3 y 4

CAPÍTULO 3
Tessa
Llevo una almohada, una manta y una toalla en las manos cuando Hardin
aparece en el dormitorio.
—¿Qué ha pasado? —pregunto esperando que explote, que se queje de que
haya invitado a mi padre a quedarse con nosotros sin haberlo consultado antes
con él.
Se tumba en la cama y me mira.
—Nada. Nos hemos hecho amigos. Luego me ha parecido que ya he pasado
bastante tiempo con nuestro invitado y he decidido venir a verte.
—Por favor, dime que no has sido muy desagradable con él. —Apenas
conozco a mi padre, lo último que necesito son más tensiones.
—Tranquila, me he metido las manos en los bolsillos —dice cerrando los
ojos.
—Voy a llevarle la manta y a pedirle disculpas por tu comportamiento, como
siempre —replico molesta.
Mi padre está en la sala de estar, sentado en el suelo, tirando de los hilos de los
agujeros de sus vaqueros. Levanta la vista al oírme llegar.
—Puedes sentarte en el sofá —le digo, y coloco los bártulos en el
reposabrazos.
—Es que… no quería mancharlo. —Se ruboriza avergonzado y se me parte el
corazón.
—Descuida… Si quieres, puedes darte una ducha. Seguro que Hardin puede
prestarte algo de ropa para esta noche.
No me mira pero protesta débilmente:
—No me gustaría abusar.
—No pasa nada, de verdad. Voy a por algo de ropa. Ve a ducharte, te he
traído una toalla.
Me regala una sonrisa demacrada.
—Gracias. Me alegro mucho de volver a verte. Te he echado mucho de
menos… Y aquí estás.
—Perdona si Hardin ha sido maleducado contigo, es muy…
—¿Protector? —acaba la frase por mí.
—Sí, supongo que lo es. A veces da la impresión de ser un maleducado.
—No pasa nada. Soy un hombre, puedo soportarlo. Quiere cuidar de ti y no lo
culpo. No me conoce y tú tampoco. Me recuerda a alguien… —Sonríe y deja de
hablar.
—¿A quién?
—A mí… Hace mucho tiempo. Yo era igual que él. No respetaba a quien no
se lo ganaba y pasaba por encima de todo aquel que se interpusiera en mi
camino. Me lo tenía tan creído como él; la única diferencia es que él lleva
muchos más tatuajes que yo.
Se ríe, y el sonido me trae a la memoria recuerdos que hacía mucho que
había olvidado.
Disfruto de esa sensación y me río con él hasta que se levanta y coge la
toalla.
—Voy a aceptar tu oferta y a darme una buena ducha.
Le digo que iré a buscarle una muda y se la dejaré en la puerta del baño.
De vuelta en el dormitorio, Hardin sigue en la cama, con los ojos cerrados y
las rodillas flexionadas.
—Se está duchando. Le he dicho que podía ponerse algo tuyo.
Se incorpora.
—¿Por qué le has dicho eso?
—Porque no tiene nada que ponerse. —Me acerco a la cama con los brazos
abiertos para calmarlo.
—Genial, Tessa, adelante, dale mi ropa —dice en plan borde—. ¿Quieres que
le ofrezca también mi lado de la cama?
—Para de una vez. Es mi padre, y quiero ver cómo evoluciona esto. Que tú
no seas capaz de perdonar al tuyo no significa que tengas que sabotear mis
intentos por tener algún tipo de relación con el mío —le contesto con el mismo
tono borde.
Hardin se me queda mirando. Entorna sus ojos verdes, sin duda por el
esfuerzo que está haciendo para no gritar todas las cosas horribles que me está
llamando por dentro.
—No es eso —dice—, es que eres demasiado ingenua. ¿Cuántas veces tengo
que repetírtelo? No todo el mundo se merece tu bondad, Tessa.
Salto:
—Sólo tú, ¿no, Hardin? ¿Tú eres el único a quien debo perdonar y dar el
beneficio de la duda? Menuda gilipollez y qué egoísta por tu parte. —Hurgo en su
cajón en busca de unos pantalones de chándal—. ¿Sabes qué? Prefiero ser una
ingenua capaz de ver lo bueno de la gente a portarme como un cretino con todo
el mundo y creer que todos están contra mí.
Cojo una camiseta y unos calcetines y salgo del dormitorio hecha una furia.
Coloco la pila de ropa en la puerta del baño y oigo a mi padre canturrear bajo el
agua de la ducha. Pego la oreja a la puerta y no puedo evitar sonreír, es un
sonido maravilloso. Recuerdo a mi madre hablando de cómo cantaba mi padre y
lo molesto que le resultaba, pero a mí me parece adorable.
Enciendo otra vez la tele en la sala de estar y dejo el mando en la mesita para
animarlo a ver lo que quiera. ¿Verá normalmente la televisión?
Recojo la cocina y dejo parte de las sobras en la encimera, por si todavía
tiene hambre. Me pregunto, una vez más, cuándo fue la última vez que comió
caliente.
El agua sigue corriendo en el cuarto de baño. Debe de estar disfrutando con
su ducha, lo que me indica que es probable que sea la primera que se da en
mucho tiempo.
Cuando vuelvo al dormitorio, Hardin tiene el archivador de cuero negro que
le compré en el regazo. Paso junto a él sin mirarlo, pero noto que sus dedos se
aferran a mi brazo para que me pare.
—¿Podemos hablar? —me pregunta, y tira de mí para colocarme entre sus
piernas. Rápidamente, aparta el archivador.
—Adelante, habla.
—Perdóname por haber sido un capullo, ¿vale? Es que no sé qué pensar de
todo esto.
—¿De qué? Nada ha cambiado.
—Sí que ha cambiado. Ese hombre que ninguno de los dos conoce de verdad
está en mi casa y quiere volver a tener relación contigo después de todos estos
años. No me cuadra, y mi primera reacción es ponerme a la defensiva, ya lo
sabes.
—Entiendo a lo que te refieres pero no puedes ser tan odioso y decir ese tipo
de cosas delante de mí, como lo de llamarlo mendigo. Eso me ha dolido de
verdad.
Me abre las manos con las suyas y entrelaza los dedos con los míos para
acercarme más a él.
—Perdona, nena. Lo siento de verdad.
Se lleva mis manos a la boca y me besa los nudillos despacio. Mi enfado
desaparece con la caricia de sus suaves labios.
Levanto una ceja.
—¿Vas a dejar de hacer comentarios crueles?
—Sí. —Le da la vuelta a mi mano y resigue las líneas de mi palma.
—Gracias.
Observo cómo su dedo viaja por mi muñeca para acabar de nuevo en la
punta de mis dedos.
—Pero ten cuidado, ¿vale? Porque no dudaré en…
—Parece buena persona, ¿no crees? Quiero decir que es amable —digo en
voz baja, interrumpiendo lo que seguro que era una promesa de más violencia.
Sus dedos dejan de moverse.
—No lo sé. No está mal, supongo.
—Cuando y o era pequeña no era tan amable.
Hardin me mira con fuego en los ojos, aunque sus palabras tienen un tono
dulce.
—No hables de eso mientras lo tenga cerca, por favor. Estoy esforzándome
todo lo que puedo, no tientes la suerte.
Me encaramo a su regazo y se tumba con mi cuerpo pegado al suyo.
—Mañana es el gran día —dice.
—Sí —suspiro contra su brazo, emborrachándome con su calor.
Mañana se reúne el comité de expulsiones para decidir la suerte de Hardin
por haberle pegado una paliza a Zed. No fue nuestro mejor momento.
De repente me entra el pánico al recordar el mensaje de texto que
me ha enviado Zed. Me había olvidado de él después de encontrarme a
mi padre al salir de la tienda. Mi teléfono se puso a vibrar en el bolsillo mientras
esperábamos a que volvieran Steph y Tristan, y Hardin se me quedó mirando en
silencio mientras lo leía. Por suerte, no me preguntó por el contenido.
Te ng o q u e h a bla r c on tigo m a ña na p or la m a ña n a , a sola s.
Eso me ha escrito Zed.
No sé qué pensar del mensaje. No sé si debería hablar con él, teniendo en
cuenta que le dijo a Tristan que presentaría cargos contra Hardin. Espero que
sólo lo dijera para impresionarlo, para salvaguardar su reputación. No sé qué
haré si Hardin se mete en un lío, en un lío de verdad. Debería responder al
mensaje, pero no sé si es buena idea quedar con Zed o hablar con él a solas.
Hardin y a tiene bastantes problemas, no necesita que yo empeore la situación.
—¿Me estás escuchando? —Me da un codazo y levanto la cabeza, lejos de su
reconfortante abrazo.
—No, perdona.
—¿En qué estás pensando?
—En todo: mañana, los cargos, la expulsión, Inglaterra, Seattle, mi padre…
—Suspiro—. En todo.
—¿Vendrás conmigo? ¿A lo de la expulsión? —No le tiembla la voz, pero está
nervioso.
—Si tú quieres… —digo.
—Te necesito.
—Allí estaré. —Necesito cambiar de tema, así que declaro—: No me puedo
creer que te lo hay as tatuado; ¿me dejas verlo?
Me aparta con cuidado para poder darse la vuelta.
—Levántame la camiseta.
Le levanto la camiseta negra hasta que descubro toda su espalda y luego tiro
de la venda blanca que cubre la tinta fresca.
—Hay un poco de sangre en la venda —le digo.
—Es normal —explica burlándose un poco de mi ignorancia en estos temas.
Rodeo la zona enrojecida con el dedo y admiro las palabras perfectas. El
tatuaje que se ha hecho por mí es mi nuevo favorito. Las palabras perfectas,
palabras que significan mucho para mí, y parece que también para él. Pero me
las ha estropeado la noticia de que me voy a Seattle, esa que aún no le he dado.
Se lo contaré mañana, en cuanto sepamos qué pasa con la expulsión. Me he
prometido mil veces que se lo contaré. Cuanto más espere, más se va a enfadar.
—¿Te parece suficiente compromiso, Tessie?
Le lanzo una mirada asesina.
—No me llames así.
—Odio ese nombre —dice volviendo la cabeza para mirarme, tumbado boca
abajo.
—Yo también, pero no quiero decírselo. En fin, a mí con el tatuaje me basta.
—¿Segura? Porque puedo volver y tatuarme tu cara justo debajo.
—¡No, por favor! —Niego con la cabeza y él se parte de la risa.
—¿Seguro que con esto te basta? —Se sienta en la cama y se baja la camiseta
—. Nada de matrimonio —añade.
—¿De eso se trata? ¿Te has hecho un tatuaje como alternativa al matrimonio?
—No sé qué pensar al respecto.
—No, no exactamente. Me he hecho el tatuaje porque quiero y porque hacía
tiempo que no me hacía ninguno.
—Qué considerado.
—Y también por ti, para demostrarte que esto es lo que quiero. —Hace un
gesto para explicar que se trata de nosotros y me coge la mano—. Sea lo que sea
lo que hay entre nosotros, no quiero perderlo jamás. Lo he perdido antes, e
incluso ahora no estoy seguro de tenerlo del todo, pero sé que vamos por buen
camino.
Su mano está tibia y es perfecta para la mía.
—Por eso, de nuevo, he empleado las palabras de un hombre mucho más
romántico que y o para que captaras el mensaje. —Me dirige su mejor sonrisa,
aunque veo el terror que se oculta tras ella.
—Creo que Darcy se quedaría horrorizado de ver lo que has hecho con sus
palabras.
—Yo creo que me chocaría los cinco —presume.
Mi risa parece un ladrido.
—¿Te chocaría los cinco? Fitzwilliam Darcy jamás haría nada parecido.
—¿Crees que es demasiado bueno como para chocar los cinco? De eso, nada.
Se sentaría conmigo a tomarse una birra. Nos haríamos amigos charlando de lo
cabezotas que son las mujeres de nuestra vida.
—Sois afortunados de tenernos en vuestra vida, porque Dios sabe que nadie
más os aguantaría.
—¿Eso crees? —me reta con una sonrisa rodeada de hoyuelos.
—Salta a la vista.
—Supongo que tienes razón. Pero y o te cambiaría por Elizabeth sin pensarlo.
Aprieto los labios, enarco una ceja y espero una explicación.
—Porque ella comparte mi opinión sobre el matrimonio.
—Y, aun así, se casó —le recuerdo.
Con un gesto muy poco propio de él, me coge de las caderas y me tumba
otra vez en la cama. Mi cabeza aterriza en la montaña de cojines decorativos que
él tanto detesta (cosa que no deja de recordarme).
—¡Se acabó! ¡Que Darcy os aguante a las dos! —Su risa inunda la habitación
y la mía no se queda corta.
Estos pequeños dramas en los que peleamos por personajes de ficción y él se
ríe tan a gusto como un niño son los momentos que hacen que todo el infierno por
el que hemos pasado valga la pena. Son instantes como éstos los que me
resguardan de las duras realidades que hemos vivido a lo largo de nuestra
relación y de todos los obstáculos que aún tenemos por delante.
—Parece que y a ha salido del baño —dice entonces Hardin en voz baja.
—Voy a darle las buenas noches. —Me revuelvo para que me suelte y le doy
un beso furtivo en la frente.
Es raro ver a mi padre con la ropa de Hardin, pero al menos de talla le queda
mejor de lo que esperaba.
—Gracias por la ropa. La dejaré aquí mañana antes de irme —me explica.
—No es necesario, puedes quedártela… si te hace falta.
Se sienta en el sofá con las manos en el regazo.
—Ya has hecho mucho por mí, más de lo que merezco.
—No es nada, de verdad.
—Eres mucho más comprensiva que tu madre. —Sonríe.
—Ahora mismo creo que no comprendo nada, pero lo estoy intentando.
—No puedo pedirte más, sólo un poco de tiempo para conocer a mi
pequeña… Bueno, a mi hija, que ya es una adulta.
Sonrío tensa.
—Eso estaría bien.
Sé que le queda un largo camino por recorrer y no lo voy a perdonar de la
noche a la mañana, pero es mi padre y no tengo energía para odiarlo. Quiero
creer que puede cambiar. Sé que es posible, no hay más que ver al padre de
Hardin, que le ha dado la vuelta a su vida, incluso a pesar de que su hijo es
incapaz de olvidar el pasado. También he visto cambiar a Hardin. Es cabezota
como pocos, así que creo que hay esperanza para mi padre, por muy mal que le
hay a ido.
—Hardin me odia —dice—. Creo que es la horma de mi zapato.
Su sentido del humor es contagioso, y me río.
—Sí. No te quepa duda.
Miro al final del pasillo. Mi chico, malcarado y vestido de negro, nos observa
con mirada recelosa.
CAPÍTULO 4
Tessa
—Apágala —gruñe Hardin cuando la alarma resuena por la habitación.
Cojo el móvil con dedos torpes y, con el pulgar, toco la pantalla y el
desagradable sonido cesa. Me pesan los hombros cuando me siento en el borde
de la cama. Las tensiones de hoy amenazan con tumbarme de espaldas: la
decisión de la universidad acerca de si expulsar o no a Hardin; la posibilidad de
que Zed presente cargos contra él y, por último, su posible reacción cuando le
cuente que voy a seguir a la editorial Vance a Seattle, y que quiero que venga
conmigo a pesar de que ha dicho que detesta la ciudad.
No sé cuál me da más miedo. Para cuando enciendo la luz del cuarto de baño
y me lavo la cara con agua fría, me doy cuenta de que los cargos por agresión
son lo que más me aterra. Si Hardin va a la cárcel, no sé qué voy a hacer, o qué
hará él. Me pongo mala sólo de imaginarlo. De repente me acuerdo de que Zed
quería quedar hoy conmigo y no paro de pensar acerca de qué querrá hablar,
sobre todo porque la última vez que lo vi me dio a entender que se había
enamorado de mí.
Inspiro y exhalo en la suave toalla que cuelga de la pared. ¿Debería
responder al mensaje de Zed y ver qué tiene que contarme? Puede que me
explique por qué le dijo a Tristan una cosa y a mí otra sobre lo de presentar
cargos. Me siento culpable por pedirle que no los presente, y más después de que
Hardin lo enviara al hospital, pero amo a Hardin y, al principio, las intenciones de
Zed eran idénticas a las suyas: ganar la apuesta. Ninguno de los dos es un
angelito.
Antes de que le dé demasiadas vueltas o me ponga a pensar en las
consecuencias, le escribo a Zed. Sólo estoy intentando ayudar a Hardin. Me lo
repito una y otra vez después de enviar el mensaje y obsesionarme con mi pelo
y el maquillaje.
Cuando veo que la manta está doblada y colocada con esmero en el reposabrazos
del sofá, se me cae el alma a los pies. ¿Se ha ido? ¿Cómo voy a contactar con él?
El sonido de un armario de la cocina al cerrarse me sube la moral. Entro en
la oscura estancia, enciendo la luz y, del susto, a mi padre se le cae una cuchara
al suelo de hormigón.
—Perdona, he intentado no hacer ruido —dice mientras se apresura a
recoger el cubierto.
—Tranquilo, y a estaba despierta. Podrías haber encendido la luz. —Me río
suavemente.
—No era mi intención despertar a nadie. Sólo quería preparar unos cereales,
espero que no te importe.
—Por supuesto que no. —Pongo en marcha la cafetera y miro el reloj. Tengo
que despertar a Hardin dentro de quince minutos.
—¿Qué planes tienes para hoy? —me pregunta con la boca llena de los
cereales favoritos de Hardin.
—Yo tengo clase, y Hardin tiene una reunión con la Dirección de Ordenación
Académica de la universidad.
—¿La dirección de la universidad? Parece muy serio…
Miro a mi padre y me pregunto si debería contárselo. Pero tengo que
empezar por alguna parte, así que le digo:
—Se metió en una pelea en el campus.
—Y ¿por eso va a tener que hablar ante la dirección? En mis tiempos, te
daban un azote y a correr.
—Destrozó un montón de enseres, cosas caras, y le rompió la nariz al otro
chico.
Suspiro y remuevo una cucharilla de azúcar en mi café. Hoy necesito la
energía extra.
—Muy bonito. Y ¿cuál fue el motivo de la pelea?
—Yo, más o menos. Era algo que venía de tiempo atrás, hasta que al final…
explotó.
—Hoy ya me cae mejor que anoche. —Sonríe.
Me alegro de que le guste mi novio, pero no por esa razón. No quiero que se
hagan amigos por su pasión por la violencia. Meneo la cabeza y me bebo la
mitad de mi café, dejando que el líquido caliente me calme los nervios
desbocados.
—¿De dónde es? —Parece muy interesado en saber más sobre Hardin.
—Es inglés.
—Eso pensaba, por el acento. Aunque a veces no lo distingo del acento
australiano. ¿Su familia sigue allí?
—Su madre, sí. Su padre vive aquí. Es el rector de la WCU.
Los ojos marrones le brillan de curiosidad.
—Qué ironía que vayan a expulsarlo.
—Tremenda —suspiro.
—¿Tu madre lo conoce? —pregunta llevándose a la boca una enorme
cucharada de cereales.
—Sí, y lo odia —repongo frunciendo el ceño.
—Odiar es una palabra muy fuerte.
—Créeme, en este caso, se queda corta.
El dolor de haber perdido la relación con mi madre es mucho menos intenso
que antes. No sé si eso es bueno o no.
Mi padre deja la cuchara en el cuenco y asiente muchas veces.
—Puede ser muy testaruda, pero sólo se preocupa por ti.
—No tiene por qué preocuparse, estoy bien.
—Deja que se le pase. No deberías tener que elegir a uno o a otra. —Sonríe
—. A tu abuela y o tampoco le gustaba, seguro que me está lanzando miradas
asesinas desde la tumba.
Esto es muy raro. Después de todos estos años, estoy en la cocina con mi
padre, charlando tan contentos con una taza de café y un cuenco de cereales.
—Es muy duro porque siempre hemos estado muy unidas… —digo—. Todo
lo unidas que ella es capaz de estar, claro.
—Siempre ha querido que fueses como ella, se aseguró de que así fuera
desde que naciste. No es mala persona, Tessie. Sólo está asustada.
Lo miro inquisitiva.
—¿De qué?
—De todo. La asusta perder el control. Estoy seguro de que le entró el pánico
cuando te vio con Hardin y se dio cuenta de que había perdido el control sobre ti.
Miro mi taza vacía.
—¿Por eso te marchaste? ¿Porque quería controlarlo todo?
Mi padre suspira, es un sonido ambiguo.
—No. Me marché porque tengo mis problemas y no éramos buenos el uno
para el otro. No te preocupes por nosotros. —Se ríe—. Preocúpate de ti y del
follonero de tu novio.
No me imagino al hombre que tengo delante y a mi madre manteniendo una
conversación: parecen la noche y el día. Miro el reloj, son las ocho pasadas.
Me levanto y meto mi taza en el lavavajillas.
—He de despertar a Hardin. Anoche metí tu ropa en la lavadora. Voy a
vestirme y te la traigo.
Entro en el dormitorio y veo que Hardin y a está despierto. Lo observo
ponerse la camiseta negra y sugiero:
—Tal vez sea mejor que hoy te pongas algo más formal.
—¿Por?
—Porque van a decidir el futuro de tu educación, y una camiseta negra no
demuestra que te interese lo más mínimo. Puedes cambiarte en cuanto termine,
pero de verdad creo que deberías arreglarte un poco.
—Mieeeeeerda —dice exagerando la entonación y echando la cabeza atrás.
Paso junto a él y saco del armario la camisa negra y los pantalones de vestir.
—No, el traje de los domingos, no, joder.
Le paso los pantalones.
—Sólo será un ratito.
Coge los pantalones como si fueran un desecho radiactivo, o un dispositivo
extraterrestre.
—Si me pongo esta mierda y me echan, arderá el campus.
—Eres tan melodramático… —Pongo los ojos en blanco pero no parece que
le haga gracia ponerse los pantalones negros de vestir.
—¿Seguimos teniendo un albergue para los sin techo en casa?
Dejo caer la camisa sobre la cama, con percha y todo, y me voy dando
zancadas hacia la puerta.
Se pasa los dedos frenético por el pelo.
—Joder, Tess. Perdona. Me estoy poniendo nervioso, y ni siquiera puedo
echarte un polvo para tranquilizarme porque tu padre está en nuestro sofá.
Sus palabras vulgares me revuelven las hormonas, pero tiene razón: que mi
padre esté en la habitación contigua es un gran impedimento. Me acerco a
Hardin, que tiene problemas para abrocharse la camisa, y le aparto las manos.
—Ya lo hago y o —me ofrezco.
Su mirada se suaviza pero sé que le está entrando el pánico. Odio verlo así, es
muy raro. Suele mantener las emociones bajo control, nada parece importarle
gran cosa. Excepto yo, e incluso entonces sabe esconder muy bien sus
sentimientos.
—Todo saldrá bien, nene. Se arreglará.
—¿Nene? —Su sonrisa es instantánea, igual que el rubor de mis mejillas.
—Sí…, nene. —Le arreglo el cuello de la camisa y me besa en la punta de la
nariz.
—Tienes razón. En el peor de los casos, nos iremos a Inglaterra.
No hago comentarios y vuelvo al armario a por mi ropa del día.
—¿Crees que me dejarán entrar contigo? —le pregunto sin saber qué
ponerme.
—¿Quieres entrar?
—Si me lo permiten… —Cojo el vestido morado que tenía pensado ponerme
para ir a Vance mañana. Me desnudo y me visto lo más rápido posible. Me pongo
unos zapatos negros de tacón y me aparto del armario sujetándome el delantero
del vestido—. ¿Me ay udas? —le pregunto volviéndome de espaldas.
—Me estás torturando a propósito.
Las puntas de sus dedos recorren mis hombros desnudos y bajan por mi
espalda. Se me pone la carne de gallina.
—Perdona. —Tengo la boca seca.
Me sube la cremallera muy despacio y me estremezco cuando sus labios
rozan la piel sensible de mi nuca.
—Tenemos que irnos ya —le digo.
Él gruñe y me clava los dedos en las caderas.
—Voy a llamar a mi padre por el camino. ¿Vamos a dejar al tuyo… en algún
sitio?
—Ahora se lo pregunto. ¿Te importa coger mi bolso? —le digo, y él asiente.
—¿Tess? —me llama en cuanto cojo el pomo de la puerta—. Me gusta ese
vestido. Y tú. Bueno, a ti te quiero… y a tu nuevo vestido —divaga—. Os quiero a
ti y a tu ropa pija.
Hago una reverencia y me doy la vuelta para que me vea bien. Por mucho
que deteste ver a Hardin tan nervioso, me resulta a la vez muy atractivo porque
me recuerda que no es tan duro como parece.
En la sala de estar, mi padre está dormido sentado en el sofá. No sé si debería
despertarlo o simplemente dejarlo descansar hasta que volvamos del campus.
—Déjalo dormir. —Hardin me ha leído el pensamiento y responde por mí.
Le escribo una nota rápida para decirle a qué hora volveremos y añado
nuestros números de teléfono. No creo que tenga móvil, pero se los dejo por si
acaso.
El trayecto a la universidad se hace corto, demasiado corto, y Hardin parece
que va a empezar a gritar o a pegar puñetazos en cualquier momento. Cuando
llegamos, busca con la mirada el coche de Ken en el aparcamiento.
—Ha pedido que lo espere aquí —explica comprobando la pantalla de su
móvil por quinta vez en cinco minutos.
—Ahí está —digo señalando el coche plateado que acaba de entrar.
—Por fin. ¿Por qué coño habrá tardado tanto?
—Sé amable con él, está haciendo esto por ti. Por favor, sé amable con él —
le suplico, y suspira frustrado pero asiente.
Ken ha venido con su mujer, Karen, y con Landon, el hermanastro de
Hardin. A él le sorprende, pero a mí me hace sonreír. Los adoro por ofrecerle su
apoy o incluso cuando Hardin actúa como si no quisiera su ay uda.
—¿No tienes nada mejor que hacer? —le espeta Hardin a Landon.
—¿Y tú? —contraataca Landon.
Hardin se ríe.
Al oírlos, Karen sonríe con una felicidad que contrasta con la expresión que
tenía al salir del coche de Ken.
—Espero que no se alargue mucho —dice Ken de camino al edificio de
administración—. He llamado a todo el mundo y he removido cielo y tierra.
Rezo para que todo se resuelva. —Se detiene un momento y se vuelve hacia
Hardin—: Deja que hable yo, lo digo en serio.
Aguarda la respuesta de su hijo, espera que esté de acuerdo.
—Vale, bien —contesta Hardin sin rechistar.
Ken asiente, abre las enormes puertas de madera y espera a que entremos
todos. Luego, sin mirarme, dice en tono autoritario:
—Tessa, lo siento mucho, pero no puedes entrar con nosotros. No he querido
insistir. Puedes esperarnos fuera si te apetece. —Se vuelve y me mira
comprensivo.
Pero Hardin enloquece al instante.
—¿Cómo que no puede entrar? ¡La necesito a mi lado!
—Lo sé, y lo siento, pero sólo puede acompañarte la familia —le explica su
padre mientras nos guía por el largo pasillo—. A menos que hubiera sido testigo
pero, aun así, supondría un enorme conflicto de intereses.
Ken se detiene entonces ante una sala de reuniones y musita:
—Claro que no es como si para mí, que soy el rector, esto no fuera un
conflicto de intereses. No obstante, eres mi hijo, y creo que hoy con un conflicto
nos basta.
Me vuelvo hacia Hardin.
—Tiene razón, es lo mejor. No pasa nada —le aseguro.
Me suelta la mano y asiente. Mira a su padre y le lanza cuchillos con los ojos.
Ken suspira y dice:
—Hardin, por favor, procura…
Él levanta una mano.
—Lo haré, lo haré —dice, y me besa en la frente.
Entran los cuatro en la sala. Quiero pedirle a Landon que espere conmigo,
pero sé que Hardin lo necesita dentro, lo admita o no. Me siento una inútil,
esperando aquí sentada mientras un grupo de estirados con traje y corbata
deciden el futuro académico de mi chico. Aunque, a lo mejor, hay un modo de
ay udarlo…
Saco el móvil y le envío un mensaje a Zed:
Estoy e n e l e d if ic io de a dm in istr a c ión . ¿P u e d e s v e n ir ?
Me quedo mirando la pantalla, esperando una respuesta. Se enciende en
menos de un minuto.
Sí, v oy pa r a a llá .
Echo un último vistazo a la puerta y salgo al exterior. Hace frío, demasiado
para aguardar en la calle con un vestido que me llega por las rodillas, pero no
tengo otra elección.
Después de esperar un buen rato, decido volver a entrar y justo en ese momento
aparece la vieja camioneta de Zed en el aparcamiento. Sale vestido con una
sudadera negra y vaqueros oscuros lavados a la piedra. El cardenal que le cubre
la cara me deja petrificada, a pesar de que y a lo había visto.
Se mete las manos en el bolsillo de la sudadera.
—Hola.
—Hola. Gracias por venir.
—Fue idea mía, ¿recuerdas? —Me sonríe, y me siento un poco mejor.
Le devuelvo la sonrisa.
—Tienes razón.
—Quiero hablar contigo de lo que me dijiste en el hospital —me dice. De eso
precisamente era de lo que yo quería hablar.
—Yo también —contesto.
—Tú primero.
—Steph dice que le dijiste a Tristan que ibas a presentar cargos contra
Hardin. —Intento no mirarlo a los ojos morados e iny ectados en sangre.
—Es verdad.
—Pero a mí me dijiste que no ibas a hacerlo. ¿Por qué me mentiste?
—No te mentí. Ésa era mi intención cuando te lo dije.
Doy un paso hacia él.
—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
Se encoge de hombros.
—Muchas cosas. He pensado en todo lo que me ha hecho, y en todo lo que te
ha hecho a ti. No se merece irse de rositas. —Se señala la cara—. Joder, mira
cómo me dejó, Tess.
No sé qué decirle. Tiene todo el derecho del mundo a estar cabreado con
Hardin, pero desearía que no tomara medidas legales contra él.
—Bastante lío tiene y a con la Dirección de Ordenación Académica —digo
con la esperanza de hacerle cambiar de opinión.
—No le pasará nada. Steph me ha dicho que su padre es el rector —resopla.
« Maldita seas, Steph; ¿por qué has tenido que contárselo?»
—Eso no significa que vaya a salir impune.
Sin embargo, mis palabras sólo consiguen exasperarlo.
—Tessa, ¿por qué siempre saltas en su defensa? Da igual lo que haga, ¡tú
siempre estás ahí para recoger los platos rotos!
—No es verdad —miento.
—¡Lo es! —Levanta las manos al cielo sin poder creérselo—. ¡Y lo sabes!
Me dijiste que ibas a considerar la idea de dejarlo, y a los dos días te veo en una
tienda de tatuajes con él. No tiene sentido.
—Sé que no lo entiendes, pero lo quiero.
—Si tanto lo quieres, ¿cómo es que vas a huir a Seattle?
Sus palabras me desconciertan. Me quedo muda un segundo, pero luego digo:
—No huy o a Seattle, me voy porque me ha surgido una buena oportunidad.
—Él no irá contigo. En nuestro grupo de amigos se habla, ¿sabes?
« ¿Qué?»
—Estaba pensando en venirse —miento, aunque sé que no engaño a Zed.
Con mirada desafiante, mira a un lado y luego me mira a los ojos.
—Si me dices que no sientes nada por mí, nada en absoluto, retiraré los
cargos.
En ese momento el aire se hace más frío y el viento sopla con más fuerza.
—¿Qué?
—Ya me has oído. Dime que te deje en paz y que no vuelva a hablar contigo
y lo haré.
Su petición me recuerda a algo que Hardin me dijo hace mucho.
—Pero eso no es lo que quiero. No quiero que no vuelvas a hablarme —
confieso.
—Entonces ¿qué quieres? —pregunta con la voz cargada de rabia y de tristeza
—. ¡Porque pareces estar tan confusa como y o! Me envías mensajes para que
quedemos, me besas, duermes conmigo en la misma cama. ¡Siempre acudes a
mí cuando te hace daño! ¿Qué quieres de mí?
Creía haber dejado mis intenciones claras en el hospital.
—No sé lo que quiero de ti, pero lo quiero a él y eso no cambiará nunca.
Perdona que te hay a dado una falsa impresión, pero…
—¡Dime por qué vas a mudarte a Seattle dentro de poco y aún no se lo has
contado! —me grita agitando las manos.
—No lo sé… Se lo contaré cuando tenga la oportunidad de hacerlo.
—No vas a decírselo porque sabes que te dejará —me espeta mirando detrás
de mí.
—Él…, bueno… —No sé qué decir. Porque me da miedo que Zed esté en lo
cierto.
—Pues adivina qué, Tessa. Ya me darás las gracias.
—¿Por?
Sus labios se curvan en una sonrisa maliciosa. Levanta un brazo y señala
detrás de mí. Un escalofrío me recorre de pies a cabeza.
—Por habérselo contado por ti.
Sé que cuando me dé la vuelta me encontraré a Hardin detrás de mí. Juro que
puedo oír su respiración entrecortada por encima del fuerte azote del viento

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