5 y 6
CAPÍTULO 5
Hardin
Cuando salgo afuera, el viento me azota la cara y trae consigo el sonido de la
única voz que no esperaba oír en este momento. Acabo de tener que soportar a
un montón de gente hablando fatal de mí mientras y o tenía que morderme la
lengua. Y, después de eso, lo único que quería oír era la voz de mi chica, de mi
ángel.
Y ahí estaba su voz. Pero también estaba la de él. Doblo la esquina y lo veo.
Ahí están. Tessa y Zed.
Mi primer pensamiento es: « ¿Qué coño hace él aquí? ¿Qué hace Tessa aquí
fuera hablando con él? ¿Qué parte de “No te acerques a él” no ha entendido?» .
Cuando ese cabrón le levanta la voz, echo a andar hacia ellos. Nadie tiene
derecho a gritarle así, nadie. Pero cuando menciona Seattle… Freno en seco.
« ¿Tessa está planeando marcharse a Seattle? Y ¿cómo es que Zed lo sabía y
yo no?…»
No puede estar pasando. Esto no puede estar pasando. Ella nunca planearía
mudarse sin contármelo…
La mirada enloquecida de Zed y su sonrisa de comemierda se burlan de mí
mientras intento ordenar mi revoltijo de ideas. Cuando Tessa se vuelve en mi
dirección, es como si lo hiciera a cámara lenta. Tiene los ojos grises muy
abiertos y las pupilas dilatadas por la sorpresa que se ha llevado al verme.
—Hardin… —Veo que sigue hablando pero su voz es demasiado débil y se
pierde en el viento.
No sé qué decir y me quedo de pie con la boca abierta. La cierro. La vuelvo
a abrir y sigo repitiendo los mismos gestos una y otra vez, hasta que al fin mis
labios consiguen articular las palabras.
—¿Conque ése era tu plan? —consigo decir.
Se aparta el pelo de la cara, frunce los labios y se frota los antebrazos con las
manos, que tiene cruzadas sobre el pecho.
—¡No! ¡No es lo que crees, Hardin, y o…!
—Vaya par de conspiradores. Tú… —digo señalando al maldito bastardo— te
dedicas a maquinar y a intrigar a mis espaldas e intentas robarme a mi chica una
y otra y otra vez. Da igual lo que haga o las veces que te parta la puta cara,
vuelves arrastrándote como una maldita cucaracha.
Es sorprendente. Se atreve a hablar:
—Ella…
—Y tú… —Señalo a la chica rubia que tiene mi mundo bajo la suela de sus
tacones negros—. Tú… no haces más que jugar conmigo. ¡Actúas como si te
importara cuando en realidad has estado planeando dejarme todo el tiempo!
Sabes que no voy a irme a Seattle, y aun así has estado planeando mudarte ¡sin
decirme nada!
Tiene los ojos llorosos, y me suplica:
—¡Por eso no te lo había contado todavía, Hardin, porque…!
—Cállate —le digo, y se lleva la mano al pecho, como si mis palabras la
hubieran herido.
Puede que así sea. Puede que eso sea lo que quiero, para que se sienta como
y o.
¿Cómo ha podido humillarme de este modo delante de Zed?
—¿Qué pinta él aquí? —le pregunto.
No hay ni rastro de su sonrisa de satisfacción cuando ella se vuelve para
mirarlo antes de mirarme a mí.
—Yo le he pedido que viniera.
Doy un paso atrás fingiendo sorpresa. O puede que me hay a sorprendido de
verdad. No sé muy bien qué es lo que siento, porque paso demasiado rápido de
un sentimiento a otro.
—¡Ahí lo tenemos! Está claro que lo vuestro es muy especial.
—Sólo quería hablar con él sobre lo de presentar cargos. Estoy intentando
ayudarte, Hardin. Escúchame, por favor. —Tessa da un paso hacia mí,
apartándose de nuevo el pelo de la cara.
Niego con la cabeza.
—¡Y una mierda! He escuchado toda la conversación. Si no lo quieres, díselo
ahora mismo, delante de mí.
Sus ojos llorosos me ruegan en silencio que ceda y que no la obligue a
humillarlo en mi presencia, pero no me conmueve.
—O se lo dices, o tú y yo hemos terminado. —Mis palabras me queman la
lengua como si fueran ácido.
—No te quiero, Zed —dice mirándome a mí. Lo dice precipitadamente,
asustada, y sé que le duele decirlo.
—¿Ni un poco? —pregunto copiándole a Zed su sonrisa de satisfacción de
antes.
—Ni un poco. —Tessa frunce el ceño, y él se pasa la mano por el pelo.
—No quieres volver a verlo —la instruyo—. Date la vuelta y díselo.
Pero es Zed el que habla.
—Hardin, déjalo. Ya está. Lo he pillado. No tengo por qué aguantar estos
jueguecitos, Tess. Mensaje recibido —dice. Es patético, como un niño triste.
—Tessa… —empiezo a decir, pero cuando me mira, lo que veo en sus ojos
casi me pone de rodillas. Asco. Le doy asco.
Da un paso hacia mí.
—No, Hardin. No pienso hacerlo. No porque quiera estar con él, porque no
quiero, te quiero a ti y sólo a ti, sino porque sólo lo haces por fastidiar y está mal
y es cruel y no pienso ayudarte. —Se muerde un carrillo intentando no llorar.
« ¿Qué coño estoy haciendo?»
Como una fiera, me dice:
—Me voy a casa. Cuando quieras hablar de Seattle, allí estaré.
Y con eso da media vuelta y se marcha.
—¡No tienes forma de llegar a casa! —le grito.
Zed levanta la mano y señala hacia Tessa.
—Yo la llevaré —dice.
Algo se rompe en mi interior.
—Si no fuera porque ya estoy de mierda hasta el cuello por tu culpa, te
mataría ahora mismo. Y no me refiero a romperte un hueso, sino a partirte el
cráneo contra el cemento y a quedarme mirando mientras te desangras vivo
sobre él…
—¡Para! —me grita Tessa, ocultando las lágrimas.
—Tessa, si… —dice Zed en voz baja.
—Zed, te agradezco todo lo que has hecho por mí, pero necesito que pares,
por favor. —Trata de parecer serena, aunque fracasa miserablemente.
Con un último suspiro, da media vuelta y echa a andar.
Voy hacia el coche y, en cuanto lo tengo delante, aparecen Landon y mi
padre. Cómo no. Oigo el taconeo de Tessa detrás de mí.
—Nos vamos —les digo antes de que puedan abrir la boca.
—Ahora te llamo —le informa Tessa a Landon.
—¿Sigue en pie lo del miércoles? —le contesta Landon.
Ella le sonríe, una sonrisa falsa para enmascarar el pánico que brilla en sus
ojos.
—Sí, por supuesto.
Landon me lanza una mirada asesina, ha notado la tensión que hay entre
nosotros. « ¿Estará al tanto de sus planes? Seguro, es probable que hasta la haya
ayudado a organizarlos.»
Me meto en el coche sin intentar ocultar mi falta de paciencia.
—Luego te llamo —vuelve a decirle a Landon, y se despide con la mano de
mi padre antes de subir al coche.
Apago la música en cuanto se abrocha el cinturón.
—Adelante —invita sin emoción.
—¿Qué?
—Adelante, grítame. Sé que vas a gritarme.
Su suposición me deja mudo. Pues sí, tenía pensado gritarle, pero que lo
tuviera tan claro me ha pillado por sorpresa.
Aunque es normal que se lo espere, es lo que sucede siempre. Lo que hago
siempre.
—¿Y bien? —Aprieta los labios en una fina línea.
—No voy a gritarte.
Me mira un instante antes de centrarse en un punto lejano más allá del
parabrisas.
—No sé qué hacer, aparte de gritarte… Ése es el problema. —Suspiro
derrotado con la frente contra el volante.
—No estaba haciendo planes a tus espaldas, Hardin, al menos, no a propósito.
—Pues es lo que parece.
—Yo nunca te haría eso. Te quiero. Lo entenderás cuando lo superemos.
Sus palabras me rebotan en cuanto la ira se apodera de mí.
—Lo que entiendo es que vas a mudarte… y en breve. Ni siquiera sé
cuándo…, y eso que vivimos juntos, Tessa. Compartimos la puta cama, y ¿tú ibas
a dejarme sin más? Siempre supe que lo harías.
La oigo desabrocharse el cinturón de seguridad. Me pone las manos en los
hombros, me empuja hacia atrás y en cuestión de segundos está sentada a
horcajadas encima de mí, rodeándome el cuello con los brazos fríos y su rostro
bañado en lágrimas hundido contra mi pecho.
—Aparta —le digo intentando que me suelte.
—¿Por qué siempre piensas que voy a dejarte? —Me abraza con más fuerza.
—Porque lo harás.
—No me voy a Seattle para dejarte. Me voy por mí y por mi carrera.
Siempre he planeado irme a vivir allí y es una oportunidad increíble. Se lo pedí al
señor Vance mientras decidíamos qué íbamos a hacer, y he estado a punto de
contártelo muchas veces, pero o bien me cortabas o bien no querías hablar de
nada serio en ese momento.
Sólo puedo pensar en ella haciendo las maletas y dejándome sin nada más
que una nota de mierda en la encimera.
—No te atrevas a intentar culparme a mí. —Mi voz no suena con la
convicción que me gustaría.
—No te estoy echando la culpa, pero sabía que no ibas a apoyarme. Sabes
que es muy importante para mí.
—Entonces ¿qué vas a hacer? Si te marchas, no podré estar contigo. Te
quiero, Tessa, pero no voy a irme a vivir a Seattle.
—¿Por? Ni siquiera sabes si te va a gustar o no. Al menos podríamos
intentarlo y, si lo odias, podríamos marcharnos a Inglaterra… tal vez —dice
sollozando.
—Tú tampoco sabes si te va a gustar Seattle. —La miro impasible—. Lo
siento, pero vas a tener que elegir: Seattle o yo.
Levanta la vista un instante, luego vuelve a sentarse en el asiento del
acompañante sin decir una palabra.
—No tienes que decidir nada ahora mismo, pero el tiempo se acaba. —Pongo
el coche en automático y salgo del aparcamiento.
—No me puedo creer que me obligues a elegir —replica sin mirarme
siquiera.
—Sabes lo que opino de Seattle. Tienes suerte de que haya mantenido la
calma cuando te he visto con Zed.
—¿Tengo suerte? —resopla.
—Ha sido un día de mierda y sólo acaba de empezar. No discutamos sobre
eso. Necesito una respuesta para el viernes, a menos que ya te hayas ido para
entonces. —Sólo de pensarlo me dan escalofríos.
Sé que va a elegirme a mí, tiene que hacerlo. Podríamos irnos a Inglaterra,
lejos de toda esta mierda. No ha dicho nada sobre las clases que va a perderse
hoy. Me alegro, no necesito otra pelea.
—Estás siendo muy egoísta —me acusa.
No se lo discuto porque sé que tiene razón. Pero le digo:
—Ya, pues algunos pensarían que también es muy egoísta no decirle a
alguien en qué fecha tienes pensado abandonarlo. ¿Dónde vas a vivir? ¿Ya tienes
piso?
—No, pensaba buscar uno mañana. El miércoles nos vamos de viaje con tu
familia.
Tardo un momento en darme cuenta de a quién se refiere.
—¿Nos vamos?
—Dijiste que irías…
—Estoy intentando recuperarme de la mierda de Seattle, Tessa. —Sé que me
estoy comportando como un mamón, pero esto es un asco—. Y no olvidemos
que has llamado a Zed —recalco.
Tessa permanece en silencio mientras conduzco. Tengo que mirarla un millar
de veces para asegurarme de que no se ha dormido.
—¿Ahora no me hablas? —le pregunto cuando llegamos al aparcamiento de
nuestro… de mi apartamento.
—No sé qué decir —contesta en voz baja, derrotada.
Aparco y entonces me acuerdo.
« Mierda.»
—Tu padre sigue aquí, ¿no?
—No tiene otro sitio adonde ir… —responde sin mirarme.
Salimos del coche y le digo:
—Cuando lleguemos a casa le preguntaré dónde quiere que lo deje.
—No, y a lo llevo yo —musita.
Aunque mi chica camina a mi lado, parece estar a muchos kilómetros de mí.
CAPÍTULO 6
Tessa
Hardin me ha decepcionado tanto que ni siquiera tengo fuerzas para discutir, y
está demasiado cabreado conmigo para hablar sin gritarme. Su reacción no ha
sido tan mala como esperaba, pero ¿cómo puede obligarme a elegir? Sabe lo
importante que es Seattle para mí, y no parece tener ningún problema en
hacerme renunciar a algo por él; eso es lo que más me duele. Siempre dice que
no puede vivir sin mí, que no puede estar sin mí, sin embargo, me ha dado un
ultimátum, y no es justo.
—Como se hay a largado con nuestras cosas… —empieza a decir cuando
llegamos a la puerta.
—Basta. —Espero que note lo cansada que estoy y que no insista.
—Yo he avisado.
Meto la llave en la cerradura y la hago girar. Por un momento me planteo la
posibilidad de que Hardin esté en lo cierto. La verdad es que no conozco a ese
hombre.
Cualquier paranoia desaparece en cuanto entramos. Mi padre está tirado
sobre el reposabrazos del sofá, con la boca abierta y roncando a más no poder.
Sin decir una palabra, Hardin se mete en el dormitorio y yo voy a la cocina a
por un vaso de agua. Necesito un minuto para pensar en mi siguiente
movimiento. Lo último que me apetece es pelearme con Hardin, pero estoy
harta de que sólo piense en sí mismo. Sé que ha cambiado mucho, que se ha
esforzado mucho, pero le he dado una oportunidad detrás de otra y el resultado
ha sido un ciclo infinito de ruptura-reconciliación que pondría enferma incluso a
la mismísima Catherine Earnshaw. No sé cuánto tiempo más podré mantenerme
a flote mientras lucho contra este tsunami al que llamamos relación. Cada vez
que siento que he aprendido a navegar las aguas, vuelve a engullirme otro
conflicto más con Hardin.
Pasados unos instantes, me levanto y voy a ver a mi padre. Sigue roncando y
me resultaría divertido si no estuviera tan preocupada. Decido un plan de acción
y me meto en el dormitorio.
Hardin está tumbado en la cama boca arriba, con los brazos debajo de la
cabeza, mirando al techo. Estoy a punto de hablar cuando él rompe el silencio:
—Me han expulsado, por si te interesa.
Me vuelvo hacia él a toda velocidad, con el corazón desbocado.
—¿Cómo?
—Sí. Eso han hecho. —Se encoge de hombros.
—Lo siento mucho. Debería habértelo preguntado antes. —Estaba segura de
que Ken conseguiría sacar a su hijo de ésta. Me da mucha pena.
—No pasa nada. Estabas muy ocupada con Zed y tus planes para irte a
Seattle, ¿no te acuerdas?
Me siento en el borde de la cama, lo más lejos posible de él, y hago un
esfuerzo por morderme la lengua. En vano.
—Estaba intentando averiguar qué pensaba hacer con los cargos en tu contra.
Dice que todavía…
Me interrumpe enarcando las cejas con gesto de burla.
—Lo he oído. Estaba presente, ¿recuerdas?
—Hardin, y a estoy harta de tu actitud. Sé que estás enfadado, pero tienes que
dejar de faltarme al respeto —digo muy despacio con la esperanza de hacerlo
recapacitar.
Por un momento parece perplejo, pero no tarda en recuperarse.
—¿Perdona?
Intento mantener la expresión más neutra y serena que puedo.
—Ya me has oído. Deja de hablarme así.
—Lo siento, me han echado de la facultad y a continuación te encuentro con
él y descubro que vas a irte a vivir a Seattle. Creo que tengo derecho a estar un
poco cabreado.
—Cierto, pero no tienes derecho a comportarte como un cabrón. Esperaba
que pudiéramos hablarlo y resolverlo como adultos… por una vez.
—¿Eso qué quiere decir? —Se incorpora pero yo me mantengo lejos.
—Significa que, después de cinco meses de tira y afloja, creía que éramos
capaces de resolver un problema sin que ninguno de los dos se marchara o se
pusiera a romper cosas.
—¿Cinco meses? —La mandíbula le llega al suelo.
—Sí, cinco meses. —Desvío la mirada incómoda—. Es el tiempo que hace
que nos conocemos.
—No me había dado cuenta de que hiciera tanto.
—Pues sí. —Toda una vida, en mi opinión.
—Parece que fue ayer…
—¿Supone un problema? ¿Acaso crees que llevamos saliendo demasiado
tiempo? —Por fin me atrevo a mirarlo a esos ojazos verdes.
—No, Tessa, sólo es que se me hace raro pensarlo, supongo. Nunca he tenido
una relación de verdad, cinco meses me parece mucho tiempo.
—Bueno, pero no hemos estado saliendo todo el tiempo. En realidad, hemos
pasado la mayor parte peleándonos o evitándonos —le recuerdo.
—¿Cuánto estuviste con Noah?
La pregunta me pilla por sorpresa. Hemos hablado alguna vez de mi relación
con él, pero normalmente esas conversaciones duran menos de cinco minutos y
terminan bruscamente por los celos de Hardin.
—Era mi mejor amigo desde que tengo uso de razón, pero empezamos a salir
en el instituto. Creo que antes de eso ya estábamos saliendo, sólo que sin saberlo.
—Lo observo con atención, esperando su reacción.
Hablar de Noah hace que lo eche de menos, no en el sentido romántico, sino
igual que uno extraña a un familiar cuando lleva mucho tiempo sin verlo.
—Ah. —Deja las manos en el regazo y me dan ganas de acercarme y
cogérselas—. ¿Os peleabais a menudo?
—A veces. Nuestras peleas eran sobre qué película íbamos a ver o porque
llegaba tarde a recogerme.
No levanta la vista.
—No eran como las nuestras, ¿no?
—No creo que nadie más tenga peleas como las nuestras. —Sonrío para
intentar consolarlo.
—¿Qué más hacíais? Quiero decir, juntos —dice, y juraría que en la cama
tengo sentado a un niño pequeño, con los ojos verdes y brillantes y las manos
temblorosas.
Me encojo de hombros.
—No gran cosa, aparte de estudiar y de ver cientos de películas. Supongo que
más bien éramos los mejores amigos del mundo.
—Tú lo querías —me recuerda ese niño.
—No como te quiero a ti —le digo, igual que se lo he dicho ya millones de
veces.
—¿Habrías renunciado a Seattle por él? —Se tira de las pieles de alrededor de
las uñas. Cuando me mira, en sus ojos brilla la inseguridad.
Así que es por eso por lo que estamos hablando de Noah: la baja autoestima
de Hardin ha vuelto a invadir sus pensamientos, a llevarlo a ese lugar en el que se
compara con lo que cree, o con quien cree, que necesito.
—No.
—¿Por qué no?
Lo cojo de la mano para consolar al niño pequeño y preocupado.
—Porque no habría tenido que escoger. Él sabía que yo tenía planes y sueños
y no me habría hecho elegir.
—Yo no tengo nada en Seattle —suspira.
—Amí…, me tienes a mí.
—No es suficiente.
Ah… Le doy la espalda.
—Sé que suena fatal, pero es la verdad. Allí no tengo nada y tú tendrás un
nuevo trabajo y harás nuevos amigos…
—Tú también tendrás un nuevo empleo. Christian dijo que te daría trabajo…
Y haremos nuevos amigos juntos.
—No quiero trabajar para él… Y los que tú escogerías para ser tus nuevos
amigos seguro que no tienen nada que ver con la gente que me gustaría a mí.
Todo sería muy distinto allí.
—Eso no lo sabes. Soy amiga de Steph.
—Sólo porque compartíais habitación. No quiero irme a vivir allí, Tessa, y
menos ahora que me han expulsado de la facultad. Para mí lo lógico sería volver
a Inglaterra y terminar la universidad allí.
—La cuestión no es lo que tiene más lógica para ti.
—Teniendo en cuenta que has quedado con Zed a mis espaldas otra vez, creo
que no estás en posición de decidir nada.
—¿En serio? Porque tú y yo ni siquiera hemos establecido si volvemos a estar
juntos o no. Yo accedí a mudarme aquí otra vez y tú accediste a tratarme mejor.
—Me levanto de la cama y empiezo a dar zancadas por el suelo de hormigón
impreso—. Pero fuiste a pegarle a Zed una paliza a mis espaldas, por eso te han
expulsado. Así que el que no está en posición de decidir nada eres tú.
—¡Me estabas ocultando cosas! —replica levantando la voz—. ¡Planeabas
dejarme y ni siquiera me lo habías dicho!
—¡Lo sé! Y lo siento, pero en vez de discutir acerca de quién está más
equivocado de los dos, ¿por qué no intentamos arreglarlo o llegar a algún tipo de
compromiso?
—Tú… —Deja de hablar y se levanta de la cama—. Tú no…
—¿Qué? —insisto.
—No lo sé, no puedo ni pensar de lo cabreado que me tienes.
—Siento que te hayas enterado así. Aparte de eso, no sé qué otra cosa decir.
—Dime que no vas a irte.
—No voy a tomar una decisión ahora mismo. No tengo por qué hacerlo.
—Entonces ¿cuándo? No voy a quedarme esperando…
—Y ¿qué vas a hacer?, ¿marcharte? ¿Qué ha sido de aquello de no querer
pasar ni un solo día sin mí?
—¿Lo dices en serio? ¿Vas a restregármelo ahora? ¿No crees que podrías
haberme contado que ibas a irte a vivir a Seattle antes de que me hiciera un puto
tatuaje por ti? Es que tiene tela… —Da un paso hacia mí, desafiante.
—¡Iba a decírtelo! —le aseguro.
—Pero no lo hiciste.
—¿Cuántas veces más vas a reprochármelo? Podemos pasarnos así todo el
día, pero la verdad es que no tengo fuerzas. Paso.
—¿Pasas? ¿Pasas?… —Sonríe.
—Sí, y o paso.
Es la verdad. Paso de discutir con él por Seattle. Es agobiante y frustrante, y
estoy hasta las narices.
Saca una sudadera negra del armario y se la pone antes de calzarse las botas.
—¿Adónde vas? —exijo saber.
—A cualquier parte con tal de largarme de aquí —resopla.
—Hardin, no tienes por qué irte —le digo a su espalda cuando abre la puerta,
pero no me hace ni caso.
Si mi padre no estuviera en la sala de estar, saldría detrás de él y lo obligaría
a quedarse.
Pero, para ser sincera, y a estoy harta de ir detrás de él.
Hardin
Cuando salgo afuera, el viento me azota la cara y trae consigo el sonido de la
única voz que no esperaba oír en este momento. Acabo de tener que soportar a
un montón de gente hablando fatal de mí mientras y o tenía que morderme la
lengua. Y, después de eso, lo único que quería oír era la voz de mi chica, de mi
ángel.
Y ahí estaba su voz. Pero también estaba la de él. Doblo la esquina y lo veo.
Ahí están. Tessa y Zed.
Mi primer pensamiento es: « ¿Qué coño hace él aquí? ¿Qué hace Tessa aquí
fuera hablando con él? ¿Qué parte de “No te acerques a él” no ha entendido?» .
Cuando ese cabrón le levanta la voz, echo a andar hacia ellos. Nadie tiene
derecho a gritarle así, nadie. Pero cuando menciona Seattle… Freno en seco.
« ¿Tessa está planeando marcharse a Seattle? Y ¿cómo es que Zed lo sabía y
yo no?…»
No puede estar pasando. Esto no puede estar pasando. Ella nunca planearía
mudarse sin contármelo…
La mirada enloquecida de Zed y su sonrisa de comemierda se burlan de mí
mientras intento ordenar mi revoltijo de ideas. Cuando Tessa se vuelve en mi
dirección, es como si lo hiciera a cámara lenta. Tiene los ojos grises muy
abiertos y las pupilas dilatadas por la sorpresa que se ha llevado al verme.
—Hardin… —Veo que sigue hablando pero su voz es demasiado débil y se
pierde en el viento.
No sé qué decir y me quedo de pie con la boca abierta. La cierro. La vuelvo
a abrir y sigo repitiendo los mismos gestos una y otra vez, hasta que al fin mis
labios consiguen articular las palabras.
—¿Conque ése era tu plan? —consigo decir.
Se aparta el pelo de la cara, frunce los labios y se frota los antebrazos con las
manos, que tiene cruzadas sobre el pecho.
—¡No! ¡No es lo que crees, Hardin, y o…!
—Vaya par de conspiradores. Tú… —digo señalando al maldito bastardo— te
dedicas a maquinar y a intrigar a mis espaldas e intentas robarme a mi chica una
y otra y otra vez. Da igual lo que haga o las veces que te parta la puta cara,
vuelves arrastrándote como una maldita cucaracha.
Es sorprendente. Se atreve a hablar:
—Ella…
—Y tú… —Señalo a la chica rubia que tiene mi mundo bajo la suela de sus
tacones negros—. Tú… no haces más que jugar conmigo. ¡Actúas como si te
importara cuando en realidad has estado planeando dejarme todo el tiempo!
Sabes que no voy a irme a Seattle, y aun así has estado planeando mudarte ¡sin
decirme nada!
Tiene los ojos llorosos, y me suplica:
—¡Por eso no te lo había contado todavía, Hardin, porque…!
—Cállate —le digo, y se lleva la mano al pecho, como si mis palabras la
hubieran herido.
Puede que así sea. Puede que eso sea lo que quiero, para que se sienta como
y o.
¿Cómo ha podido humillarme de este modo delante de Zed?
—¿Qué pinta él aquí? —le pregunto.
No hay ni rastro de su sonrisa de satisfacción cuando ella se vuelve para
mirarlo antes de mirarme a mí.
—Yo le he pedido que viniera.
Doy un paso atrás fingiendo sorpresa. O puede que me hay a sorprendido de
verdad. No sé muy bien qué es lo que siento, porque paso demasiado rápido de
un sentimiento a otro.
—¡Ahí lo tenemos! Está claro que lo vuestro es muy especial.
—Sólo quería hablar con él sobre lo de presentar cargos. Estoy intentando
ayudarte, Hardin. Escúchame, por favor. —Tessa da un paso hacia mí,
apartándose de nuevo el pelo de la cara.
Niego con la cabeza.
—¡Y una mierda! He escuchado toda la conversación. Si no lo quieres, díselo
ahora mismo, delante de mí.
Sus ojos llorosos me ruegan en silencio que ceda y que no la obligue a
humillarlo en mi presencia, pero no me conmueve.
—O se lo dices, o tú y yo hemos terminado. —Mis palabras me queman la
lengua como si fueran ácido.
—No te quiero, Zed —dice mirándome a mí. Lo dice precipitadamente,
asustada, y sé que le duele decirlo.
—¿Ni un poco? —pregunto copiándole a Zed su sonrisa de satisfacción de
antes.
—Ni un poco. —Tessa frunce el ceño, y él se pasa la mano por el pelo.
—No quieres volver a verlo —la instruyo—. Date la vuelta y díselo.
Pero es Zed el que habla.
—Hardin, déjalo. Ya está. Lo he pillado. No tengo por qué aguantar estos
jueguecitos, Tess. Mensaje recibido —dice. Es patético, como un niño triste.
—Tessa… —empiezo a decir, pero cuando me mira, lo que veo en sus ojos
casi me pone de rodillas. Asco. Le doy asco.
Da un paso hacia mí.
—No, Hardin. No pienso hacerlo. No porque quiera estar con él, porque no
quiero, te quiero a ti y sólo a ti, sino porque sólo lo haces por fastidiar y está mal
y es cruel y no pienso ayudarte. —Se muerde un carrillo intentando no llorar.
« ¿Qué coño estoy haciendo?»
Como una fiera, me dice:
—Me voy a casa. Cuando quieras hablar de Seattle, allí estaré.
Y con eso da media vuelta y se marcha.
—¡No tienes forma de llegar a casa! —le grito.
Zed levanta la mano y señala hacia Tessa.
—Yo la llevaré —dice.
Algo se rompe en mi interior.
—Si no fuera porque ya estoy de mierda hasta el cuello por tu culpa, te
mataría ahora mismo. Y no me refiero a romperte un hueso, sino a partirte el
cráneo contra el cemento y a quedarme mirando mientras te desangras vivo
sobre él…
—¡Para! —me grita Tessa, ocultando las lágrimas.
—Tessa, si… —dice Zed en voz baja.
—Zed, te agradezco todo lo que has hecho por mí, pero necesito que pares,
por favor. —Trata de parecer serena, aunque fracasa miserablemente.
Con un último suspiro, da media vuelta y echa a andar.
Voy hacia el coche y, en cuanto lo tengo delante, aparecen Landon y mi
padre. Cómo no. Oigo el taconeo de Tessa detrás de mí.
—Nos vamos —les digo antes de que puedan abrir la boca.
—Ahora te llamo —le informa Tessa a Landon.
—¿Sigue en pie lo del miércoles? —le contesta Landon.
Ella le sonríe, una sonrisa falsa para enmascarar el pánico que brilla en sus
ojos.
—Sí, por supuesto.
Landon me lanza una mirada asesina, ha notado la tensión que hay entre
nosotros. « ¿Estará al tanto de sus planes? Seguro, es probable que hasta la haya
ayudado a organizarlos.»
Me meto en el coche sin intentar ocultar mi falta de paciencia.
—Luego te llamo —vuelve a decirle a Landon, y se despide con la mano de
mi padre antes de subir al coche.
Apago la música en cuanto se abrocha el cinturón.
—Adelante —invita sin emoción.
—¿Qué?
—Adelante, grítame. Sé que vas a gritarme.
Su suposición me deja mudo. Pues sí, tenía pensado gritarle, pero que lo
tuviera tan claro me ha pillado por sorpresa.
Aunque es normal que se lo espere, es lo que sucede siempre. Lo que hago
siempre.
—¿Y bien? —Aprieta los labios en una fina línea.
—No voy a gritarte.
Me mira un instante antes de centrarse en un punto lejano más allá del
parabrisas.
—No sé qué hacer, aparte de gritarte… Ése es el problema. —Suspiro
derrotado con la frente contra el volante.
—No estaba haciendo planes a tus espaldas, Hardin, al menos, no a propósito.
—Pues es lo que parece.
—Yo nunca te haría eso. Te quiero. Lo entenderás cuando lo superemos.
Sus palabras me rebotan en cuanto la ira se apodera de mí.
—Lo que entiendo es que vas a mudarte… y en breve. Ni siquiera sé
cuándo…, y eso que vivimos juntos, Tessa. Compartimos la puta cama, y ¿tú ibas
a dejarme sin más? Siempre supe que lo harías.
La oigo desabrocharse el cinturón de seguridad. Me pone las manos en los
hombros, me empuja hacia atrás y en cuestión de segundos está sentada a
horcajadas encima de mí, rodeándome el cuello con los brazos fríos y su rostro
bañado en lágrimas hundido contra mi pecho.
—Aparta —le digo intentando que me suelte.
—¿Por qué siempre piensas que voy a dejarte? —Me abraza con más fuerza.
—Porque lo harás.
—No me voy a Seattle para dejarte. Me voy por mí y por mi carrera.
Siempre he planeado irme a vivir allí y es una oportunidad increíble. Se lo pedí al
señor Vance mientras decidíamos qué íbamos a hacer, y he estado a punto de
contártelo muchas veces, pero o bien me cortabas o bien no querías hablar de
nada serio en ese momento.
Sólo puedo pensar en ella haciendo las maletas y dejándome sin nada más
que una nota de mierda en la encimera.
—No te atrevas a intentar culparme a mí. —Mi voz no suena con la
convicción que me gustaría.
—No te estoy echando la culpa, pero sabía que no ibas a apoyarme. Sabes
que es muy importante para mí.
—Entonces ¿qué vas a hacer? Si te marchas, no podré estar contigo. Te
quiero, Tessa, pero no voy a irme a vivir a Seattle.
—¿Por? Ni siquiera sabes si te va a gustar o no. Al menos podríamos
intentarlo y, si lo odias, podríamos marcharnos a Inglaterra… tal vez —dice
sollozando.
—Tú tampoco sabes si te va a gustar Seattle. —La miro impasible—. Lo
siento, pero vas a tener que elegir: Seattle o yo.
Levanta la vista un instante, luego vuelve a sentarse en el asiento del
acompañante sin decir una palabra.
—No tienes que decidir nada ahora mismo, pero el tiempo se acaba. —Pongo
el coche en automático y salgo del aparcamiento.
—No me puedo creer que me obligues a elegir —replica sin mirarme
siquiera.
—Sabes lo que opino de Seattle. Tienes suerte de que haya mantenido la
calma cuando te he visto con Zed.
—¿Tengo suerte? —resopla.
—Ha sido un día de mierda y sólo acaba de empezar. No discutamos sobre
eso. Necesito una respuesta para el viernes, a menos que ya te hayas ido para
entonces. —Sólo de pensarlo me dan escalofríos.
Sé que va a elegirme a mí, tiene que hacerlo. Podríamos irnos a Inglaterra,
lejos de toda esta mierda. No ha dicho nada sobre las clases que va a perderse
hoy. Me alegro, no necesito otra pelea.
—Estás siendo muy egoísta —me acusa.
No se lo discuto porque sé que tiene razón. Pero le digo:
—Ya, pues algunos pensarían que también es muy egoísta no decirle a
alguien en qué fecha tienes pensado abandonarlo. ¿Dónde vas a vivir? ¿Ya tienes
piso?
—No, pensaba buscar uno mañana. El miércoles nos vamos de viaje con tu
familia.
Tardo un momento en darme cuenta de a quién se refiere.
—¿Nos vamos?
—Dijiste que irías…
—Estoy intentando recuperarme de la mierda de Seattle, Tessa. —Sé que me
estoy comportando como un mamón, pero esto es un asco—. Y no olvidemos
que has llamado a Zed —recalco.
Tessa permanece en silencio mientras conduzco. Tengo que mirarla un millar
de veces para asegurarme de que no se ha dormido.
—¿Ahora no me hablas? —le pregunto cuando llegamos al aparcamiento de
nuestro… de mi apartamento.
—No sé qué decir —contesta en voz baja, derrotada.
Aparco y entonces me acuerdo.
« Mierda.»
—Tu padre sigue aquí, ¿no?
—No tiene otro sitio adonde ir… —responde sin mirarme.
Salimos del coche y le digo:
—Cuando lleguemos a casa le preguntaré dónde quiere que lo deje.
—No, y a lo llevo yo —musita.
Aunque mi chica camina a mi lado, parece estar a muchos kilómetros de mí.
CAPÍTULO 6
Tessa
Hardin me ha decepcionado tanto que ni siquiera tengo fuerzas para discutir, y
está demasiado cabreado conmigo para hablar sin gritarme. Su reacción no ha
sido tan mala como esperaba, pero ¿cómo puede obligarme a elegir? Sabe lo
importante que es Seattle para mí, y no parece tener ningún problema en
hacerme renunciar a algo por él; eso es lo que más me duele. Siempre dice que
no puede vivir sin mí, que no puede estar sin mí, sin embargo, me ha dado un
ultimátum, y no es justo.
—Como se hay a largado con nuestras cosas… —empieza a decir cuando
llegamos a la puerta.
—Basta. —Espero que note lo cansada que estoy y que no insista.
—Yo he avisado.
Meto la llave en la cerradura y la hago girar. Por un momento me planteo la
posibilidad de que Hardin esté en lo cierto. La verdad es que no conozco a ese
hombre.
Cualquier paranoia desaparece en cuanto entramos. Mi padre está tirado
sobre el reposabrazos del sofá, con la boca abierta y roncando a más no poder.
Sin decir una palabra, Hardin se mete en el dormitorio y yo voy a la cocina a
por un vaso de agua. Necesito un minuto para pensar en mi siguiente
movimiento. Lo último que me apetece es pelearme con Hardin, pero estoy
harta de que sólo piense en sí mismo. Sé que ha cambiado mucho, que se ha
esforzado mucho, pero le he dado una oportunidad detrás de otra y el resultado
ha sido un ciclo infinito de ruptura-reconciliación que pondría enferma incluso a
la mismísima Catherine Earnshaw. No sé cuánto tiempo más podré mantenerme
a flote mientras lucho contra este tsunami al que llamamos relación. Cada vez
que siento que he aprendido a navegar las aguas, vuelve a engullirme otro
conflicto más con Hardin.
Pasados unos instantes, me levanto y voy a ver a mi padre. Sigue roncando y
me resultaría divertido si no estuviera tan preocupada. Decido un plan de acción
y me meto en el dormitorio.
Hardin está tumbado en la cama boca arriba, con los brazos debajo de la
cabeza, mirando al techo. Estoy a punto de hablar cuando él rompe el silencio:
—Me han expulsado, por si te interesa.
Me vuelvo hacia él a toda velocidad, con el corazón desbocado.
—¿Cómo?
—Sí. Eso han hecho. —Se encoge de hombros.
—Lo siento mucho. Debería habértelo preguntado antes. —Estaba segura de
que Ken conseguiría sacar a su hijo de ésta. Me da mucha pena.
—No pasa nada. Estabas muy ocupada con Zed y tus planes para irte a
Seattle, ¿no te acuerdas?
Me siento en el borde de la cama, lo más lejos posible de él, y hago un
esfuerzo por morderme la lengua. En vano.
—Estaba intentando averiguar qué pensaba hacer con los cargos en tu contra.
Dice que todavía…
Me interrumpe enarcando las cejas con gesto de burla.
—Lo he oído. Estaba presente, ¿recuerdas?
—Hardin, y a estoy harta de tu actitud. Sé que estás enfadado, pero tienes que
dejar de faltarme al respeto —digo muy despacio con la esperanza de hacerlo
recapacitar.
Por un momento parece perplejo, pero no tarda en recuperarse.
—¿Perdona?
Intento mantener la expresión más neutra y serena que puedo.
—Ya me has oído. Deja de hablarme así.
—Lo siento, me han echado de la facultad y a continuación te encuentro con
él y descubro que vas a irte a vivir a Seattle. Creo que tengo derecho a estar un
poco cabreado.
—Cierto, pero no tienes derecho a comportarte como un cabrón. Esperaba
que pudiéramos hablarlo y resolverlo como adultos… por una vez.
—¿Eso qué quiere decir? —Se incorpora pero yo me mantengo lejos.
—Significa que, después de cinco meses de tira y afloja, creía que éramos
capaces de resolver un problema sin que ninguno de los dos se marchara o se
pusiera a romper cosas.
—¿Cinco meses? —La mandíbula le llega al suelo.
—Sí, cinco meses. —Desvío la mirada incómoda—. Es el tiempo que hace
que nos conocemos.
—No me había dado cuenta de que hiciera tanto.
—Pues sí. —Toda una vida, en mi opinión.
—Parece que fue ayer…
—¿Supone un problema? ¿Acaso crees que llevamos saliendo demasiado
tiempo? —Por fin me atrevo a mirarlo a esos ojazos verdes.
—No, Tessa, sólo es que se me hace raro pensarlo, supongo. Nunca he tenido
una relación de verdad, cinco meses me parece mucho tiempo.
—Bueno, pero no hemos estado saliendo todo el tiempo. En realidad, hemos
pasado la mayor parte peleándonos o evitándonos —le recuerdo.
—¿Cuánto estuviste con Noah?
La pregunta me pilla por sorpresa. Hemos hablado alguna vez de mi relación
con él, pero normalmente esas conversaciones duran menos de cinco minutos y
terminan bruscamente por los celos de Hardin.
—Era mi mejor amigo desde que tengo uso de razón, pero empezamos a salir
en el instituto. Creo que antes de eso ya estábamos saliendo, sólo que sin saberlo.
—Lo observo con atención, esperando su reacción.
Hablar de Noah hace que lo eche de menos, no en el sentido romántico, sino
igual que uno extraña a un familiar cuando lleva mucho tiempo sin verlo.
—Ah. —Deja las manos en el regazo y me dan ganas de acercarme y
cogérselas—. ¿Os peleabais a menudo?
—A veces. Nuestras peleas eran sobre qué película íbamos a ver o porque
llegaba tarde a recogerme.
No levanta la vista.
—No eran como las nuestras, ¿no?
—No creo que nadie más tenga peleas como las nuestras. —Sonrío para
intentar consolarlo.
—¿Qué más hacíais? Quiero decir, juntos —dice, y juraría que en la cama
tengo sentado a un niño pequeño, con los ojos verdes y brillantes y las manos
temblorosas.
Me encojo de hombros.
—No gran cosa, aparte de estudiar y de ver cientos de películas. Supongo que
más bien éramos los mejores amigos del mundo.
—Tú lo querías —me recuerda ese niño.
—No como te quiero a ti —le digo, igual que se lo he dicho ya millones de
veces.
—¿Habrías renunciado a Seattle por él? —Se tira de las pieles de alrededor de
las uñas. Cuando me mira, en sus ojos brilla la inseguridad.
Así que es por eso por lo que estamos hablando de Noah: la baja autoestima
de Hardin ha vuelto a invadir sus pensamientos, a llevarlo a ese lugar en el que se
compara con lo que cree, o con quien cree, que necesito.
—No.
—¿Por qué no?
Lo cojo de la mano para consolar al niño pequeño y preocupado.
—Porque no habría tenido que escoger. Él sabía que yo tenía planes y sueños
y no me habría hecho elegir.
—Yo no tengo nada en Seattle —suspira.
—Amí…, me tienes a mí.
—No es suficiente.
Ah… Le doy la espalda.
—Sé que suena fatal, pero es la verdad. Allí no tengo nada y tú tendrás un
nuevo trabajo y harás nuevos amigos…
—Tú también tendrás un nuevo empleo. Christian dijo que te daría trabajo…
Y haremos nuevos amigos juntos.
—No quiero trabajar para él… Y los que tú escogerías para ser tus nuevos
amigos seguro que no tienen nada que ver con la gente que me gustaría a mí.
Todo sería muy distinto allí.
—Eso no lo sabes. Soy amiga de Steph.
—Sólo porque compartíais habitación. No quiero irme a vivir allí, Tessa, y
menos ahora que me han expulsado de la facultad. Para mí lo lógico sería volver
a Inglaterra y terminar la universidad allí.
—La cuestión no es lo que tiene más lógica para ti.
—Teniendo en cuenta que has quedado con Zed a mis espaldas otra vez, creo
que no estás en posición de decidir nada.
—¿En serio? Porque tú y yo ni siquiera hemos establecido si volvemos a estar
juntos o no. Yo accedí a mudarme aquí otra vez y tú accediste a tratarme mejor.
—Me levanto de la cama y empiezo a dar zancadas por el suelo de hormigón
impreso—. Pero fuiste a pegarle a Zed una paliza a mis espaldas, por eso te han
expulsado. Así que el que no está en posición de decidir nada eres tú.
—¡Me estabas ocultando cosas! —replica levantando la voz—. ¡Planeabas
dejarme y ni siquiera me lo habías dicho!
—¡Lo sé! Y lo siento, pero en vez de discutir acerca de quién está más
equivocado de los dos, ¿por qué no intentamos arreglarlo o llegar a algún tipo de
compromiso?
—Tú… —Deja de hablar y se levanta de la cama—. Tú no…
—¿Qué? —insisto.
—No lo sé, no puedo ni pensar de lo cabreado que me tienes.
—Siento que te hayas enterado así. Aparte de eso, no sé qué otra cosa decir.
—Dime que no vas a irte.
—No voy a tomar una decisión ahora mismo. No tengo por qué hacerlo.
—Entonces ¿cuándo? No voy a quedarme esperando…
—Y ¿qué vas a hacer?, ¿marcharte? ¿Qué ha sido de aquello de no querer
pasar ni un solo día sin mí?
—¿Lo dices en serio? ¿Vas a restregármelo ahora? ¿No crees que podrías
haberme contado que ibas a irte a vivir a Seattle antes de que me hiciera un puto
tatuaje por ti? Es que tiene tela… —Da un paso hacia mí, desafiante.
—¡Iba a decírtelo! —le aseguro.
—Pero no lo hiciste.
—¿Cuántas veces más vas a reprochármelo? Podemos pasarnos así todo el
día, pero la verdad es que no tengo fuerzas. Paso.
—¿Pasas? ¿Pasas?… —Sonríe.
—Sí, y o paso.
Es la verdad. Paso de discutir con él por Seattle. Es agobiante y frustrante, y
estoy hasta las narices.
Saca una sudadera negra del armario y se la pone antes de calzarse las botas.
—¿Adónde vas? —exijo saber.
—A cualquier parte con tal de largarme de aquí —resopla.
—Hardin, no tienes por qué irte —le digo a su espalda cuando abre la puerta,
pero no me hace ni caso.
Si mi padre no estuviera en la sala de estar, saldría detrás de él y lo obligaría
a quedarse.
Pero, para ser sincera, y a estoy harta de ir detrás de él.
Comentarios
Publicar un comentario