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CAPÍTULO 37
Hardin
—Joder… —murmura Lillian en voz alta, y me abstrae de mis pensamientos
sobre mi pelea matutina con Tessa.
Levanto la vista, sigo la dirección de su mirada y veo qué es lo que la ha
dejado boquiabierta.
Tessa.
Con el mismo vestido… el mismo puto vestido con el que me la había
imaginado. Y hace que su pecho y a de por sí generoso parezca… Joder…
Parpadeo rápidamente en un intento de recobrar la compostura antes de que
llegue a la mesa. Por un momento creo que se trata de una alucinación; está aún
más sexi de lo que me había imaginado. Todos los tíos en sus mesas se vuelven
para mirarla; uno incluso se derrama la bebida encima. Me agarro al borde de la
mesa esperando a que el cerdo le diga algo. Como lo haga, juro que…
—¿Ésa es Tessa? ¡Joder! —Lillian está prácticamente jadeando.
El hombre que se ha derramado la bebida se aparta de su mujer y sus ojos
siguen a mi chica.
—Relájate —dice Lillian tocándome las manos con suavidad.
Mis nudillos llenos de cicatrices están blancos de la fuerza con la que me
aferro a la mesa.
Landon estrecha a Tessa y la aparta del cerdo. Ella le sonríe y él la estrecha
más conforme avanzan. « ¿Qué cojones está pasando aquí?»
Tessa se coloca detrás de Landon mientras los padres de Lillian y Karen y
Ken proceden con sus putas formalidades creyéndose que tienen mucha clase
por estrecharse la mano a pesar de que se vieron anoche mismo. Pronto, la
mirada de Tessa descubre a Lillian y sus ojos se abren como platos y se fijan en
el suelo. Está celosa.
Bien. Eso era lo que esperaba.
CAPÍTULO 38
Tessa
El pánico me invade al ver a Hardin sentado al lado de esa chica. Ni siquiera
parece percatarse de mi presencia cuando tomo asiento junto a Landon, al otro
lado de la mesa, lo más lejos posible de él.
—Hola, y ¿tú quién eres? —me pregunta con una sonrisa el amigo de Ken.
Sé por su tono que es de la clase de hombres que se creen mejor que el resto
de los presentes.
—Hola, soy Tessa —contesto, y sonrío secamente y lo saludo con un gesto de
la cabeza—. Una amiga de Landon.
Miro a Hardin y veo que tiene los labios apretados. Bueno, es evidente que él
está entreteniendo a la hija de este hombre, de modo que ¿por qué fastidiarles la
diversión?
—Encantado, Tessa. Yo soy Max, y ella es Denise —dice el hombre
señalando a la mujer que tiene al lado.
—Es un placer conocerte —dice Denise—. Hacéis una pareja encantadora.
Hardin empieza a toser. O a atragantarse. No quiero mirarlo para saber cuál
de las dos…, pero no puedo evitarlo. Cuando lo hago, veo que me está
fulminando con la mirada.
Landon se ríe.
—No, no somos pareja. —Mira a Hardin como esperando que diga algo.
Como era previsible, no lo hace. La chica parece algo desorientada y un poco
incómoda. Me alegro. Hardin se acerca para decirle algo al oído y ella le sonríe
y sacude la cabeza. « ¿Qué narices está pasando aquí?»
—Hola, soy Lillian, encantada de conocerte —se presenta con una sonrisa
amistosa.
« Zorra.»
—Lo mismo digo —consigo articular en respuesta.
Tengo el corazón acelerado y apenas puedo ver con claridad. Si no
estuviésemos compartiendo mesa con la familia de Hardin y los amigos de Ken,
le tiraría a Hardin una bebida a la cara y, con el escozor de ojos, esta vez no
podría interceptar mi bofetada. Nos colocan un menú delante de cada uno de
nosotros y espero a que me llenen una de las copas con agua antes de cogerlo.
Ken y Max empiezan a hablar sobre lo extraño que resulta tener que escoger
entre agua del grifo y agua embotellada.
—¿Ya sabes qué vas a pedir? —me pregunta Landon en voz baja momentos
después.
Sé que está intentando distraerme de Hardin y su nueva amiga.
—Pues… no lo sé —susurro, y le echo un vistazo al sofisticado menú escrito a
mano.
Ahora mismo no puedo pensar en comer; tengo el estómago revuelto y
apenas puedo controlar mi respiración.
—¿Quieres que nos vayamos? —me pregunta al oído.
Miro a Hardin, al otro lado de la mesa. Sus ojos se encuentran con los míos un
instante antes de volverse de nuevo hacia Lillian.
« Sí. Quiero largarme de aquí y decirle a Hardin que no vuelva a hablarme
en la vida.»
—No, no pienso ir a ninguna parte —digo, y me siento muy erguida en mi
silla.
—Bien hecho —me alaba Landon mientras un atractivo camarero llega a
nuestra mesa.
—Tomaremos una botella del mejor vino blanco que tengan —le dice el
amigo de Ken, y él asiente.
Justo cuando se dispone a marcharse, Max lo llama.
—No habíamos terminado —dice, y pide una lista de aperitivos.
No conozco ninguno de los platos que ha pedido, pero supongo que, de todos
modos, tampoco voy a comer mucho.
Intento desesperadamente no mirar al otro lado de la mesa, pero es difícil,
muy difícil. ¿Por qué ha venido con ella? Y encima se ha arreglado para la
ocasión. Como no lleve vaqueros debajo de la mesa, el poco corazón que me
queda intacto se me partirá en mil pedazos. Siempre tengo que estar una hora
rogándole para que se ponga otra cosa que no sean unos vaqueros y una camiseta
y, en cambio ahora, aquí está, al lado de esa chica y con una camisa blanca.
—Les daré unos minutos para que vean el menú, y si tienen alguna consulta
sobre los platos, mi nombre es Robert —dice el camarero.
Su mirada se encuentra con la mía. Se queda ligeramente boquiabierto y
aparta la vista al instante sólo para volver a posarla en mí. Es este vestido y el
maldito escote. Le regalo una incómoda sonrisa. Él me la devuelve y su cuello y
sus mejillas empiezan a ponerse rojos.
Espero que mire a Hardin, pero entonces caigo en que, debido a nuestra
distribución, los que parecemos pareja somos Landon y yo, y Hardin está con
Lillian. Se me cae el alma a los pies de nuevo.
—Eh, tío. Tómanos nota o pírate —dice Hardin interrumpiendo mis
pensamientos.
—Lo… lo siento —tartamudea Robert, y se aleja de la mesa a toda prisa.
Todas las miradas se centran en Hardin, la mayoría reflejando desaprobación
por su comportamiento. Karen parece avergonzada, y Ken también.
—Tranquilos, volverá. Es su trabajo —dice Max quitándole importancia.
Seguro que el comportamiento de mi novio le parece aceptable a alguien como
él.
Miro a Hardin con el ceño fruncido, pero no parece importarle lo más
mínimo, está demasiado cegado con esos puñeteros ojos azules. Al verlo con ella
tengo la sensación de que no lo conozco de nada, como si me estuviera
entrometiendo en la privacidad de un par de tortolitos. Ese pensamiento hace que
me suba la bilis por la garganta. Me la trago y doy gracias cuando Robert vuelve
con el vino y unas cubiteras acompañado de otro camarero, probablemente
como apoy o moral. O por protección.
Hardin no le quita ojo de encima, y levanto la vista al techo ante su osadía.
¿Cómo se atreve a mirar mal al pobre chico cuando él está actuando como si no
me conociera de nada?
Nervioso, Robert me llena la copa hasta el borde y yo le doy las gracias en
voz baja. Me sonríe, esta vez con menos timidez, y se dispone a llenarle la copa a
Landon. Nunca lo he visto beber, excepto en la boda de Ken y Karen, e incluso
entonces sólo se tomó una copa de champán. Si no estuviese tan desolada por el
comportamiento de Hardin, rechazaría el vino y no bebería delante de sus
padres, pero ha sido un día muy largo, y sin el vino no creo que pueda aguantar
toda esta cena.
—No, gracias —dice Ken colocando la mano sobre su copa cuando Robert se
dirige hacia él.
Levanto la mirada para asegurarme de que Hardin no está preparando ningún
comentario borde sobre su padre, pero lo sorprendo de nuevo charlando entre
susurros con Lillian.
Estoy muy confundida. ¿Por qué está haciendo esto? Sí, nos hemos peleado,
pero esto es demasiado.
Doy un largo trago y el vino me sabe fresco y deliciosamente dulce al
paladar. Me dan ganas de bebérmelo todo de golpe, pero tengo que ir poco a
poco. Lo último que necesito es emborracharme y ponerme sensible delante de
todo el mundo. Hardin no rechaza el vino, pero Lillian sí. Él le pone los ojos en
blanco para picarla, y me obligo a apartar la vista de ellos antes de convertirme
en un mar de lágrimas e inundar el precioso suelo de madera maciza teñida.
—¡… Max estaba escalando por la fachada, y estaba tan borracho que tuvo que
venir el equipo de seguridad del campus a bajarlo! —dice Ken, y todos nos
echamos a reír.
Todos menos Hardin, claro.
Enrosco la pasta de mi plato en el tenedor y doy otro bocado. Me centro en lo
deliciosos que están estos tallarines recién hechos y cómo parecen hacerse un
ovillo alrededor de los dientes del tenedor. De lo contrario, tendría que centrarme
en Hardin.
—Me parece que tienes un admirador —me dice Denise.
Levanto la vista y sigo la dirección de su mirada hasta Robert, que está
recogiendo los platos de la mesa de al lado con los ojos fijos en mí.
—No le hagas mucho caso; es sólo un camarero que quiere lo que no puede
tener —declara Max con una sonrisa ladina, sorprendiéndome con su
insensibilidad.
—¡Papá! —Lillian fulmina a su padre con la mirada.
Él le sonríe y procede a cortar su filete.
—Perdona, cariño, pero es la verdad… Una chica tan guapa como Tessa no
debería fijarse en alguien que trabaje en hostelería.
Ojalá hubiera quedado ahí la cosa, pero ajeno, o inmune, a nuestra
contrariedad, Max prosigue con sus denigrantes comentarios hasta que dejo caer
el tenedor sobre mi plato formando un estrépito.
—Déjalo —me dice Hardin dirigiéndose a mí por primera vez desde que he
llegado.
Asombrada, lo miro, miro a Max de nuevo y sopeso mis opciones. Se está
comportando como un capullo, y y o me he bebido casi una copa entera de vino.
Será mejor que cierre la boca como me ha indicado Hardin.
—No puedes hablar de la gente de esa manera —le dice Lillian a su padre, y
él se encoge de hombros.
—Vale, vale —farfulla meneando el cuchillo un poco y masticando su filete
—. Dios me libre de ofender a nadie.
A su lado, su mujer parece avergonzada mientras se limpia las comisuras de
la boca con una servilleta de tela.
—Voy a necesitar más vino —le digo a Landon, que sonríe y desliza hacia mí
su copa medio vacía. Sonrío ante su amable gesto—. Esperaré a que Robert
vuelva a la mesa, pero gracias.
Siento los ojos de Hardin clavados en mí mientras miro a mi alrededor por el
restaurante. No veo al camarero rubio por ninguna parte, de modo que alargo el
brazo, cojo la botella yo misma y me relleno la copa. Me quedo esperando a que
Max haga algún comentario sobre mis modales, pero se contiene. Hardin tiene la
mirada perdida en el restaurante y Lillian está hablando con su madre. Yo me
encuentro en mi propio mundo, en una fantasía en la que mi novio está sentado a
mi lado, con una mano sobre mi muslo, y se inclina para hacerme algún
comentario descarado que me hace reír y ruborizarme.
Me siento algo mareada mientras apuro la comida que queda en mi plato y
me termino mi segunda copa de vino. Landon está charlando con Max y Ken
sobre deportes, cómo no. Me quedo mirando el mantel estampado intentando
buscar caras o imágenes entre los remolinos blancos y negros. Encuentro un
grupo que parece formar una « H» , y empiezo a trazarla con el dedo varias
veces. De repente me detengo y levanto la vista al instante, alarmada por si me
ha visto dibujando la letra.
Pero Hardin no me está prestando atención, sólo tiene ojos para ella.
—Necesito un poco de aire —le digo a Landon, y me levanto.
Mi silla chirría contra el suelo de madera y Hardin me mira un momento,
pero entonces finge que sólo estaba buscando el agua antes de continuar su
conversación con su nueva chica.
CAPÍTULO 39
Tessa
Mis tacones golpean el suelo de madera maciza con fuerza mientras me
concentro en llegar a la puerta trasera del restaurante en mi estado de
semiembriaguez. Si estuviésemos más cerca de casa, me marcharía ahora
mismo, haría mis maletas, me iría a Seattle y me quedaría en un hotel hasta que
encontrara un apartamento.
Estoy harta de que Hardin me haga estas putadas, es doloroso, y embarazoso,
y está acabando conmigo. Hardin está destrozándome, y lo sabe. Por eso mismo
lo hace. Ya me lo dijo: hace estas cosas porque sabe que así llega a mí.
Cuando cruzo la puerta —y espero que no salte ninguna alarma ni nada por el
estilo—, el frío aire de la noche me envuelve. Es como un bálsamo que me
abraza y me protege del incómodo ambiente de tensión y de las aburridas
compañías.
Apoyo los codos en un saliente de roca y miro en dirección al bosque. Está
oscuro, prácticamente negro. El restaurante está ubicado justo en medio de una
zona boscosa que crea una atmósfera de aislamiento. Me gusta, y sería ideal si no
me sintiera ya lo bastante atrapada.
—¿Estás bien? —pregunta una voz por detrás de mí.
Me vuelvo y veo a Robert en la puerta con una pila de platos en una mano.
—Esto… Sí. Sólo necesitaba respirar un poco —contesto.
—Pues hace frío aquí fuera. —Sonríe.
Su sonrisa es amable y bastante encantadora.
Le devuelvo el gesto.
—Sí, un poco.
Ambos nos quedamos en silencio. Es algo incómodo, pero no me importa.
Nada es tan incómodo como estar sentada a esa mesa.
Unos segundos después, añade:
—No te había visto nunca por aquí.
Deja los platos con suavidad sobre una mesa vacía y se aproxima a mí.
También apoy a los codos en el saliente, a tan sólo un metro de distancia.
—Estoy de visita. No había venido nunca.
—Deberías venir en verano. Febrero es el peor mes para venir. Bueno,
noviembre y diciembre son peores…, y puede que enero también. —Se ruboriza
y tartamudea—: Ya… y a sabes a qué me refiero —concluye, y hace un sonido
parecido a una risita.
Intento no reírme de su nerviosismo y sus mejillas sonrojadas.
—Seguro que es precioso en verano —digo.
—Sí, lo eres. —Abre unos ojos como platos—. Digo…, lo es. Es precioso —se
corrige, y se cubre la cara con la mano.
Me obligo a apretar los labios para no reírme, pero no lo consigo. Una risita
escapa de mi boca y eso hace que se sienta aún más avergonzado.
—¿Tú vives aquí? —pregunto para romper el hielo.
Su compañía resulta refrescante. Es agradable estar cerca de alguien que no
es tan intimidante. Hardin acapara cualquier habitación en la que se encuentre, su
presencia resulta avasalladora la mitad del tiempo.
Eso lo relaja un poco.
—Sí, nací y crecí aquí. ¿Y tú?
—Yo voy a la WCU. Pero me traslado a Seattle la semana que viene.
Me siento como si hubiera esperado muchísimo tiempo para decir esas
palabras.
—¡Vaya! A Seattle. ¡Qué fuerte!
Sonríe, y yo me río de nuevo.
—Perdona, el vino hace que me ría mucho —balbuceo, y él me mira con
una sonrisa.
—Bueno, me alegro de saber que no te estás riendo de mí. —Se queda
observando mi rostro, y y o aparto la mirada.
Se vuelve hacia el restaurante.
—Deberías volver adentro antes de que tu novio venga a buscarte.
Me vuelvo para mirar a través del cristal hacia el elegante espacio interior.
Hardin sigue hablando con Lillian.
—Créeme, nadie va a salir a buscarme —suspiro, y mi labio inferior empieza
a temblar mientras mi corazón me traiciona y amenaza con resquebrajarse.
—Parece bastante perdido sin ti —dice Robert en un intento de infundirme
confianza.
Miro a Landon y veo que está mirando a todas partes, sin nadie con quien
hablar.
—¡Ah! Ése no es mi novio. Mi novio es el que está al otro lado de la mesa; el
de los tatuajes.
Robert mira a Hardin y a Lillian y sus suaves rasgos forman un gesto de
confusión. Unos remolinos de tinta negra asoman por el cuello de la camisa de
Hardin. Me encanta cómo le queda el blanco, y me encanta cómo la tinta se
transparenta a través de la tela clara.
—Esto…, ¿sabe él que es tu novio? —me pregunta con una ceja enarcada.
Aparto la vista de Hardin al verlo sonreír con petulancia, la clase de sonrisa
que hace que se le marquen los hoy uelos; la sonrisa que sólo me regalaba a mí.
—Yo también empiezo a preguntarme lo mismo.
Me cubro el rostro con las manos y sacudo la cabeza.
—Es complicado —gruño.
« Mantén la compostura, no caigas en su juego. Esta vez, no.»
Robert se encoge de hombros.
—En fin, ¿quién mejor para compartir tus problemas que un extraño?
Ambos miramos hacia la mesa. Nadie, excepto Landon, parece echarme de
menos.
—¿No tienes que trabajar? —pregunto esperando que su respuesta sea
negativa.
Robert es joven, mayor que y o, pero no tendrá más de veintitrés años.
Parece muy seguro cuando sonríe y dice:
—Sí, pero estoy a buenas con el propietario —como si estuviera contando un
chiste que yo no pillo.
—Ah.
—Bueno, y si ése es tu novio, ¿quién es la chica que está con él?
—Se llama Lillian —digo como si escupiera veneno—. No la conozco, él
tampoco…, bueno, al menos antes no la conocía, parece que ahora ya la conoce
muy bien.
Robert me mira a los ojos.
—Y ¿la ha traído aquí para ponerte celosa?
—No lo sé, pero si ése era su plan, no está funcionando. Bueno, de hecho, sí
estoy celosa…, sólo hay que mirarla. Lleva el mismo vestido que yo y le sienta
muchísimo mejor.
—No, no. Eso no es verdad —dice en voz baja, y yo sonrío a modo de
agradecimiento.
—Todo iba muy bien hasta ay er. En fin, muy bien para tratarse de nosotros.
Esta mañana hemos discutido, aunque nosotros discutimos mucho. Discutimos
todo el tiempo, así que no sé por qué esta vez es tan diferente, pero lo cierto es
que lo es. Es distinta; no es igual que las demás veces, y ahora ha decidido fingir
que no le importo, como solía hacer cuando nos conocimos.
De repente me doy cuenta de que estaba hablando más para mí misma que
para este desconocido con curiosos ojos azules.
—Sé que parezco una loca, lo sé. Es el vino.
Las comisuras de sus labios se transforman en una sonrisa y niega con la
cabeza.
—No pareces ninguna loca. —Robert sonríe, y me hace reír. Señala la mesa
con la cabeza y dice—: Te está mirando.
Levanto los ojos y, efectivamente, Hardin tiene la mirada fija en mí y en mi
nuevo loquero, una mirada que me atraviesa, y su intensidad hace que me
encoja.
—Deberías entrar —le advierto.
Espero que Hardin se levante de la mesa en cualquier momento para salir
aquí y lanzar a Robert por los aires en dirección al bosque.
Pero no lo hace. Permanece sereno, con los dedos en el pie de una copa de
vino, y me mira por última vez antes de levantar la mano libre y apoyarla en el
respaldo de la silla de Lillian. « Joder.» Siento un pinchazo en el pecho ante ese
gesto tan cruel.
—Lo siento mucho —dice Robert.
Casi había olvidado que estaba a mi lado.
—No te preocupes, de verdad. Ya debería estar acostumbrada. Llevo varios
meses jugando a este juego con él. —Me encojo ante la verdad y me maldigo a
mí misma por no haber aprendido la lección después de un mes, o de dos, o de
tres… Y aquí estoy ahora, en compañía de un desconocido, observando cómo
Hardin flirtea descaradamente con otra chica—. No sé por qué te cuento todo
esto. Perdona.
—Oy e, te he preguntado y o —me recuerda amablemente—. Y tenemos
mucho más vino, por si quieres. —Su sonrisa es amable y traviesa.
—Sí, creo que voy a necesitar más. —Asiento y me vuelvo para no mirar a
través del cristal—. ¿Suelen venir muchas chicas medio borrachas lloriqueando
por sus novios?
Se ríe.
—No, suelen ser viejos ricos que se quejan de que su filete no está cocinado
al punto.
—Como el tipo de mi mesa, el de la corbata roja. —Señalo a Max con la
cabeza—. Madre mía, menudo capullo.
Robert asiente.
—Sí, lo es. No pretendo ofender, pero cualquiera que devuelva una ensalada
porque tiene « demasiadas aceitunas» es un capullo de libro.
Ambos nos echamos a reír y me cubro la boca con el dorso de la mano.
Entonces temo que mis risas hagan que se me escapen algunas lágrimas.
—¡Y que lo digas! Y después se ha puesto todo serio a darnos un discurso
solemne sobre su razonamiento concienzudo acerca de las aceitunas. —Pongo la
voz grave para intentar imitar al insufrible padre de la irritante chica—:
« Demasiadas olivas eclipsan el delicado sabor a tierra de la rúcula» .
Robert se inclina hacia adelante riéndose a carcajadas. Con las manos en las
rodillas, levanta la vista y pregunta con una voz mucho más parecida a la de Max
que la mía:
—« ¿Podrían servirme cuatro? Tres no son suficientes, y cinco son
demasiadas, desequilibran enormemente el sabor en el paladar» .
Me parto de la risa hasta que me duele la barriga. No sé cuánto tiempo dura,
pero de repente oigo que una puerta se abre, y tanto Robert como yo paramos
por instinto y nos volvemos. Hardin está en el umbral.
Me pongo derecha y me aliso el vestido. No puedo evitar sentir que estaba
haciendo algo inapropiado, aunque sé que no es así.
—¿Interrumpo algo? —ladra, acaparando toda nuestra atención.
—Sí —respondo con voz clara, tal y como pretendía.
Todavía respiro de manera agitada de tanto reírme, la cabeza me da vueltas
por el vino y me duele el corazón.
Hardin mira a Robert.
—Eso parece.
Robert sigue sonriendo, con los ojos cargados de humor mientras Hardin se
esfuerza por intimidarlo. Pero él no flaquea, ni siquiera pestañea. Hasta él está
harto de sus tonterías, y eso que ha recibido formación para mostrarse siempre
amable. Sin embargo, aquí, lejos de los oídos del resto de los comensales, no
parece tener ningún problema en demostrar lo mucho que lo divierte la absurda
actitud de Hardin.
—¿Qué quieres? —le pregunto, y cuando se vuelve hacia mí tiene los labios
apretados.
—Entra —me ordena, pero niega con la cabeza—. Tessa, déjate de
jueguecitos conmigo. Vámonos.
Me agarra del brazo, pero y o me suelto y me mantengo firme.
—He dicho que no. Entra tú. Seguro que tu amiguita te echa mucho de menos
—silbo.
—Tú… —Hardin mira de nuevo a Robert—. Tú sí que deberías entrar.
Nuestras copas están vacías —dice, y chasquea los dedos de la manera más
insultante posible.
—La verdad es que he terminado mi turno. Pero seguro que puedes hechizar
a otra persona para que se encargue de tus bebidas —responde Robert como si tal
cosa.
Hardin flaquea momentáneamente; no está acostumbrado a que nadie le
conteste, y menos un desconocido.
—Vale, te lo diré con otras palabras… —Da un paso hacia Robert—. Aléjate
de ella. Entra ahí dentro y búscate algo que hacer antes de que te agarre del
cuello de tu ridícula camisa y te reviente la cabeza contra ese saliente.
—¡Hardin! —lo reprendo mientras me interpongo entre ambos.
Sin embargo, Robert no parece impresionado.
—Adelante —dice tranquilo y seguro de sí mismo—. Pero deberías saber que
éste es un pueblo pequeño. Mi padre es el sheriff, mi abuelo es el juez, y a mi tío
lo encerraron por asalto con agresión. De modo que, si quieres arriesgarte a
reventarme la cabeza… —se encoge de hombros—, adelante.
Me quedo boquiabierta y soy incapaz de volver a cerrarla. Hardin lo fulmina
con la mirada y parece sopesar sus opciones mientras su mirada oscila entre
Robert, y o y el interior del restaurante.
—Vámonos —me dice de nuevo al final.
—No voy a irme —replico, retrocediendo. No obstante, me vuelvo hacia
Robert y le digo—: ¿Puedes dejarnos solos un minuto, por favor?
Él asiente y le lanza a Hardin una última mirada asesina antes de regresar al
comedor.
—¿Qué? ¿Ahora vas a follarte al camarero? —Hardin hace un mohín y yo
retrocedo más todavía, decidida a no desmoronarme bajo su fulminante mirada.
—¿Quieres dejarlo de una vez? Ambos sabemos lo que va a pasar. Tú me
insultarás. Yo me marcharé. Tú vendrás detrás de mí y me dirás que y a no vas a
volver a comportarte así. Regresaremos a la cabaña y nos acostaremos juntos.
—Pongo los ojos en blanco y él parece totalmente perdido.
Pero, como de costumbre, se recupera rápidamente. Inclina la cabeza hacia
atrás, riéndose, y dice simplemente:
—Te equivocas. —Y retrocede hacia la puerta—. No voy a hacer nada de
eso. Parece que te has olvidado de cómo son las cosas en realidad: tú tienes una
pataleta por algo que y o digo, te marchas, y yo sólo voy detrás de ti para poder
follarte. Y tú… —añade con una mirada siniestra—, tú siempre me dejas.
Me quedo boquiabierta del espanto y me llevo las manos al vientre para
sostener mi cuerpo en pie tras sus palabras demoledoras.
—¿Por qué? —exhalo, y de repente el aire fresco parece haber desaparecido
mientras trato de recuperar el aliento.
—No lo sé. Porque eres incapaz de mantenerte alejada de mí. Seguramente
porque te follo mejor de lo que nadie te lo hará jamás. —Su voz es entrecortada
y cruel.
—¿Por qué… ahora? —Me corrijo—. Lo que quería decir es, ¿por qué estás
haciendo esto ahora? ¿Es porque no voy a irme a Inglaterra contigo?
—Sí y no.
—Como no voy a renunciar a lo de Seattle, ¿te vuelves contra mí? —Me
arden los ojos, pero no pienso llorar—. ¿Apareces con ella —señalo hacia Lillian,
sentada a la mesa— y tienes la cara de decirme todas esas cosas horribles? Creía
que habíamos superado esa fase. ¿Qué ha pasado con aquello de que no puedes
vivir sin mí? ¿Qué ha pasado con lo que me dijiste de que ibas a esforzarte por
tratarme como me merezco?
Aparta los ojos y, por un brevísimo momento, veo una emoción más
profunda bajo su mirada de odio.
—Existe una gran diferencia entre no ser capaz de vivir sin alguien y amarlo
—replica.
Y, dicho eso, se marcha llevándose consigo el poco respeto que aún le tenía.
CAPÍTULO 40
Hardin
Quería herirla, quería que se sintiera como una mierda, como y o me he sentido
cuando he levantado la vista de la mesa y la he visto riéndose. Estaba partiéndose
el culo cuando debería haber estado sentada delante de mí esforzándose por
llamar mi atención. Actuaba como si no le importara en absoluto que me
estuviera acercando a Lillian. Estaba demasiado concentrada en el puto
camarero y en lo que cojones le estuviera diciendo.
Así que mi cabeza ha empezado a rebuscar pensamientos detestables con la
intención de escoger alguno que acabase con ella. Me ha venido a la mente la
frase que Lillian me ha dicho esta mañana y ha avivado mi furia, así que la he
soltado sin pensar: « Existe una gran diferencia entre no ser capaz de vivir sin
alguien y amarlo» .
Casi me dan ganas de retirar mis palabras… Casi. Se las merece. De verdad
que se las merece. No debería haber dicho que no quería que fuera a Seattle con
ella. Me ha dicho que me he vuelto contra ella, y eso no es cierto. Estoy aquí
para ella, de su parte. Es ella la que intenta dejarme cada vez que tiene una puta
oportunidad.
—Me largo —anuncio cuando llego a la mesa.
Seis pares de ojos me miran, y Landon pone los suyos en blanco antes de
volverse hacia la puerta.
—Está fuera —le digo con tono sarcástico.
Por mí puede salir ahí y tratarla con guantes de seda si quiere; desde luego,
yo no voy a hacerlo.
—¿Qué le has hecho esta vez? —se atreve a preguntarme delante de todo el
mundo.
Lo fulmino con la mirada.
—Métete en tus malditos asuntos.
—Hardin —me advierte mi padre. Él también, no… Parece ser que todo el
puto mundo está en mi contra. Más le vale a mi padre no soltarme ningún
sermón.
—Me voy contigo —dice Lillian poniéndose de pie.
—No —le espeto, pero no me hace caso y me sigue mientras recorro el
restaurante y salgo por la puerta.
—¿Qué narices ha pasado? —pregunta cuando salimos.
Sin aminorar el ritmo, grito por encima del hombro:
—¡Que estaba ahí fuera con ese puto tío, eso es lo que ha pasado!
—¿Y bien? ¿Qué te ha dicho cuando le has explicado que no soy una
amenaza?
Tropieza ligeramente con sus altos tacones, pero no me paro para ayudarla
mientras intento decidir adónde coño ir. Sabía que debería haber venido hasta
aquí en mi propio coche, pero no, Tessa tenía que salirse con la suya. Como de
costumbre.
—No se lo he contado.
—¿Por qué no? ¿Sabes qué estará pensando en estos momentos?
—Me importa una mierda lo que piense. Espero que piense que estoy
follando contigo.
Se detiene.
—¿Por qué? Si la quieres, ¿por qué ibas a querer que pensara eso?
Genial. Ahora Lillian también se pone contra mí. Me vuelvo hacia ella.
—Porque tiene que aprender que…
Levanta una mano.
—Para. No sigas por ahí porque ella no tiene que « aprender» nada. Tengo la
impresión de que eres tú el que tiene que aprender algo. ¿Qué le has dicho a la
pobre chica?
—Le he dicho lo que me has dicho tú esta mañana sobre que hay una
diferencia entre no ser capaz de vivir sin alguien y amarlo —le respondo.
Ella sacude la cabeza confundida.
—¿Le has dicho eso refiriéndote a que no puedes vivir sin ella pero que no la
quieres?
—Sí, te lo acabo de decir.
Será mejor que Tessa Dos se pire porque me está poniendo de los nervios,
igual que la original.
—Vaya cagada —dice, y se echa a reír.
« Y ¿encima se ríe de mí?»
—¿Qué tiene tanta gracia? —digo prácticamente gritando.
—No tienes ni idea —se burla ella—. Cuando te he dicho eso esta mañana no
me estaba refiriendo a ti. Estaba hablando de ella. Quería decir que sólo porque
creas que ella no puede vivir sin ti no significa que te ame.
—¿Qué?
—Das por hecho que está tan loca por ti que no te va a dejar porque no puede
vivir sin ti, cuando en realidad parece que lo que sucede es que la tienes atrapada
y por eso no puede dejarte; no porque te quiera, sino porque has hecho que sienta
que no puede estar sin ti.
—No…, ella me quiere. —Sé que me quiere, y por eso sé que aparecerá
buscándome de un momento a otro.
Lillian extiende los brazos.
—¿Ah, sí? ¿Por qué iba a quererte cuando haces cosas para herirla a
propósito?
Ya he tenido suficiente.
—Tú no estás en posición de sermonear a nadie. —Extiendo los brazos en el
aire con tanta furia como ella hace un momento—. ¡Probablemente tu novia se
esté follando a otra persona mientras tú estás aquí intentando mediar entre Tessa
y y o como si fueras un consejero matrimonial! —bramo.
Lillian abre unos ojos como platos y empieza a retroceder… del mismo
modo que Tessa lo ha hecho hace tan sólo unos minutos. Sus ojos azules
comienzan a llenarse de lágrimas que brillan en la oscuridad. Sacude la cabeza y
pone rumbo al aparcamiento del restaurante.
—¡¿Adónde vas?! —grito a través del viento.
—Adentro. Puede que Tessa sea tan idiota como para aguantarte, pero yo no.
Por un instante casi sigo a esta chica a la que consideraba mi… ¿amiga? No lo
sé, pero sentía que podía confiar en ella a pesar de que la conocí ayer.
A la mierda: no pienso seguir a nadie. Ni a Tessa ni a Tessa Dos. Por mí
pueden irse al infierno. No necesito a ninguna de ellas.

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