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CAPÍTULO 75
Tessa
Después de pasar media tarde al teléfono con Hardin y de no haber trabajado
nada, mi primer día en la nueva oficina acaba y espero pacientemente a Trevor
en la puerta de mi despacho.
Hardin estaba tan tranquilo, parecía tan seguro de sí mismo… como si
estuviera concentrado en algo. De pie en el pasillo, no puedo contener la alegría
por seguir en contacto; es mucho mejor ahora que no nos estamos evitando el
uno al otro. En el fondo sé que no será siempre tan fácil, hablando así,
engañándome a mí misma con pequeñas dosis de Hardin cuando en realidad lo
quiero a él, todo él, todo el tiempo. Quiero que esté aquí conmigo, abrazándome,
besándome, haciéndome reír.
Así es como debe de funcionar la negación.
Por ahora me conformo con esto. Está bastante bien comparado con mi otra
opción: la tristeza.
Suspiro y recuesto la cabeza contra la pared mientras continúo esperando.
Estoy empezando a desear no haberle preguntado a Trevor si estaba libre
después del trabajo. Preferiría estar en casa de Kimberly hablando con Hardin.
Ojalá me hubiera acompañado, así sería él quien vendría a recogerme. Podría
tener una oficina cerca de la mía, podría pasarse por aquí varias veces al día y,
entre visitas, yo buscaría excusas para ir a la suya. Estoy segura de que Christian
le daría un trabajo a Hardin si se lo pidiera. Un par de veces dejó bastante claro
que quería que Hardin volviera a trabajar para él.
Podríamos comer juntos, tal vez incluso recrear algunos de los recuerdos que
compartimos en la antigua oficina. Empiezo a imaginar a Hardin a mi espalda,
yo doblada sobre la superficie de mi escritorio, mi cabello fuertemente atrapado
en su puño…
—Siento llegar un poco tarde, la reunión se ha alargado. —Trevor interrumpe
mi ensueño y doy un salto por la sorpresa y la vergüenza.
—Oh, hum…, no pasa nada, sólo estaba… —me acomodo un mechón de
cabello tras la oreja y trago saliva— esperando.
Si supiera lo que estaba pensando… Menos mal que no tiene ni idea. Ni
siquiera sé de dónde han salido esos pensamientos.
Trevor inclina la cabeza a un lado, echando un vistazo hacia el pasillo vacío.
—¿Lista para irnos?
—Sí.
Charlamos de banalidades mientras recorremos el edificio. Casi todo el
mundo ha acabado su jornada, dejando la oficina en silencio. Trevor me habla
del nuevo empleo de su hermano en Ohio y también me cuenta que ha ido a
comprarse un traje para la boda de una compañera de trabajo, Krystal, que se
casa el próximo mes. No sé por qué me pregunto cuántos trajes debe de tener
Trevor.
Cuando llegamos a nuestros coches, sigo el BMW de Trevor mientras
conduce a través de la congestionada ciudad hasta finalmente llegar al pequeño
barrio de Ballard. Según los blogs que había leído antes de mudarme, es uno de
los barrios más hippies de Seattle. Cafeterías, restaurantes vegetarianos y bares
hipsters flanquean las estrechas calles. Entro con mi coche en el garaje que hay
bajo el edificio de apartamentos de Trevor y me río al recordar que se ofreció a
buscarme uno en este sitio tan caro.
Él sonríe y señala su traje.
—Obviamente necesito cambiarme.
Una vez en su apartamento, él desaparece y yo curioseo por su carísimo
salón. Fotografías de familia y artículos recortados de periódicos y revistas llenan
la repisa de su chimenea; una intrincada pieza hecha de botellas de vino fundidas
y moldeadas ocupa toda la mesita de café. No hay ninguna esquina donde se
permita la acumulación de polvo. Estoy impresionada.
—¡Listo! —anuncia Trevor saliendo de su dormitorio al tiempo que se sube la
cremallera de una sudadera roja.
Siempre me sorprendo cuando lo veo vestido de manera tan informal. Es tan
diferente de como lo hace normalmente…
Tras recorrer tan sólo dos calles desde su edificio, ya estamos tiritando de
frío.
—¿Tienes hambre, Tessa? Podríamos comer algo —dice. Nubes blancas de
aire frío acompañan cada una de sus palabras.
Asiento ansiosa. Mi estómago ruge de hambre, recordándome lo insuficiente
que resulta un paquete de galletas saladas de mantequilla de cacahuete como
comida.
Le pido a Trevor que escoja el restaurante que prefiera y acabamos en un
italiano a sólo unos metros de donde estamos paseando. El dulce aroma del ajo
llena mis sentidos y se me hace la boca agua mientras nos escoltan hasta un
pequeño reservado al fondo del local.
CAPÍTULO 76
Hardin
—Pareces mucho más… higiénico ahora —le digo a Richard cuando sale del
baño secándose su cara recién afeitada con una toalla blanca.
—Llevaba meses sin afeitarme —contesta frotando la suave piel de su
mejilla.
—No me digas. —Pongo los ojos en blanco y él me dedica media sonrisa.
—Gracias por dejar que me quede… —Su voz profunda se pierde.
—No es algo permanente, así que no me des las gracias. Estoy más que
cabreado con toda esta situación —replico, y le doy otro mordisco a la pizza que
he encargado para mí solo… y que acabo compartiendo con Richard.
Tengo que encontrar alguna forma de quitarle cierta presión a Tessa. Ahora
mismo ya tiene demasiado entre manos, y si puedo ay udarla de algún modo
ocupándome del lío con su padre, lo haré.
—Lo sé. Me sorprende que no me hayas echado —dice él con una
carcajada. Como si esto fuera algo sobre lo que bromear.
Lo miro fijamente. Sus ojos parecen demasiado grandes para su cara, con
unos círculos oscuros transparentándose bajo su blanca piel.
Suspiro.
—Yo también estoy sorprendido —admito molesto.
Richard tiembla mientras lo miro, y no de miedo, sino por la abstinencia de
cualquier mierda que se meta.
Quiero saber si trajo drogas a nuestro apartamento mientras se quedó la
semana pasada. Sin embargo, si le pregunto y dice que sí, perderé los nervios y
estará fuera del apartamento en cuestión de segundos. Por Tessa, y por mí, me
pongo en pie y dejo la sala de estar con mi plato vacío en la mano. La pila de
platos en el fregadero ha doblado su tamaño, y cargar el lavavajillas es lo último
que me apetece hacer ahora mismo.
—¡Friega los platos como pago! —le grito a Richard.
Oigo su risa profunda desde el pasillo, y entra en la cocina justo cuando y o
llego hasta el dormitorio, me meto en él y cierro la puerta.
Quiero llamar a Tessa de nuevo sólo para oír su voz. Quiero saber cómo le ha
ido el resto del día…, ¿qué planea hacer después del trabajo? ¿Se quedó
contemplando su teléfono con una estúpida sonrisa en la cara después de colgar
hace un rato, como me pasó a mí?
Probablemente no.
Ahora sé que todos mis pecados anteriores por fin están pasándome factura,
por eso llegó Tessa a mi vida. Un inmisericorde castigo disfrazado de hermosa
recompensa. Tenerla a mi lado durante meses sólo para que ahora me la
arrebaten, pero aún apareciéndose frente a mi cara en forma de ocasionales
llamadas telefónicas. No sé cuánto aguantaré hasta sucumbir a mi destino y
permitirme ponerle fin a esta fase de negación.
Porque eso es precisamente lo que es, la fase de negación.
Aunque no tiene por qué serlo. Puedo cambiar el resultado de todo esto.
Puedo ser quien ella necesita que sea sin arrastrarla de nuevo al infierno. Tengo
una visión de su cara flotando ante mis ojos, y es como si me estuviera mirando
a través de los barrotes de una prisión que yo mismo he creado. Su imagen me
levanta del suelo y me hace buscar una salida.
A la mierda todo, voy a llamarla.
Su teléfono suena y suena, pero no lo coge. Son casi las seis de la tarde. A esta
hora debería haber acabado de trabajar y estar de vuelta en casa. ¿Adónde más
podría ir? Mientras me debato entre llamar o no a Christian, meto los pies en las
zapatillas de deporte, las ato con pereza y paso los brazos por mi chaqueta.
Sé que estaría molesta, más que cabreada, de hecho, si la llamara, pero ya la
he llamado seis veces y no ha contestado ni una. Gruño y me paso los dedos por
mi cabello sucio. Esta mierda de darnos espacio me está fastidiando de verdad.
—Voy a salir —le anuncio a mi indeseado invitado.
Él asiente, incapaz de hablar debido al puñado de patatas chips que está
masticando. Al menos, el fregadero y a está libre de platos sucios.
Pero ¿adónde coño se supone que voy ?
Al cabo de unos minutos aparco el coche en el solar detrás del pequeño
gimnasio. No sé qué mejorará o cómo podría ayudarme estar aquí, pero ahora
mismo me estoy cabreando cada vez más con Tessa y en lo único que puedo
pensar es en insultarla o en conducir hasta Seattle para encontrarla. Sin embargo,
no necesito hacer ninguna de esas cosas… Sólo empeorarían la situación.
CAPÍTULO 77
Tessa
Para cuando mi plato está vacío, estoy prácticamente saltando en mi asiento. En
el momento en que pedimos la cena me di cuenta de que me había dejado el
móvil en el coche, y eso me está volviendo más loca de lo que debería. Total,
nadie me llama tanto. Sin embargo, no puedo evitar pensar que Hardin lo ha
hecho, o que al menos me ha enviado un mensaje. Intento con todas mis fuerzas
escuchar a Trevor mientras me habla de un artículo que ha leído en el Times,
tratando de no pensar en Hardin y en la posibilidad de que me hay a llamado,
pero no puedo evitarlo. Estoy distraída durante toda la cena y estoy segura de
que Trevor lo ha notado, pero es demasiado amable para comentarlo.
—¿No estás de acuerdo? —La voz de Trevor me saca de mi ensueño.
Repaso los últimos segundos de la conversación intentando recordar de qué
podría estar hablando. El artículo sobre cuidados clínicos… creo.
—Sí, por supuesto —miento. No tengo ni idea de si estoy de acuerdo o no,
pero ojalá el camarero se dé prisa en traernos la cuenta.
Como si me hubiese oído, el joven coloca una pequeña carpeta en nuestra
mesa y Trevor saca su cartera rápidamente.
—Yo puedo… —comienzo a decir.
Sin embargo, él desliza varios billetes dentro y el camarero desaparece en la
cocina del restaurante.
—Yo invito —responde.
Le doy las gracias en voz baja y le echo un vistazo al gran reloj de piedra que
cuelga sobre la puerta. Son las siete pasadas; llevamos una hora en este
restaurante. Dejo escapar un suspiro de alivio cuando Trevor exclama:
—Bueno… —Da una palmada y se levanta.
De camino a su casa pasamos por delante de una pequeña cafetería y Trevor
alza una ceja a modo de silenciosa invitación.
—¿Quizá otra noche de esta semana? —sugiero con una sonrisa.
—Parece un buen plan —dice, y eleva la comisura de la boca formando su
famosa media sonrisa mientras continuamos el camino a su edificio.
Con un rápido adiós y un abrazo amistoso, subo a mi coche e inmediatamente
cojo el teléfono. Me siento exhausta por culpa de la ansiedad y la desesperación,
pero empujo todos esos sentimientos hacia la oscuridad. Nueve llamadas
perdidas, todas de Hardin.
Lo llamo de inmediato, pero salta el buzón de voz. El trayecto desde el
apartamento de Trevor hasta casa de Kimberly es largo y fastidioso. El tráfico
de Seattle es horrible, lento y ruidoso. Cláxones sonando, coches pequeños
zigzagueando de carril a carril… Resulta bastante agobiante y, para cuando
aparco en la entrada de la casa, tengo un dolor de cabeza terrible.
Entro por la puerta principal y veo a Kimberly sentada en el sillón de cuero
blanco con una copa de vino en la mano.
—¿Qué tal el día? —pregunta, y se inclina para dejar la bebida en la mesita
de cristal a su lado.
—Bien, pero el tráfico de esta ciudad es surrealista —gimoteo, y me dejo
caer en la butaca carmesí junto a la ventana—. La cabeza me está matando.
—Sí que lo es. Toma algo de vino. Te sentará bien —dice levantándose y
cruzando la sala de estar.
Antes de que pueda protestar, sirve un burbujeante vino blanco en una copa
de tallo largo y me la acerca. Tras el primer sorbo descubro que es fresco y
vigoroso, dulce al paladar.
—Gracias —digo con una sonrisa, y doy otro sorbo.
—Así que… estabas con Trevor, ¿no? —Kimberly es tan entrometida…, de la
forma más dulce posible, eso sí.
—Sí, hemos quedado para cenar. Como amigos —contesto con inocencia.
—Tal vez deberías tratar de responder de nuevo y usando un poco más la
palabra amigos —bromea, y no puedo evitar echarme a reír.
—Sólo intento dejar claro que no somos más que…, esto…, amigos.
Sus ojos castaños brillan con curiosidad.
—¿Hardin sabe que eres « amiga» de Trevor?
—No, pero pienso decírselo en cuanto consiga hablar con él. Por alguna
razón, Trevor no le cae muy bien.
Kimberly asiente.
—No puedo culparlo. Trevor podría ser modelo si no fuera tan tímido. ¿Te has
fijado en esos ojazos azules que tiene? —Mi amiga se abanica la cara con la
mano para enfatizar sus palabras y las dos nos reímos como colegialas.
—¿No querrías decir « ojazos verdes» , mi amor? —interviene Christian
apareciendo de repente en el vestíbulo y haciendo que casi se me caiga la copa
de vino sobre el parquet.
Kim le sonríe.
—Por supuesto.
Pero él simplemente sacude la cabeza y nos dedica una sonrisa ladina.
—Supongo que yo también podría ser modelo —comenta con un guiño.
Por mi parte, me alegro de que no esté molesto. Hardin ya habría volcado la
mesa si me hubiera oído hablar de Trevor de la forma en que lo ha hecho
Kimberly.
Christian se sienta en el sillón junto a ella y Kim trepa a su regazo.
—Y ¿cómo le va a Hardin? Supongo que hablas con él, ¿no? —pregunta.
Aparto la mirada.
—Sí, un poco. Está bien.
—Es un cabezota. Aún sigo ofendido por que no haya aceptado mi oferta,
dada su situación.
Christian sonríe contra el cuello de Kim y la besa suavemente bajo la oreja.
Está claro que estos dos no tienen problemas para mostrar su afecto en público.
Intento apartar la vista, pero no puedo.
Un momento…
—¿Qué oferta? —pregunto. Mi sorpresa es evidente.
—Pues la de trabajo que le hice. Te lo conté, ¿verdad? Ojalá hubiese venido
contigo. Quiero decir que sólo le queda un trimestre, y se graduará antes de
tiempo, ¿no?
« ¿Qué? ¿Por qué no sabía nada de eso?» Ésta es la primera vez que
oigo que Hardin vaya a graduarse antes, pero igualmente contesto:
—Esto…, sí…, creo que sí.
Christian rodea a Kimberly con los brazos y la mece un poco.
—Ese chico es prácticamente un genio. Si se aplicara un poco más, sacaría
matrícula de honor en todo.
—Sí, es muy listo… —afirmo, y es verdad. La mente de Hardin nunca deja
de sorprenderme y de intrigarme. Es una de las cosas que más me gustan de él.
—Y también es bueno escribiendo —continúa Christian, sorbiendo del vino de
Kimberly—. No sé por qué dejó de hacerlo. Estaba deseando leer más de sus
trabajos.
Christian suspira mientras Kimberly le afloja el nudo de la corbata.
Estoy abrumada por toda esta información. Hardin… ¿escribiendo? Recuerdo
que una vez mencionó de pasada que hizo sus pinitos durante su primer año en la
universidad, pero nunca entró en detalles. Cada vez que yo sacaba la
conversación, él cambiaba de tema o desechaba la idea, dándome la impresión
de que no era muy importante para él.
—Sí. —Me acabo el vino y me levanto, señalando la botella—. ¿Puedo?
Kimberly asiente.
—Por supuesto, sírvete más si te apetece. Tenemos una bodega entera —dice
con una dulce sonrisa.
Tres copas de vino blanco más tarde, mi dolor de cabeza se ha evaporado y
mi curiosidad ha crecido exponencialmente. Espero a que Christian saque de
nuevo el tema de los escritos de Hardin o de la oferta de trabajo, pero no lo hace.
Se lanza a explicar con pelos y señales sus negociaciones con un grupo de
comunicación con el fin de expandir el departamento de cine y televisión de
Vance. Por muy interesante que sea, quiero ir a mi habitación e intentar localizar
a Hardin de nuevo. Así pues, en cuanto se presenta la ocasión, les deseo a ambos
buenas noches y me retiro a toda prisa a mi dormitorio provisional.
—¡Llévate la botella! —me sugiere Kimberly cuando paso junto a la mesa
donde descansa la botella de vino medio llena.
Le doy las gracias con un cabeceo y hago lo que me dice.
CAPÍTULO 78
Hardin
Entro en el apartamento con las piernas aún temblorosas después de patear el
saco de arena del gimnasio como un loco. Agarro una botella de agua de la
nevera e intento ignorar al hombre que duerme en mi sofá. Es por ella, me
recuerdo. Todo por ella. Me bebo media botella de un trago, busco el móvil en la
bolsa del gimnasio y lo enciendo. Justo cuando intento llamarla, su nombre
aparece en la pantalla.
—¿Hola? —contesto mientras me quito la camiseta empapada en sudor por
encima de la cabeza y la tiro al suelo.
—Hola —es todo cuanto dice.
Su respuesta es corta. Demasiado corta. Quiero hablar con ella, necesito que
quiera hablar conmigo.
Le doy una patada a la camiseta pero la acabo recogiendo, sabiendo que si
Tessa pudiera verme me pegaría la bronca por ser tan guarro.
—¿Qué has estado haciendo? —pregunto.
—He estado explorando la ciudad —responde en voz baja—. Intenté
devolverte las llamadas, pero saltó el contestador. —El sonido de su voz aplaca mi
temperamento.
—He vuelto a ese gimnasio —digo, y me tumbo en la cama deseando que
estuviera a mi lado, con su cabeza sobre mi pecho, en vez de estar en Seattle.
—¿En serio? ¡Eso es genial! —exclama, para luego añadir—: Me estoy
quitando los zapatos.
—Vale…
Se ríe.
—No sé por qué te he dicho eso.
—¿Estás borracha? —Me incorporo apoyando mi peso sobre un codo.
—He tomado un poco de vino —admite. Tendría que haberlo notado
enseguida.
—¿Con quién?
—Con Kimberly y el señor Vance…, quiero decir, Christian.
—Oh. —No sé cómo me sentaría que saliera de copas en una ciudad extraña,
pero sé que no es el momento de sacar ese tema.
—Dice que eres un escritor increíble —continúa con un tono acusador en la
voz.
« Mierda.»
—Y ¿por qué habrá dicho algo así? —replico con el corazón latiéndome a
toda prisa.
—No lo sé. ¿Por qué y a no escribes? —Su voz está llena de vino y curiosidad.
—No lo sé. Pero no quiero hablar sobre mí. Quiero hablar sobre ti y Seattle y
sobre por qué has estado evitándome.
—También me ha dicho que te graduarás el próximo trimestre —continúa
ella, ignorando mis palabras.
Es evidente que Christian no sabe meterse en sus propios asuntos.
—Sí, ¿y ?
—No lo sabía —dice. La oigo moverse y gruñir, claramente irritada.
—No te lo estaba ocultando, simplemente no surgió el tema. A ti aún te falta
mucho para graduarte, así que no importa. No es como si me fuera a ir a alguna
parte.
—Espera —dice al teléfono. ¿Qué diablos está haciendo? ¿Cuánto vino habrá
bebido?
Tras oírle murmurar palabras incomprensibles y perder el tiempo haciendo
vete a saber qué, por fin pregunto:
—¿Qué haces?
—¿Qué? Oh, es que se me ha enganchado el pelo en los botones de la blusa.
Lo siento, estaba escuchando, te lo prometo.
—Y ¿por qué estabas interrogando a tu jefe sobre mí?
—Él sacó el tema. Ya sabes, como te ofreció trabajo un par de veces y lo
rechazaste, eras el tema de conversación ideal —dice con énfasis.
—Eso es historia antigua. —No recuerdo haberle mencionado la oferta de
trabajo, pero tampoco se lo estaba ocultando a propósito—. Mis intenciones
respecto a Seattle siempre han sido bien claras.
—No hace falta que lo jures… —resopla ella, y casi puedo verla poniendo los
ojos en blanco… otra vez.
Cambio de tema rápidamente:
—No has contestado al teléfono. Te he llamado un montón de veces.
—Lo sé, me dejé el móvil en el coche cuando aparqué en casa de Trevor…
—Se detiene a media frase.
Me levanto de la cama y comienzo a recorrer la habitación. Joder, es que lo
sabía.
—Sólo me estaba enseñando la ciudad, como un amigo, eso es todo —se
apresura a defenderse.
—¿No cogiste el teléfono porque estabas con el jodido Trevor? —gruño; el
pulso se me acelera con cada segundo de silencio que sigue a mi pregunta.
Y, de pronto, ella estalla:
—Ni se te ocurra discutir conmigo por Trevor. Es sólo un amigo y tú eres el
que no está aquí. No tienes derecho a elegir a mis amigos, ¿entiendes?
—Tessa… —la advierto.
—¡Hardin Allen Scott! —exclama, y de repente suelta una carcajada.
—Pero ¿por qué te ríes ahora? —pregunto, aunque no puedo evitar que una
sonrisa aparezca en mi cara. Mierda, soy patético.
—Yo… ¡no lo sé!
El sonido de su risa resuena en mis oídos y va directo a mi corazón,
templando mi pecho.
—Deberías dejar el vino —bromeo con ella; desearía poder ver cómo pone
los ojos en blanco por mi pequeña bronca.
—Oblígame —me reta, con voz profunda y juguetona.
—Si estuviera ahí lo haría, puedes estar segura de ello.
—¿Qué más me harías si estuvieras aquí? —inquiere.
Me dejo caer de nuevo en la cama. ¿Pretende hacer lo que imagino? Con ella
nunca se sabe, especialmente cuando ha bebido.
—Theresa Ly nn Young…, ¿estás tratando de tener sexo telefónico conmigo?
—la provoco.
De pronto se pone a toser violentamente, atragantándose con un sorbo de
vino, deduzco.
—¡¿Qué?! ¡No! Yo… ¡sólo preguntaba! —chilla.
—Claro, intenta negarlo ahora —bromeo riendo ante su tono de horror.
—A no ser… que tú quieras hacerlo —susurra.
—¿Lo dices en serio? —Sólo de pensar en ello, me palpita la polla.
—Puede…, no lo sé. ¿Estás enfadado por lo de Trevor? —El tono de su voz es
más embriagador que cualquier vino que pudiera consumir.
Joder, sí, me cabrea que hay a estado con él, pero no es de eso de lo que
quiero hablar precisamente ahora. La oigo tragar ruidosamente y después oigo el
tintineo de una copa.
—Ahora mismo me importa una mierda el puto Trevor —miento. Entonces
le ordeno—: No bebas el vino tan deprisa. —La conozco demasiado bien—. Te
pondrás mala.
Oigo un par de tragos sonoros a través del teléfono.
—No puedes darme órdenes desde la distancia. —Está bebiendo vino de
nuevo, para infundirse valor, seguro.
—Puedo darte órdenes desde cualquier distancia, nena. —Sonrío pasándome
los dedos sobre los labios.
—¿Puedo decirte algo? —pregunta en voz baja.
—Por favor.
—Hoy estaba pensando en ti, recordando cuando viniste a mi oficina aquel
primer día…
—¿Pensabas en cómo te follaba mientras estabas con él? —pregunto, rezando
para que diga que sí.
—En ese momento lo estaba esperando.
—Cuéntame más sobre eso, dime qué pensabas —la presiono.
Esto es tan confuso… Cada vez que hablo con ella siento que no nos estamos
tomando un respiro, que todo sigue igual que antes. La única diferencia es que no
puedo verla en persona, o tocarla. Joder, quiero tocarla, pasar la lengua por su
suave piel…
—Estaba recordando cómo… —comienza, pero entonces toma otro trago.
—No tengas vergüenza —la animo a continuar.
—… cómo me gustó, y me hizo desear hacerlo otra vez.
—¿Con quién? —pregunto sólo por el placer de oírselo decir.
—Contigo, sólo contigo.
—Bien —digo con una sonrisa suave—. Sigues siendo mía; aunque me hayas
obligado a darte espacio, aún eres sólo para mí. Lo sabes, ¿verdad? —le pregunto
de la forma más amable posible.
—Lo sé —contesta.
Se me infla el pecho y doy la bienvenida a la corriente de alivio que me
recorre al oír sus palabras.
—Y ¿tú eres mío? —pregunta con una confianza en la voz que antes no tenía.
—Sí, siempre.
« No tengo otra opción. No la he tenido desde el día que te conocí» , quiero
añadir, pero permanezco en silencio, esperando nervioso su respuesta.
—Bien —dice Tessa con autoridad—. Y ahora dime qué me harías si
estuvieras aquí, y no olvides ni un solo detalle.
CAPÍTULO 79
Tessa
Mis pensamientos están borrosos y siento la cabeza llena y pesada, pero en el
buen sentido. Sonrío de oreja a oreja, borracha por el vino y por la voz profunda
de Hardin. Me encanta este lado juguetón que tiene y, si quiere jugar, jugaremos.
—Oh, no —dice con ese tono frío suyo—. Primero tendrás que decirme tú lo
que quieres.
Tomo un trago directamente de la botella.
—Ya lo he hecho —le digo.
—Bebe más vino. Al parecer, sólo eres capaz de decirme lo que quieres
cuando has bebido.
—Vale. —Deslizo el dedo índice por el frío armazón de madera de la cama
—. Quiero que me tumbes sobre esta cama y… y me tomes como lo hiciste
sobre aquel escritorio.
En vez de vergüenza sólo siento una cálida oleada de calor subiéndome por el
cuello y hasta las mejillas.
Hardin maldice sin aliento; sé que no esperaba una respuesta tan gráfica.
—¿Y después? —pregunta en voz baja.
—Bueno… —empiezo, haciendo una pausa para tomar otro largo trago y
ganar confianza.
Hardin y yo nunca hemos hecho algo así. Él me ha mandado unos cuantos
mensajes picantes, pero esto… esto es diferente.
—Simplemente dilo, no seas tímida ahora —apremia.
—Me cogerías por las caderas como me coges siempre, y yo me agarraría a
las sábanas intentando mantenerme estable. Tus dedos se clavarían en mí,
dejando marcas a su paso… —Junto los muslos con fuerza cuando lo oigo
contener el aliento a través de la línea.
—Tócate —me dice, y rápidamente miro alrededor de la habitación,
olvidando por un momento que nadie puede oír nuestra conversación privada.
—¿Qué? No —susurro con aspereza, sosteniendo el teléfono.
—Sí.
—No voy a hacerlo… aquí. Me oirán… —Si estuviera hablando así con otra
persona que no fuera Hardin, estaría completamente horrorizada, borracha o no.
—No, no te oirán. Hazlo. Quieres hacerlo, lo noto.
« ¿Cómo puede…?
» ¿Quiero hacerlo?»
—Túmbate en la cama, cierra los ojos, abre las piernas y te diré lo que hacer
—indica suavemente. Sus palabras son como seda, pero llegan como una orden.
—Pero yo…
—Hazlo.
La autoridad de su voz hace que me retuerza mientras mi mente y mis
hormonas batallan entre sí. No puedo negar que la idea de Hardin animándome a
todo esto por teléfono, diciéndome todas las cosas sucias que me haría, elevan la
temperatura de la habitación al menos diez grados.
—Bien, y ahora que te has entregado —comienza sin que yo haya dicho nada
—, avísame cuando te quedes en braguitas.
« Oh…»
Sin embargo, me acerco silenciosamente a la puerta y giro el pestillo entre
los dedos. La habitación de Kimberly y de Christian, así como la de Smith, están
en el piso superior de la casa, pero, por lo que sé, aún podrían estar en la planta
baja, cerca de aquí. Escucho atentamente por si oigo movimiento y, cuando una
puerta se cierra en el piso de arriba, me siento mejor.
A toda prisa cojo la botella de vino y me la acabo. El calor de mi interior ha
pasado de ser una chispa a un infierno abrasador, y trato de no pensar mucho en
el hecho de que me estoy quitando los pantalones y subiendo a la cama con tan
sólo una camiseta de algodón puesta y unas braguitas.
—¿Sigues ahí? —pregunta Hardin, seguramente sonriendo con maldad.
—Sí, estoy… preparada. —No me puedo creer que de verdad esté haciendo
esto.
—Deja de pensar tanto. Luego me lo agradecerás.
—Y tú deja de saber todo lo que pienso —me burlo, deseando que tenga
razón.
—Recuerdas lo que te enseñé, ¿verdad?
Asiento, olvidando que no puede verme.
—Tomaré ese nervioso silencio como un sí. Bien. Presiona con los dedos
donde te dije la última vez…

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