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CAPÍTULO 41
Tessa
Me duele el pecho, tengo la garganta seca y la cabeza me da vueltas.
Básicamente, Hardin acaba de decirme que no me quiere y que sólo viene detrás
de mí para acostarse conmigo. Lo peor de todo es que estoy convencida de que
no lo siente. Sé que me quiere, lo sé. A su manera, me quiere más que nada en el
mundo. Me lo ha demostrado infinidad de veces durante los últimos meses. Pero
también me ha demostrado que es capaz de cualquier cosa con tal de herirme,
con tal de hacerme sentir débil, sólo porque tiene herido el orgullo. Si me quisiera
como debería, no me haría daño a propósito.
No puede ser cierto que sólo me quiera por el sexo. No me ve como un
juguete sexual, ¿o sí? Con él, las verdades y las mentiras varían tanto como su
estado de ánimo. No puede haberlo dicho en serio. Pero lo ha expresado con
tanta convicción… Ni siquiera ha pestañeado. La verdad es que y a no lo sé. A
pesar de todas las peleas, las lágrimas y los agujeros en nuestra relación, siempre
me he aferrado a la débil certeza de que me quiere.
Sin eso, no tengo nada. Y, sin él, no tengo nada. La mezcla de nuestros
temperamentos irracionales y explosivos y de nuestra juventud está resultando
ser demasiado.
« Existe una diferencia entre no ser capaz de vivir sin alguien y amarlo.» Sus
palabras me destrozan de nuevo.
El aire de este lugar está demasiado cargado. Es demasiado denso y
asfixiante, y las risas de los clientes se están volviendo siniestras. Busco una
salida. Unas puertas de cristal que dan a un balcón están cerradas. Las abro y
agradezco el aire fresco. Me siento ahí, mirando a la oscuridad, disfrutando de la
paz de la noche y de mi propia mente, que se relaja.
No me doy cuenta de que la puerta se ha abierto hasta que Robert aparece a
mi lado.
—Te he traído algo —dice, y levanta la botella de vino y la menea de manera
juguetona. Se encoge ligeramente de hombros y una enorme sonrisa se dibuja en
su rostro atractivo.
Me sorprendo sonriendo de manera sincera a pesar del hecho de que por
dentro estoy gritando y acurrucada en un rincón, llorando.
—¿Vino de autocompasión? —pregunto, alargando los brazos para coger la
botella de etiqueta blanca.
Es el mismo que Max ha pedido antes; debe de haber costado una fortuna.
Sonríe y me coloca el vino en las manos.
—¿Es que acaso hay otro tipo de vino?
La botella está helada, pero tengo las manos casi entumecidas por el frío de
febrero.
—Vasos. —Sonríe, y se mete las manos en los profundos bolsillos de su
mandil—. No me cabían copas de vino de verdad, así que he cogido esto. —Me
entrega un pequeño vaso de poliestireno y yo lo sostengo mientras él descorcha
la botella.
—Gracias.
El vino llena el vaso y me lo llevo a los labios en cuanto termina de servirlo.
—Podemos ir adentro si quieres. Ya hemos cerrado algunas secciones, así
que podemos sentarnos allí —dice Robert, y bebe un trago.
—No sé… —suspiro, y dirijo la mirada hacia la mesa.
—Se ha marchado —dice con la voz llena de compasión—. Y ella también —
añade—. ¿Quieres hablar de ello?
—La verdad es que no me apetece. —Me encojo de hombros—. Háblame de
este vino —digo por proponer un tema neutro y menos deprimente.
—¿De este amiguito? Pues…, a ver…, es… ¿viejo y madurado hasta la
perfección? —Se echa a reír, y yo también—. Se me da bien bebérmelo, pero
analizarlo, no tanto.
—Vale, pues del vino no. Háblame de otra cosa —digo.
Levanto mi vaso y apuro el contenido lo más rápidamente posible.
—Pues… —dice mirando detrás de mí.
Se me hace un nudo en el estómago al ver su expresión nerviosa, y espero
que Hardin no haya vuelto para escupirme más veneno. Cuando me vuelvo, veo
que esta vez es Lillian quien está en el umbral, y parece no estar segura de si
debería salir o no.
—¿Qué quieres? —le pregunto.
Estoy intentando controlar los celos, pero el vino que inunda mi organismo no
actúa en beneficio de mis modales. Robert recoge mi vaso vacío justo cuando el
viento lo vuelca y empieza a rellenarlo. Tengo la sensación de que está tratando
de mantenerse ocupado para evitar la dramática o incómoda situación que se
avecina.
—¿Puedo hablar contigo? —pregunta ella.
—¿De qué tenemos que hablar? Amí me parece que está todo bastante claro.
Doy un sorbo al vino y dejo que el frío líquido inunde mi boca.
Para mi sorpresa, la chica no responde a mi mala actitud. Simplemente se
aproxima a nosotros y dice:
—Soy lesbiana.
« ¿Qué?» De no ser porque los ojos azul claro de Robert estaban fijos en mí,
habría escupido el vino en el vaso. Desvío la mirada de él hacia ella y trago
despacio.
—Es verdad. Tengo novia. Hardin y yo sólo somos amigos. —Frunce el ceño
—. Si es que se nos puede llamar así.
Conozco esa mirada. Debe de haberle soltado alguna fresca.
—Entonces ¿por qué…? —empiezo. ¿Está siendo sincera?—. Antes estabais
muy pegaditos.
—No. Él estaba algo… supongo que podría llamarse sobón, como cuando ha
puesto el brazo sobre el respaldo de mi silla. Pero sólo lo ha hecho para darte
celos.
—Y ¿por qué iba a hacer eso? ¿A propósito? —pregunto. Sin embargo,
conozco la respuesta: para hacerme daño, claro.
—Le dije que te lo contara. Siento que hayas pensado que había algo entre
nosotros. No lo hay. Estoy saliendo con una chica.
Pongo los ojos en blanco y levanto la copa para que Robert me sirva más
vino.
—Se te veía bastante cómoda siguiéndole la corriente —le espeto con
crudeza.
—No era mi intención. No estaba pendiente de lo que estaba haciendo. Siento
mucho que todo esto te haya hecho daño —dice con ojos sinceros y suplicantes.
Estoy buscando razones para echarle la bronca a esta chica, pero no se me
ocurre ninguna. El hecho de que Lillian sea lesbiana es un gran alivio para mí,
ojalá lo hubiera sabido antes, pero no cambia las cosas con Hardin. En todo caso,
hace que su comportamiento sea aún peor, porque estaba intentando darme celos
a propósito y, por si no fuera suficiente, me ha dicho las cosas más espantosas
que se le han ocurrido. Verlo flirtear con ella no me ha hecho ni la mitad de daño
que oírlo decir que no me quiere.
Robert me llena el vaso y y o bebo un pequeño sorbo mientras observo a
Lillian.
—Y ¿qué te ha hecho cambiar de idea y decírmelo? La ha pagado contigo,
¿verdad?
Ella sonríe ligeramente y se sienta a la mesa con nosotros.
—Sí, lo ha hecho.
—Eso se le da muy bien —digo, y ella asiente.
Salta a la vista que está algo nerviosa, y yo no paro de recordarme que ella
no es el problema, sino Hardin.
—¿Tienes más vasos? —le pregunto a Robert, y él asiente sonriéndome con
orgullo.
Siento unas ligeras mariposas en el estómago. Seguro que es por el vino.
—En el bolsillo, no, pero puedo ir adentro a por uno —se ofrece
amablemente—. De todas maneras, deberíamos entrar ya. Se te están poniendo
los labios morados.
Lo miro y a continuación desvío la mirada hacia los suyos. Son carnosos y
rosados, y parecen muy suaves… ¿Por qué le estoy mirando los labios? Esto es lo
que me pasa cuando bebo vino. Los labios que quiero mirar son los de Hardin,
pero últimamente él sólo los usa para gritarme.
—¿Está dentro? —le pregunto a Lillian, y ella niega con la cabeza—. De
acuerdo, entremos entonces. De todos modos, tengo que rescatar a Landon de
esa mesa, especialmente de ese tal Max —digo sin pensar, y entonces miro a
Lillian—. Mierda, perdona.
Ella me sorprende echándose a reír.
—No te preocupes. Sé que mi padre es un gilipollas, créeme.
No respondo. Puede que no sea una amenaza para mi relación con Hardin,
pero eso no significa que me caiga bien, aunque en realidad parece bastante
maja.
—¿Vamos a entrar o…? —Robert se vuelve sobre los talones de sus zapatos
negros.
—Sí. —Apuro el resto de mi vino y me dirijo al interior—. Voy a buscar a
Landon. ¿Estás seguro de que podemos beber aquí? Vas con tu uniforme —le
pregunto a mi nuevo amigo.
No quiero que tenga problemas. Estoy algo achispada, y la idea de que su
padre lo arreste me hace reír.
—¿Qué pasa? —pregunta mirándome con curiosidad.
—Nada —miento.
Entramos en el comedor y Lillian y yo nos dirigimos a nuestra mesa. Apoyo
las manos en el respaldo de la silla de Landon y él se vuelve para mirarme.
—¿Estás bien? —pregunta en voz baja mientras Lillian habla con sus padres.
Me encojo de hombros.
—Sí, supongo. —No lo estaría si no estuviera casi borracha después de tantas
copas de vino como me he bebido—. ¿Quieres venir con nosotros? Vamos a
quedarnos aquí a beber un poco de vino…, un poco más de vino. —Sonrío.
—¿Quiénes? ¿Ella también? —Landon mira a Lillian, al otro lado de la mesa.
—Sí, es… es maja. —No quiero airear la vida personal de esta chica delante
de todo el mundo.
—Le he dicho a Ken que iría a ver el partido con ellos a la cabaña de Max,
pero si quieres que me quede lo haré.
—No… —Quiero que se quede, pero no me parece bien que cambie de
planes por mí—. Tranquilo. Es sólo que pensaba que igual te apetecía alejarte de
ellos —susurro, y él sonríe.
—Y me apetece, pero a Ken le hace ilusión que vaya porque Max es del
equipo contrario. Creo que piensa que será divertido ver cómo nos insultamos o
algo. —Se inclina más hacia mí para que nadie nos oiga—. ¿Estás segura de que
quieres quedarte a pasar el rato con ese chico? Parece simpático, pero
seguramente Hardin intentará asesinarlo.
—Creo que sabe defenderse —le aseguro—. Que te diviertas viendo el
partido.
Me agacho y pego los labios contra la mejilla de Landon.
Me aparto al instante y me cubro la boca.
—Perdona, no tengo ni idea de por qué…
—No te preocupes. —Se ríe.
Miro hacia la mesa y siento un alivio tremendo al ver que todo el mundo está
a lo suy o. Afortunadamente, mi embarazosa muestra de afecto ha pasado
desapercibida.
—Ten cuidado, ¿vale, Tessa? Y llámame si me necesitas.
—Lo haré. Y tú vuelve aquí si te aburres.
—Descuida. —Sonríe.
Sé que no se aburrirá viendo el partido con Ken. Le encanta pasar el rato con
la única figura paterna que ha tenido. Hardin, en cambio, no comparte su
entusiasmo.
—Papá, ya soy mayorcita —oigo protestar a Lillian desde el otro lado de la
mesa.
Max sacude la cabeza una vez con autoridad.
—No hay ninguna necesidad de que estés vagando por la calle. Te vienes a la
cabaña con nosotros y punto.
No hay duda de que es uno de esos hombres a los que les encanta tener el
control absoluto sobre todo el mundo. La desagradable sonrisa de superioridad
que se dibuja en su rostro lo confirma.
—Vale —responde su hija, frustrada.
Mira a su madre, pero la mujer se queda callada. Si me hubiera tomado otra
copa más de vino, le soltaría algo al muy capullo, pero no quiero ofender a Ken
y a Karen.
—Tessa, ¿tú vuelves con nosotros? —pregunta Karen.
—No. Me quedaré aquí un rato si os parece bien. —Espero que no le importe.
Veo que mira a Lillian y después mira detrás de mí, donde Robert me espera
en la distancia. Tengo la sensación de que no tiene ni idea de la orientación sexual
de Lillian y está enfadada por cómo Hardin se estaba comportando con ella.
Adoro a Karen.
—Por supuesto. Diviértete —dice sonriendo con aprobación.
—Eso haré. —Le devuelvo la sonrisa y me alejo de la mesa sin despedirme
de Max y de su mujer.
—Cuando quieras. A ella no la dejan quedarse —le digo a Robert en cuanto
llego a su lado.
—¿Que no la dejan?
—Su padre es un capullo. En realidad me alegro, porque no estoy segura de
qué siento hacia ella. Me recuerda a alguien, pero no consigo saber a quién… —
Dejo la frase a medias mientras sigo a Robert hacia una sección desocupada del
restaurante.
En esta área cerrada del restaurante hay algunas mesas vacías, excepto por
unas cuantas velas apagadas y los saleros y pimenteros.
Mientras nos sentamos me viene a la mente el rostro mutilado de Zed.
—¿Estás seguro de que no te importa pasar el rato conmigo? —le pregunto a
Robert—. Hardin podría regresar, y tiene tendencia a agredir a la gente…
Él retira mi silla para que me siente y se ríe.
—Estoy seguro —responde.
Toma asiento enfrente de mí, rellena nuestros vasos de poliestireno con vino
blanco y brindamos. El blando material de los recipientes se dobla ligeramente y
carece del chinchín de las copas de cristal. Resulta agradable, a diferencia del
resto de este restaurante tan hosco.
CAPÍTULO 42
Hardin
He llamado a todas las putas compañías de taxis que hay entre este lugar y la
universidad para que alguien me lleve de vuelta a casa. A causa de la distancia,
ninguna ha aceptado, claro. Podría coger el autobús, pero el transporte público no
me va. Recuerdo lo malo que me ponía cada vez que Steph me comentaba que
Tessa había cogido el autobús para ir al centro comercial o a Target. Incluso
cuando no me gustaba —o eso pensaba y o—, me horrorizaba imaginármela
sentada sola en el autobús con un montón de pervertidos.
Todo ha cambiado desde entonces, desde aquellos días en los que
atormentaba sin cesar a Tessa con la única intención de obtener una reacción por
su parte. Su rostro cuando la he dejado en el balcón del restaurante…, puede que
las cosas no hayan cambiado tanto. Yo tampoco he cambiado.
Estoy torturando a la chica a la que amo. Eso es justo lo que estoy haciendo
y, por lo visto, soy incapaz de parar. Pero no es culpa mía exclusivamente.
También es culpa suya. No deja de atosigarme con que vaya a Seattle, y le he
dejado bien claro que no pienso ceder en eso. En lugar de enfrentarse a mí,
debería hacer las maletas y venirse conmigo a Inglaterra. No pienso quedarme
aquí, independientemente de que me hayan expulsado o no. Estoy harto de
Estados Unidos. Aquí todo me ha ido mal. Estoy harto de ver a mi padre
constantemente, harto de todo lo que hay aquí.
—Vigila tus pasos, gilipollas —me sobresalta una voz femenina en la
oscuridad.
Esquivo a la figura antes de chocar contra ella.
—Vigila tú los tuyos —le contesto sin detenerme.
« ¿Qué cojones hace esta tía delante de la cabaña de Max?»
—¿Perdona? —dice, y yo me vuelvo para mirarla justo cuando la luz
con sensor de movimiento del porche de la cabaña se enciende.
La observo detenidamente: piel morena, pelo rizado, vaqueros rasgados, botas
de motera…
—Déjame adivinar: Riley, ¿verdad? —Pongo los ojos en blanco y la miro de
nuevo.
Apoya una mano en su cadera.
—Y ¿quién coño eres tú?
—Sí, Riley. Si estás buscando a Lillian, no está aquí.
—¿Dónde está? Y ¿cómo sabes que la estoy buscando a ella? —me increpa
con mala leche.
—Porque acabo de follármela.
Se pone tensa y baja la cabeza de manera que la oscuridad inunda sus rasgos.
—¿Qué acabas de decir? —replica, y viene hacia mí.
Ladeo la cabeza y la miro.
—Joder, te estaba tomando el pelo. Está con sus padres en el restaurante que
hay al final de la carretera.
Ella levanta la cabeza y se detiene.
—Vale, y ¿de qué la conoces?
—La conocí ay er. Su padre y el mío estudiaron juntos, creo. ¿Sabe ella que
has venido?
—No. He intentado llamarla —dice, y hace un gesto en dirección al bosque
que nos rodea—. Pero como está en medio de la puta nada, no me ha contestado.
Probablemente el comemierda de su padre no la deja hablar conmigo.
Suspiro.
—Sí, no me extrañaría. ¿Crees que dejará que te vea?
Me mira con el ceño fruncido.
—¿No crees que eres demasiado cotilla? —Pero después sonríe con orgullo
—. Sí, la dejará. Es un capullo, pero es aún más gallina, y me tiene miedo.
Unos faros iluminan entonces la oscuridad y me aparto sobre la hierba.
—Deben de ser ellos —le digo.
Al momento, el coche se detiene en el acceso.
Lillian prácticamente salta desde la puerta a los brazos de Riley.
—¿Cómo has llegado aquí? —dice casi chillando.
—En coche —responde su novia secamente.
—¿Cómo me has encontrado? Llevo toda la semana sin cobertura.
Entierra el rostro en el cuello de su novia y veo cómo la fachada de chica
dura de Riley empieza a resquebrajarse mientras acaricia la espalda de Lillian
con cariño.
—Es un sitio pequeño, nena, no ha sido tan difícil. —Se aparta un poco para
observar el rostro de Lillian—. ¿Me dirá algo tu padre por haber venido?
—No. Bueno, puede. Pero sabes que no te obligará a marcharte.
Me siento algo incómodo observando su encuentro, y carraspeo.
—Bueno, y o me largo —digo, y empiezo a alejarme.
—Adiós —dice Riley.
Lillian no dice nada.
Al cabo de unos minutos, llego a la cabaña de mi padre y recorro el sendero.
Tessa llegará en cualquier momento, y quiero estar dentro antes de que llegue el
todoterreno. Seguro que está llorando, y tendré que disculparme para que pare y
me escuche.
Apenas llego al porche cuando Karen y la madre de Lillian salen del coche.
—¿Dónde están los demás? —le pregunto buscando a Tess con la mirada.
—Tu padre y Landon han ido a casa de Max para ver un partido en la tele.
—¿Y Tessa? —El pánico me invade.
—Se ha quedado en el restaurante.
—¿Qué? —« Pero ¿qué coño…?» Esto no me lo esperaba—. Está con él,
¿verdad? —pregunto a las dos mujeres, aunque y a sé la respuesta. Está con el
capullo rubio que tiene al sheriff de padre.
—Sí —responde Karen, y si no estuviera atrapado con ella en medio de la
nada le diría de todo por la sonrisita que está intentando ocultar.
CAPÍTULO 43
Tessa
—Y ésa es básicamente la historia de mi vida —concluye Robert con una
sonrisa.
Su sonrisa es cálida y sincera, casi infantil, pero de una manera encantadora.
—Eso ha sido… interesante. —Cojo la botella de vino de la mesa y la levanto
para rellenar mi vaso. No sale nada.
—Mentirosa —bromea él, y me entra la risita de borracha.
La historia de su vida ha sido corta y dulce. Ni aburrida ni emocionante,
simplemente normal. Creció con sus padres: su madre, la maestra de la escuela,
y su padre, el sheriff. Después de graduarse en el instituto que hay a dos pueblos
de aquí, decidió ir a la Facultad de Medicina. Sólo está trabajando aquí porque
está en la lista de espera para entrar en el programa de medicina de la
Universidad de Washington. Bueno, por eso y porque se saca bastante dinero
trabajando en el restaurante más caro de la zona.
—Deberías haber ido a la WCU —le digo, y él niega con la cabeza.
Se levanta de la mesa y levanta el dedo índice en el aire para hacer una
pausa en la conversación. Me incorporo en mi silla mientras espero a que
regrese. Apoyo la cabeza contra el respaldo de madera y miro hacia arriba. El
techo de esta pequeña sección está pintado con nubes, castillos y querubines. La
figura que tengo justo encima está dormida, con las mejillas sonrosadas y unos
preciosos rizos rubios. Parece una niña. Sus pequeñas alas blancas están casi
planas mientras descansa. A su lado, un chico —o, al menos, eso creo— la está
mirando. La observa con sus alas negras extendidas a su espalda.
« Hardin.»
—De eso, nada —dice Robert de repente, interrumpiendo mis pensamientos
—. Aunque quisieran, no ofrecen el plan de estudios que yo me propongo hacer.
Además, el programa de medicina forma parte del campus principal de Seattle.
En la WCU, tu campus de Seattle es mucho más pequeño. —Cuando levanto la
cabeza, veo que tiene otra botella de vino en las manos.
—¿Has estado en el campus? —le pregunto, ansiosa por saber más cosas
acerca de mi nuevo destino, y más ansiosa todavía por dejar de mirar las
inquietantes imágenes de los angelitos del techo.
—Sí, una vez. Es pequeño, pero bonito.
—Se supone que tengo que estar allí el lunes, y aún no tengo ningún sitio
donde vivir. —Me río.
Sé que mi mala planificación no debería ser cosa de risa, pero ahora mismo
es lo que me inspira.
—¿Este lunes? ¿Sabes que estamos a jueves y que el lunes está a la vuelta de
la esquina?
—Sí —asiento.
—¿Por qué no miras una residencia? —pregunta mientras descorcha la
botella.
Buscar habitación en una residencia ni siquiera se me había pasado por la
cabeza. Pensaba…, bueno, esperaba que Hardin viniera conmigo, así que no las
tenía en mente.
—No quiero vivir en el campus, y menos ahora que he conocido la
independencia.
Asiente y empieza a servir el vino.
—Cierto, cuando pruebas la libertad, ya no hay vuelta atrás.
—Y que lo digas. Si Hardin viniera a Seattle… —Me detengo—. Olvídalo.
—¿Os habíais planteado continuar la relación a distancia?
—No, eso no funcionaría —le digo, y siento un dolor en el pecho—. Apenas
funciona estando juntos. —Tengo que cambiar de tema antes de ponerme a
gimotear—. Gimotear… —Qué palabra tan rara—. Gimotear —repito
atrapándome los labios con el índice y el pulgar.
—¿Te diviertes? —Robert sonríe y deja un vaso lleno de vino delante de mí.
Asiento, todavía riéndome—. He de admitir que hacía tiempo que no me lo
pasaba tan bien en el trabajo.
—Yo tampoco —coincido—. Quiero decir, si trabajase aquí… —Nada de lo
que digo tiene sentido—. No bebo muy a menudo… Bueno, ahora bebo más que
nunca, pero no lo suficiente como para haber desarrollado tolerancia al alcohol,
así que me emborracho bastante deprisa —canturreo, y levanto el vaso delante
de mi cara.
—A mí me pasa lo mismo. No bebo mucho, pero cuando una chica guapa
tiene una mala noche, hago una excepción —se aventura a decir, aunque se pone
rojo como un tomate al instante—. Quería decir que…, eeehhh… —Se cubre la
cara con las manos—. Parece que no soy capaz de controlar lo que digo contigo.
Alargo el brazo y le aparto las manos del rostro. Él se encoge un poco y,
cuando me mira, sus ojos azules son tremendamente claros.
—Es como si pudiera leerte la mente —digo en voz alta sin pensar.
—A lo mejor puedes —susurra en respuesta, y su lengua se apresura a
humedecer sus labios.
Sé que quiere besarme, lo leo en su rostro. Lo veo en sus ojos sinceros. Los
ojos de Hardin son siempre tan cautelosos que tengo que esforzarme para
interpretar su mirada, e incluso entonces nunca logro leerlos como me gustaría,
como necesito hacerlo. Me inclino un poco más hacia Robert y la pequeña mesa
sigue separándonos cuando él también se inclina hacia adelante.
—Si no lo quisiera tanto, te besaría —digo en voz baja, sin apartarme pero sin
acercarme más.
Por muy borracha que esté y por muy enfadada que esté con Hardin, no
puedo hacerlo. No puedo besar a este otro chico. Quiero hacerlo, pero no puedo.
La comisura izquierda de su boca se eleva formando una sonrisa torcida.
—Y si yo no supiera cuánto lo quieres, te dejaría hacerlo.
—Vale…
No sé qué más decir. Estoy muy borracha e incómoda, y no sé cómo
comportarme delante de nadie que no sea Hardin, o Zed, aunque en cierto modo
los dos se parecen bastante. Robert no se parece a nadie que haya conocido.
Puede que a Landon. Landon es dulce y afable, y mi mente no para de evadirse
del hecho de que casi me beso con alguien que no es Hardin.
—Lo siento. —Me incorporo en la silla y él hace lo propio.
—No te disculpes. Prefiero que no me beses a que lo hagas y luego te
arrepientas.
—Eres raro —le digo. Ojalá hubiera escogido otra palabra, pero ya es
demasiado tarde—. En el buen sentido —me corrijo.
—Tú también. —Se echa a reír—. Cuando te he visto con ese vestido pensaba
que eras la típica niña rica y esnob sin personalidad alguna.
—Pues lo siento. Te aseguro que no soy rica. —Me río.
—Ni esnob —añade.
—Mi personalidad no está tan mal. —Me encojo de hombros.
—Bueno… —bromea con una sonrisa.
—Eres tremendamente agradable.
—Y ¿por qué no iba a serlo?
—No lo sé. —Empiezo a tocar mi vaso con el dedo—. Lo siento, sé que
parezco una idiota.
Se queda extrañado por un instante y dice:
—No pareces ninguna idiota. Y no tienes por qué estar disculpándote todo el
tiempo.
—¿A qué te refieres? —pregunto.
Apenas soy consciente de que he empezado a arrancar trocitos del borde del
vaso de poliestireno y de que la mesa está llena de un montón de trocitos blancos.
—No paras de disculparte por todo lo que dices —replica—. Has dicho que lo
sientes al menos diez veces durante la última hora. No has hecho nada malo, así
que deja de disculparte.
Sus palabras me avergüenzan, pero su mirada es amable y su voz no contiene
el más mínimo tinte de enfado o de reproche.
—Lo siento… —digo de nuevo, recapacitando—. ¿Lo ves? No sé por qué lo
hago.
Me coloco un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja.
—Yo me lo puedo imaginar, pero prefiero callármelo. Sólo quiero que sepas
que no deberías tener que hacerlo —se limita a decir.
Inspiro hondo y luego suelto el aire. Es relajante poder charlar con alguien sin
preocuparme de molestarlo todo el tiempo.
—Pero bueno, cuéntame más sobre tu nuevo trabajo en Seattle —dice, y le
agradezco que cambie de tema.
CAPÍTULO 44
Hardin
—¡¿Adónde crees que voy a ir?! —le grito a Karen por el camino elevando las
manos en el aire con frustración.
Ella desciende a medias los escalones del porche.
—No quiero entrometerme, Hardin —dice—, pero ¿no crees que deberías
dejarla tranquila… por una vez? No quiero que te enfades, pero no me parece
que vayas a conseguir nada bueno yendo allí y montando una escena. Sé que
quieres verla, pero…
—¡Tú no sabes nada! —le espeto, y la mujer de mi padre inclina la cabeza
un poco hacia atrás.
—Lo siento, Hardin, pero opino que esta noche deberías dejarla en paz —
insiste, como si fuera mi madre.
—¿Para qué? ¿Para que pueda ponerme los putos cuernos?
Me tiro de las raíces del pelo totalmente frustrado. Tessa ya se había tomado
una copa —copa y media, para ser exactos— durante la cena, y ella no tolera
bien el alcohol.
—Si eso es lo que piensas de ella… —empieza Karen, pero se detiene—.
Olvídalo. Adelante, ve, como siempre. —Mira a la mujer de Max una vez y se
alisa su vestido hasta las rodillas—. Pero ten cuidado, cariño —dice con una
sonrisa forzada, y sube de nuevo la escalera junto a su amiga.
Superado ese dolor de cabeza, prosigo con mi plan original y marcho en
dirección al restaurante. Pienso sacar a Tessa a rastras de allí, no literalmente,
claro, pero vendrá conmigo. Esto es una mierda, y todo porque se me olvidó
ponerme un puto condón. Así es como empezó este torbellino en el que estamos
metidos. Podría haber llamado a Sandra antes y haber solucionado lo del
apartamento, o podría haberle buscado a Tessa otro sitio donde vivir… Bueno, eso
tampoco habría funcionado. Lo de Seattle no puede ser. Me está costando más de
lo que pensaba convencer a Tessa, y ahora todo es mucho más complicado.
Todavía no me puedo creer que no haya bajado del coche con Karen y como
cojones se llame la madre de Lillian. Estaba convencido de que estaría dispuesta
a hablar conmigo. Es ese camarero… ¿Qué clase de influencia ha conseguido
ejercer en ella para hacer que se quede en el restaurante en lugar de venir
conmigo? ¿Qué ha visto en él?
Necesito pararme a ordenar mis pensamientos un momento, de modo que
me detengo y me siento en una de las grandes rocas que decoran un extremo del
jardín de Max. Puede que irrumpir en el restaurante no sea muy buena idea.
Quizá debería pedirle a Landon que vaya a por ella. A él lo escucha mucho más
que a mí. Pero entonces maldigo mi estúpida idea, porque sé que no lo haría, se
pondría del lado de su madre, me haría parecer débil y me diría que la dejara en
paz.
No, no puedo hacerlo. Sentarme en esta roca fría de cojones durante veinte
minutos ha empeorado las cosas en lugar de mejorarlas. No paro de pensar en
cómo se apartaba de mí en el balcón y cómo se reía alegremente con él.
¿Qué voy a decirle? Ese tío parece la clase de capullo que intentaría evitar
que me la llevara. No tendré que golpearlo. Si grito lo suficiente, Tessa vendrá
conmigo para evitar una pelea. O eso espero. Aunque en toda la noche no ha
hecho nada de lo que había esperado.
Esto es tan infantil…, mi comportamiento, mi manera de manipular sus
sentimientos… Soy consciente, pero no sé qué hacer al respecto. La quiero,
joder, la quiero muchísimo. Pero ya no sé qué más hacer para mantenerla a mi
lado.
« En realidad parece que lo que sucede es que la tienes atrapada y por eso no
puede dejarte; no porque te quiera, sino porque has hecho que sienta que no
puede estar sin ti.»
Las palabras de Lillian se repiten en mi mente como un disco ray ado
mientras me levanto y sobrepaso el final del acceso. Hace un frío de cojones
aquí afuera, y esta ridícula camisa es demasiado fina. Tessa ha venido sin
chaqueta, y ese vestido —ese vestido— es muy corto. Seguro que tendrá frío.
Debería ir a cogerle una…
¿Y si él le ofrece la suya? Los celos me invaden y mi mano forma un puño al
pensarlo.
« … la tienes atrapada y por eso no puede dejarte; no porque te
quiera…»
Al cuerno con Tessa Dos y su psicoterapia de mierda. No tiene ni puta idea de
qué está hablando. Tessa me quiere. Lo veo en sus ojos grises cada vez que me
mira. Lo siento en las puntas de sus dedos cuando recorre la tinta que tiñe mi piel,
cuando sus labios rozan los míos. Sé distinguir entre amar y estar atrapado, entre
amar y ser adicto.
Me trago el ligero pánico que amenaza con apoderarse de mí de nuevo. Ella
me quiere. Me quiere. Tessa me quiere. De lo contrario, no sabría cómo
asimilarlo. No podría. No podría vivir sin ella, no porque no la quiera, sino porque
la necesito. Necesito que me quiera y que esté ahí para mí. Nunca había
permitido que nadie se acercara a mí tanto como ella; es la única persona que sé
que siempre me querrá incondicionalmente. Incluso mi madre se harta de mis
gilipolleces a veces, pero Tessa siempre me perdona. Da igual lo que haga, ella
siempre está ahí para mí cuando la necesito. Esa chica tan cabezota, odiosa e
intransigente lo es todo para mí.
—¿Qué haces aquí, acosador? —oigo en la oscuridad.
—Venga, no me jodas —gruño.
Al volverme, me encuentro a Riley caminando por el sendero de la cabaña
de Max. Necesito estar más atento. Ni siquiera me había dado cuenta de que
venía hacia mí.
—Hombre, estás aquí fuera solo y a oscuras —me espeta.
—¿Dónde está Lillian?
—No es asunto tuy o. ¿Dónde está Tessa? —responde con una sonrisa de
petulancia.
Lillian debe de haberle contado nuestra pelea. Genial.
—No es asunto tuyo. ¿Qué haces aquí fuera?
—¿Y tú? —Es obvio que Riley tiene problemas de actitud.
—¿Es necesario que seas tan borde?
Asiente de manera exagerada varias veces.
—Sí. La verdad es que sí. —Pensaba que me iba a arrancar la cabeza de un
bocado por haberla llamado borde, pero no parece haberle importado. Seguro
que es consciente de que lo es—. Y estoy aquí porque Lillian se acaba de quedar
dormida. Y entre su padre y el tuy o y el petardo de tu hermanastro estoy a punto
de vomitar.
—Y ¿no se te ocurre nada mejor que salir a pasear a oscuras en el mes de
febrero?
—Llevo un abrigo. —Se tira del extremo inferior de la prenda para
demostrarlo—. Voy a buscar el bar que he pasado de camino aquí.
—Y ¿por qué no vas en coche?
—Porque quiero beber. ¿Te parezco la clase de persona que quiera pasarse el
fin de semana en la cárcel? —resopla, y pasa por mi lado. Se vuelve sin
detenerse—. ¿Adónde vas tú?
—A por Tessa. Está con un… Olvídalo. —Estoy harto de contarle a todo el
mundo mis putos problemas.
Entonces, Riley se detiene.
—Eres un capullo por no haberle dicho que Lil es lesbiana.
—Veo que te lo ha contado —digo.
—Me lo cuenta todo. Ha sido una auténtica gilipollez por tu parte.
—Es una historia muy larga.
—Pasas de mudarte a Seattle con Tessa, y ahora —se coloca el pelo por
encima del hombro— probablemente ella esté haciéndole una mamada a ese tío
en los aseos del…
La sangre me arde y avanzo hacia ella.
—Cierra la puta boca. No te atrevas a decirme esa mierda. —He de recordar
que, aunque se expresa con el mismo vocabulario que yo, es una chica, y y o
jamás caería tan bajo.
—Jode, ¿verdad? —me suelta tranquilamente, sin inmutarse ante mi arrebato
—. Pues a ver si te acuerdas de esto la próxima vez antes de hacer algún
comentario mordaz sobre follarte a mi novia.
Mi respiración se ha vuelto agitada y descontrolada. No puedo parar de
imaginarme los carnosos labios de Tessa sobre ese tío. Me tiro del pelo de nuevo
y empiezo a caminar en círculos.
—Te está volviendo loco pensar que está con él, ¿verdad?
—Será mejor que dejes de provocarme —le advierto, y ella se encoge de
hombros.
—Salta a la vista. Oy e, tal vez no debería haber dicho eso, pero esto lo has
empezado tú, ¿recuerdas? —Al ver que no contesto, continúa—: Hagamos una
tregua. Yo te invito a una copa, y tú puedes llorar por Tessa todo lo que quieras
mientras y o alardeo de lo buena que es Lillian con la lengua.
Se acerca a mí, me tira de la manga e intenta arrastrarme por la calle. Veo
los cutres farolillos de colores encima del techo de chapa del pequeño bar desde
aquí.
Me suelto el brazo de un tirón.
—Tengo que ir a buscar a Tessa.
—Una copa, y después te acompañaré como refuerzo. —Las palabras de
Riley expresan mis pensamientos de hace unos minutos.
—¿Por qué? ¿Por qué quieres tomar algo conmigo? —La miro a los ojos y
ella se encoge de hombros de nuevo.
—En realidad, no quiero. Pero estoy aburrida, y tú estás aquí fuera. Además,
por algún motivo que no entiendo, parece que a Lil le importas. —Me mira de
arriba abajo—. La verdad es que no lo comprendo, pero le gustas, como amigo
—dice Riley subrayando la palabra amigo—. Así que, sí, quiero impresionarla
fingiendo que me importa una mierda tu relación condenada al fracaso.
—¿Condenada al fracaso? —Empiezo a seguirla por la calle.
—De toda la parrafada que te he soltado, ¿eliges precisamente ese
comentario? —Sacude la cabeza—. Eres peor que y o.
Se ríe y yo me quedo callado. La muy exasperante me agarra de la camisa
de nuevo y me dirige por el camino. Estoy demasiado ocupado pensando como
para molestarme en soltarme.
¿Cómo puede pensar que estamos condenados al fracaso si ni siquiera nos
conoce ni a mí ni a ella?
Nuestra relación no está condenada.
Sé que no es así. Yo estoy condenado, pero ella no. Ella me salvará. Siempre
lo hace.

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