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CAPÍTULO 72
Hardin
Observo a Logan vaciar una pinta entera de cerveza de un solo trago, espuma
incluida. Deja la jarra en la mesa y se seca la boca.
—Steph es una psicópata. Nadie imaginaba que le haría algo así a Tessa —
dice, y después eructa.
—Dan lo sabía. Y si descubro que alguien más lo sabía también… —le
advierto.
Él me mira con solemnidad y asiente.
—Nadie más lo sabía. Bueno…, al menos que yo sepa. Pero ya sabes que,
total, a mí nadie me cuenta una mierda.
Una morena alta aparece a su lado y él la rodea con un brazo.
—Nate y Chelsea estarán aquí pronto —le dice.
—Noche de parejas —gimo—. Será mejor que me largue.
Trato de ponerme en pie pero Logan me detiene.
—No es una noche de parejas. Tristan también está soltero ahora, y Nate no
está saliendo en serio con Chelsea: sólo follan.
No sé ni por qué he venido, pero Landon apenas me habla y Karen parecía
tan triste durante la cena que no podía permanecer sentado a la mesa por más
tiempo.
—Déjame adivinar: ¿Zed también viene?
Logan niega con la cabeza.
—No lo creo, me parece que está incluso más cabreado que tú por toda esta
mierda, porque no nos ha vuelto a hablar a ninguno desde que pasó.
—Nadie está más cabreado que yo —le digo con los dientes apretados.
Quedar con mis antiguos amigos no me está ayudando a ser « mejor
persona» . Sólo me está fastidiando. ¿Cómo se atreve a decir que Zed se
preocupa más por Tessa que yo?
Logan agita la mano en el aire.
—No quería decir eso…, culpa mía. Tómate una birra y relájate —dice
buscando al camarero con la mirada.
Alzo la vista y veo que Nate, la que debe de ser la tal Chelsea y Tristan
atraviesan el pequeño bar en nuestra dirección.
—No quiero una jodida cerveza —repongo en voz baja intentando controlar
mi actitud. Logan sólo trata de ayudarme, pero me está molestando. Todo el
mundo me molesta. Todo me molesta.
Tristan me da una palmada en el hombro.
—Cuánto tiempo sin verte —se esfuerza por bromear, pero queda raro y
ninguno de nosotros dedica al tema ni una sonrisa—. Siento toda la mierda que lió
Steph…, no tenía ni idea de lo que planeaba, en serio —dice por fin, haciendo el
momento mucho más incómodo.
—No quiero hablar de eso —afirmo con énfasis, poniendo fin a la
conversación.
Mientras mi pequeño grupo de amigos bebe y habla sobre gilipolleces que me
importan un huevo, me encuentro pensando en Tessa.
« ¿Qué estará haciendo ahora? ¿Le gustará Seattle? ¿Se sentirá tan incómoda
en casa de Vance, como sospecho? ¿Estarán siendo amables con ella Christian y
Kimberly ?»
Pues claro que sí; Kimberly y Christian siempre son amables. Así que en
realidad estoy evitando la gran pregunta: ¿Tessa me echa tanto de menos como
y o a ella?
—¿Vas a tomarte uno? —Nate interrumpe mis pensamientos y agita un vaso
de chupito ante mi cara.
—No, estoy bien. —Señalo mi soda sobre la mesa y él se encoge de
hombros, echa la cabeza hacia atrás y se lo toma de un trago.
Esto es lo último que me apetece hacer ahora mismo. Ese juego adolescente
de beber-hasta-potar-o-hasta-caer-redondo puede que sea lo suficientemente
bueno para ellos, pero no lo es para mí. Ellos no disfrutan del lujo de tener una
voz taladrándolos desde el fondo de la mente, diciéndoles que deben mejorar y
hacer algo con sus vidas. Nunca han tenido a nadie que los quiera lo suficiente
como para desear ser mejores.
« Quiero ser mejor por ti, Tess» , le dije una vez. Y no es que haya hecho un
gran trabajo hasta ahora.
—Me largo —anuncio, pero nadie nota cuando me levanto y me marcho.
He decidido que no voy a seguir perdiendo el tiempo en los bares con gente a
la que realmente le importo una mierda. No tengo nada contra la may oría de
ellos, pero ninguno me conoce de verdad o se preocupa por mí. Sólo les gusta el
y o borracho, rudo y que se folla a cualquier chica. Yo no era más que otro tío en
sus grandes fiestas. No saben una mierda de mí, ni siquiera saben que mi padre
es el jodido rector de nuestra universidad. Estoy seguro de que ni siquiera saben
lo que hace un rector.
Nadie me conoce como me conoce ella, nadie nunca se ha preocupado por
conocerme como lo hace Tess. Ella siempre me hace las preguntas más
intrusivas y aleatorias: « ¿Qué estás pensando?» , « ¿Por qué te gusta esta serie?» ,
« ¿Qué crees que está pensando ese hombre de ahí?» , « ¿Cuál es tu primer
recuerdo?» .
Yo siempre reaccionaba como si su necesidad de saberlo todo fuese molesta,
pero en realidad me hacía sentir… especial…, como si alguien se preocupara lo
suficiente por mí como para querer conocer las respuestas a esas ridículas
preguntas. No sé por qué mi mente no es capaz de ponerse de acuerdo: una mitad
me dice que lo supere y lleve mi patético culo hasta Seattle, derribe la puerta de
Vance y le prometa no volver a dejarla jamás. Pero no es tan fácil. Hay otra
parte mayor y más fuerte en mí, la mitad que siempre gana, que me recuerda lo
jodido que estoy. Muy jodido, y lo destruyo todo en mi vida y en la de los demás,
así que le estaré haciendo un favor a Tessa dejándola en paz. Y ésta es la única
parte a la que puedo creer, especialmente sin ella aquí para decirme que estoy
equivocado. Especialmente porque al final eso es lo que siempre ha resultado ser
verdad en el pasado.
El plan de Landon para convertirme en una persona mejor suena bien sobre
el papel, pero ¿y después qué? ¿Se supone que debo creer que puedo seguir así
por siempre? ¿Se supone que debo creer que seré lo bastante bueno para ella sólo
porque he decidido no recurrir al vodka cada vez que me pongo furioso?
Esto sería mucho más sencillo si no estuviera dispuesto a admitir lo jodido que
estoy. No sé qué voy a hacer, pero no voy a encontrar la respuesta aquí y ahora.
Esta noche me iré a mi apartamento y veré las series favoritas de Tessa, las
peores series, llenas de guiones ridículos y actores terribles. Probablemente hasta
fingiré que ella está allí conmigo, explicándome cada escena aunque yo las esté
viendo justo a su lado y entendiendo todo lo que está pasando. Me vuelve loco
cuando hace eso. Es muy molesto, pero me encanta lo apasionada que se
muestra por los pequeños detalles. Como quién lleva un abrigo rojo y está
acosando a esas insoportables pequeñas mentirosas.
Sigo planeando mi noche cuando salgo del ascensor. Acabaré viendo esa
mierda, después cenaré, me daré una ducha y probablemente me la pelaré
imaginando la boca de Tessa alrededor de mi polla, y haré todo lo posible por no
hacer nada estúpido. Puede que incluso limpie el desastre que organicé ayer.
Me detengo frente a la puerta de mi apartamento y miro arriba y abajo del
pasillo. ¿Qué coño hace la puerta medio abierta? ¿Ha vuelto Tessa o es que
alguien se ha colado de nuevo? No estoy seguro de qué respuesta podría
cabrearme más.
—¿Tessa?
Empujo la puerta con el pie y se me cae el alma a los pies al ver a su padre
medio desplomado y cubierto de sangre.
—Pero ¡¿qué coño…?! —grito cerrando la puerta de un golpe.
—Cuidado… —gime Richard, y mis ojos siguen los suyos hasta el pasillo,
donde, por encima de su hombro, capto un movimiento.
Hay un hombre ahí, inclinándose sobre él. Cuadro los hombros, dispuesto a
cargar contra el sujeto si es necesario.
Pero entonces me doy cuenta de que es el amigo de Richard… Chad, creo
que se llama.
—Pero ¿qué cojones le ha pasado y qué coño estáis haciendo aquí? —le
pregunto.
—Esperaba encontrar a la chica, pero tú me servirás —se burla.
Me hierve la sangre por el tono en que este tío habla de Tessa.
—¡Lárgate de aquí y llévatelo contigo! —Señalo al trozo de mierda que ha
traído a este tío a mi apartamento. Su sangre me está estropeando el suelo.
Chad endereza los hombros y mueve la cabeza de un lado a otro. Me doy
cuenta de que intenta mantener la calma pero que, aun así, está muy alterado.
—El problema es que me debe un montón de pasta y no tiene forma de
pagarme —explica, con las uñas sucias rascando los pequeños puntos rojos de sus
brazos.
« Puto y onqui.»
Alzo la palma de la mano.
—No es mi problema. No volveré a decirte que te largues, y puedes estar
seguro de que no voy a darte dinero.
Pero Chad se limita a sonreír.
—¡No sabes con quién estás hablando, chaval!
Y le da una patada a Richard justo debajo de las costillas. Un gemido patético
escapa de sus labios mientras se desliza hasta el suelo y ya no se levanta.
No estoy de humor para tratar con malditos drogadictos asaltadores de
apartamentos.
—Me importáis una mierda tanto él como tú. Estás muy equivocado si crees
que te tengo miedo —gruño.
« ¿Qué más podría ocurrir en esta maldita semana?»
No, espera. No quiero saber la respuesta a eso.
Avanzo hacia Chad y él retrocede, justo como sabía que haría.
—Sólo por ser amable te lo repetiré una vez más: largaos o llamaré a la poli.
Y mientras esperamos a que aparezcan para salvarte, te daré una paliza con el
bate de béisbol que tengo siempre a mano por si algún jodido imbécil intenta
alguna gilipollez como ésta.
Voy hasta el armario del vestíbulo, saco el arma de donde la tengo siempre
apoy ada contra la pared y la agito lentamente para probar mi decisión.
—Si me voy sin el dinero que me debe, cualquier cosa que le haga será culpa
tuy a. Su sangre estará en tus manos.
—Me importa una mierda lo que le hagas —digo. Pero de pronto no estoy
seguro de si lo digo en serio.
—Claro —dice él, y le echa un vistazo a la sala.
—¿Cuánta pasta? —pregunto.
—Quinientos.
—No pienso darte quinientos dólares.
Sé cómo se va a sentir Tessa cuando descubra que mis sospechas sobre el
hecho de que su padre es un drogata son ciertas, y me dan ganas de tirarle la
cartera a Chad a la cara y darle todo lo que tengo sólo para librarme de él. Odio
saber que tenía razón sobre su padre; ahora mismo ella sólo me cree a medias,
pero pronto va a comprender toda la verdad. Ojalá todo desapareciera, incluido
el capullo de Richard.
—No tengo tanto dinero —añado.
—¿Doscientos? —pregunta. Casi puedo ver su adicción suplicándome a través
de sus ojos.
—Vale.
No puedo creer que de verdad vay a a darle dinero a este yonqui que se ha
colado en mi casa y le ha dado una paliza de muerte al padre de Tessa. Ni
siquiera tengo doscientos dólares en efectivo. ¿Qué se supone que voy a hacer?,
¿llevarme al tío éste a un cajero? Esto es una mierda.
Pero ¿quién vuelve a su casa para encontrarse con algo así?
Yo.
Por ella, sólo por ella.
Me saco la cartera del bolsillo, le lanzo los ochenta dólares que acabo de
sacar del banco y entro en mi dormitorio con el bate aún en la mano. Cojo el
reloj que mi padre y Karen me regalaron por Navidad y también se lo lanzo.
Para ser un tipo tan esquelético y hecho polvo, Chad lo caza al vuelo con bastante
agilidad. Debe de ansiarlo mucho…, o más bien lo que le darán a cambio.
—El reloj vale más de quinientos pavos. ¡Y ahora lárgate de aquí! —le grito,
pero en realidad no quiero que se vaya, quiero que intente atacarme para poder
abrirle la cabeza.
Chad se ríe, después tose y vuelve a reír.
—Hasta la próxima, Rick—amenaza antes de cruzar la puerta.
Lo sigo y lo señalo con el bate, diciendo:
—Eh, Chad… Si vuelvo a verte, te mataré.
Y le cierro la puerta en las narices.
CAPÍTULO 73
Hardin
Empujo el muslo de Richard con mi bota. Estoy más que cabreado y todo este lío
es por mi maldita culpa.
—Lo siento —gimotea mientras intenta incorporarse; a los pocos segundos
hace un gesto de dolor y vuelve a deslizarse sobre el suelo de hormigón.
Lo último que quiero es tener que levantar su patético culo del piso, pero
llegados a este punto ya no sé qué más hacer con él.
—Te voy a sentar en la silla, pero ni te acerques al sofá, no hasta que te des
una ducha.
—Vale —murmura, y cierra los ojos mientras me inclino para levantarlo. No
pesa tanto como esperaba, especialmente para alguien de su estatura.
Lo arrastro hasta una silla de la cocina y, en cuanto lo siento, se dobla por la
mitad rodeándose el torso con un brazo.
—Y ¿ahora qué? ¿Qué se supone que voy a hacer contigo ahora? —le
pregunto en voz baja.
¿Qué haría Tessa si estuviese aquí? Conociéndola, le prepararía un baño
caliente y algo de comer. Yo no voy a hacer ninguna de las dos cosas.
—Llévame de vuelta —sugiere.
Sus dedos temblorosos levantan el cuello de su andrajosa camiseta, una mía
que Tessa le dio. ¿La ha estado llevando desde que se fue de aquí? Se seca la
sangre de la boca, restregándosela perezosamente por la mejilla y por el pelo
grueso e hirsuto que le crece ahí.
—¿De vuelta adónde? —pregunto.
Quizá debería haber llamado a la policía nada más entrar en el apartamento,
quizá no tendría que haberle dado el reloj a Chad… No pensaba con claridad en
ese momento, todo lo que podía pensar era en mantener a Tessa fuera de todo
esto.
Pero, claro, ella ya está completamente fuera de esto…, y muy lejos.
—¿Por qué lo has traído aquí? Si llega a estar Tessa… —Mi voz se pierde.
—Se ha mudado, sabía que no estaría aquí —se esfuerza en decir.
Sé que le cuesta hablar, pero necesito respuestas y se me está acabando la
paciencia.
—¿También te colaste en casa hace unos días?
—Sí. Sólo vine a comer y a du… ducharme —jadea Richard.
—¿Viniste hasta aquí sólo para comer y ducharte?
—Sí, la primera vez cogí un autobús. Hoy Chad… —toma aliento y aúlla de
dolor antes de cambiar el peso de lado— se ofreció a traerme, pero en cuanto
entramos se volvió en mi contra.
—¿Cómo coño has entrado?
—Cogí la llave de repuesto de Tessie.
« ¿La cogió… o ella se la dio?» , me pregunto.
Richard cabecea hacia el fregadero.
—Del cajón.
—A ver si lo he entendido bien: ¿robaste una llave de mi apartamento aunque
podías venir cuando quisieras a darte una ducha y luego trajiste a Chad el Yonqui
Encantador a mi casa para que te moliera a palos en mi sala de estar porque le
debes dinero?
¿Cómo he acabado en mitad de un capítulo de « Intervention» ?
—No había nadie en casa. No pensé que importara.
—No pensaste…, ¡ése es el problema! ¿Y si hubiese sido Tessa la que hubiera
venido? ¿Acaso te importa cómo pueda sentirse si te ve así?
Estoy completamente descolocado. Mi primer instinto es sacarlo a rastras de
nuestro… de mi apartamento y dejar que se desangre en el pasillo. Pero no
puedo hacer eso porque resulta que estoy desesperadamente enamorado de su
hija, y si lo hiciera todo cuanto conseguiría sería herirla aún más de lo que ya lo
he hecho. ¿A que el amor es jodidamente increíble?
—Bueno, y ¿qué vamos a hacer ahora? —Me rasco la barbilla—. ¿Te llevo al
hospital?
—No necesito un hospital, sólo un vendaje o dos. ¿Puedes llamar a Tessie por
mí y decirle que lo siento?
Rechazo su sugerencia con una sacudida del brazo.
—No, no lo haré. Nadie le va a contar nada de esto. No quiero que se
preocupe por esta mierda.
—Vale —accede, y vuelve a resbalar de la silla.
—¿Desde cuándo te metes? —le pregunto.
Él traga saliva.
—No lo sé —dice dócilmente.
—No me mientas, no soy idiota. Sólo dímelo.
Parece perdido en sus pensamientos, distraído.
—Hará un año, pero he estado intentando dejarlo desde el día que me
encontré con Tessie.
—Se le va a romper el corazón…, lo sabes, ¿verdad?
Espero que lo sepa. Y si no, no tendré problema alguno en recordárselo miles
de veces si en alguna ocasión lo olvida.
—Lo sé, me voy a poner mejor, por ella —me asegura.
« Como hacemos todos…»
—Bueno, querrás acelerar tu rehabilitación, porque si te ve ahora… —No
acabo la frase.
Considero la idea de llamarla y preguntarle qué diablos se supone que debo
hacer con su padre, pero sé que ésa no es la respuesta. No necesita que la
moleste con esto, ahora no. No cuando está intentando hacer realidad sus sueños.
—Me voy a mi habitación —digo finalmente—. Puedes ducharte, comer o lo
que sea que planearas hacer antes de que llegara a casa y os interrumpiera.
Salgo de la cocina para ir a mi dormitorio. Cierro la puerta tras de mí y me
apoy o en ella. Éstas han sido las veinticuatro horas más largas de mi vida.
CAPÍTULO 74
Tessa
No puedo borrar esta ridícula sonrisa de mi cara mientras Kimberly y Christian
me enseñan mi nuevo despacho. Las paredes son de un blanco nítido, las
molduras y la puerta son gris oscuro y el escritorio y las estanterías son negros,
elegantes y modernos. El tamaño de la sala es el mismo que el de mi primer
despacho, pero las vistas son increíbles, de hecho quitan el aliento. La nueva
oficina de Vance se encuentra en el centro de Seattle; la ciudad a sus pies es
próspera, en constante movimiento y desarrollo, y yo me hallo justo en el meollo
de todo.
—Esto es increíble… ¡Muchísimas gracias! —les digo, probablemente con
más entusiasmo de lo que muchas personas podrían considerar profesional.
—Todo lo que necesitas está a un paseo de distancia, café y cualquier tipo de
cocina que pueda apetecerte, todo está aquí. —Christian contempla la ciudad con
orgullo y rodea con un brazo la cintura de su prometida.
—Deja de alardear, ¿quieres? —bromea Kimberly, y le planta un suave beso
en la frente.
—Bueno, ya nos vamos. Y ahora, ponte a trabajar. —Christian me regaña de
broma. Kimberly lo agarra por la corbata y prácticamente lo saca a rastras de la
oficina.
Ordeno las cosas sobre mi escritorio tal y como me gustan y leo un poco,
pero para la hora de comer ya le he enviado al menos diez fotos de mi nuevo
despacho a Landon… y a Hardin. Sabía que Hardin no me contestaría, pero no
he podido contenerme. Quería que apreciara las vistas, tal vez eso lo haría
cambiar de opinión respecto a mudarse aquí, ¿no? Sólo estoy buscando excusas
para mi breve lapsus de juicio al enviarle las fotos. Pero es que lo echo de
menos… Ya está, ya lo he dicho. Lo echo terriblemente de menos, y
esperaba una respuesta por su parte, aunque sólo fuera un mensajito.
Algo. Pero no me ha enviado nada.
Landon sí que me manda una animada respuesta a cada foto, incluso cuando
le envío una muy tonta en la que salgo con una taza de café con el logo de la
editorial impreso en un lado.
Cuanto más pienso en mi impulsiva decisión de enviarle esas fotos a Hardin,
más me arrepiento. ¿Y si se lo toma por lo que no es? Tiene tendencia a hacerlo.
Podría considerarlo como un recordatorio del hecho de que sigo adelante, incluso
puede llegar a pensar que se lo estoy restregando por la cara. De verdad que ésa
no era mi intención y sólo espero que no se lo tome así.
Quizá debería mandarle otro mensaje explicándoselo. O decirle que le he
enviado las fotos por accidente. No sé qué resultaría más creíble.
Ninguna de las dos opciones, seguro. Estoy dándole demasiadas vueltas a
esto; después de todo, son sólo fotos. Y no puedo ser responsable de cómo decida
interpretarlas. No puedo responsabilizarme así de sus emociones.
Cuando entro en la sala de descanso de mi planta me encuentro a Trevor
sentado a una de las mesas cuadradas con una tableta frente a él.
—Bienvenida a Seattle —me dice con sus ojos azules brillando.
—Hola. —Le devuelvo el saludo con una sonrisa.
A continuación inserto mi tarjeta de débito en la rendija de la enorme
máquina expendedora. Presiono unos cuantos botoncillos numerados y soy
recompensada con un paquete de galletas saladas con mantequilla de cacahuete.
Estoy demasiado nerviosa para tener hambre, así que y a saldré mañana a
comer, después de que haya tenido la oportunidad de explorar la zona.
—¿Te gusta Seattle de momento? —me pregunta Trevor.
Lo miro pidiendo permiso y, cuando asiente, me deslizo en la silla frente a él.
—Aún no he podido ver mucho. Justo llegué ayer, pero me encanta este
nuevo edificio.
Dos chicas entran en la sala y le sonríen a Trevor; una de ellas se vuelve para
sonreírme a mí también y y o la saludo con la mano. Empiezan a hablar entre sí,
y entonces la más bajita de ellas, que tiene el cabello negro, abre el frigorífico y
saca un plato preparado para microondas mientras su amiga se muerde las uñas.
—Entonces deberías explorar un poco. Hay demasiadas cosas que hacer
aquí. Es una ciudad preciosa —declara Trevor al tiempo que yo mordisqueo una
galleta, pensativa—. La Aguja Espacial, el Centro de Ciencias del Pacífico,
museos de arte…, lo que quieras.
—Me gustaría ver la Aguja Espacial y el mercado de Pike Place —le digo.
Pero empiezo a sentirme un poco incómoda porque, cada vez que miro a las dos
chicas, me doy cuenta de que me están observando y hablando en voz baja.
Hoy estoy un poco paranoica.
—Deberías hacerlo. ¿Ya has decidido dónde te quedarás? —pregunta
deslizando el dedo índice por la pantalla para cerrar la ventana de su tableta y
dedicarme toda su atención.
—De momento estoy en casa de Kimberly y Christian… Sólo será durante
una o dos semanas, hasta que pueda encontrar un lugar donde vivir.
La urgencia en mi voz resulta embarazosa. Odio tener que quedarme con
ellos después de que Hardin fastidiara mi oportunidad de alquilar el único
apartamento que pude encontrar. Quiero vivir sola y no estar preocupada por si
soy una molestia para nadie.
—Podría preguntar por ahí y ver si hay algún apartamento libre en mi
edificio —se ofrece Trevor. Se ajusta la corbata y se alisa la tela plateada antes
de pasarse las manos por las solapas de su traje.
—Gracias, pero no creo que tu edificio entre dentro de mi presupuesto —le
recuerdo en voz baja.
Él es el jefe de finanzas, y yo soy una becaria… con un sueldo decente. Ni
siquiera estoy segura de que pudiera alquilar el contenedor de basura de detrás
de su edificio.
Trevor se sonroja.
—Vale —dice al darse cuenta de la gran diferencia entre nuestros sueldos—.
Pero de todos modos puedo preguntar por ahí, por si alguien sabe de algún otro
sitio.
—Gracias. —Sonrío convencida—. Seguro que Seattle me parecerá más
acogedora en cuanto encuentre mi propio hogar.
—Estoy de acuerdo; te llevará algo de tiempo, pero sé que te encantará estar
aquí. —Su media sonrisa es cálida y agradable.
—¿Tienes planes para después del trabajo? —le pregunto antes de poder
evitarlo.
—Pues sí —dice, con voz suave y titubeante—. Pero puedo cancelarlos.
—No, no importa, sólo pensaba que, como tú conoces la ciudad, me podrías
llevar por ahí, pero si ya tienes planes no te preocupes. —Espero poder hacer
amigos en Seattle.
—Me encantaría enseñarte la ciudad. Sólo iba a salir a hacer jogging, eso es
todo.
—¿Jogging? —Arrugo la nariz—. ¿Por qué?
—Por diversión.
—A mí no me suena muy divertido. —Me río, y él sacude la cabeza con
fingido disgusto.
—Normalmente voy todos los días después del trabajo. Yo también estoy
conociendo la ciudad aún, y es una buena forma de explorar los alrededores.
Deberías acompañarme algún día.
—No lo sé… —La idea no acaba de entusiasmarme.
—O podríamos caminar. —Se ríe—. Yo vivo en Ballard, es un barrio bastante
bueno.
—De hecho, he oído hablar de Ballard —comento, recordando haber pasado
por páginas y más páginas web donde se mostraban los barrios de Seattle—. De
acuerdo, sí. Entonces pasearemos por Ballard. —Cierro las manos frente a mí y
las dejo sobre mi regazo.
No puedo evitar pensar cómo Hardin se tomaría esto. Desprecia a Trevor y
y a está pasándolo mal con nuestro acuerdo de « darnos espacio» . No es que él lo
hay a dicho, pero me gusta pensar que es así. No importa cuánto espacio haya
entre Hardin y yo, literal o metafóricamente, yo sólo veo a Trevor como a un
amigo. Lo último que tengo en este momento en mente es un romance con nadie,
especialmente con alguien que no sea Hardin.
—Entonces de acuerdo. —Sonríe, claramente sorprendido de que haya
accedido—. Mi hora de la comida ha acabado, así que tengo que volver a mi
despacho, pero te enviaré un mensaje con mi dirección, o podemos ir
directamente después del trabajo si quieres.
—Mejor vamos directamente desde el trabajo. Llevo zapatos cómodos —y
señalo mis bailarinas, dándome palmaditas mentales en la espalda por no llevar
hoy tacones.
—Me parece bien. ¿Quedamos en tu despacho a las cinco? —propone él
poniéndose en pie.
—Sí, genial.
Yo también me levanto y tiro el envoltorio de las galletas a la basura.
—Pues ya sabemos cómo consiguió el trabajo —oigo que dice una de las
chicas a mi espalda.
Cuando, por curiosidad, miro hacia el lugar donde están sentadas, las dos se
callan de golpe y bajan la vista a la mesa. No puedo evitar presentir que estaban
hablando sobre mí.
Adiós a mi idea de hacer amigos en Seattle.
—Esas dos no hacen otra cosa más que cotillear, ignóralas —me dice Trevor,
poniéndome una mano en la espalda y guiándome fuera de la sala de descanso.
Cuando regreso a mi despacho, rebusco en el cajón de mi escritorio para
sacar mi móvil. Dos llamadas perdidas, ambas de Hardin.
¿Debería devolvérselas ahora mismo?
« Me ha llamado dos veces, puede que haya pasado algo malo. Debería
llamar» , pienso discutiendo conmigo misma.
Él contesta al tercer tono y dice a toda prisa:
—¿Por qué no has contestado cuando te he llamado?
—¿Ha pasado algo? —Me levanto de mi sillón, presa del pánico.
—No, no pasa nada. —Respira, y puedo imaginar la forma exacta en que sus
labios rosados se mueven mientras pronuncia esas simples palabras—. ¿Por qué
me has enviado esas fotos?
Miro alrededor de mi despacho, preocupada por si lo disgusto.
—Es que estaba emocionada con mi nueva oficina y quería que la vieras.
Espero que no crey eras que estaba fanfarroneando. Siento que…
—No, es que estaba confuso —interviene con tranquilidad, y después se
queda en silencio.
Después de unos segundos, digo:
—No te enviaré ninguna más, no debería haberte mandado ésas. —Apoy o la
frente contra el cristal de la ventana y miro hacia abajo, a las calles de la ciudad.
—No te preocupes, está bien… ¿Qué tal es aquello? ¿Te gusta el sitio? —La
voz de Hardin es sombría, y quiero suavizar el ceño que sé que acaba de
aparecer en su cara.
—Es precioso.
Acto seguido me llama la atención, sabía que lo haría:
—No has contestado a mi pregunta.
—Me gusta el lugar —digo en voz baja.
—Pareces absolutamente eufórica.
—No, de verdad que me gusta, sólo estoy… adaptándome, nada más. ¿Qué
está pasando por ahí? —pregunto para continuar con la conversación. Aún no
estoy preparada para dejar de hablar con él.
—Nada —se apresura a contestar.
—¿Esto te resulta incómodo? Sé que dijiste que no querías hablar por teléfono,
pero has llamado tú, así que…
—No, no es incómodo —me interrumpe—. Nunca me siento incómodo
contigo, y lo que quise decir en su momento fue que no creía que debiéramos
hablar durante horas cada día si no vamos a estar juntos, porque no tiene sentido
y sólo serviría para torturarme.
—Entonces, ¿quieres hablar conmigo? —pregunto porque soy patética y
necesito oír cómo lo dice.
—Sí, claro que sí.
Se oye el claxon de un coche de fondo e imagino que debe de estar
conduciendo.
—Y entonces, ¿qué? ¿Vamos a hablar por teléfono como amigos? —pregunta
él sin rabia en la voz, sólo curiosidad.
—No lo sé… ¿No podríamos intentarlo?
Esta separación es diferente de la última; esta vez nos hemos separado de
buen rollo y no ha sido una ruptura total. No estoy lista para decidir si una ruptura
total con Hardin es lo que realmente necesito, así que aparto ese pensamiento, lo
archivo y prometo volver a él más tarde.
—No funcionará —replica.
—No quiero que nos ignoremos el uno al otro y no volvamos a hablar, pero
no he cambiado de idea respecto a lo de darnos espacio —contesto.
—Vale, entonces háblame de Seattle —dice finalmente contra el auricular

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