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CAPÍTULO 23
Tessa
—El embarcadero se menea un poco, pero aguanta. Tengo que buscar a alguien
que lo arregle… —musita Ken mientras lo seguimos hacia el lugar donde tiene
amarrado el barco.
El jardín trasero da directamente al agua y las vistas son increíbles. Las olas
chocan contra las rocas de la orilla e, instintivamente, me escondo detrás de
Hardin.
—¿Qué te pasa? —me pregunta en voz baja.
—Nada. Estoy un poco nerviosa.
Se vuelve para verme bien y mete las manos en los bolsillos traseros de mis
vaqueros.
—Sólo es agua, nena. No te pasará nada.
Sonríe, pero no sé si se está burlando de mí o si lo dice en serio. Sin embargo,
cuando me roza la mejilla con los labios, disipa todas mis dudas.
—Se me había olvidado que no te gusta el agua —dice atrayéndome hacia sí.
—Me gusta el agua… de las piscinas.
—¿Y los arroy os? —pregunta socarrón.
Sonrío al recordarlo.
—Sólo un arroyo en concreto.
Aquel día también estaba muy nerviosa. Hardin tuvo que sobornarme para
que entrara en el agua. Me prometió que respondería a una de mis infinitas
preguntas a cambio de que me metiera en el agua con él. Parece que fue hace
mucho, siglos, en realidad, pero los secretos siguen siendo el tema central de
nuestro presente.
Hardin me coge de la mano y seguimos a su familia por el muelle, hacia la
imponente embarcación que nos espera al final del camino. No sé nada de
barcos, pero creo que es un barco pontón gigante. Sé que no es un yate, pero es
más grande que los pesqueros que he visto.
—Es enorme —le susurro a Hardin.
—Calla, no hables de mi polla delante de mi familia —se burla.
Me encanta cuando está gracioso pero gruñón. Su sonrisa es contagiosa. El
embarcadero cruje bajo mis pies y me aprieto contra Hardin asustada.
—Andad con cuidado —dice Ken trepando por una escalera que une el barco
al muelle.
Hardin me pasa la mano por la espalda mientras me ayuda a subir. Intento
obligarme a imaginar que sólo es una escalera de un parque infantil, que no está
unida a un barco gigante. Las manos de Hardin me reconfortan y son lo único
que impide que eche a correr por el muelle destartalado, me meta en la cabaña
y me esconda debajo de la cama.
Ken nos ayuda a subir a cubierta y, una vez a bordo, puedo apreciar lo bonito
que es el barco. Está decorado con madera blanca y cuero de color caramelo.
La zona para sentarse es muy grande y cómoda, cabemos todos de sobra.
A continuación, Ken intenta ayudar a Hardin a subir, pero su hijo lo rechaza.
Cuando está en cubierta, echa un vistazo y sólo dice:
—Está bien saber que tu barco es más grande y más bonito que la casa de mi
madre.
A Ken se le borra la sonrisa de orgullo de la cara.
—Hardin —susurro tirándole de la mano.
—Perdona —resopla.
Ken suspira pero parece aceptar la disculpa de su hijo antes de dirigirse a la
otra punta de la embarcación.
—¿Estás bien? —Se apoy a en mí.
—Sí, pero pórtate bien, por favor. Ya tengo náuseas.
—Me portaré bien, y ya me he disculpado. —Toma asiento en uno de los
sofás y yo lo sigo.
Landon coge la bolsa de la compra y se agacha para sacar latas de refrescos
y unos aperitivos. Miro más allá del barco, al mar. Es precioso y el sol baila en la
superficie.
—Te quiero —me susurra Hardin al oído.
El motor del barco cobra vida con un zumbido y me apretujo contra él.
—Te quiero —le digo sin dejar de mirar el agua.
—Si nos adentramos lo suficiente es posible que veamos delfines y, si
tenemos suerte, ¡incluso alguna ballena! —grita Ken.
—Una ballena volcaría este barco en un periquete —comenta Hardin, y trago
saliva sólo de pensarlo—. Mierda. Perdóname —se disculpa.
Cuanto más nos alejamos de la orilla, más me tranquilizo. Es raro. Pensé que
pasaría justo lo contrario, pero estar tan lejos de tierra firme me hace sentir
cierta serenidad.
—¿Soléis ver muchos delfines? —le pregunto a Karen, que se está bebiendo
un refresco.
—No. Sólo los vimos una vez. ¡Pero no nos damos por vencidos!
—Hace un tiempo increíble. Es como si estuviéramos en junio —dice Landon
quitándose la camiseta.
—¿Intentando conseguir el bronceado perfecto? —le pregunto al ver lo pálido
que tiene el torso.
—¿O ensay ando para representar el papel de un espectro? —añade Hardin.
Landon pone los ojos en blanco y pasa del comentario.
—Sí, aunque en la ciudad no creo que me haga falta.
—Si el agua no está helada, podríamos darnos un baño cerca de la orilla —
dice Karen.
—Mejor en verano —le recuerdo, y ella asiente feliz.
—Al menos tenemos jacuzzi en la cabaña —señala Ken.
Disfruto del momento. Levanto la vista y observo a Hardin, que está muy
callado, con la mirada perdida a lo lejos.
—¡Mirad! ¡Ahí! —dice Ken señalando detrás de nosotros.
Ambos nos volvemos rápidamente y tardamos un momento en ver lo que nos
indica. Es una manada de delfines que surca las aguas. No están cerca del barco,
pero sí lo suficiente para que podamos ver cómo se mueven en sincronía entre
las olas.
—¡Es nuestro día de suerte! —ríe Karen.
El viento me echa el pelo sobre la cara y por un momento no veo nada.
Hardin me lo aparta y me lo coloca detrás de la oreja. Son ese tipo de pequeños
detalles, cómo encuentra la manera de tocarme sin pensar, los que hacen que
sienta mariposas en el estómago.
—Ha sido alucinante —le digo cuando desaparecen los delfines.
—Sí, la verdad es que sí —responde sorprendido.
Después de dos horas hablando de barcos, de los veranos en este maravilloso
punto de la cota, de deportes y de una breve mención a Seattle que Hardin ha
censurado en el acto, Ken nos lleva de vuelta a la orilla.
—No ha sido tan terrible, ¿no crees? —preguntamos Hardin y yo a la vez.
—La verdad es que no. —Se ríe y me ayuda a bajar la escalera que lleva al
muelle.
El sol le ha marcado las mejillas y el puente de la nariz y tiene el pelo
enmarañado por el viento. Es tan adorable que me lo comería.
Caminamos todos juntos por el jardín trasero y sólo puedo pensar en lo
mucho que quiero que dure la paz de estar en el agua.
Cuando entramos en la cabaña, Karen anuncia:
—Voy a preparar la comida. Imagino que todos tenemos hambre —y
desaparece en la cocina.
Los demás nos quedamos de pie, contentos y en silencio.
Al rato, Hardin le pregunta a su padre:
—¿Qué más hay por aquí?
—Pues hay un restaurante en la ciudad, teníamos pensado ir a cenar todos allí
mañana. Hay un cine antiguo, una biblioteca…
—Qué coñazo, ¿no? —dice Hardin. Es un comentario borde pero lo dice en
tono de broma.
—Es un lugar muy agradable, dale una oportunidad —replica Ken, que no
parece haberse ofendido lo más mínimo.
Los cuatro nos metemos en la cocina y esperamos a que Karen prepare una
bandeja de bocadillos y fruta. Hardin, que hoy está muy cariñoso, deja la mano
en mi cadera.
Creo que este sitio le sienta bien.
Después de comer ayudo a Karen a recoger la cocina y a preparar limonada
mientras Landon y Hardin discuten sobre lo abominable que es la literatura
contemporánea. No puedo evitar echarme a reír cuando Landon menciona
Harry Potter. Hardin se embarca en un soliloquio de cinco minutos para
explicarle por qué jamás se leerá la saga, y Landon intenta convencerlo
desesperadamente de que tiene que hacerlo.
La limonada desaparece en cuanto termino de prepararla y Ken nos dice:
—Karen y y o nos vamos un par de horas a la cabaña de un amigo que está a
dos casas de aquí. Si os apetece venir…
Hardin me mira desde la otra punta de la habitación y espera mi respuesta.
Al final, dice:
—Yo paso —sin quitarme la vista de encima.
Landon nos mira a Hardin y a mí.
—Yo os acompaño —dice sin más, aunque juraría que lo he visto mirar a
Hardin con una sonrisa de satisfacción antes de levantarse para marcharse con
Ken y su madre.
CAPÍTULO 24
Hardin
Creía que no iban a irse nunca pero, en cuanto salen por la puerta, cojo a Tessa y
la tumbo en el sofá conmigo.
—¿No te apetecía ir? —me pregunta.
—Claro que no, ¿para qué coño iba a querer ir con ellos? Prefiero quedarme
aquí contigo. A solas —digo, y le soplo en la nuca para apartarle el pelo. Se
retuerce un poco por el pequeño escalofrío que le produce mi aliento en la piel—.
¿Te apetecía ir a escuchar a un montón de gente aburrida a más no poder
hablando de chorradas sin parar? —le pregunto con los labios rozándole la
mandíbula.
—No. —Incluso su respiración ya ha cambiado.
—¿Seguro? —quiero saber acariciándole el cuello con la nariz para que ladee
la cabeza.
—No lo sé, a lo mejor es más divertido que esto —dice.
Me echo a reír pegado a su cuello y la beso donde mi aliento le pone la carne
de gallina.
—Ni por asomo. Tenemos un jacuzzi en la habitación. ¿Lo has olvidado?
—Sí, pero no me sirve para nada porque no tengo bañador… —empieza a
decir.
Le chupo el cuello y me la imagino en bañador.
« Joder.»
—Ni falta que te hace —susurro.
Gira la cabeza y me mira como si estuviera loco.
—¡Claro que me hace falta! No voy a meterme en un jacuzzi sin nada
puesto.
—¿Por qué no? —Amí me parece de lo más divertido.
—Porque tu familia está aquí con nosotros.
—No sé por qué siempre me pones la misma excusa… —Llevo la mano a su
entrepierna y aprieto contra las costuras de sus vaqueros—. A veces, creo que te
gusta.
—¿El qué? —pregunta casi jadeando.
—La posibilidad de que te pillen.
—Y ¿por qué iba a gustarle eso a nadie?
—Le gusta a mucha gente, es la emoción de que puedan pillarte, ¿entiendes?
Aplico más presión entre sus piernas e intenta cerrarlas. Se debate entre lo
que quiere y lo que cree que no debe querer.
—No… No lo entiendo. Pero no me gusta —miente. Estoy casi seguro de que
le gusta.
—Ya, y a…
—¡Que no me gusta! —protesta, defendiéndose, con las mejillas sonrosadas
y los ojos muy abiertos de la vergüenza.
—No me gusta.
« No te lo crees ni tú, Tessa.»
—Vale, pues no te gusta.
Levanto las manos en señal de derrota y gimotea porque ya no puede
disfrutar con la caricia. Sabía que no lo admitiría nunca, pero valía la pena
intentarlo.
—¿Vas a meterte conmigo en el jacuzzi? —le pregunto quitándole las manos
de encima.
—Subiré contigo…, pero no voy a meterme.
—Como quieras.
Sonrío y me levanto. Sé que acabará dentro. Sólo necesita que insista más que
con otras chicas. Ahora que lo pienso, nunca me he bañado en un jacuzzi con una
chica, vestida o desnuda.
Me agarra la muñeca con su mano diminuta y me sigue al dormitorio que nos
han asignado durante los próximos días.
El balcón comunica con lo que hizo que me pidiera esta habitación para
nosotros. En cuanto vi el jacuzzi, supe que la quería dentro.
La cama tampoco está mal. Es pequeña pero, para como dormimos nosotros,
nos sobra.
—Me encanta este lugar, hay mucha paz —dice Tessa, y se sienta en la cama
para descalzarse.
Abro las contraventanas y las ventanas del balcón.
—No está mal. —Si mi padre, su mujer y Landon no estuvieran aquí, estaría
mucho mejor.
—No tengo nada que ponerme para ir mañana al restaurante del que hablaba
antes tu padre.
Me encojo de hombros para abrir el grifo del jacuzzi.
—Pues no vamos y punto.
—Pero yo quiero ir. Sólo es que, cuando hice la maleta, no sabía que íbamos
a salir.
—Es culpa suy a por no haberlo planeado mejor —digo, y estudio el
manómetro para asegurarme de que funciona correctamente—. Podemos ir en
vaqueros. No parece que nadie se arregle mucho aquí.
—No sé yo…
—Y si no quieres ir en vaqueros, podemos buscar una tienda en este pueblo
de mala muerte en la que puedas comprarte otra cosa —le sugiero, y sonríe.
—¿Cómo es que estás de tan buen humor? —me pregunta con una ceja
enarcada.
Meto un dedo en el agua. Ya casi está. Este cacharro es rápido.
—No sé… Estoy de buen humor y punto.
—¿Debería preocuparme? —pregunta, y sale al balcón a reunirse conmigo.
—No. —« Sí.» Señalo el sillón de mimbre que hay junto al jacuzzi—. ¿Vas a
sentarte aquí fuera conmigo mientras yo disfruto de un relajante baño de agua
hirviendo?
Se echa a reír, dice que sí con la cabeza y se sienta. Observo esos ojos
inocentes que me miran fijamente mientras me quito la camiseta y los
pantalones. Me dejo el bóxer puesto, quiero que me lo quite ella.
—¿Seguro que no quieres entrar tú primero? —le pregunto metiendo una
pierna.
« Joder, esto quema.» A los pocos segundos la quemazón desaparece y me
reclino contra la pared de plástico.
—Seguro —dice, y mira los bosques que nos rodean.
—Aquí no nos ve nadie. ¿De verdad crees que te diría que te metieras
desnuda si alguien pudiera verte? —le pregunto—. Ya sabes, con lo celoso que
soy y todo eso.
—¿Y si vuelven? —pregunta en voz baja como si alguien pudiera oírla.
—Han dicho que tardarían un par de horas.
—Ya, pero…
—Creía que ibas a aprender a disfrutar un poco de la vida —tiento a mi
preciosa chica.
—Eso hago.
—Estás sentada, de morros, en un sillón de mimbre, mientras yo disfruto de
las vistas —comento.
—No estoy de morros —replica, y hace pucheros.
Le sonrío satisfecho sabiendo que eso le va a sentar mal.
—Vale —digo cerrando los ojos mientras ella aprieta los labios—. Estoy muy
solo aquí dentro. Es posible que tenga que mimarme un poco.
—No tengo nada que ponerme.
—Déjà vu —puntualizo, recordando por segunda vez hoy nuestra excursión al
arroy o.
—Yo…
—Métete de una vez —le ordeno sin abrir los ojos ni cambiar de tono. Lo digo
como si fuera inevitable porque sé que lo es.
—Está bien. ¡Allá voy! —contesta intentando convencerse a sí misma de que
está harta de mí y de que en realidad no le apetece meterse a pesar de que lo
está deseando.
Ha sido más fácil de lo que imaginaba. Cuando abro los ojos, casi me
atraganto. Se está quitando la camiseta y, cómo no, lleva el sujetador rojo.
—Quítate el sujetador —le digo.
Mira a un lado y a otro y meneo la cabeza. Lo único que se ve desde este
balcón es el mar y los árboles.
—Quítatelo, nena —insisto, y asiente. Se baja los tirantes por los brazos.
No me cansaré nunca de ella. Da igual la de veces que la acaricie, que me la
folle, que la bese, que la abrace… Nunca serán suficientes y siempre querré
más. Ni siquiera es por el sexo, del que disfrutamos a menudo, es que soy el
único que ha estado con ella y confía en mí lo suficiente para desnudarse en un
puto balcón.
¿Cómo es que soy tan capullo? No quiero fastidiarla con esta chica.
Sus vaqueros se reúnen con la camiseta y el sujetador en la silla,
perfectamente doblados, cómo no.
—Las bragas también —le recuerdo.
—No, tú llevas el bóxer puesto —contraataca, y se mete en el agua—. ¡Ay!
—chilla sacando el pie y metiéndolo otra vez poco a poco. Una vez dentro,
suspira. Su cuerpo se ha acostumbrado al agua caliente.
—Ven aquí. —Alargo el brazo para cogerla y sentarla en mi regazo.
Supongo que los incómodos asientos de plástico tienen su utilidad al fin y al
cabo. Su cuerpo contra el mío, sumado a los chorros de agua, hace que quiera
arrancarle las bragas de un tirón.
—En Seattle podríamos estar así todo el tiempo —dice, y me rodea el cuello
con los brazos.
—¿Así, cómo?
Lo último que me apetece es hablar de la maldita Seattle. Si pudiera
encontrar el modo de borrarla del mapa, lo haría.
—Como ahora. Solos tú y yo. Sin problemas con tus amigos, como Molly, sin
malos rollos. Tú, yo y una nueva ciudad. Podríamos empezar de nuevo, Hardin,
juntos.
—No es tan sencillo —le digo.
—Sí que lo es. No más Zed.
—Creía que habías venido a follarme, no a hablar de Zed —la provoco, y se
tensa.
—Perdona, yo…
—Tranquila, era una broma. Bueno, la parte de Zed. —La recoloco para que
se siente a horcajadas encima de mí, con su pecho desnudo contra el mío—. Lo
eres todo para mí, lo sabes, ¿verdad? —Le repito la pregunta que le he hecho
tantas veces.
No contesta. Apoy a los codos en mis hombros, enrosca los dedos en mi pelo
y
m
e
b
e
s
a. Me tien
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g
a
n
a
s. L
o
s
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b
í
a.
CAPÍTULO 25
Hardin
Intento acercar su cuerpo casi desnudo aún más al mío mientras ella intensifica
el beso. Me coge los brazos y se lleva mi mano entre los muslos.
No tiene sentido perder el tiempo.
—Deberías habértelas quitado —le digo dando un tirón a las bragas finas y
empapadas.
Deja escapar una carcajada sin aliento antes de coger aire cuando mis dedos
la penetran. Mi boca entrecorta sus gemidos. Atrapa mi labio inferior con la suy a
y casi pierdo la cabeza. Es tan sexi y seductora…, ni siquiera tiene que
esforzarse.
Cuando empieza a mover las caderas y a restregarse contra mi mano, la cojo
de la muñeca, la levanto y la coloco a mi lado con las piernas abiertas, sin que
mis dedos dejen de complacerla.
Las malditas bragas me están poniendo de los nervios.
Se sobresalta y hace un mohín cuando le saco los dedos y los engancho en las
bragas. Se las quito de un tirón lo más rápido que puedo, ella termina de
sacárselas de un puntapié y se hunden en el agua. Contemplo durante un segundo
cómo los chorros de agua las arrastran al otro lado del jacuzzi. Es fascinante ver
cómo esa última barrera flota suavemente lejos de nosotros.
Pero Tessa entonces me coge de la muñeca y me obliga a seguir
acariciándola.
—¿Qué quieres? —le pregunto.
—A ti. —Sonríe con dulzura y se abre más de piernas, demostrándome lo
guarra que es en realidad.
—Date la vuelta —le digo.
Sin darle tiempo a contestar, le doy la vuelta y grita. Me asusto un instante
pero luego comprendo que uno de los chorros apunta directamente a su pequeño
coño. Por eso gime. En un minuto estará chillando a pleno pulmón.
Me arrodillo detrás de ella. Me encanta hacérselo así, la siento mejor. Puedo
acariciarle la sedosa piel y prestarles atención a todos los músculos que se
mueven bajo ésta… Y ver cómo coge aire cada vez que se la meto.
Le aparto el pelo largo a un lado y me acerco, metiendo la polla más y más.
Tessa arquea la espalda y le cojo una teta en cada mano mientras empiezo a
entrar y a salir muy despacio.
Joder, esto es una maravilla, mejor que nunca. Debe de ser el agua caliente a
presión a nuestro alrededor mientras se la meto y se la saco poco a poco. Gime y
bajo la mano para asegurarme de que el chorro de agua sigue dándole de pleno.
Tiene los ojos cerrados y la boca abierta, los nudillos blancos de sujetarse con
fuerza al borde de la bañera.
Quiero ir más rápido, machacarla sin piedad, pero me obligo a adoptar un
ritmo lento.
—Hardiiiin… —gime.
—Joder, es como si pudiera sentir cada centímetro de ti… —No he terminado
de pronunciar la frase cuando me entra el pánico y se la saco.
« El condón.»
Ni siquiera se me ha ocurrido ponerme un puto condón. ¿Qué me ha hecho?
—¿Qué pasa? —jadea; una fina capa de sudor le baña la cara.
—¡No llevo condón! —Me paso las manos por el pelo húmedo.
—Ah —dice tan tranquila.
—¿Ah? ¿Cómo que « ah» ?
—Ve a ponerte uno —sugiere con mirada inocente.
—¡No es eso! —Me pongo de pie en el jacuzzi. No dice nada—. Si no me
hubiera acordado, podría haberte dejado preñada.
Asiente. Lo ha entendido.
—Ya, pero te has acordado.
« ¿Cómo es que está tan tranquila?» Tiene su superplán de mudarse a Seattle,
un bebé lo mandaría al traste. « Un momento…»
—¿Ése era tu plan? ¿Crees que si te dejo embarazada me iré contigo? —
Parezco un fanático de las teorías conspiranoicas, pero tiene sentido.
Se vuelve, riéndose.
—¡¿No lo dirás en serio?! —replica, y cuando intenta abrazarme me aparto.
—Muy en serio.
—Es de locos. Cariño, ven aquí. —Intenta cogerme otra vez, pero la esquivo
y me voy al extremo opuesto del jacuzzi.
El dolor le cruza la cara como una señal fluorescente y se tapa las tetas con
las manos.
—Es a ti a quien se le ha olvidado el condón y ahora me dices que intento
cazarte quedándome embarazada. —Menea la cabeza sin poder creérselo—.
Pero ¿tú te has oído?
« No serías la primera chalada en intentarlo.»
Trato de acercarme un poco pero se pone de rodillas en el asiento para
apartarse. La miro impasible y no digo nada.
Me observa con los ojos llenos de lágrimas, se levanta y sale del jacuzzi.
—Voy a ducharme.
Desaparece en el dormitorio. Primero cierra de un portazo la ventana y luego
da otro con la puerta del baño.
—¡Mierda! —grito, y le doy un manotazo al agua caliente deseando que me
lo devuelva.
Tengo que empezar a escuchar lo que digo. No es una loca a la que no
conozco de nada. Es Tessa. ¿Qué coño me pasa? Estoy paranoico. Me siento tan
culpable por todo el rollo de Seattle que estoy perdiendo el juicio. El poco que me
queda, vay a.
Tengo que arreglarlo, o al menos intentarlo. Se lo debo, y más después del
modo en que acabo de acusarla de la tontería más grande del universo.
Irónicamente, y por retorcido que parezca, desearía no haberme acordado
del condón…
No. No. No es verdad. Lo que sucede es que no quiero que me deje y no se
me ocurre otra manera de hacer que se quede. Pero, desde luego, un bebé no es
la solución. He hecho todo lo posible menos encerrarla a cal y canto en el
apartamento. Sí, se me ha pasado por la cabeza un par de veces, pero no creo
que le haga ninguna gracia. Además, probablemente tendría déficit de vitamina
D. Y dejaría de hacer y oga… y de ponerse esos pantaloncitos.
Tengo que entrar y pedirle perdón por haberla avergonzado de ese modo y
haberme comportado como un imbécil antes de que vuelva mi familia. A lo
mejor tengo suerte y se pierden unas horas en el bosque.
Sin embargo, primero tengo que hacer una cosa. Salgo del jacuzzi y me meto
en la habitación. Hace un frío que pela ahora que sólo llevo puesto el bóxer
empapado. Miro mi móvil y la puerta del baño. Oigo correr el agua de la ducha,
así que cojo el teléfono y una manta del respaldo de la silla y salgo otra vez al
balcón.
Busco entre mis contactos el nombre de « Samuel» . Ahí estuve rápido. No sé
por qué guardé el número de esa mujer. Supongo que porque sabía que acabaría
metido en un embrollo y tendría que volver a llamarla. Cambié el nombre por si
Tessa volvía a registrar mis cosas, puesto que sabía que lo haría. Creía que me
había descubierto cuando me preguntó por qué había borrado el registro de
llamadas y me oyó gritándole a Molly por teléfono.
En cierto modo, estoy seguro de que preferiría ver a Molly antes que a esta
persona en mi lista de llamadas.
CAPÍTULO 26
Tessa
No me puedo creer que Hardin haya tenido la poca vergüenza de acusarme de
intentar quedarme embarazada o de pensar siquiera que sería capaz de hacerle
algo así…, a él y a mí misma. Es totalmente absurdo.
Todo iba muy bien —demasiado bien, la verdad—, hasta que ha mencionado
lo del condón. Debería haber salido del agua y haber cogido uno. Sé que tenía un
montón en la parte superior de su maleta. Vi cómo los embutía ahí después de
que yo hiciera las maletas perfectamente ordenadas.
Debe de sentirse frustrado con todo este lío de Seattle y por eso ha
reaccionado de manera tan exagerada, y puede que yo también. Después del
cabreo que me he cogido tras los groseros comentarios de Hardin y de que hay a
echado a perder nuestro… momento en el jacuzzi, necesito una ducha de agua
caliente. Segundos más tarde, el agua empieza a surtir su efecto en mis tensos
músculos, me relaja los nervios y me aclara las ideas. Ambos hemos
reaccionado de manera exagerada, él más que yo, y la discusión era totalmente
innecesaria. Alargo la mano para coger el champú, y entonces me doy cuenta
de que estaba tan centrada en alejarme de él que he olvidado coger mi neceser.
Genial.
—¿Hardin? —lo llamo.
Dudo que me oiga con el ruido de la ducha y del jacuzzi, pero aparto la
cortina de flores y espero a que aparezca por si acaso. Al cabo de unos segundos,
al ver que no lo hace, cojo la toalla y me cubro con ella. Dejando un rastro de
agua a mi paso, me dirijo al dormitorio y me acerco hasta las maletas, que están
sobre la cama. Entonces oigo la voz de Hardin.
No distingo lo que dice, pero sí su tono de fingida cortesía, lo que me lleva a la
conclusión de que está intentando ser amable y ocultar su frustración. Y
eso me lleva a la conclusión de que le importa lo suficiente esa
conversación como para no ser él mismo.
Recorro a hurtadillas el suelo de madera y, como tiene puesto el altavoz, oigo
que alguien dice:
—Porque soy agente inmobiliaria, y mi trabajo es llenar apartamentos
vacíos.
Hardin suspira.
—Vale, y ¿tienes algún apartamento más que llenar? —pregunta.
Un momento… ¿Hardin está intentando conseguirme un apartamento? La
idea me deja pasmada a la par que emocionada. Por fin empieza a ceder con lo
de Seattle y está tratando de ayudarme en lugar de ponerme trabas. Ya era hora.
La mujer al otro lado del teléfono, cuy a voz, por cierto, me resulta bastante
familiar, responde:
—Cuando hablé contigo me diste la impresión de que no debía perder el
tiempo buscándole un apartamento a tu amiga Tessa.
« ¿Qué? Espera… Entonces ¿él…?»
No sería capaz.
—En realidad…, no es tan horrible como te la pinté. No ha destrozado ningún
apartamento ni se ha marchado sin pagar —dice, y se me cae el alma a los pies.
Sí ha sido capaz.
Cruzo las puertas del balcón hecha una furia.
—¡Eres un cerdo egoísta! —Grito lo primero que me viene a la cabeza.
Hardin se vuelve hacia mí, pálido y con la boca muy abierta. Se le cae el
teléfono al suelo y me mira como si fuese una especie de horrible criatura que
ha venido para acabar con él.
—¿Hola? —dice la voz de Sandra a través del altavoz, y él se agacha para
coger el teléfono y silenciarla.
La furia me invade.
—¿Cómo has podido? ¿Cómo has podido hacer algo así?
—Es que… —empieza.
—¡No! ¡Ni se te ocurra hacerme perder el tiempo con tus excusas! ¡¿En qué
diablos estabas pensando?! —grito agitando frenéticamente un brazo en su
dirección.
Corro echando humo de nuevo al dormitorio y él me sigue, rogándome:
—Tessa, escúchame.
Me vuelvo herida, y fuerte, y dolida, y airada.
—¡No! Escúchame tú a mí, Hardin —digo con los dientes apretados
intentando bajar la voz. Pero no puedo—: ¡Estoy harta de esto! ¡Estoy harta de
que intentes sabotear todo aquello de mi vida que no tiene que ver contigo! —
grito apretando los puños con fuerza a los costados.
—No es eso lo que…
—¡Cállate! ¡Cierra la maldita boca! Eres un egoísta y un arrogante…, eres…
¡Grrr!
No pienso con claridad. No paro de echar pestes por la boca y de agitar las
manos en el aire delante de mí.
—No sé en qué estaba pensando. Pero justo estaba intentando solucionarlo.
Lo cierto es que no debería sorprenderme. Debería haber imaginado que
Hardin estaba detrás de la repentina desaparición de Sandra. No es capaz de
dejar de interferir en mi vida, en mi carrera, y ya estoy harta.
—Exacto; justo a eso me refería. Siempre haces algo. Siempre me ocultas
algo. Siempre encuentras nuevas maneras de controlar todo lo que hago, ¡y ya
no lo aguanto más! Esto es demasiado. —No puedo evitar pasearme de un lado a
otro de la habitación, mientras Hardin me observa con cautela—. Puedo soportar
que seas un poco sobreprotector y que te pelees de vez en cuando. Mierda, puedo
soportar que seas un auténtico capullo la mitad del tiempo porque en el fondo sé
que sólo haces lo que crees que es mejor para mí. Pero estás intentando arruinar
mi futuro, ¡y no pienso permitirlo, joder!
—Lo siento —dice. Y sé que lo dice de verdad, pero…
—¡Siempre lo sientes! Siempre es la misma mierda: haces algo, me ocultas
algo, dices algo, lloro, dices que lo sientes y, ¡hala!, todo olvidado —digo
apuntándolo con un dedo—. Pero esta vez no va a ser así.
Siento una tremenda necesidad de darle un bofetón en toda la cara pero, en
lugar de hacerlo, busco algo con lo que descargar mi ira. Agarro un almohadón
con volantes de la cama y lo tiro contra el suelo. Cojo otro y hago lo mismo. No
ayuda mucho a sofocar la rabia que me quema por dentro, pero me sentiría aún
peor si destrozara alguna de las cosas de Karen.
Esto es agotador, y no sé cuánto más voy a poder aguantar sin venirme
abajo.
A la mierda. No pienso venirme abajo esta vez. Estoy harta de hacerlo, es lo
que hago siempre. Necesito recoger mis propios pedazos, recomponerlos y
apartarlos de Hardin para evitar que terminen de nuevo hechos añicos a sus pies.
—Estoy harta de este círculo vicioso. Te lo he dicho mil veces, pero no me
escuchas. Siempre encuentras la manera de continuarlo, y no puedo más. ¡Se
acabó!
Creo que jamás había estado tan enfadada con él. Sí, ha hecho cosas peores,
pero siempre las he superado. Nunca antes habíamos estado en esta situación,
una situación en la que yo pensaba que él había dejado de ocultarme cosas, y en
la que creía que había entendido que no puede interferir en mi carrera. Esta
oportunidad es muy importante para mí. He sido testigo toda mi vida de lo que le
pasa a una mujer que no tiene nada propio. Mi madre nunca ha tenido nada que
hay a conseguido por sí misma, algo que fuera suy o, y yo necesito eso. Necesito
hacer esto, necesito demostrar que, a pesar de ser joven, puedo labrarme un
porvenir por mí misma, cosa que ella no fue capaz de hacer. No puedo permitir
que nadie me arrebate esta oportunidad como lo hizo ella.
—¿Se acabó… lo nuestro? —pregunta con voz temblorosa y entrecortada—.
Has dicho que se acabó…
No sé qué es lo que se ha acabado. Debería ser lo nuestro, pero sé que no
debo decir eso ahora mismo. Normalmente, a estas alturas y a estaría llorando y
perdonándolo con un beso…, pero hoy no.
—Joder, estoy agotada y no lo soporto. ¡Las cosas no pueden seguir así! ¡Ibas
a dejar que me fuese a Seattle sin un sitio donde vivir para forzarme a quedarme
aquí!
Hardin se coloca delante de mí, en silencio. Respiro hondo esperando que mi
ira disminuya, pero no lo hace. No para de aumentar hasta que prácticamente
empiezo a verlo todo rojo. Cojo el resto de los almohadones e imagino que son
floreros de cristal que se estrellan contra el suelo formando un estropicio para
que otro lo recoja. El problema es que acabaría siendo yo quien lo hiciera. Él no
se arriesgaría a cortarse para evitar que me cortase yo.
—¡Lárgate! —le grito.
—No, lo siento, ¿vale? Yo…
—¡Que te largues! —escupo, y él me mira como si no me conociera de
nada.
Y puede que así sea.
Deja caer los hombros y sale de la habitación. Cierro la puerta de golpe
cuando lo hace y me dirijo al balcón. Me siento en la silla de mimbre y observo
el mar para intentar relajarme.
No tengo lágrimas, sólo recuerdos. Recuerdos y arrepentimientos.

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