65-68

CAPÍTULO 65
Hardin
Contemplar cómo el reloj avanza minuto a minuto me está matando lentamente.
Casi preferiría arrancarme los cabellos uno a uno a seguir sentado aquí
esperando en este maldito sendero hasta las cinco. No veo el coche de la madre
de Tessa, no hay ningún coche en la entrada excepto el de Tessa, en el que estoy
sentado. Landon ha aparcado en la calle después de seguirme hasta aquí para
poder llevarme de vuelta. Por suerte, se preocupa por el bienestar de Tessa más
que nadie, aparte de mí, así que no necesité convencerlo.
—Ve y llama a la puerta o lo haré y o —me amenaza a través del teléfono.
—¡Que ya voy ! Joder, dame un segundo. No sé si habrá alguien.
—Pues si no hay nadie, deja las llaves en el buzón y nos largamos.
Precisamente por eso no he hecho nada aún, porque quiero que ella esté
dentro. Tengo que saber que está bien.
—Ahora voy —digo, y le cuelgo a mi molesto hermanastro.
Los diecisiete escalones hasta la puerta de la casa de su madre son los más
difíciles de subir de mi vida. Llamo contra la puerta mosquitera pero no estoy
seguro de si he golpeado lo suficientemente fuerte. A la mierda, vuelvo a llamar,
esta vez mucho más fuerte. Demasiado fuerte, de hecho. Bajo la mano cuando el
débil aluminio se vence y saltan un par de alambres de la mosquitera. Mierda.
La puerta cruje al abrirse y, en vez de Tessa, su madre o cualquier otra
persona del jodido planeta a quien no me importaría ver, aparece Noah.
—Tienes que estar de puta broma —digo.
Cuando intenta cerrarme la puerta en la cara, la detengo con mi bota.
—No seas capullo. —Abro y él se echa atrás.
—¿Qué haces aquí? —pregunta con el rostro marcado por un profundo ceño
fruncido.
¡Tendría que preguntar y o qué hace él aquí! Tessa y y o no llevamos
separados ni tres días y ya está aquí este cabrón, reptando de vuelta a su vida.
—He traído su coche. —Miro a su espalda pero no puedo ver una mierda—.
¿Está ella aquí?
Durante todo el viaje me he estado diciendo que no quiero que me vea o que
recuerde que estuve anoche en su casa, pero sé que he estado engañándome a mí
mismo.
—Puede. ¿Sabe que ibas a venir? —Noah se cruza de brazos y necesito hacer
acopio de todo mi autocontrol para no derribarlo de un puñetazo, pasarle de largo,
o por encima, y encontrarla.
—No, sólo quiero asegurarme de que está bien. ¿Qué te ha contado? —le
pregunto alejándome del porche.
—Nada. Pero no ha hecho falta. No tenía que contarme nada, sé que no
habría venido hasta aquí si no le hubieses hecho algo.
Frunzo el ceño.
—De hecho, te equivocas, no fui yo… esta vez. —Parece sorprendido por mi
pequeña admisión, así que continúo, por ahora con calma—: Mira, sé que me
odias y tienes toda la razón del mundo para hacerlo, pero voy a verla, te guste o
no, así que puedes echarte a un lado o…
—¿Hardin? —La voz de Tessa es apenas un susurro casi perdido en un suspiro
cuando aparece detrás de Noah.
—Eh… —Mis pies me llevan al interior de la casa y Noah, inteligentemente,
se aparta de mi camino—. ¿Estás bien? —pregunto tomando sus mejillas entre las
manos.
Tessa aparta la cabeza porque tengo las manos frías, me digo, y se aleja de
mí.
—Sí, estoy bien —miente.
Las preguntas se agolpan en mi boca.
—¿Estás segura? ¿Cómo te sientes? ¿Has dormido? ¿Te duele la cabeza?
—Sí, bien, un poco, sí —responde asintiendo, pero yo ya he olvidado lo que le
he preguntado.
» ¿Quién te lo ha contado? —me pregunta ruborizada.
—Molly.
—¿Molly?
—Sí, me llamó cuando estabas…, hum…, en mi antigua habitación. —No
puedo eliminar el pánico de mi voz.
—Oh… —Tess mira más allá de mí, concentrándose en algún punto en la
distancia, con las cejas fruncidas en un rictus de concentración.
¿Se acuerda de que estuve aquí? ¿Quiero que lo recuerde?
Sí, claro que sí.
—Pero ¿estás bien?
—Sí.
Noah se acerca a nosotros y la alarma es evidente en su voz cuando pregunta:
—Tessa, ¿qué ha pasado?
Al mirar a Tessa me doy cuenta de que ella no quiere que él sepa todo lo
ocurrido. Eso me gusta más de lo que debería.
—Nada, no te preocupes —le contesto para que ella no tenga que hacerlo.
—¿Fue algo serio? —presiona.
—Ya te he dicho que no te preocupes —gruño, y él traga saliva. Me vuelvo
hacia Tessa—. He traído tu coche —le digo.
—¿En serio? —pregunta—. Gracias, pensé que Steph le habría reventado el
parabrisas o algo —suspira; sus hombros se hunden más a cada palabra que
pronuncia. Su intento de broma no funciona con nadie, ni siquiera consigo misma.
—¿Por qué, de entre toda la gente, recurriste a ella? —le pregunto.
Tessa mira a Noah y de nuevo a mí.
—Noah, ¿nos dejas un minuto? —pregunta con dulzura.
Él asiente y me lanza lo que supongo debe de ser algún tipo de mirada de
advertencia antes de dejarnos solos en la pequeña salita.
—¿Por qué a ella? Dímelo, por favor —repito.
—No lo sé. No tenía ningún otro sitio adonde ir, Hardin.
—Podrías haber recurrido a Landon, prácticamente tienes tu propio
dormitorio en esa casa —señalo.
—No quiero seguir metiendo a tu familia en esto. Ya lo he hecho demasiadas
veces y no es justo para ellos.
—Y sabías que iría allí, ¿verdad? —Cuando baja la vista a sus manos, añado
—: No habría ido.
—Vale —dice con tristeza.
Joder, eso no era lo que quería decir.
—No quería decir eso. Quería decir que iba a darte espacio.
—Oh —susurra mordiéndose una uña.
—Estás muy callada.
—Es sólo que…, no sé…, ha sido una noche, y una mañana, muy largas.
Frunce el ceño y quiero ir hasta ella y alisar la línea entre sus cejas y besarla
hasta alejar el dolor.
« No Hardin, Zed» , dijo cuando estaba medio inconsciente.
—Lo sé. ¿Recuerdas lo ocurrido? —le pregunto, no muy seguro de si
soportaré oír su respuesta.
Casi espero que me diga que me largue, o que incluso me insulte, pero no lo
hace. En lugar de eso, dice que sí con la cabeza, se sienta en el sofá y me indica
que me siente en el otro lado.
CAPÍTULO 66
Hardin
Quiero acercarme más a ella, tomar su mano temblorosa y encontrar una forma
de borrar sus recuerdos. Odio que haya pasado por todo este sufrimiento, y de
nuevo me impresiona su fuerza. Está sentada con la espalda recta como una tabla
y lista para hablar conmigo.
—¿Por qué has venido? —me pregunta en voz baja.
En respuesta, le pregunto:
—¿Por qué ha venido él? —y señalo con la cabeza hacia la cocina.
Sé que Noah estará apoyado contra la pared, escuchando nuestra
conversación. De verdad que no lo aguanto pero, dadas las circunstancias,
probablemente debería callármelo.
Ella contesta jugueteando con las manos:
—Está aquí para asegurarse de que estoy bien.
—No necesita asegurarse de que estés bien. —Para eso estoy y o aquí.
—Hardin… —Frunce el ceño—. Hoy no, por favor.
—Lo siento. —Retrocedo un poco, sintiéndome incluso más cabrón que hace
unos segundos.
—¿Por qué has venido? —pregunta de nuevo.
—Para traerte el coche. No me quieres aquí, ¿verdad?
Hasta ahora no había considerado esa posibilidad, ni una vez. Y me quema
como el ácido. Que yo esté aquí seguro que sólo empeora las cosas para ella. Los
días en los que encontraba su refugio en mí se han acabado.
—No es eso…, sólo estoy confusa.
—¿Sobre qué?
Sus ojos brillan bajo la tenue luz de la sala de estar de su madre.
—Tú, anoche, Steph…, todo. ¿Sabías que todo fue un juego para ella?
Realmente me ha odiado durante todo este tiempo…
—No, claro que no lo sabía —le digo.
—¿No tenías ni idea de que tuviera esos sentimientos hacia mí?
« Maldita sea.» Pero quiero ser honesto, así que respondo:
—Quizá un poco, supongo. Molly lo mencionó un par de veces, pero no se
explicó mucho, y nunca creí que fuera algo tan fuerte… o que Molly supiera de
qué estaba hablando siquiera.
—¿Molly? ¿Desde cuándo se preocupa Molly por mí?
Así que blanco o negro. Tessa siempre quiere que las cosas sean o blancas o
negras, y eso me hace sacudir la cabeza, un poco triste porque las cosas nunca
pueden ser tan simples.
—No lo hace, aún te odia —le digo, y miro hacia abajo—. Pero me llamó
después de aquella mierda de Applebee’s, y me cabreé. No quería que ella o
Steph echaran a perder las cosas entre nosotros. Pensé que Steph simplemente se
estaba entrometiendo y comportándose como una zorra. No creía que también
fuera una jodida psicópata.
Cuando vuelvo a mirar a Tess, se está secando las lágrimas de los ojos.
Recorro la distancia que nos separa en el sofá y ella retrocede.
—Eh, está bien —le digo, y la cojo de la mano y la estrecho contra mi pecho
—. Shhh…
Mi mano reposa sobre su cabello, y después de unos segundos tratando de
apartarme, se rinde.
—Sólo quiero empezar de nuevo, olvidar todo lo ocurrido en los últimos
meses —solloza.
Se me tensa el pecho mientras asiento, de acuerdo con ella aunque no lo
quiera. No quiero que desee olvidarme.
—Odio la universidad. Siempre quise ir, pero ha sido un error tras otro para
mí.
Me tira de la camiseta, acercándome aún más a ella. Permanezco en silencio
porque no quiero que ella se sienta peor de lo que ya se siente. No tengo ni
puñetera idea de en lo que iba a meterme cuando he llamado a la puerta, pero
estoy más que seguro de que no esperaba acabar con Tessa llorando entre mis
brazos.
—Estoy siendo tan dramática… —Se aparta demasiado pronto, y por un
momento considero la posibilidad de volver a abrazarla.
—No, para nada. Estás muy calmada teniendo en cuenta lo ocurrido. Dime
qué recuerdas, no me hagas volver a preguntártelo. Por favor.
—Es todo muy confuso, de verdad. Fue todo muy… extraño. Era consciente
de todo, pero nada tenía sentido. No sé cómo explicarlo. No podía moverme,
pero podía sentir cosas. —Se estremece.
—¿Sentir cosas? ¿Dónde te tocó? —No quiero saberlo.
—En las piernas… Me desnudaron.
—¿Sólo en las piernas?
« Por favor, di que sí.»
—Sí, eso creo. Podría haber sido muchísimo peor, pero Zed… —Se detiene.
Toma aliento—. De todos modos, las pastillas me volvieron el cuerpo muy
pesado…, no sé cómo explicarlo.
Asiento.
—Sé lo que quieres decir.
—¿Qué?
Recuerdos rotos de desmayos en bares y de hacer eses por las calles de
Londres acuden a mi mente. La idea de diversión que una vez tuve es
completamente opuesta a lo que ahora considero pasarlo bien.
—Solía tomar esas malditas pastillas por aquel entonces, por diversión.
—¿En serio? —Se le abre la boca, y no me gusta la forma en que su mirada
me hace sentir.
—Supongo que diversión no es la palabra más adecuada —replico—. Ya no.
Ella asiente y me dedica una dulce sonrisa de alivio. Se acomoda el cuello de
su suéter, que ahora veo que le queda muy ajustado.
—¿De dónde has sacado eso? —pregunto.
—¿El suéter? —Sonríe tensa—. Es de mi madre…, ¿no se nota? —Sus dedos
tiran de la gruesa tela.
—No sé, Noah estaba en la puerta y tú vas vestida así… Creí que había
viajado en la máquina del tiempo o algo —bromeo.
Sus ojos se iluminan con humor, toda la tristeza ha sido momentáneamente
olvidada, y se muerde el labio inferior para no reír.
Luego sorbe por la nariz y extiende una mano hacia la mesita para sacar un
pañuelo de papel de la caja con flores.
—No. No hay máquinas del tiempo. —Tessa asiente con la cabeza mientras
se suena la nariz.
« Joder, incluso cuando llora está preciosa.»
—Estaba preocupado por ti —le confieso.
Su sonrisa desaparece. Mierda.
—Eso es lo que me confunde —replica—. Dijiste que no querías seguir
intentándolo, pero ahora me dices que estabas preocupado por mí. —Me mira
con una expresión vacía y el labio tembloroso.
Tiene razón. No siempre lo digo, pero es cierto. He pasado días preocupado
por ella. Emoción…, eso es lo que necesito de ella. Necesito el consuelo.
—Está bien, no estoy enfadada contigo. —Se ha tomado mi silencio de forma
equivocada—. Agradezco que hayas venido hasta aquí a traerme el coche.
Significa mucho para mí que lo hayas hecho.
Permanezco en silencio en el sofá, incapaz de hablar durante unos minutos.
—No ha sido nada —consigo decir encogiéndome de hombros. Pero necesito
decir algo real, cualquier cosa.
Tras contemplar mi doloroso silencio durante un momento, Tessa se pone en
modo amable anfitriona.
—¿Cómo volverás a casa? Espera…, para empezar, ¿cómo has sabido llegar
hasta aquí?
Mierda.
—Landon. Él me lo dijo.
Sus ojos vuelven a iluminarse.
—Oh. ¿Está aquí?
—Sí, está fuera.
—¡Oh! Vay a, te estoy retrasando, lo siento. —Se ruboriza y se pone en pie.
—No, tranquila. Está bien ahí fuera, esperando —tartamudeo.
« No quiero irme. A no ser que te vengas conmigo.»
—Debería haber entrado contigo. —Tessa mira entonces hacia la puerta.
—Él está bien.
—Gracias de nuevo por haberme traído el coche… —Está tratando de
despedirme educadamente. La conozco.
—¿Quieres que entre tus cosas? —me ofrezco.
—No, me iré por la mañana, es mejor dejarlas donde están.
¿Por qué me sorprendo cada vez que me recuerda que se va a ir a Seattle?
Sigo esperando que cambie de idea, pero eso nunca ocurrirá.
CAPÍTULO 67
Tessa
Cuando Hardin alcanza la puerta, le pregunto:
—¿Qué has hecho con Dan?
Quiero saber más sobre anoche, incluso si Noah puede oírnos hablar. Cuando
pasamos junto a él en el pasillo, Hardin apenas se fija en él. Noah lo fulmina con
la mirada, sin saber qué más hacer, supongo.
—Dan. Dijiste que Molly te lo había contado. ¿Qué hiciste?
Conozco a Hardin lo suficiente como para saber que fue a por él. Aún estoy
sorprendida por la ayuda de Molly, no la esperaba ni de lejos cuando la vi entrar
en el dormitorio anoche. Me estremezco ante el recuerdo.
Hardin medio sonríe.
—Nada demasiado malo.
« No he matado a Dan cuando he dado con él, sólo le he pateado la cara…»
—Le pateaste la cara… —digo intentando excavar en el caos que es mi
cabeza.
Alza una ceja.
—Sí… ¿Te lo ha contado Zed?
—Yo…, no lo sé… —Recuerdo oír las palabras, pero no puedo recordar quién
las dijo.
« Soy Hardin, no Zed» , dijo Hardin, y su voz parece muy real en mi mente.
—Estuviste aquí, ¿verdad? ¿Anoche? —Doy un paso hacia él y Hardin
retrocede contra la pared—. Sí que estuviste, lo recuerdo. Dijiste que estuviste a
punto de beber pero no lo hiciste…
—No creí que lo recordarías —murmura.
—¿Por qué no me lo has dicho?
Me duele la cabeza mientras trato de separar los sueños inducidos por la
droga de la realidad.
—No lo sé. Iba a hacerlo, pero entonces todo se volvió tan familiar…, y tú
estabas sonriendo y no quería estropearlo. —Alza un hombro y sus ojos se
concentran en el gran cuadro de las puertas del cielo que cuelga en la pared de
mi madre.
—¿Cómo iba a estropearlo el hecho de que me dijeras que me habías traído a
casa?
—Yo no te traje a casa. Fue Zed.
Eso lo recordé antes, más o menos. Es tan frustrante…
—Y ¿tú viniste luego? ¿Qué estaba haciendo yo?
Quiero que Hardin me ayude a ordenar la secuencia de acontecimientos.
Parece que no soy capaz de hacerlo sola.
—Estabas tumbada en el sofá, casi no podías hablar.
—Oh…
—Estabas llamándolo —añade en voz baja, el veneno es evidente a través de
su voz profunda.
—¿A quién?
—A Zed. —Su respuesta es simple, pero puedo sentir la emoción tras sus
palabras.
—No, no lo llamaba —replico. Eso no tiene sentido—. Esto es tan frustrante…
Vadeo por el barro mental y finalmente encuentro un nódulo de sentido…
Hardin hablando sobre Dan, Hardin preguntándome si podía oírlo,
preguntándome sobre Zed…
—Quería saber cómo estaba, si le habías hecho daño. Creo.
El recuerdo es borroso, pero ahí está.
—Dijiste su nombre más de una vez; no importa. Estabas tan ida… —Sus ojos
se dirigen a la alfombra y se quedan ahí—. De todas formas no esperaba que me
quisieras aquí.
—No lo quería a él. Puede que no recuerde mucho, pero estaba asustada. Me
conozco lo suficiente como para saber que sólo te llamaría a ti —admito sin
pensar.
¿Por qué habré dicho eso? Hardin y yo acabamos de romper, otra vez. Ésta
es, de hecho, nuestra segunda ruptura, pero parece como si lo hubiéramos hecho
más a menudo. Quizá porque esta vez no he saltado a sus brazos a la
menor muestra de afecto de su parte. Esta vez abandoné la casa y sus
regalos, esta vez me voy a Seattle antes de veinticuatro horas.
—Ven aquí —dice abriendo los brazos para mí.
—No puedo —contesto pasándome los dedos por el pelo.
—Sí que puedes.
Cuando Hardin está cerca de mí, sea cual sea la situación, su esencia siempre
penetra en cada fibra de mi ser. Podemos estar gritándonos el uno al otro o
sonriendo y bromeando. Nunca existe la distancia, no hay espacio entre nosotros.
Es algo tan natural para mí ahora…, realmente algo tan instintivo el sentirme
cómoda en sus brazos, reírme de su actitud, ignorar los problemas que ha
causado cualquier situación en la que estemos metidos…
—Ya no estamos juntos —digo en voz baja, más para recordármelo a mí
misma que otra cosa.
—Lo sé.
—No puedo fingir que lo seguimos estando. —Me muerdo el labio inferior e
intento no fijarme en la forma en que sus ojos se oscurecen al recordar nuestro
estado.
—No te estoy pidiendo que lo hagas. Sólo te estoy pidiendo que vengas. —Sus
brazos siguen abiertos, aún invitándome, llamándome, acercándome más y más.
—Si lo hago, volveremos a caer en ese círculo que ambos hemos decidido
romper.
—Tessa…
—Hardin, por favor… —Me aparto. Esta salita es demasiado pequeña para
evitarle, y mi autocontrol comienza a fallar.
—Vale —suspira finalmente y sus manos se enredan en su cabello, su
habitual gesto de frustración.
—Necesitamos esto, sabes que lo necesitamos. Tenemos que pasar tiempo
separados.
—¿Tiempo separados?
Parece herido, enfadado, y tengo miedo de lo que pueda salir por su boca. No
quiero pelearme con él, y hoy no es el día para que me provoque.
—Sí, pasar tiempo a solas. No podemos estar juntos y todo parece ponerse en
nuestra contra. Tú mismo lo dijiste el otro día, que estabas cansado de esto. Me
echaste del apartamento. —Cruzo los brazos a la altura del pecho.
—Tessa…, no puedes estar… —Me mira a los ojos y se detiene a media
frase—. ¿Cuánto tiempo?
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo separados?
—Yo… —No esperaba que lo aceptara—. No lo sé.
—¿Una semana? ¿Un mes? —presiona para que le dé detalles.
—No lo sé, Hardin. Ambos necesitamos encontrar nuestro lugar.
—Tú eres mi lugar, Tess.
Sus palabras se extienden por mi pecho y me obligo a apartar los ojos de su
cara antes de perder la poquísima resistencia que aún me queda.
—Y tú eres el mío, y a lo sabes —admito—, pero estás tan enfadado que
siempre estoy al límite contigo. Tienes que hacer algo con esa rabia y yo
necesito tiempo para mí misma.
—Entonces, ¿esto vuelve a ser culpa mía? —pregunta.
—No, también es culpa mía. Dependo demasiado de ti. Necesito ser más
independiente.
—Y ¿desde cuándo importa eso? —El tono de su voz me dice que ni siquiera
ha considerado jamás que mi dependencia de él sea un problema.
—Desde que tuvimos esa pelea explosiva en el apartamento hace unas
noches. De hecho, empezó hace tiempo; Seattle y la discusión de la otra noche
fueron sólo la guinda del pastel.
Cuando por fin reúno el valor para mirar a Hardin, veo que su expresión ha
cambiado.
—Vale, y a lo pillo —dice—. Lo siento, sé que la he jodido, y mucho. Siempre
estamos peleando a muerte por lo de Seattle y quizá ya sea hora de que te
escuche más. —Busca mi mano y dejo que me la coja, momentáneamente
confundida por su recién descubierta aceptación—. Te daré espacio, ¿vale? Ya
has soportado bastante mierda sólo en las últimas veinticuatro horas. Por una vez,
no quiero ser otro problema.
—Gracias —respondo simplemente.
—¿Me avisarás cuando llegues a Seattle? Y come algo y descansa, por favor
—dice. Sus ojos verdes son suaves, cálidos y reconfortantes.
Quiero pedirle que se quede, pero sé que no es buena idea.
—Lo haré. Gracias…, de verdad.
—No tienes que darme las gracias. —Se mete las manos en los bolsillos de
sus vaqueros negros y estudia mi cara—. Le daré saludos a Landon de tu parte —
añade, y sale por la puerta.
No puedo evitar sonreír ante el modo en que se entretiene alrededor del
coche de su hermanastro, mirando hacia la casa de mi madre durante un buen
rato antes de subir al asiento del acompañante.
CAPÍTULO 68
Tessa
En el momento en que pierdo de vista el coche de Landon, el vacío se asienta
pesadamente en mi pecho y me alejo de la entrada dejando que la puerta se
cierre sola.
Noah está apoy ado en el marco de la puerta de la cocina.
—¿Se ha ido? —pregunta suavemente.
—Sí, se ha ido. —Mi voz suena distante, desconocida incluso para mí.
—No sabía que y a no estabais juntos.
—Nosotros…, bueno…, estamos tratando de arreglarlo.
—¿Puedes decirme sólo una cosa antes de que cambies de tema? —Sus ojos
estudian mi cara—. Conozco esa expresión, y sé que estás a punto de hacerlo.
Incluso después de los meses que llevamos separados, Noah es capaz de
leerme a la perfección.
—¿Qué quieres saber? —pregunto.
Sus ojos azules se clavan en los míos. Me sostiene la mirada durante lo que
me parece una eternidad.
—Si pudieras volver atrás, ¿lo harías, Tessa? Te he oído decir que desearías
borrar los últimos meses… pero, si pudieras, ¿de verdad lo harías?
« ¿Lo haría?»
Me siento en el sofá para analizar la pregunta. ¿Lo olvidaría todo? ¿Borraría
todo lo que me ha ocurrido en los últimos meses? La apuesta, las interminables
peleas con Hardin, la espiral descendente en mi relación con mi madre, la
traición de Steph, todas las humillaciones, todo.
—Sí. Sin pensarlo.
La mano de Hardin en la mía, la forma en que sus brazos tatuados me
rodeaban atrayéndome contra su pecho. El modo en que a veces se reía tan
fuerte que apretaba los ojos y el sonido llenaba mis oídos, mi corazón y todo el
apartamento con una felicidad tan extraordinaria que me sentía más viva de lo
que me había sentido jamás.
—No, no lo haría. No podría —digo cambiando de opinión.
Noah sacude la cabeza.
—Entonces, ¿con cuál te quedas? —Se ríe y se sienta en la butaca reclinable
frente al sofá—. No sabía que fueras tan indecisa.
Niego firmemente con la cabeza.
—No lo borraría.
—¿Estás segura? Ha sido un mal año para ti…, y yo ni siquiera sé la mitad de
lo ocurrido.
—Estoy segura. —Asiento un par de veces y me deslizo hasta el borde del
sofá—. Aunque haría algunas cosas de forma diferente, sobre todo contigo.
Noah me dedica una leve sonrisa.
—Sí, y o también —acepta en voz baja.
—Theresa. —Una mano me coge del hombro y me sacude—. Theresa,
despierta.
—Estoy despierta —gimo, y abro los ojos.
La salita. Estoy en la sala de estar de mi madre.
Aparto de una patada la manta que me cubre las piernas…, una manta con la
que Noah me ha tapado después de que me tumbara tras hablar un poco más y
de ponernos a ver la tele juntos. Como en los viejos tiempos.
Me libero de la mano de mi madre.
—¿Qué hora es?
—Las nueve de la noche. Iba a despertarte antes. —Frunce los labios.
Debe de haberse vuelto loca viéndome dormir durante todo el día.
Curiosamente, la idea me divierte.
—Lo siento, ni siquiera recuerdo haberme dormido. —Me desperezo y me
pongo de pie—. ¿Noah se ha ido? —Miro hacia la cocina y no lo veo.
—Sí, la señora Porter tenía muchísimas ganas de verte, pero le dije que no
era buen momento —me informa, y entra en la cocina.
La sigo, oliendo algo que está cocinando.
—Gracias.
Me gustaría haberme despedido de Noah como es debido, sobre todo porque
sé que volveré a verlo.
Mi madre se acerca al horno y dice por encima del hombro:
—Veo que Hardin ha traído tu coche. —La desaprobación tiñe su voz.
Un segundo más tarde, vuelve del horno y me tiende un plato con lechuga y
tomates asados.
No he echado de menos su idea de una buena comida, pero de todos modos
acepto el plato.
—¿Por qué no me dijiste que Hardin estuvo aquí anoche? Ahora lo recuerdo.
Ella se encoge de hombros.
—Él me pidió que no lo hiciera.
Me siento a la mesa y pincho la « comida» con indecisión.
—Y ¿desde cuándo te importa lo que él quiera? —la provoco, nerviosa por su
reacción.
—No me importa —dice, y se prepara un plato para ella—. No lo mencioné
porque era mejor para ti no recordar nada.
El tenedor resbala de mis dedos y golpea el plato con un tintineo agudo.
—Ocultarme cosas no es lo mejor para mí —replico. Estoy haciendo todo lo
posible para mantener mi voz fría y calmada, de verdad.
Para enfatizarlo, limpio las comisuras de mi boca con una servilleta
perfectamente doblada.
—Theresa, no pagues tus frustraciones conmigo —dice mi madre, uniéndose
a mí en la mesa—. Sea lo que sea que haya hecho ese chico para que te hayas
vuelto así, es culpa tuya. No mía.
En el momento en que sus rojos labios se curvan en una sonrisa confiada me
pongo en pie, arrojo la servilleta sobre el plato y salgo a toda prisa de la cocina.
—¿Adónde te crees que vas, jovencita? —me llama.
—A la cama. ¡Mañana debo levantarme a las cuatro de la mañana y tengo un
largo viaje por delante! —grito desde el pasillo, y cierro la puerta de mi
dormitorio.
Me siento en la cama de mi niñez… e inmediatamente esas paredes gris
pálido parecen cernirse sobre mí. Odio esta casa. No debería, pero la odio. Odio
la forma en que me siento cuando estoy en ella, como si no pudiera respirar sin
que me regañen o me corrijan. Nunca me había dado cuenta de lo enjaulada y
controlada que había estado toda mi vida hasta que probé por primera vez la
libertad junto a Hardin. Me encanta cenar pizza y pasar todo el día desnuda en la
cama con él. Nada de servilletas dobladas. Nada de ondas en el cabello. Nada de
horribles cortinas amarillas.
Antes de poder detenerme lo estoy llamando y me contesta al segundo tono.
—¿Tess? —dice sin aliento.
—Hum…, hola —susurro.
—¿Algo va mal? —jadea recuperando el aliento.
—No. ¿Estás bien?
—¡Vamos, Scott, vuelve aquí! —grita una voz femenina al fondo.
El corazón empieza a martillearme contra las costillas mientras las
posibilidades inundan mi mente.
—Oh, estás… No te molesto más.
—No, no pasa nada. Ella puede esperar.
Los ruidos de fondo se van acallando segundo a segundo. Debe de haberse
alejado de donde sea que esté la mujer.
—De verdad que no importa —digo—. Te dejo, no quería… interrumpir. —Al
mirar la pared gris junto a mi cama, juraría que se está acercando a mí, como si
estuviera a punto de golpearme.
—De acuerdo —jadea él.
« ¿Qué?»
—Vale, pues adiós —digo rápidamente, y cuelgo, tapándome la boca con una
mano para no vomitar sobre la alfombra de mi madre.
Tiene que haber algún motivo lógico para…
Mi móvil vibra entonces junto a mi muslo, el nombre de Hardin es
claramente visible en la pantalla. Contesto a pesar de mí misma.
—No estoy haciendo lo que crees…, ni siquiera me había dado cuenta de
cómo ha sonado —me asegura de inmediato. Puedo oír el viento soplando a su
alrededor y ahogando su voz.
—No pasa nada, en serio.
—No, Tess, sí que pasa —me corta—. Si estuviera con alguien ahora mismo
no estaría bien, así que deja de actuar como si no importara.
Me tumbo en la cama, admitiendo para mí misma que tiene razón.
—No pensé que estuvieras haciendo algo —miento. De alguna forma sabía
que no lo estaba haciendo, pero mi imaginación… me ha traicionado.
—Bien, tal vez por fin confíes en mí.
—Quizá.
—Lo que sería mucho más relevante si no me hubieses abandonado —replica
en tono cortante.
—Hardin…
Suspira.
—¿Para qué llamabas? ¿Tu madre se está comportando como una zorra?
—No la llames así. —Pongo los ojos en blanco—. Bueno…, vale, se está
comportando un poco como si lo fuera, pero nada importante. Es sólo que… en
realidad no sé por qué te he llamado.
—Bueno… —Hace una pausa y oigo cerrarse la puerta de un coche—.
¿Quieres hablar o algo?
—¿No te importa? ¿Podemos? —le pregunto.
Apenas unas horas antes le estaba diciendo que necesitaba ser más
independiente, y aquí estoy, llamándolo al más mínimo problema.
—Claro.
—Por cierto, ¿dónde estás? —Necesito mantener la conversación lo más
neutra posible…, aunque no es que sea fácil mantener las cosas entre Hardin y
y o en territorio neutral.
—En un gimnasio.
Casi me echo a reír.
—¿Un gimnasio? Tú no vas al gimnasio.
Hardin es una de esas pocas personas bendecidas con un cuerpo increíble sin
necesidad de trabajárselo. Su constitución es perfecta, alto y de hombros anchos;
él asegura que de adolescente era desgarbado y flaco. Sus músculos son duros
pero no están demasiado definidos, su cuerpo es una mezcla perfecta entre
blando y duro.
—Lo sé. Esa tía me estaba pateando el culo. Estaba realmente abochornado.
—¿Quién? —digo tal vez con demasiada fuerza.
« Cálmate, Tessa, obviamente habla de la mujer que has oído.»
—Oh, la entrenadora. He decidido usar la mierda esa del kickboxing que me
regalaste por mi cumpleaños.
—¿De verdad?
La idea de Hardin haciendo kickboxing me hace imaginar cosas que no
debería. Como él sudando…
—Sí —contesta con cierta timidez.
Sacudo la cabeza para intentar borrar la imagen de Hardin sin camiseta.
—Y ¿qué tal te ha ido?
—Bien, supongo. Aunque prefiero otro tipo de ejercicio. Pero, por otro lado,
y a no estoy tan nervioso como lo estaba hace unas horas.
Entorno los ojos ante su respuesta aunque él no pueda verme.
Mis dedos resiguen el estampado floral del cubrecama.
—¿Crees que seguirás yendo?
Por fin puedo respirar ahora que Hardin empieza a explicarme lo rara que ha
sido la primera media hora de entrenamiento, cómo no hacía más que insultar a
la mujer hasta que ella ha comenzado a golpearlo en la nuca repetidamente, que
esto le ha hecho respetarla y dejar de comportarse como un imbécil con ella.
—Espera —digo por fin—. ¿Aún estás ahí?
—No, ahora estoy en casa.
—Entonces… ¿te has ido? ¿La has avisado?
—No, ¿por qué tendría que hacerlo? —pregunta, como si toda la gente
actuara como él constantemente.
Me gusta la idea de que deje todo lo que está haciendo para hablar conmigo
por teléfono. No debería, pero me gusta. Me reconforta, aunque también me
hace suspirar y añadir:
—No estamos llevando bien esto de darnos espacio.
—Nunca lo hacemos. —Puedo imaginarlo sonriendo, aunque esté hablando a
más de ciento cincuenta kilómetros de distancia.
—Lo sé, pero…
—Ésta es nuestra versión del espacio. No te has metido en el coche y has
venido hasta aquí. Sólo has llamado.
—Supongo…
Me permito aceptar su lógica retorcida, aunque de alguna forma tiene razón.
Todavía no sé si eso es bueno o malo.
—¿Noah sigue por ahí? —pregunta entonces.
—No, se fue hace horas.
—Bien.
Estoy contemplando la oscuridad más allá de las horrorosas cortinas de mi
habitación cuando Hardin se echa a reír y dice:
—Hablar por teléfono es tan jodidamente raro…
—¿Por qué? —pregunto.
—No sé… Llevamos hablando más de una hora.
Aparto el teléfono de mi oreja para comprobar la hora y, sí, tiene razón.
—No me parecía que lleváramos tanto —digo.
—Lo sé, nunca he hablado tanto tiempo con nadie por teléfono. Excepto
cuando me llamas para darme el coñazo con que vas a traer a alguien a cenar o
alguna llamada de mis amigos, aunque ellos nunca hablan más de un par de
minutos.
—¿En serio?
—Sí, ¿por qué no? Nunca se me dio bien lo de las citas adolescentes; todos mis
amigos solían pasar horas al teléfono escuchando a sus novias hablar sobre
pintaúñas o de lo que coño hablen las chicas durante horas sin parar. —Se ríe y
y o frunzo un poco el ceño al recordar que Hardin nunca tuvo la oportunidad de
ser un adolescente normal.
—No te has perdido mucho —le aseguro.
—¿Con quién hablabas tú durante horas? ¿Con Noah? —El desprecio está
claro en su pregunta.
—No, y o tampoco hice lo de hablar durante horas. Estaba demasiado
ocupada ley endo novelas. —Puede que yo tampoco fuese una adolescente
normal.
—Bueno, entonces me alegro de que fueras una empollona —dice, haciendo
que el estómago me dé un vuelco.
—¡Theresa! —la repetida llamada de mi madre me devuelve a la realidad.
—¡Oh! ¿Se te ha pasado la hora de dormir? —se burla Hardin. Nuestra
relación, no relación, darnos-espacio-pero-hablar-por-teléfono se ha vuelto más
confusa en la última hora.
—Cállate —respondo, y cubro el auricular lo suficiente como para gritarle a
mi madre que ahora voy—. Tengo que ver qué quiere.
—¿De verdad te irás mañana?
—Sí.
Después de un momento de silencio, añade:
—De acuerdo, vale, pues ten cuidado… y esas cosas.
—¿Puedo llamarte por la mañana? —Mi voz tiembla al preguntar.
—No, probablemente no deberíamos volver a hacer esto —contesta, y mi
pecho se contrae—. Al menos no muy a menudo. No tiene sentido que hablemos
a todas horas si no vamos a estar juntos.
—Vale. —Mi respuesta suena baja, derrotada.
—Buenas noches, Tessa —dice, y la línea se corta.
Tiene razón y lo sé, pero saberlo no hace que duela menos. En primer lugar,
no debería haberlo llamado

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