pero, aun así, oigo cómo deja escapar
un grito ahogado. El sonido me atraviesa como un puñal.
—Por favor —me ruega a través de su sufrimiento.
Sabía que le dolería descubrir que destruí esa carta, pero no esperaba que a
mí me hiciese tanto daño.
—No, no me voy a ir —replico. Me niego a dejarla aquí sola, llorando por
mis errores, otra vez. ¿Cuántas veces ha pasado eso en este apartamento?
Aparta la mirada y se sienta a los pies de la cama, con los ojos medio
entornados y los labios y las manos temblorosos, estas últimas sobre su regazo,
mientras intenta serenarse. Hago caso omiso de su mano empujando mi pecho
cuando me pongo de rodillas delante de ella y la abrazo.
Al cabo de unos cuantos esfuerzos por apartarme, por fin cede y permite que
la consuele.
—Lo siento muchísimo, nena —repito; no sé si alguna vez he sentido tanto
esas palabras.
—Me encantaba esa carta —dice llorando contra mi hombro—. Significaba
mucho para mí.
—Lo sé. Lo siento mucho. —Ni siquiera intento defenderme, porque sé que
soy un puto imbécil y sabía lo mucho que esas páginas significaban para ella. La
aparto suavemente de los hombros, atrapo sus mejillas empapadas entre mis
manos y bajo la voz—: No sé qué decir, aparte de que lo siento.
Por fin abre la boca para hablar.
—No voy a decir que no pasa nada, porque no es así… —Tiene los ojos rojos
e hinchados ya de tanto llorar.
—Lo sé. —Agacho la cabeza y dejo caer mis manos de su rostro.
Momentos después, siento cómo sus dedos me presionan la barbilla y me
levantan la cara para que la mire, como suelo hacer yo con ella.
—Estoy apenada… Mejor dicho, devastada —dice—. Pero no hay nada que
pueda hacer al respecto, y no quiero pasarme el fin de semana aquí sentada
llorando, y desde luego no quiero que des pasos hacia atrás y te mortifiques por
ello. —Está haciendo todo lo posible por animarse, por fingir que no le importa
tanto como sé que le importa.
Dejo escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Te lo compensaré de alguna manera. —Cuando veo que no contesta, insisto
un poco—: ¿De acuerdo?
Se seca los ojos y se corre todo el maquillaje con las puntas de los dedos. Su
silencio me incomoda. Preferiría que me gritara a verla llorar
desconsoladamente.
—Tess, por favor, háblame. ¿Quieres que te lleve de vuelta a Seattle? —
Aunque respondiera que sí, ni de coña la llevaría, pero expreso el ofrecimiento
antes de pensarlo siquiera.
—No. —Niega con la cabeza—. Estoy bien.
Con un suspiro, se pone de pie, sortea mi cuerpo y sale de la habitación. Me
levanto y la sigo. Cierra la puerta del cuarto de baño y yo vuelvo al dormitorio
para coger su bolso. La conozco, querrá arreglarse el desastre que se ha hecho en
los ojos con el maquillaje.
Llamo a la puerta y ella la abre ligeramente, sólo lo suficiente como para que
le pase el bolso.
—Gracias —dice con la voz rota.
Ya le he fastidiado el fin de semana, y eso que todavía no ha empezado
siquiera.
—¡Mi madre y tu padre quieren que lleves a Tessa a casa mañana! —grita
Landon desde el otro extremo del pasillo.
—¿Y…?
—Y nada. Mi madre echa de menos a Tessa.
—Pues… tu madre puede verla en otra ocasión. —Entonces me doy cuenta
de que eso puede distraer a Tessa de la maldita carta—. ¿Sabes qué? Vale —digo
antes de que responda—. La llevaré allí mañana.
Mi hermanastro ladea la cabeza.
—¿Está llorando?
—Está… No es asunto tuyo —le espeto.
—No lleváis aquí ni veinte minutos y ya está encerrada en el baño —dice
cruzándose de brazos.
—No es el momento de empezar a darme por culo, Landon —le gruño—. Ya
estoy a punto de estallar, y lo que menos necesito es que metas las narices donde
no te llaman.
Pero entonces pone los ojos en blanco como suele hacerlo Tessa.
—Vaya, ¿sólo puedo meterlas cuando implica hacerte un favor?
« ¿Qué cojones le pasa y por qué sigo refiriéndome a él como mi
hermanastro?»
—Vete a la mierda.
—Bastante agobiada estará, así que será mejor que dejemos esto antes de
que salga del baño. —Está intentando hacerme entrar en razón.
—Vale, pues deja de decirme gilipolleces —replico.
Antes de que le dé tiempo a contestar, la puerta del baño se abre, y Tessa,
recompuesta pero agotada, se dirige al pasillo con la preocupación reflejada en
su rostro.
—¿Qué pasa?
—Nada. Landon va a pedir pizza y vamos a pasar el resto de la noche como
una gran familia feliz —digo, y a continuación miro a mi hermanastro—:
¿Verdad?
—Sí —coincide él, por el bien de Tessa.
Echo de menos los días en que Landon no me replicaba. Eran pocos y muy
espaciados, pero le están creciendo las agallas conforme pasan los meses. O
igual y o me he vuelto más débil… No tengo ni puta idea, pero no me gusta el
cambio.
Tessa deja escapar un suspiro. Necesito que sonría. Necesito saber que puede
superar esto. De modo que le digo:
—Voy a llevarte a casa de mi padre mañana; igual Karen tiene algunas
recetas o alguna mierda que compartir contigo.
Sus ojos se iluminan y sonríe, por fin.
—¿Recetas o alguna mierda? —Se muerde la comisura del labio para evitar
sonreír más aún. La presión de mi pecho desaparece.
—Sí, o alguna mierda. —Le devuelvo la sonrisa y la guío hasta el salón,
donde todos estamos preparados para disfrutar de una noche de suplicio
entreteniendo a Richard y a Landon.
Richard está tumbado a lo largo del sofá. Landon está en el sillón. Y Tessa y yo
estamos sentados en el suelo.
—¿Me pasas otro trozo de pizza? —pregunta Richard por tercera vez desde
que hemos empezado a ver este horror de película.
Observo a Tessa y a Landon, que, por supuesto, están completamente
fascinados por la historia de amor entre Meg Ryan y Tom Hanks. Si ésta fuese
una película moderna, habrían follado después del primer e-mail, y no habrían
esperado hasta la última escena para besarse. Joder, habrían estado en una de
esas aplicaciones de citas, y puede que sólo se conocieran por su nick. Qué
deprimente.
—Toma —gruño pasándole la caja de la pizza a Richard.
Encima de que está ocupando todo el sofá, ahora no para de interrumpirme
cada diez minutos para pedir más comida.
—Tu madre lloraba cada vez que veía esta última parte.
Richard alarga la mano y le aprieta el hombro a Tessa. Tengo que hacer un
esfuerzo enorme para no apartarle la mano. Si la pobre supiera lo que su padre
ha estado haciendo durante la última semana, si hubiese visto cómo las drogas
abandonaban su organismo entre vómitos y convulsiones, ella misma le apartaría
la mano y se desinfectaría el hombro.
—¿De verdad? —Tess mira a su padre con ojos vidriosos.
—Sí. Recuerdo que las dos la veíais cada vez que la echaban en la tele. Casi
siempre en vacaciones, claro.
—¿Y eso…? —empiezo, pero detengo mis maliciosas palabras antes de
expresarlas.
—¿Qué? —me pregunta Tessa.
—Y ¿ese perro qué pinta ahí? —pregunto al azar.
No tiene sentido, pero Tessa, en su línea, inicia una perorata sobre la última
escena de la película y dice que el perro, Barkley o Brinkley, creo que ha dicho
que se llama, es fundamental para el éxito de la película.
Bla, bla, bla…
Unos golpes en la puerta detienen las explicaciones de Tessa, y Landon se
levanta para abrir.
—Ya voy y o —digo, y paso por delante de él. Al fin y al cabo, ésta es mi
puta casa.
No me molesto en mirar por la mirilla, pero cuando abro la puerta, desearía
haberlo hecho.
—¿Dónde está? —pregunta el yonqui apestoso.
Salgo al descansillo y cierro la puerta. No quiero que Tessa se vea envuelta en
esta mierda.
—¿Qué cojones haces aquí? —silbo con los dientes apretados.
—Sólo he venido a ver a mi colega, eso es todo.
Los dientes de Chad están aún más marrones que antes, y su vello facial está
apelmazado contra su piel. Tendrá unos treinta años, pero su rostro es el de un
hombre de más de cincuenta. Lleva el reloj que mi padre me regaló en su sucia
muñeca.
—No va a salir aquí, y nadie va a darte nada, así que te sugiero que muevas
el culo y vuelvas por donde has venido antes de que te estampe la cara contra esa
barandilla —digo con naturalidad, y señalo hacia la barra de metal que hay
delante del extintor de incendios—. Y después, mientras te desangras, llamaré a
la policía y te arrestarán por posesión y por allanamiento. —Sé que lleva droga
encima, el puto capullo.
Fija la vista en mí y yo avanzo un paso hacia él.
—Yo que tú no pondría a prueba mi paciencia. Esta noche, no —le advierto.
Abre la boca justo cuando la puerta del apartamento se abre detrás de mí.
Mierda puta.
—¿Qué pasa? —pregunta Tessa, avanzando hasta colocarse delante de mí.
Como por acto reflejo, le doy un tirón en la espalda y ella pregunta de nuevo.
—Nada, Chad estaba a punto de marcharse. —Miro al maldito yonqui, y más
le vale…
Tessa entorna los ojos mirando el objeto brillante que pende en la delgada
muñeca del tipo.
—¿Ése no es tu reloj?
—¿Qué? No… —empiezo a mentir, pero ella y a lo sabe.
No es tan tonta como para pensar que es una coincidencia que este puto
drogadicto tenga el mismo reloj caro de cojones que y o.
—Hardin… —Me mira—. ¿Qué pasa? ¿Has estado saliendo con este tipo o
algo? —Se cruza de brazos y pone más distancia entre nosotros.
—¡No! —niego medio gritando. ¿Por qué saca esa conclusión al presenciar
esta escena?
No sé si llamar a su padre y defenderme o si inventarme otra mentira.
—No soy amigo suyo. Y y a se marcha —digo, y miro a Chad lanzándole de
nuevo una advertencia.
Esta vez lo capta y retrocede por el descansillo. Supongo que Landon es el
único que y a no se siente intimidado por mí. Parece que no estoy perdiendo
facultades después de todo.
—¿Quién está ahí? —Richard se reúne con nosotros en el descansillo.
—Ese hombre…, Chad —responde Tessa, con claro tono inquisitorio.
—Ah… —Su padre palidece y me mira con impotencia.
—Quiero saber qué está pasando aquí —exige Tessa.
Es obvio que se está cabreando. No debería haberla dejado volver al
apartamento. Lo he visto en su cara en el instante en que ha pisado este maldito
lugar.
—¡Landon! —Llama a su mejor amigo y y o miro a su padre.
Landon se lo contará todo; él no le mentirá a la cara como lo he hecho yo
tantas veces.
—Tu padre le debía dinero, y y o le di el reloj a modo de pago —admito.
Tessa sofoca un grito y se vuelve hacia Richard.
—¿Por qué le debías dinero? ¡Ese reloj se lo regaló su padre! —exclama.
Vale…, ésta no es la reacción que esperaba. Está más centrada en el estúpido
reloj que en el hecho de que su padre le debiese dinero a ese despojo humano.
—Lo siento, Tessie. No tenía dinero, y Hardin…
Antes de darme cuenta de lo que está haciendo, va de camino al ascensor.
« ¡Pero ¿qué coño…?!»
Presa del pánico, corro tras ella, pero se mete en la jaula de acero antes de
que le dé alcance. Esas puertas se mueven terriblemente despacio en cualquier
otra ocasión, pero ahora que está huy endo de mí, se cierran al instante.
—¡Maldita sea, Tessa!
Golpeo el metal con el puño. ¿Hay escalera en este edificio? Cuando me
vuelvo, Landon y Richard miran hacia nosotros con la mirada perdida, sin
moverse. « Gracias por la puta ay uda, capullos.»
Me apresuro a ir por la escalera y bajo los peldaños de dos en dos hasta que
llego abajo. Busco a Tessa en el vestíbulo y, al no verla, el pánico me invade de
nuevo. Chad podría haber traído algunos amigos consigo… y podrían acercarse a
Tessa o hacerle daño…
Un sonido anuncia la llegada del ascensor. Las puertas se abren y Tessa sale
de él; la determinación se refleja en su rostro hasta que me ve.
—¡¿Has perdido la puta cabeza?! —le grito, y mi voz inunda el vestíbulo.
—¡Va a devolverte ese maldito reloj, Hardin! —me grita en respuesta.
Se dirige hacia las puertas de cristal y yo la agarro de la cintura y la estrecho
contra mi pecho.
—¡Suéltame! —Me clava las uñas en los brazos, pero no cedo.
—No puedes ir tras él. ¿En qué estás pensando?
Sigue forcejeando conmigo.
—Si no dejas de moverte, te llevaré literalmente a rastras hasta el
apartamento. Y ahora escúchame —digo.
—¡No puede quedarse ese reloj, Hardin! Te lo regaló tu padre, y significa
mucho para él, y para ti…
—Ese reloj no significaba una mierda para mí —digo.
—Claro que sí. No lo admitirías jamás, pero te importaba. Lo sé. —Sus ojos
se humedecen de nuevo. Joder, este fin de semana va a ser un infierno.
—No es verdad…
« ¿O sí?»
Se tranquiliza un poco y deja de agitar los brazos. La convenzo para volver al
ascensor y abortar su persecución del narcotraficante, muy a su pesar.
—¡No es justo que se quede con tu reloj por los problemas con el alcohol de
mi padre! ¿Cuánto puede beber una persona como para acabar debiéndole dinero
a la gente?
Está hecha una furia y, aunque me parece muy graciosa cuando se pone así,
me siento fatal por lo que tengo que contarle.
—No era por el alcohol, Tess —confieso.
Veo cómo ladea la cabeza y mira a todas partes excepto a mis ojos.
—Hardin, sé que mi padre bebe. No lo excuses. —Su pecho se hincha y se
deshincha a una velocidad frenética.
—Tessa, tienes que tranquilizarte.
—¡Dime qué está pasando, Hardin!
No sé cómo expresarlo de otra manera. Lo siento. Siento no haber podido
protegerla de un padre jodido, del mismo modo que no pude proteger a mi
madre de la devastación del mío. Así que hago algo extraño para mí. Digo algo
brutalmente sincero:
—No es el alcohol. Son las drogas.
Entonces se mete corriendo en el ascensor y pulsa el botón de nuestra planta.
Entro justo detrás de ella, pero Tessa se limita a mirar al vacío mientras las
puertas se cierran
Tessa
Cuando me despierto, Hardin no me está envolviendo con su cuerpo, y en la
habitación hay demasiada luz incluso cuando vuelvo a cerrar los ojos.
—¿Qué hora es? —gruño manteniéndolos cerrados.
Me palpita la cabeza y, aunque sé que estoy tumbada boca abajo, tengo la
sensación de que me estoy balanceando de atrás hacia adelante.
—Las doce —responde la voz profunda de Hardin desde el otro extremo del
dormitorio.
—¡Las doce! ¡Me he perdido mis dos primeras clases!
Intento incorporarme, pero la cabeza me da vueltas. Vuelvo a tumbarme
sobre el colchón con un sollozo.
—No te preocupes, vuelve a dormirte.
—¡No! No puedo faltar a más clases, Hardin. Acabo de empezar en este
campus y no puedo empezar así el trimestre. —El pánico se está apoderando de
mí—. Voy a ir muy retrasada.
—Estoy convencido de que te irá bien —dice Hardin quitándole importancia
y atravesando la habitación para sentarse en la cama—. Seguro que ya has
terminado todas las tareas.
Me conoce demasiado bien.
—Ésa no es la cuestión —replico—. La cuestión es que he faltado a clase y
eso hace que dé mala impresión.
—¿Ante quién? —pregunta Hardin.
Sé que me está tomando el pelo.
—Ante mis profesores y mis compañeros.
—Tessa, sabes que te quiero, pero venga ya. A tus compañeros les importa
una mierda si vas o no a clase. Ni siquiera se habrán dado cuenta. Tus profesores,
sí, porque eres una pelota y alimentas su ego. Pero a tus compañeros les da igual
y, si no fuese así, ¿qué más da? Su opinión no importa.
—Supongo que tienes razón. —Cierro los ojos e intento ver las cosas desde su
punto de vista.
Detesto llegar tarde, faltar a clase y dormir hasta el mediodía.
—No soy una pelota —añado.
—¿Cómo te encuentras?
Noto que el colchón se mueve y, cuando abro los ojos, veo que lo tengo a mi
lado.
—Como si anoche hubiese bebido demasiado. —Me va a estallar la cabeza.
—Y así fue. —Asiente varias veces muy serio—. ¿Qué tal está tu culo? —Me
agarra por detrás y hago una mueca.
—No hemos…
« No estaba tan borracha…, ¿verdad?»
—No. —Se echa a reír, me masajea la nalga y me mira a los ojos—. Aún
no.
Trago saliva.
—Sólo si tú quieres —añade—. Te has convertido en una auténtica zorra, así
que había dado por hecho que eso sería lo siguiente en tu lista.
« ¿Yo? ¿Una zorra?»
—No pongas esa cara de susto, sólo era una sugerencia. —Me sonríe.
No sé cómo me siento con respecto a ese tema… Lo que sí sé es que no
puedo continuar ni procesar este tipo de conversación ahora mismo.
Sin embargo, mi curiosidad saca lo peor de mí.
—¿Has…? —No sé cómo plantear la pregunta. Ésta es una de las pocas cosas
de las que nunca hemos hablado; que me diga guarradas sobre hacérmelo en el
ardor del momento no cuenta—. ¿Has hecho eso antes?
Inspecciono su rostro en busca de la respuesta.
—No, la verdad es que no.
—Vaya.
Soy demasiado consciente de que sus dedos recorren la piel desnuda donde
debería estar el elástico de mis bragas si las llevase puestas. Por algún motivo, el
hecho de que Hardin nunca haya experimentado eso me empuja a hacerlo.
—¿En qué piensas? —pregunta—. Veo salir humo de tu cabeza. —Me da un
toquecito en la nariz con la suya y yo sonrío bajo su mirada.
—Me gusta el hecho de que no lo hayas hecho… y a…
—¿Por qué? —Enarca una ceja y yo escondo el rostro.
—No lo sé.
De repente tengo vergüenza. No quiero parecer insegura ni iniciar una
discusión. Bastante tengo y a con la resaca.
—Dímelo —me pide con suavidad.
—No lo sé. Porque estaría bien que tu primera vez en algo fuese conmigo.
Se incorpora, se apoya sobre un codo y me mira.
—¿Qué quieres decir?
—Que has hecho un montón de cosas… sexualmente hablando… —le explico
tranquilamente—. Y yo no te he aportado ninguna experiencia nueva.
Me observa detenidamente, como si tuviera miedo de contestar.
—Eso no es cierto.
—Sí que lo es. —Vuelvo a hacer pucheros.
—Y una mierda. Eso es mentira y lo sabes. —Su voz es prácticamente un
rugido, y tiene el ceño muy fruncido.
—No me muerdas. ¿Cómo crees que me siento al pensar que no has estado
sólo conmigo? —digo.
No suelo pensar tanto en ello como antes pero, cuando lo hago, me duele
profundamente.
Hace una mueca, me agarra de ambos brazos con suavidad y tira para que
me incorpore a su lado.
—Ven aquí. —Siento cómo me coloca sobre su regazo y mi piel
completamente desnuda agradece el tacto agradable de su cálido cuerpo
semidesnudo—. Nunca me lo había planteado —me dice con el rostro enterrado
en mi hombro, y me provoca un escalofrío—. Si hubieses estado con otra
persona, no estaría contigo ahora.
Aparto la cabeza de golpe y lo miro.
—¿Disculpa?
—Ya me has oído. —Besa la curva de mi hombro.
—Eso no es muy agradable.
Estoy acostumbrada a la falta de tacto de Hardin, pero esas palabras me han
sorprendido. No puede estar hablando en serio.
—Nunca me he considerado una persona agradable —repone.
Giro el cuerpo sobre su regazo y hago como que no oigo el gruñido profundo
en su garganta.
—¿Lo estás diciendo en serio?
—Totalmente —asiente.
—Entonces, ¿me estás diciendo que si no hubiese sido virgen no habrías salido
conmigo? —No solemos hablar mucho de este tema, y tengo miedo de descubrir
adónde nos va a llevar.
Entorna los ojos mientras evalúa mi expresión antes de decir:
—Eso es justo lo que estoy diciendo. Y, por si no lo recuerdas, no quería salir
contigo de todos modos.
Sonríe, pero y o frunzo el ceño.
Apoy o los pies en el suelo y me levanto de su regazo, pero él me retiene en el
sitio.
—No llores —dice, e intenta besarme, pero aparto la cabeza.
Lo fulmino con la mirada.
—Entonces quizá no deberías haber salido conmigo. —Estoy tremendamente
sensible y me siento dolida.
Añado gasolina al fuego y aguardo la explosión:
—Quizá deberías haberme dejado después de ganar la apuesta.
Lo miro a sus ojos verdes y espero su reacción, pero ésta sigue sin llegar. Se
echa hacia atrás muerto de risa y mi sonido favorito inunda la habitación.
—No seas cría —dice estrechándome con más fuerza y cogiéndome de las
dos muñecas con una mano para evitar que me levante de su regazo—. Que no
quisiese salir contigo al principio no significa que no me alegre de haberlo hecho.
—Sigue sin ser algo agradable de escuchar. Y has dicho que no estarías
conmigo ahora si hubiera estado con otra persona. Entonces, ¿si me hubiese
acostado con Noah antes de conocerte no habrías salido conmigo?
Se encoge al oír mis palabras.
—No, no lo habría hecho. No habríamos llegado a esa… situación… si tú no
hubieses sido virgen. —Ahora camina con pies de plomo. Me alegro.
—Situación —repito aún irritada, y la palabra brota con más dureza de lo que
pretendía.
—Sí, situación.
Me vuelve de repente y me tumba boca arriba contra el colchón. Coloca su
cuerpo sobre el mío, me agarra de las muñecas por encima de mi cabeza con
una sola mano y me separa los muslos con las rodillas.
—No soportaría la idea de que otro hombre te hubiese tocado. Sé que es una
puta locura, pero es la verdad, te guste o no.
Siento cómo su aliento caliente me golpea la cara. Por un momento me
olvido de que estoy enfadada con él. Está siendo sincero, eso es cierto, pero lo
que dice es de una doble moral tremendamente ofensiva.
—Lo que tú digas.
—¿Lo que y o diga? —Se ríe y me agarra con más fuerza de las muñecas.
Flexiona la cadera y presiona su cuerpo cubierto por un bóxer contra mi
entrepierna—. No seas ridícula, ya sabes cómo soy.
Ahora mismo me siento muy expuesta, y su comportamiento dominante me
está calentando más de lo que debería.
—Y sabes perfectamente que sí me has aportado nuevas experiencias —
añade—. Nunca me había querido nadie, ni romántica ni familiarmente
hablando, en realidad… —Su mirada se pierde en lo que imagino que será un
doloroso recuerdo, pero regresa a mí al instante—. Y nunca había vivido con
nadie. Nunca me había importado una mierda perder a nadie, pero sin ti no
podría sobrevivir. Ésa es una experiencia nueva. —Sus labios planean sobre los
míos—. ¿Te parecen suficientes « experiencias nuevas» ?
Asiento y él sonríe. Si levanto la cabeza sólo un centímetro más, mis labios
rozarán los suy os. Parece leerme la mente y aparta la cabeza un poco.
—Y no vuelvas a echarme en cara lo de esa apuesta nunca más —me
amenaza mientras se restriega contra mí. Un gemido traicionero escapa de mis
labios y sus ojos se ensombrecen de deseo—. ¿Entendido?
—Claro. —Desafiante, pongo los ojos en blanco y él me suelta las muñecas y
desciende la mano por todo mi cuerpo hasta detenerse en la cadera y apretarla
suavemente.
—Hoy te estás comportando como una niña malcriada. —Traza círculos en
mi cadera y aplica más presión sobre mi cuerpo.
Me siento como una niña malcriada; tengo resaca y las hormonas a flor de
piel.
—Y tú como un capullo, así que supongo que estamos empatados.
Se muerde un carrillo y baja la cabeza hacia mí. Sus labios calientes me
besan la mandíbula y envían una línea directa de electricidad a mi entrepierna.
Envuelvo su cintura con las piernas y elimino el pequeño espacio que separaba
nuestros cuerpos.
—Sólo te he querido a ti —me recuerda de nuevo, aliviando el ligero dolor
que me han causado sus palabras anteriores. Sus labios alcanzan mi cuello. Me
agarra un pecho con una mano y utiliza la otra para sostenerse—. Siempre te he
querido.
No digo nada. No quiero fastidiar este momento. Me encanta cuando se
muestra franco respecto a lo que siente por mí y, por primera vez, veo todo esto
desde una perspectiva diferente. Steph, Molly y medio maldito campus de la
WCU pueden haberse acostado con Hardin, pero ninguna de ellas, ni una sola, le
han oído decir « Te quiero» . Nunca han tenido, ni tendrán, el privilegio de
conocerlo, de conocerlo de verdad, como lo conozco yo. No tienen ni la menor
idea de lo maravilloso e increíblemente brillante que es. No lo oy en reír ni ven
cómo cierra los ojos con fuerza en ese momento ni cómo se forman sus
hoyuelos al hacerlo. Nunca sabrán los detalles de su existencia ni escucharán el
convencimiento en su voz cuando jura que me quiere más que a su vida. Y las
compadezco por ello.
—Y y o sólo te he querido a ti —le respondo.
El amor que sentía por Noah era un amor fraternal. Ahora lo sé. Amo a
Hardin de una manera increíble y absorbente, y sé, en lo más profundo de mi
ser, que jamás sentiré eso por nadie que no sea él.
La mano de Hardin se desliza hacia sus calzoncillos. Se los baja y lo ayudo a
desprenderse de ellos con los pies. Con un suave movimiento, se desliza dentro de
mí y dejo escapar un grito cuando se hunde a través de mi resbaladiza hendidura.
—Repítelo —me ruega.
—Sólo te he querido a ti —repito.
—Joder, Tess, te quiero muchísimo —dice. Su cruda confesión se abre paso a
través de sus dientes apretados.
—Siempre te querré sólo a ti —le prometo, y rezo en silencio para que
hallemos el modo de superar todos nuestros problemas, porque sé que lo que
acabo de decir es cierto. Siempre será él. Incluso si algo nos separa.
Hardin me llena con profundas arremetidas y me reclama mientras me
muerde y me chupa la piel del cuello con su boca cálida y húmeda.
—Siento… cada centímetro de tu cuerpo… Joder, qué caliente estás… —
gruñe, y sus gemidos me indican que no se ha puesto un condón.
Incluso a pesar de mi estado de frenesí, oigo las alarmas en mi cabeza. Dejo
esa impresión a un lado y me deleito en la sensación de los fuertes músculos de
Hardin contrayéndose bajo mis manos mientras acaricio sus hombros y sus
brazos tatuados.
—Tienes que ponerte uno —digo, aunque mis actos se oponen a mis palabras;
mis piernas se aferran con más fuerza a su cintura y lo estrechan más contra mí.
Mi vientre se tensa y empieza a serpentear…
—No puedo… parar… —Su ritmo se acelera y creo que me partiré en dos si
se detiene ahora.
—Pues no lo hagas.
Estamos locos y no pensamos con claridad, pero no puedo dejar de arañarle
la espalda, animándolo a continuar.
—Joder, córrete, Tessa —me ordena, como si tuviese elección.
Cuando llego al borde del orgasmo, temo desmay arme ante la inmensa
cantidad de placer que siento cuando sus dientes rozan mi pecho y tiran,
marcándome ahí. Con otro gemido de mi nombre y una declaración de su amor
por mí, los movimientos de Hardin cesan. Sale de mí y se corre sobre la piel
desnuda de mi vientre. Observo embelesada cómo se toca a sí mismo mientras
me marca de la manera más posesiva sin interrumpir en ningún momento el
contacto visual.
Luego se deja caer sobre mí temblando y sin aliento. Nos quedamos en
silencio. No necesitamos hablar para saber lo que está pensando el otro.
—¿Adónde quieres ir? —le pregunto.
Ni siquiera me apetece salir de la cama, pero que Hardin se hay a ofrecido a
llevarme a dar una vuelta por Seattle, durante el día, es algo que nunca había
sucedido en el pasado, y no sé si la situación se repetirá ni cuándo.
—La verdad es que me da igual. ¿De compras? —Inspecciona mi rostro—.
¿Necesitas ir de compras? ¿O te apetece?
—No necesito nada… —respondo, pero cuando veo lo nervioso que está a mi
lado, reculo—: Bueno, sí. Ir de compras está bien.
Se está esforzando mucho. Hardin no se siente cómodo haciendo las cosas
sencillas que suelen hacer las parejas. Le sonrío y recuerdo la noche que me
llevó a patinar sobre hielo para demostrarme que podía ser un chico normal.
Fue muy divertido, y él estaba encantador y travieso, más o menos como lo
ha estado durante la última semana y media. No quiero un novio « normal» ,
quiero que Hardin, con su ácido sentido del humor y su actitud agridulce, me
lleve de vez en cuando a hacer algo sencillo y que haga que me sienta lo bastante
segura en nuestra relación como para que lo bueno supere con creces lo malo.
—Genial —dice, y se revuelve incómodo.
—Voy a cepillarme los dientes y a recogerme el pelo.
—También podrías vestirte. —Coloca la mano sobre la zona más sensible
entre mis piernas. Hardin ya ha utilizado una de sus camisetas para limpiarme,
algo que solía hacer todo el tiempo.
—Cierto —convengo—. Y a lo mejor debería darme una ducha rápida.
Trago saliva y me pregunto si Hardin y y o tendremos un nuevo asalto antes
de marcharnos.
La verdad, no sé si ninguno de los dos podría con ello.
Me levanto de la cama y hago una mueca de disgusto. Sabía que tenía que
venirme la regla cualquier día de éstos, pero ¿por qué ha tenido que ser justo
hoy? Supongo que eso actúa a mi favor, ya que habré terminado para cuando nos
marchemos a Inglaterra.
Marcharnos a Inglaterra…, no parece real.
—¿Qué pasa? —pregunta Hardin con curiosidad.
—Me ha… Es el momento de… —Aparto la mirada, sabiendo que ha tenido
un mes entero para fabricar sus bromas.
—Hum… ¿El momento de qué? —Sonríe con superioridad y se mira la
muñeca vacía como si estuviese mirando un reloj.
—No empieces… —protesto. Junto los muslos y me apresuro a ponerme algo
de ropa para dirigirme al baño.
—Vay a, vay a. Tienes una resaca en toda regla —bromea.
—Tus chistes son malísimos. —Me pongo su camiseta y veo la sonrisa
lánguida que me dirige mientras observa cómo llevo su camiseta de nuevo.
—Malísimos, ¿eh? —Sus ojos verdes brillan—. ¿Tan malas que te sangran…
los oídos?
Salgo corriendo de la habitación mientras él continúa riéndose de su propia
ocurrencia.
CAPÍTULO 119
Hardin
—No sabía que estabais aquí. Pensaba que hoy Tessa tenía clase —me dice
Kimberly cuando entro en la cocina. ¿Qué hace ella todavía aquí?
—No se encontraba bien —respondo—. ¿No tendrías que estar trabajando?
¿O quedarse en casa es otra de las ventajas de follarte a tu jefe?
—Yo tampoco me encuentro bien, listillo. —Me tira un trozo de papel
arrugado, pero falla.
—Tessa y tú deberíais aprender a controlaros con el champán —le digo.
Me hace una peineta.
El microondas pita y Kimberly saca un cuenco de plástico lleno de algo que
parece y huele a comida de gato, y después se sienta en un taburete frente a la
barra de desayuno. Empieza a comérselo con el tenedor y yo levanto una mano
para taparme la nariz.
—Eso huele a mierda pura —señalo.
—¿Dónde está Tessa? Ella te cerrará la boca.
—Yo que tú no contaría con ello —replico sonriendo con superioridad.
Me he aficionado a tomarle el pelo a la prometida de Vance. Es insensible a
mis mofas, y es tan insufrible que me proporciona un montón de munición.
—¿Con qué no tiene que contar?
Tessa se reúne con nosotros en la cocina, vestida con una sudadera, unos
vaqueros estrechos y esas zapatillas de andar por casa que lleva como zapatos.
En realidad no son más que tela exageradamente cara que envuelve un trozo de
cartón, y usan el pretexto de las causas benéficas para timar a los estúpidos
consumidores. Ella no lo ve así, claro, por lo que he aprendido a guardarme esa
opinión para mí.
—Nada. —Me meto las manos en los bolsillos y me resisto a la necesidad de
tirar de un codazo a Kimberly del taburete.
—Está fanfarroneando, como siempre —dice Kim, y da otro bocado a su
comida de gato.
—Vámonos, es insufrible —replico lo bastante alto como para que ella me
oiga.
—Hardin —me regaña Tessa.
La cojo de la mano y la guío fuera de casa.
Cuando llegamos al coche, mete un montón de tampones en mi guantera.
Entonces me viene algo a la cabeza.
—Tienes que empezar a tomarte la píldora —le digo.
Últimamente he sido muy descuidado, y ahora que la he sentido sin condón
y a no hay vuelta atrás.
—Lo sé. Llevo un tiempo queriendo pedir cita con un médico, pero es difícil
conseguirla con el seguro de estudiante.
—Claro, claro.
—A ver si a finales de semana voy. Tengo que hacerlo pronto. Te has vuelto
muy descuidado últimamente —dice.
—¿Descuidado? ¿Yo? —Me mofo—. Eres tú la que no para de pillarme
desprevenido y no puedo pensar con claridad.
—¡Venga ya! —Se ríe y se reclina contra el reposacabezas.
—Oye, si quieres arruinarte la vida teniendo un hijo, adelante, pero a mí no
vas a arrastrarme contigo. —Le aprieto el muslo y ella frunce el ceño—. ¿Qué
pasa?
—Nada —miente, y finge una sonrisa.
—Dímelo ahora mismo.
—No deberíamos hablar del tema de los niños, ¿recuerdas?
—Cierto… Así que ahorrémonos problemas y empieza a tomarte la píldora
para que no tengamos que volver a hablar ni a preocuparnos sobre lo de los niños
nunca más.
—Buscaré una clínica hoy mismo para que tu futuro no corra peligro —dice
con voz rotunda.
Se ha molestado, pero no existe un modo suave de decirle que tiene que
tomarse la píldora si va a estar follándome varias veces al día cuando estemos
juntos.
—Tengo cita para el lunes —anuncia tras hacer unas cuantas llamadas.
—Estupendo. —Me paso la mano por el pelo antes de volver a apoyarla sobre
su muslo.
Enciendo la radio y sigo las instrucciones de mi teléfono hasta el centro
comercial más cercano.
Para cuando terminamos de dar una vuelta por el centro comercial, ya estoy
aburrido de Seattle. Lo único que me mantiene entretenido es Tessa. Incluso
cuando está callada puedo leerle la mente con tan sólo observar sus expresiones.
Veo cómo mira a la gente mientras corren de un lado a otro. Frunce el ceño
cuando una madre enfadada le da una palmada en el culo a su hijo en medio de
una tienda, y la saco de allí antes de que la escena, y su reacción ante ella, se
descontrole. Comemos en una pizzería tranquila y, mientras lo hacemos, Tessa no
para de hablar con entusiasmo sobre una nueva serie de libros que quiere leer. Sé
lo crítica que puede ser sobre las novelas modernas, de modo que eso me
sorprende y me intriga.
—Tendré que descargármelos cuando me devuelvas el libro electrónico —
dice limpiándose la boca con la servilleta—. Y también estoy deseando
recuperar mi pulsera. Y la carta.
Me obligo a controlar el pánico que se apodera de mí de repente y me meto
casi una porción entera de pizza en la boca para evitar responder. No puedo
decirle que rompí la carta, así que me siento tremendamente aliviado cuando
cambia de tema.
El día termina con Tessa durmiéndose en el coche. Se ha convertido en un
hábito y, por alguna razón, me encanta. Conduzco el largo trayecto de vuelta a la
casa, como hice la última vez.
La alarma del móvil de Tessa no me ha despertado, ni ella tampoco. No me hace
ninguna gracia no haberla visto antes de que se fuese esta mañana, sobre todo
teniendo en cuenta que estará todo el día fuera. Cuando miro la hora en el reloj
de pared, veo que son casi las doce del mediodía. Al menos, comerá pronto.
Me visto rápidamente y salgo de la casa hacia la nueva sucursal de la
editorial Vance. Se me hace raro pensar que, si quisiera, podría estar allí con ella,
los dos juntos conduciendo para ir a trabajar todas las mañanas, volviendo en el
mismo coche…, podríamos incluso vivir juntos de nuevo.
« Espacio, Hardin, quiere espacio.» La idea me hace reír; la verdad es que
no nos estamos dando demasiado espacio, sólo tres días a la semana, como
mucho. Lo único que estamos haciendo es complicar las cosas para vernos al
tener que recorrer tanta distancia.
Cuando entro en el edificio, veo que la oficina de Seattle es tremendamente
espléndida. Es mucho más grande que la oficina de mierda en la que yo
trabajaba. No echo de menos trabajar en ese cuchitril, eso sin duda, pero este
sitio está muy bien. Vance no me permitiría trabajar desde casa. Fue Brent, mi
jefe en Bolthouse, quien me recomendó que trabajara desde mi salón con el fin
de « mantener la paz» . A mí me va de puta madre, y más ahora que Tessa está
en Seattle, así que, que les den por el culo a esos gilipollas susceptibles de la
oficina.
Me sorprende no perderme en este laberinto.
Cuando llego al área de recepción, Kimberly me sonríe desde detrás de su
mostrador.
—Hola. ¿En qué puedo ay udarle? —dice con entusiasmo, mostrándome su
capacidad de ser profesional.
—¿Dónde está Tessa?
—En su despacho —contesta eliminando su fachada.
—¿Que está…? —Me apoy o contra la pared y espero a que me indique el
camino.
—Por el pasillo, su nombre está en una placa en la puerta. —Vuelve a mirar
la pantalla de su ordenador y pasa de mí. Será borde…
¿Por qué le paga Vance exactamente? Sea cual sea la razón, debe de valerle
mucho la pena para que sea capaz de follársela con frecuencia y tenerla cerca
durante el día. Sacudo la cabeza para intentar deshacerme de las imágenes de
ellos dos juntos.
—Gracias por tu ay uda —le espeto, y me dirijo hacia el largo y estrecho
pasillo.
Cuando llego al despacho de Tessa, abro la puerta sin llamar. La habitación
está vacía. Me llevo la mano al bolsillo y saco el móvil para llamarla. Al cabo de
unos segundos oigo un traqueteo y veo su móvil vibrando sobre la mesa.
« ¿Dónde cojones está?»
Recorro el pasillo en su busca. Sé que Zed está en la ciudad, y eso me cabrea.
Juro que como…
—¿Hardin Scott? —pregunta una voz femenina por detrás de mí cuando entro
en lo que parece ser una pequeña sala de descanso.
Cuando me vuelvo me encuentro con un rostro familiar.
—Eh…, ¿hola?
No recuerdo dónde la he visto antes, pero sé que lo he hecho. Sin embargo,
cuando una segunda chica se reúne con ella, caigo en la cuenta. Esto tiene que
ser una puta broma. El universo se está burlando de mí y ya me estoy
cabreando.
Tabitha me sonríe.
—Vaya…, vay a…, vaya.
La historia que Tessa me contó acerca de que había dos brujas en la oficina
cobra ahora mucho más sentido.
Puesto que está claro que ninguno de los dos va a andarse con ceremonias,
digo simplemente:
—Tú eres la que está jodiendo a Tessa, ¿verdad?
Si hubiese sabido que Tabitha también se había trasladado a la oficina de
Seattle, habría entendido al instante que ella era la zorra en cuestión. Ya tenía esa
fama cuando yo trabajaba para Vance, y estoy seguro de que no ha cambiado.
—¿Quién? ¿Yo? —replica. Se coloca el pelo por encima del hombro y sonríe.
Parece diferente…, antinatural. La piel del pequeño esbirro que la sigue tiene
el mismo tono anaranjado que la de ella. Deberían dejar de bañarse en colorante
alimentario.
—Ya vale de gilipolleces. Déjala en paz. Está intentando adaptarse a una
nueva ciudad y vosotras dos no vais a joderle la experiencia haciéndole la vida
imposible sin motivo.
—¡Yo no he hecho nada! Era sólo una broma. —Me vienen a la mente
flashes de ella comiéndome la polla en un cuarto de baño, y me trago la
desagradable sensación que me produce el indeseado recuerdo.
—Pues no vuelvas a hacerlo —le advierto—. No estoy de coña. No quiero ni
que hables con ella.
—Joder, veo que sigues teniendo el mismo buen humor de siempre. No
volveré a meterme con ella. No quiero que te chives al señor Vance de mí y que
me despidan, como a la pobre Sam…
—Yo no tuve nada que ver en eso.
—¡Claro que sí! —susurra dramáticamente—. En cuanto su hombre
descubrió lo que estabais haciendo…, lo que tú hiciste…, la despidieron
misteriosamente a la semana siguiente.
Tabitha era fácil, muy fácil, y Samantha también. En cuanto descubrí quién
era el novio de Samantha, empecé a sentirme atraído por ella. Pero en el
momento en que me colé entre sus piernas, no quise saber nada más. Ese
jueguecito me causó un montón de problemas que preferiría no recordar, y
desde luego no quiero que Tessa se vea mezclada en toda esa mierda.
—No sabes ni la mitad de lo que pasó —le espeto—, así que cierra la puta
boca. Deja en paz a Tessa y conservarás tu trabajo.
En realidad, es posible que tenga un poco de culpa en el motivo por el que
Vance decidiese despedir a Samantha, pero el hecho de que trabajara allí me
estaba causando demasiados problemas. Estaba en su primer año de facultad, y
trabajaba a tiempo parcial como chica de los recados de la editorial.
—Hablando de la diablilla mimada —dice el esbirro, y señala hacia la puerta
de la pequeña sala de descanso con la cabeza.
Tessa entra sonriendo y riéndose. Y, justo a su lado, vestido con uno de sus
trajecitos con corbata, está el puto Trevor, sonriendo y riéndose con ella.
El cabrón me ve primero y le da un toque a Tessa en el brazo para que se
vuelva hacia mí. Hago acopio de todo mi autocontrol para no ir y partirle las
piernas. Cuando ella me ve desde el otro lado de la habitación, su rostro se
ilumina, su sonrisa se amplía y corre hacia mí. Pero cuando llega ve que Tabitha
está a mi lado.
—Hola —saluda insegura y nerviosa.
—Adiós, Tabitha —digo instando a esta última a largarse. Le susurra algo a su
amiga y ambas salen de la habitación.
—Adiós, Trevor —digo en voz baja para que sólo Tessa pueda oírme.
—¡Hardin! —Me da un toquecito en el brazo de la manera fastidiosa en que
suele hacerlo.
—Hola, Hardin —me saluda Trevor, siempre tan amable.
Veo que tiene una especie de tic en el brazo, como si no supiera si ofrecerme
la mano o no. Espero por su bien que no lo haga. No se la aceptaré.
—Hola —respondo secamente.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Tessa.
Mira hacia el pasillo, hacia las dos chicas que acaban de marcharse. Sé que
en realidad lo que se está preguntando es: « ¿De qué las conoces y qué te han
dicho?» .
—Tabitha ya no será un problema —replico.
Se queda boquiabierta y con los ojos como platos.
—¿Qué has hecho?
Me encojo de hombros.
—Nada. Sólo le he dicho lo que deberías haberle dicho tú: que se vay a a la
mierda.
Tessa le sonríe al puto Trevor, y él se sienta a una de las mesas intentando no
mirarnos. Me divierte bastante verlo tan incómodo.
—¿Has comido ya? —pregunto.
Ella niega con la cabeza.
—Pues vamos a comer algo. —Le lanzo al fisgón una mirada como
queriendo decirle que se joda y dirijo a Tessa fuera de la habitación y por el
pasillo.
—En el restaurante de al lado hacen unos tacos muy buenos —dice.
Resulta que no tiene razón. Los tacos son una mierda, pero ella devora su
plato y la mayor parte del mío. Después, se pone colorada y culpa a sus
hormonas por su apetito; cuando me amenaza con « meterme un tampón por la
garganta» como vuelva a hacer otra broma sobre su regla, me echo a reír.
—Aún me apetece volver mañana para ver a todo el mundo y recoger mis
cosas —dice, y se enjuaga la boca con un poco de agua para eliminar los restos
de salsa picante que acaba de ingerir.
—¿No crees que ir a Inglaterra la semana que viene ya es bastante viaje? —
digo intentando que cambie de planes.
—No. Quiero ver a Landon. Lo echo mucho de menos.
Unos celos injustificados se apoderan de mí, pero los descarto. Él es su único
amigo. Bueno, él y la insufrible Kimberly.
—Seguirá allí cuando volvamos de Inglaterra…
—Hardin, por favor. —Me mira, pero no pidiéndome permiso como
hace otras veces. Esta vez está pidiendo mi colaboración, y por cómo le brillan
los ojos sé que va a ir a ver a Landon lo quiera y o o no.
—Vale, joder —gruño.
Esto no puede salir bien. La miro al otro lado de la mesa y veo que sonríe
orgullosa. Aunque no sé si lo está por haber ganado esta discusión o por haber
conseguido que ceda, pero está preciosa y muy relajada.
—Me alegro de que hay as venido aquí hoy. —Me coge de la mano mientras
paseamos por la bulliciosa calle. ¿Por qué hay tanta gente en Seattle?
—¿En serio? —digo. Ya lo imaginaba, pero tenía miedo de que se enfadara
conmigo por aparecer sin avisar. No me habría importado una mierda, pero
bueno.
—Sí. —Me mira y se frena en medio de una marabunta de cuerpos
ajetreados—. Casi… —dice, pero no termina la frase.
—¿Casi qué? —Detengo su intento de seguir caminando y la aparto hacia la
pared junto a una joy ería.
El sol se refleja en los enormes anillos de diamantes del escaparate y la
desplazo unos cuantos centímetros para apartarme de su resplandor.
—Es una tontería. —Se muerde el labio inferior y mira al suelo—. Pero tengo
la sensación de que puedo respirar por primera vez desde hace meses.
—¿Eso es bueno o…? —empiezo a preguntar, y le levanto la barbilla para que
no tenga más remedio que mirarme.
—Sí, es bueno. Siento que por fin todo funciona con normalidad. Sé que ha
sido poco tiempo, pero nunca nos habíamos llevado tan bien. Sólo hemos
discutido unas pocas veces, y hemos conseguido solucionarlo hablando. Estoy
orgullosa de nosotros.
Su comentario me hace gracia, porque seguimos discutiendo sin parar. No son
sólo unas pocas veces, pero tiene razón: hemos solucionado las cosas hablando.
Me encanta el hecho de que discutamos, y creo que a ella también. Somos
totalmente diferentes, de hecho, no podríamos serlo más, y llevarnos bien todo el
tiempo sería aburridísimo. No podría vivir sin su constante necesidad de
corregirme o de agobiarme sobre lo desastre que soy. Es un incordio, pero no
cambiaría nada de ella. Excepto su necesidad de estar en Seattle.
—La normalidad está sobrevalorada, nena —replico y, para demostrar que
estoy en lo cierto, la levanto por la parte superior del muslo, coloco sus piernas
alrededor de mi cintura y la beso contra la pared en medio de una de las calles
más bulliciosas de Seattle.
CAPÍTULO 120
Tessa
—¿Cuánto falta? —protesta Hardin desde el asiento del acompañante.
—Menos de cinco minutos. Acabamos de pasar Conner’s.
Sé que sabe perfectamente lo corta que es la distancia desde aquí hasta el
apartamento; es simplemente que no es capaz de estar un rato sin quejarse.
Hardin ha conducido la may or parte del tray ecto, hasta que por fin lo he
persuadido para que me dejase terminar a mí el viaje. Se le estaban cerrando los
ojos, y sabía que necesitaba descansar. Eso ha quedado demostrado cuando ha
estirado el brazo por encima de la consola central para cogerme mientras yo
conducía y se ha quedado dormido casi al instante.
—Landon sigue allí, ¿verdad? ¿Has hablado con él? —le pregunto.
Estoy muy emocionada por volver a ver a mi mejor amigo. Ha pasado
mucho tiempo, y echo de menos sus amables y sabias palabras y su perpetua
sonrisa.
—Por enésima vez: sí —responde Hardin claramente irritado.
Ha estado ansioso todo el trayecto, aunque no lo quiera admitir. Dice que sólo
está cabreado por la distancia, pero tengo la sensación de que hay algo más
detrás de su frustración. Y no estoy del todo segura de querer saber de qué se
trata.
Aparco frente al edificio del apartamento que fue mi hogar y se me hace un
nudo en el estómago cuando mis nervios empiezan a emerger hacia la superficie.
—Todo irá bien, ya verás. —Las palabras para infundirme seguridad que
utiliza Hardin me sorprenden en el momento en que atravesamos la puerta del
patio.
Tengo una sensación extraña al subir en el ascensor. Es como si hubiera
pasado mucho más tiempo, no sólo tres semanas. Hardin me coge de la mano
hasta que llegamos a la puerta de casa. Introduce la llave en la cerradura y la
abre.
Landon se levanta inmediatamente del sofá y recorre la habitación con la
sonrisa más amplia que jamás le he visto esbozar en los seis meses que han
pasado desde que nos hicimos amigos. Me envuelve con los brazos y me abraza
para darme la bienvenida. Es en este momento cuando me percato realmente de
lo mucho que lo he echado de menos. Sin darme cuenta, empiezo a sollozar y a
suspirar profundamente contra el pecho de mi amigo.
No sé por qué estoy llorando tanto. He echado muchísimo de menos a
Landon, y su calurosa reacción a mi regreso me ha tocado la fibra sensible.
—¿Cuándo le toca el turno a su viejo? —oigo preguntar a mi padre desde
algún lugar algo lejano.
Landon empieza a retroceder, pero Hardin dice:
—Dentro de un momento —y le hace un gesto a mi amigo mientras evalúa
mi estado mental.
Me lanzo contra Landon de nuevo, y sus brazos me envuelven otra vez.
—Te he echado mucho de menos —le digo.
Sus hombros se relajan visiblemente y despega los brazos de mi cuerpo.
Cuando me dispongo a abrazar a mi padre, Landon permanece cerca, tan
sonriente y encantador como siempre. Al mirar a mi padre me doy cuenta de
que debe de haber sabido que iba a venir de visita. Parece que lleva la ropa de
Landon y le está un poco estrecha. También advierto que va perfectamente
afeitado.
—¡Mírate! —exclamo con una sonrisa—. ¡Te has quitado la barba!
Deja escapar una sonora carcajada y me abraza con fuerza.
—Sí, se acabó la barba —corrobora.
—¿Qué tal el viaje? —pregunta Landon metiéndose las manos en los bolsillos
de sus pantalones azul marino.
—Una mierda —responde Hardin al tiempo que yo digo: « Bien» .
Landon y mi padre se echan a reír, Hardin parece cabreado, y yo estoy
simplemente feliz de estar en casa… con mi mejor amigo y el pariente más
cercano con el que tengo contacto. Lo que no hace sino recordarme que tengo
que llamar a mi madre, cosa que sigo posponiendo.
—Voy a llevar tu maleta al cuarto —anuncia Hardin, y deja que los tres
continuemos con nuestros saludos.
Veo cómo desaparece por la habitación que en su día compartimos. Anda
cabizbajo y quiero ir tras él, pero no lo hago.
—Yo también te he echado mucho de menos, Tessie. ¿Cómo te está tratando
Seattle? —pregunta mi padre.
Se me hace raro mirarlo ahora, llevando una de las camisas de Landon y
pantalones de vestir, sin pelo en la cara. Parece un hombre totalmente diferente.
Pero las bolsas debajo de sus ojos están más hinchadas, y veo que le tiemblan
ligeramente las manos a los costados.
—Bien, todavía me estoy adaptando a todo —le digo.
Sonríe.
—Me alegra oír eso.
Landon se aproxima más a mí cuando mi padre se sienta en un extremo del
sofá. Le da la espalda a mi padre, como si quisiera que nuestra conversación
fuese privada.
—Tengo la impresión de que has estado meses fuera —dice mirándome a los
ojos.
Él también parece cansado…, ¿quizá por quedarse en el apartamento con mi
padre? No lo sé, pero lo averiguaré.
—Yo también, es como si el tiempo pasara de manera extraña en Seattle.
¿Cómo va todo? Tengo la sensación de que apenas hemos hablado.
Es cierto. No he llamado a Landon tanto como debería haberlo hecho, y él
debe de haber estado muy liado con su último trimestre en la WCU. Si menos de
tres semanas sin verlo se me hace así de duro, ¿cómo podré soportarlo cuando se
marche a Nueva York?
—Sabía que estarías ocupada, todo va bien —dice.
Desvía la mirada hacia la pared y yo suspiro. ¿Por qué tengo la sensación de
que se me está pasando algo obvio?
—¿Estás seguro? —Mi mirada oscila entre mi mejor amigo y mi padre. La
expresión de abatimiento de Landon no me pasa desapercibida.
—Sí, y a hablaremos sobre eso después —dice para que no me preocupe—.
Ahora quiero que me lo cuentes todo sobre Seattle. —La tenue luz que se
reflejaba en sus ojos se intensifica y se transforma en una brillante llamarada de
felicidad, la felicidad que tanto he echado de menos.
—Estoy bien… —asiento sin mucho entusiasmo, y Landon arruga la frente
—. En serio, estoy bien. Mucho mejor ahora que Hardin me visita más.
—Pensaba que querías espacio, ¿no? —bromea, y me da un toquecito en el
hombro con la palma de su mano—. Tenéis una manera muy extraña de romper.
Pongo los ojos en blanco porque tiene razón, pero digo:
—Ha sido muy agradable tenerlo allí. Sigo tan confundida como siempre,
pero Seattle se parece más al Seattle de mis sueños cuando Hardin está allí
conmigo.
—Me alegra oír eso. —Landon sonríe y desvía la mirada cuando Hardin llega
y se coloca a mi lado.
Miro a mi alrededor y les digo a los tres:
—Este lugar está mucho más ordenado de lo que me había imaginado.
—Es que hemos estado limpiando mientras Hardin estaba en Seattle —dice
mi padre, y me echo a reír al recordar cómo Hardin se quejaba de que los otros
dos no paraban de toquetear sus cosas.
Me vuelvo hacia el organizado vestíbulo y recuerdo la primera vez que
atravesé esa puerta con Hardin. Me enamoré al instante del encanto anticuado
del lugar: el ladrillo visto me pareció maravilloso, y me quedé impresionada al
ver la enorme librería que cubría la pared al otro extremo de la habitación. El
suelo de hormigón impreso le daba personalidad al apartamento. Era algo único
y hermoso. No podía creer que Hardin hubiese escogido un espacio tan perfecto
para los dos. No era para nada extravagante, sino bonito y adecuadamente
distribuido. Recuerdo lo nervioso que se puso por si no me gustaba. Aunque yo
también estaba igual. Pensaba que estaba loco por querer que viviésemos juntos
tan pronto teniendo en cuenta los altibajos de nuestra relación, y ahora sé que mi
aprensión estaba perfectamente justificada; Hardin había usado este apartamento
como una trampa. Pensaba que me sentiría obligada a quedarme con él después
de descubrir lo de la apuesta que había hecho con su grupo de amigos. Y
funcionó en cierta manera. No me gusta especialmente esa parte de nuestro
pasado, pero no la cambiaría.
A pesar de los recuerdos de nuestros primeros días felices aquí, por algún
motivo sigo sin poder quitarme de encima esa desagradable sensación en el
estómago. Me siento una extraña en esta casa ahora. La pared de ladrillo que
tanto me gustaba se ha manchado de nudillos ensangrentados tantas veces que he
perdido la cuenta, los libros de las estanterías han sido testigos de demasiadas
batallas a gritos, las páginas han absorbido demasiadas lágrimas tras nuestras
interminables peleas, y la imagen de Hardin postrado de rodillas delante de mí es
tan intensa que prácticamente la veo impresa en el suelo. Este lugar ya no es
para mí el tesoro que fue, y estas paredes guardan recuerdos de tristeza y de
traición, no sólo de Hardin, sino también de Steph.
—¿Qué te pasa? —me pregunta él en el momento en que mi expresión se
torna melancólica.
—Nada, estoy bien —le digo.
Quiero apartar de mi mente los recuerdos desagradables que eclipsan estos
momentos de felicidad por haberme reunido con Landon y con mi padre tras las
solitarias semanas que he soportado en Seattle.
—No cuela —resopla Hardin, pero lo deja estar y se dirige a la cocina. Al
cabo de un segundo, su voz inunda el salón—: ¿No hay comida en esta casa?
—En fin, y a empieza. Con lo tranquilos que estábamos —le susurra mi padre
a Landon, y ambos se ríen amistosamente.
Me siento muy afortunada de que Landon esté en mi vida y de que tenga lo
que parece una buena relación con mi padre, aunque da la impresión de que
Hardin y Landon lo conocen mejor que yo.
—Vuelvo dentro de un minuto —digo.
Quiero quitarme esta pesada sudadera; hace demasiado calor en el pequeño
apartamento y, a cada momento que pasa, siento que mis pulmones necesitan
aire fresco cada vez más. Necesito leer la carta de Hardin de nuevo; es mi cosa
favorita en el mundo entero. Es mucho más que una cosa para mí; expresa su
amor y su pasión de un modo que su boca jamás sería capaz de expresar. La he
leído tantas veces que me la sé de memoria, pero necesito tocarla físicamente
otra vez. Cuando tenga esas hojas gastadas entre mis dedos, toda la ansiedad que
siento desaparecerá con sus concienzudas palabras y podré respirar de nuevo y
disfrutar de mi fin de semana aquí.
Busco en la cómoda y en todos los cajones antes de acercarme al escritorio.
Rebusco en vano entre montones de clips y bolígrafos. « ¿En qué otro lugar
podría haberla guardado?»
Encuentro mi libro electrónico y la pulsera encima de mi diario de religión,
pero la carta no está por ningún lado. Después de dejar la pulsera sobre el
escritorio, me acerco al armario y busco en la caja de zapatos vacía que Hardin
utiliza para guardar sus archivos del trabajo durante la semana. Levanto la tapa y
veo que está vacía, excepto por una única hoja de papel que, para mi desgracia,
no es la carta. « Pero ¿qué es esto?» Está repleta de arriba abajo con la escritura
de Hardin y, si no estuviera tan preocupada por mi carta, me pararía a leerla. Es
muy raro que este papel esté aquí. Me apunto mentalmente volver para leer lo
que hay a escrito ahí. Coloco de nuevo la tapa en la caja y la guardo donde
estaba.
Por si no he mirado bien en el cajón, regreso a la cómoda. ¿Y si Hardin la ha
tirado?
No, él no haría eso. Sabe lo mucho que esa carta significa para mí. Jamás
haría eso. Saco mi viejo diario una vez más, le doy la vuelta y lo sacudo, con la
esperanza de que caiga la carta. Estoy empezando a asustarme cuando, de
repente, un pequeño trocito de papel llama mi atención. Es un pedazo roto que
revolotea en el aire entre mi diario y el suelo. Me agacho para recogerlo justo
cuando se posa en él.
Reconozco las palabras de inmediato; las tengo prácticamente grabadas en la
memoria. Sólo es media frase, casi demasiado pequeña como para leerla, pero
las palabras manchadas de tinta están sin duda escritas del puño y letra de
Hardin. Se me cae el alma a los pies. Observo el fragmento de papel y entonces
me doy cuenta de lo que ha pasado. Sé que la ha destruido. Empiezo a sollozar y
dejo que el pedacito de papel se me escurra de entre mis dedos temblorosos y
vuelva a caer al suelo. Se me parte el corazón al instante y empiezo a
preguntarme cuánto seré capaz de soportar.
CAPÍTULO 121
Hardin
—Ya puedes irte —digo liberando así a Landon de sus labores de canguro.
—No voy a irme, Tessa acaba de llegar —responde desafiándome.
Supongo que él es una de las razones, aunque no la única, por las que quería
venir a este maldito lugar.
—Vale —refunfuño, y bajo la voz—. ¿Cómo se ha portado en mi ausencia?
—pregunto.
—Bien; tiene menos temblores y no ha vomitado desde ay er por la mañana.
—Puto y onqui. —Me paso las manos por el pelo—. Joder.
—Relájate. Todo saldrá bien —me asegura mi hermanastro.
Ignoro sus sabias palabras y lo dejo en la cocina para ir a buscar a Tessa.
Cuando llego a la puerta del dormitorio, oigo unos sollozos en el interior. Doy un
paso rápido hacia adelante y la veo con las dos manos sobre la boca y con sus
ojos grises inyectados en sangre y llenos de lágrimas mirando al suelo. Un paso
más es todo lo que necesito para ver qué es lo que está mirando. Mierda.
« Mierda.»
—¿Tess?
Tenía pensado idear un plan para arreglar el problema que había creado al
romper la maldita carta, pero aún no he tenido ocasión. Iba a buscar los trozos
que faltaban y a intentar pegarlos con celo…, o al menos quería habérselo
contado antes de que lo descubriera por su propia cuenta. Ahora ya es demasiado
tarde.
—¡Tess, lo siento! —exclamo mi disculpa mientras las lágrimas empapan sus
ya mojadas mejillas.
—¿Por qué lo…? —solloza, incapaz de terminar la frase.
Se me parte el corazón. Por un breve momento, creo que me duele
más a mí que a ella.
—Estaba muy enfadado cuando me dejaste —empiezo a explicarle, y
camino hacia ella, pero ella retrocede. Y no la culpo—. No pensaba con claridad,
y la carta estaba ahí, sobre la cama, donde tú la habías puesto.
No dice nada ni aparta la mirada.
—¡Te juro que lo siento muchísimo! —proclamo frenéticamente.
—Yo… —Se atraganta y se seca con furia las lágrimas—. Necesito un
minuto, ¿vale? —Cierra los ojos y unas cuantas lágrimas más escapan por debajo
de sus pestañas.
Quiero concederle el minuto que me pide, pero tengo miedo de que
conforme pase el tiempo se sienta cada vez más dolida y decida que no quiere
verme.
—No voy a marcharme de la habitación —digo.
Tiene las dos manos pegadas a la boca pero, aun así, oigo cómo deja escapar
un grito ahogado. El sonido me atraviesa como un puñal.
—Por favor —me ruega a través de su sufrimiento.
Sabía que le dolería descubrir que destruí esa carta, pero no esperaba que a
mí me hiciese tanto daño.
—No, no me voy a ir —replico. Me niego a dejarla aquí sola, llorando por
mis errores, otra vez. ¿Cuántas veces ha pasado eso en este apartamento?
Aparta la mirada y se sienta a los pies de la cama, con los ojos medio
entornados y los labios y las manos temblorosos, estas últimas sobre su regazo,
mientras intenta serenarse. Hago caso omiso de su mano empujando mi pecho
cuando me pongo de rodillas delante de ella y la abrazo.
Al cabo de unos cuantos esfuerzos por apartarme, por fin cede y permite que
la consuele.
—Lo siento muchísimo, nena —repito; no sé si alguna vez he sentido tanto
esas palabras.
—Me encantaba esa carta —dice llorando contra mi hombro—. Significaba
mucho para mí.
—Lo sé. Lo siento mucho. —Ni siquiera intento defenderme, porque sé que
soy un puto imbécil y sabía lo mucho que esas páginas significaban para ella. La
aparto suavemente de los hombros, atrapo sus mejillas empapadas entre mis
manos y bajo la voz—: No sé qué decir, aparte de que lo siento.
Por fin abre la boca para hablar.
—No voy a decir que no pasa nada, porque no es así… —Tiene los ojos rojos
e hinchados ya de tanto llorar.
—Lo sé. —Agacho la cabeza y dejo caer mis manos de su rostro.
Momentos después, siento cómo sus dedos me presionan la barbilla y me
levantan la cara para que la mire, como suelo hacer yo con ella.
—Estoy apenada… Mejor dicho, devastada —dice—. Pero no hay nada que
pueda hacer al respecto, y no quiero pasarme el fin de semana aquí sentada
llorando, y desde luego no quiero que des pasos hacia atrás y te mortifiques por
ello. —Está haciendo todo lo posible por animarse, por fingir que no le importa
tanto como sé que le importa.
Dejo escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Te lo compensaré de alguna manera. —Cuando veo que no contesta, insisto
un poco—: ¿De acuerdo?
Se seca los ojos y se corre todo el maquillaje con las puntas de los dedos. Su
silencio me incomoda. Preferiría que me gritara a verla llorar
desconsoladamente.
—Tess, por favor, háblame. ¿Quieres que te lleve de vuelta a Seattle? —
Aunque respondiera que sí, ni de coña la llevaría, pero expreso el ofrecimiento
antes de pensarlo siquiera.
—No. —Niega con la cabeza—. Estoy bien.
Con un suspiro, se pone de pie, sortea mi cuerpo y sale de la habitación. Me
levanto y la sigo. Cierra la puerta del cuarto de baño y yo vuelvo al dormitorio
para coger su bolso. La conozco, querrá arreglarse el desastre que se ha hecho en
los ojos con el maquillaje.
Llamo a la puerta y ella la abre ligeramente, sólo lo suficiente como para que
le pase el bolso.
—Gracias —dice con la voz rota.
Ya le he fastidiado el fin de semana, y eso que todavía no ha empezado
siquiera.
—¡Mi madre y tu padre quieren que lleves a Tessa a casa mañana! —grita
Landon desde el otro extremo del pasillo.
—¿Y…?
—Y nada. Mi madre echa de menos a Tessa.
—Pues… tu madre puede verla en otra ocasión. —Entonces me doy cuenta
de que eso puede distraer a Tessa de la maldita carta—. ¿Sabes qué? Vale —digo
antes de que responda—. La llevaré allí mañana.
Mi hermanastro ladea la cabeza.
—¿Está llorando?
—Está… No es asunto tuyo —le espeto.
—No lleváis aquí ni veinte minutos y ya está encerrada en el baño —dice
cruzándose de brazos.
—No es el momento de empezar a darme por culo, Landon —le gruño—. Ya
estoy a punto de estallar, y lo que menos necesito es que metas las narices donde
no te llaman.
Pero entonces pone los ojos en blanco como suele hacerlo Tessa.
—Vaya, ¿sólo puedo meterlas cuando implica hacerte un favor?
« ¿Qué cojones le pasa y por qué sigo refiriéndome a él como mi
hermanastro?»
—Vete a la mierda.
—Bastante agobiada estará, así que será mejor que dejemos esto antes de
que salga del baño. —Está intentando hacerme entrar en razón.
—Vale, pues deja de decirme gilipolleces —replico.
Antes de que le dé tiempo a contestar, la puerta del baño se abre, y Tessa,
recompuesta pero agotada, se dirige al pasillo con la preocupación reflejada en
su rostro.
—¿Qué pasa?
—Nada. Landon va a pedir pizza y vamos a pasar el resto de la noche como
una gran familia feliz —digo, y a continuación miro a mi hermanastro—:
¿Verdad?
—Sí —coincide él, por el bien de Tessa.
Echo de menos los días en que Landon no me replicaba. Eran pocos y muy
espaciados, pero le están creciendo las agallas conforme pasan los meses. O
igual y o me he vuelto más débil… No tengo ni puta idea, pero no me gusta el
cambio.
Tessa deja escapar un suspiro. Necesito que sonría. Necesito saber que puede
superar esto. De modo que le digo:
—Voy a llevarte a casa de mi padre mañana; igual Karen tiene algunas
recetas o alguna mierda que compartir contigo.
Sus ojos se iluminan y sonríe, por fin.
—¿Recetas o alguna mierda? —Se muerde la comisura del labio para evitar
sonreír más aún. La presión de mi pecho desaparece.
—Sí, o alguna mierda. —Le devuelvo la sonrisa y la guío hasta el salón,
donde todos estamos preparados para disfrutar de una noche de suplicio
entreteniendo a Richard y a Landon.
Richard está tumbado a lo largo del sofá. Landon está en el sillón. Y Tessa y yo
estamos sentados en el suelo.
—¿Me pasas otro trozo de pizza? —pregunta Richard por tercera vez desde
que hemos empezado a ver este horror de película.
Observo a Tessa y a Landon, que, por supuesto, están completamente
fascinados por la historia de amor entre Meg Ryan y Tom Hanks. Si ésta fuese
una película moderna, habrían follado después del primer e-mail, y no habrían
esperado hasta la última escena para besarse. Joder, habrían estado en una de
esas aplicaciones de citas, y puede que sólo se conocieran por su nick. Qué
deprimente.
—Toma —gruño pasándole la caja de la pizza a Richard.
Encima de que está ocupando todo el sofá, ahora no para de interrumpirme
cada diez minutos para pedir más comida.
—Tu madre lloraba cada vez que veía esta última parte.
Richard alarga la mano y le aprieta el hombro a Tessa. Tengo que hacer un
esfuerzo enorme para no apartarle la mano. Si la pobre supiera lo que su padre
ha estado haciendo durante la última semana, si hubiese visto cómo las drogas
abandonaban su organismo entre vómitos y convulsiones, ella misma le apartaría
la mano y se desinfectaría el hombro.
—¿De verdad? —Tess mira a su padre con ojos vidriosos.
—Sí. Recuerdo que las dos la veíais cada vez que la echaban en la tele. Casi
siempre en vacaciones, claro.
—¿Y eso…? —empiezo, pero detengo mis maliciosas palabras antes de
expresarlas.
—¿Qué? —me pregunta Tessa.
—Y ¿ese perro qué pinta ahí? —pregunto al azar.
No tiene sentido, pero Tessa, en su línea, inicia una perorata sobre la última
escena de la película y dice que el perro, Barkley o Brinkley, creo que ha dicho
que se llama, es fundamental para el éxito de la película.
Bla, bla, bla…
Unos golpes en la puerta detienen las explicaciones de Tessa, y Landon se
levanta para abrir.
—Ya voy y o —digo, y paso por delante de él. Al fin y al cabo, ésta es mi
puta casa.
No me molesto en mirar por la mirilla, pero cuando abro la puerta, desearía
haberlo hecho.
—¿Dónde está? —pregunta el yonqui apestoso.
Salgo al descansillo y cierro la puerta. No quiero que Tessa se vea envuelta en
esta mierda.
—¿Qué cojones haces aquí? —silbo con los dientes apretados.
—Sólo he venido a ver a mi colega, eso es todo.
Los dientes de Chad están aún más marrones que antes, y su vello facial está
apelmazado contra su piel. Tendrá unos treinta años, pero su rostro es el de un
hombre de más de cincuenta. Lleva el reloj que mi padre me regaló en su sucia
muñeca.
—No va a salir aquí, y nadie va a darte nada, así que te sugiero que muevas
el culo y vuelvas por donde has venido antes de que te estampe la cara contra esa
barandilla —digo con naturalidad, y señalo hacia la barra de metal que hay
delante del extintor de incendios—. Y después, mientras te desangras, llamaré a
la policía y te arrestarán por posesión y por allanamiento. —Sé que lleva droga
encima, el puto capullo.
Fija la vista en mí y yo avanzo un paso hacia él.
—Yo que tú no pondría a prueba mi paciencia. Esta noche, no —le advierto.
Abre la boca justo cuando la puerta del apartamento se abre detrás de mí.
Mierda puta.
—¿Qué pasa? —pregunta Tessa, avanzando hasta colocarse delante de mí.
Como por acto reflejo, le doy un tirón en la espalda y ella pregunta de nuevo.
—Nada, Chad estaba a punto de marcharse. —Miro al maldito yonqui, y más
le vale…
Tessa entorna los ojos mirando el objeto brillante que pende en la delgada
muñeca del tipo.
—¿Ése no es tu reloj?
—¿Qué? No… —empiezo a mentir, pero ella y a lo sabe.
No es tan tonta como para pensar que es una coincidencia que este puto
drogadicto tenga el mismo reloj caro de cojones que y o.
—Hardin… —Me mira—. ¿Qué pasa? ¿Has estado saliendo con este tipo o
algo? —Se cruza de brazos y pone más distancia entre nosotros.
—¡No! —niego medio gritando. ¿Por qué saca esa conclusión al presenciar
esta escena?
No sé si llamar a su padre y defenderme o si inventarme otra mentira.
—No soy amigo suyo. Y y a se marcha —digo, y miro a Chad lanzándole de
nuevo una advertencia.
Esta vez lo capta y retrocede por el descansillo. Supongo que Landon es el
único que y a no se siente intimidado por mí. Parece que no estoy perdiendo
facultades después de todo.
—¿Quién está ahí? —Richard se reúne con nosotros en el descansillo.
—Ese hombre…, Chad —responde Tessa, con claro tono inquisitorio.
—Ah… —Su padre palidece y me mira con impotencia.
—Quiero saber qué está pasando aquí —exige Tessa.
Es obvio que se está cabreando. No debería haberla dejado volver al
apartamento. Lo he visto en su cara en el instante en que ha pisado este maldito
lugar.
—¡Landon! —Llama a su mejor amigo y y o miro a su padre.
Landon se lo contará todo; él no le mentirá a la cara como lo he hecho yo
tantas veces.
—Tu padre le debía dinero, y y o le di el reloj a modo de pago —admito.
Tessa sofoca un grito y se vuelve hacia Richard.
—¿Por qué le debías dinero? ¡Ese reloj se lo regaló su padre! —exclama.
Vale…, ésta no es la reacción que esperaba. Está más centrada en el estúpido
reloj que en el hecho de que su padre le debiese dinero a ese despojo humano.
—Lo siento, Tessie. No tenía dinero, y Hardin…
Antes de darme cuenta de lo que está haciendo, va de camino al ascensor.
« ¡Pero ¿qué coño…?!»
Presa del pánico, corro tras ella, pero se mete en la jaula de acero antes de
que le dé alcance. Esas puertas se mueven terriblemente despacio en cualquier
otra ocasión, pero ahora que está huy endo de mí, se cierran al instante.
—¡Maldita sea, Tessa!
Golpeo el metal con el puño. ¿Hay escalera en este edificio? Cuando me
vuelvo, Landon y Richard miran hacia nosotros con la mirada perdida, sin
moverse. « Gracias por la puta ay uda, capullos.»
Me apresuro a ir por la escalera y bajo los peldaños de dos en dos hasta que
llego abajo. Busco a Tessa en el vestíbulo y, al no verla, el pánico me invade de
nuevo. Chad podría haber traído algunos amigos consigo… y podrían acercarse a
Tessa o hacerle daño…
Un sonido anuncia la llegada del ascensor. Las puertas se abren y Tessa sale
de él; la determinación se refleja en su rostro hasta que me ve.
—¡¿Has perdido la puta cabeza?! —le grito, y mi voz inunda el vestíbulo.
—¡Va a devolverte ese maldito reloj, Hardin! —me grita en respuesta.
Se dirige hacia las puertas de cristal y yo la agarro de la cintura y la estrecho
contra mi pecho.
—¡Suéltame! —Me clava las uñas en los brazos, pero no cedo.
—No puedes ir tras él. ¿En qué estás pensando?
Sigue forcejeando conmigo.
—Si no dejas de moverte, te llevaré literalmente a rastras hasta el
apartamento. Y ahora escúchame —digo.
—¡No puede quedarse ese reloj, Hardin! Te lo regaló tu padre, y significa
mucho para él, y para ti…
—Ese reloj no significaba una mierda para mí —digo.
—Claro que sí. No lo admitirías jamás, pero te importaba. Lo sé. —Sus ojos
se humedecen de nuevo. Joder, este fin de semana va a ser un infierno.
—No es verdad…
« ¿O sí?»
Se tranquiliza un poco y deja de agitar los brazos. La convenzo para volver al
ascensor y abortar su persecución del narcotraficante, muy a su pesar.
—¡No es justo que se quede con tu reloj por los problemas con el alcohol de
mi padre! ¿Cuánto puede beber una persona como para acabar debiéndole dinero
a la gente?
Está hecha una furia y, aunque me parece muy graciosa cuando se pone así,
me siento fatal por lo que tengo que contarle.
—No era por el alcohol, Tess —confieso.
Veo cómo ladea la cabeza y mira a todas partes excepto a mis ojos.
—Hardin, sé que mi padre bebe. No lo excuses. —Su pecho se hincha y se
deshincha a una velocidad frenética.
—Tessa, tienes que tranquilizarte.
—¡Dime qué está pasando, Hardin!
No sé cómo expresarlo de otra manera. Lo siento. Siento no haber podido
protegerla de un padre jodido, del mismo modo que no pude proteger a mi
madre de la devastación del mío. Así que hago algo extraño para mí. Digo algo
brutalmente sincero:
—No es el alcohol. Son las drogas.
Entonces se mete corriendo en el ascensor y pulsa el botón de nuestra planta.
Entro justo detrás de ella, pero Tessa se limita a mirar al vacío mientras las
puertas se cierran
Comentarios
Publicar un comentario