27-33
CAPÍTULO 27
Hardin
Sé que está agotada, lo veo en su cara cada vez que la cago. La pelea con Zed, la
mentira sobre mi expulsión…, cada metedura de pata por mi parte le va pasando
factura; ella cree que no me doy cuenta, pero sí lo hago.
¿Por qué habré puesto el altavoz? De no haberlo hecho, podría haber resuelto
esta mierda y haberle contado mi cagada después de haberlo solucionado todo.
Así no se habría cabreado tanto.
No pensé en cómo reaccionaría Tessa cuando lo descubriera, y desde luego
no me planteé dónde viviría si no cambiaba de idea con respecto a lo de
trasladarse. Supongo que estaba convencido de que, con lo obsesa del control que
es, acabaría posponiendo su viaje si no tenía ningún sitio donde quedarse.
« Bien hecho, Hardin.»
Tenía buenas intenciones; es decir, en su momento no, pero ahora sí. Sé que
no debería haber interferido en su búsqueda de apartamento en Seattle, pero me
estoy agarrando a un clavo ardiendo para que no me deje. Sé lo que pasará en
Seattle, y que no va a acabar bien.
Fiel a mi naturaleza, golpeo con el puño la pared junto a la escalera.
—¡Joder!
Fiel a mi suerte, ésta no es de yeso laminado, sino de madera maciza, y duele
que te cagas. Me froto el puño con la otra mano y tengo que obligarme a no
repetir mi estúpida reacción. Afortunadamente no me he roto nada. Me saldrán
moratones, pero y a estoy más que acostumbrado.
« Estoy harta de este círculo vicioso. Te lo he dicho mil veces, pero no me
escuchas.» Bajo la escalera dando fuertes pisadas y me tiro en el sofá como un
crío enfurruñado. Eso es justo lo que soy, un crío de mierda. Ella lo sabe, yo lo
sé…, ¡joder, todo el mundo lo sabe! Debería estampármelo en una puta
camiseta.
Debería volver arriba y tratar de explicarme de nuevo pero, sinceramente,
me da un poco de miedo. Nunca la había visto tan cabreada.
Tengo que largarme de aquí. Si Tessa no me hubiese obligado a viajar
fingiendo que somos una familia feliz, me marcharía ahora mismo y acabaría
con este puto paripé. Yo no quería venir.
Lo del barco no ha estado mal del todo… Pero el viaje en general es una
mierda, y ahora que está cabreada conmigo no tiene ningún sentido que me
quede. Miro al techo sin saber qué debo hacer. No puedo quedarme aquí sentado,
y sé que si lo hago acabaré subiendo y tensando más la cuerda con Tessa.
Iré a dar un paseo. Eso es lo que hace la gente normal cuando está cabreada
en lugar de golpear paredes y romper trastos.
Antes tendré que vestirme, pero si vuelvo a la habitación me asesinará.
Suspiro mientras subo la escalera. Si no estuviera tan confundido por el
comportamiento de Tessa, me importaría más lo que estoy a punto de hacer.
Abro la puerta del dormitorio de Landon y pongo los ojos en blanco al
instante. Tiene toda su ropa perfectamente colocada encima de la cama; seguro
que se disponía a guardarla en el armario antes de que su madre y mi padre lo
arrastraran consigo.
Me revuelvo al ver las espantosas prendas y busco desesperadamente algo
que no lleve un maldito cuello. Por fin encuentro una camiseta azul lisa y un
pantalón de chándal negro.
« Genial.» Ahora he tenido que recurrir a compartir ropa con Landon.
Espero que la furia de Tessa no dure demasiado pero, por primera vez, no sé qué
va a pasar. No esperaba que reaccionara tan mal, y no me refiero a las cosas que
me ha dicho, sino a la manera en que me miraba todo el tiempo. Esa mirada
expresaba mucho más de lo que podría expresar por la boca y, de hecho, me ha
asustado mucho más que cualquier palabra que pudiera haberme dicho.
Miro hacia la puerta de lo que era nuestra habitación hasta hace veinte
minutos, vuelvo a bajar la escalera y salgo a la calle.
Apenas he llegado al sendero cuando aparece mi hermanastro favorito. Al
menos, viene solo.
—¿Y mi padre? —le pregunto.
—¿Llevas puesta mi ropa? —responde claramente confundido.
—Eh…, sí. No tenía elección, no te emociones. —Le quito importancia,
sabiendo por la sonrisa que se ha dibujado en su rostro que estaba a punto de
hacer justo eso.
—Vale… ¿Qué has hecho esta vez?
« ¡Pero ¿qué cojones…?!»
—¿Qué te hace pensar que he hecho algo?
Enarca una ceja.
—Sí, tío…, he hecho algo. Una estupidez enorme —farfullo—. Pero no quiero
oír tus sermones, así que no te preocupes.
—Vale. —Se encoge de hombros y empieza a alejarse de mí.
Esperaba algunas palabras por su parte, a veces no se le da mal dar consejos.
—¡Espera! —grito, y se vuelve—. ¿No vas a preguntarme el qué?
—Acabas de decir que no quieres hablar de ello —responde.
—Ya, pero… Bueno… —No sé qué decir, y me está mirando como si me
hubiesen salido dos cabezas.
—¿Quieres que te lo pregunte? —Parece satisfecho, pero por suerte no está
siendo demasiado capullo.
—Soy el responsable… —empiezo, pero justo entonces veo que Karen y mi
padre vienen caminando por el sendero.
—¿El responsable de qué? —pregunta Landon volviéndose para mirarlos.
—De nada, olvídalo —suspiro, y me paso los dedos por el pelo húmedo con
frustración.
—¡Hola, Hardin! ¿Dónde está Tessa? —dice Karen.
¿Por qué todo el mundo me pregunta eso como si fuera incapaz de alejarme
más de metro y medio de ella?
El creciente dolor que siento en el pecho me recuerda precisamente eso: no
puedo estarlo.
—Dentro, durmiendo —miento, y me dirijo a mi hermanastro—. Voy a dar
un paseo. Asegúrate de que está bien.
Él asiente.
—¿Adónde vas? —me pregunta mi padre mientras paso por su lado.
—Por ahí —espeto, y acelero el paso.
Para cuando llego a una señal de stop unas cuantas calles más allá, me doy
cuenta de que no tengo ni puta idea de adónde voy ni de cómo volver al punto de
partida. Sólo sé que llevo caminando un rato y que todas estas calles son
engañosamente ventosas.
Oficialmente, detesto este lugar.
No me parecía tan mal mientras observaba cómo el viento mecía
ligeramente el cabello de Tessa. Ella tenía la mirada fija en el agua brillante, con
los labios curvados formando una pequeña sonrisa de satisfacción. Parecía muy
relajada, como las mansas olas alejadas de la orilla, tranquilas y serenas, hasta
que nuestro barco perturbó su paz. A nuestro paso, las aguas rugían y azotaban los
costados de nuestra embarcación con furia. Pronto volverían a su estado de
sosiego, hasta que otra llegara para molestarlas.
De repente, una voz femenina interrumpe la visión de la piel bronceada de
Tessa:
—¿Te has perdido o algo?
Para mi sorpresa, cuando me doy la vuelta me encuentro con una chica que
parece de mi edad, más o menos. Tiene el pelo castaño, casi tan largo como
Tessa. Está aquí sola de noche. Me vuelvo para mirar a nuestro alrededor. No hay
nada, sólo una carretera de gravilla vacía y el bosque.
—¿Y tú? —respondo, no sin antes percatarme de que viste una falda larga.
Me sonríe y se aproxima. Debe de faltarle un tornillo o algo para estar aquí
en medio de la nada preguntándole a un completo desconocido con un aspecto
como el mío si se ha perdido.
—No. Estoy huyendo —contesta, y se coloca el pelo detrás de la oreja.
—¿Huy endo? ¿Con veinte años?
Pues más le vale mover el culo. Lo último que necesito es toparme con un
padre cabreado en busca de su pedante hija.
—No. —Se echa a reír—. He vuelto de la universidad para visitar a mis
padres, y me están matando de aburrimiento.
—Vaya, me alegro por ti. Espero que tu sendero de libertad te conduzca hasta
Shangri-la —respondo, y empiezo a alejarme de ella.
—Vas en la dirección equivocada —me advierte.
—Me da igual —replico.
Y gruño cuando oigo sus pasos crujiendo en la gravilla por detrás de mí.
CAPÍTULO 28
Tessa
Estoy más que harta de pelear con Hardin. No sé muy bien qué hacer ahora, qué
medidas tomar. Lo he estado siguiendo por el camino que hemos recorrido
durante meses, y me temo que no llegamos a ninguna parte. Ambos estamos tan
perdidos como al principio.
—¿Tessa? —La voz de Landon cruza la habitación y sale hasta el balcón.
—Estoy aquí —respondo, y me siento aliviada de haberme puesto unos shorts
y una sudadera encima.
Hardin siempre se burla de mí cuando lo hago, pero en momentos como éste
resulta cómodo, ya que no tienes ni demasiado frío ni demasiado calor.
—Hola —dice mientras sale y se sienta en la silla que tengo al lado.
—Hola. —Lo miro un instante antes de volver a fijar la vista en el agua.
—¿Estás bien?
Me tomo un momento para reflexionar sobre su pregunta: ¿estoy bien? No.
¿Lo estaré? Sí.
—Sí, esta vez creo que sí.
Me llevo las rodillas al pecho y las envuelvo con mis brazos.
—¿Quieres hablar de ello?
—No. No quiero fastidiar el viaje con mis dramas. Estoy bien, de verdad.
—Vale, pero que sepas que, si necesitas hablar, estoy aquí para escucharte.
—Lo sé.
Lo miro y él me sonríe para infundirme ánimos. No sé cómo voy a
apañármelas sin él.
De repente, abre unos ojos como platos y señala algo.
—¿Eso no es…?
Sigo la dirección de su mirada.
—¡Ay, madre!
Me levanto corriendo, recojo las bragas rojas que flotan en el jacuzzi y me
las meto en el acto en el bolsillo delantero de mi sudadera.
Landon se muerde el labio inferior para contener la risa, pero yo no puedo
refrenar la mía. Ambos nos reímos a carcajadas: las suyas, auténticas; las mías,
de humillación. Pero prefiero mil veces reírme con Landon a mis típicos lloros
tras pelearme con Hardin.
CAPÍTULO 29
Hardin
Estoy empezando a hartarme de no ver nada más que gravilla y árboles mientras
deambulo por este pequeño pueblo. La desconocida todavía me sigue, y mi pelea
con Tess aún me pesa.
—¿Vas a seguirme por todo el pueblo? —le pregunto a la muy pesada.
—No, voy a volver a la cabaña de mis padres.
—Vale, pues vuelve sola.
—No eres muy simpático que digamos —me suelta.
—¿En serio? —Pongo los ojos en blanco, aunque sé que no puede verme la
cara—. Me han dicho que la cortesía es uno de mis puntos fuertes.
—Pues te han mentido —replica, y a continuación oigo una risita a mi
espalda.
Le doy una patada a una piedra y por primera vez doy gracias por la
obsesión por la limpieza de Tessa, ya que si no me hubiese obligado a dejar los
zapatos en la puerta de la cabaña tendría que haberme puesto las zapatillas de
Landon, que son espantosas, y además estoy seguro de que tiene los pies mucho
más pequeños que los míos.
—¿De dónde eres? —me pregunta.
Finjo no oírla y sigo caminando. Creo que tengo que girar a la izquierda en el
siguiente stop. Al menos, eso espero.
—¿De Inglaterra?
—Sí —contesto. Y, ya puestos, le pregunto—: ¿Por dónde es?
Me vuelvo y veo que señala hacia la derecha. Por supuesto, estaba
equivocado.
Tiene los ojos azul claro, y su falda es tan larga que la arrastra por la gravilla.
Me recuerda a Tessa…, bueno, a la Tessa que era cuando la conocí. Mi Tessa ya
no viste ropa tan espantosa como ésa. Y también ha aprendido un vocabulario
nuevo gracias a las innumerables veces que la he obligado a insultarme.
—¿Tú también has venido con tus padres? —Su voz es grave, casi dulce.
—No… Bueno, más o menos.
—¿Cómo que « más o menos» ? —Sonríe. Su manera de expresarse también
me recuerda a Tessa.
Miro a la chica de nuevo para comprobar que realmente está aquí y que no
es ningún fantasma como los de Cuento de Navidad que ha venido para darme
alguna especie de lección.
—He venido con mi familia y mi novia. Tengo novia, por cierto —le advierto.
No creo que esta chica pudiera interesarse por alguien como y o, pero eso
mismo pensé de Tessa en su día.
—Vale… —asiente.
—Muy bien.
Acelero el paso con la esperanza de crear distancia entre nosotros. Giro a la
derecha, y ella hace lo propio. Ambos nos apartamos al césped cuando pasa un
camión por delante, y pronto me alcanza de nuevo.
—Y ¿dónde está tu novia? —pregunta.
—Durmiendo. —Me parece lógico utilizar la misma mentira que les he
contado a mi padre y a Karen.
—Hum…
—Hum, ¿qué? —La miro.
—Nada —responde con la vista al frente.
—Ya me has seguido la mitad del camino. Si tienes algo que decir, dilo —
replico con irritación.
Retuerce algo que tiene entre las manos mientras mira hacia abajo.
—Estaba pensando que parece que estás intentando huir de algo o
esconderte… No lo sé, no me hagas caso.
—No me estoy escondiendo; me dijo que me largara y eso he hecho.
¿Qué coño sabrá esta imitación de Tessa?
Me mira.
—Y ¿por qué te ha echado?
—¿Siempre eres tan cotilla?
Sonríe.
—La verdad es que sí —asiente.
—Odio a la gente cotilla.
Menos a Tessa, claro. Aunque, por mucho que la quiera, a veces me dan
ganas de taparle la boca con cinta aislante cuando empieza con sus
interrogatorios. Es el ser humano más entrometido que he conocido en la vida.
Estoy mintiendo. Adoro cuando me da la lata. Antes lo detestaba, pero ahora
lo entiendo. Yo también quiero saberlo todo de ella…, lo que piensa, lo que hace,
lo que quiere. Y para mi puto horror, soy consciente de que ahora soy yo quien
le hace más preguntas que ella a mí.
—¿Vas a decírmelo o no? —insiste.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto, esquivando su pregunta.
—Lillian —responde, y deja caer lo que sea que llevara en la mano.
—Yo soy Hardin.
Se coloca el pelo detrás de la oreja.
—Háblame de tu novia.
—¿Por qué?
—Parece que estás disgustado, y ¿quién mejor para hablar que una extraña?
No quiero hablar con ella. Me recuerda demasiado a Tessa y me resulta un
poco perturbador.
—No me parece buena idea.
El sol se ha puesto temprano aquí, y el cielo está prácticamente negro.
—Y ¿guardártelo dentro sí lo es? —pregunta con demasiada sensatez.
—Oy e, pareces una chica… maja y tal, pero no te conozco, y tú no me
conoces a mí, así que esta conversación no va a tener lugar.
Frunce el ceño y suspira.
—Vale.
Por fin veo el tejado inclinado de la cabaña de mi padre a lo lejos.
—Bueno, yo ya he llegado —digo a modo de despedida.
—¿En serio? Un momento…, tu padre es Ken, ¿verdad? —Se golpea la frente
con la mano.
—Sí —respondo sorprendido.
Ambos nos detenemos al inicio del sendero.
—¡Pues claro! ¡Qué tonta! El acento debería haberme dado la pista. —Se ríe.
—No lo pillo —digo mirándola.
—Tu padre y mi padre son amigos. Fueron juntos a la universidad o algo así.
Acabo de pasarme la última hora oy endo batallitas de sus días de gloria.
—Vaya, qué casualidad —digo con una media sonrisa. Ya no me siento tan
incómodo con la chica como hace unos minutos.
Ella sonríe abiertamente.
—Parece que no somos unos completos desconocidos después de todo.
CAPÍTULO 30
Tessa
—Galletas —respondemos Landon y yo al unísono.
—Muy bien, galletas, pues. —Karen sonríe y abre el armario.
Esta mujer nunca para, siempre está cocinando, asando, tostando… Y no me
quejo: la verdad es que todo lo que prepara está delicioso.
—Ya ha oscurecido. Espero que no se pierda ahí afuera —dice Ken.
Landon se limita a encogerse de hombros como queriendo decir: « Hardin es
así» .
Lleva fuera casi tres horas, y estoy haciendo todo lo posible por no
preocuparme. Sé que está bien; si algo le sucediera, lo sabría. No puedo
explicarlo, pero algo dentro de mí me dice que lo sabría.
De modo que no estoy preocupada porque le haya sucedido nada malo. Lo
que me preocupa es que su frustración se convierta en una excusa para ir a
buscar algún bar. Por mucho que quisiera que se alejara de mí, me mataría verlo
cruzar esa puerta tambaleándose y con el aliento apestando a alcohol. Necesitaba
un poco de espacio; tiempo para pensar y calmarme. La parte de pensar todavía
no la he llevado a cabo; la he estado evitando a toda costa.
—Oye, ¿por qué no nos bañamos todos juntos en el jacuzzi esta noche o
mañana por la mañana? —sugiere Karen.
Landon escupe su refresco en el vaso y yo aparto la mirada rápidamente y
me muerdo un carrillo. Landon ha visto mis bragas flotando en el agua, y el
recuerdo está todavía tan fresco que siento que me arde la cara de la vergüenza.
—Karen, cariño, no creo que los chicos quieran meterse en el jacuzzi con
nosotros.
Ken suelta una carcajada, y ella sonríe al darse cuenta de que tal vez sí que
sería un poco incómodo.
—Supongo que tienes razón. —Se ríe y empieza a separar la masa de las
galletas y a formar bolas pequeñas. Arruga la nariz—. Detesto esta masa
preparada.
No me cabe duda de que, para Karen, la masa preparada para galletas debe
de ser espantosa, pero para mí es una maravilla. Especialmente ahora, que siento
que podría desmoronarme en cualquier instante.
Landon y yo estábamos en plena conversación sobre Dakota y el que pronto
será su apartamento cuando su madre y Ken nos han interrumpido. Han
comentado que se han cruzado con Hardin cuando se marchaba. Por lo visto, les
ha dicho que y o estaba durmiendo, así que he hecho todo lo posible por seguirle
la corriente y he dicho que acababa de despertarme justo cuando ha llegado
Landon.
Me he estado preguntando dónde estará Hardin y cuándo volverá desde el
momento en que se ha marchado. Una parte de mí no quiere verlo ni en pintura,
pero la otra, mucho más grande, necesita saber que no está haciendo nada que
pueda poner en peligro nuestra y a de por sí frágil relación. Sigo furiosa de que
haya interferido en mi traslado a Seattle, y no tengo ni idea de qué voy a hacer al
respecto.
CAPÍTULO 31
Hardin
—¿Has saboteado su búsqueda de apartamento? —pregunta Lillian boquiabierta.
—Ya te he dicho que la he cagado —le recuerdo.
Otro par de faros iluminan el camino mientras paseamos hasta la cabaña de
sus padres. Estaba decidido a volver a la de mi padre, pero a Lillian se le da muy
bien escuchar, de modo que cuando me ha pedido que la acompañase a su casa
para terminar nuestra charla, he aceptado. Mi ausencia le dará a Tessa un poco
de tiempo para calmarse, y espero que esté dispuesta a hablar a mi regreso.
—No me habías dicho hasta qué punto. No me extraña que esté cabreada
contigo —dice Lillian, cómo no, poniéndose de parte de Tessa.
No me quiero ni imaginar lo que pensaría de mí si supiera todo lo que le he
hecho pasar durante los últimos meses.
—Bueno, y ¿qué vas a hacer al respecto? —pregunta mientras abre la puerta
principal de la cabaña de sus padres.
Me invita a entrar con un gesto, como si diera por hecho que voy a hacerlo.
Una vez dentro, veo que es muy lujosa. Aún más grande que la de mi padre.
Esta gente tiene mucha pasta.
—Estarán arriba —dice mientras entramos.
—¿Quiénes estarán arriba? —pregunta una voz femenina, y Lillian hace una
mueca de dolor antes de volverse hacia la mujer que supongo que es su madre.
Es igual que ella, excepto por la edad.
—¿Quién es éste? —pregunta.
En ese momento entra en la habitación un hombre de mediana edad vestido
con un polo y unos caquis.
« De puta madre.» Debería haberme limitado a acompañarla hasta la casa.
Me pregunto cómo se sentiría Tessa si supiera que estoy aquí. ¿Le molestaría?
Está bastante cabreada conmigo, y ha demostrado tener muchos celos de Molly.
Aunque esta chica no es Molly, no tiene nada que ver con ella.
—Mamá, papá, éste es Hardin, el hijo de Ken.
Una amplia sonrisa aparece en el rostro del hombre.
—¡Vaya! ¡No sabía si te reconocería! —exclama con un pijo acento
británico. Bueno, eso explica por qué conoce a mi padre de la universidad.
Se acerca y me da unas palmaditas en el hombro. Yo retrocedo y él frunce
ligeramente el ceño con extrañeza ante mi gesto, aunque, por otro lado, parece
que esperaba esta reacción por mi parte. Mi padre debe de haberle advertido
sobre mi manera de ser. La idea casi me hace reír.
—Cielo —dice volviéndose hacia su mujer—. Éste es el hijo de Trish.
—¿Conocen a mi madre? —le pregunto antes de volverme también hacia su
esposa.
—Sí, conocí a tu madre mucho antes de que tú nacieras —responde la mujer
sonriendo—. Éramos amigos los cinco —añade.
—¿Los cinco? —pregunto.
El padre de Lillian la mira.
—Cielo, no creo…
—¡Eres igualito que ella! Aunque tienes los ojos de tu padre. No la he visto
desde que regresé a Estados Unidos. ¿Cómo está? —pregunta la mujer.
—Muy bien. Se va a casar dentro de poco.
—¿Sí? —exclama—. Felicítala de mi parte. Me alegra oír eso.
—Lo haré —respondo.
Esta gente sonríe demasiado. Es como estar en una puta habitación con tres
Karens, pero mucho más irritantes y mucho menos encantadoras.
—Bueno, yo y a me voy —le digo a Lillian, porque creo que la situación y a
ha sido bastante incómoda.
—No, no. No tienes por qué irte. Nosotros nos vamos arriba —dice el padre
de Lillian.
Coge a su mujer de la cintura y se la lleva consigo.
Lillian observa cómo se marchan y después me mira a mí.
—Lo siento, son un poco…
—¿Falsos? —respondo por ella.
Veo la hipocresía que se esconde tras la perfecta sonrisa blanqueada de ese
hombre.
—Sí, mucho. —Se ríe y se aleja para sentarse en el sofá.
Yo me quedo de pie, incómodo, junto a la puerta.
—¿Crees que a tu novia le molestará que estés aquí? —me pregunta.
—No lo sé. Seguramente —refunfuño, y me paso los dedos, exasperado, por
el pelo.
—¿Y si ella hiciera lo mismo? ¿Cómo te sentirías si estuviera por ahí con un
tipo al que acabara de conocer?
En cuanto las palabras salen de su boca, el pecho se me llena de furia.
—Estaría muy cabreado —bramo.
—Ya me lo imaginaba. —Sonríe con malicia y da unas palmaditas en el sofá
al lado de ella.
No sé cómo interpretar sus gestos. Es grosera de la hostia, y un poco irritante.
—Entonces ¿eres celoso? —pregunta con los ojos abiertos como platos.
—Supongo —respondo encogiéndome de hombros.
—Seguro que a tu novia no le gustaría nada que me besaras.
Se acerca un poco y yo me levanto del sofá de un brinco. Estoy de camino a
la puerta cuando oigo que empieza a partirse de risa.
—¿Qué cojones te pasa? —digo intentando no levantar la voz.
—Sólo te estaba tomando el pelo. Créeme, no me interesas. —Sonríe—. Y es
un alivio saber que yo a ti tampoco. Venga, siéntate.
Tiene muchas cosas en común con Tessa, pero no es tan dulce…, ni tan
inocente. Me siento de nuevo, esta vez en el sillón que está frente al sofá. No
conozco a esta chica lo suficiente como para confiar en ella, y la única razón por
la que estoy aquí es porque no quiero enfrentarme a lo que me espera en la
cabaña de mi padre. Y Lillian, a pesar de ser una desconocida, es neutral, no
como Landon, que es el mejor amigo de Tessa. Es agradable hablar con alguien
que no tiene motivos para juzgarme. Y, joder, está un poco pirada, así que es
probable que incluso me entienda.
—¿Qué hay en Seattle que no estás dispuesto a enfrentarte a ello ni siquiera
por ella?
—Nada en concreto. Tengo malos recuerdos del pasado allí, pero no es sólo
eso. Es el hecho de que allí prosperará —respondo, a sabiendas de que parezco
un chalado.
Sin embargo, me importa una mierda; esta chica me ha estado acosando
durante una hora, así que si hay alguien que está chalado aquí es ella.
—Y ¿eso es malo?
—No. Quiero que progrese, por supuesto. Pero quiero formar parte de ello.
—Suspiro.
Echo desesperadamente de menos a Tessa, a pesar de que sólo han pasado
unas pocas horas. Y el hecho de que esté tan cabreada conmigo no hace sino que
la añore más todavía.
—Entonces ¿te niegas a ir a Seattle con ella porque quieres formar parte de su
vida? No tiene sentido —dice, declarando una obviedad.
—Sé que no lo entiendes, y ella tampoco, pero Tessa es lo único que tengo.
Literalmente. Es lo único que me importa en mi vida, y no puedo perderla. Sin
ella, no soy nada.
« ¿Por qué estoy contándole toda esta mierda?»
—Sé que suena muy patético.
—No, no es verdad. —Me sonríe con condescendencia y y o aparto la
mirada.
Lo último que quiero es que me compadezcan.
La luz de la escalera se apaga y miro de nuevo a Lillian.
—¿Debería marcharme? —pregunto.
—No, seguro que mi padre está encantadísimo de que te haya traído a casa
—dice sin el más mínimo sarcasmo.
—Y ¿eso por qué?
—Porque desde que les presenté a Riley está deseando que rompamos.
—¿No le gusta tu novio?
—Novia.
—¿Qué?
—Riley es mi novia —dice, y casi le sonrío.
Me sabe mal que su padre no acepte su relación, pero he de admitir que me
siento tremendamente aliviado.
CAPÍTULO 32
Tessa
Landon nos ha estado explicando que, como el apartamento está muy cerca del
campus, podrán ir a la facultad caminando. No será necesario coger el coche ni
el metro todos los días.
—Me alegro de que no tengas que conducir en esa ciudad tan grande. ¡Menos
mal! —dice Karen, apoyando una mano en el hombro de su hijo.
Él sacude la cabeza.
—Soy buen conductor, mamá, mejor que Tessa —bromea.
—Oye, a mí no se me da mal. Mejor que a Hardin —señalo.
—Como si eso fuera difícil —dice él para picarme.
—No es tu manera de conducir lo que me preocupa. ¡Son esos malditos taxis!
—explica Karen como una mamá gallina.
Cojo una galleta del plato que hay sobre la encimera de la cocina y miro
hacia la puerta de nuevo. No he parado de observarla y de esperar a que Hardin
regrese. Mi ira se ha transformado poco a poco en preocupación conforme han
ido pasando los minutos.
—Bien, gracias por avisar. Nos vemos mañana —dice Ken por teléfono
mientras se reúne con nosotros en la cocina.
—¿Quién era?
—Max. Hardin está en su cabaña con Lillian —dice, y se me cae el alma a
los pies.
—¿Lillian? —pregunto sin poder evitarlo.
—Es la hija de Max; tiene más o menos tu edad.
¿Por qué iba a estar Hardin en la cabaña de los vecinos con su hija? ¿La
conoce? ¿Ha salido con ella?
—Seguro que vuelve pronto.
Ken frunce el ceño y, cuando me mira, tengo la sensación de que no se había
planteado mi reacción ante esa información antes de compartirla. El hecho de
que parezca sentirse incómodo hace que yo me sienta más incómoda todavía.
—Ya —digo levantándome del taburete—. Creo que… me voy a ir a la cama
—les anuncio, intentando mantener la compostura.
Siento cómo mi ira resurge, y necesito alejarme de ellos antes de que estalle.
—Te acompaño arriba —se ofrece Landon.
—No, estoy bien, de verdad. He madrugado mucho, todos lo hemos hecho, y
se está haciendo tarde —le aseguro, y él asiente aunque sé que no ha colado.
Cuando llego a la escalera, oigo que dice:
—Es un idiota.
« Sí, Landon. Lo es.»
Cierro las puertas del balcón antes de acercarme al armario para ponerme el
pijama. No paro de darle vueltas a la cabeza y no consigo centrarme en la ropa.
Nada me parece un buen sustituto de la ropa usada de Hardin, y me niego a
ponerme la camiseta blanca que descansa sobre el brazo de la silla. Tengo que
ser capaz de dormir con mi propia ropa. Después de rebuscar en los cajones, me
doy por vencida, decido quedarme con los shorts y la sudadera que llevo puestos
y me tumbo en la cama.
¿Quién es esa chica misteriosa con la que está Hardin? Curiosamente, estoy
más cabreada por lo de mi apartamento en Seattle que por ella. Si quiere hacer
peligrar nuestra relación poniéndome los cuernos, es cosa suy a. Sí, acabaría
destrozando lo poco que queda intacto en mí, y no creo que pudiera recuperarme
jamás, pero no voy a centrarme en eso.
La verdad es que no me lo imagino. No me lo imagino engañándome. A
pesar de todo lo que ha hecho en el pasado, no lo veo. No después de leer su carta
y de cuánto ha suplicado que lo perdonara. Sí, es controlador, demasiado
controlador, y no sabe cuándo dejar de interferir en mi vida, pero en el fondo sus
intenciones son mantenerme a su lado, no escapar de mí, como lo sería ponerme
los cuernos.
Mi resentimiento hacia él no ha menguado. Ni siquiera después de pasarme
una hora mirando al techo y contando las vigas de madera teñida que sostienen la
inclinada superficie.
No sé si estoy preparada para hablar con él aún, pero sé que no podré
dormirme hasta que lo oiga regresar. Cuanto más tiempo pasa fuera, más
intensos se vuelven los celos en mi pecho. No puedo evitar pensar en su doble
moral. Si fuese yo la que estuviera por ahí con un tío, Hardin se volvería loco y
seguramente intentaría quemar el bosque que rodea este lugar. Quiero reírme
ante la absurda idea, pero no me sale. En lugar de hacerlo, cierro los ojos y rezo
para quedarme dormida.
CAPÍTULO 33
Hardin
—¿Quieres una copa? —pregunta Lillian.
—Vale. —Me encojo de hombros y miro la hora.
Se levanta y se acerca un carrito auxiliar plateado. Observa el contenido de
las botellas, selecciona una y me la muestra rápidamente como si fuese una
azafata de televisión o algo así. Mientras le quita el tapón a una botella de brandy,
que probablemente sea más cara que el inmenso televisor que hay instalado en la
pared, me mira de nuevo con fingida compasión.
—No puedes ser un cobarde eternamente.
—Cállate.
—Te pareces mucho a ella —dice entre risitas.
—¿A Tessa? No, qué va. Además, ¿tú qué sabes?
—No, a Tessa, no. A Riley.
—¿En qué?
Lillian vierte el líquido oscuro en un vaso curvo y me lo pone en la mano
antes de sentarse de nuevo en el sofá.
—¿Y tu bebida? —pregunto.
Ella niega con la cabeza con aire solemne.
—Yo no bebo.
Cómo no. Y yo no debería beber, pero el aroma intenso y ligeramente dulce
del brandy acalla la irritante voz de mi conciencia.
—¿Vas a decirme en qué me parezco a ella o no? —insisto.
—No lo sé, pero os parecéis. Ella también tiene ese aire taciturno, como si
estuviese enfadada con el mundo —dice, y hace un gesto exagerado con la cara
y cruza las piernas por debajo de ella.
—Bueno, a lo mejor tiene motivos para estar enfadada —digo para defender
a su novia a pesar de que ni siquiera la conozco.
Después me bebo la mitad del vaso de licor. Es fuerte, envejecido
hasta la perfección, y siento cómo me quema hasta las suelas de las
botas.
Lillian no contesta. Frunce los labios y mira la pared que tengo detrás sumida
en sus pensamientos.
—Oye, no me va ese rollo psicológico de que tú hablas, yo hablo, y luego
decimos un montón de gilipolleces —le digo, y ella asiente.
—No, gilipolleces no, pero sí creo que al menos deberías empezar a idear un
plan para disculparte con Tamara.
—Se llama Tessa —espeto cabreado ante su error.
Ella sonríe y se coloca el pelo castaño sobre uno de sus hombros.
—Tessa, perdón. Tengo una prima que se llama Tamara y supongo que tenía
el nombre en mente.
—¿Qué te hace pensar que voy a disculparme? —digo, y pego la lengua al
velo del paladar mientras espero su respuesta.
—Estás de broma, ¿no? ¡Le debes una disculpa! —exclama—. O al menos
tienes que decirle que irás a Seattle con ella.
Gruño.
—No pienso ir a Seattle, joder.
« ¿Por qué cojones Tessa y su doble no paran de agobiarme con la mierda de
Seattle?»
—Bueno, pues entonces espero que se vaya sin ti —dice secamente.
Me quedo mirando a esta chica que pensaba que podría llegar a entenderme.
—¿Qué has dicho?
Me apresuro a dejar el vaso de brandy sobre la mesa y el líquido marrón se
derrama sobre la blanca superficie.
Lillian enarca una ceja.
—He dicho que espero que vaya igualmente, porque has intentado joderle su
contrato de alquiler y aun así no estás dispuesto a trasladarte con ella.
—Afortunadamente, me importa una puta mierda lo que pienses.
Me levanto dispuesto a marcharme. Sé que tiene razón, pero estoy harto de
esto.
—Claro que te importa, aunque no quieras admitirlo. Con el tiempo, he
llegado a la conclusión de que los que decís que no os importa nada sois
precisamente a los que más os importan las cosas.
Recojo el vaso y apuro su contenido antes de dirigirme a la puerta.
—No me conoces en absoluto —digo con los dientes apretados.
Lillian se levanta y se aproxima como si tal cosa.
—Claro que sí. Ya te he dicho que eres como Riley.
—Pues lo siento por ella, porque tiene que aguantar lo suy o… —empiezo a
atacarla, pero me refreno.
Esta chica no ha hecho nada malo. Está intentando ay udarme, y no merece
que pague mis movidas con ella.
Suspiro.
—Perdona, ¿vale?
Vuelvo al salón y me desplomo sobre el sofá.
—¿Ves? Disculparse no es tan difícil, ¿verdad? —Lillian sonríe, se acerca al
carrito de nuevo y trae la botella de brandy hasta donde me encuentro.
—Está claro que necesitas otro trago. —Sonríe y coge mi vaso vacío.
—Tessa detesta que beba —farfullo tras mi tercera copa.
—¿Te pones desagradable cuando lo haces?
—No —respondo sin pensar. Pero, al ver que está verdaderamente
interesada, medito la pregunta y reconsidero mi respuesta—. A veces.
—Hum…
—Y ¿tú por qué no bebes? —pregunto.
—No lo sé. Simplemente no bebo.
—Y ¿tu novio…, perdón, tu novia bebe?
Asiente.
—Sí, a veces. Aunque no tanto como antes.
—Vaya.
Es posible que la tal Riley y yo tengamos más en común de lo que pensaba.
—¡¿Lillian?! —grita entonces su padre, y oigo crujir la escalera.
Me incorporo y me aparto de ella por instinto, y ella centra la atención en él.
—¿Sí, papá?
—Es casi la una de la madrugada. Creo que ya va siendo hora de que se
marche tu compañía —dice.
« ¿La una? ¡Joder!»
—Vale. —Asiente y me mira de nuevo—. A veces se le olvida que ya soy
adulta —susurra claramente irritada.
—De todos modos tengo que marcharme ya. Tessa me va a matar —
respondo.
Cuando me levanto, mi equilibrio no es tan estable como debería.
—Puedes volver mañana si quieres, Hardin —dice el amigo de mi padre
cuando llego a la puerta.
—Pídele perdón y piensa acerca de lo de Seattle —me recuerda Lillian.
Pero estoy decidido a no hacerle caso y salgo por la puerta, desciendo los
escalones y recorro el acceso pavimentado. Me encantaría saber a qué se dedica
su padre; es evidente que está forrado de pasta.
Todo está muy oscuro. Ni siquiera me veo la mano cuando la meneo como
un idiota delante de mi cara. Cuando llego al inicio del sendero, las luces
exteriores de la cabaña de mi padre aparecen ante mis ojos y me guían hacia su
acceso y por los escalones del porche.
La puerta mosquitera cruje cuando la abro y maldigo. Lo último que necesito
en estos momentos es que mi padre se despierte y huela el brandy en mi aliento.
Aunque, bueno, puede que él también quiera un poco.
Mi Tessa interior me reprende al instante por mi cínico pensamiento. Me
pellizco el puente de la nariz y sacudo la cabeza para sacarla de mi mente.
Estoy a punto de tirar una lámpara al suelo mientras intento descalzarme. Me
agarro a la esquina de la pared para sostenerme y por fin consigo colocar las
botas junto a los zapatos de Tessa. Empiezan a sudarme las palmas de las manos
mientras subo la escalera lo más despacio posible. No estoy borracho, pero sí
bastante achispado, y sé que va a enfadarse aún más que antes. Esta tarde estaba
fuera de sus casillas, y ahora que he estado por ahí hasta tan tarde, y encima
bebiendo, va a perder los papeles. La verdad es que me siento bastante asustado
ahora mismo. Estaba tan furiosa antes que me ha insultado y me ha ordenado
que me largara.
La puerta de la habitación que compartimos se abre con un leve crujido e
intento ser lo más silencioso posible y atravesar la oscuridad sin despertarla.
No tengo esa suerte.
La lámpara de la mesilla de noche se enciende y Tessa fija su mirada
impasible en mí.
—Perdona…, no quería despertarte —me disculpo.
Frunce sus labios carnosos.
—No estaba dormida —declara, y empiezo a sentir una tensión en el pecho.
—Sé que es muy tarde, lo siento —digo sin hacer pausas.
Ella me mira con recelo.
—¿Has estado bebiendo?
A pesar de su expresión, le brillan los ojos. El modo en que la tenue luz de la
lámpara ilumina su rostro hace que me den ganas de alargar la mano y tocarla.
—Sí —digo aguardando su furia.
Suspira y se lleva las manos a la frente para apartarse los mechones rebeldes
que se han soltado de su cola de caballo. No parece alarmada ni tampoco
sorprendida por mi estado.
Treinta segundos después, sigo esperando su ira.
Pero nada.
Continúa ahí sentada en la cama, apoyada en las manos, mirándome con
decepción mientras y o sigo de pie e incómodo en el centro de la habitación.
—¿Vas a decir algo? —pregunto por fin con la esperanza de interrumpir el
desagradable silencio.
—No.
—¿Y eso?
—Estoy agotada, y tú, borracho. No tengo nada que decir —replica sin
emoción alguna.
Me paso la vida nervioso, anticipando el momento en que ya no pueda más y
diga que hasta aquí hemos llegado y que está harta de soportar mis mierdas y,
sinceramente, tengo miedo de que ese momento hay a llegado.
—No estoy borracho, sólo he tomado tres copas. Sabes que para mí eso no es
nada —digo, y me siento en el borde de la cama.
Un escalofrío me recorre la espalda cuando veo que se desplaza más cerca
de la cabecera para apartarse de mí.
—¿Dónde estabas? —pregunta con voz suave.
—En la cabaña de al lado.
Continúa mirándome, esperando más información.
—Estaba con una chica que se llama Lillian. Su padre fue a la universidad
con el mío, y hemos estado hablando, una cosa ha llevado a la otra y…
—Joder… —Tessa cierra los ojos con fuerza, se tapa los oídos con las manos
y se lleva las rodillas al pecho.
Le cojo las dos muñecas con una mano y se las coloco sobre su regazo con
suavidad.
—No, no, no es lo que piensas. Joder. Estábamos hablando sobre ti —le digo,
y espero a que ponga los ojos en blanco, como siempre, y sus gestos de
incredulidad ante todo lo que le digo.
Abre los ojos y me mira.
—¿Sobre mí?
—Sobre toda esta mierda de Seattle.
—¿Has hablado con ella sobre Seattle cuando conmigo no quieres hablar de
ello?
Su tono no es de enfado, sino de curiosidad, y estoy confundido de la hostia.
Yo no quería hablar con esa chica, prácticamente me ha obligado a hacerlo, pero
supongo que en cierto modo me alegro de que lo hay a hecho.
—No es así de simple. Además, tú me pediste que me fuera —le recuerdo a
la chica con la cara de Tessa que tengo delante, pero sin su actitud de siempre.
—Y ¿has estado con ella todo este tiempo?
Veo cómo le tiembla el labio inferior antes de apretar los dientes contra él.
—No. Fui a pasear y me encontré con ella.
Acerco la mano para apartarle un mechón rebelde de la mejilla y no me lo
impide. Tiene la piel caliente y parece brillar bajo la tenue luz de la lámpara.
Apoy a el rostro contra mi palma y cierra los ojos mientras le acaricio el pómulo
con el pulgar.
—Se parece mucho a ti.
No esperaba esa reacción. Sinceramente, esperaba que estallase la tercera
guerra mundial.
—Entonces ¿te gusta? —pregunta entreabriendo ligeramente sus ojos grises
para mirarme.
—Sí, es maja. —Me encojo de hombros y los cierra de nuevo.
Su calma me ha pillado por sorpresa, y eso, junto con el brandy envejecido,
da como resultado un Hardin tremendamente confundido.
—Estoy cansada —dice, y levanta la mano para apartar la mía de su rostro.
—¿No estás furiosa? —pregunto.
Algo no va bien, pero no sé qué es. Puto alcohol.
—Sólo estoy cansada —responde, y se tumba sobre las almohadas.
Vale…
Campanas de alarma, no, más bien sirenas de alerta de tornado estallan en mi
cabeza ante la falta de emoción que transmite su voz. Hay algo que no me está
diciendo, y quiero que lo diga.
Pero mientras se queda dormida, o al menos finge hacerlo, me doy cuenta de
que tengo que elegir pasar por alto su silencio esta noche. Es tarde. Si la agobio
me obligará a marcharme de nuevo, y no puedo consentirlo. No puedo dormir
sin ella, y tengo suerte de que me esté permitiendo estar cerca de ella después de
toda la mierda con Sandra. También tengo suerte de que el alcohol me esté dando
sueño, de modo que no me pasaré toda la noche despierto pensando qué se estará
cociendo en la mente de Tessa
Hardin
Sé que está agotada, lo veo en su cara cada vez que la cago. La pelea con Zed, la
mentira sobre mi expulsión…, cada metedura de pata por mi parte le va pasando
factura; ella cree que no me doy cuenta, pero sí lo hago.
¿Por qué habré puesto el altavoz? De no haberlo hecho, podría haber resuelto
esta mierda y haberle contado mi cagada después de haberlo solucionado todo.
Así no se habría cabreado tanto.
No pensé en cómo reaccionaría Tessa cuando lo descubriera, y desde luego
no me planteé dónde viviría si no cambiaba de idea con respecto a lo de
trasladarse. Supongo que estaba convencido de que, con lo obsesa del control que
es, acabaría posponiendo su viaje si no tenía ningún sitio donde quedarse.
« Bien hecho, Hardin.»
Tenía buenas intenciones; es decir, en su momento no, pero ahora sí. Sé que
no debería haber interferido en su búsqueda de apartamento en Seattle, pero me
estoy agarrando a un clavo ardiendo para que no me deje. Sé lo que pasará en
Seattle, y que no va a acabar bien.
Fiel a mi naturaleza, golpeo con el puño la pared junto a la escalera.
—¡Joder!
Fiel a mi suerte, ésta no es de yeso laminado, sino de madera maciza, y duele
que te cagas. Me froto el puño con la otra mano y tengo que obligarme a no
repetir mi estúpida reacción. Afortunadamente no me he roto nada. Me saldrán
moratones, pero y a estoy más que acostumbrado.
« Estoy harta de este círculo vicioso. Te lo he dicho mil veces, pero no me
escuchas.» Bajo la escalera dando fuertes pisadas y me tiro en el sofá como un
crío enfurruñado. Eso es justo lo que soy, un crío de mierda. Ella lo sabe, yo lo
sé…, ¡joder, todo el mundo lo sabe! Debería estampármelo en una puta
camiseta.
Debería volver arriba y tratar de explicarme de nuevo pero, sinceramente,
me da un poco de miedo. Nunca la había visto tan cabreada.
Tengo que largarme de aquí. Si Tessa no me hubiese obligado a viajar
fingiendo que somos una familia feliz, me marcharía ahora mismo y acabaría
con este puto paripé. Yo no quería venir.
Lo del barco no ha estado mal del todo… Pero el viaje en general es una
mierda, y ahora que está cabreada conmigo no tiene ningún sentido que me
quede. Miro al techo sin saber qué debo hacer. No puedo quedarme aquí sentado,
y sé que si lo hago acabaré subiendo y tensando más la cuerda con Tessa.
Iré a dar un paseo. Eso es lo que hace la gente normal cuando está cabreada
en lugar de golpear paredes y romper trastos.
Antes tendré que vestirme, pero si vuelvo a la habitación me asesinará.
Suspiro mientras subo la escalera. Si no estuviera tan confundido por el
comportamiento de Tessa, me importaría más lo que estoy a punto de hacer.
Abro la puerta del dormitorio de Landon y pongo los ojos en blanco al
instante. Tiene toda su ropa perfectamente colocada encima de la cama; seguro
que se disponía a guardarla en el armario antes de que su madre y mi padre lo
arrastraran consigo.
Me revuelvo al ver las espantosas prendas y busco desesperadamente algo
que no lleve un maldito cuello. Por fin encuentro una camiseta azul lisa y un
pantalón de chándal negro.
« Genial.» Ahora he tenido que recurrir a compartir ropa con Landon.
Espero que la furia de Tessa no dure demasiado pero, por primera vez, no sé qué
va a pasar. No esperaba que reaccionara tan mal, y no me refiero a las cosas que
me ha dicho, sino a la manera en que me miraba todo el tiempo. Esa mirada
expresaba mucho más de lo que podría expresar por la boca y, de hecho, me ha
asustado mucho más que cualquier palabra que pudiera haberme dicho.
Miro hacia la puerta de lo que era nuestra habitación hasta hace veinte
minutos, vuelvo a bajar la escalera y salgo a la calle.
Apenas he llegado al sendero cuando aparece mi hermanastro favorito. Al
menos, viene solo.
—¿Y mi padre? —le pregunto.
—¿Llevas puesta mi ropa? —responde claramente confundido.
—Eh…, sí. No tenía elección, no te emociones. —Le quito importancia,
sabiendo por la sonrisa que se ha dibujado en su rostro que estaba a punto de
hacer justo eso.
—Vale… ¿Qué has hecho esta vez?
« ¡Pero ¿qué cojones…?!»
—¿Qué te hace pensar que he hecho algo?
Enarca una ceja.
—Sí, tío…, he hecho algo. Una estupidez enorme —farfullo—. Pero no quiero
oír tus sermones, así que no te preocupes.
—Vale. —Se encoge de hombros y empieza a alejarse de mí.
Esperaba algunas palabras por su parte, a veces no se le da mal dar consejos.
—¡Espera! —grito, y se vuelve—. ¿No vas a preguntarme el qué?
—Acabas de decir que no quieres hablar de ello —responde.
—Ya, pero… Bueno… —No sé qué decir, y me está mirando como si me
hubiesen salido dos cabezas.
—¿Quieres que te lo pregunte? —Parece satisfecho, pero por suerte no está
siendo demasiado capullo.
—Soy el responsable… —empiezo, pero justo entonces veo que Karen y mi
padre vienen caminando por el sendero.
—¿El responsable de qué? —pregunta Landon volviéndose para mirarlos.
—De nada, olvídalo —suspiro, y me paso los dedos por el pelo húmedo con
frustración.
—¡Hola, Hardin! ¿Dónde está Tessa? —dice Karen.
¿Por qué todo el mundo me pregunta eso como si fuera incapaz de alejarme
más de metro y medio de ella?
El creciente dolor que siento en el pecho me recuerda precisamente eso: no
puedo estarlo.
—Dentro, durmiendo —miento, y me dirijo a mi hermanastro—. Voy a dar
un paseo. Asegúrate de que está bien.
Él asiente.
—¿Adónde vas? —me pregunta mi padre mientras paso por su lado.
—Por ahí —espeto, y acelero el paso.
Para cuando llego a una señal de stop unas cuantas calles más allá, me doy
cuenta de que no tengo ni puta idea de adónde voy ni de cómo volver al punto de
partida. Sólo sé que llevo caminando un rato y que todas estas calles son
engañosamente ventosas.
Oficialmente, detesto este lugar.
No me parecía tan mal mientras observaba cómo el viento mecía
ligeramente el cabello de Tessa. Ella tenía la mirada fija en el agua brillante, con
los labios curvados formando una pequeña sonrisa de satisfacción. Parecía muy
relajada, como las mansas olas alejadas de la orilla, tranquilas y serenas, hasta
que nuestro barco perturbó su paz. A nuestro paso, las aguas rugían y azotaban los
costados de nuestra embarcación con furia. Pronto volverían a su estado de
sosiego, hasta que otra llegara para molestarlas.
De repente, una voz femenina interrumpe la visión de la piel bronceada de
Tessa:
—¿Te has perdido o algo?
Para mi sorpresa, cuando me doy la vuelta me encuentro con una chica que
parece de mi edad, más o menos. Tiene el pelo castaño, casi tan largo como
Tessa. Está aquí sola de noche. Me vuelvo para mirar a nuestro alrededor. No hay
nada, sólo una carretera de gravilla vacía y el bosque.
—¿Y tú? —respondo, no sin antes percatarme de que viste una falda larga.
Me sonríe y se aproxima. Debe de faltarle un tornillo o algo para estar aquí
en medio de la nada preguntándole a un completo desconocido con un aspecto
como el mío si se ha perdido.
—No. Estoy huyendo —contesta, y se coloca el pelo detrás de la oreja.
—¿Huy endo? ¿Con veinte años?
Pues más le vale mover el culo. Lo último que necesito es toparme con un
padre cabreado en busca de su pedante hija.
—No. —Se echa a reír—. He vuelto de la universidad para visitar a mis
padres, y me están matando de aburrimiento.
—Vaya, me alegro por ti. Espero que tu sendero de libertad te conduzca hasta
Shangri-la —respondo, y empiezo a alejarme de ella.
—Vas en la dirección equivocada —me advierte.
—Me da igual —replico.
Y gruño cuando oigo sus pasos crujiendo en la gravilla por detrás de mí.
CAPÍTULO 28
Tessa
Estoy más que harta de pelear con Hardin. No sé muy bien qué hacer ahora, qué
medidas tomar. Lo he estado siguiendo por el camino que hemos recorrido
durante meses, y me temo que no llegamos a ninguna parte. Ambos estamos tan
perdidos como al principio.
—¿Tessa? —La voz de Landon cruza la habitación y sale hasta el balcón.
—Estoy aquí —respondo, y me siento aliviada de haberme puesto unos shorts
y una sudadera encima.
Hardin siempre se burla de mí cuando lo hago, pero en momentos como éste
resulta cómodo, ya que no tienes ni demasiado frío ni demasiado calor.
—Hola —dice mientras sale y se sienta en la silla que tengo al lado.
—Hola. —Lo miro un instante antes de volver a fijar la vista en el agua.
—¿Estás bien?
Me tomo un momento para reflexionar sobre su pregunta: ¿estoy bien? No.
¿Lo estaré? Sí.
—Sí, esta vez creo que sí.
Me llevo las rodillas al pecho y las envuelvo con mis brazos.
—¿Quieres hablar de ello?
—No. No quiero fastidiar el viaje con mis dramas. Estoy bien, de verdad.
—Vale, pero que sepas que, si necesitas hablar, estoy aquí para escucharte.
—Lo sé.
Lo miro y él me sonríe para infundirme ánimos. No sé cómo voy a
apañármelas sin él.
De repente, abre unos ojos como platos y señala algo.
—¿Eso no es…?
Sigo la dirección de su mirada.
—¡Ay, madre!
Me levanto corriendo, recojo las bragas rojas que flotan en el jacuzzi y me
las meto en el acto en el bolsillo delantero de mi sudadera.
Landon se muerde el labio inferior para contener la risa, pero yo no puedo
refrenar la mía. Ambos nos reímos a carcajadas: las suyas, auténticas; las mías,
de humillación. Pero prefiero mil veces reírme con Landon a mis típicos lloros
tras pelearme con Hardin.
CAPÍTULO 29
Hardin
Estoy empezando a hartarme de no ver nada más que gravilla y árboles mientras
deambulo por este pequeño pueblo. La desconocida todavía me sigue, y mi pelea
con Tess aún me pesa.
—¿Vas a seguirme por todo el pueblo? —le pregunto a la muy pesada.
—No, voy a volver a la cabaña de mis padres.
—Vale, pues vuelve sola.
—No eres muy simpático que digamos —me suelta.
—¿En serio? —Pongo los ojos en blanco, aunque sé que no puede verme la
cara—. Me han dicho que la cortesía es uno de mis puntos fuertes.
—Pues te han mentido —replica, y a continuación oigo una risita a mi
espalda.
Le doy una patada a una piedra y por primera vez doy gracias por la
obsesión por la limpieza de Tessa, ya que si no me hubiese obligado a dejar los
zapatos en la puerta de la cabaña tendría que haberme puesto las zapatillas de
Landon, que son espantosas, y además estoy seguro de que tiene los pies mucho
más pequeños que los míos.
—¿De dónde eres? —me pregunta.
Finjo no oírla y sigo caminando. Creo que tengo que girar a la izquierda en el
siguiente stop. Al menos, eso espero.
—¿De Inglaterra?
—Sí —contesto. Y, ya puestos, le pregunto—: ¿Por dónde es?
Me vuelvo y veo que señala hacia la derecha. Por supuesto, estaba
equivocado.
Tiene los ojos azul claro, y su falda es tan larga que la arrastra por la gravilla.
Me recuerda a Tessa…, bueno, a la Tessa que era cuando la conocí. Mi Tessa ya
no viste ropa tan espantosa como ésa. Y también ha aprendido un vocabulario
nuevo gracias a las innumerables veces que la he obligado a insultarme.
—¿Tú también has venido con tus padres? —Su voz es grave, casi dulce.
—No… Bueno, más o menos.
—¿Cómo que « más o menos» ? —Sonríe. Su manera de expresarse también
me recuerda a Tessa.
Miro a la chica de nuevo para comprobar que realmente está aquí y que no
es ningún fantasma como los de Cuento de Navidad que ha venido para darme
alguna especie de lección.
—He venido con mi familia y mi novia. Tengo novia, por cierto —le advierto.
No creo que esta chica pudiera interesarse por alguien como y o, pero eso
mismo pensé de Tessa en su día.
—Vale… —asiente.
—Muy bien.
Acelero el paso con la esperanza de crear distancia entre nosotros. Giro a la
derecha, y ella hace lo propio. Ambos nos apartamos al césped cuando pasa un
camión por delante, y pronto me alcanza de nuevo.
—Y ¿dónde está tu novia? —pregunta.
—Durmiendo. —Me parece lógico utilizar la misma mentira que les he
contado a mi padre y a Karen.
—Hum…
—Hum, ¿qué? —La miro.
—Nada —responde con la vista al frente.
—Ya me has seguido la mitad del camino. Si tienes algo que decir, dilo —
replico con irritación.
Retuerce algo que tiene entre las manos mientras mira hacia abajo.
—Estaba pensando que parece que estás intentando huir de algo o
esconderte… No lo sé, no me hagas caso.
—No me estoy escondiendo; me dijo que me largara y eso he hecho.
¿Qué coño sabrá esta imitación de Tessa?
Me mira.
—Y ¿por qué te ha echado?
—¿Siempre eres tan cotilla?
Sonríe.
—La verdad es que sí —asiente.
—Odio a la gente cotilla.
Menos a Tessa, claro. Aunque, por mucho que la quiera, a veces me dan
ganas de taparle la boca con cinta aislante cuando empieza con sus
interrogatorios. Es el ser humano más entrometido que he conocido en la vida.
Estoy mintiendo. Adoro cuando me da la lata. Antes lo detestaba, pero ahora
lo entiendo. Yo también quiero saberlo todo de ella…, lo que piensa, lo que hace,
lo que quiere. Y para mi puto horror, soy consciente de que ahora soy yo quien
le hace más preguntas que ella a mí.
—¿Vas a decírmelo o no? —insiste.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto, esquivando su pregunta.
—Lillian —responde, y deja caer lo que sea que llevara en la mano.
—Yo soy Hardin.
Se coloca el pelo detrás de la oreja.
—Háblame de tu novia.
—¿Por qué?
—Parece que estás disgustado, y ¿quién mejor para hablar que una extraña?
No quiero hablar con ella. Me recuerda demasiado a Tessa y me resulta un
poco perturbador.
—No me parece buena idea.
El sol se ha puesto temprano aquí, y el cielo está prácticamente negro.
—Y ¿guardártelo dentro sí lo es? —pregunta con demasiada sensatez.
—Oy e, pareces una chica… maja y tal, pero no te conozco, y tú no me
conoces a mí, así que esta conversación no va a tener lugar.
Frunce el ceño y suspira.
—Vale.
Por fin veo el tejado inclinado de la cabaña de mi padre a lo lejos.
—Bueno, yo ya he llegado —digo a modo de despedida.
—¿En serio? Un momento…, tu padre es Ken, ¿verdad? —Se golpea la frente
con la mano.
—Sí —respondo sorprendido.
Ambos nos detenemos al inicio del sendero.
—¡Pues claro! ¡Qué tonta! El acento debería haberme dado la pista. —Se ríe.
—No lo pillo —digo mirándola.
—Tu padre y mi padre son amigos. Fueron juntos a la universidad o algo así.
Acabo de pasarme la última hora oy endo batallitas de sus días de gloria.
—Vaya, qué casualidad —digo con una media sonrisa. Ya no me siento tan
incómodo con la chica como hace unos minutos.
Ella sonríe abiertamente.
—Parece que no somos unos completos desconocidos después de todo.
CAPÍTULO 30
Tessa
—Galletas —respondemos Landon y yo al unísono.
—Muy bien, galletas, pues. —Karen sonríe y abre el armario.
Esta mujer nunca para, siempre está cocinando, asando, tostando… Y no me
quejo: la verdad es que todo lo que prepara está delicioso.
—Ya ha oscurecido. Espero que no se pierda ahí afuera —dice Ken.
Landon se limita a encogerse de hombros como queriendo decir: « Hardin es
así» .
Lleva fuera casi tres horas, y estoy haciendo todo lo posible por no
preocuparme. Sé que está bien; si algo le sucediera, lo sabría. No puedo
explicarlo, pero algo dentro de mí me dice que lo sabría.
De modo que no estoy preocupada porque le haya sucedido nada malo. Lo
que me preocupa es que su frustración se convierta en una excusa para ir a
buscar algún bar. Por mucho que quisiera que se alejara de mí, me mataría verlo
cruzar esa puerta tambaleándose y con el aliento apestando a alcohol. Necesitaba
un poco de espacio; tiempo para pensar y calmarme. La parte de pensar todavía
no la he llevado a cabo; la he estado evitando a toda costa.
—Oye, ¿por qué no nos bañamos todos juntos en el jacuzzi esta noche o
mañana por la mañana? —sugiere Karen.
Landon escupe su refresco en el vaso y yo aparto la mirada rápidamente y
me muerdo un carrillo. Landon ha visto mis bragas flotando en el agua, y el
recuerdo está todavía tan fresco que siento que me arde la cara de la vergüenza.
—Karen, cariño, no creo que los chicos quieran meterse en el jacuzzi con
nosotros.
Ken suelta una carcajada, y ella sonríe al darse cuenta de que tal vez sí que
sería un poco incómodo.
—Supongo que tienes razón. —Se ríe y empieza a separar la masa de las
galletas y a formar bolas pequeñas. Arruga la nariz—. Detesto esta masa
preparada.
No me cabe duda de que, para Karen, la masa preparada para galletas debe
de ser espantosa, pero para mí es una maravilla. Especialmente ahora, que siento
que podría desmoronarme en cualquier instante.
Landon y yo estábamos en plena conversación sobre Dakota y el que pronto
será su apartamento cuando su madre y Ken nos han interrumpido. Han
comentado que se han cruzado con Hardin cuando se marchaba. Por lo visto, les
ha dicho que y o estaba durmiendo, así que he hecho todo lo posible por seguirle
la corriente y he dicho que acababa de despertarme justo cuando ha llegado
Landon.
Me he estado preguntando dónde estará Hardin y cuándo volverá desde el
momento en que se ha marchado. Una parte de mí no quiere verlo ni en pintura,
pero la otra, mucho más grande, necesita saber que no está haciendo nada que
pueda poner en peligro nuestra y a de por sí frágil relación. Sigo furiosa de que
haya interferido en mi traslado a Seattle, y no tengo ni idea de qué voy a hacer al
respecto.
CAPÍTULO 31
Hardin
—¿Has saboteado su búsqueda de apartamento? —pregunta Lillian boquiabierta.
—Ya te he dicho que la he cagado —le recuerdo.
Otro par de faros iluminan el camino mientras paseamos hasta la cabaña de
sus padres. Estaba decidido a volver a la de mi padre, pero a Lillian se le da muy
bien escuchar, de modo que cuando me ha pedido que la acompañase a su casa
para terminar nuestra charla, he aceptado. Mi ausencia le dará a Tessa un poco
de tiempo para calmarse, y espero que esté dispuesta a hablar a mi regreso.
—No me habías dicho hasta qué punto. No me extraña que esté cabreada
contigo —dice Lillian, cómo no, poniéndose de parte de Tessa.
No me quiero ni imaginar lo que pensaría de mí si supiera todo lo que le he
hecho pasar durante los últimos meses.
—Bueno, y ¿qué vas a hacer al respecto? —pregunta mientras abre la puerta
principal de la cabaña de sus padres.
Me invita a entrar con un gesto, como si diera por hecho que voy a hacerlo.
Una vez dentro, veo que es muy lujosa. Aún más grande que la de mi padre.
Esta gente tiene mucha pasta.
—Estarán arriba —dice mientras entramos.
—¿Quiénes estarán arriba? —pregunta una voz femenina, y Lillian hace una
mueca de dolor antes de volverse hacia la mujer que supongo que es su madre.
Es igual que ella, excepto por la edad.
—¿Quién es éste? —pregunta.
En ese momento entra en la habitación un hombre de mediana edad vestido
con un polo y unos caquis.
« De puta madre.» Debería haberme limitado a acompañarla hasta la casa.
Me pregunto cómo se sentiría Tessa si supiera que estoy aquí. ¿Le molestaría?
Está bastante cabreada conmigo, y ha demostrado tener muchos celos de Molly.
Aunque esta chica no es Molly, no tiene nada que ver con ella.
—Mamá, papá, éste es Hardin, el hijo de Ken.
Una amplia sonrisa aparece en el rostro del hombre.
—¡Vaya! ¡No sabía si te reconocería! —exclama con un pijo acento
británico. Bueno, eso explica por qué conoce a mi padre de la universidad.
Se acerca y me da unas palmaditas en el hombro. Yo retrocedo y él frunce
ligeramente el ceño con extrañeza ante mi gesto, aunque, por otro lado, parece
que esperaba esta reacción por mi parte. Mi padre debe de haberle advertido
sobre mi manera de ser. La idea casi me hace reír.
—Cielo —dice volviéndose hacia su mujer—. Éste es el hijo de Trish.
—¿Conocen a mi madre? —le pregunto antes de volverme también hacia su
esposa.
—Sí, conocí a tu madre mucho antes de que tú nacieras —responde la mujer
sonriendo—. Éramos amigos los cinco —añade.
—¿Los cinco? —pregunto.
El padre de Lillian la mira.
—Cielo, no creo…
—¡Eres igualito que ella! Aunque tienes los ojos de tu padre. No la he visto
desde que regresé a Estados Unidos. ¿Cómo está? —pregunta la mujer.
—Muy bien. Se va a casar dentro de poco.
—¿Sí? —exclama—. Felicítala de mi parte. Me alegra oír eso.
—Lo haré —respondo.
Esta gente sonríe demasiado. Es como estar en una puta habitación con tres
Karens, pero mucho más irritantes y mucho menos encantadoras.
—Bueno, yo y a me voy —le digo a Lillian, porque creo que la situación y a
ha sido bastante incómoda.
—No, no. No tienes por qué irte. Nosotros nos vamos arriba —dice el padre
de Lillian.
Coge a su mujer de la cintura y se la lleva consigo.
Lillian observa cómo se marchan y después me mira a mí.
—Lo siento, son un poco…
—¿Falsos? —respondo por ella.
Veo la hipocresía que se esconde tras la perfecta sonrisa blanqueada de ese
hombre.
—Sí, mucho. —Se ríe y se aleja para sentarse en el sofá.
Yo me quedo de pie, incómodo, junto a la puerta.
—¿Crees que a tu novia le molestará que estés aquí? —me pregunta.
—No lo sé. Seguramente —refunfuño, y me paso los dedos, exasperado, por
el pelo.
—¿Y si ella hiciera lo mismo? ¿Cómo te sentirías si estuviera por ahí con un
tipo al que acabara de conocer?
En cuanto las palabras salen de su boca, el pecho se me llena de furia.
—Estaría muy cabreado —bramo.
—Ya me lo imaginaba. —Sonríe con malicia y da unas palmaditas en el sofá
al lado de ella.
No sé cómo interpretar sus gestos. Es grosera de la hostia, y un poco irritante.
—Entonces ¿eres celoso? —pregunta con los ojos abiertos como platos.
—Supongo —respondo encogiéndome de hombros.
—Seguro que a tu novia no le gustaría nada que me besaras.
Se acerca un poco y yo me levanto del sofá de un brinco. Estoy de camino a
la puerta cuando oigo que empieza a partirse de risa.
—¿Qué cojones te pasa? —digo intentando no levantar la voz.
—Sólo te estaba tomando el pelo. Créeme, no me interesas. —Sonríe—. Y es
un alivio saber que yo a ti tampoco. Venga, siéntate.
Tiene muchas cosas en común con Tessa, pero no es tan dulce…, ni tan
inocente. Me siento de nuevo, esta vez en el sillón que está frente al sofá. No
conozco a esta chica lo suficiente como para confiar en ella, y la única razón por
la que estoy aquí es porque no quiero enfrentarme a lo que me espera en la
cabaña de mi padre. Y Lillian, a pesar de ser una desconocida, es neutral, no
como Landon, que es el mejor amigo de Tessa. Es agradable hablar con alguien
que no tiene motivos para juzgarme. Y, joder, está un poco pirada, así que es
probable que incluso me entienda.
—¿Qué hay en Seattle que no estás dispuesto a enfrentarte a ello ni siquiera
por ella?
—Nada en concreto. Tengo malos recuerdos del pasado allí, pero no es sólo
eso. Es el hecho de que allí prosperará —respondo, a sabiendas de que parezco
un chalado.
Sin embargo, me importa una mierda; esta chica me ha estado acosando
durante una hora, así que si hay alguien que está chalado aquí es ella.
—Y ¿eso es malo?
—No. Quiero que progrese, por supuesto. Pero quiero formar parte de ello.
—Suspiro.
Echo desesperadamente de menos a Tessa, a pesar de que sólo han pasado
unas pocas horas. Y el hecho de que esté tan cabreada conmigo no hace sino que
la añore más todavía.
—Entonces ¿te niegas a ir a Seattle con ella porque quieres formar parte de su
vida? No tiene sentido —dice, declarando una obviedad.
—Sé que no lo entiendes, y ella tampoco, pero Tessa es lo único que tengo.
Literalmente. Es lo único que me importa en mi vida, y no puedo perderla. Sin
ella, no soy nada.
« ¿Por qué estoy contándole toda esta mierda?»
—Sé que suena muy patético.
—No, no es verdad. —Me sonríe con condescendencia y y o aparto la
mirada.
Lo último que quiero es que me compadezcan.
La luz de la escalera se apaga y miro de nuevo a Lillian.
—¿Debería marcharme? —pregunto.
—No, seguro que mi padre está encantadísimo de que te haya traído a casa
—dice sin el más mínimo sarcasmo.
—Y ¿eso por qué?
—Porque desde que les presenté a Riley está deseando que rompamos.
—¿No le gusta tu novio?
—Novia.
—¿Qué?
—Riley es mi novia —dice, y casi le sonrío.
Me sabe mal que su padre no acepte su relación, pero he de admitir que me
siento tremendamente aliviado.
CAPÍTULO 32
Tessa
Landon nos ha estado explicando que, como el apartamento está muy cerca del
campus, podrán ir a la facultad caminando. No será necesario coger el coche ni
el metro todos los días.
—Me alegro de que no tengas que conducir en esa ciudad tan grande. ¡Menos
mal! —dice Karen, apoyando una mano en el hombro de su hijo.
Él sacude la cabeza.
—Soy buen conductor, mamá, mejor que Tessa —bromea.
—Oye, a mí no se me da mal. Mejor que a Hardin —señalo.
—Como si eso fuera difícil —dice él para picarme.
—No es tu manera de conducir lo que me preocupa. ¡Son esos malditos taxis!
—explica Karen como una mamá gallina.
Cojo una galleta del plato que hay sobre la encimera de la cocina y miro
hacia la puerta de nuevo. No he parado de observarla y de esperar a que Hardin
regrese. Mi ira se ha transformado poco a poco en preocupación conforme han
ido pasando los minutos.
—Bien, gracias por avisar. Nos vemos mañana —dice Ken por teléfono
mientras se reúne con nosotros en la cocina.
—¿Quién era?
—Max. Hardin está en su cabaña con Lillian —dice, y se me cae el alma a
los pies.
—¿Lillian? —pregunto sin poder evitarlo.
—Es la hija de Max; tiene más o menos tu edad.
¿Por qué iba a estar Hardin en la cabaña de los vecinos con su hija? ¿La
conoce? ¿Ha salido con ella?
—Seguro que vuelve pronto.
Ken frunce el ceño y, cuando me mira, tengo la sensación de que no se había
planteado mi reacción ante esa información antes de compartirla. El hecho de
que parezca sentirse incómodo hace que yo me sienta más incómoda todavía.
—Ya —digo levantándome del taburete—. Creo que… me voy a ir a la cama
—les anuncio, intentando mantener la compostura.
Siento cómo mi ira resurge, y necesito alejarme de ellos antes de que estalle.
—Te acompaño arriba —se ofrece Landon.
—No, estoy bien, de verdad. He madrugado mucho, todos lo hemos hecho, y
se está haciendo tarde —le aseguro, y él asiente aunque sé que no ha colado.
Cuando llego a la escalera, oigo que dice:
—Es un idiota.
« Sí, Landon. Lo es.»
Cierro las puertas del balcón antes de acercarme al armario para ponerme el
pijama. No paro de darle vueltas a la cabeza y no consigo centrarme en la ropa.
Nada me parece un buen sustituto de la ropa usada de Hardin, y me niego a
ponerme la camiseta blanca que descansa sobre el brazo de la silla. Tengo que
ser capaz de dormir con mi propia ropa. Después de rebuscar en los cajones, me
doy por vencida, decido quedarme con los shorts y la sudadera que llevo puestos
y me tumbo en la cama.
¿Quién es esa chica misteriosa con la que está Hardin? Curiosamente, estoy
más cabreada por lo de mi apartamento en Seattle que por ella. Si quiere hacer
peligrar nuestra relación poniéndome los cuernos, es cosa suy a. Sí, acabaría
destrozando lo poco que queda intacto en mí, y no creo que pudiera recuperarme
jamás, pero no voy a centrarme en eso.
La verdad es que no me lo imagino. No me lo imagino engañándome. A
pesar de todo lo que ha hecho en el pasado, no lo veo. No después de leer su carta
y de cuánto ha suplicado que lo perdonara. Sí, es controlador, demasiado
controlador, y no sabe cuándo dejar de interferir en mi vida, pero en el fondo sus
intenciones son mantenerme a su lado, no escapar de mí, como lo sería ponerme
los cuernos.
Mi resentimiento hacia él no ha menguado. Ni siquiera después de pasarme
una hora mirando al techo y contando las vigas de madera teñida que sostienen la
inclinada superficie.
No sé si estoy preparada para hablar con él aún, pero sé que no podré
dormirme hasta que lo oiga regresar. Cuanto más tiempo pasa fuera, más
intensos se vuelven los celos en mi pecho. No puedo evitar pensar en su doble
moral. Si fuese yo la que estuviera por ahí con un tío, Hardin se volvería loco y
seguramente intentaría quemar el bosque que rodea este lugar. Quiero reírme
ante la absurda idea, pero no me sale. En lugar de hacerlo, cierro los ojos y rezo
para quedarme dormida.
CAPÍTULO 33
Hardin
—¿Quieres una copa? —pregunta Lillian.
—Vale. —Me encojo de hombros y miro la hora.
Se levanta y se acerca un carrito auxiliar plateado. Observa el contenido de
las botellas, selecciona una y me la muestra rápidamente como si fuese una
azafata de televisión o algo así. Mientras le quita el tapón a una botella de brandy,
que probablemente sea más cara que el inmenso televisor que hay instalado en la
pared, me mira de nuevo con fingida compasión.
—No puedes ser un cobarde eternamente.
—Cállate.
—Te pareces mucho a ella —dice entre risitas.
—¿A Tessa? No, qué va. Además, ¿tú qué sabes?
—No, a Tessa, no. A Riley.
—¿En qué?
Lillian vierte el líquido oscuro en un vaso curvo y me lo pone en la mano
antes de sentarse de nuevo en el sofá.
—¿Y tu bebida? —pregunto.
Ella niega con la cabeza con aire solemne.
—Yo no bebo.
Cómo no. Y yo no debería beber, pero el aroma intenso y ligeramente dulce
del brandy acalla la irritante voz de mi conciencia.
—¿Vas a decirme en qué me parezco a ella o no? —insisto.
—No lo sé, pero os parecéis. Ella también tiene ese aire taciturno, como si
estuviese enfadada con el mundo —dice, y hace un gesto exagerado con la cara
y cruza las piernas por debajo de ella.
—Bueno, a lo mejor tiene motivos para estar enfadada —digo para defender
a su novia a pesar de que ni siquiera la conozco.
Después me bebo la mitad del vaso de licor. Es fuerte, envejecido
hasta la perfección, y siento cómo me quema hasta las suelas de las
botas.
Lillian no contesta. Frunce los labios y mira la pared que tengo detrás sumida
en sus pensamientos.
—Oye, no me va ese rollo psicológico de que tú hablas, yo hablo, y luego
decimos un montón de gilipolleces —le digo, y ella asiente.
—No, gilipolleces no, pero sí creo que al menos deberías empezar a idear un
plan para disculparte con Tamara.
—Se llama Tessa —espeto cabreado ante su error.
Ella sonríe y se coloca el pelo castaño sobre uno de sus hombros.
—Tessa, perdón. Tengo una prima que se llama Tamara y supongo que tenía
el nombre en mente.
—¿Qué te hace pensar que voy a disculparme? —digo, y pego la lengua al
velo del paladar mientras espero su respuesta.
—Estás de broma, ¿no? ¡Le debes una disculpa! —exclama—. O al menos
tienes que decirle que irás a Seattle con ella.
Gruño.
—No pienso ir a Seattle, joder.
« ¿Por qué cojones Tessa y su doble no paran de agobiarme con la mierda de
Seattle?»
—Bueno, pues entonces espero que se vaya sin ti —dice secamente.
Me quedo mirando a esta chica que pensaba que podría llegar a entenderme.
—¿Qué has dicho?
Me apresuro a dejar el vaso de brandy sobre la mesa y el líquido marrón se
derrama sobre la blanca superficie.
Lillian enarca una ceja.
—He dicho que espero que vaya igualmente, porque has intentado joderle su
contrato de alquiler y aun así no estás dispuesto a trasladarte con ella.
—Afortunadamente, me importa una puta mierda lo que pienses.
Me levanto dispuesto a marcharme. Sé que tiene razón, pero estoy harto de
esto.
—Claro que te importa, aunque no quieras admitirlo. Con el tiempo, he
llegado a la conclusión de que los que decís que no os importa nada sois
precisamente a los que más os importan las cosas.
Recojo el vaso y apuro su contenido antes de dirigirme a la puerta.
—No me conoces en absoluto —digo con los dientes apretados.
Lillian se levanta y se aproxima como si tal cosa.
—Claro que sí. Ya te he dicho que eres como Riley.
—Pues lo siento por ella, porque tiene que aguantar lo suy o… —empiezo a
atacarla, pero me refreno.
Esta chica no ha hecho nada malo. Está intentando ay udarme, y no merece
que pague mis movidas con ella.
Suspiro.
—Perdona, ¿vale?
Vuelvo al salón y me desplomo sobre el sofá.
—¿Ves? Disculparse no es tan difícil, ¿verdad? —Lillian sonríe, se acerca al
carrito de nuevo y trae la botella de brandy hasta donde me encuentro.
—Está claro que necesitas otro trago. —Sonríe y coge mi vaso vacío.
—Tessa detesta que beba —farfullo tras mi tercera copa.
—¿Te pones desagradable cuando lo haces?
—No —respondo sin pensar. Pero, al ver que está verdaderamente
interesada, medito la pregunta y reconsidero mi respuesta—. A veces.
—Hum…
—Y ¿tú por qué no bebes? —pregunto.
—No lo sé. Simplemente no bebo.
—Y ¿tu novio…, perdón, tu novia bebe?
Asiente.
—Sí, a veces. Aunque no tanto como antes.
—Vaya.
Es posible que la tal Riley y yo tengamos más en común de lo que pensaba.
—¡¿Lillian?! —grita entonces su padre, y oigo crujir la escalera.
Me incorporo y me aparto de ella por instinto, y ella centra la atención en él.
—¿Sí, papá?
—Es casi la una de la madrugada. Creo que ya va siendo hora de que se
marche tu compañía —dice.
« ¿La una? ¡Joder!»
—Vale. —Asiente y me mira de nuevo—. A veces se le olvida que ya soy
adulta —susurra claramente irritada.
—De todos modos tengo que marcharme ya. Tessa me va a matar —
respondo.
Cuando me levanto, mi equilibrio no es tan estable como debería.
—Puedes volver mañana si quieres, Hardin —dice el amigo de mi padre
cuando llego a la puerta.
—Pídele perdón y piensa acerca de lo de Seattle —me recuerda Lillian.
Pero estoy decidido a no hacerle caso y salgo por la puerta, desciendo los
escalones y recorro el acceso pavimentado. Me encantaría saber a qué se dedica
su padre; es evidente que está forrado de pasta.
Todo está muy oscuro. Ni siquiera me veo la mano cuando la meneo como
un idiota delante de mi cara. Cuando llego al inicio del sendero, las luces
exteriores de la cabaña de mi padre aparecen ante mis ojos y me guían hacia su
acceso y por los escalones del porche.
La puerta mosquitera cruje cuando la abro y maldigo. Lo último que necesito
en estos momentos es que mi padre se despierte y huela el brandy en mi aliento.
Aunque, bueno, puede que él también quiera un poco.
Mi Tessa interior me reprende al instante por mi cínico pensamiento. Me
pellizco el puente de la nariz y sacudo la cabeza para sacarla de mi mente.
Estoy a punto de tirar una lámpara al suelo mientras intento descalzarme. Me
agarro a la esquina de la pared para sostenerme y por fin consigo colocar las
botas junto a los zapatos de Tessa. Empiezan a sudarme las palmas de las manos
mientras subo la escalera lo más despacio posible. No estoy borracho, pero sí
bastante achispado, y sé que va a enfadarse aún más que antes. Esta tarde estaba
fuera de sus casillas, y ahora que he estado por ahí hasta tan tarde, y encima
bebiendo, va a perder los papeles. La verdad es que me siento bastante asustado
ahora mismo. Estaba tan furiosa antes que me ha insultado y me ha ordenado
que me largara.
La puerta de la habitación que compartimos se abre con un leve crujido e
intento ser lo más silencioso posible y atravesar la oscuridad sin despertarla.
No tengo esa suerte.
La lámpara de la mesilla de noche se enciende y Tessa fija su mirada
impasible en mí.
—Perdona…, no quería despertarte —me disculpo.
Frunce sus labios carnosos.
—No estaba dormida —declara, y empiezo a sentir una tensión en el pecho.
—Sé que es muy tarde, lo siento —digo sin hacer pausas.
Ella me mira con recelo.
—¿Has estado bebiendo?
A pesar de su expresión, le brillan los ojos. El modo en que la tenue luz de la
lámpara ilumina su rostro hace que me den ganas de alargar la mano y tocarla.
—Sí —digo aguardando su furia.
Suspira y se lleva las manos a la frente para apartarse los mechones rebeldes
que se han soltado de su cola de caballo. No parece alarmada ni tampoco
sorprendida por mi estado.
Treinta segundos después, sigo esperando su ira.
Pero nada.
Continúa ahí sentada en la cama, apoyada en las manos, mirándome con
decepción mientras y o sigo de pie e incómodo en el centro de la habitación.
—¿Vas a decir algo? —pregunto por fin con la esperanza de interrumpir el
desagradable silencio.
—No.
—¿Y eso?
—Estoy agotada, y tú, borracho. No tengo nada que decir —replica sin
emoción alguna.
Me paso la vida nervioso, anticipando el momento en que ya no pueda más y
diga que hasta aquí hemos llegado y que está harta de soportar mis mierdas y,
sinceramente, tengo miedo de que ese momento hay a llegado.
—No estoy borracho, sólo he tomado tres copas. Sabes que para mí eso no es
nada —digo, y me siento en el borde de la cama.
Un escalofrío me recorre la espalda cuando veo que se desplaza más cerca
de la cabecera para apartarse de mí.
—¿Dónde estabas? —pregunta con voz suave.
—En la cabaña de al lado.
Continúa mirándome, esperando más información.
—Estaba con una chica que se llama Lillian. Su padre fue a la universidad
con el mío, y hemos estado hablando, una cosa ha llevado a la otra y…
—Joder… —Tessa cierra los ojos con fuerza, se tapa los oídos con las manos
y se lleva las rodillas al pecho.
Le cojo las dos muñecas con una mano y se las coloco sobre su regazo con
suavidad.
—No, no, no es lo que piensas. Joder. Estábamos hablando sobre ti —le digo,
y espero a que ponga los ojos en blanco, como siempre, y sus gestos de
incredulidad ante todo lo que le digo.
Abre los ojos y me mira.
—¿Sobre mí?
—Sobre toda esta mierda de Seattle.
—¿Has hablado con ella sobre Seattle cuando conmigo no quieres hablar de
ello?
Su tono no es de enfado, sino de curiosidad, y estoy confundido de la hostia.
Yo no quería hablar con esa chica, prácticamente me ha obligado a hacerlo, pero
supongo que en cierto modo me alegro de que lo hay a hecho.
—No es así de simple. Además, tú me pediste que me fuera —le recuerdo a
la chica con la cara de Tessa que tengo delante, pero sin su actitud de siempre.
—Y ¿has estado con ella todo este tiempo?
Veo cómo le tiembla el labio inferior antes de apretar los dientes contra él.
—No. Fui a pasear y me encontré con ella.
Acerco la mano para apartarle un mechón rebelde de la mejilla y no me lo
impide. Tiene la piel caliente y parece brillar bajo la tenue luz de la lámpara.
Apoy a el rostro contra mi palma y cierra los ojos mientras le acaricio el pómulo
con el pulgar.
—Se parece mucho a ti.
No esperaba esa reacción. Sinceramente, esperaba que estallase la tercera
guerra mundial.
—Entonces ¿te gusta? —pregunta entreabriendo ligeramente sus ojos grises
para mirarme.
—Sí, es maja. —Me encojo de hombros y los cierra de nuevo.
Su calma me ha pillado por sorpresa, y eso, junto con el brandy envejecido,
da como resultado un Hardin tremendamente confundido.
—Estoy cansada —dice, y levanta la mano para apartar la mía de su rostro.
—¿No estás furiosa? —pregunto.
Algo no va bien, pero no sé qué es. Puto alcohol.
—Sólo estoy cansada —responde, y se tumba sobre las almohadas.
Vale…
Campanas de alarma, no, más bien sirenas de alerta de tornado estallan en mi
cabeza ante la falta de emoción que transmite su voz. Hay algo que no me está
diciendo, y quiero que lo diga.
Pero mientras se queda dormida, o al menos finge hacerlo, me doy cuenta de
que tengo que elegir pasar por alto su silencio esta noche. Es tarde. Si la agobio
me obligará a marcharme de nuevo, y no puedo consentirlo. No puedo dormir
sin ella, y tengo suerte de que me esté permitiendo estar cerca de ella después de
toda la mierda con Sandra. También tengo suerte de que el alcohol me esté dando
sueño, de modo que no me pasaré toda la noche despierto pensando qué se estará
cociendo en la mente de Tessa
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