141,142 Y FINAL 143
CAPÍTULO 141
Hardin
—¿Dónde estás? —Su voz enfadada retumba por el pasillo y entra en la cocina.
La puerta principal se cierra de un portazo, cojo mi libro y me bajo de la mesa
de la cocina. Mi hombro choca contra la botella que hay en la mesa y la lanza
contra el suelo. Se hace añicos. El líquido ambarino baña el suelo y me apresuro a
esconderme antes de que me encuentre y vea lo que he hecho.
—¡Trish! ¡Sé que estás ahí! —vuelve a gritar. Su voz ahora está más cerca. Mis
pequeñas manos agarran el paño de cocina que cuelga del fogón y lo tiran al suelo
para ocultar el desastre que he causado.
—¿Dónde está tu madre?
Salto hacia atrás al oírlo.
—No…, no está —le digo poniéndome de pie.
—Pero ¡¿qué coño has hecho?! —chilla empujándome al ver la que he liado
sin querer. Sabía que se iba a enfadar.
—Esa botella de whisky tenía más años que tú —explica. Levanto la vista a su
cara roja y se tambalea—. Has roto mi botella —dice la voz de mi padre despacio.
Últimamente siempre suena así cuando llega a casa.
Retrocedo dando pequeños pasos. Si consiguiera llegar a la escalera, podría
escapar. Está demasiado borracho para seguirme. La última vez se cayó rodando
por ella.
—¿Qué es eso? —Sus ojos furibundos se posan en mi libro.
Lo estrecho contra mi pecho. No. Éste no.
—Ven aquí, muchachito —pide rodeándome.
—No, por favor —le suplico cuando me arranca de las manos mi libro favorito.
La señorita Johnson dice que soy un buen lector, el mejor de quinto curso.
—Tú has roto mi botella. Ahora yo voy a romper algo tuyo. —Sonríe.
Retrocedo cuando parte el libro en dos y le arranca las páginas. Me tapo los
oídos y veo a Gatsby y a Daisy flotar por la estancia en una tormenta blanca. Coge
algunas de las páginas en el aire y las hace pedazos.
No puedo llorar como un crío. Sólo es un libro. Sólo es un libro. Me duelen los
ojos pero no soy un bebé, y por eso no puedo echarme a llorar.
—Eres igual que él, ¿lo sabías? Con tus malditos libros —dice arrastrando las
palabras.
¿Igual que quién? ¿Jay Gatsby? Él no lee tanto como yo.
—Tu madre se cree que soy tonto. —Se coge al respaldo de la silla para no
caerse—. Sé lo que hizo.
De repente se queda muy quieto y sé que va a llorar.
—¡Recoge todo esto! —me ruge mientras me deja solo en la cocina. Le da una
patada a la cubierta del libro al marcharse.
—¡Hardin! ¡Hardin, despierta! —Una voz me saca de la cocina de casa de
mi madre—. Hardin, sólo es un sueño. Despierta, por favor.
Cuando abro los ojos, me encuentro con una mirada preocupada y un techo
que no conozco sobre mi cabeza. Tardo un momento en darme cuenta de que no
estoy en la cocina de casa de mi madre. No hay whisky derramado por el suelo
ni ninguna novela hecha pedazos.
—Perdona que te haya dejado solo. He salido a desayunar. No creía que…
—Se le quiebra la voz en un sollozo y me rodea la espalda bañada en sudor con
sus brazos.
—Calla… —Le acaricio el pelo—. Estoy bien. —Parpadeo un par de veces.
—¿Quieres contármelo? —pregunta en voz baja.
—No. La verdad es que ni siquiera lo recuerdo —le confieso.
El sueño se ha vuelto borroso y se desdibuja un poco más con cada una de las
caricias de su mano en la piel desnuda entre mis omóplatos.
Dejo que me abrace unos minutos antes de apartarme de ella.
—Te he traído el desayuno —dice limpiándose la nariz en la manga de la
camiseta que lleva puesta, que es mía—. Perdona. —Sonríe tímidamente,
enseñándome la manga llena de mocos.
No puedo evitar echarme a reír. Ya se me ha olvidado la pesadilla.
—Esa camiseta ha sufrido manchas peores —le recuerdo con descaro
intentando hacerla reír. Viajo atrás en el tiempo, a cuando me la peló en el
apartamento mientras yo llevaba puesta esa camiseta y lo manchamos todo.
Tessa se ruboriza y cojo la bandeja de comida que hay a su lado. La ha
llenado hasta arriba con distintos tipos de pan, fruta, queso, e incluso una pequeña
caja de frosties.
—He tenido que pelearme con una anciana para conseguirlos —dice
señalando los cereales con la cabeza.
—No me lo creo —replico en broma mientras se lleva un grano de uva a la
boca.
—Lo habría hecho —insiste.
No estamos para nada como cuando llegamos ayer en mitad de la noche.
—¿Has cambiado los billetes de avión? —le pregunto abriendo la caja de los
cereales; ni siquiera me molesto en verterlos en el cuenco que ha puesto en la
bandeja.
—Quería hablar contigo de eso. —Baja la voz. No ha cambiado los billetes.
Suspiro y espero que termine—: Anoche hablé con Christian… Bueno, esta
mañana.
—¿Qué? ¿Por qué? Te dije que… —Me levanto y desparramo la caja de
cereales en la bandeja.
—Ya lo sé, pero escucha —me suplica.
—Vale. —Me siento en la cama y espero a que se explique.
—Dice que lo siente mucho y que necesita explicártelo todo. Comprendo que
no quieras escucharlo. Si no piensas hablar con ninguno de los dos, ni con
Christian, ni con tu madre, cambiaré los billetes de avión ahora mismo. Sólo
quiero que tengas la opción de hacerlo. Sé que Christian te importa… —
Empiezan a agolpársele las lágrimas en los ojos.
—No quiero esa opción —le aseguro.
—¿Quieres que cambie los billetes? —pregunta.
—Sí —le digo. Tessa frunce el ceño y coge mi portátil de encima de la
mesilla de noche—. ¿Qué más te ha dicho? —pregunto reticente. No me importa,
pero siento curiosidad.
—Que la boda va a celebrarse de todos modos —me informa.
« Pero ¿qué coño…?»
—Y dice que se lo va a contar todo a Kimberly y que la quiere más que a su
propia vida. —Empieza a temblarle el labio inferior al mencionar a su amiga la
cornuda.
—Mike es tonto de remate, puede que al final sí que se merezca a mi madre.
—No sé por qué la ha perdonado tan rápido, pero lo ha hecho. —Tessa hace
una pausa y me mira como si tratara de evaluar mi estado de ánimo—. Christian
me ha pedido que intente que al menos te despidas de tu madre antes de que nos
vay amos. Sabe que no vas a ir a la boda, pero quiere que te despidas de ella —
dice a toda velocidad.
—Ni hablar. De ninguna manera. Voy a vestirme y vamos a largarnos de esta
pocilga —digo gesticulando alrededor, a la habitación de motel excesivamente
cara.
—Vale —accede ella.
Ha sido muy fácil. Demasiado.
—¿Qué quieres decir con eso de « vale» ? —le pregunto.
—Nada. Que estoy de acuerdo. Comprendo que no quieras despedirte de tu
madre. —Se encoge de hombros y se mete el pelo enmarañado detrás de las
orejas.
—¿En serio?
—Sí. —Me dedica una débil sonrisa—. Sé que a veces soy dura contigo, pero
voy a apoy arte en esto. Tu comportamiento está más que justificado.
—Vale —digo, más que aliviado. Me esperaba pelea, o incluso que me
obligara a ir a la boda—. Me muero por estar en casa. —Me masajeo las sienes
con los dedos.
—Yo también —contesta Tessa con poca convicción.
¿Dónde coño va a vivir? Después de lo que ha ocurrido no puede volver a
casa de Vance, pero tampoco querrá venir a mi casa. No sé qué va a hacer, pero
sé que quiero arrancarle la cabeza a Christian de cuajo por complicarle a Tessa
la vuelta a Seattle.
Ojalá pudiera conseguirle un trabajo en Bolthouse conmigo, pero es
imposible. Ni siquiera ha terminado el primer curso, y las prácticas remuneradas
en editoriales no abundan, ni siquiera para los graduados. Es imposible que
encuentre otras, sobre todo en Seattle, al menos hasta que esté acabando la
universidad o se haya graduado.
Le quito el portátil y termino de cambiar los billetes. No debería haber
accedido a venir aquí. Vance me convenció para que trajera a Tessa conmigo
sólo para acabar estropeándonos el maldito viaje.
—En cuanto hay a recogido todas nuestras cosas del baño podemos salir hacia
el aeropuerto —dice Tessa metiendo mi ropa sucia en el bolsillo superior de la
maleta. Tiene cara de derrota y el ceño fruncido.
Quiero borrarle la arruga de preocupación que tiene entre ceja y ceja. Odio
verla con los hombros caídos, y no me cabe la menor duda de que soportan la
carga de mis pesares. Amo a Tessa y lo compasiva que es, desearía que no
cargase con mis problemas además de con los suyos. Yo me basto para soportar
los míos.
—¿Te encuentras bien? —le pregunto.
Ella alza la vista y finge la sonrisa menos convincente que he visto en mi vida.
—Sí, ¿y tú? —Me devuelve la pregunta con el ceño aún más fruncido y
preocupado que antes.
—No si tú no lo estás. Tessa, no te preocupes por mí.
—No lo hago —miente.
—Tess… —Cruzo la habitación y me planto delante de ella. Le quito de las
manos la camisa que ha doblado por lo menos diez veces en los últimos dos
minutos—. Estoy bien, ¿vale? Todavía estoy cabreado y eso, pero sé que te
preocupa que explote. No lo haré. —Me miro los nudillos magullados—. Bueno,
al menos no volveré a hacerlo —me corrijo con una pequeña carcajada.
—Lo sé. Sólo es que has estado controlando tu ira muy bien y no quiero que
nada ponga en peligro los avances que has hecho.
—Lo sé. —Me paso la mano por el pelo e intento pensar con claridad sin
enfadarme.
—Estoy muy orgullosa de ti por cómo has llevado la situación. Fue Christian
quien te atacó —me dice.
—Ven aquí. —Extiendo los brazos y ella se acerca y hunde la cara en mi
pecho—. Aunque no se me hubiera tirado encima, nos habríamos peleado igual.
Sé que si él no hubiera empezado, lo habría hecho y o —le digo.
Meto las manos bajo la camiseta y ella se encoge al sentir el frío de mis
dedos en su espalda.
—Ya lo sé.
—Como tienes libre hasta el miércoles, nos quedaremos en casa de mi padre
hasta que… —La vibración de su móvil nos interrumpe.
Ambos miramos rápidamente hacia la mesilla de noche.
—No voy a cogerlo —anuncia.
Suelto a Tessa y agarro el móvil. Miro la pantalla y respiro hondo antes de
contestar.
—Deja de acosar a Tessa. Si quieres hablar conmigo, llámame a mí. No la
metas en esta puta mierda —espeto antes de que pueda decir ni hola.
—Te he llamado. Tienes el móvil apagado —dice Christian.
—¿Por qué será? —resoplo—. Si quisiera hablar contigo, lo habría hecho,
pero como no quiero, deja de molestarme.
—Hardin, sé que estás enfadado, pero tenemos que hablar de lo ocurrido.
—¡No hay nada de que hablar! —grito.
Tessa me observa con preocupación mientras intento controlar el genio.
—Sí que lo hay. Tenemos mucho de que hablar. Sólo te pido quince minutos,
eso es todo —dice Vance con voz suplicante.
—¿Por qué debería hablar contigo?
—Porque sé que te sientes traicionado y quiero explicarme. Me importáis
mucho tu madre y tú —dice.
—¿Ahora os habéis aliado en mi contra? Que os jodan. —Me tiemblan las
manos.
—Puedes hacer como que no te importamos una mierda, pero que estés tan
cabreado contradice tus palabras.
Me aparto el móvil del oído y tengo que contenerme para no estamparlo
contra la pared.
—Quince minutos —repite—. La boda no empezará hasta dentro de unas
horas. Todos los hombres van a comer juntos en Gabriel’s. Reúnete conmigo allí.
Vuelvo a llevarme el móvil al oído.
—¿Quieres que nos veamos en un bar? ¿Eres imbécil o qué? —Me apetece
muchísimo tomarme una copa…, sentir cómo el whisky me quema la lengua…
—No vamos a beber, sólo a hablar. Por razones obvias, lo mejor en nuestro
caso es que quedemos en un lugar público. —Suspira—. Pero podemos vernos en
otro sitio, si quieres.
—No, el Gabriel’s me parece bien.
Tessa abre unos ojos enormes y ladea la cabeza un poco, confusa por mi
cambio de parecer. No me mueve el afecto, es pura curiosidad. Dice que hay
una explicación para todo esto y quiero oírla. De lo contrario, mi casi inexistente
relación con mi madre dejará de existir por completo.
—De acuerdo… —Noto que no esperaba que accediera—. Son las doce. Nos
vemos allí a la una.
—Cuenta con ello —le suelto. Esta pequeña reunión acaba a hostias, fijo.
—Deberías llevar a Tessa a Heath; Kimberly y Smith estarán allí. Está a
pocos kilómetros de Gabriel’s, y a Kimberly le iría bien tener cerca a una amiga.
—Quiero reírme a carcajadas de la vergüenza en su voz. Puto cabrón.
—Tessa se viene conmigo —le digo.
—¿De verdad quieres meterla en una situación que puede acabar en
violencia… otra vez? —pregunta.
« Sí. Sí, quiero. No. No quiero.» No quiero que me pierda de vista, pero y a
me ha visto llegar a las manos más de lo que le gustaría.
—Sólo lo dices porque quieres que consuele a tu prometida ahora que le has
puesto los cuernos —gruño.
—No. —Vance hace una pausa—. Quiero hablar contigo a solas, y no creo
que sea sensato que las mujeres estén presentes.
—Bien. Te veo dentro de una hora. —Cuelgo el móvil y me vuelvo hacia
Tessa—. Quiere que te quedes con Kimberly mientras nosotros hablamos.
—¿Ya lo sabe? —pregunta en voz baja.
—Eso parece.
—¿Seguro que te apetece verlo? No quiero que te sientas obligado.
—¿Crees que debería verlo? —le pregunto.
Tras un momento, asiente.
—Sí, creo que sí.
—Pues entonces iré —digo, y empiezo a andar arriba y abajo por la
habitación.
Tessa se levanta de la cama y me rodea la cintura con los brazos.
—Te quiero muchísimo —dice pegada a mi torso desnudo.
—Te quiero. —Nunca me cansaré de oírselo decir.
Cuando sale del baño casi me quedo sin aliento.
—Joder… —Cruzo la habitación en dos zancadas.
—¿Me queda bien? —pregunta dándose la vuelta despacio.
—Sí. —Casi me atraganto. ¿De verdad me lo pregunta? ¿Está loca? El vestido
blanco que se puso para la boda de mi padre le queda aún mejor que entonces.
—Apenas he podido abrocharme la cremallera. —Sonríe, avergonzada. Se
pone de espaldas a mí y se aparta el pelo de la espalda—. ¿Puedes terminar de
subírmela?
Me encanta que, a pesar de que la he visto desnuda cientos de veces, todavía
se ruboriza y conserva parte de su inocencia. No la he mancillado del todo.
—¿Es que has cambiado de opinión? No quiero que estés incómodo —dice
Tessa con dulzura.
—Sí, estoy seguro. Todo lo que voy a hacer es darle quince minutos para
escuchar la mierda que quiera sacarse del pecho. —Suspiro.
La verdad es que yo sólo quiero ir al aeropuerto, pero después de haberle
visto la cara mientras volvía a hacer la maleta, he sentido que tenía que hacer
esto. No sólo por Tessa, sino también por mí.
—Parezco un vagabundo a tu lado —le digo, y ella sonríe recorriendo mi
cara y mi cuerpo con los ojos.
—¡Venga y a! —Se echa a reír. Llevo una camisa negra y unos vaqueros
rotos—. Al menos podrías haberte afeitado —comenta con una sonrisa.
Sé que está nerviosa y que está intentando quitarle hierro al asunto. Yo no
estoy nada nervioso… Sólo quiero librarme de todo esto cuanto antes.
—Pero si te gusta… —Le cojo la mano y la paso por la sombra que crece en
mi mandíbula—. Sobre todo entre tus piernas.
Le beso las yemas de los dedos. Retira la mano cuando me llevo el índice a la
boca y me da un empujón.
—¡Eres incorregible! —me regaña juguetona y, por un momento, se
me olvida toda la mierda.
—Sí, y siempre lo seré. —Le estrujo el trasero con ambas manos y da un
gritito.
El trayecto a Hampstead Heath, donde se alojan Kimberly y Smith, y al
parque en el que hemos quedado con ella, me destroza los nervios. Tessa se
muerde las uñas pintadas en el asiento del acompañante y mira por la ventanilla.
—¿Y si no se lo ha contado? ¿Se lo cuento yo? —dice cuando llegamos. A
pesar de lo preocupada que está, sus ojos aprecian el espectacular paisaje del
parque—. Caray —dice con el entusiasmo de una niña.
—Sabía que te gustaría Heath —digo.
—Es precioso. ¿Cómo es posible que exista un lugar como éste en mitad de
Londres? —Lo mira todo con la boca abierta, es uno de los pocos sitios de la
ciudad que no está contaminado de humo y lleno de edificios de oficinas.
—Ahí está… —Conduzco despacio hacia la rubia que está sentada en un
banco. Smith está sentado en otro, a unos cinco metros, con un tren de juguete en
el regazo. Ese pequeñajo es muy raro.
—Si necesitas cualquier cosa, llámame. Encontraré el modo de llegar allá
donde estés —me promete Tessa antes de bajarse del coche.
—Lo mismo digo. —Con cuidado, tiro de ella para besarla—. Lo digo en
serio. Si algo va mal, llámame al instante —le pido.
—Me preocupas —susurra contra mis labios.
—Estaré bien. Ve a decirle a tu amiga que su prometido es un gilipollas. —La
beso otra vez.
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CAPÍTULO 142
Tessa
Intento ordenar las ideas mientras cruzo el césped al encuentro de Kimberly. No
sé qué decirle, me aterra que no sepa lo que ocurrió anoche. No quiero que se
entere por mí, es responsabilidad de Christian decírselo, pero no me veo capaz de
fingir que no pasa nada en caso de que aún no lo sepa.
Tengo la respuesta en cuanto se vuelve hacia mí. Aunque las sombras ocultan
parte de sus ojos, los tiene tristes e hinchados.
—No sabes cuánto lo siento —le digo. Me siento a su lado en el banco y ella
me rodea con los brazos.
—Me echaría a llorar, pero creo que no me quedan lágrimas. —Intenta
forzar una sonrisa pero no pega con sus ojos.
—No sé qué decir —reconozco, y miro a Smith, que, por suerte, a la distancia
a la que está no puede oírnos.
—Bueno, puedes empezar por ay udarme a planear un doble homicidio. —
Kimberly se recoge el pelo con una mano y lo empuja al otro lado.
—Eso puedo hacerlo. —Medio me río. Desearía ser la mitad de fuerte que
ella.
—Estupendo. —Sonríe y me aprieta la mano—. Hoy estás para comerte —
me dice.
—Gracias. Tú estás preciosa —le digo. La luz del sol que se abre paso entre la
niebla hace que su vestido azul claro con pedrería resplandezca.
—¿Vas a ir a la boda? —me pregunta.
—No, sólo quería verme por fuera mejor de lo que me siento por dentro —le
contesto—. ¿Tú vas a ir?
—Sí, voy a ir —suspira—. No sé qué haré después, pero no quiero confundir
a Smith. Es un niño listo y no me gustaría que se diera cuenta de que algo no va
bien. —Mira al pequeño científico con su trenecito—. Además, el putón de Sasha
está aquí con Max, y antes muerta que convertirme en protagonista de sus
cotilleos.
—¿Sasha ha venido con Max? ¿Qué hay de Denise y de Lillian? —La traición
de Max no conoce límites.
—¡Eso mismo dije yo! Esa chica no tiene vergüenza, venir desde Estados
Unidos para asistir a una boda con un hombre casado. Debería partirle la cara
para descargar parte de la rabia que siento.
Kimberly está tan furiosa que la tensión que desprende es casi visible. No me
puedo imaginar lo que estará sufriendo ahora mismo, y admiro cómo se está
comportando.
—¿Vas a…? No quiero meterme donde no me llaman, pero…
—Tessa, y o me paso la vida metiéndome donde no me llaman. Tú también
puedes hacerlo —me dice con una cálida sonrisa.
—¿Vas a seguir con él? Si no quieres hablar del asunto, no tienes por qué
hacerlo.
—Quiero hablar. Tengo que hablarlo porque, si no, me temo que no seré
capaz de continuar tan enfadada como ahora —masculla—. No sé si seguiré con
él. Lo quiero, Tessa. —Vuelve a mirar a Smith—. Y adoro a ese pequeño aunque
sólo me hable una vez a la semana. —Se ríe un poco—. Ojalá pudiera decir que
me sorprende, pero la verdad es que no.
—¿Por qué no? —le pregunto sin pensar.
—Porque comparten un pasado, una historia larga y profunda con la que no
estoy segura de poder competir —dice con voz dolida, y parpadeo para contener
las lágrimas.
—¿Qué quieres decir?
—Voy a explicarte una cosa que Christian me ha dicho que no te cuente hasta
que él pueda contárselo a Hardin, pero creo que deberías saber que…
CAPÍTULO 143
Hardin
Gabriel’s es un bar pretencioso en una de las zonas más ricas de Hampstead. Era
de esperar que Vance eligiera este sitio para verme. Dejo el coche de alquiler en
el aparcamiento y camino hacia la puerta. Cuando entro en el bar de ambiente
cargado, mis ojos inspeccionan las cuatro paredes. Sentado a una mesa redonda
en un rincón del garito están Vance, Mike, Max y esa rubia. ¿Qué coño pinta aquí?
Y, lo que es más importante, ¿qué hace Mike sentado junto a Vance como si
menos de doce horas atrás no hubiera estado a punto de follarse a su prometida?
Aquí todo Dios lleva corbata menos yo. Espero haber dejado un rastro de
mierda al entrar. Una camarera intenta hablar conmigo pero me la quito de
encima y la dejo atrás.
—Hardin, me alegro de verte. —Max es el primero en levantarse y
ofrecerme la mano para que se la estreche. Paso.
—Querías hablar, pues hablemos —le espeto a Vance cuando llego a la mesa.
Se lleva la copa, llena hasta arriba, a la boca y se la bebe de un tirón.
La mirada de Mike permanece fija en la mesa y me cuesta un huevo no
decirle que es un completo imbécil. Siempre ha sido un hombre tranquilo, el
vecino del que te podías fiar, con el que se podía contar, al que mi madre
siempre iba a pedirle leche y huevos.
—¿Qué tal el viaje? —chirría la voz de Sabrina.
La miro, alucinado de que se atreva a hablarme.
—¿Dónde has metido a tu esposa? —le pregunto a Max.
A su lado, a la rubia se le hiela la sonrisa en la cara excesivamente
maquillada y empieza a darle vueltas a la copa de Martini vacía.
—Hardin… —dice Vance tratando de hacerme callar.
—Que te jodan —le ladro. Se pone en pie—. Estoy seguro de que su
hija lo estará echando de menos mientras él se pasea por ahí luciendo a
ese putón…
—Basta —dice Christian cogiéndome con delicadeza del brazo para intentar
alejarme de la mesa.
Me suelto de un empellón.
—¡No me toques!
El chillido de Stephanie consigue permear la rabia que empieza a desbordarse
en mí.
—¡Eh! Ése no es modo de tratar a tu padre.
¿Está tonta? Mi padre está en Washington.
—¿Qué?
Sonríe.
—Ya me has oído. Deberías tratar a tu viejo con un poco más de respeto.
—¡Sasha! —Max la coge del brazo delgaducho con una fuerza brutal y casi la
tira al suelo.
—Uy, ¿he dicho algo que no debía? —Su risa resuena en el bar. La muy
imbécil.
Confuso, miro a Mike, que está pálido como un fantasma. Me parece que va a
desmay arse en cualquier momento. La cabeza me da vueltas y miro a Vance,
que está igual de pálido y que se revuelve nervioso.
« ¿Por qué se ponen todos así sólo porque la idiota esa se haya confundido?»
—Cierra el pico. —Max se lleva a la mujer de la mesa y prácticamente la
saca a rastras del bar.
—Ella no debería haberte dicho… —Vance se pasa la mano por el pelo—. Yo
iba a… —Aprieta los puños.
¿Qué no debería haberme dicho ésa? ¿No debería haber hecho un comentario
ridículo al respecto de que Vance es mi padre cuando todos saben que mi padre
es…?
Miro al hombre frenético que tengo delante. Tiene los ojos verdes que echan
chispas, se pasa la mano por el pelo sin parar…
Tardo un instante en darme cuenta de que mis manos están haciendo
exactamente lo mismo
Hardin
—¿Dónde estás? —Su voz enfadada retumba por el pasillo y entra en la cocina.
La puerta principal se cierra de un portazo, cojo mi libro y me bajo de la mesa
de la cocina. Mi hombro choca contra la botella que hay en la mesa y la lanza
contra el suelo. Se hace añicos. El líquido ambarino baña el suelo y me apresuro a
esconderme antes de que me encuentre y vea lo que he hecho.
—¡Trish! ¡Sé que estás ahí! —vuelve a gritar. Su voz ahora está más cerca. Mis
pequeñas manos agarran el paño de cocina que cuelga del fogón y lo tiran al suelo
para ocultar el desastre que he causado.
—¿Dónde está tu madre?
Salto hacia atrás al oírlo.
—No…, no está —le digo poniéndome de pie.
—Pero ¡¿qué coño has hecho?! —chilla empujándome al ver la que he liado
sin querer. Sabía que se iba a enfadar.
—Esa botella de whisky tenía más años que tú —explica. Levanto la vista a su
cara roja y se tambalea—. Has roto mi botella —dice la voz de mi padre despacio.
Últimamente siempre suena así cuando llega a casa.
Retrocedo dando pequeños pasos. Si consiguiera llegar a la escalera, podría
escapar. Está demasiado borracho para seguirme. La última vez se cayó rodando
por ella.
—¿Qué es eso? —Sus ojos furibundos se posan en mi libro.
Lo estrecho contra mi pecho. No. Éste no.
—Ven aquí, muchachito —pide rodeándome.
—No, por favor —le suplico cuando me arranca de las manos mi libro favorito.
La señorita Johnson dice que soy un buen lector, el mejor de quinto curso.
—Tú has roto mi botella. Ahora yo voy a romper algo tuyo. —Sonríe.
Retrocedo cuando parte el libro en dos y le arranca las páginas. Me tapo los
oídos y veo a Gatsby y a Daisy flotar por la estancia en una tormenta blanca. Coge
algunas de las páginas en el aire y las hace pedazos.
No puedo llorar como un crío. Sólo es un libro. Sólo es un libro. Me duelen los
ojos pero no soy un bebé, y por eso no puedo echarme a llorar.
—Eres igual que él, ¿lo sabías? Con tus malditos libros —dice arrastrando las
palabras.
¿Igual que quién? ¿Jay Gatsby? Él no lee tanto como yo.
—Tu madre se cree que soy tonto. —Se coge al respaldo de la silla para no
caerse—. Sé lo que hizo.
De repente se queda muy quieto y sé que va a llorar.
—¡Recoge todo esto! —me ruge mientras me deja solo en la cocina. Le da una
patada a la cubierta del libro al marcharse.
—¡Hardin! ¡Hardin, despierta! —Una voz me saca de la cocina de casa de
mi madre—. Hardin, sólo es un sueño. Despierta, por favor.
Cuando abro los ojos, me encuentro con una mirada preocupada y un techo
que no conozco sobre mi cabeza. Tardo un momento en darme cuenta de que no
estoy en la cocina de casa de mi madre. No hay whisky derramado por el suelo
ni ninguna novela hecha pedazos.
—Perdona que te haya dejado solo. He salido a desayunar. No creía que…
—Se le quiebra la voz en un sollozo y me rodea la espalda bañada en sudor con
sus brazos.
—Calla… —Le acaricio el pelo—. Estoy bien. —Parpadeo un par de veces.
—¿Quieres contármelo? —pregunta en voz baja.
—No. La verdad es que ni siquiera lo recuerdo —le confieso.
El sueño se ha vuelto borroso y se desdibuja un poco más con cada una de las
caricias de su mano en la piel desnuda entre mis omóplatos.
Dejo que me abrace unos minutos antes de apartarme de ella.
—Te he traído el desayuno —dice limpiándose la nariz en la manga de la
camiseta que lleva puesta, que es mía—. Perdona. —Sonríe tímidamente,
enseñándome la manga llena de mocos.
No puedo evitar echarme a reír. Ya se me ha olvidado la pesadilla.
—Esa camiseta ha sufrido manchas peores —le recuerdo con descaro
intentando hacerla reír. Viajo atrás en el tiempo, a cuando me la peló en el
apartamento mientras yo llevaba puesta esa camiseta y lo manchamos todo.
Tessa se ruboriza y cojo la bandeja de comida que hay a su lado. La ha
llenado hasta arriba con distintos tipos de pan, fruta, queso, e incluso una pequeña
caja de frosties.
—He tenido que pelearme con una anciana para conseguirlos —dice
señalando los cereales con la cabeza.
—No me lo creo —replico en broma mientras se lleva un grano de uva a la
boca.
—Lo habría hecho —insiste.
No estamos para nada como cuando llegamos ayer en mitad de la noche.
—¿Has cambiado los billetes de avión? —le pregunto abriendo la caja de los
cereales; ni siquiera me molesto en verterlos en el cuenco que ha puesto en la
bandeja.
—Quería hablar contigo de eso. —Baja la voz. No ha cambiado los billetes.
Suspiro y espero que termine—: Anoche hablé con Christian… Bueno, esta
mañana.
—¿Qué? ¿Por qué? Te dije que… —Me levanto y desparramo la caja de
cereales en la bandeja.
—Ya lo sé, pero escucha —me suplica.
—Vale. —Me siento en la cama y espero a que se explique.
—Dice que lo siente mucho y que necesita explicártelo todo. Comprendo que
no quieras escucharlo. Si no piensas hablar con ninguno de los dos, ni con
Christian, ni con tu madre, cambiaré los billetes de avión ahora mismo. Sólo
quiero que tengas la opción de hacerlo. Sé que Christian te importa… —
Empiezan a agolpársele las lágrimas en los ojos.
—No quiero esa opción —le aseguro.
—¿Quieres que cambie los billetes? —pregunta.
—Sí —le digo. Tessa frunce el ceño y coge mi portátil de encima de la
mesilla de noche—. ¿Qué más te ha dicho? —pregunto reticente. No me importa,
pero siento curiosidad.
—Que la boda va a celebrarse de todos modos —me informa.
« Pero ¿qué coño…?»
—Y dice que se lo va a contar todo a Kimberly y que la quiere más que a su
propia vida. —Empieza a temblarle el labio inferior al mencionar a su amiga la
cornuda.
—Mike es tonto de remate, puede que al final sí que se merezca a mi madre.
—No sé por qué la ha perdonado tan rápido, pero lo ha hecho. —Tessa hace
una pausa y me mira como si tratara de evaluar mi estado de ánimo—. Christian
me ha pedido que intente que al menos te despidas de tu madre antes de que nos
vay amos. Sabe que no vas a ir a la boda, pero quiere que te despidas de ella —
dice a toda velocidad.
—Ni hablar. De ninguna manera. Voy a vestirme y vamos a largarnos de esta
pocilga —digo gesticulando alrededor, a la habitación de motel excesivamente
cara.
—Vale —accede ella.
Ha sido muy fácil. Demasiado.
—¿Qué quieres decir con eso de « vale» ? —le pregunto.
—Nada. Que estoy de acuerdo. Comprendo que no quieras despedirte de tu
madre. —Se encoge de hombros y se mete el pelo enmarañado detrás de las
orejas.
—¿En serio?
—Sí. —Me dedica una débil sonrisa—. Sé que a veces soy dura contigo, pero
voy a apoy arte en esto. Tu comportamiento está más que justificado.
—Vale —digo, más que aliviado. Me esperaba pelea, o incluso que me
obligara a ir a la boda—. Me muero por estar en casa. —Me masajeo las sienes
con los dedos.
—Yo también —contesta Tessa con poca convicción.
¿Dónde coño va a vivir? Después de lo que ha ocurrido no puede volver a
casa de Vance, pero tampoco querrá venir a mi casa. No sé qué va a hacer, pero
sé que quiero arrancarle la cabeza a Christian de cuajo por complicarle a Tessa
la vuelta a Seattle.
Ojalá pudiera conseguirle un trabajo en Bolthouse conmigo, pero es
imposible. Ni siquiera ha terminado el primer curso, y las prácticas remuneradas
en editoriales no abundan, ni siquiera para los graduados. Es imposible que
encuentre otras, sobre todo en Seattle, al menos hasta que esté acabando la
universidad o se haya graduado.
Le quito el portátil y termino de cambiar los billetes. No debería haber
accedido a venir aquí. Vance me convenció para que trajera a Tessa conmigo
sólo para acabar estropeándonos el maldito viaje.
—En cuanto hay a recogido todas nuestras cosas del baño podemos salir hacia
el aeropuerto —dice Tessa metiendo mi ropa sucia en el bolsillo superior de la
maleta. Tiene cara de derrota y el ceño fruncido.
Quiero borrarle la arruga de preocupación que tiene entre ceja y ceja. Odio
verla con los hombros caídos, y no me cabe la menor duda de que soportan la
carga de mis pesares. Amo a Tessa y lo compasiva que es, desearía que no
cargase con mis problemas además de con los suyos. Yo me basto para soportar
los míos.
—¿Te encuentras bien? —le pregunto.
Ella alza la vista y finge la sonrisa menos convincente que he visto en mi vida.
—Sí, ¿y tú? —Me devuelve la pregunta con el ceño aún más fruncido y
preocupado que antes.
—No si tú no lo estás. Tessa, no te preocupes por mí.
—No lo hago —miente.
—Tess… —Cruzo la habitación y me planto delante de ella. Le quito de las
manos la camisa que ha doblado por lo menos diez veces en los últimos dos
minutos—. Estoy bien, ¿vale? Todavía estoy cabreado y eso, pero sé que te
preocupa que explote. No lo haré. —Me miro los nudillos magullados—. Bueno,
al menos no volveré a hacerlo —me corrijo con una pequeña carcajada.
—Lo sé. Sólo es que has estado controlando tu ira muy bien y no quiero que
nada ponga en peligro los avances que has hecho.
—Lo sé. —Me paso la mano por el pelo e intento pensar con claridad sin
enfadarme.
—Estoy muy orgullosa de ti por cómo has llevado la situación. Fue Christian
quien te atacó —me dice.
—Ven aquí. —Extiendo los brazos y ella se acerca y hunde la cara en mi
pecho—. Aunque no se me hubiera tirado encima, nos habríamos peleado igual.
Sé que si él no hubiera empezado, lo habría hecho y o —le digo.
Meto las manos bajo la camiseta y ella se encoge al sentir el frío de mis
dedos en su espalda.
—Ya lo sé.
—Como tienes libre hasta el miércoles, nos quedaremos en casa de mi padre
hasta que… —La vibración de su móvil nos interrumpe.
Ambos miramos rápidamente hacia la mesilla de noche.
—No voy a cogerlo —anuncia.
Suelto a Tessa y agarro el móvil. Miro la pantalla y respiro hondo antes de
contestar.
—Deja de acosar a Tessa. Si quieres hablar conmigo, llámame a mí. No la
metas en esta puta mierda —espeto antes de que pueda decir ni hola.
—Te he llamado. Tienes el móvil apagado —dice Christian.
—¿Por qué será? —resoplo—. Si quisiera hablar contigo, lo habría hecho,
pero como no quiero, deja de molestarme.
—Hardin, sé que estás enfadado, pero tenemos que hablar de lo ocurrido.
—¡No hay nada de que hablar! —grito.
Tessa me observa con preocupación mientras intento controlar el genio.
—Sí que lo hay. Tenemos mucho de que hablar. Sólo te pido quince minutos,
eso es todo —dice Vance con voz suplicante.
—¿Por qué debería hablar contigo?
—Porque sé que te sientes traicionado y quiero explicarme. Me importáis
mucho tu madre y tú —dice.
—¿Ahora os habéis aliado en mi contra? Que os jodan. —Me tiemblan las
manos.
—Puedes hacer como que no te importamos una mierda, pero que estés tan
cabreado contradice tus palabras.
Me aparto el móvil del oído y tengo que contenerme para no estamparlo
contra la pared.
—Quince minutos —repite—. La boda no empezará hasta dentro de unas
horas. Todos los hombres van a comer juntos en Gabriel’s. Reúnete conmigo allí.
Vuelvo a llevarme el móvil al oído.
—¿Quieres que nos veamos en un bar? ¿Eres imbécil o qué? —Me apetece
muchísimo tomarme una copa…, sentir cómo el whisky me quema la lengua…
—No vamos a beber, sólo a hablar. Por razones obvias, lo mejor en nuestro
caso es que quedemos en un lugar público. —Suspira—. Pero podemos vernos en
otro sitio, si quieres.
—No, el Gabriel’s me parece bien.
Tessa abre unos ojos enormes y ladea la cabeza un poco, confusa por mi
cambio de parecer. No me mueve el afecto, es pura curiosidad. Dice que hay
una explicación para todo esto y quiero oírla. De lo contrario, mi casi inexistente
relación con mi madre dejará de existir por completo.
—De acuerdo… —Noto que no esperaba que accediera—. Son las doce. Nos
vemos allí a la una.
—Cuenta con ello —le suelto. Esta pequeña reunión acaba a hostias, fijo.
—Deberías llevar a Tessa a Heath; Kimberly y Smith estarán allí. Está a
pocos kilómetros de Gabriel’s, y a Kimberly le iría bien tener cerca a una amiga.
—Quiero reírme a carcajadas de la vergüenza en su voz. Puto cabrón.
—Tessa se viene conmigo —le digo.
—¿De verdad quieres meterla en una situación que puede acabar en
violencia… otra vez? —pregunta.
« Sí. Sí, quiero. No. No quiero.» No quiero que me pierda de vista, pero y a
me ha visto llegar a las manos más de lo que le gustaría.
—Sólo lo dices porque quieres que consuele a tu prometida ahora que le has
puesto los cuernos —gruño.
—No. —Vance hace una pausa—. Quiero hablar contigo a solas, y no creo
que sea sensato que las mujeres estén presentes.
—Bien. Te veo dentro de una hora. —Cuelgo el móvil y me vuelvo hacia
Tessa—. Quiere que te quedes con Kimberly mientras nosotros hablamos.
—¿Ya lo sabe? —pregunta en voz baja.
—Eso parece.
—¿Seguro que te apetece verlo? No quiero que te sientas obligado.
—¿Crees que debería verlo? —le pregunto.
Tras un momento, asiente.
—Sí, creo que sí.
—Pues entonces iré —digo, y empiezo a andar arriba y abajo por la
habitación.
Tessa se levanta de la cama y me rodea la cintura con los brazos.
—Te quiero muchísimo —dice pegada a mi torso desnudo.
—Te quiero. —Nunca me cansaré de oírselo decir.
Cuando sale del baño casi me quedo sin aliento.
—Joder… —Cruzo la habitación en dos zancadas.
—¿Me queda bien? —pregunta dándose la vuelta despacio.
—Sí. —Casi me atraganto. ¿De verdad me lo pregunta? ¿Está loca? El vestido
blanco que se puso para la boda de mi padre le queda aún mejor que entonces.
—Apenas he podido abrocharme la cremallera. —Sonríe, avergonzada. Se
pone de espaldas a mí y se aparta el pelo de la espalda—. ¿Puedes terminar de
subírmela?
Me encanta que, a pesar de que la he visto desnuda cientos de veces, todavía
se ruboriza y conserva parte de su inocencia. No la he mancillado del todo.
—¿Es que has cambiado de opinión? No quiero que estés incómodo —dice
Tessa con dulzura.
—Sí, estoy seguro. Todo lo que voy a hacer es darle quince minutos para
escuchar la mierda que quiera sacarse del pecho. —Suspiro.
La verdad es que yo sólo quiero ir al aeropuerto, pero después de haberle
visto la cara mientras volvía a hacer la maleta, he sentido que tenía que hacer
esto. No sólo por Tessa, sino también por mí.
—Parezco un vagabundo a tu lado —le digo, y ella sonríe recorriendo mi
cara y mi cuerpo con los ojos.
—¡Venga y a! —Se echa a reír. Llevo una camisa negra y unos vaqueros
rotos—. Al menos podrías haberte afeitado —comenta con una sonrisa.
Sé que está nerviosa y que está intentando quitarle hierro al asunto. Yo no
estoy nada nervioso… Sólo quiero librarme de todo esto cuanto antes.
—Pero si te gusta… —Le cojo la mano y la paso por la sombra que crece en
mi mandíbula—. Sobre todo entre tus piernas.
Le beso las yemas de los dedos. Retira la mano cuando me llevo el índice a la
boca y me da un empujón.
—¡Eres incorregible! —me regaña juguetona y, por un momento, se
me olvida toda la mierda.
—Sí, y siempre lo seré. —Le estrujo el trasero con ambas manos y da un
gritito.
El trayecto a Hampstead Heath, donde se alojan Kimberly y Smith, y al
parque en el que hemos quedado con ella, me destroza los nervios. Tessa se
muerde las uñas pintadas en el asiento del acompañante y mira por la ventanilla.
—¿Y si no se lo ha contado? ¿Se lo cuento yo? —dice cuando llegamos. A
pesar de lo preocupada que está, sus ojos aprecian el espectacular paisaje del
parque—. Caray —dice con el entusiasmo de una niña.
—Sabía que te gustaría Heath —digo.
—Es precioso. ¿Cómo es posible que exista un lugar como éste en mitad de
Londres? —Lo mira todo con la boca abierta, es uno de los pocos sitios de la
ciudad que no está contaminado de humo y lleno de edificios de oficinas.
—Ahí está… —Conduzco despacio hacia la rubia que está sentada en un
banco. Smith está sentado en otro, a unos cinco metros, con un tren de juguete en
el regazo. Ese pequeñajo es muy raro.
—Si necesitas cualquier cosa, llámame. Encontraré el modo de llegar allá
donde estés —me promete Tessa antes de bajarse del coche.
—Lo mismo digo. —Con cuidado, tiro de ella para besarla—. Lo digo en
serio. Si algo va mal, llámame al instante —le pido.
—Me preocupas —susurra contra mis labios.
—Estaré bien. Ve a decirle a tu amiga que su prometido es un gilipollas. —La
beso otra vez.
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CAPÍTULO 142
Tessa
Intento ordenar las ideas mientras cruzo el césped al encuentro de Kimberly. No
sé qué decirle, me aterra que no sepa lo que ocurrió anoche. No quiero que se
entere por mí, es responsabilidad de Christian decírselo, pero no me veo capaz de
fingir que no pasa nada en caso de que aún no lo sepa.
Tengo la respuesta en cuanto se vuelve hacia mí. Aunque las sombras ocultan
parte de sus ojos, los tiene tristes e hinchados.
—No sabes cuánto lo siento —le digo. Me siento a su lado en el banco y ella
me rodea con los brazos.
—Me echaría a llorar, pero creo que no me quedan lágrimas. —Intenta
forzar una sonrisa pero no pega con sus ojos.
—No sé qué decir —reconozco, y miro a Smith, que, por suerte, a la distancia
a la que está no puede oírnos.
—Bueno, puedes empezar por ay udarme a planear un doble homicidio. —
Kimberly se recoge el pelo con una mano y lo empuja al otro lado.
—Eso puedo hacerlo. —Medio me río. Desearía ser la mitad de fuerte que
ella.
—Estupendo. —Sonríe y me aprieta la mano—. Hoy estás para comerte —
me dice.
—Gracias. Tú estás preciosa —le digo. La luz del sol que se abre paso entre la
niebla hace que su vestido azul claro con pedrería resplandezca.
—¿Vas a ir a la boda? —me pregunta.
—No, sólo quería verme por fuera mejor de lo que me siento por dentro —le
contesto—. ¿Tú vas a ir?
—Sí, voy a ir —suspira—. No sé qué haré después, pero no quiero confundir
a Smith. Es un niño listo y no me gustaría que se diera cuenta de que algo no va
bien. —Mira al pequeño científico con su trenecito—. Además, el putón de Sasha
está aquí con Max, y antes muerta que convertirme en protagonista de sus
cotilleos.
—¿Sasha ha venido con Max? ¿Qué hay de Denise y de Lillian? —La traición
de Max no conoce límites.
—¡Eso mismo dije yo! Esa chica no tiene vergüenza, venir desde Estados
Unidos para asistir a una boda con un hombre casado. Debería partirle la cara
para descargar parte de la rabia que siento.
Kimberly está tan furiosa que la tensión que desprende es casi visible. No me
puedo imaginar lo que estará sufriendo ahora mismo, y admiro cómo se está
comportando.
—¿Vas a…? No quiero meterme donde no me llaman, pero…
—Tessa, y o me paso la vida metiéndome donde no me llaman. Tú también
puedes hacerlo —me dice con una cálida sonrisa.
—¿Vas a seguir con él? Si no quieres hablar del asunto, no tienes por qué
hacerlo.
—Quiero hablar. Tengo que hablarlo porque, si no, me temo que no seré
capaz de continuar tan enfadada como ahora —masculla—. No sé si seguiré con
él. Lo quiero, Tessa. —Vuelve a mirar a Smith—. Y adoro a ese pequeño aunque
sólo me hable una vez a la semana. —Se ríe un poco—. Ojalá pudiera decir que
me sorprende, pero la verdad es que no.
—¿Por qué no? —le pregunto sin pensar.
—Porque comparten un pasado, una historia larga y profunda con la que no
estoy segura de poder competir —dice con voz dolida, y parpadeo para contener
las lágrimas.
—¿Qué quieres decir?
—Voy a explicarte una cosa que Christian me ha dicho que no te cuente hasta
que él pueda contárselo a Hardin, pero creo que deberías saber que…
CAPÍTULO 143
Hardin
Gabriel’s es un bar pretencioso en una de las zonas más ricas de Hampstead. Era
de esperar que Vance eligiera este sitio para verme. Dejo el coche de alquiler en
el aparcamiento y camino hacia la puerta. Cuando entro en el bar de ambiente
cargado, mis ojos inspeccionan las cuatro paredes. Sentado a una mesa redonda
en un rincón del garito están Vance, Mike, Max y esa rubia. ¿Qué coño pinta aquí?
Y, lo que es más importante, ¿qué hace Mike sentado junto a Vance como si
menos de doce horas atrás no hubiera estado a punto de follarse a su prometida?
Aquí todo Dios lleva corbata menos yo. Espero haber dejado un rastro de
mierda al entrar. Una camarera intenta hablar conmigo pero me la quito de
encima y la dejo atrás.
—Hardin, me alegro de verte. —Max es el primero en levantarse y
ofrecerme la mano para que se la estreche. Paso.
—Querías hablar, pues hablemos —le espeto a Vance cuando llego a la mesa.
Se lleva la copa, llena hasta arriba, a la boca y se la bebe de un tirón.
La mirada de Mike permanece fija en la mesa y me cuesta un huevo no
decirle que es un completo imbécil. Siempre ha sido un hombre tranquilo, el
vecino del que te podías fiar, con el que se podía contar, al que mi madre
siempre iba a pedirle leche y huevos.
—¿Qué tal el viaje? —chirría la voz de Sabrina.
La miro, alucinado de que se atreva a hablarme.
—¿Dónde has metido a tu esposa? —le pregunto a Max.
A su lado, a la rubia se le hiela la sonrisa en la cara excesivamente
maquillada y empieza a darle vueltas a la copa de Martini vacía.
—Hardin… —dice Vance tratando de hacerme callar.
—Que te jodan —le ladro. Se pone en pie—. Estoy seguro de que su
hija lo estará echando de menos mientras él se pasea por ahí luciendo a
ese putón…
—Basta —dice Christian cogiéndome con delicadeza del brazo para intentar
alejarme de la mesa.
Me suelto de un empellón.
—¡No me toques!
El chillido de Stephanie consigue permear la rabia que empieza a desbordarse
en mí.
—¡Eh! Ése no es modo de tratar a tu padre.
¿Está tonta? Mi padre está en Washington.
—¿Qué?
Sonríe.
—Ya me has oído. Deberías tratar a tu viejo con un poco más de respeto.
—¡Sasha! —Max la coge del brazo delgaducho con una fuerza brutal y casi la
tira al suelo.
—Uy, ¿he dicho algo que no debía? —Su risa resuena en el bar. La muy
imbécil.
Confuso, miro a Mike, que está pálido como un fantasma. Me parece que va a
desmay arse en cualquier momento. La cabeza me da vueltas y miro a Vance,
que está igual de pálido y que se revuelve nervioso.
« ¿Por qué se ponen todos así sólo porque la idiota esa se haya confundido?»
—Cierra el pico. —Max se lleva a la mujer de la mesa y prácticamente la
saca a rastras del bar.
—Ella no debería haberte dicho… —Vance se pasa la mano por el pelo—. Yo
iba a… —Aprieta los puños.
¿Qué no debería haberme dicho ésa? ¿No debería haber hecho un comentario
ridículo al respecto de que Vance es mi padre cuando todos saben que mi padre
es…?
Miro al hombre frenético que tengo delante. Tiene los ojos verdes que echan
chispas, se pasa la mano por el pelo sin parar…
Tardo un instante en darme cuenta de que mis manos están haciendo
exactamente lo mismo
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