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CAPÍTULO 82
Hardin
—¡Lo siento! —dice Richard con la respiración entrecortada.
Una capa de sudor le cubre todo el cuerpo mientras se limpia el vómito de la
barbilla. Me apoyo en el marco de la puerta debatiéndome si entrar o largarme y
dejarlo solo con su propia miseria.
Lleva todo el día así, vomitando, temblando, sudando y lloriqueando.
—Pronto estará fuera de mi sistema, así que…
Vuelve a inclinarse sobre la taza del váter y vomita más, como si fuese un
géiser. De puta madre. Al menos esta vez ha conseguido llegar al lavabo.
—Eso espero —le digo, y salgo al pasillo.
Abro la ventana de la cocina para que entre la brisa fría y cojo un vaso
limpio del armario. El fregadero cruje cuando abro el grifo para llenar el vaso y
sacudo la cabeza.
« ¿Qué demonios se supone que voy a hacer con él?» Se está desintoxicando
por todo mi baño. Tras un último suspiro, cojo el vaso de agua y un paquete de
galletas saladas, me los llevo al lavabo y los coloco en el borde del lavamanos.
Le doy golpecitos en el hombro.
—Come esto.
Asiente en señal de reconocimiento, o por el delírium trémens y/o el
síndrome de abstinencia. Su piel está tan pálida y sudada que me recuerda a una
nutria. En realidad no creo que comer galletitas saladas lo ayude, pero la
posibilidad está ahí.
—Gracias —gime por fin, y lo dejo a solas para que vomite por todas partes.
Este dormitorio, mi dormitorio, no es el mismo sin Tessa. La cama nunca está
bien hecha cuando me meto en ella por la noche. He intentado una y otra vez
remeter las esquinas de la sábana bajo el colchón tal y como lo hace Tessa, pero
no hay manera. Mi ropa, tanto la limpia como la sucia, está desperdigada por el
suelo, botellas de agua vacías y latas de soda abarrotan las mesillas de noche, y
siempre hace frío. La calefacción está encendida, pero la habitación está… fría.
Le envío un último mensaje para desearle buenas noches y cierro los ojos,
rezando por disfrutar de un reposo sin sueños… por una vez.
—¿Tessa? —llamo desde el pasillo, anunciando que estoy en casa.
El apartamento está en silencio, sólo pequeños sonidos llenan el aire. ¿Está
Tessa al teléfono con alguien?
—¡Tessa! —la llamo de nuevo mientras hago girar el pomo de la puerta del
dormitorio.
La escena que captan mis ojos me detiene en seco. Tessa está tendida sobre el
cubrecama blanco, con el rubio cabello pegado a la frente por el sudor; con los
dedos de una mano se agarra a la cabecera de la cama y con los de la otra tira de
unos cabellos negros. Mientras gira las caderas puedo sentir cómo el hielo
reemplaza la ardiente sangre que corre por mis venas.
La cabeza de Zed está enterrada entre sus suaves muslos. Sus manos recorren
el cuerpo de Tessa.
Intento moverme hacia ellos para cogerlo de la garganta y arrojarlo contra la
pared, pero mis pies están pegados al suelo. Intento gritarles, pero mi boca se
niega a abrirse.
—Oh, Zed —gime Tessa.
Me tapo los oídos con las manos, pero no funciona. Su voz llega hasta mi
cerebro; no hay forma de escapar de ella.
—Eres tan hermosa —murmura él con admiración mientras ella vuelve a
gemir. Una de sus manos se mueve hasta los pechos de Tessa y los acaricia con las
yemas de los dedos mientras su boca sigue enterrada en ella.
Estoy paralizado.
No me ven, ni siquiera han notado que estoy en la habitación. Tessa grita su
nombre una vez más y, cuando él alza la cabeza de entre sus muslos, por fin me
ve. Mantiene contacto visual conmigo mientras sus labios recorren el cuerpo de
ella hasta llegar a su mandíbula, mordisqueando su piel. Mis ojos no se apartan de
sus cuerpos desnudos, y mis entrañas me han sido arrancadas del cuerpo y
lanzadas sobre el frío suelo. No puedo soportar ver esto, pero estoy forzado a
hacerlo.
—Te quiero —le dice él mientras me sonríe a mí.
—Yo también te quiero —gimotea Tessa.
Clava las uñas en su espalda tatuada cuando él la penetra. Por fin recupero la
voz y grito, silenciando sus gemidos.
—¡Joder! —grito.
Agarro el vaso de encima de la mesilla de noche y, con un estallido, se hace
añicos contra la pared.
CAPÍTULO 83
Hardin
Empiezo a caminar arriba y abajo del dormitorio, tirándome con furia de mis
cabellos empapados en sudor, y toda la ropa y los libros que pisoteo a mi paso
van dejando marcas en mis pies descalzos.
—¿Hardin? ¿Estás bien? —La voz de Tessa suena profunda con el sueño.
Me alegro tanto de que haya contestado cuando la he llamado… Necesito
tenerla aquí, junto a mí, aunque sólo sea a través de un hilo telefónico.
—Yo… no lo sé —grazno al teléfono.
—¿Qué pasa?
—¿Estás en la cama? —le pregunto.
—Sí, son las tres de la madrugada, ¿dónde, si no, iba a estar? ¿Qué pasa,
Hardin?
—Es que no puedo dormir, eso es todo —admito con la vista fija en la
oscuridad de nuestro… mi dormitorio.
—Oh… —Deja escapar un largo suspiro de alivio—. Por un segundo me
habías asustado.
—¿Has vuelto a hablar con Zed? —le pregunto.
—¿Qué? No, no he hablado con él desde que te conté que pensaba venir a
Seattle.
—Llámalo y dile que no puede ir. —Sé que parezco un lunático, pero me
importa una mierda.
—No pienso llamarlo a estas horas, pero ¿se puede saber qué te pasa?
Está tan a la defensiva…, aunque supongo que no puedo culparla de ello.
—Nada, Theresa. No importa —suspiro.
—¿Qué es lo que pasa, Hardin?
—Nada, es… nada.
Cuelgo la llamada y presiono el botón de apagado hasta que la pantalla se
torna negra.
CAPÍTULO 84
Tessa
—No irás a pasarte todo el día en pijama, ¿verdad? —me pregunta Kimberly a la
mañana siguiente cuando me ve sentada a la barra de la cocina.
Me meto una cucharada de muesli en la boca para no tener que contestarle.
Porque eso es justo lo que planeo hacer hoy. No dormí bien después de la
llamada de teléfono de Hardin. Desde entonces me ha enviado unos pocos
mensajes de texto, pero en ninguno de ellos menciona su extraño
comportamiento de anoche. Quiero llamarlo, pero la forma en que me colgó tan
rápidamente hace que lo piense mejor. Además, no he estado mucho por
Kimberly desde que llegué. Paso la mayor parte de mi tiempo libre hablando por
teléfono con Hardin o realizando mi primera tanda de trabajos para mis clases.
Lo mínimo que puedo hacer es charlar con ella durante el desayuno.
—Nunca llevas ropa —interviene Smith, y casi escupo el muesli sobre la
mesa.
—Claro que sí —replico, aún con la boca llena.
—Tienes razón, Smith, nunca lleva. —Kimberly suelta una carcajada y y o
pongo los ojos en blanco.
En ese momento Christian entra en la cocina y le da un beso en la sien. Smith
sonríe a su padre y a su futura madrastra antes de volver a mirarme.
—Los pijamas son más cómodos —le explico, y él asiente dándome la razón.
Sus ojos verdes recorren su propio pijama de Spider-Man—. ¿Te gusta SpiderMan?
—le pregunto, esperando generar una conversación que no sea sobre mí.
Sus deditos cogen una tostada.
—No.
—¿No? Pero si llevas puesto eso —replico señalando su ropa.
—Ella me lo compró. —Señala a Kim con la cabeza y me susurra—: No le
digas que lo odio; se pondría a llorar.
Me río. Smith tiene cinco años camino de veinte.
—No lo haré —le prometo, y acabamos nuestro desayuno en agradable
silencio.
CAPÍTULO 85
Hardin
Landon sacude el agua de su sombrero sobre el suelo y apoya el paraguas contra
la pared con un exagerado gesto teatral. Quiere que vea el gran « esfuerzo» que
está haciendo para ayudarme.
—¿Y bien? ¿Qué es tan urgente como para que me hagas venir con este
tiempo de perros? —pregunta medio molesto, medio preocupado. Al fijarse en
mi torso desnudo, añade—: ¿Sabes? Yo he tenido que ponerme ropa encima para
venir a ayudarte. ¿Cuál es el problema?
Señalo a Richard, que está despatarrado en el sofá, dormido.
—Él.
Landon se inclina hacia un lado para mirar detrás de mí.
—¿Quién es ése? —pregunta. De pronto se endereza y me mira con la boca
abierta—. Espera…, ¿no es el padre de Tessa?
Pongo los ojos en blanco ante su pregunta.
—No, es otro sin techo escogido al puto azar al que dejo dormir en mi sofá.
Es lo que todos los hipsters estamos haciendo últimamente.
Él ignora mi sarcasmo.
—¿Qué hace aquí? ¿Lo sabe Tessa?
—Sí, lo sabe. Lo que no le he contado es que lleva cinco días rehabilitándose
y vomitando de todo por mi maldito apartamento.
Richard gruñe en sueños y yo cojo a Landon por la manga de su camisa de
cuadros escoceses y tiro de él en dirección al pasillo.
Está claro que esto queda un poco lejos de la liga de mi hermanastro.
—¿Rehabilitación? —repite—. ¿Como de las drogas?
—Sí, y del alcohol.
Parece reflexionar durante un segundo.
—¿Aún no ha encontrado tu alijo de licor? —me pregunta, y entonces alza
una ceja—. ¿O ya se lo ha tomado entero?
—Ya no tengo nada de licor aquí, capullo.
Vuelve a espiar desde la esquina al hombre que duerme tirado en el sofá.
—Aún no sé qué pinto yo en todo esto.
—Vas a hacerle de niñera —lo informo, y de inmediato retrocede.
—¡Ni hablar! —trata de susurrar, pero su voz suena más como un grito
apagado.
—Relájate. —Le doy unas palmaditas en el hombro—. Sólo será por una
noche.
—Que no. No voy a quedarme con él. ¡Pero si ni siquiera lo conozco!
—Yo tampoco.
—Tú lo conoces mejor que yo, algún día podría llegar a ser tu suegro si no
fueses tan idiota.
Las palabras de Landon me golpean con más fuerza de la que deberían.
« ¿Suegro?» El título suena raro cuando lo repito en mi mente… mientras
contemplo a ese montón de mierda humana en mi sofá.
—Quiero verla —confieso.
—¿A quién?… ¿A Tess?
—Sí, a Tes-sa —lo corrijo—. ¿A quién, si no?
Landon comienza a juguetear con sus propios dedos como un niño nervioso.
—Bueno, y ¿por qué no puede ella venir aquí? No creo que sea una buena
idea que me quede con él.
—No seas nenaza, no es peligroso ni nada de eso —le digo—. Sólo asegúrate
de que no abandone el apartamento. Tengo montones de comida y agua.
—Ni que estuvieras hablando de un perro —remarca Landon.
Me froto las sienes cansado.
—Tío, tampoco es que se diferencien tanto. ¿Me vas a ay udar o qué?
Él me mira fijamente y yo añado:
—¿Por Tessa?
Es un golpe bajo, pero sé que funcionará.
Después de un segundo se rinde y asiente.
—Sólo una noche —accede, y se vuelve para ocultar una sonrisa.
No sé cómo reaccionará Tessa cuando ignore nuestro acuerdo de « espacio» ,
pero será sólo por esta noche. Una simple noche con ella es lo que necesito ahora
mismo. La necesito a ella. Las llamadas telefónicas son suficientes durante la
semana pero, tras la pesadilla que tuve, necesito verla más que nada en el
mundo. Necesito confirmar que no hay ninguna marca en su cuerpo aparte de
las que y o le dejé.
—Y ¿ya sabe que vas a ir? —me pregunta Landon mientras me sigue de
vuelta al dormitorio, donde busco por el suelo una camiseta con la que cubrir mi
torso desnudo.
—Lo sabrá en cuanto llegue, ¿no?
—Me ha contado lo vuestro con el teléfono.
« ¿En serio? Eso es muy poco habitual en ella.»
—¿Por qué iba a contarte que nos corremos hablando por teléfono?… —le
pregunto.
Los ojos de Landon se abren como platos.
—¡¿Eh?! ¡¿Qué?! ¡¿Qué?! No me refería… Oh, Dios —gime.
Intenta cubrirse los oídos con las manos pero es demasiado tarde. Sus mejillas
se vuelven de un rojo intenso y mi risa llena el dormitorio.
—Tienes que ser más específico cuando hables de Tessa y de mí, ¿es que aún
no lo sabes? —Sonrío, deleitándome en los recuerdos de sus gemidos a través de
la línea.
—Parece ser que no. —Frunce el ceño y se recompone—. Quería decir que
habéis estado hablando un montón por teléfono.
—¿Y?
—¿Ella te parece feliz?
Mi sonrisa desaparece.
—¿Por qué lo dices?
La inquietud aparece en su rostro.
—Sólo me lo preguntaba. Estoy algo preocupado por ella. No parece estar tan
emocionada y feliz por lo de Seattle como creí que estaría.
—No sé… —Me froto la nuca con la palma de la mano—. Tienes razón, no
parece feliz, pero no sé si es porque yo soy un imbécil o porque no le gusta
Seattle tanto como creía que le gustaría —contesto con honestidad.
—Espero que sea por lo primero. Quiero que sea feliz allí —dice Landon.
—Yo también, más o menos —convengo.
Landon patea unos vaqueros oscuros sucios que hay en el suelo para
apartarlos de su pie.
—Oy e, que me los iba a poner —salto, y me inclino para recogerlos.
—¿Es que no tienes ropa limpia?
—En este momento, no.
—¿Has puesto alguna lavadora desde que se fue?
—Sí… —miento.
—Ajá… —Señala la mancha en mi camiseta negra. ¿Mostaza, tal vez?
—Mierda… —Me quito la camiseta y la lanzo de vuelta al suelo—. ¡No tengo
una mierda que ponerme!
Abro de golpe el último cajón de la cómoda y dejo escapar un suspiro de
alivio cuando localizo una pila de camisetas negras planchadas.
—¿Qué te parecen éstos? —Landon señala un par de vaqueros azul oscuro
colgados en el armario.
—No.
—¿Por qué no? Nunca llevas nada que no sean vaqueros negros.
—Pues por eso —replico.
—Bueno, el único par de pantalones que parece que tienes para ponerte están
sucios, así que…
—Tengo cinco pares —lo corrijo—. Lo que pasa es que son todos del mismo
estilo.
Con un resoplido paso por su lado para descolgar los vaqueros azules de su
percha. Odio esta mierda. Mi madre me los compró por Navidad y juré no
llevarlos jamás. Y, sin embargo, aquí estoy. Por el amor verdadero o algo así.
Probablemente Tessa se desmayará, fijo.
—Son un poco… ajustados —comenta Landon, y se muerde el labio inferior
para no reír.
—Que te jodan —digo, y le enseño el dedo corazón.
Después acabo metiendo más mierda en mi bolsa.
Veinte minutos más tarde estamos de vuelta en la sala de estar. Richard sigue
dormido, Landon continúa haciendo comentarios sobre mis putos vaqueros
ajustados y estoy listo para ir a ver a Tessa a Seattle.
—¿Qué crees que debería decirle cuando se despierte? —me pregunta
Landon.
—Lo que quieras. Sería bastante divertido si le tomaras el pelo un rato.
Podrías fingir que eres yo o que no sabes cómo ha llegado él hasta aquí. —Me río
—. Estaría más confuso…
Landon no ve el humor en mi idea y prácticamente me empuja por la puerta.
—Conduce con cuidado, las carreteras están mojadas —me avisa.
—Lo haré.
Me cuelgo la bolsa del hombro y me largo antes de que haga algún otro
comentario de sabihondo.
Durante el tray ecto no puedo evitar recordar mi pesadilla. Era tan nítida, tan
jodidamente vívida… Podía oír a Tessa gimiendo el nombre de ese cabrón;
incluso podía oír cómo sus uñas le recorrían la piel.
Pongo la radio para ahogar mis pensamientos, pero no funciona. Decido
pensar en ella, en recuerdos de los dos juntos, para detener las imágenes que me
acechan. De otro modo, éste será el viaje más largo de toda mi vida.
—¡Mira qué bebés tan monos! —Tessa chillando mientras señalaba un pelotón
de pequeños seres inquietos. Bueno, en realidad sólo había dos bebés, pero aun
así…
—Sí, sí, monísimos —repliqué poniendo los ojos en blanco y la arrastré a través
de la tienda.
—Incluso llevan lazos a juego en el pelo. —Estaba sonriendo tanto que su voz
adquirió ese tono agudo que usan las mujeres cuando se encuentran alrededor de
un niño pequeño y alguna hormona u otra las golpea.
—Que sí —repuse, y continué recorriendo los estrechos pasillos de Conner’s.
Tessa estaba buscando un queso en particular que necesitaba para nuestra
cena de esa noche. Pero los bebés cortocircuitaron su cerebro.
—Admite que eran monos. —Me sonrió, y yo sacudí la cabeza para desafiarla
—. Vamos, Hardin…, sabes que eran monos. Sólo dilo.
—Eran monos… —contesté inexpresivo, y ella apretó la boca mientras cruzaba
los brazos frente a su pecho como una niña caprichosa.
—Quizá resulta que eres una de esas personas que sólo encuentran monos a
sus propios hijos —dijo, y pude observar cómo de pronto una sospecha le robaba
rápidamente la sonrisa—. Eso si es que alguna vez quieres tener hijos —añadió
sombría, haciendo que quisiera borrar el ceño de su hermosa cara a base de
besos.
—Claro, tal vez. Aunque es una pena que no quiera tenerlos —dije intentando
grabar la noción permanentemente en su corazón.
—Lo sé… —contestó ella suavemente.
Poco después encontró lo que había estado buscando y lo dejó caer en el cesto
con un golpe sordo.
Su sonrisa aún no había regresado para cuando llegamos a la cola para la
caja. La miré desde arriba y le di un suave codazo.
—Oye…
Cuando me miró, sus ojos estaban empañados, y era obvio que esperaba que
yo hablara.
—Acordamos no seguir hablando de hijos… —comencé mientras ella clavaba
la vista en el suelo, cerca de mi bota—. Mírame.
Cubrí sus mejillas con mis manos y apoyé la frente en la suya.
—Está bien, no estaba pensando cuando he dicho eso —admitió encogiéndose
de hombros.
La observé mientras miraba alrededor del pequeño mercado, fijándose en
cuanto nos rodeaba, y casi podía verla preguntarse por qué la estaba tocando así
en público.
—Mira, volvamos a acordar no sacar el tema de los niños. No hace más que
causar problemas entre nosotros —le dije, y le di un rápido beso en los labios,
seguido de otros. Mis labios se entretuvieron sobre los suyos y sus pequeñas manos
se colaron en los bolsillos de mi chaqueta.
—Te quiero, Hardin —dijo cuando Gloria la Gruñona, la cajera de la que nos
habíamos reído tantas veces, se aclaró la garganta.
—Te quiero, Tess. Y te querré tanto que ni siquiera necesitarás hijos —le
prometí.
Volvió la cabeza para esconder el ceño de preocupación, lo sé. Pero por aquel
entonces no me importó porque imaginé que la cuestión estaba resuelta y me
había salido con la mía.
Mientras sigo conduciendo me pregunto si ha habido algún momento de mi
vida en el que no me haya comportado como un capullo egoísta.
CAPÍTULO 86
Tessa
Mientras voy de mi dormitorio al sofá con una copia de Cumbres borrascosas en
la mano, Kimberly dice con una hermosa y amplia sonrisa:
—Estás de bajón, Tessa, y como tu amiga y mentora, es mi responsabilidad
sacarte de ahí.
Su cabello rubio es liso y brillante y su maquillaje demasiado perfecto. Es
una de esas mujeres a las que el resto de las mujeres adoran odiar.
—¿Mentora? ¿En serio? —Me río y ella pone en blanco sus ojos sombreados.
—Vale, tal vez no una mentora, pero sí una amiga —se corrige.
—No estoy de bajón. Simplemente tengo un montón de trabajos que hacer, y
no me apetece salir esta noche —alego.
—Tienes diecinueve años, chica, ¡actúa como tal! Cuando yo tenía
diecinueve pasaba todo el tiempo fuera. Apenas aparecía por clase. Y tenía citas
con chicos, con muchos muchos chicos —dice, mientras sus tacones repiquetean
sobre el suelo de parquet.
—Así que eso hacías, ¿eh? —interviene Christian al entrar en la sala. Está
desenrollando algún tipo de cinta de alrededor de sus manos.
—Ninguno tan maravilloso como tú, por supuesto. —Kim le guiña un ojo y él
se ríe.
—Esto es lo que me pasa por salir con una mujer tan joven —dice él—.
Tengo que competir con el recuerdo aún fresco de hombres en edad
universitaria. —Sus ojos verdes brillan con humor.
—Oye, que yo no soy mucho más joven que tú —dice Kimberly dándole un
golpecito en el pecho.
—Doce años —señala él.
Ella pone los ojos en blanco.
—Sí, pero tu alma es joven. No como la de Tessa, que se comporta como si
tuviese cuarenta.
—Claro, cielo. —Tira la cinta usada a una papelera—. Ahora ve e ilumina a
la chica sobre cómo no comportarse en la universidad. —Le dedica una última
sonrisa, le da una palmada en el culo y desaparece, dejándola sonriendo de oreja
a oreja.
—Quiero tantísimo a ese hombre… —me dice Kimberly, y yo asiento
porque sé que es cierto—. De verdad que quería que salieses con nosotros esta
noche. Christian y sus socios acaban de abrir un nuevo club de jazz en el centro.
Es precioso y estoy segura de que lo pasarás muy bien.
—¿Christian tiene un club de jazz? —pregunto.
—Sólo ha invertido en él, así que en realidad no ha hecho ningún esfuerzo —
susurra con una sonrisa ladina—. Tienen músicos invitados los sábados, una
especie de noche de micrófono abierto o algo así con muchas actuaciones en
directo.
Me encojo de hombros.
—¿Tal vez el finde que viene?
Lo último que quiero ahora mismo es vestirme de nuevo y salir a un club.
—Vale, el fin de semana que viene. Te tomo la palabra. Smith tampoco
quiere venir. He intentado convencerlo, pero ya sabes cómo es. Me ha dado la
charla sobre cómo el jazz no puede compararse con la música clásica. —Se echa
a reír—. Así que su niñera llegará dentro de unas horas.
—Puedo vigilarlo y o —me ofrezco—. Al fin y al cabo, estaré aquí.
—No, cielo, no tienes que hacerlo.
—Lo sé, pero me apetece.
—Bueno, eso sería genial y mucho más sencillo. Por alguna razón, no le gusta
su niñera.
—Yo tampoco le gusto mucho. —Me río.
—Cierto, pero él habla más contigo que con la may or parte de la gente. —Se
mira el anillo de compromiso en el dedo y después alza la vista hacia la foto de
clase de Smith que cuelga sobre la repisa de la chimenea—. Es un niño muy
dulce, pero tan reservado… —dice en voz baja, casi como una reflexión.
El timbre de la puerta suena entonces, rompiendo el momento.
Kimberly me mira con extrañeza.
—Vaya, ¿quién demonios vendrá en mitad de la tarde? —pregunta, como si
y o pudiera conocer la respuesta.
Me quedo aquí de pie, mirando la preciosa foto de Smith que cuelga de la
pared. Es un niño tan serio…, como un pequeño ingeniero, o un matemático.
—Bueno, bueno, bueno… ¡Mira quién ha venido! —exclama Kimberly desde
la puerta.
Cuando me doy la vuelta para ver de qué está hablando, me quedo con la
boca abierta.
—¡Hardin! —Su nombre cae de mis labios sin pensarlo siquiera, y un
inmediato subidón de adrenalina me hace cruzar la habitación. Mis calcetines
hacen que me deslice sobre el parquet, casi consiguiendo que me caiga de
bruces. En cuanto recupero el equilibrio salto sobre él y lo abrazo más fuerte de
lo que lo he abrazado jamá

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