62-64

CAPÍTULO 62
Tessa
« ¡Parad!» , tengo ganas de gritarles a los dos. No puedo soportar que se peleen
de esa forma. No puedo; el tiempo no tiene sentido en este estado en el que me
encuentro. Todo es un caos absoluto. Oigo portazos y también a mi madre y a
Hardin discutiendo, y todo es tan difícil de escuchar… Pero sobre todo hay
oscuridad arrastrándome, tirando con fuerza de mí…
En algún momento le pregunto a Hardin:
—Y ¿qué hay de Zed? ¿Le has hecho daño?
O al menos eso es lo que pienso, y me estoy esforzando por decirlo. No estoy
segura de si ha abandonado mis labios o no, si mi boca está coordinada con mi
mente.
—No, soy Hardin. Soy Hardin, no Zed.
Hardin está aquí, no Zed. Espera, Zed también está aquí, ¿no?
—No, Hardin, digo si le has hecho daño a Zed.
La oscuridad tira de mí en dirección contraria a la de su voz. La de mi madre
entra en la sala y la llena con aire autoritario, pero no puedo entender ni una
palabra de lo que dice. Lo único claro para mí es la voz de Hardin. Ni siquiera sus
palabras, sino cómo suena, cómo se mete en mi interior.
En algún momento siento que algo mueve mi cuerpo. ¿Los brazos de Hardin?
No estoy totalmente segura, pero me levantan del sofá y esa familiar esencia a
menta llena mis sentidos. ¿Qué hace él aquí y cómo me ha encontrado?
Apenas unos segundos más tarde me depositan con cuidado en la cama, y de
nuevo me incorporan. No quiero moverme. Las temblorosas manos de Hardin
me pasan una camiseta por la cabeza y quiero gritar para que deje de tocarme.
Lo último que quiero es que me toquen, pero en el momento en que sus dedos me
rozan la piel, el repugnante recuerdo de Dan se desvanece.
—Tócame otra vez, por favor. Haz que desaparezca —le suplico.
No me contesta. Sus manos siguen tocándome la cabeza, el cuello, el cabello,
e intento alzar la mano hacia la suya, pero me pesa demasiado.
—Te quiero y lo siento mucho —oigo antes de que mi cabeza vuelva a
reposar sobre la almohada—. Quiero llevarla a casa.
« No, déjame aquí. Por favor —pienso para mí—. Pero quédate conmigo…»
CAPÍTULO 63
Hardin
Carol cruza los brazos sobre el pecho.
—No voy a permitirlo.
—Lo sé.
Estoy que echo humo, y me pregunto cuánto se enfadaría Tessa conmigo si
insultara a su madre. Abandonar su habitación, su dormitorio infantil, y a es
bastante malo sin tener además que oír el gimoteo estrangulado que sale de sus
labios cuando cruzo el umbral de la puerta de vuelta al pasillo.
—¿Dónde estabas mientras todo esto ocurría? —pregunta su madre.
—En casa.
—¿Por qué no estabas allí para impedirlo?
—¿Cómo está tan segura de que yo no formaba parte de todo eso? Por lo
general, no pierde el tiempo en echarme la culpa de todo lo malo que pasa en el
mundo.
—Porque sé que, a pesar de tus pésimas decisiones y de tu actitud, nunca
dejarías que algo así le ocurriera a Tessa si pudieses impedirlo.
¿Es eso un cumplido de su parte? Un cumplido un tanto ambiguo… pero,
diablos, lo aceptaré, especialmente teniendo en cuenta las circunstancias.
—Bueno… —empiezo a decir.
Ella levanta la mano para hacerme callar.
—No he acabado. No te culpo de todo lo malo que pasa en el mundo. —
Señala hacia la chica que duerme medio inconsciente tumbada en la pequeña
cama—. Sólo de lo que pasa en su mundo.
—No le discutiré eso —suspiro derrotado.
Sé que tiene razón; no se puede negar que he arruinado prácticamente todo en
la vida de Tessa.
« Él ha sido mi héroe, a veces mi torturador, pero sobre todo mi héroe» ,
escribió Tessa en su diario. ¿Un héroe? Estoy lejos de ser un maldito héroe. Daría
cualquier cosa por serlo para ella, pero es que no sé cómo conseguirlo.
—Bueno, al menos estamos de acuerdo en algo. —Sus labios carnosos se
elevan en una sonrisa, pero la borra enseguida y baja la vista a sus pies—. Bueno,
si eso era todo cuanto necesitabas, ya puedes irte.
—De acuerdo…
Echo un último vistazo a Tessa y me vuelvo de nuevo hacia su madre, que me
mira fijamente otra vez.
—¿Cuáles son tus intenciones con respecto a mi hija? —me pregunta con
cierta autoridad, pero también con un poco de miedo—. Tengo que saber cuáles
son tus intenciones a largo plazo porque, cada vez que me doy la vuelta, le pasa
algo, y no suele ser bueno. ¿Qué piensas hacer con ella en Seattle?
—No me voy a Seattle con ella. —Las palabras me pesan en la lengua.
—¿Qué? —Echa a andar pasillo abajo y la sigo.
—No voy. Se va sin mí.
—Por muy feliz que eso me haga, ¿puedo preguntar por qué? —Eleva una
ceja perfectamente delineada y yo miro hacia otro lado.
—Porque no voy, eso es todo. De todos modos, es mejor para ella que no
vaya.
—Hablas igual que mi exmarido. —Carol traga saliva—. A veces me culpo
por el hecho de que Tessa se haya colgado de ti. Temo que sea culpa de cómo
era su padre antes de dejarnos.
Su mano, de manicura perfecta, se eleva para alisarse el cabello mientras
trata de aparentar indiferencia ante la mención de Richard.
—Él no tiene nada que ver en su relación conmigo —replico—; Tessa apenas
lo conoció. Los pocos días que han pasado juntos últimamente demuestran eso,
que no lo recuerda lo suficiente como para que afecte a su elección de hombres.
—¿Últimamente? —Los ojos de Carol se abren con sorpresa, y observo con
horror cómo el color abandona su cara. Y ese pequeño momento de
entendimiento que habíamos creado parece desaparecer.
« Mierda. Joder. Hostia puta…»
—Ella…, hum…, bueno, nos lo encontramos hace poco más de una semana.
—¿Richard? ¿La ha encontrado? —Su voz se quiebra y se lleva la mano al
cuello.
—No, ella se tropezó con él.
Empieza a pasar los dedos de forma nerviosa por las perlas de su collar.
—¿Dónde?
—No sé si debería contarle esto.
—¿Perdona? —Baja los brazos y se queda ahí de pie, mirándome con la boca
abierta por el asombro.
—Si Tessa hubiese querido que supiera que había visto a su padre, se lo habría
dicho ella misma.
—Esto es más importante que tu odio hacia mí, Hardin. ¿Ha estado viéndolo a
menudo? —Sus ojos grises brillan ahora, amenazando con derramar lágrimas en
cualquier momento, pero conociendo a esta mujer, nunca, ni en un millón de
años, soltaría una lágrima frente a nadie, y mucho menos frente a mí.
Suspiro, no quiero traicionar a Tessa, pero tampoco quiero crearme más
problemas con su madre.
—Se quedó con nosotros unos días —explico.
—No pensaba decírmelo, ¿verdad? —Su voz es baja y ronca mientras se
muerde sus uñas rojas.
—Probablemente no. Hablar con usted no resulta precisamente sencillo —le
recuerdo. Me pregunto si éste es el mejor momento para sacar a relucir mi
sospecha de que fue él quien se coló en el apartamento.
—Y ¿contigo sí? —Alza la voz y yo me acerco a ella—. Al menos yo me
preocupo por su bienestar; ¡eso es más de lo que se puede decir de ti!
Sabía que una conversación civilizada entre nosotros no podía durar mucho.
—¡Me preocupo por ella más que nadie, incluso más que usted! —replico.
—Soy su madre, nadie la quiere más que yo. ¡El hecho de que creas que
podrías hacerlo demuestra lo loco que estás!
Sus zapatos repiquetean contra el suelo mientras recorre el pasillo arriba y
abajo.
—¿Sabe lo que creo? Creo que me odia porque le recuerdo a él. Odia el
constante recuerdo de lo que echó a perder, y me odia para no tener que odiarse
a sí misma… Pero ¿quiere saber algo? —Espero su sarcástico asentimiento antes
de continuar—. Que usted y y o también nos parecemos mucho. Más de lo que
nos parecemos Richard y yo: los dos rechazamos cualquier responsabilidad por
nuestros errores. En vez de eso, culpamos a todos los demás. Apartamos a
aquellos a quienes amamos y los obligamos a…
—¡No! ¡Te equivocas! —grita.
Sus lágrimas y sus gestos histriónicos impiden que acabe de decir lo que
pienso: que acabará sus días sola.
—No me equivoco. Pero voy a irme. El coche de Tessa sigue en alguna parte
del campus, así que lo traeré mañana a no ser que quiera conducirlo usted
misma.
Carol se seca los ojos.
—Bien, trae el coche. Mañana a las cinco. —Me mira con los ojos
enrojecidos y el rímel corrido—. Esto no cambia nada. Nunca me gustarás.
—Y a mí eso no me importará jamás.
Me dirijo hacia la puerta principal, planteándome por un momento volver a la
habitación del fondo, coger a Tessa y llevármela conmigo.
—Hardin, a pesar de lo que sientas por mí, sé que quieres a mi hija. Sólo
deseo recordarte que, si la quieres, que si de verdad la amas, dejarás de interferir
en su vida. Ella ya no es la misma chica que dejé en esa diabólica escuela hace
apenas medio año.
—Lo sé. —Por mucho que odie a esta mujer, me da pena porque, al igual
que yo, probablemente pasará sola el resto de su miserable vida—. ¿Puede
hacerme un favor? —le pido.
Me mira con sospecha.
—¿De qué se trata?
—No le diga que he venido. Si no lo recuerda, no se lo diga.
Tessa está tan puesta que probablemente no se acordará de nada. No creo que
sepa siquiera que estoy aquí ahora.
Carol me mira, reflexiona y por fin asiente.
—Eso puedo hacerlo.
CAPÍTULO 64
Tessa
La cabeza me pesa mucho, muchísimo, y la luz que se cuela a través de las
cortinas amarillas es brillante, muy brillante.
¿Cortinas amarillas? Vuelvo a abrir los ojos para encontrar las familiares
cortinas amarillas de mi viejo dormitorio cubriendo las ventanas. Esas cortinas
siempre nos habían vuelto locas, pero mi madre no podía permitirse comprar
otro juego, así que aprendimos a vivir con ellas. Y, así, las últimas doce horas
regresan a mi mente en pedazos, recuerdos rotos y desordenados que tienen poco
sentido para mí.
Nada tiene sentido. Me lleva unos segundos, minutos tal vez, conseguir que mi
mente trate de comprender lo que sucedió.
La traición de Steph es el recuerdo más fuerte que tengo de la noche anterior,
uno de los recuerdos más dolorosos que jamás he experimentado. ¿Cómo pudo
hacerme eso a mí? ¿A cualquiera? Todo fue tan perverso, tan retorcido… y en
ningún momento lo vi venir. Recuerdo el fuerte sentimiento de alivio que
experimenté cuando entró en la habitación, sólo para volver a caer presa del
pánico cuando admitió que nunca había sido mi amiga. Oí su voz de forma muy
clara pese al estado en el que me encontraba… Me puso algo en la bebida para
atontarme, o peor, para conseguir que me desmayara…, y todo para obtener
algún tipo de venganza sin garantías sobre Hardin y sobre mí. Anoche tuve tanto
miedo…, y ella pasó de ser mi salvadora a ser mi depredadora tan rápido que
casi no pude asimilar el cambio.
Estaba drogada, en una fiesta, y la responsable era alguien que yo creía que
era mi amiga. La realidad de todo ello me golpeó con fuerza, y me sequé con
rabia las lágrimas que me empapaban las mejillas.
La humillación reemplaza la punzada de traición al recordar a Dan y su
grabación. Me desnudaron…, la pequeña luz roja de la cámara brillando en la
oscuridad de la habitación es algo que no creo que pueda olvidar jamás. Querían
violarme, grabarlo y enseñárselo a todo el mundo. Me agarro el estómago,
esperando no vomitar de nuevo.
Cada vez que creo que tendré un respiro de la batalla constante en que se ha
convertido mi vida, algo peor ocurre. Y sigo poniéndome en estas situaciones.
¿Steph? Aún no puedo creerlo. Si su razonamiento era correcto, si lo hizo sólo
porque no le gusto y siente algo por Hardin, ¿por qué no me lo dijo desde el
principio? ¿Por qué ha fingido ser mi amiga durante todo este tiempo sólo para
tenderme una trampa? ¿Cómo pudo sonreírme a la cara e ir de compras
conmigo, escuchar mis secretos y compartir mis preocupaciones sólo para
planear algo como esto a mis espaldas?
Me siento lentamente, pero aun así resulta demasiado rápido. El pulso me
ruge en los oídos y quiero correr al baño y obligarme a vomitar por si aún me
queda algo de droga en el estómago. Pero no lo hago y, en lugar de eso, cierro los
ojos de nuevo.
Cuando vuelvo a despertar tengo la cabeza algo más despejada y consigo
levantarme de mi cama de la infancia. No llevo pantalones, sólo una camiseta
que no recuerdo haberme puesto. Mi madre debe de haberme vestido…, aunque
eso no es muy de su estilo.
Los únicos pantalones de pijama que quedan en mi cómoda son demasiado
estrechos y cortos. He engordado desde que me fui a la universidad, pero me
siento más cómoda y segura con mi cuerpo, mucho más de lo que me sentía
antes.
Salgo dando tumbos del dormitorio, pasillo abajo hasta la cocina, donde
encuentro a mi madre apoy ada en la encimera, leyendo una revista. Su vestido
negro es suave y no tiene ni una pelusa, lleva tacones de aguja a juego y su
cabello está peinado en perfectas ondas clásicas. Cuando le echo un vistazo al
reloj del horno, veo que y a pasan pocos minutos de las cuatro de la tarde.
—¿Cómo te sientes? —me pregunta tímidamente mientras se vuelve para
mirarme.
—Fatal —gimo, incapaz de poner una cara amistosa, y mucho menos de
hacerme la valiente.
—Lo imagino, después de la noche que has tenido.
« Allá vamos…»
—Tómate un café y una aspirina. Te sentirás mejor.
Asiento lentamente y me acerco al armario para coger una taza para el café.
—Tengo que ir a la iglesia esta tarde. Supongo que no vas a acompañarme,
¿verdad? Te has perdido el servicio de la mañana —dice con voz neutra.
—No, ahora mismo no tengo cuerpo para ir a la iglesia.
Sólo mi madre podría pedirme que la acompañe a la iglesia cuando acabo de
recuperarme de los efectos de la droga tras un intento de violación.
Recoge su bolso de la mesa de la cocina y se vuelve hacia mí.
—De acuerdo, saludaré a Noah y al señor y a la señora Porter de tu parte.
Llegaré a casa alrededor de las ocho, quizá un poco antes.
Una punzada de culpabilidad me atraviesa al oír el nombre de Noah. Aún no
lo he llamado desde que supe de la muerte de su abuela. Sé que debería haberlo
hecho, y lo haré después del servicio…, si puedo encontrar mi teléfono, claro.
—¿Cómo llegué hasta aquí anoche? —pregunto, tratando de encajar todas las
piezas del puzle. Recuerdo a Zed entrando de golpe en el antiguo dormitorio de
Hardin y rompiendo la cámara.
—Creo que el joven caballero que te trajo se llamaba Zed —dice ella. Luego
vuelve a concentrarse en su revista y se aclara la garganta en silencio.
—Oh.
Odio esto, odio no saber. Me gusta controlarlo todo, y anoche no tenía el
control de mi cuerpo.
Mi madre aparta la revista con lo que suena como una bofetada. Me mira sin
expresión en la cara y dice:
—Llámame si necesitas algo —y se dirige a la puerta principal.
—Oh…
Con una última mirada de desaprobación hacia mis estrechos pantalones de
pijama, abandona la casa.
—Ah, y puedes buscar en mi armario algo que ponerte.
En el momento en que la puerta mosquitera se cierra, la voz de Hardin
resuena en mi cabeza.
« Todo esto es culpa mía» , dijo. Aunque podría no haber sido Hardin: mi
mente me juega malas pasadas. Necesito llamar a Zed y darle las gracias por
todo. Le debo mucho por haber acudido en mi ay uda, por salvarme. Le estoy tan
agradecida que sé que jamás podré darle las gracias lo suficiente por ayudarme
y sacarme de allí. No puedo ni imaginar lo que podría haber pasado frente a esa
cámara si él no hubiera aparecido.
Durante la siguiente media hora, las lágrimas saladas se mezclan con el café
negro. Por fin me obligo a alejarme de la mesa y a meterme en el cuarto de
baño para borrar de mi cuerpo todos los repugnantes recuerdos de la noche
anterior. Para cuando por fin me pongo a buscar en el armario de mi madre algo
que no lleve un sujetador con relleno incorporado, me siento muchísimo mejor.
—¿Es que no tienes ropa normal? —gimoteo, pasando percha tras percha de
vestidos de cóctel.
Cuando estoy a punto de decidir que mejor me quedo en pelotas, por fin
encuentro un suéter de color crema y unos vaqueros oscuros. Los vaqueros
encajan perfectamente y el suéter me queda justo de pecho, pero doy las
gracias por haber encontrado algo más o menos informal, así que no voy a
quejarme.
Al buscar por la casa mi teléfono y mi bolso, me doy cuenta de que no tengo
ni un solo recuerdo que me ayude a localizar su lugar oculto. ¿Por qué no puede
mi mente aclarar el caos de anoche lo suficiente como para encontrarle sentido a
todo? Supongo que mi coche sigue aparcado delante del dormitorio de Steph; con
suerte, no me habrá rajado las ruedas.
Regreso a mi antigua habitación y abro el cajón de mi escritorio. Ahí está mi
móvil, encima de mi bolso. Aprieto el botón de encendido y espero a que
aparezca la pantalla de inicio. Casi vuelvo a apagarlo cuando se disparan las
alertas por vibración. Mensaje tras mensaje y avisos del buzón de voz aparecen
en la pequeña pantalla.
Hardin… Hardin… Zed… Hardin… Desconocido… Hardin… Hardin…
El estómago me da un vuelco de la peor de las maneras cuando leo su
nombre en la pantalla. Lo sabe, tiene que saberlo. Alguien le contó lo sucedido y
por eso me estuvo llamando y enviando mensajes sin parar. Debería llamarlo al
menos para hacerle saber que estoy bien antes de que se vuelva loco de
preocupación. Sea cual sea el estado de nuestra relación, probablemente estará
preocupado después de oír lo sucedido…, siendo « preocupado» el eufemismo
del siglo.
Cuelgo el teléfono al sexto tono justo cuando salta su buzón de voz, y vuelvo al
dormitorio de mi madre para intentar domar mi cabello. Ahora mismo lo último
que me preocupa es mi aspecto, pero tampoco me entusiasma la idea de oír los
insultos de mi madre si no consigo parecer medio decente. Encargarme de mi
apariencia también me ay uda a ignorar los flashes que acuden ocasionalmente a
mi mente sobre lo que ocurrió anoche. Cubro los profundos círculos bajo mis
ojos, me aplico un poco de rímel y me cepillo el cabello. Ya está casi seco, lo
que juega en mi favor al pasar los dedos por mis ondas naturales. No se ve ni
remotamente tan bien como me gustaría, pero no tengo la energía necesaria para
enfrentarme a mis desastrosos rizos más allá de lo que ya he hecho.
El apagado sonido de alguien llamando a la puerta principal me saca de mi
ensueño. ¿Quién puede venir a semejante hora? Y de pronto el estómago me da
un vuelco al pensar que Hardin podría estar al otro lado.
—¿Tessa? —me llama una voz familiar mientras oigo abrirse la puerta.
Noah entra en la casa y lo veo en la salita. El alivio y la culpabilidad me
asaltan al reparar en su sonrisa temblorosa.
—Hola… —Asiente con la cabeza, cambiando el peso de su cuerpo de un pie
al otro.
Prácticamente me echo sobre él sin pensar, rodeándole el cuello con los
brazos. Entierro la cara en su pecho y comienzo a llorar.
Sus fuertes brazos me rodean, sosteniéndome e impidiendo que nos caigamos.
—¿Estás bien?
—Sí, es sólo que… No, no estoy bien.
Aparto la cara de su pecho para no restregarle todo el rímel por su cárdigan
tostado.
—Tu madre me ha dicho que estabas en la ciudad. —Continúa abrazándome
mientras yo sigo deleitándome con su familiaridad—. Así que me he escabullido
antes de que acabara el servicio para poder decirte hola sin nadie alrededor. ¿Qué
te ha pasado?
—Tantas cosas…, demasiadas para contarlas. Bueno, estoy siendo muy
dramática —gruño alejándome un paso de él.
—¿La universidad continúa sin tratarte como esperabas? —pregunta con una
pequeña sonrisa de simpatía.
Niego con la cabeza y le indico con un gesto que me siga hasta la cocina,
donde preparo otra cafetera.
—No, para nada. Me mudo a Seattle.
—Eso me ha dicho tu madre —explica sentándose a la mesa.
—¿Aún quieres ir a la WCU en primavera? —digo, y suelto una pequeña
carcajada—. No te recomendaría esa escuela.
Pero intentar hacer una broma sobre mí misma deja de funcionar en el
momento en que se me saltan las lágrimas.
—Sí, ése es el plan. Pero la chica… esta chica a la que estoy viendo… nos
estamos planteando ir a San Francisco. Ya sabes lo que me gusta California.
No estaba preparada para oír eso: Noah sale con una chica. Supongo que
debería estarlo, pero se me hace tan raro que lo único que se me ocurre decir es:
—¿Ah, sí?
Los ojos azules de Noah brillan con los fluorescentes de la cocina.
—Sí, nos va bastante bien. Aunque estoy intentando tomármelo con calma,
¿sabes?… Por todo.
Como no quiero que termine esa frase y me haga sentir más culpable aún por
la forma en que rompimos, pregunto:
—Y ¿cómo os conocisteis?
—Pues ella trabaja en Zooms, o algo parecido, una tienda del centro
comercial que hay cerca de tu casa, y…
—¿Estuviste aquí? —lo interrumpo. Me extraña que no me lo contara, que no
se pasara a verme… pero lo entiendo.
—Sí, para ver a Becca. Tendría que haberte llamado o algo, pero las cosas
estaban tan raras entre nosotros…
—Lo sé, no importa —le aseguro, y lo dejo terminar.
—Bueno, da igual, el caso es que supongo que a partir de ese momento nos
unimos mucho. Tuvimos algunos problemillas y durante un tiempo pensé que no
podía fiarme de ella, pero ahora lo llevamos muy bien.
Sus problemas me traen a la memoria los míos, y suspiro.
—Es como si ya no pudiera confiar en nadie —suspiro, y Noah frunce el
ceño y me apresuro a añadir—: Excepto en ti. No me refería de ti. Todas las
personas que he conocido desde que llegué a esa universidad me han mentido de
una forma u otra.
Incluso Hardin. Especialmente él.
—¿Eso es lo que ocurrió anoche?
—Más o menos… —Me pregunto qué le habrá contado mi madre.
—Sabía que tenía que ser algo importante para que hay as vuelto a casa. —
Asiento y él se inclina por encima de la mesa para coger mis manos entre las
suy as—. Te he echado de menos —murmura; la tristeza es evidente en su voz.
Lo miro con los ojos muy abiertos; creo que estoy a punto de llorar de nuevo.
—Siento mucho no haberte llamado cuando lo de tu abuela.
—Está bien, sé que estás ocupada —dice recostándose contra la silla con ojos
dulces.
—Eso no es excusa. Me he comportado de forma terrible contigo.
—Qué va —miente negando con la cabeza lentamente.
—Sabes que tengo razón. Te he tratado fatal desde que me fui de casa, y lo
siento muchísimo. No te mereces nada de esto.
—Deja de flagelarte a ti misma, ahora estoy bien —me asegura con una
cálida sonrisa, pero la culpabilidad no cesa.
—Aun así, no debería haberlo hecho.
Entonces me sorprende preguntándome algo que jamás habría esperado de
él:
—Si pudieras empezar de nuevo, ¿qué cambiarías?
—La forma en que he llevado ciertas cosas. No debería haberte engañado y
haber actuado a tus espaldas. Nos conocemos desde hace mucho, y estuvo fatal
por mi parte abandonarte tan de repente.
—Sí —confirma—, pero y a lo he superado. No éramos buenos el uno para el
otro… Quiero decir, éramos perfectos juntos —añade con una carcajada—, pero
creo que ése era el problema.
La pequeña cocina parece más espaciosa ahora que mi culpabilidad
comienza a disiparse.
—¿Lo crees de verdad?
—Sí, lo creo. Te quiero, y siempre te querré. Pero no te quiero de la forma
que siempre creí que te quería, y tú nunca podrías quererme como lo quieres a
él.
Me quedo sin aliento ante la alusión a Hardin. Tiene razón, mucha razón, pero
no puedo hablar de Hardin con Noah. Ahora no.
Necesito cambiar de tema.
—Entonces, Becca te hace feliz, ¿no?
—Sí, puede que no sea como te la esperas, pero tampoco me esperaba yo
que me fueras a dejar por un tío como Hardin.
Sus oscuras facciones son totalmente opuestas a las mías y tiene tatuajes. No
muchos, pero aun así no puedo imaginarlos a ella y a Noah como pareja.
Su sonrisa no es dura y sonríe suavemente.
—Supongo que ambos necesitábamos algo diferente.
De nuevo tiene razón.
—Supongo que sí.
Me río con él y continuamos charlando hasta que otro golpe en la puerta nos
interrumpe.
—Ya voy yo —se ofrece, levantándose y abandonando la pequeña cocina
antes de que pueda detenerlo

Comentarios