16-18
CAPÍTULO 16
Tessa
La parte microscópica de mi cerebro que alberga el sentido común está
intentando enviar señales de alerta al resto de mi cerebro, que está ocupado por
Hardin y todo lo relacionado con él. La parte sensata, o lo que queda de ella, me
dice que necesito hacer preguntas, que no puedo pasar esto por alto. Ya hago la
vista gorda bastante a menudo.
Ésa es la parte microscópica. La parte más grande gana. Porque, ¿de verdad
quiero discutir con él por lo que seguro que no es más que un malentendido? A lo
mejor sólo estaba enfadado con Steph por haber invitado a Molly. No he podido
escuchar bien la conversación, es posible que me estuviera defendiendo. Ha sido
muy sincero acerca de haberme mentido sobre su expulsión, ¿por qué iba a
mentirme ahora?
Hardin se sienta en la cama, me coge ambas manos y tira de mí para que me
siente en su pierna.
—Bueno, y a no nos quedan temas serios de conversación y tu padre está
durmiendo. Tendremos que encontrar otra forma de pasar el rato… —Tiene una
sonrisa ridícula pero contagiosa.
—¿No estarás pensando en sexo? —contesto, y lo empujo con picardía.
Se tumba en la cama, con una mano en mi nuca y la otra en mi muslo, y tira
de mí hasta que me tiene encima. Lo monto a horcajadas, con sus piernas entre
mis muslos, y me acerca a él hasta que nuestras caras casi se rozan.
—No, tenía otras cosas en mente. Por ejemplo, piensa en esos labios
rodeándome la…
Me acaricia la boca con la suya. Su aliento sabe a menta. La presión es lo
bastante fuerte para enviar una oleada de electricidad por todo mi cuerpo pero lo
bastante delicada como para dejarme con ganas de más.
—Piensa en mi cara entre tus muslos mientras te… —empieza a decir, pero
le tapo la boca con la mano. El modo en que su lengua lame mi mano me obliga
a retirarla rápidamente.
—Puaj —digo arrugando la nariz y limpiándome la mano en su camiseta
negra.
—No haré ruido —asegura en voz baja mientras levanta las caderas del
colchón para que lo note de cerca—. Aunque no sé si puedo decir lo mismo de ti.
—Mi padre… —le recuerdo con mucha menos convicción que antes.
—Y ¿a quién le importa? Es nuestra casa y, si no le gusta, que se pire.
Lo miro medio en serio.
—No seas maleducado.
—No lo soy, pero te deseo y debería poder tenerte siempre que quiera —
dice, y pongo los ojos en blanco.
—Yo también tengo voz y voto, estás hablando de mi cuerpo. —Finjo que no
tengo el corazón desbocado y que no le tengo ganas.
—Evidentemente. Pero sé que si hago esto… —Mete la mano entre nuestros
cuerpos y baja la cinturilla de mis pantalones y de mis bragas—. ¿Lo ves? Sabía
que estarías lista en cuanto he mencionado que te iba a comer…
Le tapo esa boca tan sucia que tiene con los labios. Traga saliva, gime y sus
dedos rozan mi clítoris. Apenas me está tocando porque lo que quiere es
torturarme.
—Por favor —siseo, y aplica un poco más de presión. Me mete un dedo
húmedo.
—Ya lo sabía yo.
Me castiga y mete y saca el dedo muy despacio.
Deja de moverlo demasiado pronto y me tumba a su lado. Antes de que
pueda protestar, se incorpora y coge la cinturilla de mis pantalones, esa parte que
parece fascinarlo tanto, y me los baja por los muslos. Levanto las caderas para
ayudarlo y aprovecha para bajarme también las bragas.
Sin decir nada, me indica que me coloque en lo alto de la cama. Me deslizo
sobre los codos hasta que tengo la espalda apoyada en la cabecera. Se tumba
boca abajo, delante de mí, y sus manos se aferran a mis caderas. Me abre de
piernas.
Sonríe burlón.
—Al menos intenta no hacer ruido.
Me dispongo a poner los ojos en blanco pero entonces siento su aliento cálido.
Suave primero y más fuerte poco a poco, a medida que se va acercando más y
más. Sin avisar, su lengua me recorre de abajo arriba y agarro un cojín, uno
amarillo al que Hardin le tiene especial manía. Me tapo la cara con él para
amortiguar los gemidos involuntarios que manan de mi boca mientras su lengua
se mueve cada vez más rápido.
De repente me quita el cojín de la cara.
—No, nena. Quiero que me veas —me ordena, y asiento muy despacio.
Se lleva el pulgar a la boca y su lengua se desliza sobre mí. Mueve la mano
entre mis muslos y acaricia mi punto más sensible. Se me tensan las piernas, las
caricias sobre mi clítoris son divinas. Con la punta de un dedo traza círculos lentos
sin apenas aplicar presión. Es una tortura.
Lo obedezco y miro entre mis muslos. Tiene el pelo alborotado y hacia atrás,
formando una onda sobre su frente, con un mechón rebelde que vuelve atrás
cada vez que hunde la cabeza. Medio veo, medio imagino su boca contra mi piel
y la sensación aumenta de manera exponencial y sé, sé, que no voy a poder
estarme callada mientras la presión se acumula en mi vientre esperando poder
estallar. Me tapo la boca con una mano y hundo la otra en sus rizos. Empiezo a
mover las caderas para buscar su lengua. Esto es demasiado bueno.
Le tiro del pelo y lo oigo gemir contra mí. Estoy cada vez más cerca…
—¿Más fuerte? —jadea.
« ¿Qué?»
Coge la mano que tengo enredada en su pelo y coloca la suy a encima para…
¿Quiere que le tire del pelo?
—Hazlo —me dice con mirada de deseo, y empieza a mover los dedos en
círculos rápidos mientras baja la cabeza para que la lengua contribuya a la
sensación.
Le tiro del pelo con fuerza, y me mira con los ojos entornados. Cuando
vuelve a abrirlos los tiene brillantes, como jade ardiente. Me sostiene la mirada
mientras se me nubla la vista y durante unos instantes no veo nada.
—Vamos, nena —susurra.
Se lleva la mano a su entrepierna y no puedo aguantarlo más. Lo veo
acariciándose la polla dura para correrse conmigo. Nunca me acostumbraré al
efecto que sus actos tienen en mí. El hecho de verlo tocándose, sentir las
bocanadas de su aliento en mi piel mientras su respiración se torna más y más
entrecortada…
—Sabes a gloria, nena —gime contra mí, moviendo rápidamente la mano
que tiene en su entrepierna. Ni siquiera noto que me estoy mordiendo la mano
mientras disfruto de mi subidón y le tiro del pelo.
Parpadeo. Y luego parpadeo un poco más, con pereza.
Recobro la conciencia y noto que se recoloca y que apoy a la cabeza en mi
vientre. Abro los ojos y veo que él los tiene cerrados, su pecho sube y baja, su
respiración sigue entrecortada.
Le tiro del hombro para que se levante y poder moverme entre sus piernas.
Para y me mira.
—Yo… ya he terminado —dice.
Me quedo mirándolo.
—Ya me he corrido… —Tiene la voz ronca de agotamiento.
—Ah.
Sonríe con pereza, una sonrisa medio borracha, y se levanta de la cama. Se
acerca a la cómoda, abre un cajón y saca unos pantalones cortos blancos de
deporte.
—Tengo que ducharme y cambiarme, como puedes ver. —Señala la
bragueta de sus pantalones, donde, a pesar de que son oscuros, se ve claramente
una mancha.
—¿Como en los viejos tiempos? —Le sonrío, me mira y me devuelve la
sonrisa.
Se acerca y me besa en la frente, luego en los labios.
—Es bueno saber que no has perdido tu toque —dice yendo hacia la puerta.
—No ha sido mi toque —le recuerdo.
Menea la cabeza y sale de la habitación.
Busco mi ropa a los pies de la cama y rezo para que mi padre siga durmiendo
en el sofá y para que si, por casualidad se ha despertado, no pare a Hardin de
camino al baño. A los pocos segundos, oigo que la puerta del cuarto de baño se
cierra y me levanto para vestirme.
Cuando termino, reviso mi móvil para ver si tengo algún mensaje de Sandra,
pero nada. Lo que sí hay es un pequeño sobre en la esquina de mi pantalla que
me indica que tengo un nuevo mensaje de texto. A lo mejor está liada y ha
preferido escribirme.
Abro el mensaje y leo:
Te ng o q u e h a bla r c on tigo.
Suspiro al leer el nombre del remitente: Zed.
Borro el mensaje y dejo el teléfono sobre la mesilla.
Irónicamente, la curiosidad se apodera de mí y busco el móvil de Hardin. El
corazón amenaza con salirse de mi pecho cuando recuerdo la última vez que le
registré el móvil. No acabó nada bien.
Pero esta vez sé que no me está ocultando nada. No es capaz. Estamos en un
punto muy distinto de nuestra relación. Se ha hecho un tatuaje por mí… Aunque
no está dispuesto a mudarse por mí. No tengo nada de que preocuparme, o eso
creo…
Como no lo veo en el escritorio, lo busco en la cómoda. Deduzco que se lo ha
llevado al baño. Es lo normal, ¿no?
« No tengo de qué preocuparme. Sólo estoy estresada y paranoica» , me
digo.
Antes de meterme en un agujero negro de preocupación, me recuerdo que
no debo registrarle el móvil porque, si él me lo hiciera a mí, me cabrearía
muchísimo.
Es probable que me lo registre, sólo que nunca lo he pillado in fraganti.
Se abre la puerta de la habitación y salto como si me hubieran pillado
haciendo algo que no debía. Hardin entra dando zancadas, sin camiseta, descalzo,
con los pantalones cortos y el bóxer negro asomando por la cintura.
—¿Estás bien? —pregunta secándose el pelo con una toalla blanca. Me
encanta que su pelo parezca negro cuando está mojado. El contraste con sus ojos
verdes es de ensueño.
—Sí. Te has dado una ducha muy corta. —Me siento en la silla—. Debería
haberte ensuciado más —digo intentando distraerlo para que no note que me
tiembla un poco la voz.
—Tenía prisa por verte —dice, pero no me convence.
Sonrío.
—Tienes hambre, ¿verdad?
—Sí —confiesa con una sonrisa divertida—. Me ha entrado hambre.
—Eso me parecía.
—Tu padre sigue dormido; ¿va a quedarse cuando nos vayamos de viaje?
La emoción hace desaparecer todas mis preocupaciones.
—¿Vas a venir?
—Sí, eso creo. Si es tan aburrido como me parece que va a ser, sólo me
quedaré una noche.
—Vale —digo comprensiva. Pero por dentro estoy radiante y sé que se
quedará hasta el final. Sólo es que tiene que guardar las apariencias y quejarse
de ese tipo de cosas.
Se pasa la lengua por los labios y me acuerdo de cuando lo tenía entre las
piernas.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
Sus ojos encuentran los míos y asiente.
—¿Sí?
Se sienta en la cama.
—Cuando… cuando…, ya sabes, ¿ha sido porque te he tirado del pelo?
—¿Qué? —Se ríe un poco.
—Cuando te he tirado del pelo, ¿te ha gustado? —me ruborizo.
—Ah. —No me puedo ni imaginar el rojo que cubre mis mejillas.
» ¿Te resulta raro que me guste?
—No, sólo es curiosidad. —Es la verdad.
—Todo el mundo tiene ciertas cosas que le gustan en la cama, ésa es una de
las que me gustan a mí. Aunque hasta ahora no lo sabía. —Sonríe sin inmutarse
porque estemos hablando de sexo.
—¿Ah, sí? —Me emociono al pensar que ha descubierto algo nuevo estando
conmigo.
—Sí —dice—. Quiero decir que me han tirado del pelo otras chicas, pero
contigo es diferente.
—Ah —digo por enésima vez, pero esta vez no siento ni frío ni calor.
Sin percatarse de mi reacción, Hardin me mira con los ojos brillantes de
curiosidad.
—¿Hay algo que no te haya hecho y que te guste?
—No. Me gusta todo lo que me haces —digo en voz baja.
—Sí, eso y a lo sé. Pero ¿hay algo que hay as pensado en hacer alguna vez y
que no hayamos hecho?
Niego con la cabeza.
—Que no te dé vergüenza, nena, todo el mundo tiene fantasías.
—Yo, no.
Al menos, creo que no. No tengo experiencia salvo con Hardin, y no sé gran
cosa aparte de lo que hemos hecho.
—Seguro que sí —dice sonriente—. Sólo tenemos que descubrirlas.
Tengo mariposas en el estómago y no sé qué decir.
Pero entonces la voz de mi padre interrumpe nuestra conversación:
—¿Tessie?
Lo primero que pienso es que es un alivio que su voz provenga de la sala de
estar y no del pasillo.
Hardin y y o nos ponemos de pie.
—Voy al baño —digo.
Asiente con una sonrisa pícara y se dirige a la sala de estar con mi padre.
Cuando entro en el baño, veo que el móvil de Hardin está en el borde del
lavabo.
Sé que no debería hacerlo, pero no puedo contenerme. De inmediato, miro la
lista de llamadas. Está vacía. Las ha borrado todas. No ha dejado ni una en la
memoria. Lo intento de nuevo y paso a los mensajes de texto.
Nada. Lo ha borrado todo.
CAPÍTULO 17
Tessa
Hardin y mi padre están sentados junto a la mesa de la cocina cuando salgo del
baño con el móvil en la mano.
—Me están saliendo canas, nena —dice Hardin al verme.
Mi padre me mira con ojos de cordero.
—Yo también tengo hambre… —empieza a decir, no muy seguro.
Pongo las manos en el respaldo de la silla de Hardin y echa la cabeza hacia
atrás. Su pelo húmedo me roza los dedos.
—Pues te sugiero que te prepares algo de comer —digo, y dejo su móvil
sobre la mesa.
Me mira con una expresión completamente neutra.
—Vale… —dice, se levanta y va a la nevera—. ¿Tienes hambre? —pregunta.
—Tengo las sobras de Applebee’s.
—¿Estás enfadada porque me lo he llevado a beber conmigo? —me pregunta
mi padre.
Lo miro y suavizo mi tono de voz. Ya sabía cómo era mi padre cuando lo
invité a venir.
—No estoy enfadada, pero no quiero que se convierta en una costumbre.
—Te prometo que no. Además, tú te vas a mudar —me recuerda, y miro al
hombre al que sólo conozco de hace dos días.
No contesto, sino que me acerco a Hardin y a la nevera y abro el congelador.
—¿Qué te apetece comer? —le pregunto.
Me mira receloso, intentando descifrar mi estado de ánimo.
—Cualquier cosa… ¿Y si pedimos comida?
Suspiro.
—Pidamos comida.
No quiero ser borde, pero mi mente es un torbellino de posibilidades, venga a
darle vueltas a qué era lo que había en ese teléfono que ha tenido que borrar con
tanta urgencia.
Hardin y mi padre empiezan a discutir sobre si pedimos pizza o comida china.
Hardin quiere pizza, y gana la discusión al recordarle a mi padre quién va a
pagar la comida. Por su parte, a mi padre no parecen ofenderle las chorradas de
Hardin. Se ríe o les da la vuelta.
Es extraño, de verdad, verlos a los dos juntos. Después de que mi padre se
marchara, a menudo soñaba despierta con él al ver a los padres de mis amigos.
Me había creado una imagen de alguien que se parecía al hombre con el que me
crié, sólo que más mayor y, desde luego, no era un borracho sin techo. Siempre
me lo imaginaba con un maletín lleno de documentos importantes, caminando
hacia su coche por la mañana con un café en la mano. No me imaginaba que
seguiría bebiendo, que la bebida lo desfiguraría y que no tendría dónde vivir. No
me imagino a mi madre capaz de mantener una conversación con este hombre,
y mucho menos pasar años casada con él.
—¿Cómo conociste a mi madre? —digo pensando en voz alta.
—En el instituto —contesta.
Hardin coge el móvil y sale de la cocina para llamar y pedir la pizza. O eso, o
va a llamar a alguien para poder borrar después el número del registro de
llamadas.
Me siento frente a mi padre.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis saliendo juntos antes de casaros?
—Sólo unos dos años. Nos casamos muy jóvenes.
Me resulta incómodo preguntarle estas cosas, pero sé que de mi madre no
obtendría respuestas.
—¿Por qué?
—¿Tu madre y tú nunca habéis hablado de esto? —inquiere.
—No, nunca. Se lo he preguntado alguna vez, pero se limita a no contestarme
—le digo, y su expresión pasa del interés a la vergüenza.
—Ah.
—Perdona —añado, aunque no sé por qué me estoy disculpando.
—No, si lo entiendo, y no la culpo. —Cierra los ojos un momento y los abre
justo cuando Hardin entra en la cocina y se sienta a mi lado—. En respuesta a tu
pregunta, nos casamos jóvenes porque se quedó embarazada de ti. Tus abuelos
me odiaban e intentaron separarla de mí, así que nos casamos. —Sonríe
disfrutando del recuerdo.
—¿Os casasteis para fastidiar a mis abuelos? —pregunto sonriendo a mi vez.
Mis abuelos, que en paz descansen, eran un poco… pesados. Muy pesados, de
hecho. Mis recuerdos de la infancia incluy en que me hicieran callar en la mesa
por reírme, que me hicieran quitarme los zapatos al entrar en casa para no
estropearles la moqueta. Por mi cumpleaños, me enviaban una tarjeta de
felicitación de lo más impersonal y un bono de ahorro a diez años, lo que no es el
regalo ideal para una niña de ocho.
Mi madre era básicamente un clon de mi abuela, sólo que menos serena. Se
pasaba los días y las noches tratando de ser tan perfecta como lo era su madre.
O —y tiemblo sólo de pensarlo— tan perfecta como la imaginaba.
Mi padre se ríe.
—Sí, en cierto sentido fue para cabrearlos. Pero tu madre siempre quiso
casarse, prácticamente me arrastró al altar. —Se echa a reír de nuevo y Hardin
me mira antes de reírse él también.
Le dirijo una mirada de reproche. Sé que está preparando algún comentario
sarcástico relacionado con el hecho de que y o lo obligue a casarse.
Me vuelvo hacia mi padre.
—¿Qué tenías en contra del matrimonio? —le pregunto.
—Nada. La verdad es que ni me acuerdo. Lo único que sé es que me daba un
miedo atroz tener un bebé a los diecinueve años.
—Y con razón. Mira cómo te ha ido —comenta Hardin.
Le lanzo una mirada asesina pero mi padre sólo pone los ojos en blanco.
—No se lo recomiendo a nadie, la verdad, aunque hay muchos padres que lo
llevan muy bien. —Levanta las manos con resignación—. Sólo que yo no fui uno
de ellos.
—Ah —digo.
No puedo imaginarme ser madre a mi edad.
Sonríe, dispuesto a darme todas las respuestas que pueda.
—¿Más preguntas, Tessie?
—No… Creo que eso es todo —digo.
No estoy cómoda con él, aunque, en cierto sentido, me encuentro más
relajada con él que con mi madre, si fuera ella la que estuviera conmigo aquí
sentada.
—Si se te ocurre alguna más, pregunta. Hasta entonces, ¿te importa si me
ducho antes de que llegue la cena?
—Por supuesto que no, adelante.
No parece que haga sólo dos días. Han pasado tantas cosas desde que
reapareció… el tatuaje de Hardin, su expulsión/no expulsión de la facultad, la
visita de Zed en el aparcamiento, mi comida con Steph y con Molly, el registro
de llamadas desaparecido. Es demasiado. Es muy estresante esto de tener una
lista de problemas en mi vida que no hace más que crecer, sin perspectiva de que
ninguno vay a a arreglarse por el momento.
—¿Qué pasa? —me pregunta Hardin cuando mi padre desaparece por el
pasillo.
—Nada.
Me levanto y doy unos pasos antes de que me acaricie la cintura y me dé la
vuelta para mirarme a la cara.
—Te conozco bien. Dime qué te pasa —ordena con ternura mientras me
sujeta por las caderas.
Lo miro a los ojos.
—Tú.
—¿Yo… qué? Habla —me exige.
—Estás muy raro y has borrado todos tus mensajes y tus llamadas.
Tuerce el gesto molesto y se pellizca la nariz.
—Y ¿qué haces tú fisgando en mi móvil?
—Lo he hecho porque has estado actuando de un modo muy sospechoso y…
—¿Y has registrado mis cosas? ¿No te he dicho que no lo hagas?
Su mirada de indignación es tan descarada, tan falsa, que me hierve la
sangre.
—Sé que no debería registrar tus cosas, pero no tendrías que darme motivos
para hacerlo. Y ¿qué más te da si no tienes nada que esconder? A mí no me
importaría que miraras mi móvil porque yo no tengo nada que ocultar.
Saco mi teléfono y se lo ofrezco. Entonces recuerdo el mensaje de Zed y me
entra el pánico, pero Hardin lo rechaza, como si mi confianza no importara nada.
—Excusas y más excusas para ocultar que estás psicótica —dice, y sus
palabras me hieren.
No tengo nada que decir. En realidad, tengo mucho que decirle, pero no me
salen las palabras. Lo obligo a que me suelte y me marcho. Dice que me conoce
lo suficientemente bien para saber cuándo algo anda mal. Vale, yo lo conozco lo
suficientemente bien para saber que estoy a punto de pillarlo con las manos en la
masa. No sé si será una mentirijilla o una apuesta para robarme la virginidad,
pero siempre pasa lo mismo: primero empieza a comportarse de un modo
sospechoso, y luego, cuando saco a relucir el tema, se enfada y se pone a la
defensiva, y al final me insulta o me echa la bronca.
—No te vay as —aúlla a mis espaldas.
—No me sigas —le digo, y desaparezco en el dormitorio.
Pero lo tengo en la puerta al segundo.
—No me gusta que registres mis cosas.
—No me gusta sentir que no tengo más remedio que hacerlo.
Cierra la puerta y se apoya en ella.
—No tienes que hacerlo. He borrado los registros de mensajes y de llamadas
porque… fue un accidente. No tienes por qué ponerte así.
—¿Así? ¿Quieres decir « psicótica» ?
Suspira.
—No lo he dicho en serio.
—Pues deja de decir cosas que no van en serio porque al final no sé qué es lo
que dices de corazón y qué no.
—Entonces deja de registrar mis cosas, porque ya no sé si puedo confiar en ti
o no.
—Bien. —Me siento al escritorio.
—Bien —repite, y se sienta en la cama.
No sé si creerlo o no. No me cuadra nada pero, en cierto modo, cuadra.
Puede que lo borrara todo por accidente, y puede que estuviera hablando con
Steph por teléfono. Los retazos de la conversación que oí han alimentado mi
imaginación, pero no quiero preguntarle a Hardin por ella porque no sé si quiero
que sepa que lo estaba escuchando. Tampoco va a contarme de qué estaban
hablando.
—No quiero que haya secretos entre nosotros, eso ya deberíamos tenerlo
superado —le recuerdo.
—Ya lo sé, joder. No hay ningún secreto, estás comportándote como una
loca.
—Deja de llamarme loca. Eres el menos adecuado para llamarme así. —Me
arrepiento de lo que he dicho en cuanto las palabras salen de mi boca, pero no
parece que le afecte.
—Perdona, ¿vale? No estás loca —repone, y luego me sonríe—. Sólo me
registras el móvil.
Me obligo a devolverle la sonrisa e intento convencerme de que tiene razón,
de que estoy paranoica. En el peor de los casos, me está ocultando algo y lo
descubriré tarde o temprano. No tiene sentido que me obsesione: siempre acabo
pillándolo.
Me lo repito mentalmente una y otra vez hasta que termino de convencerme.
Mi padre grita algo desde la otra habitación y Hardin dice:
—Ya está aquí la pizza. No estás enfadada conmigo, ¿verdad?
Pero sale de la habitación sin darme tiempo a responder.
Me revuelvo en mi sitio y miro el móvil, que he dejado encima del escritorio.
Por curiosidad, lo cojo y, cómo no, tengo otro mensaje de Zed. Esta vez ni
siquiera me molesto en leerlo.
El día siguiente es nuestro último día en las antiguas oficinas de Vance, y
conduzco al trabajo más despacio que de costumbre. Quiero memorizar cada
calle, cada edificio del camino. Estas prácticas remuneradas han sido un sueño
hecho realidad. Soy consciente de que trabajaré para Vance en Seattle, pero aquí
es donde empecé, donde empezó mi carrera.
Kimberly está sentada en su sitio cuando salgo del ascensor. Hay un montón
de cajas marrones apiladas con pulcritud junto al mostrador.
—¡Buenos días! —me saluda alegremente.
—Buenos días. —No soy capaz de sonar tan alegre como ella. Más bien,
nerviosa e incómoda.
—¿Lista para tu última semana aquí? —me pregunta mientras me lleno un
pequeño vaso de poliestireno con café.
—Sí, en realidad, hoy es mi último día. Me voy de viaje lo que queda de
semana —le recuerdo.
—Ah, sí. Se me había olvidado. ¡Vaya! ¡Es tu último día! Tendría que haberte
comprado una tarjeta o algo así. —Sonríe—. Aunque también puedo dártela la
semana que viene en nuestras nuevas oficinas.
Me echo a reír.
—¿Ya estás lista para marcharte? ¿Cuándo os vais?
—¡El viernes! Ya tenemos todas nuestras cosas en la casa nueva, esperando
nuestra llegada.
Estoy segura de que la casa nueva de Christian y de Kimberly es
encantadora, muy grande y muy moderna, más o menos como la casa que
dejan aquí. El anillo de compromiso de Kimberly resplandece, y no puedo evitar
quedarme embobada mirándolo cada vez que lo veo.
—Todavía estoy esperando a que me llame la mujer del apartamento —le
digo, y se vuelve a mirarme.
—¿Qué? ¿Aún no tienes apartamento?
—Lo tengo, le he enviado ya todos los papeles. Sólo nos falta cerrar los
detalles del alquiler.
—Sólo te quedan seis días —dice Kimberly, preocupada por mí.
—Lo sé, pero está todo controlado —le aseguro. Espero que sea verdad.
Si esto hubiera pasado hace unos meses, tendría planificado hasta el último
detalle del traslado, pero últimamente he estado tan estresada que no he sido
capaz de concentrarme en nada, ni siquiera en el traslado a Seattle.
—Vale, si necesitas ayuda, avisa —se ofrece, y coge el teléfono que está
sonando en el mostrador.
Cuando voy a mi despacho veo que hay un par de cajas vacías en el suelo.
No tengo muchos objetos personales, así que no tardaré en empaquetar mis
cosas.
Veinte minutos más tarde estoy cerrando las cajas con cinta americana.
Llaman a la puerta.
—Adelante —digo.
Por un momento me pregunto si será Hardin, pero cuando me vuelvo, Trevor
está en el umbral, vestido con vaqueros claros y una camiseta blanca. No me
acostumbro a verlo sin traje.
—¿Lista para el gran traslado? —me pregunta mientras intento levantar una
caja que he llenado demasiado.
—Sí, casi. ¿Y tú?
Se acerca, levanta la caja por mí y la deja en mi mesa.
—Gracias. —Sonrío y me limpio las manos en los laterales de mi vestido
verde.
—Todo preparado. En cuanto termine hoy aquí, me iré para allá.
—Es increíble. Sé que llevas listo para mudarte a Seattle desde que estuvimos
allí.
Noto que la vergüenza se expande por mis mejillas porque él también se
ruboriza.
—Cuando estuvimos allí…
Trevor me invitó a cenar y fue genial, pero a continuación no dejé que me
besara y Hardin le dio un buen meneo y lo amenazó. No sé por qué lo he
mencionado. Ni idea, la verdad.
Me mira inexpresivo.
—Fue un fin de semana muy interesante. Tú también debes de estar muy
contenta. Siempre has querido vivir en Seattle.
—Sí, me muero de ganas.
Trevor examina mi oficina.
—Sé que no es asunto mío, pero ¿Hardin se traslada a Seattle contigo?
—No —responde mi boca antes de que mi mente pueda ponerse al día—.
Bueno, aún no estoy muy segura. Dice que no quiere, pero espero que cambie de
opinión… —Sigo hablando a borbotones, las palabras salen de mi boca a toda
velocidad, demasiado rápido.
Trevor parece estar un tanto incómodo. Se mete las manos en los bolsillos y
al final me interrumpe:
—¿Por qué no quiere irse contigo?
—La verdad es que no lo sé, pero espero que venga. —Suspiro y me siento en
mi sillón de cuero.
La mirada de Trevor se encuentra con la mía.
—Si no va, es que está loco.
—Está loco y punto. —Me echo a reír, intentando aliviar la tensión que se
acumula en el despacho.
Él también se echa a reír y menea la cabeza.
—Bueno, será mejor que termine y me marche cuanto antes. Nos vemos en
Seattle.
Me deja con una sonrisa y por alguna razón me siento un poco culpable.
Busco mi móvil y le envío un mensaje de texto a Hardin para decirle que Trevor
se ha pasado por mi despacho. Por una vez, sus celos me van a ser de utilidad. A
lo mejor se pone tan celoso de Trevor que decide venirse a vivir a Seattle. No
parece probable, pero no puedo evitar aferrarme a un clavo ardiendo con la
esperanza de que cambie de parecer. El tiempo se acaba, en seis días no podrá
organizar gran cosa. Tendrá que solicitar el traslado, aunque con el cargo de Ken,
no creo que suponga ningún problema.
A mí seis días también se me quedan cortos, pero estoy preparada para
Seattle. No me queda otra. Es mi futuro y no puede girar en torno a Hardin, y
más si él pasa de compromisos. Le ofrecí un plan justo: nos vamos a Seattle y, si
no nos gusta, siempre podemos irnos a Inglaterra. Pero no quiso ni pensarlo, lo
rechazó sin más. Espero que el viaje que hemos planeado con su familia, para
ver ballenas, le haga comprender que igual que Landon, Ken, Karen y y o, está
listo para probar cosas nuevas, divertidas y positivas. Tampoco es tan difícil.
Pero es Hardin, y con él nada es fácil.
Suena el teléfono y me distrae de todo el estrés de Seattle.
—Tienes visita —anuncia Kimberly, y el corazón me da un vuelco sólo de
pensar en ver a Hardin.
Únicamente han pasado unas pocas horas, pero cuando no estamos juntos lo
echo mucho de menos.
—Dile a Hardin que pase. Me sorprende que hay a esperado a que me
llamaras —digo.
Kimberly chasquea la lengua.
—No es Hardin.
¿Hardin ha traído a mi padre?
—¿Es un hombre mayor con barba?
—No… Un chico joven… Como Hardin —susurra.
—¿Tiene la cara amoratada? —pregunto a pesar de que ya sé la respuesta.
—Sí, ¿le pido que se vay a?
No quiero hacerle eso a Zed y tampoco ha hecho nada malo, excepto no
obedecer a Hardin cuando le dijo que se alejara de mí.
—No, que pase. Es amigo mío.
¿A qué habrá venido? Estoy segura de que está relacionado con que hay a
pasado de sus mensajes, pero no entiendo qué es tan urgente como para que
hay a hecho un viaje de cuarenta minutos para venir a contármelo.
Cuelgo y me pregunto si debo escribirle a Hardin para explicarle que Zed se
ha presentado en mi despacho. Meto el móvil en un cajón del escritorio y lo
cierro. Lo último que necesito es que él se plante aquí también, porque no podrá
controlar su ira y montará una escena en mi último día en la oficina.
Y lo último que quiero es que lo arresten otra vez.
CAPÍTULO 18
Tessa
Cuando abro la puerta de mi despacho, Zed está de pie en el pasillo como el
ángel de la muerte. Lleva puesta una sudadera de cuadros rojos y negros,
vaqueros oscuros y zapatillas. Los moratones de la cara no han mejorado mucho,
pero los que enmarcan sus ojos y su nariz se han aclarado, de morado intenso a
azul verdoso.
—Hola, perdona que me presente así —dice.
—¿Ha ocurrido algo? —pregunto volviendo a mi mesa.
Se queda en el umbral un instante, incómodo, antes de entrar en el despacho.
—No. Bueno, he estado intentando hablar contigo desde ayer, pero no
contestas a mis mensajes.
—Lo sé. Es que Hardin y yo ya tenemos bastantes problemas, no necesito
añadir otro, y no quiere que vuelva a hablar contigo.
—¿Ahora lo dejas decidir con quién puedes y no puedes hablar?
Zed se sienta en la silla que hay al otro lado de mi mesa y yo me siento en mi
sillón. Le da un aire más serio y oficial a nuestra conversación. No es incómodo,
sólo demasiado formal.
Miro por la ventana antes de contestar:
—No, no es eso. Sé que es un poco insoportable y que no hace las cosas como
debe, pero entiendo que no quiera que tú y yo seamos amigos. Yo tampoco
querría que tuviera amigas por las que sintiera algo.
—¿Qué has dicho? —exclama Zed abriendo mucho los ojos.
« Mierda.»
—Nada, sólo quería decir…
La tensión puede cortarse con un cuchillo, y juraría que las paredes se me
están cayendo encima. ¿Por qué habré dicho eso? No es que no sea verdad, pero
no va a ayudarme en nada.
—¿Sientes algo por mí? —pregunta, al tiempo que sus ojos se iluminan con
cada sílaba.
—No… Bueno, lo sentía. No lo sé —balbuceo, deseando poder darme de
bofetadas por hablar sin pensar.
—Lo entenderé si no sientes nada por mí, pero no deberías tener que mentir.
—No miento. Sentía algo por ti. Puede que aún lo sienta, la verdad, pero no lo
sé. Es todo muy confuso. Tú siempre dices lo correcto y siempre estás ahí para
mí. Es lógico que sienta algo por ti, ya te he dicho que me importas, pero ambos
sabemos que es una causa perdida.
—Y ¿eso por qué? —pregunta, y no sé cuántas veces más voy a poder
rechazarlo antes de que entienda lo que intento decirle.
—Porque no tiene sentido. Nunca podré estar contigo. O con nadie. Sólo con
él.
—Eso lo dices porque te tiene atrapada.
Intento olvidar lo mucho que me cabrea que Zed hable así de Hardin. Tiene
derecho a guardarle rencor, pero no me gusta que insinúe que ni pincho ni corto
en lo que respecta a mi relación con él.
—No, lo que digo es que lo quiero y, por mucho que no desee proclamar mi
amor por él a los cuatro vientos delante de ti, sé que no me queda otra. No es mi
intención confundirte más de lo que ya lo he hecho. Sé que no entiendes cómo
sigo con él después de todo lo que ha pasado, pero lo quiero muchísimo, más que
nada, y no me tiene atrapada. Soy yo a la que le apetece estar con él.
Es la verdad. Todo lo que le he dicho a Zed es la pura verdad. Tanto si Hardin
se viene a Seattle como si no, podemos intentar que lo nuestro funcione. Siempre
nos quedará Skype, y podemos vernos los fines de semana hasta que se vaya a
Inglaterra. Con suerte, para entonces ya no querrá estar nunca lejos de mí.
Tal vez la distancia hará que me quiera aún más. Es posible que sea la clave
para que acceda a acompañarme. Nuestra historia demuestra que no se nos da
bien estar separados, a propósito o por accidente, y siempre acabamos juntos. Es
difícil recordar un tiempo en el que mis días y mis noches no girasen a su
alrededor. He intentado imaginarme la vida sin él, pero me resulta casi imposible.
—No creo que te dé la oportunidad de pensar en lo que quieres o en lo que de
verdad te conviene —dice Zed con convicción, aunque le tiembla la voz—. Sólo
se preocupa de sí mismo.
—En eso te equivocas. Sé que tenéis vuestras diferencias…
—No, no sabes de lo que hablas —se apresura a decir—. Si lo supieras…
—Me quiere y y o lo quiero —lo interrumpo—. Siento haberte metido en esto.
Lo siento muchísimo, nunca quise hacerte daño.
Frunce el ceño.
—Siempre dices lo mismo y siempre salgo perdiendo.
Odio la confrontación más que nada en el mundo, sobre todo cuando implica
hacerle daño a alguien que me importa, pero Zed tiene que escuchar estas cosas
para que podamos… Ni siquiera sé cómo llamarlo. ¿Poner fin a la situación? ¿Al
malentendido? ¿No era nuestro momento?
Lo miro con la esperanza de que comprenda que estoy siendo sincera.
—No era mi intención y te pido perdón.
—No tienes que pedirme perdón. Lo sabía antes de decidir venir aquí. Me
dejaste muy claro lo que sentías en el edificio de administración.
—Entonces ¿por qué has venido? —pregunto con ternura.
—Para hablar contigo. —Mira a un lado y a otro y luego a mí—. Olvídalo, la
verdad es que no sé por qué he venido. —Suspira.
—¿Seguro? Hace unos minutos parecías muy decidido.
—No, como tú dices, no tiene sentido. Perdona que haya venido.
—No pasa nada, no hace falta que te disculpes —le aseguro.
« No paramos de decir eso» , pienso.
Señala las cajas del suelo.
—Entonces ¿te vas?
—Sí, estaba a punto de irme.
De verdad que la tensión se puede cortar con un cuchillo y parece que
ninguno de los dos sabe qué decir. Zed mira por la ventana al cielo gris y yo miro
la moqueta.
Al final, se levanta y habla, aunque con tanta tristeza que apenas entiendo lo
que dice.
—Será mejor que me marche. Perdóname por haber venido. Buena suerte
en Seattle, Tessa.
Yo también me levanto.
—Perdóname, por todo. Ojalá las cosas hubieran sido de otra manera.
—Ya. No sabes cuánto me habría gustado —dice, y se aleja de la silla.
Me duele en el alma verlo así. Siempre se ha portado bien conmigo, y lo
único que he hecho ha sido darle falsas esperanzas y rechazarlo.
—¿Ya has decidido si vas a presentar cargos?
Sé que no es el momento de preguntárselo, pero no creo que vuelva a verlo o
a saber de él.
—No voy a presentarlos. Es parte del pasado. No tiene sentido prolongarlo.
Además, te dije que si me decías que no querías volver a verme los retiraría,
¿no?
De repente siento que si Zed me mira de un modo concreto voy a echarme a
llorar.
—Sí —respondo en voz baja.
Me siento como Estella en Grandes esperanzas, jugando con los sentimientos
de Pip. Tengo a mi Pip aquí mismo, con sus ojos de color caramelo fijos en los
míos. Este papel no me gusta.
—De verdad que lo siento, por todo. Ojalá pudiéramos ser amigos —digo.
—Yo también, pero no te está permitido tener amigos.
Suspira, se pasa los dedos por el labio inferior y se pellizca en el centro.
Decido no hacer comentarios: no se trata de lo que me está permitido.
Aunque tomo nota mental de que tengo que hablar con Hardin de cómo nos ven
los demás y asegurarme de que entiende que me molesta mucho que su actitud
haga que piensen así de mí.
Como si estuviera escrito, suena el teléfono de mi despacho y pone fin al
silencio entre Zed y yo. Levanto un dedo en su dirección para indicarle que no se
marche y lo cojo.
—Tessa. —Es la voz de Hardin.
« Mierda.»
—¿Sí? —digo con voz temblorosa.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No lo parece —dice.
« ¿Cómo es que me conoce tan bien?»
—Estoy bien —le aseguro—. Sólo un tanto distraída.
—Ya. Oye, ¿qué quieres que haga con tu padre? He intentado escribirte, pero
no me respondías. Tengo cosas que hacer y no sé si dejarlo en el apartamento o
qué.
Miro a Zed. Está junto a la ventana, sin mirarme.
—No lo sé. ¿No puedes llevártelo contigo? —Tengo el corazón a mil.
—Ni de broma.
—Pues que se quede en casa —digo deseando poner fin a la conversación.
Voy a contarle a Hardin que Zed ha venido a verme, pero no puedo ni
imaginarme lo mucho que se cabrearía si supiera que lo tengo en mi despacho
ahora mismo, y tampoco me apetece que lo sepa.
—Bien. Ya te encargarás tú de él cuando vuelvas.
—Vale. Te veo en casa…
Suena música en mi oficina y tardo un minuto en darme cuenta de que
proviene del móvil de Zed. Se mete la mano en el bolsillo y lo silencia. Tarde.
Hardin y a lo ha oído.
—¿Qué es eso? ¿De quién es ese móvil? —exige saber.
La sangre se me hiela en las venas y me tomo un momento para pensar. No
debería asustarme tanto que Hardin sepa que Zed está aquí. No he hecho nada
malo: ha venido y ya se va. Le molesta hasta que Trevor se pase por mi
despacho, y eso que Trevor es un compañero de trabajo y tiene derecho a venir
siempre que quiera.
—¿Es el puto Trevor?
—No, no es Trevor. Es Zed —le digo, y contengo la respiración.
Silencio. Miro la pantalla para asegurarme de que no ha colgado.
—¿Hardin?
—Sí —dice, y suspira.
—¿Me has oído?
—Sí, Tessa. Te he oído.
« ¿Y? ¿Cómo es que no está dando berridos por teléfono o amenazando con
matarlo?»
—Lo hablamos luego. Dile que se vaya, por favor —me pide con calma.
—Vale…
—Gracias. Te veo en casa —anuncia, y cuelga.
Cuelgo el auricular perpleja. Zed se vuelve entonces y dice:
—Perdona. Sé que te va a caer una buena.
—Qué va. No dirá nada —contesto. Sé que no es verdad pero suena bien.
La reacción de Hardin a la visita de Zed me ha pillado por sorpresa. No me
esperaba que se lo tomara con tanta calma. Esperaba que me dijera que venía de
camino. Ojalá no se le ocurra venir.
Zed se dirige de nuevo hacia la puerta.
—En fin, me parece que debo irme.
—Gracias por venir, Zed. No creo que vuelva a verte antes de irme.
Se vuelve y la emoción brilla en sus ojos, pero desaparece antes de que
pueda pensar qué emoción era.
—No puedo decir que haberte conocido no me haya complicado la vida, pero
no me arrepiento. Volvería a pasar por toda esta mierda: las peleas con Hardin,
los amigos que he perdido, por todo. Volvería a pasar por todo por ti —dice—.
Aunque creo que es mi sino. Me es imposible conocer a una chica que ya no esté
enamorada de otro.
Sus palabras siempre me llegan al alma. Es siempre muy sincero, y eso es
algo que admiro mucho de él.
—Adiós, Tessa —añade.
Es mucho más que un simple adiós entre amigos, pero no puedo darle
importancia. Si me equivoco con mis palabras, o simplemente si le digo algo,
volveré a darle falsas esperanzas.
—Adiós, Zed. —Medio sonrío y él da un paso hacia mí.
Por un momento me entra el pánico, creo que va a besarme, pero no lo hace.
Me estrecha entre sus brazos y me da un fuerte pero breve abrazo antes de
besarme en la frente. Se aparta al instante y coge el pomo de la puerta, casi
como si fuera una muleta.
—Ten cuidado, ¿vale? —dice abriendo la puerta.
—Lo tendré. Seattle no está tan mal. —Sonrío. Estoy decidida, como si por fin
hubiera puesto el punto final que él necesitaba.
Frunce el ceño y se vuelve para salir. Cierra la puerta y lo oigo decir:
—No hablaba de Seattle
Tessa
La parte microscópica de mi cerebro que alberga el sentido común está
intentando enviar señales de alerta al resto de mi cerebro, que está ocupado por
Hardin y todo lo relacionado con él. La parte sensata, o lo que queda de ella, me
dice que necesito hacer preguntas, que no puedo pasar esto por alto. Ya hago la
vista gorda bastante a menudo.
Ésa es la parte microscópica. La parte más grande gana. Porque, ¿de verdad
quiero discutir con él por lo que seguro que no es más que un malentendido? A lo
mejor sólo estaba enfadado con Steph por haber invitado a Molly. No he podido
escuchar bien la conversación, es posible que me estuviera defendiendo. Ha sido
muy sincero acerca de haberme mentido sobre su expulsión, ¿por qué iba a
mentirme ahora?
Hardin se sienta en la cama, me coge ambas manos y tira de mí para que me
siente en su pierna.
—Bueno, y a no nos quedan temas serios de conversación y tu padre está
durmiendo. Tendremos que encontrar otra forma de pasar el rato… —Tiene una
sonrisa ridícula pero contagiosa.
—¿No estarás pensando en sexo? —contesto, y lo empujo con picardía.
Se tumba en la cama, con una mano en mi nuca y la otra en mi muslo, y tira
de mí hasta que me tiene encima. Lo monto a horcajadas, con sus piernas entre
mis muslos, y me acerca a él hasta que nuestras caras casi se rozan.
—No, tenía otras cosas en mente. Por ejemplo, piensa en esos labios
rodeándome la…
Me acaricia la boca con la suya. Su aliento sabe a menta. La presión es lo
bastante fuerte para enviar una oleada de electricidad por todo mi cuerpo pero lo
bastante delicada como para dejarme con ganas de más.
—Piensa en mi cara entre tus muslos mientras te… —empieza a decir, pero
le tapo la boca con la mano. El modo en que su lengua lame mi mano me obliga
a retirarla rápidamente.
—Puaj —digo arrugando la nariz y limpiándome la mano en su camiseta
negra.
—No haré ruido —asegura en voz baja mientras levanta las caderas del
colchón para que lo note de cerca—. Aunque no sé si puedo decir lo mismo de ti.
—Mi padre… —le recuerdo con mucha menos convicción que antes.
—Y ¿a quién le importa? Es nuestra casa y, si no le gusta, que se pire.
Lo miro medio en serio.
—No seas maleducado.
—No lo soy, pero te deseo y debería poder tenerte siempre que quiera —
dice, y pongo los ojos en blanco.
—Yo también tengo voz y voto, estás hablando de mi cuerpo. —Finjo que no
tengo el corazón desbocado y que no le tengo ganas.
—Evidentemente. Pero sé que si hago esto… —Mete la mano entre nuestros
cuerpos y baja la cinturilla de mis pantalones y de mis bragas—. ¿Lo ves? Sabía
que estarías lista en cuanto he mencionado que te iba a comer…
Le tapo esa boca tan sucia que tiene con los labios. Traga saliva, gime y sus
dedos rozan mi clítoris. Apenas me está tocando porque lo que quiere es
torturarme.
—Por favor —siseo, y aplica un poco más de presión. Me mete un dedo
húmedo.
—Ya lo sabía yo.
Me castiga y mete y saca el dedo muy despacio.
Deja de moverlo demasiado pronto y me tumba a su lado. Antes de que
pueda protestar, se incorpora y coge la cinturilla de mis pantalones, esa parte que
parece fascinarlo tanto, y me los baja por los muslos. Levanto las caderas para
ayudarlo y aprovecha para bajarme también las bragas.
Sin decir nada, me indica que me coloque en lo alto de la cama. Me deslizo
sobre los codos hasta que tengo la espalda apoyada en la cabecera. Se tumba
boca abajo, delante de mí, y sus manos se aferran a mis caderas. Me abre de
piernas.
Sonríe burlón.
—Al menos intenta no hacer ruido.
Me dispongo a poner los ojos en blanco pero entonces siento su aliento cálido.
Suave primero y más fuerte poco a poco, a medida que se va acercando más y
más. Sin avisar, su lengua me recorre de abajo arriba y agarro un cojín, uno
amarillo al que Hardin le tiene especial manía. Me tapo la cara con él para
amortiguar los gemidos involuntarios que manan de mi boca mientras su lengua
se mueve cada vez más rápido.
De repente me quita el cojín de la cara.
—No, nena. Quiero que me veas —me ordena, y asiento muy despacio.
Se lleva el pulgar a la boca y su lengua se desliza sobre mí. Mueve la mano
entre mis muslos y acaricia mi punto más sensible. Se me tensan las piernas, las
caricias sobre mi clítoris son divinas. Con la punta de un dedo traza círculos lentos
sin apenas aplicar presión. Es una tortura.
Lo obedezco y miro entre mis muslos. Tiene el pelo alborotado y hacia atrás,
formando una onda sobre su frente, con un mechón rebelde que vuelve atrás
cada vez que hunde la cabeza. Medio veo, medio imagino su boca contra mi piel
y la sensación aumenta de manera exponencial y sé, sé, que no voy a poder
estarme callada mientras la presión se acumula en mi vientre esperando poder
estallar. Me tapo la boca con una mano y hundo la otra en sus rizos. Empiezo a
mover las caderas para buscar su lengua. Esto es demasiado bueno.
Le tiro del pelo y lo oigo gemir contra mí. Estoy cada vez más cerca…
—¿Más fuerte? —jadea.
« ¿Qué?»
Coge la mano que tengo enredada en su pelo y coloca la suy a encima para…
¿Quiere que le tire del pelo?
—Hazlo —me dice con mirada de deseo, y empieza a mover los dedos en
círculos rápidos mientras baja la cabeza para que la lengua contribuya a la
sensación.
Le tiro del pelo con fuerza, y me mira con los ojos entornados. Cuando
vuelve a abrirlos los tiene brillantes, como jade ardiente. Me sostiene la mirada
mientras se me nubla la vista y durante unos instantes no veo nada.
—Vamos, nena —susurra.
Se lleva la mano a su entrepierna y no puedo aguantarlo más. Lo veo
acariciándose la polla dura para correrse conmigo. Nunca me acostumbraré al
efecto que sus actos tienen en mí. El hecho de verlo tocándose, sentir las
bocanadas de su aliento en mi piel mientras su respiración se torna más y más
entrecortada…
—Sabes a gloria, nena —gime contra mí, moviendo rápidamente la mano
que tiene en su entrepierna. Ni siquiera noto que me estoy mordiendo la mano
mientras disfruto de mi subidón y le tiro del pelo.
Parpadeo. Y luego parpadeo un poco más, con pereza.
Recobro la conciencia y noto que se recoloca y que apoy a la cabeza en mi
vientre. Abro los ojos y veo que él los tiene cerrados, su pecho sube y baja, su
respiración sigue entrecortada.
Le tiro del hombro para que se levante y poder moverme entre sus piernas.
Para y me mira.
—Yo… ya he terminado —dice.
Me quedo mirándolo.
—Ya me he corrido… —Tiene la voz ronca de agotamiento.
—Ah.
Sonríe con pereza, una sonrisa medio borracha, y se levanta de la cama. Se
acerca a la cómoda, abre un cajón y saca unos pantalones cortos blancos de
deporte.
—Tengo que ducharme y cambiarme, como puedes ver. —Señala la
bragueta de sus pantalones, donde, a pesar de que son oscuros, se ve claramente
una mancha.
—¿Como en los viejos tiempos? —Le sonrío, me mira y me devuelve la
sonrisa.
Se acerca y me besa en la frente, luego en los labios.
—Es bueno saber que no has perdido tu toque —dice yendo hacia la puerta.
—No ha sido mi toque —le recuerdo.
Menea la cabeza y sale de la habitación.
Busco mi ropa a los pies de la cama y rezo para que mi padre siga durmiendo
en el sofá y para que si, por casualidad se ha despertado, no pare a Hardin de
camino al baño. A los pocos segundos, oigo que la puerta del cuarto de baño se
cierra y me levanto para vestirme.
Cuando termino, reviso mi móvil para ver si tengo algún mensaje de Sandra,
pero nada. Lo que sí hay es un pequeño sobre en la esquina de mi pantalla que
me indica que tengo un nuevo mensaje de texto. A lo mejor está liada y ha
preferido escribirme.
Abro el mensaje y leo:
Te ng o q u e h a bla r c on tigo.
Suspiro al leer el nombre del remitente: Zed.
Borro el mensaje y dejo el teléfono sobre la mesilla.
Irónicamente, la curiosidad se apodera de mí y busco el móvil de Hardin. El
corazón amenaza con salirse de mi pecho cuando recuerdo la última vez que le
registré el móvil. No acabó nada bien.
Pero esta vez sé que no me está ocultando nada. No es capaz. Estamos en un
punto muy distinto de nuestra relación. Se ha hecho un tatuaje por mí… Aunque
no está dispuesto a mudarse por mí. No tengo nada de que preocuparme, o eso
creo…
Como no lo veo en el escritorio, lo busco en la cómoda. Deduzco que se lo ha
llevado al baño. Es lo normal, ¿no?
« No tengo de qué preocuparme. Sólo estoy estresada y paranoica» , me
digo.
Antes de meterme en un agujero negro de preocupación, me recuerdo que
no debo registrarle el móvil porque, si él me lo hiciera a mí, me cabrearía
muchísimo.
Es probable que me lo registre, sólo que nunca lo he pillado in fraganti.
Se abre la puerta de la habitación y salto como si me hubieran pillado
haciendo algo que no debía. Hardin entra dando zancadas, sin camiseta, descalzo,
con los pantalones cortos y el bóxer negro asomando por la cintura.
—¿Estás bien? —pregunta secándose el pelo con una toalla blanca. Me
encanta que su pelo parezca negro cuando está mojado. El contraste con sus ojos
verdes es de ensueño.
—Sí. Te has dado una ducha muy corta. —Me siento en la silla—. Debería
haberte ensuciado más —digo intentando distraerlo para que no note que me
tiembla un poco la voz.
—Tenía prisa por verte —dice, pero no me convence.
Sonrío.
—Tienes hambre, ¿verdad?
—Sí —confiesa con una sonrisa divertida—. Me ha entrado hambre.
—Eso me parecía.
—Tu padre sigue dormido; ¿va a quedarse cuando nos vayamos de viaje?
La emoción hace desaparecer todas mis preocupaciones.
—¿Vas a venir?
—Sí, eso creo. Si es tan aburrido como me parece que va a ser, sólo me
quedaré una noche.
—Vale —digo comprensiva. Pero por dentro estoy radiante y sé que se
quedará hasta el final. Sólo es que tiene que guardar las apariencias y quejarse
de ese tipo de cosas.
Se pasa la lengua por los labios y me acuerdo de cuando lo tenía entre las
piernas.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
Sus ojos encuentran los míos y asiente.
—¿Sí?
Se sienta en la cama.
—Cuando… cuando…, ya sabes, ¿ha sido porque te he tirado del pelo?
—¿Qué? —Se ríe un poco.
—Cuando te he tirado del pelo, ¿te ha gustado? —me ruborizo.
—Ah. —No me puedo ni imaginar el rojo que cubre mis mejillas.
» ¿Te resulta raro que me guste?
—No, sólo es curiosidad. —Es la verdad.
—Todo el mundo tiene ciertas cosas que le gustan en la cama, ésa es una de
las que me gustan a mí. Aunque hasta ahora no lo sabía. —Sonríe sin inmutarse
porque estemos hablando de sexo.
—¿Ah, sí? —Me emociono al pensar que ha descubierto algo nuevo estando
conmigo.
—Sí —dice—. Quiero decir que me han tirado del pelo otras chicas, pero
contigo es diferente.
—Ah —digo por enésima vez, pero esta vez no siento ni frío ni calor.
Sin percatarse de mi reacción, Hardin me mira con los ojos brillantes de
curiosidad.
—¿Hay algo que no te haya hecho y que te guste?
—No. Me gusta todo lo que me haces —digo en voz baja.
—Sí, eso y a lo sé. Pero ¿hay algo que hay as pensado en hacer alguna vez y
que no hayamos hecho?
Niego con la cabeza.
—Que no te dé vergüenza, nena, todo el mundo tiene fantasías.
—Yo, no.
Al menos, creo que no. No tengo experiencia salvo con Hardin, y no sé gran
cosa aparte de lo que hemos hecho.
—Seguro que sí —dice sonriente—. Sólo tenemos que descubrirlas.
Tengo mariposas en el estómago y no sé qué decir.
Pero entonces la voz de mi padre interrumpe nuestra conversación:
—¿Tessie?
Lo primero que pienso es que es un alivio que su voz provenga de la sala de
estar y no del pasillo.
Hardin y y o nos ponemos de pie.
—Voy al baño —digo.
Asiente con una sonrisa pícara y se dirige a la sala de estar con mi padre.
Cuando entro en el baño, veo que el móvil de Hardin está en el borde del
lavabo.
Sé que no debería hacerlo, pero no puedo contenerme. De inmediato, miro la
lista de llamadas. Está vacía. Las ha borrado todas. No ha dejado ni una en la
memoria. Lo intento de nuevo y paso a los mensajes de texto.
Nada. Lo ha borrado todo.
CAPÍTULO 17
Tessa
Hardin y mi padre están sentados junto a la mesa de la cocina cuando salgo del
baño con el móvil en la mano.
—Me están saliendo canas, nena —dice Hardin al verme.
Mi padre me mira con ojos de cordero.
—Yo también tengo hambre… —empieza a decir, no muy seguro.
Pongo las manos en el respaldo de la silla de Hardin y echa la cabeza hacia
atrás. Su pelo húmedo me roza los dedos.
—Pues te sugiero que te prepares algo de comer —digo, y dejo su móvil
sobre la mesa.
Me mira con una expresión completamente neutra.
—Vale… —dice, se levanta y va a la nevera—. ¿Tienes hambre? —pregunta.
—Tengo las sobras de Applebee’s.
—¿Estás enfadada porque me lo he llevado a beber conmigo? —me pregunta
mi padre.
Lo miro y suavizo mi tono de voz. Ya sabía cómo era mi padre cuando lo
invité a venir.
—No estoy enfadada, pero no quiero que se convierta en una costumbre.
—Te prometo que no. Además, tú te vas a mudar —me recuerda, y miro al
hombre al que sólo conozco de hace dos días.
No contesto, sino que me acerco a Hardin y a la nevera y abro el congelador.
—¿Qué te apetece comer? —le pregunto.
Me mira receloso, intentando descifrar mi estado de ánimo.
—Cualquier cosa… ¿Y si pedimos comida?
Suspiro.
—Pidamos comida.
No quiero ser borde, pero mi mente es un torbellino de posibilidades, venga a
darle vueltas a qué era lo que había en ese teléfono que ha tenido que borrar con
tanta urgencia.
Hardin y mi padre empiezan a discutir sobre si pedimos pizza o comida china.
Hardin quiere pizza, y gana la discusión al recordarle a mi padre quién va a
pagar la comida. Por su parte, a mi padre no parecen ofenderle las chorradas de
Hardin. Se ríe o les da la vuelta.
Es extraño, de verdad, verlos a los dos juntos. Después de que mi padre se
marchara, a menudo soñaba despierta con él al ver a los padres de mis amigos.
Me había creado una imagen de alguien que se parecía al hombre con el que me
crié, sólo que más mayor y, desde luego, no era un borracho sin techo. Siempre
me lo imaginaba con un maletín lleno de documentos importantes, caminando
hacia su coche por la mañana con un café en la mano. No me imaginaba que
seguiría bebiendo, que la bebida lo desfiguraría y que no tendría dónde vivir. No
me imagino a mi madre capaz de mantener una conversación con este hombre,
y mucho menos pasar años casada con él.
—¿Cómo conociste a mi madre? —digo pensando en voz alta.
—En el instituto —contesta.
Hardin coge el móvil y sale de la cocina para llamar y pedir la pizza. O eso, o
va a llamar a alguien para poder borrar después el número del registro de
llamadas.
Me siento frente a mi padre.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis saliendo juntos antes de casaros?
—Sólo unos dos años. Nos casamos muy jóvenes.
Me resulta incómodo preguntarle estas cosas, pero sé que de mi madre no
obtendría respuestas.
—¿Por qué?
—¿Tu madre y tú nunca habéis hablado de esto? —inquiere.
—No, nunca. Se lo he preguntado alguna vez, pero se limita a no contestarme
—le digo, y su expresión pasa del interés a la vergüenza.
—Ah.
—Perdona —añado, aunque no sé por qué me estoy disculpando.
—No, si lo entiendo, y no la culpo. —Cierra los ojos un momento y los abre
justo cuando Hardin entra en la cocina y se sienta a mi lado—. En respuesta a tu
pregunta, nos casamos jóvenes porque se quedó embarazada de ti. Tus abuelos
me odiaban e intentaron separarla de mí, así que nos casamos. —Sonríe
disfrutando del recuerdo.
—¿Os casasteis para fastidiar a mis abuelos? —pregunto sonriendo a mi vez.
Mis abuelos, que en paz descansen, eran un poco… pesados. Muy pesados, de
hecho. Mis recuerdos de la infancia incluy en que me hicieran callar en la mesa
por reírme, que me hicieran quitarme los zapatos al entrar en casa para no
estropearles la moqueta. Por mi cumpleaños, me enviaban una tarjeta de
felicitación de lo más impersonal y un bono de ahorro a diez años, lo que no es el
regalo ideal para una niña de ocho.
Mi madre era básicamente un clon de mi abuela, sólo que menos serena. Se
pasaba los días y las noches tratando de ser tan perfecta como lo era su madre.
O —y tiemblo sólo de pensarlo— tan perfecta como la imaginaba.
Mi padre se ríe.
—Sí, en cierto sentido fue para cabrearlos. Pero tu madre siempre quiso
casarse, prácticamente me arrastró al altar. —Se echa a reír de nuevo y Hardin
me mira antes de reírse él también.
Le dirijo una mirada de reproche. Sé que está preparando algún comentario
sarcástico relacionado con el hecho de que y o lo obligue a casarse.
Me vuelvo hacia mi padre.
—¿Qué tenías en contra del matrimonio? —le pregunto.
—Nada. La verdad es que ni me acuerdo. Lo único que sé es que me daba un
miedo atroz tener un bebé a los diecinueve años.
—Y con razón. Mira cómo te ha ido —comenta Hardin.
Le lanzo una mirada asesina pero mi padre sólo pone los ojos en blanco.
—No se lo recomiendo a nadie, la verdad, aunque hay muchos padres que lo
llevan muy bien. —Levanta las manos con resignación—. Sólo que yo no fui uno
de ellos.
—Ah —digo.
No puedo imaginarme ser madre a mi edad.
Sonríe, dispuesto a darme todas las respuestas que pueda.
—¿Más preguntas, Tessie?
—No… Creo que eso es todo —digo.
No estoy cómoda con él, aunque, en cierto sentido, me encuentro más
relajada con él que con mi madre, si fuera ella la que estuviera conmigo aquí
sentada.
—Si se te ocurre alguna más, pregunta. Hasta entonces, ¿te importa si me
ducho antes de que llegue la cena?
—Por supuesto que no, adelante.
No parece que haga sólo dos días. Han pasado tantas cosas desde que
reapareció… el tatuaje de Hardin, su expulsión/no expulsión de la facultad, la
visita de Zed en el aparcamiento, mi comida con Steph y con Molly, el registro
de llamadas desaparecido. Es demasiado. Es muy estresante esto de tener una
lista de problemas en mi vida que no hace más que crecer, sin perspectiva de que
ninguno vay a a arreglarse por el momento.
—¿Qué pasa? —me pregunta Hardin cuando mi padre desaparece por el
pasillo.
—Nada.
Me levanto y doy unos pasos antes de que me acaricie la cintura y me dé la
vuelta para mirarme a la cara.
—Te conozco bien. Dime qué te pasa —ordena con ternura mientras me
sujeta por las caderas.
Lo miro a los ojos.
—Tú.
—¿Yo… qué? Habla —me exige.
—Estás muy raro y has borrado todos tus mensajes y tus llamadas.
Tuerce el gesto molesto y se pellizca la nariz.
—Y ¿qué haces tú fisgando en mi móvil?
—Lo he hecho porque has estado actuando de un modo muy sospechoso y…
—¿Y has registrado mis cosas? ¿No te he dicho que no lo hagas?
Su mirada de indignación es tan descarada, tan falsa, que me hierve la
sangre.
—Sé que no debería registrar tus cosas, pero no tendrías que darme motivos
para hacerlo. Y ¿qué más te da si no tienes nada que esconder? A mí no me
importaría que miraras mi móvil porque yo no tengo nada que ocultar.
Saco mi teléfono y se lo ofrezco. Entonces recuerdo el mensaje de Zed y me
entra el pánico, pero Hardin lo rechaza, como si mi confianza no importara nada.
—Excusas y más excusas para ocultar que estás psicótica —dice, y sus
palabras me hieren.
No tengo nada que decir. En realidad, tengo mucho que decirle, pero no me
salen las palabras. Lo obligo a que me suelte y me marcho. Dice que me conoce
lo suficientemente bien para saber cuándo algo anda mal. Vale, yo lo conozco lo
suficientemente bien para saber que estoy a punto de pillarlo con las manos en la
masa. No sé si será una mentirijilla o una apuesta para robarme la virginidad,
pero siempre pasa lo mismo: primero empieza a comportarse de un modo
sospechoso, y luego, cuando saco a relucir el tema, se enfada y se pone a la
defensiva, y al final me insulta o me echa la bronca.
—No te vay as —aúlla a mis espaldas.
—No me sigas —le digo, y desaparezco en el dormitorio.
Pero lo tengo en la puerta al segundo.
—No me gusta que registres mis cosas.
—No me gusta sentir que no tengo más remedio que hacerlo.
Cierra la puerta y se apoya en ella.
—No tienes que hacerlo. He borrado los registros de mensajes y de llamadas
porque… fue un accidente. No tienes por qué ponerte así.
—¿Así? ¿Quieres decir « psicótica» ?
Suspira.
—No lo he dicho en serio.
—Pues deja de decir cosas que no van en serio porque al final no sé qué es lo
que dices de corazón y qué no.
—Entonces deja de registrar mis cosas, porque ya no sé si puedo confiar en ti
o no.
—Bien. —Me siento al escritorio.
—Bien —repite, y se sienta en la cama.
No sé si creerlo o no. No me cuadra nada pero, en cierto modo, cuadra.
Puede que lo borrara todo por accidente, y puede que estuviera hablando con
Steph por teléfono. Los retazos de la conversación que oí han alimentado mi
imaginación, pero no quiero preguntarle a Hardin por ella porque no sé si quiero
que sepa que lo estaba escuchando. Tampoco va a contarme de qué estaban
hablando.
—No quiero que haya secretos entre nosotros, eso ya deberíamos tenerlo
superado —le recuerdo.
—Ya lo sé, joder. No hay ningún secreto, estás comportándote como una
loca.
—Deja de llamarme loca. Eres el menos adecuado para llamarme así. —Me
arrepiento de lo que he dicho en cuanto las palabras salen de mi boca, pero no
parece que le afecte.
—Perdona, ¿vale? No estás loca —repone, y luego me sonríe—. Sólo me
registras el móvil.
Me obligo a devolverle la sonrisa e intento convencerme de que tiene razón,
de que estoy paranoica. En el peor de los casos, me está ocultando algo y lo
descubriré tarde o temprano. No tiene sentido que me obsesione: siempre acabo
pillándolo.
Me lo repito mentalmente una y otra vez hasta que termino de convencerme.
Mi padre grita algo desde la otra habitación y Hardin dice:
—Ya está aquí la pizza. No estás enfadada conmigo, ¿verdad?
Pero sale de la habitación sin darme tiempo a responder.
Me revuelvo en mi sitio y miro el móvil, que he dejado encima del escritorio.
Por curiosidad, lo cojo y, cómo no, tengo otro mensaje de Zed. Esta vez ni
siquiera me molesto en leerlo.
El día siguiente es nuestro último día en las antiguas oficinas de Vance, y
conduzco al trabajo más despacio que de costumbre. Quiero memorizar cada
calle, cada edificio del camino. Estas prácticas remuneradas han sido un sueño
hecho realidad. Soy consciente de que trabajaré para Vance en Seattle, pero aquí
es donde empecé, donde empezó mi carrera.
Kimberly está sentada en su sitio cuando salgo del ascensor. Hay un montón
de cajas marrones apiladas con pulcritud junto al mostrador.
—¡Buenos días! —me saluda alegremente.
—Buenos días. —No soy capaz de sonar tan alegre como ella. Más bien,
nerviosa e incómoda.
—¿Lista para tu última semana aquí? —me pregunta mientras me lleno un
pequeño vaso de poliestireno con café.
—Sí, en realidad, hoy es mi último día. Me voy de viaje lo que queda de
semana —le recuerdo.
—Ah, sí. Se me había olvidado. ¡Vaya! ¡Es tu último día! Tendría que haberte
comprado una tarjeta o algo así. —Sonríe—. Aunque también puedo dártela la
semana que viene en nuestras nuevas oficinas.
Me echo a reír.
—¿Ya estás lista para marcharte? ¿Cuándo os vais?
—¡El viernes! Ya tenemos todas nuestras cosas en la casa nueva, esperando
nuestra llegada.
Estoy segura de que la casa nueva de Christian y de Kimberly es
encantadora, muy grande y muy moderna, más o menos como la casa que
dejan aquí. El anillo de compromiso de Kimberly resplandece, y no puedo evitar
quedarme embobada mirándolo cada vez que lo veo.
—Todavía estoy esperando a que me llame la mujer del apartamento —le
digo, y se vuelve a mirarme.
—¿Qué? ¿Aún no tienes apartamento?
—Lo tengo, le he enviado ya todos los papeles. Sólo nos falta cerrar los
detalles del alquiler.
—Sólo te quedan seis días —dice Kimberly, preocupada por mí.
—Lo sé, pero está todo controlado —le aseguro. Espero que sea verdad.
Si esto hubiera pasado hace unos meses, tendría planificado hasta el último
detalle del traslado, pero últimamente he estado tan estresada que no he sido
capaz de concentrarme en nada, ni siquiera en el traslado a Seattle.
—Vale, si necesitas ayuda, avisa —se ofrece, y coge el teléfono que está
sonando en el mostrador.
Cuando voy a mi despacho veo que hay un par de cajas vacías en el suelo.
No tengo muchos objetos personales, así que no tardaré en empaquetar mis
cosas.
Veinte minutos más tarde estoy cerrando las cajas con cinta americana.
Llaman a la puerta.
—Adelante —digo.
Por un momento me pregunto si será Hardin, pero cuando me vuelvo, Trevor
está en el umbral, vestido con vaqueros claros y una camiseta blanca. No me
acostumbro a verlo sin traje.
—¿Lista para el gran traslado? —me pregunta mientras intento levantar una
caja que he llenado demasiado.
—Sí, casi. ¿Y tú?
Se acerca, levanta la caja por mí y la deja en mi mesa.
—Gracias. —Sonrío y me limpio las manos en los laterales de mi vestido
verde.
—Todo preparado. En cuanto termine hoy aquí, me iré para allá.
—Es increíble. Sé que llevas listo para mudarte a Seattle desde que estuvimos
allí.
Noto que la vergüenza se expande por mis mejillas porque él también se
ruboriza.
—Cuando estuvimos allí…
Trevor me invitó a cenar y fue genial, pero a continuación no dejé que me
besara y Hardin le dio un buen meneo y lo amenazó. No sé por qué lo he
mencionado. Ni idea, la verdad.
Me mira inexpresivo.
—Fue un fin de semana muy interesante. Tú también debes de estar muy
contenta. Siempre has querido vivir en Seattle.
—Sí, me muero de ganas.
Trevor examina mi oficina.
—Sé que no es asunto mío, pero ¿Hardin se traslada a Seattle contigo?
—No —responde mi boca antes de que mi mente pueda ponerse al día—.
Bueno, aún no estoy muy segura. Dice que no quiere, pero espero que cambie de
opinión… —Sigo hablando a borbotones, las palabras salen de mi boca a toda
velocidad, demasiado rápido.
Trevor parece estar un tanto incómodo. Se mete las manos en los bolsillos y
al final me interrumpe:
—¿Por qué no quiere irse contigo?
—La verdad es que no lo sé, pero espero que venga. —Suspiro y me siento en
mi sillón de cuero.
La mirada de Trevor se encuentra con la mía.
—Si no va, es que está loco.
—Está loco y punto. —Me echo a reír, intentando aliviar la tensión que se
acumula en el despacho.
Él también se echa a reír y menea la cabeza.
—Bueno, será mejor que termine y me marche cuanto antes. Nos vemos en
Seattle.
Me deja con una sonrisa y por alguna razón me siento un poco culpable.
Busco mi móvil y le envío un mensaje de texto a Hardin para decirle que Trevor
se ha pasado por mi despacho. Por una vez, sus celos me van a ser de utilidad. A
lo mejor se pone tan celoso de Trevor que decide venirse a vivir a Seattle. No
parece probable, pero no puedo evitar aferrarme a un clavo ardiendo con la
esperanza de que cambie de parecer. El tiempo se acaba, en seis días no podrá
organizar gran cosa. Tendrá que solicitar el traslado, aunque con el cargo de Ken,
no creo que suponga ningún problema.
A mí seis días también se me quedan cortos, pero estoy preparada para
Seattle. No me queda otra. Es mi futuro y no puede girar en torno a Hardin, y
más si él pasa de compromisos. Le ofrecí un plan justo: nos vamos a Seattle y, si
no nos gusta, siempre podemos irnos a Inglaterra. Pero no quiso ni pensarlo, lo
rechazó sin más. Espero que el viaje que hemos planeado con su familia, para
ver ballenas, le haga comprender que igual que Landon, Ken, Karen y y o, está
listo para probar cosas nuevas, divertidas y positivas. Tampoco es tan difícil.
Pero es Hardin, y con él nada es fácil.
Suena el teléfono y me distrae de todo el estrés de Seattle.
—Tienes visita —anuncia Kimberly, y el corazón me da un vuelco sólo de
pensar en ver a Hardin.
Únicamente han pasado unas pocas horas, pero cuando no estamos juntos lo
echo mucho de menos.
—Dile a Hardin que pase. Me sorprende que hay a esperado a que me
llamaras —digo.
Kimberly chasquea la lengua.
—No es Hardin.
¿Hardin ha traído a mi padre?
—¿Es un hombre mayor con barba?
—No… Un chico joven… Como Hardin —susurra.
—¿Tiene la cara amoratada? —pregunto a pesar de que ya sé la respuesta.
—Sí, ¿le pido que se vay a?
No quiero hacerle eso a Zed y tampoco ha hecho nada malo, excepto no
obedecer a Hardin cuando le dijo que se alejara de mí.
—No, que pase. Es amigo mío.
¿A qué habrá venido? Estoy segura de que está relacionado con que hay a
pasado de sus mensajes, pero no entiendo qué es tan urgente como para que
hay a hecho un viaje de cuarenta minutos para venir a contármelo.
Cuelgo y me pregunto si debo escribirle a Hardin para explicarle que Zed se
ha presentado en mi despacho. Meto el móvil en un cajón del escritorio y lo
cierro. Lo último que necesito es que él se plante aquí también, porque no podrá
controlar su ira y montará una escena en mi último día en la oficina.
Y lo último que quiero es que lo arresten otra vez.
CAPÍTULO 18
Tessa
Cuando abro la puerta de mi despacho, Zed está de pie en el pasillo como el
ángel de la muerte. Lleva puesta una sudadera de cuadros rojos y negros,
vaqueros oscuros y zapatillas. Los moratones de la cara no han mejorado mucho,
pero los que enmarcan sus ojos y su nariz se han aclarado, de morado intenso a
azul verdoso.
—Hola, perdona que me presente así —dice.
—¿Ha ocurrido algo? —pregunto volviendo a mi mesa.
Se queda en el umbral un instante, incómodo, antes de entrar en el despacho.
—No. Bueno, he estado intentando hablar contigo desde ayer, pero no
contestas a mis mensajes.
—Lo sé. Es que Hardin y yo ya tenemos bastantes problemas, no necesito
añadir otro, y no quiere que vuelva a hablar contigo.
—¿Ahora lo dejas decidir con quién puedes y no puedes hablar?
Zed se sienta en la silla que hay al otro lado de mi mesa y yo me siento en mi
sillón. Le da un aire más serio y oficial a nuestra conversación. No es incómodo,
sólo demasiado formal.
Miro por la ventana antes de contestar:
—No, no es eso. Sé que es un poco insoportable y que no hace las cosas como
debe, pero entiendo que no quiera que tú y yo seamos amigos. Yo tampoco
querría que tuviera amigas por las que sintiera algo.
—¿Qué has dicho? —exclama Zed abriendo mucho los ojos.
« Mierda.»
—Nada, sólo quería decir…
La tensión puede cortarse con un cuchillo, y juraría que las paredes se me
están cayendo encima. ¿Por qué habré dicho eso? No es que no sea verdad, pero
no va a ayudarme en nada.
—¿Sientes algo por mí? —pregunta, al tiempo que sus ojos se iluminan con
cada sílaba.
—No… Bueno, lo sentía. No lo sé —balbuceo, deseando poder darme de
bofetadas por hablar sin pensar.
—Lo entenderé si no sientes nada por mí, pero no deberías tener que mentir.
—No miento. Sentía algo por ti. Puede que aún lo sienta, la verdad, pero no lo
sé. Es todo muy confuso. Tú siempre dices lo correcto y siempre estás ahí para
mí. Es lógico que sienta algo por ti, ya te he dicho que me importas, pero ambos
sabemos que es una causa perdida.
—Y ¿eso por qué? —pregunta, y no sé cuántas veces más voy a poder
rechazarlo antes de que entienda lo que intento decirle.
—Porque no tiene sentido. Nunca podré estar contigo. O con nadie. Sólo con
él.
—Eso lo dices porque te tiene atrapada.
Intento olvidar lo mucho que me cabrea que Zed hable así de Hardin. Tiene
derecho a guardarle rencor, pero no me gusta que insinúe que ni pincho ni corto
en lo que respecta a mi relación con él.
—No, lo que digo es que lo quiero y, por mucho que no desee proclamar mi
amor por él a los cuatro vientos delante de ti, sé que no me queda otra. No es mi
intención confundirte más de lo que ya lo he hecho. Sé que no entiendes cómo
sigo con él después de todo lo que ha pasado, pero lo quiero muchísimo, más que
nada, y no me tiene atrapada. Soy yo a la que le apetece estar con él.
Es la verdad. Todo lo que le he dicho a Zed es la pura verdad. Tanto si Hardin
se viene a Seattle como si no, podemos intentar que lo nuestro funcione. Siempre
nos quedará Skype, y podemos vernos los fines de semana hasta que se vaya a
Inglaterra. Con suerte, para entonces ya no querrá estar nunca lejos de mí.
Tal vez la distancia hará que me quiera aún más. Es posible que sea la clave
para que acceda a acompañarme. Nuestra historia demuestra que no se nos da
bien estar separados, a propósito o por accidente, y siempre acabamos juntos. Es
difícil recordar un tiempo en el que mis días y mis noches no girasen a su
alrededor. He intentado imaginarme la vida sin él, pero me resulta casi imposible.
—No creo que te dé la oportunidad de pensar en lo que quieres o en lo que de
verdad te conviene —dice Zed con convicción, aunque le tiembla la voz—. Sólo
se preocupa de sí mismo.
—En eso te equivocas. Sé que tenéis vuestras diferencias…
—No, no sabes de lo que hablas —se apresura a decir—. Si lo supieras…
—Me quiere y y o lo quiero —lo interrumpo—. Siento haberte metido en esto.
Lo siento muchísimo, nunca quise hacerte daño.
Frunce el ceño.
—Siempre dices lo mismo y siempre salgo perdiendo.
Odio la confrontación más que nada en el mundo, sobre todo cuando implica
hacerle daño a alguien que me importa, pero Zed tiene que escuchar estas cosas
para que podamos… Ni siquiera sé cómo llamarlo. ¿Poner fin a la situación? ¿Al
malentendido? ¿No era nuestro momento?
Lo miro con la esperanza de que comprenda que estoy siendo sincera.
—No era mi intención y te pido perdón.
—No tienes que pedirme perdón. Lo sabía antes de decidir venir aquí. Me
dejaste muy claro lo que sentías en el edificio de administración.
—Entonces ¿por qué has venido? —pregunto con ternura.
—Para hablar contigo. —Mira a un lado y a otro y luego a mí—. Olvídalo, la
verdad es que no sé por qué he venido. —Suspira.
—¿Seguro? Hace unos minutos parecías muy decidido.
—No, como tú dices, no tiene sentido. Perdona que haya venido.
—No pasa nada, no hace falta que te disculpes —le aseguro.
« No paramos de decir eso» , pienso.
Señala las cajas del suelo.
—Entonces ¿te vas?
—Sí, estaba a punto de irme.
De verdad que la tensión se puede cortar con un cuchillo y parece que
ninguno de los dos sabe qué decir. Zed mira por la ventana al cielo gris y yo miro
la moqueta.
Al final, se levanta y habla, aunque con tanta tristeza que apenas entiendo lo
que dice.
—Será mejor que me marche. Perdóname por haber venido. Buena suerte
en Seattle, Tessa.
Yo también me levanto.
—Perdóname, por todo. Ojalá las cosas hubieran sido de otra manera.
—Ya. No sabes cuánto me habría gustado —dice, y se aleja de la silla.
Me duele en el alma verlo así. Siempre se ha portado bien conmigo, y lo
único que he hecho ha sido darle falsas esperanzas y rechazarlo.
—¿Ya has decidido si vas a presentar cargos?
Sé que no es el momento de preguntárselo, pero no creo que vuelva a verlo o
a saber de él.
—No voy a presentarlos. Es parte del pasado. No tiene sentido prolongarlo.
Además, te dije que si me decías que no querías volver a verme los retiraría,
¿no?
De repente siento que si Zed me mira de un modo concreto voy a echarme a
llorar.
—Sí —respondo en voz baja.
Me siento como Estella en Grandes esperanzas, jugando con los sentimientos
de Pip. Tengo a mi Pip aquí mismo, con sus ojos de color caramelo fijos en los
míos. Este papel no me gusta.
—De verdad que lo siento, por todo. Ojalá pudiéramos ser amigos —digo.
—Yo también, pero no te está permitido tener amigos.
Suspira, se pasa los dedos por el labio inferior y se pellizca en el centro.
Decido no hacer comentarios: no se trata de lo que me está permitido.
Aunque tomo nota mental de que tengo que hablar con Hardin de cómo nos ven
los demás y asegurarme de que entiende que me molesta mucho que su actitud
haga que piensen así de mí.
Como si estuviera escrito, suena el teléfono de mi despacho y pone fin al
silencio entre Zed y yo. Levanto un dedo en su dirección para indicarle que no se
marche y lo cojo.
—Tessa. —Es la voz de Hardin.
« Mierda.»
—¿Sí? —digo con voz temblorosa.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No lo parece —dice.
« ¿Cómo es que me conoce tan bien?»
—Estoy bien —le aseguro—. Sólo un tanto distraída.
—Ya. Oye, ¿qué quieres que haga con tu padre? He intentado escribirte, pero
no me respondías. Tengo cosas que hacer y no sé si dejarlo en el apartamento o
qué.
Miro a Zed. Está junto a la ventana, sin mirarme.
—No lo sé. ¿No puedes llevártelo contigo? —Tengo el corazón a mil.
—Ni de broma.
—Pues que se quede en casa —digo deseando poner fin a la conversación.
Voy a contarle a Hardin que Zed ha venido a verme, pero no puedo ni
imaginarme lo mucho que se cabrearía si supiera que lo tengo en mi despacho
ahora mismo, y tampoco me apetece que lo sepa.
—Bien. Ya te encargarás tú de él cuando vuelvas.
—Vale. Te veo en casa…
Suena música en mi oficina y tardo un minuto en darme cuenta de que
proviene del móvil de Zed. Se mete la mano en el bolsillo y lo silencia. Tarde.
Hardin y a lo ha oído.
—¿Qué es eso? ¿De quién es ese móvil? —exige saber.
La sangre se me hiela en las venas y me tomo un momento para pensar. No
debería asustarme tanto que Hardin sepa que Zed está aquí. No he hecho nada
malo: ha venido y ya se va. Le molesta hasta que Trevor se pase por mi
despacho, y eso que Trevor es un compañero de trabajo y tiene derecho a venir
siempre que quiera.
—¿Es el puto Trevor?
—No, no es Trevor. Es Zed —le digo, y contengo la respiración.
Silencio. Miro la pantalla para asegurarme de que no ha colgado.
—¿Hardin?
—Sí —dice, y suspira.
—¿Me has oído?
—Sí, Tessa. Te he oído.
« ¿Y? ¿Cómo es que no está dando berridos por teléfono o amenazando con
matarlo?»
—Lo hablamos luego. Dile que se vaya, por favor —me pide con calma.
—Vale…
—Gracias. Te veo en casa —anuncia, y cuelga.
Cuelgo el auricular perpleja. Zed se vuelve entonces y dice:
—Perdona. Sé que te va a caer una buena.
—Qué va. No dirá nada —contesto. Sé que no es verdad pero suena bien.
La reacción de Hardin a la visita de Zed me ha pillado por sorpresa. No me
esperaba que se lo tomara con tanta calma. Esperaba que me dijera que venía de
camino. Ojalá no se le ocurra venir.
Zed se dirige de nuevo hacia la puerta.
—En fin, me parece que debo irme.
—Gracias por venir, Zed. No creo que vuelva a verte antes de irme.
Se vuelve y la emoción brilla en sus ojos, pero desaparece antes de que
pueda pensar qué emoción era.
—No puedo decir que haberte conocido no me haya complicado la vida, pero
no me arrepiento. Volvería a pasar por toda esta mierda: las peleas con Hardin,
los amigos que he perdido, por todo. Volvería a pasar por todo por ti —dice—.
Aunque creo que es mi sino. Me es imposible conocer a una chica que ya no esté
enamorada de otro.
Sus palabras siempre me llegan al alma. Es siempre muy sincero, y eso es
algo que admiro mucho de él.
—Adiós, Tessa —añade.
Es mucho más que un simple adiós entre amigos, pero no puedo darle
importancia. Si me equivoco con mis palabras, o simplemente si le digo algo,
volveré a darle falsas esperanzas.
—Adiós, Zed. —Medio sonrío y él da un paso hacia mí.
Por un momento me entra el pánico, creo que va a besarme, pero no lo hace.
Me estrecha entre sus brazos y me da un fuerte pero breve abrazo antes de
besarme en la frente. Se aparta al instante y coge el pomo de la puerta, casi
como si fuera una muleta.
—Ten cuidado, ¿vale? —dice abriendo la puerta.
—Lo tendré. Seattle no está tan mal. —Sonrío. Estoy decidida, como si por fin
hubiera puesto el punto final que él necesitaba.
Frunce el ceño y se vuelve para salir. Cierra la puerta y lo oigo decir:
—No hablaba de Seattle
Comentarios
Publicar un comentario