132-135

CAPÍTULO 132
Tessa
Cuando la alarma de mi móvil suena a las nueve tengo que obligarme a
levantarme de la cama. Casi no he dormido, me he pasado la noche dando
vueltas. La última vez que he mirado el reloj eran las tres de la madrugada y no
estaba segura de si había dormido algo o llevaba despierta todo el rato.
Hardin está dormido, con los brazos cruzados en la barriga. Esta noche no me
ha abrazado ni una sola vez. El único contacto que hemos tenido han sido sus
manos buscándome en sueños, sólo para asegurarse de que estaba ahí antes de
que volvieran a su barriga. Su cambio de humor no me ha sorprendido del todo.
Sé que no quería venir a la boda, pero lo que no tiene mucho sentido para mí es
que esté tan nervioso, y sobre todo que se niegue a hablar de ello conmigo. Me
gustaría preguntarle cómo esperaba llevar el hecho de que me mudara a
Inglaterra si ni siquiera me quiere aquí para un fin de semana.
Paso la mano por su frente para apartar la mata de pelo y bajo por la
mandíbula acariciando la barba incipiente que la oscurece. Sus párpados
tiemblan y me apresuro a apartarme y me pongo en pie. No quiero despertarlo,
su sueño no ha sido mucho mejor que el mío. Ojalá supiera qué lo tiene así.
Ojalá no se hubiera cerrado a mí de esa manera. Me lo contó todo en la carta
que me escribió y luego destruy ó, y aunque la mayoría de las cosas se referían a
terribles errores que había cometido, los asumí y seguí hacia adelante. Nada de
lo que hizo en el pasado le hará ningún daño a nuestro futuro. Necesita saberlo.
Tiene que saberlo o lo nuestro jamás funcionará.
No me resulta difícil encontrar el baño, y espero pacientemente a que el agua
pase de ser marrón a incolora. La ducha es ruidosa y la presión del agua muy
fuerte, casi dolorosa, pero hace maravillas con la tensión acumulada en los
músculos de mi espalda y mis hombros.
Me he puesto unos vaqueros y una camiseta de tirantes de color crema, pero
dudo si ponerme una sudadera estampada de flores. No tiene botones, por lo que
Hardin no puede pedirme que me la abroche; tiene suerte de que no vaya a
llevar sólo la camiseta de tirantes. Ya casi es primavera, y en Londres se siente
como tal.
Trish no me habló de una hora exacta para nuestra pequeña excursión de hoy,
así que bajo para preparar café. Una hora más tarde, vuelvo arriba para coger
mi libro electrónico y leer un rato. Hardin se ha vuelto y está boca arriba con el
ceño fruncido. Sin molestarlo, salgo rápido y bajo a la mesa de la cocina otra
vez. Pasan un par de horas y me siento aliviada cuando Trish cruza la puerta de
atrás. Lleva el pelo castaño recogido, como yo, en un moño bajo y, cómo no,
lleva puesto un chándal.
—Esperaba que estuvieras despierta, quería darte tiempo para dormir
después del largo día de ay er. —Sonríe—. Estoy lista cuando tú lo estés.
Echo una última mirada a la estrecha escalera esperando que Hardin baje
con una sonrisa y me despida con un beso, pero no sucede. Cojo mi bolso y sigo
a Trish, que sale por la puerta de atrás.
CAPÍTULO 133
Hardin
Cuando busco a Tessa, no está en la cama. No sé qué hora es, pero el sol brilla
muchísimo y atraviesa las ventanas desnudas como si me obligara a
despertarme. Esta noche he dormido fatal, y Tessa no dejaba de moverse y de
dar vueltas en la cama. He estado despierto casi toda la noche, manteniendo las
distancias con su cuerpo inquieto. Tengo que ponerme las pilas para no echar a
perder el fin de semana, pero lo cierto es que no consigo deshacerme de mi
paranoia. No después de que mamá me dijera que ha tenido el valor de invitar a
Susan Kingsley a comer con ella y con Tessa.
No me molesto en cambiarme de ropa, sólo me lavo los dientes y me paso un
poco de agua por el pelo. Tessa ya se ha dado una ducha, su neceser está
guardado con cuidado en el armario del baño que antes estaba vacío.
Cuando bajo a la cocina, la jarra del café sigue caliente y casi llena, una taza
lavada descansa sobre la encimera. Tessa y mi madre deben de haberse ido ya.
Tendría que haber protestado y no haberla dejado ir. ¿Por qué no lo hice? Este día
puede ir por dos caminos: Susan podría ser una gran zorra y hacer que para Tessa
sea un infierno, o podría cerrar su maldita bocaza y todo iría bien.
¿Qué coño se supone que voy a hacer y o durante la jornada mientras mi
madre y Tessa están pululando por la ciudad? Podría ir a buscarlas, no sería
difícil, pero mi madre seguramente se enfadaría y, después de todo, mañana es
su boda. Le prometí a Tess que me portaría lo mejor que pudiera este fin de
semana y, aunque y a he roto la promesa, no tengo por qué empeorar las cosas.
CAPÍTULO 134
Tessa
—Tu pelo ha quedado precioso. —Trish alarga el brazo desde el otro lado de la
mesa para tocarme la cabeza.
—Gracias. Todavía me estoy acostumbrando a él. —Sonrío y miro al espejo
que hay justo detrás de nuestra mesa.
La empleada del spa se quedó boquiabierta cuando le dije que nunca me
había teñido el pelo. Después de que intentara convencerme durante unos
minutos, accedí a que me lo oscureciera un poco, pero sólo las raíces. El color
final es un castaño claro que se diluye en mi rubio de nacimiento hacia las
puntas. Apenas se nota la diferencia y resulta mucho más natural de lo que
esperaba. El color no es permanente, sólo durará un mes. No estaba preparada
para un cambio tan radical pero, cuanto más me miro al espejo, más me gusta lo
que veo.
La esteticista también hizo maravillas con mis cejas, me las depiló hasta que
consiguió un arco perfecto, y llevo las uñas de manos y pies pintadas de rojo
intenso. Rechacé la oferta de Trish de hacerme la depilación brasileña. Lo he
pensado mucho, pero sería muy raro hacérmela con la madre de Hardin, y por
ahora me apaño con la cuchilla. De camino hacia el coche, Trish se burla de mis
zapatos igual que lo hace su hijo, y tengo que contenerme para no devolvérsela
con un comentario sobre los chándales que suele llevar ella.
Me paso el viaje mirando por la ventanilla, memorizando cada casa, cada
edificio, cada persona que pasa por la calle.
—Es aquí —me dice Trish al cabo de pocos minutos metiendo el coche en un
aparcamiento cubierto que hay entre dos edificios. La sigo a la entrada del más
pequeño.
El musgo cubre por completo el edificio de ladrillo y, al verlo, sale mi Landon
interior y las referencias a El hobbit. Landon pensaría exactamente lo mismo si
estuviera aquí, y nos reiríamos mientras Hardin refunfuña sobre lo penosas que
son las películas y cómo se cargan el universo de J. R. R. Tolkien. Landon se lo
rebatiría, como siempre, y diría que Hardin en el fondo adora las películas, cosa
por la que éste se lanzaría a por su yugular. Egoístamente, imagino un lugar en el
que Hardin, Landon y y o pudiéramos vivir cerca, un lugar en el que Landon y
Dakota pudieran vivir en Seattle, tal vez incluso en el mismo edificio que Hardin
y yo. Un lugar en el que una de las pocas personas a las que de verdad les
importo no fuera a irse a vivir a la otra punta del país dentro de una semana.
—Hoy hace buen día. ¿Te apetece comer fuera? —pregunta Trish señalando
las mesas de metal de la terraza.
—Estaría bien. —Sonrío, y la sigo a la última mesa de la fila.
La camarera nos trae una jarra de agua y nos coloca dos vasos delante.
Hasta el agua tiene mejor aspecto en Inglaterra. La jarra está llena de cubitos de
hielo y de rodajas de limón perfectas.
Trish recorre las aceras con la mirada.
—Se nos va a unir una más. Debería llegar en cualquier… ¡Mira, por ahí
viene!
Me vuelvo. Una mujer morena cruza la calle gesticulando con las manos.
Lleva una falda hasta el suelo y tacones que le impiden moverse todo lo rápido
que parece que querría.
—¡Susan! —A Trish se le ilumina la cara al ver la entrada aparatosa de la
mujer.
—Trish, cielo, ¿cómo estás? —Susan se agacha para besar a Trish en ambas
mejillas antes de volverse hacia mí y repetir el saludo.
Sonrío incómoda, sin saber si debo devolverle el par de besos o no.
La mujer tiene los ojos de un intenso color azul, y el contraste con su piel
clara y el pelo oscuro es bonito a más no poder. Se aparta antes de que termine
de decidirme.
—Tú debes de ser Theresa. He oído hablar mucho y muy bien de ti —
asegura, y me sorprende cuando me coge las manos y me las estrecha con
cariño mientras me sonríe de corazón. Luego aparta la silla que hay a mi lado y
se sienta.
—Me alegro de conocerte —digo sonriendo a mi vez. No tengo ni idea de qué
pensar de esta mujer. Sé que no me gusta cómo reaccionó Hardin anoche al oír
su nombre, pero parece encantadora. Es todo muy confuso.
—¿Lleváis mucho tiempo esperando? —pregunta volviéndose para colgar el
bolso del respaldo de la silla.
—No, acabamos de llegar. Hemos pasado la mañana en el spa. —Trish
sacude su melena castaña y brillante.
—Ya lo veo. Oléis como un ramo de flores. —Susan se ríe y se llena el vaso
de agua. Su acento es elegante y mucho más marcado que el de Hardin y el de
Trish.
A pesar del cambio de humor de Hardin anoche, estoy loca por Inglaterra,
especialmente por este pueblo. Antes de venir hice los deberes, pero las fotos de
internet no le hacen justicia a la belleza de otra época de este lugar. Miro
alrededor fascinada, preguntándome cómo es posible que una calle empedrada
llena de pequeñas tiendas y cafeterías sea tan encantadora, tan interesante.
—¿Lista para la última prueba? —le pregunta Susan a Trish.
Sigo contemplando la calle, sin hacer apenas caso de la conversación. Sólo
tengo ojos para el antiguo y pintoresco edificio que hay al otro lado, la biblioteca.
La de libros maravillosos que debe de albergar.
—Sí. Aunque, si esta vez no me queda bien, creo que tendré que demandar al
dueño de la tienda —bromea Trish.
Me vuelvo hacia ellas y me obligo a no seguir mirando embobada la
arquitectura de la zona hasta que Hardin me lleve a hacer turismo en
condiciones.
—Como la dueña que soy, es posible que no me haga ninguna gracia. —La
risa de Susan es grave y encantadora. He de recordarme que tengo que llevar
mucho cuidado con ella.
Se me dispara la imaginación al mirar a la hermosa mujer. ¿Habrá tenido una
aventura con Hardin? Ha mencionado alguna vez que se ha acostado con
mujeres may ores pero nunca le he permitido que me contara más. ¿Será Susan,
con su pelo castaño y sus ojos azules, una de ellas? Me dan escalofríos sólo de
pensarlo. Espero que no.
Ignoro la punzada de celos y me obligo a disfrutar del delicioso sándwich que
la camarera acaba de servirme.
—Háblame de ti, Theresa. —Susan le hinca el tenedor a un trozo de lechuga
y se lo lleva a los labios pintados.
—Llámame Tessa, por favor —empiezo a decir nerviosa—. Estoy
terminando mi primer año de universidad en la WCU y acabo de mudarme a
Seattle.
Miro a Trish, que, por alguna razón, tiene el ceño fruncido. Hardin no debe de
haberle contado lo de mi traslado, o puede que lo haya hecho y no le haya
contado que no ha venido conmigo.
—He oído que Seattle es una ciudad preciosa. Nunca he estado en América
—dice Susan arrugando la nariz—. Pero mi marido me ha prometido que me
llevará este verano.
—Deberías ir. Está muy bien —digo como una idiota.
Estoy sentada en un pueblo sacado de un cuento de hadas y voy y comento
que Estados Unidos está bien. Estoy segura de que Susan lo detestará, y las
manos me tiemblan cuando saco el móvil del bolso y le mando un mensaje a
Hardin. Nada especial, sólo: « Te echo de menos» .
Durante el resto de la comida sólo hablamos de la boda, y no puedo evitar
que me guste Susan. Se casó con su segundo marido el verano pasado. Organizó
la boda ella sola, no tiene hijos, pero sí una sobrina y un sobrino. Es la dueña de la
tienda de trajes de novia en la que Trish se ha comprado el vestido. Tiene cuatro
más en la zona del norte y el centro de Londres. Su marido es el dueño de tres de
los pubs más populares de la zona, están todos en un radio de cuatro kilómetros.
La tienda de trajes de novia de Susan se encuentra a unas pocas manzanas del
restaurante, así que decidimos ir andando. Hace calor y brilla el sol, y hasta el
aire parece más refrescante que el de Washington. Hardin aún no ha respondido
a mi mensaje pero, no sé por qué, ya sabía yo que no iba a hacerlo.
—¿Champán? —nos ofrece Susan en cuanto ponemos un pie en la pequeña
tienda. Hay poco espacio, pero la decoración es perfecta, tipo retro y
encantadora, toda en blanco y negro.
—No, gracias. —Sonrío.
Trish acepta el ofrecimiento y me promete que sólo se tomará una copa. Casi
le digo que se beba las que quiera, que disfrute, pero no me fío de conducir en
Inglaterra, y a se me hace bastante raro ir de pasajera. Mientras observo a Trish
reír y bromear con Susan, no puedo evitar pensar lo distintos que son ella y
Hardin. Trish es desenvuelta y vivaracha, y Hardin es… Hardin. Sé que no están
muy unidos, pero me gusta pensar que esta visita puede cambiar eso. No del
todo, sería demasiado pedir, pero espero que al menos Hardin se porte bien el día
de la boda de su madre.
—Salgo dentro de un momento. Como si estuvieras en tu casa —me dice
Trish antes de cerrar la cortina del probador.
Me siento en un mullido sofá blanco y me río al oírla maldecir a Susan por
haberle pellizcado con la cremallera al subírsela. Puede que Hardin y ella se
parezcan más de lo que creía.
—Disculpa. —Una voz femenina me saca de mis ensoñaciones y, cuando
levanto la vista, me encuentro con los ojos azules de una joven embarazada.
» Perdona, ¿has visto a Susan? —me pregunta inspeccionando la tienda.
—Está ahí —digo señalando la cortina corrida del probador por el que Trish
ha desaparecido con su vestido de novia hace apenas unos minutos.
—Gracias. —Sonríe y suspira, creo que aliviada—. Si pregunta, he llegado
justo a las dos —me dice la chica, y sonríe de nuevo.
Imagino que trabaja aquí. Mis ojos descienden en busca de la placa con su
nombre que lleva en la camisa blanca de manga larga.
« Natalie» , dice.
Miro el reloj. Son las dos y cinco.
—Tu secreto está a salvo conmigo —le aseguro.
Se descorre la cortina y aparece Trish vestida de novia. El traje es
maravilloso. Ella está absolutamente preciosa con el vestido sencillo de manga
corta.
—¡Vaaaaya! —decimos Natalie y y o al unísono.
Trish sale del probador, se mira en el espejo de cuerpo entero y se enjuga las
lágrimas.
—Lo hace en todas las pruebas, y eso que ésta ya es la tercera —comenta
Natalie con una sonrisa. Tiene los ojos llenos de lágrimas, igual que yo. Se toca el
vientre con la mano.
—Está preciosa. Mike es un hombre con suerte —digo, y le sonrío a la madre
de Hardin. Ella sigue mirándose al espejo, y no la culpo.
—¿Conoces a Trish? —pregunta la chica con educación.
—Sí. —Me vuelvo a mirarla—. Soy… —Hardin y yo vamos a tener que
hablar sobre cómo tiene intención de presentarme—. Estoy con su hijo —le digo,
y ella abre unos ojos como platos.
—Natalie. —La voz de Susan retumba entonces en la pequeña tienda.
Trish se ha puesto lívida y nos mira a Natalie y a mí. Se me escapa algo.
Miro a Natalie, esos ojos azules, el pelo castaño y la piel clara.
« Susan… —pienso—. ¿Susan es la tía de Natalie? Y Natalie…
» Madre de Dios. Natalie. Esa Natalie…» La Natalie que le pesaba a Hardin
en la conciencia, por muy poca que tenga. La misma a la que él le destrozó la
vida.
—Natalie —le digo al darme cuenta de todo.
Ella asiente sosteniéndome la mirada mientras Trish se nos acerca.
—Sí, la misma. —La expresión de su rostro me dice que no está segura de si
estoy al tanto de toda la historia y que tampoco sabe qué decir al respecto—. Y tú
eres… eres su… Tessa —dice. Puedo ver cómo se forman sus pensamientos.
—Soy… —No puedo hablar. No tengo ni la menor idea de qué decir. Hardin
me contó que ahora era feliz, que lo había perdonado y que tenía una nueva vida.
Siento por ella una profunda empatía—. Lo siento mucho… —digo al fin.
—Voy a por más champán. Trish, acompáñame. —Susan coge a Trish del
brazo y tira de ella.
Trish vuelve la cabeza y, hasta que desaparece por una puerta, con vestido de
novia y todo, no nos quita ojo de encima.
—¿Qué es lo que sientes? —Los ojos de Natalie refulgen bajo las luces
brillantes. No puedo imaginarme a esta chica con mi Hardin. Es tan sencilla y tan
bonita, nada que ver con ninguna de las chicas de su pasado que he conocido.
Me da la risa tonta.
—No lo sé. —¿Por qué demonios me estoy disculpando?—. Por… por lo
que… te hizo.
—¿Lo sabes? —La sorpresa es evidente en su voz. Sigue mirándome
fijamente, intentando adivinar por dónde voy.
—Sí —digo; de repente me siento avergonzada y tengo la imperiosa
necesidad de explicarme—. Y Hardin… ha cambiado. Se arrepiente mucho de lo
que te hizo —aseguro. No va a compensarla por el pasado, pero tiene que saber
que el Hardin que conozco no es el mismo que conoció ella.
—Me lo encontré hace poco —me recuerda—. Estaba… No sé… Vacío
cuando lo vi en la calle. ¿Ya está mejor?
Intento encontrar algún tipo de aspereza en su voz, pero nada.
—Sí, mucho mejor —le digo intentando no mirarle la barriga. Levanta la
mano y veo un anillo de oro en su anular. Me alegro de que tenga una nueva vida
—. Ha hecho cosas horribles y sé que me estoy metiendo donde no me llaman
—trago saliva, intentando no perder la seguridad en mí misma—, pero para él
fue muy importante saber que lo habías perdonado. Significó muchísimo…
Gracias por haber encontrado el valor para hacerlo.
Para ser sincera, no creo que Hardin lo lamentase tanto como debería, pero
el perdón de Natalie derribó algunos de los muros entre él y los demás que tanto
tiempo se había pasado levantando. Y sé que encontró un poco de paz.
—Debes de quererlo de verdad —dice en voz baja tras un largo silencio.
—Sí, mucho —asiento mirándola a los ojos.
Estamos conectadas de un modo extraño, esta mujer a la que Hardin hirió de
una forma tan terrible y yo, y percibo el poder de esa conexión. No puedo ni
imaginarme cómo debió de sentirse, la humillación y el dolor tan profundos que
Hardin le causó. No sólo la abandonó él, sino también toda su familia. Al
principio yo era igual que ella, únicamente un juego para él, hasta que se
enamoró de mí. Ésa es la diferencia entre esta dulce mujer embarazada y yo. Él
me quiere a mí, pero fue incapaz de quererla a ella.
No puedo evitar la idea horrible que se me pasa por la cabeza: si la hubiese
querido a ella, ahora no sería mío. Es egoísta, pero doy las gracias de que ella no
le importara tanto como le importo y o.
—¿Te trata bien?
No me esperaba esa pregunta.
—Casi siempre… —No puedo evitar sonreír ante mi terrible respuesta—. Lo
está intentando —termino con tono de certeza.
—No puedo pedir más. —Me devuelve la sonrisa.
—¿Qué quieres decir?
—He rezado y rezado para que Hardin encontrara su salvación, y
creo que por fin ha ocurrido. —Su sonrisa se torna más amplia y vuelve
a tocarse el vientre—. Todo el mundo merece una segunda oportunidad, incluso
los pecadores de la peor calaña, ¿no crees?
Me tiene admirada. No creo que y o estuviera aquí, esperando que le
ocurriesen cosas buenas a Hardin si me hubiera hecho a mí lo que le hizo a ella y
luego ni siquiera se dignara disculparse. Lo más probable es que le estuviera
deseando la muerte. Sin embargo, aquí está, llena de compasión, deseándole lo
mejor.
—Sí —digo. Estoy de acuerdo con ella, a pesar de que soy incapaz de
entender cómo puede ser tan caritativa.
—Sé que crees que estoy loca —Natalie se ríe un poco—, pero si no fuera
por Hardin, nunca habría conocido a mi Elijah, y no faltarían sólo unos días para
que trajera al mundo a nuestro hijo.
Me da un escalofrío de pensarlo. Hardin fue un punto de inflexión en la vida
de Natalie, más bien, un obstáculo descomunal en el camino hacia la vida que se
merece. No quiero que Hardin sea un punto de inflexión en mi vida, un recuerdo
doloroso, alguien a quien me vea obligada a perdonar y a aceptar que es parte de
mi pasado. Quiero que Hardin sea mi Elijah, mi final feliz.
La tristeza engulle al miedo cuando Natalie me coge la mano y se la lleva a
su barriga, redonda como nunca lo estará la mía, y veo su anillo de oro, que es
probable que y o jamás lleve en el dedo. Me sobresalto al notar movimiento
contra la palma de mi mano, y Natalie se ríe.
—Este pequeñín no para. Estoy deseando que salga. —Vuelve a reírse y no
puedo evitar a tocarle otra vez el vientre para sentir de nuevo al bebé en
movimiento. Me da otra patada y soy tan feliz como ella. No puedo evitarlo, su
dicha es contagiosa.
—¿Cuándo sales de cuentas? —le pregunto, todavía perpleja por el revuelo
bajo la palma de mi mano.
—Hace dos días. Este muchachito es un cabezota. He vuelto al trabajo a ver
si el estar de pie lo ay uda a decidirse a salir.
Habla con una ternura infinita del bebé que aún no ha nacido. ¿Estaré en su
piel algún día? ¿Me brillarán así las mejillas y hablaré con tanta ternura? ¿Sentiré
alguna vez a mi bebé dar patadas dentro de mí? Me obligo a olvidarme de mi
autocompasión. Aún no hay nada seguro.
« El diagnóstico del doctor West no es definitivo, pero puedes estar segura de
que Hardin jamás accederá a ser el padre de tus hijos» , se burla de mí una voz
en mi interior.
—¿Te encuentras bien? —La voz de Natalie me saca de mi ensimismamiento.
—Sí, perdona. Sólo estaba soñando despierta —miento y retiro la mano de su
barriga.
—Me alegro de haberte conocido —dice justo cuando Trish y Susan emergen
de la trastienda.
Susan lleva un velo y un ramo de flores en la mano. Echo un vistazo al reloj:
son las dos y media. Llevo hablando con Natalie lo suficiente para que a Trish le
haya subido el color a las mejillas y para que se hay a terminado la copa de
champán.
—Dame cinco minutos. ¡Puede que tengas que conducir tú! —dice Trish
echándose a reír.
Me estremezco de pensarlo, pero cuando me planteo la alternativa, llamar a
Hardin, lo de conducir no parece tan mala idea.
—Cuídate mucho y enhorabuena otra vez —le deseo a Natalie al salir de la
tienda. Trish camina detrás de mí y yo llevo el vestido de novia en la mano.
—Igualmente, Tessa —me sonríe Natalie antes de que se cierre la puerta.
—Si te pesa mucho, puedo llevarlo yo —se ofrece Trish ya en la acera—.
Voy a por el coche. Sólo me he tomado una copa, estoy bien para conducir.
—No pasa nada, de verdad —le digo a pesar de que me aterra conducir su
coche.
—No, en serio —responde, y se saca las llaves del bolsillo de la chaqueta—.
Puedo conducir.
CAPÍTULO 135
Hardin
Me he recorrido la casa cien veces. Me he recorrido el barrio de mierda dos
veces. Incluso he llamado a Landon. Estoy que me va a dar algo y Tessa no me
coge el teléfono. « ¿Dónde coño se han metido?»
Miro el móvil. Son las tres pasadas. ¿Cuánto tiempo puede tirarse uno en un
spa?
La adrenalina corre por mis venas cuando oigo crujir la grava del sendero
bajo el peso de un coche. Corro junto a una ventana, es el coche de mi madre.
Tessa sale primero, va al maletero y saca una bolsa blanca enorme. Le noto algo
distinto.
—¡Ya lo llevo yo! —le dice a mi madre.
Abro la puerta mosquitera, bajo los escalones del porche a toda velocidad y
le quito el maldito vestido de las manos.
« El pelo… ¿Qué se ha hecho en el pelo?»
—¡Me voy aquí al lado a por Mike! —grita mi madre.
—¿Qué coño te has hecho en el pelo? —Repito mi pensamiento en voz alta.
Tessa frunce el ceño y la chispa en sus ojos se apaga.
« Mierda.»
—Sólo era una pregunta… Te queda bien —le digo, y la miro otra vez. La
verdad es que le queda bien. Siempre está preciosa.
—Me lo he teñido… ¿No te gusta? —dice siguiéndome a la casa. Tiro la bolsa
encima del sofá—. ¡Ten cuidado! ¡Es el vestido de novia de tu madre! —chilla
recogiendo el bajo de la bolsa.
El pelo también le brilla más que de costumbre y lleva las cejas distintas. Las
mujeres se pasan la vida haciendo cosas para impresionar a hombres que apenas
notan la diferencia.
—De verdad que no tengo ningún problema con tu pelo —le aseguro, sólo me
ha sorprendido. No es muy diferente de como suele llevarlo siempre, sólo un
poco más oscuro por arriba, pero básicamente es lo mismo.
—Me alegro, porque es mi pelo y hago con él lo que quiero. —Cruza los
brazos sobre el pecho y me echo a reír—. ¿Qué? —me dice desafiante. Va en
serio.
—Nada. Es que tu rollo Superwoman me hace gracia, eso es todo —digo sin
parar de reír.
—Pues me alegro de que te resulte gracioso, porque es lo que hay —me
desafía.
—Vale. —La cojo de la manga del jersey para atraerla hacia mí y procuro
no mirarle el canalillo. Me parece que no es el mejor momento para
mencionárselo.
—Lo digo en serio, se acabó lo de comportarse como un troglodita —me
dice, y una pequeña sonrisa le estropea la cara de pocos amigos mientras se
revuelve contra mi pecho.
—Está bien, pero cálmate. ¿Qué diablos te ha hecho mi madre?
Le beso la frente y me entra un alivio tremendo porque no ha mencionado ni
a Susan ni a Natalie. Prefiero que se enfade conmigo porque no me guste que se
haya teñido el pelo que por mi pasado.
—Nada —responde—. Has sido un grosero al hablar de mi pelo, y he
pensado que era un buen momento para recordarte que las cosas han cambiado.
—Se muerde los carrillos para ocultar una sonrisa. Me está poniendo a prueba y
es adorable.
—Claro, claro. No volveré a comportarme como un troglodita. —Pongo los
ojos en blanco y ella se aparta—. Lo he entendido, de verdad —añado
atray éndola de nuevo hacia mí.
—Te he echado de menos. —Suspira contra mi pecho, y vuelvo a rodearla
con los brazos.
—¿De verdad? —pregunto deseando que lo confirme. Parece que nadie le ha
recordado mi pasado. Todo va bien. Este fin de semana saldrá bien.
—Sí, sobre todo mientras me daban el masaje. Eduardo tenía las manos aún
más grandes que tú —dice Tessa entre risitas. Sus risitas se vuelven chillidos
cuando me la echo al hombro y empiezo a subir la escalera.
Sé que ningún tío le ha dado un masaje, si así fuera, no me lo contaría y se
echaría a reír.
Puedo relajar el rollo troglodita. A menos, claro está, que la amenaza sea
real. Bueno, nada de « a menos» . Estamos hablando de Tessa, y siempre hay
alguien que intenta alejarme de ella.
La puerta de atrás chirría al abrirse y la voz de mi madre nos llama por la
casa justo cuando estamos en la mitad de la escalera. Gruño y Tessa se revuelve
y me suplica que la baje. Hago lo que me pide sólo porque llevo todo el día
echándola de menos y mi madre se pondría megapesada si soy demasiado
cariñoso con Tessa delante de ella y del vecino.
—¡Vamos corriendo! —contesta Tessa cuando la dejo en el suelo.
—En realidad, aquí no corre ni se apresura nadie. —Le beso la comisura de
los labios y sonríe.
—El que no va a correrse eres tú. —Arquea sus nuevas cejas y le doy una
palmada en el trasero mientras se apresura escaleras abajo.
Noto el pecho más ligero. Anoche me comporté como un puto imbécil sin
motivo. Mi madre no iba a llevar a Tessa hasta Natalie a propósito. ¿Por qué me
habré preocupado en balde?
—¿Qué te apetece cenar? Se me ha ocurrido que podríamos ir a Zara los
cuatro. —Mi madre mira a su casi marido en cuanto entramos en la sala de estar.
Tessa asiente a pesar de que no tiene ni idea de qué es Zara.
—Odio Zara —protesto—. Siempre está lleno, y a Tessa no le va a gustar lo
que sirven.
Tessa comería piedras con tal de tener la fiesta en paz, pero sé que no querrá
tener que comer hígado o puré de cordero por primera vez en una situación en la
que se sienta obligada a sonreír y a fingir que es lo más delicioso que ha comido
nunca.
—Entonces ¿Blues Kitchen? —sugiere Mike. La verdad es que no quiero ir a
ninguna parte, joder.
—Demasiado ruidoso. —Apoyo los codos en la encimera y tiro de los trocitos
de formica que se han pelado.
—Pues elige tú —dice mi madre. Sé que se está hartando de mí, pero aquí
estoy. ¿No era eso lo que quería?
Miro el reloj y asiento. Sólo son las cinco, tenemos una hora antes de salir.
—Me voy arriba —les digo.
—Tenemos que salir dentro de diez minutos, ya sabes que encontrar
aparcamiento es misión imposible.
« Estupendo.» Me apresuro a salir de la cocina. Tessa me sigue.
—Eh. —Me coge de la manga de la camiseta cuando llego al pasillo. Me
vuelvo para mirarla.
—¿Qué? —pregunto intentando mantener el tono de voz más dulce posible a
pesar de que estoy irritado.
—¿Qué te pasa? Si algo te molesta, dímelo y lo arreglaremos —me ofrece
con una sonrisa nerviosa.
—¿Qué tal la comida? —No ha sacado el tema, pero no puedo evitar
preguntar.
Lo pilla.
—Ah… —Mira al suelo y le levanto la barbilla con el pulgar para que me
mire—. Ha estado bien.
—¿De qué habéis hablado? —le pregunto. Es obvio que no ha sido tan malo
como me temía, pero noto que no le apetece hablar del asunto.
—La he conocido… He conocido a Natalie.
Se me hiela la sangre en las venas. Flexiono un poco las rodillas para poder
verle la cara mejor.
—¿Y?
—Es encantadora —dice Tessa. Espero que frunza el ceño o ponga cara de
enfado, pero no pasa nada.
—¿Es encantadora? —repito, totalmente confuso por su respuesta.
—Sí, es muy dulce… y está muy embarazada. —Tessa sonríe.
—¿Y Susan? —pregunto de mala gana.
—Susan es muy divertida y muy amable.
Pero… Susan me odia por lo que le hice a su sobrina.
—Entonces ¿ha ido bien?
—Sí, Hardin. Mi día ha estado bien. Te he echado de menos, pero mi día ha
estado bien. —Estira la mano para cogerme de la camiseta y atraerme hacia sí.
Está preciosa en la penumbra del pasillo—. Todo va bien, no te preocupes —
asegura.
Apoy o la cabeza en la suya y me rodea la cintura con los brazos.
¿Me está consolando? Tessa me está consolando, asegurándome que todo irá
bien después de haberse encontrado cara a cara con la chica a la que casi destruí.
Dice que todo irá bien… ¿De verdad?
—Pero nunca va bien —susurro, casi deseando que no lo oiga. Si me ha oído,
ha preferido no contestar.
» No quiero salir a cenar —confieso rompiendo el silencio entre nosotros.
Sólo quiero llevarme a Tessa arriba y perderme en ella, olvidar toda la
mierda que tortura mi mente día y noche, espantar los fantasmas y borrar los
recuerdos mientras me concentro en ella. Quiero que su voz sea la única que se
oiga en mi cabeza y enterrarme en ella ahora mismo para asegurarme de que
así sea.
—Tenemos que ir, es el fin de semana de la boda de tu madre. Volveremos
pronto. —Se pone de puntillas para besarme la mejilla y luego sus labios
descienden por mi mandíbula.
—No podría estar más emocionado —musito con sarcasmo.
—Vamos. —Tessa me lleva de vuelta a la sala de estar, con la mano en la
mía, pero en cuanto nos reunimos con mamá y Mike, se la suelto.
Suspiro.
—Bueno, vamos a cenar.
La cena es tan aburrida como me esperaba. Mi madre mantiene a Tessa
ocupada, le está calentando la oreja con cosas de bodas y la pequeña lista de
invitados. La pone al día de los miembros de la familia que estarán presentes, que
por parte de mi madre son pocos; sólo asistirá un primo lejano porque sus padres
fallecieron hace años. Mike permanece bastante callado durante la comida,
como y o, pero no parece aburrirse tanto. Observa a mi madre con una cara que
me dan ganas de darle una colleja. Me pone malo, pero a la vez es todo un
consuelo. Está claro que la quiere, así que no debe de ser tan mal tío.
—Eres mi única oportunidad de ser abuela, Tessa —bromea mi madre
mientras Mike paga la cuenta.
Tessa se atraganta con el agua y le doy palmadas en la espalda. Tose un par
de veces antes de disculparse pero, cuando se recupera, parece asustada y
avergonzada a partes iguales. Está exagerando, pero seguro que el comentario de
mal gusto de mi madre la ha pillado por sorpresa.
Mi madre nota mi enfado y dice:
—Sólo era una broma. Sé que sois muy jóvenes aún —y me saca la lengua
con gesto infantil.
¿Jóvenes? Eso es lo de menos, no tiene por qué meterle esas chorradas a
Tessa en la cabeza. Ya lo hemos acordado: nada de niños. Mi madre está
haciendo que Tessa se sienta culpable y obligada a tener hijos, y eso no ay uda; lo
único que conseguirá es provocar otra pelea. La may oría de nuestras peleas han
sido o bien por los niños, o bien por el matrimonio. No quiero ninguna de esas
cosas ni las querré. Amo a Tessa, todos los días, por siempre jamás, pero no voy
a casarme con ella. De repente me viene a la cabeza la advertencia de Richard
de la otra noche, pero paso de ella.
Después de cenar mi madre le da a Mike un beso de buenas noches y él se va
a la casa de al lado. Mi madre está siguiendo esa ridícula tradición de no dejar
que el novio vea a la novia la noche antes de la boda. Creo que se ha olvidado de
que no es la primera vez que se casa, y que todas esas estúpidas supersticiones no
pintan nada la segunda vez.
Por mucho que me muera por llevarme a Tessa a mi antigua cama, no puedo
hacerlo con mi madre en casa. Estas cuatro paredes de mierda no están
insonorizadas. Puedo oír cada vez que ella se da la vuelta en su viejo colchón de
muelles en la habitación de al lado.
—Deberíamos habernos quedado en un hotel —refunfuño mientras Tessa se
desviste.
Ojalá durmiera con abrigo, así no me pasaría la noche sufriendo la tortura de
tener su cuerpo semidesnudo al lado. Se pone mi camiseta y y o no puedo evitar
quedarme embobado mirándole la curva de las tetas bajo la tela, sus
protuberantes caderas, el modo en que sus muslos llenan mi camiseta hasta que
casi le queda ceñida. Me alegro de que la camiseta no le quede demasiado suelta,
no le sentaría tan bien. No me la pondría tan dura, y seguro que tampoco haría
que la noche se me hiciera tan larga.
—Ven aquí, nena —la invito con los brazos abiertos para que recueste la
cabeza en mi pecho. Quiero decirle lo mucho que significa para mí que hay a
llevado tan bien lo de Natalie, pero no encuentro las palabras adecuadas. Creo
que lo sabe, tiene que saber el miedo que me daba que algo se interpusiera entre
nosotros.
Se queda dormida en cuestión de minutos, abrazada a mí, y las palabras
fluy en libres mientras le acaricio el pelo con los dedos.
—Lo eres todo para mí —digo.
Me despierto sudando. Tessa sigue pegada a mí y apenas puedo respirar con su
densa melena en mi cara. En esta casa hace demasiado calor. Seguro que mi
madre ha encendido la calefacción. Casi es primavera, no hace ninguna falta.
Desenrosco los brazos y las piernas de Tessa de mi cuerpo y me aparto el pelo
empapado de sudor de la frente antes de ir abajo para bajar el termostato.
Estoy medio dormido cuando doblo la esquina hacia la cocina, pero lo que
veo me hace frenar en seco. Me restriego los ojos e incluso parpadeo para
enfocar la imagen distorsionada.
Pero ahí sigue… Siguen ahí por mucho que parpadee.
Mi madre está sentada en la encimera abierta de piernas. Hay un hombre de
pie entre sus muslos y le rodea la cintura con los brazos. Ella tiene las manos
hundidas en el pelo rubio de él. Él la está besando en la boca, o ella lo besa a él,
no lo sé. Lo único que sé es que ese hombre no es Mike.
Es el puto Christian Vance.

Comentarios