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CAPÍTULO 87
Hardin
Casi me da un ataque cuando Tessa tropieza y está a punto de caerse, pero se
recupera rápidamente y se lanza a mis brazos.
Ésta no es, ni de lejos, la reacción que esperaba.
Pensé que me recibiría con un incómodo « hola» y una sonrisa que no le
llegaría a los ojos. Pero, joder, qué equivocado estaba. Muy equivocado. Tessa
aprieta los brazos alrededor de mi cuello y yo entierro la cabeza en su pelo. La
dulce esencia de su champú me embota los sentidos y me siento
momentáneamente abrumado por su presencia, cálida y receptiva entre mis
brazos.
—Hola —digo por fin cuando ella alza la vista hacia mí.
—Estás helado —comenta. Sus manos se mueven hasta mis mejillas,
calentándolas de inmediato.
—Es que está lloviendo hielo ahí fuera… y en casa es aún peor. En mi casa,
quiero decir —me corrijo.
Sus ojos se clavan en el suelo antes de volver a mirarme.
—¿Qué estás haciendo aquí? —prácticamente susurra, intentando ocultar la
pregunta al resto de los presentes.
—He llamado a Christian de camino aquí —informo a Kimberly, que
continúa mirándome con aire enigmático y una sonrisa jugando en sus labios
pintados.
« No podías mantenerte alejado, ¿verdad?» , articula en silencio a espaldas de
Tessa. Esta mujer es la mayor tocapelotas que conozco, no sé cómo Christian la
aguanta, y voluntariamente.
—Puedes quedarte en la habitación frente a la de Tessa, ella te la enseñará —
anuncia Kimberly, y después desaparece.
Me separo de Tessa y le dedico una pequeña sonrisa.
—Lo… ¡lo siento! —tartamudea ella, mirando alrededor y ruborizándose—.
No sé por qué he hecho eso. Es… es que es tan agradable ver una cara
familiar…
—Yo también me alegro de verte —le digo intentando librarla de su
bochorno.
No es que me haya apartado porque no quiera abrazarla. Su falta de
confianza siempre hace que interprete las cosas de manera negativa.
—He resbalado en el suelo —suelta, entonces vuelve a ruborizarse y yo me
muerdo un carrillo para no reírme de ella.
—Sí, y a lo he visto —digo. No puedo evitar la risita que se me escapa, y ella
sacude la cabeza riéndose de sí misma.
—¿De verdad que te quedas? —pregunta.
—Sí. ¿Te parece bien?
Sus ojos brillan y tienen un tono de gris más claro del habitual. Lleva el pelo
suelto, ligeramente ondulado y sin estilo. Ni un rastro de maquillaje estropea su
rostro, y está absolutamente perfecta. La cantidad de horas que he pasado
imaginando su cara frente a mí no me habían preparado para el momento en que
finalmente volvería a verla. Mi mente no puede captar todos los detalles; las
pecas justo sobre su escote, la curva de sus labios, el brillo de sus ojos…, es
jodidamente imposible.
La camiseta le queda suelta y esos horribles pantalones de felpa con nubes
cubren sus piernas. No para de ajustarse la camiseta tirando hacia abajo,
jugueteando con el cuello; es la única chica que he conocido que puede ponerse
esa ropa horrorosa para dormir y aun así parecer sexi. A través de la camiseta
blanca puedo verle el sujetador. Lleva ese de encaje que tanto me gusta. Me
pregunto si es consciente de que puedo verlo a través de la tela…
—¿Por qué has cambiado de idea? Y ¿dónde están el resto de tus cosas? —
pregunta Tessa mientras me guía pasillo abajo—. Las habitaciones de todos los
demás están arriba —me explica sin sospechar mis pervertidos pensamientos. O
quizá sí…
—Esto es todo cuanto he traído. Será sólo una noche —le aseguro, y se
detiene frente a mí.
—¿Sólo te quedas una noche? —repite; sus ojos buscan mi cara.
—Sí, ¿qué creías? ¿Que me mudaba aquí?
Claro que lo creía, ella siempre tiene demasiada fe en mí.
—No. —Desvía la mirada—. No lo sé. Supongo que esperaba que te quedaras
más que eso —dice, y ahora es cuando la cosa se pone incómoda. Sabía que
ocurriría—. Aquí está la habitación. —Abre la puerta para mí, pero no entro.
—¿Tu habitación está justo cruzando el pasillo? —La voz se me rompe y
sueno como un auténtico idiota.
—Sí —murmura ella mirándose los dedos.
—Genial —señalo tontamente—. Estás segura de que está bien que hay a
venido, ¿verdad?
—Sí, por supuesto. Sabes que te he echado de menos.
La excitación en su cara parece desvanecerse cuando el recuerdo de mis
acciones previas —ser un gilipollas en general y negarme a venir a Seattle sobre
todo— se cierne sobre nuestras cabezas. Nunca olvidaré la forma en que ha
venido corriendo hacia mí, literalmente, cuando me ha visto en la puerta; había
tanta emoción en su rostro, tanta añoranza… y yo también lo he sentido, más
incluso que Tess. Creía que me volvería loco sin ella.
—Sí, pero la última vez que estuvimos juntos en ese apartamento yo te eché a
patadas. —Veo cómo su expresión cambia cuando mis palabras le recuerdan lo
ocurrido. Es como si pudiera ver el puto muro levantándose entre nosotros
mientras ella me dedica una sonrisa falsa—. No sé por qué he dicho eso —
confieso, y me paso la muñeca por la frente.
Sus ojos se mueven hacia otra habitación: la suya. Entonces, señalando la
puerta frente a la que estamos, dice:
—Puedes dejar ahí tus cosas.
Me coge la bolsa de la mano, entra en el cuarto y la abre sobre la cama. La
observo mientras saca de la bolsa camisetas enrolladas y calzoncillos y arruga la
nariz.
—¿Están limpios? —pregunta.
Niego con la cabeza.
—Los calzoncillos, sí.
Sostiene la bolsa a un brazo de distancia.
—Ni siquiera quiero saber cómo está el apartamento.
Las comisuras de sus labios se elevan en una sonrisa petulante.
—Entonces, menos mal que no vas a volver a verlo —bromeo.
Su sonrisa se desvanece en el acto. Menuda broma de mierda… Pero ¿qué
coño me pasa?
—No me refería a eso —me apresuro a añadir, desesperado por
recuperarme de mi pésima elección de palabras.
—Está bien. Relájate, ¿vale? —Su voz es amable—. Soy y o, Hardin.
—Lo sé. —Tomo aire y continúo—: Es sólo que parece que haya pasado
mucho tiempo, y estamos en este extraño punto muerto, una media relación de
mierda que encima se nos da fatal. Y no nos hemos visto, y te he echado de
menos, y espero que tú también me hayas echado de menos a mí.
« Vay a, lo he soltado todo demasiado rápido.»
Ella sonríe.
—Sí.
—¿Sí, qué? —La presiono en busca de las palabras exactas.
—Que te he echado de menos. Te lo he dicho todos los días que hemos
hablado.
—Lo sé. —Me acerco aún más a ella—. Sólo quería oírtelo decir otra vez.
Me inclino para colocarle el cabello tras las orejas usando ambas manos, y
ella se apoya en mí.
—¿Cuándo has llegado? —interviene de pronto una pequeña voz, y Tessa se
separa de un salto.
Genial, simplemente genial.
Y ahí está Smith, de pie frente al nuevo dormitorio de Tessa.
—Justo ahora —contesto, esperando que se vay a de la habitación para que
podamos continuar lo que hemos empezado hace unos momentos.
—¿Por qué has venido? —pregunta, y entra en la habitación.
Señalo a Tessa, que ahora está como a dos metros de mí, sacando mi ropa de
la bolsa y recogiéndola entre los brazos.
—He venido a verla a ella.
—Oh —replica en voz baja mirándose los pies.
—¿No me quieres aquí? —pregunto.
—No me importa —dice encogiéndose de hombros, y le sonrío.
—Bien, porque no me habría ido aunque fuese así.
—Lo sé. —Smith me devuelve la sonrisa y nos deja a Tessa y a mí a solas.
Menos mal.
—Le gustas —dice ella.
—El crío está bien —replico encogiéndome de hombros, y ella se ríe.
—A ti también te gusta —me acusa.
—No, para nada. Sólo he dicho que está bien.
Tessa pone los ojos en blanco.
—Claaaaro.
Tiene razón, el crío me gusta. Más de lo que me ha gustado ningún otro niño
de cinco años.
—Esta noche me toca cuidar de él mientras Kim y Christian van a la
inauguración de un club —me explica.
—Y ¿tú por qué no vas con ellos?
—No sé, simplemente no me apetecía.
—Mmm… —Me pellizco el labio para esconderle mi sonrisa.
Me emociona que no quiera salir por ahí, y me descubro a mí mismo
esperando que hay a planeado pasar la tarde hablando conmigo por teléfono.
Ella me dedica entonces una extraña mirada.
—Tú puedes ir si te apetece, no tienes que quedarte aquí conmigo.
Le lanzo una mirada indignada.
—¿Qué? No he conducido hasta aquí para ir a un club de mierda sin ti. ¿Es
que no quieres que me quede contigo?
Sus ojos se encuentran con los míos y aprieta mi ropa contra mi pecho.
—Sí, por supuesto que quiero que te quedes.
—Bien, porque no me habría ido aunque hubiese sido así.
Ella no sonríe como Smith, pero pone los ojos en blanco, un gesto igual de
adorable.
—¿Adónde vas? —le pregunto al ver que se dirige hacia la puerta con mis
cosas.
Me lanza una mirada que es, al mismo tiempo, divertida y sensual.
—A lavar tu ropa —contesta, y desaparece en el vestíbulo.
CAPÍTULO 88
Tessa
Mis pensamientos vuelan mientras pongo en marcha la lavadora. Hardin ha
venido, a Seattle, y ni siquiera he tenido que pedírselo o suplicar. Ha venido por su
propia voluntad. Aunque sólo sea por una noche, significa muchísimo para mí, y
espero que sea un paso en la dirección correcta para nosotros. Aún me siento
muy insegura en lo que respecta a nuestra relación…, tenemos siempre tantos
problemas, tantas peleas sin sentido… Somos dos personas muy diferentes. Y
ahora mismo estoy en un punto en el que no sé si esto va a funcionar.
Pero ahora mismo, ahora que está aquí conmigo, no quiero nada más que
probar a ver si funciona esta media relación/media amistad a distancia, y ver
adónde nos lleva.
—Sabía que aparecería —dice Kimberly a mi espalda.
Cuando me vuelvo veo que está apoy ada contra el marco de la puerta del
cuarto de lavar.
—Pues yo no —confieso.
Ella me lanza una mirada tipo « ¡Venga ya!» .
—Tenías que saber que lo haría. Nunca he visto una pareja como vosotros.
Suspiro.
—No somos exactamente una pareja…
—Te has echado en sus brazos como en una película. Él lleva aquí menos de
quince minutos y y a le estás haciendo la colada —replica mientras cabecea
hacia la lavadora.
—Bueno, es que su ropa olía fatal… —explico, ignorando la primera parte de
su discurso.
—No podéis estar separados el uno del otro, realmente es algo digno de ver.
Me encantaría que salieras con nosotros esta noche para que pudieras arreglarte
y enseñarle todo lo que se está perdiendo por no venir a vivir contigo a Seattle —
añade, me guiña un ojo y se va, dejándome sola en el cuarto de lavar.
Tiene razón sobre Hardin y sobre mí, no somos capaces de permanecer
separados el uno del otro. Siempre ha sido así, desde el día que lo conocí. Incluso
cuando trato de convencerme a mí misma de que no lo quiero, no puedo ignorar
el cosquilleo que siento en mi interior cada vez que nos encontramos.
Antes Hardin siempre aparecía dondequiera que yo estuviera. Por supuesto,
yo me pasaba por la casa de su fraternidad cada vez que surgía la oportunidad.
Odiaba aquel sitio, pero algo en mi interior me arrastraba hasta allí, sabiendo que
si iba lo vería. No lo admití en ese momento, ni siquiera para mí misma, pero
deseaba su compañía, incluso cuando era cruel conmigo. Parece que haga tanto
tiempo de eso…, es casi como parte de un sueño, y recuerdo la forma en que
solía mirarme fijamente durante las clases para después poner los ojos en blanco
cuando lo saludaba.
La lavadora emite un breve pitido, devolviéndome a la realidad, y me
apresuro pasillo abajo hacia el cuarto de invitados que le ha sido asignado a
Hardin para pasar la noche. La habitación está vacía; su bolsa sigue sobre la
cama, pero a él no lo veo por ningún lado. Cruzo el pasillo y lo encuentro de pie
delante del escritorio de mi habitación. Sus dedos acarician las tapas de uno de
mis cuadernos de notas.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto.
—Sólo quería ver dónde estás viviendo… ahora. Quería ver tu habitación.
—Oh. —Noto la forma en que sus cejas se juntan cuando la llama tu
habitación.
—¿Esto es para alguna asignatura? —pregunta sosteniendo el cuaderno de
cuero negro.
—Es para escritura creativa —asiento—. ¿Lo has leído?
No puedo evitar sentirme un poco nerviosa ante la idea de que lo haya hecho.
Hasta ahora sólo he conseguido escribir uno de los trabajos, pero como todo lo
demás en mi vida, al final acabé relacionándolo con él.
—Un poco.
—Es sólo un trabajo —digo tratando de explicarme—. Nos pidieron que
escribiéramos una redacción de tema libre como primer trabajo del curso y…
—Es bueno, realmente bueno —me halaga, y coloca el cuaderno de vuelta
sobre la mesa durante un momento, antes de volver a cogerlo y abrirlo por la
primera página.
—« ¿Quién soy?» —Lee la primera línea en voz alta.
—Por favor, no —le suplico.
Él me dedica una sonrisita interrogativa.
—¿Desde cuándo te da vergüenza enseñar tus trabajos de clase?
—No es vergüenza. Es sólo que… es un ensayo muy personal. Ni siquiera
estoy segura de querer entregárselo al profesor.
—He leído tu diario de religión —dice de pronto, y se me para el corazón.
—¿Qué? —Rezo para haberlo oído mal.
—Lo he leído. Te lo dejaste en el apartamento y lo encontré.
Esto es humillante. Guardo silencio mientras Hardin me mira fijamente
desde el otro lado de la habitación. Ésos eran pensamientos íntimos que no
esperaba que nadie llegara a leer nunca, salvo quizá mi profesor. Me avergüenza
que Hardin haya escudriñado mis pensamientos más personales.
—No deberías haberlos leído. ¿Por qué lo has hecho? —pregunto, intentando
no mirarlo.
—Mi nombre estaba por todas partes —se defiende.
—Ésa no es la cuestión, Hardin. —Me noto el estómago en la garganta, y me
cuesta respirar—. Estaba pasando una racha muy mala, y ésos eran
pensamientos íntimos para mi diario. No tendrías que haberlos…
—Eran muy buenos, Tess. Increíbles, Me dolió saber que te sentías así, pero
las palabras, lo que tenías que decir… era perfecto.
Sé que intenta hacerme un cumplido, pero así sólo consigue abochornarme
más.
—¿Cómo te sentirías tú si alguien leyera algo que escribiste para expresar lo
que sentías de forma privada? —Paso por alto sus halagos sobre mi forma de
escribir. A sus ojos asoma una mirada de pánico, y ladeo la cabeza, confusa—.
¿Qué?
—Nada —se limita a decir, sacudiendo la cabeza.
CAPÍTULO 89
Hardin
La mirada en sus ojos casi hace que me detenga, pero debo ser honesto, y quiero
que sepa lo interesante que encuentro su escritura.
—Lo he leído al menos diez veces —admito.
Sus grandes ojos abiertos como platos no se encuentran con los míos, pero sus
labios se separan ligeramente para contestar:
—¿En serio?
—No seas tímida. Soy y o… —Le sonrío, y ella da un paso hacia mí.
—Lo sé, pero probablemente sonaba patética. —No pensaba con claridad
cuando lo escribí.
Coloco un dedo sobre sus labios para silenciarla.
—No, para nada. Es brillante.
—Yo… —Intenta hablar tras mis dedos, y aprieto con más fuerza.
—¿Has acabado? —Le sonrío, y ella asiente.
Lentamente retiro los dedos de sus labios, y su lengua asoma para
humedecerlos. No puedo evitar mirarla fijamente.
—Tengo que besarte —susurro, nuestras caras apenas están a unos
centímetros de distancia. Sus ojos se miran en los míos y traga saliva
ruidosamente antes de volver a humedecerse los labios.
—Vale —susurra también en respuesta. Me agarra la camisa con voracidad.
Tira de mí, con la respiración pesada.
Justo antes de que nuestros labios puedan tocarse, un golpe resuena en la
puerta del dormitorio.
—¿Tessa? —La voz un poco chillona de Kimberly la llama a través de la
puerta entreabierta.
—Líbrate de ella —murmuro, y Tessa se aparta de mí.
Primero el crío y ahora la madre. Ya de paso podríamos invitar también a
Vance a que se una a la fiesta.
—Nos vamos en unos minutos —dice Kimberly sin llegar a entrar.
« Bien por ti. Y ahora lárgate a tomar…»
—Vale, enseguida salgo —contesta Tessa, y mi irritación aumenta.
—Gracias, cielo —dice Kimberly, y se va tarareando una cancioncilla pop.
—Joder, ni siquiera tendría que haber… —empiezo.
Cuando Tessa me mira me detengo antes de acabar la frase. Pero no era
verdad… Nada podría haberme impedido estar aquí ahora.
—Tengo que salir y cuidar de Smith. Si quieres quedarte en mi cuarto, puedes
hacerlo.
—No, quiero estar donde estés tú —le digo, y ella sonríe.
Joder, quiero besarla. La he echado tanto de menos… y ella dice que también
me añora…, así que, ¿por qué no?… Sus manos se cierran alrededor de la
pechera de mi camiseta negra y aprieta los labios contra los míos. Me siento
como si alguien me hubiera conectado a una toma de corriente, cada fibra de mí
se enciende y vibra. Su lengua penetra suavemente en mi boca, presionando y
acariciando, y mis manos se aferran a sus caderas.
Tiro de ella a través de la habitación hasta que mis piernas tropiezan con la
cama. Me tumbo y ella cae suavemente sobre mí. Rodeo su cuerpo con los
brazos y giro hasta que queda debajo de mí. Puedo sentir su pulso martilleando
por mis labios cuando los deslizo bajo su escote y de nuevo hacia arriba, hacia
ese dulce lugar justo debajo de la oreja. Jadeos y suaves gemidos son mi
recompensa. Lentamente empiezo lo que sé que son movimientos de tortura,
girando las caderas contra las suyas, clavándola contra el colchón. Los dedos de
Tessa se mueven para tocar la ardiente piel bajo mi camiseta, y sus uñas me
arañan la espalda.
La imagen de Zed penetrándola se me aparece de pronto y me pongo en pie
en apenas unos segundos.
—¿Qué pasa? —pregunta ella. Sus labios son de un profundo color rosado y
están inflamados tras el suave asalto.
—Na… nada, no es nada. Deberíamos…, hum…, salir. Cuidar del pequeño
cabroncete —respondo a toda prisa.
—Hardin… —me presiona.
—Tessa, olvídalo. No es nada.
« Sólo que, ya sabes, soñé que Zed te follaba hasta casi romper la cama y
ahora no puedo dejar de imaginármelo.»
—Vale.
Se levanta de la cama y se seca las manos contra la suave tela de sus
pantalones de pijama.
Cierro los ojos por un momento intentando liberar mi mente de esas
repugnantes imágenes. Si ese cabrón interrumpe un solo segundo más de mi
tiempo con Tessa, le romperé cada hueso de su maldito cuerpo.
CAPÍTULO 90
Tessa
Después de que le planten demasiados besos para el gusto de Smith, Kimberly y
Vance por fin se marchan. Cada una de las tres veces que nos recordaron que si
pasaba algo los llamásemos, Hardin y Smith revolvieron los ojos con aire
dramático. Cuando ella señaló la lista con los números de emergencia de la
encimera de la cocina, ellos intercambiaron una miradita de incredulidad de lo
más cuca.
—¿Qué quieres ver? —pregunto a Smith cuando perdemos de vista el coche.
Él se encoge de hombros en el sofá y mira a Hardin, que mira al niño como
si fuese un pequeño hurón gracioso o algo por el estilo.
—Bueno…
—Vale, y ¿qué tal un juego? ¿Quieres jugar a algún juego? —sugiero cuando
ninguno de ellos habla.
—No —contesta Smith.
—Creo que quiere volver a su habitación y hacer lo que fuera que estuviera
haciendo antes de que Kim lo sacara de allí —dice Hardin, y Smith asiente,
completamente de acuerdo.
—Bueno…, está bien. Vuelve a tu habitación, Smith. Hardin y yo estaremos
aquí por si nos necesitas. Pediré la cena pronto —le digo.
—¿Puedes venir conmigo, Hardin? —pregunta el chiquillo en el tono más
suave posible.
—¿A tu habitación? No, estoy bien aquí.
Sin una palabra más, Smith baja del sofá y camina hasta la escalera. Fulmino
a Hardin con la mirada y él se encoge de hombros.
—¿Qué?
—Ve a su habitación con él —susurro.
—No quiero ir a su habitación. Quiero estar aquí contigo —replica
tranquilamente.
Pero, por mucho que desee que Hardin se quede conmigo, me siento fatal por
Smith.
—Vamos. —Señalo al niño rubio mientras comienza a subir lentamente los
escalones—. Se siente solo.
—Está bien, joder —Hardin gruñe y cruza el salón enfurruñado para seguir a
Smith escaleras arriba.
Aún estoy un poco molesta por su extraña reacción a nuestro beso en el
dormitorio. Creí que estaba yendo genial, incluso más allá de eso, pero él ha
bajado de la cama tan de golpe que he pensado que se había hecho daño. ¿Es
posible que después de haber pasado tanto tiempo separados ya no sienta lo
mismo? Tal vez y a no se sienta atraído por mí… sexualmente, como antes. Sé
que llevo puesto un pantalón bombacho de pijama, pero eso nunca antes le había
molestado.
Incapaz de dar con una explicación razonable para su comportamiento, y en
lugar de permitir que mi imaginación se desboque, cojo la pequeña pila de
folletos de comida rápida que Kimberly nos ha dejado para que podamos
encargar la cena. Me decido por la pizza y cojo mi teléfono antes de ir al cuarto
de lavar. Meto la ropa de Hardin en la secadora y me siento en el banco que hay
en el centro de la sala mientras observo cómo el tambor de la máquina gira y
gira.
Llamo a la pizzería y espero

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