53 / 54

CAPÍTULO 53
Hardin
Mi boca no para de decir gilipolleces que mi mente no quiere que diga, pero es
como si no tuviera ningún control sobre ella. No quiero que se vaya. Quiero
estrecharla entre mis brazos y besarle el pelo. Quiero decirle que haré lo que sea
por ella, que cambiaré por ella y que la amaré hasta que me muera. Y, sin
embargo, salgo de la habitación y la dejo ahí plantada.
Oigo cómo hace la maleta. Sé que debería entrar y detenerla, pero ¿para
qué? De todos modos, se marcha el lunes; es mejor que se marche ya. Sigo sin
creerme que haya propuesto lo de la relación a distancia. Tenerla a horas en
coche, hablar una o dos veces al día por teléfono y no dormir en la misma cama
no funcionaría jamás. No podría hacerlo.
Al menos, si nuestra relación se termina, no me sentiré tan culpable por beber
o por hacer lo que me salga de los cojones… Pero ¿a quién pretendo engañar?
No quiero hacer nada más. Preferiría quedarme sentado en el sofá y dejarla que
me obligue a ver « Friends» una y otra vez a pasar un solo instante haciendo algo
sin ella.
Al cabo de unos minutos, Tessa aparece por el pasillo arrastrando dos
maletas. Lleva el bolso colgado del hombro y tiene la cara pálida.
—Creo que no me dejo nada más que unos libros, pero y a me compraré
otros —dice con voz grave y temblorosa.
Ya ha llegado. Éste es el momento que tanto había temido desde el día en que
conocí a esta chica. Me está dejando, y aquí estoy yo sin hacer nada por evitarlo.
Siempre he sabido que merecía estar con alguien mucho mejor que yo. Lo he
sabido desde el principio. Pero esperaba equivocarme, como siempre.
En lugar de actuar, me limito a decir:
—Vale.
—Vale. —Traga saliva y endereza los hombros.
Cuando llega a la puerta, levanta el brazo hacia el portallaves y el
bolso se le cae del hombro. No sé qué me pasa; debería detenerla, o ayudarla,
pero no puedo.
Entonces se vuelve hacia mí.
—Bueno, pues ya está. Todas las peleas, los lloros, el sexo, las risas…, todo ha
sido para nada —dice suavemente, sin ningún tinte de ira en la voz. Sólo una
absoluta neutralidad.
Incapaz de hablar, asiento. Si pudiese hablar, haría que las cosas fuesen cien
veces más difíciles para los dos. Lo sé.
Sacude la cabeza, abre la puerta y la sostiene con el pie para poder arrastrar
las maletas a su espalda.
Cuando atraviesa el umbral, se vuelve y dice en un tono tan bajo que apenas
logro oírla:
—Siempre te querré, espero que lo sepas.
« Deja de hablar, Tessa, por favor.»
—Y alguien más también lo hará, espero que tanto como yo.
—Shhh —chisto con suavidad. No puedo oír eso.
—No estarás siempre solo. Sé que lo he dicho, pero si buscas ay uda o algo y
aprendes a controlar tu ira, encontrarás a alguien…
Me trago la bilis que asciende por mi garganta y me acerco a la puerta.
—Vete —digo, y le cierro la puerta en la cara.
Aunque es de madera maciza, oigo cómo inspira súbitamente.
Acabo de cerrarle la puerta en las narices. Pero ¿qué coño me pasa?
Empiezo a asustarme y dejo que el dolor me invada. Lo he estado
conteniendo mucho tiempo, sin apenas poder controlarlo, hasta que se ha
marchado. Me llevo los dedos al pelo, mis rodillas golpean el suelo de hormigón
y simplemente no sé qué hacer. Soy, oficialmente, el capullo más grande del
mundo y no puedo hacer nada al respecto. Suena muy sencillo: vete a Seattle con
ella y sé feliz por siempre jamás, pero no es tan fácil, joder. Allí todo será
distinto: las nuevas clases y las prácticas la absorberán; hará amigos nuevos,
experimentará cosas nuevas —y mejores—, y se olvidará de mí. Ya no me
necesitará. Me seco las lágrimas que se acumulan en mis ojos.
« ¿Qué?» Por primera vez soy consciente de lo egoísta que soy. ¿Que hará
amigos nuevos? Y ¿qué tiene de malo que los haga y que experimente cosas
nuevas? Yo estaría allí, a su lado, experimentándolas también. ¿Por qué he
llegado a estos extremos para evitar que se vaya a Seattle en lugar de aceptar
esta gran oportunidad para ella? Esta oportunidad para que vea que puedo formar
parte de algo que ella quiere. Eso es lo único que ella me estaba pidiendo, y yo
me he negado a dárselo.
Si la llamo ahora mismo, dará media vuelta con el coche y yo podría hacer
las maletas y encontrarme con ella en alguna parte, donde sea, para irnos a vivir
a Seattle…
No. No lo hará. No dará la vuelta. Me ha dado la oportunidad de detenerla y
ni siquiera lo he intentado. Incluso ha tratado de que me sintiera mejor mientras
y o veía que toda su fe en mí moría delante de mis propios ojos. Debería haberla
reconfortado, y en lugar de hacerlo le he cerrado la puerta en las narices.
« No estarás siempre solo» , me ha dicho. Se equivoca: sí lo estaré, pero ella
no. Ella encontrará a alguien que la quiera del modo en que yo no he podido
quererla. Nadie amará a esa chica más que yo, pero quizá esa persona sepa
demostrarle lo que se siente al ser amada, lo que se siente al tener a alguien que
te ama a pesar de todo por lo que le haces pasar, del mismo modo que ella
siempre estaba ahí para mí. Siempre.
Y se merece tener eso. Pensar en el hecho de que obtener lo que se merece
significa que esté con otra persona hace que apenas pueda respirar. Pero así es
como debe de ser. Debería haberla dejado marchar hace mucho tiempo en lugar
de hundirle cada vez más mis garras y hacerla perder su tiempo conmigo.
Tengo sentimientos encontrados. Una parte de mí sabe que volverá a mi lado
esta noche, o tal vez mañana, y me perdonará. Pero la otra parte sabe que ya se
ha hartado de intentar arreglarme.
Un rato después, me levanto del suelo y me arrastro hasta el dormitorio. Cuando
llego allí, casi me desmorono de nuevo. La pulsera que le regalé está encima de
un trozo de papel, junto a su libro electrónico y una copia de Cumbres
borrascosas. Cojo la pulsera, giro el charm del símbolo del infinito con los
extremos en forma de corazón y observo el mismo símbolo tatuado en mi
muñeca.
« ¿Por qué se ha dejado esto aquí?» Era un regalo que le hice en un momento
en el que estaba desesperado por demostrarle mi amor por ella. Necesitaba su
amor y su perdón, y ella me lo concedió. Para mi espanto, el trozo de papel que
hay debajo de la pulsera es la carta que le escribí. Cuando la despliego y la leo,
se me parte el corazón y su contenido se derrama sobre el duro suelo de
hormigón. Me vienen a la cabeza un montón de putos recuerdos: la primera vez
que le dije que la quería, y después lo retiré; la cita con aquella rubia con la que
intenté sustituirla; cómo me sentí cuando la vi en el umbral de la puerta después
de haber leído la carta. Continúo leyendo:
Me quieres a pesar de que no deberías, y te necesito. Siempre te he
necesitado y siempre lo haré. Cuando me dejaste la semana pasada creía
que me iba a morir. Estaba muy perdido. Estaba completamente perdido sin
ti. Salí con una chica la semana pasada. No iba a contártelo, pero no quiero
arriesgarme a volver a perderte.
Me tiemblan los dedos y casi rompo el frágil papel intentando sostenerlo lo
bastante quieto como para poder leerlo.
Sé que puedes encontrar a alguien mejor que yo. Yo no soy romántico;
nunca te escribiré un poema ni te cantaré una canción.
Ni siquiera soy simpático.
No puedo prometerte que no volveré a hacerte daño, pero sí puedo
jurarte que te amaré hasta el día que me muera. Soy una persona horrible y
no te merezco, pero espero que me des la oportunidad de hacer que
recuperes la fe en mí. Siento todo el dolor que te he causado, y entenderé
que no puedas perdonarme.
Sin embargo, me perdonó. Siempre me está perdonando mis errores, pero
esta vez no. Se suponía que tenía que hacerla recuperar la fe en mí, pero en lugar
de hacerlo me he limitado a seguir torturándola. Rápidamente, rompo mi patética
confesión en mil pedazos. Al caer, se arremolinan a mi alrededor formando un
patrón de fragmentos sobre el suelo de hormigón.
« ¿Lo ves? ¡Lo destruy o todo!» Sé cuánto significaba esa carta para ella, y la
he convertido en un montón de añicos.
—¡No! ¡No, no, no!
Me tiro al suelo y empiezo a recoger los papeles como un loco para pegarlos,
pero hay demasiados pedacitos, ninguno encaja, y además no paran de
caérseme al suelo de nuevo y a volar aquí y allá. Imagino que así es como debe
de haberse sentido ella intentando arreglarme a mí. Me levanto y le doy una
patada al montón de fragmentos que he reunido para volver a agacharme,
recogerlos de nuevo y volver a amontonarlos sobre la mesa. Les pongo un libro
encima para que no vuelen, y veo que el que he cogido es el puto Orgullo y
prejuicio, cómo no.
Me tumbo en la cama y espero a oír el ruido de la puerta al abrirse que me
indique su regreso.
Espero horas y horas, pero el ruido nunca llega.
CAPÍTULO 54
Tessa
Le miento a Steph. No quiero contarle a todo el mundo mis problemas amorosos,
y menos ahora que aún no he tenido tiempo de asimilar lo que acaba de pasar.
Precisamente por eso he llamado a Steph. No quiero poner a Landon en un
compromiso y tampoco quiero molestarlo otra vez con esto. Y no me quedan
más opciones, que es lo que suele pasar cuando sólo tienes un amigo y resulta
que es el hermanastro de tu novio.
Bueno, ahora y a es exnovio…
De modo que cuando oigo que Steph parece preocupada por teléfono, le digo:
—No, no. Estoy bien. Es sólo que… Hardin está… fuera, con su padre. Me ha
dejado sin llaves, así que necesito un sitio donde quedarme hasta que vuelva el
lunes.
—Típico de él —dice, y me siento aliviada al ver que mi mentira ha colado
—. Vale, ven cuando quieras. Es la misma habitación de siempre, ¡será como en
los viejos tiempos! —exclama alegremente, y yo intento reír.
« Genial. Como en los viejos tiempos.»
—Iba a ir al centro comercial con Tristan más tarde, pero puedes quedarte
aquí si quieres, o venirte. Lo que te apetezca.
—Tengo muchas cosas que organizar antes de irme a Seattle, así que me
quedaré en la habitación, si te parece bien.
—Claro, claro. —Y añade—: ¡Espero que estés preparada para tu fiesta
mañana por la noche!
—¿Qué fiesta? —pregunto.
« Ah, sí…» , la fiesta. He estado tan preocupada con todo que me había
olvidado por completo de la fiesta de despedida que Steph pensaba organizarme.
Como en la « fiesta de cumpleaños» de Hardin, estoy segura de que su pandilla
se reunirá allí y beberá tanto si aparezco como si no, pero por lo visto le hace
mucha ilusión que vaya, y ya que le estoy pidiendo este gran favor, quiero ser
amable.
—¡Venga! Una última vez. Sé que Hardin dirá que no, pero…
—Hardin no es quién para decidir por mí —le recuerdo, y ella se echa a reír.
—¡Ya lo sé! Sólo digo que ya no volveremos a vernos. Yo me marcho, y tú
también —gimotea.
—Vale, deja que lo piense. Voy para allá —digo.
Pero en lugar de ir directamente a la residencia, voy a dar una vuelta con el
coche. Tengo que estar segura de que seré capaz de contenerme delante de ella.
No quiero llorar. « Nada de llorar. Nada de llorar…» Me muerdo el carrillo de
nuevo para evitar ceder ante las lágrimas.
Afortunadamente, me he acostumbrado tanto al dolor que ya casi no lo
siento.
Cuando por fin llego a la habitación de Steph, me la encuentro en el proceso
de vestirse. Se está poniendo un vestido rojo por encima de unas medias de rejilla
negras cuando abre la puerta con una sonrisa.
—¡Cuánto te he echado de menos! —exclama, y tira de mí para darme un
abrazo.
Casi me desmorono, pero me mantengo firme.
—Yo a ti también, aunque tampoco ha pasado tanto tiempo. —Sonrío y ella
asiente. La verdad es que parece que haga siglos desde que Hardin y y o
estuvimos con ella en el estudio de tatuajes, no sólo una semana.
—Supongo que no, pero se me ha hecho muy largo. —Saca un par de botas
de caña hasta la rodilla del armario y se sienta en la cama—. No creo que tarde
mucho. Tú, como si estuvieras en tu casa…, ¡pero no limpies nada! —dice al ver
cómo inspecciono la desastrosa habitación con la mirada.
—¡No pensaba hacerlo! —miento.
—¡Sí lo ibas a hacer! Y seguro que lo haces de todos modos. —Se ríe y yo
intento obligarme a hacer lo mismo.
No me sale y acabo emitiendo un sonido a medio camino entre una risotada
y una tos, aunque por suerte parece que le pasa desapercibido.
—Por cierto, ya le he dicho a todo el mundo que vas a ir. ¡Les ha hecho
mucha ilusión! —añade mientras sale de la habitación, y cierra la puerta.
Abro la boca para protestar, pero ya se ha marchado.
Esta habitación me trae demasiados recuerdos. La odio, pero me encanta al
mismo tiempo. Mi antiguo lado del cuarto sigue vacío, aunque Steph ha cubierto
la cama de ropa y de bolsas de la compra. Paso los dedos por el pie de cama y
recuerdo la primera vez que Hardin durmió en la pequeña cama conmigo.
Estoy deseando alejarme de este campus…, de toda esta ciudad y de toda la
gente que habita en ella. No he tenido nada más que disgustos desde el día en que
llegué a la WCU, y ojalá no hubiese venido nunca.
Incluso la pared me recuerda a Hardin y a aquella vez que lanzó mis apuntes
al aire, lo que hizo que me dieran ganas de abofetearlo, hasta que me besó, con
fuerza, contra ella. Me llevo los dedos a los labios, empiezo a trazar su forma y
me tiemblan cuando pienso que no volveré a besarlo nunca más.
No creo que pueda quedarme a dormir aquí esta noche. No pararé de darle
vueltas a la cabeza y los recuerdos no dejarán de torturarme, reproduciéndose en
mi mente cada vez que cierre los ojos.
Necesito distraerme, de modo que saco mi portátil e intento buscar un sitio en
el que vivir en Seattle. Tal y como imaginaba, es una causa perdida. El único
apartamento que encuentro está a media hora en coche de la oficina nueva de
Vance, y se sale ligeramente de mi presupuesto. De todos modos, guardo el
número de teléfono en mi móvil por si acaso.
Después de otra hora de búsqueda, acabo tragándome mi orgullo y llamo a
Kimberly. No quería pedirle si puedo quedarme con ella y con Christian, pero
Hardin no me ha dejado otra opción. Kimberly, como era de esperar, accede
alegremente e insiste en que estarán encantados de tenerme como invitada en su
nueva casa en Seattle, y presume un poco de que es incluso un poco más grande
que la anterior.
Le prometo que no me quedaré allí más que un par de semanas con la
esperanza de que ese tiempo sea suficiente para encontrar un apartamento
asequible que no tenga barrotes en las ventanas. De repente me doy cuenta de
que con todo el drama con Hardin casi me había olvidado del tema del
apartamento y del hecho de que alguien entró en él mientras no estábamos. Me
gustaría pensar que no ha sido mi padre, pero no sé si puedo. Si fue él, no ha
robado nada; a lo mejor sólo necesitaba un sitio en el que pasar la noche y no
tenía ninguna otra parte adonde ir. Espero que Hardin no vay a a buscarlo para
acusarlo de allanamiento. ¿Para qué iba a hacerlo? Aun así, creo que debería
intentar dar con él primero, pero se está haciendo tarde y, sinceramente, me da
un poco de miedo vagar sola por esa parte de la ciudad.
Me despierto cuando Steph llega tambaleándose a la habitación alrededor de la
medianoche. Tropieza con sus propios pies y cae sobre la cama. No recuerdo
haberme quedado dormida en la mesa, y el cuello me duele cuando levanto la
cabeza. Me lo froto con las manos y me duele más que antes.
—No te olvides de la fiesta de mañana —farfulla, y se queda frita casi al
instante.
Me acerco a su cama y le quito las botas justo cuando empieza a roncar. Le
doy las gracias en silencio por ser una buena amiga y dejar que me quede en su
cuarto a pesar de que la he avisado sólo con una hora de antelación.
Gruñe, dice algo incoherente, se da la vuelta y empieza a roncar otra vez.
Me he pasado todo el día tumbada en mi vieja cama leyendo. No quiero ir a
ninguna parte ni hablar con nadie y, sobre todo, no quiero encontrarme con
Hardin, aunque no creo que lo hiciera. No tiene ningún motivo para acercarse
por aquí, pero estoy paranoica y destrozada, y no quiero arriesgarme.
Steph no se despierta hasta después de las cuatro de la tarde.
—Voy a pedir una pizza, ¿te apetece? —pregunta mientras se quita la gruesa
ray a del ojo que se pintó anoche con un pequeño pañuelo que ha sacado del
bolso.
—Sí, por favor. —Me rugen las tripas, lo que me recuerda que no he comido
nada en todo el día.
Steph y y o nos pasamos las dos horas siguientes comiendo y charlando sobre
su próximo traslado a Luisiana y sobre el hecho de que los padres de Tristan no
están nada contentos de que se cambie de universidad por ella.
—Seguro que al final ceden. Les caes bien, ¿no? —la animo.
—Sí, más o menos. Aunque su familia está obsesionada con la WCU y con la
tradición académica, bla, bla, bla.
Pone los ojos en blanco y me echo a reír. No quiero explicarle lo importante
que es para las familias la tradición académica.
—Bueno, hablemos de la fiesta. ¿Ya sabes qué te vas a poner? —me pregunta
sonriendo con malicia—. ¿O quieres que te preste algo mío, como en los viejos
tiempos?
Niego con la cabeza.
—No me puedo creer que haya accedido a esto después de… —casi
menciono a Hardin, pero cambio el rumbo de la frase— después de todas las
veces que me has obligado a ir a esas fiestas en el pasado.
—Pero es la última. Además, sabes que en el campus de Seattle no
encontrarás a gente tan enrollada como nosotros. —Steph agita sus largas
pestañas postizas y gruño.
—Me acuerdo de la primera vez que te vi. Abrí la puerta de la habitación y
casi me da un ataque al corazón. No te ofendas. —Sonrío, y ella me devuelve el
gesto—. Dijiste que las fiestas eran geniales, y mi madre estuvo a punto de
desmayarse. Quería que me cambiara de habitación, pero yo no…
—Menos mal que no lo hiciste. De lo contrario, ahora no estarías con Hardin
—dice con una sonrisilla pícara, y después aparta la vista de mí.
Por un instante me imagino cómo habrían sido las cosas si me hubiera
cambiado de habitación y no lo hubiese visto más. A pesar de todo lo que hemos
pasado, jamás me arrepentiré de nada.
—Basta de nostalgias, ¡vamos a arreglarnos! —exclama, y da unas
palmaditas delante de mi cara antes de agarrarme de los brazos y sacarme de la
cama.
—Ahora recuerdo por qué odiaba las duchas comunitarias —gruño mientras me
seco el pelo con la toalla.
—No están tan mal. —Steph se ríe y pongo los ojos en blanco al pensar en el
baño del apartamento.
Todo, absolutamente todo, me recuerda a Hardin, y estoy haciendo lo posible
para mantener esta sonrisa falsa, aunque me estoy muriendo por dentro.
Una vez que me he maquillado y rizado el pelo, Steph me ay uda a colocarme
el vestido amarillo y negro que me compré hace poco. Lo único que me
mantiene en pie en estos momentos es la esperanza de que la fiesta sea divertida
de verdad, y de poder tener al menos un par de horas de paz sin este dolor.
Tristan nos recoge un poco después de las ocho; Steph se niega a dejarme
conducir porque quiere que beba hasta ponerme ciega. No me parece mala idea.
Si voy ciega, no podré ver los hoyuelos de la sonrisa de Hardin, ni su gesto con el
ceño fruncido cada vez que abro los ojos. Aunque eso no impedirá que siga
imaginándomelo cada vez que los cierre.
—¿Dónde está Hardin esta noche? —pregunta Nate desde el asiento del
acompañante, y por un momento me invade el pánico.
—Se ha ido. Está fuera de la ciudad con su padre —miento.
—¿No os ibais el lunes a Seattle?
—Sí, ése era el plan. —Noto que me empiezan a sudar las manos. Detesto
mentir, y además se me da fatal.
Nate se vuelve y me ofrece una dulce sonrisa.
—Bueno, pues espero que os vay a bien allí. Me habría gustado verlo antes de
que se marche.
El dolor aumenta.
—Gracias, Nate. Se lo diré de tu parte.
En cuanto aparcamos frente a la casa de la fraternidad, me arrepiento al
instante de haber venido. Sabía que no era buena idea, pero no pensaba con
claridad y necesitaba distraerme. Sin embargo, esto no es una distracción. Esto es
un gran recordatorio de todo por lo que he pasado y de todo lo que he perdido
después.
Me hace gracia el hecho de que siempre me arrepiento de venir aquí, pero
siempre acabo volviendo a esta maldita casa.
—¡Que empiece la fiesta! —dice Steph, y entrelaza el brazo con el mío con
una amplia sonrisa.
Durante un instante, sus ojos se iluminan y no puedo evitar sentir que su
elección de palabras encierra un doble sentido

Comentarios