7-9
CAPÍTULO 7
Hardin
El padre de Tessa está despierto, sentado en el sofá con los brazos cruzados y
mirando por la ventana.
—¿Te llevo a alguna parte? —le pregunto.
No me apasiona la idea de llevarlo a ningún sitio, pero aún me hace menos
gracia dejarlo a solas con ella.
Gira la cabeza, como si lo hubiera asustado.
—Sí, si no es molestia.
—No lo es —me apresuro a responder.
—Vale. Iré a despedirme de Tessie. —Mira hacia nuestro dormitorio.
Me dirijo a la puerta sin saber qué voy a hacer cuando haya soltado a este
pobre diablo, pero no nos conviene a ninguno de los dos que me quede aquí. Sé
que ella no tiene toda la culpa, aunque estoy acostumbrado a pagarla con los
demás y ella siempre está conmigo, así que es un blanco fácil. Lo que me
convierte en un hijo de perra patético, soy consciente de ello. No aparto la vista
de la entrada de nuestro apartamento, esperando a Richard. Si no viene pronto,
me iré solo. Sin embargo, suspiro porque no me apetece nada dejarlo aquí con
ella.
Por fin, el padre del año sale por la puerta bajándose las mangas de la
camisa. Esperaba que se fuera con mi ropa, que Tessa le prestó, pero ha vuelto a
ponerse la suy a, sólo que ahora está limpia. Bendita Tessa, es demasiado buena.
Subo el volumen de la radio cuando abre la puerta del acompañante con la
esperanza de que la música le quite las ganas de charlar.
No hay suerte.
—Me ha pedido que te diga que tengas cuidado —dice en cuanto se mete en
el coche. Se abrocha el cinturón de seguridad como si estuviera enseñándome
cómo se hace. Como si fuera una auxiliar de vuelo.
Asiento y arranco.
—¿Qué tal la reunión? —pregunta a continuación.
—¿Es coña? —Enarco una ceja en su dirección.
—Era por curiosidad. —Tamborilea con los dedos sobre su pierna—. Me
alegro de que te acompañara.
—Ya.
—Se parece mucho a su madre.
Lo miro de reojo.
—Ni de lejos. No se parece en nada a esa mujer.
« ¿Es que quiere que lo deje tirado en mitad de la autopista?»
Se echa a reír.
—Sólo en lo bueno, claro está. Es muy testaruda, como Carol. Quiere lo que
quiere, pero Tessie es mucho más dulce y cariñosa.
Ya estamos otra vez con esa mierda de « Tessie» .
—Os he oído discutir. Me habéis despertado.
Pongo los ojos en blanco.
—Perdona que te hay amos despertado a mediodía mientras te echabas una
siesta en nuestro sofá.
Vuelve a responderme con una carcajada.
—Lo pillo, tío, estás cabreado con el mundo. Yo también lo estaba. Qué coño,
aún lo estoy. Pero cuando encuentras a alguien que está dispuesto a aguantar tus
mierdas, y a no hace falta seguir enfadado.
« Vale, abuelo, y ¿qué me sugieres que haga cuando es tu hija la que me
cabrea tantísimo?»
—Mira, confieso que no eres tan malo como pensaba —digo—, pero no te he
pedido consejo, así que no pierdas el tiempo dándomelos.
—No te estoy dando consejos, te lo digo por experiencia. No me gustaría que
rompierais.
« No vamos a romper, capullo.» Sólo estoy intentando que entienda mi
perspectiva. Quiero estar con ella, y lo estaré. Sólo tiene que dar su brazo a torcer
y venirse conmigo. Aunque estoy que muerdo porque ha vuelto a meter a Zed de
por medio a pesar de que me prometió lo contrario.
Apago la radio.
—No me conoces y a ella tampoco, la verdad. ¿Cómo es que te importa?
—Porque sé que le convienes.
—¿Ah, sí? —respondo con todo el sarcasmo del mundo. Menos mal que
estamos cerca de su zona, estoy deseando que termine esta espantosa
conversación.
—Sí, eres bueno para ella.
Entonces me doy cuenta, aunque jamás lo confesaré, de que es muy
agradable que alguien diga que soy bueno para ella, aunque ese alguien sea el
capullo borracho de su padre. Amí me vale.
—¿Te apetece volver a verla? —le pregunto y, rápidamente, añado—: Y
¿dónde quieres que te deje exactamente?
—Cerca del local donde nos vimos ayer. Ya se me ocurrirá algo cuando
llegue. Y, sí, espero volver a verla. Tengo que compensarla por muchas cosas.
—Sí, eso es verdad.
El aparcamiento que hay junto a la tienda de tatuajes está vacío; normal, tan
sólo es mediodía.
—¿Te importa llevarme hasta el final de la calle? —pregunta Richard
entonces.
Asiento y dejamos la tienda atrás. Lo único que hay al final de la calle es un
bar y una lavandería vieja.
—Gracias por el viaje.
—Ya.
—¿Te apetece entrar? —me pregunta señalando el pequeño bar.
Tomarme una copa con el padre borracho y sin techo de Tessa no parece lo
más inteligente del mundo en este momento.
No obstante, soy famoso por tomar pésimas decisiones.
—A la mierda —mascullo, apago el motor y lo sigo al bar. Tampoco tengo
otro sitio mejor en el que estar.
El local está oscuro y huele a humedad y a whisky. Lo sigo a la pequeña
barra, cojo un taburete y dejo uno vacío entre ambos. Una mujer de mediana
edad vestida con una ropa que espero que sea de su hija adolescente se acerca a
nosotros. Sin una palabra, le sirve a Richard un pequeño vaso de whisky con hielo.
—¿Y para ti? —me pregunta con una voz más ronca y grave que la mía.
—Lo mismo.
La voz de Tessa advirtiéndome que no lo haga resuena en mi mente clara
como el repique de una campana. La hago callar, la aparto de mí.
Levanto el vaso y brindamos y le echamos un trago.
—¿Cómo puedes permitirte beber si no tienes trabajo? —le pregunto.
—Limpio el bar de vez en cuando, así que bebo gratis —dice avergonzado.
—Entonces ¿por qué no dejas la bebida y que te paguen?
—No lo sé. Lo he intentado mil veces. —Mira su vaso con los párpados caídos
y por un segundo se parecen a los míos. Puedo verme reflejado en ellos—.
Espero que me resulte más fácil si puedo ver a mi hija de vez en cuando.
Asiento sin molestarme en hacer un comentario sarcástico. Rodeo el vaso frío
con los dedos y doy las gracias por la quemazón familiar del whisky en mi
garganta cuando empino el codo y me lo bebo de un trago. En cuanto lo deslizo
por la superficie medio pulida de la barra, la mujer me mira a los ojos y se
dispone a prepararme otro.
CAPÍTULO 8
Tessa
—¡¿Tu padre?! —dice Landon con incredulidad a través del teléfono.
Se me había olvidado que no he tenido ocasión de contarle lo del regreso de
mi padre.
—Sí, nos lo encontramos ayer por casualidad.
—¿Cómo está? ¿Qué te ha dicho? ¿Cómo es?
—Es…
No sé por qué, pero me da vergüenza contarle a Landon que mi padre sigue
bebiendo. Sé que no va a juzgarme, pero aun así me da cosa.
—¿Sigue…?
—Sí, sigue. Estaba borracho cuando lo vimos, pero nos lo trajimos a casa y se
quedó a pasar la noche. —Me retuerzo un mechón de pelo con el dedo índice.
—Y ¿Hardin lo consintió?
—No era decisión suya, también es mi apartamento —salto. Pero me siento
fatal al instante y me disculpo—: Perdóname, acabo de tenerla con Hardin
porque cree que puede controlarlo todo.
—Tessa, ¿quieres que me escape un rato de clase y vay a a verte? —Landon
es tan amable…, se le nota hasta en la forma de hablar.
—No, estoy exagerando. —Suspiro y miro alrededor—. Creo que voy a
acercarme al campus. Todavía llego a la última clase de hoy.
Ahora mismo me vendría de perlas hacer y oga y tomarme un café.
Escucho a Landon mientras me pongo la ropa de deporte. Parece una pérdida
de tiempo conducir hasta el campus para ir sólo a una clase, pero no quiero
quedarme sentada en el apartamento esperando a que Hardin regrese de
dondequiera que hay a ido.
—El profesor Soto ha preguntado hoy por ti, y Ken me ha dicho que escribió
una declaración jurada dando fe del carácter de Hardin. ¿Qué te parece? —
pregunta.
—¿Eso ha hecho Soto? Ni idea… Se ofreció a ay udarlo, pero creía que no iba
en serio. Supongo que le cae bien o algo así.
—¿Que le cae bien? ¿Hardin le cae bien? —Landon se parte de la risa y no
puedo evitar que me contagie.
Se me cae el teléfono en el lavabo mientras me hago una coleta. Me maldigo
por ser tan torpe y vuelvo a colocármelo en la oreja a tiempo para oír a Landon
diciéndome que se va un rato a la biblioteca antes de que empiece su siguiente
clase. Nos despedimos, cuelgo y empiezo a escribirle un mensaje a Hardin para
que sepa dónde estoy, pero cierro la aplicación al instante.
Entrará en razón acerca de Seattle, no le queda otra.
Para cuando llego a la facultad, el viento vuelve a soplar con fuerza y el cielo
tiene un tono gris y feo. Voy a por una taza de café y calculo que tengo media
hora antes de que empiece la clase de yoga. La biblioteca está en la otra punta
del campus, no me da tiempo a ir a ver a Landon. Decido esperar en la puerta
del aula del profesor Soto.
Su clase está a punto de terminar y… Un reguero de estudiantes que salen del
aula casi en estampida interrumpe el hilo de mis pensamientos. Cojo mi bolsa,
me la echo al hombro y me abro paso entre ellos para poder entrar. El profesor
está de espaldas a mí, poniéndose la cazadora de cuero.
Cuando se vuelve, me saluda con una sonrisa.
—Señorita Young.
—Hola, profesor Soto.
—¿Qué la trae por aquí? ¿Necesita el tema de la entrada del diario que se ha
perdido hoy?
—No, y a me lo ha dicho Landon. He venido a darle las gracias. —Me
revuelvo incómoda en mis zapatillas de deporte.
—¿Por?
—Por escribir la declaración jurada dando fe del carácter de Hardin. Sé que
él no ha sido tan amable con usted, así que se lo agradezco de veras.
—No ha sido nada, la verdad. Todo el mundo merece una educación de
calidad, incluso los gallos de pelea. —Se ríe.
—Supongo que sí. —Le sonrío y miro alrededor sin saber qué decir a
continuación.
—Además, Zed se lo tenía merecido —añade repentinamente.
« ¿Cómo?»
Lo miro.
—¿Qué quiere decir?
El profesor Soto parpadea un par de veces antes de recobrar la compostura.
—Nada, sólo es que… estoy seguro de que Hardin tenía un buen motivo para
ir a por él, eso es todo. He de irme, tengo que asistir a una reunión, pero gracias
por venir. La veré en clase el miércoles.
—No puedo venir el miércoles, me voy de viaje.
Se despide con la mano.
—Entonces, que lo pase usted muy bien. La veré a su regreso.
Se marcha a toda prisa y me deja preguntándome qué habrá querido decir.
CAPÍTULO 9
Hardin
Richard, mi inesperado compañero de borrachera, ha ido al servicio por cuarta
vez desde que hemos llegado. Empiezo a pensar que a Betsy, la camarera, le
gusta un poco el tipo, cosa que me incomoda bastante.
—¿Otra? —pregunta.
Asiento para que la mujer fornida se vaya. Son las dos de la tarde, me he
tomado cuatro copas. No sería tan terrible si no se hubiera tratado de cuatro
whiskys a palo seco.
No puedo pensar con claridad y sigo cabreado. No sé qué o quién me cabrea
más, así que he dejado de pensar y he decidido entregarme a un estado general
de « que le den por culo al mundo» .
—Aquí tienes. —La camarera desliza el vaso hacia mí y Richard se sienta en
el taburete contiguo. Creía que había pillado la importancia que tenía el taburete
vacío entre nosotros. Me equivocaba.
Se vuelve hacia mí y se acaricia el bigote. Es un sonido repulsivo.
—¿Me has pedido otra?
—Deberías afeitártelo —declaro ofreciéndole mi opinión de borracho.
—¿Te refieres a esto? —Vuelve a hacer la cosa esa con la mano.
—Sí, eso. No te queda bien —le digo.
—Me gusta, me mantiene abrigado. —Se echa a reír y yo doy un trago para
no reírme también.
—¡Betsy ! —grita. Ella asiente y retira el vaso vacío de la barra. Luego
Richard me mira—. ¿Vas a contarme por qué estás emborrachándote?
—No. —Le doy vueltas a mi vaso y el hielo tintinea contra el cristal.
—Vale, sin preguntas. Sólo bebida —dice con alegría.
Ya casi no lo odio. Al menos, hasta que me imagino a una niña rubia de diez
años escondiéndose en el invernadero. Tiene los ojos azules muy abiertos, casi
aterrorizados… Y entonces aparece el niño rubio con la chaqueta de punto verde
y se convierte en el héroe de la película.
—Una pregunta —insiste sacándome de mis ensoñaciones.
Respiro hondo y le doy un buen trago a mi bebida para no hacer una
estupidez. Vamos, una estupidez aún más gorda que emborracharme con el padre
alcohólico de mi novia.
Esta familia y su manía de hacer preguntas.
—Una —le digo.
—¿De verdad te han expulsado hoy de la facultad?
Miro el letrero de neón de la cerveza Pabst y medito la pregunta, deseando no
haberme tomado cuatro…, no, cinco copas.
—No, pero ella cree que sí —confieso.
—Y ¿por qué lo cree?
« Maldito entrometido.»
—Porque y o se lo he dicho. —Me vuelvo hacia él y añado con mirada
inexpresiva—: Se acabaron las confesiones por hoy.
—Como quieras. —Sonríe y levanta la copa para brindar conmigo, pero yo
aparto la mía y meneo la cabeza.
Por cómo se ríe, sé que no esperaba que brindara con él y que le parezco
muy divertido. Amí él, en cambio, me resulta muy molesto.
Una mujer de su misma edad aparece entonces a su lado y se sienta en el
taburete vacío que hay al lado. Le pasa un delgado brazo por los hombros y lo
saluda efusivamente. No me parece una sin techo, pero está claro que conoce a
Richard. Seguro que él se pasa el día en este bar de mala muerte. Aprovecho que
está distraído para ver si tengo algún mensaje de Tessa. Nada.
Es un alivio, pero no me gusta que no haya intentado hablar conmigo. Es un
alivio porque estoy borracho, pero no me gusta porque ya la añoro. Con cada
copa de whisky que me echo al gaznate, la deseo más y más y el vacío de su
ausencia se hace más grande.
« Joder, pero ¿qué me ha hecho?»
Es de lo más insistente, siempre buscándome las cosquillas. Es como si se
sentara a pensar en nuevas maneras de sacarme de quicio. De hecho, es
probable que lo haga. Seguro que se sienta en la cama con las piernas cruzadas y
su estúpida agenda en el regazo, un bolígrafo entre los dientes, otro en la oreja, y
anota cosas que hacer o que decir para volverme loco.
Llevamos cinco meses juntos, cinco meses. Es una eternidad, mucho más
tiempo del que me creía capaz de estar con alguien. Es verdad que no hemos
estado saliendo todo ese tiempo y que hemos pasado, más bien malgastado,
meses por mi culpa por intentar mantenerme alejado de ella.
La voz de Richard interrumpe entonces mis pensamientos.
—Te presento a Nancy.
Saludo con la cabeza a la mujer y bajo la vista hacia la madera oscura de la
barra.
—Nancy, este joven tan educado es Hardin. Es el novio de Tessie —dice muy
orgulloso.
¿Cómo es que está orgulloso de que salga con su hija?
—¡Tessie tiene novio! ¿La has traído? Me encantaría conocerla al fin —
exclama la mujer—. ¡Richard me ha hablado mucho de ella!
—No ha venido —mascullo.
—Qué pena. ¿Qué tal su fiesta de cumpleaños? Fue el fin de semana pasado,
¿verdad?
« ¿Qué?»
Richard me suplica con la mirada que le siga la corriente, es evidente que la
tiene engañada.
—Sí, estuvo bien —contesta por mí antes de terminarse la copa.
—Qué bien —dice Nancy señalando la entrada—. ¡Mira, ahí está!
Mis ojos vuelan hacia la puerta y por un instante creo que está hablando de
Tessa, cosa que no tiene sentido. No la conoce. Una rubia delgaducha se acerca a
nosotros desde la otra punta del bar. Este puñetero garito se está llenando
demasiado.
Levanto el vaso vacío.
—Otra.
La camarera pone los ojos en blanco y susurra « Gilipollas» , pero me sirve
otra.
—Te presento a mi hija, Shannon —dice Nancy.
Shannon me mira de arriba abajo. Lleva tanto rímel que parece que lleve
arañas pegadas a los párpados.
—Shannon, te presento a Hardin —dice Richard, pero no muevo un dedo para
saludarla.
Hace muchos meses es probable que le hubiera prestado un mínimo de
atención a esta chica tan desesperada. Es posible que le hubiera permitido
chupármela en el baño asqueroso de este bar. Pero ahora sólo quiero que deje de
mirarme.
—A menos que te la quites, no creo que puedas enseñar más —le digo
refiriéndome al modo ridículo en que le da tirones al bajo de su camiseta para
lucir el escaso canalillo que Dios le ha dado.
—¿Perdona? —resopla llevándose las manos a las estrechas caderas.
—Ya me has oído.
—Vale, vale. Hay a paz —dice Richard levantando las manos.
Y, con eso, Nancy y el pendón de su hija se van a buscar una mesa.
—De nada —le digo, pero él menea la cabeza.
—Eres un cabrón desagradable. —Y, sin darme tiempo a reaccionar, añade
—: Como a mí me gustan.
Tres copas más tarde, apenas si me tengo en el taburete. Richard, que es un
profesional de la bebida, parece tener el mismo problema y se inclina
peligrosamente hacia mí.
—Así que cuando me soltaron al día siguiente… ¡tuve que caminar cinco
kilómetros! Y encima bajo la lluvia…
Sigue y sigue contándome la última vez que lo arrestaron. Yo sigo bebiendo y
fingiendo que no se dirige a mí.
—Si tengo que guardarte el secreto, al menos deberías contarme por qué le
has dicho a Tessie que te han expulsado —dice al fin.
Ya sabía y o que iba a esperar a tenerme como una cuba antes de volver a
sacar el tema.
—Así es más fácil —confieso.
—¿Cómo es eso?
—Porque quiero que se venga conmigo a Inglaterra y no le entusiasma la
idea.
—No lo entiendo. —Me pellizca la nariz.
—Tu hija quiere dejarme y no puedo consentirlo.
—Por eso le has dicho que te han echado de la universidad, para que se vay a
a Inglaterra contigo.
—Básicamente.
Mira su copa y luego a mí.
—Menuda estupidez.
—Lo sé. —Y dicho en voz alta aún suena más ridículo pero, a veces, en mi
cabeza demente, tiene sentido—. Además, ¿quién eres tú para darme consejos?
—le suelto.
—Nadie. Sólo digo que, si sigues así, acabarás como yo.
Quiero decirle que cierre el pico y se meta en sus asuntos, pero cuando
levanto la vista vuelvo a ver ese parecido que he notado cuando nos hemos
sentado a la barra. Mierda.
—No se lo digas —le recuerdo.
—No lo haré. —Se vuelve hacia Betsy—. Otra ronda.
Ella le sonríe y nos prepara las bebidas. No creo que pueda tomarme otra.
—Yo y a me he tomado la última. Ahora mismo tienes tres ojos —le digo.
Se encoge de hombros.
—Así salgo a más.
« Soy un novio penoso» , pienso para mis adentros mientras me pregunto qué
estará haciendo Tessie, quiero decir Tessa, en este momento.
—Soy un padre penoso —dice Richard.
Estoy demasiado borracho para comprender la diferencia entre pensar y
hablar, así que no sé si lo que ha dicho es pura coincidencia o si y o he pensado en
voz alta…
—Levanta —dice una voz áspera a la izquierda de Richard.
Es un hombre bajito y arisco con una barba aún más tupida que la de mi
compañero de borrachera.
—No hay más taburetes, amigo —le contesta Richard lentamente.
—Pues por eso, levanta —amenaza el hombre.
« Mierda, ahora, no. No, por favor.»
—No vamos a levantarnos —le digo al tipejo para que se vaya.
Entonces el hombre comete el error de agarrar a Richard del cuello de la
camisa y tirar para ponerlo en pie
Hardin
El padre de Tessa está despierto, sentado en el sofá con los brazos cruzados y
mirando por la ventana.
—¿Te llevo a alguna parte? —le pregunto.
No me apasiona la idea de llevarlo a ningún sitio, pero aún me hace menos
gracia dejarlo a solas con ella.
Gira la cabeza, como si lo hubiera asustado.
—Sí, si no es molestia.
—No lo es —me apresuro a responder.
—Vale. Iré a despedirme de Tessie. —Mira hacia nuestro dormitorio.
Me dirijo a la puerta sin saber qué voy a hacer cuando haya soltado a este
pobre diablo, pero no nos conviene a ninguno de los dos que me quede aquí. Sé
que ella no tiene toda la culpa, aunque estoy acostumbrado a pagarla con los
demás y ella siempre está conmigo, así que es un blanco fácil. Lo que me
convierte en un hijo de perra patético, soy consciente de ello. No aparto la vista
de la entrada de nuestro apartamento, esperando a Richard. Si no viene pronto,
me iré solo. Sin embargo, suspiro porque no me apetece nada dejarlo aquí con
ella.
Por fin, el padre del año sale por la puerta bajándose las mangas de la
camisa. Esperaba que se fuera con mi ropa, que Tessa le prestó, pero ha vuelto a
ponerse la suy a, sólo que ahora está limpia. Bendita Tessa, es demasiado buena.
Subo el volumen de la radio cuando abre la puerta del acompañante con la
esperanza de que la música le quite las ganas de charlar.
No hay suerte.
—Me ha pedido que te diga que tengas cuidado —dice en cuanto se mete en
el coche. Se abrocha el cinturón de seguridad como si estuviera enseñándome
cómo se hace. Como si fuera una auxiliar de vuelo.
Asiento y arranco.
—¿Qué tal la reunión? —pregunta a continuación.
—¿Es coña? —Enarco una ceja en su dirección.
—Era por curiosidad. —Tamborilea con los dedos sobre su pierna—. Me
alegro de que te acompañara.
—Ya.
—Se parece mucho a su madre.
Lo miro de reojo.
—Ni de lejos. No se parece en nada a esa mujer.
« ¿Es que quiere que lo deje tirado en mitad de la autopista?»
Se echa a reír.
—Sólo en lo bueno, claro está. Es muy testaruda, como Carol. Quiere lo que
quiere, pero Tessie es mucho más dulce y cariñosa.
Ya estamos otra vez con esa mierda de « Tessie» .
—Os he oído discutir. Me habéis despertado.
Pongo los ojos en blanco.
—Perdona que te hay amos despertado a mediodía mientras te echabas una
siesta en nuestro sofá.
Vuelve a responderme con una carcajada.
—Lo pillo, tío, estás cabreado con el mundo. Yo también lo estaba. Qué coño,
aún lo estoy. Pero cuando encuentras a alguien que está dispuesto a aguantar tus
mierdas, y a no hace falta seguir enfadado.
« Vale, abuelo, y ¿qué me sugieres que haga cuando es tu hija la que me
cabrea tantísimo?»
—Mira, confieso que no eres tan malo como pensaba —digo—, pero no te he
pedido consejo, así que no pierdas el tiempo dándomelos.
—No te estoy dando consejos, te lo digo por experiencia. No me gustaría que
rompierais.
« No vamos a romper, capullo.» Sólo estoy intentando que entienda mi
perspectiva. Quiero estar con ella, y lo estaré. Sólo tiene que dar su brazo a torcer
y venirse conmigo. Aunque estoy que muerdo porque ha vuelto a meter a Zed de
por medio a pesar de que me prometió lo contrario.
Apago la radio.
—No me conoces y a ella tampoco, la verdad. ¿Cómo es que te importa?
—Porque sé que le convienes.
—¿Ah, sí? —respondo con todo el sarcasmo del mundo. Menos mal que
estamos cerca de su zona, estoy deseando que termine esta espantosa
conversación.
—Sí, eres bueno para ella.
Entonces me doy cuenta, aunque jamás lo confesaré, de que es muy
agradable que alguien diga que soy bueno para ella, aunque ese alguien sea el
capullo borracho de su padre. Amí me vale.
—¿Te apetece volver a verla? —le pregunto y, rápidamente, añado—: Y
¿dónde quieres que te deje exactamente?
—Cerca del local donde nos vimos ayer. Ya se me ocurrirá algo cuando
llegue. Y, sí, espero volver a verla. Tengo que compensarla por muchas cosas.
—Sí, eso es verdad.
El aparcamiento que hay junto a la tienda de tatuajes está vacío; normal, tan
sólo es mediodía.
—¿Te importa llevarme hasta el final de la calle? —pregunta Richard
entonces.
Asiento y dejamos la tienda atrás. Lo único que hay al final de la calle es un
bar y una lavandería vieja.
—Gracias por el viaje.
—Ya.
—¿Te apetece entrar? —me pregunta señalando el pequeño bar.
Tomarme una copa con el padre borracho y sin techo de Tessa no parece lo
más inteligente del mundo en este momento.
No obstante, soy famoso por tomar pésimas decisiones.
—A la mierda —mascullo, apago el motor y lo sigo al bar. Tampoco tengo
otro sitio mejor en el que estar.
El local está oscuro y huele a humedad y a whisky. Lo sigo a la pequeña
barra, cojo un taburete y dejo uno vacío entre ambos. Una mujer de mediana
edad vestida con una ropa que espero que sea de su hija adolescente se acerca a
nosotros. Sin una palabra, le sirve a Richard un pequeño vaso de whisky con hielo.
—¿Y para ti? —me pregunta con una voz más ronca y grave que la mía.
—Lo mismo.
La voz de Tessa advirtiéndome que no lo haga resuena en mi mente clara
como el repique de una campana. La hago callar, la aparto de mí.
Levanto el vaso y brindamos y le echamos un trago.
—¿Cómo puedes permitirte beber si no tienes trabajo? —le pregunto.
—Limpio el bar de vez en cuando, así que bebo gratis —dice avergonzado.
—Entonces ¿por qué no dejas la bebida y que te paguen?
—No lo sé. Lo he intentado mil veces. —Mira su vaso con los párpados caídos
y por un segundo se parecen a los míos. Puedo verme reflejado en ellos—.
Espero que me resulte más fácil si puedo ver a mi hija de vez en cuando.
Asiento sin molestarme en hacer un comentario sarcástico. Rodeo el vaso frío
con los dedos y doy las gracias por la quemazón familiar del whisky en mi
garganta cuando empino el codo y me lo bebo de un trago. En cuanto lo deslizo
por la superficie medio pulida de la barra, la mujer me mira a los ojos y se
dispone a prepararme otro.
CAPÍTULO 8
Tessa
—¡¿Tu padre?! —dice Landon con incredulidad a través del teléfono.
Se me había olvidado que no he tenido ocasión de contarle lo del regreso de
mi padre.
—Sí, nos lo encontramos ayer por casualidad.
—¿Cómo está? ¿Qué te ha dicho? ¿Cómo es?
—Es…
No sé por qué, pero me da vergüenza contarle a Landon que mi padre sigue
bebiendo. Sé que no va a juzgarme, pero aun así me da cosa.
—¿Sigue…?
—Sí, sigue. Estaba borracho cuando lo vimos, pero nos lo trajimos a casa y se
quedó a pasar la noche. —Me retuerzo un mechón de pelo con el dedo índice.
—Y ¿Hardin lo consintió?
—No era decisión suya, también es mi apartamento —salto. Pero me siento
fatal al instante y me disculpo—: Perdóname, acabo de tenerla con Hardin
porque cree que puede controlarlo todo.
—Tessa, ¿quieres que me escape un rato de clase y vay a a verte? —Landon
es tan amable…, se le nota hasta en la forma de hablar.
—No, estoy exagerando. —Suspiro y miro alrededor—. Creo que voy a
acercarme al campus. Todavía llego a la última clase de hoy.
Ahora mismo me vendría de perlas hacer y oga y tomarme un café.
Escucho a Landon mientras me pongo la ropa de deporte. Parece una pérdida
de tiempo conducir hasta el campus para ir sólo a una clase, pero no quiero
quedarme sentada en el apartamento esperando a que Hardin regrese de
dondequiera que hay a ido.
—El profesor Soto ha preguntado hoy por ti, y Ken me ha dicho que escribió
una declaración jurada dando fe del carácter de Hardin. ¿Qué te parece? —
pregunta.
—¿Eso ha hecho Soto? Ni idea… Se ofreció a ay udarlo, pero creía que no iba
en serio. Supongo que le cae bien o algo así.
—¿Que le cae bien? ¿Hardin le cae bien? —Landon se parte de la risa y no
puedo evitar que me contagie.
Se me cae el teléfono en el lavabo mientras me hago una coleta. Me maldigo
por ser tan torpe y vuelvo a colocármelo en la oreja a tiempo para oír a Landon
diciéndome que se va un rato a la biblioteca antes de que empiece su siguiente
clase. Nos despedimos, cuelgo y empiezo a escribirle un mensaje a Hardin para
que sepa dónde estoy, pero cierro la aplicación al instante.
Entrará en razón acerca de Seattle, no le queda otra.
Para cuando llego a la facultad, el viento vuelve a soplar con fuerza y el cielo
tiene un tono gris y feo. Voy a por una taza de café y calculo que tengo media
hora antes de que empiece la clase de yoga. La biblioteca está en la otra punta
del campus, no me da tiempo a ir a ver a Landon. Decido esperar en la puerta
del aula del profesor Soto.
Su clase está a punto de terminar y… Un reguero de estudiantes que salen del
aula casi en estampida interrumpe el hilo de mis pensamientos. Cojo mi bolsa,
me la echo al hombro y me abro paso entre ellos para poder entrar. El profesor
está de espaldas a mí, poniéndose la cazadora de cuero.
Cuando se vuelve, me saluda con una sonrisa.
—Señorita Young.
—Hola, profesor Soto.
—¿Qué la trae por aquí? ¿Necesita el tema de la entrada del diario que se ha
perdido hoy?
—No, y a me lo ha dicho Landon. He venido a darle las gracias. —Me
revuelvo incómoda en mis zapatillas de deporte.
—¿Por?
—Por escribir la declaración jurada dando fe del carácter de Hardin. Sé que
él no ha sido tan amable con usted, así que se lo agradezco de veras.
—No ha sido nada, la verdad. Todo el mundo merece una educación de
calidad, incluso los gallos de pelea. —Se ríe.
—Supongo que sí. —Le sonrío y miro alrededor sin saber qué decir a
continuación.
—Además, Zed se lo tenía merecido —añade repentinamente.
« ¿Cómo?»
Lo miro.
—¿Qué quiere decir?
El profesor Soto parpadea un par de veces antes de recobrar la compostura.
—Nada, sólo es que… estoy seguro de que Hardin tenía un buen motivo para
ir a por él, eso es todo. He de irme, tengo que asistir a una reunión, pero gracias
por venir. La veré en clase el miércoles.
—No puedo venir el miércoles, me voy de viaje.
Se despide con la mano.
—Entonces, que lo pase usted muy bien. La veré a su regreso.
Se marcha a toda prisa y me deja preguntándome qué habrá querido decir.
CAPÍTULO 9
Hardin
Richard, mi inesperado compañero de borrachera, ha ido al servicio por cuarta
vez desde que hemos llegado. Empiezo a pensar que a Betsy, la camarera, le
gusta un poco el tipo, cosa que me incomoda bastante.
—¿Otra? —pregunta.
Asiento para que la mujer fornida se vaya. Son las dos de la tarde, me he
tomado cuatro copas. No sería tan terrible si no se hubiera tratado de cuatro
whiskys a palo seco.
No puedo pensar con claridad y sigo cabreado. No sé qué o quién me cabrea
más, así que he dejado de pensar y he decidido entregarme a un estado general
de « que le den por culo al mundo» .
—Aquí tienes. —La camarera desliza el vaso hacia mí y Richard se sienta en
el taburete contiguo. Creía que había pillado la importancia que tenía el taburete
vacío entre nosotros. Me equivocaba.
Se vuelve hacia mí y se acaricia el bigote. Es un sonido repulsivo.
—¿Me has pedido otra?
—Deberías afeitártelo —declaro ofreciéndole mi opinión de borracho.
—¿Te refieres a esto? —Vuelve a hacer la cosa esa con la mano.
—Sí, eso. No te queda bien —le digo.
—Me gusta, me mantiene abrigado. —Se echa a reír y yo doy un trago para
no reírme también.
—¡Betsy ! —grita. Ella asiente y retira el vaso vacío de la barra. Luego
Richard me mira—. ¿Vas a contarme por qué estás emborrachándote?
—No. —Le doy vueltas a mi vaso y el hielo tintinea contra el cristal.
—Vale, sin preguntas. Sólo bebida —dice con alegría.
Ya casi no lo odio. Al menos, hasta que me imagino a una niña rubia de diez
años escondiéndose en el invernadero. Tiene los ojos azules muy abiertos, casi
aterrorizados… Y entonces aparece el niño rubio con la chaqueta de punto verde
y se convierte en el héroe de la película.
—Una pregunta —insiste sacándome de mis ensoñaciones.
Respiro hondo y le doy un buen trago a mi bebida para no hacer una
estupidez. Vamos, una estupidez aún más gorda que emborracharme con el padre
alcohólico de mi novia.
Esta familia y su manía de hacer preguntas.
—Una —le digo.
—¿De verdad te han expulsado hoy de la facultad?
Miro el letrero de neón de la cerveza Pabst y medito la pregunta, deseando no
haberme tomado cuatro…, no, cinco copas.
—No, pero ella cree que sí —confieso.
—Y ¿por qué lo cree?
« Maldito entrometido.»
—Porque y o se lo he dicho. —Me vuelvo hacia él y añado con mirada
inexpresiva—: Se acabaron las confesiones por hoy.
—Como quieras. —Sonríe y levanta la copa para brindar conmigo, pero yo
aparto la mía y meneo la cabeza.
Por cómo se ríe, sé que no esperaba que brindara con él y que le parezco
muy divertido. Amí él, en cambio, me resulta muy molesto.
Una mujer de su misma edad aparece entonces a su lado y se sienta en el
taburete vacío que hay al lado. Le pasa un delgado brazo por los hombros y lo
saluda efusivamente. No me parece una sin techo, pero está claro que conoce a
Richard. Seguro que él se pasa el día en este bar de mala muerte. Aprovecho que
está distraído para ver si tengo algún mensaje de Tessa. Nada.
Es un alivio, pero no me gusta que no haya intentado hablar conmigo. Es un
alivio porque estoy borracho, pero no me gusta porque ya la añoro. Con cada
copa de whisky que me echo al gaznate, la deseo más y más y el vacío de su
ausencia se hace más grande.
« Joder, pero ¿qué me ha hecho?»
Es de lo más insistente, siempre buscándome las cosquillas. Es como si se
sentara a pensar en nuevas maneras de sacarme de quicio. De hecho, es
probable que lo haga. Seguro que se sienta en la cama con las piernas cruzadas y
su estúpida agenda en el regazo, un bolígrafo entre los dientes, otro en la oreja, y
anota cosas que hacer o que decir para volverme loco.
Llevamos cinco meses juntos, cinco meses. Es una eternidad, mucho más
tiempo del que me creía capaz de estar con alguien. Es verdad que no hemos
estado saliendo todo ese tiempo y que hemos pasado, más bien malgastado,
meses por mi culpa por intentar mantenerme alejado de ella.
La voz de Richard interrumpe entonces mis pensamientos.
—Te presento a Nancy.
Saludo con la cabeza a la mujer y bajo la vista hacia la madera oscura de la
barra.
—Nancy, este joven tan educado es Hardin. Es el novio de Tessie —dice muy
orgulloso.
¿Cómo es que está orgulloso de que salga con su hija?
—¡Tessie tiene novio! ¿La has traído? Me encantaría conocerla al fin —
exclama la mujer—. ¡Richard me ha hablado mucho de ella!
—No ha venido —mascullo.
—Qué pena. ¿Qué tal su fiesta de cumpleaños? Fue el fin de semana pasado,
¿verdad?
« ¿Qué?»
Richard me suplica con la mirada que le siga la corriente, es evidente que la
tiene engañada.
—Sí, estuvo bien —contesta por mí antes de terminarse la copa.
—Qué bien —dice Nancy señalando la entrada—. ¡Mira, ahí está!
Mis ojos vuelan hacia la puerta y por un instante creo que está hablando de
Tessa, cosa que no tiene sentido. No la conoce. Una rubia delgaducha se acerca a
nosotros desde la otra punta del bar. Este puñetero garito se está llenando
demasiado.
Levanto el vaso vacío.
—Otra.
La camarera pone los ojos en blanco y susurra « Gilipollas» , pero me sirve
otra.
—Te presento a mi hija, Shannon —dice Nancy.
Shannon me mira de arriba abajo. Lleva tanto rímel que parece que lleve
arañas pegadas a los párpados.
—Shannon, te presento a Hardin —dice Richard, pero no muevo un dedo para
saludarla.
Hace muchos meses es probable que le hubiera prestado un mínimo de
atención a esta chica tan desesperada. Es posible que le hubiera permitido
chupármela en el baño asqueroso de este bar. Pero ahora sólo quiero que deje de
mirarme.
—A menos que te la quites, no creo que puedas enseñar más —le digo
refiriéndome al modo ridículo en que le da tirones al bajo de su camiseta para
lucir el escaso canalillo que Dios le ha dado.
—¿Perdona? —resopla llevándose las manos a las estrechas caderas.
—Ya me has oído.
—Vale, vale. Hay a paz —dice Richard levantando las manos.
Y, con eso, Nancy y el pendón de su hija se van a buscar una mesa.
—De nada —le digo, pero él menea la cabeza.
—Eres un cabrón desagradable. —Y, sin darme tiempo a reaccionar, añade
—: Como a mí me gustan.
Tres copas más tarde, apenas si me tengo en el taburete. Richard, que es un
profesional de la bebida, parece tener el mismo problema y se inclina
peligrosamente hacia mí.
—Así que cuando me soltaron al día siguiente… ¡tuve que caminar cinco
kilómetros! Y encima bajo la lluvia…
Sigue y sigue contándome la última vez que lo arrestaron. Yo sigo bebiendo y
fingiendo que no se dirige a mí.
—Si tengo que guardarte el secreto, al menos deberías contarme por qué le
has dicho a Tessie que te han expulsado —dice al fin.
Ya sabía y o que iba a esperar a tenerme como una cuba antes de volver a
sacar el tema.
—Así es más fácil —confieso.
—¿Cómo es eso?
—Porque quiero que se venga conmigo a Inglaterra y no le entusiasma la
idea.
—No lo entiendo. —Me pellizca la nariz.
—Tu hija quiere dejarme y no puedo consentirlo.
—Por eso le has dicho que te han echado de la universidad, para que se vay a
a Inglaterra contigo.
—Básicamente.
Mira su copa y luego a mí.
—Menuda estupidez.
—Lo sé. —Y dicho en voz alta aún suena más ridículo pero, a veces, en mi
cabeza demente, tiene sentido—. Además, ¿quién eres tú para darme consejos?
—le suelto.
—Nadie. Sólo digo que, si sigues así, acabarás como yo.
Quiero decirle que cierre el pico y se meta en sus asuntos, pero cuando
levanto la vista vuelvo a ver ese parecido que he notado cuando nos hemos
sentado a la barra. Mierda.
—No se lo digas —le recuerdo.
—No lo haré. —Se vuelve hacia Betsy—. Otra ronda.
Ella le sonríe y nos prepara las bebidas. No creo que pueda tomarme otra.
—Yo y a me he tomado la última. Ahora mismo tienes tres ojos —le digo.
Se encoge de hombros.
—Así salgo a más.
« Soy un novio penoso» , pienso para mis adentros mientras me pregunto qué
estará haciendo Tessie, quiero decir Tessa, en este momento.
—Soy un padre penoso —dice Richard.
Estoy demasiado borracho para comprender la diferencia entre pensar y
hablar, así que no sé si lo que ha dicho es pura coincidencia o si y o he pensado en
voz alta…
—Levanta —dice una voz áspera a la izquierda de Richard.
Es un hombre bajito y arisco con una barba aún más tupida que la de mi
compañero de borrachera.
—No hay más taburetes, amigo —le contesta Richard lentamente.
—Pues por eso, levanta —amenaza el hombre.
« Mierda, ahora, no. No, por favor.»
—No vamos a levantarnos —le digo al tipejo para que se vaya.
Entonces el hombre comete el error de agarrar a Richard del cuello de la
camisa y tirar para ponerlo en pie
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