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CAPÍTULO 47
Tessa
Las aletas nasales de Hardin se agitan mientras intenta controlarse. Miro a Robert
y veo que parece sentirse algo incómodo, pero Hardin no lo intimida en absoluto.
—Si estás tratando de cabrearme a propósito, está funcionando —me dice
Hardin.
—Pues no. Simplemente no quiero irme. —Y, justo cuando la música para,
digo prácticamente gritando—: ¡Quiero beber y ser joven y divertirme!
Todo el mundo se vuelve hacia mí. No sé qué hacer con tanta atención, así
que saludo agitando la mano en el aire, bastante incómoda. Alguien grita su
aprobación y medio bar levanta sus copas a modo de brindis y vuelven a sus
conversaciones. La música continúa, Robert se ríe y Hardin está rojo de ira.
—Está claro que ya has bebido suficiente —dice mirando el vaso medio
vacío que Robert me ha traído.
—Noticias de última hora, Hardin: ya soy mayorcita —le recuerdo con tono
infantil.
—Maldita sea, Tessa.
—Creo que será mejor que me vaya… —dice Robert poniéndose en pie.
—Evidentemente —responde Hardin al tiempo que y o le pido que no lo haga.
Pero después miro a nuestro alrededor y suspiro con resignación. Por muy
bien que me lo esté pasando con Robert, sé que Hardin no parará de hacer
comentarios groseros, de lanzarle amenazas y lo que sea con tal de que se
marche. Es mejor que lo haga ya.
—Lo siento mucho. Me voy yo y tú puedes quedarte —le sugiero.
Él niega con la cabeza, comprensivo.
—No, no, no te preocupes. De todos modos ha sido un día muy largo.
—Es tan tranquilo y despreocupado… Resulta tremendamente refrescante.
—Te acompaño afuera —le digo. No sé si volveré a verlo alguna vez, y se ha
portado muy bien conmigo esta noche.
—No, de eso, nada —interviene Hardin, pero hago como que no lo oigo y
sigo a Robert hacia la puerta del pequeño bar.
Cuando me vuelvo en dirección a la mesa, veo que Hardin está apoy ado
contra ella con los ojos cerrados. Espero que esté respirando hondo, porque no
estoy de humor para aguantar sus escenitas esta noche.
Una vez fuera, me vuelvo hacia Robert.
—Lo siento muchísimo. No sabía que iba a estar aquí. Sólo quería pasarlo
bien.
Él sonríe y se inclina un poco hacia adelante para mirarme mejor a los ojos.
—¿Te acuerdas de lo que te he dicho sobre lo de dejar de disculparte por
todo? —Se lleva la mano al bolsillo y saca una libretita y un boli—. No espero
nada, pero si algún día estás aburrida o te sientes sola en Seattle, llámame. O no.
Depende de ti.
Anota algo y me lo entrega.
—De acuerdo.
No quiero hacer ninguna promesa que no pueda cumplir, así que me limito a
sonreír y me cuelo el pequeño trozo de papel por la parte superior del vestido.
—¡Lo siento! —grito cuando me doy cuenta de que acabo de toquetearme
delante de él.
—¡Deja de disculparte! —Se ríe—. ¡Y menos por eso! —Mira hacia la
entrada del bar, y después hacia la noche oscura—. Bueno, será mejor que me
vaya. Ha sido un placer conocerte. A ver si nos vemos de nuevo.
Asiento y sonrío mientras él se aleja por la acera.
—Hace frío —dice Hardin detrás de mí, dándome un susto de muerte.
Resoplo, paso de largo por su lado y entro en el bar. La mesa a la que estaba
sentada está ahora ocupada por un calvo y su enorme jarra de cerveza. Cojo mi
bolso de la silla que hay a su lado y me mira con ojos inexpresivos. Bueno, más
bien me mira las tetas.
Hardin está detrás de mí. Otra vez.
—Vámonos, por favor.
Me dirijo a la barra.
—¿Te importaría darme medio metro de espacio? No quiero ni tenerte cerca
en estos momentos. Me has dicho cosas espantosas —le recuerdo.
—Sabes que no las decía en serio —responde a la defensiva e intentando
establecer contacto visual conmigo, pero no pienso ceder.
—Eso no significa que puedas decirlas. —Miro hacia la chica, la novia de
Lillian, que nos observa a Hardin y a mí desde la barra—. No quiero hablar de
eso ahora. Me lo estaba pasando bien y lo has fastidiado.
Hardin se interpone entre nosotras.
—Entonces ¿no me quieres aquí?
Veo un reflejo de dolor en sus ojos, y algo en sus pozos verdes me hace
recular.
—No he dicho eso, pero si vas a volver a decirme que no me quieres o que
sólo me usas para el sexo, será mejor que te largues. O me iré yo. —Estoy
haciendo todo lo posible por mantener mi actitud alegre y risueña en lugar de
hundirme en la miseria y dejar que el dolor y la frustración se apoderen de mí.
—Eres tú la que ha empezado toda esta mierda viniendo aquí con él,
borracha, por cierto… —replica.
Suspiro.
—Ya estamos. —Hardin es el rey de la doble moral. Y la última prueba de
ello se dirige hacia nosotros en estos momentos.
—Joder, ¿queréis callaros de una vez? Estamos en un sitio público —nos
interrumpe la guapa chica con la que Hardin estaba sentado.
—Ahora, no —le espeta.
—Anda, obsesión de Hardin, sentémonos a la barra —dice ella ignorándolo.
Sentarme a una mesa al fondo del bar y tomarme una copa que me han
traído es una cosa, pero sentarme a la barra y pedir una copa yo misma es otra
muy distinta.
—No tengo edad suficiente —la informo.
—Venga y a. Con ese vestido te pondrán una copa. —Me mira el pecho y yo
lo saco ligeramente.
—Como me echen, será culpa tuy a —le digo, y ella inclina la cabeza hacia
atrás, riéndose.
—Yo pagaré tu fianza. —Me guiña un ojo y Hardin se pone tenso a mi lado.
La observa lanzándole miradas de advertencia, y y o no puedo evitar reírme.
Se ha pasado la noche intentando darme celos con Lillian, y ahora está celoso
porque su novia me guiña el ojo.
Todo este toma y daca tan infantil —él está celoso, yo estoy celosa, la vieja
de la barra está celosa, todo el mundo está celoso— resulta fastidioso. Algo
entretenido, sobre todo ahora, pero fastidioso.
—Por cierto, me llamo Riley. —Se sienta al final de la barra—. Imagino que
el grosero de tu novio no piensa presentarnos.
Miro a Hardin esperando que la insulte, pero él se limita a poner los ojos en
blanco, lo cual es bastante contenido por su parte. Hace ademán de sentarse en el
taburete que hay entre nosotras, pero y o lo cojo del respaldo y apoyo la mano en
su brazo para ayudarme a subirme a él. Sé que no debería estar tocándolo, pero
quiero sentarme aquí a disfrutar de la última noche de estas minivacaciones, que
han acabado siendo un desastre. Hardin ha espantado a mi nuevo amigo, y
Landon probablemente ya esté durmiendo. Mi otra alternativa es sentarme sola
en la habitación de la cabaña, así que ésta me parece mejor.
—¿Qué os pongo? —me pregunta una camarera de pelo cobrizo que viste una
chaqueta vaquera.
—Tres chupitos de JackDaniel’s, fríos —responde Riley por mí.
La mujer analiza mi rostro durante unos segundos y el corazón se me
acelera.
—Marchando —anuncia por fin, y saca tres vasos de chupito de debajo de la
barra y los coloca delante de nosotros.
—Yo no iba a beber, sólo me he tomado una copa antes de que tú llegaras —
me dice Hardin al oído.
—Bebe lo que quieras. Yo pienso hacerlo —replico sin mirarlo siquiera,
aunque en el fondo espero que no se emborrache demasiado. Nunca sé cómo va
a reaccionar.
—Ya lo veo —dice a modo de regaño.
Lo miro con el ceño fruncido, pero acabo embelesada mirándole la boca. A
veces me quedo así, observando los lentos movimientos de sus labios cuando
habla; es una de mis aficiones favoritas.
Al advertir que he bajado un poco la guardia, me pregunta:
—¿Todavía estás enfadada conmigo?
—Sí, mucho.
—Entonces ¿por qué actúas como si no lo estuvieras? —Sus labios se mueven
todavía más despacio. Tengo que averiguar el nombre de ese vino. Era muy
bueno.
—Ya te lo he dicho. Quiero divertirme —repito—. ¿Y tú? ¿Estás enfadado
conmigo?
—Siempre lo estoy —responde.
Me río ligeramente.
—Cierto.
—¿Qué has dicho?
—Nada. —Sonrío inocentemente y observo cómo se frota el cuello con la
mano y se masajea los hombros con el pulgar y el índice.
Segundos más tarde tengo un chupito de licor marrón delante de mí, y Riley
levanta su vaso en nuestra dirección:
—Por las relaciones disfuncionales que rozan lo psicótico. —Sonríe con
malicia y echa la cabeza atrás para beberse el trago.
Hardin la imita.
Yo respiro hondo antes de verter el fresco ardor del whisky por mi garganta.
—¡Uno más! —grita Riley mientras desliza otro chupito de whisky delante de mí.
—No sé si puedo —balbuceo—. No había eshtado tan borrrracha en mi vidda.
Nunca jamás.
El whisky se ha instalado oficialmente en mi cabeza y no parece tener
intenciones de desaparecer en un plazo corto de tiempo. Hardin lleva cinco
chupitos. Yo he perdido la cuenta de los míos después del tercero, y estoy
convencida de que Riley debería estar tirada en el suelo con un coma etílico.
—Este whisky está buenísimo —digo antes de meter la lengua en el chupito
refrigerado.
A mi lado, Hardin se ríe, y yo me apoyo en su hombro y coloco la mano
sobre su muslo. Sus ojos siguen inmediatamente mi mano y yo la aparto al
instante. No debería actuar como si nada hubiera pasado, sé que no debería, pero
es más fácil decirlo que hacerlo. Especialmente ahora que apenas puedo pensar
con claridad, y Hardin está tan guapo con esa camisa blanca. Ya me enfrentaré a
nuestros problemas mañana.
—¿Lo veis? Sólo necesitabais un poco de whisky para relajaros —dice Riley,
y golpea su vaso de chupito contra la barra y yo me echo a reír como una tonta
—. ¿Qué? —ladra.
—Hardin y tú sois iguales. —Me tapo la boca para ocultar mis insolentes
risitas.
—De eso, nada —dice Hardin hablando con ese ritmo lento al que recurre
cuando está ebrio. Riley también lo hace.
—¡Claro que sí! Sois como dos gotas de agua. —Me río—. ¿Sabe Lillian que
estás aquí? —digo volviéndome hacia ella bruscamente.
—No. Está dormida. —Se lame los labios—. Pero pienso despertarla en
cuanto regrese.
Suben el volumen de la música de nuevo y veo que la mujer de pelo cobrizo
se encarama a la barra por cuarta vez, creo.
—¿Más? —Hardin arruga la nariz, y yo me echo a reír.
—Amí me parece divertido. —En estos momentos, todo me lo parece.
—Pues a mí me parece cutre, y me interrumpe cada treinta minutos —
refunfuña.
—Deberías subir —me anima Riley.
—¿Adónde?
—A la barra. Deberías bailar en la barra.
Niego con la cabeza y me río. Y me sonrojo.
—¡No, no, no!
—Venga, no has parado de decir que eres joven y que quieres divertirte o lo
que sea que estuvieses diciendo. Aquí tienes tu oportunidad. Baila en la barra.
—No sé bailar. —Es verdad. Sólo he bailado, excluyendo los bailes lentos, una
vez, en aquella discoteca de Seattle.
—Nadie se dará cuenta, están todos más borrachos que tú. —Enarca una
ceja, desafiándome.
—De eso, nada —interviene Hardin.
A pesar de mi estado de embriaguez, una cosa sí que recuerdo: estoy harta de
que me diga lo que puedo o no puedo hacer.
Sin mediar palabra, me agacho y me desabrocho las incómodas correas que
rodean mis tobillos y dejo caer mis tacones altos al suelo.
Hardin abre unos ojos como platos mientras me subo al taburete y del
taburete a la barra.
—¿Qué estás haciendo? —Se levanta y se vuelve cuando unos cuantos
clientes detrás de nosotros empiezan a vitorear—. Tess…
Suben más el volumen, y la mujer que nos ha estado sirviendo las bebidas me
sonríe con picardía y me da la mano.
—¡¿Sabes bailar en línea, cielo?! —grita.
Niego con la cabeza, y de repente me siento insegura.
—¡Yo te enseño! —grita.
¿En qué narices estaba pensando? Sólo quería demostrarle a Hardin que
puedo hacer lo que me da la gana, y mira adónde me ha llevado eso: a subirme
en una barra a punto de intentar bailar… un baile raro. Ni siquiera sé qué es
bailar en línea exactamente. De haber sabido que iba a acabar aquí arriba, lo
habría planeado todo mejor y habría prestado más atención a las mujeres
cuando estaban bailando antes.
CAPÍTULO 48
Hardin
Riley está mirando a Tessa, que está de pie sobre la barra delante de ella.
—Joder, ¡pensaba que no se atrevería a hacerlo! —grita.
Yo también lo pensaba, pero está claro que está decidida a cabrearme esta
noche.
Riley me mira con cara de fascinación.
—Es muy salvaje.
—No, no lo es —digo en voz baja. Tessa parece estar pasándolo fatal.
Supongo que se estará arrepintiendo de su impulsiva decisión—. Voy a ayudarla
a bajar de ahí. —Empiezo a levantar la mano, pero Riley me la aparta de una
palmada.
—Déjala en paz, tío.
Miro a Tessa de nuevo. La mujer que nos ha servido las bebidas está hablando
con ella, pero no oigo lo que le está diciendo. Esto es una estupidez, ponerse a
bailar en una barra con ese vestido tan corto. Si me inclino un poco seguro que se
lo veo todo, como el resto de los presentes. Supongo que Riley ya se lo estará
viendo. Me vuelvo hacia todas partes y veo que ninguno de los hombres
grasientos que hay al otro lado han advertido su presencia. Todavía.
Tessa observa a la mujer que tiene al lado con la frente arrugada con aire de
concentración; todo lo contrario de su repentina necesidad de mostrarse
« salvaje» . Sigue los movimientos de la mujer y levanta una pierna, después la
otra y a continuación menea las caderas.
—Siéntate y disfruta del espectáculo —me dice Riley a mi lado pasándome
una de sus bebidas.
Estoy borracho, demasiado, pero tengo la mente muy clara mientras observo
cómo Tessa comienza a moverse. A moverse de verdad. Se coloca las manos
sobre las caderas y empieza a sonreír. Ya no le importa que todo el mundo la esté
contemplando. Me mira a los ojos y sus movimientos de baile se vuelven torpes
por un instante, antes de que recobre la compostura y dirija la mirada al fondo de
la sala.
—Excitante, ¿eh? —Riley sonríe a mi lado mientras se lleva la copa a los
labios.
Sí, evidentemente, ver a Tessa sobre una barra me pone muy cachondo, pero
también me enfurece y no me lo esperaba. El primer pensamiento que me ha
venido a la cabeza ha sido: « Joder, cómo me pone esto» . Y el segundo es que no
debería estar disfrutándolo tanto y debería sentirme irritado por su constante
necesidad de desafiarme. Sin embargo, no puedo pensar con claridad por culpa
del primer pensamiento, y por el hecho de que está bailando justo delante de mí.
El modo en que el vestido se le sube por los muslos y la manera en que se sujeta
el pelo con una mano y se ríe mientras trata de seguir los pasos de la mujer que
tiene al lado… Me encanta verla así, tan despreocupada. No suelo verla reír de
este modo con frecuencia. Una ligera capa de sudor cubre ahora su cuerpo y la
hace brillar bajo la luz de los focos. Me revuelvo algo incómodo y me tiro de la
parte delantera de la ridícula camisa que llevo puesta.
—Oh, oh… —dice la novia de Lillian.
—¿Qué pasa?
Salgo de mi trance y sigo la dirección de su mirada por la barra. Dos
hombres que hay al otro extremo están embobados mirando a Tessa, y por
embobados quiero decir que tienen los ojos más salidos que mi puta polla en estos
momentos.
Levanto la vista y veo que la falda de Tessa muestra demasiado sus muslos.
Cada vez que da un paso se le sube un poco más.
Ya es suficiente.
—Tranquilo, hombre —dice Riley—. La canción está a punto de acabar… —
Y entonces levanta la mano y la menea justo cuando la música termina.
CAPÍTULO 49
Tessa
Hardin levanta la mano para ayudarme a bajar, cosa que me sorprende bastante.
Por su manera de mirarme con el ceño fruncido y con aire suplicante
durante todo el rato que he estado bailando, pensaba que iba a chillarme. O algo
peor. En realidad esperaba que se subiera y me arrastrara fuera de la barra y
que después empezara a pegarse con todos los clientes.
—¿Lo ves? ¡Nadie se ha dado cuenta de que bailas como el culo! —Riley se
ríe y yo me siento en la fría barra.
—¡Ha sido divertidísimo! —exclamo y, una vez más, la música se detiene.
Me río y salto de la barra. Hardin me envuelve con su brazo de manera
protectora hasta que estoy lo bastante estable de pie como para que se aparte.
—¡Deberías subir a la próxima! —le digo a Hardin al oído, y él niega con la
cabeza.
—No —dice con rotundidad.
—No pongas morritos, estás muy feo. —Alargo la mano y le toco los labios.
No está feo; de hecho, es bastante mono el modo en que sobresale su labio
inferior. Sus ojos brillan al sentir mi contacto y mi pulso se acelera. Estoy
empezando a notar el subidón de adrenalina después de haber bailado en la barra,
algo que jamás en mi vida pensé que haría. Por muy divertido que haya sido, sé
que jamás volveré a hacerlo. Hardin se sienta en el taburete y y o me quedo de
pie entre él y Riley, al lado de mi asiento vacío.
—Te encanta. —Sonríe, todavía con mis dedos en sus labios.
—¿Tu boca? —digo con una sonrisa pícara.
Niega con la cabeza. Está de buen humor, pero muy serio al mismo tiempo,
y resulta embriagador. Él es embriagador, y yo ya estoy bastante embriagada de
por sí. Esto va a ser interesante.
—No, cabrearme. Te encanta cabrearme —dice con tono seco.
—No. Es que tú te cabreas con demasiada facilidad.
—Estabas bailando en una barra delante de una sala llena de gente. —Su cara
está a escasos centímetros de la mía, y su aliento es una estimulante mezcla de
menta y whisky—. Sabías perfectamente que eso me iba a cabrear, Tessa.
Tienes suerte de que no te haya bajado a la fuerza, te haya colocado sobre mi
hombro y te haya sacado de este lugar.
—¿Sobre tu hombro, no sobre tus rodillas? —bromeo, y lo miro directamente
a los ojos, lo que lo desarma.
—¿Qu… qué? —tartamudea.
Me echo a reír antes de volverme hacia Riley.
—No dejes que te engañe. Le ha encantado —me susurra ella, y asiento.
Siento una tensión en el estómago ante la idea de Hardin observándome, pero
mi mente intenta controlar mis sucios pensamientos. Debería estar furiosa.
Debería fingir que no está, o gritarle otra vez por sabotear lo de Seattle, o por las
dolorosas palabras que me ha dicho, pero es casi imposible cabrearme estando
así de borracha.
Me permito fingir que nada de eso ha sucedido, al menos por ahora, y me
imagino que Hardin y yo somos una pareja normal que ha salido con una amiga
a tomar una copa. Sin mentiras, sin peleas dramáticas, sólo diversión y baile.
—¡Todavía no me creo que haya hecho eso! —les digo a ambos.
—Yo tampoco —refunfuña Hardin.
—No voy a volver a hacerlo, os lo aseguro. —Me paso la mano por la frente.
Estoy sudando y hace calor en este pequeño bar. El aire está cargado y necesito
respirar.
—¿Qué te pasa? —pregunta.
—Nada. Hace calor. —Me abanico con la mano y él asiente una vez.
—Pues vámonos antes de que te desmayes.
—No, quiero quedarme más rato. Me lo bien pasando estoy… Digo…, me lo
estoy pasando bien.
—Ni siquiera puedes formar una frase coherente.
—¿Y qué? Igual no es necesario que lo haga. Relájate o lárgate.
—Estás… —empieza, pero le tapo la boca con la mano.
—Shhh…, cállate por una vez. Divirtámonos. —Uso la otra mano para tocarle
el muslo de nuevo, y esta vez le doy un apretón.
—Vale —dice contra mi palma.
Le suelto la boca, pero mantengo la mano a unos centímetros de distancia
para tapársela de nuevo si es necesario.
—Pero nada de bailar en la barra otra vez —dice, negociando
tranquilamente.
—Vale. Y nada de poner morritos ni de fruncir el ceño —le espeto.
Sonríe.
—Vale.
—Deja de decir « vale» —le digo con una sonrisa.
Asiente.
—Vale.
—Eres exasperador.
—¿Exasperador? ¿Qué diría tu profesor de literatura ante esa clase de
vocabulario? —Los ojos de Hardin son de un verde jade intenso y están cargados
de humor y enrojecidos por el alcohol.
—A veces eres muy gracioso. —Me apoyo contra él.
Me rodea la cintura con el brazo y me coloca entre sus piernas.
—¿A veces? —Me besa el pelo y yo me relajo en sus brazos.
—Sí, sólo a veces.
Se ríe y no me suelta. Y creo que no quiero que lo haga. Sé que debería, pero
no quiero. Está borracho, y travieso, y el alcohol en mi organismo hace que
pierda el sentido común… como siempre.
—Mirad qué bien os estáis llevando. —Riley nos señala con ambas manos
como si nos estuviese mostrando a alguien.
—Esta chica es exasperante —resopla Hardin.
—Parecéis gemelos. —Me río, y él sacude la cabeza.
—¡Últimos pedidos! —grita mi nueva amiga desde detrás de la barra.
Durante la última hora me he enterado de que se llama Cami, de que tiene
casi cincuenta años y de que su primer nieto acaba de nacer en diciembre. Me
ha mostrado algunas fotos que tiene impresas, como cualquier abuela orgullosa,
y y o las he alabado y le he dicho que es un niño precioso. Hardin apenas ha
mirado las imágenes y se ha dedicado a farfullar algo sobre un trol, así que me
he apresurado a quitárselas de las manos antes de que la mujer lo oyera.
Me balanceo de un lado a otro.
—Una copa más y me caigo redonda.
—¡No sé cómo no has perdido y a el conocimiento! —exclama Riley con
evidente admiración.
Yo sí: Hardin me ha estado robando las copas cuando las tenía a la mitad para
acabárselas él.
—Tú has bebido más que ninguno, probabbblemente másh que él —digo
arrastrando las palabras y señalando al hombre que está inconsciente al otro
extremo de la barra—. Ojalá Lillian hubiese podido venir con nosotros —digo, y
Hardin arruga la nariz.
—Creía que la odiabas —repone, y Riley me mira al instante.
—No la odio —lo corrijo—. No me gustaba porque estabas intentando darme
celos saliendo con ella.
Riley se pone tensa y mira a Hardin.
—¿Qué?
« Mierda.»
—Continúa, querida —insiste ella.
Estoy atrapada y borracha, y no tengo ni idea de qué narices decir. No quiero
que se enfade, eso seguro.
—No es nada —le dice Hardin, y levanta la mano—. He sido un capullo y no
le he dicho a Tessa que era lesbiana. Eso ya lo sabes.
Riley relaja los hombros.
—Ah, vale.
« Joder, es igualita que él.»
—No ha pasado nada, así que relájate —le dice.
—Estoy relajada, créeme —contesta ella tranquilamente, y acerca su
taburete ligeramente al mío—. Unos pocos celos no tienen nada de malo,
¿verdad? —Riley me mira con un brillo en su ebria mirada—. ¿Alguna vez has
besado a una chica, Tessa?
—¿Qué? —exclamo dramáticamente con el vello de punta.
—Riley, ¿qué cojones…? —empieza Hardin, pero se detiene.
—Es sólo una pregunta. ¿Has besado a alguna chica?
—No.
—¿Alguna vez te lo has planteado?
Borracha o no, siento la vergüenza que asciende por mis mejillas.
—Pues…
—Estar con una chica es mucho mejor, la verdad. Son más suaves. —
Acaricia mi brazo—. Y saben qué es lo que quieres exactamente… y dónde lo
quieres.
Hardin le aparta la mano de mi piel.
—Ya basta —gruñe, y yo retiro el brazo.
Riley se echa a reír de manera descontrolada.
—¡Lo siento, lo siento! No he podido evitarlo. Ha empezado él. —Señala a
Hardin con la cabeza entre carcajada y carcajada, y entonces para de reírse y
lo mira con una amplia sonrisa—. Ya te he advertido antes que tengas cuidadito
conmigo.
Exhalo, tremendamente aliviada de que sólo estuviera intentando provocar a
Hardin. Una risita escapa de mi boca y él parece avergonzado, cabreado y… ¿tal
vez un poco cachondo?
—Paga tú, ya que te crees tan graciosa —dice, y le coloca la larga cuenta de
papel delante.
Riley pone los ojos en blanco, se lleva la mano al bolsillo trasero, saca una
tarjeta y la deja encima de la barra. Cami cobra rápidamente y se dirige a
atender al hombre inconsciente del otro extremo.
Cuando llegamos a la puerta, Riley anuncia:
—Bueno, hemos cerrado el bar. Lil se va a cabrear.
Hardin me sujeta la puerta para que pase. Casi se la cierra en la cara a Riley,
pero y o la detengo y le lanzo una mirada asesina. Él se ríe y se encoge de
hombros como si no hubiese hecho nada malo, y yo no puedo evitar sonreír. Es
un capullo, pero es mi capullo.
« ¿No?»
No tengo nada por seguro, pero lo que sí sé es que no quiero pensar en eso
mientras regresamos a la cabaña a las dos de la mañana.
—¿Seguirá dormida? —le pregunto a Riley.
—Eso espero.
Yo también espero que todos en nuestra cabaña estén dormidos. Lo último
que quiero es que Ken o Karen estén despiertos cuando entremos
tambaleándonos por la puerta.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te eche la bronca o algo? —la
provoca Hardin.
—No…, bueno, sí. No quiero que se cabree. Bastante delicadas están ya las
cosas.
—¿Por qué? —pregunto con curiosidad.
—No importa —dice Hardin quitándole importancia y dejando a Riley
sumida en sus pensamientos.
Recorremos el resto del trayecto en silencio. Cuento los pasos y me río de vez
en cuando al recordar mi baile sobre la barra.
Cuando llegamos a la cabaña de Max, Riley vacila antes de despedirse.
—Ha sido… un placer conoceros —afirma.
No puedo evitar echarme a reír al ver la manera tan graciosa que tiene de
arrugar la cara, como si las palabras le supiesen agrias.
Sonrío.
—Lo mismo digo; lo hemos pasado genial. —Me planteo abrazarla por un
instante, pero eso sería incómodo, y tengo la sensación de que a Hardin no le
haría ninguna gracia.
—Adiós —se limita a decir él sin detenerse.
Cuando casi hemos llegado a nuestra cabaña, de repente me doy cuenta de lo
cansada que estoy y me alegro tremendamente de estar ya cerca. Me duelen los
pies, y la tela dura de este incómodo vestido seguro que me ha arañado la piel.
—Me duelen los pies —protesto.
—Ven aquí, y o te llevo —se ofrece Hardin.
« ¿Qué?» Me entra la risita.
Él sonríe inseguro.
—¿Por qué me miras así?
—Acabas de ofrecerte a llevarme en brazos.
—¿Y?
—No es típico de ti, eso es todo. —Me encojo de hombros y él se acerca, me
coge del brazo y de la pierna y me eleva en el aire.
—Haría cualquier cosa por ti, Tessa. No debería sorprenderte que te lleve a
cuestas por un puto sendero.
No digo nada, sólo me río. Muy alto. Es una risa histérica que hace que me
convulsione. Me tapo la boca para detenerla, pero no ayuda.
—¿De qué te ríes? —pregunta con gesto serio e intimidante.
—No lo sé…, me ha hecho gracia —repongo.
Llegamos al porche y él me mueve un poco para poder girar el pomo de la
puerta.
—¿Te hace gracia que diga que haría cualquier cosa por ti?
—Harías cualquier cosa… excepto ir a Seattle, casarte conmigo, o tener hijos
conmigo. —Incluso en mi estado de embriaguez, lo irónico del comentario no me
ha pasado desapercibido.
—No empieces. Estamos demasiado borrachos como para mantener esta
conversación ahora.
—Vaaay a —digo en tono infantil, sabiendo que tiene razón.
Hardin sacude la cabeza y sube por la escalera. Me aferro a su cuello, y él
me sonríe a pesar de su seco comportamiento.
—No me sueltes —susurro, y él me suelta sólo lo suficiente como para que
me deslice por su torso. Me vuelvo, rodeo su cintura con las piernas y dejo
escapar un pequeño aullido mientras me aferro a su cuerpo.
—Shhh. Si quisiera soltarte, lo haría desde lo alto —me amenaza.
Hago todo lo posible por parecer asustada. Una sonrisa malévola se dibuja en
su rostro y y o me inclino hacia arriba, saco la lengua y le toco la punta de la
nariz con ella.
Culpo al whisky.
Una luz se enciende entonces al final del pasillo y Hardin corre hacia la
habitación que compartimos.
—Los has despertado —dice dejándome sobre la cama.
Me agacho para quitarme los zapatos, me froto los doloridos tobillos y dejo
caer el terrible calzado al suelo.
—Es culpa tuya —replico, y paso por su lado para abrir el cajón de la
cómoda y buscar algo que ponerme para dormir—. Este vestido me está
matando —protesto mientras me llevo la mano atrás para desabrocharme la
cremallera. Era mucho más fácil hacerlo cuando estaba sobria.
—Espera. —Hardin se coloca detrás de mí y me aparta la mano—. Pero
¿qué cojones…?
—¿Qué ocurre?
Me pasa los dedos por la piel y se me eriza el vello.
—Tienes la piel roja, como si el vestido te hubiese dejado marcas. —Toca un
punto debajo de mi omóplato y desciende la tela por mi espalda hasta que cae al
suelo.
—Era muy incómodo —refunfuño.
—Ya lo veo. —Me mira con ojos hambrientos—. Nada debería marcarte,
excepto yo.
Trago saliva. Está borracho, y juguetón, y sus ojos oscuros delatan
exactamente lo que está pensando.
—Ven aquí.
Recorre el pequeño espacio que nos separa y se coloca delante de mí. Está
totalmente vestido, y y o me he quedado en ropa interior.
Niego con la cabeza.
—No… —Sé que tengo que decirle algo, pero no recuerdo el qué. Apenas
recuerdo mi nombre cuando me mira de esa manera.
—Sí —responde él, y retrocedo.
—No voy a hacerlo contigo.
Me coge del brazo y me agarra del pelo con la otra mano, tirando de él con
suavidad para obligarme a mirarlo a la cara. Su aliento me golpea el rostro y sus
labios están sólo a unos milímetros de los míos.
—Y ¿eso por qué? —pregunta.
—Porque… —Mi mente busca una respuesta mientras mi subconsciente
suplica que me arranque el resto de mi ropa—. Estoy enfadada contigo.
—¿Y? Yo también estoy enfadado contigo. —Sus labios acarician mi piel y
recorren mi mandíbula. Me tiemblan las piernas y no puedo pensar con claridad.
Enarco una ceja y digo:
—Y ¿eso por qué? Yo no he hecho nada. —Tenso el estómago cuando sus
manos se desplazan a mi trasero, masajeándolo y apretándolo lentamente.
—El espectáculo que has dado en el bar era suficiente como para mandarme
a un sanatorio, por no hablar del hecho de que te has paseado por todo el pueblo
con ese puto camarero; me has faltado al respeto delante de todos al quedarte
con él. —Su tono es amenazador, pero sus labios son suaves mientras recorren mi
cuello—. Me muero por tenerte desde que estábamos en ese bar de mierda.
Después de verte bailar así quería llevarte al baño y follarte contra la pared. —Se
pega contra mí para que sienta lo dura que la tiene.
Por mucho que lo deseo, no puedo permitir que me culpe de todo.
—Tú… —Cierro los ojos y disfruto de la sensación de sus manos y sus labios
sobre mi cuerpo—. Has sido tú el que… —No soy capaz de pensar, y mucho
menos de formar una frase—. Para.
Lo agarro de las manos para que deje de sobarme.
Su mirada se llena de decepción y deja caer las manos a los costados.
—¿No me deseas?
—Claro que sí. Siempre te deseo. Pero… se supone que estoy enfadada.
—Puedes seguir estándolo mañana —dice con una sonrisa malévola.
—Eso es lo que hago siempre, y tengo que…
—Shhh…
Me tapa la boca con sus labios y me besa con fuerza. Abro los míos y,
aprovechando mi momento de flaqueza, me agarra de nuevo del pelo, hunde la
lengua en mi boca y pega mi cuerpo al suy o todo lo posible.
—Tócame —me ruega intentando cogerme las manos.
No hace falta que me lo diga dos veces; quiero tocarlo, y él necesita que le
infunda seguridad. Así es como solucionamos las cosas y, por muy estúpido que
parezca, no es la sensación que tengo cuando me besa de esta manera y me
ruega que le ponga las manos encima.
Me peleo con los botones de su camisa y él gruñe de impaciencia. Agarra los
dos lados, tira y arranca todos los botones.
—Me gustaba esa camisa —digo pegada a su boca, y él sonríe con los labios
contra los míos.
—Yo la odiaba.
Deslizo la tela por sus hombros y dejo que la prenda caiga al suelo. Acaricia
mi lengua con la suy a lentamente, y el beso, intenso pero increíblemente dulce,
hace que me derrita en sus brazos. Siento la ira y la frustración que se esconde
tras sus labios, pero está haciendo un gran esfuerzo por ocultarlas. Siempre está
ocultando cosas.
—Sé que vas a dejarme pronto —dice deslizando los labios por mi cuello de
nuevo.
—¿Qué? —Me aparto un poco, sorprendida y confundida ante sus palabras.
Me duele el corazón al oírlo. El alcohol me hace más sensible a sus
sentimientos. Lo quiero. Lo quiero muchísimo. Pero hace que me sienta tan débil
y vulnerable… En cuanto me permito pensar que está preocupado, o triste, o
afligido de alguna manera, es como si todos mis sentimientos desaparecieran y
me centrara en él, y no en mí o en cómo me siento.
—Te quiero mucho —susurra, y acaricia suavemente mis labios con el
pulgar.
Su pecho y su torso sobresaliendo de sus vaqueros negros son una imagen
divina, y sé que estoy completamente a su merced.
—Hardin, ¿qué…?
—Ya hablaremos después. Ahora quiero sentirte.
Me guía hasta la cama e intento acallar a mi mente, que me grita que lo
detenga y que no ceda. Pero no soy capaz. No soy lo bastante fuerte como para
controlarme cuando sus manos callosas acarician mis muslos, los separan
ligeramente y me tienta colando el dedo índice por el elástico de mis bragas.
—Ponte un condón —jadeo, y me mira con sus ojos inyectados en sangre.
—¿Y si no lo usamos? ¿Y si me corro dentro de ti? ¿Tú no te…?
Pero se detiene, y me alegro por ello. Creo que no estoy preparada para oír
lo que sea que fuese a decir. Se aparta de mí, se levanta y se dirige a la maleta,
que está en el suelo. Yo me tumbo mirando al techo, intentando ordenar mis
ebrios pensamientos. « ¿De verdad necesito ir a Seattle? ¿Es Seattle lo bastante
importante para mí como para perder a Hardin?» El fuerte dolor que me
atraviesa al pensarlo me resulta casi insoportable.
—No me lo puedo creer —dice desde el otro lado de la habitación.
Cuando me incorporo, veo que está mirando un trozo de papel que tiene en la
mano.
—¿Qué puta mierda es esto? —inquiere mirándome a los ojos.
—¿El qué?
Miro abajo y veo que mi vestido se encuentra sobre el suelo de madera, junto
a mis zapatos. Al principio estoy un poco confundida, pero entonces veo que mi
sujetador también está ahí tirado. « Mierda.» Me levanto rápidamente e intento
quitarle el papel de las manos.
—No te hagas la tonta. ¿Te has guardado su número? —dice con la boca
abierta mientras sostiene el papel por encima de su cabeza para que no pueda
recuperarlo.
—No es lo que piensas. Estaba enfadada y él…
—¡Y una mierda! —grita.
Ya estamos. Conozco esa mirada. Todavía recuerdo la primera vez que la vi.
Estaba empujando la vitrina de casa de su padre con el rostro retorcido de esa
manera por la ira.
—Hardin…
—Adelante, llámalo. Deja que te folle él, porque desde luego yo no quiero
hacerlo.
—No saques las cosas de quicio —le ruego. Estoy demasiado borracha como
para empezar una guerra a gritos con él.
—¿Que no saque las cosas de quicio? Acabo de encontrar el número de otro
tío en tu sujetador —silba con los dientes y la mandíbula apretados con furia.
—No te hagas el inocente ahora —le digo mientras él se pasea de un lado a
otro—. Si piensas gritarme, ahórrate la saliva. Estoy harta de pelearme contigo
todos los días —añado, y suspiro con frustración.
Me señala con furia.
—¡Es por tu culpa! Tú eres la que no para de cabrearme. Es culpa tuya que
me ponga de esta manera, ¡y lo sabes!
—¡No! No es verdad. —Me esfuerzo por hablar en voz baja—. No puedes
culparme de todo. Ambos cometemos errores.
—No, tú cometes errores. Un montón de errores. Y y a estoy harto. —Se tira
del pelo—. ¿Crees que quiero ser así? Joder, no, no quiero. ¡Es culpa tuy a!
Me quedo callada.
—Adelante, llora —dice burlándose de mí.
—No pensaba llorar.
Abre unos ojos como platos.
—Vay a, qué sorpresa. —Me aplaude de la manera más denigrante posible.
Me echo a reír y se detiene.
—¿De qué te ríes? —Me mira por un segundo—. Contéstame.
Sacudo la cabeza.
—Eres un capullo. Un capullo integral.
—Y tú eres una zorra egoísta. ¿Alguna cosa más? —me espeta, y dejo de
reírme bruscamente.
Me levanto de la cama sin decir ni una palabra ni derramar ni una lágrima.
Saco una camiseta y unos pantalones cortos del cajón y me los pongo
rápidamente mientras él me observa.
—¿Adónde crees que vas? —pregunta.
—Déjame en paz.
—No. Ven aquí. —Intenta agarrarme y siento unas ganas tremendas de darle
una bofetada, pero sé que me detendrá.
—¡Quita! —Me suelto el brazo de un tirón—. Estoy harta. Estoy harta de
estas peleas. Estoy harta y agotada, y no quiero seguir así. No me quieres. Sólo
quieres poseerme, y no te lo voy a permitir. —Lo miro directamente a sus ojos
brillantes y le digo—: Estás roto, Hardin, y yo no puedo arreglarte.
De repente se da cuenta de lo que me ha hecho, a mí y a sí mismo, y se
coloca delante de mí sin emoción alguna. Con los hombros hundidos, y con los
ojos ahora sin brillo, me mira, y al hacerlo por fin ve un reflejo tan carente de
expresión como él. No tengo nada que decirle. Ya no le queda nada que romper
dentro de mí, o de él, y por la palidez de su rostro, veo que finalmente se ha dado
cuenta.
Tessa
Las aletas nasales de Hardin se agitan mientras intenta controlarse. Miro a Robert
y veo que parece sentirse algo incómodo, pero Hardin no lo intimida en absoluto.
—Si estás tratando de cabrearme a propósito, está funcionando —me dice
Hardin.
—Pues no. Simplemente no quiero irme. —Y, justo cuando la música para,
digo prácticamente gritando—: ¡Quiero beber y ser joven y divertirme!
Todo el mundo se vuelve hacia mí. No sé qué hacer con tanta atención, así
que saludo agitando la mano en el aire, bastante incómoda. Alguien grita su
aprobación y medio bar levanta sus copas a modo de brindis y vuelven a sus
conversaciones. La música continúa, Robert se ríe y Hardin está rojo de ira.
—Está claro que ya has bebido suficiente —dice mirando el vaso medio
vacío que Robert me ha traído.
—Noticias de última hora, Hardin: ya soy mayorcita —le recuerdo con tono
infantil.
—Maldita sea, Tessa.
—Creo que será mejor que me vaya… —dice Robert poniéndose en pie.
—Evidentemente —responde Hardin al tiempo que y o le pido que no lo haga.
Pero después miro a nuestro alrededor y suspiro con resignación. Por muy
bien que me lo esté pasando con Robert, sé que Hardin no parará de hacer
comentarios groseros, de lanzarle amenazas y lo que sea con tal de que se
marche. Es mejor que lo haga ya.
—Lo siento mucho. Me voy yo y tú puedes quedarte —le sugiero.
Él niega con la cabeza, comprensivo.
—No, no, no te preocupes. De todos modos ha sido un día muy largo.
—Es tan tranquilo y despreocupado… Resulta tremendamente refrescante.
—Te acompaño afuera —le digo. No sé si volveré a verlo alguna vez, y se ha
portado muy bien conmigo esta noche.
—No, de eso, nada —interviene Hardin, pero hago como que no lo oigo y
sigo a Robert hacia la puerta del pequeño bar.
Cuando me vuelvo en dirección a la mesa, veo que Hardin está apoy ado
contra ella con los ojos cerrados. Espero que esté respirando hondo, porque no
estoy de humor para aguantar sus escenitas esta noche.
Una vez fuera, me vuelvo hacia Robert.
—Lo siento muchísimo. No sabía que iba a estar aquí. Sólo quería pasarlo
bien.
Él sonríe y se inclina un poco hacia adelante para mirarme mejor a los ojos.
—¿Te acuerdas de lo que te he dicho sobre lo de dejar de disculparte por
todo? —Se lleva la mano al bolsillo y saca una libretita y un boli—. No espero
nada, pero si algún día estás aburrida o te sientes sola en Seattle, llámame. O no.
Depende de ti.
Anota algo y me lo entrega.
—De acuerdo.
No quiero hacer ninguna promesa que no pueda cumplir, así que me limito a
sonreír y me cuelo el pequeño trozo de papel por la parte superior del vestido.
—¡Lo siento! —grito cuando me doy cuenta de que acabo de toquetearme
delante de él.
—¡Deja de disculparte! —Se ríe—. ¡Y menos por eso! —Mira hacia la
entrada del bar, y después hacia la noche oscura—. Bueno, será mejor que me
vaya. Ha sido un placer conocerte. A ver si nos vemos de nuevo.
Asiento y sonrío mientras él se aleja por la acera.
—Hace frío —dice Hardin detrás de mí, dándome un susto de muerte.
Resoplo, paso de largo por su lado y entro en el bar. La mesa a la que estaba
sentada está ahora ocupada por un calvo y su enorme jarra de cerveza. Cojo mi
bolso de la silla que hay a su lado y me mira con ojos inexpresivos. Bueno, más
bien me mira las tetas.
Hardin está detrás de mí. Otra vez.
—Vámonos, por favor.
Me dirijo a la barra.
—¿Te importaría darme medio metro de espacio? No quiero ni tenerte cerca
en estos momentos. Me has dicho cosas espantosas —le recuerdo.
—Sabes que no las decía en serio —responde a la defensiva e intentando
establecer contacto visual conmigo, pero no pienso ceder.
—Eso no significa que puedas decirlas. —Miro hacia la chica, la novia de
Lillian, que nos observa a Hardin y a mí desde la barra—. No quiero hablar de
eso ahora. Me lo estaba pasando bien y lo has fastidiado.
Hardin se interpone entre nosotras.
—Entonces ¿no me quieres aquí?
Veo un reflejo de dolor en sus ojos, y algo en sus pozos verdes me hace
recular.
—No he dicho eso, pero si vas a volver a decirme que no me quieres o que
sólo me usas para el sexo, será mejor que te largues. O me iré yo. —Estoy
haciendo todo lo posible por mantener mi actitud alegre y risueña en lugar de
hundirme en la miseria y dejar que el dolor y la frustración se apoderen de mí.
—Eres tú la que ha empezado toda esta mierda viniendo aquí con él,
borracha, por cierto… —replica.
Suspiro.
—Ya estamos. —Hardin es el rey de la doble moral. Y la última prueba de
ello se dirige hacia nosotros en estos momentos.
—Joder, ¿queréis callaros de una vez? Estamos en un sitio público —nos
interrumpe la guapa chica con la que Hardin estaba sentado.
—Ahora, no —le espeta.
—Anda, obsesión de Hardin, sentémonos a la barra —dice ella ignorándolo.
Sentarme a una mesa al fondo del bar y tomarme una copa que me han
traído es una cosa, pero sentarme a la barra y pedir una copa yo misma es otra
muy distinta.
—No tengo edad suficiente —la informo.
—Venga y a. Con ese vestido te pondrán una copa. —Me mira el pecho y yo
lo saco ligeramente.
—Como me echen, será culpa tuy a —le digo, y ella inclina la cabeza hacia
atrás, riéndose.
—Yo pagaré tu fianza. —Me guiña un ojo y Hardin se pone tenso a mi lado.
La observa lanzándole miradas de advertencia, y y o no puedo evitar reírme.
Se ha pasado la noche intentando darme celos con Lillian, y ahora está celoso
porque su novia me guiña el ojo.
Todo este toma y daca tan infantil —él está celoso, yo estoy celosa, la vieja
de la barra está celosa, todo el mundo está celoso— resulta fastidioso. Algo
entretenido, sobre todo ahora, pero fastidioso.
—Por cierto, me llamo Riley. —Se sienta al final de la barra—. Imagino que
el grosero de tu novio no piensa presentarnos.
Miro a Hardin esperando que la insulte, pero él se limita a poner los ojos en
blanco, lo cual es bastante contenido por su parte. Hace ademán de sentarse en el
taburete que hay entre nosotras, pero y o lo cojo del respaldo y apoyo la mano en
su brazo para ayudarme a subirme a él. Sé que no debería estar tocándolo, pero
quiero sentarme aquí a disfrutar de la última noche de estas minivacaciones, que
han acabado siendo un desastre. Hardin ha espantado a mi nuevo amigo, y
Landon probablemente ya esté durmiendo. Mi otra alternativa es sentarme sola
en la habitación de la cabaña, así que ésta me parece mejor.
—¿Qué os pongo? —me pregunta una camarera de pelo cobrizo que viste una
chaqueta vaquera.
—Tres chupitos de JackDaniel’s, fríos —responde Riley por mí.
La mujer analiza mi rostro durante unos segundos y el corazón se me
acelera.
—Marchando —anuncia por fin, y saca tres vasos de chupito de debajo de la
barra y los coloca delante de nosotros.
—Yo no iba a beber, sólo me he tomado una copa antes de que tú llegaras —
me dice Hardin al oído.
—Bebe lo que quieras. Yo pienso hacerlo —replico sin mirarlo siquiera,
aunque en el fondo espero que no se emborrache demasiado. Nunca sé cómo va
a reaccionar.
—Ya lo veo —dice a modo de regaño.
Lo miro con el ceño fruncido, pero acabo embelesada mirándole la boca. A
veces me quedo así, observando los lentos movimientos de sus labios cuando
habla; es una de mis aficiones favoritas.
Al advertir que he bajado un poco la guardia, me pregunta:
—¿Todavía estás enfadada conmigo?
—Sí, mucho.
—Entonces ¿por qué actúas como si no lo estuvieras? —Sus labios se mueven
todavía más despacio. Tengo que averiguar el nombre de ese vino. Era muy
bueno.
—Ya te lo he dicho. Quiero divertirme —repito—. ¿Y tú? ¿Estás enfadado
conmigo?
—Siempre lo estoy —responde.
Me río ligeramente.
—Cierto.
—¿Qué has dicho?
—Nada. —Sonrío inocentemente y observo cómo se frota el cuello con la
mano y se masajea los hombros con el pulgar y el índice.
Segundos más tarde tengo un chupito de licor marrón delante de mí, y Riley
levanta su vaso en nuestra dirección:
—Por las relaciones disfuncionales que rozan lo psicótico. —Sonríe con
malicia y echa la cabeza atrás para beberse el trago.
Hardin la imita.
Yo respiro hondo antes de verter el fresco ardor del whisky por mi garganta.
—¡Uno más! —grita Riley mientras desliza otro chupito de whisky delante de mí.
—No sé si puedo —balbuceo—. No había eshtado tan borrrracha en mi vidda.
Nunca jamás.
El whisky se ha instalado oficialmente en mi cabeza y no parece tener
intenciones de desaparecer en un plazo corto de tiempo. Hardin lleva cinco
chupitos. Yo he perdido la cuenta de los míos después del tercero, y estoy
convencida de que Riley debería estar tirada en el suelo con un coma etílico.
—Este whisky está buenísimo —digo antes de meter la lengua en el chupito
refrigerado.
A mi lado, Hardin se ríe, y yo me apoyo en su hombro y coloco la mano
sobre su muslo. Sus ojos siguen inmediatamente mi mano y yo la aparto al
instante. No debería actuar como si nada hubiera pasado, sé que no debería, pero
es más fácil decirlo que hacerlo. Especialmente ahora que apenas puedo pensar
con claridad, y Hardin está tan guapo con esa camisa blanca. Ya me enfrentaré a
nuestros problemas mañana.
—¿Lo veis? Sólo necesitabais un poco de whisky para relajaros —dice Riley,
y golpea su vaso de chupito contra la barra y yo me echo a reír como una tonta
—. ¿Qué? —ladra.
—Hardin y tú sois iguales. —Me tapo la boca para ocultar mis insolentes
risitas.
—De eso, nada —dice Hardin hablando con ese ritmo lento al que recurre
cuando está ebrio. Riley también lo hace.
—¡Claro que sí! Sois como dos gotas de agua. —Me río—. ¿Sabe Lillian que
estás aquí? —digo volviéndome hacia ella bruscamente.
—No. Está dormida. —Se lame los labios—. Pero pienso despertarla en
cuanto regrese.
Suben el volumen de la música de nuevo y veo que la mujer de pelo cobrizo
se encarama a la barra por cuarta vez, creo.
—¿Más? —Hardin arruga la nariz, y yo me echo a reír.
—Amí me parece divertido. —En estos momentos, todo me lo parece.
—Pues a mí me parece cutre, y me interrumpe cada treinta minutos —
refunfuña.
—Deberías subir —me anima Riley.
—¿Adónde?
—A la barra. Deberías bailar en la barra.
Niego con la cabeza y me río. Y me sonrojo.
—¡No, no, no!
—Venga, no has parado de decir que eres joven y que quieres divertirte o lo
que sea que estuvieses diciendo. Aquí tienes tu oportunidad. Baila en la barra.
—No sé bailar. —Es verdad. Sólo he bailado, excluyendo los bailes lentos, una
vez, en aquella discoteca de Seattle.
—Nadie se dará cuenta, están todos más borrachos que tú. —Enarca una
ceja, desafiándome.
—De eso, nada —interviene Hardin.
A pesar de mi estado de embriaguez, una cosa sí que recuerdo: estoy harta de
que me diga lo que puedo o no puedo hacer.
Sin mediar palabra, me agacho y me desabrocho las incómodas correas que
rodean mis tobillos y dejo caer mis tacones altos al suelo.
Hardin abre unos ojos como platos mientras me subo al taburete y del
taburete a la barra.
—¿Qué estás haciendo? —Se levanta y se vuelve cuando unos cuantos
clientes detrás de nosotros empiezan a vitorear—. Tess…
Suben más el volumen, y la mujer que nos ha estado sirviendo las bebidas me
sonríe con picardía y me da la mano.
—¡¿Sabes bailar en línea, cielo?! —grita.
Niego con la cabeza, y de repente me siento insegura.
—¡Yo te enseño! —grita.
¿En qué narices estaba pensando? Sólo quería demostrarle a Hardin que
puedo hacer lo que me da la gana, y mira adónde me ha llevado eso: a subirme
en una barra a punto de intentar bailar… un baile raro. Ni siquiera sé qué es
bailar en línea exactamente. De haber sabido que iba a acabar aquí arriba, lo
habría planeado todo mejor y habría prestado más atención a las mujeres
cuando estaban bailando antes.
CAPÍTULO 48
Hardin
Riley está mirando a Tessa, que está de pie sobre la barra delante de ella.
—Joder, ¡pensaba que no se atrevería a hacerlo! —grita.
Yo también lo pensaba, pero está claro que está decidida a cabrearme esta
noche.
Riley me mira con cara de fascinación.
—Es muy salvaje.
—No, no lo es —digo en voz baja. Tessa parece estar pasándolo fatal.
Supongo que se estará arrepintiendo de su impulsiva decisión—. Voy a ayudarla
a bajar de ahí. —Empiezo a levantar la mano, pero Riley me la aparta de una
palmada.
—Déjala en paz, tío.
Miro a Tessa de nuevo. La mujer que nos ha servido las bebidas está hablando
con ella, pero no oigo lo que le está diciendo. Esto es una estupidez, ponerse a
bailar en una barra con ese vestido tan corto. Si me inclino un poco seguro que se
lo veo todo, como el resto de los presentes. Supongo que Riley ya se lo estará
viendo. Me vuelvo hacia todas partes y veo que ninguno de los hombres
grasientos que hay al otro lado han advertido su presencia. Todavía.
Tessa observa a la mujer que tiene al lado con la frente arrugada con aire de
concentración; todo lo contrario de su repentina necesidad de mostrarse
« salvaje» . Sigue los movimientos de la mujer y levanta una pierna, después la
otra y a continuación menea las caderas.
—Siéntate y disfruta del espectáculo —me dice Riley a mi lado pasándome
una de sus bebidas.
Estoy borracho, demasiado, pero tengo la mente muy clara mientras observo
cómo Tessa comienza a moverse. A moverse de verdad. Se coloca las manos
sobre las caderas y empieza a sonreír. Ya no le importa que todo el mundo la esté
contemplando. Me mira a los ojos y sus movimientos de baile se vuelven torpes
por un instante, antes de que recobre la compostura y dirija la mirada al fondo de
la sala.
—Excitante, ¿eh? —Riley sonríe a mi lado mientras se lleva la copa a los
labios.
Sí, evidentemente, ver a Tessa sobre una barra me pone muy cachondo, pero
también me enfurece y no me lo esperaba. El primer pensamiento que me ha
venido a la cabeza ha sido: « Joder, cómo me pone esto» . Y el segundo es que no
debería estar disfrutándolo tanto y debería sentirme irritado por su constante
necesidad de desafiarme. Sin embargo, no puedo pensar con claridad por culpa
del primer pensamiento, y por el hecho de que está bailando justo delante de mí.
El modo en que el vestido se le sube por los muslos y la manera en que se sujeta
el pelo con una mano y se ríe mientras trata de seguir los pasos de la mujer que
tiene al lado… Me encanta verla así, tan despreocupada. No suelo verla reír de
este modo con frecuencia. Una ligera capa de sudor cubre ahora su cuerpo y la
hace brillar bajo la luz de los focos. Me revuelvo algo incómodo y me tiro de la
parte delantera de la ridícula camisa que llevo puesta.
—Oh, oh… —dice la novia de Lillian.
—¿Qué pasa?
Salgo de mi trance y sigo la dirección de su mirada por la barra. Dos
hombres que hay al otro extremo están embobados mirando a Tessa, y por
embobados quiero decir que tienen los ojos más salidos que mi puta polla en estos
momentos.
Levanto la vista y veo que la falda de Tessa muestra demasiado sus muslos.
Cada vez que da un paso se le sube un poco más.
Ya es suficiente.
—Tranquilo, hombre —dice Riley—. La canción está a punto de acabar… —
Y entonces levanta la mano y la menea justo cuando la música termina.
CAPÍTULO 49
Tessa
Hardin levanta la mano para ayudarme a bajar, cosa que me sorprende bastante.
Por su manera de mirarme con el ceño fruncido y con aire suplicante
durante todo el rato que he estado bailando, pensaba que iba a chillarme. O algo
peor. En realidad esperaba que se subiera y me arrastrara fuera de la barra y
que después empezara a pegarse con todos los clientes.
—¿Lo ves? ¡Nadie se ha dado cuenta de que bailas como el culo! —Riley se
ríe y yo me siento en la fría barra.
—¡Ha sido divertidísimo! —exclamo y, una vez más, la música se detiene.
Me río y salto de la barra. Hardin me envuelve con su brazo de manera
protectora hasta que estoy lo bastante estable de pie como para que se aparte.
—¡Deberías subir a la próxima! —le digo a Hardin al oído, y él niega con la
cabeza.
—No —dice con rotundidad.
—No pongas morritos, estás muy feo. —Alargo la mano y le toco los labios.
No está feo; de hecho, es bastante mono el modo en que sobresale su labio
inferior. Sus ojos brillan al sentir mi contacto y mi pulso se acelera. Estoy
empezando a notar el subidón de adrenalina después de haber bailado en la barra,
algo que jamás en mi vida pensé que haría. Por muy divertido que haya sido, sé
que jamás volveré a hacerlo. Hardin se sienta en el taburete y y o me quedo de
pie entre él y Riley, al lado de mi asiento vacío.
—Te encanta. —Sonríe, todavía con mis dedos en sus labios.
—¿Tu boca? —digo con una sonrisa pícara.
Niega con la cabeza. Está de buen humor, pero muy serio al mismo tiempo,
y resulta embriagador. Él es embriagador, y yo ya estoy bastante embriagada de
por sí. Esto va a ser interesante.
—No, cabrearme. Te encanta cabrearme —dice con tono seco.
—No. Es que tú te cabreas con demasiada facilidad.
—Estabas bailando en una barra delante de una sala llena de gente. —Su cara
está a escasos centímetros de la mía, y su aliento es una estimulante mezcla de
menta y whisky—. Sabías perfectamente que eso me iba a cabrear, Tessa.
Tienes suerte de que no te haya bajado a la fuerza, te haya colocado sobre mi
hombro y te haya sacado de este lugar.
—¿Sobre tu hombro, no sobre tus rodillas? —bromeo, y lo miro directamente
a los ojos, lo que lo desarma.
—¿Qu… qué? —tartamudea.
Me echo a reír antes de volverme hacia Riley.
—No dejes que te engañe. Le ha encantado —me susurra ella, y asiento.
Siento una tensión en el estómago ante la idea de Hardin observándome, pero
mi mente intenta controlar mis sucios pensamientos. Debería estar furiosa.
Debería fingir que no está, o gritarle otra vez por sabotear lo de Seattle, o por las
dolorosas palabras que me ha dicho, pero es casi imposible cabrearme estando
así de borracha.
Me permito fingir que nada de eso ha sucedido, al menos por ahora, y me
imagino que Hardin y yo somos una pareja normal que ha salido con una amiga
a tomar una copa. Sin mentiras, sin peleas dramáticas, sólo diversión y baile.
—¡Todavía no me creo que haya hecho eso! —les digo a ambos.
—Yo tampoco —refunfuña Hardin.
—No voy a volver a hacerlo, os lo aseguro. —Me paso la mano por la frente.
Estoy sudando y hace calor en este pequeño bar. El aire está cargado y necesito
respirar.
—¿Qué te pasa? —pregunta.
—Nada. Hace calor. —Me abanico con la mano y él asiente una vez.
—Pues vámonos antes de que te desmayes.
—No, quiero quedarme más rato. Me lo bien pasando estoy… Digo…, me lo
estoy pasando bien.
—Ni siquiera puedes formar una frase coherente.
—¿Y qué? Igual no es necesario que lo haga. Relájate o lárgate.
—Estás… —empieza, pero le tapo la boca con la mano.
—Shhh…, cállate por una vez. Divirtámonos. —Uso la otra mano para tocarle
el muslo de nuevo, y esta vez le doy un apretón.
—Vale —dice contra mi palma.
Le suelto la boca, pero mantengo la mano a unos centímetros de distancia
para tapársela de nuevo si es necesario.
—Pero nada de bailar en la barra otra vez —dice, negociando
tranquilamente.
—Vale. Y nada de poner morritos ni de fruncir el ceño —le espeto.
Sonríe.
—Vale.
—Deja de decir « vale» —le digo con una sonrisa.
Asiente.
—Vale.
—Eres exasperador.
—¿Exasperador? ¿Qué diría tu profesor de literatura ante esa clase de
vocabulario? —Los ojos de Hardin son de un verde jade intenso y están cargados
de humor y enrojecidos por el alcohol.
—A veces eres muy gracioso. —Me apoyo contra él.
Me rodea la cintura con el brazo y me coloca entre sus piernas.
—¿A veces? —Me besa el pelo y yo me relajo en sus brazos.
—Sí, sólo a veces.
Se ríe y no me suelta. Y creo que no quiero que lo haga. Sé que debería, pero
no quiero. Está borracho, y travieso, y el alcohol en mi organismo hace que
pierda el sentido común… como siempre.
—Mirad qué bien os estáis llevando. —Riley nos señala con ambas manos
como si nos estuviese mostrando a alguien.
—Esta chica es exasperante —resopla Hardin.
—Parecéis gemelos. —Me río, y él sacude la cabeza.
—¡Últimos pedidos! —grita mi nueva amiga desde detrás de la barra.
Durante la última hora me he enterado de que se llama Cami, de que tiene
casi cincuenta años y de que su primer nieto acaba de nacer en diciembre. Me
ha mostrado algunas fotos que tiene impresas, como cualquier abuela orgullosa,
y y o las he alabado y le he dicho que es un niño precioso. Hardin apenas ha
mirado las imágenes y se ha dedicado a farfullar algo sobre un trol, así que me
he apresurado a quitárselas de las manos antes de que la mujer lo oyera.
Me balanceo de un lado a otro.
—Una copa más y me caigo redonda.
—¡No sé cómo no has perdido y a el conocimiento! —exclama Riley con
evidente admiración.
Yo sí: Hardin me ha estado robando las copas cuando las tenía a la mitad para
acabárselas él.
—Tú has bebido más que ninguno, probabbblemente másh que él —digo
arrastrando las palabras y señalando al hombre que está inconsciente al otro
extremo de la barra—. Ojalá Lillian hubiese podido venir con nosotros —digo, y
Hardin arruga la nariz.
—Creía que la odiabas —repone, y Riley me mira al instante.
—No la odio —lo corrijo—. No me gustaba porque estabas intentando darme
celos saliendo con ella.
Riley se pone tensa y mira a Hardin.
—¿Qué?
« Mierda.»
—Continúa, querida —insiste ella.
Estoy atrapada y borracha, y no tengo ni idea de qué narices decir. No quiero
que se enfade, eso seguro.
—No es nada —le dice Hardin, y levanta la mano—. He sido un capullo y no
le he dicho a Tessa que era lesbiana. Eso ya lo sabes.
Riley relaja los hombros.
—Ah, vale.
« Joder, es igualita que él.»
—No ha pasado nada, así que relájate —le dice.
—Estoy relajada, créeme —contesta ella tranquilamente, y acerca su
taburete ligeramente al mío—. Unos pocos celos no tienen nada de malo,
¿verdad? —Riley me mira con un brillo en su ebria mirada—. ¿Alguna vez has
besado a una chica, Tessa?
—¿Qué? —exclamo dramáticamente con el vello de punta.
—Riley, ¿qué cojones…? —empieza Hardin, pero se detiene.
—Es sólo una pregunta. ¿Has besado a alguna chica?
—No.
—¿Alguna vez te lo has planteado?
Borracha o no, siento la vergüenza que asciende por mis mejillas.
—Pues…
—Estar con una chica es mucho mejor, la verdad. Son más suaves. —
Acaricia mi brazo—. Y saben qué es lo que quieres exactamente… y dónde lo
quieres.
Hardin le aparta la mano de mi piel.
—Ya basta —gruñe, y yo retiro el brazo.
Riley se echa a reír de manera descontrolada.
—¡Lo siento, lo siento! No he podido evitarlo. Ha empezado él. —Señala a
Hardin con la cabeza entre carcajada y carcajada, y entonces para de reírse y
lo mira con una amplia sonrisa—. Ya te he advertido antes que tengas cuidadito
conmigo.
Exhalo, tremendamente aliviada de que sólo estuviera intentando provocar a
Hardin. Una risita escapa de mi boca y él parece avergonzado, cabreado y… ¿tal
vez un poco cachondo?
—Paga tú, ya que te crees tan graciosa —dice, y le coloca la larga cuenta de
papel delante.
Riley pone los ojos en blanco, se lleva la mano al bolsillo trasero, saca una
tarjeta y la deja encima de la barra. Cami cobra rápidamente y se dirige a
atender al hombre inconsciente del otro extremo.
Cuando llegamos a la puerta, Riley anuncia:
—Bueno, hemos cerrado el bar. Lil se va a cabrear.
Hardin me sujeta la puerta para que pase. Casi se la cierra en la cara a Riley,
pero y o la detengo y le lanzo una mirada asesina. Él se ríe y se encoge de
hombros como si no hubiese hecho nada malo, y yo no puedo evitar sonreír. Es
un capullo, pero es mi capullo.
« ¿No?»
No tengo nada por seguro, pero lo que sí sé es que no quiero pensar en eso
mientras regresamos a la cabaña a las dos de la mañana.
—¿Seguirá dormida? —le pregunto a Riley.
—Eso espero.
Yo también espero que todos en nuestra cabaña estén dormidos. Lo último
que quiero es que Ken o Karen estén despiertos cuando entremos
tambaleándonos por la puerta.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te eche la bronca o algo? —la
provoca Hardin.
—No…, bueno, sí. No quiero que se cabree. Bastante delicadas están ya las
cosas.
—¿Por qué? —pregunto con curiosidad.
—No importa —dice Hardin quitándole importancia y dejando a Riley
sumida en sus pensamientos.
Recorremos el resto del trayecto en silencio. Cuento los pasos y me río de vez
en cuando al recordar mi baile sobre la barra.
Cuando llegamos a la cabaña de Max, Riley vacila antes de despedirse.
—Ha sido… un placer conoceros —afirma.
No puedo evitar echarme a reír al ver la manera tan graciosa que tiene de
arrugar la cara, como si las palabras le supiesen agrias.
Sonrío.
—Lo mismo digo; lo hemos pasado genial. —Me planteo abrazarla por un
instante, pero eso sería incómodo, y tengo la sensación de que a Hardin no le
haría ninguna gracia.
—Adiós —se limita a decir él sin detenerse.
Cuando casi hemos llegado a nuestra cabaña, de repente me doy cuenta de lo
cansada que estoy y me alegro tremendamente de estar ya cerca. Me duelen los
pies, y la tela dura de este incómodo vestido seguro que me ha arañado la piel.
—Me duelen los pies —protesto.
—Ven aquí, y o te llevo —se ofrece Hardin.
« ¿Qué?» Me entra la risita.
Él sonríe inseguro.
—¿Por qué me miras así?
—Acabas de ofrecerte a llevarme en brazos.
—¿Y?
—No es típico de ti, eso es todo. —Me encojo de hombros y él se acerca, me
coge del brazo y de la pierna y me eleva en el aire.
—Haría cualquier cosa por ti, Tessa. No debería sorprenderte que te lleve a
cuestas por un puto sendero.
No digo nada, sólo me río. Muy alto. Es una risa histérica que hace que me
convulsione. Me tapo la boca para detenerla, pero no ayuda.
—¿De qué te ríes? —pregunta con gesto serio e intimidante.
—No lo sé…, me ha hecho gracia —repongo.
Llegamos al porche y él me mueve un poco para poder girar el pomo de la
puerta.
—¿Te hace gracia que diga que haría cualquier cosa por ti?
—Harías cualquier cosa… excepto ir a Seattle, casarte conmigo, o tener hijos
conmigo. —Incluso en mi estado de embriaguez, lo irónico del comentario no me
ha pasado desapercibido.
—No empieces. Estamos demasiado borrachos como para mantener esta
conversación ahora.
—Vaaay a —digo en tono infantil, sabiendo que tiene razón.
Hardin sacude la cabeza y sube por la escalera. Me aferro a su cuello, y él
me sonríe a pesar de su seco comportamiento.
—No me sueltes —susurro, y él me suelta sólo lo suficiente como para que
me deslice por su torso. Me vuelvo, rodeo su cintura con las piernas y dejo
escapar un pequeño aullido mientras me aferro a su cuerpo.
—Shhh. Si quisiera soltarte, lo haría desde lo alto —me amenaza.
Hago todo lo posible por parecer asustada. Una sonrisa malévola se dibuja en
su rostro y y o me inclino hacia arriba, saco la lengua y le toco la punta de la
nariz con ella.
Culpo al whisky.
Una luz se enciende entonces al final del pasillo y Hardin corre hacia la
habitación que compartimos.
—Los has despertado —dice dejándome sobre la cama.
Me agacho para quitarme los zapatos, me froto los doloridos tobillos y dejo
caer el terrible calzado al suelo.
—Es culpa tuya —replico, y paso por su lado para abrir el cajón de la
cómoda y buscar algo que ponerme para dormir—. Este vestido me está
matando —protesto mientras me llevo la mano atrás para desabrocharme la
cremallera. Era mucho más fácil hacerlo cuando estaba sobria.
—Espera. —Hardin se coloca detrás de mí y me aparta la mano—. Pero
¿qué cojones…?
—¿Qué ocurre?
Me pasa los dedos por la piel y se me eriza el vello.
—Tienes la piel roja, como si el vestido te hubiese dejado marcas. —Toca un
punto debajo de mi omóplato y desciende la tela por mi espalda hasta que cae al
suelo.
—Era muy incómodo —refunfuño.
—Ya lo veo. —Me mira con ojos hambrientos—. Nada debería marcarte,
excepto yo.
Trago saliva. Está borracho, y juguetón, y sus ojos oscuros delatan
exactamente lo que está pensando.
—Ven aquí.
Recorre el pequeño espacio que nos separa y se coloca delante de mí. Está
totalmente vestido, y y o me he quedado en ropa interior.
Niego con la cabeza.
—No… —Sé que tengo que decirle algo, pero no recuerdo el qué. Apenas
recuerdo mi nombre cuando me mira de esa manera.
—Sí —responde él, y retrocedo.
—No voy a hacerlo contigo.
Me coge del brazo y me agarra del pelo con la otra mano, tirando de él con
suavidad para obligarme a mirarlo a la cara. Su aliento me golpea el rostro y sus
labios están sólo a unos milímetros de los míos.
—Y ¿eso por qué? —pregunta.
—Porque… —Mi mente busca una respuesta mientras mi subconsciente
suplica que me arranque el resto de mi ropa—. Estoy enfadada contigo.
—¿Y? Yo también estoy enfadado contigo. —Sus labios acarician mi piel y
recorren mi mandíbula. Me tiemblan las piernas y no puedo pensar con claridad.
Enarco una ceja y digo:
—Y ¿eso por qué? Yo no he hecho nada. —Tenso el estómago cuando sus
manos se desplazan a mi trasero, masajeándolo y apretándolo lentamente.
—El espectáculo que has dado en el bar era suficiente como para mandarme
a un sanatorio, por no hablar del hecho de que te has paseado por todo el pueblo
con ese puto camarero; me has faltado al respeto delante de todos al quedarte
con él. —Su tono es amenazador, pero sus labios son suaves mientras recorren mi
cuello—. Me muero por tenerte desde que estábamos en ese bar de mierda.
Después de verte bailar así quería llevarte al baño y follarte contra la pared. —Se
pega contra mí para que sienta lo dura que la tiene.
Por mucho que lo deseo, no puedo permitir que me culpe de todo.
—Tú… —Cierro los ojos y disfruto de la sensación de sus manos y sus labios
sobre mi cuerpo—. Has sido tú el que… —No soy capaz de pensar, y mucho
menos de formar una frase—. Para.
Lo agarro de las manos para que deje de sobarme.
Su mirada se llena de decepción y deja caer las manos a los costados.
—¿No me deseas?
—Claro que sí. Siempre te deseo. Pero… se supone que estoy enfadada.
—Puedes seguir estándolo mañana —dice con una sonrisa malévola.
—Eso es lo que hago siempre, y tengo que…
—Shhh…
Me tapa la boca con sus labios y me besa con fuerza. Abro los míos y,
aprovechando mi momento de flaqueza, me agarra de nuevo del pelo, hunde la
lengua en mi boca y pega mi cuerpo al suy o todo lo posible.
—Tócame —me ruega intentando cogerme las manos.
No hace falta que me lo diga dos veces; quiero tocarlo, y él necesita que le
infunda seguridad. Así es como solucionamos las cosas y, por muy estúpido que
parezca, no es la sensación que tengo cuando me besa de esta manera y me
ruega que le ponga las manos encima.
Me peleo con los botones de su camisa y él gruñe de impaciencia. Agarra los
dos lados, tira y arranca todos los botones.
—Me gustaba esa camisa —digo pegada a su boca, y él sonríe con los labios
contra los míos.
—Yo la odiaba.
Deslizo la tela por sus hombros y dejo que la prenda caiga al suelo. Acaricia
mi lengua con la suy a lentamente, y el beso, intenso pero increíblemente dulce,
hace que me derrita en sus brazos. Siento la ira y la frustración que se esconde
tras sus labios, pero está haciendo un gran esfuerzo por ocultarlas. Siempre está
ocultando cosas.
—Sé que vas a dejarme pronto —dice deslizando los labios por mi cuello de
nuevo.
—¿Qué? —Me aparto un poco, sorprendida y confundida ante sus palabras.
Me duele el corazón al oírlo. El alcohol me hace más sensible a sus
sentimientos. Lo quiero. Lo quiero muchísimo. Pero hace que me sienta tan débil
y vulnerable… En cuanto me permito pensar que está preocupado, o triste, o
afligido de alguna manera, es como si todos mis sentimientos desaparecieran y
me centrara en él, y no en mí o en cómo me siento.
—Te quiero mucho —susurra, y acaricia suavemente mis labios con el
pulgar.
Su pecho y su torso sobresaliendo de sus vaqueros negros son una imagen
divina, y sé que estoy completamente a su merced.
—Hardin, ¿qué…?
—Ya hablaremos después. Ahora quiero sentirte.
Me guía hasta la cama e intento acallar a mi mente, que me grita que lo
detenga y que no ceda. Pero no soy capaz. No soy lo bastante fuerte como para
controlarme cuando sus manos callosas acarician mis muslos, los separan
ligeramente y me tienta colando el dedo índice por el elástico de mis bragas.
—Ponte un condón —jadeo, y me mira con sus ojos inyectados en sangre.
—¿Y si no lo usamos? ¿Y si me corro dentro de ti? ¿Tú no te…?
Pero se detiene, y me alegro por ello. Creo que no estoy preparada para oír
lo que sea que fuese a decir. Se aparta de mí, se levanta y se dirige a la maleta,
que está en el suelo. Yo me tumbo mirando al techo, intentando ordenar mis
ebrios pensamientos. « ¿De verdad necesito ir a Seattle? ¿Es Seattle lo bastante
importante para mí como para perder a Hardin?» El fuerte dolor que me
atraviesa al pensarlo me resulta casi insoportable.
—No me lo puedo creer —dice desde el otro lado de la habitación.
Cuando me incorporo, veo que está mirando un trozo de papel que tiene en la
mano.
—¿Qué puta mierda es esto? —inquiere mirándome a los ojos.
—¿El qué?
Miro abajo y veo que mi vestido se encuentra sobre el suelo de madera, junto
a mis zapatos. Al principio estoy un poco confundida, pero entonces veo que mi
sujetador también está ahí tirado. « Mierda.» Me levanto rápidamente e intento
quitarle el papel de las manos.
—No te hagas la tonta. ¿Te has guardado su número? —dice con la boca
abierta mientras sostiene el papel por encima de su cabeza para que no pueda
recuperarlo.
—No es lo que piensas. Estaba enfadada y él…
—¡Y una mierda! —grita.
Ya estamos. Conozco esa mirada. Todavía recuerdo la primera vez que la vi.
Estaba empujando la vitrina de casa de su padre con el rostro retorcido de esa
manera por la ira.
—Hardin…
—Adelante, llámalo. Deja que te folle él, porque desde luego yo no quiero
hacerlo.
—No saques las cosas de quicio —le ruego. Estoy demasiado borracha como
para empezar una guerra a gritos con él.
—¿Que no saque las cosas de quicio? Acabo de encontrar el número de otro
tío en tu sujetador —silba con los dientes y la mandíbula apretados con furia.
—No te hagas el inocente ahora —le digo mientras él se pasea de un lado a
otro—. Si piensas gritarme, ahórrate la saliva. Estoy harta de pelearme contigo
todos los días —añado, y suspiro con frustración.
Me señala con furia.
—¡Es por tu culpa! Tú eres la que no para de cabrearme. Es culpa tuya que
me ponga de esta manera, ¡y lo sabes!
—¡No! No es verdad. —Me esfuerzo por hablar en voz baja—. No puedes
culparme de todo. Ambos cometemos errores.
—No, tú cometes errores. Un montón de errores. Y y a estoy harto. —Se tira
del pelo—. ¿Crees que quiero ser así? Joder, no, no quiero. ¡Es culpa tuy a!
Me quedo callada.
—Adelante, llora —dice burlándose de mí.
—No pensaba llorar.
Abre unos ojos como platos.
—Vay a, qué sorpresa. —Me aplaude de la manera más denigrante posible.
Me echo a reír y se detiene.
—¿De qué te ríes? —Me mira por un segundo—. Contéstame.
Sacudo la cabeza.
—Eres un capullo. Un capullo integral.
—Y tú eres una zorra egoísta. ¿Alguna cosa más? —me espeta, y dejo de
reírme bruscamente.
Me levanto de la cama sin decir ni una palabra ni derramar ni una lágrima.
Saco una camiseta y unos pantalones cortos del cajón y me los pongo
rápidamente mientras él me observa.
—¿Adónde crees que vas? —pregunta.
—Déjame en paz.
—No. Ven aquí. —Intenta agarrarme y siento unas ganas tremendas de darle
una bofetada, pero sé que me detendrá.
—¡Quita! —Me suelto el brazo de un tirón—. Estoy harta. Estoy harta de
estas peleas. Estoy harta y agotada, y no quiero seguir así. No me quieres. Sólo
quieres poseerme, y no te lo voy a permitir. —Lo miro directamente a sus ojos
brillantes y le digo—: Estás roto, Hardin, y yo no puedo arreglarte.
De repente se da cuenta de lo que me ha hecho, a mí y a sí mismo, y se
coloca delante de mí sin emoción alguna. Con los hombros hundidos, y con los
ojos ahora sin brillo, me mira, y al hacerlo por fin ve un reflejo tan carente de
expresión como él. No tengo nada que decirle. Ya no le queda nada que romper
dentro de mí, o de él, y por la palidez de su rostro, veo que finalmente se ha dado
cuenta.
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