95-97
CAPÍTULO 95
Hardin
Cuando mi nombre escapa de sus labios lo hace como un suspiro, suave, como si
su lengua acariciara la palabra. Como si al decir esa única palabra ella invocara
todos sus sentimientos por mí, todas las veces que la he tocado, que ella ha
demostrado que me ama…, incluso si parte de mí aún no puede creerlo.
Tessa se me acerca y puedo ver la comprensión en sus ojos.
—¿Por qué no me lo contaste antes? —pregunta.
Bajo la vista y comienzo a tirar de la gruesa cinta enrollada alrededor de mis
manos.
—Sólo era un sueño. Sabes que algo así no podría ocurrir jamás —me
asegura.
Cuando alzo la cabeza para mirarla, la presión en mis ojos, en mi pecho, es
insoportable.
—Lo tengo grabado en mi cabeza, no puedo dejar de verlo una y otra vez. Se
estaba burlando de mí todo el rato, riéndose mientras te follaba.
Las pequeñas manos de Tessa se mueven rápidamente para cubrir sus orejas
y arruga la nariz con disgusto. Entonces, al volver a mirarme, deja caer los
brazos lentamente.
—¿Por qué crees que soñaste eso?
—No lo sé, probablemente porque tú aceptaste su propuesta de visitarte aquí.
—No sabía qué otra cosa decir, y tú y y o estábamos…, bueno, aún estamos
en un extraño momento de nuestra extraña relación —murmura.
—No quiero que se te acerque. Sé que es una gilipollez, pero no me importa.
De verdad, Zed es lo peor para mí; siempre será así. Ni todo el kickboxing del
mundo va a cambiar eso. Estemos o no en un momento extraño, tú eres sólo mía.
No sólo sexualmente, sino completamente.
—Él no ha estado cerca de mí desde que me llevó a casa de mi madre…
aquella noche —me recuerda.
Pero el pánico que arde en mi interior no se apaga. Miro al suelo, inspirando
y espirando profundamente para intentar calmarme un poco.
Tessa da un paso hacia mí, aunque permanece fuera de mi alcance.
—Sin embargo —añade—, si eso va a hacer que dejes de pensar en esas
cosas, le diré que no me visite.
Mis ojos se centran en su hermosa cara.
—¿Lo harías?
Esperaba que se resistiera mucho más.
—Sí, lo haré. No quiero que te pongas así por algo como eso —dice mientras
me mira el pecho y de nuevo la cara con ojos nerviosos.
—Ven aquí. —Alzo una mano vendada para invitarla.
Como sus pies se mueven tan lentamente, me inclino hacia adelante y la cojo
del brazo, pasando la mano alrededor de su codo para tenerla a mi lado más
deprisa.
Mi respiración y a vuelve a ser normal. Tengo toda esa adrenalina que corre
por mi cuerpo. No he podido evitar desquitarme golpeando el maldito saco, pero
ahora me duelen las manos y los pies, y aún no he descargado toda la rabia. Hay
algo en mi cabeza, sentado en la parte de atrás de mi mente que me molesta todo
el tiempo, y me impide acabar con mi odio hacia Zed.
Hasta que sus labios tocan los míos. Ella me sorprende: empuja la lengua
dentro de mi boca y enreda sus pequeñas manos entre mi cabello empapado,
tirando con fuerza, quitándome la camiseta de la cabeza y dejándola caer al
suelo.
—Tessa…
Empujo suavemente contra su pecho y aparto la boca de la suya. Como
estoy sentado en el banco de pesas, puedo ver que sus ojos se entornan.
No dice ni una palabra mientras se mueve hasta quedar de pie frente a mí.
—No aceptaré que me sigas rechazando por culpa de un sueño, Hardin. Si no
me deseas, entonces vale, pero esto es una gilipollez —murmura entre dientes.
Por retorcido que sea, su rabia agita algo en mi interior que hace que toda la
sangre me baje a la polla. He deseado a esta mujer desde la última vez que
estuve dentro de ella, y ahora es ella la que me desea a mí, y se enfada porque le
estoy impidiendo tomar lo que quiere.
Oírla correrse a través del teléfono nunca será suficiente. Necesito sentirlo.
Una guerra se libra en mi interior. Con una energía salvaje que aún se desliza
por mis venas como fuego, por fin digo:
—No puedo evitarlo, Tessa, sé que no tiene sentido, pero…
—Entonces fóllame —dice ella, y me quedo con la boca abierta—. Deberías
follarme hasta que olvides ese sueño, porque estás aquí sólo por una noche y te
he echado de menos, pero estás demasiado obsesionado con imaginarme con
Zed para dedicarme la atención que quiero.
—¿La atención que quieres?
No puedo evitar la dureza en el tono de mi voz al oír sus ridículas y falsas
palabras. Ella no tiene ni idea de cuántas veces me la he pelado fingiendo que
estaba con ella, imaginando su voz en mis oídos que me decía lo mucho que me
necesita, lo mucho que me ama.
—Sí, Hardin. La-que-y o-quiero.
—Y ¿qué quieres exactamente? —le pregunto. Su mirada es dura y
ligeramente desafiante.
—Quiero que pases el tiempo conmigo sin obsesionarte con Zed, que me
toques y me beses sin apartarte. Eso, Hardin, es lo que quiero. —Frunce el ceño
y coloca las manos en sus caderas—. Quiero que me toques… sólo tú —añade,
relajando un poco su pose.
Sus palabras me tranquilizan y me halagan, y comienzan a apartar los
pensamientos paranoicos de mi mente, y entonces comienzo a darme cuenta de
lo estúpido que es todo este sufrimiento por el que estamos pasando. Ella es mía,
no suy a. Él está sentado en algún sitio solo, y yo estoy aquí con ella, y ella me
desea. No puedo apartar los ojos de sus labios entreabiertos, de su furiosa mirada,
de la suave curva de sus pechos bajo la fina camiseta blanca. La camiseta
debería ser una de las mías, pero no lo es. Lo que también es resultado de mi
cabezonería.
Tessa recorre la distancia que nos separa, y mi por lo general tímida, aunque
bastante sucia chica me está mirando, esperando una respuesta mientras su mano
se mueve hasta mi hombro y me empuja lo suficiente como para subirse a mi
regazo.
A la mierda. Me importa un carajo cualquier sueño estúpido, o cualquier
regla estúpida sobre la distancia. Todo lo que quiero es que estemos ella y yo, yo
y ella: Tessa y el desastre andante que es el jodido Hardin.
Sus labios encuentran el camino hasta mi cuello y mis dedos se clavan en sus
caderas. No importa cuántas veces lo haya imaginado durante la semana;
ninguna fantasía puede compararse con su lengua recorriendo mi húmeda
clavícula y regresando hasta el maldito punto bajo mi oreja.
—Cierra la puerta —le ordeno cuando sus dientes se clavan suavemente en
mi piel y comienza a menear sus caderas contra las mías. Estoy duro como una
jodida piedra contra sus ridículos pantalones de felpa y la necesito ya.
Ignoro el doloroso palpitar entre mis piernas mientras ella cruza la sala a toda
prisa tal y como le he dicho que haga. No pierdo un solo segundo cuando regresa.
Le bajo los pantalones, y a continuación los siguen sus braguitas negras, y
forman una mancha alrededor de sus tobillos y sobre el suelo acolchado.
—Me he torturado durante toda la semana pensando qué aspecto tenías
cuando estás así —gimo; mis ojos beben cada maldito detalle de su cuerpo medio
desnudo—. Tan hermosa —susurro con reverencia.
Cuando se quita la camiseta por la cabeza no puedo evitar inclinarme y besar
la curva de sus anchas caderas. Un lento escalofrío la recorre y se lleva las
manos a la espalda para desabrocharse el sujetador.
Hostia puta. De todas las veces que le he hecho el amor, no puedo recordar
haber estado jamás tan cachondo. Ni siquiera esas veces en que me despierta
con la boca alrededor de mi polla, nunca me había sentido tan salvaje.
Voy a por ella, tomando uno de sus pechos con la boca y el otro con la mano.
Las suy as se mueven hasta mis hombros para mantener el equilibrio mientras y o
cierro los labios alrededor de la suave piel.
—Oh, Dios —gime; sus uñas se clavan en mi hombro y chupo más fuerte—.
¡Más abajo, por favor!
Intenta guiar mi cabeza hacia abajo con un suave empujón, así que uso los
dientes contra ella, provocándola. Paso las puntas de los dedos por debajo de
ambos pechos, lenta y tortuosamente… Esto es lo que merece por ser tan
tentadora y juguetona.
Sus caderas se mueven hacia adelante y deslizo el cuerpo hacia abajo
ligeramente para que mi boca quede a la altura perfecta para presionar el
hinchado nudo de terminaciones nerviosas entre sus muslos. Con un suave
gemido me anima a ir más allá, y mis labios la rodean, succionando y
saboreando la humedad que ya se ha formado ahí. Es tan cálida y tan dulce…
—Tus dedos no te han satisfecho mucho, ¿verdad? —Me retiro un poco para
preguntarle.
Ella respira agitadamente; sus ojos grises me observan mientras inclino la
cabeza y le paso la lengua por el monte de Venus.
—No juegues conmigo —lloriquea tirándome del pelo otra vez.
—¿Has vuelto a tocarte esta semana, después de nuestra conversación
telefónica? —La pongo a prueba.
Tessa se retuerce y jadea cuando mi lengua aterriza en el lugar exacto que
ella desea.
—No.
—Mientes —la acuso.
Puedo notar por el rubor que le sube por el cuello hasta las mejillas, y por la
forma en que sus ojos se desvían hacia la pared de espejos que no me está
diciendo la verdad. Se ha tocado desde la última vez al teléfono… y la imagen de
ella ahí tumbada, con las piernas bien abiertas y los dedos moviéndose sobre sí
misma, encontrando el placer en lo que le he enseñado… me hace jadear contra
su piel caliente.
—Sólo una vez —vuelve a mentir.
—Muy mal. —Me separo completamente de ella.
—Tres veces, ¿vale? —admite al fin, con vergüenza evidente en su voz.
—¿En qué pensabas? ¿Qué fue lo que te hizo correrte? —pregunto con una
sonrisa malvada.
—Tú, sólo tú —dice. Sus ojos están llenos de esperanza y necesidad.
Su admisión me emociona y quiero darle más placer del que le he dado
jamás. Sé que puedo hacer que se corra en menos de un minuto usando la
lengua, pero no quiero eso. Con un último beso al vértice de sus muslos, me
aparto y me pongo en pie. Tessa está completamente desnuda, y los espejos…,
joder, los espejos reflejan su cuerpo perfecto, multiplicando por diez esas curvas
tan sensuales que tiene. Su suave piel me envuelve, me bajo los pantalones y el
bóxer hasta los tobillos con una sola mano. Empiezo a tirar de la cinta enrollada
alrededor de mis nudillos, pero su mano me detiene rápidamente.
—No, déjala —me pide, mientras un brillo de oscura lujuria centellea en sus
ojos.
Así que le gusta la cinta…, o quizá le guste verme entrenar… o los espejos…
Hago lo que me pide y aprieto el cuerpo contra el suyo, mi boca reclama la
suy a, y la tumbo sobre el suelo acolchado conmigo.
Sus manos me recorren el pecho desnudo y sus ojos se oscurecen hasta
volverse gris humo.
—Tu cuerpo es diferente ahora.
—Sólo llevo entrenando una semana.
Hago rodar su cuerpo desnudo hasta clavarla en el suelo bajo mi peso.
—Pero lo noto…
Se pasa la lengua por sus carnosos labios tan lentamente que no dudo en
aplastarme contra ella para dejarle saber lo increíblemente duro que estoy. Ella
es suave y la noto tan húmeda contra mí que un solo movimiento bastaría para
estar dentro de ella.
Entonces caigo.
—No tengo ni un puto condón aquí —maldigo, enterrando la cara en su
hombro.
Ella suelta un gemido de frustración pero me clava las uñas y tira de mí.
—Te necesito —gime, pasándome la lengua por la boca.
Me pego a la carne caliente, empapada, y la penetro despacio.
—Pero… —Hago el intento de recordarle los riesgos, pero sus ojos se cierran
y la sensación me abruma mientras flexiono las caderas para llegar más adentro,
tan dentro de ella como sea posible.
—Joder, te he echado de menos —gimo.
No puedo dejar de pensar en lo increíblemente cálida y suave que la
siento sin la barrera del condón. Todo mi sentido común ha desaparecido,
todas las advertencias que me he hecho a mí mismo y a ella se han desvanecido.
Sólo necesito unos pocos segundos. Unos pocos empujones dentro de su
hambriento y deseado cuerpo y pararé.
Alzo mi peso sobre los brazos, estirándolos para ganar ventaja. Quiero
mirarla mientras entro y salgo de ella. Ha levantado la cabeza del suelo
acolchado y está mirando el lugar exacto donde nuestros cuerpos se unen.
—Mira en el espejo —le digo.
Pararé después de tres más…, vale, cuatro. No puedo evitar seguir
moviéndome mientras ella gira la cabeza para vernos en la pared de espejos. Su
cuerpo parece tan suave y perfecto, e increíblemente limpio comparado con los
negros churretones que cubren el mío. Somos la pura pasión personificada,
demonio y ángel, y nunca he estado tan jodidamente enamorado de ella.
—Sabía que te gustaba mirar, incluso si es sólo por ti misma, lo sabía.
Sus dedos se clavan en la parte baja de mi espalda, acercándome aún más,
enterrándome aún más profundamente en ella y, joder, tengo que parar ahora,
siento que la presión crece en la parte baja de mi espina dorsal, desplazándose
hacia mi ingle cuando descubro otra de sus fantasías. Tengo que parar…
Me retiro lentamente de ella, dándonos el tiempo suficiente para disfrutar del
momento de conexión. Sus gemidos se hacen más cortos y desesperados cuando
deslizo los dedos en su interior con facilidad.
—Ahora voy a hacer que te corras y luego te llevaré a la cama —le
prometo, y ella esboza una sonrisa desenfocada antes de volver a mirar hacia el
espejo, observándome—. Shhh, nena, despertarás a los demás —susurro contra
ella.
Me encantan los ruiditos que hace, la forma en que gime mi nombre, pero lo
último que necesito es que uno de los Vance nos corte el rollo llamando a la
puerta.
En segundos noto cómo se tensa alrededor de mis dedos. Mordisqueo y
succiono el pequeño botón sobre su entrada y ella me tira del pelo sin dejar de
observar cómo la follo con los dedos hasta que se corre, jadeando y gimiendo mi
nombre una y otra vez.
CAPÍTULO 96
Tessa
La boca de Hardin deja un rastro de humedad hasta mi estómago y sobre mis
pechos hasta que finalmente deposita un suave beso en mi sien. Me quedo
tumbada en el suelo junto a él tratando de recuperar el aliento y revivo los
hechos que nos han llevado a este momento. Tenía la intención de mantener una
seria conversación con él sobre su…, no, sobre nuestra falta de comunicación,
pero verlo asaltar furiosamente ese saco de arena me hizo jadear y gemir su
nombre en cuestión de minutos.
Me incorporo sobre un codo y lo miro desde arriba.
—Quiero compensarte.
—Adelante. —Sonríe con los labios cubiertos de mi humedad.
Me muevo rápidamente tomándolo en mi boca antes de que pueda recuperar
el más mínimo aliento.
—Joder —gime.
El sensual ruido hace que abra demasiado la boca y se me escapa de entre
los labios. Hardin levanta entonces las caderas del suelo para reencontrarse con
ellos, metiéndose él mismo de nuevo en mi boca.
—Tessa, por favor… —suplica.
Puedo saborearme a mí misma en él, pero apenas lo noto mientras gime mi
nombre.
—No voy…, joder…, no voy a durar mucho —jadea, y yo incremento la
velocidad. Demasiado pronto él me tira del pelo para echarme la cabeza hacia
atrás.
—Me voy a correr en tu boca y después te voy a llevar a la cama y te follaré
otra vez. —Me pasa el pulgar por los labios y y o, juguetona, le muerdo con
delicadeza el dedo. Echa la cabeza hacia atrás y me agarra con más fuerza del
pelo cuando se la chupo.
Noto que el pene le vibra, sus piernas se agarrotan cuando casi está a punto.
—Joder, Tessa… me encanta, nena —gime cuando su calor me llena la boca.
Me lo quedo todo, me trago todo lo que tiene que darme. Después me pongo en
pie y me paso un dedo por los labios.
—Vístete —me ordena lanzándome el sujetador.
Mientras nos vestimos a toda prisa, lo pillo mirándome de vez en cuando. No
es que eso sea una sorpresa…, yo tampoco he dejado de mirarlo.
—¿Lista? —pregunta.
Asiento y Hardin apaga las luces, cierra la puerta a nuestro paso como si
nada hubiera sucedido en esa habitación y me guía pasillo abajo. Caminamos en
un silencio confortable, una gran diferencia después de toda la tensión anterior.
Cuando llegamos delante de nuestras habitaciones, él se detiene y me coge
suavemente del codo.
—Debería haberte contado antes lo de la pesadilla en vez de distanciarme de
ti —dice.
Las luces nocturnas del suelo arrojan la suficiente claridad sobre su rostro
como para que pueda ver la sinceridad y la amabilidad tras sus ojos.
—Ambos tenemos que aprender a comunicarnos.
—Eres muchísimo más comprensiva de lo que merezco —susurra, y acerca
mi mano a su cara.
Sus labios rozan cada uno de mis nudillos y mis rodillas casi se doblan ante un
gesto tan conmovedor.
Hardin abre la puerta, me coge de la mano y me guía hasta la cama.
CAPÍTULO 97
Tessa
Las manos de Hardin aún están cubiertas con la rugosa cinta negra, pero las
siento tan tiernas cuando se cierran alrededor de las mías…
—Espero no haberte cansado mucho. —Sonríe, y me pasa sus nudillos
recubiertos de cinta por los pómulos.
—No. —Sus dedos se han encargado de deshacer la may or parte de la
tensión que había estado sintiendo mi cuerpo. Sin embargo, el ansia no tan sutil
que siento por él sigue ahí. Siempre está ahí.
—Esto está bien, ¿verdad? Quiero decir que querías espacio… y esto no es
precisamente espacio. —Sus brazos me rodean mientras permanecemos de pie
ante la cama, dudando.
—Aún necesitamos espacio, pero esto es lo que quiero ahora mismo —le
explico.
Estoy segura de que todo esto no tiene mucho sentido para Hardin porque,
siendo sincera, tampoco tiene mucho sentido para mí, especialmente ahora que
su abrumadora presencia está justo aquí, frente a mí.
—Yo también. —Toma aire e inclina la cabeza hacia mi cuello—. Esto es lo
bueno para nosotros…, estar juntos así —susurra.
Sus brazos se estrechan alrededor de mi cuerpo y usa las rodillas para
guiarnos hasta la cama mientras sus labios succionan suavemente mi piel
cosquilleante.
—Te he echado tanto de menos…, echaba de menos tu cuerpo —sisea.
Me mete las manos por debajo de la fina camiseta de algodón y me la quita
por la cabeza. Mi cola de caballo se enreda con el escote, pero Hardin me suelta
el pelo con suavidad y sus dedos me quitan la goma, dejando que el pelo caiga
sobre el colchón. Después me besa con ternura en la frente: su actitud ha
cambiado desde que se aprovechó de mí en el gimnasio. Allí estuvo duro, sexy y
autoritario, pero ahora está siendo mi Hardin, el hombre delicado y cariñoso que
se oculta tras la fachada de tipo duro.
—La forma en que tu pulso… —sus labios se mantienen a centímetros de los
míos y sus dedos presionan el delicado latido en mi cuello mientras respira—
enloquece cuando te toco, especialmente aquí…
Su mano se desliza hacia abajo, sobre mi estómago, hasta desaparecer bajo
mis pantalones de pijama.
—Siempre estás tan a punto para mí… —gruñe, moviendo el dedo corazón
arriba y abajo. Noto que la piel se me enciende: es una quemadura permanente,
en lugar de una explosión, acorde con su delicada forma de tocarme. Hardin
retira la mano y se lleva el dedo a los labios—. Tan dulce… —dice, y su lengua
húmeda sale lentamente para cubrir la punta de su dedo.
Sabe exactamente lo que me está haciendo. Sabe lo mucho que sus sucias
palabras me afectan y lo mucho que me hacen desearlo. Lo sabe, y está
haciendo un muy buen trabajo consiguiendo que arda de deseo de dentro afuera
Hardin
Cuando mi nombre escapa de sus labios lo hace como un suspiro, suave, como si
su lengua acariciara la palabra. Como si al decir esa única palabra ella invocara
todos sus sentimientos por mí, todas las veces que la he tocado, que ella ha
demostrado que me ama…, incluso si parte de mí aún no puede creerlo.
Tessa se me acerca y puedo ver la comprensión en sus ojos.
—¿Por qué no me lo contaste antes? —pregunta.
Bajo la vista y comienzo a tirar de la gruesa cinta enrollada alrededor de mis
manos.
—Sólo era un sueño. Sabes que algo así no podría ocurrir jamás —me
asegura.
Cuando alzo la cabeza para mirarla, la presión en mis ojos, en mi pecho, es
insoportable.
—Lo tengo grabado en mi cabeza, no puedo dejar de verlo una y otra vez. Se
estaba burlando de mí todo el rato, riéndose mientras te follaba.
Las pequeñas manos de Tessa se mueven rápidamente para cubrir sus orejas
y arruga la nariz con disgusto. Entonces, al volver a mirarme, deja caer los
brazos lentamente.
—¿Por qué crees que soñaste eso?
—No lo sé, probablemente porque tú aceptaste su propuesta de visitarte aquí.
—No sabía qué otra cosa decir, y tú y y o estábamos…, bueno, aún estamos
en un extraño momento de nuestra extraña relación —murmura.
—No quiero que se te acerque. Sé que es una gilipollez, pero no me importa.
De verdad, Zed es lo peor para mí; siempre será así. Ni todo el kickboxing del
mundo va a cambiar eso. Estemos o no en un momento extraño, tú eres sólo mía.
No sólo sexualmente, sino completamente.
—Él no ha estado cerca de mí desde que me llevó a casa de mi madre…
aquella noche —me recuerda.
Pero el pánico que arde en mi interior no se apaga. Miro al suelo, inspirando
y espirando profundamente para intentar calmarme un poco.
Tessa da un paso hacia mí, aunque permanece fuera de mi alcance.
—Sin embargo —añade—, si eso va a hacer que dejes de pensar en esas
cosas, le diré que no me visite.
Mis ojos se centran en su hermosa cara.
—¿Lo harías?
Esperaba que se resistiera mucho más.
—Sí, lo haré. No quiero que te pongas así por algo como eso —dice mientras
me mira el pecho y de nuevo la cara con ojos nerviosos.
—Ven aquí. —Alzo una mano vendada para invitarla.
Como sus pies se mueven tan lentamente, me inclino hacia adelante y la cojo
del brazo, pasando la mano alrededor de su codo para tenerla a mi lado más
deprisa.
Mi respiración y a vuelve a ser normal. Tengo toda esa adrenalina que corre
por mi cuerpo. No he podido evitar desquitarme golpeando el maldito saco, pero
ahora me duelen las manos y los pies, y aún no he descargado toda la rabia. Hay
algo en mi cabeza, sentado en la parte de atrás de mi mente que me molesta todo
el tiempo, y me impide acabar con mi odio hacia Zed.
Hasta que sus labios tocan los míos. Ella me sorprende: empuja la lengua
dentro de mi boca y enreda sus pequeñas manos entre mi cabello empapado,
tirando con fuerza, quitándome la camiseta de la cabeza y dejándola caer al
suelo.
—Tessa…
Empujo suavemente contra su pecho y aparto la boca de la suya. Como
estoy sentado en el banco de pesas, puedo ver que sus ojos se entornan.
No dice ni una palabra mientras se mueve hasta quedar de pie frente a mí.
—No aceptaré que me sigas rechazando por culpa de un sueño, Hardin. Si no
me deseas, entonces vale, pero esto es una gilipollez —murmura entre dientes.
Por retorcido que sea, su rabia agita algo en mi interior que hace que toda la
sangre me baje a la polla. He deseado a esta mujer desde la última vez que
estuve dentro de ella, y ahora es ella la que me desea a mí, y se enfada porque le
estoy impidiendo tomar lo que quiere.
Oírla correrse a través del teléfono nunca será suficiente. Necesito sentirlo.
Una guerra se libra en mi interior. Con una energía salvaje que aún se desliza
por mis venas como fuego, por fin digo:
—No puedo evitarlo, Tessa, sé que no tiene sentido, pero…
—Entonces fóllame —dice ella, y me quedo con la boca abierta—. Deberías
follarme hasta que olvides ese sueño, porque estás aquí sólo por una noche y te
he echado de menos, pero estás demasiado obsesionado con imaginarme con
Zed para dedicarme la atención que quiero.
—¿La atención que quieres?
No puedo evitar la dureza en el tono de mi voz al oír sus ridículas y falsas
palabras. Ella no tiene ni idea de cuántas veces me la he pelado fingiendo que
estaba con ella, imaginando su voz en mis oídos que me decía lo mucho que me
necesita, lo mucho que me ama.
—Sí, Hardin. La-que-y o-quiero.
—Y ¿qué quieres exactamente? —le pregunto. Su mirada es dura y
ligeramente desafiante.
—Quiero que pases el tiempo conmigo sin obsesionarte con Zed, que me
toques y me beses sin apartarte. Eso, Hardin, es lo que quiero. —Frunce el ceño
y coloca las manos en sus caderas—. Quiero que me toques… sólo tú —añade,
relajando un poco su pose.
Sus palabras me tranquilizan y me halagan, y comienzan a apartar los
pensamientos paranoicos de mi mente, y entonces comienzo a darme cuenta de
lo estúpido que es todo este sufrimiento por el que estamos pasando. Ella es mía,
no suy a. Él está sentado en algún sitio solo, y yo estoy aquí con ella, y ella me
desea. No puedo apartar los ojos de sus labios entreabiertos, de su furiosa mirada,
de la suave curva de sus pechos bajo la fina camiseta blanca. La camiseta
debería ser una de las mías, pero no lo es. Lo que también es resultado de mi
cabezonería.
Tessa recorre la distancia que nos separa, y mi por lo general tímida, aunque
bastante sucia chica me está mirando, esperando una respuesta mientras su mano
se mueve hasta mi hombro y me empuja lo suficiente como para subirse a mi
regazo.
A la mierda. Me importa un carajo cualquier sueño estúpido, o cualquier
regla estúpida sobre la distancia. Todo lo que quiero es que estemos ella y yo, yo
y ella: Tessa y el desastre andante que es el jodido Hardin.
Sus labios encuentran el camino hasta mi cuello y mis dedos se clavan en sus
caderas. No importa cuántas veces lo haya imaginado durante la semana;
ninguna fantasía puede compararse con su lengua recorriendo mi húmeda
clavícula y regresando hasta el maldito punto bajo mi oreja.
—Cierra la puerta —le ordeno cuando sus dientes se clavan suavemente en
mi piel y comienza a menear sus caderas contra las mías. Estoy duro como una
jodida piedra contra sus ridículos pantalones de felpa y la necesito ya.
Ignoro el doloroso palpitar entre mis piernas mientras ella cruza la sala a toda
prisa tal y como le he dicho que haga. No pierdo un solo segundo cuando regresa.
Le bajo los pantalones, y a continuación los siguen sus braguitas negras, y
forman una mancha alrededor de sus tobillos y sobre el suelo acolchado.
—Me he torturado durante toda la semana pensando qué aspecto tenías
cuando estás así —gimo; mis ojos beben cada maldito detalle de su cuerpo medio
desnudo—. Tan hermosa —susurro con reverencia.
Cuando se quita la camiseta por la cabeza no puedo evitar inclinarme y besar
la curva de sus anchas caderas. Un lento escalofrío la recorre y se lleva las
manos a la espalda para desabrocharse el sujetador.
Hostia puta. De todas las veces que le he hecho el amor, no puedo recordar
haber estado jamás tan cachondo. Ni siquiera esas veces en que me despierta
con la boca alrededor de mi polla, nunca me había sentido tan salvaje.
Voy a por ella, tomando uno de sus pechos con la boca y el otro con la mano.
Las suy as se mueven hasta mis hombros para mantener el equilibrio mientras y o
cierro los labios alrededor de la suave piel.
—Oh, Dios —gime; sus uñas se clavan en mi hombro y chupo más fuerte—.
¡Más abajo, por favor!
Intenta guiar mi cabeza hacia abajo con un suave empujón, así que uso los
dientes contra ella, provocándola. Paso las puntas de los dedos por debajo de
ambos pechos, lenta y tortuosamente… Esto es lo que merece por ser tan
tentadora y juguetona.
Sus caderas se mueven hacia adelante y deslizo el cuerpo hacia abajo
ligeramente para que mi boca quede a la altura perfecta para presionar el
hinchado nudo de terminaciones nerviosas entre sus muslos. Con un suave
gemido me anima a ir más allá, y mis labios la rodean, succionando y
saboreando la humedad que ya se ha formado ahí. Es tan cálida y tan dulce…
—Tus dedos no te han satisfecho mucho, ¿verdad? —Me retiro un poco para
preguntarle.
Ella respira agitadamente; sus ojos grises me observan mientras inclino la
cabeza y le paso la lengua por el monte de Venus.
—No juegues conmigo —lloriquea tirándome del pelo otra vez.
—¿Has vuelto a tocarte esta semana, después de nuestra conversación
telefónica? —La pongo a prueba.
Tessa se retuerce y jadea cuando mi lengua aterriza en el lugar exacto que
ella desea.
—No.
—Mientes —la acuso.
Puedo notar por el rubor que le sube por el cuello hasta las mejillas, y por la
forma en que sus ojos se desvían hacia la pared de espejos que no me está
diciendo la verdad. Se ha tocado desde la última vez al teléfono… y la imagen de
ella ahí tumbada, con las piernas bien abiertas y los dedos moviéndose sobre sí
misma, encontrando el placer en lo que le he enseñado… me hace jadear contra
su piel caliente.
—Sólo una vez —vuelve a mentir.
—Muy mal. —Me separo completamente de ella.
—Tres veces, ¿vale? —admite al fin, con vergüenza evidente en su voz.
—¿En qué pensabas? ¿Qué fue lo que te hizo correrte? —pregunto con una
sonrisa malvada.
—Tú, sólo tú —dice. Sus ojos están llenos de esperanza y necesidad.
Su admisión me emociona y quiero darle más placer del que le he dado
jamás. Sé que puedo hacer que se corra en menos de un minuto usando la
lengua, pero no quiero eso. Con un último beso al vértice de sus muslos, me
aparto y me pongo en pie. Tessa está completamente desnuda, y los espejos…,
joder, los espejos reflejan su cuerpo perfecto, multiplicando por diez esas curvas
tan sensuales que tiene. Su suave piel me envuelve, me bajo los pantalones y el
bóxer hasta los tobillos con una sola mano. Empiezo a tirar de la cinta enrollada
alrededor de mis nudillos, pero su mano me detiene rápidamente.
—No, déjala —me pide, mientras un brillo de oscura lujuria centellea en sus
ojos.
Así que le gusta la cinta…, o quizá le guste verme entrenar… o los espejos…
Hago lo que me pide y aprieto el cuerpo contra el suyo, mi boca reclama la
suy a, y la tumbo sobre el suelo acolchado conmigo.
Sus manos me recorren el pecho desnudo y sus ojos se oscurecen hasta
volverse gris humo.
—Tu cuerpo es diferente ahora.
—Sólo llevo entrenando una semana.
Hago rodar su cuerpo desnudo hasta clavarla en el suelo bajo mi peso.
—Pero lo noto…
Se pasa la lengua por sus carnosos labios tan lentamente que no dudo en
aplastarme contra ella para dejarle saber lo increíblemente duro que estoy. Ella
es suave y la noto tan húmeda contra mí que un solo movimiento bastaría para
estar dentro de ella.
Entonces caigo.
—No tengo ni un puto condón aquí —maldigo, enterrando la cara en su
hombro.
Ella suelta un gemido de frustración pero me clava las uñas y tira de mí.
—Te necesito —gime, pasándome la lengua por la boca.
Me pego a la carne caliente, empapada, y la penetro despacio.
—Pero… —Hago el intento de recordarle los riesgos, pero sus ojos se cierran
y la sensación me abruma mientras flexiono las caderas para llegar más adentro,
tan dentro de ella como sea posible.
—Joder, te he echado de menos —gimo.
No puedo dejar de pensar en lo increíblemente cálida y suave que la
siento sin la barrera del condón. Todo mi sentido común ha desaparecido,
todas las advertencias que me he hecho a mí mismo y a ella se han desvanecido.
Sólo necesito unos pocos segundos. Unos pocos empujones dentro de su
hambriento y deseado cuerpo y pararé.
Alzo mi peso sobre los brazos, estirándolos para ganar ventaja. Quiero
mirarla mientras entro y salgo de ella. Ha levantado la cabeza del suelo
acolchado y está mirando el lugar exacto donde nuestros cuerpos se unen.
—Mira en el espejo —le digo.
Pararé después de tres más…, vale, cuatro. No puedo evitar seguir
moviéndome mientras ella gira la cabeza para vernos en la pared de espejos. Su
cuerpo parece tan suave y perfecto, e increíblemente limpio comparado con los
negros churretones que cubren el mío. Somos la pura pasión personificada,
demonio y ángel, y nunca he estado tan jodidamente enamorado de ella.
—Sabía que te gustaba mirar, incluso si es sólo por ti misma, lo sabía.
Sus dedos se clavan en la parte baja de mi espalda, acercándome aún más,
enterrándome aún más profundamente en ella y, joder, tengo que parar ahora,
siento que la presión crece en la parte baja de mi espina dorsal, desplazándose
hacia mi ingle cuando descubro otra de sus fantasías. Tengo que parar…
Me retiro lentamente de ella, dándonos el tiempo suficiente para disfrutar del
momento de conexión. Sus gemidos se hacen más cortos y desesperados cuando
deslizo los dedos en su interior con facilidad.
—Ahora voy a hacer que te corras y luego te llevaré a la cama —le
prometo, y ella esboza una sonrisa desenfocada antes de volver a mirar hacia el
espejo, observándome—. Shhh, nena, despertarás a los demás —susurro contra
ella.
Me encantan los ruiditos que hace, la forma en que gime mi nombre, pero lo
último que necesito es que uno de los Vance nos corte el rollo llamando a la
puerta.
En segundos noto cómo se tensa alrededor de mis dedos. Mordisqueo y
succiono el pequeño botón sobre su entrada y ella me tira del pelo sin dejar de
observar cómo la follo con los dedos hasta que se corre, jadeando y gimiendo mi
nombre una y otra vez.
CAPÍTULO 96
Tessa
La boca de Hardin deja un rastro de humedad hasta mi estómago y sobre mis
pechos hasta que finalmente deposita un suave beso en mi sien. Me quedo
tumbada en el suelo junto a él tratando de recuperar el aliento y revivo los
hechos que nos han llevado a este momento. Tenía la intención de mantener una
seria conversación con él sobre su…, no, sobre nuestra falta de comunicación,
pero verlo asaltar furiosamente ese saco de arena me hizo jadear y gemir su
nombre en cuestión de minutos.
Me incorporo sobre un codo y lo miro desde arriba.
—Quiero compensarte.
—Adelante. —Sonríe con los labios cubiertos de mi humedad.
Me muevo rápidamente tomándolo en mi boca antes de que pueda recuperar
el más mínimo aliento.
—Joder —gime.
El sensual ruido hace que abra demasiado la boca y se me escapa de entre
los labios. Hardin levanta entonces las caderas del suelo para reencontrarse con
ellos, metiéndose él mismo de nuevo en mi boca.
—Tessa, por favor… —suplica.
Puedo saborearme a mí misma en él, pero apenas lo noto mientras gime mi
nombre.
—No voy…, joder…, no voy a durar mucho —jadea, y yo incremento la
velocidad. Demasiado pronto él me tira del pelo para echarme la cabeza hacia
atrás.
—Me voy a correr en tu boca y después te voy a llevar a la cama y te follaré
otra vez. —Me pasa el pulgar por los labios y y o, juguetona, le muerdo con
delicadeza el dedo. Echa la cabeza hacia atrás y me agarra con más fuerza del
pelo cuando se la chupo.
Noto que el pene le vibra, sus piernas se agarrotan cuando casi está a punto.
—Joder, Tessa… me encanta, nena —gime cuando su calor me llena la boca.
Me lo quedo todo, me trago todo lo que tiene que darme. Después me pongo en
pie y me paso un dedo por los labios.
—Vístete —me ordena lanzándome el sujetador.
Mientras nos vestimos a toda prisa, lo pillo mirándome de vez en cuando. No
es que eso sea una sorpresa…, yo tampoco he dejado de mirarlo.
—¿Lista? —pregunta.
Asiento y Hardin apaga las luces, cierra la puerta a nuestro paso como si
nada hubiera sucedido en esa habitación y me guía pasillo abajo. Caminamos en
un silencio confortable, una gran diferencia después de toda la tensión anterior.
Cuando llegamos delante de nuestras habitaciones, él se detiene y me coge
suavemente del codo.
—Debería haberte contado antes lo de la pesadilla en vez de distanciarme de
ti —dice.
Las luces nocturnas del suelo arrojan la suficiente claridad sobre su rostro
como para que pueda ver la sinceridad y la amabilidad tras sus ojos.
—Ambos tenemos que aprender a comunicarnos.
—Eres muchísimo más comprensiva de lo que merezco —susurra, y acerca
mi mano a su cara.
Sus labios rozan cada uno de mis nudillos y mis rodillas casi se doblan ante un
gesto tan conmovedor.
Hardin abre la puerta, me coge de la mano y me guía hasta la cama.
CAPÍTULO 97
Tessa
Las manos de Hardin aún están cubiertas con la rugosa cinta negra, pero las
siento tan tiernas cuando se cierran alrededor de las mías…
—Espero no haberte cansado mucho. —Sonríe, y me pasa sus nudillos
recubiertos de cinta por los pómulos.
—No. —Sus dedos se han encargado de deshacer la may or parte de la
tensión que había estado sintiendo mi cuerpo. Sin embargo, el ansia no tan sutil
que siento por él sigue ahí. Siempre está ahí.
—Esto está bien, ¿verdad? Quiero decir que querías espacio… y esto no es
precisamente espacio. —Sus brazos me rodean mientras permanecemos de pie
ante la cama, dudando.
—Aún necesitamos espacio, pero esto es lo que quiero ahora mismo —le
explico.
Estoy segura de que todo esto no tiene mucho sentido para Hardin porque,
siendo sincera, tampoco tiene mucho sentido para mí, especialmente ahora que
su abrumadora presencia está justo aquí, frente a mí.
—Yo también. —Toma aire e inclina la cabeza hacia mi cuello—. Esto es lo
bueno para nosotros…, estar juntos así —susurra.
Sus brazos se estrechan alrededor de mi cuerpo y usa las rodillas para
guiarnos hasta la cama mientras sus labios succionan suavemente mi piel
cosquilleante.
—Te he echado tanto de menos…, echaba de menos tu cuerpo —sisea.
Me mete las manos por debajo de la fina camiseta de algodón y me la quita
por la cabeza. Mi cola de caballo se enreda con el escote, pero Hardin me suelta
el pelo con suavidad y sus dedos me quitan la goma, dejando que el pelo caiga
sobre el colchón. Después me besa con ternura en la frente: su actitud ha
cambiado desde que se aprovechó de mí en el gimnasio. Allí estuvo duro, sexy y
autoritario, pero ahora está siendo mi Hardin, el hombre delicado y cariñoso que
se oculta tras la fachada de tipo duro.
—La forma en que tu pulso… —sus labios se mantienen a centímetros de los
míos y sus dedos presionan el delicado latido en mi cuello mientras respira—
enloquece cuando te toco, especialmente aquí…
Su mano se desliza hacia abajo, sobre mi estómago, hasta desaparecer bajo
mis pantalones de pijama.
—Siempre estás tan a punto para mí… —gruñe, moviendo el dedo corazón
arriba y abajo. Noto que la piel se me enciende: es una quemadura permanente,
en lugar de una explosión, acorde con su delicada forma de tocarme. Hardin
retira la mano y se lleva el dedo a los labios—. Tan dulce… —dice, y su lengua
húmeda sale lentamente para cubrir la punta de su dedo.
Sabe exactamente lo que me está haciendo. Sabe lo mucho que sus sucias
palabras me afectan y lo mucho que me hacen desearlo. Lo sabe, y está
haciendo un muy buen trabajo consiguiendo que arda de deseo de dentro afuera
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