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CAPÍTULO 91
Hardin
Mientras Smith va de un lado a otro de su dormitorio, yo me quedo de pie en el
umbral de la puerta y hago un inventario mental de toda la mierda que tiene ahí
dentro. Joder, este crío está supermimado.
—¿Qué quieres hacer? —le pregunto al entrar en la habitación.
—No sé. —Se queda mirando la pared. Tiene el pelo rubio peinado de lado de
manera tan perfecta que casi da miedo.
—Entonces, ¿para qué me has hecho subir?
—No sé. —Repite. ¡Menudo capullo cabezón!
—Vale…, mira, esto no nos lleva a ninguna… —No acabo la frase.
—¿Ahora vas a vivir aquí, con tu chica? —suelta Smith de golpe.
—No, sólo he venido a visitarla esta noche.
—¿Por qué? —Sus ojos me buscan. Los noto sin tan siquiera tener que
mirarlo.
—Porque no quiero vivir aquí.
—¿Por qué? ¿No te gusta? —Pregunta.
—Sí, me gusta. —Me echo a reír—. Es sólo que…, no sé… ¿Por qué haces
siempre tantas preguntas?
—No sé —responde simplemente, y saca una especie de tren de debajo de la
cama.
—¿No tienes amigos con los que puedas jugar? —le pregunto.
—No.
Eso no me parece bien. Es un buen chaval.
—¿Por qué no?
Él se encoge de hombros y separa una pieza de la vía del tren. Sus pequeñas
manos separan otra pieza más y sustituy e la parte metálica por dos piezas de vía
nueva de la caja que está a los pies de su cama.
—Estoy seguro de que puedes hacer amigos en el cole.
—No, no puedo.
—¿Los chicos del cole son unos capullos que se meten contigo o algo
así? —pregunto.
Ni me molesto en corregir mi lenguaje. Vance tiene la boca de un jodido
camionero. Estoy seguro de que el chico ha oído cosas peores.
—A veces. —Retuerce las puntas de algún tipo de cable y lo conecta a una
pequeña locomotora.
El cable chisporrotea en sus manos pero él ni se inmuta. Al cabo de unos
segundos el tren comienza a moverse por la vía, primero lentamente, para luego
ir cogiendo velocidad.
—¿Qué ha sido eso? ¿Qué has hecho? —le pregunto.
—Hacer que vay a más rápido. Es que era muy lento.
—No me extraña que no tengas amigos. —Me echo a reír, pero enseguida
me detengo. Mierda. Él está ahí sentado, mirando su tren—. Lo que quería decir
es que eres muy listo; a veces a la gente lista se le da fatal lo de relacionarse y no
le gusta a nadie. Como Tessa, por ejemplo. A veces es demasiado lista y eso hace
que la gente se sienta incómoda.
—Vale…
Levanta la cabeza y se me queda mirando fijamente, y no puedo evitar
sentirme mal por él. Se me dan muy mal los consejos, y no sé ni por qué lo
intento siquiera.
Yo sé lo que es crecer sin amigos. No tuve ninguno de niño, hasta que llegué a
la pubertad y empecé a beber, a fumar maría y a quedar con gente de mierda.
No eran exactamente amigos míos, de todos modos, sólo les gustaba porque yo
hacía todo lo que me apetecía y eso era « guay» para ellos. No disfrutaban
ley endo como yo lo hacía; sólo les gustaba salir de marcha.
Siempre fui el crío cabreado del rincón con quien nadie hablaba porque le
tenían miedo. Hasta hoy, la cosa no ha cambiado mucho…
Pero entonces conocí a Tessa; ella es la única persona a la que le importo de
verdad. Aunque a veces también me teme. Imágenes de las Navidades y del
vino rojo extendiéndose por su cárdigan blanco me hacen reaccionar. Sospecho
que Landon también se preocupa por mí. Pero la situación con él aún resulta
rara, y estoy bastante seguro de que se preocupa a causa de Tessa. Ella tiende a
tener ese tipo de poder sobre la gente.
Especialmente sobre mí.
CAPÍTULO 92
Tessa
—¿Está rica tu pizza? —le pregunto a Smith, sentado frente a mí. Él me mira, la
boca llena, y hace un gesto afirmativo con la cabeza. Come con cuchillo y
tenedor, algo que no me sorprende.
Cuando termina, se levanta de la mesa y va a meter sus platos en el
lavavajillas.
—Me voy a mi habitación, a la cama —anuncia el pequeño científico.
Hardin sacude la cabeza, le divierte la madurez del niño.
Yo me levanto y pregunto:
—¿Necesitas algo? ¿Agua o que te llevemos a tu cuarto?
Pero él rehúsa y coge la manta del sofá antes de dirigirse a su dormitorio.
Sigo con la mirada a Smith, que desaparece arriba, y después me siento otra
vez y me doy cuenta de que Hardin apenas me ha dirigido la palabra en la última
hora. Está guardando las distancias, y no puedo evitar comparar su
comportamiento de esta noche con la forma en que hablaba durante nuestras
llamadas de esta semana. Una pequeña parte de mí desearía que estuviéramos
ahora al teléfono en vez de estar sentados en silencio en el sofá.
—Tengo que mear —anuncia.
Se va y yo zapeo por los canales de la televisión de pantalla plana.
Un poco después, Kimberly y Christian entran por la puerta principal
seguidos por otra pareja. Una mujer rubia y alta vestida con un vestido corto y
dorado recorre el suelo de parquet. Les echo un vistazo a sus altísimos tacones de
aguja y mis tobillos se resienten en solidaridad con los suyos. Ella me sonríe y
saluda con la mano mientras sigue a Kimberly a través del vestíbulo y hasta la
sala de estar. Hardin aparece en el pasillo pero no intenta entrar en la habitación.
—Sasha, éstos son Tessa y Hardin —nos presenta Kimberly con amabilidad.
—Encantada de conocerte. —Sonrío, odiándome por no haberme puesto unos
pantalones de pijama mejores.
—Igualmente —responde Sasha, pero está mirando directamente a Hardin,
que por un momento le devuelve la mirada pero ni saluda ni entra del todo en la
sala de estar.
—Sasha es una amiga del socio de Christian —nos explica Kimberly.
Bueno, me lo explica a mí, porque Hardin no les presta ninguna atención,
concentrado como está en un programa sobre vida animal en el que he
aterrizado.
—Y éste es Max, que tiene negocios con Christian.
El hombre, que ha estado bromeando y riendo con Christian, sale de detrás de
Sasha y, cuando finalmente puedo echarle un vistazo, me sorprendo al ver al
amigo de universidad de Ken, el padre de aquella chica, Lillian.
—Max —repito, mirando discretamente a Hardin e intentando llamar su
atención sobre la cara familiar que está ante nosotros.
La que sí que se da cuenta es Kimberly, que nos mira alternativamente a Max
y a mí.
—¿Vosotros dos ya os conocíais?
—Sólo nos vimos una vez, en Sandpoint —contesto.
Los oscuros ojos de Max son amenazadores y tiene una presencia poderosa
que de inmediato parece reclamar la estancia como suy a, pero sus frías
facciones parecen suavizarse ligeramente ante mi recuerdo.
—Ah, sí. Tú eres la… amiga de Hardin Scott —dice pronunciando la palabra
amiga con una sonrisa.
—En realidad ella es… —comienza a decir Hardin uniéndose finalmente a
nosotros en la sala.
Observo molesta cómo los ojos de Sasha siguen cada movimiento de Hardin
cuando cruza la habitación. Se ajusta los tirantes dorados de su vestido y se
humedece los labios. No podría estar más enfadada conmigo misma por llevar
estos malditos pantalones de nubes ni aunque lo intentara. Los ojos de Hardin se
posan en ella y veo cómo recorren su cuerpo lentamente, quedándose con cada
detalle de su alta pero curvilínea figura antes de volver la atención hacia Max.
—No es sólo una amiga —acaba Hardin justo cuando la mano de Max se
extiende para recibir un rápido pero incómodo apretón.
—Ya veo. —El hombre más mayor sonríe—. Bueno, en cualquier caso, es
una joven encantadora.
—Sí que lo es —murmura Hardin. Puedo notar su irritación ante la presencia
de Max.
Kimberly, como siempre la anfitriona perfecta, se acerca al bar y saca unas
copas para sus invitados. Pregunta educadamente qué quiere cada uno mientras
y o intento no mirar a Sasha cuando se presenta a Hardin por segunda vez. Él le
dedica un rápido asentimiento y se sienta en el sofá. Una punzada de decepción
me asalta cuando deja un amplio espacio entre nosotros. ¿Por qué me siento tan
posesiva de golpe? ¿Es porque Sasha es tan guapa, o es por la forma en que los
ojos de Hardin han recorrido su cuerpo, o por lo rara que ha sido toda la noche?
—¿Cómo está Lillian? —pregunto para romper la extraña tensión y los celos
que se agitan en mi interior.
—Bien. Ha estado ocupada con la universidad —explica Max con frialdad.
Kimberly le ofrece una copa con un líquido marrón y él se traga la mitad en
cuestión de segundos.
Luego alza las cejas en dirección a Christian.
—¿Bourbon?
—Sólo lo mejor —responde Christian con una sonrisa.
—Deberías llamar a Lillian alguna vez —dice entonces Max, y mira a Hardin
—. Serías una buena influencia para ella.
—No creo que ella necesite ninguna influencia —replico.
No es que Lillian me importe mucho, debido a mis celos, pero siento la
poderosa necesidad de defenderla ante su padre. No puedo evitar pensar que se
está refiriendo a la orientación sexual de Lillian, y eso me molesta
inmensamente.
—Oh, siento disentir. —Max muestra una sonrisa hiperblanqueada y yo
vuelvo a dejarme caer contra los cojines del sofá.
Todo este intercambio ha sido muy incómodo. Max es encantador y rico,
pero no puedo ignorar la oscuridad que se vislumbra en el interior de sus
profundos ojos marrones y la malicia oculta en su amplia sonrisa.
« Y ¿qué hace aquí con Sasha?»
Es un hombre casado y, por la brevedad del vestido de ella y por la forma en
que le sonríe, no parecen ser sólo amigos.
—Lillian es nuestra niñera habitual —interviene Kimberly.
—Qué pequeño es el mundo. —Hardin pone los ojos en blanco para parecer
lo más desinteresado posible, pero sé que está que echa humo.
—¿A que sí? —le sonríe Max. Su acento británico es más cerrado que el de
Hardin o Christian, o al menos no tan agradable al oído.
—Tessa, ve al piso de arriba —me indica Hardin en voz baja.
Max y Kimberly lo miran atentamente, haciéndole saber que ambos han oído
la orden.
La situación se vuelve aún más incómoda que hace unos segundos. Ahora que
todos han oído a Hardin decirme que me vaya arriba, no quiero hacerle caso. Sin
embargo, lo conozco y sé que se asegurará de que suba al piso superior, aunque
tenga que subirme en brazos.
—Creo que Tessa debería quedarse y tomar un poco de vino, o un trago de
bourbon. Tiene buena añada y es excelente —dice Kimberly comportándose
como la perfecta anfitriona que es. Se pone en pie y se acerca al minibar—.
¿Qué te apetece tomar? —Sonríe, desafiando claramente a Hardin.
Él le lanza una mirada furibunda y aprieta los labios hasta formar una línea
fina y dura. Quiero reír o abandonar la sala, preferiblemente ambas cosas, pero
Max está observando nuestro intercambio con más curiosidad de la necesaria, así
que me mantengo firme.
—Tomaré una copa de vino —digo.
Kimberly asiente, sirve el líquido blanco en una copa de tallo largo y me la
acerca.
El espacio entre Hardin y yo parece crecer a cada segundo, y casi puedo ver
el calor que emana de él en pequeñas oleadas. Tomo un pequeño sorbo del vino
fresco y Max por fin aparta la vista de mí.
Hardin está mirando la pared. Su humor ha cambiado drásticamente desde
que nos hemos besado, y eso me preocupa de verdad. Pensé que estaría
emocionado, feliz y, sobre todo, creí que se excitaría y que querría más, como
siempre le pasa, igual que me pasa a mí.
—¿Los dos vivís aquí, en Seattle? —le pregunta Sasha a Hardin.
Tomo otro sorbo de vino. Últimamente he estado bebiendo un montón.
—Yo no —dice él sin mirarla siquiera.
—Mmm…, y ¿dónde vives?
—No en Seattle.
Si la conversación tuviera lugar bajo otras circunstancias lo regañaría por ser
tan brusco, pero ahora mismo me alegro de que lo sea. Sasha frunce el ceño y se
recuesta contra Max. Él me mira antes de guiarla amablemente en dirección
opuesta.
« Ya sé que tenéis una aventura, así que ahora no disimuléis.»
Sasha permanece en silencio y Kimberly mira a Christian en busca de un
poco de ayuda para dirigir la conversación hacia asuntos más placenteros.
—Bueno… —Christian se aclara la garganta—. La inauguración del club ha
sido genial; ¿quién iba a imaginar que tendríamos semejante éxito?
—Fue brillante, esa banda…, no recuerdo el nombre, pero la última… —
empieza Max.
—¿Los Reford algo? —sugiere Kimberly.
—No, no eran ésos, cariño. —Christian se ríe y Kimberly va hacia él para
sentarse en su regazo.
—Bueno, fueran quienes fuesen, necesitamos contratarlos para el próximo fin
de semana —dice Max.
A los pocos minutos de que empiecen a hablar de trabajo, Hardin da media
vuelta y desaparece pasillo abajo.
—Normalmente es más educado —le comenta Kimberly a Sasha.
—No, no lo es. Pero no lo querríamos si fuera de otra manera —se ríe
Christian, y el resto de los presentes se suman a él.
—Voy a… —empiezo.
—Ve. —Kimberly me hace un gesto con la mano y me despido de todos con
un buenas colectivo.
Para cuando llego al final del pasillo, Hardin ya está en la habitación de
invitados y tiene la puerta cerrada. Dudo por un momento antes de girar el pomo
y abrirla. Cuando finalmente entro, compruebo que está recorriendo la
habitación de arriba abajo.
—¿Algo va mal? —le pregunto.
—No.
—¿Estás seguro? Porque has estado raro desde…
—Estoy bien. Sólo furioso. —Se sienta al borde de la cama y restriega las
manos contra las rodillas de sus vaqueros.
Me encantan sus nuevos vaqueros. Me suena haberlos visto en nuestro… en su
armario en el apartamento. Trish se los regaló por Navidad y él los odiaba.
—Y ¿eso por qué? —le pregunto en voz baja, asegurándome de que no
puedan oírme desde la sala.
—Max es un capullo —explota Hardin. Es evidente que a él no le importa si lo
oy en.
—Sí, lo es —susurro riendo.
—Cuando se ha puesto borde contigo me estaba pidiendo a gritos que perdiera
la paciencia.
—No estaba siendo borde conmigo específicamente. Creo que es su
personalidad. —Me encojo de hombros, un gesto que no le tranquiliza.
—Bueno, como sea, no me gusta, y es una mierda que justo la única noche
que tenemos para estar juntos, la casa esté llena. —Hardin se aparta el pelo de la
frente y agarra un cojín para ponerse cómodo.
—Lo sé —asiento. Espero que Max y su amante se vay an pronto—. Odio que
engañe a su mujer. Denise parecía muy maja.
—Eso a mí me importa un huevo, la verdad. Simplemente no me gusta él —
afirma Hardin.
Me sorprende un poco que le quite importancia inmediatamente a semejante
traición.
—¿No te sientes mal por ella? ¿Ni siquiera un poquito? Seguro que no sabe
nada de Sasha.
Él hace un gesto con la mano y después apoy a la cabeza en el brazo.
—Pues y o estoy seguro de que lo sabe. Max es un cabrón. Ella no puede ser
tan estúpida.
Imagino a su mujer sentada en una mansión en las colinas en algún sitio,
llevando trajes caros, peluquería y maquillaje a diario, aguardando a que su
infiel esposo vuelva al hogar. La idea me entristece y espero, en secreto, que ella
también tenga un « amigo» . Me sorprende desear que le pague con la misma
moneda, pero aquí el que lo está haciendo mal es su marido, y a pesar de que
casi no la conozco, quiero que sea feliz, aunque ésa no sea precisamente la mejor
decisión.
—Sea como sea, sigue estando mal —insisto.
—Ya, pero eso es el matrimonio. Engaños, mentiras y más y más.
—No siempre es así.
—Nueve de cada diez —replica Hardin encogiéndose de hombros. Odio la
forma tan negativa que tiene de ver el matrimonio.
—Eso no es verdad.
—¿Vas a volver a discutir conmigo sobre matrimonio? No creo que debamos
entrar en eso —me avisa. Sus ojos encuentran los míos y toma aire.
Quiero pelear por esto con él, decirle que se equivoca y hacerle cambiar de
idea al respecto, pero sé que no tiene sentido. Hardin ya había tomado una
decisión sobre estos temas mucho antes de conocernos.
—Tienes razón, no deberíamos hablar de esto. Especialmente si y a estás
mosqueado.
—No estoy mosqueado —bufa.
—Vale —digo poniendo los ojos en blanco, y él se levanta.
—Deja de poner los ojos en blanco —salta.
No puedo evitar volver a poner los ojos en blanco.
—Tessa… —gruñe.
Me mantengo firme, sin moverme ni vacilar. No tiene motivos para perder
los nervios conmigo. Que Max sea un capullo pomposo no es culpa mía. Ésta es
la típica rabieta de Hardin Scott, y esta vez no la voy a sufrir yo.
—Has venido sólo por una noche, ¿recuerdas? —le digo, y veo cómo la
dureza y la energía abandonan su rostro.
Él continúa estudiándome, como esperando una pelea que no pienso darle.
—Maldita sea, tienes razón —suspira por fin, impresionándome con su
repentino cambio de humor y su habilidad para calmarse—. Ven aquí.
Abre los brazos como siempre hace, y me dejo rodear por ellos como hacía
tiempo que no lo hacía. Él no dice nada, sólo me abraza y apoy a la barbilla en lo
alto de mi cabeza. Su esencia es abrumadora, su respiración se ha calmado desde
su pequeño cabreo, y ahora es cálida, tan cálida… Segundos, o tal vez minutos
más tarde, se aparta de mí y pone el pulgar bajo mi barbilla.
—Siento haberme comportado como un capullo. No sé por qué me he puesto
así. Creo que Max me cabrea, o quizá fue lo de hacer de niñero, o esa
insoportable Stacey. No lo sé, pero lo siento.
—Sasha —lo corrijo con una sonrisa.
—Es lo mismo. Una zorra es una zorra.
—¡Hardin! —exclamo, golpeándolo suavemente en el pecho.
Los músculos bajo su piel están más duros de lo que recordaba. Ha estado
entrenando cada día… Por un momento mi mente vuela imaginando el aspecto
que tendrá bajo su camiseta negra, y me pregunto si su cuerpo habrá cambiado
desde la última vez que le eché un vistazo.
—Sólo es un comentario. —Se encoge de hombros y me pasa los dedos por la
delicada línea de la mandíbula—. De verdad que lo siento. No quiero echar a
perder mi tiempo contigo. ¿Me perdonas?
Tiene las mejillas ruborizadas, su voz es dulce y sus dedos acarician
suavemente mi piel, y me hace sentir tan bien… Cierro los ojos cuando traza la
forma de mis labios con el pulgar.
—Contéstame —me presiona en voz baja.
—Siempre lo hago, ¿no? —murmuro con un suspiro. Apoy o las manos en sus
caderas; mis pulgares aprietan la piel desnuda bajo su camiseta. Espero a sentir
sus labios contra los míos, pero cuando abro los ojos sus escudos vuelven a estar
alzados. Dudo, pero al final pregunto—: ¿Pasa algo?
—Yo… —Se detiene a media frase—. Me duele la cabeza.
—¿Necesitas algo? Puedo pedirle a Kim si…
—No, a ella no. Creo que sólo necesito dormir o algo. De todos modos, y a es
tarde.
Se me cae el alma a los pies al oírlo. ¿Qué está pasando y por qué no quiere
volver a besarme? Hace sólo un momento me estaba diciendo que no quería
echar a perder el poco tiempo que tenía para estar conmigo, y ¿ahora quiere irse
a dormir?
Suspiro un « de acuerdo» casi inaudible. No voy a suplicarle que se quede
despierto para pasar tiempo conmigo. Me avergüenza su rechazo y,
sinceramente, necesito un momento a solas sin su aliento mentolado
acariciándome las mejillas y sus ojos verdes clavándose en los míos, nublando el
poco juicio que todavía me queda.
Aun así, me quedo un poco más, esperando a que me pregunte si puede
dormir conmigo o viceversa.
No lo hace.
—¿Nos vemos por la mañana? —pregunta.
—Sí, claro.
Abandono la habitación antes de humillarme más y cierro con llave la puerta
de mi habitación. Patéticamente, vuelvo sobre mis pasos y quito el cerrojo,
esperando que tal vez, sólo tal vez, él venga a visitarme.
CAPÍTULO 93
Hardin
« Mierda.
» Mierda.»
He estado conteniendo mi rabia durante la mayor parte de la semana. Y se
está haciendo cada vez más y más difícil cuando Zed no hace más que colarse
dentro de mi cabeza y volverme loco. Sé que estoy como una puta cabra por
obsesionarme con este asunto, y no tengo ninguna duda de que Tessa estaría de
acuerdo si le explicara por qué estoy tan mosqueado. No se trata sólo de Zed, es
Max y su tono burlón con Tessa, la forma en que me mira su zorrita, Kimberly
desafiándome cuando le dije a Tessa que subiera a la habitación… Todo se ha
convertido en una gran y jodida molestia y mi control se está esfumando. Puedo
sentir cómo mis nervios se tensan, están a punto de estallar, y la única forma de
poder relajarlos es golpeando algo o enterrándome en Tessa y olvidando todo lo
demás; pero ni siquiera puedo hacer eso. Ahora mismo tendría que estar
hundiéndome dentro de ella, una y otra vez hasta que salga el maldito sol, para
compensar toda esta semana de mierda sin tocarla.
Es muy propio de mí joder del todo esta noche. Aunque seguro que a ella no
le sorprende en absoluto. Es lo que siempre hago, cada vez y sin fallar.
Me tumbo en la cama y miro alternativamente al techo y al reloj. De pronto
ya son las dos de la mañana. Las molestas voces del salón pararon hace una
hora, y me alegré cuando oí las lejanas despedidas y después los pasos de Vance
y Kim subiendo la escalera.
Puedo sentirlo desde el otro lado del pasillo, puedo sentir cómo tira de mí, la
jodida carga magnética que me acerca a Tessa, suplicándome que vaya a su
lado. Ignorando la abrumadora electricidad, salgo de la cama y me pongo los
pantalones negros de deporte que Tessa ha doblado y colocado en el armario con
esmero y meticulosidad. Sé que Vance tiene un gimnasio en algún lugar de esta
gran casa en la que te pierdes. Necesito encontrarlo antes de perder la poca
cordura que me queda.
CAPÍTULO 94
Tessa
No puedo dormir. He intentado cerrar los ojos y bloquear el mundo entero, dejar
el caos y el estrés del lío que es mi vida amorosa, pero no puedo. Es imposible.
Es imposible luchar contra el irresistible poder que me atrae hacia la habitación
de Hardin, que me suplica que me acerque a él. Está tan distante que tengo que
saber por qué. Tengo que saber si se está comportando así por algo que he hecho
o por algo que no he hecho. Tengo que saber que no está relacionado con Sasha y
su diminuto vestido dorado, o porque Hardin ha perdido interés en mí.
Tengo que saberlo.
Vacilando, salgo de la cama y tiro del cordoncito que enciende la lámpara.
Me saco la estrecha goma que me rodea la muñeca y me recojo el pelo con las
manos, peinándolo en una cola de caballo. Tan silenciosamente como me es
posible, cruzo de puntillas el pasillo y empujo en silencio la puerta de la
habitación de invitados. Ésta se abre con un leve crujido y me sorprende
encontrar la lámpara encendida y la cama vacía. Un mar de sábanas negras y
mantas se apila al borde del colchón, pero Hardin no está en el cuarto.
Se me encoge el corazón al pensar que se ha ido de Seattle de vuelta a casa…
su casa. Sé que las cosas estaban raras entre nosotros, pero deberíamos ser
capaces de hablar sobre cualquier cosa que le esté preocupando a Hardin.
Mirando por la habitación siento alivio al ver que la bolsa sigue en el suelo, las
pilas de ropa limpias se han caído, pero al menos continúan ahí.
Me ha encantado ver los cambios en Hardin desde que llegó hace apenas
unas horas. Está más tranquilo y es más dulce, e incluso me ha pedido disculpas
de forma voluntaria, sin tener que arrancarle las palabras de la boca. A pesar del
hecho de que ahora está siendo frío y distante, no puedo ignorar los cambios que
una semana separados parece haber provocado, y el impacto positivo que la
distancia entre nosotros ha tenido en él.
En silencio, camino por el pasillo en su búsqueda. La casa está a oscuras, la
única claridad proviene de las pequeñas luces nocturnas del suelo a lo largo de los
pasillos. Los baños, la sala de estar y la cocina están vacíos, y no oigo ni un
sonido en el piso de arriba. Pero tiene que estar arriba…, ¿tal vez en la biblioteca?
Mantengo los dedos cruzados pidiendo no despertar a nadie durante mi
búsqueda, y justo cuando cierro la puerta de la oscura y vacía biblioteca, veo una
fina línea de luz saliendo por debajo de la puerta al final de un largo pasillo.
Durante mi breve estancia aquí no he llegado a explorar esta parte de la casa,
aunque creo que Kimberly me indicó vagamente que aquí es donde están la sala
de proy ección y el gimnasio. Al parecer, Christian pasa horas haciendo
ejercicio.
La puerta no está cerrada con llave y se abre fácilmente al empujarla.
Durante un momento temo estar a punto de cometer un error al imaginar que es
Christian y no Hardin quien está en la habitación. Eso podría ser tremendamente
incómodo, y rezo para que no sea el caso.
Las cuatro paredes de la sala tienen cristales del techo al suelo, y hay toda
una colección de máquinas intimidantes, entre las que sólo soy capaz de
reconocer la cinta de correr. Pesas y más pesas cubren la pared más alejada, y
la may or parte del suelo está acolchado. Mis ojos vuelan a las paredes de espejos
y mi interior se deshace cuando los veo. Hardin, cuatro Hardins en realidad, se
reflejan en los espejos. No lleva camiseta y sus movimientos son agresivos y
rápidos. Sus manos están envueltas en la misma cinta negra que he visto en las de
Christian todos los días de esta semana.
Hardin me da la espalda; sus duros músculos se tensan bajo la piel bronceada
cuando eleva el pie para patear un gran saco negro que cuelga del techo. Sus
puños golpean a continuación; un ruido sordo sigue a cada uno de sus
movimientos y los repite con el otro puño. Lo contemplo mientras va propinando
puñetazos y patadas al saco sin cesar, parece tan enfadado, y guapo, y
sudoroso…, y casi no puedo ni pensar mientras lo miro.
Con movimientos rápidos golpea con su pierna izquierda, luego con la
derecha, y después estrella ambos puños contra el saco con tanta facilidad que
resulta increíble observarlo. Su piel brilla cubierta de sudor, su pecho y su
estómago parecen ligeramente distintos, más definidos. Simplemente parece…
más grande. La cadena metálica que cuelga del techo parece a punto de partirse
bajo la fuerza de la agresión de Hardin. Mi boca se seca y mis pensamientos se
ralentizan mientras lo veo y oigo los furiosos gruñidos que emite cuando empieza
a usar sólo sus puños contra el saco.
No sé si es el suave gemido que escapa de mis labios al mirarlo, o si de
alguna forma ha notado mi presencia, pero de pronto se detiene. El saco continúa
balanceándose mientras cuelga de su cadena y, sin apartar los ojos de mí, Hardin
alza una mano para detenerlo.
No quiero ser la primera en hablar, pero no me deja alternativa cuando
continúa mirándome con los ojos muy abiertos y furiosos.
—Hola —digo con la voz ronca.
Su pecho sube y baja rápidamente.
—Eh —jadea él.
—¿Qué…? Esto… —Intento contenerme—. ¿Qué estás haciendo?
—No podía dormir —explica respirando pesadamente—. ¿Qué haces tú
despierta?
Recoge su camiseta negra del suelo y se seca el sudor de la cara. Trago
saliva, parezco incapaz de encontrar la fuerza para apartar los ojos de su cuerpo
empapado en sudor.
—Oh…, lo mismo que tú, no podía dormir. —Sonrío débilmente y mis ojos se
ven atraídos hacia su torso tonificado; los músculos se mueven en sincronía con
su trabajosa respiración.
Él asiente; sus ojos no buscan los míos, y no puedo hacer otra cosa que
preguntar:
—¿Es que he hecho algo? Si es así, podemos hablar y solucionarlo.
—No, tú no has hecho nada.
—Entonces dime qué es lo que va mal, por favor, Hardin. Necesito saber qué
está pasando. —Reúno tanta confianza como me es posible y comienzo—:
¿Tú…? No importa —digo. El atisbo de confianza se desvanece bajo su fija
mirada.
—¿Si y o qué?
Se sienta sobre un largo cojín negro, que creo que es algún tipo de banco para
pesas. Tras pasarse nuevamente la camiseta por la cara, se la anuda alrededor de
la cabeza para mantener a raya su sudoroso cabello.
La bandana improvisada resulta extrañamente adorable y muy atractiva, lo
suficiente como para que de pronto no encuentre las palabras apropiadas.
—Estoy empezando a preguntarme si tal vez… si sería posible que tú… si a lo
mejor y a no te gusto como te gustaba.
La pregunta sonaba mucho mejor en mi cabeza. Cuando la digo en voz baja,
suena patética y necesitada.
—¿Qué? —Deja caer las manos sobre las rodillas—. ¿De qué estás hablando?
—¿Sigues sintiéndote atraído por mí… físicamente? —pregunto
patéticamente.
No me sentiría tan avergonzada o insegura si no me hubiese rechazado al
principio de la noche. Eso, y si la señorita Piernas Largas Falda Corta no hubiese
estado revoloteando a su alrededor justo delante de mis narices. Por no
mencionar la manera en que él le recorrió el cuerpo con los ojos…
—¿Qué…? ¿De dónde ha salido eso? —Mientras su pecho sube y baja, el
gorrión tatuado justo bajo su clavícula parece estar aleteando al compás de su
respiración.
—Bueno… —comienzo. Aunque he recorrido algunos pasos hacia el interior
de la sala, me aseguro de dejar varios metros de distancia entre Hardin y yo—.
Hace unas horas… cuando nos estábamos besando…, paraste, y apenas me has
tocado desde entonces, y después de aquello te levantaste y te fuiste a la cama.
—¿De verdad crees que ya no me siento atraído por ti? —Abre la boca para
continuar, pero a continuación la vuelve a cerrar y permanece en silencio.
—Se me ha pasado por la cabeza —admito. El suelo acolchado de pronto se
ha vuelto fascinante y me lo quedo mirando fijamente.
—Esto es una puta locura —replica—. Mírame.
Mis ojos se encuentran con los suyos y Hardin suspira profundamente antes
de proseguir.
—No puedo ni empezar a imaginar por qué se te ha ocurrido pensar siquiera
que no me siento atraído por ti, Tessa. —Parece analizar su propia respuesta y
añade—: Bueno, supongo que puedo ver por qué has pensado eso, después de
cómo he actuado últimamente, pero no es verdad; es, de hecho, literalmente lo
más alejado posible de la puta realidad.
El dolor de mi pecho empieza a disolverse.
—Entonces, ¿por qué?
—Vas a pensar que soy un jodido morboso.
« Oh, no…»
—¿Por qué? Dímelo, por favor —le suplico.
Observo cómo se pasa los dedos por la ligera pelusilla del mentón; casi no
hay, probablemente sea el resultado de un día sin afeitarse.
—Escúchame antes de enfadarte, ¿vale? —dice.
Asiento lentamente, una acción que contradice completamente los
pensamientos paranoicos que empiezan a abordarme.
—Verás, tuve un sueño… Bueno, más bien una pesadilla…
El pecho me duele y rezo para que no sea algo tan malo como está dando a
entender. Parte de mí se siente aliviada de que esté enfadado por una pesadilla y
no por un hecho real, pero la otra mitad lo siente por él. Ha estado toda la semana
solo y hace daño saber que sus pesadillas han vuelto.
—Sigue —lo animo amablemente.
—Era sobre tú… y Zed.
« No…»
—¿Qué quieres decir? —pregunto.
—Él estaba en nuestro… en mi apartamento, y y o llegué a casa para
encontrarlo entre tus piernas. Tú estabas gimiendo su nombre y…
—Vale, vale, lo pillo —lo corto, alzando una mano para detenerlo.
La expresión de dolor de su cara me impulsa a sostener la mano en alto
durante unos segundos para mantenerlo en silencio, pero entonces él dice:
—No, deja que te lo explique.
Me siento extremadamente incómoda por tener que escuchar cómo Hardin
habla de Zed y de mí en la cama, pero es evidente que necesita decírmelo. Si
contármelo va a ay udarlo a que lo supere, me morderé la lengua y escucharé.
—Estaba encima de ti, follándote, en nuestra cama. Tú decías que lo querías.
—Hace una mueca de dolor.
¿Así que toda esta tensión y el extraño comportamiento de Hardin desde que
llegó a Seattle viene de un sueño que tuvo sobre Zed y yo? Al menos eso explica
las demandas a medianoche para que llamara a Zed y le retirara la invitación a
visitar Seattle a la que accedí.
Mientras contemplo desde el otro lado de la sala a este hombre de ojos verdes
consumido por la pena que esconde la cara entre las manos, mi anterior paranoia
y mi frustración se deshacen como el azúcar en mi lengua.

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