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CAPÍTULO 136
Hardin
¿Perdón? ¿Qué está pasando? Ésta es una de las pocas veces en mi vida en las que
me he quedado sin habla. Las manos de mi madre descienden del pelo de Vance
a su mandíbula y lo besa con más fuerza.
Debo de haber hecho algún ruido, seguramente habré ahogado un grito, qué
coño sé yo, porque mi madre abre los ojos de repente y aparta a Vance de un
empujón en los hombros. Él se vuelve rápidamente hacia mí, con unos ojos
como platos, y se aparta de la encimera. ¿Cómo es que no me han oído bajar la
escalera? ¿Qué hace él aquí, en esta cocina?
« De verdad, ¿qué cojones está pasando?»
—¡Hardin! —exclama mi madre presa del pánico bajando de un salto de la
encimera.
—Hardin, puedo… —interviene Vance.
Levanto la mano para que se callen mientras mi cerebro y mi boca intentan
trabajar juntos para tratar de comprender el espanto que acabo de presenciar.
—¿Cómo…? —empiezo a decir, las palabras se me traban en la lengua, mi
mente no consigue formar una frase—. ¿Cómo…? —repito.
Mis pies empiezan a retroceder. Quiero alejarme de ellos tan rápido como
me sea posible, pero también necesito una explicación.
Miro a uno y a otra, haciendo un esfuerzo por conciliar a las dos personas que
tengo delante con las personas que creía conocer. Pero fracaso y nada tiene
sentido.
Mis talones chocan contra el primer peldaño de la escalera y mi madre
extiende un brazo hacia mí.
—No es… —trata de decir.
Es un alivio notar cómo la sangre empieza a calentarse en mis venas y el
enfado borra la sorpresa inicial, se apodera de mí y me libra de lo vulnerable que
me sentía hace unos segundos. Sé qué hacer con la rabia, me deleito con ella.
Con lo que no sé qué hacer es con lo de enmudecer de sorpresa.
Camino hacia ellos antes de poder darme cuenta de lo que estoy haciendo, y
mi madre retrocede huyendo de mí, mientras Vance se interpone entre ella y yo.
—¿Qué coño te pasa? —la interrumpo haciendo caso omiso de las lágrimas
egoístas que brillan en sus ojos—. ¡Te casas mañana!
» Y tú —le siseo a mi antiguo jefe—, tú estás comprometido, y aquí estás, ¡a
punto de follarte a mi madre en la encimera de la cocina!
Bajo la mano y le pego un puñetazo a la ya maltrecha encimera de la cocina.
El crujir de la madera al partirse me excita aún más, me hace querer más.
—¡Hardin! —chilla mi madre.
—¡No te atrevas a gritarme! —le espeto. Oigo pasos arriba, señal de que
nuestras voces han despertado a Tessa. Sé que viene a buscarme.
—No le hables así a tu madre. —Vance no levanta la voz, pero el tono de
amenaza es claro como el agua.
—Y tú ¿quién coño eres para ordenarme nada? No eres nadie. ¿Quién coño te
crees que eres, eh? —Me clavo las uñas en las palmas de las manos. La ira bulle
en mi interior, se acumula, lista para explotar.
—Soy… —empieza a decir él, pero mi madre le pone la mano en el hombro
para que se calle.
—Christian, para —le suplica.
—¿Hardin? —Tessa me llama desde lo alto de la escalera y a los pocos
segundos entra en la cocina. Mira alrededor, primero al huésped de última hora,
luego a mí. Se planta a mi lado—. ¿Va todo bien? —pregunta casi en un susurro,
cogiéndome del antebrazo con su pequeña mano.
—¡De puta madre! ¡Va todo de maravilla, de verdad! —Hago que me suelte
el brazo y lo agito delante de mí—. Aunque es posible que quieras avisar a tu
amiga Kimberly de que su querido prometido ha estado tirándose a mi madre.
A Tessa casi se le salen los ojos de las órbitas al oírlo, pero permanece
callada. Ojalá se hubiera quedado arriba, pero sé que yo en su lugar habría
hecho lo mismo.
—¿Dónde está tu adorable Kimberly? ¿En algún hotel cercano con tu hijo? —
le pregunto a Vance con todo el sarcasmo que admiten mis palabras.
No me gusta Kimberly, es una pesada y una cotilla, pero ama a Vance y
tenía la impresión de que él también estaba loco por ella. Es obvio que estaba
equivocado. No le importan ni ella ni la boda inminente. Si le importaran, esto no
estaría pasando.
—Hardin, tenemos que calmarnos todos un poco. —Mi madre intenta quitarle
hierro al asunto. Retira la mano del hombro de Vance.
—¿Quieres que me calme? —pregunto incrédulo. Es alucinante—. Te casas
mañana y aquí te encuentro, en plena noche, abierta de piernas en la encimera
como una cualquiera.
En cuanto termino de decirlo, Vance se me echa encima. Su cuerpo choca
contra el mío y mi cabeza golpea los azulejos del suelo de la cocina cuando me
tira al suelo.
—¡Christian! —grita mi madre.
Vance usa su peso para sujetarme, pero me las apaño para liberar las manos.
En cuanto siento un puñetazo en la nariz, la adrenalina se dispara por mis venas,
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CAPÍTULO 137
Tessa
¿Estaré soñando? Por favor, que sea una pesadilla… Seguro que esto no es real.
Christian está encima de Hardin. El puñetazo que le propina en la nariz
produce el sonido más odioso del mundo. Me quema los tímpanos y se me cae el
alma a los pies. Hardin levanta los puños y le pega a Vance un derechazo en la
mandíbula de fuerza equiparable que hace que resbale.
En cuestión de segundos Hardin se zafa de él, lo empuja por los hombros y lo
derriba al suelo otra vez. No sé cuántos golpes se atizan ni quién va ganando.
—¡Sepáralos! —le grito a Trish.
Cada fibra de mi ser quiere interponerse entre ellos, sé que si Hardin me ve
parará al instante, pero me da miedo que esté demasiado cabreado, demasiado
fuera de control y que por accidente haga algo que después consiga enloquecerlo
de culpabilidad.
—¡Hardin! —Trish coge el hombro desnudo de su hijo intentando que cese la
violencia, pero ninguno de los dos le hace caso.
Para empeorar las cosas, la puerta de atrás se abre y aparece Mike,
alarmado. Madre de Dios.
—¿Trish? ¿Qué es lo que…? —Parpadea tras los gruesos cristales de las gafas
mientras procesa lo que está ocurriendo.
En menos de un segundo se une al barullo, se coloca detrás de Hardin y lo
coge por los brazos. Como es un gigantón, lo levanta del suelo sin esfuerzo y lo
lleva contra la pared. Christian se pone en pie como puede y Trish lo empuja
contra la pared opuesta. Hardin está temblando, resoplando. Respira con tanta
dificultad que me da miedo que se haya hecho daño en los pulmones. Corro
hacia él sin saber muy bien qué hacer, lo que necesito es tenerlo cerca.
—¿Qué demonios pasa aquí? —exige saber la voz de Mike.
Todo ha sucedido muy deprisa: el terror en la mirada de Trish, el reguero de
sangre roja que mana de la nariz de Hardin y le mancha la boca… Es
demasiado.
—¡Pregúntaselo a ellos! —grita Hardin. Diminutas gotas de sangre le salpican
el pecho. Gesticula en dirección a una Trish aterrada y un Christian furibundo.
—Hardin —digo con ternura—. Vamos arriba.
Le cojo la mano intentando controlar mis emociones. Estoy temblando y noto
que las lágrimas me corren por las mejillas, pero esta vez yo soy lo de menos.
—¡No! —Se aparta de mí—. ¡Cuéntaselo! ¡Dile lo que estabas haciendo! —
Hardin intenta abalanzarse sobre Christian otra vez, pero Mike se interpone
rápidamente entre los dos.
Cierro los ojos un momento y rezo para que Hardin no le pegue a él también.
Estoy otra vez en la residencia, con Hardin a un lado y Noah al otro, cuando
Hardin me obligó a confesarle mi infidelidad al chico con el que me había
pasado media vida. La mirada en la cara de Noah no fue tan devastadora como
la que tengo delante ahora mismo. La expresión de Mike es una mezcla de
confusión y dolor.
—Hardin, no lo hagas, por favor —le ruego—. Hardin —repito, suplicándole
que no avergüence al hombre. Trish tiene que contárselo a su manera, sin
público. Esto no está bien.
—¡A la mierda! ¡Que os jodan a todos! —grita Hardin, y vuelve a pegarle un
puñetazo a la encimera, que se parte en dos—. Estoy seguro de que a Mike no le
importará que hagáis uso de las instalaciones mañana —añade luego en voz baja,
calculando cada una de sus crueles palabras—. Estoy seguro de que os dejará,
porque probablemente ha malgastado una pequeña fortuna en esa boda de
pacotilla. —Medio sonríe.
Un escalofrío me recorre el espinazo y bajo la vista. No hay forma de
pararlo cuando se pone así, y nadie lo intenta. Todos permanecen en silencio
mientras Hardin continúa:
—Hacéis una pareja encantadora. La exesposa de un borracho y su leal
mejor amigo —se mofa—. Perdona, Mike, pero llegas como cinco minutos
tarde. Te has perdido la parte en que tu novia le estaba explorando las amígdalas
con la lengua.
Christian intenta golpear a Hardin de nuevo, pero Trish se mete en medio.
Hardin y Christian se miran como panteras.
Estoy viendo una nueva faceta de Christian. Ya no es bromista e ingenioso; es
una mole de rabia que mana de él a borbotones. El Christian que coge a
Kimberly de la cintura y le susurra lo guapa que es no aparece por ninguna
parte.
—Maldito faltón… —masculla Christian.
—¿Yo soy un faltón? Tú eres el que hace discursos sobre las bondades del
matrimonio mientras tiene una aventura con mi madre.
Mi mente se niega a creerlo. ¿Christian y Trish? ¿Trish y Christian? No tiene
sentido. Sé que son amigos desde hace años, y Hardin me contó que Christian se
los llevó a vivir consigo y cuidó de ellos cuando Ken los abandonó. Pero ¿una
aventura?
Trish no me parece el tipo de mujer que haría una cosa así, y Christian da la
impresión de estar muy enamorado de Kimberly. Kimberly… Pobre… Con lo
mucho que lo quiere. Está planeando la boda perfecta con el hombre de sus
sueños y acaba de quedar claro que no lo conoce en absoluto. Se le va a romper
el corazón. Ha construido una vida con Christian y con su hijo. No dejaré que
Hardin sea quien se lo cuente, cueste lo que cueste. No permitiré que la humille y
se burle de ella igual que de Mike.
—¡No es eso! —El pronto de Christian es tan peligroso como el de Hardin.
Sus ojos verdes refulgen de rabia y sé que sólo quiere retorcerle el pescuezo a
Hardin.
Mike permanece en silencio sin apartar la mirada de su prometida y de sus
mejillas bañadas de lágrimas.
—Lo siento mucho, no tenía que pasar. No sé… —La voz de Trish se quiebra
en un sollozo desgarrador y aparto la vista.
Mike menea la cabeza, negándose a aceptar su disculpa, y sin mediar palabra
cruza la pequeña cocina y sale de la casa dando un portazo. Trish cae de rodillas,
tapándose la cara con las manos para ahogar el llanto.
Christian encorva la espalda y la preocupación anula la rabia cuando se
arrodilla junto a Trish y la envuelve entre sus brazos. A mi lado, Hardin empieza
a hiperventilar de nuevo y aprieta los puños. Me planto delante de él y le cojo la
cara entre las manos. Se me revuelve el estómago al ver la sangre que le cae por
la barbilla. Tiene los labios carmesí… Hay mucha sangre.
—Aparta —me advierte tirándome de las manos para librarse de ellas.
Mira la escena que transcurre a mis espaldas, a su madre entre los brazos de
Christian. Parecen haber olvidado que estamos aquí, o eso o es que les da igual.
Estoy hecha un lío.
—Hardin, por favor —lloro, y vuelvo a cogerle la cara con manos
temblorosas.
Por fin me mira y veo que la culpa asoma a sus ojos.
—Vayamos arriba, por favor —le suplico.
Me mira fijamente y me obligo a sostenerle la mirada hasta que la ira
desaparece poco a poco.
—Llévame lejos de ellos —tartamudea—. Sácame de aquí.
Le suelto la cara y lo cojo del brazo con una mano para sacarlo de la cocina.
Cuando llegamos a la escalera, se detiene.
—No… Quiero salir de esta casa —dice.
—Está bien —accedo al instante. Yo también quiero irme de aquí—. Iré a
recoger nuestras cosas, tú vete al coche —sugiero.
—No. Si salgo ahí… —No hace falta que termine la frase. Sé perfectamente
lo que pasará si lo dejo a solas con Christian y con su madre.
—Ven conmigo, no tardaré mucho —le prometo. Estoy intentando mantener
la calma, ser fuerte por él, y por ahora parece que está funcionando.
Me deja tomar el mando y me sigue escaleras arriba y pasillo abajo hacia el
pequeño dormitorio. Meto nuestras cosas en las maletas a toda prisa, sin pararme
a colocarlas bien. Doy un brinco y grito sobresaltada cuando Hardin le pega un
puñetazo a la cómoda y el pesado mueble cae al suelo con un estruendo. Hardin
se arrodilla y saca el primer cajón. Lo tira a un lado antes de ir a por el siguiente.
Va a destrozar la habitación entera si no lo saco de aquí.
Cuando lanza el último cajón contra la pared, le rodeo el torso con los brazos.
—Acompáñame al cuarto de baño. —Lo llevo por el pasillo y cierro la
puerta. Cojo una toalla, abro el grifo y le pido que se siente en la tapa del váter.
Su silencio me hiela la sangre y no quiero presionarlo.
No dice nada, ni siquiera pestañea, cuando le acerco la toalla caliente a la
cara y le limpio la sangre seca de debajo de la nariz, los labios y la mandíbula.
—No está rota —digo en voz baja después de examinarla brevemente.
Tiene el labio inferior partido e hinchado, pero ha dejado de sangrar. La
cabeza me da vueltas, veo sin parar a los dos hombres enzarzados como fieras.
Hardin no contesta.
Cuando le he limpiado casi toda la sangre, enjuago la toalla y la dejo en el
lavabo.
—Voy a por nuestras maletas. Quédate aquí —le digo con la esperanza de
que me obedezca.
Corro a la habitación a coger nuestras cosas y abro la maleta. Hardin va sin
camisa y sin zapatos. Sólo lleva puestos unos pantalones de deporte y yo sólo
llevo puesta su camiseta. No he tenido tiempo para pensar en vestirme o en
sentirme avergonzada por haber corrido escaleras abajo medio desnuda al oír los
gritos. No sabía qué me iba a encontrar al bajar, pero ni en sueños me habría
esperado pillar a Christian con Trish.
Hardin permanece en silencio mientras le pongo una camiseta limpia y unos
calcetines. Yo me visto con una sudadera y unos vaqueros sin pensar en mi
aspecto. Me lavo las manos otra vez para intentar quitarme la sangre seca de
debajo de las uñas.
Sigue sin decir nada mientras bajamos la escalera y me coge las maletas.
Sisea de dolor cuando se echa mi bolsa al hombro y tiemblo al pensar en el
cardenal que debe de llevar bajo la camiseta.
Oigo los sollozos de Trish y los susurros de consuelo de Christian al salir a la
calle. Llegamos al coche de alquiler y Hardin se vuelve para mirar la casa. Le
da un escalofrío.
—Yo conduzco. —Cojo las llaves, pero él me las quita rápidamente.
—No, conduciré y o —dice al fin. No discuto.
Quiero preguntarle adónde vamos, pero decido que no es el momento. Ahora
mismo no piensa con claridad y tengo que hilar fino. Le cojo la mano y me
alegro de que no retire la suya huyendo de mi contacto.
Los minutos se me hacen horas mientras cruzamos el pueblo en silencio. La
tensión aumenta con cada kilómetro que recorremos. Miro por la ventanilla y
reconozco la calle de esta tarde cuando pasamos junto a la tienda de trajes de
novia de Susan. La emoción me asalta al recordar a Trish enjugándose los ojos,
mirándose al espejo vestida de novia. ¿Cómo ha podido hacerlo? Iba a casarse
mañana. ¿Por qué habrá hecho una cosa así?
La voz de Hardin me devuelve al presente:
—Esto es una mierda.
—No lo entiendo —le digo, y le aprieto la mano con ternura.
—Todo y todos en mi vida dan asco —dice sin emoción en la voz.
—Lo sé. —No podría discrepar más, pero no es momento de corregirlo.
Hardin mete el coche en el aparcamiento de un pequeño motel.
—Pasaremos aquí la noche y nos iremos por la mañana —dice mirando por
el parabrisas—. No sé qué decir de tu trabajo y de dónde vas a vivir cuando
volvamos a Estados Unidos —continúa bajándose del coche.
Estaba tan ocupada preocupándome de Hardin y de la violenta escena de la
cocina que por un instante se me había olvidado que el hombre que rodaba por el
suelo con él no sólo es mi jefe, sino que también vivo bajo su techo.
—¿Vienes? —pregunta.
En vez de responderle, bajo del coche y lo sigo en silencio al motel.
CAPÍTULO 138
Tessa
El hombre tras el mostrador le entrega a Hardin la llave de nuestra habitación
con una sonrisa que Hardin no le devuelve. Me esfuerzo por ofrecerle una que se
lo compense, pero me sale rara y forzada y el recepcionista desvía la mirada
rápidamente.
En silencio, atravesamos el vestíbulo en busca de nuestra habitación. El pasillo
es largo y estrecho. Pinturas religiosas cubren las paredes de color crema: en
una, un ángel muy apuesto se arrodilla ante una doncella; en otra, se abrazan dos
enamorados. Me estremezco cuando mis ojos llegan al último cuadro y
encuentran los ojos negros del mismísimo Lucifer justo al salir de nuestra
habitación. Me quedo de piedra mirando los ojos vacíos y me apresuro a entrar
detrás de Hardin y a encender la luz para iluminar la oscuridad. Deja mi bolso en
un sillón orejero que hay en un rincón y la maleta junto a la puerta, a mi lado.
—Voy a ducharme —dice en voz baja. Sin mirar atrás, se mete en el baño y
cierra la puerta.
Me gustaría seguirlo, pero tengo dudas. No quiero presionarlo ni alterarlo más
de lo que ya está, pero también me gustaría asegurarme de que está bien y no
me apetece que tenga que pasar por esto, al menos que tenga que pasarlo solo.
Me quito los zapatos, los vaqueros y la sudadera y lo sigo al baño,
completamente desnuda. Cuando abro la puerta ni se vuelve. El vapor ha
empezado a llenar el pequeño espacio, a cubrir el cuerpo de Hardin con una
neblina de entre la que destacan los tatuajes; la tinta claramente visible a través
del vapor me atrae hacia él.
Piso la pila de ropa sucia y me quedo de pie detrás de él, a un metro de
distancia.
—No necesito que… —empieza a decir Hardin con voz monótona.
—Lo sé —lo interrumpo.
Sé que está enfadado y está empezando a ocultarse tras la muralla que tanto
he luchado por derribar. Ha estado controlando la ira tan bien que podría matar a
Trish y a Christian por haberle hecho perder la cabeza de esa manera.
Sorprendida por el giro siniestro de mis pensamientos, me los quito de la
cabeza.
Sin decir nada más, descorre la cortina de la ducha y se mete bajo la cascada
de agua. Respiro hondo para sacar fuerzas y seguridad en mí misma de donde no
las hay, y me meto en la ducha tras él. El agua quema tanto que apenas es
soportable, y me escondo detrás de Hardin para evitarla. Debe de haberlo
notado, porque regula la temperatura.
Cojo la pequeña botella de gel y vierto el contenido en una esponja. Con
cuidado, la llevo a la espalda de Hardin, que hace una mueca de dolor e intenta
alejarse, pero lo sigo y me acerco más a él.
—No tienes por qué hablarme, pero necesito estar aquí contigo —digo casi en
un susurro que se pierde entre su respiración profunda y el agua corriente.
Silencioso e inmóvil, no se aparta cuando le paso la esponja por las letras
grabadas en tinta de su espalda. Mi tatuaje.
Luego se vuelve para observarme y permitirme que le enjabone el pecho. Su
mirada sigue la tray ectoria de la esponja. Siento cómo la rabia mana de él,
mezclada con las nubes de vapor. Sus ojos se clavan como ascuas ardientes en
mí. Me mira como si estuviera a punto de explotar. Antes de que pueda
pestañear, tengo sus manos en mi cuello y mi mandíbula. Su boca choca
desesperadamente contra la mía y mis labios se entreabren ante la brusca
caricia. No tiene nada de dulce y cariñoso. Mi lengua encuentra la suy a y le
muerdo el labio inferior, tiro de él evitando la herida. Gruñe y me empotra
contra los azulejos húmedos.
Gimo cuando retira la boca pero vuelve a la carga con un aluvión de besos
salvajes que salpican la base de mi cuello y mi pecho. Me coge los senos y los
masajea con sus manos magulladas mientras su boca lame, muerde, chupa,
asciende y desciende. Echo la cabeza hacia atrás, hacia los azulejos, y hundo las
manos en su pelo para poder tirarle de él como sé que le gusta.
Sin avisar, se pone de rodillas bajo el agua y un vago recuerdo cruza mi
mente. Pero vuelve a tocarme y se me olvida lo que era.
CAPÍTULO 139
Hardin
Los dedos de Tessa me tiran del pelo y llevan mi boca a su piel, que ya está
sonrosada e hinchada. Acariciarla, saborearla así hace que todo lo demás se me
vaya de la cabeza.
Grita cuando mi lengua se enrosca alrededor de ella y me tira con fuerza del
pelo. Separa las caderas de los azulejos en busca de mi boca, se muere por más.
Me pongo de pie demasiado pronto y le levanto una pierna para que me
rodee con ella la cintura. Luego la otra. Gime cuando la levanto y la penetro
despacio.
—Jodeeeeeer… —dejo escapar, mi voz es apenas un siseo. Me alucina lo
caliente y húmeda que está sin que ningún condón se interponga entre nosotros.
Tessa cierra los ojos cuando empujo hacia adelante, la saco y la vuelvo a
llenar. Lucho contra el impulso de metérsela hasta los huevos y follármela tan a
lo bestia que me olvide hasta de mi nombre. En vez de eso, me muevo
lentamente pero permitiendo a mis manos y a mi boca que se olviden de ser
tiernos con su piel. Tensa los brazos alrededor de mis hombros y mis labios se
aferran a la piel que hay justo sobre la curva de sus pechos turgentes. Noto el
sabor de la sangre que fluye hacia la superficie en la lengua, y me aparto a
tiempo de ver la marca roja que le he hecho.
Ella baja la vista para verla. No me riñe ni me pone mala cara al descubrir el
chupetón que han dejado mis labios. Sólo se muerde el labio inferior y mira la
marca casi con adoración. Me araña la espalda y la empujo más contra la pared
de azulejos. Tengo los dedos clavados en sus muslos, le van a dejar señal, y
vuelvo a hundirme en ella hasta el fondo, repitiendo su nombre una y otra vez.
Sus piernas se tensan enroscadas a mi cintura mientras yo entro y
salgo de ella, y los dos estamos cada vez más cerca.
—Hardin —gime con dulzura.
Su respiración entrecortada me indica que se está corriendo a mi alrededor.
La idea de poder correrme dentro de ella sin tener que preocuparme me vuelve
loco. Me derramo en ella mientras grito su nombre.
—Te quiero —jadea con los ojos cerrados. Permanezco dentro de ella,
disfrutando de sentirla piel con piel.
En la espalda noto que el calor abandona el agua; no deben de quedarnos más
de diez minutos de agua caliente. La idea de una ducha fría en plena noche hace
que la deje otra vez en el suelo. Salgo de ella y observo sin pudor cómo la prueba
de mi orgasmo se le escurre por las piernas. Joder, sólo por ver eso vale la pena
esperar siete putos meses.
Quiero darle las gracias, decirle que la quiero y que me ha sacado de la
oscuridad, no sólo esta noche, sino desde el día en que me pilló por sorpresa y me
besó en mi antiguo cuarto en la fraternidad. Pero no encuentro las palabras.
Abro el grifo del agua caliente al máximo y me quedo mirando la pared.
Suspiro de alivio al sentir la suave esponja en mi piel, que acaba lo que había
empezado minutos antes.
Me vuelvo para verle la cara y ella me pasa la esponja por el cuello. No digo
nada. La ira sigue en su sitio, acechante, bullendo bajo la superficie, pero me ha
hecho superarla como sólo ella puede hacerlo.
CAPÍTULO 140
Tessa
—Mi madre la ha liado parda —dice Hardin después de un largo silencio. Mis
manos se sobresaltan al oírlo hablar de repente, pero me recupero y sigo
enjabonándolo mientras él continúa—: Vamos, es que esto es digno de Tolstói.
Repaso mentalmente las obras de Tolstói hasta llegar a La sonata a Kreutzer.
Me da un escalofrío a pesar del calor de la ducha.
—¿Kreutzer? —pregunto esperando haberme confundido o que hay amos
interpretado la historia cada uno a nuestra manera.
—Sí. —Vuelve a carecer de emociones, a esconderse tras esa maldita
muralla.
—No sé si yo compararía esta… situación con algo tan perturbador —le
discuto con dulzura. Es una historia de sangre, celos, ira, y me gustaría pensar
que la que estamos viviendo terminará mejor.
—No al cien por cien, pero sí —contesta Hardin como si pudiera leerme el
pensamiento.
Repaso mentalmente el hilo argumental, intentando ver la conexión con la
aventura de la madre de Hardin, pero lo único que se me ocurre tiene que ver
con Hardin y su idea del matrimonio. Me da otro escalofrío.
—No tenía pensado casarme nunca y sigo sin querer hacerlo. No, en ese
sentido nada ha cambiado —me responde fríamente.
Hago caso omiso de la punzada de dolor que siento en el pecho y me
concentro en él.
—Vale. —Le paso la esponja por un brazo, luego el otro, y cuando alzo la
vista tiene los ojos cerrados.
—Según tú, ¿quién será el autor de nuestra historia? —me pregunta
quitándome la esponja de la mano.
—No lo sé —contesto con sinceridad. Nada me gustaría más que saberlo.
—Yo tampoco. —Vierte un poco más de gel en la esponja y me la pasa por el
pecho.
—¿Y si nuestra historia la escribimos nosotros? —digo mirando sus ojos
preocupados.
—No creo que podamos. Sabes que esto sólo puede acabar de dos maneras
—replica encogiéndose de hombros.
Sé que está dolido y enfadado, pero no quiero que los errores de Trish
influy an en nuestra relación, y puedo ver que Hardin está estableciendo
comparaciones tras el verde de sus ojos.
Intento llevar la conversación por otros derroteros.
—¿Qué es lo que más te molesta de todo esto? La boda es mañana…, bueno,
hoy —me corrijo.
Son casi las cuatro de la madrugada y la boda es, o era, a las dos de la tarde.
¿Qué habrá pasado después de que nos marchásemos? ¿Mike habrá vuelto para
hablar con Trish o Christian y Trish habrán acabado lo que tenían entre manos?
—No lo sé —suspira deslizando la esponja por mi vientre y mis caderas—.
La boda me importa una mierda. Imagino que siento que son los dos unos
embusteros.
—Lo lamento —le digo.
—La que lo va a lamentar es mi madre. Ya ha vendido la casa y ha sido infiel
la noche antes de la puta boda. —Me enjabona de mala manera a medida que
crece su enfado.
No digo nada, pero le quito la esponja y la cuelgo de un gancho que hay
detrás de mí.
—Y Vance… ¿Qué clase de capullo se lía con la exmujer de su mejor
amigo? Mi padre y Christian Vance se conocen desde que eran niños —dice
Hardin con amargura—. Debería llamar a mi padre para ver si sabe la clase de
zorra traicionera…
Le tapo la boca con la mano antes de que pueda acabar con la retahíla de
insultos.
—Sigue siendo tu madre —le recuerdo con cuidado. Sé que está enfadado,
pero no debería insultarla de esa forma.
Retiro la mano para que pueda hablar.
—Me importa una mierda que sea mi madre, y me importa un carajo Vance.
Y le va a salir cara la broma porque, cuando le cuente a Kimberly lo suy o con
mi madre y tú dejes el trabajo, se le va a caer el pelo —proclama Hardin con
orgullo, como si ésa fuera la mejor venganza.
—Ni se te ocurra decírselo a Kimberly. —Lo miro a los ojos, suplicante—. Si
Christian no se lo cuenta, lo haré yo, pero no vas a avergonzarla ni a acosarla.
Comprendo que estés enfadado con tu madre y con Christian, pero Kimberly es
inocente y no quiero hacerle daño —digo tajante.
—Bien. Pero dejarás el trabajo —ordena mientras se vuelve para enjuagarse
el champú del pelo.
Suspiro, intento coger el champú, pero Hardin aparta la botella.
—Va en serio, no vas a seguir trabajando para él.
Entiendo que está furioso, pero no es el momento de hablar sobre mi trabajo.
—Ya hablaremos de eso —le digo, y por fin consigo que me deje coger la
botella. El agua se está enfriando con cada segundo que pasa y me gustaría
lavarme el pelo.
—¡No! —Me la quita de un tirón. Estoy intentando mantener la calma y ser
todo lo dulce con él que puedo, pero me lo está poniendo difícil.
—No puedo dejar las prácticas así como así, no es tan sencillo. Tengo que
informar a la universidad, rellenar un montón de impresos y dar una buena
explicación de mis motivos. Luego tendría que añadir clases a mi horario en
mitad del trimestre para compensar los créditos que me daban por las prácticas
en Vance y, como la fecha para pedir ayuda financiera ya ha pasado, debería
pagarlas de mi bolsillo. No es tan fácil dejar el trabajo. Intentaré pensar en algo,
pero necesito un poco más de tiempo, por favor. —Me rindo, paso de lavarme el
pelo.
—Tessa, me importa una mierda pinchada en un palo que tengas que rellenar
un montón de papeles. Estamos hablando de mi familia —dice, y me siento
culpable al instante.
« Tiene razón, ¿no?» La verdad es que no lo sé, pero el labio partido y la nariz
amoratada hacen que sienta que está en lo cierto.
—Lo sé, perdona. Sólo es que primero necesito encontrar otras prácticas, eso
es todo lo que pido. —¿Por qué le pido nada?—. Quiero decir, que lo único que te
estoy diciendo es que necesito un poco más de tiempo. Bastante tengo con tener
que irme a vivir a un hotel… —La ansiedad que me entra al pensar en no tener
casa, ni trabajo, ni amigos otra vez es más de lo que puedo soportar.
—No vas a encontrar otras prácticas, y menos aún unas prácticas
remuneradas —me recuerda sin delicadez alguna. Eso ya lo sabía, pero me
estaba obligando a pensar que cabía la posibilidad.
—No sé lo que voy a hacer, pero necesito tiempo. Esto es un desastre. —
Salgo de la ducha y cojo una toalla.
—Pues no lo tienes. Deberías volver a Washington conmigo. —Me quedo
quieta en el sitio.
—¿Volver a Washington? —Sólo de pensarlo me dan ganas de vomitar—. No
voy a volver allí, y menos después del fin de semana pasado. Ni siquiera quiero
ir de visita, y mucho menos trasladarme de nuevo. Ésa no es una opción. —Me
envuelvo con la toalla y salgo del baño.
Cojo el móvil y me entra el pánico al ver cinco llamadas perdidas y dos
mensajes, todos de Christian. En los mensajes me suplica que Hardin lo llame
cuanto antes.
—Hardin —le digo.
—¿Qué? —Salta. Pongo los ojos en blanco y me trago el enfado—. Christian
ha llamado mil veces.
Sale del baño con una toalla alrededor de la cintura.
—¿Y?
—¿Y si le ha pasado algo a tu madre? ¿No quieres llamar para saber si está
bien? —le pregunto—. O yo…
—No, que les den a los dos. No los llames.
—Hardin, de verdad que creo…
—No —me interrumpe.
—Ya le he enviado un mensaje, sólo para saber que tu madre está bien —
confieso.
Tuerce el gesto.
—Cómo no.
—Sé que estás enfadado pero, por favor, deja de pagarlo conmigo. Estoy
intentando estar a tu lado, pero tienes que dejar de hablarme así. Nada de esto es
culpa mía.
—Lo siento. —Se pasa las manos por el pelo mojado—. Vamos a apagar los
móviles y a dormir un poco. —Lo dice con calma, y su mirada se ha suavizado
mucho—. Me he manchado la camiseta —explica arrastrando la prenda
ensangrentada por el suelo— y no sé dónde tengo la otra.
—La sacaré de la maleta.
—Gracias —suspira.
El hecho de que le guste tanto que me ponga su ropa, incluso en una noche tan
catastrófica como ésta, me hace muy feliz. Saco la camiseta que llevaba puesta
y le paso un bóxer limpio antes de volver a doblar lo que había en la maleta.
—Cuando me despierte cambiaré el vuelo. Ahora mismo no soy capaz de
concentrarme. —Se sienta en el borde de la cama un momento antes de
acostarse.
—Puedo hacerlo yo —le ofrezco sacando su portátil de la maleta.
—Gracias —musita medio dormido.
A los pocos segundos añade:
—Ojalá pudiera llevarte muy muy lejos.
Mis manos siguen en el teclado y espero que diga algo más, pero empieza a
roncar suavemente.
Entro en la web de la aerolínea y entonces mi móvil empieza a vibrar en la
mesilla de noche. Aparece el nombre de Christian en la pantalla. Ignoro la
llamada pero, cuando recibo una segunda, cojo la llave de la habitación y salgo
al pasillo para poder contestar.
Intento susurrar:
—¿Diga?
—¿Tessa? ¿Cómo está Hardin? —pregunta asustado.
—Está… está bien. Tiene la nariz morada e hinchada, el labio partido y unos
cuantos cortes y cardenales. —No disimulo mi tono hostil.
—Mierda —suspira—. Siento que haya acabado así.
—Yo también —le espeto a mi jefe, e intento no mirar el cuadro espantoso
que tengo delante.
—He de hablar con él. Sé que está enfadado y confuso, pero necesito
explicarle un par de cosas.
—No quiere hablar contigo y, para ser sinceros, ¿por qué debería hacerlo?
Confiaba en ti y sabes lo mucho que cuesta ganarse su confianza. —Bajo la voz
—: Estás comprometido con una mujer encantadora y Trish iba a casarse
mañana.
—Va a casarse mañana —dice al otro lado de la línea.
—¿Qué?
Me alejo un poco más por el pasillo. Me detengo ante el cuadro del ángel
arrodillado pero, cuanto más lo miro, más perturbador me resulta. Detrás del
ángel hay otro, casi traslúcido, que lleva una daga de doble filo en la mano. La
doncella de pelo castaño lo observa con una sonrisa siniestra en los labios y
parece estar esperando que acuchillen al ángel arrodillado. El segundo ángel
tiene el rostro contorsionado, el cuerpo desnudo es todos ángulos y líneas rectas
mientras se prepara para apuñalar al primer ángel. Aparto la vista y me
concentro en la voz al otro lado de la línea:
—La boda sigue en pie. Mike quiere a Trish y Trish quiere a Mike. Se casarán
mañana a pesar de mi error. —Parece como si le costara pronunciar las
palabras.
Quisiera hacerle muchas preguntas, pero no puedo. Es mi jefe y la aventura
la tiene con la madre de Hardin. No es asunto mío.
—Sé lo que estarás pensando de mí, Tessa, pero si me dieras la oportunidad
de explicarlo, tal vez ambos los entenderíais.
—Hardin quiere que cambie nuestro vuelo y que nos vay amos por la mañana
—lo informo.
—No puede marcharse sin despedirse de su madre. Eso la mataría.
—No creo que sea bueno para nadie meterlos en la misma habitación —le
advierto, y echo a andar de vuelta hacia el cuarto. Me paro justo en la puerta.
—Comprendo que sientas la necesidad de protegerlo y me complace
enormemente ver cuán leal le eres. Pero Trish ha tenido una vida muy dura y es
hora de que sea un poco feliz. No espero que asista a la boda, pero te ruego que
hagas lo posible para que al menos se despida de ella. Dios sabe cuánto tardará
en volver a Inglaterra. —Christian suspira.
—No sé. —Paso los dedos por el marco de bronce del cuadro de Lucifer—.
Veré qué puedo hacer, pero no te prometo nada. No voy a presionarlo.
—Lo entiendo. Gracias —dice con tono de alivio.
—¿Christian? —digo antes de colgar.
—Dime, Tessa.
—¿Se lo vas a contar a Kimberly? —Contengo la respiración mientras espero
la respuesta a una pregunta de lo más inapropiada.
—Por supuesto. Se lo diré —responde en voz baja, con un acento suave y
marcado—. La quiero más que…
—Vale —digo.
Estoy intentando entenderlo, pero lo único que me viene a la cabeza es
Kimberly sonriente en su cocina, riéndose con la cabeza ladeada y los ojos
brillantes de Christian que la mira embobado, como si no hubiera otra mujer en
el mundo. ¿También mira así a Trish?
—Gracias. Avísame si necesitas cualquier cosa. Te pido disculpas de nuevo
por lo que has tenido que ver antes, y espero que tu buena opinión de mí no hay a
quedado completamente destruida —dice antes de colgar.
Echo un último vistazo al monstruo espantoso que cuelga de la pared y entro
de nuevo en la habitación.
Hardin
¿Perdón? ¿Qué está pasando? Ésta es una de las pocas veces en mi vida en las que
me he quedado sin habla. Las manos de mi madre descienden del pelo de Vance
a su mandíbula y lo besa con más fuerza.
Debo de haber hecho algún ruido, seguramente habré ahogado un grito, qué
coño sé yo, porque mi madre abre los ojos de repente y aparta a Vance de un
empujón en los hombros. Él se vuelve rápidamente hacia mí, con unos ojos
como platos, y se aparta de la encimera. ¿Cómo es que no me han oído bajar la
escalera? ¿Qué hace él aquí, en esta cocina?
« De verdad, ¿qué cojones está pasando?»
—¡Hardin! —exclama mi madre presa del pánico bajando de un salto de la
encimera.
—Hardin, puedo… —interviene Vance.
Levanto la mano para que se callen mientras mi cerebro y mi boca intentan
trabajar juntos para tratar de comprender el espanto que acabo de presenciar.
—¿Cómo…? —empiezo a decir, las palabras se me traban en la lengua, mi
mente no consigue formar una frase—. ¿Cómo…? —repito.
Mis pies empiezan a retroceder. Quiero alejarme de ellos tan rápido como
me sea posible, pero también necesito una explicación.
Miro a uno y a otra, haciendo un esfuerzo por conciliar a las dos personas que
tengo delante con las personas que creía conocer. Pero fracaso y nada tiene
sentido.
Mis talones chocan contra el primer peldaño de la escalera y mi madre
extiende un brazo hacia mí.
—No es… —trata de decir.
Es un alivio notar cómo la sangre empieza a calentarse en mis venas y el
enfado borra la sorpresa inicial, se apodera de mí y me libra de lo vulnerable que
me sentía hace unos segundos. Sé qué hacer con la rabia, me deleito con ella.
Con lo que no sé qué hacer es con lo de enmudecer de sorpresa.
Camino hacia ellos antes de poder darme cuenta de lo que estoy haciendo, y
mi madre retrocede huyendo de mí, mientras Vance se interpone entre ella y yo.
—¿Qué coño te pasa? —la interrumpo haciendo caso omiso de las lágrimas
egoístas que brillan en sus ojos—. ¡Te casas mañana!
» Y tú —le siseo a mi antiguo jefe—, tú estás comprometido, y aquí estás, ¡a
punto de follarte a mi madre en la encimera de la cocina!
Bajo la mano y le pego un puñetazo a la ya maltrecha encimera de la cocina.
El crujir de la madera al partirse me excita aún más, me hace querer más.
—¡Hardin! —chilla mi madre.
—¡No te atrevas a gritarme! —le espeto. Oigo pasos arriba, señal de que
nuestras voces han despertado a Tessa. Sé que viene a buscarme.
—No le hables así a tu madre. —Vance no levanta la voz, pero el tono de
amenaza es claro como el agua.
—Y tú ¿quién coño eres para ordenarme nada? No eres nadie. ¿Quién coño te
crees que eres, eh? —Me clavo las uñas en las palmas de las manos. La ira bulle
en mi interior, se acumula, lista para explotar.
—Soy… —empieza a decir él, pero mi madre le pone la mano en el hombro
para que se calle.
—Christian, para —le suplica.
—¿Hardin? —Tessa me llama desde lo alto de la escalera y a los pocos
segundos entra en la cocina. Mira alrededor, primero al huésped de última hora,
luego a mí. Se planta a mi lado—. ¿Va todo bien? —pregunta casi en un susurro,
cogiéndome del antebrazo con su pequeña mano.
—¡De puta madre! ¡Va todo de maravilla, de verdad! —Hago que me suelte
el brazo y lo agito delante de mí—. Aunque es posible que quieras avisar a tu
amiga Kimberly de que su querido prometido ha estado tirándose a mi madre.
A Tessa casi se le salen los ojos de las órbitas al oírlo, pero permanece
callada. Ojalá se hubiera quedado arriba, pero sé que yo en su lugar habría
hecho lo mismo.
—¿Dónde está tu adorable Kimberly? ¿En algún hotel cercano con tu hijo? —
le pregunto a Vance con todo el sarcasmo que admiten mis palabras.
No me gusta Kimberly, es una pesada y una cotilla, pero ama a Vance y
tenía la impresión de que él también estaba loco por ella. Es obvio que estaba
equivocado. No le importan ni ella ni la boda inminente. Si le importaran, esto no
estaría pasando.
—Hardin, tenemos que calmarnos todos un poco. —Mi madre intenta quitarle
hierro al asunto. Retira la mano del hombro de Vance.
—¿Quieres que me calme? —pregunto incrédulo. Es alucinante—. Te casas
mañana y aquí te encuentro, en plena noche, abierta de piernas en la encimera
como una cualquiera.
En cuanto termino de decirlo, Vance se me echa encima. Su cuerpo choca
contra el mío y mi cabeza golpea los azulejos del suelo de la cocina cuando me
tira al suelo.
—¡Christian! —grita mi madre.
Vance usa su peso para sujetarme, pero me las apaño para liberar las manos.
En cuanto siento un puñetazo en la nariz, la adrenalina se dispara por mis venas,
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CAPÍTULO 137
Tessa
¿Estaré soñando? Por favor, que sea una pesadilla… Seguro que esto no es real.
Christian está encima de Hardin. El puñetazo que le propina en la nariz
produce el sonido más odioso del mundo. Me quema los tímpanos y se me cae el
alma a los pies. Hardin levanta los puños y le pega a Vance un derechazo en la
mandíbula de fuerza equiparable que hace que resbale.
En cuestión de segundos Hardin se zafa de él, lo empuja por los hombros y lo
derriba al suelo otra vez. No sé cuántos golpes se atizan ni quién va ganando.
—¡Sepáralos! —le grito a Trish.
Cada fibra de mi ser quiere interponerse entre ellos, sé que si Hardin me ve
parará al instante, pero me da miedo que esté demasiado cabreado, demasiado
fuera de control y que por accidente haga algo que después consiga enloquecerlo
de culpabilidad.
—¡Hardin! —Trish coge el hombro desnudo de su hijo intentando que cese la
violencia, pero ninguno de los dos le hace caso.
Para empeorar las cosas, la puerta de atrás se abre y aparece Mike,
alarmado. Madre de Dios.
—¿Trish? ¿Qué es lo que…? —Parpadea tras los gruesos cristales de las gafas
mientras procesa lo que está ocurriendo.
En menos de un segundo se une al barullo, se coloca detrás de Hardin y lo
coge por los brazos. Como es un gigantón, lo levanta del suelo sin esfuerzo y lo
lleva contra la pared. Christian se pone en pie como puede y Trish lo empuja
contra la pared opuesta. Hardin está temblando, resoplando. Respira con tanta
dificultad que me da miedo que se haya hecho daño en los pulmones. Corro
hacia él sin saber muy bien qué hacer, lo que necesito es tenerlo cerca.
—¿Qué demonios pasa aquí? —exige saber la voz de Mike.
Todo ha sucedido muy deprisa: el terror en la mirada de Trish, el reguero de
sangre roja que mana de la nariz de Hardin y le mancha la boca… Es
demasiado.
—¡Pregúntaselo a ellos! —grita Hardin. Diminutas gotas de sangre le salpican
el pecho. Gesticula en dirección a una Trish aterrada y un Christian furibundo.
—Hardin —digo con ternura—. Vamos arriba.
Le cojo la mano intentando controlar mis emociones. Estoy temblando y noto
que las lágrimas me corren por las mejillas, pero esta vez yo soy lo de menos.
—¡No! —Se aparta de mí—. ¡Cuéntaselo! ¡Dile lo que estabas haciendo! —
Hardin intenta abalanzarse sobre Christian otra vez, pero Mike se interpone
rápidamente entre los dos.
Cierro los ojos un momento y rezo para que Hardin no le pegue a él también.
Estoy otra vez en la residencia, con Hardin a un lado y Noah al otro, cuando
Hardin me obligó a confesarle mi infidelidad al chico con el que me había
pasado media vida. La mirada en la cara de Noah no fue tan devastadora como
la que tengo delante ahora mismo. La expresión de Mike es una mezcla de
confusión y dolor.
—Hardin, no lo hagas, por favor —le ruego—. Hardin —repito, suplicándole
que no avergüence al hombre. Trish tiene que contárselo a su manera, sin
público. Esto no está bien.
—¡A la mierda! ¡Que os jodan a todos! —grita Hardin, y vuelve a pegarle un
puñetazo a la encimera, que se parte en dos—. Estoy seguro de que a Mike no le
importará que hagáis uso de las instalaciones mañana —añade luego en voz baja,
calculando cada una de sus crueles palabras—. Estoy seguro de que os dejará,
porque probablemente ha malgastado una pequeña fortuna en esa boda de
pacotilla. —Medio sonríe.
Un escalofrío me recorre el espinazo y bajo la vista. No hay forma de
pararlo cuando se pone así, y nadie lo intenta. Todos permanecen en silencio
mientras Hardin continúa:
—Hacéis una pareja encantadora. La exesposa de un borracho y su leal
mejor amigo —se mofa—. Perdona, Mike, pero llegas como cinco minutos
tarde. Te has perdido la parte en que tu novia le estaba explorando las amígdalas
con la lengua.
Christian intenta golpear a Hardin de nuevo, pero Trish se mete en medio.
Hardin y Christian se miran como panteras.
Estoy viendo una nueva faceta de Christian. Ya no es bromista e ingenioso; es
una mole de rabia que mana de él a borbotones. El Christian que coge a
Kimberly de la cintura y le susurra lo guapa que es no aparece por ninguna
parte.
—Maldito faltón… —masculla Christian.
—¿Yo soy un faltón? Tú eres el que hace discursos sobre las bondades del
matrimonio mientras tiene una aventura con mi madre.
Mi mente se niega a creerlo. ¿Christian y Trish? ¿Trish y Christian? No tiene
sentido. Sé que son amigos desde hace años, y Hardin me contó que Christian se
los llevó a vivir consigo y cuidó de ellos cuando Ken los abandonó. Pero ¿una
aventura?
Trish no me parece el tipo de mujer que haría una cosa así, y Christian da la
impresión de estar muy enamorado de Kimberly. Kimberly… Pobre… Con lo
mucho que lo quiere. Está planeando la boda perfecta con el hombre de sus
sueños y acaba de quedar claro que no lo conoce en absoluto. Se le va a romper
el corazón. Ha construido una vida con Christian y con su hijo. No dejaré que
Hardin sea quien se lo cuente, cueste lo que cueste. No permitiré que la humille y
se burle de ella igual que de Mike.
—¡No es eso! —El pronto de Christian es tan peligroso como el de Hardin.
Sus ojos verdes refulgen de rabia y sé que sólo quiere retorcerle el pescuezo a
Hardin.
Mike permanece en silencio sin apartar la mirada de su prometida y de sus
mejillas bañadas de lágrimas.
—Lo siento mucho, no tenía que pasar. No sé… —La voz de Trish se quiebra
en un sollozo desgarrador y aparto la vista.
Mike menea la cabeza, negándose a aceptar su disculpa, y sin mediar palabra
cruza la pequeña cocina y sale de la casa dando un portazo. Trish cae de rodillas,
tapándose la cara con las manos para ahogar el llanto.
Christian encorva la espalda y la preocupación anula la rabia cuando se
arrodilla junto a Trish y la envuelve entre sus brazos. A mi lado, Hardin empieza
a hiperventilar de nuevo y aprieta los puños. Me planto delante de él y le cojo la
cara entre las manos. Se me revuelve el estómago al ver la sangre que le cae por
la barbilla. Tiene los labios carmesí… Hay mucha sangre.
—Aparta —me advierte tirándome de las manos para librarse de ellas.
Mira la escena que transcurre a mis espaldas, a su madre entre los brazos de
Christian. Parecen haber olvidado que estamos aquí, o eso o es que les da igual.
Estoy hecha un lío.
—Hardin, por favor —lloro, y vuelvo a cogerle la cara con manos
temblorosas.
Por fin me mira y veo que la culpa asoma a sus ojos.
—Vayamos arriba, por favor —le suplico.
Me mira fijamente y me obligo a sostenerle la mirada hasta que la ira
desaparece poco a poco.
—Llévame lejos de ellos —tartamudea—. Sácame de aquí.
Le suelto la cara y lo cojo del brazo con una mano para sacarlo de la cocina.
Cuando llegamos a la escalera, se detiene.
—No… Quiero salir de esta casa —dice.
—Está bien —accedo al instante. Yo también quiero irme de aquí—. Iré a
recoger nuestras cosas, tú vete al coche —sugiero.
—No. Si salgo ahí… —No hace falta que termine la frase. Sé perfectamente
lo que pasará si lo dejo a solas con Christian y con su madre.
—Ven conmigo, no tardaré mucho —le prometo. Estoy intentando mantener
la calma, ser fuerte por él, y por ahora parece que está funcionando.
Me deja tomar el mando y me sigue escaleras arriba y pasillo abajo hacia el
pequeño dormitorio. Meto nuestras cosas en las maletas a toda prisa, sin pararme
a colocarlas bien. Doy un brinco y grito sobresaltada cuando Hardin le pega un
puñetazo a la cómoda y el pesado mueble cae al suelo con un estruendo. Hardin
se arrodilla y saca el primer cajón. Lo tira a un lado antes de ir a por el siguiente.
Va a destrozar la habitación entera si no lo saco de aquí.
Cuando lanza el último cajón contra la pared, le rodeo el torso con los brazos.
—Acompáñame al cuarto de baño. —Lo llevo por el pasillo y cierro la
puerta. Cojo una toalla, abro el grifo y le pido que se siente en la tapa del váter.
Su silencio me hiela la sangre y no quiero presionarlo.
No dice nada, ni siquiera pestañea, cuando le acerco la toalla caliente a la
cara y le limpio la sangre seca de debajo de la nariz, los labios y la mandíbula.
—No está rota —digo en voz baja después de examinarla brevemente.
Tiene el labio inferior partido e hinchado, pero ha dejado de sangrar. La
cabeza me da vueltas, veo sin parar a los dos hombres enzarzados como fieras.
Hardin no contesta.
Cuando le he limpiado casi toda la sangre, enjuago la toalla y la dejo en el
lavabo.
—Voy a por nuestras maletas. Quédate aquí —le digo con la esperanza de
que me obedezca.
Corro a la habitación a coger nuestras cosas y abro la maleta. Hardin va sin
camisa y sin zapatos. Sólo lleva puestos unos pantalones de deporte y yo sólo
llevo puesta su camiseta. No he tenido tiempo para pensar en vestirme o en
sentirme avergonzada por haber corrido escaleras abajo medio desnuda al oír los
gritos. No sabía qué me iba a encontrar al bajar, pero ni en sueños me habría
esperado pillar a Christian con Trish.
Hardin permanece en silencio mientras le pongo una camiseta limpia y unos
calcetines. Yo me visto con una sudadera y unos vaqueros sin pensar en mi
aspecto. Me lavo las manos otra vez para intentar quitarme la sangre seca de
debajo de las uñas.
Sigue sin decir nada mientras bajamos la escalera y me coge las maletas.
Sisea de dolor cuando se echa mi bolsa al hombro y tiemblo al pensar en el
cardenal que debe de llevar bajo la camiseta.
Oigo los sollozos de Trish y los susurros de consuelo de Christian al salir a la
calle. Llegamos al coche de alquiler y Hardin se vuelve para mirar la casa. Le
da un escalofrío.
—Yo conduzco. —Cojo las llaves, pero él me las quita rápidamente.
—No, conduciré y o —dice al fin. No discuto.
Quiero preguntarle adónde vamos, pero decido que no es el momento. Ahora
mismo no piensa con claridad y tengo que hilar fino. Le cojo la mano y me
alegro de que no retire la suya huyendo de mi contacto.
Los minutos se me hacen horas mientras cruzamos el pueblo en silencio. La
tensión aumenta con cada kilómetro que recorremos. Miro por la ventanilla y
reconozco la calle de esta tarde cuando pasamos junto a la tienda de trajes de
novia de Susan. La emoción me asalta al recordar a Trish enjugándose los ojos,
mirándose al espejo vestida de novia. ¿Cómo ha podido hacerlo? Iba a casarse
mañana. ¿Por qué habrá hecho una cosa así?
La voz de Hardin me devuelve al presente:
—Esto es una mierda.
—No lo entiendo —le digo, y le aprieto la mano con ternura.
—Todo y todos en mi vida dan asco —dice sin emoción en la voz.
—Lo sé. —No podría discrepar más, pero no es momento de corregirlo.
Hardin mete el coche en el aparcamiento de un pequeño motel.
—Pasaremos aquí la noche y nos iremos por la mañana —dice mirando por
el parabrisas—. No sé qué decir de tu trabajo y de dónde vas a vivir cuando
volvamos a Estados Unidos —continúa bajándose del coche.
Estaba tan ocupada preocupándome de Hardin y de la violenta escena de la
cocina que por un instante se me había olvidado que el hombre que rodaba por el
suelo con él no sólo es mi jefe, sino que también vivo bajo su techo.
—¿Vienes? —pregunta.
En vez de responderle, bajo del coche y lo sigo en silencio al motel.
CAPÍTULO 138
Tessa
El hombre tras el mostrador le entrega a Hardin la llave de nuestra habitación
con una sonrisa que Hardin no le devuelve. Me esfuerzo por ofrecerle una que se
lo compense, pero me sale rara y forzada y el recepcionista desvía la mirada
rápidamente.
En silencio, atravesamos el vestíbulo en busca de nuestra habitación. El pasillo
es largo y estrecho. Pinturas religiosas cubren las paredes de color crema: en
una, un ángel muy apuesto se arrodilla ante una doncella; en otra, se abrazan dos
enamorados. Me estremezco cuando mis ojos llegan al último cuadro y
encuentran los ojos negros del mismísimo Lucifer justo al salir de nuestra
habitación. Me quedo de piedra mirando los ojos vacíos y me apresuro a entrar
detrás de Hardin y a encender la luz para iluminar la oscuridad. Deja mi bolso en
un sillón orejero que hay en un rincón y la maleta junto a la puerta, a mi lado.
—Voy a ducharme —dice en voz baja. Sin mirar atrás, se mete en el baño y
cierra la puerta.
Me gustaría seguirlo, pero tengo dudas. No quiero presionarlo ni alterarlo más
de lo que ya está, pero también me gustaría asegurarme de que está bien y no
me apetece que tenga que pasar por esto, al menos que tenga que pasarlo solo.
Me quito los zapatos, los vaqueros y la sudadera y lo sigo al baño,
completamente desnuda. Cuando abro la puerta ni se vuelve. El vapor ha
empezado a llenar el pequeño espacio, a cubrir el cuerpo de Hardin con una
neblina de entre la que destacan los tatuajes; la tinta claramente visible a través
del vapor me atrae hacia él.
Piso la pila de ropa sucia y me quedo de pie detrás de él, a un metro de
distancia.
—No necesito que… —empieza a decir Hardin con voz monótona.
—Lo sé —lo interrumpo.
Sé que está enfadado y está empezando a ocultarse tras la muralla que tanto
he luchado por derribar. Ha estado controlando la ira tan bien que podría matar a
Trish y a Christian por haberle hecho perder la cabeza de esa manera.
Sorprendida por el giro siniestro de mis pensamientos, me los quito de la
cabeza.
Sin decir nada más, descorre la cortina de la ducha y se mete bajo la cascada
de agua. Respiro hondo para sacar fuerzas y seguridad en mí misma de donde no
las hay, y me meto en la ducha tras él. El agua quema tanto que apenas es
soportable, y me escondo detrás de Hardin para evitarla. Debe de haberlo
notado, porque regula la temperatura.
Cojo la pequeña botella de gel y vierto el contenido en una esponja. Con
cuidado, la llevo a la espalda de Hardin, que hace una mueca de dolor e intenta
alejarse, pero lo sigo y me acerco más a él.
—No tienes por qué hablarme, pero necesito estar aquí contigo —digo casi en
un susurro que se pierde entre su respiración profunda y el agua corriente.
Silencioso e inmóvil, no se aparta cuando le paso la esponja por las letras
grabadas en tinta de su espalda. Mi tatuaje.
Luego se vuelve para observarme y permitirme que le enjabone el pecho. Su
mirada sigue la tray ectoria de la esponja. Siento cómo la rabia mana de él,
mezclada con las nubes de vapor. Sus ojos se clavan como ascuas ardientes en
mí. Me mira como si estuviera a punto de explotar. Antes de que pueda
pestañear, tengo sus manos en mi cuello y mi mandíbula. Su boca choca
desesperadamente contra la mía y mis labios se entreabren ante la brusca
caricia. No tiene nada de dulce y cariñoso. Mi lengua encuentra la suy a y le
muerdo el labio inferior, tiro de él evitando la herida. Gruñe y me empotra
contra los azulejos húmedos.
Gimo cuando retira la boca pero vuelve a la carga con un aluvión de besos
salvajes que salpican la base de mi cuello y mi pecho. Me coge los senos y los
masajea con sus manos magulladas mientras su boca lame, muerde, chupa,
asciende y desciende. Echo la cabeza hacia atrás, hacia los azulejos, y hundo las
manos en su pelo para poder tirarle de él como sé que le gusta.
Sin avisar, se pone de rodillas bajo el agua y un vago recuerdo cruza mi
mente. Pero vuelve a tocarme y se me olvida lo que era.
CAPÍTULO 139
Hardin
Los dedos de Tessa me tiran del pelo y llevan mi boca a su piel, que ya está
sonrosada e hinchada. Acariciarla, saborearla así hace que todo lo demás se me
vaya de la cabeza.
Grita cuando mi lengua se enrosca alrededor de ella y me tira con fuerza del
pelo. Separa las caderas de los azulejos en busca de mi boca, se muere por más.
Me pongo de pie demasiado pronto y le levanto una pierna para que me
rodee con ella la cintura. Luego la otra. Gime cuando la levanto y la penetro
despacio.
—Jodeeeeeer… —dejo escapar, mi voz es apenas un siseo. Me alucina lo
caliente y húmeda que está sin que ningún condón se interponga entre nosotros.
Tessa cierra los ojos cuando empujo hacia adelante, la saco y la vuelvo a
llenar. Lucho contra el impulso de metérsela hasta los huevos y follármela tan a
lo bestia que me olvide hasta de mi nombre. En vez de eso, me muevo
lentamente pero permitiendo a mis manos y a mi boca que se olviden de ser
tiernos con su piel. Tensa los brazos alrededor de mis hombros y mis labios se
aferran a la piel que hay justo sobre la curva de sus pechos turgentes. Noto el
sabor de la sangre que fluye hacia la superficie en la lengua, y me aparto a
tiempo de ver la marca roja que le he hecho.
Ella baja la vista para verla. No me riñe ni me pone mala cara al descubrir el
chupetón que han dejado mis labios. Sólo se muerde el labio inferior y mira la
marca casi con adoración. Me araña la espalda y la empujo más contra la pared
de azulejos. Tengo los dedos clavados en sus muslos, le van a dejar señal, y
vuelvo a hundirme en ella hasta el fondo, repitiendo su nombre una y otra vez.
Sus piernas se tensan enroscadas a mi cintura mientras yo entro y
salgo de ella, y los dos estamos cada vez más cerca.
—Hardin —gime con dulzura.
Su respiración entrecortada me indica que se está corriendo a mi alrededor.
La idea de poder correrme dentro de ella sin tener que preocuparme me vuelve
loco. Me derramo en ella mientras grito su nombre.
—Te quiero —jadea con los ojos cerrados. Permanezco dentro de ella,
disfrutando de sentirla piel con piel.
En la espalda noto que el calor abandona el agua; no deben de quedarnos más
de diez minutos de agua caliente. La idea de una ducha fría en plena noche hace
que la deje otra vez en el suelo. Salgo de ella y observo sin pudor cómo la prueba
de mi orgasmo se le escurre por las piernas. Joder, sólo por ver eso vale la pena
esperar siete putos meses.
Quiero darle las gracias, decirle que la quiero y que me ha sacado de la
oscuridad, no sólo esta noche, sino desde el día en que me pilló por sorpresa y me
besó en mi antiguo cuarto en la fraternidad. Pero no encuentro las palabras.
Abro el grifo del agua caliente al máximo y me quedo mirando la pared.
Suspiro de alivio al sentir la suave esponja en mi piel, que acaba lo que había
empezado minutos antes.
Me vuelvo para verle la cara y ella me pasa la esponja por el cuello. No digo
nada. La ira sigue en su sitio, acechante, bullendo bajo la superficie, pero me ha
hecho superarla como sólo ella puede hacerlo.
CAPÍTULO 140
Tessa
—Mi madre la ha liado parda —dice Hardin después de un largo silencio. Mis
manos se sobresaltan al oírlo hablar de repente, pero me recupero y sigo
enjabonándolo mientras él continúa—: Vamos, es que esto es digno de Tolstói.
Repaso mentalmente las obras de Tolstói hasta llegar a La sonata a Kreutzer.
Me da un escalofrío a pesar del calor de la ducha.
—¿Kreutzer? —pregunto esperando haberme confundido o que hay amos
interpretado la historia cada uno a nuestra manera.
—Sí. —Vuelve a carecer de emociones, a esconderse tras esa maldita
muralla.
—No sé si yo compararía esta… situación con algo tan perturbador —le
discuto con dulzura. Es una historia de sangre, celos, ira, y me gustaría pensar
que la que estamos viviendo terminará mejor.
—No al cien por cien, pero sí —contesta Hardin como si pudiera leerme el
pensamiento.
Repaso mentalmente el hilo argumental, intentando ver la conexión con la
aventura de la madre de Hardin, pero lo único que se me ocurre tiene que ver
con Hardin y su idea del matrimonio. Me da otro escalofrío.
—No tenía pensado casarme nunca y sigo sin querer hacerlo. No, en ese
sentido nada ha cambiado —me responde fríamente.
Hago caso omiso de la punzada de dolor que siento en el pecho y me
concentro en él.
—Vale. —Le paso la esponja por un brazo, luego el otro, y cuando alzo la
vista tiene los ojos cerrados.
—Según tú, ¿quién será el autor de nuestra historia? —me pregunta
quitándome la esponja de la mano.
—No lo sé —contesto con sinceridad. Nada me gustaría más que saberlo.
—Yo tampoco. —Vierte un poco más de gel en la esponja y me la pasa por el
pecho.
—¿Y si nuestra historia la escribimos nosotros? —digo mirando sus ojos
preocupados.
—No creo que podamos. Sabes que esto sólo puede acabar de dos maneras
—replica encogiéndose de hombros.
Sé que está dolido y enfadado, pero no quiero que los errores de Trish
influy an en nuestra relación, y puedo ver que Hardin está estableciendo
comparaciones tras el verde de sus ojos.
Intento llevar la conversación por otros derroteros.
—¿Qué es lo que más te molesta de todo esto? La boda es mañana…, bueno,
hoy —me corrijo.
Son casi las cuatro de la madrugada y la boda es, o era, a las dos de la tarde.
¿Qué habrá pasado después de que nos marchásemos? ¿Mike habrá vuelto para
hablar con Trish o Christian y Trish habrán acabado lo que tenían entre manos?
—No lo sé —suspira deslizando la esponja por mi vientre y mis caderas—.
La boda me importa una mierda. Imagino que siento que son los dos unos
embusteros.
—Lo lamento —le digo.
—La que lo va a lamentar es mi madre. Ya ha vendido la casa y ha sido infiel
la noche antes de la puta boda. —Me enjabona de mala manera a medida que
crece su enfado.
No digo nada, pero le quito la esponja y la cuelgo de un gancho que hay
detrás de mí.
—Y Vance… ¿Qué clase de capullo se lía con la exmujer de su mejor
amigo? Mi padre y Christian Vance se conocen desde que eran niños —dice
Hardin con amargura—. Debería llamar a mi padre para ver si sabe la clase de
zorra traicionera…
Le tapo la boca con la mano antes de que pueda acabar con la retahíla de
insultos.
—Sigue siendo tu madre —le recuerdo con cuidado. Sé que está enfadado,
pero no debería insultarla de esa forma.
Retiro la mano para que pueda hablar.
—Me importa una mierda que sea mi madre, y me importa un carajo Vance.
Y le va a salir cara la broma porque, cuando le cuente a Kimberly lo suy o con
mi madre y tú dejes el trabajo, se le va a caer el pelo —proclama Hardin con
orgullo, como si ésa fuera la mejor venganza.
—Ni se te ocurra decírselo a Kimberly. —Lo miro a los ojos, suplicante—. Si
Christian no se lo cuenta, lo haré yo, pero no vas a avergonzarla ni a acosarla.
Comprendo que estés enfadado con tu madre y con Christian, pero Kimberly es
inocente y no quiero hacerle daño —digo tajante.
—Bien. Pero dejarás el trabajo —ordena mientras se vuelve para enjuagarse
el champú del pelo.
Suspiro, intento coger el champú, pero Hardin aparta la botella.
—Va en serio, no vas a seguir trabajando para él.
Entiendo que está furioso, pero no es el momento de hablar sobre mi trabajo.
—Ya hablaremos de eso —le digo, y por fin consigo que me deje coger la
botella. El agua se está enfriando con cada segundo que pasa y me gustaría
lavarme el pelo.
—¡No! —Me la quita de un tirón. Estoy intentando mantener la calma y ser
todo lo dulce con él que puedo, pero me lo está poniendo difícil.
—No puedo dejar las prácticas así como así, no es tan sencillo. Tengo que
informar a la universidad, rellenar un montón de impresos y dar una buena
explicación de mis motivos. Luego tendría que añadir clases a mi horario en
mitad del trimestre para compensar los créditos que me daban por las prácticas
en Vance y, como la fecha para pedir ayuda financiera ya ha pasado, debería
pagarlas de mi bolsillo. No es tan fácil dejar el trabajo. Intentaré pensar en algo,
pero necesito un poco más de tiempo, por favor. —Me rindo, paso de lavarme el
pelo.
—Tessa, me importa una mierda pinchada en un palo que tengas que rellenar
un montón de papeles. Estamos hablando de mi familia —dice, y me siento
culpable al instante.
« Tiene razón, ¿no?» La verdad es que no lo sé, pero el labio partido y la nariz
amoratada hacen que sienta que está en lo cierto.
—Lo sé, perdona. Sólo es que primero necesito encontrar otras prácticas, eso
es todo lo que pido. —¿Por qué le pido nada?—. Quiero decir, que lo único que te
estoy diciendo es que necesito un poco más de tiempo. Bastante tengo con tener
que irme a vivir a un hotel… —La ansiedad que me entra al pensar en no tener
casa, ni trabajo, ni amigos otra vez es más de lo que puedo soportar.
—No vas a encontrar otras prácticas, y menos aún unas prácticas
remuneradas —me recuerda sin delicadez alguna. Eso ya lo sabía, pero me
estaba obligando a pensar que cabía la posibilidad.
—No sé lo que voy a hacer, pero necesito tiempo. Esto es un desastre. —
Salgo de la ducha y cojo una toalla.
—Pues no lo tienes. Deberías volver a Washington conmigo. —Me quedo
quieta en el sitio.
—¿Volver a Washington? —Sólo de pensarlo me dan ganas de vomitar—. No
voy a volver allí, y menos después del fin de semana pasado. Ni siquiera quiero
ir de visita, y mucho menos trasladarme de nuevo. Ésa no es una opción. —Me
envuelvo con la toalla y salgo del baño.
Cojo el móvil y me entra el pánico al ver cinco llamadas perdidas y dos
mensajes, todos de Christian. En los mensajes me suplica que Hardin lo llame
cuanto antes.
—Hardin —le digo.
—¿Qué? —Salta. Pongo los ojos en blanco y me trago el enfado—. Christian
ha llamado mil veces.
Sale del baño con una toalla alrededor de la cintura.
—¿Y?
—¿Y si le ha pasado algo a tu madre? ¿No quieres llamar para saber si está
bien? —le pregunto—. O yo…
—No, que les den a los dos. No los llames.
—Hardin, de verdad que creo…
—No —me interrumpe.
—Ya le he enviado un mensaje, sólo para saber que tu madre está bien —
confieso.
Tuerce el gesto.
—Cómo no.
—Sé que estás enfadado pero, por favor, deja de pagarlo conmigo. Estoy
intentando estar a tu lado, pero tienes que dejar de hablarme así. Nada de esto es
culpa mía.
—Lo siento. —Se pasa las manos por el pelo mojado—. Vamos a apagar los
móviles y a dormir un poco. —Lo dice con calma, y su mirada se ha suavizado
mucho—. Me he manchado la camiseta —explica arrastrando la prenda
ensangrentada por el suelo— y no sé dónde tengo la otra.
—La sacaré de la maleta.
—Gracias —suspira.
El hecho de que le guste tanto que me ponga su ropa, incluso en una noche tan
catastrófica como ésta, me hace muy feliz. Saco la camiseta que llevaba puesta
y le paso un bóxer limpio antes de volver a doblar lo que había en la maleta.
—Cuando me despierte cambiaré el vuelo. Ahora mismo no soy capaz de
concentrarme. —Se sienta en el borde de la cama un momento antes de
acostarse.
—Puedo hacerlo yo —le ofrezco sacando su portátil de la maleta.
—Gracias —musita medio dormido.
A los pocos segundos añade:
—Ojalá pudiera llevarte muy muy lejos.
Mis manos siguen en el teclado y espero que diga algo más, pero empieza a
roncar suavemente.
Entro en la web de la aerolínea y entonces mi móvil empieza a vibrar en la
mesilla de noche. Aparece el nombre de Christian en la pantalla. Ignoro la
llamada pero, cuando recibo una segunda, cojo la llave de la habitación y salgo
al pasillo para poder contestar.
Intento susurrar:
—¿Diga?
—¿Tessa? ¿Cómo está Hardin? —pregunta asustado.
—Está… está bien. Tiene la nariz morada e hinchada, el labio partido y unos
cuantos cortes y cardenales. —No disimulo mi tono hostil.
—Mierda —suspira—. Siento que haya acabado así.
—Yo también —le espeto a mi jefe, e intento no mirar el cuadro espantoso
que tengo delante.
—He de hablar con él. Sé que está enfadado y confuso, pero necesito
explicarle un par de cosas.
—No quiere hablar contigo y, para ser sinceros, ¿por qué debería hacerlo?
Confiaba en ti y sabes lo mucho que cuesta ganarse su confianza. —Bajo la voz
—: Estás comprometido con una mujer encantadora y Trish iba a casarse
mañana.
—Va a casarse mañana —dice al otro lado de la línea.
—¿Qué?
Me alejo un poco más por el pasillo. Me detengo ante el cuadro del ángel
arrodillado pero, cuanto más lo miro, más perturbador me resulta. Detrás del
ángel hay otro, casi traslúcido, que lleva una daga de doble filo en la mano. La
doncella de pelo castaño lo observa con una sonrisa siniestra en los labios y
parece estar esperando que acuchillen al ángel arrodillado. El segundo ángel
tiene el rostro contorsionado, el cuerpo desnudo es todos ángulos y líneas rectas
mientras se prepara para apuñalar al primer ángel. Aparto la vista y me
concentro en la voz al otro lado de la línea:
—La boda sigue en pie. Mike quiere a Trish y Trish quiere a Mike. Se casarán
mañana a pesar de mi error. —Parece como si le costara pronunciar las
palabras.
Quisiera hacerle muchas preguntas, pero no puedo. Es mi jefe y la aventura
la tiene con la madre de Hardin. No es asunto mío.
—Sé lo que estarás pensando de mí, Tessa, pero si me dieras la oportunidad
de explicarlo, tal vez ambos los entenderíais.
—Hardin quiere que cambie nuestro vuelo y que nos vay amos por la mañana
—lo informo.
—No puede marcharse sin despedirse de su madre. Eso la mataría.
—No creo que sea bueno para nadie meterlos en la misma habitación —le
advierto, y echo a andar de vuelta hacia el cuarto. Me paro justo en la puerta.
—Comprendo que sientas la necesidad de protegerlo y me complace
enormemente ver cuán leal le eres. Pero Trish ha tenido una vida muy dura y es
hora de que sea un poco feliz. No espero que asista a la boda, pero te ruego que
hagas lo posible para que al menos se despida de ella. Dios sabe cuánto tardará
en volver a Inglaterra. —Christian suspira.
—No sé. —Paso los dedos por el marco de bronce del cuadro de Lucifer—.
Veré qué puedo hacer, pero no te prometo nada. No voy a presionarlo.
—Lo entiendo. Gracias —dice con tono de alivio.
—¿Christian? —digo antes de colgar.
—Dime, Tessa.
—¿Se lo vas a contar a Kimberly? —Contengo la respiración mientras espero
la respuesta a una pregunta de lo más inapropiada.
—Por supuesto. Se lo diré —responde en voz baja, con un acento suave y
marcado—. La quiero más que…
—Vale —digo.
Estoy intentando entenderlo, pero lo único que me viene a la cabeza es
Kimberly sonriente en su cocina, riéndose con la cabeza ladeada y los ojos
brillantes de Christian que la mira embobado, como si no hubiera otra mujer en
el mundo. ¿También mira así a Trish?
—Gracias. Avísame si necesitas cualquier cosa. Te pido disculpas de nuevo
por lo que has tenido que ver antes, y espero que tu buena opinión de mí no hay a
quedado completamente destruida —dice antes de colgar.
Echo un último vistazo al monstruo espantoso que cuelga de la pared y entro
de nuevo en la habitación.
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