69-71
CAPÍTULO 69
Tessa
Son las cinco menos cuarto de la madrugada y, por una vez, mi madre no está
vestida para salir. Lleva un pijama de seda de dos piezas, la bata ajustada
alrededor del cuerpo y unas zapatillas a juego en los pies. Aún tengo el cabello
mojado de la ducha, pero me he tomado mi tiempo para aplicarme un poco de
maquillaje y ponerme ropa decente.
Mi madre me estudia con detenimiento.
—Tienes todo lo que necesitas, ¿verdad?
—Sí, todo lo que tengo está en mi coche —contesto.
—De acuerdo, asegúrate de echar gasolina antes de abandonar la ciudad.
—Estaré bien, madre.
—Lo sé. Sólo intento ay udarte.
—Sé que lo intentas.
Abro los brazos para darle un abrazo de despedida y, cuando todo lo que
recibo es un pequeño abrazo rígido, me echo hacia atrás y decido servirme una
taza de café para el camino. Esa leve y tonta esperanza aún se aferra a mí, la
estúpida parte de mí que desea tan desesperadamente ver la luz de unos faros en
la oscuridad, Hardin saliendo de su coche, con bolsas en la mano y diciéndome
que está listo para viajar conmigo a Seattle.
Pero esa estúpida parte de mí es sólo eso: una estupidez.
Pasan diez minutos de las cinco, le doy un último abrazo a mi madre y subo
al coche, que por suerte he tenido la precaución de calentar previamente con la
calefacción. La dirección de Kimberly y Christian está programada en el GPS
de mi móvil. No hace más que apagarse y recalcular, y eso que ni siquiera he
arrancado todavía. En serio que necesito un teléfono nuevo. Si Hardin estuviera
aquí, no haría más que recordarme machaconamente que ésa es otra
buena razón para pillarme un iPhone.
Pero Hardin no está aquí.
El viaje es largo. Estoy sólo al principio de mi aventura y ya se ha formado una
gruesa nube de inseguridad en mi interior. Cada pequeña ciudad que dejo atrás
me hace sentir más y más fuera de lugar, y me pregunto si en Seattle me sentiré
incluso peor. ¿Conseguiré adaptarme o correré de vuelta al campus de la WCU, o
incluso de vuelta a casa de mi madre?
Compruebo el reloj del salpicadero y veo que sólo ha pasado una hora.
Aunque, si pienso en ello, la hora ha transcurrido bastante rápido, lo que, por
alguna extraña razón, hace que me sienta mejor.
En el momento en que vuelvo a mirar han pasado veinte minutos en un
suspiro. Cuanto más me alejo de todo, mejor me siento. No me dominan los
pensamientos de pánico mientras voy conduciendo a través de las oscuras y
desconocidas carreteras. Me concentro en mi futuro. El futuro que nadie puede
quitarme, al que nadie me puede obligar a renunciar. Me detengo a menudo a
buscar un café, para comer algo o simplemente para respirar el fresco aire de la
mañana. Cuando el sol sale a mitad de mi camino, me concentro en los brillantes
ray os amarillo y naranja que proy ecta y en la forma en que los colores se
mezclan entre sí, consiguiendo un nuevo día hermoso y radiante. Mi humor
mejora a medida que va aclarándose el cielo, y me descubro cantando con
Taylor Swift y tamborileando con los dedos en el volante mientras ella dice
« supe que me traerías problemas en cuanto entraste» , y me río de la ironía de la
letra de su canción.
Al dejar atrás el cartel de BIENVENIDOS A LA CIUDAD DE SEATTLE, mi
estómago se llena de mariposas. Lo estoy consiguiendo. Theresa Young ya está
oficialmente en Seattle, organizando su propia vida a la edad en que la may oría
de sus amigos aún tratan de decidir qué quieren hacer con las suyas.
Lo he logrado. No he repetido los errores de mi madre ni he esperado que
otras personas forjen mi destino por mí. He tenido ayuda, por supuesto, y me
siento muy agradecida por ello, pero ahora depende de mí pasar al siguiente
nivel. Tengo un programa de prácticas increíble, una amiga descarada y su
amado prometido, y un coche lleno con mis pertenencias.
No tengo un apartamento…, no tengo nada excepto mis libros, unas cuantas
cajas en el asiento trasero y mi trabajo.
Pero funcionará.
Lo sé. Tiene que funcionar.
Seré feliz en Seattle… Será como siempre imaginé que sería, seguro.
Cada kilómetro se hace eterno…, cada segundo está lleno de recuerdos, de
despedidas y de dudas.
La casa de Kimberly y Christian es incluso más grande de lo que había
imaginado por la descripción de mi amiga. Ya sólo la entrada me pone nerviosa
y me intimida. Hileras de árboles delimitan la propiedad, los setos alrededor de la
casa están bien podados y el aire huele a flores que no sé reconocer. Aparco
detrás del coche de Kimberly e inspiro hondo antes de salir. Las enormes puertas
de madera están coronadas con una gran « V» , y me estoy riendo de la
arrogancia de semejante decoración cuando Kimberly abre la puerta.
Alza una ceja al verme reír y sigue mi mirada hasta la puerta que acaba de
abrir.
—¡Nosotros no lo pusimos ahí! Lo juro: ¡la última familia que vivió aquí
fueron los Vermon!
—Yo no he dicho nada —la informo al tiempo que me encojo de hombros.
—Sé exactamente lo que estás pensando. Es horrible. Christian es un hombre
orgulloso, pero ni siquiera él haría una cosa así. —Golpetea la letra con una uña
carmesí y me río de nuevo mientras me hace entrar a toda prisa en la casa—.
¿Qué tal el viaje? Vamos, pasa, aquí fuera hace frío.
La sigo hasta el vestíbulo y agradezco el aire cálido y el dulce aroma de la
chimenea.
—Ha ido bien…, largo —contesto.
—Espero no tener que volver a hacer ese viaje nunca más. —Se frota la nariz
—. Christian está en la oficina. Yo me he tomado el día libre para asegurarme de
que te instalas bien. Smith volverá del colegio dentro de unas horas.
—Gracias de nuevo por dejar que me quede. Prometo que no estaré más de
un par de semanas.
—No te estreses; por fin estás en Seattle.
Ella sonríe y por fin caigo en la cuenta: « ¡ESTOY en Seattle!» .
CAPÍTULO 70
Hardin
—¿Cómo te fue el kickboxing ayer? —pregunta Landon con voz cansada y la
cara contorsionada en una estúpida expresión de esfuerzo físico mientras levanta
otro saco de abono. Cuando lo deja caer en su sitio, se lleva las manos a las
caderas y añade poniendo los ojos dramáticamente en blanco—: Podrías ayudar,
¿sabes?
—Lo sé —respondo desde la silla en la que estoy sentado, y levanto los pies
para reposarlos en una de las estanterías de madera del invernadero de Karen—.
El kickboxing estuvo bien. La entrenadora era una mujer, así que fue bastante
patético.
—¿Por qué? ¿Porque te pateó el trasero?
—¿Quieres decir el culo? No, no lo hizo.
—Y a todo esto, ¿por qué fuiste? Le dije a Tess que no te comprara ese bono
para el gimnasio, que no lo usarías.
El fastidio se instala en mi pecho por la forma en que la llama Tess. No me
gusta un pelo.
« Sólo es Landon» , me recuerdo a mí mismo.
De todas las mierdas de las que tengo que preocuparme ahora mismo,
Landon es la menor de todas ellas.
—Porque estaba cabreado y sentí que iba a romper todo lo que había en el
maldito apartamento, así que cuando vi el bono al sacar todos los cajones de la
cómoda, lo cogí, me puse las zapatillas y me fui allá.
—¿Sacaste todos los cajones? Tessa te va a matar… —Sacude la cabeza y por
fin se sienta sobre la pila de sacos de abono. Ni siquiera sé por qué se ha ofrecido
a ayudar a su madre a mover todo eso.
—De todos modos, no lo verá… Ya no es su apartamento —le recuerdo,
intentando mantener el tono cortante en mi voz.
Me mira con culpabilidad.
—Lo siento.
—Ya… —suspiro; ni siquiera tengo una réplica aguda para eso.
—Es duro para mí sentirme mal por ti cuando podrías estar allí con ella —
suelta Landon después de unos segundos en silencio.
—Que te jodan. —Reclino la cabeza contra la pared y puedo notar cómo me
mira.
—No tiene sentido —añade.
—No para ti.
—Ni para ella. Ni para nadie.
—No tengo que darle explicaciones a nadie —salto.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
En vez de contestarle, miro a mi alrededor, no muy seguro de qué hago en
este lugar.
—No tengo ningún otro sitio a donde ir.
« ¿Acaso se cree que no la echo de menos cada puto segundo que pasa? ¿Que
no preferiría estar con ella en vez de seguir aquí hablando con él?»
Me mira de reojo.
—Y ¿qué hay de tus amigos?
—¿Te refieres a los que drogaron a Tessa? ¿O al que me tendió una trampa
para soltarle lo de la apuesta? —replico contándolos con los dedos de la mano
para añadir un efecto dramático—. O tal vez te refieras al que constantemente
intenta meterse en sus bragas. ¿Quieres que continúe?
—Supongo que no. Aunque y o podría haberte dicho que tus amigos dan asco
—dice con un molesto retintín—. ¿Qué vas a hacer entonces?
Decido que mantener la paz es preferible a matarlo y me encojo de
hombros.
—Exactamente lo que estoy haciendo ahora.
—¿Así que vas a quedarte conmigo lloriqueando por los rincones?
—No estoy lloriqueando. Estoy haciendo lo que me dijiste que hiciera:
mejorarme a mí mismo. —Me burlo dibujando comillas con los dedos—. ¿Has
hablado con ella desde que se marchó? —pregunto.
—Sí, me ha enviado un mensaje esta mañana para decirme que ha llegado.
—Está en casa de Vance, ¿verdad?
—¿Por qué no lo averiguas por ti mismo?
« Joder, mira que Landon puede ser pesado.»
—Sé que está ahí. ¿Dónde, si no, iba a estar?
—Con ese tal Trevor —sugiere Landon rápidamente, y su sonrisita me hace
reconsiderar retirar la suspensión de la pena de muerte que le acabo de otorgar.
Si ahora mismo le hiciera un placaje, no le haría mucho daño. Total, no está
ni a un metro del suelo. Probablemente ni siquiera le dejaría marcas…
—Me había olvidado del puto Trevor —gruño masajeándome las sienes con
fuerza.
Trevor es casi tan irritante como Zed. Pero creo que Trevor en realidad tiene
buenas intenciones con respecto a Tessa, lo que aún me cabrea más. Lo hace aún
más peligroso.
—Y entonces, ¿cuál es el siguiente paso en el Proyecto de Automejora? —
Landon sonríe, pero la sonrisa desaparece rápidamente y su expresión se vuelve
seria—. Estoy realmente orgulloso de ti por hacer esto, ¿sabes? Es genial verte
intentarlo en serio, en vez de esforzarte durante una hora para volver a ser como
eras en el momento en que ella te perdona. También significará mucho para
Tessa ver que realmente estás trabajando para cambiar.
Dejo caer los pies y me balanceo ligeramente en la silla. Hablar de esto
despierta algo en mi interior.
—No intentes sermonearme, aún no he hecho una mierda; sólo ha pasado un
día. —Un largo, miserable y solitario día.
Landon abre mucho los ojos en señal de simpatía.
—No, lo digo en serio. No has recurrido al alcohol ni te has metido en peleas,
no te han arrestado y, además, sé que viniste a hablar con tu padre.
Me quedo con la boca abierta.
—¿Te lo ha contado? Qué capullo.
—No, él no me ha dicho nada. Pero vivo aquí y vi tu coche.
—Ah…
—Creo que el hecho de que hables con él significará mucho para Tessa —
continúa.
—¿Quieres parar? —le imploro con una rápida caída de hombros—. Joder,
que no eres mi loquero. Deja de actuar como si fueses mejor que yo y y o no
fuera más que alguna clase de animal herido al que tienes que…
—¿Por qué no puedes simplemente aceptar un cumplido? —me interrumpe él
—. Nunca he dicho que sea mejor que tú. Lo único que intento es estar ahí para
ti, como un amigo. No tienes a nadie, tú mismo lo has dicho, y ahora que has
permitido que Tessa se mude a Seattle, no tienes ni a una sola persona para darte
apoy o moral. —Me mira fijamente pero yo aparto los ojos—. Debes dejar de
alejar a la gente de ti, Hardin. Sé que no te caigo bien; me odias porque crees que
de algún modo soy el responsable de algunos de los problemas que tienes con tu
padre, pero Tessa y tú me importáis muchísimo, lo quieras oír o no.
—No quiero oírlo —le suelto.
¿Por qué siempre tiene que decir mierdas como ésa? Había venido a…, no sé,
a hablar con él, no a que me dijera lo mucho que le importo.
Además, ¿por qué tendría que importarle? No he sido más que un cabrón
desde el día que lo conocí, pero no lo odio. ¿De verdad cree que lo odio?
—Bueno, ésa es una de las cosas en las que necesitas trabajar. —Se pone en
pie y sale del invernadero, dejándome a solas.
—Joder.
Balanceo un pie delante de mí y golpeo sin querer una de las estanterías de
madera. Un crujido resuena por toda la sala y me pongo en pie de un salto.
—¡No, no, no!
Intento cazar al vuelo las cajas de flores, las macetas y todo lo que puedo
antes de que caiga al suelo. En segundos, todo, absolutamente todo está por los
suelos. Esto no está ocurriendo, yo no quería romper esta mierda, y aquí estoy,
con un montón de tierra, flores y macetas rotas a mis pies.
Tal vez pueda limpiarlo antes de que Karen…
—Oh, Dios mío… —La oigo contener el aliento y me vuelvo hacia la puerta
para verla allí de pie, con una pequeña pala de jardinero en la mano.
« Mieeeeerda.»
—No quería tirarlo, lo juro. Le he dado con el pie sin querer, la estantería se
ha roto y… y toda esta mierda ha empezado a caer… ¡He intentado cogerlo! —
trato de explicarle desesperado mientras ella corre hacia la pila de cerámica
rota.
Sus manos se mueven entre los pedazos, tratando de volver a juntar una
maceta azul que no podrá volver a estar de una pieza. Karen no dice nada, pero
la oigo sorber por la nariz y trata de secarse las mejillas con sus manos llenas de
tierra.
Tras unos segundos, murmura:
—He tenido esta maceta desde que era una niña. Fue la primera maceta que
usé para trasplantar un esqueje.
—Yo… —No sé qué decirle. He roto muchísimas cosas, pero esta vez sí que
ha sido un accidente. Me siento como una auténtica mierda.
—Esto y la porcelana eran lo único que me quedaba de mi abuela —llora.
La porcelana. La porcelana que he roto en un millón de pedazos.
—Karen, lo siento. Yo…
—Está bien, Hardin —suspira y arroja los trozos de la maceta sobre la pila de
suciedad.
Pero no está bien, puedo verlo en sus ojos castaños. Percibo lo herida que se
siente, y me sorprendo ante el peso de la culpa que se instala en mi pecho a la
vista de la tristeza en sus ojos. Contempla la maceta rota durante unos segundos
más y y o la observo en silencio. Trato de imaginar a Karen de niña, con unos
grandes ojos castaños y un alma amable incluso entonces. Apuesto a que era una
de esas niñas cariñosas con todo el mundo, hasta con los cabrones como yo.
Pienso en su abuela, que probablemente era tan buena como ella, entregándole
algo que Karen consideró lo suficientemente importante como para conservarlo
durante todos estos años. Yo nunca he tenido nada en mi vida que no haya
acabado destruido.
—Voy a terminar de preparar la cena. Pronto estará lista —dice al final.
Y entonces, secándose los ojos, abandona el invernadero igual que su hijo lo
ha hecho hace apenas unos minutos.
CAPÍTULO 71
Tessa
Es imposible ignorar a Smith y su adorable forma de andar a tu alrededor,
mirándolo todo, saludándote con un apretón de manos formal y cosiéndote
después a preguntas mientras tú intentas hacer tus tareas. Así que cuando entra en
la habitación en el momento en que estoy colgando mi ropa y me pregunta en
voz baja « ¿Dónde está tu Hardin?» , no puedo enfadarme con él.
Me pone un poco triste tener que explicarle que lo he dejado en la WCU, pero
este pequeñín es tan rico que atenúa el terrible dolor que siento.
—Y ¿dónde está la WCU? —pregunta.
Pongo la mejor de mis sonrisas.
—Lejos, muy muy lejos.
Smith entorna sus preciosos ojos verdes.
—¿Va a venir?
—No lo creo. Esto…, a ti te cae bien Hardin, ¿verdad, Smith? —Me río, paso
las mangas de mi viejo vestido marrón por una percha y lo cuelgo en el armario.
—Más o menos. Es gracioso.
—¡Oye, que yo también soy graciosa! —bromeo, pero él simplemente me
dedica una sonrisa tímida.
—No mucho —suelta con sinceridad.
Y eso me hace reír aún más fuerte.
—Hardin cree que soy graciosa —miento.
—¿En serio? —Smith se fija en lo que hago y empieza a ayudarme a
desempaquetar y a volver a doblar mi ropa.
—Sí, aunque nunca lo admitiría.
—¿Por qué?
—No lo sé —digo encogiéndome de hombros. Probablemente porque no soy
muy graciosa, y cuando intento serlo es aún peor.
—Bueno, dile a tu Hardin que venga a vivir aquí, como tú —dice con toda
tranquilidad, como un pequeño rey emitiendo un edicto.
Mi pecho se contrae ante las palabras de este dulce niño.
—Se lo diré. No hace falta que dobles eso —le advierto, intentando coger la
camisa azul que tiene entre las manitas.
—Me gusta doblar —replica, y esconde la camisa a su espalda.
¿Qué puedo hacer excepto asentir?
—Un día de éstos serás un buen marido —le digo, y sonrío.
Sus hoyuelos aparecen cuando me devuelve la sonrisa. Al menos parece que
le caigo un poco mejor que antes.
—No quiero ser un marido —dice arrugando la nariz, y pongo los ojos en
blanco ante este crío de cinco años que habla exactamente igual que un adulto.
—Algún día cambiarás de idea —lo pico.
—No. —Y con eso acaba la conversación y terminamos de colocar mi ropa
en silencio.
Mi primer día en Seattle se está acabando y mañana será mi primer día en la
nueva oficina. Estoy extremadamente nerviosa y ansiosa por ello. No me gustan
las cosas nuevas; de hecho, me aterrorizan. Me gusta controlar cada situación y
entrar en un nuevo entorno con un plan sólido. Pero no he tenido tiempo de
planear mucho todo esto, aparte de apuntarme a mis nuevas clases, que, para ser
sincera, tampoco es que me hagan especial ilusión. En algún momento durante
mi autoflagelación, Smith ha desaparecido, dejando sobre la cama una pila de
ropa perfectamente doblada.
Necesito salir y ver Seattle mañana después del trabajo. Necesito que me
recuerden lo que tanto me gusta de esta ciudad, porque ahora mismo, en este
dormitorio ajeno, a horas de distancia de todo lo que siempre he conocido me
siento… sola.
Tessa
Son las cinco menos cuarto de la madrugada y, por una vez, mi madre no está
vestida para salir. Lleva un pijama de seda de dos piezas, la bata ajustada
alrededor del cuerpo y unas zapatillas a juego en los pies. Aún tengo el cabello
mojado de la ducha, pero me he tomado mi tiempo para aplicarme un poco de
maquillaje y ponerme ropa decente.
Mi madre me estudia con detenimiento.
—Tienes todo lo que necesitas, ¿verdad?
—Sí, todo lo que tengo está en mi coche —contesto.
—De acuerdo, asegúrate de echar gasolina antes de abandonar la ciudad.
—Estaré bien, madre.
—Lo sé. Sólo intento ay udarte.
—Sé que lo intentas.
Abro los brazos para darle un abrazo de despedida y, cuando todo lo que
recibo es un pequeño abrazo rígido, me echo hacia atrás y decido servirme una
taza de café para el camino. Esa leve y tonta esperanza aún se aferra a mí, la
estúpida parte de mí que desea tan desesperadamente ver la luz de unos faros en
la oscuridad, Hardin saliendo de su coche, con bolsas en la mano y diciéndome
que está listo para viajar conmigo a Seattle.
Pero esa estúpida parte de mí es sólo eso: una estupidez.
Pasan diez minutos de las cinco, le doy un último abrazo a mi madre y subo
al coche, que por suerte he tenido la precaución de calentar previamente con la
calefacción. La dirección de Kimberly y Christian está programada en el GPS
de mi móvil. No hace más que apagarse y recalcular, y eso que ni siquiera he
arrancado todavía. En serio que necesito un teléfono nuevo. Si Hardin estuviera
aquí, no haría más que recordarme machaconamente que ésa es otra
buena razón para pillarme un iPhone.
Pero Hardin no está aquí.
El viaje es largo. Estoy sólo al principio de mi aventura y ya se ha formado una
gruesa nube de inseguridad en mi interior. Cada pequeña ciudad que dejo atrás
me hace sentir más y más fuera de lugar, y me pregunto si en Seattle me sentiré
incluso peor. ¿Conseguiré adaptarme o correré de vuelta al campus de la WCU, o
incluso de vuelta a casa de mi madre?
Compruebo el reloj del salpicadero y veo que sólo ha pasado una hora.
Aunque, si pienso en ello, la hora ha transcurrido bastante rápido, lo que, por
alguna extraña razón, hace que me sienta mejor.
En el momento en que vuelvo a mirar han pasado veinte minutos en un
suspiro. Cuanto más me alejo de todo, mejor me siento. No me dominan los
pensamientos de pánico mientras voy conduciendo a través de las oscuras y
desconocidas carreteras. Me concentro en mi futuro. El futuro que nadie puede
quitarme, al que nadie me puede obligar a renunciar. Me detengo a menudo a
buscar un café, para comer algo o simplemente para respirar el fresco aire de la
mañana. Cuando el sol sale a mitad de mi camino, me concentro en los brillantes
ray os amarillo y naranja que proy ecta y en la forma en que los colores se
mezclan entre sí, consiguiendo un nuevo día hermoso y radiante. Mi humor
mejora a medida que va aclarándose el cielo, y me descubro cantando con
Taylor Swift y tamborileando con los dedos en el volante mientras ella dice
« supe que me traerías problemas en cuanto entraste» , y me río de la ironía de la
letra de su canción.
Al dejar atrás el cartel de BIENVENIDOS A LA CIUDAD DE SEATTLE, mi
estómago se llena de mariposas. Lo estoy consiguiendo. Theresa Young ya está
oficialmente en Seattle, organizando su propia vida a la edad en que la may oría
de sus amigos aún tratan de decidir qué quieren hacer con las suyas.
Lo he logrado. No he repetido los errores de mi madre ni he esperado que
otras personas forjen mi destino por mí. He tenido ayuda, por supuesto, y me
siento muy agradecida por ello, pero ahora depende de mí pasar al siguiente
nivel. Tengo un programa de prácticas increíble, una amiga descarada y su
amado prometido, y un coche lleno con mis pertenencias.
No tengo un apartamento…, no tengo nada excepto mis libros, unas cuantas
cajas en el asiento trasero y mi trabajo.
Pero funcionará.
Lo sé. Tiene que funcionar.
Seré feliz en Seattle… Será como siempre imaginé que sería, seguro.
Cada kilómetro se hace eterno…, cada segundo está lleno de recuerdos, de
despedidas y de dudas.
La casa de Kimberly y Christian es incluso más grande de lo que había
imaginado por la descripción de mi amiga. Ya sólo la entrada me pone nerviosa
y me intimida. Hileras de árboles delimitan la propiedad, los setos alrededor de la
casa están bien podados y el aire huele a flores que no sé reconocer. Aparco
detrás del coche de Kimberly e inspiro hondo antes de salir. Las enormes puertas
de madera están coronadas con una gran « V» , y me estoy riendo de la
arrogancia de semejante decoración cuando Kimberly abre la puerta.
Alza una ceja al verme reír y sigue mi mirada hasta la puerta que acaba de
abrir.
—¡Nosotros no lo pusimos ahí! Lo juro: ¡la última familia que vivió aquí
fueron los Vermon!
—Yo no he dicho nada —la informo al tiempo que me encojo de hombros.
—Sé exactamente lo que estás pensando. Es horrible. Christian es un hombre
orgulloso, pero ni siquiera él haría una cosa así. —Golpetea la letra con una uña
carmesí y me río de nuevo mientras me hace entrar a toda prisa en la casa—.
¿Qué tal el viaje? Vamos, pasa, aquí fuera hace frío.
La sigo hasta el vestíbulo y agradezco el aire cálido y el dulce aroma de la
chimenea.
—Ha ido bien…, largo —contesto.
—Espero no tener que volver a hacer ese viaje nunca más. —Se frota la nariz
—. Christian está en la oficina. Yo me he tomado el día libre para asegurarme de
que te instalas bien. Smith volverá del colegio dentro de unas horas.
—Gracias de nuevo por dejar que me quede. Prometo que no estaré más de
un par de semanas.
—No te estreses; por fin estás en Seattle.
Ella sonríe y por fin caigo en la cuenta: « ¡ESTOY en Seattle!» .
CAPÍTULO 70
Hardin
—¿Cómo te fue el kickboxing ayer? —pregunta Landon con voz cansada y la
cara contorsionada en una estúpida expresión de esfuerzo físico mientras levanta
otro saco de abono. Cuando lo deja caer en su sitio, se lleva las manos a las
caderas y añade poniendo los ojos dramáticamente en blanco—: Podrías ayudar,
¿sabes?
—Lo sé —respondo desde la silla en la que estoy sentado, y levanto los pies
para reposarlos en una de las estanterías de madera del invernadero de Karen—.
El kickboxing estuvo bien. La entrenadora era una mujer, así que fue bastante
patético.
—¿Por qué? ¿Porque te pateó el trasero?
—¿Quieres decir el culo? No, no lo hizo.
—Y a todo esto, ¿por qué fuiste? Le dije a Tess que no te comprara ese bono
para el gimnasio, que no lo usarías.
El fastidio se instala en mi pecho por la forma en que la llama Tess. No me
gusta un pelo.
« Sólo es Landon» , me recuerdo a mí mismo.
De todas las mierdas de las que tengo que preocuparme ahora mismo,
Landon es la menor de todas ellas.
—Porque estaba cabreado y sentí que iba a romper todo lo que había en el
maldito apartamento, así que cuando vi el bono al sacar todos los cajones de la
cómoda, lo cogí, me puse las zapatillas y me fui allá.
—¿Sacaste todos los cajones? Tessa te va a matar… —Sacude la cabeza y por
fin se sienta sobre la pila de sacos de abono. Ni siquiera sé por qué se ha ofrecido
a ayudar a su madre a mover todo eso.
—De todos modos, no lo verá… Ya no es su apartamento —le recuerdo,
intentando mantener el tono cortante en mi voz.
Me mira con culpabilidad.
—Lo siento.
—Ya… —suspiro; ni siquiera tengo una réplica aguda para eso.
—Es duro para mí sentirme mal por ti cuando podrías estar allí con ella —
suelta Landon después de unos segundos en silencio.
—Que te jodan. —Reclino la cabeza contra la pared y puedo notar cómo me
mira.
—No tiene sentido —añade.
—No para ti.
—Ni para ella. Ni para nadie.
—No tengo que darle explicaciones a nadie —salto.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
En vez de contestarle, miro a mi alrededor, no muy seguro de qué hago en
este lugar.
—No tengo ningún otro sitio a donde ir.
« ¿Acaso se cree que no la echo de menos cada puto segundo que pasa? ¿Que
no preferiría estar con ella en vez de seguir aquí hablando con él?»
Me mira de reojo.
—Y ¿qué hay de tus amigos?
—¿Te refieres a los que drogaron a Tessa? ¿O al que me tendió una trampa
para soltarle lo de la apuesta? —replico contándolos con los dedos de la mano
para añadir un efecto dramático—. O tal vez te refieras al que constantemente
intenta meterse en sus bragas. ¿Quieres que continúe?
—Supongo que no. Aunque y o podría haberte dicho que tus amigos dan asco
—dice con un molesto retintín—. ¿Qué vas a hacer entonces?
Decido que mantener la paz es preferible a matarlo y me encojo de
hombros.
—Exactamente lo que estoy haciendo ahora.
—¿Así que vas a quedarte conmigo lloriqueando por los rincones?
—No estoy lloriqueando. Estoy haciendo lo que me dijiste que hiciera:
mejorarme a mí mismo. —Me burlo dibujando comillas con los dedos—. ¿Has
hablado con ella desde que se marchó? —pregunto.
—Sí, me ha enviado un mensaje esta mañana para decirme que ha llegado.
—Está en casa de Vance, ¿verdad?
—¿Por qué no lo averiguas por ti mismo?
« Joder, mira que Landon puede ser pesado.»
—Sé que está ahí. ¿Dónde, si no, iba a estar?
—Con ese tal Trevor —sugiere Landon rápidamente, y su sonrisita me hace
reconsiderar retirar la suspensión de la pena de muerte que le acabo de otorgar.
Si ahora mismo le hiciera un placaje, no le haría mucho daño. Total, no está
ni a un metro del suelo. Probablemente ni siquiera le dejaría marcas…
—Me había olvidado del puto Trevor —gruño masajeándome las sienes con
fuerza.
Trevor es casi tan irritante como Zed. Pero creo que Trevor en realidad tiene
buenas intenciones con respecto a Tessa, lo que aún me cabrea más. Lo hace aún
más peligroso.
—Y entonces, ¿cuál es el siguiente paso en el Proyecto de Automejora? —
Landon sonríe, pero la sonrisa desaparece rápidamente y su expresión se vuelve
seria—. Estoy realmente orgulloso de ti por hacer esto, ¿sabes? Es genial verte
intentarlo en serio, en vez de esforzarte durante una hora para volver a ser como
eras en el momento en que ella te perdona. También significará mucho para
Tessa ver que realmente estás trabajando para cambiar.
Dejo caer los pies y me balanceo ligeramente en la silla. Hablar de esto
despierta algo en mi interior.
—No intentes sermonearme, aún no he hecho una mierda; sólo ha pasado un
día. —Un largo, miserable y solitario día.
Landon abre mucho los ojos en señal de simpatía.
—No, lo digo en serio. No has recurrido al alcohol ni te has metido en peleas,
no te han arrestado y, además, sé que viniste a hablar con tu padre.
Me quedo con la boca abierta.
—¿Te lo ha contado? Qué capullo.
—No, él no me ha dicho nada. Pero vivo aquí y vi tu coche.
—Ah…
—Creo que el hecho de que hables con él significará mucho para Tessa —
continúa.
—¿Quieres parar? —le imploro con una rápida caída de hombros—. Joder,
que no eres mi loquero. Deja de actuar como si fueses mejor que yo y y o no
fuera más que alguna clase de animal herido al que tienes que…
—¿Por qué no puedes simplemente aceptar un cumplido? —me interrumpe él
—. Nunca he dicho que sea mejor que tú. Lo único que intento es estar ahí para
ti, como un amigo. No tienes a nadie, tú mismo lo has dicho, y ahora que has
permitido que Tessa se mude a Seattle, no tienes ni a una sola persona para darte
apoy o moral. —Me mira fijamente pero yo aparto los ojos—. Debes dejar de
alejar a la gente de ti, Hardin. Sé que no te caigo bien; me odias porque crees que
de algún modo soy el responsable de algunos de los problemas que tienes con tu
padre, pero Tessa y tú me importáis muchísimo, lo quieras oír o no.
—No quiero oírlo —le suelto.
¿Por qué siempre tiene que decir mierdas como ésa? Había venido a…, no sé,
a hablar con él, no a que me dijera lo mucho que le importo.
Además, ¿por qué tendría que importarle? No he sido más que un cabrón
desde el día que lo conocí, pero no lo odio. ¿De verdad cree que lo odio?
—Bueno, ésa es una de las cosas en las que necesitas trabajar. —Se pone en
pie y sale del invernadero, dejándome a solas.
—Joder.
Balanceo un pie delante de mí y golpeo sin querer una de las estanterías de
madera. Un crujido resuena por toda la sala y me pongo en pie de un salto.
—¡No, no, no!
Intento cazar al vuelo las cajas de flores, las macetas y todo lo que puedo
antes de que caiga al suelo. En segundos, todo, absolutamente todo está por los
suelos. Esto no está ocurriendo, yo no quería romper esta mierda, y aquí estoy,
con un montón de tierra, flores y macetas rotas a mis pies.
Tal vez pueda limpiarlo antes de que Karen…
—Oh, Dios mío… —La oigo contener el aliento y me vuelvo hacia la puerta
para verla allí de pie, con una pequeña pala de jardinero en la mano.
« Mieeeeerda.»
—No quería tirarlo, lo juro. Le he dado con el pie sin querer, la estantería se
ha roto y… y toda esta mierda ha empezado a caer… ¡He intentado cogerlo! —
trato de explicarle desesperado mientras ella corre hacia la pila de cerámica
rota.
Sus manos se mueven entre los pedazos, tratando de volver a juntar una
maceta azul que no podrá volver a estar de una pieza. Karen no dice nada, pero
la oigo sorber por la nariz y trata de secarse las mejillas con sus manos llenas de
tierra.
Tras unos segundos, murmura:
—He tenido esta maceta desde que era una niña. Fue la primera maceta que
usé para trasplantar un esqueje.
—Yo… —No sé qué decirle. He roto muchísimas cosas, pero esta vez sí que
ha sido un accidente. Me siento como una auténtica mierda.
—Esto y la porcelana eran lo único que me quedaba de mi abuela —llora.
La porcelana. La porcelana que he roto en un millón de pedazos.
—Karen, lo siento. Yo…
—Está bien, Hardin —suspira y arroja los trozos de la maceta sobre la pila de
suciedad.
Pero no está bien, puedo verlo en sus ojos castaños. Percibo lo herida que se
siente, y me sorprendo ante el peso de la culpa que se instala en mi pecho a la
vista de la tristeza en sus ojos. Contempla la maceta rota durante unos segundos
más y y o la observo en silencio. Trato de imaginar a Karen de niña, con unos
grandes ojos castaños y un alma amable incluso entonces. Apuesto a que era una
de esas niñas cariñosas con todo el mundo, hasta con los cabrones como yo.
Pienso en su abuela, que probablemente era tan buena como ella, entregándole
algo que Karen consideró lo suficientemente importante como para conservarlo
durante todos estos años. Yo nunca he tenido nada en mi vida que no haya
acabado destruido.
—Voy a terminar de preparar la cena. Pronto estará lista —dice al final.
Y entonces, secándose los ojos, abandona el invernadero igual que su hijo lo
ha hecho hace apenas unos minutos.
CAPÍTULO 71
Tessa
Es imposible ignorar a Smith y su adorable forma de andar a tu alrededor,
mirándolo todo, saludándote con un apretón de manos formal y cosiéndote
después a preguntas mientras tú intentas hacer tus tareas. Así que cuando entra en
la habitación en el momento en que estoy colgando mi ropa y me pregunta en
voz baja « ¿Dónde está tu Hardin?» , no puedo enfadarme con él.
Me pone un poco triste tener que explicarle que lo he dejado en la WCU, pero
este pequeñín es tan rico que atenúa el terrible dolor que siento.
—Y ¿dónde está la WCU? —pregunta.
Pongo la mejor de mis sonrisas.
—Lejos, muy muy lejos.
Smith entorna sus preciosos ojos verdes.
—¿Va a venir?
—No lo creo. Esto…, a ti te cae bien Hardin, ¿verdad, Smith? —Me río, paso
las mangas de mi viejo vestido marrón por una percha y lo cuelgo en el armario.
—Más o menos. Es gracioso.
—¡Oye, que yo también soy graciosa! —bromeo, pero él simplemente me
dedica una sonrisa tímida.
—No mucho —suelta con sinceridad.
Y eso me hace reír aún más fuerte.
—Hardin cree que soy graciosa —miento.
—¿En serio? —Smith se fija en lo que hago y empieza a ayudarme a
desempaquetar y a volver a doblar mi ropa.
—Sí, aunque nunca lo admitiría.
—¿Por qué?
—No lo sé —digo encogiéndome de hombros. Probablemente porque no soy
muy graciosa, y cuando intento serlo es aún peor.
—Bueno, dile a tu Hardin que venga a vivir aquí, como tú —dice con toda
tranquilidad, como un pequeño rey emitiendo un edicto.
Mi pecho se contrae ante las palabras de este dulce niño.
—Se lo diré. No hace falta que dobles eso —le advierto, intentando coger la
camisa azul que tiene entre las manitas.
—Me gusta doblar —replica, y esconde la camisa a su espalda.
¿Qué puedo hacer excepto asentir?
—Un día de éstos serás un buen marido —le digo, y sonrío.
Sus hoyuelos aparecen cuando me devuelve la sonrisa. Al menos parece que
le caigo un poco mejor que antes.
—No quiero ser un marido —dice arrugando la nariz, y pongo los ojos en
blanco ante este crío de cinco años que habla exactamente igual que un adulto.
—Algún día cambiarás de idea —lo pico.
—No. —Y con eso acaba la conversación y terminamos de colocar mi ropa
en silencio.
Mi primer día en Seattle se está acabando y mañana será mi primer día en la
nueva oficina. Estoy extremadamente nerviosa y ansiosa por ello. No me gustan
las cosas nuevas; de hecho, me aterrorizan. Me gusta controlar cada situación y
entrar en un nuevo entorno con un plan sólido. Pero no he tenido tiempo de
planear mucho todo esto, aparte de apuntarme a mis nuevas clases, que, para ser
sincera, tampoco es que me hagan especial ilusión. En algún momento durante
mi autoflagelación, Smith ha desaparecido, dejando sobre la cama una pila de
ropa perfectamente doblada.
Necesito salir y ver Seattle mañana después del trabajo. Necesito que me
recuerden lo que tanto me gusta de esta ciudad, porque ahora mismo, en este
dormitorio ajeno, a horas de distancia de todo lo que siempre he conocido me
siento… sola.
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