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CAPÍTULO 34
Tessa
La luz de la mañana inunda la habitación cuando el sol sale en la distancia.
Desvío la mirada desde las puertas descubiertas del balcón hasta mi vientre. El
brazo de Hardin envuelve mi cuerpo. Sus labios carnosos están entreabiertos y
unos suaves ronroneos escapan de ellos. No sé si echarlo de la cama o apartarle
el pelo castaño de la frente y pegar los labios contra la piel enrojecida.
Estoy muy enfadada con él por todo lo que pasó anoche. Tuvo la osadía de
volver a la cabaña a la una y media de la madrugada y, tal y como me había
temido, para añadir más leña al fuego, su aliento apestaba a alcohol. Y luego está
lo de esa chica, una chica como y o, con la que se pasó horas y horas. Me dijo
que sólo habían estado hablando, y no es que no me lo crea. Es el hecho de que
Hardin se niegue a hablar sobre Seattle conmigo, pero no parece importarle
hablar con ella al respecto.
No sé qué pensar, y estoy hasta las narices de tener que pensar todo el
tiempo. Siempre hay algún problema que solucionar, alguna discusión que
superar…, y ya estoy harta. Harta de todo esto. Quiero a Hardin más de lo que
soy capaz de comprender, pero no sé cuánto tiempo más podré seguir así. No
puedo estar siempre preocupándome de que llegue a casa borracho cada vez que
tenemos un problema. Quería gritarle, lanzarle un almohadón a la cara y decirle
que es un capullo, pero estoy empezando a darme cuenta de que una sólo puede
discutir con una misma persona sobre la misma cosa cierto número de veces
antes de quemarse.
No sé qué hacer respecto al hecho de que no quiera venir a Seattle, pero sí sé
que quedarme aquí tumbada en la cama no me va a ayudar. Levanto el brazo de
Hardin, me escabullo de debajo de su peso y coloco suavemente su extremidad
sobre la almohada que tiene al lado. Gruñe un poco en sueños, pero
afortunadamente sólo se estira sin despertarse.
Cojo mi teléfono de la mesilla de noche y me acerco sigilosamente hasta las
puertas del balcón. Apenas hacen ruido al abrirse, y dejo escapar un suspiro de
alivio antes de cerrarlas detrás de mí. Fuera, el aire es mucho más fresco que
ayer; aunque es normal, son sólo las siete de la mañana.
Con el teléfono en la mano, empiezo a pensar en mi residencia en Seattle, que
en estos momentos es inexistente. Mi traslado a esa ciudad se está convirtiendo en
un engorro mucho más grande de lo que había anticipado y, la verdad, a veces
me da la sensación de que tanto lío no merece la pena. Me reprendo al instante
por ese pensamiento. Eso es justo lo que Hardin pretende: ponerme las cosas
difíciles con la esperanza de que acabe renunciando a lo que quiero hacer y me
quede con él.
Bien, pues eso no va a pasar.
Abro el navegador de mi teléfono y espero con impaciencia a que Google se
cargue. Me quedo mirando la pequeña pantalla y aguardando a que el molesto
círculo deje de girar una y otra vez. Frustrada ante la lenta respuesta de mi
teléfono prehistórico, vuelvo a la habitación, cojo el de Hardin de la silla y salgo
de nuevo al balcón.
Si se despierta y me pilla con su móvil, se va a enfadar. Pero no estoy
fisgando sus llamadas ni sus mensajes. Sólo estoy usando su conexión a internet.
« Sí, es maja.» Sus palabras sobre la tal Lillian se repiten en mi cabeza
mientras intento buscar apartamentos en Seattle.
Sacudo la cabeza para borrar el recuerdo de mi mente y admiro un lujoso
apartamento que me gustaría poder permitirme. Paso al siguiente, uno pequeño
de un dormitorio en un dúplex. No me siento cómoda en un dúplex; me gusta la
idea de que alguien tenga que atravesar un vestíbulo para llegar a mi puerta, y
más teniendo en cuenta que por lo visto voy a estar sola en Seattle. Deslizo el
dedo por la pantalla unas cuantas veces más antes de encontrar, por fin, un piso
de una habitación en una torre de apartamentos mediana. Se sale de mi
presupuesto, pero no demasiado. Si tengo que pasar sin comprar comida hasta
que me instale, lo haré.
Guardo el número de teléfono en mi móvil y continúo ojeando los anuncios.
El pensamiento imposible de buscar apartamento con Hardin me persigue.
Estamos los dos sentados en la cama, yo con las piernas cruzadas y él con sus
largas piernas estiradas y con la espalda apoyada en la cabecera. Yo le enseño
un montón de pisos, y él pone los ojos en blanco y se queja del proceso de
búsqueda, pero lo pillo sonriendo y con los ojos fijos en mis labios. Me dice que
estoy muy guapa cuando me agobio, y después me quita el portátil de encima y
me asegura que ya buscará él un sitio para los dos.
Pero eso sería demasiado sencillo. Demasiado fácil. Todo en mi vida era
sencillo y fácil hasta hace pocos meses. Mi madre me ayudó con la residencia y
lo tuve todo solucionado y preparado antes incluso de llegar a la WCU.
Mi madre… No puedo evitar echarla de menos. No tiene ni idea de que me
he reunido con mi padre. Sé que se enfadaría mucho si lo supiera.
Sin darme cuenta, me encuentro marcando su número.
—¿Diga? —contesta con voz suave.
—¿Mamá?
—¿Quién iba a ser, si no?
Ya me estoy arrepintiendo de haberla llamado.
—¿Cómo estás? —pregunto en voz baja.
Suspira.
—Estoy bien. He estado un poco ocupada con todo lo que está pasando.
Oigo ruido de ollas y sartenes de fondo.
—Y ¿qué es lo que está pasando?
« ¿Sabe lo de mi padre?» Decido al instante que, si no lo sabe, éste no es el
momento de contárselo.
—Pues nada en concreto. He estado haciendo muchas horas extras y
tenemos un nuevo pastor… Ah, y Ruth ha fallecido.
—¿Ruth Porter?
—Sí, iba a llamarte —dice, y su tono frío se torna ligeramente cálido.
Ruth, la abuela de Noah, era una de las mujeres más dulces que he tenido el
placer de conocer. Era siempre muy amable y, junto con Karen, hacía las
mejores galletas con pepitas de chocolate del mundo.
—Y ¿cómo está Noah? —me atrevo a preguntar.
Estaba muy unido a su abuela, y sé que debe de estar pasándolo mal. Yo
nunca tuve la oportunidad de tener una relación estrecha con mis abuelos; los
padres de mi padre murieron antes de que yo fuese lo bastante may or como
para acordarme, y los padres de mi madre no eran la clase de gente que
permitía que nadie se acercara a ellos.
—Pues lo lleva bastante mal. Deberías llamarlo, Tessa.
—No puedo… —Empiezo a decirle que no puedo llamarlo, pero me
interrumpo. ¿Por qué no puedo? Puedo y lo haré—. Lo haré… Lo llamaré ahora
mismo.
—¿De verdad? —dice claramente sorprendida—. Bueno, pero espera al
menos hasta después de las nueve —me aconseja, y sonrío sin darme cuenta al
oírla. Sé que ella también estará sonriendo al otro lado de la línea—. ¿Cómo van
las clases?
—Me marcho a Seattle el lunes —confieso, y oigo el repiqueteo de algo que
ha caído al suelo.
—¿Qué?
—Te lo comenté, ¿recuerdas?
« ¿No lo hice?»
—No, no lo hiciste. Me dijiste que tu empresa se trasladaba allí, pero no que
tú fueses a marcharte seguro.
—Lo siento, he estado muy ocupada con lo de Seattle, y con Hardin.
—¿Va a irse contigo? —me pregunta con una voz tremendamente controlada.
—Pues… no lo sé —respondo con resignación.
—¿Estás bien? Pareces preocupada.
—Estoy bien —miento.
—Sé que no hemos estado muy de acuerdo últimamente, pero sigo siendo tu
madre, Tessa. Si te pasa algo, puedes contármelo.
—Estoy bien, de verdad. Sólo estoy algo estresada con todo esto y lo del
traslado al nuevo campus.
—No te preocupes. Te irá estupendamente. Destacarás en cualquier campus.
Puedes destacar en cualquier parte —dice infundiéndome seguridad.
—Lo sé, pero y a me he acostumbrado a éste, y y a conozco a algunos de los
profesores y tengo amigos…, unos pocos amigos.
La verdad es que no tengo ningún amigo al que vaya a echar tremendamente
de menos, excepto a Landon. Y puede que a Steph…, pero sobre todo a Landon.
—Tessa, es para esto para lo que hemos estado trabajando tantos años, y
mírate ahora. Mira lo que has conseguido en tan poco tiempo. Deberías sentirte
orgullosa.
Sus palabras me sorprenden y mi mente se apresura a procesarlas.
—Gracias —consigo articular.
—Infórmame cuando te hayas instalado en Seattle para que vaya a verte, ya
que no parece que tú vayas a venir a casa muy pronto —dice.
—Lo haré —respondo pasando por alto su tono áspero.
—Tengo que prepararme para irme a trabajar, ya hablaremos. Acuérdate de
llamar a Noah.
—Sí, lo llamaré dentro de un par de horas.
Cuando cuelgo, un movimiento en el balcón llama mi atención y, al levantar
la vista, veo a Hardin. Ya se ha vestido con sus vaqueros y su camiseta negros de
siempre. Va descalzo y tiene la mirada fija en mí.
—¿Quién era? —pregunta.
—Mi madre —contesto, y me llevo las rodillas al pecho sobre la silla.
—¿Para qué te ha llamado? —Agarra el respaldo de la silla vacía y la
arrastra para acercarla a mí antes de sentarse.
—La he llamado yo —aclaro sin mirarlo.
—¿Qué hace aquí fuera mi teléfono?
Lo coge de mi regazo y lo comprueba.
—Necesitaba internet.
—Ah —dice como si no me creyera.
« Si no tiene nada que ocultar, ¿qué más le da?»
—¿De quién hablabas cuando has dicho que ibas a llamarlo? —pregunta
sentándose en el borde del jacuzzi.
Lo miro a la cara.
—De Noah —respondo secamente.
Me observa con recelo.
—Y una mierda lo vas a llamar.
—Sí que lo voy a hacer.
—¿Qué tienes que hablar con él? —Apoy a las manos en las rodillas y se
inclina hacia adelante—. Nada.
—¿Así que tú puedes pasarte horas con otra persona y volver borracho,
pero…?
—Es tu exnovio —me interrumpe.
—Y ¿cómo sé que esa chica no es una de tus exnovias?
—Porque y o no tengo exnovias, ¿recuerdas?
Resoplo con frustración; mi determinación previa ha desaparecido y estoy
cabreándome de nuevo.
—Vale, pues una de tantas chicas con las que te has acostado, entonces. De
todos modos —continúo en voz baja y clara—, tú no vas a decirme a quién puedo
y a quién no puedo llamar. Sea mi exnovio o no.
—Creía que no estabas enfadada conmigo.
Suspiro apartando la mirada de sus penetrantes ojos verdes y dirigiéndola
hacia el agua.
—Y no lo estoy. De verdad que no. Hiciste justo lo que esperaba que hicieras.
—¿Que es…?
—Huir durante horas y volver apestando a alcohol.
—Tú me dijiste que me marchara.
—Eso no es excusa para volver borracho.
—¡Ya estamos! —gruñe—. Sabía que no te estarías calladita como hiciste
anoche.
—¿Calladita? ¿Lo ves? Ése es tu problema: esperas que me quede calladita. Y
estoy harta.
—¿De qué? —Se inclina hacia mí y acerca el rostro demasiado al mío.
—De esto… —Agito la mano frenéticamente y me pongo de pie—. Estoy
harta de todo esto. Vete y haz lo que te dé la real gana, pero búscate a otra que se
quede aquí sentada mientras haces de las tuyas y que luego se quede calladita,
porque y o no pienso seguir haciéndolo. —Le doy la espalda.
Se pone de pie y rodea mi brazo con los dedos para volverme suavemente.
—Para —ordena. Su enorme mano se extiende por mi cintura mientras la
otra me sostiene del brazo. Pienso en marcharme, pero entonces me estrecha
contra su pecho—. Deja de resistirte. No vas a ir a ninguna parte.
Aprieta los labios con firmeza y y o libero el brazo de un tirón.
—Suéltame y me sentaré —resoplo.
No quiero ceder, pero me niego a fastidiarles el viaje a los demás. Si voy al
piso de abajo, Hardin me seguirá y acabaremos montando una buena delante de
su familia.
Me suelta inmediatamente y yo me dejo caer en la silla de nuevo. Él se
sienta delante de mí y me mira con expectación con los codos apoy ados en los
muslos.
—¿Qué? —espeto.
—¿Vas a dejarme? —susurra, y su pregunta suaviza ligeramente mi dura
postura.
—Si te refieres a dejarte para irme a Seattle, sí.
—¿El lunes?
—Sí, el lunes. Ya hemos hablado de esto mil veces. Sé que estabas
convencido de que tu sucia artimaña me disuadiría de hacerlo —declaro echando
humo—, pero no es así, y nada de lo que hagas me lo impedirá.
—¿Nada? —Me mira a través de sus gruesas pestañas.
« Me casaré contigo» , me dijo estando borracho. ¿Se refiere a eso ahora?
Por mucho que quiera preguntárselo aquí y ahora, no puedo hacerlo. Creo que no
estoy preparada para su sobria respuesta.
—Hardin, ¿qué hay en Seattle que quieres evitar a toda costa? —decido
preguntarle en su lugar.
Aparta la mirada de la mía.
—Nada importante.
—Hardin, te lo juro, como me estés ocultando algo, jamás volveré a hablarte
—le aviso muy en serio—. Ya he tenido suficiente, de verdad.
—No es nada, Tessa. Tengo algunos viejos amigos allí que no me apetece
mucho ver porque forman parte de mi antigua vida.
—¿Tu antigua vida?
—Mi vida antes de conocerte: la bebida, las fiestas, follar con cualquier chica
que se cruzara en mi camino —dice. Al ver mi gesto de dolor, farfulla—: Lo
siento. —Pero continúa—: No hay ningún secreto, sólo malos recuerdos. Aunque
ésa no es la razón por la que no quiero ir.
Espero a que llegue al fondo del asunto, pero no dice nada más.
—Vale, entonces dime cuál es, porque no lo entiendo.
Me mira a los ojos sin ninguna expresión en el rostro.
—¿Por qué necesitas una explicación? No quiero ir, y tampoco quiero que tú
vay as sin mí.
—Esa explicación no me basta. Voy a ir —digo negando con la cabeza—. Y
¿sabes qué? Ya no quiero que vengas conmigo.
—¿Qué? —Su mirada se ensombrece.
—No quiero que vengas. —Me mantengo todo lo calmada que puedo y me
levanto de la silla. Me siento orgullosa de ser capaz de estar manteniendo esta
conversación sin gritar—. Has intentado fastidiarme esto. Éste ha sido mi sueño
desde que tengo uso de razón, y tú has intentado fastidiármelo. Has convertido
algo que debería estar deseando hacer en algo que apenas puedo soportar.
Debería estar emocionada y dispuesta a marcharme a cumplir mis sueños, pero
has conseguido que no tenga ningún sitio donde vivir y ningún sistema de apoyo
en absoluto. Así que, no, no quiero que vengas.
Hardin abre y cierra la boca, se levanta y empieza a pasearse por el suelo
entarimado.
—Tú… —comienza, pero se detiene como si estuviera reconsiderando sus
pensamientos.
Pero con él las cosas nunca cambian, y decide ir por el camino más difícil.
—¿Sabes qué, Tessa? Nadie quiere ir a Seattle excepto alguien como tú.
¿Quién cojones sueña con mudarse a Seattle en el puto estado de Washington?
Qué gran ambición —ruge. Inspira hondo con violencia—. Y, por si se te había
olvidado, y o soy el único motivo por el que tienes esa oportunidad, para empezar.
¿Quién te crees que consigue un contrato de prácticas en su primer año de
universidad? ¡Nadie, joder! La mayoría las pasan canutas para conseguir uno
incluso después de licenciarse.
—Eso no tiene nada que ver con el asunto que estamos discutiendo. —Pongo
los ojos en blanco ante su desfachatez.
—Y ¿cuál es ese asunto, desagradecida de…?
Doy un paso hacia él y levanto la mano sin darme cuenta siquiera de lo que
estoy haciendo.
Pero Hardin es demasiado rápido y me agarra de la muñeca, deteniéndome
a unos centímetros de su mejilla.
—Ni se te ocurra —me advierte. Su voz es áspera, cargada de ira, y lamento
que haya evitado que le dé una bofetada. Su aliento mentolado golpea mis
mejillas mientras intenta controlar su temperamento.
« Adelante, Hardin» , lo desafío mentalmente. No me intimida su respiración
entrecortada ni sus insultos. Puedo devolvérselos con creces.
—No puedes hablarle así a la gente sin que haya consecuencias —digo en un
tono grave que roza la amenaza.
—¿Consecuencias? —Me mira con ojos furiosos—. En mi vida no he
conocido otra cosa.
Detesto que se atribuy a el mérito de mis prácticas; detesto que tire cuando y o
aflojo y tirar cuando afloja él; detesto que haga que me enfurezca tanto que
quiera pegarle; y detesto sentir que pierdo el control de algo que no estoy segura
de haber tenido. Lo miro. Su mano sigue sosteniendo mi muñeca con la presión
justa como para evitar que intente golpearlo de nuevo, y parece herido, de un
modo peligroso. Sus ojos reflejan desafío, y hace que se me caiga el alma a los
pies.
Coloca mi mano sobre su pecho sin apartar los ojos de los míos y dice:
—Tú no sabes lo que son las consecuencias.
Luego se aleja de mí, aún con esa expresión en los ojos, y mi mano cae a mi
costado.
CAPÍTULO 35
Hardin
« ¿Quién coño se cree que es?» ¿Acaso piensa que puede decirme esas cosas
sólo porque no quiero ir a Seattle con ella? ¿Y ahora no quiere que vaya?
¿Me dice que no quiere que vaya a Seattle y encima intenta darme una
bofetada? De eso, nada. Le he dicho esas cosas porque estaba furioso, pero me
ha sorprendido que intentara pegarme… Mucho. La he dejado con los ojos fuera
de las órbitas, llenos de rabia, pero tenía que alejarme todo lo posible de esa
mierda.
Estoy en la pequeña cafetería del pueblo. El café sabe a alquitrán, y la
extraña magdalena que he pedido está más asquerosa todavía. Detesto este lugar
y el hecho de que no haya nada de nada.
Abro tres sobres de azúcar a la vez, los vierto en el desagradable café y
remuevo la mezcla con una cucharilla de plástico. Es demasiado temprano para
toda esta mierda.
—Buenos días —me saluda una voz familiar. Aunque no es la que esperaba
oír.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto a Lillian poniendo los ojos en blanco
cuando se acerca por detrás de mí.
—Vaya, es evidente que tienes un mal despertar —dice con voz empalagosa,
y se sienta delante de mí.
—Lárgate —refunfuño, y observo la pequeña cafetería.
Hay una cola hasta la puerta, y casi todas las mesas están llenas. Debería
hacerles un favor a los que guardan cola y decirles que se larguen a buscar un
puto Starbucks porque este lugar es un asco.
Lillian me mira.
—No te has disculpado, ¿verdad?
—Joder, qué cotilla eres.
Me pellizco el puente de la nariz, y ella sonríe.
—¿Vas a terminarte eso? —pregunta haciendo un gesto hacia la madalena
dura como una piedra que tengo delante.
La deslizo hacia ella y coge un trozo.
—Yo que tú no me la comería —le advierto, pero ella lo hace de todos
modos.
—No está tan mal —miente. Sé que está deseando escupirla, pero se la traga
—. ¿Vas a explicarme por qué no te has disculpado con Tamara?
—Que se llama Tessa, joder. Como vuelvas a llamarla…
—Oye, oye, cálmate, que era una broma. Sólo te estaba tomando el pelo. —
Se echa a reír, orgullosa de ser tan impertinente.
—Ja, ja.
Me termino el resto del café.
—Bueno, dime, ¿por qué no lo has hecho?
—No lo sé.
—Claro que sí —insiste.
—¿A ti qué más te da? —Me inclino hacia ella y Lillian se apoy a en el
respaldo de su silla.
—No sé… Es que parece que la quieres, y eres mi amigo.
—¿Tu amigo? Ni siquiera te conozco, y desde luego tú no me conoces a mí —
declaro.
Su expresión neutra desfallece un instante y empieza a parpadear lentamente.
Como se ponga a llorar creo que voy a golpear a alguien. No puedo soportar
tanto drama a estas horas de la mañana.
—Oye, eres guay y tal, pero esto… —hago un gesto con la mano entre su
cuerpo y el mío— no es una amistad. Yo no tengo amigos.
Ladea la cabeza.
—¿No tienes ningún amigo? ¿Ni siquiera uno?
—No. Tengo a gente con la que salgo de fiesta y a Tessa.
—Deberías tener amigos; al menos, uno.
—¿Qué sentido tendría que fuésemos amigos tú y yo? Sólo estaremos aquí
hasta mañana.
Se encoge de hombros.
—Podríamos ser amigos hasta entonces.
—Está claro que tú tampoco tienes amigos.
—No muchos. A Riley no le caen muy bien.
—¿Y? ¿Eso qué más da?
—Pues que no quiero pelearme con ella, así que ya no los veo a menudo.
—Disculpa, pero la tal Riley parece una zorra.
—No hables así de ella. —Lillian se pone colorada, mostrando por primera
vez una emoción distinta de la calma o la omnisciencia.
Jugueteo con mi taza, satisfecho de haber derribado su fachada.
—Sólo digo que yo no permitiría que nadie me dijera quiénes pueden o no
pueden ser mis amigos.
—¿Me estás diciendo que Tessa sale con sus amigos? —Enarca una ceja y y o
aparto la mirada para pensar en su pregunta.
Tiene amigos…, tiene a Landon.
—Sí.
—Tú no cuentas.
—No, y o no. Landon.
—Landon es tu hermanastro. Tampoco cuenta.
Steph es una especie de amiga de Tessa, pero no son amigas de verdad, y
Zed… y a no es un problema.
—Me tiene a mí —digo.
Sonríe con petulancia.
—Ya me imaginaba.
—¿Eso qué más da? Cuando nos larguemos de aquí y empecemos de cero
podrá hacer nuevos amigos. Podemos hacer amigos juntos.
—Claro. El problema es que no vais a ir al mismo lugar —me recuerda.
—Vendrá conmigo. Sé que parece improbable, pero tú no la conoces. Yo sí, y
sé que no puede vivir sin mí.
Lillian me mira con ojos pensativos.
—¿Sabes? Existe una gran diferencia entre no ser capaz de vivir sin alguien y
amarlo.
Esta chica no tiene ni puta idea de lo que dice. No tiene ningún sentido.
—No quiero seguir hablando de ella. Si vamos a ser amigos, tienes que
hablarme sobre Regan y tú.
—Riley —replica ella con brusquedad.
Me río ligeramente.
—Jode, ¿eh?
Lillian me fulmina con la mirada de broma, pero después me cuenta cómo
conoció a su novia. Les tocó estar juntas durante la orientación del primer curso
de Lillian. Al principio, Riley se mostró algo arisca, pero después le tiró la caña
para sorpresa de ambas. Aparentemente, la tal Riley es celosa y tiene bastante
mala leche. Me recuerda a alguien.
—La may oría de nuestras peleas son a causa de sus celos. Tiene miedo de
que me aleje de ella. No sé por qué, porque siempre es ella la que llama la
atención de todo el mundo, hombres y mujeres, y ha salido con ambos sexos. —
Suspira—. Es como que todo el mundo le vale.
—¿Tú no lo has hecho?
—No, y o no he salido con ningún chico. —Arruga la nariz—. Bueno, una vez
en octavo, porque me vi un poco obligada a hacerlo. Mis amigas no paraban de
darme la lata porque nunca había tenido novio.
—¿Por qué no se lo dijiste? —le pregunto.
—No es tan sencillo.
—Debería serlo.
Sonríe.
—Sí, debería. Pero no lo es. En fin, que nunca he salido con nadie más que
con Riley y otra chica. —Entonces su sonrisa desaparece—. Riley, en cambio, ha
salido con mucha gente.
El resto de la mañana y también la tarde los paso así, escuchando los problemas
de esta chica. Pero no me molesta tanto como pensaba. Es agradable saber que
no soy el único que tiene esta clase de movidas. Lillian me recuerda mucho a
Tessa y a Landon. Si los fundieran en una persona, sin duda sería ella. Odio
admitirlo, pero no me agobia su compañía. Es una marginada, como yo, pero no
me juzga porque apenas me conoce. Un montón de extraños entran y salen de la
cafetería, y cada vez que veo entrar a una rubia no puedo evitar levantar la vista
con la esperanza de que sea mi rubia extraña.
De repente empieza a sonar una melodía curiosa.
—Será mi padre… —dice Lillian, y comprueba su teléfono—. Joder, son casi
las cinco —exclama entonces presa del pánico—. Debemos irnos. Bueno, yo
debo irme. Todavía no tengo nada que ponerme para esta noche.
—¿Para qué? —le pregunto cuando se levanta.
—Para la cena. Sabes que vamos a cenar con tus padres, ¿no?
—Karen no es mi… —empiezo a decir, pero decido dejarlo correr. Ella ya lo
sabe.
Me levanto y la sigo por el barrio hasta una pequeña tienda de ropa llena de
vestidos coloridos y bisutería de mal gusto. Huele a naftalina y a salitre.
—No tienen nada decente —protesta sosteniendo en alto un vestido rosa
intenso con volantes.
—Eso es horrible —le digo, y ella asiente y lo cuelga de nuevo en su sitio.
No puedo evitar pensar en qué estará haciendo Tessa en estos momentos. ¿Se
estará preguntando dónde estoy? Seguro que da por hecho que estoy con Lillian,
cosa que es verdad, pero no tiene de qué preocuparse. Ya lo sabe.
Un momento… No, no lo sabe. No le he hablado de que Lillian tiene novia.
—Tessa no sabe que eres lesbiana —espeto cuando me enseña un vestido
negro con cuentas.
Ella me mira con diplomacia y se limita a pasar la mano por el vestido otra
vez, como lo hizo con la botella de brandy anoche.
—No voy a darte consejos de moda, así que deja de intentarlo —gruño.
Pone los ojos en blanco.
—Y ¿por qué no se lo has dicho?
Toco un collar con plumas que tengo delante.
—No lo sé. No se me ocurrió.
—Vaya, me siento tan halagada de que mi orientación sexual te sea tan
indiferente… —dice con fingida gratitud y con una mano extendida sobre su
cuello—. Pero deberías decírselo. —Sonríe—. No me extraña que estuviera a
punto de darte un bofetón.
Sabía que no debería haberle contado lo de la bofetada.
—Cállate. Se lo diré… —Aunque la verdad es que podría venirme bien no
hacerlo—. A lo mejor —añado.
Lillian pone los ojos en blanco de nuevo. Pone los ojos en blanco casi tan a
menudo como Tessa.
—Es complicada, y sé lo que me hago, ¿vale?
O, al menos, eso creo. Sé exactamente cómo tensar las cuerdas hasta obtener
lo que quiero.
—Tienes que arreglarte esta noche; el sitio al que vamos es repugnantemente
sofisticado —me advierte mientras ojea el vestido girando la percha.
—De eso, nada, ni hablar. De todas maneras, ¿qué te hace pensar que voy a
ir?
—¿Por qué no? Te interesa que tu parienta deje de estar tan enfadada, ¿no?
Sus palabras me descolocan por un instante.
—¿Mi parienta? No la llames así.
Me empotra una camisa blanca contra el pecho.
—Al menos ponte una camisa bonita; de lo contrario, mi padre no parará de
darte la brasa toda la noche —dice metiéndose en el probador.
Unos minutos después aparece con el vestido negro puesto. Le queda bien —
está buena y tal—, pero al instante empiezo a imaginarme a Tessa luciéndolo. Le
quedaría mucho más ceñido: Tessa tiene las tetas mucho más grandes que Lillian,
y las caderas un poco más anchas, de modo que llenaría el vestido mucho mejor.
—No es tan feo como el resto de la mierda que tienen aquí —digo a modo de
cumplido.
Pone los ojos en blanco, me saca el dedo y cierra la cortina.
CAPÍTULO 36
Tessa
Me miro en el largo espejo y le pregunto a Landon:
—¿Seguro que estoy bien?
—Sí, tranquila —responde con una sonrisa—. Pero ¿podemos intentar
recordar que soy un tío?
Suspiro y me echo a reír.
—Lo sé, perdona. No tengo la culpa de que seas mi único amigo.
El tacto del vestido oscuro y centelleante sobre mi piel no me resulta del todo
cómodo. La tela es dura y las pequeñas cuentas me rascan un poco cuando me
muevo. En la pequeña tienda de ropa del pueblo no había mucho donde elegir, y
desde luego no iba a ponerme el vestido rosa intenso confeccionado
exclusivamente con tul. Necesito algo que ponerme para la temible cena de esta
noche, y no pienso seguir la sugerencia de Hardin de que vaya en vaqueros.
—¿Crees que se molestará en volver antes de que llegue la hora de
marcharnos? —le pregunto a Landon.
Hardin se ha largado, como siempre, después de nuestra pelea, y no ha
regresado desde entonces. Tampoco ha llamado ni me ha mandado ningún
mensaje. Seguramente estará con esa chica misteriosa con la que tanto le gusta
compartir nuestros problemas. Sí, esa chica con la que habla mucho más que con
su novia. Con lo cabreado que estaba, no me extrañaría que hiciese algo con ella
con la única intención de hacerme daño.
No…, no lo haría.
—La verdad es que no lo sé —dice Landon—. Espero que sí. De lo contrario,
mi madre se sentirá muy decepcionada.
—Lo sé. —Me pongo otra horquilla en el moño y cojo el rímel.
—Vendrá. Sólo está siendo cabezota.
—Lo que no sé es si iremos juntos. —Me paso el pequeño cepillo por las
pestañas—. Siento que estoy llegando a mi límite. ¿Sabes qué sentí anoche
cuando me dijo que había estado con otra chica?
—¿Qué? —me pregunta con curiosidad.
—Creo que ha llegado el final de nuestra turbulenta historia de amor… —
Intentaba que fuera una broma, pero al parecer no ha tenido gracia.
—Se me hace muy raro oírte decir eso precisamente a ti —señala—. ¿Cómo
te sientes?
—Un poco enfadada, pero y a está. Es como si fuera inmune a ello ahora, a
todo. No tengo ganas de pasar por lo mismo una y otra vez. Estoy empezando a
pensar que es una causa perdida, y la verdad es que se me parte el alma —digo,
prohibiéndome a mí misma llorar.
—Nadie es una causa perdida. Sólo creen que lo son, y por eso a veces no se
molestan en intentar cambiar.
—¿Estáis listos, chicos? —pregunta Karen desde el salón, y Landon le asegura
que bajaremos enseguida.
Me coloco mi nuevo par de tacones negros con correas en los tobillos. Por
desgracia, son tan incómodos como aparentan. En ocasiones como ésta es
cuando echo de menos llevar Toms a diario.
Cuando nos metemos todos en el coche, Hardin aún no ha vuelto.
—No podemos esperarlo más —dice Ken con el ceño fruncido de decepción.
—No pasa nada, le traeremos algo a la vuelta —sugiere Karen con dulzura en
un intento de disminuir la irritación de su marido, a pesar de que sabe que ésa no
es la solución.
Landon me mira y y o le sonrío para asegurarle que estoy bien. Intenta
distraerme todo el tray ecto hablándome sobre varios estudiantes que conocemos
y bromeando sobre sus posturas en clase. Especialmente las de algunos de los
que vienen con nosotros a religión.
Cuando Ken aparca en nuestro destino, veo que el restaurante es de un gusto
exquisito. El edificio es una cabaña de troncos inmensa, y el interior contradice el
aspecto silvestre del exterior. Es moderno y elegante, con decoración en blanco y
negro por todas partes y detalles en gris en las paredes y el suelo. La iluminación
está en el límite de ser demasiado oscura, pero crea un ambiente íntimo. Para mi
sorpresa, mi vestido es lo que más brilla en la habitación. Cuando la luz se
refleja en las cuentas, éstas centellean como diamantes en la oscuridad,
cosa que todo el mundo parece haber advertido.
—Scott —oigo que le dice Ken a la guapa mujer que se encuentra tras el atril.
—El resto de su cuadrilla ya está aquí. —Ella sonríe, y sus dientes perfectos
son de un blanco cegador.
—¿Cuadrilla? —digo volviéndome hacia Landon, y él se encoge de hombros.
Seguimos a la mujer hasta una mesa en un rincón del salón. Detesto que todo
el mundo me mire a causa de este vestido. Debería haberme comprado aquella
monstruosidad rosa, habría llamado menos la atención. Un hombre de mediana
edad se derrama la copa encima y Landon me acerca a su costado cuando
pasamos junto al muy pervertido. Tampoco es un vestido tan exagerado. Me
llega justo por encima de la rodilla. El problema es que fue confeccionado para
alguien con un busto mucho más pequeño que el mío, lo que hace que el
sujetador incorporado actúe como un push-up y me acentúe al máximo el
escote.
—Ya era hora de que llegarais —dice una voz masculina desconocida, y miro
hacia el lugar donde está Karen para ver de quién se trata.
Un hombre, imagino que el amigo de Ken, se levanta para estrecharle la
mano. Desvío la vista hacia la derecha, donde su mujer sonríe y saluda a Karen.
A su lado hay una chica joven —mi instinto me indica que es la chica—, y se me
cae el alma a los pies. Es guapa, muy guapa.
Y lleva exactamente el mismo vestido que yo.
Cómo no.
Veo sus brillantes ojos azul claro desde aquí y, cuando me sonríe, me parece
aún más guapa. Estoy tan distraída con mis crecientes celos que casi no me doy
cuenta de que Hardin está sentado a su lado, vestido con una camisa blanca

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