122-123

CAPÍTULO 122
Tessa
Cuando Hardin y y o volvemos al apartamento, el ambiente parece haberse
vuelto rancio e incómodo.
—¿Estás bien? —pregunta Landon en cuanto Hardin cierra la puerta al entrar.
—Sí —miento.
Estoy confundida, herida, enfadada y agotada. Sólo hace unas horas que
llegamos y y a tengo ganas de regresar a Seattle. Cualquier idea que se me
pasara por la cabeza de volver a vivir aquí se ha esfumado en algún momento
durante el silencioso camino desde el ascensor hasta la puerta del apartamento.
—Tessie…, no pretendía que nada de esto sucediera —dice mi padre
mientras me sigue hasta la cocina.
Necesito un vaso de agua, me va a estallar la cabeza.
—No quiero hablar de ello.
El fregadero chirría cuando abro el grifo, y espero pacientemente a que el
vaso se llene.
—Creo que al menos deberíamos hablar…
—Por favor…
Me vuelvo para mirarlo. No quiero hablar. No quiero oír la espantosa verdad,
ni una mentira piadosa. Sólo quiero ir otra vez al momento en el que estaba
cautelosamente emocionada por intentar mantener la relación con mi padre que
nunca tuve de niña. Sé que Hardin no tiene ningún motivo para mentir sobre las
adicciones de Richard, pero igual ha habido algún malentendido.
—Tessie… —suplica mi padre.
—Ha dicho que no quiere hablar del tema —insiste Hardin, que ha aparecido
de repente.
Se adentra más en la cocina y se coloca entre él y y o. Esta vez agradezco su
intrusión, aunque me preocupan un poco los agitados movimientos de su pecho
conforme su respiración se va volviendo cada vez más superficial y laboriosa.
Siento un alivio tremendo cuando mi padre suspira derrotado y me deja a solas
con Hardin en la cocina.
—Gracias. —Me descompongo contra la encimera y bebo otro sorbo del
agua tibia del grifo.
Una arruga de preocupación se forma entonces en la frente de Hardin, que
no intenta ocultar su profundo ceño fruncido. Se presiona las sienes con los dedos
y se apoy a a su vez en la encimera.
—No debería haberte dejado venir aquí —dice—. Sabía que esto sucedería.
—Estoy bien.
—Siempre dices eso.
—Porque siempre tengo que estarlo. De lo contrario, no estaría preparada
cuando se presentan los desastres.
La adrenalina que corría por mis venas hace tan sólo unos minutos ha
desaparecido, se ha evaporado junto con la esperanza de que, por una vez, algo
pudiera salir bien durante un fin de semana entero. No me arrepiento de haber
venido porque echaba mucho de menos a Landon y quería recoger mi carta, el
libro electrónico y la pulsera. Todavía me duele el alma por lo de la carta; no
parece racional que un objeto guarde tanta importancia para mí, pero así es. Fue
la primera vez que Hardin se abrió tanto conmigo. Se acabó el ocultar cosas. Se
acabaron los secretos sobre su pasado. Puso todas las cartas sobre la mesa, y no
tuve que obligarlo a confesarme nada. El hecho de que decidiera escribirlo y la
manera en que le temblaban las manos cuando me la entregó siempre quedarán
grabados en mi memoria. La verdad es que no estoy enfadada con él; ojalá no la
hubiese destruido, pero conozco su temperamento, y fui yo la que la dejó aquí,
intuy endo de alguna manera que probablemente la haría pedazos. No voy a
permitirme seguir sufriendo a causa de ello, aunque aún me duele pensar en el
fragmento de papel que quedaba; ese pequeño trocito jamás podrá albergar todas
las emociones compactadas en las palabras que había escrito en toda la página a
la que pertenecía.
—Detesto que sea así —dice él en voz baja.
—Yo también —suspiro. Y al ver la expresión de pesar en su rostro, añado—:
No es culpa tuya.
—Joder que no. —Sus dedos exasperados atraviesan las ondas de su pelo—.
Fui yo quien destruyó esa maldita carta, yo te traje aquí, y pensé que podría
ocultarte los hábitos de tu padre. Creía que ese cerdo de Chad desaparecería para
siempre cuando le di mi reloj a cambio del dinero que tu padre le debía.
Observo a Hardin, que siempre está tan furioso, y quiero abrazarlo. Dio algo
suy o; a pesar de asegurar que no le tenía ningún aprecio al objeto, lo entregó en
un intento de sacar a mi padre del agujero en el que se había metido. Joder,
cuánto lo quiero.
—Me alegro mucho de tenerte —le digo.
Sus hombros se tensan y levanta la cabeza rápidamente para mirarme.
—No sé por qué. Soy y o quien genera casi todos los desastres de tu vida.
—No, y o también tengo parte de culpa —le aseguro. Ojalá tuviera un mejor
concepto de sí mismo; ojalá se viera como yo lo veo—. La indiferencia del
universo también influye mucho.
—Lo que acabas de decir es mentira. —Me mira con ojos expectantes—.
Pero vale, lo acepto.
Me quedo mirando hacia la pared en silencio mientras me vienen a la mente
un millón de pensamientos por minuto.
—Aunque sigue cabreándome que te largases corriendo detrás de él como
una puta loca —me regaña.
Y no lo culpo; no ha sido muy inteligente por mi parte. Pero en cierto modo
sabía que vendría detrás de mí en mi ridículo intento de perseguir a Chad y
recuperar el reloj. ¿En qué narices estaba pensando?
Pensaba en que el reloj representaba el comienzo de una nueva relación
entre Hardin y su padre. Hardin decía que odiaba ese reloj, y se negaba a
llevarlo con el pretexto de que era excesivamente caro. Él no sabe la cantidad de
veces que pasé por delante del dormitorio y lo sorprendí mirándolo en su caja.
Una vez incluso lo sostenía en la palma abierta mientras lo examinaba
detenidamente, como si el objeto pudiese arder o sanarlo. Su expresión era
ambivalente cuando lo dejó sin cuidado de nuevo en la gran caja negra.
—La adrenalina se ha apoderado de mí —digo quitándole importancia, e
intento ocultar el leve escalofrío que recorre mi cuerpo cuando pienso en qué
habría pasado si llego a alcanzar a aquel hombre espeluznante.
Tuve un mal presentimiento sobre él la primera vez que vino a recoger a mi
padre al apartamento, pero no me planteé que pudiese volver. De todas las
sospechas que tenía con respecto a lo que pudiera estar sucediendo aquí, jamás
se me había pasado por la cabeza que hubiera hombres repugnantes vendiendo
drogas y recibiendo relojes en pago. Sin duda, a esto es a lo que se refería Hardin
con lo de « encargarse de ello sin que yo me tuviera que preocupar al respecto» .
Si hubiera mantenido mi trasero en el apartamento, aún sería felizmente ajena a
toda esta situación. Aún podría mirar a mi padre con cierto respeto.
—Bueno, pues está claro que la adrenalina impide que te llegue el oxígeno al
puto cerebro —refunfuña Hardin mirando a la nevera detrás de mí.
—¿Ponemos la siguiente película? —pregunta mi padre desde el salón.
Le lanzo una mirada de pánico a Hardin y éste abre la boca y responde por
mí:
—Enseguida —dice con tono duro.
Hardin me mira, y tanto su altura como su expresión de irritación me
abruman.
—No tienes por qué salir ahí y conversar por obligación con ellos si no
quieres. Y más les vale que no se les pase por la cabeza decirte nada respecto al
tema.
La idea de ver una película con mi padre no me apetece nada, pero no quiero
que las cosas sean incómodas, y tampoco quiero que Landon se vaya todavía.
—Lo sé —suspiro.
—Te niegas a aceptarlo, y lo entiendo, pero vas a tener que enfrentarte a la
realidad antes o después. —Sus palabras son duras, pero sus ojos son compasivos.
Siento el calor de sus dedos ascendiendo por mis brazos.
—Que sea después…, por ahora —le ruego, y él asiente. No lo aprueba, pero
acepta mi negación. Por ahora.
—Ve ahí dentro entonces, yo iré en un minuto —añade señalando el salón con
la cabeza.
—Vale. ¿Puedes hacer palomitas? —Le sonrío y me esfuerzo todo lo posible
en convencerlo de que mi corazón no martillea contra mi caja torácica y mis
palmas no están sudadas.
—No te pases… —Una sonrisa juguetona se forma en las comisuras de sus
labios mientras me empuja fuera de la cocina—. Vamos.
Cuando entro en el salón con luz tenue, mi padre está sentado en su sitio de
siempre en el sofá, y Landon está de pie, apoyado contra la oscura pared de
ladrillo. Mi padre tiene las manos sobre su regazo y se está quitando los
padrastros de los dedos, una costumbre que yo tenía cuando era pequeña y que
mi madre me obligó a abandonar. Ahora sé de dónde me venía.
Levanta sus ojos oscuros de su regazo, me mira y un escalofrío recorre mi
cuerpo. No sé si es por la iluminación o si es mi mente que me juega una mala
pasada, pero sus ojos parecen casi negros y me están dando ganas de vomitar.
¿De verdad consume drogas? Y, si es así, ¿qué cantidad y de qué tipo? Mis
conocimientos acerca de las drogas se basan en ver unos cuantos episodios de
« Intervention» con Hardin. Me encogía y me tapaba los ojos cuando los adictos
se clavaban las agujas en la piel o fumaban ese líquido espumoso de una
cuchara. No soportaba ver cómo se destruían a sí mismos y a los que tenían a su
alrededor, mientras que Hardin no paraba de decir que no sentía ni un ápice de
compasión por los « putos yonquis» .
¿Es mi padre de verdad uno de ellos?
—Si quieres que me vaya, lo entenderé… —dice. Su voz no encaja con el
aspecto de sus ojos atormentados. Es pequeña, débil y rota. Me duele el corazón.
—No, no te preocupes —contesto.
Trago saliva, me siento en el suelo y espero a que Hardin se reúna con
nosotros. Oigo los estallidos del maíz, y el aroma de las palomitas inunda el
apartamento.
—Te diré todo lo que quieras saber…
—De verdad, no pasa nada —le aseguro a mi padre con una sonrisa.
« ¿Dónde está Hardin?»
Mi pregunta silenciosa es respondida tan sólo unos momentos después, cuando
entra en el salón con una bolsa de palomitas en una mano y mi vaso de agua en
la otra. Se sienta a mi lado en el suelo sin mediar palabra y coloca la bolsa en mi
regazo.
—Están un poco quemadas, pero se pueden comer —dice tranquilamente.
Sus ojos se dirigen directamente a la pantalla del televisor, y sé que se está
callando muchos pensamientos. Le aprieto la mano para agradecerle que sea así.
No podría soportar más escenas esta noche.
El maíz está delicioso y sabe a mantequilla. Hardin refunfuña cuando les
ofrezco unas pocas a Landon y a mi padre, e imagino que ésa es la razón por la
que ellos las rechazan.
—¿Qué porquería vamos a ver ahora? —pregunta.
—Algo para recordar —respondo con una amplia sonrisa.
Pone los ojos en blanco.
—¿En serio? ¿Eso no es una versión más antigua de la que acabamos de ver?
No puedo evitar reírme.
—Es una película preciosa.
—Ya. —Me mira, sin embargo su mirada no dura tanto como de costumbre.
Se limpia los dedos aceitosos en la sudadera. Yo hago una mueca de asco y
anoto mentalmente poner la prenda a remojo antes de lavarla.
—¿Pasa algo? La película no está tan mal —le susurro.
Mi padre se está terminando lo que queda de la pizza, y Landon ha vuelto a
sentarse en el sillón reclinable.
—No —replica Hardin, que sigue sin mirarme.
No quiero comentar en voz alta lo extraño de su comportamiento. Todos
estamos de los nervios después de los acontecimientos de esta noche.
La película me distrae de mis problemas y de mis malos pensamientos
durante el tiempo suficiente como para reírme con Landon y mi padre. Hardin
mira la pantalla, con los hombros rígidos otra vez y con la mente a años luz de
aquí. Quiero preguntarle desesperadamente qué le pasa para poder solucionarlo,
pero no sé si es mejor dejarlo tranquilo por ahora. Me acurruco contra su pecho
con las rodillas dobladas debajo de mí y con un brazo alrededor de su torso
definido. Él me sorprende estrechándome más contra sí y besándome
suavemente en el pelo.
—Te quiero —susurra.
Estoy casi convencida de que estoy oyendo voces hasta que levanto la vista y
me encuentro con sus expectantes ojos verdes.
—Te quiero —respondo suavemente.
Me tomo unos instantes para mirarlo, para deleitarme con lo guapo que es.
Me saca de quicio, y y o a él, pero me quiere, y su comportamiento relajado de
esta noche no es más que otra prueba de ello. Por muy forzada que sea su
actitud, lo está intentando, y encuentro consuelo en ello, una firme seguridad de
que, incluso en el centro de la tormenta, él será mi ancla. Una vez temí hundirme
con él. Pero ahora y a no pienso eso para nada.
Un fuerte golpe en la puerta me hace dar un brinco y apartarme del regazo
de Hardin. He emigrado hasta ahí de alguna manera en mi duermevela. Él
despega los brazos de mí y me coloca con cuidado en el suelo para poder
levantarme. Analizo su rostro en busca de ira, o sorpresa, pero parece…
¿preocupado?
—No te muevas de aquí —me dice. Asiento. No quiero ver a Chad de nuevo.
—Deberíamos llamar a la policía. De lo contrario, nunca dejará de venir —
gruño mientras me pregunto cómo es posible que este apartamento hay a
cambiado tantísimo en las últimas semanas.
El pánico se apodera de mí una vez más, y cuando levanto la vista para ver
las reacciones de Landon y de mi padre ante el intruso, veo que los dos están
dormidos. La televisión muestra la pantalla del menú en la sección de pago;
debemos de habernos quedado todos dormidos sin darnos cuenta.
—No —oigo decir a Hardin.
Me pongo de rodillas cuando llega a la puerta. ¿Y si Chad no viene solo?
¿Intentará hacer daño a Hardin? Me pongo de pie y me dirijo al sofá para
despertar a mi padre.
Entonces oigo el fuerte sonido de unos tacones altos contra el suelo de
hormigón y, cuando me vuelvo, veo allí a mi madre en todo su esplendor: con un
vestido rojo ceñido, el pelo rizado y los labios asimismo rojos. Estoy perpleja.
Frunce el ceño y me mira con sus oscuros ojos.
—¿Qué estás…? —empiezo a decir. Miro a Hardin; está tranquilo…, casi a la
expectativa…
Permite que entre corriendo por su lado y que avance hacia mí.
—¡¿La has llamado?! —chillo mientras las piezas del puzle empiezan a
encajar.
Él aparta la mirada. ¿Cómo ha podido llamarla? Sabe perfectamente cómo es
mi madre. ¿Por qué narices iba a meterla en esto?
—Has estado evitando mis llamadas, Theresa —me espeta—. ¡Y ahora me
entero de que tu padre está aquí! En este apartamento, ¡y que está consumiendo
drogas! —Pasa por mi lado, también, y va directa a su presa.
Agarra a mi padre del brazo con sus dedos con manicura de color rojo chillón
y obliga a su cuerpo dormido a levantarse del sofá. El hombre se cae al suelo.
—¡Levántate, Richard! —brama, y y o me encojo ante la dureza de su voz.
Mi padre se sienta rápidamente, usa las palmas para soportar el peso de su
cuerpo y sacude la cabeza. Los ojos se le salen de las órbitas al ver a la mujer
que tiene delante. Observo cómo parpadea rápidamente y se pone de pie
tambaleándose.
—¿Carol? —Su voz es aún más débil que la mía.
—¡¿Cómo te atreves?! —dice ella meneando un dedo frente a su rostro, y él
retrocede, aunque sus piernas pronto impactan contra el sofá y hacen que se
caiga de nuevo. Parece aterrorizado, y no me extraña.
Landon se estira en su sillón y abre los ojos; su expresión es como la de mi
padre, de confusión y terror.
—Theresa, vete a tu cuarto —me ordena mi madre.
« ¿Qué?»
—No, de eso nada —respondo.
¿Por qué la ha llamado Hardin? Todo habría ido bien. Probablemente habría
acabado encontrando el modo de superar lo de mi padre.
—Ya no es una niña, Carol —dice él.
Las mejillas y el pecho de mi madre se hinchan, y sé lo que viene a
continuación.
—¡No te atrevas a hablar de ella como si la conocieras! ¡Como si tuvieses
algún derecho sobre ella!
—Estoy intentando compensar el tiempo perdido… —Mi padre defiende su
terreno bastante decentemente para ser un hombre que acaba de despertarse con
su exmujer dándole gritos en toda la cara. Hay algo en su voz, algo en su tono
cuando se aproxima a mi madre y va ganando confianza que me resulta casi
familiar. No estoy segura de qué es.
—¿El tiempo perdido? ¡No puedes compensar el tiempo perdido! ¡Tengo
entendido que ahora también tomas drogas!
—¡Ya no! —le grita en respuesta.
Quiero esconderme detrás de Hardin, pero ahora mismo no sé de qué lado
está. Landon tiene la mirada fija en mí, y Hardin en mis padres.
—¿Quieres irte? —me pregunta Landon moviendo los labios sin hablar desde
el otro lado de la habitación.
Niego con la cabeza, rechazando su oferta en silencio pero esperando que mis
ojos transmitan lo mucho que se la agradezco.
—¿Ya no? ¡Ya no! —Mi madre debe de haberse puesto sus tacones más
pesados. Estoy empezando a preguntarme si dejarán marcas en el suelo mientras
camine.
—¡Sí, y a no! Oye, no soy perfecto, ¿vale? —Se lleva las manos a su pelo
corto y me quedo petrificada. El gesto me resulta tan familiar que siento
escalofríos.
—¿Que no eres perfecto? ¡Ja! —Se ríe, y sus dientes blancos brillan pese a la
penumbra de la habitación.
Quiero encender la luz, pero soy incapaz de moverme. No sé cómo sentirme
o qué pensar al ver a mis padres gritándose en medio del salón. Estoy convencida
de que este apartamento está maldito. Tiene que estarlo.
—Lo de que no seas perfecto, pase, ¡pero que pretendas arrastrar a tu hija
por el mismo camino es deplorable!
—¡No la estoy arrastrando por ningún camino! Estoy haciendo todo lo posible
por compensar lo que le hice… ¡a ella y a ti!
—¡No! ¡No es verdad! ¡Tu regreso no hará sino confundirla más! ¡Bastante
ha arruinado ya su vida!
—No ha arruinado su vida —la interrumpe Hardin.
Mi madre lo atraviesa con una mirada feroz antes de volver a centrar la
atención en mi padre.
—¡Esto es todo culpa tuy a, Richard Young! ¡Todo esto! ¡De no ser por ti,
Theresa no estaría en esta relación tan tóxica con este chico! —exclama
sacudiendo la mano en dirección a Hardin. Sabía que sólo era cuestión de tiempo
que empezara a atacarlo—. Nunca tuvo un ejemplo masculino que le demostrara
cómo tenía que ser tratada una mujer; ¡por eso está cohabitando aquí con él! Sin
estar casados, viviendo en el pecado, y sabe Dios qué más cosas hará él.
¡Probablemente consuma drogas contigo!
Me encojo. La sangre me hierve al instante y siento una irrefrenable
necesidad de defender a Hardin.
—¡No te atrevas a meter a Hardin en esto! ¡Él ha estado cuidando de mi
padre y proporcionándole un techo para evitar que duerma en la calle! —Odio el
modo en que mi manera de expresarme se parece al de mi madre.
Hardin atraviesa la habitación y se coloca a mi lado. Sé que va a advertirme
que me mantenga al margen.
—Es verdad, Carol. Hardin es un buen chico, y la quiere más de lo que nunca
he visto a un hombre querer a una mujer —interviene mi padre.
Mi madre forma puños con las manos a sus costados, y sus mejillas,
perfectamente maquilladas con colorete, se vuelven de un rojo intenso.
—¡No te atrevas a defenderlo! ¡Todo esto —agita un puño cerrado en el
denso aire de la habitación— es por él! Tessa debería estar en Seattle, labrándose
un porvenir, buscando un hombre adecuado para ella…
Apenas logro oír nada más que la sangre que bombea en mi cabeza. En
medio de todo esto, me siento fatal por Landon, que se ha retirado amablemente
al dormitorio para dejarnos solos, y por Hardin, que está siendo utilizado una vez
más como el chivo expiatorio de mi madre.
—Tessa está viviendo en Seattle. Ha venido a visitar a su padre. Ya te lo dije
por teléfono. —La voz de Hardin irrumpe en el caos; apenas logra controlarla y
me provoca escalofríos por todo el cuerpo y hace que se me erice el vello de los
brazos.
—No creas que porque me hayas llamado ahora de repente vamos a ser
amigos —le espeta ella.
Hardin me agarra del brazo y tira de mí hacia atrás, y yo lo miro confundida.
No me había dado cuenta de que había empezado a avanzar hacia ella hasta que
él me ha detenido.
—Prejuzgando como siempre. Nunca cambiarás. Sigues siendo la misma
mujer de hace años. —Mi padre sacude la cabeza con desaprobación. Me alegro
de que esté del lado de Hardin.
—¿Prejuzgando? ¿Sabías que este chico que tanto defiendes engañó a nuestra
hija hasta meterse entre sus piernas para ganar una apuesta con sus amigos? —
dice mi madre con voz fría y de suficiencia.
Todo el aire desaparece de la habitación. Siento que me asfixio y boqueo para
poder respirar.
—¡Pues así fue! Estuvo alardeando por el campus sobre su conquista. Así que
no se te ocurra defenderlo ante mí —silba mi madre con los dientes apretados.
Mi padre abre los ojos como platos. Puedo ver las corrientes de tormenta que
se esconden detrás de ellos mientras observa a Hardin.
—¿Qué? ¿Eso es cierto? —Ami padre también le falta el oxígeno.
—¡No tiene importancia! Ya lo hemos superado —le digo.
—¿Lo ves? La pobre ha ido a buscarse a alguien igual que tú. Recemos para
que no la deje embarazada y se largue cuando las cosas se pongan difíciles.
No puedo seguir escuchando más. No puedo dejar que Hardin se vea
arrastrado por el fango que han formado mis padres. Esto es un desastre.
—¡Por no hablar de que, hace sólo tres semanas, otro chico la trajo a mi casa
inconsciente por culpa de sus —mi madre señala a Hardin— amigos! ¡Estuvieron
a punto de aprovecharse de ella!
El recordatorio de esa noche me duele, pero es el hecho de que mi madre
culpe a Hardin lo que más me preocupa. Lo que sucedió aquella noche no fue
culpa suya, y ella lo sabe.
—¡Hijo de puta! —dice mi padre con los dientes apretados.
—¡Ni se te ocurra! —le advierte Hardin con calma. Y ruego para que le haga
caso.
—¡Me engañaste! Pensé que sólo tenías mala reputación, algunos tatuajes y
un problema de actitud. Pero no me importaba, porque y o soy igual. ¡Pero has
utilizado a mi hija! —Mi padre corre hacia Hardin y y o me planto delante de él.
Hablo antes de que mi cerebro lo pueda procesar.
—¡Parad! ¡Los dos! —grito—. Si queréis pelearos hasta mataros por vuestro
pasado, es cosa vuestra, ¡pero no metáis a Hardin en esto! Si te llamó fue por un
motivo, madre, y aquí estás, descargando tu ira contra él. Ésta es su casa, no la
de ninguno de vosotros dos, ¡así que ya podéis largaros! —Me arden los ojos,
como si me rogasen que derrame las cálidas lágrimas, pero me niego a hacerlo.
Mi madre y mi padre se detienen, me miran y después se miran entre sí.
—Solucionad vuestras movidas o marchaos —añado—. Nosotros estaremos
en el dormitorio. —Entrelazo los dedos con los de Hardin e intento tirar de él.
Vacila por un instante antes de mover sus largas piernas para colocarse
delante de mí y guiarme por el pasillo, todavía cogiéndome de la mano. Me la
agarra con tanta fuerza que casi me hace daño, pero no digo nada. Sigo pasmada
ante la llegada de mi madre y su explosión; una presión excesiva en mi mano es
la menor de mis preocupaciones.
Cierro la puerta detrás de mí justo a tiempo para amortiguar los gritos de mis
padres al otro lado del pasillo. De repente, tengo nueve años de nuevo, y corro
por el patio de la casa de mi madre hacia mi refugio, el pequeño invernadero.
Siempre los oía gritar, por muy alto que Noah intentara hablar para acallar el
desagradable sonido.
—Ojalá no la hubieses llamado —le digo a Hardin saliendo de mis recuerdos.
Landon está sentado frente al escritorio y se esfuerza por no mirarnos.
—La necesitabas. Te negabas a aceptar la realidad —dice con voz grave.
—Ha empeorado las cosas. Le ha contado lo que hiciste.
—En su momento pensé que llamarla era lo más correcto. Sólo intentaba
ay udarte.
Sus ojos me dicen que de verdad pensó que podría funcionar.
—Lo sé —digo, y suspiro. Ojalá lo hubiese consultado conmigo antes, pero sé
que estaba haciendo lo que creía que era correcto.
—Si no es por una cosa, es por otra. —Sacude la cabeza y se deja caer sobre
la cama. Me mira angustiado y dice—: Siempre nos recordarán esa mierda. Lo
sabes, ¿verdad?
Se está cerrando, puedo sentirlo tanto como puedo ver cómo sucede delante
de mí.
—No, eso no es cierto —replico.
Al menos hay algo de verdad en mis palabras y a que, cuando todos los que
nos conocen descubran lo de la apuesta, acabará convirtiéndose en algo viejo
para ellos. Me dan escalofríos sólo de pensar en que Kimberly y Christian se
enteren, pero el resto de las personas que nos rodean ya saben cuál es la
humillante realidad.
—¡Claro que sí! ¡Sabes que sí! —Hardin levanta la voz y empieza a pasearse
por la habitación—. Nunca va a desaparecer. ¡Cada vez que doblamos una
esquina, alguien te lo restriega en la cara y te recuerda que soy un capullo! —
Golpea con el puño el escritorio antes de que pueda detenerlo. La madera se
astilla y Landon se levanta de un brinco.
—¡No hagas eso! —exclamo—. ¡No dejes que mi madre saque lo peor de ti,
por favor!
Lo agarro de su sudadera negra y evito que le pegue de nuevo a la mesa. Me
aparta, pero y o no me rindo y esta vez lo agarro de las dos mangas. Entonces se
vuelve echando humo.
—¿No estás harta de esta mierda? ¿No estás harta de pelear constantemente?
¡Si me dejases ir, tu vida sería mucho más fácil! —grita Hardin con la voz
entrecortada, y cada sílaba se clava en lo más profundo de mi ser.
Siempre hace lo mismo, siempre opta por la autodestrucción. Pero esta vez
no pienso permitirlo.
—¡Basta! Sabes que no quiero una relación fácil y sin amor. —Le agarro la
cara entre las manos y lo obligo a mirarme.
—Escuchadme los dos —nos interrumpe Landon.
Hardin no se vuelve hacia él, sino que sigue mirándome con furia. Mi mejor
amigo recorre entonces la habitación y se queda a unos pasos de nosotros.
—Chicos, no podéis empezar otra vez con esto. Hardin, no puedes dejar que
las opiniones de la gente te afecten tanto; la opinión de Tessa es la única que
importa. Deja que sea la suy a la única voz que oigas en tu cabeza —le dice.
Conforme asimila las palabras, parece que las ojeras de Hardin empiezan a
disminuir.
—Y Tess… —suspira Landon—. No tienes por qué sentirte culpable ni tienes
que intentar convencer a Hardin de que quieres estar con él. El hecho de que
sigas con él a pesar de todo debería ser suficiente prueba.
Tiene razón, pero no sé si Hardin lo verá de esa manera a través de su ira y
su dolor.
—Tessa necesita que la consueles en este momento —le dice Landon—. Sus
padres se están gritando ahí fuera, así que tienes que estar ahí para ella. No hagas
que esto gire en torno a ti.
Algo en sus palabras parece calar en la mente de Hardin, y éste asiente,
inclina la cabeza y pega la frente contra la mía. Su respiración empieza a
relajarse.
—Lo siento… —murmura.
—Yo me voy a casa y a. —Landon aparta la vista de nosotros, claramente
incómodo al ser testigo de nuestra intimidad—. Le diré a mi madre que os
pasaréis por allí.
Me aparto de Hardin para abrazar a Landon.
—Gracias por todo. Me alegro mucho de que hay as venido —digo contra su
pecho.
Él me estrecha fuertemente entre sus brazos, y esta vez Hardin no me aparta
de él.
Cuando lo suelto, Landon sale de la habitación y y o vuelvo a mirar a Hardin.
Se está examinando los nudillos, una imagen que se había empezado a convertir
en un recuerdo desagradable; pero aquí estoy de nuevo, presenciando cómo la
densa sangre gotea en el suelo.
—Respecto a lo que ha dicho Landon… —declara limpiándose la mano
ensangrentada con el dobladillo de su sudadera—. Lo que ha dicho de que la tuy a
debería ser la única voz que oiga en mi cabeza. Quiero eso. —Cuando vuelve a
mirarme, parece atormentado—. Deseo con todas mis fuerzas que sea así. Pero
no sé cómo eliminar las del resto…, la de Steph, la de Zed, y ahora las de tus
padres.
—Ya averiguaremos cómo hacerlo —le prometo.
—¡Theresa! —grita mi madre desde el otro lado de la puerta del dormitorio.
Me había enfrascado tanto en Hardin que no me había dado cuenta de que el
ruido en el salón había cesado.
—Theresa, voy a entrar.
La puerta se abre cuando pronuncia la última palabra y yo me quedo detrás
de Hardin. Esto parece estar convirtiéndose en un patrón.
—Tenemos que hablar de esto. De todo esto. —Nos mira a Hardin y a mí con
la misma intensidad.
Él me mira y enarca una ceja esperando mi aprobación.
—No creo que hay a mucho de que hablar —digo desde detrás de mi escudo.
—Hay mucho de lo que hablar. Siento mi comportamiento de antes. He
perdido los papeles cuando he visto a tu padre aquí, después de todos estos años.
Concédeme un poco de tiempo para que me explique. Por favor. —La expresión
« por favor» suena extraña saliendo de los labios de mi madre.
Hardin se aparta, exponiéndome ante ella.
—Voy a limpiarme esto —dice levantando su mano maltratada en el aire, y
sale del dormitorio antes de que pueda detenerlo.
—Siéntate. Tenemos mucho de que hablar. —Mi madre se pasa las palmas
por la parte delantera del vestido y se coloca sus gruesos rizos rubios a un lado
antes de tomar asiento al borde de la cama.
CAPÍTULO 123
Hardin
El agua fría cae del grifo sobre mi piel destrozada. Miro hacia el lavabo y veo
cómo el agua teñida de rojo se arremolina alrededor del desagüe de metal.
¿Otra vez? ¿Esta mierda ha vuelto a pasar? Claro que sí; sólo era cuestión de
tiempo.
Dejo la puerta del baño abierta para poder acceder fácilmente a la habitación
al otro lado del pasillo si oigo algún grito. No tengo ni puta idea de en qué estaba
pensando cuando llamé a esa zorra. No debería llamarla así…, pero es que lo
es…, así que zorra se queda. Al menos no lo estoy diciendo delante de Tessa.
Cuando la llamé, en lo único en lo que pensaba era en la expresión vacía y en las
ingenuas afirmaciones de Tessa de que su padre no estaba drogándose, como si
intentara convencerse a sí misma de algo que era evidente que no es cierto. Sabía
que se desmoronaría en cualquier momento, y por alguna estúpida razón pensé
que el hecho de que su madre estuviera aquí podría ayudar.
Ése es justo el motivo por el que no suelo intentar ayudar a la gente. No tengo
experiencia en ello. Se me da de maravilla joderlo todo, pero no tengo alma de
salvador.
Detecto un movimiento en el espejo. Levanto la vista y veo que el reflejo de
Richard me devuelve la mirada. Está apoyado contra el estrecho marco de la
puerta, con expresión recelosa.
—¿Qué pasa? ¿Has venido para intentar arrancarme las piernas o algo así? —
digo sin emoción.
Suspira y se pasa las manos por su rostro afeitado.
—No, por ahora no.
Me mofo, y en parte desearía que tratara de venir a por mí. Sin duda estoy lo
bastante cabreado para una pelea o dos.
—¿Por qué no me lo contasteis ninguno de los dos? —pregunta Richard, y es
evidente que se está refiriendo a la apuesta.
« ¿Esto va en serio?»
—¿Por qué iba a contártelo y o? Y no eres tan estúpido como para no saber
que Tessa jamás le contaría algo así a su padre y menos a su padre ausente.
Cierro el grifo y cojo una toalla para aplicar presión sobre mis nudillos. Ya
casi han dejado de sangrar. Debería aprender a cambiar de mano y golpear con
la derecha a partir de ahora.
—No lo sé… Me ha cogido por sorpresa. Pensaba que erais polos opuestos
que se atraían, pero ahora…
—No te estoy pidiendo tu aprobación. No la necesito. —Paso por delante de
él y avanzo a paso ligero por el pasillo.
Cojo la bolsa de palomitas quemadas que todavía descansa en el suelo.
« Deja que sea la suy a la única voz que oigas en tu cabeza…» Las palabras
de Landon resuenan en mi mente. Ojalá fuera tan fácil. Tal vez lo sea algún
día… Eso espero.
—Ya lo sé. Sólo quiero entender toda esta mierda. Como su padre, me veo
obligado a patearte el culo. —Sacude la cabeza.
—Vale —digo, cuando en realidad quiero recordarle de nuevo que durante
más de nueve años no ha sido su padre.
—Carol se parecía mucho a Tessa de joven —dice, y me sigue hasta la
cocina.
Me detengo y la bolsa casi se me escurre de los dedos.
—No, no es verdad —replico.
Es imposible que eso sea cierto. La verdad es que en su día pensaba que Tessa
era igual que esa mujer remilgada y maliciosa pero, ahora que la conozco bien,
sé que eso no puede estar más lejos de la realidad. Sus esfuerzos por parecer
siempre perfecta son sin duda el resultado de tener a esa mujer como madre
pero, en lo demás, Tessa no se parece en nada a ella.
—Sí lo es. No era tan simpática, pero no ha sido siempre tan…
Deja la frase sin terminar y saca una botella de agua de mi nevera.
—¿Zorra? —termino la frase por él.
Desvía la vista hacia el pasillo vacío, como si temiera que su exmujer fuera a
aparecer en cualquier momento para zarandearlo. La verdad es que sería algo
digno de ver.
—Siempre estaba sonriendo… Y su sonrisa era algo fuera de lo común. Todos
los hombres la deseaban, pero ella era mía —dice sonriendo al recordarlo.
Yo no me he apuntado para esta mierda…, no soy un puto psicólogo. La
madre de Tessa está buena de cojones, pero tiene siempre un palo metido por el
culo que alguien debería sacarle, o quizá todo lo contrario…
—Vale… —No sé adónde quiere llegar.
—Entonces era muy ambiciosa y compasiva. Y era una mierda porque la
abuela de Tessa era igual que Carol, si no peor. —Se ríe al pensarlo, pero yo me
encojo—. Sus padres me odiaban a muerte, y nunca lo ocultaron. Querían que
ella se casara con un corredor de Bolsa, un abogado…, con cualquiera menos
conmigo. Y yo también los odiaba, que en paz descansen.
Levanta la vista al techo. Por muy feo que quede decirlo, me alegro de que
los abuelos de Tessa no vivan para juzgarme.
—Bueno, entonces obviamente no deberíais haberos casado. —Cierro la tapa
de la basura donde acabo de tirar las palomitas y apoy o los codos sobre la
encimera de la cocina.
Estoy cabreado con Richard y sus estúpidas adicciones por amargar a Tessa.
Quiero echarlo de una patada, mandarlo de nuevo a la calle, pero casi se ha
convertido en un mueble más de este apartamento. Es como un viejo sofá que
huele como el culo y que siempre cruje cuando te sientas y que es incómodo de
cojones, pero que por alguna razón no puedes deshacerte de él. Así es Richard.
Baja la cabeza y dice con suavidad:
—No estábamos casados.
Ladeo la cabeza un poco, confundido.
« ¿Qué? Sé que Tessa me dijo que estaban…»
—Ella no lo sabe. Nadie lo sabe. Nunca nos casamos legalmente. Celebramos
una boda para complacer a sus padres, pero nunca rellenamos el papeleo. Yo no
quería.
—¿Por qué? —Pero puede que una pregunta más importante sea por qué
tengo y o tanto interés en esta mierda.
Hace unos minutos me imaginaba estampándole a Richard la cabeza contra
la pared de y eso, y ahora estoy aquí cotilleando con él como si fuese una
adolescente. Debería estar escuchando a través de la puerta de mi dormitorio
para asegurarme de que la madre de Tessa no le llena la cabeza de gilipolleces
para intentar arrebatármela.
—Porque el matrimonio no era para mí —explica rascándose la cabeza—. O
eso pensaba. Actuábamos como una pareja casada; ella adoptó mi apellido. No
sé de dónde se sacó eso. Supongo que pensaba que al hacerlo acabaría cediendo
o algo así, pero nadie sabía los sacrificios que hacía por mi egoísmo.
Me pregunto cómo se sentiría Tessa si conociera esa información… Está tan
obsesionada con la idea de casarse… ¿Aplacaría eso su obsesión o la alimentaría?
—Con el paso de los años, se cansó de mi comportamiento. Nos peleábamos
como el perro y el gato, y he de decir que esa mujer era muy persistente, pero
acabé con su paciencia. Un día dejó de discutir conmigo, y entonces supe que se
había terminado. Vi cómo el fuego se apagaba lentamente en su interior año tras
año.
Al mirarlo a los ojos, veo que se ha evadido de esta habitación y que se ha
sumergido en el pasado.
—Todas las noches me esperaba con la cena en la mesa, ella y Tessie, ambas
con sus vestidos y sus horquillas en el pelo. Y yo llegaba tambaleándome y me
quejaba de que los bordes de la lasaña estaban quemados. La mayoría de las
veces perdía la conciencia antes de que el tenedor llegara a mi boca, y todas las
noches acababan con una pelea… No me acuerdo ni de la mitad de las cosas. —
Un claro escalofrío recorre su cuerpo.
Me imagino a una Tessa muy pequeña, toda guapa esperando a la mesa,
emocionada por ver a su padre después de un largo día, para que él llegara
aplastando sus ilusiones, y me entran ganas de agarrarlo del cuello y de
estrangular a este hombre.
—No quiero oír ni una palabra más —le advierto muy en serio.
—Lo dejaré aquí. —Veo la vergüenza reflejada en su rostro—. Sólo quería
que supieras que Carol no fue siempre así. Si es así ahora es por mi culpa. Yo la
transformé en la mujer amargada y furiosa que es hoy. No querrás que la
historia se repita, ¿verdad?

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