19-22
CAPÍTULO 19
Tessa
En cuanto se cierra la puerta y Zed desaparece para siempre, cierro los ojos y
echo la cabeza atrás. No sé lo que siento. Todas mis emociones están hechas un
lío, un remolino que me envuelve en una nube de confusión. Una parte de mí se
alegra de haberle puesto punto final al tira y afloja con Zed. Pero otra parte,
mucho más pequeña, llora una gran pérdida. Zed es el único de los supuestos
amigos de Hardin que ha estado siempre ahí para mí, y se me hace muy raro
pensar que no volveré a verlo. Las lágrimas me arden en las mejillas. No son
bienvenidas, lo que quiero es recobrar la calma. No debería llorar por esto.
Debería alegrarme de poder cerrar el capítulo de Zed, archivarlo, dejarlo coger
polvo y no abrirlo nunca más.
No es que quiera estar con él. No es que lo quiera. No es que vay a a
cambiarlo por Hardin. Sólo es que me importa y me habría gustado que las cosas
hubieran sido de otra manera. Me habría gustado ser sólo amigos, así tal vez no
habría tenido que exiliarlo de mi vida.
No sé por qué ha venido hoy, pero me alegro de que se haya ido antes de que
dijera algo que me confundiera más aún o de hacerle más daño a Hardin.
El teléfono de mi despacho suena de nuevo y me aclaro la garganta antes de
contestar. Cuando saludo, sueno patética.
Es la voz de Hardin, alta y clara:
—¿Se ha ido ya?
—Sí.
—¿Estás llorando?
—Estaba a punto —respondo, y empiezo a hacerlo.
—¿Qué? —me implora.
—No lo sé. Me alegro de que todo haya terminado. —Me enjugo las lágrimas
una vez más.
Suspira y me sorprende cuando sólo dice:
—Yo también.
Las lágrimas ya no corren por mis mejillas, pero tengo una voz horrible.
—Gracias —hago una pausa— por haber sido tan comprensivo.
Ha ido mucho mejor de lo que esperaba, y no sé si debería preocuparme o
sentirme aliviada. Me decido por lo último y por acabar mi último día en Vance
en paz.
A eso de las tres, Kimberly se pasa por mi despacho. Detrás de ella va una
chica a la que creo que no he visto nunca.
—Tessa, mi sustituta, Amy —dice Kimberly presentándome a una chica
callada pero preciosa.
Estoy ley endo, sin embargo me levanto e intento sonreírle a Amy con la
mayor amabilidad posible.
—Hola, Amy. Soy Tessa. Te encantará trabajar aquí.
—¡Gracias! Ya me encanta —dice muy emocionada.
Kim se echa a reír.
—Sólo queríamos pasarnos a saludar mientras fingimos que le estoy
enseñando el edificio.
—Ah, y a. Ya veo lo bien que la estás preparando para sustituirte —la pincho.
—¡Oye! Ser la prometida del jefe tiene sus ventajas —bromea Kimberly.
Amy se ríe a su lado y luego Kimberly la conduce por otro pasillo. Mi último
día toca a su fin y desearía que no se me hubiera pasado tan rápido. Voy a añorar
este lugar y me pone un poco nerviosa volver a casa y ver a Hardin.
Echo un último vistazo a mi primer despacho. Lo primero en lo que me fijo
es en mi mesa. Me invaden los recuerdos del día que Hardin y yo lo hicimos
aquí, en horario de trabajo, cuando cualquiera podía pillarnos. Fue un poco
radical. Me tenía tan enloquecida que no podía pensar en otra cosa… Parece ser
el pan nuestro de cada día.
De camino a casa paro en Conner’s a hacer la compra. Lo justo para preparar la
cena, y a que nos iremos por la mañana. El viaje me hace mucha ilusión, pero
estoy algo nerviosa. Espero que Hardin pueda controlar su mal carácter durante
los días que vamos a pasar de vacaciones con su familia.
Como no parece probable, me conformo con que el barco sea lo bastante
grande para que podamos convivir los cinco sin agobios.
De vuelta al apartamento, abro la puerta y la empujo con el pie. Recojo las
bolsas de la compra del suelo al entrar. La sala de estar está hecha un desastre.
La mesita de café está cubierta por una montaña de botellas de agua vacías y
envoltorios de comida. Hardin y mi padre están sentados cada uno en un extremo
del sofá.
—¿Qué tal te ha ido en la oficina, Tessie? —pregunta mi padre levantando el
cuello hacia mí.
—Bien. Ha sido mi último día —le digo, aunque eso ya lo sabe. Empiezo a
recoger la basura de la mesita y del suelo.
—Me alegro de que hayas tenido un buen día —repone él.
Miro a Hardin, pero él no me mira a mí. Sólo tiene ojos para la televisión.
—Voy a preparar la cena y a ducharme —les digo, y mi padre me sigue a la
cocina.
Saco la compra de las bolsas. Dejo la carne picada y una caja de tortillas
para tacos en la encimera. Mi padre me observa con interés. Al final, dice:
—Uno de mis amigos puede venir a recogerme un poco más tarde, si te
parece bien. Sé que mañana os vais de viaje un par de días.
—Claro, no hay ningún problema. Podemos dejarte donde quieras por la
mañana, si lo prefieres.
—No, y a habéis sido muy generosos conmigo. Prométeme que me avisarás
cuando vuelvas del viaje.
—Vale… ¿Cómo puedo contactar contigo?
Se frota la nuca.
—Pasaros por la avenida Lamar. Suelo estar por allí.
—Vale.
—Llamaré a mi amigo para que venga a por mí. —Desaparece de la cocina.
Hardin se burla de mi padre porque, como no tiene móvil, debe aprenderse
de memoria los números de teléfono, y pongo los ojos en blanco en el momento
en que mi padre empieza con eso de que cuando él era pequeño no existían los
móviles.
Los tacos con carne picada son fáciles de preparar y no dan mucho trabajo.
Estaría bien que Hardin se acercara a la cocina a hablar conmigo, pero imagino
que es mejor que espere a que mi padre se hay a marchado. Pongo la mesa y los
llamo. Hardin entra primero, sin apenas mirarme a los ojos, seguido de mi padre.
Cuando se sienta, mi padre dice:
—Chad no tardará en llegar. Gracias por haber dejado que me quedara con
vosotros. Habéis sido muy amables. —Nos mira a Hardin y a mí—. Muchas
gracias, Tessie y Bomba H —añade.
El modo en que Hardin pone los ojos en blanco me indica que se lo dice de
broma.
—No ha sido nada —aseguro.
—Me alegro de que nos hayamos reencontrado —dice, y empieza a devorar
su plato.
—Yo también… —Sonrío, aunque todavía no sé cómo asimilar que este
hombre es mi padre.
El hombre al que no había visto en nueve años. El hombre al que le guardaba
tanto rencor está sentado a mi mesa, cenando con mi novio y conmigo.
Miro a Hardin, esperando que diga algo de mal gusto, pero come en silencio.
Me vuelve loca. Ojalá dijera algo, cualquier cosa, la verdad.
A veces, sus silencios son peores que sus gritos.
CAPÍTULO 20
Hardin
Terminamos de cenar y Tessa se despide un poco incómoda de su padre y se
mete en el cuarto de baño a darse una ducha. Yo quería ducharme con ella, pero
el amigo de Richard se está tomando con calma lo de venir a recogerlo.
—¿Va a venir hoy o…? —empiezo a decir.
Richard asiente unas veinte veces pero mira por la ventana con expresión
preocupada.
—Sí, sí. Ha dicho que no tardaría. Se habrá perdido o algo así.
—Ya —respondo.
Sonríe.
—¿No vas a echarme de menos?
—Yo no diría tanto.
—Bueno, puede que encuentre trabajo y nos veamos en Seattle.
—No vamos a ir a Seattle.
Me lanza una sabia mirada.
—Ya —repite; es la misma palabra que he usado yo hace un momento.
Llaman a la puerta y se acaba nuestra penosa conversación. Se dispone a
abrir y me levanto, por si necesita un empujoncito para marcharse.
—Gracias por venir a recogerme, tío —le dice el padre de Tessa al hombre
que hay en el umbral, que alarga un poco el cuello para poder ver el interior del
apartamento.
Es alto, con el pelo negro y largo peinado recogido en una coleta repugnante
y grasienta. Tiene las mejillas hundidas, la ropa andrajosa, las uñas negras y las
manos sucias y huesudas.
« Pero ¿qué coño…?»
La voz arcillosa del hombre encaja con su aspecto, y pregunta asombrado:
—¿Tu hija vive aquí?
—Sí. Es bonito, ¿verdad? Estoy muy orgulloso de ella.
Richard sonríe y el tipo le da una palmada en el hombro. Está de acuerdo.
—¿Y éste quién es? —pregunta el tipo.
Los dos se me quedan mirando. Richard sonríe.
—¿Él? Es Hardin, el novio de Tessie.
—Guay. Yo soy Chad —dice como si fuera famoso y su nombre tuviera que
resultarme conocido.
« No es un borracho. Es mucho peor.»
—Vale —digo observando cómo inspecciona nuestra sala de estar con la
mirada. Me alegro de que Tessa esté en la ducha y no tenga que conocer a este
gusano.
Cuando oigo la puerta del baño, maldigo por lo bajo. Si antes lo digo… Chad
se sube las mangas de la camisa para rascarse los antebrazos. Por un instante me
siento como Tessa, porque me entran unas ganas tremendas de fregar el suelo.
—¿Hardin? —me llama desde el pasillo.
—Hora de irse —le informo a la pareja de crápulas que tengo delante en el
tono más amenazador posible.
—Quiero conocerla —declara Chad con un brillo siniestro en la mirada, y
tengo que concentrarme para no tirar a este par de sacos de huesos por la
ventana.
—No va a poder ser —replico.
Richard me mira.
—Vale, vale. Ya nos vamos… —dice, y le hace un gesto a su amigo para que
eche a andar—. Hasta la vista, Hardin. Y gracias por todo. Procura no acabar
entre rejas. —Y con esa última pulla y una sonrisa de superioridad sale del
apartamento.
—¿Hardin? —Tessa me llama otra vez y entra en la sala de estar.
—Acaban de irse.
—¿Qué ha pasado? —pregunta.
—¿Qué ha pasado? A ver… Zed se ha presentado en tu despacho y el
borracho de tu padre acaba de traer a un tipo repugnante a nuestro apartamento.
—Tras una breve pausa, añado—: ¿Estás segura de que sólo le da a la botella?
—¿Qué? —El cuello de la camiseta (mi camiseta) le resbala por el hombro
desnudo. Se lo sube y se sienta en el sofá—. ¿Qué quieres decir?
La miro y sé que no quiero sembrar en ella la duda de si su padre, además de
ser un borracho sin techo, es también un drogata. No tiene tan mala pinta como el
gilipollas que ha venido a recogerlo, pero me da muy mala espina. Sin embargo,
no estoy seguro, así que le digo:
—No importa. Estaba pensando en voz alta.
—Vale… —responde en voz baja.
La conozco lo suficientemente bien para saber que ni siquiera se le ha pasado
por la cabeza la posibilidad de que su padre sea un drogadicto, y sé que nunca se
le ocurrirá pensarlo sólo por el comentario que he hecho.
—¿Estás enfadado conmigo? —pregunta con voz dulce, demasiado tímida.
Estoy convencido de que espera que explote en cualquier momento. Por algo
he estado evitando hablar con ella.
—No.
—¿Seguro? —Me mira con esos ojazos increíbles, suplicándome que diga
cualquier cosa.
Funciona.
—No, no estoy seguro. No lo sé. Sí, estoy cabreado, pero no quiero pelearme
contigo. Estoy intentando cambiar, ¿sabes? Estoy intentando mantener la calma y
no pagarla siempre contigo por tonterías. —Suspiro y me froto la nuca—.
Aunque esto no es ninguna tontería. Te he dicho una y mil veces que no sigas
viendo a Zed, y nada.
La miro con frialdad. No por ser borde, sino porque quiero ver qué dicen sus
ojos cuando añado:
—¿Cómo te sentirías si y o te hiciera lo mismo?
Prácticamente se desmorona delante de mí.
—Me sentiría fatal. Sé que he hecho mal en seguir viéndolo —dice sin
intentar justificarse.
Ésa no me la esperaba. Esperaba que me gritara y que defendiera al imbécil
de Zed, como hace siempre.
—Exacto —afirmo. Luego suspiro—. Pero si le has dicho que todo ha
terminado, entonces todo ha terminado. He hecho todo lo posible por mantenerlo
lejos de ti, pero no hay manera. Tendrás que ser tú la que le diga que no se te
acerque.
—Ya está hecho. Lo juro. No volveré a verlo.
Me mira y me estremezco al recordar nuestra conversación telefónica,
cuando estaba llorando después de haberse despedido de él.
—No vamos a ir a la fiesta del sábado —digo, y me pone cara larga.
—¿Por qué no?
—Porque no me parece buena idea.
En realidad, sé que es una idea pésima.
—Yo quiero ir —insiste apretando los labios.
—No vamos a ir —le repito.
Yergue un poco la espalda y vuelve a la carga.
—Si quiero ir, iré.
« Joder, mira que es cabezota.»
—¿Podemos hablarlo más tarde? Tenemos mucho que hacer si quieres que
vay a a ese crucero de mierda con mi puta familia.
Tess sonríe juguetona.
—¿Crees que puedes meter algún taco más en esa frase?
Sonrío porque me la imagino en mis rodillas, lista para recibir una azotaina
por ser tan zalamera. Seguro que le gustaría lo de estar tumbada sobre mi regazo,
con mi mano golpeando sus nalgas, no demasiado fuerte, lo justo para ponerle el
culo de color rosado…
—¿Hardin?
Interrumpe mis pensamientos perversos. Me los guardo… Por ahora. Se
taparía la cara con las manos si le dijera lo que estaba imaginando.
CAPÍTULO 21
Tessa
Le tiro del brazo otra vez, con más fuerza.
—¡Hardin! ¡Despierta! ¡Vamos a llegar tarde!
Yo ya estoy vestida y preparada, he metido el equipaje en el coche y lo he
dejado dormir el mayor tiempo posible. Demonios, anoche tuve que hacer yo
sola las maletas, aunque tampoco es que él tenga ni idea de cómo hacerlas…
—Yo… no… voy… —gruñe.
—¡Levanta, por favor! —gimoteo tirándole del brazo.
Mierda, ¿por qué no puede ser tan madrugador como yo?
Se tapa la cara con la almohada, se la quito y la tiro al suelo.
—No, vete.
Decido enfocarlo de otra manera y le pongo la mano en el bóxer. Anoche se
quedó dormido con los vaqueros puestos y me las vi negras para quitárselos sin
despertarlo. Pero ahora lo tengo a la vista, vulnerable y manipulable.
Le rozo con las uñas el tatuaje que queda por encima de la cinturilla del
bóxer… Ni se inmuta.
Meto la mano en el bóxer y abre los ojos.
—Buenos días —saluda con una sonrisa lujuriosa.
Retiro la mano y me pongo de pie.
—¡Levanta!
Bosteza en plan exagerado, se mira la entrepierna y dice:
—Me parece que ya lo he hecho.
Cierra los ojos y se hace el dormido. No tarda en empezar a roncar como un
dibujo animado. Es un rollo, pero también es adorable y simpático. Espero que
siga así toda la semana. De verdad, no pido nada más.
Le meto la mano en el bóxer otra vez y, cuando abre los ojos y me mira
como un cachorrillo, le digo:
—Ni hablar —y la saco de nuevo.
—No es justo —gimotea.
Pero se levanta y se pone los vaqueros de ayer. Se dirige a la cómoda, coge
una camiseta negra, me mira, la guarda y saca una blanca. Se pasa los dedos por
el pelo, primero se hace una cresta y luego la peina hacia abajo.
—¿Me da tiempo a lavarme los dientes? —pregunta en tono sarcástico y con
la voz ronca de tanto dormir.
—Sí, pero date prisa. Cepíllate los dientes y nos vamos —le digo, y le doy un
repaso rápido al apartamento para asegurarme de que todo está en orden.
A los pocos minutos Hardin se reúne conmigo en la sala de estar y salimos.
Ken, Karen y Landon nos están esperando en el sendero de grava de su casa
cuando llegamos.
Bajo la ventanilla.
—Perdonad que lleguemos un poco tarde —me disculpo, y aparcamos junto
a ellos.
—¡No pasa nada! Como es un viaje largo, pensábamos hacerlo todos juntos
—exclama Karen con una sonrisa.
—Ni de broma —me susurra Hardin.
—Venid —dice señalando un todoterreno negro que ocupa el resto del camino
de grava—. Ken me lo regaló por mi cumpleaños pero nunca lo usamos.
—No, no y no —dice Hardin un poco más alto.
—Será divertido —le digo en voz baja.
—Tessa… —empieza.
—Hardin, por favor, no te pongas imposible —le suplico. Y puede, sólo
puede, que haga una caída de ojos con la esperanza de convencerlo.
Me mira un momento y sus ojos se suavizan.
—Bien. Joder, tienes suerte de que te quiera.
Le aprieto la mano.
—Gracias. —Luego me vuelvo hacia Karen—. Muy bien —le digo con una
sonrisa, y apago el motor de mi coche.
Hardin mete nuestro equipaje en el maletero del todoterreno de Karen. Tiene
cara de pocos amigos.
—¡Será divertido! —afirma Landon entre risas mientras subo al vehículo.
Hardin se sienta a mi lado en el asiento de atrás después de comentar que no
piensa sentarse al lado de Landon. Ken arranca, Karen pone la radio y empieza a
cantar en voz baja.
—Parece una escena sacada de una comedia cursi y empalagosa —dice
Hardin, me coge la mano y la lleva a su regazo.
CAPÍTULO 22
Tessa
—¡Wisconsin! —dice Karen en voz alta dando palmas y señalando una
camioneta que nos adelanta.
No puedo evitar echarme a reír al ver la expresión horrorizada de Hardin.
—¡Hostia! —resopla echando la cabeza hacia atrás.
—¿Quieres parar? Se está divirtiendo —lo regaño.
—¡Texas! —exclama Landon.
—Abre la puerta, que quiero saltar —añade Hardin.
—Qué exagerado —me burlo y lo miro—. ¿Qué tiene de malo que le guste
jugar a divisar matrículas? Deberías entenderlo, a ti y a tus amigos os encantan
los juegos tontos, como Verdad o desafío.
Antes de que Hardin me suelte una de sus perlas, Karen exclama:
—¡Nos hace mucha ilusión enseñaros el barco y la cabaña!
La miro.
—¿La cabaña?
—Sí, tenemos una pequeña cabaña junto al agua. Creo que te gustará, Tessa
—dice ella.
Qué alivio no tener que dormir en el barco, que era lo que me temía.
—Espero que haga bueno. Hace un tiempo fantástico para ser febrero. En
verano es aún mejor. Tal vez podamos volver a ir todos juntos… —señala Ken
mirando por el retrovisor.
Hardin pone los ojos en blanco. Por lo visto, va a comportarse como un niño
maleducado durante todo el trayecto.
—¿Todo listo para Seattle, Tessa? —pregunta Ken—. Ayer hablé con
Christian, está deseando que llegues a las nuevas oficinas.
Sé que Hardin me está mirando, pero eso no va a detenerme.
—Mi plan es hacer las maletas a nuestro regreso, pero ya me he matriculado
en mi nueva universidad —le contesto.
—Esa universidad no es nada comparada con la mía —se burla Ken, y Karen
se ríe—. No, ahora en serio, es una buena universidad. Avísame si tienes
cualquier problema.
Sonrío, contenta por contar con su apoyo.
—Gracias. Lo haré.
—Ahora que lo pienso —continúa—. La semana que viene se incorpora un
nuevo profesor de Seattle. Va a sustituir a uno de nuestros profesores de religión.
—¿A cuál? —pregunta Landon mirándome con una ceja enarcada.
—A Soto, el profesor joven. —Ken vuelve a mirar por el retrovisor—. Os da
clase, ¿no es así?
—Sí —contesta Landon.
—No recuerdo adónde se iba, pero ha pedido el traslado —dice Ken.
—Mejor —comenta Landon por lo bajo, pero lo oigo y le sonrío.
Ni a él ni a mí nos gustan el estilo y la falta de rigor académico del profesor
Soto, aunque estaba disfrutando con el diario que nos hacía escribir.
La voz de Karen es muy dulce y se desliza entre mis pensamientos cuando
dice:
—¿Ya habéis encontrado apartamento?
—No. Había encontrado uno, o eso creía, pero parece que la mujer ha
desaparecido de la faz de la tierra. Era perfecto: entraba en mi presupuesto y
estaba cerca de la oficina —le digo.
Hardin se tensa un poco a mi lado y quiero añadir que no va a mudarse
conmigo a Seattle, pero espero que este viaje sirva para hacerle cambiar de
opinión, así que no digo nada.
—Tessa, tengo algunos amigos en Seattle. Puedo preguntar y ver si te
encuentro un apartamento de aquí al lunes, si quieres —se ofrece Ken.
—No —contesta Hardin al instante.
Lo miro.
—Eso sería fantástico —digo y o, y observo a Ken a través del retrovisor—.
De lo contrario, tendré que gastarme una fortuna en hoteles hasta que encuentre
apartamento.
Hardin hace un gesto con la mano para rechazar la oferta de su padre.
—No será necesario. Estoy seguro de que Sandra te llamará.
« Qué raro» , pienso, y me quedo mirándolo.
—¿Cómo es que sabes su nombre? —le pregunto.
—¿Qué? —Parpadea un par de veces—. Porque sólo me lo has repetido unas
mil veces.
—Ah —digo, y me da un apretón en el muslo con la mano.
—Bueno, si quieres que haga algunas llamadas, sólo tienes que decírmelo —
Ken reitera su oferta.
Tras otros veinte minutos, más o menos, Karen se vuelve hacia nosotros con
expresión radiante.
—¿Y si jugamos a Veo, veo?
Landon sonríe de oreja a oreja.
—Eso, Hardin. ¿Y si jugamos a Veo, veo?
Hardin se acurruca a mi lado, apoy a la cabeza en mi hombro y me abraza.
—Parece la monda lironda, pero es hora de la siesta —replica—. Seguro que
a Landon y a Tessa les apetece jugar.
A pesar de que se está burlando del juego, sus gestos de afecto en público me
reconfortan y me hacen sonreír. Recuerdo cuando sólo me cogía de la mano por
debajo de la mesa mientras cenábamos en casa de su padre. Ahora no le da
ningún reparo abrazarme delante de su familia.
—¡Vale! ¡Yo primero! —dice Karen—. Veo, veo… una cosa… ¡azul! —
chilla.
Hardin se ríe con la cara escondida en mi hombro.
—La camisa de Ken —susurra, y se acurruca un poco más.
—¿La pantalla del navegador? —pregunta Landon.
—No.
—¿La camisa de Ken? —me aventuro a decir.
—¡Sí! Te toca, Tessa.
Hardin me pellizca el brazo pero yo sólo veo la sonrisa de Karen. Se lo está
pasando excesivamente bien con estos juegos tan tontos, pero es demasiado dulce
como para no darle el gusto.
—Vale. Veo, veo… una cosa… —miro a Hardin— negra.
—¡El alma de Hardin! —grita Landon, y me parto de risa.
Él abre un ojo y le hace un corte de mangas a su hermanastro.
—¡Has acertado! —exclamo muerta de risa.
No le hacemos ni caso y jugamos un poco más hasta que la respiración de
Hardin se hace más profunda y empieza a roncar en mi cuello. Dice algo en
sueños, se desliza hacia abajo y recuesta la cabeza en mi regazo sin soltarme la
cintura. Landon sigue su ejemplo y se tumba en el asiento; no tarda en dormirse.
Incluso Karen se toma un descanso y acaba dando cabezadas.
Disfruto del silencio mientras miro el paisaje por la ventanilla.
—Ya estamos llegando, sólo nos faltan unos pocos kilómetros —dice Ken
hablando solo.
Asiento y paso los dedos por el pelo suave de Hardin. Mueve los párpados al
recibir mis caricias pero no se despierta. Con los dedos, recorro su espalda muy
despacio, disfrutando de poder verlo dormir en paz, abrazado a mí.
Giramos al llegar a una calle pequeña bordeada de grandes pinos. En silencio,
miro por la ventanilla. Doblamos una esquina y de repente estamos ante la costa.
Es preciosa.
Las aguas azules y resplandecientes bañan la orilla y crean un contraste
espectacular. Aunque la hierba está marrón y seca debido al frío invierno de
Washington. No puedo ni imaginar lo bonito que debe de ser esto en verano.
—Ya hemos llegado —dice Ken aparcando en un largo camino de grava.
Miro por el parabrisas y veo una enorme cabaña de madera. Está claro que
los Scott y y o tenemos una idea muy distinta de lo que es « una pequeña
cabaña» . La que estoy viendo tiene dos pisos, está construida con madera oscura
de cerezo y un porche pintado de blanco rodea la planta baja.
—Despierta, Hardin. —Con el índice, le acaricio la mandíbula.
Parpadea, confuso por un instante. Luego se sienta y se frota los ojos con los
nudillos.
—Cariño, ya estamos aquí —le dice Ken a su mujer, y ella levanta la cabeza,
seguida de su hijo.
Hardin lleva nuestras maletas adentro, todavía un poco aturdido. Ken le
enseña nuestra habitación. Yo sigo a Karen a la cocina mientras Landon lleva sus
cosas a su cuarto.
El techo al estilo de las catedrales de la sala de estar se repite, en pequeño, en
la cocina. Tardo un momento en descubrir qué tiene de especial esta habitación,
y entonces me doy cuenta de que es una versión en miniatura de la cocina de la
casa de los Scott.
—Es preciosa —le digo a Karen—. Muchas gracias por habernos invitado.
—Gracias, cielo. Es muy agradable tener compañía. —Sonríe y abre la
nevera—. Nos encanta que hay áis venido. Nunca pensé que Hardin se apuntaría
a un viaje en familia. Sé que sólo son unos días, pero significa mucho para Ken
—dice en voz baja para que sólo yo pueda oírla.
—Yo también me alegro de haber venido. Creo que me lo voy a pasar bien.
—Lo digo con la esperanza de que, al pronunciarlo en voz alta, se haga realidad.
Karen se vuelve y me coge la mano con afecto.
—Te echaremos de menos cuando te vayas a Seattle. No he pasado mucho
tiempo con Hardin, pero también lo echaré de menos a él.
—Vendré a visitaros. Seattle sólo está a un par de horas —le aseguro, e intento
convencerme a mí misma.
Yo también voy a echarlos de menos a ella y a Ken. Y ni siquiera puedo
pensar en el traslado de Landon. Aunque yo me mudaré a Seattle antes de que él
se vay a a vivir a Nueva York, no estoy lista para tenerlo tan lejos. Al menos,
Seattle se encuentra en el mismo estado. Pero Nueva Yorkestá muy muy lejos.
—Eso espero. Ahora que Landon también se va, no sé qué será de mí. He
sido madre durante casi veinte años… —Empieza a llorar—. Perdona, es que
estoy muy orgullosa de él. —Se seca las lágrimas con los dedos y consigue no
derramar más. Mira la cocina, a un lado y a otro, deseando encontrar una tarea
con la que mantenerse ocupada y dejar de sentirse así—. ¿Y si vais los tres a la
tienda que hay al final de la calle mientras Ken prepara el barco?
—Hecho —digo mientras los tres hombres entran en la cocina.
Hardin se coloca detrás de mí.
—Te he dejado las maletas en la cama para que las deshagas. Sé que yo lo
haría mal.
—Gracias —le digo encantada de que ni siquiera lo haya intentado. Le gusta
meter las cosas al tuntún en los cajones de la cómoda y me saca de quicio—. Le
he dicho a Karen que iríamos a la tienda mientras tu padre prepara el barco.
—Vale. —Se encoge de hombros.
—Tú te vienes con nosotros —le digo a Landon, que asiente.
—Landon sabe dónde está. Es justo al final de la calle. Podéis ir andando o
coger el coche, las llaves están colgadas junto a la puerta —nos dice Ken al salir.
Hace buen tiempo y, como brilla el sol, parece que hace más calor que de
costumbre en esta época del año. El cielo está azul celeste. Puedo oír el sonido de
las olas que rompen en la orilla y oler el salitre en el aire cada vez que inspiro.
Decidimos ir a la pequeña tienda del final de la calle a pie. Voy cómoda con
vaqueros y una camiseta de manga corta.
—Este sitio es increíble, es como si estuviéramos en nuestro propio mundo —
les digo a Hardin y a Landon.
—Estamos en nuestro mundo. A nadie se le ocurre venir a la play a en febrero
—comenta Hardin.
—Amí me encanta —digo pasando de su actitud.
Landon mira a Hardin, que va dando patadas a las piedras de la calle de
grava.
—Dakota tiene una audición para una pequeña obra esta semana.
—¿En serio? —le digo—. ¡Es genial!
—Sí, está muy nerviosa. Espero que le den el papel.
—¿No acaba de empezar a estudiar? ¿Por qué iban a darle el papel a una
aficionada? —dice Hardin tan tranquilo.
—Hardin…
—Le darían el papel porque, aunque sea una aficionada, es una bailarina de
primera y lleva toda la vida estudiando ballet —contraataca Landon.
Hardin levanta las manos.
—No te enfades, sólo preguntaba.
Pero Landon defiende a su novia:
—Pues ahórratelo. Tiene mucho talento y le van a dar el papel.
Hardin pone los ojos en blanco.
—Lo que tú digas… Joder…
—Es muy bonito que la apoyes al cien por cien. —Le sonrío a Landon,
intentando poner fin a la tensión que se palpa entre Hardin y él.
—Siempre tendrá mi apoy o, haga lo que haga. Por eso me voy a vivir a
Nueva York. —Mira a Hardin y él aprieta los dientes.
—¿Nos vamos a pasar así todo el viaje? ¿Os habéis confabulado para darme
la brasa? Yo paso. Para empezar, ni siquiera me apetecía venir —espeta.
Dejamos de andar y Landon y yo lo miramos. Estoy pensando en cómo
apaciguar a Hardin cuando, de repente, su hermanastro le dice:
—Pues no haber venido. Lo pasamos mucho mejor sin ti y tu actitud de
amargado.
Abro unos ojos como platos al oírlo hablar así y siento la necesidad de
defender a Hardin, pero me callo. Además, Landon tiene razón en casi todo.
Hardin no debería tener como objetivo fastidiarnos el viaje con su malhumor
simplemente porque sí.
—¿Perdona? Eres tú quien se ha puesto chulo cuando te he dicho que tu novia
era una aficionada.
—No, llevas insoportable desde que has subido al coche —replica Landon.
—Sí, porque tu madre no paraba de cantar todas las canciones de la radio y
de chillar nombres de estados. —Hardin sube la voz todo lo que puede—. Cuando
y o sólo quería disfrutar del paisaje.
Me interpongo entre ambos cuando veo que Hardin intenta abalanzarse sobre
Landon. Landon respira hondo y lo mira fijamente, desafiante.
—¡Mi madre sólo estaba intentando que lo pasáramos bien!
—Pues entonces debería haber…
—¡Chicos, parad ya! No podéis pasaros todo el viaje como el perro y el gato.
Esto es insoportable. Dejadlo estar, por favor —les suplico. No quiero tener que
ponerme de parte de mi novio o de mi mejor amigo.
Se miran fijamente unos segundos más. Qué tensión. Casi me entra la risa al
pensar que se comportan como hermanos, a pesar de que intentan no serlo con
todas sus fuerzas.
—Está bien —dice Landon con un suspiro.
—Vale —bufa Hardin.
El resto del paseo transcurre en silencio. Lo único que se oy e es la bota de
Hardin al golpear las piedras y el suave tarareo de Landon. La calma después de
la tormenta… O la de antes.
O puede que la de entre tormenta y tormenta.
—¿Qué vas a ponerte para subir al barco? —le pregunto a Landon cuando
caminamos por el sendero que conduce a la cabaña.
—Unos pantalones cortos, creo. Ahora hace calor, pero puede que me ponga
un chándal.
—Ah.
Ojalá hiciera más calor, así podría ponerme un bañador. Ni siquiera tengo
uno, pero la idea de ir a comprarlo con Hardin me hace sonreír.
Ya me lo imagino, diciéndome guarradas. Seguro que acabaría metido
conmigo en el probador.
Y no creo que y o se lo impidiera.
Tengo que dejar de pensar en esas cosas, sobre todo cuando Landon me está
hablando del tiempo y, como mínimo, tendría que fingir interés.
—El barco es una pasada. Es enorme —dice.
—Vay a… —Tuerzo el gesto. Se acerca el paseo en barco y empiezo a
ponerme nerviosa.
Landon y y o vamos a la cocina a guardar la compra y Hardin se mete en
nuestra habitación sin decir ni una palabra.
Landon mira de reojo para ver si su hermanastro ha desaparecido.
—No le gusta nada hablar de Seattle. ¿Todavía no se ha decidido a irse
contigo?
Miro a un lado y a otro para asegurarme de que no nos oy e nadie.
—No, no exactamente —digo, y me muerdo el labio inferior avergonzada.
—No lo entiendo —añade él vaciando las bolsas—. ¿Qué tiene Seattle que sea
tan horrible como para no irse contigo? ¿Forma parte de su oscuro pasado?
—No… Bueno, no que y o sepa… —empiezo a decir. Pero entonces me viene
a la cabeza la carta de Hardin. No recuerdo que mencionara ninguna de las
penalidades que pasó en Seattle. ¿Es posible que las omitiera?
No creo. Espero que no. No estoy preparada para más sorpresas.
—Debe de haber un motivo, porque ni siquiera es capaz de ir al cuarto de
baño sin ti, así que no me cabe en la cabeza que vaya a dejar que te marches
sola. Creía que haría cualquier cosa para retenerte, y quiero decir « cualquier
cosa» —enfatiza Landon.
—Pues ya somos dos. —Suspiro; no entiendo por qué tiene que ser tan
cabezota—. Y sí que es capaz de ir al baño sin mí. A veces —bromeo.
Landon se ríe conmigo.
—Casi nunca. Seguro que ha instalado una cámara oculta en tu camiseta para
no perderte de vista.
—Las cámaras no son lo mío, me van más los dispositivos de rastreo.
Doy un brinco al oír la voz de Hardin y lo veo apoyado en el umbral de la
puerta de la cocina.
—Gracias por darme la razón —dice Landon, pero él se echa a reír y menea
la cabeza. Afortunadamente, parece que está de mejor humor.
—¿Dónde está el barco? Me aburre oíros despotricar sobre mí.
—Era una broma —le digo, y me acerco a darle un abrazo.
—No pasa nada. Yo hago lo mismo a vuestras espaldas —replica en tono de
burla, aunque detecto una pizca de seriedad tras sus palabras.
Tessa
En cuanto se cierra la puerta y Zed desaparece para siempre, cierro los ojos y
echo la cabeza atrás. No sé lo que siento. Todas mis emociones están hechas un
lío, un remolino que me envuelve en una nube de confusión. Una parte de mí se
alegra de haberle puesto punto final al tira y afloja con Zed. Pero otra parte,
mucho más pequeña, llora una gran pérdida. Zed es el único de los supuestos
amigos de Hardin que ha estado siempre ahí para mí, y se me hace muy raro
pensar que no volveré a verlo. Las lágrimas me arden en las mejillas. No son
bienvenidas, lo que quiero es recobrar la calma. No debería llorar por esto.
Debería alegrarme de poder cerrar el capítulo de Zed, archivarlo, dejarlo coger
polvo y no abrirlo nunca más.
No es que quiera estar con él. No es que lo quiera. No es que vay a a
cambiarlo por Hardin. Sólo es que me importa y me habría gustado que las cosas
hubieran sido de otra manera. Me habría gustado ser sólo amigos, así tal vez no
habría tenido que exiliarlo de mi vida.
No sé por qué ha venido hoy, pero me alegro de que se haya ido antes de que
dijera algo que me confundiera más aún o de hacerle más daño a Hardin.
El teléfono de mi despacho suena de nuevo y me aclaro la garganta antes de
contestar. Cuando saludo, sueno patética.
Es la voz de Hardin, alta y clara:
—¿Se ha ido ya?
—Sí.
—¿Estás llorando?
—Estaba a punto —respondo, y empiezo a hacerlo.
—¿Qué? —me implora.
—No lo sé. Me alegro de que todo haya terminado. —Me enjugo las lágrimas
una vez más.
Suspira y me sorprende cuando sólo dice:
—Yo también.
Las lágrimas ya no corren por mis mejillas, pero tengo una voz horrible.
—Gracias —hago una pausa— por haber sido tan comprensivo.
Ha ido mucho mejor de lo que esperaba, y no sé si debería preocuparme o
sentirme aliviada. Me decido por lo último y por acabar mi último día en Vance
en paz.
A eso de las tres, Kimberly se pasa por mi despacho. Detrás de ella va una
chica a la que creo que no he visto nunca.
—Tessa, mi sustituta, Amy —dice Kimberly presentándome a una chica
callada pero preciosa.
Estoy ley endo, sin embargo me levanto e intento sonreírle a Amy con la
mayor amabilidad posible.
—Hola, Amy. Soy Tessa. Te encantará trabajar aquí.
—¡Gracias! Ya me encanta —dice muy emocionada.
Kim se echa a reír.
—Sólo queríamos pasarnos a saludar mientras fingimos que le estoy
enseñando el edificio.
—Ah, y a. Ya veo lo bien que la estás preparando para sustituirte —la pincho.
—¡Oye! Ser la prometida del jefe tiene sus ventajas —bromea Kimberly.
Amy se ríe a su lado y luego Kimberly la conduce por otro pasillo. Mi último
día toca a su fin y desearía que no se me hubiera pasado tan rápido. Voy a añorar
este lugar y me pone un poco nerviosa volver a casa y ver a Hardin.
Echo un último vistazo a mi primer despacho. Lo primero en lo que me fijo
es en mi mesa. Me invaden los recuerdos del día que Hardin y yo lo hicimos
aquí, en horario de trabajo, cuando cualquiera podía pillarnos. Fue un poco
radical. Me tenía tan enloquecida que no podía pensar en otra cosa… Parece ser
el pan nuestro de cada día.
De camino a casa paro en Conner’s a hacer la compra. Lo justo para preparar la
cena, y a que nos iremos por la mañana. El viaje me hace mucha ilusión, pero
estoy algo nerviosa. Espero que Hardin pueda controlar su mal carácter durante
los días que vamos a pasar de vacaciones con su familia.
Como no parece probable, me conformo con que el barco sea lo bastante
grande para que podamos convivir los cinco sin agobios.
De vuelta al apartamento, abro la puerta y la empujo con el pie. Recojo las
bolsas de la compra del suelo al entrar. La sala de estar está hecha un desastre.
La mesita de café está cubierta por una montaña de botellas de agua vacías y
envoltorios de comida. Hardin y mi padre están sentados cada uno en un extremo
del sofá.
—¿Qué tal te ha ido en la oficina, Tessie? —pregunta mi padre levantando el
cuello hacia mí.
—Bien. Ha sido mi último día —le digo, aunque eso ya lo sabe. Empiezo a
recoger la basura de la mesita y del suelo.
—Me alegro de que hayas tenido un buen día —repone él.
Miro a Hardin, pero él no me mira a mí. Sólo tiene ojos para la televisión.
—Voy a preparar la cena y a ducharme —les digo, y mi padre me sigue a la
cocina.
Saco la compra de las bolsas. Dejo la carne picada y una caja de tortillas
para tacos en la encimera. Mi padre me observa con interés. Al final, dice:
—Uno de mis amigos puede venir a recogerme un poco más tarde, si te
parece bien. Sé que mañana os vais de viaje un par de días.
—Claro, no hay ningún problema. Podemos dejarte donde quieras por la
mañana, si lo prefieres.
—No, y a habéis sido muy generosos conmigo. Prométeme que me avisarás
cuando vuelvas del viaje.
—Vale… ¿Cómo puedo contactar contigo?
Se frota la nuca.
—Pasaros por la avenida Lamar. Suelo estar por allí.
—Vale.
—Llamaré a mi amigo para que venga a por mí. —Desaparece de la cocina.
Hardin se burla de mi padre porque, como no tiene móvil, debe aprenderse
de memoria los números de teléfono, y pongo los ojos en blanco en el momento
en que mi padre empieza con eso de que cuando él era pequeño no existían los
móviles.
Los tacos con carne picada son fáciles de preparar y no dan mucho trabajo.
Estaría bien que Hardin se acercara a la cocina a hablar conmigo, pero imagino
que es mejor que espere a que mi padre se hay a marchado. Pongo la mesa y los
llamo. Hardin entra primero, sin apenas mirarme a los ojos, seguido de mi padre.
Cuando se sienta, mi padre dice:
—Chad no tardará en llegar. Gracias por haber dejado que me quedara con
vosotros. Habéis sido muy amables. —Nos mira a Hardin y a mí—. Muchas
gracias, Tessie y Bomba H —añade.
El modo en que Hardin pone los ojos en blanco me indica que se lo dice de
broma.
—No ha sido nada —aseguro.
—Me alegro de que nos hayamos reencontrado —dice, y empieza a devorar
su plato.
—Yo también… —Sonrío, aunque todavía no sé cómo asimilar que este
hombre es mi padre.
El hombre al que no había visto en nueve años. El hombre al que le guardaba
tanto rencor está sentado a mi mesa, cenando con mi novio y conmigo.
Miro a Hardin, esperando que diga algo de mal gusto, pero come en silencio.
Me vuelve loca. Ojalá dijera algo, cualquier cosa, la verdad.
A veces, sus silencios son peores que sus gritos.
CAPÍTULO 20
Hardin
Terminamos de cenar y Tessa se despide un poco incómoda de su padre y se
mete en el cuarto de baño a darse una ducha. Yo quería ducharme con ella, pero
el amigo de Richard se está tomando con calma lo de venir a recogerlo.
—¿Va a venir hoy o…? —empiezo a decir.
Richard asiente unas veinte veces pero mira por la ventana con expresión
preocupada.
—Sí, sí. Ha dicho que no tardaría. Se habrá perdido o algo así.
—Ya —respondo.
Sonríe.
—¿No vas a echarme de menos?
—Yo no diría tanto.
—Bueno, puede que encuentre trabajo y nos veamos en Seattle.
—No vamos a ir a Seattle.
Me lanza una sabia mirada.
—Ya —repite; es la misma palabra que he usado yo hace un momento.
Llaman a la puerta y se acaba nuestra penosa conversación. Se dispone a
abrir y me levanto, por si necesita un empujoncito para marcharse.
—Gracias por venir a recogerme, tío —le dice el padre de Tessa al hombre
que hay en el umbral, que alarga un poco el cuello para poder ver el interior del
apartamento.
Es alto, con el pelo negro y largo peinado recogido en una coleta repugnante
y grasienta. Tiene las mejillas hundidas, la ropa andrajosa, las uñas negras y las
manos sucias y huesudas.
« Pero ¿qué coño…?»
La voz arcillosa del hombre encaja con su aspecto, y pregunta asombrado:
—¿Tu hija vive aquí?
—Sí. Es bonito, ¿verdad? Estoy muy orgulloso de ella.
Richard sonríe y el tipo le da una palmada en el hombro. Está de acuerdo.
—¿Y éste quién es? —pregunta el tipo.
Los dos se me quedan mirando. Richard sonríe.
—¿Él? Es Hardin, el novio de Tessie.
—Guay. Yo soy Chad —dice como si fuera famoso y su nombre tuviera que
resultarme conocido.
« No es un borracho. Es mucho peor.»
—Vale —digo observando cómo inspecciona nuestra sala de estar con la
mirada. Me alegro de que Tessa esté en la ducha y no tenga que conocer a este
gusano.
Cuando oigo la puerta del baño, maldigo por lo bajo. Si antes lo digo… Chad
se sube las mangas de la camisa para rascarse los antebrazos. Por un instante me
siento como Tessa, porque me entran unas ganas tremendas de fregar el suelo.
—¿Hardin? —me llama desde el pasillo.
—Hora de irse —le informo a la pareja de crápulas que tengo delante en el
tono más amenazador posible.
—Quiero conocerla —declara Chad con un brillo siniestro en la mirada, y
tengo que concentrarme para no tirar a este par de sacos de huesos por la
ventana.
—No va a poder ser —replico.
Richard me mira.
—Vale, vale. Ya nos vamos… —dice, y le hace un gesto a su amigo para que
eche a andar—. Hasta la vista, Hardin. Y gracias por todo. Procura no acabar
entre rejas. —Y con esa última pulla y una sonrisa de superioridad sale del
apartamento.
—¿Hardin? —Tessa me llama otra vez y entra en la sala de estar.
—Acaban de irse.
—¿Qué ha pasado? —pregunta.
—¿Qué ha pasado? A ver… Zed se ha presentado en tu despacho y el
borracho de tu padre acaba de traer a un tipo repugnante a nuestro apartamento.
—Tras una breve pausa, añado—: ¿Estás segura de que sólo le da a la botella?
—¿Qué? —El cuello de la camiseta (mi camiseta) le resbala por el hombro
desnudo. Se lo sube y se sienta en el sofá—. ¿Qué quieres decir?
La miro y sé que no quiero sembrar en ella la duda de si su padre, además de
ser un borracho sin techo, es también un drogata. No tiene tan mala pinta como el
gilipollas que ha venido a recogerlo, pero me da muy mala espina. Sin embargo,
no estoy seguro, así que le digo:
—No importa. Estaba pensando en voz alta.
—Vale… —responde en voz baja.
La conozco lo suficientemente bien para saber que ni siquiera se le ha pasado
por la cabeza la posibilidad de que su padre sea un drogadicto, y sé que nunca se
le ocurrirá pensarlo sólo por el comentario que he hecho.
—¿Estás enfadado conmigo? —pregunta con voz dulce, demasiado tímida.
Estoy convencido de que espera que explote en cualquier momento. Por algo
he estado evitando hablar con ella.
—No.
—¿Seguro? —Me mira con esos ojazos increíbles, suplicándome que diga
cualquier cosa.
Funciona.
—No, no estoy seguro. No lo sé. Sí, estoy cabreado, pero no quiero pelearme
contigo. Estoy intentando cambiar, ¿sabes? Estoy intentando mantener la calma y
no pagarla siempre contigo por tonterías. —Suspiro y me froto la nuca—.
Aunque esto no es ninguna tontería. Te he dicho una y mil veces que no sigas
viendo a Zed, y nada.
La miro con frialdad. No por ser borde, sino porque quiero ver qué dicen sus
ojos cuando añado:
—¿Cómo te sentirías si y o te hiciera lo mismo?
Prácticamente se desmorona delante de mí.
—Me sentiría fatal. Sé que he hecho mal en seguir viéndolo —dice sin
intentar justificarse.
Ésa no me la esperaba. Esperaba que me gritara y que defendiera al imbécil
de Zed, como hace siempre.
—Exacto —afirmo. Luego suspiro—. Pero si le has dicho que todo ha
terminado, entonces todo ha terminado. He hecho todo lo posible por mantenerlo
lejos de ti, pero no hay manera. Tendrás que ser tú la que le diga que no se te
acerque.
—Ya está hecho. Lo juro. No volveré a verlo.
Me mira y me estremezco al recordar nuestra conversación telefónica,
cuando estaba llorando después de haberse despedido de él.
—No vamos a ir a la fiesta del sábado —digo, y me pone cara larga.
—¿Por qué no?
—Porque no me parece buena idea.
En realidad, sé que es una idea pésima.
—Yo quiero ir —insiste apretando los labios.
—No vamos a ir —le repito.
Yergue un poco la espalda y vuelve a la carga.
—Si quiero ir, iré.
« Joder, mira que es cabezota.»
—¿Podemos hablarlo más tarde? Tenemos mucho que hacer si quieres que
vay a a ese crucero de mierda con mi puta familia.
Tess sonríe juguetona.
—¿Crees que puedes meter algún taco más en esa frase?
Sonrío porque me la imagino en mis rodillas, lista para recibir una azotaina
por ser tan zalamera. Seguro que le gustaría lo de estar tumbada sobre mi regazo,
con mi mano golpeando sus nalgas, no demasiado fuerte, lo justo para ponerle el
culo de color rosado…
—¿Hardin?
Interrumpe mis pensamientos perversos. Me los guardo… Por ahora. Se
taparía la cara con las manos si le dijera lo que estaba imaginando.
CAPÍTULO 21
Tessa
Le tiro del brazo otra vez, con más fuerza.
—¡Hardin! ¡Despierta! ¡Vamos a llegar tarde!
Yo ya estoy vestida y preparada, he metido el equipaje en el coche y lo he
dejado dormir el mayor tiempo posible. Demonios, anoche tuve que hacer yo
sola las maletas, aunque tampoco es que él tenga ni idea de cómo hacerlas…
—Yo… no… voy… —gruñe.
—¡Levanta, por favor! —gimoteo tirándole del brazo.
Mierda, ¿por qué no puede ser tan madrugador como yo?
Se tapa la cara con la almohada, se la quito y la tiro al suelo.
—No, vete.
Decido enfocarlo de otra manera y le pongo la mano en el bóxer. Anoche se
quedó dormido con los vaqueros puestos y me las vi negras para quitárselos sin
despertarlo. Pero ahora lo tengo a la vista, vulnerable y manipulable.
Le rozo con las uñas el tatuaje que queda por encima de la cinturilla del
bóxer… Ni se inmuta.
Meto la mano en el bóxer y abre los ojos.
—Buenos días —saluda con una sonrisa lujuriosa.
Retiro la mano y me pongo de pie.
—¡Levanta!
Bosteza en plan exagerado, se mira la entrepierna y dice:
—Me parece que ya lo he hecho.
Cierra los ojos y se hace el dormido. No tarda en empezar a roncar como un
dibujo animado. Es un rollo, pero también es adorable y simpático. Espero que
siga así toda la semana. De verdad, no pido nada más.
Le meto la mano en el bóxer otra vez y, cuando abre los ojos y me mira
como un cachorrillo, le digo:
—Ni hablar —y la saco de nuevo.
—No es justo —gimotea.
Pero se levanta y se pone los vaqueros de ayer. Se dirige a la cómoda, coge
una camiseta negra, me mira, la guarda y saca una blanca. Se pasa los dedos por
el pelo, primero se hace una cresta y luego la peina hacia abajo.
—¿Me da tiempo a lavarme los dientes? —pregunta en tono sarcástico y con
la voz ronca de tanto dormir.
—Sí, pero date prisa. Cepíllate los dientes y nos vamos —le digo, y le doy un
repaso rápido al apartamento para asegurarme de que todo está en orden.
A los pocos minutos Hardin se reúne conmigo en la sala de estar y salimos.
Ken, Karen y Landon nos están esperando en el sendero de grava de su casa
cuando llegamos.
Bajo la ventanilla.
—Perdonad que lleguemos un poco tarde —me disculpo, y aparcamos junto
a ellos.
—¡No pasa nada! Como es un viaje largo, pensábamos hacerlo todos juntos
—exclama Karen con una sonrisa.
—Ni de broma —me susurra Hardin.
—Venid —dice señalando un todoterreno negro que ocupa el resto del camino
de grava—. Ken me lo regaló por mi cumpleaños pero nunca lo usamos.
—No, no y no —dice Hardin un poco más alto.
—Será divertido —le digo en voz baja.
—Tessa… —empieza.
—Hardin, por favor, no te pongas imposible —le suplico. Y puede, sólo
puede, que haga una caída de ojos con la esperanza de convencerlo.
Me mira un momento y sus ojos se suavizan.
—Bien. Joder, tienes suerte de que te quiera.
Le aprieto la mano.
—Gracias. —Luego me vuelvo hacia Karen—. Muy bien —le digo con una
sonrisa, y apago el motor de mi coche.
Hardin mete nuestro equipaje en el maletero del todoterreno de Karen. Tiene
cara de pocos amigos.
—¡Será divertido! —afirma Landon entre risas mientras subo al vehículo.
Hardin se sienta a mi lado en el asiento de atrás después de comentar que no
piensa sentarse al lado de Landon. Ken arranca, Karen pone la radio y empieza a
cantar en voz baja.
—Parece una escena sacada de una comedia cursi y empalagosa —dice
Hardin, me coge la mano y la lleva a su regazo.
CAPÍTULO 22
Tessa
—¡Wisconsin! —dice Karen en voz alta dando palmas y señalando una
camioneta que nos adelanta.
No puedo evitar echarme a reír al ver la expresión horrorizada de Hardin.
—¡Hostia! —resopla echando la cabeza hacia atrás.
—¿Quieres parar? Se está divirtiendo —lo regaño.
—¡Texas! —exclama Landon.
—Abre la puerta, que quiero saltar —añade Hardin.
—Qué exagerado —me burlo y lo miro—. ¿Qué tiene de malo que le guste
jugar a divisar matrículas? Deberías entenderlo, a ti y a tus amigos os encantan
los juegos tontos, como Verdad o desafío.
Antes de que Hardin me suelte una de sus perlas, Karen exclama:
—¡Nos hace mucha ilusión enseñaros el barco y la cabaña!
La miro.
—¿La cabaña?
—Sí, tenemos una pequeña cabaña junto al agua. Creo que te gustará, Tessa
—dice ella.
Qué alivio no tener que dormir en el barco, que era lo que me temía.
—Espero que haga bueno. Hace un tiempo fantástico para ser febrero. En
verano es aún mejor. Tal vez podamos volver a ir todos juntos… —señala Ken
mirando por el retrovisor.
Hardin pone los ojos en blanco. Por lo visto, va a comportarse como un niño
maleducado durante todo el trayecto.
—¿Todo listo para Seattle, Tessa? —pregunta Ken—. Ayer hablé con
Christian, está deseando que llegues a las nuevas oficinas.
Sé que Hardin me está mirando, pero eso no va a detenerme.
—Mi plan es hacer las maletas a nuestro regreso, pero ya me he matriculado
en mi nueva universidad —le contesto.
—Esa universidad no es nada comparada con la mía —se burla Ken, y Karen
se ríe—. No, ahora en serio, es una buena universidad. Avísame si tienes
cualquier problema.
Sonrío, contenta por contar con su apoyo.
—Gracias. Lo haré.
—Ahora que lo pienso —continúa—. La semana que viene se incorpora un
nuevo profesor de Seattle. Va a sustituir a uno de nuestros profesores de religión.
—¿A cuál? —pregunta Landon mirándome con una ceja enarcada.
—A Soto, el profesor joven. —Ken vuelve a mirar por el retrovisor—. Os da
clase, ¿no es así?
—Sí —contesta Landon.
—No recuerdo adónde se iba, pero ha pedido el traslado —dice Ken.
—Mejor —comenta Landon por lo bajo, pero lo oigo y le sonrío.
Ni a él ni a mí nos gustan el estilo y la falta de rigor académico del profesor
Soto, aunque estaba disfrutando con el diario que nos hacía escribir.
La voz de Karen es muy dulce y se desliza entre mis pensamientos cuando
dice:
—¿Ya habéis encontrado apartamento?
—No. Había encontrado uno, o eso creía, pero parece que la mujer ha
desaparecido de la faz de la tierra. Era perfecto: entraba en mi presupuesto y
estaba cerca de la oficina —le digo.
Hardin se tensa un poco a mi lado y quiero añadir que no va a mudarse
conmigo a Seattle, pero espero que este viaje sirva para hacerle cambiar de
opinión, así que no digo nada.
—Tessa, tengo algunos amigos en Seattle. Puedo preguntar y ver si te
encuentro un apartamento de aquí al lunes, si quieres —se ofrece Ken.
—No —contesta Hardin al instante.
Lo miro.
—Eso sería fantástico —digo y o, y observo a Ken a través del retrovisor—.
De lo contrario, tendré que gastarme una fortuna en hoteles hasta que encuentre
apartamento.
Hardin hace un gesto con la mano para rechazar la oferta de su padre.
—No será necesario. Estoy seguro de que Sandra te llamará.
« Qué raro» , pienso, y me quedo mirándolo.
—¿Cómo es que sabes su nombre? —le pregunto.
—¿Qué? —Parpadea un par de veces—. Porque sólo me lo has repetido unas
mil veces.
—Ah —digo, y me da un apretón en el muslo con la mano.
—Bueno, si quieres que haga algunas llamadas, sólo tienes que decírmelo —
Ken reitera su oferta.
Tras otros veinte minutos, más o menos, Karen se vuelve hacia nosotros con
expresión radiante.
—¿Y si jugamos a Veo, veo?
Landon sonríe de oreja a oreja.
—Eso, Hardin. ¿Y si jugamos a Veo, veo?
Hardin se acurruca a mi lado, apoy a la cabeza en mi hombro y me abraza.
—Parece la monda lironda, pero es hora de la siesta —replica—. Seguro que
a Landon y a Tessa les apetece jugar.
A pesar de que se está burlando del juego, sus gestos de afecto en público me
reconfortan y me hacen sonreír. Recuerdo cuando sólo me cogía de la mano por
debajo de la mesa mientras cenábamos en casa de su padre. Ahora no le da
ningún reparo abrazarme delante de su familia.
—¡Vale! ¡Yo primero! —dice Karen—. Veo, veo… una cosa… ¡azul! —
chilla.
Hardin se ríe con la cara escondida en mi hombro.
—La camisa de Ken —susurra, y se acurruca un poco más.
—¿La pantalla del navegador? —pregunta Landon.
—No.
—¿La camisa de Ken? —me aventuro a decir.
—¡Sí! Te toca, Tessa.
Hardin me pellizca el brazo pero yo sólo veo la sonrisa de Karen. Se lo está
pasando excesivamente bien con estos juegos tan tontos, pero es demasiado dulce
como para no darle el gusto.
—Vale. Veo, veo… una cosa… —miro a Hardin— negra.
—¡El alma de Hardin! —grita Landon, y me parto de risa.
Él abre un ojo y le hace un corte de mangas a su hermanastro.
—¡Has acertado! —exclamo muerta de risa.
No le hacemos ni caso y jugamos un poco más hasta que la respiración de
Hardin se hace más profunda y empieza a roncar en mi cuello. Dice algo en
sueños, se desliza hacia abajo y recuesta la cabeza en mi regazo sin soltarme la
cintura. Landon sigue su ejemplo y se tumba en el asiento; no tarda en dormirse.
Incluso Karen se toma un descanso y acaba dando cabezadas.
Disfruto del silencio mientras miro el paisaje por la ventanilla.
—Ya estamos llegando, sólo nos faltan unos pocos kilómetros —dice Ken
hablando solo.
Asiento y paso los dedos por el pelo suave de Hardin. Mueve los párpados al
recibir mis caricias pero no se despierta. Con los dedos, recorro su espalda muy
despacio, disfrutando de poder verlo dormir en paz, abrazado a mí.
Giramos al llegar a una calle pequeña bordeada de grandes pinos. En silencio,
miro por la ventanilla. Doblamos una esquina y de repente estamos ante la costa.
Es preciosa.
Las aguas azules y resplandecientes bañan la orilla y crean un contraste
espectacular. Aunque la hierba está marrón y seca debido al frío invierno de
Washington. No puedo ni imaginar lo bonito que debe de ser esto en verano.
—Ya hemos llegado —dice Ken aparcando en un largo camino de grava.
Miro por el parabrisas y veo una enorme cabaña de madera. Está claro que
los Scott y y o tenemos una idea muy distinta de lo que es « una pequeña
cabaña» . La que estoy viendo tiene dos pisos, está construida con madera oscura
de cerezo y un porche pintado de blanco rodea la planta baja.
—Despierta, Hardin. —Con el índice, le acaricio la mandíbula.
Parpadea, confuso por un instante. Luego se sienta y se frota los ojos con los
nudillos.
—Cariño, ya estamos aquí —le dice Ken a su mujer, y ella levanta la cabeza,
seguida de su hijo.
Hardin lleva nuestras maletas adentro, todavía un poco aturdido. Ken le
enseña nuestra habitación. Yo sigo a Karen a la cocina mientras Landon lleva sus
cosas a su cuarto.
El techo al estilo de las catedrales de la sala de estar se repite, en pequeño, en
la cocina. Tardo un momento en descubrir qué tiene de especial esta habitación,
y entonces me doy cuenta de que es una versión en miniatura de la cocina de la
casa de los Scott.
—Es preciosa —le digo a Karen—. Muchas gracias por habernos invitado.
—Gracias, cielo. Es muy agradable tener compañía. —Sonríe y abre la
nevera—. Nos encanta que hay áis venido. Nunca pensé que Hardin se apuntaría
a un viaje en familia. Sé que sólo son unos días, pero significa mucho para Ken
—dice en voz baja para que sólo yo pueda oírla.
—Yo también me alegro de haber venido. Creo que me lo voy a pasar bien.
—Lo digo con la esperanza de que, al pronunciarlo en voz alta, se haga realidad.
Karen se vuelve y me coge la mano con afecto.
—Te echaremos de menos cuando te vayas a Seattle. No he pasado mucho
tiempo con Hardin, pero también lo echaré de menos a él.
—Vendré a visitaros. Seattle sólo está a un par de horas —le aseguro, e intento
convencerme a mí misma.
Yo también voy a echarlos de menos a ella y a Ken. Y ni siquiera puedo
pensar en el traslado de Landon. Aunque yo me mudaré a Seattle antes de que él
se vay a a vivir a Nueva York, no estoy lista para tenerlo tan lejos. Al menos,
Seattle se encuentra en el mismo estado. Pero Nueva Yorkestá muy muy lejos.
—Eso espero. Ahora que Landon también se va, no sé qué será de mí. He
sido madre durante casi veinte años… —Empieza a llorar—. Perdona, es que
estoy muy orgullosa de él. —Se seca las lágrimas con los dedos y consigue no
derramar más. Mira la cocina, a un lado y a otro, deseando encontrar una tarea
con la que mantenerse ocupada y dejar de sentirse así—. ¿Y si vais los tres a la
tienda que hay al final de la calle mientras Ken prepara el barco?
—Hecho —digo mientras los tres hombres entran en la cocina.
Hardin se coloca detrás de mí.
—Te he dejado las maletas en la cama para que las deshagas. Sé que yo lo
haría mal.
—Gracias —le digo encantada de que ni siquiera lo haya intentado. Le gusta
meter las cosas al tuntún en los cajones de la cómoda y me saca de quicio—. Le
he dicho a Karen que iríamos a la tienda mientras tu padre prepara el barco.
—Vale. —Se encoge de hombros.
—Tú te vienes con nosotros —le digo a Landon, que asiente.
—Landon sabe dónde está. Es justo al final de la calle. Podéis ir andando o
coger el coche, las llaves están colgadas junto a la puerta —nos dice Ken al salir.
Hace buen tiempo y, como brilla el sol, parece que hace más calor que de
costumbre en esta época del año. El cielo está azul celeste. Puedo oír el sonido de
las olas que rompen en la orilla y oler el salitre en el aire cada vez que inspiro.
Decidimos ir a la pequeña tienda del final de la calle a pie. Voy cómoda con
vaqueros y una camiseta de manga corta.
—Este sitio es increíble, es como si estuviéramos en nuestro propio mundo —
les digo a Hardin y a Landon.
—Estamos en nuestro mundo. A nadie se le ocurre venir a la play a en febrero
—comenta Hardin.
—Amí me encanta —digo pasando de su actitud.
Landon mira a Hardin, que va dando patadas a las piedras de la calle de
grava.
—Dakota tiene una audición para una pequeña obra esta semana.
—¿En serio? —le digo—. ¡Es genial!
—Sí, está muy nerviosa. Espero que le den el papel.
—¿No acaba de empezar a estudiar? ¿Por qué iban a darle el papel a una
aficionada? —dice Hardin tan tranquilo.
—Hardin…
—Le darían el papel porque, aunque sea una aficionada, es una bailarina de
primera y lleva toda la vida estudiando ballet —contraataca Landon.
Hardin levanta las manos.
—No te enfades, sólo preguntaba.
Pero Landon defiende a su novia:
—Pues ahórratelo. Tiene mucho talento y le van a dar el papel.
Hardin pone los ojos en blanco.
—Lo que tú digas… Joder…
—Es muy bonito que la apoyes al cien por cien. —Le sonrío a Landon,
intentando poner fin a la tensión que se palpa entre Hardin y él.
—Siempre tendrá mi apoy o, haga lo que haga. Por eso me voy a vivir a
Nueva York. —Mira a Hardin y él aprieta los dientes.
—¿Nos vamos a pasar así todo el viaje? ¿Os habéis confabulado para darme
la brasa? Yo paso. Para empezar, ni siquiera me apetecía venir —espeta.
Dejamos de andar y Landon y yo lo miramos. Estoy pensando en cómo
apaciguar a Hardin cuando, de repente, su hermanastro le dice:
—Pues no haber venido. Lo pasamos mucho mejor sin ti y tu actitud de
amargado.
Abro unos ojos como platos al oírlo hablar así y siento la necesidad de
defender a Hardin, pero me callo. Además, Landon tiene razón en casi todo.
Hardin no debería tener como objetivo fastidiarnos el viaje con su malhumor
simplemente porque sí.
—¿Perdona? Eres tú quien se ha puesto chulo cuando te he dicho que tu novia
era una aficionada.
—No, llevas insoportable desde que has subido al coche —replica Landon.
—Sí, porque tu madre no paraba de cantar todas las canciones de la radio y
de chillar nombres de estados. —Hardin sube la voz todo lo que puede—. Cuando
y o sólo quería disfrutar del paisaje.
Me interpongo entre ambos cuando veo que Hardin intenta abalanzarse sobre
Landon. Landon respira hondo y lo mira fijamente, desafiante.
—¡Mi madre sólo estaba intentando que lo pasáramos bien!
—Pues entonces debería haber…
—¡Chicos, parad ya! No podéis pasaros todo el viaje como el perro y el gato.
Esto es insoportable. Dejadlo estar, por favor —les suplico. No quiero tener que
ponerme de parte de mi novio o de mi mejor amigo.
Se miran fijamente unos segundos más. Qué tensión. Casi me entra la risa al
pensar que se comportan como hermanos, a pesar de que intentan no serlo con
todas sus fuerzas.
—Está bien —dice Landon con un suspiro.
—Vale —bufa Hardin.
El resto del paseo transcurre en silencio. Lo único que se oy e es la bota de
Hardin al golpear las piedras y el suave tarareo de Landon. La calma después de
la tormenta… O la de antes.
O puede que la de entre tormenta y tormenta.
—¿Qué vas a ponerte para subir al barco? —le pregunto a Landon cuando
caminamos por el sendero que conduce a la cabaña.
—Unos pantalones cortos, creo. Ahora hace calor, pero puede que me ponga
un chándal.
—Ah.
Ojalá hiciera más calor, así podría ponerme un bañador. Ni siquiera tengo
uno, pero la idea de ir a comprarlo con Hardin me hace sonreír.
Ya me lo imagino, diciéndome guarradas. Seguro que acabaría metido
conmigo en el probador.
Y no creo que y o se lo impidiera.
Tengo que dejar de pensar en esas cosas, sobre todo cuando Landon me está
hablando del tiempo y, como mínimo, tendría que fingir interés.
—El barco es una pasada. Es enorme —dice.
—Vay a… —Tuerzo el gesto. Se acerca el paseo en barco y empiezo a
ponerme nerviosa.
Landon y y o vamos a la cocina a guardar la compra y Hardin se mete en
nuestra habitación sin decir ni una palabra.
Landon mira de reojo para ver si su hermanastro ha desaparecido.
—No le gusta nada hablar de Seattle. ¿Todavía no se ha decidido a irse
contigo?
Miro a un lado y a otro para asegurarme de que no nos oy e nadie.
—No, no exactamente —digo, y me muerdo el labio inferior avergonzada.
—No lo entiendo —añade él vaciando las bolsas—. ¿Qué tiene Seattle que sea
tan horrible como para no irse contigo? ¿Forma parte de su oscuro pasado?
—No… Bueno, no que y o sepa… —empiezo a decir. Pero entonces me viene
a la cabeza la carta de Hardin. No recuerdo que mencionara ninguna de las
penalidades que pasó en Seattle. ¿Es posible que las omitiera?
No creo. Espero que no. No estoy preparada para más sorpresas.
—Debe de haber un motivo, porque ni siquiera es capaz de ir al cuarto de
baño sin ti, así que no me cabe en la cabeza que vaya a dejar que te marches
sola. Creía que haría cualquier cosa para retenerte, y quiero decir « cualquier
cosa» —enfatiza Landon.
—Pues ya somos dos. —Suspiro; no entiendo por qué tiene que ser tan
cabezota—. Y sí que es capaz de ir al baño sin mí. A veces —bromeo.
Landon se ríe conmigo.
—Casi nunca. Seguro que ha instalado una cámara oculta en tu camiseta para
no perderte de vista.
—Las cámaras no son lo mío, me van más los dispositivos de rastreo.
Doy un brinco al oír la voz de Hardin y lo veo apoyado en el umbral de la
puerta de la cocina.
—Gracias por darme la razón —dice Landon, pero él se echa a reír y menea
la cabeza. Afortunadamente, parece que está de mejor humor.
—¿Dónde está el barco? Me aburre oíros despotricar sobre mí.
—Era una broma —le digo, y me acerco a darle un abrazo.
—No pasa nada. Yo hago lo mismo a vuestras espaldas —replica en tono de
burla, aunque detecto una pizca de seriedad tras sus palabras.
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