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CAPÍTULO 80
Hardin
Oigo a Tessa jadear y sé que está siguiendo mis instrucciones. La puedo imaginar
perfectamente, tumbada en la cama con las piernas abiertas.
« Hostia puta.»
—Joder, ojalá estuviera ahí ahora mismo para verte —gruño, intentando
ignorar la sangre que me baja de golpe hasta la polla.
—Eso te gusta, ¿verdad? Mirarme… —jadea a través de la línea.
—Sí, joder, sí, me gusta. Y a ti te gusta que te miren, lo sé.
—Sí, tanto como a ti te gusta cuando te tiro del pelo.
Mi mano se mueve sin pensar entre mis piernas. Imágenes de ella
retorciéndose bajo mi lengua, con sus dedos tirándome del pelo mientras gime
mi nombre llenan mi mente y aprieto la mano contra mí mismo. Sólo Tessa es
capaz de ponerme duro tan rápido.
Sus gemidos son silenciosos, demasiado silenciosos. Necesita más estímulo.
—Más rápido, Tess, mueve los dedos en círculos, más rápido. Imagina que
estoy ahí, que soy y o y que son mis dedos los que te tocan, haciéndote sentir tan
jodidamente bien, haciendo que te corras —le digo manteniendo el tono de voz
bajo por si mi molesto invitado está en el pasillo.
—Oh, Dios… —jadea ella, y vuelve a gemir.
—Mi lengua también, nena, moviéndose contra tu piel, mis pecaminosos
labios presionando los tuyos, chupando, mordiendo, jugueteando…
Me quito los pantalones de deporte y empiezo a acariciarme lentamente.
Cierro los ojos y me concentro en sus suaves jadeos, en sus súplicas y sus
gemidos.
—Haz lo que yo estoy haciendo…, tócate —susurra, y en mi mente puedo
ver la imagen de su espalda arqueada sobre el colchón mientras se da placer a sí
misma.
—Ya lo estoy haciendo —murmuro, y ella gime.
« Joder, quiero verla.»
—Sigue hablando —me suplica Tessa. Adoro la forma en que su inocencia
desaparece en estos momentos… Le encanta que le hable utilizando este
lenguaje obsceno.
—Quiero follarte. No…, quiero tumbarte de espaldas en la cama y hacerte el
amor, rápido y duro, con tanta fuerza que gritarás mi nombre mientras empujo
una y otra vez…
—Me… —gime desde lo más profundo de su garganta. Se le corta el aliento.
—Vamos, nena, suéltalo. Quiero oírte…
Dejo de hablar cuando la oigo correrse, jadea y gime mientras muerde la
almohada, o el colchón. No tengo ni puta idea, pero la imagen me lleva al límite
y me corro en los calzoncillos gimiendo su nombre de forma estrangulada.
Nuestros jadeos acompasados son el único sonido en la línea durante
segundos, o minutos, no podría calcularlo.
—Ha sido… —empieza a decir jadeando sin aliento.
Abro los ojos y apoyo los codos en el escritorio frente a mí. Mi pecho sube y
baja mientras trato de recuperar mi propio aliento.
—Sí…
—Necesito un momento. —Tessa se ríe. Una lenta sonrisa tira de las
comisuras de mi boca y entonces ella añade—: Y yo que pensaba que ya lo
habíamos hecho todo.
—Oh, hay un montón de cosas más que quiero hacerte. Sin embargo, y por
desgracia, tendríamos que estar en la misma ciudad para practicarlas.
—Entonces, ven —se apresura a replicar.
Conecto el altavoz del teléfono y me examino la mano, la palma y el reverso.
—Dijiste que no querías que fuera a Seattle. Necesitamos espacio,
¿recuerdas, nena?
—Lo sé —contesta un poco triste—. Sí que necesitamos espacio…, y creo
que nos está funcionando, ¿no te parece?
—No —miento.
Sin embargo, sé que tiene razón: he estado intentando ser mejor para ella, y
me temo que, si volviera a perdonarme demasiado pronto, perdería la
motivación y lo dejaría. Sí…, cuando encontremos la forma de volver a estar
juntos, quiero que sea diferente para ella. Quiero que sea algo permanente para
que pueda demostrarle que el patrón, el ciclo interminable, como ella lo llama,
terminará.
—Te echo tanto de menos… —confiesa.
Sé que me quiere, pero cada vez que me ofrece una brizna de seguridad
como ésta es como si me quitaran un peso de encima.
—Yo también te echo de menos —digo. Más que a nada en el mundo.
—No digas « también» . Suena como si me dieras la razón o algo —repone
con sarcasmo, y mi pequeña sonrisa crece, alcanzando todo mi ser.
—No puedes usar mis ideas. Vaya forma de ser original —la regaño en
broma, y ella se ríe.
—Sí que puedo —replica de forma infantil. Si estuviera aquí seguro que me
habría sacado la lengua con un desafío burlón.
—Joder, esta noche estás guerrera —digo rodando fuera de la cama.
Necesito una ducha.
—Ésa soy y o.
—E increíblemente osada. ¿Quién iba a imaginar que te convencería para
masturbarte al teléfono? —Me río y salgo al pasillo.
—¡Hardin! —chilla con horror, como sabía que haría—. Y, por cierto, a estas
alturas y a deberías saber que puedes conseguir que haga casi de todo.
—Si eso fuera verdad… —murmuro.
Si lo fuera, ahora ella estaría aquí.
El suelo del pasillo está frío bajo mis pies desnudos y hago una mueca. Pero
cuando oigo una voz que empieza a hablar, se me cae el teléfono al suelo.
—Lo siento, tío —dice Richard cerca de mí—. Esto se estaba calentando y…
Se detiene cuando me ve recoger el móvil a toda prisa, pero ya es demasiado
tarde.
—¿Quién es? —oigo exclamar a Tessa a través del auricular de mi móvil. La
chica medio dormida y relajada que era hasta hace unos segundos ha
desaparecido y ahora está en alerta—. Hardin, ¿quién era? —pregunta con más
fuerza.
Mierda. Boqueo un rápido « La has cagado» a su padre y cojo el teléfono,
desconecto el altavoz y me encierro a toda prisa en el baño.
—Es… —empiezo.
—¿Es mi padre?
Quiero mentirle, pero eso sería una estupidez y estoy intentando no ser tan
estúpido.
—Sí, es él —confieso, y espero a que grite contra el auricular.
—¿Qué hace ahí? —pregunta.
—Yo…, bueno…
—¿Has dejado que se quede contigo?
Su pregunta me libera del pánico que me supone tener que buscar las
palabras correctas para explicar esta jodida situación.
—Algo así.
—Estoy confusa.
—Yo también —admito.
—¿Durante cuánto tiempo? Y ¿por qué no me lo habías dicho?
—Lo siento… Sólo lleva aquí un par de días.
Lo siguiente que oigo es el sonido del agua cay endo en la bañera, así que
debe de estar bien si se ha puesto a hacer eso. Pero aun así, pregunta:
—Y ¿cómo es que se ha presentado ahí?
No soy capaz de contarle toda la verdad, al menos no ahora.
—Supongo que no tenía ningún otro sitio al que ir. —Abro el agua de la ducha
cuando ella suspira.
—Vale…
—¿Estás enfadada? —pregunto.
—No, no estoy enfadada, estoy confusa… —dice, con la voz llena de
sorpresa—. No me puedo creer que hayas dejado que se quede en tu
apartamento.
—Yo tampoco.
El pequeño baño se llena de una espesa nube de vapor y limpio el espejo con
la mano. Parezco un puñetero fantasma, apenas un cascarón vacío. Bajo mis
ojos han aparecido círculos oscuros por la falta de sueño. Lo único que me da la
vida es la voz de Tessa, que llega a través de la línea.
—Significa mucho para mí, Hardin —dice por fin.
Esto está yendo muchísimo mejor de lo que esperaba.
—¿En serio?
—Sí, por supuesto que sí.
De pronto me noto aturdido, como un cachorrillo al que su dueño ha
recompensado con una galleta… y, sorprendentemente, me siento perfectamente
bien por ello.
—Bien.
No sé qué más decirle, me siento un poco culpable por no contarle lo de los…
hábitos de su padre, pero de todos modos tampoco es cuestión de hacerlo por
teléfono.
—Espera…, entonces mi padre estaba ahí mientras tú estabas…, ya sabes…
—susurra, y oigo un pequeño rugido al otro lado de la línea. Debe de haber
encendido el extractor del baño para amortiguar su voz.
—Bueno, no estaba en la habitación, no me van ese tipo de cosas —bromeo
para quitarle importancia, y ella se ríe.
—Seguro que sí que te van —se burla.
—Qué va, me creas o no, ésa es una de las pocas cosas que no me van —digo
con una sonrisa—. Nunca te compartiría con nadie, nena. Ni siquiera con tu
padre.
No puedo evitar reír cuando ella emite un sonido de asco.
—¡Estás enfermo!
—Y tanto —replico, y ella se ríe.
El vino la ha vuelto atrevida y ha elevado su sentido del humor. ¿Y yo? Bueno,
y o no tengo excusa alguna para esta ridícula sonrisa que me cruza la cara.
—Necesito darme una ducha. Estoy aquí de pie con toda la corrida por
encima —informo mientras me quito los calcetines.
—Sí, y o también —dice ella—. No la parte de tener por encima…, ya sabes,
pero y o también estoy hecha un asco y necesitaría una ducha.
—Vale…, supongo que deberíamos acabar…
—Ya lo hemos hecho —se ríe, orgullosa de su penoso intento de broma.
—Ja, ja —me burlo. Pero enseguida añado—: Buenas noches, Tessa.
—Buenas noches —responde, alargando el momento, y cuelgo antes de que
ella pueda hacerlo.
El agua caliente cae sobre mi cuerpo. Aún no me he recuperado del todo de
la idea de Tessa tocándose mientras estábamos al teléfono. No es sólo que me
ponga un montón, es… más que eso. Demuestra que aún confía en mí, aún
confía lo suficiente como para exponerse ante mí. Perdido en mis pensamientos,
me paso la dura pastilla de jabón por mi piel tatuada. Es difícil imaginar que hace
sólo dos semanas estábamos juntos bajo esta ducha…
—Creo que éste es mi favorito —me dijo mientras tocaba uno de mis tatuajes y
me observaba a través de sus pestañas mojadas.
—¿Por qué? Yo lo odio —repuse mirando hacia abajo, hacia los pequeños
dedos que reseguían la gran flor tatuada cerca de mi codo.
—No sé, resulta hermoso que tengas una flor rodeada de toda esta oscuridad —
dijo, mientras su dedo se movía sobre el maldito diseño de una calavera marchita
justo debajo.
—Nunca lo había visto de esa manera. —Puse un pulgar bajo su barbilla para
hacerle alzar los ojos hacia mí—. Tú siempre ves la luz en mí… ¿Cómo es posible,
si no hay ninguna?
—Hay muchas. Y tú también las verás, algún día.
Me sonrió y se puso de puntillas para posar la boca sobre la comisura de la
mía. El agua caía sobre nuestros labios y ella sonrió de nuevo antes de apartarse.
—Espero que tengas razón —susurré bajo la cascada de agua, en voz tan baja
que ella ni siquiera me oyó.
El recuerdo me persigue, repitiéndose mientras intento alejarlo de mí. No es
que no quiera recordarla a ella, eso quiero hacerlo. Tessa es mi único
pensamiento, siempre lo es. Sólo quiero olvidar los recuerdos y las veces en las
que me ha elogiado demasiado, cuando ha intentado convencerme de que soy
mejor de lo que soy, eso es lo que me vuelve loco.
Ojalá pudiera verme a mí mismo como ella me ve. Ojalá pudiera creerla
cuando me dice que soy bueno para ella. Pero ¿cómo puede ser cierto cuando
estoy tan jodido?
« Significa mucho para mí, Hardin» , me ha dicho hace apenas unos minutos.
Quizá, si sigo haciendo lo que estoy haciendo ahora y me mantengo alejado
de la mierda que podría meterme en problemas, pueda continuar haciendo cosas
que signifiquen mucho para ella. Tal vez pueda hacerla feliz en vez de
desgraciada, y quizá, sólo quizá, podría ver algo de esa luz en mí que ella afirma
ver.
Tal vez aún haya esperanza para nosotros.
CAPÍTULO 81
Tessa
No puedo evitar que me invada la ansiedad mientras conduzco a través del
campus. El campus de la WCU de Seattle no es tan pequeño como Ken había
sugerido, y todas las carreteras parecen estar llenas de curvas o colinas que subir
y bajar.
Me he preparado lo mejor que he podido para asegurarme de que hoy todo
salga como lo he planeado. He salido dos horas antes para estar segura de llegar
puntual a la primera clase. La mitad del tiempo lo he pasado sentada entre el
tráfico escuchando un programa de radio matinal. Nunca había entendido esa
nueva moda hasta esta mañana, cuando una mujer desesperada ha llamado y ha
contado la historia de cómo su mejor amiga la traicionó acostándose con su
marido. Los dos se fugaron juntos llevándose al gato, Mazzy, consigo. Entre
lágrimas, aún ha sido capaz de conservar cierta dignidad…, bueno, toda la
dignidad que alguien que llama a una emisora de radio para contar su propia
versión del infierno podría tener. Me he mantenido enganchada a su dramática
historia, y al final he tenido la sensación de que incluso ella sabía que estaría
mejor sin ese tipo.
Para cuando he aparcado ante el edificio de administración y he recogido mi
carnet de estudiante y el pase para el parking, sólo quedaban treinta minutos antes
de clase. Tengo los nervios a flor de piel y no puedo calmar la ansiedad ante la
posibilidad de llegar tarde mi primer día. Por suerte, encuentro el parking de
estudiantes fácilmente y está cerca de donde tengo la clase, así que llego con
quince minutos de margen.
Al sentarme en primera fila no puedo evitar sentirme un poco sola. No ha
habido reunión con Landon en la cafetería antes de clase, y no está sentado junto
a mí en esta aula, mientras recuerdo mi primer medio año de facultad.
La sala se llena de estudiantes y empiezo a arrepentirme de mi decisión
cuando me doy cuenta de que, aparte de mí y de otra chica, el resto de la clase
son todo chicos. Pensé en meter esta asignatura, que realmente no quería hacer,
entre algunas otras del trimestre, pero ahora mismo desearía no haberme
apuntado jamás a ciencias políticas.
Un chico atractivo de tez morena se sienta en la silla junto a mí y yo intento
no mirarlo fijamente. Su camisa blanca de vestir está impecable, con las costuras
perfectamente planchadas, y hasta lleva una corbata. Parece un político, sonrisa
deslumbrante incluida.
Nota que lo estoy mirando y me sonríe.
—¿Puedo ay udarte en algo? —pregunta, con una voz llena de encanto y
autoridad a partes iguales.
Sí, decididamente llegará a ser un político algún día.
—No, lo si… siento —tartamudeo, sin atreverme a mirarlo a los ojos.
Cuando la clase empieza evito mirarlo y, en lugar de eso, me concentro en
tomar apuntes, consultar el programa repetidamente y estudiar el mapa del
campus hasta que la lección acaba.
Mi siguiente clase, historia del arte, es mucho mejor. Me siento cómoda
rodeada de una multitud de estudiantes corrientes. Un chico con el pelo azul se
sienta cerca de mí y se presenta diciéndome que su nombre es Michael. Cuando
el profesor nos pide que nos presentemos uno a uno, descubro que soy la única
estudiante de Filología Inglesa de la sala. Sin embargo, todo el mundo se muestra
amistoso, y Michael tiene un gran sentido del humor, se pasa el rato haciendo
bromas y entreteniendo a la gente, incluso al profesor.
Mi última clase es la de escritura creativa, y sin duda es la que más disfruto.
Me zambullo en el proceso de volcar mis pensamientos sobre el papel y es
liberador, entretenido y me encanta. Cuando el profesor nos deja ir, tengo la
sensación de que apenas han pasado diez minutos.
El resto de la semana transcurre más o menos igual. Paso de sentir que ya
me muevo mejor en este nuevo mundo a creer que estoy tan confusa como
siempre. Pero, sobre todo, me siento como a la espera de algo que nunca llega.
Para cuando llega el viernes, estoy exhausta y tengo todo el cuerpo tenso. Esta
semana ha sido todo un reto, tanto de forma positiva como negativa. Echo de
menos la familiaridad del viejo campus y tener a Landon a mi lado. Echo de
menos quedar con Hardin entre clases, e incluso echo de menos a Zed y las
radiantes flores que llenan el edificio de Ciencias Medioambientales.
Zed. No he vuelto a hablar con él desde que me rescató de Steph y Dan en la
fiesta y me llevó hasta casa de mi madre. Me salvó de ser violada y humillada, y
ni siquiera le he dado las gracias. Cierro mi libro de texto de ciencias políticas y
cojo mi móvil.
—¿Diga? —La voz de Zed suena extraña a pesar del hecho de que no ha
pasado más de una semana desde que la oí.
—¿Zed? Soy Tessa. —Me muerdo un carrillo y espero su respuesta.
—Eh, hola.
Tomo aire y sé que tengo que decir lo que se supone que debo decir.
—Oy e, siento no haberte llamado antes para darte las gracias. Todo ha ido tan
rápido esta semana…, y creo que una parte de mí intentaba no pensar en lo
ocurrido. Sé que no es excusa suficiente… Mira, soy una idiota y lo siento y… —
Las palabras acuden como un torrente a mi boca, tan rápido que apenas puedo
procesar lo que estoy diciendo, pero él me interrumpe antes de acabar.
—Está bien, sé que estabas muy liada.
—Aun así, debería haberte llamado, sobre todo después de lo que hiciste por
mí. No sé cómo expresar lo agradecida que estoy de que fueras a esa fiesta —
digo, desesperada por hacerle entender lo mucho que le debo. Me estremezco al
recordar los dedos de Dan recorriendo mi muslo—. Si no hubieses aparecido,
quién sabe lo que me habrían hecho…
—Oy e —interviene para silenciarme con amabilidad—. Los detuve antes de
que pasara nada, Tessa. Intenta no pensar en ello. Y no tienes que agradecerme
nada.
—¡Claro que sí! Y no sabes lo mucho que me duele que Steph hiciera lo que
hizo. Yo nunca le he hecho daño, ni a ella ni a ninguno de vosotros…
—Por favor, no me metas en el mismo saco —dice Zed, sintiéndose
claramente insultado.
—No, no, lo siento… No quería decir que tú tuvieras nada que ver. Me refería
a tu grupo de amigos. —Me disculpo por la forma en que mi boca se ha estado
moviendo antes de que mi mente hay a aprobado las palabras.
—Está bien —murmura—. De todos modos, ya no somos precisamente un
grupo. Tristan va a marcharse a Nueva Orleans, en unos días, de hecho, y no he
visto a Steph por el campus en toda la semana.
—Oh… —Hago una pausa y echo un vistazo a esta habitación en la que me
hospedo, en esta casa enorme y de algún modo extraña—. Zed, también siento
haberte acusado de enviarme mensajes desde el teléfono de Hardin. Steph
admitió que fue ella durante el incidente de Dan. —Sonrío para intentar
contrarrestar el escalofrío que este hombre me provoca.
Él deja escapar el aire, o tal vez sea una risa.
—Debo admitir que y o parecía el mejor candidato a haberlo hecho —replica
dulcemente—. ¿Y bien? ¿Cómo va todo?
—Seattle es… diferente —digo.
—¿Estás ahí? Pensé que como Hardin había ido a casa de tu madre…
—No, estoy aquí —lo interrumpo antes de que pueda comentar que él
también esperaba que me quedara con Hardin.
—¿Has hecho nuevos amigos?
—¿Tú qué crees? —Sonrío y alcanzo el vaso medio vacío de agua que hay al
otro lado de la cama.
—Pronto los harás —dice riendo, y me uno a él.
—Lo dudo. —Pienso en las dos chicas que cotilleaban el otro día en la sala de
descanso de la editorial. Cada vez que las he visto esta semana parecían estar
riéndose entre sí, y no puedo evitar pensar que se reían de mí—. De verdad que
siento haber tardado tanto en llamarte.
—Tessa, está bien, para de disculparte. Lo haces demasiado.
—Lo siento —digo, y me golpeo la frente con la palma de la mano.
Tanto el camarero, Robert, como Zed me han dicho que me disculpo
demasiado. Quizá tengan razón.
—¿Crees que vendrás a visitarnos pronto? ¿O aún no se nos permite ser…
amigos? —pregunta en voz baja.
—Podemos ser amigos —remarco—. Pero no tengo ni idea de cuándo podré
ir de visita.
En realidad esperaba volver a casa este fin de semana. Echo de menos a
Hardin y las calles casi sin tráfico del este.
Pero espera…, ¿acabo de considerarla « mi casa» ? Si sólo he vivido ahí
durante unos pocos meses…
Y entonces me doy cuenta: Hardin. Es por Hardin. Cualquier lugar donde él
esté siempre será mi hogar.
—Vaya, es una pena. Tal vez haga y o una escapada a Seattle pronto. Tengo
algunos amigos por allí —dice Zed—. ¿Te parecería bien? —pregunta segundos
después.
—¡Oh, sí! Por supuesto.
—Genial. —Se echa a reír—. Este fin de semana vuelo hasta Florida para ver
a mis padres. De hecho, llego tarde a mi vuelo, pero tal vez podría intentar ir el
fin de semana que viene o algo así.
—Sí, claro. Tú avísame. Diviértete en Florida —le digo antes de colgar.
Pongo el móvil sobre una pila de notas y apenas unos segundos más tarde
comienza a vibrar.
El nombre de Hardin aparece en la pantalla y, tras tomar aire, ignoro el
palpitar de mi pecho y contesto.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta de inmediato.
—Eh…, nada.
—¿Dónde estás?
—En casa de Kim y Christian. ¿Dónde estás tú? —replico con sarcasmo.
—En casa —dice con tranquilidad—. ¿Dónde iba a estar, si no?
—Pues no sé…, ¿en el gimnasio?
Hardin ha estado yendo regularmente al gimnasio, cada día de la semana.
—Acabo de volver. Ahora estoy en casa.
—Y ¿cómo te ha ido, capitán Brevedad?
—Como siempre —responde cortante.
—¿Pasa algo? —le pregunto.
—No, estoy bien. ¿Cómo te ha ido el día? —Se apresura a cambiar de tema y
me pregunto por qué, pero no quiero presionarlo, no con la llamada de Zed ya
sobre mi conciencia.
—Ha ido bien. Largo, supongo. Sigue sin gustarme la clase de ciencias
políticas —gimo.
—Ya te dije que la dejaras. Puedes coger otra asignatura entre tus optativas
de ciencias sociales —me recuerda.
Me tumbo en la cama.
—Lo sé…, pero estaré bien.
—¿No sales esta noche? —pregunta; su tono es de alerta.
—No, y a estoy en pijama.
—Bien —dice, cosa que me hace poner los ojos en blanco.
—He llamado a Zed hace unos minutos —suelto de golpe. Mejor sacármelo
de encima cuanto antes.
Se hace el silencio en la línea y espero pacientemente a que la respiración de
Hardin se calme.
—¿Que has hecho qué? —dice cortante.
—Lo he llamado para darle las gracias… por lo del fin de semana pasado.
—Pero ¿por qué? Pensé que estábamos… —Su fuerte respiración sobre el
auricular me dice que apenas es capaz de controlar la rabia—. Tessa, creía que
estábamos solucionando nuestros problemas.
—Y lo estamos haciendo, pero se lo debía. Si no hubiese aparecido cuando lo
hizo…
—¡Lo sé! —salta Hardin, como si tratara de contenerse.
No quiero discutir con él, pero no puedo esperar que las cosas cambien si le
oculto información.
—Dijo que había pensado venir de visita —lo informo.
—Él no va a ir. Fin de la discusión.
—Hardin…
—No va a ir. Estoy esforzándome al máximo, ¿vale? Estoy intentando con
todas mis putas fuerzas no perder los nervios ahora mismo, así que lo mínimo que
puedes hacer es ayudarme a conseguirlo.
Suspiro derrotada.
—Vale.
Pasar tiempo con Zed no podría ser bueno para nadie, Zed incluido. No puedo
volver a darle esperanzas, no es justo para él, y tampoco creo que podamos
mantener una relación estrictamente platónica, al menos no a ojos de Hardin, o a
los del propio Zed.
—Gracias. Si siempre fuera tan fácil hacerte obedecer…
« ¿Qué?»
—Hardin, y o no tengo que obedecerte en nada, eso es…
—Tranquila, tranquila, sólo te tomaba el pelo. No hace falta que te mosquees
—se apresura a replicar—. ¿Hay algo más que necesite saber, ya que estamos?
—No.
—Bien. Y ahora cuéntame qué ha estado pasando en esa emisora de radio de
mierda que te tiene tan obsesionada.
Mientras le cuento la historia de una mujer que buscaba a su largamente
perdido amor de instituto mientras y a estaba preñada de su vecino, todos los
sórdidos detalles y el escándalo resultante me mantienen animada y riendo. Al
mencionar el gato, Mazzy, me pongo a reír como una histérica. Le digo que debe
de ser difícil enamorarse de un hombre cuando se está esperando el hijo de otro,
pero Hardin no está de acuerdo. Por supuesto, él cree que el hombre y la mujer
se buscaron el escándalo ellos mismos, y se burla de mí por obsesionarme con un
programa radiofónico de entrevistas. Se ríe con mi historia, y yo cierro los ojos e
imagino que está tumbado junto a mí.
Hardin
Oigo a Tessa jadear y sé que está siguiendo mis instrucciones. La puedo imaginar
perfectamente, tumbada en la cama con las piernas abiertas.
« Hostia puta.»
—Joder, ojalá estuviera ahí ahora mismo para verte —gruño, intentando
ignorar la sangre que me baja de golpe hasta la polla.
—Eso te gusta, ¿verdad? Mirarme… —jadea a través de la línea.
—Sí, joder, sí, me gusta. Y a ti te gusta que te miren, lo sé.
—Sí, tanto como a ti te gusta cuando te tiro del pelo.
Mi mano se mueve sin pensar entre mis piernas. Imágenes de ella
retorciéndose bajo mi lengua, con sus dedos tirándome del pelo mientras gime
mi nombre llenan mi mente y aprieto la mano contra mí mismo. Sólo Tessa es
capaz de ponerme duro tan rápido.
Sus gemidos son silenciosos, demasiado silenciosos. Necesita más estímulo.
—Más rápido, Tess, mueve los dedos en círculos, más rápido. Imagina que
estoy ahí, que soy y o y que son mis dedos los que te tocan, haciéndote sentir tan
jodidamente bien, haciendo que te corras —le digo manteniendo el tono de voz
bajo por si mi molesto invitado está en el pasillo.
—Oh, Dios… —jadea ella, y vuelve a gemir.
—Mi lengua también, nena, moviéndose contra tu piel, mis pecaminosos
labios presionando los tuyos, chupando, mordiendo, jugueteando…
Me quito los pantalones de deporte y empiezo a acariciarme lentamente.
Cierro los ojos y me concentro en sus suaves jadeos, en sus súplicas y sus
gemidos.
—Haz lo que yo estoy haciendo…, tócate —susurra, y en mi mente puedo
ver la imagen de su espalda arqueada sobre el colchón mientras se da placer a sí
misma.
—Ya lo estoy haciendo —murmuro, y ella gime.
« Joder, quiero verla.»
—Sigue hablando —me suplica Tessa. Adoro la forma en que su inocencia
desaparece en estos momentos… Le encanta que le hable utilizando este
lenguaje obsceno.
—Quiero follarte. No…, quiero tumbarte de espaldas en la cama y hacerte el
amor, rápido y duro, con tanta fuerza que gritarás mi nombre mientras empujo
una y otra vez…
—Me… —gime desde lo más profundo de su garganta. Se le corta el aliento.
—Vamos, nena, suéltalo. Quiero oírte…
Dejo de hablar cuando la oigo correrse, jadea y gime mientras muerde la
almohada, o el colchón. No tengo ni puta idea, pero la imagen me lleva al límite
y me corro en los calzoncillos gimiendo su nombre de forma estrangulada.
Nuestros jadeos acompasados son el único sonido en la línea durante
segundos, o minutos, no podría calcularlo.
—Ha sido… —empieza a decir jadeando sin aliento.
Abro los ojos y apoyo los codos en el escritorio frente a mí. Mi pecho sube y
baja mientras trato de recuperar mi propio aliento.
—Sí…
—Necesito un momento. —Tessa se ríe. Una lenta sonrisa tira de las
comisuras de mi boca y entonces ella añade—: Y yo que pensaba que ya lo
habíamos hecho todo.
—Oh, hay un montón de cosas más que quiero hacerte. Sin embargo, y por
desgracia, tendríamos que estar en la misma ciudad para practicarlas.
—Entonces, ven —se apresura a replicar.
Conecto el altavoz del teléfono y me examino la mano, la palma y el reverso.
—Dijiste que no querías que fuera a Seattle. Necesitamos espacio,
¿recuerdas, nena?
—Lo sé —contesta un poco triste—. Sí que necesitamos espacio…, y creo
que nos está funcionando, ¿no te parece?
—No —miento.
Sin embargo, sé que tiene razón: he estado intentando ser mejor para ella, y
me temo que, si volviera a perdonarme demasiado pronto, perdería la
motivación y lo dejaría. Sí…, cuando encontremos la forma de volver a estar
juntos, quiero que sea diferente para ella. Quiero que sea algo permanente para
que pueda demostrarle que el patrón, el ciclo interminable, como ella lo llama,
terminará.
—Te echo tanto de menos… —confiesa.
Sé que me quiere, pero cada vez que me ofrece una brizna de seguridad
como ésta es como si me quitaran un peso de encima.
—Yo también te echo de menos —digo. Más que a nada en el mundo.
—No digas « también» . Suena como si me dieras la razón o algo —repone
con sarcasmo, y mi pequeña sonrisa crece, alcanzando todo mi ser.
—No puedes usar mis ideas. Vaya forma de ser original —la regaño en
broma, y ella se ríe.
—Sí que puedo —replica de forma infantil. Si estuviera aquí seguro que me
habría sacado la lengua con un desafío burlón.
—Joder, esta noche estás guerrera —digo rodando fuera de la cama.
Necesito una ducha.
—Ésa soy y o.
—E increíblemente osada. ¿Quién iba a imaginar que te convencería para
masturbarte al teléfono? —Me río y salgo al pasillo.
—¡Hardin! —chilla con horror, como sabía que haría—. Y, por cierto, a estas
alturas y a deberías saber que puedes conseguir que haga casi de todo.
—Si eso fuera verdad… —murmuro.
Si lo fuera, ahora ella estaría aquí.
El suelo del pasillo está frío bajo mis pies desnudos y hago una mueca. Pero
cuando oigo una voz que empieza a hablar, se me cae el teléfono al suelo.
—Lo siento, tío —dice Richard cerca de mí—. Esto se estaba calentando y…
Se detiene cuando me ve recoger el móvil a toda prisa, pero ya es demasiado
tarde.
—¿Quién es? —oigo exclamar a Tessa a través del auricular de mi móvil. La
chica medio dormida y relajada que era hasta hace unos segundos ha
desaparecido y ahora está en alerta—. Hardin, ¿quién era? —pregunta con más
fuerza.
Mierda. Boqueo un rápido « La has cagado» a su padre y cojo el teléfono,
desconecto el altavoz y me encierro a toda prisa en el baño.
—Es… —empiezo.
—¿Es mi padre?
Quiero mentirle, pero eso sería una estupidez y estoy intentando no ser tan
estúpido.
—Sí, es él —confieso, y espero a que grite contra el auricular.
—¿Qué hace ahí? —pregunta.
—Yo…, bueno…
—¿Has dejado que se quede contigo?
Su pregunta me libera del pánico que me supone tener que buscar las
palabras correctas para explicar esta jodida situación.
—Algo así.
—Estoy confusa.
—Yo también —admito.
—¿Durante cuánto tiempo? Y ¿por qué no me lo habías dicho?
—Lo siento… Sólo lleva aquí un par de días.
Lo siguiente que oigo es el sonido del agua cay endo en la bañera, así que
debe de estar bien si se ha puesto a hacer eso. Pero aun así, pregunta:
—Y ¿cómo es que se ha presentado ahí?
No soy capaz de contarle toda la verdad, al menos no ahora.
—Supongo que no tenía ningún otro sitio al que ir. —Abro el agua de la ducha
cuando ella suspira.
—Vale…
—¿Estás enfadada? —pregunto.
—No, no estoy enfadada, estoy confusa… —dice, con la voz llena de
sorpresa—. No me puedo creer que hayas dejado que se quede en tu
apartamento.
—Yo tampoco.
El pequeño baño se llena de una espesa nube de vapor y limpio el espejo con
la mano. Parezco un puñetero fantasma, apenas un cascarón vacío. Bajo mis
ojos han aparecido círculos oscuros por la falta de sueño. Lo único que me da la
vida es la voz de Tessa, que llega a través de la línea.
—Significa mucho para mí, Hardin —dice por fin.
Esto está yendo muchísimo mejor de lo que esperaba.
—¿En serio?
—Sí, por supuesto que sí.
De pronto me noto aturdido, como un cachorrillo al que su dueño ha
recompensado con una galleta… y, sorprendentemente, me siento perfectamente
bien por ello.
—Bien.
No sé qué más decirle, me siento un poco culpable por no contarle lo de los…
hábitos de su padre, pero de todos modos tampoco es cuestión de hacerlo por
teléfono.
—Espera…, entonces mi padre estaba ahí mientras tú estabas…, ya sabes…
—susurra, y oigo un pequeño rugido al otro lado de la línea. Debe de haber
encendido el extractor del baño para amortiguar su voz.
—Bueno, no estaba en la habitación, no me van ese tipo de cosas —bromeo
para quitarle importancia, y ella se ríe.
—Seguro que sí que te van —se burla.
—Qué va, me creas o no, ésa es una de las pocas cosas que no me van —digo
con una sonrisa—. Nunca te compartiría con nadie, nena. Ni siquiera con tu
padre.
No puedo evitar reír cuando ella emite un sonido de asco.
—¡Estás enfermo!
—Y tanto —replico, y ella se ríe.
El vino la ha vuelto atrevida y ha elevado su sentido del humor. ¿Y yo? Bueno,
y o no tengo excusa alguna para esta ridícula sonrisa que me cruza la cara.
—Necesito darme una ducha. Estoy aquí de pie con toda la corrida por
encima —informo mientras me quito los calcetines.
—Sí, y o también —dice ella—. No la parte de tener por encima…, ya sabes,
pero y o también estoy hecha un asco y necesitaría una ducha.
—Vale…, supongo que deberíamos acabar…
—Ya lo hemos hecho —se ríe, orgullosa de su penoso intento de broma.
—Ja, ja —me burlo. Pero enseguida añado—: Buenas noches, Tessa.
—Buenas noches —responde, alargando el momento, y cuelgo antes de que
ella pueda hacerlo.
El agua caliente cae sobre mi cuerpo. Aún no me he recuperado del todo de
la idea de Tessa tocándose mientras estábamos al teléfono. No es sólo que me
ponga un montón, es… más que eso. Demuestra que aún confía en mí, aún
confía lo suficiente como para exponerse ante mí. Perdido en mis pensamientos,
me paso la dura pastilla de jabón por mi piel tatuada. Es difícil imaginar que hace
sólo dos semanas estábamos juntos bajo esta ducha…
—Creo que éste es mi favorito —me dijo mientras tocaba uno de mis tatuajes y
me observaba a través de sus pestañas mojadas.
—¿Por qué? Yo lo odio —repuse mirando hacia abajo, hacia los pequeños
dedos que reseguían la gran flor tatuada cerca de mi codo.
—No sé, resulta hermoso que tengas una flor rodeada de toda esta oscuridad —
dijo, mientras su dedo se movía sobre el maldito diseño de una calavera marchita
justo debajo.
—Nunca lo había visto de esa manera. —Puse un pulgar bajo su barbilla para
hacerle alzar los ojos hacia mí—. Tú siempre ves la luz en mí… ¿Cómo es posible,
si no hay ninguna?
—Hay muchas. Y tú también las verás, algún día.
Me sonrió y se puso de puntillas para posar la boca sobre la comisura de la
mía. El agua caía sobre nuestros labios y ella sonrió de nuevo antes de apartarse.
—Espero que tengas razón —susurré bajo la cascada de agua, en voz tan baja
que ella ni siquiera me oyó.
El recuerdo me persigue, repitiéndose mientras intento alejarlo de mí. No es
que no quiera recordarla a ella, eso quiero hacerlo. Tessa es mi único
pensamiento, siempre lo es. Sólo quiero olvidar los recuerdos y las veces en las
que me ha elogiado demasiado, cuando ha intentado convencerme de que soy
mejor de lo que soy, eso es lo que me vuelve loco.
Ojalá pudiera verme a mí mismo como ella me ve. Ojalá pudiera creerla
cuando me dice que soy bueno para ella. Pero ¿cómo puede ser cierto cuando
estoy tan jodido?
« Significa mucho para mí, Hardin» , me ha dicho hace apenas unos minutos.
Quizá, si sigo haciendo lo que estoy haciendo ahora y me mantengo alejado
de la mierda que podría meterme en problemas, pueda continuar haciendo cosas
que signifiquen mucho para ella. Tal vez pueda hacerla feliz en vez de
desgraciada, y quizá, sólo quizá, podría ver algo de esa luz en mí que ella afirma
ver.
Tal vez aún haya esperanza para nosotros.
CAPÍTULO 81
Tessa
No puedo evitar que me invada la ansiedad mientras conduzco a través del
campus. El campus de la WCU de Seattle no es tan pequeño como Ken había
sugerido, y todas las carreteras parecen estar llenas de curvas o colinas que subir
y bajar.
Me he preparado lo mejor que he podido para asegurarme de que hoy todo
salga como lo he planeado. He salido dos horas antes para estar segura de llegar
puntual a la primera clase. La mitad del tiempo lo he pasado sentada entre el
tráfico escuchando un programa de radio matinal. Nunca había entendido esa
nueva moda hasta esta mañana, cuando una mujer desesperada ha llamado y ha
contado la historia de cómo su mejor amiga la traicionó acostándose con su
marido. Los dos se fugaron juntos llevándose al gato, Mazzy, consigo. Entre
lágrimas, aún ha sido capaz de conservar cierta dignidad…, bueno, toda la
dignidad que alguien que llama a una emisora de radio para contar su propia
versión del infierno podría tener. Me he mantenido enganchada a su dramática
historia, y al final he tenido la sensación de que incluso ella sabía que estaría
mejor sin ese tipo.
Para cuando he aparcado ante el edificio de administración y he recogido mi
carnet de estudiante y el pase para el parking, sólo quedaban treinta minutos antes
de clase. Tengo los nervios a flor de piel y no puedo calmar la ansiedad ante la
posibilidad de llegar tarde mi primer día. Por suerte, encuentro el parking de
estudiantes fácilmente y está cerca de donde tengo la clase, así que llego con
quince minutos de margen.
Al sentarme en primera fila no puedo evitar sentirme un poco sola. No ha
habido reunión con Landon en la cafetería antes de clase, y no está sentado junto
a mí en esta aula, mientras recuerdo mi primer medio año de facultad.
La sala se llena de estudiantes y empiezo a arrepentirme de mi decisión
cuando me doy cuenta de que, aparte de mí y de otra chica, el resto de la clase
son todo chicos. Pensé en meter esta asignatura, que realmente no quería hacer,
entre algunas otras del trimestre, pero ahora mismo desearía no haberme
apuntado jamás a ciencias políticas.
Un chico atractivo de tez morena se sienta en la silla junto a mí y yo intento
no mirarlo fijamente. Su camisa blanca de vestir está impecable, con las costuras
perfectamente planchadas, y hasta lleva una corbata. Parece un político, sonrisa
deslumbrante incluida.
Nota que lo estoy mirando y me sonríe.
—¿Puedo ay udarte en algo? —pregunta, con una voz llena de encanto y
autoridad a partes iguales.
Sí, decididamente llegará a ser un político algún día.
—No, lo si… siento —tartamudeo, sin atreverme a mirarlo a los ojos.
Cuando la clase empieza evito mirarlo y, en lugar de eso, me concentro en
tomar apuntes, consultar el programa repetidamente y estudiar el mapa del
campus hasta que la lección acaba.
Mi siguiente clase, historia del arte, es mucho mejor. Me siento cómoda
rodeada de una multitud de estudiantes corrientes. Un chico con el pelo azul se
sienta cerca de mí y se presenta diciéndome que su nombre es Michael. Cuando
el profesor nos pide que nos presentemos uno a uno, descubro que soy la única
estudiante de Filología Inglesa de la sala. Sin embargo, todo el mundo se muestra
amistoso, y Michael tiene un gran sentido del humor, se pasa el rato haciendo
bromas y entreteniendo a la gente, incluso al profesor.
Mi última clase es la de escritura creativa, y sin duda es la que más disfruto.
Me zambullo en el proceso de volcar mis pensamientos sobre el papel y es
liberador, entretenido y me encanta. Cuando el profesor nos deja ir, tengo la
sensación de que apenas han pasado diez minutos.
El resto de la semana transcurre más o menos igual. Paso de sentir que ya
me muevo mejor en este nuevo mundo a creer que estoy tan confusa como
siempre. Pero, sobre todo, me siento como a la espera de algo que nunca llega.
Para cuando llega el viernes, estoy exhausta y tengo todo el cuerpo tenso. Esta
semana ha sido todo un reto, tanto de forma positiva como negativa. Echo de
menos la familiaridad del viejo campus y tener a Landon a mi lado. Echo de
menos quedar con Hardin entre clases, e incluso echo de menos a Zed y las
radiantes flores que llenan el edificio de Ciencias Medioambientales.
Zed. No he vuelto a hablar con él desde que me rescató de Steph y Dan en la
fiesta y me llevó hasta casa de mi madre. Me salvó de ser violada y humillada, y
ni siquiera le he dado las gracias. Cierro mi libro de texto de ciencias políticas y
cojo mi móvil.
—¿Diga? —La voz de Zed suena extraña a pesar del hecho de que no ha
pasado más de una semana desde que la oí.
—¿Zed? Soy Tessa. —Me muerdo un carrillo y espero su respuesta.
—Eh, hola.
Tomo aire y sé que tengo que decir lo que se supone que debo decir.
—Oy e, siento no haberte llamado antes para darte las gracias. Todo ha ido tan
rápido esta semana…, y creo que una parte de mí intentaba no pensar en lo
ocurrido. Sé que no es excusa suficiente… Mira, soy una idiota y lo siento y… —
Las palabras acuden como un torrente a mi boca, tan rápido que apenas puedo
procesar lo que estoy diciendo, pero él me interrumpe antes de acabar.
—Está bien, sé que estabas muy liada.
—Aun así, debería haberte llamado, sobre todo después de lo que hiciste por
mí. No sé cómo expresar lo agradecida que estoy de que fueras a esa fiesta —
digo, desesperada por hacerle entender lo mucho que le debo. Me estremezco al
recordar los dedos de Dan recorriendo mi muslo—. Si no hubieses aparecido,
quién sabe lo que me habrían hecho…
—Oy e —interviene para silenciarme con amabilidad—. Los detuve antes de
que pasara nada, Tessa. Intenta no pensar en ello. Y no tienes que agradecerme
nada.
—¡Claro que sí! Y no sabes lo mucho que me duele que Steph hiciera lo que
hizo. Yo nunca le he hecho daño, ni a ella ni a ninguno de vosotros…
—Por favor, no me metas en el mismo saco —dice Zed, sintiéndose
claramente insultado.
—No, no, lo siento… No quería decir que tú tuvieras nada que ver. Me refería
a tu grupo de amigos. —Me disculpo por la forma en que mi boca se ha estado
moviendo antes de que mi mente hay a aprobado las palabras.
—Está bien —murmura—. De todos modos, ya no somos precisamente un
grupo. Tristan va a marcharse a Nueva Orleans, en unos días, de hecho, y no he
visto a Steph por el campus en toda la semana.
—Oh… —Hago una pausa y echo un vistazo a esta habitación en la que me
hospedo, en esta casa enorme y de algún modo extraña—. Zed, también siento
haberte acusado de enviarme mensajes desde el teléfono de Hardin. Steph
admitió que fue ella durante el incidente de Dan. —Sonrío para intentar
contrarrestar el escalofrío que este hombre me provoca.
Él deja escapar el aire, o tal vez sea una risa.
—Debo admitir que y o parecía el mejor candidato a haberlo hecho —replica
dulcemente—. ¿Y bien? ¿Cómo va todo?
—Seattle es… diferente —digo.
—¿Estás ahí? Pensé que como Hardin había ido a casa de tu madre…
—No, estoy aquí —lo interrumpo antes de que pueda comentar que él
también esperaba que me quedara con Hardin.
—¿Has hecho nuevos amigos?
—¿Tú qué crees? —Sonrío y alcanzo el vaso medio vacío de agua que hay al
otro lado de la cama.
—Pronto los harás —dice riendo, y me uno a él.
—Lo dudo. —Pienso en las dos chicas que cotilleaban el otro día en la sala de
descanso de la editorial. Cada vez que las he visto esta semana parecían estar
riéndose entre sí, y no puedo evitar pensar que se reían de mí—. De verdad que
siento haber tardado tanto en llamarte.
—Tessa, está bien, para de disculparte. Lo haces demasiado.
—Lo siento —digo, y me golpeo la frente con la palma de la mano.
Tanto el camarero, Robert, como Zed me han dicho que me disculpo
demasiado. Quizá tengan razón.
—¿Crees que vendrás a visitarnos pronto? ¿O aún no se nos permite ser…
amigos? —pregunta en voz baja.
—Podemos ser amigos —remarco—. Pero no tengo ni idea de cuándo podré
ir de visita.
En realidad esperaba volver a casa este fin de semana. Echo de menos a
Hardin y las calles casi sin tráfico del este.
Pero espera…, ¿acabo de considerarla « mi casa» ? Si sólo he vivido ahí
durante unos pocos meses…
Y entonces me doy cuenta: Hardin. Es por Hardin. Cualquier lugar donde él
esté siempre será mi hogar.
—Vaya, es una pena. Tal vez haga y o una escapada a Seattle pronto. Tengo
algunos amigos por allí —dice Zed—. ¿Te parecería bien? —pregunta segundos
después.
—¡Oh, sí! Por supuesto.
—Genial. —Se echa a reír—. Este fin de semana vuelo hasta Florida para ver
a mis padres. De hecho, llego tarde a mi vuelo, pero tal vez podría intentar ir el
fin de semana que viene o algo así.
—Sí, claro. Tú avísame. Diviértete en Florida —le digo antes de colgar.
Pongo el móvil sobre una pila de notas y apenas unos segundos más tarde
comienza a vibrar.
El nombre de Hardin aparece en la pantalla y, tras tomar aire, ignoro el
palpitar de mi pecho y contesto.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta de inmediato.
—Eh…, nada.
—¿Dónde estás?
—En casa de Kim y Christian. ¿Dónde estás tú? —replico con sarcasmo.
—En casa —dice con tranquilidad—. ¿Dónde iba a estar, si no?
—Pues no sé…, ¿en el gimnasio?
Hardin ha estado yendo regularmente al gimnasio, cada día de la semana.
—Acabo de volver. Ahora estoy en casa.
—Y ¿cómo te ha ido, capitán Brevedad?
—Como siempre —responde cortante.
—¿Pasa algo? —le pregunto.
—No, estoy bien. ¿Cómo te ha ido el día? —Se apresura a cambiar de tema y
me pregunto por qué, pero no quiero presionarlo, no con la llamada de Zed ya
sobre mi conciencia.
—Ha ido bien. Largo, supongo. Sigue sin gustarme la clase de ciencias
políticas —gimo.
—Ya te dije que la dejaras. Puedes coger otra asignatura entre tus optativas
de ciencias sociales —me recuerda.
Me tumbo en la cama.
—Lo sé…, pero estaré bien.
—¿No sales esta noche? —pregunta; su tono es de alerta.
—No, y a estoy en pijama.
—Bien —dice, cosa que me hace poner los ojos en blanco.
—He llamado a Zed hace unos minutos —suelto de golpe. Mejor sacármelo
de encima cuanto antes.
Se hace el silencio en la línea y espero pacientemente a que la respiración de
Hardin se calme.
—¿Que has hecho qué? —dice cortante.
—Lo he llamado para darle las gracias… por lo del fin de semana pasado.
—Pero ¿por qué? Pensé que estábamos… —Su fuerte respiración sobre el
auricular me dice que apenas es capaz de controlar la rabia—. Tessa, creía que
estábamos solucionando nuestros problemas.
—Y lo estamos haciendo, pero se lo debía. Si no hubiese aparecido cuando lo
hizo…
—¡Lo sé! —salta Hardin, como si tratara de contenerse.
No quiero discutir con él, pero no puedo esperar que las cosas cambien si le
oculto información.
—Dijo que había pensado venir de visita —lo informo.
—Él no va a ir. Fin de la discusión.
—Hardin…
—No va a ir. Estoy esforzándome al máximo, ¿vale? Estoy intentando con
todas mis putas fuerzas no perder los nervios ahora mismo, así que lo mínimo que
puedes hacer es ayudarme a conseguirlo.
Suspiro derrotada.
—Vale.
Pasar tiempo con Zed no podría ser bueno para nadie, Zed incluido. No puedo
volver a darle esperanzas, no es justo para él, y tampoco creo que podamos
mantener una relación estrictamente platónica, al menos no a ojos de Hardin, o a
los del propio Zed.
—Gracias. Si siempre fuera tan fácil hacerte obedecer…
« ¿Qué?»
—Hardin, y o no tengo que obedecerte en nada, eso es…
—Tranquila, tranquila, sólo te tomaba el pelo. No hace falta que te mosquees
—se apresura a replicar—. ¿Hay algo más que necesite saber, ya que estamos?
—No.
—Bien. Y ahora cuéntame qué ha estado pasando en esa emisora de radio de
mierda que te tiene tan obsesionada.
Mientras le cuento la historia de una mujer que buscaba a su largamente
perdido amor de instituto mientras y a estaba preñada de su vecino, todos los
sórdidos detalles y el escándalo resultante me mantienen animada y riendo. Al
mencionar el gato, Mazzy, me pongo a reír como una histérica. Le digo que debe
de ser difícil enamorarse de un hombre cuando se está esperando el hijo de otro,
pero Hardin no está de acuerdo. Por supuesto, él cree que el hombre y la mujer
se buscaron el escándalo ellos mismos, y se burla de mí por obsesionarme con un
programa radiofónico de entrevistas. Se ríe con mi historia, y yo cierro los ojos e
imagino que está tumbado junto a mí.
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