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CAPÍTULO 124
Tessa
Mi madre y yo nos sentamos en silencio. No paro de darle vueltas a la cabeza y
mi corazón late con fuerza mientras observo cómo se coloca un mechón de pelo
rubio detrás de la oreja. Está relajada y serena, no agobiada como yo.
—¿Por qué has dejado que tu padre viniera aquí después de todo este tiempo?
Entiendo que quisieses verlo más después de encontrarte con él en la calle, pero
no que dejaras que se mudara aquí —dice por fin.
—Yo no lo invité a quedarse —repongo—; ya no vivo aquí. Hardin dejó que
se quedara en un acto de generosidad. Una generosidad que has malinterpretado
y que le has restregado por la cara —digo sin ocultar mi enfado por cómo lo ha
tratado.
Mi madre, y todo el mundo, siempre malinterpretará a Hardin y nadie
entenderá por qué lo amo. Pero eso no importa, porque no necesito que lo
entiendan.
—Te llamó porque pensaba que estarías aquí para mí —suspiro, y decido
mentalmente en qué dirección quiero llevar esta conversación antes de que
empiece a intimidarme como de costumbre.
Ella mira al suelo con sus ojos grises ahora sombríos.
—¿Por qué te enfrentas a todo el mundo para defender a ese chico después
de todo lo que te ha hecho? Te ha hecho sufrir mucho, Theresa.
—Porque merece la pena que lo defienda, madre. Por eso.
—Pero…
—Basta. No voy a seguir hablando de esto contigo. Ya te lo dije: si no eres
capaz de aceptarlo, no puedo mantener una relación contigo. Hardin y yo
formamos un paquete, te guste o no.
—En su día yo pensaba lo mismo de tu padre. —Hago todo lo posible por no
encogerme cuando levanta la mano para arreglarme el flequillo.
—Hardin no se parece en nada a mi padre —replico.
Una ligera risa escapa de sus labios pintados.
—Sí se parece, créeme. Es igual que él hace muchos años.
—Puedes marcharte ya si vas a decir ese tipo de cosas.
—Relájate. —Vuelve a arreglarme el pelo. No sé si irritarme por el gesto
condescendiente o si sentirme reconfortada por los bonitos recuerdos que me trae
a la memoria—. Quiero contarte algo.
Admito que me siento intrigada por sus palabras, pero escéptica ante sus
motivos. Nunca me habló de mi padre, así que esto debe de ser interesante.
—Nada de lo que digas hará que cambie de idea con respecto a Hardin —le
advierto.
Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba ligeramente cuando
declara:
—Tu padre y y o nunca nos casamos.
—¿Qué? —Me siento derecha en la cama y cruzo las piernas debajo de mí.
« ¿Cómo que no se casaron?» Claro que sí. He visto las fotos. El vestido de
encaje de mi madre era precioso a pesar del hecho de que tenía la barriga un
poco hinchada, y el traje de mi padre no estaba bien ajustado, de modo que le
quedaba como si llevara un saco de patatas. Me encantaba mirar esos álbumes y
admiraba cómo le brillaban las mejillas a mi madre y cómo mi padre la
contemplaba como si ella fuera la única persona en el mundo. Recuerdo la
horrible escena que aconteció un día cuando mi madre me descubrió mirándolas;
después de eso, las escondió y jamás volví a verlas.
—Es verdad. —Suspira. Salta a la vista que esta confesión le resulta
humillante. Con manos temblorosas, dice—: Celebramos una boda, pero tu padre
nunca quiso casarse. Yo lo sabía. Y sabía que, si no me hubiera quedado
embarazada de ti, me habría dejado mucho antes. Tus abuelos lo presionaban
con el matrimonio. Verás, tu padre y yo no éramos capaces de pasar un día
entero sin discutir. Al principio era muy emocionante —sus ojos grises se pierden
en sus recuerdos—, pero como acabarás viendo, toda persona tiene un límite.
Conforme pasaban los días y los años, empecé a rezarle a Dios todas las noches
para que cambiara por mí. Y por ti. Rezaba para que una noche entrara por la
puerta con un ramo de flores en la mano en lugar de apestando a alcohol. —Se
inclina hacia atrás y se cruza de brazos. Unas pulseras que no puede permitirse
penden de sus muñecas, un tributo de su excesiva necesidad de parecer elegante.
La confesión de mi madre me ha dejado sin palabras. Nunca se ha mostrado
abierta a hablar, y menos cuando el tema de conversación era mi padre. La
repentina compasión que siento por esta mujer hace que me broten las lágrimas.
—Deja de llorar —me regaña antes de continuar—. Toda mujer espera
reformar a su hombre, pero no es más que eso: una falsa esperanza. No quiero
que pases por lo mismo que y o. Quiero más para ti. —Me están dando náuseas
—. Por eso te crié para que fueses capaz de salir de esa pequeña ciudad y te
labrases un porvenir.
—Yo no… —empiezo a defenderme, pero ella levanta una mano para
silenciarme.
—Nosotros también tuvimos nuestros días buenos, Theresa. Tu padre era
divertido y encantador —sonríe—, y se esforzaba al máximo por ser quien yo
quería que fuese, pero su auténtica personalidad era más fuerte y acabó
frustrado conmigo, con la vida que compartimos todos esos años. Recurrió al
alcohol y y a nunca fue lo mismo. Sé que lo recuerdas —dice con voz
atormentada, y detecto la vulnerabilidad en su tono y el brillo en sus ojos, pero se
recupera al instante. Mi madre nunca ha sido muy dada a mostrar debilidad.
Vuelvo a oír de nuevo los gritos en mi cabeza, los platos rotos e incluso la
frase ocasional de « Estos moratones que tengo en los brazos son de la
jardinería» , y siento que se me hacen un montón de nudos en el estómago.
—¿Puedes de verdad mirarme a los ojos y decirme que tienes un futuro con
ese chico? —pregunta mi madre cuando vuelve a hacerse el silencio.
No puedo responder. Sé qué futuro quiero con Hardin. La cuestión es si él me
lo concederá o no.
—Yo no he sido siempre así, Theresa. —Se da unos toquecitos debajo de los
ojos con sus dos dedos índices—. Estaba enamorada de la vida, me emocionaba
pensar en mi futuro…, y mírame ahora. Puede que pienses que soy una persona
horrible por querer protegerte de mi destino, pero sólo hago lo que es necesario
para evitar que repitas mi historia. No quiero esto para ti…
Me cuesta imaginar a una joven Carol feliz y emocionada ante cada nuevo
día. Podría contar los días que he oído reír a esta mujer durante los últimos cinco
años con los dedos de una mano.
—No es lo mismo, madre —me obligo a decir.
—Theresa, no puedes negar las similitudes.
—Hay algunas, es cierto —admito más para mí misma que para ella—, pero
me niego a pensar que la historia se esté repitiendo. Hardin ya ha cambiado
mucho.
—Si tienes que cambiarlo, ¿para qué molestarte? —Su voz ahora suena
calmada mientras observa el dormitorio que en su día fue el mío.
—Yo no lo he cambiado, se ha cambiado a sí mismo. Sigue siendo el mismo
hombre, todo lo que adoro de él sigue estando ahí, pero ha aprendido a manejar
las cosas de otra manera y se ha convertido en una versión mejorada de sí
mismo.
—He visto la sangre en su mano —señala.
Le quito importancia.
—Tiene mucho temperamento.
Muchísimo, pero no pienso consentir que lo menosprecie. Tiene que entender
que estoy de su lado, y que a partir de ahora para llegar hasta él tiene que pasar
antes por encima de mí.
—Tu padre también lo tenía.
Me mantengo firme:
—Hardin jamás me haría daño a propósito. No es perfecto, madre, pero tú
tampoco. Ni y o. —Me sorprendo de mi propia confianza cuando me cruzo de
brazos y le sostengo la mirada.
—Es más que temperamento… Piensa en todo lo que te ha hecho. Te humilló
y tuviste que buscarte otro campus.
No tengo energías para rebatirle esa afirmación, principalmente porque es la
pura verdad. Siempre he querido trasladarme a Seattle, pero mis malas
experiencias de este año en la universidad me dieron el empujoncito que
necesitaba para dar el salto.
—Está plagado de tatuajes…, aunque al menos se ha quitado esos espantosos
piercings. —Pone cara de asco.
—Tú tampoco eres perfecta, madre —le repito—. Las perlas que rodean tu
cuello esconden tus cicatrices del mismo modo que los tatuajes de Hardin ocultan
las suy as.
Mi madre me mira al instante y me doy cuenta de que mis palabras se
repiten en su mente. Por fin ha sucedido. Por fin he conseguido que se abra al
diálogo.
—Lamento lo que mi padre te hizo, de verdad, pero Hardin no es mi padre.
—Vuelvo a sentarme a su lado y me aventuro a colocar la mano sobre la suya.
Siento su piel fría bajo mi palma pero, para mi sorpresa, no la aparta—. Y yo no
soy tú —añado con toda la delicadeza posible.
—Lo serás si no te alejas de él todo lo posible.
Aparto la mano e inspiro hondo para mantener la calma.
—No tienes por qué aprobar mi relación, pero tienes que respetarla. Si no
puedes hacerlo —digo esforzándome por mantener la seguridad en mí misma—,
entonces tú y yo jamás podremos tener una relación.
Sacude lentamente la cabeza de un lado a otro. Sé que estaba esperando que
cediera, que aceptara que lo mío con Hardin no funcionará. Pero se equivocaba.
—No puedes darme esa clase de ultimátum —dice.
—Claro que puedo. Necesito todo el apoy o posible, y estoy agotada de
enfrentarme al mundo entero.
—Si tienes la sensación de que estás batallando sola, tal vez sea el momento
de cambiarte de bando —replica mirándome con una ceja acusatoria enarcada.
Yo vuelvo a defender mi terreno.
—No estoy batallando sola. Deja de hacer eso. Basta —silbo entre dientes.
Hago todo lo posible por mostrarme paciente con ella, pero ya me estoy
hartando.
—Nunca me va a gustar —dice mi madre, y sé que lo dice de verdad.
—No tiene por qué gustarte —replico—, pero no quiero que contagies de tu
sentimiento a nadie más, y eso incluye a mi padre. No tenías ningún derecho a
contarle lo de la apuesta.
—Tu padre tenía derecho a saber lo que ha provocado.
¡No lo entiende! Sigue sin entender nada. La cabeza me va a estallar de un
momento a otro. Siento cómo la presión se acumula en mi cuello.
—Hardin se está esforzando al máximo por mí, pero hasta ahora nunca había
conocido nada mejor —le digo.
Ella no dice nada, ni siquiera me mira.
—¿Se acabó, entonces? ¿Vas a elegir la segunda opción? —le pregunto.
Mi madre me mira en silencio, cavilando tras sus párpados pesados. Se ha
quedado sin color en las mejillas, excepto por el colorete rosado que se ha
aplicado en los pómulos antes de llegar.
—Intentaré respetar tu relación. Lo intentaré —masculla por fin.
—Gracias —digo, pero la verdad es que no sé qué pensar de esta… tregua
con mi madre.
No soy tan ingenua como para creer en lo que me ha prometido hasta que no
me lo demuestre, pero es agradable sentir cómo me quito una de las pesadas
losas de encima.
—¿Qué vas a hacer con respecto a tu padre? —Ambas nos quedamos de pie;
ella me saca una cabeza con sus tacones de diez centímetros.
—No lo sé. —He estado demasiado distraída con el tema de Hardin como
para centrarme en mi padre.
—Deberías decirle que se marche; no pinta nada aquí, nublándote la mente y
llenándotela de mentiras.
—Él no ha hecho tal cosa —le espeto.
Cada vez que pienso que hemos avanzado algo, utiliza su tacón afilado para
golpearme de nuevo.
—¡Claro que sí! ¡Se presentan extraños en casa para pedirle el dinero que les
debe! Hardin me lo ha contado.
¿Por qué lo habrá hecho? Entiendo que esté preocupado, pero mi madre no ha
ay udado ni un ápice en esta situación.
—No voy a echarlo —digo—. Ésta no es mi casa, y no tiene ningún otro sitio
adonde ir.
Mi madre cierra los ojos y sacude la cabeza por enésima vez en los últimos
veinte minutos.
—Tienes que dejar de intentar arreglar a la gente, Theresa. Te pasarás la vida
entera haciéndolo y después y a no te quedará nada de ti misma, incluso si
consigues cambiarlos.
—¿Tessa? —La voz de Hardin me llama entonces desde el pasillo.
Abre la puerta antes de que me dé tiempo a responder y sus ojos
inspeccionan mi rostro al instante en busca de aflicción.
—¿Estás bien? —pregunta, pasando rotundamente por alto la presencia de mi
madre.
—Sí. —Gravito hacia él, pero evito abrazarlo, por respeto a mi madre.
La pobre mujer acaba de revivir veinte años de recuerdos.
—Yo y a me voy. —Mi madre se alisa el vestido, se detiene en el dobladillo y
vuelve a repetir la acción con el ceño fruncido.
—Bien —responde Hardin bruscamente buscando protegerme.
Le ruego con la mirada que se calle. Pone los ojos en blanco pero no dice ni
una palabra más mientras mi madre pasa por nuestro lado y se aleja por el
pasillo. El insoportable sonido de sus tacones acaba por provocarme la migraña
que y a llevaba rato amenazando con presentarse.
Cojo a Hardin de la mano y la sigo en silencio. Mi padre intenta hablar con
mi madre, pero ella se lo impide.
—¿No te has puesto abrigo? —le pregunta inesperadamente.
Ella se queda tan pasmada como yo. Farfulla que no y se vuelve hacia mí.
—Te llamaré mañana… ¿Contestarás esta vez? —Es una pregunta en lugar de
una orden, lo cual y a es una especie de progreso.
—Sí —asiento.
No dice adiós. Sabía que no lo haría.
—¡Esa mujer me saca de mis casillas! —grita mi padre cuando la puerta se
cierra, agitando las manos en el aire con exasperación.
—Nos vamos a la cama. Si alguien más llama a esa maldita puerta, no abras
—refunfuña Hardin, y me guía de regreso al dormitorio.
Estoy más que agotada. Apenas puedo mantenerme en pie.
—¿Qué te ha dicho? —me pregunta Hardin.
Se quita la sudadera y me la lanza. Detecto una ligera inseguridad mientras
espera a que la recoja del suelo. A pesar de la grasa de la mantequilla y de las
manchas de sangre en la tela negra, me quito la camiseta y el sujetador y me la
pongo. Inhalo su familiar esencia y el aroma ayuda a calmar mis nervios.
—Más de lo que me ha dicho en toda mi vida —admito. Sigo sin parar de
darle vueltas a la cabeza.
—¿Ha hecho que cambies de idea? —Me mira con pánico en los ojos.
Tengo la sensación de que mi padre debe de haber tenido una charla parecida
con él, y me pregunto si le guarda el mismo rencor a mi madre que ella a él, o si
admite que es el responsable de que sus vidas sean tan desgraciadas ahora.
—No. —Me quito los pantalones holgados y los coloco sobre la silla.
—¿Estás segura? ¿No te preocupa que repitamos su…? —empieza Hardin.
—No lo estamos haciendo. No tenemos nada que ver con ellos. —Lo detengo,
no quiero que nadie más se meta en su cabeza, esta noche no.
Hardin no parece muy convencido, pero me obligo a no obsesionarme con
eso ahora.
—¿Qué quieres que haga con respecto a tu padre? ¿Lo echo? —me pregunta.
Se sienta en la cama y apoya la espalda contra la cabecera mientras y o
recojo sus vaqueros y sus calcetines sucios del suelo. Levanta los brazos y se los
coloca detrás de la cabeza, mostrando perfectamente su cuerpo tatuado y
tonificado.
—No, no lo eches, por favor.
Me meto en la cama y él me coloca sobre su regazo.
—No lo haré —me asegura—. Al menos, no esta noche.
Lo miro esperando encontrar una sonrisa, pero no la veo.
—Estoy muy confundida —gruño contra su pecho.
—Puedo ay udarte con eso. —Eleva la pelvis y me obliga a inclinarme hacia
adelante y a apoyar las palmas en su torso desnudo.
Pongo los ojos en blanco.
—Cómo no. Si tu única herramienta es un martillo, todos los problemas te
parecen clavos.
Sonríe con malicia.
—¿Me estás diciendo que quieres que te martillee?
Antes de que proteste por su chiste malo, me coge la barbilla entre sus largos
dedos destrozados y me sorprendo a mí misma meneando las caderas y
frotándome contra él. Ni siquiera pienso en que tengo la regla, y sé que a Hardin
no le importa.
—Necesitas dormir, nena. No estaría bien que te follase ahora mismo —dice
con voz suave.
Pongo carita de pena.
—No, no estaría bien —digo, y deslizo las manos hacia su vientre.
—No, de eso nada. —Me detiene.
Necesito distraerme, y Hardin es perfecto para eso.
—Has empezado tú —protesto. Parezco desesperada, pero es que lo estoy.
—Lo sé, y lo siento. Te follaré en el coche mañana. —Desliza los dedos por
debajo de la sudadera y empieza a dibujar figuras en mi espalda desnuda—. Y, si
te portas bien, puede que te tumbe sobre el escritorio de casa de mi padre, como
a ti te gusta —me dice al oído.
Mi respiración se acelera y le doy una palmadita de broma. Se ríe. Su risa
me distrae casi tanto como lo haría el sexo. Casi.
—Además, no queremos montar un espectáculo aquí esta noche, ¿verdad?
Con tu padre ahí afuera… Probablemente vería la sangre de tu regla en las
sábanas y pensaría que te he matado. —Se muerde un carrillo.
—No empieces con eso —le advierto.
Sus terribles bromas sobre la regla no son bien recibidas en este momento.
—Venga, nena, no seas así. —Me pellizca el culo y yo lanzo un gritito y me
deslizo más contra su regazo—. Fluye. —Sonríe.
—Ésa ya la has usado —digo sonriéndole también.
—Bueno, discúlpame por no ser muy original. Es que me gusta reciclar mis
chistes una vez al mes.
Gruño e intento hacerlo rodar, pero él me detiene y entierra su boca en mi
cuello.
—Eres asqueroso —digo.
—No, sólo soy un desastre en toda regla. —Se ríe y pega los labios a los míos.
Pongo los ojos en blanco.
—Hablando de desastres… Deja que te vea la mano. —Echo la mía atrás y
agarro suavemente la suy a por la muñeca. Su dedo corazón se ha llevado la peor
parte. Tiene un buen corte de nudillo a nudillo—. Deberías ir a que te lo miraran
si no empieza a cicatrizar mañana.
—Estoy bien.
—Y éste también —añado pasando la yema del dedo índice por encima de la
piel destrozada de su dedo anular.
—No te preocupes tanto, nena. Duérmete —refunfuña.
Asiento y me quedo dormida oy endo sus protestas porque mi padre ha vuelto
a comerse sus frosties de Kellogg’s.
CAPÍTULO 125
Tessa
Paso unas dos horas tumbada en la cama, esperando impacientemente a que
Hardin se despierte, hasta que por fin me rindo y me levanto. Para cuando estoy
duchada y totalmente vestida, la cocina está limpia y ya me he tomado dos
ibuprofenos para librarme de los calambres y de mi monumental dolor de
cabeza. Regreso al dormitorio para despertarlo yo misma.
Le zarandeo suavemente el brazo y susurro su nombre, pero no funciona.
—Despierta, Hardin —digo mientras lo agarro con fuerza del hombro, y
retrocedo cuando la visión de mi madre arrancando el cuerpo adormecido de mi
padre del sofá aparece en mi mente.
Durante toda la mañana he estado evitando pensar en mi madre y en la
devastadora lección de historia que aprendí anoche. Mi padre aún duerme;
imagino que su breve visita también lo ha dejado agotado a él.
—No —murmura Hardin en sueños.
—Si no te levantas, me iré sola a casa de tu padre —lo amenazo deslizando
los pies en mis Toms.
Tengo un montón de zapatillas de esta marca, pero siempre acabo llevando
las caladas de color tostado. Hardin las llama alpargatas horrorosas, pero lo cierto
es que a mí me encantan los zapatos cómodos.
Hardin gime, rueda sobre su estómago y se alza sobre los codos. Aún tiene los
ojos cerrados cuando vuelve la cabeza hacia mí.
—No, no lo harás.
Sabía que no le gustaría la idea, y ésa es precisamente la razón por la que la
he usado para sacarlo de la cama.
—Entonces levántate. Yo ya me he duchado y todo —lloriqueo.
Estoy deseando llegar a casa de Landon y verlo a él, a Ken y a Karen de
nuevo. Parece como si hiciera años desde la última vez que vi a esa dulce mujer
que lleva un delantal con fresas estampadas que casi nunca se quita.
—Joder. —Hardin hace un puchero y abre los ojos.
Sofoco una risita ante su expresión perezosa. Yo también estoy cansada,
mental y físicamente exhausta, pero la idea de salir de este apartamento me
parece tremenda.
—Primero ven aquí —dice abriendo los ojos y alargando una mano hacia mí.
En el momento en que me tumbo a su lado, él rueda para atraparme bajo su
cuerpo, cubriéndome con su calor. Se restriega contra mí a propósito, moviendo
las caderas hasta que queda perfectamente encajado entre mis muslos, con su
erección matutina presionando como una tortura contra mí.
—Buenos días. —Ahora está totalmente despierto y no puedo evitar reírme.
Sin prisa, mueve las caderas en círculo, y esta vez trato de liberarme. Se une
a mi risa, pero enseguida me silencia cubriendo mi boca con la suya. Su lengua
juega con la mía, acariciándola suavemente, enviando señales completamente
opuestas a los bruscos movimientos que hacen sus caderas.
—¿Llevas un tampón? —me susurra, aún besándome. Sus manos han subido
hasta mis pechos y mi corazón late tan rápido que casi no puedo oír su voz
somnolienta.
—Sí —admito, sólo medio encogiéndome ante el horrible término al que he
llegado a acostumbrarme.
Él se aparta un poco; sus ojos recorren mi cara despacio mientras su lengua
asoma levemente para lamerse el labio inferior.
Desde el final del pasillo nos llega el ruido de los cajones de la cocina
abriéndose y cerrándose, seguido de un sonoro eructo, y después el estruendo de
una sartén que golpea el suelo.
Hardin pone los ojos en blanco.
—De puta madre. —Me mira fijamente—. Bueno, tenía planeado follarte
antes de irnos, pero ahora que el señor Rayo de Sol ya está despierto…
Se retira de encima de mí y se levanta, llevándose la manta consigo.
—Me daré prisa en la ducha —dice mientras se dirige hacia la puerta con el
ceño fruncido.
Hardin regresa en menos de cinco minutos, justo cuando estoy remetiendo
las esquinas de la sábana bajera. La única prenda que lleva encima es una toalla
blanca anudada alrededor de la cintura. Me obligo a apartar los ojos de su
increíble cuerpo tatuado y a dirigirlos hacia su cara mientras él camina hasta el
armario y saca su típica camiseta negra. Tras pasársela por la cabeza, se
enfunda un bóxer.
—Lo de anoche fue un puto desastre —dice. Tiene los ojos fijos en sus manos
destrozadas mientras se abotona los vaqueros.
—Sí —suspiro, tratando de evitar cualquier conversación sobre mis padres.
—Vámonos.
Coge las llaves y el móvil de encima de la cómoda y se los mete en los
bolsillos. Se aparta el cabello mojado de la frente y abre la puerta del dormitorio.
—¿Y bien…? —pregunta impaciente cuando no me apresuro a cumplir su
orden. ¿Qué ha pasado con el Hardin juguetón de hace apenas unos minutos? Si
su mal humor persiste, sospecho que hoy será tan mal día como ay er.
Sin decir una palabra, lo sigo a través de la puerta y pasillo abajo. La puerta
del baño está cerrada y oigo correr el agua. No me apetece esperar a que mi
padre salga de la ducha, pero tampoco quiero irme sin decirle adónde vamos y
asegurarme de que no necesita nada. « ¿Qué hace en este apartamento mientras
está solo? ¿Se pasa el día pensando en drogas? ¿Invita a gente a venir?»
Sacudo el segundo pensamiento de mi cabeza. Hardin se enteraría en caso de
que trajera malas compañías, y estoy segurísima de que mi padre no seguiría
aquí si fuera así.
Hardin permanece en silencio durante el trayecto hasta la casa de Ken y Karen.
Lo único que me asegura que hoy no va a ser un asco es la mano que mantiene
sobre mi muslo mientras se concentra en la carretera.
Como siempre, cuando llegamos ni siquiera llama a la puerta antes de entrar.
El dulce aroma a sirope de arce llena la casa, y seguimos el olor hasta la cocina.
Karen está de pie junto al horno con una espátula en la mano mientras agita la
otra en el aire a media conversación. Una chica desconocida está sentada frente
a la isleta. Su largo cabello castaño es lo único que veo hasta que hace girar el
taburete cuando Karen dirige la atención hacia nosotros.
—¡Tessa, Hardin! —Karen casi chilla de alegría mientras deposita con
cuidado la espátula en la encimera y corre a rodearme con los brazos—. ¡Cuánto
tiempo! —exclama, manteniéndome a casi un metro de distancia para mirarme
y luego volviendo a abrazarme. Su cálida bienvenida es exactamente lo que
necesito después de lo de anoche.
—Sólo han pasado tres semanas, Karen —señala Hardin con brusquedad.
La sonrisa de ella decae un poco, y se coloca un mechón de cabello tras la
oreja.
Echo una ojeada alrededor reparando en todas las hornadas que hay por la
cocina.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto para distraerla de la pésima actitud de su
hijastro.
—Galletas de arce, cupcakes de arce, cuadraditos de arce y magdalenas de
arce —dice mostrándomelo todo mientras Hardin se retira a un rincón con el
ceño fruncido.
Lo ignoro y miro de nuevo a la chica, sin saber cómo presentarme.
—¡Oh! —Karen lo nota—. Lo siento, debería haberos presentado desde el
principio. —La señala y añade—: Ésta es Sophia; sus padres viven al final de la
calle.
Sophia sonríe y me da la mano.
—Encantada de conocerte —dice con una sonrisa. Es hermosa,
extremadamente hermosa. Sus ojos son brillantes, y su sonrisa, cálida; es mayor
que y o, pero no puede tener más de veinticinco.
—Soy Tessa, una amiga de Landon —digo.
Hardin tose detrás de mí, evidentemente molesto por mi elección de palabras.
Imagino que Sophia conoce a Landon, y como Hardin y yo estamos…, bueno,
esta mañana parece más sencillo presentarme simplemente así.
—Aún no he podido conocer a Landon —dice Sophia. Su voz es baja y dulce,
y de inmediato me gusta.
—¡Oh! —Había dado por sentado que se conocían, dado que su familia vive
al final de la calle.
—Sophia acaba de graduarse en el Instituto Culinario de América, en Nueva
York —presume Karen por ella, y Sophia sonríe. No la culpo; si me acabara de
graduar en la mejor escuela de cocina del país, yo también dejaría que la gente
alardeara de mí. Eso si no lo estuviera haciendo yo misma, claro.
—He venido a visitar a mi familia y me he encontrado a Karen comprando
sirope. —Sonríe al contemplar el gran despliegue de bollería con sabor a sirope.
—Oh, éste es Hardin —digo para incluir a mi taciturno hombre del fondo.
Ella le sonríe.
—Encantada de conocerte.
Él ni siquiera mira a la pobre chica, simplemente murmura:
—Ya.
Me encojo de hombros ante Sophia, le dedico una sonrisa de simpatía para
compensar y después me vuelvo hacia Karen.
—¿Dónde está Landon?
Sus ojos van de Hardin a mí antes de contestar:
—Está… arriba. No se encuentra muy bien.
El estómago me da un vuelco; algo va mal con mi mejor amigo, lo sé.
—Voy arriba —dice Hardin disponiéndose a salir de la cocina.
—Espera, iré yo —me ofrezco. Si algo le ocurre a Landon, lo último que
necesita es a Hardin metiéndose con él.
—No. —Hardin sacude la cabeza—. Voy yo. Tómate unos pasteles de sirope
o algo —murmura, y sube la escalera de dos en dos sin darme tiempo a discutir.
Karen y Sophia lo observan.
—Hardin es hijo de Ken —explica su madrastra. A pesar de su
comportamiento de hoy, Karen aún sonríe orgullosa al mencionar su nombre.
Sophia asiente comprensiva.
—Es encantador —miente, y las tres rompemos a reír.
CAPÍTULO 126
Hardin
Por suerte para los dos, Landon no se la está cascando cuando abro la puerta de
su habitación. Como había imaginado, está sentado contra la pared en el sillón
reclinable, con un libro de texto en la mano.
—¿Qué haces aquí? —pregunta con voz ronca.
—Ya sabías que iba a venir —replico tomándome la libertad de sentarme en
el borde de su cama.
—Me refiero a mi habitación —me aclara.
Decido no contestar a eso. En realidad no sé qué hago en su habitación, pero
lo que está claro es que no quería seguir abajo con esas tres mujeres
obsesionándose las unas con las otras.
—Estás de puta pena —le digo.
—Gracias —responde, y vuelve a mirar su libro de texto.
—¿Qué te pasa? ¿Qué haces aquí arriba lloriqueando por los rincones? —Echo
una ojeada a su normalmente impoluta habitación y descubro que está algo
desordenada. Limpia para mis estándares, pero no para los de Landon y Tessa.
—No estoy lloriqueando.
—Si algo va mal, puedes contármelo. Se me da muy bien lo de consolar a los
demás y eso —digo esperando que el humor ayude un poco.
Él cierra el libro de golpe y me mira fijamente.
—¿Por qué debería contarte nada? ¿Para que puedas reírte de mí?
—No, no lo haré —le aseguro.
Probablemente lo haría. De hecho, he estado esperando que me dijera alguna
tontería acerca de haber sacado una mala nota para pagar mis frustraciones con
él, pero ahora que lo tengo enfrente, con esa pinta de perro apaleado, meterme
con él ya no me apetece tanto como antes.
—Tú dímelo. A lo mejor puedo ayudar —me ofrezco.
No tengo ni puta idea de por qué he dicho eso. Ambos sabemos que se me da
de pena ayudar a los demás. Mira qué puto desastre acabó siendo lo de anoche.
Las palabras de Richard me han estado carcomiendo toda la mañana.
—¿Ay udarme? —Landon me mira boquiabierto, obviamente sorprendido por
mi oferta.
—Oh, vamos, no me obligues a sacártelo a palos —digo. Me tumbo en su
cama y examino las aspas del ventilador del techo, deseando que fuera ya
verano para sentir el aire frío desde arriba.
Oigo su leve risa y el sonido del libro cuando lo deja en el escritorio a su lado.
—Dakota y yo lo hemos dejado —admite dócilmente.
Me incorporo de golpe.
—¿Qué? —Eso era lo último que habría imaginado que lo oiría decir.
—Sí, intentamos hacer que funcionara, pero… —Frunce el ceño y los ojos se
le empañan.
Si se echa a llorar, me largo cagando leches.
—Oh… —digo, y miro hacia otro lado.
—Creo que hace tiempo que ella ya quería cortar.
Lo miro de nuevo, tratando de no fijarme demasiado en su expresión triste.
Realmente es como un cachorrillo, especialmente ahora. Nunca me han gustado
los cachorrillos, pero éste… De pronto siento odio hacia la chica del cabello
rizado.
—¿Por qué crees eso? —pregunto.
Él se encoge de hombros.
—No sé. No es que me soltara de golpe que quería dejarlo…, es sólo que…
ha estado muy ocupada últimamente y nunca me devuelve las llamadas. Es
como si, cuanto más se acercara el momento de irme a Nueva York, más
distante se volviera.
—Probablemente se esté follando a otro —suelto a bocajarro, y él se encoge.
—¡No! Ella no es así —dice en su defensa.
Probablemente no debería haberlo dicho.
—Lo siento. —Me encojo de hombros.
—Ella no es de ese tipo de chicas —señala.
Tampoco lo era Tessa, pero la tuve retorciéndose y gimiendo mi
nombre mientras aún estaba saliendo con Noah…, aunque me guardo ese hecho
para mí por el bien de todo el mundo.
—Vale —acepto.
—Llevo saliendo con Dakota tanto tiempo que no puedo recordar cómo era la
vida antes de ella. —Lo dice en voz tan baja y apenada que se me contrae el
pecho. Es un sentimiento raro.
—Sé a qué te refieres —le digo.
La vida antes de Tessa no era nada, sólo ebrios recuerdos y oscuridad, y eso
es exactamente lo que sería la vida si nosotros la dejáramos.
—Ya, pero al menos tú no tendrás que averiguar cómo se vive « después» .
—¿Qué te hace estar tan seguro? —pregunto. Sé que me estoy apartando del
tema de su ruptura, pero debo saber la respuesta.
—No puedo imaginar nada que pueda separaros…, nada lo ha conseguido
hasta ahora —contesta Landon como si fuese la respuesta más obvia del mundo.
Tal vez lo sea para él; sin embargo, desearía que fuera tan obvio para mí.
—Y ¿ahora qué? ¿Aún piensas ir a Nueva York? Se supone que te vas…
¿cuándo? ¿Dentro de dos semanas?
—Sí, y no lo sé. He trabajado tan duro para poder entrar en la NYU…, y
además y a me he matriculado en las clases de verano y todo. Sería una lástima
no ir después de tanto sacrificio, pero al mismo tiempo ahora no parece tener
ningún sentido que vaya. —Sus dedos trazan círculos en sus sienes—. No sé qué
hacer.
—No deberías ir —digo—. Sería muy incómodo.
—Es una ciudad muy grande, nunca nos cruzaríamos. Además, aún somos
amigos.
—Claro, todo el rollo de « ser amigos» —replico, y no puedo evitar poner los
ojos en blanco—. ¿Por qué no se lo has contado a Tessa? —le pregunto. Seguro
que lo va a pasar fatal por él.
—Tess y a… —comienza.
—Tess-a —lo corrijo.
—… tiene suficiente con lo suyo. No quiero que encima se preocupe por mí.
—Quieres que no se lo cuente, ¿verdad? —apunto. Por su expresión de
culpabilidad, deduzco que no.
—Sólo por ahora, hasta que ella tenga un respiro. Últimamente está tan
estresada…, y temo que uno de estos días algo la lleve al límite.
Su preocupación por mi chica es fuerte, y ligeramente irritante, pero decido
aceptar y cerrar la boca.
—Me va a matar por esto, y lo sabes —gimo, aunque lo cierto es que yo
tampoco quiero contárselo. Landon tiene razón: Tessa ya tiene bastantes
preocupaciones, y yo soy el culpable del noventa por ciento de ellas.
—Hay más… —dice él entonces.
Claro que lo hay.
—Es mi madre, ella… —empieza a decir, pero un ligero golpe en la puerta lo
silencia.
—¿Landon? ¿Hardin? —llama la voz de Tessa al otro lado de la puerta.
—Entra —la invita Landon, mirándome con ojos suplicantes para reafirmar
la promesa de mantener en secreto su ruptura.
—Ya, y a —lo tranquilizo mientras la puerta se abre y Tessa entra trayendo un
plato y el espeso olor a sirope consigo.
—Karen quiere que probéis esto. —Deja el plato en el escritorio y me mira,
para después volverse de inmediato hacia Landon con una sonrisa—. Prueba los
cuadraditos de arce primero. Sophia nos ha enseñado a glasearlos
correctamente… Mira las florecitas que llevan. —Su meñique apunta a los
pegotes de glaseado apilados sobre la corteza marrón—. Nos ha enseñado a
hacerlas. Es tan maja…
—¿Quién? —pregunta Landon alzando una ceja.
—Sophia; acaba de marcharse de vuelta a casa de sus padres al final de la
calle. Tu madre se ha vuelto loca sacándole un montón de trucos de horneado. —
Tessa sonríe y se lleva un cuadradito a la boca.
Sabía que le gustaría esa chica. Lo supe en el momento en que las tres han
comenzado a lanzarse grititos la una a la otra en la cocina. Por esto he tenido que
largarme.
—Oh. —Landon se encoge de hombros y se sirve un cuadradito.
Tessa sostiene el plato con aprensión ante mí y y o niego con la cabeza,
rechazándolo. Sus hombros caen un poco pero no dice nada.
—Tomaré un cuadradito —murmuro esperando que su ceño desaparezca. Me
he comportado como un capullo toda la mañana. Ella se anima y me alcanza
uno. Lo que ella llama flores parecen mocos amarillos—. Seguro que tú has
glaseado éste —me burlo, tirando de su muñeca para sentarla en mi regazo.
—¡Éste era de práctica! —se defiende alzando la barbilla en actitud
desafiante. Me doy cuenta de que mi repentino cambio de humor la ha
confundido. Amí también.
—Claro, nena. —Sonrío, y ella restriega un trozo de glaseado amarillo por mi
camiseta.
—No soy ningún chef, ¿vale? —dice con un puchero.
Observo a Landon, que tiene la boca llena de cupcake mientras mira al suelo.
Paso el dedo por mi camiseta para quitar el glaseado y, antes de que Tessa pueda
detenerme, se lo restriego por la nariz, extendiéndole toda la horrible pasta
amarilla por encima.
—¡Hardin! —Trata de limpiarse, pero le cojo las manos con las mías y los
dulces caen al suelo.
—¡Venga ya, chicos! —Landon sacude la cabeza—. ¡Mi habitación ya está
hecha una pocilga!
Ignorándolo, decido lamer el glaseado de la nariz de Tessa.
—¡Te ay udaré a limpiar! —se ríe ella mientras le paso la lengua por la
mejilla.
—¿Sabes? Echo de menos aquellos días cuando ni siquiera la hubieras cogido
de la mano delante de mí —protesta Landon. Se agacha para recoger los
cuadraditos partidos y los cupcakes aplastados del suelo.
Y, desde luego, no los echo de menos, y espero que Tessa tampoco.
—¿Te han gustado los cuadraditos de arce, Hardin? —pregunta Karen mientras
saca un jamón cocido del horno y lo coloca sobre la tabla de cortar.
—Estaban bien —digo encogiéndome de hombros mientras me siento a la
mesa. Tessa me lanza una mirada desde la silla de al lado y y o puntualizo—:
Estaban muy ricos —y me gano una sonrisa de mi chica. Por fin he empezado a
captar que las pequeñas cosas la hacen sonreír. Es raro del carajo, pero funciona,
así que seguiré haciéndolo.
Mi padre se vuelve hacia mí.
—¿Cómo va el tema de tu graduación? —Alza el vaso de agua y le da un
trago. Tiene mucho mejor aspecto que cuando lo vi en su despacho el otro día.
—Bien, ya he acabado. No voy a ir a la ceremonia, ¿recuerdas? —Sé que lo
recuerda, sólo espera que haya cambiado de idea.
—¿Qué quieres decir con que no irás a la ceremonia? —interrumpe Tessa, lo
que provoca que Karen deje de cortar el jamón y nos mire.
« Joder.»
—Que no voy a ir a la ceremonia de graduación. Me enviarán el diploma por
correo —contesto con sequedad. Esto no se va a convertir en un acorrala-aHardin-y
-hazlo-cambiar-de-opinión.
—¿Por qué no? —pregunta Tessa, lo que hace que mi padre parezca
complacido. El muy cabrón lo había planeado todo, lo sé.
—Porque no quiero —replico. Miro a Landon en busca de ayuda, pero él
evita mi mirada. A la mierda la camaradería de antes; está claro que es parte del
Equipo Tessa—. No me presiones ahora, no voy a la ceremonia y no voy a
cambiar de idea —la aviso, en voz lo suficientemente alta como para que todo el
mundo lo oiga y no hay a duda de lo definitivo de mi decisión.
—Hablaremos de eso más tarde —me amenaza ella con las mejillas
sonrojadas.
« Claro, Tessa, seguro.»
Karen se acerca con el jamón en una bandeja de servir, bastante orgullosa de
su creación. Supongo que tiene razones para ello; debo admitir que huele muy
bien. Me pregunto si habrá encontrado una forma de usar el sirope también en
esto.
—Tu madre dijo que has decidido ir a Inglaterra —comenta mi padre. No
parece incómodo hablando del tema delante de Karen. Supongo que llevan juntos
lo suficiente como para que no les resulte raro hablar de mi madre.
—Sí —contesto con monosílabos, y cojo un trozo de jamón en señal de que se
ha acabado la charla para mí.
—¿Tú también irás, Tessa? —le pregunta.
—Sí, tengo que acabar de sacarme el pasaporte, pero iré.
La sonrisa en su cara hace desaparecer mi enfado en segundos.
—Será una experiencia increíble para ti; recuerdo que me contaste lo mucho
que te gustaba Inglaterra. Aunque odio tener que ser yo el que te desilusione: el
nuevo Londres no se parece mucho al de tus novelas. —Le sonríe y ella se echa
a reír.
—Gracias por el aviso, soy consciente de que la niebla del Londres de
Dickens era, de hecho, humo.
Tessa encaja tan bien con mi padre y su nueva familia…, mejor que y o. Si
no fuera por ella, no estaría hablando con ninguno de ellos.
—Pídele a Hardin que te lleve a Chawton, está a menos de dos horas de
Hampstead, donde vive Trish —sugiere mi padre.
« Ya tenía planeado llevarla, muchas gracias.»
—Eso sería fantástico. —Tessa se vuelve hacia mí, su mano se mueve bajo la
mesa y me aprieta el muslo. Sé que quiere que sea un buen chico durante la
cena, pero mi padre está poniéndomelo difícil—. He oído hablar mucho de
Hampstead —añade ella.
—Ha cambiado mucho a lo largo de los años. Ya no es el pequeño y tranquilo
pueblo que era cuando y o vivía allí. Los precios del mercado inmobiliario se han
disparado —explica mi padre, como si a ella le importara un comino el mercado
inmobiliario de mi pueblo natal—. Hay un montón de sitios que ver. ¿Cuánto
tiempo os quedaréis? —pregunta entonces.
—Tres días —contesta Tessa por los dos. No tengo planeado llevarla a ningún
sitio excepto a Chawton. Pienso mantenerla encerrada durante todo el fin de
semana para que ninguno de mis fantasmas pueda alcanzarla.
—Estaba pensando… —dice mi padre llevándose la servilleta a los labios—.
He hecho algunas llamadas esta mañana y he encontrado un sitio para tu padre
muy bueno.
El tenedor de Tessa resbala de entre sus dedos y cae repicando sobre el plato.
Landon, Karen y mi padre la miran, esperando a que hable.
—¿Qué? —rompo y o el silencio para que ella no tenga que hacerlo.
—He encontrado una buena clínica de tratamiento; ofrecen un programa de
desintoxicación de tres meses…
Tessa solloza a mi lado. Es un sonido tan bajo que nadie más lo oy e, pero
resuena a través de todo mi cuerpo.
« ¡¿Cómo se atreve a sacar esa mierda frente a todo el mundo en mitad de la
cena?!»
—… el mejor de Washington. Aunque podríamos mirar en cualquier otro
sitio, si lo prefieres. —Habla en voz baja y no hay ni una sombra de censura en
ella, pero las mejillas de Tessa se encienden de vergüenza y y o quiero arrancarle
la puta cabeza a mi padre aquí mismo.
—Éste no es momento para venirle con toda esa mierda —le advierto.
Tessa da un ligero respingo ante mi tono duro.
—Está bien, Hardin. —Sus ojos me suplican tranquilidad—. Sólo me ha
pillado con la guardia baja —añade por educación.
—No, Tessa, no está bien. —Me vuelvo hacia Ken—: ¿Cómo sabías que su
padre es un y onqui, para empezar?
Tessa se encoge de nuevo; podría romper todos los platos de esta casa por
haber sacado el tema.
—Landon y y o hablamos sobre ello anoche, y los dos pensamos que discutir
un plan de rehabilitación con Tessa sería una buena idea. Para los adictos es muy
duro recuperarse por sí mismos —explica.
—Y tú lo sabes mejor que nadie, ¿verdad? —escupo sin pensar.
Pero mis palabras no tienen el efecto deseado en mi padre, que simplemente
deja pasar el comentario con una pequeña pausa. Cuando miro a su mujer, la
tristeza es evidente en sus ojos.
—Sí, un alcohólico rehabilitado lo sabe bien —replica por fin mi padre.
—¿Cuánto cuesta? —le pregunto. Gano lo suficiente como para mantenernos
a Tessa y a mí, pero ¿una rehabilitación? Eso vale un huevo.
—Yo lo pagaría —contesta mi padre con calma.
—Y una mierda. —Intento levantarme de la mesa, pero Tessa me agarra del
brazo con fuerza. Vuelvo a sentarme—. No vas a pagarlo tú.
—Hardin, estoy más que dispuesto a hacerlo.
—Tal vez deberíais hablarlo en la otra habitación —sugiere Landon.
Lo que realmente quiere decir es « No habléis de ello delante de Tessa» . Ella
me suelta el brazo y mi padre se levanta al mismo tiempo que y o. Tessa no alza
la vista del plato mientras entramos en la sala de estar.
—Lo siento —oigo decir a Landon justo antes de aplastar a mi padre contra la
pared. Me estoy enfadando, estoy furioso…, puedo sentir cómo la rabia va
tomando el control.
Mi padre me empuja con más fuerza de la que esperaba.
—¡¿Por qué no podías hablar de esto conmigo antes de soltárselo en mitad de
la puta cena… delante de todos?! —le grito apretando los puños a ambos lados del
cuerpo.
—Creía que Tessa debería tener algo que decir al respecto, y sabía que
rechazarías mi oferta de pagarlo. —Su voz, al contrario que la mía, suena
calmada.
Estoy furioso y me arde la sangre. Recuerdo las muchas veces que he
abandonado las cenas familiares en casa de los Scott dando un portazo. Podría ser
una maldita tradición.
—Tienes toda la razón al decir que lo rechazo. No hace falta que vay as
echándonos en cara tu puto dinero…, no lo necesitamos.
—Ésa no es mi intención. Sólo quiero ayudarte de cualquier manera posible.
—Y ¿cómo va a ayudarme que envíes a su jodido padre a rehabilitación? —
pregunto, aunque ya sé la respuesta.
Él suspira.
—Porque, si él se pone bien, entonces ella también estará bien. Y ella es la
única forma que tengo de ay udarte. Yo lo sé y tú también lo sabes.
Dejo escapar el aire sin discutir siquiera con él porque sé que esta vez tiene
razón. Sólo necesito unos minutos para calmarme y recapacitar.
CAPÍTULO 127
Tessa
Me siento aliviada cuando ni Hardin ni Ken regresan al comedor con la nariz
sangrando o los ojos morados.
En el momento en que Ken se sienta de nuevo y se coloca la servilleta sobre
el regazo, dice:
—Quiero pediros disculpas por haber sacado este tema durante la cena. Ha
estado totalmente fuera de lugar.
—No importa, de verdad. Aprecio mucho tu oferta —afirmo forzando una
sonrisa. Es cierto que la aprecio, pero es demasiado para aceptarlo.
—Hablaremos de todo ello más tarde —murmura Hardin junto a mi oído.
Asiento y Karen se levanta a recoger la mesa. Yo casi ni he tocado mi plato.
La sola mención de los… problemas de mi padre me ha quitado el apetito.
Hardin acerca su silla a la mía.
—Al menos come algo de postre.
Pero vuelvo a tener calambres. El efecto del ibuprofeno ya ha pasado, y mi
dolor de cabeza y los calambres han vuelto con más fuerza.
—Lo intentaré —le aseguro.
Karen trae una bandeja llena de montones de su bollería de arce a la mesa y
cojo un cupcake. Hardin coge un cuadradito y observa las perfectas flores de
glaseado encima.
—Yo he hecho ésas —miento.
Él me sonríe y sacude la cabeza.
—Ojalá no tuviéramos que irnos —digo cuando le echa un vistazo al reloj.
Intento no pensar en el reloj al que tuvo que renunciar para pagar la deuda de mi
padre con su camello.
« ¿Es la rehabilitación de verdad lo mejor para él? ¿Aceptaría el ofrecimiento
siquiera?»
—Eres tú la que hizo las maletas y se mudó a Seattle —masculla Hardin.
—Me refiero a irnos de aquí, esta noche —le aclaro esperando que lo pille.
—Oh, no… Yo no voy a quedarme aquí.
—Pero yo quiero —digo con un puchero.
—Tessa, nos vamos a casa…, a mi apartamento, donde está tu padre.
Frunzo el ceño; es por eso por lo que no quiero ir allí. Necesito tiempo para
pensar y respirar, y esta casa parece perfecta para ello, incluso pese a la
mención de Ken sobre la rehabilitación durante la cena. Siempre ha sido una
especie de santuario. Me encanta esta casa, y estar en el apartamento ha sido una
tortura desde que llegué el viernes.
—Vale —digo mientras mordisqueo el borde de mi cupcake.
Por fin Hardin suspira, rindiéndose.
—Está bien, nos quedaremos.
Sabía que me saldría con la mía.
El resto de la cena transcurre sin tanta incomodidad como al principio.
Landon está callado, demasiado, y pretendo preguntarle qué le pasa en cuanto
acabe de ay udar a Karen a recoger la cocina.
—Echo de menos tenerte por aquí. —Karen cierra el lavavajillas y se vuelve
hacia mí con un paño entre las manos.
—Y y o echo de menos estar aquí —digo apoyándome en la encimera.
—Me alegro de oírlo. Eres como una hija para mí, quiero que lo sepas. —Su
labio inferior tiembla y sus ojos brillan bajo las intensas luces de la cocina.
—¿Estás bien? —le pregunto, y me acerco a esta mujer que tanto ha llegado
a importarme.
—Sí —sonríe—. Lo siento, últimamente he estado de lo más emotiva.
Parece sacudírselo de encima y, en cuanto lo hace, vuelve a la normalidad
brindándome una sonrisa tranquilizadora.
—¿Lista para irnos a la cama? —Hardin se nos une en la cocina, cogiendo
otro cuadradito de arce por el camino. Sabía que le gustaban más de lo que
quiere confesar.
—Vamos, que estoy hecha un desastre. —Karen me abraza y me da un
cariñoso beso en la mejilla antes de que Hardin me rodee con un brazo,
prácticamente sacándome de la cocina.
Suspiro mientras nos dirigimos a la escalera. Algo no va bien.
—Me preocupan Karen y Landon —digo.
—Están bien, seguro —contesta Hardin mientras me guía escaleras arriba y
hasta su habitación. La puerta del dormitorio de Landon está cerrada, y no se ve
luz por debajo—. Está durmiendo.
Nada más entrar siento como si la habitación de Hardin me diera la
bienvenida, desde la ventana panorámica hasta el nuevo escritorio y su silla,
sustitutos de los que Hardin destruy ó la última vez que estuvo aquí. Había estado
en la casa después de eso, pero no había reparado en ello. Ahora que vuelvo a
estar aquí, quiero fijarme en cada detalle.
—¿Qué? —La voz de Hardin me saca de mis pensamientos.
Miro a mi alrededor, y rememoro la primera vez que me quedé aquí con él.
—Estaba recordando, eso es todo —digo y me quito los zapatos.
Él sonríe.
—Recordando, ¿eh? —En un instante se saca la camiseta negra por la cabeza
y me la lanza, hundiéndome aún más en mis recuerdos—. ¿Te importa
compartirlo conmigo? —A continuación van los vaqueros; se los baja
rápidamente y los deja en el suelo como un charco de ropa.
—Bueno… —Admiro su torso tatuado perezosamente cuando levanta los
brazos, estirando su largo cuerpo—. Estaba pensando en la primera vez que me
quedé aquí contigo.
También fue la primera vez que Hardin se quedó a dormir aquí.
—¿En qué exactamente?
—En nada en concreto. —Me encojo de hombros, desnudándome yo
también frente a su atenta mirada. Doblo mis vaqueros y mi blusa antes de
ponerme su camiseta negra por la cabeza.
—Sujetador fuera —dice Hardin enarcando una ceja; su tono es severo, y sus
ojos de un verde profundo.
Me quito el sujetador y subo a la cama para tumbarme a su lado.
—Ahora dime en qué estabas pensando.
Me acerca a él por la cintura y deja una mano sobre mi cadera cuando me
tiene acurrucada contra su costado, tan cerca de su cuerpo como es posible. Las
y emas de sus dedos recorren la cinturilla de mis braguitas, enviando escalofríos
por mi espalda que se extienden automáticamente por todo mi cuerpo.
—Estaba recordando cuando Landon me llamó aquella noche. —Alzo los
ojos para estudiar su expresión—. Estabas destrozando toda la casa. —Frunzo el
ceño ante el claro recuerdo de los aparadores rotos y los platos de porcelana
hechos añicos y esparcidos por el suelo.
—Sí, eso hice —replica suavemente.
La mano que está usando para trazar círculos en mi espalda desnuda sube
para tomar un mechón de mi cabello. Lo retuerce lentamente sin romper el
contacto visual conmigo.
—Tenía miedo —admito—. No de ti, sino de lo que dirías.
Él frunce el ceño.
—Entonces confirmé tus temores, ¿no?
—Sí, supongo que sí —respondo—. Pero me compensaste por tus duras
palabras.
Hardin se ríe, apartando finalmente los ojos de los míos.
—Sí, pero sólo para decirte más mierdas al día siguiente.
Sé hacia dónde va esto. Intento sentarme, pero él apoy a las manos en mis
caderas y empuja para mantenerme quieta. Habla antes de que yo pueda
hacerlo.
—Incluso entonces ya estaba enamorado de ti.
—¿En serio?
Él asiente, cogiéndome aún más fuerte por la cadera.
—En serio.
—¿Cómo lo supiste? —pregunto en voz baja. Hardin ya había mencionado
que aquélla fue la noche en que supo que estaba enamorado de mí, pero nunca
llegó a explicarse. Estoy deseando que lo haga ahora.
—Simplemente lo supe. Y, por cierto, sé lo que estás haciendo —sonríe.
—¿Ah, sí? —Coloco la palma de la mano sobre su estómago, cubriendo el
centro de la mariposa nocturna que tiene tatuada ahí.
—Estás siendo cotilla. —Se enrolla los mechones de mi cabello con los que ha
estado enredando alrededor del puño y tira de ellos, juguetón.
—Pensé que la que tiraba de los pelos aquí era y o. —Me río de mi
comentario cursi y él me imita.
—Y lo eres. —Retira la mano durante un momento para coger mi mata de
pelo rubio despeinado. Luego tira de él echando mi cabeza hacia atrás para
forzarme a mirarlo—. Ha pasado tanto tiempo… —dice inclinando la cabeza y
obligándome a sentarme derecha, y me pasa la nariz por la mandíbula y por mi
cuello expuestos—. La he tenido dura desde tu pequeña provocación de esta
mañana —susurra, mientras aprieta la prueba entre mis muslos.
El calor de su respiración sobre mi piel es casi insoportable. Me retuerzo bajo
sus sucias palabras y su intensa mirada.
—Te vas a ocupar de esto, ¿verdad? —exige más que pregunta.
Tira de mi cabello arriba y abajo, forzándome a asentir con la cabeza.
Quiero corregirlo y decirle que, de hecho, ha sido él quien me ha provocado por
la mañana, pero me callo. Me gusta hacia dónde va esto. Sin una palabra, Hardin
me suelta el cabello y la cadera y se alza sobre las rodillas. Sus manos están frías
cuando retiran la tela de la camiseta, exponiendo mi estómago y mi torso
desnudos. Sus dedos ansiosos alcanzan mis pechos, y su lengua se hunde en mi
boca. Me enciendo de inmediato; todo el estrés de las últimas veinticuatro horas
se desvanece y Hardin ocupa todos mis sentidos.
—Siéntate contra la cabecera —me indica después de quitarme la camiseta
por completo. Hago lo que me dice, bajando mi cuerpo hasta que mis hombros
descansan a medias sobre la enorme cabecera de color teja.
Hardin se baja el bóxer y alza primero una rodilla y luego la otra para
quitárselo.
—Un poco más abajo, cariño.
Me reposiciono y él da su aprobación. Entonces recorre la cama de rodillas y
se coloca delante de mí. Mi lengua asoma entre mis labios, ansiosa por tocar su
piel. Mi mandíbula se relaja y Hardin rodea su erección con una mano y observo
con asombro cómo me la acerca a la boca mientras se la acaricia lentamente.
Abro la boca aún más y el pulgar de Hardin se desliza por mi labio inferior,
hundiéndose en mi boca sólo un segundo antes de que su dedo…, mmm…, sea
reemplazado. Empuja dentro de mi boca lentamente, saboreando la sensación de
cada centímetro de él deslizándose sobre mi lengua.
—Joder —gruñe desde arriba.
Levanto la mirada para ver sus ojos clavados en mí. Con una mano se agarra
a lo alto de la cabecera para mantener el equilibrio mientras empuja y se retira
una y otra vez.
—Más —jadea, y le agarro el trasero con las manos, acercándolo aún más a
mí.
Mi boca lo cubre y tomo pequeñas caladas de él, disfrutando de esto tanto
como Hardin. Parece seda sobre mi lengua, y su rápida respiración y los
gemidos con los que me nombra, diciéndome lo buena que soy para él, lo mucho
que le gusta mi boca, hacen que mi cuerpo arda de pasión.
Sigue moviéndose dentro y fuera, dentro y fuera.
—Tan jodidamente bueno… Mírame —suplica.
Parpadeo al volver a mirarlo a la cara, fijándome en la forma en que sus
cejas bajan, la forma en que se muerde el labio inferior, y la forma en que sus
ojos me observan. Se hunde hasta el fondo de mi garganta repetidamente, y noto
la forma en que los músculos de su estómago se expanden y se tensan, señalando
lo que está a punto de ocurrir.
Como si pudiera leer mi mente, gime:
—Joder, voy a correrme…
Sus movimientos se aceleran y son ahora más bruscos. Aprieto los muslos
para liberar parte de la presión y chupo con más fuerza. Me sorprende cuando él
se retira de mi boca y se corre sobre mi pecho desnudo. Gimiendo de nuevo mi
nombre, se inclina hacia adelante exhausto, apoyando la frente contra la
cabecera. Espero pacientemente a que recupere el aliento y a que vuelva a
tumbarse junto a mí.
Alarga la mano y, para mi gran horror, la restriega lentamente sobre el
semen que hay en mi pecho. Luego observa, transfigurado durante un momento
antes de que nuestros ojos se encuentren.
—Toda mía. —Sonríe sin vergüenza, dejando suaves besos sobre mis labios
abiertos.
—Yo… —digo mirando mi pecho pegajoso.
—Te ha gustado. —Sonríe, y no puedo negarlo—. Te sienta bien. —Por la
forma en que sus ojos se fijan en mi piel brillante, me doy cuenta de que lo cree
de verdad.
—Eres un guarro —es lo único que se me ocurre decir.
—¿En serio? Tú también. —Señala mi pecho y me coge por las caderas para
arrancarme de la cama.
Chillo y Hardin me cubre la boca con una mano.
—Shhh…, no queremos tener público mientras te follo sobre el escritorio,
¿verdad?
Tessa
Mi madre y yo nos sentamos en silencio. No paro de darle vueltas a la cabeza y
mi corazón late con fuerza mientras observo cómo se coloca un mechón de pelo
rubio detrás de la oreja. Está relajada y serena, no agobiada como yo.
—¿Por qué has dejado que tu padre viniera aquí después de todo este tiempo?
Entiendo que quisieses verlo más después de encontrarte con él en la calle, pero
no que dejaras que se mudara aquí —dice por fin.
—Yo no lo invité a quedarse —repongo—; ya no vivo aquí. Hardin dejó que
se quedara en un acto de generosidad. Una generosidad que has malinterpretado
y que le has restregado por la cara —digo sin ocultar mi enfado por cómo lo ha
tratado.
Mi madre, y todo el mundo, siempre malinterpretará a Hardin y nadie
entenderá por qué lo amo. Pero eso no importa, porque no necesito que lo
entiendan.
—Te llamó porque pensaba que estarías aquí para mí —suspiro, y decido
mentalmente en qué dirección quiero llevar esta conversación antes de que
empiece a intimidarme como de costumbre.
Ella mira al suelo con sus ojos grises ahora sombríos.
—¿Por qué te enfrentas a todo el mundo para defender a ese chico después
de todo lo que te ha hecho? Te ha hecho sufrir mucho, Theresa.
—Porque merece la pena que lo defienda, madre. Por eso.
—Pero…
—Basta. No voy a seguir hablando de esto contigo. Ya te lo dije: si no eres
capaz de aceptarlo, no puedo mantener una relación contigo. Hardin y yo
formamos un paquete, te guste o no.
—En su día yo pensaba lo mismo de tu padre. —Hago todo lo posible por no
encogerme cuando levanta la mano para arreglarme el flequillo.
—Hardin no se parece en nada a mi padre —replico.
Una ligera risa escapa de sus labios pintados.
—Sí se parece, créeme. Es igual que él hace muchos años.
—Puedes marcharte ya si vas a decir ese tipo de cosas.
—Relájate. —Vuelve a arreglarme el pelo. No sé si irritarme por el gesto
condescendiente o si sentirme reconfortada por los bonitos recuerdos que me trae
a la memoria—. Quiero contarte algo.
Admito que me siento intrigada por sus palabras, pero escéptica ante sus
motivos. Nunca me habló de mi padre, así que esto debe de ser interesante.
—Nada de lo que digas hará que cambie de idea con respecto a Hardin —le
advierto.
Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba ligeramente cuando
declara:
—Tu padre y y o nunca nos casamos.
—¿Qué? —Me siento derecha en la cama y cruzo las piernas debajo de mí.
« ¿Cómo que no se casaron?» Claro que sí. He visto las fotos. El vestido de
encaje de mi madre era precioso a pesar del hecho de que tenía la barriga un
poco hinchada, y el traje de mi padre no estaba bien ajustado, de modo que le
quedaba como si llevara un saco de patatas. Me encantaba mirar esos álbumes y
admiraba cómo le brillaban las mejillas a mi madre y cómo mi padre la
contemplaba como si ella fuera la única persona en el mundo. Recuerdo la
horrible escena que aconteció un día cuando mi madre me descubrió mirándolas;
después de eso, las escondió y jamás volví a verlas.
—Es verdad. —Suspira. Salta a la vista que esta confesión le resulta
humillante. Con manos temblorosas, dice—: Celebramos una boda, pero tu padre
nunca quiso casarse. Yo lo sabía. Y sabía que, si no me hubiera quedado
embarazada de ti, me habría dejado mucho antes. Tus abuelos lo presionaban
con el matrimonio. Verás, tu padre y yo no éramos capaces de pasar un día
entero sin discutir. Al principio era muy emocionante —sus ojos grises se pierden
en sus recuerdos—, pero como acabarás viendo, toda persona tiene un límite.
Conforme pasaban los días y los años, empecé a rezarle a Dios todas las noches
para que cambiara por mí. Y por ti. Rezaba para que una noche entrara por la
puerta con un ramo de flores en la mano en lugar de apestando a alcohol. —Se
inclina hacia atrás y se cruza de brazos. Unas pulseras que no puede permitirse
penden de sus muñecas, un tributo de su excesiva necesidad de parecer elegante.
La confesión de mi madre me ha dejado sin palabras. Nunca se ha mostrado
abierta a hablar, y menos cuando el tema de conversación era mi padre. La
repentina compasión que siento por esta mujer hace que me broten las lágrimas.
—Deja de llorar —me regaña antes de continuar—. Toda mujer espera
reformar a su hombre, pero no es más que eso: una falsa esperanza. No quiero
que pases por lo mismo que y o. Quiero más para ti. —Me están dando náuseas
—. Por eso te crié para que fueses capaz de salir de esa pequeña ciudad y te
labrases un porvenir.
—Yo no… —empiezo a defenderme, pero ella levanta una mano para
silenciarme.
—Nosotros también tuvimos nuestros días buenos, Theresa. Tu padre era
divertido y encantador —sonríe—, y se esforzaba al máximo por ser quien yo
quería que fuese, pero su auténtica personalidad era más fuerte y acabó
frustrado conmigo, con la vida que compartimos todos esos años. Recurrió al
alcohol y y a nunca fue lo mismo. Sé que lo recuerdas —dice con voz
atormentada, y detecto la vulnerabilidad en su tono y el brillo en sus ojos, pero se
recupera al instante. Mi madre nunca ha sido muy dada a mostrar debilidad.
Vuelvo a oír de nuevo los gritos en mi cabeza, los platos rotos e incluso la
frase ocasional de « Estos moratones que tengo en los brazos son de la
jardinería» , y siento que se me hacen un montón de nudos en el estómago.
—¿Puedes de verdad mirarme a los ojos y decirme que tienes un futuro con
ese chico? —pregunta mi madre cuando vuelve a hacerse el silencio.
No puedo responder. Sé qué futuro quiero con Hardin. La cuestión es si él me
lo concederá o no.
—Yo no he sido siempre así, Theresa. —Se da unos toquecitos debajo de los
ojos con sus dos dedos índices—. Estaba enamorada de la vida, me emocionaba
pensar en mi futuro…, y mírame ahora. Puede que pienses que soy una persona
horrible por querer protegerte de mi destino, pero sólo hago lo que es necesario
para evitar que repitas mi historia. No quiero esto para ti…
Me cuesta imaginar a una joven Carol feliz y emocionada ante cada nuevo
día. Podría contar los días que he oído reír a esta mujer durante los últimos cinco
años con los dedos de una mano.
—No es lo mismo, madre —me obligo a decir.
—Theresa, no puedes negar las similitudes.
—Hay algunas, es cierto —admito más para mí misma que para ella—, pero
me niego a pensar que la historia se esté repitiendo. Hardin ya ha cambiado
mucho.
—Si tienes que cambiarlo, ¿para qué molestarte? —Su voz ahora suena
calmada mientras observa el dormitorio que en su día fue el mío.
—Yo no lo he cambiado, se ha cambiado a sí mismo. Sigue siendo el mismo
hombre, todo lo que adoro de él sigue estando ahí, pero ha aprendido a manejar
las cosas de otra manera y se ha convertido en una versión mejorada de sí
mismo.
—He visto la sangre en su mano —señala.
Le quito importancia.
—Tiene mucho temperamento.
Muchísimo, pero no pienso consentir que lo menosprecie. Tiene que entender
que estoy de su lado, y que a partir de ahora para llegar hasta él tiene que pasar
antes por encima de mí.
—Tu padre también lo tenía.
Me mantengo firme:
—Hardin jamás me haría daño a propósito. No es perfecto, madre, pero tú
tampoco. Ni y o. —Me sorprendo de mi propia confianza cuando me cruzo de
brazos y le sostengo la mirada.
—Es más que temperamento… Piensa en todo lo que te ha hecho. Te humilló
y tuviste que buscarte otro campus.
No tengo energías para rebatirle esa afirmación, principalmente porque es la
pura verdad. Siempre he querido trasladarme a Seattle, pero mis malas
experiencias de este año en la universidad me dieron el empujoncito que
necesitaba para dar el salto.
—Está plagado de tatuajes…, aunque al menos se ha quitado esos espantosos
piercings. —Pone cara de asco.
—Tú tampoco eres perfecta, madre —le repito—. Las perlas que rodean tu
cuello esconden tus cicatrices del mismo modo que los tatuajes de Hardin ocultan
las suy as.
Mi madre me mira al instante y me doy cuenta de que mis palabras se
repiten en su mente. Por fin ha sucedido. Por fin he conseguido que se abra al
diálogo.
—Lamento lo que mi padre te hizo, de verdad, pero Hardin no es mi padre.
—Vuelvo a sentarme a su lado y me aventuro a colocar la mano sobre la suya.
Siento su piel fría bajo mi palma pero, para mi sorpresa, no la aparta—. Y yo no
soy tú —añado con toda la delicadeza posible.
—Lo serás si no te alejas de él todo lo posible.
Aparto la mano e inspiro hondo para mantener la calma.
—No tienes por qué aprobar mi relación, pero tienes que respetarla. Si no
puedes hacerlo —digo esforzándome por mantener la seguridad en mí misma—,
entonces tú y yo jamás podremos tener una relación.
Sacude lentamente la cabeza de un lado a otro. Sé que estaba esperando que
cediera, que aceptara que lo mío con Hardin no funcionará. Pero se equivocaba.
—No puedes darme esa clase de ultimátum —dice.
—Claro que puedo. Necesito todo el apoy o posible, y estoy agotada de
enfrentarme al mundo entero.
—Si tienes la sensación de que estás batallando sola, tal vez sea el momento
de cambiarte de bando —replica mirándome con una ceja acusatoria enarcada.
Yo vuelvo a defender mi terreno.
—No estoy batallando sola. Deja de hacer eso. Basta —silbo entre dientes.
Hago todo lo posible por mostrarme paciente con ella, pero ya me estoy
hartando.
—Nunca me va a gustar —dice mi madre, y sé que lo dice de verdad.
—No tiene por qué gustarte —replico—, pero no quiero que contagies de tu
sentimiento a nadie más, y eso incluye a mi padre. No tenías ningún derecho a
contarle lo de la apuesta.
—Tu padre tenía derecho a saber lo que ha provocado.
¡No lo entiende! Sigue sin entender nada. La cabeza me va a estallar de un
momento a otro. Siento cómo la presión se acumula en mi cuello.
—Hardin se está esforzando al máximo por mí, pero hasta ahora nunca había
conocido nada mejor —le digo.
Ella no dice nada, ni siquiera me mira.
—¿Se acabó, entonces? ¿Vas a elegir la segunda opción? —le pregunto.
Mi madre me mira en silencio, cavilando tras sus párpados pesados. Se ha
quedado sin color en las mejillas, excepto por el colorete rosado que se ha
aplicado en los pómulos antes de llegar.
—Intentaré respetar tu relación. Lo intentaré —masculla por fin.
—Gracias —digo, pero la verdad es que no sé qué pensar de esta… tregua
con mi madre.
No soy tan ingenua como para creer en lo que me ha prometido hasta que no
me lo demuestre, pero es agradable sentir cómo me quito una de las pesadas
losas de encima.
—¿Qué vas a hacer con respecto a tu padre? —Ambas nos quedamos de pie;
ella me saca una cabeza con sus tacones de diez centímetros.
—No lo sé. —He estado demasiado distraída con el tema de Hardin como
para centrarme en mi padre.
—Deberías decirle que se marche; no pinta nada aquí, nublándote la mente y
llenándotela de mentiras.
—Él no ha hecho tal cosa —le espeto.
Cada vez que pienso que hemos avanzado algo, utiliza su tacón afilado para
golpearme de nuevo.
—¡Claro que sí! ¡Se presentan extraños en casa para pedirle el dinero que les
debe! Hardin me lo ha contado.
¿Por qué lo habrá hecho? Entiendo que esté preocupado, pero mi madre no ha
ay udado ni un ápice en esta situación.
—No voy a echarlo —digo—. Ésta no es mi casa, y no tiene ningún otro sitio
adonde ir.
Mi madre cierra los ojos y sacude la cabeza por enésima vez en los últimos
veinte minutos.
—Tienes que dejar de intentar arreglar a la gente, Theresa. Te pasarás la vida
entera haciéndolo y después y a no te quedará nada de ti misma, incluso si
consigues cambiarlos.
—¿Tessa? —La voz de Hardin me llama entonces desde el pasillo.
Abre la puerta antes de que me dé tiempo a responder y sus ojos
inspeccionan mi rostro al instante en busca de aflicción.
—¿Estás bien? —pregunta, pasando rotundamente por alto la presencia de mi
madre.
—Sí. —Gravito hacia él, pero evito abrazarlo, por respeto a mi madre.
La pobre mujer acaba de revivir veinte años de recuerdos.
—Yo y a me voy. —Mi madre se alisa el vestido, se detiene en el dobladillo y
vuelve a repetir la acción con el ceño fruncido.
—Bien —responde Hardin bruscamente buscando protegerme.
Le ruego con la mirada que se calle. Pone los ojos en blanco pero no dice ni
una palabra más mientras mi madre pasa por nuestro lado y se aleja por el
pasillo. El insoportable sonido de sus tacones acaba por provocarme la migraña
que y a llevaba rato amenazando con presentarse.
Cojo a Hardin de la mano y la sigo en silencio. Mi padre intenta hablar con
mi madre, pero ella se lo impide.
—¿No te has puesto abrigo? —le pregunta inesperadamente.
Ella se queda tan pasmada como yo. Farfulla que no y se vuelve hacia mí.
—Te llamaré mañana… ¿Contestarás esta vez? —Es una pregunta en lugar de
una orden, lo cual y a es una especie de progreso.
—Sí —asiento.
No dice adiós. Sabía que no lo haría.
—¡Esa mujer me saca de mis casillas! —grita mi padre cuando la puerta se
cierra, agitando las manos en el aire con exasperación.
—Nos vamos a la cama. Si alguien más llama a esa maldita puerta, no abras
—refunfuña Hardin, y me guía de regreso al dormitorio.
Estoy más que agotada. Apenas puedo mantenerme en pie.
—¿Qué te ha dicho? —me pregunta Hardin.
Se quita la sudadera y me la lanza. Detecto una ligera inseguridad mientras
espera a que la recoja del suelo. A pesar de la grasa de la mantequilla y de las
manchas de sangre en la tela negra, me quito la camiseta y el sujetador y me la
pongo. Inhalo su familiar esencia y el aroma ayuda a calmar mis nervios.
—Más de lo que me ha dicho en toda mi vida —admito. Sigo sin parar de
darle vueltas a la cabeza.
—¿Ha hecho que cambies de idea? —Me mira con pánico en los ojos.
Tengo la sensación de que mi padre debe de haber tenido una charla parecida
con él, y me pregunto si le guarda el mismo rencor a mi madre que ella a él, o si
admite que es el responsable de que sus vidas sean tan desgraciadas ahora.
—No. —Me quito los pantalones holgados y los coloco sobre la silla.
—¿Estás segura? ¿No te preocupa que repitamos su…? —empieza Hardin.
—No lo estamos haciendo. No tenemos nada que ver con ellos. —Lo detengo,
no quiero que nadie más se meta en su cabeza, esta noche no.
Hardin no parece muy convencido, pero me obligo a no obsesionarme con
eso ahora.
—¿Qué quieres que haga con respecto a tu padre? ¿Lo echo? —me pregunta.
Se sienta en la cama y apoya la espalda contra la cabecera mientras y o
recojo sus vaqueros y sus calcetines sucios del suelo. Levanta los brazos y se los
coloca detrás de la cabeza, mostrando perfectamente su cuerpo tatuado y
tonificado.
—No, no lo eches, por favor.
Me meto en la cama y él me coloca sobre su regazo.
—No lo haré —me asegura—. Al menos, no esta noche.
Lo miro esperando encontrar una sonrisa, pero no la veo.
—Estoy muy confundida —gruño contra su pecho.
—Puedo ay udarte con eso. —Eleva la pelvis y me obliga a inclinarme hacia
adelante y a apoyar las palmas en su torso desnudo.
Pongo los ojos en blanco.
—Cómo no. Si tu única herramienta es un martillo, todos los problemas te
parecen clavos.
Sonríe con malicia.
—¿Me estás diciendo que quieres que te martillee?
Antes de que proteste por su chiste malo, me coge la barbilla entre sus largos
dedos destrozados y me sorprendo a mí misma meneando las caderas y
frotándome contra él. Ni siquiera pienso en que tengo la regla, y sé que a Hardin
no le importa.
—Necesitas dormir, nena. No estaría bien que te follase ahora mismo —dice
con voz suave.
Pongo carita de pena.
—No, no estaría bien —digo, y deslizo las manos hacia su vientre.
—No, de eso nada. —Me detiene.
Necesito distraerme, y Hardin es perfecto para eso.
—Has empezado tú —protesto. Parezco desesperada, pero es que lo estoy.
—Lo sé, y lo siento. Te follaré en el coche mañana. —Desliza los dedos por
debajo de la sudadera y empieza a dibujar figuras en mi espalda desnuda—. Y, si
te portas bien, puede que te tumbe sobre el escritorio de casa de mi padre, como
a ti te gusta —me dice al oído.
Mi respiración se acelera y le doy una palmadita de broma. Se ríe. Su risa
me distrae casi tanto como lo haría el sexo. Casi.
—Además, no queremos montar un espectáculo aquí esta noche, ¿verdad?
Con tu padre ahí afuera… Probablemente vería la sangre de tu regla en las
sábanas y pensaría que te he matado. —Se muerde un carrillo.
—No empieces con eso —le advierto.
Sus terribles bromas sobre la regla no son bien recibidas en este momento.
—Venga, nena, no seas así. —Me pellizca el culo y yo lanzo un gritito y me
deslizo más contra su regazo—. Fluye. —Sonríe.
—Ésa ya la has usado —digo sonriéndole también.
—Bueno, discúlpame por no ser muy original. Es que me gusta reciclar mis
chistes una vez al mes.
Gruño e intento hacerlo rodar, pero él me detiene y entierra su boca en mi
cuello.
—Eres asqueroso —digo.
—No, sólo soy un desastre en toda regla. —Se ríe y pega los labios a los míos.
Pongo los ojos en blanco.
—Hablando de desastres… Deja que te vea la mano. —Echo la mía atrás y
agarro suavemente la suy a por la muñeca. Su dedo corazón se ha llevado la peor
parte. Tiene un buen corte de nudillo a nudillo—. Deberías ir a que te lo miraran
si no empieza a cicatrizar mañana.
—Estoy bien.
—Y éste también —añado pasando la yema del dedo índice por encima de la
piel destrozada de su dedo anular.
—No te preocupes tanto, nena. Duérmete —refunfuña.
Asiento y me quedo dormida oy endo sus protestas porque mi padre ha vuelto
a comerse sus frosties de Kellogg’s.
CAPÍTULO 125
Tessa
Paso unas dos horas tumbada en la cama, esperando impacientemente a que
Hardin se despierte, hasta que por fin me rindo y me levanto. Para cuando estoy
duchada y totalmente vestida, la cocina está limpia y ya me he tomado dos
ibuprofenos para librarme de los calambres y de mi monumental dolor de
cabeza. Regreso al dormitorio para despertarlo yo misma.
Le zarandeo suavemente el brazo y susurro su nombre, pero no funciona.
—Despierta, Hardin —digo mientras lo agarro con fuerza del hombro, y
retrocedo cuando la visión de mi madre arrancando el cuerpo adormecido de mi
padre del sofá aparece en mi mente.
Durante toda la mañana he estado evitando pensar en mi madre y en la
devastadora lección de historia que aprendí anoche. Mi padre aún duerme;
imagino que su breve visita también lo ha dejado agotado a él.
—No —murmura Hardin en sueños.
—Si no te levantas, me iré sola a casa de tu padre —lo amenazo deslizando
los pies en mis Toms.
Tengo un montón de zapatillas de esta marca, pero siempre acabo llevando
las caladas de color tostado. Hardin las llama alpargatas horrorosas, pero lo cierto
es que a mí me encantan los zapatos cómodos.
Hardin gime, rueda sobre su estómago y se alza sobre los codos. Aún tiene los
ojos cerrados cuando vuelve la cabeza hacia mí.
—No, no lo harás.
Sabía que no le gustaría la idea, y ésa es precisamente la razón por la que la
he usado para sacarlo de la cama.
—Entonces levántate. Yo ya me he duchado y todo —lloriqueo.
Estoy deseando llegar a casa de Landon y verlo a él, a Ken y a Karen de
nuevo. Parece como si hiciera años desde la última vez que vi a esa dulce mujer
que lleva un delantal con fresas estampadas que casi nunca se quita.
—Joder. —Hardin hace un puchero y abre los ojos.
Sofoco una risita ante su expresión perezosa. Yo también estoy cansada,
mental y físicamente exhausta, pero la idea de salir de este apartamento me
parece tremenda.
—Primero ven aquí —dice abriendo los ojos y alargando una mano hacia mí.
En el momento en que me tumbo a su lado, él rueda para atraparme bajo su
cuerpo, cubriéndome con su calor. Se restriega contra mí a propósito, moviendo
las caderas hasta que queda perfectamente encajado entre mis muslos, con su
erección matutina presionando como una tortura contra mí.
—Buenos días. —Ahora está totalmente despierto y no puedo evitar reírme.
Sin prisa, mueve las caderas en círculo, y esta vez trato de liberarme. Se une
a mi risa, pero enseguida me silencia cubriendo mi boca con la suya. Su lengua
juega con la mía, acariciándola suavemente, enviando señales completamente
opuestas a los bruscos movimientos que hacen sus caderas.
—¿Llevas un tampón? —me susurra, aún besándome. Sus manos han subido
hasta mis pechos y mi corazón late tan rápido que casi no puedo oír su voz
somnolienta.
—Sí —admito, sólo medio encogiéndome ante el horrible término al que he
llegado a acostumbrarme.
Él se aparta un poco; sus ojos recorren mi cara despacio mientras su lengua
asoma levemente para lamerse el labio inferior.
Desde el final del pasillo nos llega el ruido de los cajones de la cocina
abriéndose y cerrándose, seguido de un sonoro eructo, y después el estruendo de
una sartén que golpea el suelo.
Hardin pone los ojos en blanco.
—De puta madre. —Me mira fijamente—. Bueno, tenía planeado follarte
antes de irnos, pero ahora que el señor Rayo de Sol ya está despierto…
Se retira de encima de mí y se levanta, llevándose la manta consigo.
—Me daré prisa en la ducha —dice mientras se dirige hacia la puerta con el
ceño fruncido.
Hardin regresa en menos de cinco minutos, justo cuando estoy remetiendo
las esquinas de la sábana bajera. La única prenda que lleva encima es una toalla
blanca anudada alrededor de la cintura. Me obligo a apartar los ojos de su
increíble cuerpo tatuado y a dirigirlos hacia su cara mientras él camina hasta el
armario y saca su típica camiseta negra. Tras pasársela por la cabeza, se
enfunda un bóxer.
—Lo de anoche fue un puto desastre —dice. Tiene los ojos fijos en sus manos
destrozadas mientras se abotona los vaqueros.
—Sí —suspiro, tratando de evitar cualquier conversación sobre mis padres.
—Vámonos.
Coge las llaves y el móvil de encima de la cómoda y se los mete en los
bolsillos. Se aparta el cabello mojado de la frente y abre la puerta del dormitorio.
—¿Y bien…? —pregunta impaciente cuando no me apresuro a cumplir su
orden. ¿Qué ha pasado con el Hardin juguetón de hace apenas unos minutos? Si
su mal humor persiste, sospecho que hoy será tan mal día como ay er.
Sin decir una palabra, lo sigo a través de la puerta y pasillo abajo. La puerta
del baño está cerrada y oigo correr el agua. No me apetece esperar a que mi
padre salga de la ducha, pero tampoco quiero irme sin decirle adónde vamos y
asegurarme de que no necesita nada. « ¿Qué hace en este apartamento mientras
está solo? ¿Se pasa el día pensando en drogas? ¿Invita a gente a venir?»
Sacudo el segundo pensamiento de mi cabeza. Hardin se enteraría en caso de
que trajera malas compañías, y estoy segurísima de que mi padre no seguiría
aquí si fuera así.
Hardin permanece en silencio durante el trayecto hasta la casa de Ken y Karen.
Lo único que me asegura que hoy no va a ser un asco es la mano que mantiene
sobre mi muslo mientras se concentra en la carretera.
Como siempre, cuando llegamos ni siquiera llama a la puerta antes de entrar.
El dulce aroma a sirope de arce llena la casa, y seguimos el olor hasta la cocina.
Karen está de pie junto al horno con una espátula en la mano mientras agita la
otra en el aire a media conversación. Una chica desconocida está sentada frente
a la isleta. Su largo cabello castaño es lo único que veo hasta que hace girar el
taburete cuando Karen dirige la atención hacia nosotros.
—¡Tessa, Hardin! —Karen casi chilla de alegría mientras deposita con
cuidado la espátula en la encimera y corre a rodearme con los brazos—. ¡Cuánto
tiempo! —exclama, manteniéndome a casi un metro de distancia para mirarme
y luego volviendo a abrazarme. Su cálida bienvenida es exactamente lo que
necesito después de lo de anoche.
—Sólo han pasado tres semanas, Karen —señala Hardin con brusquedad.
La sonrisa de ella decae un poco, y se coloca un mechón de cabello tras la
oreja.
Echo una ojeada alrededor reparando en todas las hornadas que hay por la
cocina.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto para distraerla de la pésima actitud de su
hijastro.
—Galletas de arce, cupcakes de arce, cuadraditos de arce y magdalenas de
arce —dice mostrándomelo todo mientras Hardin se retira a un rincón con el
ceño fruncido.
Lo ignoro y miro de nuevo a la chica, sin saber cómo presentarme.
—¡Oh! —Karen lo nota—. Lo siento, debería haberos presentado desde el
principio. —La señala y añade—: Ésta es Sophia; sus padres viven al final de la
calle.
Sophia sonríe y me da la mano.
—Encantada de conocerte —dice con una sonrisa. Es hermosa,
extremadamente hermosa. Sus ojos son brillantes, y su sonrisa, cálida; es mayor
que y o, pero no puede tener más de veinticinco.
—Soy Tessa, una amiga de Landon —digo.
Hardin tose detrás de mí, evidentemente molesto por mi elección de palabras.
Imagino que Sophia conoce a Landon, y como Hardin y yo estamos…, bueno,
esta mañana parece más sencillo presentarme simplemente así.
—Aún no he podido conocer a Landon —dice Sophia. Su voz es baja y dulce,
y de inmediato me gusta.
—¡Oh! —Había dado por sentado que se conocían, dado que su familia vive
al final de la calle.
—Sophia acaba de graduarse en el Instituto Culinario de América, en Nueva
York —presume Karen por ella, y Sophia sonríe. No la culpo; si me acabara de
graduar en la mejor escuela de cocina del país, yo también dejaría que la gente
alardeara de mí. Eso si no lo estuviera haciendo yo misma, claro.
—He venido a visitar a mi familia y me he encontrado a Karen comprando
sirope. —Sonríe al contemplar el gran despliegue de bollería con sabor a sirope.
—Oh, éste es Hardin —digo para incluir a mi taciturno hombre del fondo.
Ella le sonríe.
—Encantada de conocerte.
Él ni siquiera mira a la pobre chica, simplemente murmura:
—Ya.
Me encojo de hombros ante Sophia, le dedico una sonrisa de simpatía para
compensar y después me vuelvo hacia Karen.
—¿Dónde está Landon?
Sus ojos van de Hardin a mí antes de contestar:
—Está… arriba. No se encuentra muy bien.
El estómago me da un vuelco; algo va mal con mi mejor amigo, lo sé.
—Voy arriba —dice Hardin disponiéndose a salir de la cocina.
—Espera, iré yo —me ofrezco. Si algo le ocurre a Landon, lo último que
necesita es a Hardin metiéndose con él.
—No. —Hardin sacude la cabeza—. Voy yo. Tómate unos pasteles de sirope
o algo —murmura, y sube la escalera de dos en dos sin darme tiempo a discutir.
Karen y Sophia lo observan.
—Hardin es hijo de Ken —explica su madrastra. A pesar de su
comportamiento de hoy, Karen aún sonríe orgullosa al mencionar su nombre.
Sophia asiente comprensiva.
—Es encantador —miente, y las tres rompemos a reír.
CAPÍTULO 126
Hardin
Por suerte para los dos, Landon no se la está cascando cuando abro la puerta de
su habitación. Como había imaginado, está sentado contra la pared en el sillón
reclinable, con un libro de texto en la mano.
—¿Qué haces aquí? —pregunta con voz ronca.
—Ya sabías que iba a venir —replico tomándome la libertad de sentarme en
el borde de su cama.
—Me refiero a mi habitación —me aclara.
Decido no contestar a eso. En realidad no sé qué hago en su habitación, pero
lo que está claro es que no quería seguir abajo con esas tres mujeres
obsesionándose las unas con las otras.
—Estás de puta pena —le digo.
—Gracias —responde, y vuelve a mirar su libro de texto.
—¿Qué te pasa? ¿Qué haces aquí arriba lloriqueando por los rincones? —Echo
una ojeada a su normalmente impoluta habitación y descubro que está algo
desordenada. Limpia para mis estándares, pero no para los de Landon y Tessa.
—No estoy lloriqueando.
—Si algo va mal, puedes contármelo. Se me da muy bien lo de consolar a los
demás y eso —digo esperando que el humor ayude un poco.
Él cierra el libro de golpe y me mira fijamente.
—¿Por qué debería contarte nada? ¿Para que puedas reírte de mí?
—No, no lo haré —le aseguro.
Probablemente lo haría. De hecho, he estado esperando que me dijera alguna
tontería acerca de haber sacado una mala nota para pagar mis frustraciones con
él, pero ahora que lo tengo enfrente, con esa pinta de perro apaleado, meterme
con él ya no me apetece tanto como antes.
—Tú dímelo. A lo mejor puedo ayudar —me ofrezco.
No tengo ni puta idea de por qué he dicho eso. Ambos sabemos que se me da
de pena ayudar a los demás. Mira qué puto desastre acabó siendo lo de anoche.
Las palabras de Richard me han estado carcomiendo toda la mañana.
—¿Ay udarme? —Landon me mira boquiabierto, obviamente sorprendido por
mi oferta.
—Oh, vamos, no me obligues a sacártelo a palos —digo. Me tumbo en su
cama y examino las aspas del ventilador del techo, deseando que fuera ya
verano para sentir el aire frío desde arriba.
Oigo su leve risa y el sonido del libro cuando lo deja en el escritorio a su lado.
—Dakota y yo lo hemos dejado —admite dócilmente.
Me incorporo de golpe.
—¿Qué? —Eso era lo último que habría imaginado que lo oiría decir.
—Sí, intentamos hacer que funcionara, pero… —Frunce el ceño y los ojos se
le empañan.
Si se echa a llorar, me largo cagando leches.
—Oh… —digo, y miro hacia otro lado.
—Creo que hace tiempo que ella ya quería cortar.
Lo miro de nuevo, tratando de no fijarme demasiado en su expresión triste.
Realmente es como un cachorrillo, especialmente ahora. Nunca me han gustado
los cachorrillos, pero éste… De pronto siento odio hacia la chica del cabello
rizado.
—¿Por qué crees eso? —pregunto.
Él se encoge de hombros.
—No sé. No es que me soltara de golpe que quería dejarlo…, es sólo que…
ha estado muy ocupada últimamente y nunca me devuelve las llamadas. Es
como si, cuanto más se acercara el momento de irme a Nueva York, más
distante se volviera.
—Probablemente se esté follando a otro —suelto a bocajarro, y él se encoge.
—¡No! Ella no es así —dice en su defensa.
Probablemente no debería haberlo dicho.
—Lo siento. —Me encojo de hombros.
—Ella no es de ese tipo de chicas —señala.
Tampoco lo era Tessa, pero la tuve retorciéndose y gimiendo mi
nombre mientras aún estaba saliendo con Noah…, aunque me guardo ese hecho
para mí por el bien de todo el mundo.
—Vale —acepto.
—Llevo saliendo con Dakota tanto tiempo que no puedo recordar cómo era la
vida antes de ella. —Lo dice en voz tan baja y apenada que se me contrae el
pecho. Es un sentimiento raro.
—Sé a qué te refieres —le digo.
La vida antes de Tessa no era nada, sólo ebrios recuerdos y oscuridad, y eso
es exactamente lo que sería la vida si nosotros la dejáramos.
—Ya, pero al menos tú no tendrás que averiguar cómo se vive « después» .
—¿Qué te hace estar tan seguro? —pregunto. Sé que me estoy apartando del
tema de su ruptura, pero debo saber la respuesta.
—No puedo imaginar nada que pueda separaros…, nada lo ha conseguido
hasta ahora —contesta Landon como si fuese la respuesta más obvia del mundo.
Tal vez lo sea para él; sin embargo, desearía que fuera tan obvio para mí.
—Y ¿ahora qué? ¿Aún piensas ir a Nueva York? Se supone que te vas…
¿cuándo? ¿Dentro de dos semanas?
—Sí, y no lo sé. He trabajado tan duro para poder entrar en la NYU…, y
además y a me he matriculado en las clases de verano y todo. Sería una lástima
no ir después de tanto sacrificio, pero al mismo tiempo ahora no parece tener
ningún sentido que vaya. —Sus dedos trazan círculos en sus sienes—. No sé qué
hacer.
—No deberías ir —digo—. Sería muy incómodo.
—Es una ciudad muy grande, nunca nos cruzaríamos. Además, aún somos
amigos.
—Claro, todo el rollo de « ser amigos» —replico, y no puedo evitar poner los
ojos en blanco—. ¿Por qué no se lo has contado a Tessa? —le pregunto. Seguro
que lo va a pasar fatal por él.
—Tess y a… —comienza.
—Tess-a —lo corrijo.
—… tiene suficiente con lo suyo. No quiero que encima se preocupe por mí.
—Quieres que no se lo cuente, ¿verdad? —apunto. Por su expresión de
culpabilidad, deduzco que no.
—Sólo por ahora, hasta que ella tenga un respiro. Últimamente está tan
estresada…, y temo que uno de estos días algo la lleve al límite.
Su preocupación por mi chica es fuerte, y ligeramente irritante, pero decido
aceptar y cerrar la boca.
—Me va a matar por esto, y lo sabes —gimo, aunque lo cierto es que yo
tampoco quiero contárselo. Landon tiene razón: Tessa ya tiene bastantes
preocupaciones, y yo soy el culpable del noventa por ciento de ellas.
—Hay más… —dice él entonces.
Claro que lo hay.
—Es mi madre, ella… —empieza a decir, pero un ligero golpe en la puerta lo
silencia.
—¿Landon? ¿Hardin? —llama la voz de Tessa al otro lado de la puerta.
—Entra —la invita Landon, mirándome con ojos suplicantes para reafirmar
la promesa de mantener en secreto su ruptura.
—Ya, y a —lo tranquilizo mientras la puerta se abre y Tessa entra trayendo un
plato y el espeso olor a sirope consigo.
—Karen quiere que probéis esto. —Deja el plato en el escritorio y me mira,
para después volverse de inmediato hacia Landon con una sonrisa—. Prueba los
cuadraditos de arce primero. Sophia nos ha enseñado a glasearlos
correctamente… Mira las florecitas que llevan. —Su meñique apunta a los
pegotes de glaseado apilados sobre la corteza marrón—. Nos ha enseñado a
hacerlas. Es tan maja…
—¿Quién? —pregunta Landon alzando una ceja.
—Sophia; acaba de marcharse de vuelta a casa de sus padres al final de la
calle. Tu madre se ha vuelto loca sacándole un montón de trucos de horneado. —
Tessa sonríe y se lleva un cuadradito a la boca.
Sabía que le gustaría esa chica. Lo supe en el momento en que las tres han
comenzado a lanzarse grititos la una a la otra en la cocina. Por esto he tenido que
largarme.
—Oh. —Landon se encoge de hombros y se sirve un cuadradito.
Tessa sostiene el plato con aprensión ante mí y y o niego con la cabeza,
rechazándolo. Sus hombros caen un poco pero no dice nada.
—Tomaré un cuadradito —murmuro esperando que su ceño desaparezca. Me
he comportado como un capullo toda la mañana. Ella se anima y me alcanza
uno. Lo que ella llama flores parecen mocos amarillos—. Seguro que tú has
glaseado éste —me burlo, tirando de su muñeca para sentarla en mi regazo.
—¡Éste era de práctica! —se defiende alzando la barbilla en actitud
desafiante. Me doy cuenta de que mi repentino cambio de humor la ha
confundido. Amí también.
—Claro, nena. —Sonrío, y ella restriega un trozo de glaseado amarillo por mi
camiseta.
—No soy ningún chef, ¿vale? —dice con un puchero.
Observo a Landon, que tiene la boca llena de cupcake mientras mira al suelo.
Paso el dedo por mi camiseta para quitar el glaseado y, antes de que Tessa pueda
detenerme, se lo restriego por la nariz, extendiéndole toda la horrible pasta
amarilla por encima.
—¡Hardin! —Trata de limpiarse, pero le cojo las manos con las mías y los
dulces caen al suelo.
—¡Venga ya, chicos! —Landon sacude la cabeza—. ¡Mi habitación ya está
hecha una pocilga!
Ignorándolo, decido lamer el glaseado de la nariz de Tessa.
—¡Te ay udaré a limpiar! —se ríe ella mientras le paso la lengua por la
mejilla.
—¿Sabes? Echo de menos aquellos días cuando ni siquiera la hubieras cogido
de la mano delante de mí —protesta Landon. Se agacha para recoger los
cuadraditos partidos y los cupcakes aplastados del suelo.
Y, desde luego, no los echo de menos, y espero que Tessa tampoco.
—¿Te han gustado los cuadraditos de arce, Hardin? —pregunta Karen mientras
saca un jamón cocido del horno y lo coloca sobre la tabla de cortar.
—Estaban bien —digo encogiéndome de hombros mientras me siento a la
mesa. Tessa me lanza una mirada desde la silla de al lado y y o puntualizo—:
Estaban muy ricos —y me gano una sonrisa de mi chica. Por fin he empezado a
captar que las pequeñas cosas la hacen sonreír. Es raro del carajo, pero funciona,
así que seguiré haciéndolo.
Mi padre se vuelve hacia mí.
—¿Cómo va el tema de tu graduación? —Alza el vaso de agua y le da un
trago. Tiene mucho mejor aspecto que cuando lo vi en su despacho el otro día.
—Bien, ya he acabado. No voy a ir a la ceremonia, ¿recuerdas? —Sé que lo
recuerda, sólo espera que haya cambiado de idea.
—¿Qué quieres decir con que no irás a la ceremonia? —interrumpe Tessa, lo
que provoca que Karen deje de cortar el jamón y nos mire.
« Joder.»
—Que no voy a ir a la ceremonia de graduación. Me enviarán el diploma por
correo —contesto con sequedad. Esto no se va a convertir en un acorrala-aHardin-y
-hazlo-cambiar-de-opinión.
—¿Por qué no? —pregunta Tessa, lo que hace que mi padre parezca
complacido. El muy cabrón lo había planeado todo, lo sé.
—Porque no quiero —replico. Miro a Landon en busca de ayuda, pero él
evita mi mirada. A la mierda la camaradería de antes; está claro que es parte del
Equipo Tessa—. No me presiones ahora, no voy a la ceremonia y no voy a
cambiar de idea —la aviso, en voz lo suficientemente alta como para que todo el
mundo lo oiga y no hay a duda de lo definitivo de mi decisión.
—Hablaremos de eso más tarde —me amenaza ella con las mejillas
sonrojadas.
« Claro, Tessa, seguro.»
Karen se acerca con el jamón en una bandeja de servir, bastante orgullosa de
su creación. Supongo que tiene razones para ello; debo admitir que huele muy
bien. Me pregunto si habrá encontrado una forma de usar el sirope también en
esto.
—Tu madre dijo que has decidido ir a Inglaterra —comenta mi padre. No
parece incómodo hablando del tema delante de Karen. Supongo que llevan juntos
lo suficiente como para que no les resulte raro hablar de mi madre.
—Sí —contesto con monosílabos, y cojo un trozo de jamón en señal de que se
ha acabado la charla para mí.
—¿Tú también irás, Tessa? —le pregunta.
—Sí, tengo que acabar de sacarme el pasaporte, pero iré.
La sonrisa en su cara hace desaparecer mi enfado en segundos.
—Será una experiencia increíble para ti; recuerdo que me contaste lo mucho
que te gustaba Inglaterra. Aunque odio tener que ser yo el que te desilusione: el
nuevo Londres no se parece mucho al de tus novelas. —Le sonríe y ella se echa
a reír.
—Gracias por el aviso, soy consciente de que la niebla del Londres de
Dickens era, de hecho, humo.
Tessa encaja tan bien con mi padre y su nueva familia…, mejor que y o. Si
no fuera por ella, no estaría hablando con ninguno de ellos.
—Pídele a Hardin que te lleve a Chawton, está a menos de dos horas de
Hampstead, donde vive Trish —sugiere mi padre.
« Ya tenía planeado llevarla, muchas gracias.»
—Eso sería fantástico. —Tessa se vuelve hacia mí, su mano se mueve bajo la
mesa y me aprieta el muslo. Sé que quiere que sea un buen chico durante la
cena, pero mi padre está poniéndomelo difícil—. He oído hablar mucho de
Hampstead —añade ella.
—Ha cambiado mucho a lo largo de los años. Ya no es el pequeño y tranquilo
pueblo que era cuando y o vivía allí. Los precios del mercado inmobiliario se han
disparado —explica mi padre, como si a ella le importara un comino el mercado
inmobiliario de mi pueblo natal—. Hay un montón de sitios que ver. ¿Cuánto
tiempo os quedaréis? —pregunta entonces.
—Tres días —contesta Tessa por los dos. No tengo planeado llevarla a ningún
sitio excepto a Chawton. Pienso mantenerla encerrada durante todo el fin de
semana para que ninguno de mis fantasmas pueda alcanzarla.
—Estaba pensando… —dice mi padre llevándose la servilleta a los labios—.
He hecho algunas llamadas esta mañana y he encontrado un sitio para tu padre
muy bueno.
El tenedor de Tessa resbala de entre sus dedos y cae repicando sobre el plato.
Landon, Karen y mi padre la miran, esperando a que hable.
—¿Qué? —rompo y o el silencio para que ella no tenga que hacerlo.
—He encontrado una buena clínica de tratamiento; ofrecen un programa de
desintoxicación de tres meses…
Tessa solloza a mi lado. Es un sonido tan bajo que nadie más lo oy e, pero
resuena a través de todo mi cuerpo.
« ¡¿Cómo se atreve a sacar esa mierda frente a todo el mundo en mitad de la
cena?!»
—… el mejor de Washington. Aunque podríamos mirar en cualquier otro
sitio, si lo prefieres. —Habla en voz baja y no hay ni una sombra de censura en
ella, pero las mejillas de Tessa se encienden de vergüenza y y o quiero arrancarle
la puta cabeza a mi padre aquí mismo.
—Éste no es momento para venirle con toda esa mierda —le advierto.
Tessa da un ligero respingo ante mi tono duro.
—Está bien, Hardin. —Sus ojos me suplican tranquilidad—. Sólo me ha
pillado con la guardia baja —añade por educación.
—No, Tessa, no está bien. —Me vuelvo hacia Ken—: ¿Cómo sabías que su
padre es un y onqui, para empezar?
Tessa se encoge de nuevo; podría romper todos los platos de esta casa por
haber sacado el tema.
—Landon y y o hablamos sobre ello anoche, y los dos pensamos que discutir
un plan de rehabilitación con Tessa sería una buena idea. Para los adictos es muy
duro recuperarse por sí mismos —explica.
—Y tú lo sabes mejor que nadie, ¿verdad? —escupo sin pensar.
Pero mis palabras no tienen el efecto deseado en mi padre, que simplemente
deja pasar el comentario con una pequeña pausa. Cuando miro a su mujer, la
tristeza es evidente en sus ojos.
—Sí, un alcohólico rehabilitado lo sabe bien —replica por fin mi padre.
—¿Cuánto cuesta? —le pregunto. Gano lo suficiente como para mantenernos
a Tessa y a mí, pero ¿una rehabilitación? Eso vale un huevo.
—Yo lo pagaría —contesta mi padre con calma.
—Y una mierda. —Intento levantarme de la mesa, pero Tessa me agarra del
brazo con fuerza. Vuelvo a sentarme—. No vas a pagarlo tú.
—Hardin, estoy más que dispuesto a hacerlo.
—Tal vez deberíais hablarlo en la otra habitación —sugiere Landon.
Lo que realmente quiere decir es « No habléis de ello delante de Tessa» . Ella
me suelta el brazo y mi padre se levanta al mismo tiempo que y o. Tessa no alza
la vista del plato mientras entramos en la sala de estar.
—Lo siento —oigo decir a Landon justo antes de aplastar a mi padre contra la
pared. Me estoy enfadando, estoy furioso…, puedo sentir cómo la rabia va
tomando el control.
Mi padre me empuja con más fuerza de la que esperaba.
—¡¿Por qué no podías hablar de esto conmigo antes de soltárselo en mitad de
la puta cena… delante de todos?! —le grito apretando los puños a ambos lados del
cuerpo.
—Creía que Tessa debería tener algo que decir al respecto, y sabía que
rechazarías mi oferta de pagarlo. —Su voz, al contrario que la mía, suena
calmada.
Estoy furioso y me arde la sangre. Recuerdo las muchas veces que he
abandonado las cenas familiares en casa de los Scott dando un portazo. Podría ser
una maldita tradición.
—Tienes toda la razón al decir que lo rechazo. No hace falta que vay as
echándonos en cara tu puto dinero…, no lo necesitamos.
—Ésa no es mi intención. Sólo quiero ayudarte de cualquier manera posible.
—Y ¿cómo va a ayudarme que envíes a su jodido padre a rehabilitación? —
pregunto, aunque ya sé la respuesta.
Él suspira.
—Porque, si él se pone bien, entonces ella también estará bien. Y ella es la
única forma que tengo de ay udarte. Yo lo sé y tú también lo sabes.
Dejo escapar el aire sin discutir siquiera con él porque sé que esta vez tiene
razón. Sólo necesito unos minutos para calmarme y recapacitar.
CAPÍTULO 127
Tessa
Me siento aliviada cuando ni Hardin ni Ken regresan al comedor con la nariz
sangrando o los ojos morados.
En el momento en que Ken se sienta de nuevo y se coloca la servilleta sobre
el regazo, dice:
—Quiero pediros disculpas por haber sacado este tema durante la cena. Ha
estado totalmente fuera de lugar.
—No importa, de verdad. Aprecio mucho tu oferta —afirmo forzando una
sonrisa. Es cierto que la aprecio, pero es demasiado para aceptarlo.
—Hablaremos de todo ello más tarde —murmura Hardin junto a mi oído.
Asiento y Karen se levanta a recoger la mesa. Yo casi ni he tocado mi plato.
La sola mención de los… problemas de mi padre me ha quitado el apetito.
Hardin acerca su silla a la mía.
—Al menos come algo de postre.
Pero vuelvo a tener calambres. El efecto del ibuprofeno ya ha pasado, y mi
dolor de cabeza y los calambres han vuelto con más fuerza.
—Lo intentaré —le aseguro.
Karen trae una bandeja llena de montones de su bollería de arce a la mesa y
cojo un cupcake. Hardin coge un cuadradito y observa las perfectas flores de
glaseado encima.
—Yo he hecho ésas —miento.
Él me sonríe y sacude la cabeza.
—Ojalá no tuviéramos que irnos —digo cuando le echa un vistazo al reloj.
Intento no pensar en el reloj al que tuvo que renunciar para pagar la deuda de mi
padre con su camello.
« ¿Es la rehabilitación de verdad lo mejor para él? ¿Aceptaría el ofrecimiento
siquiera?»
—Eres tú la que hizo las maletas y se mudó a Seattle —masculla Hardin.
—Me refiero a irnos de aquí, esta noche —le aclaro esperando que lo pille.
—Oh, no… Yo no voy a quedarme aquí.
—Pero yo quiero —digo con un puchero.
—Tessa, nos vamos a casa…, a mi apartamento, donde está tu padre.
Frunzo el ceño; es por eso por lo que no quiero ir allí. Necesito tiempo para
pensar y respirar, y esta casa parece perfecta para ello, incluso pese a la
mención de Ken sobre la rehabilitación durante la cena. Siempre ha sido una
especie de santuario. Me encanta esta casa, y estar en el apartamento ha sido una
tortura desde que llegué el viernes.
—Vale —digo mientras mordisqueo el borde de mi cupcake.
Por fin Hardin suspira, rindiéndose.
—Está bien, nos quedaremos.
Sabía que me saldría con la mía.
El resto de la cena transcurre sin tanta incomodidad como al principio.
Landon está callado, demasiado, y pretendo preguntarle qué le pasa en cuanto
acabe de ay udar a Karen a recoger la cocina.
—Echo de menos tenerte por aquí. —Karen cierra el lavavajillas y se vuelve
hacia mí con un paño entre las manos.
—Y y o echo de menos estar aquí —digo apoyándome en la encimera.
—Me alegro de oírlo. Eres como una hija para mí, quiero que lo sepas. —Su
labio inferior tiembla y sus ojos brillan bajo las intensas luces de la cocina.
—¿Estás bien? —le pregunto, y me acerco a esta mujer que tanto ha llegado
a importarme.
—Sí —sonríe—. Lo siento, últimamente he estado de lo más emotiva.
Parece sacudírselo de encima y, en cuanto lo hace, vuelve a la normalidad
brindándome una sonrisa tranquilizadora.
—¿Lista para irnos a la cama? —Hardin se nos une en la cocina, cogiendo
otro cuadradito de arce por el camino. Sabía que le gustaban más de lo que
quiere confesar.
—Vamos, que estoy hecha un desastre. —Karen me abraza y me da un
cariñoso beso en la mejilla antes de que Hardin me rodee con un brazo,
prácticamente sacándome de la cocina.
Suspiro mientras nos dirigimos a la escalera. Algo no va bien.
—Me preocupan Karen y Landon —digo.
—Están bien, seguro —contesta Hardin mientras me guía escaleras arriba y
hasta su habitación. La puerta del dormitorio de Landon está cerrada, y no se ve
luz por debajo—. Está durmiendo.
Nada más entrar siento como si la habitación de Hardin me diera la
bienvenida, desde la ventana panorámica hasta el nuevo escritorio y su silla,
sustitutos de los que Hardin destruy ó la última vez que estuvo aquí. Había estado
en la casa después de eso, pero no había reparado en ello. Ahora que vuelvo a
estar aquí, quiero fijarme en cada detalle.
—¿Qué? —La voz de Hardin me saca de mis pensamientos.
Miro a mi alrededor, y rememoro la primera vez que me quedé aquí con él.
—Estaba recordando, eso es todo —digo y me quito los zapatos.
Él sonríe.
—Recordando, ¿eh? —En un instante se saca la camiseta negra por la cabeza
y me la lanza, hundiéndome aún más en mis recuerdos—. ¿Te importa
compartirlo conmigo? —A continuación van los vaqueros; se los baja
rápidamente y los deja en el suelo como un charco de ropa.
—Bueno… —Admiro su torso tatuado perezosamente cuando levanta los
brazos, estirando su largo cuerpo—. Estaba pensando en la primera vez que me
quedé aquí contigo.
También fue la primera vez que Hardin se quedó a dormir aquí.
—¿En qué exactamente?
—En nada en concreto. —Me encojo de hombros, desnudándome yo
también frente a su atenta mirada. Doblo mis vaqueros y mi blusa antes de
ponerme su camiseta negra por la cabeza.
—Sujetador fuera —dice Hardin enarcando una ceja; su tono es severo, y sus
ojos de un verde profundo.
Me quito el sujetador y subo a la cama para tumbarme a su lado.
—Ahora dime en qué estabas pensando.
Me acerca a él por la cintura y deja una mano sobre mi cadera cuando me
tiene acurrucada contra su costado, tan cerca de su cuerpo como es posible. Las
y emas de sus dedos recorren la cinturilla de mis braguitas, enviando escalofríos
por mi espalda que se extienden automáticamente por todo mi cuerpo.
—Estaba recordando cuando Landon me llamó aquella noche. —Alzo los
ojos para estudiar su expresión—. Estabas destrozando toda la casa. —Frunzo el
ceño ante el claro recuerdo de los aparadores rotos y los platos de porcelana
hechos añicos y esparcidos por el suelo.
—Sí, eso hice —replica suavemente.
La mano que está usando para trazar círculos en mi espalda desnuda sube
para tomar un mechón de mi cabello. Lo retuerce lentamente sin romper el
contacto visual conmigo.
—Tenía miedo —admito—. No de ti, sino de lo que dirías.
Él frunce el ceño.
—Entonces confirmé tus temores, ¿no?
—Sí, supongo que sí —respondo—. Pero me compensaste por tus duras
palabras.
Hardin se ríe, apartando finalmente los ojos de los míos.
—Sí, pero sólo para decirte más mierdas al día siguiente.
Sé hacia dónde va esto. Intento sentarme, pero él apoy a las manos en mis
caderas y empuja para mantenerme quieta. Habla antes de que yo pueda
hacerlo.
—Incluso entonces ya estaba enamorado de ti.
—¿En serio?
Él asiente, cogiéndome aún más fuerte por la cadera.
—En serio.
—¿Cómo lo supiste? —pregunto en voz baja. Hardin ya había mencionado
que aquélla fue la noche en que supo que estaba enamorado de mí, pero nunca
llegó a explicarse. Estoy deseando que lo haga ahora.
—Simplemente lo supe. Y, por cierto, sé lo que estás haciendo —sonríe.
—¿Ah, sí? —Coloco la palma de la mano sobre su estómago, cubriendo el
centro de la mariposa nocturna que tiene tatuada ahí.
—Estás siendo cotilla. —Se enrolla los mechones de mi cabello con los que ha
estado enredando alrededor del puño y tira de ellos, juguetón.
—Pensé que la que tiraba de los pelos aquí era y o. —Me río de mi
comentario cursi y él me imita.
—Y lo eres. —Retira la mano durante un momento para coger mi mata de
pelo rubio despeinado. Luego tira de él echando mi cabeza hacia atrás para
forzarme a mirarlo—. Ha pasado tanto tiempo… —dice inclinando la cabeza y
obligándome a sentarme derecha, y me pasa la nariz por la mandíbula y por mi
cuello expuestos—. La he tenido dura desde tu pequeña provocación de esta
mañana —susurra, mientras aprieta la prueba entre mis muslos.
El calor de su respiración sobre mi piel es casi insoportable. Me retuerzo bajo
sus sucias palabras y su intensa mirada.
—Te vas a ocupar de esto, ¿verdad? —exige más que pregunta.
Tira de mi cabello arriba y abajo, forzándome a asentir con la cabeza.
Quiero corregirlo y decirle que, de hecho, ha sido él quien me ha provocado por
la mañana, pero me callo. Me gusta hacia dónde va esto. Sin una palabra, Hardin
me suelta el cabello y la cadera y se alza sobre las rodillas. Sus manos están frías
cuando retiran la tela de la camiseta, exponiendo mi estómago y mi torso
desnudos. Sus dedos ansiosos alcanzan mis pechos, y su lengua se hunde en mi
boca. Me enciendo de inmediato; todo el estrés de las últimas veinticuatro horas
se desvanece y Hardin ocupa todos mis sentidos.
—Siéntate contra la cabecera —me indica después de quitarme la camiseta
por completo. Hago lo que me dice, bajando mi cuerpo hasta que mis hombros
descansan a medias sobre la enorme cabecera de color teja.
Hardin se baja el bóxer y alza primero una rodilla y luego la otra para
quitárselo.
—Un poco más abajo, cariño.
Me reposiciono y él da su aprobación. Entonces recorre la cama de rodillas y
se coloca delante de mí. Mi lengua asoma entre mis labios, ansiosa por tocar su
piel. Mi mandíbula se relaja y Hardin rodea su erección con una mano y observo
con asombro cómo me la acerca a la boca mientras se la acaricia lentamente.
Abro la boca aún más y el pulgar de Hardin se desliza por mi labio inferior,
hundiéndose en mi boca sólo un segundo antes de que su dedo…, mmm…, sea
reemplazado. Empuja dentro de mi boca lentamente, saboreando la sensación de
cada centímetro de él deslizándose sobre mi lengua.
—Joder —gruñe desde arriba.
Levanto la mirada para ver sus ojos clavados en mí. Con una mano se agarra
a lo alto de la cabecera para mantener el equilibrio mientras empuja y se retira
una y otra vez.
—Más —jadea, y le agarro el trasero con las manos, acercándolo aún más a
mí.
Mi boca lo cubre y tomo pequeñas caladas de él, disfrutando de esto tanto
como Hardin. Parece seda sobre mi lengua, y su rápida respiración y los
gemidos con los que me nombra, diciéndome lo buena que soy para él, lo mucho
que le gusta mi boca, hacen que mi cuerpo arda de pasión.
Sigue moviéndose dentro y fuera, dentro y fuera.
—Tan jodidamente bueno… Mírame —suplica.
Parpadeo al volver a mirarlo a la cara, fijándome en la forma en que sus
cejas bajan, la forma en que se muerde el labio inferior, y la forma en que sus
ojos me observan. Se hunde hasta el fondo de mi garganta repetidamente, y noto
la forma en que los músculos de su estómago se expanden y se tensan, señalando
lo que está a punto de ocurrir.
Como si pudiera leer mi mente, gime:
—Joder, voy a correrme…
Sus movimientos se aceleran y son ahora más bruscos. Aprieto los muslos
para liberar parte de la presión y chupo con más fuerza. Me sorprende cuando él
se retira de mi boca y se corre sobre mi pecho desnudo. Gimiendo de nuevo mi
nombre, se inclina hacia adelante exhausto, apoyando la frente contra la
cabecera. Espero pacientemente a que recupere el aliento y a que vuelva a
tumbarse junto a mí.
Alarga la mano y, para mi gran horror, la restriega lentamente sobre el
semen que hay en mi pecho. Luego observa, transfigurado durante un momento
antes de que nuestros ojos se encuentren.
—Toda mía. —Sonríe sin vergüenza, dejando suaves besos sobre mis labios
abiertos.
—Yo… —digo mirando mi pecho pegajoso.
—Te ha gustado. —Sonríe, y no puedo negarlo—. Te sienta bien. —Por la
forma en que sus ojos se fijan en mi piel brillante, me doy cuenta de que lo cree
de verdad.
—Eres un guarro —es lo único que se me ocurre decir.
—¿En serio? Tú también. —Señala mi pecho y me coge por las caderas para
arrancarme de la cama.
Chillo y Hardin me cubre la boca con una mano.
—Shhh…, no queremos tener público mientras te follo sobre el escritorio,
¿verdad?
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