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CAPÍTULO 128
Hardin
El aroma a café inunda mi nariz, y alargo una mano hacia Tessa sabiendo que
está cerca de mí. Cuando mi búsqueda resulta inútil, abro los ojos para encontrar
dos tazas de café sobre la cómoda y a Tessa preparando su bolsa.
—¿Qué hora es? —pregunto, y espero que me diga que aún es temprano.
—Casi mediodía —me responde.
Mierda, he dormido casi la mitad del día.
—Ya lo he recogido todo y he desayunado. La comida estará lista pronto —
me informa con una sonrisa. Ya se ha duchado y se ha vestido. Lleva esos
malditos vaqueros otra vez, los ajustados.
Me obligo a salir de la cama e intento contenerme para no echarle la bronca
por no despertarme antes.
—Genial —respondo, yendo a recoger mis pantalones del suelo…, aunque
entonces veo que y a no están ahí.
—Toma. —Tessa me los da, bien doblados, por supuesto—. ¿Estás bien? —
Debe de haber notado mi hostilidad.
—Estoy bien.
—Hardin —insiste. Sabía que lo haría.
—Estoy bien; el fin de semana ha acabado demasiado pronto, eso es todo.
Su sonrisa basta para derretir el hielo que se ha formado alrededor de mi
humor.
—Es verdad —coincide.
Odio esta mierda de vivir separados. La odio profundamente.
—Sólo tenemos que aguantar hasta el jueves —añade, intentando que la
distancia parezca menos… distante.
—¿Qué ha preparado Karen para comer? —digo cambiando de tema—.
Espero que nada con sirope de arce.
Se echa a reír.
—No, nada de sirope.
Landon está sentado a la mesa, taciturno, cuando entro en el comedor al
mismo tiempo que Karen, que lleva una bandeja de sándwiches. Tessa se sienta
junto a él y los observo mientras mi chica le pregunta si se encuentra bien.
—Estoy bien, sólo me siento un poco fuera de combate —responde él.
Nunca creí que vería el día en que Landon le mentiría a Tessa.
—¿Estás seguro? Porque actúas de una forma tan…
—Tessa… —Él alarga una mano y juro que si se la pone encima…—. Estoy
bien —y sonríe, retirando la mano de la mesa. Me apresuro a cogerle las dos
manos a Tess y a ponerlas sobre mi regazo, cubriéndolas con las mías.
La aburrida charla de sobremesa va y viene. Yo no participo, y pronto llega
la hora de llevar a Tessa de vuelta a Seattle. Una vez más me doy cuenta de lo
imbécil que soy por no haberme mudado allí desde el principio.
—Volveré a verte antes de que te vayas, ¿verdad? —Los ojos de Tessa se
llenan de lágrimas cuando Landon la abraza a modo de despedida. Miro hacia
otro lado.
—Sí, claro. Tal vez vay a a verte una vez regreses de tu visita a la reina —
bromea él haciéndola reír.
Aprecio sus esfuerzos, especialmente porque seré yo con quien ella se cabree
como una mona cuando descubra que Dakota y Landon han roto y que se lo he
ocultado.
Diez minutos más tarde, prácticamente arrastro el culo de Tessa fuera de la
casa. Karen está más disgustada de lo que estaría cualquier persona razonable, y
le dice a Tessa que la quiere, lo que resulta jodidamente extraño.
—¿Crees que soy mala persona por sentirme más cómoda con tu familia que
con la mía? —me pregunta Tessa tras conducir quince minutos en silencio.
—Sí.
Me mira fijamente, lo que me hace poner los ojos en blanco ante su fingida
rabia.
—Nuestras dos familias están jodidas —le digo, y ella asiente, regresando a
su silencio.
Cuanto más se acerca mi coche a Seattle, mayor es la corriente de ansiedad
que inunda mi pecho. No quiero pasar toda la semana lejos de ella. Cuatro días
alejado de Tessa son toda una vida.
En cuanto vuelva a casa, iré derecho al gimnasio.
CAPÍTULO 129
Tessa
El lunes por la mañana llego a mi revisión media hora antes y tomo asiento en
una de las sillas industriales de color azul de la sala de espera, que por cierto, no
puedo evitar notar que está casi llena, con niños llorando y mujeres tosiendo por
todas partes. Trato de calmarme hojeando una revista, pero la única disponible es
una para nuevos padres, llena de anuncios de pañales y consejos
« revolucionarios» sobre cómo dar el pecho.
—¿Young? ¿Theresa Young? —Una mujer may or alza los ojos de un
portafolios y dice mi nombre.
Me pongo rápidamente en pie, esquivando a un bebé que gatea por el suelo
con un camión de juguete en la mano. El camión rueda sobre mi zapato y él se
ríe. Yo le sonrío y me gano una adorable sonrisa en respuesta.
—¿De cuánto estás? —me pregunta una mujer, la madre del bebé, supongo.
Sus ojos se posan en mi estómago e instintivamente pongo una mano en él.
Se me escapa una carcajada incómoda.
—¡Oh! Yo no…
—¡Lo siento! —Se sonroja—. He supuesto que…, no es que parezcas… Sólo
he pensado… —El hecho de que ella esté tan incómoda como y o me hace sentir
mejor. Preguntarle a una mujer de cuántas semanas está nunca puede acabar
bien, sobre todo si la mujer no está embarazada. Se echa a reír—. Bueno, ahora
ya sabes, para futuras referencias cuando tú misma seas madre…, ¡que el filtro
desaparece!
No permito a mi mente imaginarlo siquiera. No tengo tiempo para pensar en
el futuro y en el hecho de que, si quiero una vida con Hardin, nunca seré madre.
Nunca tendré un bebé adorable pasando un camión de juguete sobre mi zapato, o
trepando hasta mi regazo. Me vuelvo para mirarlo por última vez.
Sonrío educadamente y me acerco a la enfermera, que inmediatamente me
da un botecito e instrucciones para ir al baño al final del pasillo y completar la
prueba de embarazo. A pesar de tener la regla, estoy muy nerviosa. Hardin y y o
hemos sido muy descuidados últimamente, y lo último que necesito es un
embarazo sorpresa. Eso lo llevaría al límite. Tener un bebé ahora también
pondría patas arriba todo cuanto quiero hacer con mi vida.
Cuando le devuelvo el botecito lleno a la enfermera, ella me lleva a una
habitación vacía y me pone un manguito para la tensión alrededor del brazo.
—Descruza las piernas, cariño —me indica con dulzura, y hago lo que me
dice.
Tras tomarme la temperatura, la mujer desaparece, y unos cinco minutos
más tarde oigo un golpe en la puerta y un hombre de mediana edad con el
cabello canoso y aspecto distinguido entra en la sala. Se quita unas gruesas gafas
y me tiende una mano.
—Doctor West. Es un placer conocerte, Theresa —se presenta amablemente.
Yo esperaba una doctora, pero al menos éste parece agradable. Aunque
desearía que fuera menos atractivo; eso haría las cosas menos incómodas para
mí en esta y a de por sí incómoda experiencia.
El doctor West me hace un montón de preguntas, la mayoría de las cuales son
absolutamente horribles. Tengo que contarle que Hardin y yo hemos tenido sexo
sin protección, en más de una ocasión, y me obligo a mí misma a no romper
contacto visual con él mientras lo hago. A mitad de esta embarazosa situación, la
enfermera regresa y deja un papel sobre la mesa. El doctor West lo mira y yo
contengo la respiración hasta que él habla.
—Bueno, no estás embarazada —me dice con una cálida sonrisa—. Así que
ahora podemos empezar.
Y dejo escapar el aliento que no me había dado cuenta de que estaba
reteniendo.
El doctor me explica muchas opciones, algunas de las cuales ni siquiera las
había oído, antes de ponerme la inyección.
—Primero debo llevar a cabo un sencillo examen pélvico. ¿Te parece bien?
Asiento y me trago los nervios. No sé por qué me siento tan incómoda. Es
sólo un doctor, y yo soy una mujer adulta. Debería haber pedido hora para
cuando y a no tuviera la regla. Ni siquiera pensé que me harían una revisión
cuando pedí cita. Sólo quería quitarme de encima a Hardin.
—Casi hemos acabado —anuncia el doctor West. El examen ha sido rápido y ni
de cerca tan incómodo como creí que sería, lo que es una bendición.
De pronto, una profunda línea se forma en su frente.
—¿Te habían hecho antes un examen pélvico?
—No, creo que no —contesto en voz baja.
Sé que no me lo han hecho, pero la última parte de mi respuesta es un
añadido nervioso. Mis ojos vuelan a la pantalla frente a él mientras el médico
mueve la sonda ecográfica sobre la parte baja de mi estómago y a través de la
pelvis.
—Hum… —murmura para sí.
Mi ansiedad crece. ¿Acaso el test estaba mal y sí que hay un bebé ahí,
después de todo? Empieza a entrarme el pánico. Soy demasiado joven, ni
siquiera he acabado la universidad, y Hardin y yo estamos en un momento muy
inestable de nuestra…
—Me preocupa un poco el tamaño de tu cérvix —dice finalmente—. No es
nada por lo que inquietarse ahora, pero me gustaría que volvieras para hacerte
más pruebas.
—¿Nada de lo que inquietarse? —Tengo la boca seca y el estómago hecho un
nudo. Las palmas de las manos me empiezan a sudar—. ¿Qué significa eso?
—Por ahora, nada…, pero no puedo estar seguro —responde en un tono nada
tranquilizador.
Me incorporo, bajándome la bata médica.
—Y ¿qué podría significar?
—Bueno… —El doctor West se sube las gruesas gafas hasta el puente de la
nariz—. En el peor de los casos podríamos hablar de infertilidad, pero sin más
pruebas no hay forma de saberlo. No veo ningún quiste, y ésa es una muy buena
señal —añade señalando la pantalla.
Mi corazón cae sobre el frío suelo de azulejos.
—¿Cu… cuáles son las posibilidades? —pregunto. No puedo oír mi voz o mis
pensamientos.
—No podría decirlo. Esto no es un diagnóstico. Lo que acabo de mencionarte
es el peor escenario posible; por favor, no pierdas la calma hasta que hayamos
hecho más pruebas. Hoy quiero administrarte la inyección, hacerte unos análisis
de sangre y realizar un seguimiento. —Tras un momento, añade—: ¿Te parece
bien?
Asiento, incapaz de hablar. Acabo de oírlo decir que no es un diagnóstico,
pero a mí me lo parece. Me siento fatal, el aleteo de mis nervios me sube por la
columna a la primera mención de un problema. En la silenciosa habitación sólo
se oy e el latido constante de mi corazón. Estoy deprimiéndome, lo sé, pero no
me importa.
—No debes preocuparte hasta que no tengamos los resultados de las pruebas.
Seguro que no es nada —me dice un poco envarado, y abandona la sala
dejándome sola ante esta cruel situación.
El doctor no está seguro, no hay nada confirmado; parecía bastante
indiferente al respecto. Entonces ¿por qué no puedo librarme de esta ansiedad
que me ahoga?
La enfermera, a la que, de repente, le ha salido su instinto de sobreprotección,
me pone la iny ección anticonceptiva mientras me habla de sus nietos y de su
pasión por las galletas caseras. Yo permanezco en silencio, sólo hablo lo
suficiente para parecer educada. Siento náuseas.
Me da una meticulosa charla sobre mi nuevo anticonceptivo, pasando por los
pros y los contras que ya he oído de boca del doctor West. Estoy entusiasmada
por no tener que preocuparme por el período nunca más, aunque lo del ligero
incremento de peso me fastidia, pero supongo que es un cambio justo.
Me explica que, como ahora mismo tengo la regla, la inyección será
inmediatamente efectiva, pero que espere tres días antes de tener sexo sin
protección, sólo para estar seguros. Me recuerda que esto no me protegerá de las
enfermedades de transmisión sexual, sólo del embarazo.
Tras buscar fecha para la tan temida cita de seguimiento, voy directamente
al centro de la ciudad a hacerme la foto del pasaporte y acabar el papeleo. Por
supuesto, el señor Vance ya lo ha pagado todo. Me encojo al pensar en la
cantidad de dinero que todo el mundo a mi alrededor parece no tener problemas
en invertir en mí.
Cada persona con la que me cruzo en la calle parece estar embarazada o
llevar un niño en brazos. No debería haber presionado al doctor para que me
diera más información, ahora voy a estar paranoica hasta mi próxima cita, que,
por supuesto, no tendrá lugar hasta dentro de tres semanas. Tres semanas para
volverme loca, tres semanas para obsesionarme con la posibilidad de no poder
tener hijos. No sé por qué la perspectiva me resulta tan dolorosa; pensé que había
llegado a aceptar la idea de no tener hijos. Aún no puedo hablar de esto con
Hardin, no hasta estar segura. Aunque no es que esto vaya a afectar a sus planes.
Le envío un mensaje cuando regreso a mi coche, diciéndole que mi cita ha
ido bien, y vuelvo a casa de Christian y Kimberly. Para cuando llego, me he
autoconvencido de que pasaré la semana ignorando el tema. No hay razón para
comerme la cabeza cuando el propio doctor West me ha asegurado que no hay
por qué preocuparse hasta que no tenga las pruebas. El vacío en mi pecho dice lo
contrario, pero tengo que ignorarlo y seguir adelante. Voy a ir a Inglaterra. Por
primera vez en mi vida, voy a viajar más allá del estado de Washington, y no
podría estar más entusiasmada. Nerviosa, pero entusiasmada.
CAPÍTULO 130
Hardin
Parece que Tessa vaya a desmayarse de un momento a otro. Se ha puesto un
rotulador entre los dientes mientras vuelve a revisar la lista. Al parecer, cruzar
medio planeta dispara sus tendencias neuróticas.
—¿Estás segura de que lo llevas todo? —pregunto con sarcasmo.
—¿Qué? Sí —resopla, concentrada en su tarea de revisar su bolsa de viaje por
enésima vez desde que hemos llegado al aeropuerto.
—Si no facturamos ya, perderemos el vuelo —le advierto.
—Ya lo sé.
Me mira, mientras su mano revuelve la maldita bolsa. Está loca, es adorable
a muerte, pero está loca de remate.
—¿Estás seguro de dejar el coche aquí? —me pregunta.
—Sí. Para eso es para lo que sirven los aparcamientos, para dejar los coches.
Señalo el cartel de PARKING DE LARGA ESTANCIA que hay sobre
nuestras cabezas y añado:
—Es para coches sin problemas de compromiso.
Tessa me mira perpleja, como si no hubiera dicho nada.
—Dame la bolsa —le digo arrancándole esa cosa horrible del hombro. Es
demasiado pesada para que la cargue por ahí. La tía ha metido la mitad de sus
cosas en esa bolsa.
—Yo llevo la maleta, entonces —replica, y coge el mango de la maleta con
ruedas.
—No, la llevo yo. Relájate, ¿quieres? Todo irá bien —le aseguro.
Nunca olvidaré lo alterada que estaba esta mañana. Doblando y volviendo a
doblar, metiendo y sacando nuestra ropa hasta que ha cabido toda en la maleta.
He tenido paciencia porque sé lo que significa para ella este viaje. Aunque está
siendo más pesada que nunca, no puedo evitar sentir emoción. Emoción por
llevarla en el que será su primer viaje al extranjero, emoción al imaginar sus
ojos azul grisáceo como platos al ver las nubes y atravesarlas. Me he asegurado
de que tuviera un asiento de ventanilla sólo por ese motivo.
—¿Lista? —le pregunto cuando las puertas automáticas de la terminal se
abren para recibirnos.
—No. —Sonríe nerviosa. Y yo la guío a través del abarrotado aeropuerto.
—Te vas a desmayar de un momento a otro, ¿verdad? —le susurro inclinándome
hacia ella.
Está pálida y sus pequeñas manos tiemblan en su regazo. Las cojo con una de
las mías y le doy un apretón tranquilizador. Ella me sonríe, un cambio agradable
al ceño fruncido que tenía desde que pasamos el control de seguridad.
El segurata del aeropuerto le estaba tirando los trastos, he reconocido su
estúpida expresión cuando ella le ha sonreído. Yo tengo la misma puta sonrisa.
Tenía todo el derecho de mandarlo a la mierda, pero por supuesto ella no estaba
de acuerdo y ha estado de morros desde que se me llevó de allí a rastras
mientras y o le levantaba el dedo corazón a aquel capullo. « Gracias a Dios que
ese tío ve mal de lejos» , murmuró, y luego no dejó de mirar atrás por encima
del hombro.
Se puso aún peor cuando la obligué a abrocharse el abrigo hasta arriba. El
viejo que está sentado a mi lado es un puto pervertido, y Tessa por suerte tiene el
asiento de ventanilla; así yo puedo hacer de escudo de sus miradas. La muy
cabezota se negó a abrocharse dejando su escote a la vista para quien quisiera
babear con su canalillo. Por supuesto, la blusa no es tan abierta, pero cuando se
inclina hacia adelante puedes verlo todo. No intento controlarla, intento evitar que
los tíos se coman con los ojos sus tetas no precisamente discretas.
—No, estoy bien —responde dudosa. Su mirada la traiciona.
—Despegaremos de un momento a otro.
Miro a la azafata de vuelo atravesar la cabina para comprobar los
compartimentos sobre los asientos por tercera vez. « Están todos cerrados,
señorita, pongámonos en marcha antes de que tenga que sacar a Tessa en brazos
de este avión.» De hecho, detener el viaje podría ir en mi favor, en serio.
—Última oportunidad para bajar del avión. Los billetes no se pueden devolver
pero los añadiré a tu cuenta —le digo poniéndole un mechón de pelo suelto detrás
de la oreja.
Ella me sonríe más tímidamente que nunca. Sigue enfadada, pero los nervios
están haciendo que se ablande un poco conmigo.
—Hardin —gime en voz baja. Apoya la cabeza en la ventanilla y cierra los
ojos.
Odio verla tan atacada, me provoca ansiedad, y este viaje y a de por sí me
tiene de los nervios. Me estiro para bajar la cortina de la ventanilla, esperando
que eso la ay ude.
—¿Falta mucho? —le espeto impaciente a la azafata que ahora pasa justo por
nuestro lado.
Sus ojos van de Tessa a mí y levanta una ceja altiva.
—Unos minutos.
Fuerza una sonrisa porque su trabajo la obliga. El hombre a mi lado se mueve
incómodo, y pienso que ojalá hubiera comprado otro billete para no tener que
preocuparme por sentarme junto a semejante capullo. Huele a tabaco rancio.
—Ya han pasado muchos minutos y… —empiezo a protestar.
Tessa apoya una mano sobre las mías, y sus ojos, ahora muy abiertos, me
suplican que no la líe. Respiro hondo y cierro los ojos para añadirle más drama a
la situación.
—Vale —digo dejando de mirar a la azafata, que sigue su camino por el
pasillo.
—Gracias —murmura Tessa.
En lugar de apoy ar la cabeza en la ventanilla, la recuesta con delicadeza en
mi brazo. Le doy unas palmaditas en el muslo haciendo señas para que se
incorpore y pueda poner el brazo alrededor de ella, que se arrima a mí
suspirando de alegría mientras coloco mi brazo y lo pego a su cuerpo. Me
encanta ese sonido.
El avión empieza a moverse lentamente por la pista y Tessa cierra los ojos.
Para cuando el aparato flota en el aire, ha levantado la cortinilla y mira el
paisaje más abajo con unos ojos como platos.
—Es increíble. —Sonríe.
Ya le ha vuelto el color a la cara. Resplandece de la emoción, y es
terriblemente contagioso. Intento reprimir la sonrisa mientras balbucea lo
pequeño que parece todo, pero me resulta imposible.
—¿Lo ves? No es tan malo. Aún no nos hemos estrellado —digo con desdén.
En respuesta, murmullos y toses irritadas empiezan a oírse por la
prácticamente silenciosa cabina, pero me importa una mierda. Tessa entiende mi
humor, al menos casi siempre, y pone los ojos en blanco mientras me da un
puñetazo juguetón en el pecho.
—Silencio —me advierte, y y o me río.
Después de tres horas, está inquieta. Sabía que lo estaría. Hemos visto un poco
de la asquerosa programación de los patrocinadores de la aerolínea y hemos
hojeado la revista SkyMall dos veces, y ambos hemos convenido en que una
jaula para perros con forma de mesita para la tele no vale dos mil dólares ni de
coña.
—Van a ser nueve horas muy largas —le digo.
—Ya sólo seis —me corrige. Sus dedos resiguen el símbolo del infinito con los
extremos en forma de corazón que llevo tatuado en la muñeca.
—Sólo seis —repito—. Duerme un poco.
—No puedo.
—¿Por qué?
Me mira.
—¿Qué crees que estará haciendo mi padre? O sea, sé que Landon lo vigiló la
última vez que estuviste fuera, pero en esta ocasión no volveremos hasta dentro
de tres días.
« Mierda.»
—Estará bien —le aseguro.
Se enfadará pero lo superará, y más tarde se lo agradecerá.
—Me alegro de que no aceptáramos la oferta de tu padre —me dice.
« Me cago en todo.»
—¿Por qué? —me atraganto, y busco su cara.
—El centro de rehabilitación es demasiado caro.
—¿Y?
—No me siento bien sabiendo que tu padre se está gastando ese dineral en el
mío. No es responsabilidad suy a, y ni siquiera sabemos con seguridad que él…
—Es un drogadicto, Tessa. —Sé que todavía no quiere admitirlo, pero en el
fondo sabe que es verdad—. Y mi padre podría pagar su tratamiento.
Necesito llamar a Landon en cuanto aterricemos para averiguar cómo ha ido
la « intervención» . Aunque espero que el inútil de su padre aceptara, me siento
culpable porque Tessa no esté al tanto del plan. Me he tirado horas dándole de
patadas y de puñetazos a ese saco en el gimnasio pensando en esta mierda. Al
final, la solución era sencilla. O bien Richard mueve el culo hasta el centro de
rehabilitación que paga mi padre o se queda fuera de la vida de Tessa para
siempre. No quiero que esa puta adicción sea una carga que ella tenga que
soportar. Bastantes problemas le causo yo, y si alguien tiene que provocarle
estrés, seré y o. He mandado a Landon para que intervenga, a decirle al tío que
tiene que elegir una de las dos opciones: la rehabilitación o Tessa. Me imaginé
que las cosas no se pondrían violentas si Landon, que es opuesto a mí, se
encargaba de ello. Por mucho que me carcoma el hecho de que sea mi padre el
que vay a a ay udar a Tessa, puesto que es quien va a pagar, no podía negarme.
Quería pero no podía.
—No sé —suspira, mirando por la ventanilla—, tengo que pensar en ello.
—Bueno… —empiezo, y al oír mi tono de voz frunce el ceño.
—¿Qué has hecho? —Entorna los ojos y se aparta de mí. No puede irse muy
lejos, tiene que quedarse sentada a mi lado hasta que aterricemos.
—Hablaremos de eso luego.
Miro al hombre que está a mi lado. Esta compañía debería hacer los asientos
más anchos. Si el apoy abrazos entre Tessa y yo no estuviera levantado, estaría
sentado encima de ese tío.
Tessa pone unos ojos como platos.
—Lo has mandado allí, ¿verdad? —susurra tratando de no montar una escena.
—No he mandado a tu padre a ninguna parte.
Es la verdad. No sé si ha aceptado o no.
—Pero lo has intentado, ¿a que sí?
—Tal vez —admito.
Sacude la cabeza incrédula y la apoy a en el asiento mirando fijamente al
vacío.
—Estás cabreada, ¿no? —le pregunto.
Me ignora.
—Theresa… —Mi voz suena demasiado fuerte y tiene en ella el efecto que
pretendía. Abre los ojos de golpe y se vuelve hacia mí.
—No estoy enfadada —susurra—, sólo sorprendida, y estoy intentando
asimilarlo y saber qué me parece, ¿vale?
—Vale. —Su reacción ha sido bastante mejor de lo que esperaba.
—No puedo soportar que me ocultes nada. Tú lo haces, mi madre también…
No soy una niña. Soy capaz de gestionar las cosas que me suceden, ¿no te
parece?
Evito decir lo primero que se me pasa por la cabeza. Cada vez se me da
mejor esta mierda.
—Sí —respondo tranquilo—, pero eso no significa que no intente filtrar la
porquería que te llega.
Su mirada se suaviza y asiente una vez.
—Lo entiendo, pero necesito que dejes de ocultarme cosas. Cualquier cosa
que tenga que ver contigo, Landon o mi padre, necesito saberlo. Siempre me
acabo enterando de todas formas. ¿Para qué alargar lo inevitable? —pregunta.
—Vale —acepto sin pensar mucho—. A partir de ahora no te ocultaré
mierdas.
Lo que no le digo es que no cuenta nada de lo que le he ocultado en el pasado,
sólo acepto que desde este momento y en adelante intentaré no dejarla sin saber
nada.
Una chispa de emoción le recorre la cara, pero no puedo interpretarlo. Casi
podría pensar que es culpabilidad.
—Amenos que sea algo que es mejor que yo no sepa —añade bajito.
« Vale…»
—¿De qué clase de cosas estamos hablando? —le pregunto.
—Algo que tú preferirías no saber también cuenta. Por ejemplo, el hecho de
que mi ginecólogo sea un hombre —me informa.
—¿Qué?
Nunca se me había pasado por la cabeza que el médico de Tessa pudiera ser
un hombre. No sabía que los hombres médicos hicieran semejantes cosas.
—¿Ves? Habrías preferido no saberlo, ¿verdad? —Ni siquiera intenta ocultar
su sonrisa de listilla sabiendo que estoy enfadado y celoso.
—Cambiarás de médico.
Niega lentamente con la cabeza mientras me mira. Me inclino hacia ella y le
susurro al oído:
—Tienes suerte de que los lavabos de este trasto sean demasiado pequeños
para follarte en uno de ellos.
Su respiración se acelera e inmediatamente junta y aprieta los muslos. Me
encanta su reacción cuando la provoco con palabras, siempre es instantánea.
Además, necesitaba distraerla y cambiar de tema por el bien de ambos.
—Te empujaría contra la puerta y te follaría contra la pared. —Mi mano
sube más arriba por sus muslos—. Y te taparía la boca para sofocar tus gritos.
Traga saliva.
—Me sentiría tan jodidamente bien con tus piernas alrededor de mi cintura y
tus manos agarrándome el pelo…
Tiene los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas y, mierda, desearía que los
lavabos no fueran tan jodidamente enanos. Es que ni siquiera puedo extender los
brazos en ese minúsculo espacio. He pagado casi mil dólares por cada billete de
ida y vuelta, al menos debería poder follarme a mi chica en el baño durante el
vuelo.
—Por mucho que aprietes las piernas, eso no hará que el dolor desaparezca
—sigo susurrándole al oído. Bajo la mesita plegable para poder subir la mano
hasta el lugar donde se unen sus muslos—. Sólo y o puedo. —Parece que vay a a
correrse sólo de oír mis palabras—. El resto del viaje va a ser muy incómodo
para ti con las braguitas mojadas y tal.
La beso detrás de la oreja usando la lengua para provocarla aún más, y el
hombre a mi lado tose.
—¿Algún problema? —le pregunto sin importarme un pimiento si ha oído algo
de lo que le he dicho.
Sin embargo, él se apresura a negar con la cabeza y devuelve la atención al
libro electrónico que tiene en la mano. Me inclino hacia él y veo el primer
párrafo de la página débilmente iluminada. Detecto a simple vista el nombre de
Holden y suelto una risa entre dientes. Sólo los hombres de mediana edad
pretenciosos y los hipsters barbudos disfrutan leyendo El guardián entre el
centeno. ¿Qué los atrae tanto de un maldito acosador adolescente con demasiados
privilegios? Nada.
—¿Puedo continuar? —digo inclinándome sobre Tessa, que ahora está
jadeando.
—No. —Levanta la mesita, la asegura y acaba con la diversión.
—Ya sólo quedan cinco horas más. —Le sonrío ignorando lo empalmado que
estoy sólo de imaginar lo mojada que debe de estar ella ahora.
—Eres un capullo —susurra. La sonrisa que me gusta se dibuja en sus labios.
—Y me quieres —le contesto haciendo que la sonrisa crezca.
Abrirse camino a través del aeropuerto de Heathrow no fue tan malo como lo
recordaba. Recogimos las maletas enseguida. Tessa guardó silencio la may or
parte del tiempo, y su mano en la mía era todo lo que necesitaba para
asegurarme de que no estaba demasiado enfadada por lo de la rehabilitación. El
coche de alquiler estaba preparado para nosotros, y miré divertido cómo Tessa
fue directa al lado equivocado del vehículo.
Cuando llegamos a Hampstead estaba dormida. Intentó seguir despierta
mirando por la ventanilla, observándolo todo, pero no consiguió mantener los ojos
abiertos. La vieja ciudad está igual que la última vez que vine, claro, y ¿por qué
iba a cambiar? Sólo han pasado un par de meses. Por alguna razón sentí como si,
en el momento que pasara junto a la señal de bienvenida de Hampstead con
Tessa en el asiento del acompañante, la ciudad fuera a cambiar de alguna forma.
Pasamos por las casas históricas y las atracciones turísticas y al final
llegamos a la zona residencial de la ciudad. Al contrario de lo que se suele creer,
no todo el mundo en Hampstead vive en una mansión histórica y nada en la
abundancia. Todo eso queda claro en cuanto accedo al camino de entrada de
casa de mi madre. La vieja vivienda parece que vay a a caerse en cualquier
momento, y me alegro de ver el cartel de VENDIDO en el césped. La casa de
su futuro marido, justo en la puerta de al lado, está en mejor estado que ese
agujero y tiene casi el doble de su tamaño.
—Tessa —intento despertarla. Seguramente habrá babeado toda la ventanilla.
Mi madre aparece en la puerta principal sólo unos segundos después de que
las luces iluminen las ventanas. Abre la puerta mosquitera y baja la escalera
como una loca. Los ojos de Tessa se abren y miran a mi madre, que está
abriendo la puerta de su lado para abrazarla. ¿Por qué todo el mundo la quiere
tanto?
—¡Tessa! ¡Hardin! —La voz de mi madre suena fuerte y muy nerviosa
mientras Tessa se quita el cinturón de seguridad y sale del coche.
Intercambian abrazos entre mujeres y saludos mientras y o saco el equipaje
del maletero.
—Me alegro tanto de que hayáis venido los dos… —Mi madre sonríe
secándose una lagrimilla de los ojos. Va a ser un fin de semana largo.
—Nosotros también —Tessa responde por mí y deja que mi madre la lleve
de la mano hasta la pequeña casa.
—No me gusta el té, así que no va a haber la típica bienvenida británica, pero
he preparado café. Sé que a los dos os encanta el café —murmura mi madre.
Tessa ríe, dándole las gracias. Mi madre guarda las distancias conmigo,
obviamente para no disgustarme en el fin de semana de su boda. Las dos
mujeres desaparecen en la cocina y y o subo la escalera hacia mi antigua
habitación para deshacerme de las bolsas. Oigo cómo sus risas mueven por toda
la casa e intento convencerme de que no va a pasar nada catastrófico este fin de
semana. Todo va a ir bien.
En la habitación no hay nada más que mi antigua cama doble y una
cajonera. Han quitado el papel pintado, que ha dejado restos de cola en las
paredes. Mi madre obviamente está intentando dejar lista la casa para el nuevo
propietario, pero verla así me hace sentir un poco raro.
CAPÍTULO 131
Tessa
—Aún no me creo que hay áis venido los dos —me dice Trish.
Me ofrece una taza de café, negro, como a mí me gusta, y le sonrío por el
detalle. Es una mujer hermosa de ojos brillantes y una sonrisa no menos
luminosa, y va vestida con un chándal azul marino.
—¡Me alegro tanto de que al final hay amos podido! —exclamo.
Miro el reloj del horno, ya son las diez de la noche. El largo viaje y el cambio
de horario me han dejado fuera de lugar.
—Y y o. Si no fuera por ti, sé que él no estaría aquí.
Pone la mano sobre la mía. Sin saber qué responder, sonrío. Se da cuenta de
que me incomoda y cambia de tema:
—¿Qué tal el vuelo? ¿Hardin se ha comportado?
Su risa es dulce, y no tengo el suficiente valor de decirle que su hijo ha sido
un auténtico tirano desde el control de seguridad hasta la mitad del vuelo.
—Ha estado bien —contesto.
Bebo un sorbo del café humeante y entonces Hardin entra en la cocina. La
casa es vieja y estrecha, demasiadas paredes delimitan el espacio por todas
partes. La única decoración son cajas de mudanzas apiladas en las esquinas, pero
me siento extrañamente cómoda y a gusto en la casa de la infancia de Hardin. Sé
por su mirada cuando se inclina para pasar bajo el arco del pasillo que lleva a la
cocina que él no se siente igual respecto a este sitio. Estas paredes encierran
demasiados recuerdos para él, y en ese instante mi impresión de la casa empieza
a apagarse.
—¿Qué ha pasado con el papel pintado? —pregunta.
—Lo estaba quitando todo para pintar justo antes de la venta, pero los nuevos
propietarios piensan echar la casa abajo de todas formas. Quieren
construir una casa nueva en la parcela —explica su madre. Me gusta la
idea de que la derriben.
—Bien, es una mierda de casa de todas formas —gruñe él, y me quita la taza
de café para darle un sorbo—. ¿Estás cansada? —pregunta volviéndose hacia mí.
—Estoy bien —le aseguro. Me gusta el humor y la cálida compañía de Trish.
Estoy cansada, pero ya habrá tiempo de sobra para dormir. Aún es bastante
pronto.
—Yo duermo en casa de Mike, la de al lado —dice Trish—. He supuesto que
no querrías quedarte allí.
—Está claro que no —responde Hardin. Le quito mi café, riñéndolo en
silencio para que sea educado con su madre.
—Bueno —Trish ignora su comentario grosero—, mañana tengo planes para
ella, así que espero que puedas distraerte con algo.
Me cuesta un momento darme cuenta de que habla de mí.
—¿Qué clase de planes? —replica Hardin, a quien no parece gustarle mucho
la idea.
—Nada, cosas preboda. He reservado hora para las dos en el spa de la
ciudad, y luego me encantaría que me acompañara a la última prueba del
vestido de novia.
—Por supuesto —digo.
—¿Cuánto rato será eso? —pregunta Hardin al mismo tiempo.
—Sólo hasta después de comer, de verdad —le asegura Trish—, y sólo si
quieres acompañarme, Tessa. No tienes que venir si no quieres, pero he pensado
que estaría bien pasar un rato juntas mientras estás aquí.
—Me encantaría. —Le sonrío.
Hardin no protesta, y me alegro porque habría perdido.
—¡Qué bien! —Ella sonríe a su vez—. Mi amiga Susan se unirá a nosotras
para comer. Se muere de ganas de conocerte, lleva tanto tiempo oyendo hablar
de ti que no se cree que existas, dice…
Hardin empieza a reír entre dientes sobre su café, interrumpiendo el parloteo
emocionado de su madre.
—¿Susan Kingsley ? —replica mirando a Trish, con los hombros tensos y la
voz temblorosa.
—Sí…, bueno, y a no se apellida Kingsley, ha vuelto a casarse.
Ella le devuelve la mirada de una forma que me hace sentir que me he
metido en una conversación privada en la que no se me quiere incluir. Hardin
mira alternativamente a su madre y a la pared hasta que gira sobre los talones y
nos deja solas en la cocina.
—Me voy a ir a la casa de al lado para acostarme. Si necesitas algo, dímelo.
—Ha desaparecido por completo la emoción en su voz, suena agotada.
Se acerca y me da un beso rápido en la mejilla antes de abrir la puerta de
atrás y salir.
Me quedo sola en la cocina unos minutos, acabándome el café, lo que no
tiene sentido porque necesito irme a dormir, pero me lo acabo de todas formas y
lavo la taza en la pila antes de subir la escalera para buscar a Hardin. El piso de
arriba está vacío, hay restos de papel pintado en un lado del estrecho pasillo, y no
puedo evitar comparar la impresionante casa de Ken con ésta; las diferencias son
imposibles de ignorar.
—¿Hardin? —lo llamo.
Todas las puertas están cerradas y no me gusta la idea de abrirlas sin saber
qué hay al otro lado.
—Segunda puerta —me contesta.
Sigo su voz hasta la segunda puerta en el pasillo y la abro. La manija está
pegajosa, y tengo que usar un pie para ay udarme a abrirla.
Cuando entro, Hardin está sentado en el borde de la cama, con la cabeza
entre las manos. Me mira y me acerco a él.
—¿Qué te pasa? —le pregunto pasándole los dedos por el pelo alborotado.
—No tendría que haberte traído —dice pillándome por sorpresa.
—¿Por qué? —Me siento en la cama a su lado, dejando unos pocos
centímetros entre nuestros cuerpos.
—Porque… —suspira— no debería. —Se tumba en la cama y descansa un
brazo sobre la cara, con lo que no puedo interpretar su expresión.
—Hardin…
—Estoy cansado, Tessa, acuéstate. —El brazo amortigua la voz, pero sé que
ésta es su forma de terminar la conversación.
—¿No vas a cambiarte? —insisto, no quiero irme a la cama sin su camiseta.
—No. —Se coloca boca abajo y alarga el brazo para apagar la luz

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