98-100
CAPÍTULO 98
Hardin
Sé exactamente lo que le estoy haciendo. Sé lo mucho que le gusta mi boca sucia
y, cuando la miro, ni siquiera se molesta en ocultarlo.
—Estás siendo tan buena chica… —le digo con una oscura sonrisa,
arrancándole un gemido sin apenas tener que rozar su ardiente piel—. Dime qué
deseas —le susurro al oído. Prácticamente puedo oír su pulso errático bajo la
piel. La estoy volviendo loca, y me encanta.
—A ti —dice ella desesperada.
—Quiero hacerlo lentamente. Quiero que sientas cada momento que has
pasado lejos de mí.
Tiro de su pantalón de pijama y le dedico una mirada autoritaria. Sin
pronunciar una palabra, ella asiente y se lo baja. Entonces engancho sus
braguitas de algodón con los pulgares y tiro de ellas hacia mí. Sus ojos se abren
en la oscuridad, sus labios están rosados e hinchados. La fuerza de mi
movimiento la acerca a mí y ella se aferra con las manos a mis brazos,
clavándome sus preciosos dedos.
—Coge el condón —me recuerda.
Joder, están al otro lado del pasillo, en la habitación que nadie debería haber
creído que utilizaría teniendo a Tessa sólo a dos metros de distancia. Sin embargo,
curiosamente, la mesilla de noche estaba bien surtida de preservativos al llegar.
—Coge tú el condón —replico juguetón, sabiendo que ni de coña voy a
dejarla cruzar ese pasillo medio desnuda. Suavemente, pongo las manos bajo su
espalda y desabrocho su sujetador, después le bajo los tirantes y lo dejo todo en
el suelo detrás de nosotros.
—El cond… —comienza a recordarme ella.
Pero su propio jadeo cortante interrumpe sus pensamientos cuando succiono
sus recién expuestos pezones. Es tan sensible a mi toque…, y quiero saborear
cada segundo de ella.
—Shhh… —la silencio mordisqueando su piel.
Pero tras un momento, me pongo en pie. No gasto mi tiempo vistiéndome, al
menos yo llevo el bóxer…, y aunque no lo llevara tampoco perdería el tiempo
vistiéndome ahora mismo.
Regreso al dormitorio con cuatro condones en la mano. Soy un poco
ambicioso y me gusta estar siempre preparado, pero por la forma en que Tessa
se está comportando esta noche, podríamos llegar a necesitar el cajón entero.
—Te he echado de menos —comenta dulcemente con una sonrisa tímida. Y
entonces aparece un destello de vergüenza en sus ojos cuando comprende que lo
ha dicho en voz alta.
—Y y o a ti —le contesto, y suena tan cursi como sabía que sonaría.
Sin más preámbulos, me quito el bóxer y me reúno con ella en la cama.
Tessa está sentada con la espalda contra la cabecera de la cama y las rodillas
ligeramente dobladas. Está completamente desnuda; sólo las sábanas de color
crema le cubren los muslos, fundiéndose con su cremosa piel.
Tengo que controlarme ante semejante visión, detenerme para no saltar
literalmente sobre ella, arrancarle la sábana que la cubre y tomar lo que es mío.
Esta noche…, bueno, ya es de madrugada más bien…, quiero ir despacio y no
voy a correr.
Sonrío y contemplo a la mujer en nuestro aposento. Ella me devuelve la
mirada; sus ojos son amables y cálidos, sus mejillas están teñidas de un rosa
profundo. Cuando me reúno con ella en la cama, sus ansiosas manos se mueven
directamente hacia la cinturilla de mi bóxer, y me lo bajan hasta los muslos. Sus
pies acaban de hacer el trabajo y me toma en la mano, apretando suavemente.
—Joder —siseo, y por un momento lo único que existe para mí es su
contacto.
Tessa comienza a bombear, su pequeña muñeca se retuerce ligeramente al
moverse arriba y abajo, y me encanta la forma en que parece saber cómo
tocarme exactamente. Cuando se tumba, su mano continúa moviéndose con un
ritmo perfecto, y le paso el condón, al tiempo que le digo en silencio qué debe
hacer a continuación.
Ella asiente y se apresura a obedecer. Mientras el látex me va cubriendo yo
nos maldigo en silencio, a ella y a mí, por no haber seguido con la idea de la
píldora. La sensación de piel con piel con ella es celestial, y ahora que lo he
sentido lo deseo más y más.
Tessa se sube encima de mí a toda prisa, cabalgándome la cintura; mi polla
está sólo a un suspiro de entrar en ella.
—Espera… —La detengo, le rodeo el talle con las manos y vuelvo a
tumbarla con delicadeza sobre el colchón a mi lado.
La confusión aparece en sus preciosos ojos.
—¿Qué pasa?
—Nada…, sólo que antes quiero besarte un poco más —le aseguro, y le
pongo una mano en la nuca para acercar su cara a la mía.
Mi boca cubre la suy a y desciendo sobre su cuerpo, obligándome a ir
lentamente. Con su cuerpo desnudo apretado contra el mío, tengo que tomarme
un momento para dar las gracias por el hecho de que, a pesar de toda la mierda
por la que le he hecho pasar, ella sigue aquí, siempre está aquí, y ya va siendo
hora de que la compense por ello. Apoyo mi peso en un brazo y me tumbo
encima de ella, abriéndole las piernas con las rodillas.
—Te quiero…, te quiero tanto… Aún lo sabes, ¿verdad? —le pregunto entre
caricia y caricia de mi lengua sobre la suya.
Ella asiente, pero por un terrible momento la cara de Zed aparece en mi
mente. Su confesión de amor por mi Tessa y su agradecida aceptación. « Yo
también te quiero» , había gemido ella.
Un lento escalofrío me recorre y me detengo.
Al notar mis dudas, ella pasa los dedos entre mis rebeldes cabellos y su boca
toma posesión de la mía.
—Vuelve a mí —me suplica.
Eso es todo cuanto necesito.
Todo desaparece excepto la suavidad de su cuerpo bajo el mío, la humedad
entre sus piernas mientras la penetro lentamente. La sensación es exquisita. No
importa cuántas veces la tome, nunca serán suficientes.
—Te quiero. —Tessa repite las palabras y yo paso un brazo bajo su cuerpo
para que estemos tan pegados el uno al otro como sea posible.
Me lamo los labios y vuelvo a enterrar la cara en su cuello, susurrándole
guarradas al oído y moviéndome para besarla cada vez que gime mi nombre.
Siento que la ola de presión sube por mi espalda encendiendo cada puta
vértebra. Las uñas de Tessa se clavan en mi piel, justo entre los hombros, como si
estuviera intentando alcanzar las palabras tatuadas en ella. Esas palabras
dedicadas a ella y sólo a ella.
« Ya nada podrá separarme de ti» , dicen. Voy a hacer todo lo posible para
mantener esa promesa permanentemente.
Me inclino para mirarla. Una mano aún reposa bajo su espalda; la otra
recorre su torso, pasa sobre sus pechos y descansa en su garganta.
—Dime cómo te sientes —le pido con un gruñido.
Casi no puedo contener el placer que me recorre por dentro. Quiero
mantenerlo ahí para los dos, hacerlo durar. Quiero crear este espacio que los dos
podamos habitar.
Acelero mis movimientos y ella baja una mano para aferrarse a las sábanas.
Cada pecaminoso giro de mis caderas, cada embestida violenta contra su cuerpo
hambriento intensifica y sella irremediablemente el poder de ella sobre mí.
—Tan bien, Hardin… Me siento tan bien… —Su voz es espesa y ronca, y
devoro el resto de sus gemidos como el ansioso bastardo que soy.
Noto que su cuerpo comienza a tensarse y no puedo aguantar más. Con un
suave grito de su nombre, me corro en el condón con empujones lentos y
desacompasados antes de derrumbarme, casi sin respiración, junto a ella.
Extiendo una mano para atraer su cuerpo hacia el mío y, cuando abro los
ojos, veo que una fina capa de sudor cubre su piel sedosa, tiene los ojos abiertos
y está mirando el ventilador del techo.
—¿Estás bien? —le pregunto. Sé que he sido un poco bruto hacia el final, pero
también sé lo mucho que le gusta que lo sea.
—Sí, claro.
Se inclina para depositar un beso sobre mi pecho desnudo y salta de la cama.
Gimo decepcionado cuando veo que se pone su camiseta blanca por la cabeza,
cubriendo su cuerpo.
—Aquí tienes tu diadema. —Sonríe, orgullosa de su comentario irónico, y me
lanza la camiseta sudada que me até alrededor de la cabeza en el gimnasio.
Enrollo la tela y me la vuelvo a poner en la cabeza sólo para ver cómo
reacciona.
—¿No te gusta? —pregunto, y ella se ríe.
—De hecho, sí.
Tessa está montando todo un espectáculo mientras se inclina para recoger sus
braguitas negras del suelo y se las sube hasta los muslos. Cuando agita el cuerpo
resulta maravillosamente evidente que no lleva sujetador.
—Bien, es más fácil así —digo señalando el recogido de mi cabeza.
De verdad que necesito un puto corte de pelo, pero siempre me lo ha hecho la
amiga de Steph, una tipa con el pelo color lavanda llamada Mads. La sangre me
empieza a arder al pensar en Steph. Esa estúpida y jodida…
—¡Tierra llamando a Hardin!
La voz de Tessa me saca de mis pensamientos llenos de odio. Levanto la
cabeza hacia ella.
—Lo siento —digo.
Con el pijama otra vez puesto, se acurruca junto a mí y, lo que es más
extraño, coge el mando a distancia de la tele y empieza a zapear intentando
encontrar algo para ver. Estoy un poco mareado, así que agradezco tener unos
momentos para recuperarme, pero tras varios minutos así me doy cuenta de que
ella ha suspirado varias veces. Y, cuando la miro, hay un profundo ceño en su
cara, como si encontrar un buen programa para ver fuera más frustrante de lo
que debería.
—¿Algo va mal? —pregunto.
—No —miente ella.
—Dímelo —la presiono, y ella deja escapar el aire.
—No es nada…, sólo estoy un poco… —Sus mejillas enrojecen—. Tensa.
—¿Tensa? Después de esto deberías estar de todo menos tensa —replico, y
me aparto un poco para mirarla.
—Es que no…, ya sabes. Yo no… —tartamudea.
Su timidez nunca deja de sorprenderme. Un minuto está gimiendo en mi oído
que la folle con más fuerza, más rápido y más profundo, y al siguiente ni siquiera
puede formar una frase.
—Suéltalo —exijo.
—No he acabado.
—¿Qué? —Me atraganto.
¿Cómo he podido estar tan consumido por mi propio placer como para no
notar que ella no se corría?
—Paraste justo antes… —explica en voz baja.
—¿Por qué no me lo habías dicho? Ven aquí. —Tiro de su camiseta para
quitársela por la cabeza.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta, con evidente excitación en su tono.
—Shhh…
En realidad no sé qué voy a hacer… Quiero volver a hacerle el amor, pero
necesito más tiempo para recuperarme.
« Espera…, y a lo tengo.»
—Vamos a hacer algo que sólo hemos hecho una vez. —Sonrío con malicia y
sus ojos se abren aún más—. Porque, y a sabes, la práctica lleva a la perfección.
—¿Qué es? —pregunta, y en un segundo su excitación se ve reemplazada por
el nerviosismo.
Me tumbo apoy ando el peso en los codos y le hago gestos para que se
acerque.
—No lo entiendo —dice ella.
—Ven, pon los muslos aquí —y palmeo el espacio a ambos lados de mi
cabeza.
—¿Qué?
—Tessa, ven y siéntate sobre mi cara para que pueda comértelo como es
debido —le explico clara y lentamente.
—Oh —exclama ella.
Veo la duda en sus ojos y extiendo una mano para apagar la luz. Quiero que
se sienta lo más cómoda posible. A pesar de la oscuridad, aún alcanzo a distinguir
la suave silueta de su cuerpo, la plenitud de su pecho, la curva sexi de sus
caderas.
Tessa se quita las braguitas y en cuestión de segundos está siguiendo mis
instrucciones y arrodillándose sobre mí.
—Menudas vistas tengo aquí —bromeo, y mi visión desaparece. Me acaba de
bajar mi camiseta sobre los ojos.
—Bueno, así resulta incluso más excitante. —Sonrío contra sus muslos. Ella
me golpea la cabeza de broma—. En serio…, es de lo más sexi —añado.
La oigo reír en la oscuridad y levanto las manos hasta sus caderas, guiando
sus movimientos. Una vez mi lengua la toca, ella empieza a moverse a su propio
ritmo, tirándome del pelo y susurrando mi nombre hasta que se pierde en el
placer que le estoy dando.
CAPÍTULO 99
Tessa
Vuelvo a la realidad, despacio, de mala gana, pero feliz de que Hardin esté
tumbado a mi lado.
—Eh. —Sonríe, besándome en los labios.
Me río: es un sonido perezoso, no quiero moverme. Tengo el cuerpo algo
dolorido, pero de la mejor manera posible.
—Ojalá no te fueras mañana —musito mientras paso la punta de los dedos
por una de las ramas de su tatuaje. El árbol es oscuro, inquietante e intrincado.
Me pregunto: si Hardin se hiciera el tatuaje ahora, ¿volvería a tatuarse ese árbol
muerto? O ahora que está más contento, más animado, ¿habría algunas hojas en
las ramas?
—Ojalá —me responde simplemente.
No puedo ocultar la desesperación tras mi súplica cuando añado:
—Entonces, no lo hagas.
Los dedos de Hardin se extienden por mi espalda y aprieta mi cuerpo
desnudo aún más contra el suyo.
—No quiero hacerlo, pero sé que sólo lo estás diciendo porque acabo de
conseguir que te corras varias veces seguidas.
Un jadeo horrorizado escapa de mis labios.
—¡Eso no es verdad! —El cuerpo de Hardin se agita suavemente con una risa
asombrada—. Bueno, no es la única razón… Tal vez podríamos vernos los fines
de semana durante algún tiempo y ver qué tal funciona.
—¿Esperas que conduzca hasta aquí cada fin de semana?
—No todos. Yo también iría. —Inclino la cabeza para mirarlo a los ojos—.
Hasta ahora está funcionando.
—Tessa… —suspira él—. Ya te he dicho cómo me siento con esta mierda de
la relación a distancia.
Desvío la vista hasta el ventilador del techo, que gira lentamente en la
penumbra del dormitorio. En la tele están dando un episodio de « Friends» .
Rachel está vertiendo salsa en el bolso de Monica.
—Sí y, aun así, aquí estás —lo presiono.
Hardin suspira y me tira suavemente del pelo para obligarme a mirarlo de
nuevo.
—Touché.
—Bueno, creo que hay algún tipo de compromiso al que podríamos llegar,
¿no crees?
—¿Cuál es tu oferta? —pregunta en voz baja, cerrando los ojos durante unos
segundos y tomando aire.
—No lo sé exactamente…, dame un momento —le pido.
¿Qué le estoy ofreciendo en concreto? Permanecer distanciados el uno del
otro sería lo mejor para nuestra salud mental. Por mucho que mi corazón olvide
las cosas terribles por las que Hardin y yo hemos pasado, mi cerebro no me
permitirá rendir la poca dignidad que me queda.
Estoy en Seattle, siguiendo mi sueño, sola y sin apartamento a causa de la
naturaleza posesiva de Hardin y de la incapacidad de ambos de ceder sobre los
detalles más triviales.
—No lo sé —confieso finalmente cuando no puedo llegar a ninguna
sugerencia sólida.
—Vale, pero ¿aún me quieres por aquí? ¿Al menos durante los fines de
semana? —pregunta. Sus dedos juguetean con mi pelo.
—Sí.
—¿Cada fin de semana?
—La may oría. —Sonrío.
—¿Quieres que hablemos cada día por teléfono como hemos hecho esta
semana?
—Sí.
Me ha encantado la forma en que Hardin y yo hemos estado hablando por
teléfono, ninguno de los dos conscientes de los minutos y las horas que pasaban.
—Así que todo sería igual que ha sido esta semana. No sé si me convence —
dice.
—¿Por qué no?
Hasta ahora parecía haber funcionado también para él, ¿por qué se opone a
continuar de la misma manera?
—Porque, Tessa, estás en Seattle sin mí y no estamos realmente
juntos, podrías ver a otra persona, conocer a alguien…
—Hardin…
Me incorporo sobre un codo para mirarlo. Sus ojos se clavan en los míos
mientras un mechón de mis rizos rubios cae sobre su cara. Sin romper contacto
visual o parpadear siquiera, sus dedos se mueven para colocarme el cabello tras
la oreja.
—No planeo ver o conocer a nadie. Todo cuanto busco es algo de
independencia y que seamos capaces de comunicarnos.
—¿Por qué de repente es tan importante para ti la independencia? —pregunta.
Su pulgar y su índice acarician el borde de mi oreja, enviando un escalofrío
por toda mi espalda. Si lo que intenta es distraerme, lo está consiguiendo.
A pesar de su suave toque y de sus ardientes ojos de jade, continúo mi
cruzada para hacerle entender lo que necesito.
—No es algo repentino. Te lo había mencionado antes. Tampoco había notado
lo dependiente que me he vuelto de ti hasta hace poco, y no me gusta. No me
gusta ser así.
—Amí sí —dice en voz baja.
—Ya sé que a ti te gusta, pero a mí no —repito, negándome a perder la
confianza en mi voz. Una parte de mí me da una palmadita en la espalda y
después pone los ojos en blanco porque no se cree lo que estoy diciendo.
—Y ¿qué pinto yo en toda esta mierda de tu independencia?
—Sólo te pido que sigas haciendo lo mismo que hasta ahora. Debo ser capaz
de tomar decisiones sin pensar en si me darás tu permiso o en qué opinarás al
respecto.
—Está claro que no has pensado que necesitas mi permiso ahora, o no harías
la mitad de lo que haces.
No quiero discutir.
—Hardin —le advierto—. Esto es importante para mí. Necesito ser capaz de
pensar por mí misma. Deberíamos ser compañeros…, iguales, ninguno de
nosotros debería tener más… poder que el otro. —Tengo que hacerlo. Esto forma
parte de quién soy o de quién quiero ser. Estoy esforzándome mucho por
averiguar quién soy por mi cuenta, con o sin Hardin.
—¿Iguales? ¿Poder? Es evidente que tú tienes mucho más poder. O sea…,
venga ya…
—No es sólo por mí…, también ha sido bueno para ti, reconócelo.
—Supongo que sí, pero ¿qué dice de nosotros el hecho de que sólo nos vaya
bien cuando estamos en ciudades diferentes? —pregunta, pronunciando en voz
alta lo que me ha estado preocupando desde que llegó.
—Eso y a lo pensaremos más adelante.
—Claro.
Pone los ojos en blanco pero suaviza el gesto besándome en la frente.
—¿Recuerdas lo que dijiste acerca de que había una diferencia entre amar a
alguien y no ser capaz de vivir sin él? —pregunto.
—No quiero volver a oír eso nunca más.
Le aparto el flequillo húmedo de la frente.
—Tú fuiste el que lo dijo —le recuerdo. Mis dedos recorren el puente de su
nariz y siguen hasta sus labios hinchados—. He estado pensando mucho al
respecto —admito.
Hardin gime.
—¿Por qué?
—Porque lo dijiste por una razón, ¿verdad?
—Estaba cabreado, eso es todo. Ni siquiera tenía idea de lo que significaba.
Sólo me estaba comportando como un capullo.
—Bueno, sea como sea, yo he seguido pensando en ello. —Mi dedo golpea
suavemente la punta de la nariz.
—Pues desearía que no lo hicieras porque no hay diferencia entre ambas. —
Sus palabras caen lentamente entre nosotros, su tono es pensativo.
—¿Y eso?
Me dedica una pequeña sonrisa.
—Yo no puedo vivir sin ti y te quiero. Las dos cosas van de la mano. Si
pudiera vivir sin ti, no estaría tan enamorado de ti como lo estoy, y es evidente
que no puedo estar alejado de ti.
—Eso parece.
Contengo la risa que amenaza con surgir.
Él nota que estoy más tranquila.
—Sé que no estás hablando de mí… Tú casi te rompiste la crisma corriendo
para saltarme encima cuando llegué.
Incluso en la oscuridad de la habitación puedo ver su amplia sonrisa y
contengo la respiración al reparar en su cruda belleza. Cuando está así, con la
guardia baja y actuando de forma natural, no existe nadie mejor en mi mundo.
—¡Sabía que acabarías echándomelo en cara! —Le doy un manotazo en el
pecho y sus largos dedos se cierran sobre mi muñeca.
—¿Intentas volver a ponerte violenta conmigo? Mira lo que pasó la última vez.
Levanta la cabeza del colchón y el fuego empieza a bajar por mi cuerpo
hasta anidar entre mis ya doloridos muslos.
—¿Puedes quedarte un día más? —pregunto, ignorando su comentario sobre
ponerme violenta. Necesito saber si voy a tener más tiempo con él mañana para
poder pasar el resto de la mañana…, bueno, siendo violentos—. Por favor… —
añado escondiendo la cabeza en el hueco de su cuello.
—Vale —concede. Puedo notar cómo su mandíbula se mueve al sonreír
contra mi frente—. Pero sólo si vuelves a vendarme los ojos.
En un solo movimiento me rodea con los brazos y rueda para poner mi
cuerpo bajo el suy o, y segundos después nos perdemos el uno en el otro… una y
otra vez…
CAPÍTULO 100
Hardin
Cuando entro en la cocina, Kimberly está sentada frente a la barra de desayuno.
No se ha maquillado y lleva el pelo recogido hacia atrás. Creo que no la había
visto nunca sin una tonelada de porquería en la cara, y juro por Vance que he
pensado en esconderle esa mierda porque está mucho mejor sin ella.
—Vaya, mira quién se ha levantado por fin —dice en tono alegre.
—Sí, sí —gruño pasando junto a ella, y voy directo a la cafetera que está en
una esquina de la encimera de granito oscuro.
—¿A qué hora te vas? —me pregunta mientras picotea un bol con lechuga.
—Me iré mañana, si no te importa. ¿O quieres que me vay a ya? —Lleno una
taza con café y me vuelve para mirarla.
—Claro que puedes quedarte. —Sonríe—. Siempre que no te estés
comportando como un capullo con Tessa.
—No lo estoy haciendo. —Pongo los ojos en blanco cuando Vance entra en la
habitación—. A ésta sí que tienes que atarla corto, puede que hasta ponerle un
bozal —le digo.
Su prometido suelta una risotada mientras Kimberly me mira levantando el
dedo corazón.
—Eso es clase —me burlo.
—Te veo de muy buen humor. —Christian sonríe con malicia y Kimberly lo
fulmina con la mirada.
¿De qué coño va todo esto?
—¿Te preguntas por qué puede ser? —añade, y ella le da un codazo.
—Christian… —lo regaña.
Él niega con la cabeza y levanta la mano para impedir que repita el ataque
juguetón.
—Seguramente porque echaba de menos a Tessa —sugiere Kimberly, que
sigue a Christian con la mirada mientras rodea la enorme isla de la cocina para
coger un plátano del frutero.
Sus ojos brillan divertidos mientras pela la fruta.
—Creo que eso lo arreglan los ejercicios de madrugada.
Se me hiela la sangre.
—¿Cómo has dicho?
—Tranquilo…, apagó la cámara antes de que empezara lo bueno —me
asegura Kimberly.
¿Una cámara?
Mierda. Está claro que este capullo debe de tener una cámara en el
gimnasio… Joder, seguramente todos los accesos a las habitaciones principales
están equipados con cámaras de seguridad. Siempre ha sido más paranoico de lo
que aparenta su actitud pasota.
—¿Qué viste? —gruño intentando contener la rabia.
—Nada. Sólo que Tessa entraba en la sala… y prefirió no seguir mirando…
—Kimberly reprime una sonrisa y un gran alivio recorre mi cuerpo.
Estaba demasiado inmerso en lo que pasaba, inmerso en Tessa, como para
pensar en chorradas como cámaras de seguridad.
—Y ¿qué hacías tú viendo esas imágenes? —le digo a Vance frunciendo el
ceño—. Es un poco rarito que me mires mientras hago ejercicio.
—No seas creído. Estaba comprobando el monitor de la cocina porque
fallaba, y el del gimnasio resultó ser el que se veía al lado justo en ese momento.
—Ya —exclamo alargando la palabra.
—Hardin se va a quedar otra noche. No pasa nada, ¿no? —le pregunta Kim.
—Claro que no pasa nada. De todas formas, no entiendo por qué no has
movido el culo hasta aquí para quedarte. Sabes que te pagaría más que en
Bolthouse.
—No lo hiciste la primera vez, ése fue el problema —le recuerdo con una
mueca de suficiencia.
—Eso es porque acababas de empezar la universidad por aquel entonces.
Tuviste suerte de tener unas prácticas remuneradas, por no hablar de un trabajo
real, sin tener una titulación. —Se encoge de hombros, intentando desechar mi
argumento. Yo cruzo los brazos a la defensiva.
—En Bolthouse no opinan lo mismo.
—Son gilipollas. ¿Tengo que recordarte que sólo en el último año la editorial
Vance los ha superado de largo? He abierto una sede en Seattle y tengo pensado
abrir otra en Nueva Yorkel año que viene.
—¿Tanto fanfarroneo es por algo? —le pregunto.
—Sí. Que Vance es mejor, más grande, y resulta que también es donde ella
trabaja.
No hace falta que diga el nombre de Tessa para que sienta el peso de sus
palabras.
—Te graduarás el próximo trimestre; no tomes una decisión impulsiva ahora
que podría afectar al resto de tu carrera antes de que empiece siquiera.
Le da un bocado a la fruta que tiene en la mano y yo lo miro con el ceño
fruncido intentando encontrar una respuesta cortante, aunque parece que no
encuentro ninguna.
—Bolthouse tiene una sede en Londres.
Me mira con burlona incredulidad.
—¿Quién va a volver a Londres? ¿Tú? —replica sin ocultar el sarcasmo en su
voz.
—Puede. Es lo que planeaba, y sigo pensando en ello.
—Sí, yo también. —Mira a su futura esposa—. No volverás a vivir allí, ni yo
tampoco.
Kimberly se pone colorada y se derrite al oír esas palabras, y yo llego a la
conclusión de que son la pareja más repulsiva que he conocido. Puedes notar lo
mucho que se quieren al verlos interactuar. Es incómodo y molesto.
—Demostrado —ríe Christian.
—No estoy de acuerdo contigo —le digo.
—Sí —Kimberly se mete como la buena tocapelotas que es—, pero tampoco
estás en total desacuerdo.
Sin mediar palabra, cojo mi taza de café y mis pelotas y me las llevo lo más
lejos de ella que puedo.
Hardin
Sé exactamente lo que le estoy haciendo. Sé lo mucho que le gusta mi boca sucia
y, cuando la miro, ni siquiera se molesta en ocultarlo.
—Estás siendo tan buena chica… —le digo con una oscura sonrisa,
arrancándole un gemido sin apenas tener que rozar su ardiente piel—. Dime qué
deseas —le susurro al oído. Prácticamente puedo oír su pulso errático bajo la
piel. La estoy volviendo loca, y me encanta.
—A ti —dice ella desesperada.
—Quiero hacerlo lentamente. Quiero que sientas cada momento que has
pasado lejos de mí.
Tiro de su pantalón de pijama y le dedico una mirada autoritaria. Sin
pronunciar una palabra, ella asiente y se lo baja. Entonces engancho sus
braguitas de algodón con los pulgares y tiro de ellas hacia mí. Sus ojos se abren
en la oscuridad, sus labios están rosados e hinchados. La fuerza de mi
movimiento la acerca a mí y ella se aferra con las manos a mis brazos,
clavándome sus preciosos dedos.
—Coge el condón —me recuerda.
Joder, están al otro lado del pasillo, en la habitación que nadie debería haber
creído que utilizaría teniendo a Tessa sólo a dos metros de distancia. Sin embargo,
curiosamente, la mesilla de noche estaba bien surtida de preservativos al llegar.
—Coge tú el condón —replico juguetón, sabiendo que ni de coña voy a
dejarla cruzar ese pasillo medio desnuda. Suavemente, pongo las manos bajo su
espalda y desabrocho su sujetador, después le bajo los tirantes y lo dejo todo en
el suelo detrás de nosotros.
—El cond… —comienza a recordarme ella.
Pero su propio jadeo cortante interrumpe sus pensamientos cuando succiono
sus recién expuestos pezones. Es tan sensible a mi toque…, y quiero saborear
cada segundo de ella.
—Shhh… —la silencio mordisqueando su piel.
Pero tras un momento, me pongo en pie. No gasto mi tiempo vistiéndome, al
menos yo llevo el bóxer…, y aunque no lo llevara tampoco perdería el tiempo
vistiéndome ahora mismo.
Regreso al dormitorio con cuatro condones en la mano. Soy un poco
ambicioso y me gusta estar siempre preparado, pero por la forma en que Tessa
se está comportando esta noche, podríamos llegar a necesitar el cajón entero.
—Te he echado de menos —comenta dulcemente con una sonrisa tímida. Y
entonces aparece un destello de vergüenza en sus ojos cuando comprende que lo
ha dicho en voz alta.
—Y y o a ti —le contesto, y suena tan cursi como sabía que sonaría.
Sin más preámbulos, me quito el bóxer y me reúno con ella en la cama.
Tessa está sentada con la espalda contra la cabecera de la cama y las rodillas
ligeramente dobladas. Está completamente desnuda; sólo las sábanas de color
crema le cubren los muslos, fundiéndose con su cremosa piel.
Tengo que controlarme ante semejante visión, detenerme para no saltar
literalmente sobre ella, arrancarle la sábana que la cubre y tomar lo que es mío.
Esta noche…, bueno, ya es de madrugada más bien…, quiero ir despacio y no
voy a correr.
Sonrío y contemplo a la mujer en nuestro aposento. Ella me devuelve la
mirada; sus ojos son amables y cálidos, sus mejillas están teñidas de un rosa
profundo. Cuando me reúno con ella en la cama, sus ansiosas manos se mueven
directamente hacia la cinturilla de mi bóxer, y me lo bajan hasta los muslos. Sus
pies acaban de hacer el trabajo y me toma en la mano, apretando suavemente.
—Joder —siseo, y por un momento lo único que existe para mí es su
contacto.
Tessa comienza a bombear, su pequeña muñeca se retuerce ligeramente al
moverse arriba y abajo, y me encanta la forma en que parece saber cómo
tocarme exactamente. Cuando se tumba, su mano continúa moviéndose con un
ritmo perfecto, y le paso el condón, al tiempo que le digo en silencio qué debe
hacer a continuación.
Ella asiente y se apresura a obedecer. Mientras el látex me va cubriendo yo
nos maldigo en silencio, a ella y a mí, por no haber seguido con la idea de la
píldora. La sensación de piel con piel con ella es celestial, y ahora que lo he
sentido lo deseo más y más.
Tessa se sube encima de mí a toda prisa, cabalgándome la cintura; mi polla
está sólo a un suspiro de entrar en ella.
—Espera… —La detengo, le rodeo el talle con las manos y vuelvo a
tumbarla con delicadeza sobre el colchón a mi lado.
La confusión aparece en sus preciosos ojos.
—¿Qué pasa?
—Nada…, sólo que antes quiero besarte un poco más —le aseguro, y le
pongo una mano en la nuca para acercar su cara a la mía.
Mi boca cubre la suy a y desciendo sobre su cuerpo, obligándome a ir
lentamente. Con su cuerpo desnudo apretado contra el mío, tengo que tomarme
un momento para dar las gracias por el hecho de que, a pesar de toda la mierda
por la que le he hecho pasar, ella sigue aquí, siempre está aquí, y ya va siendo
hora de que la compense por ello. Apoyo mi peso en un brazo y me tumbo
encima de ella, abriéndole las piernas con las rodillas.
—Te quiero…, te quiero tanto… Aún lo sabes, ¿verdad? —le pregunto entre
caricia y caricia de mi lengua sobre la suya.
Ella asiente, pero por un terrible momento la cara de Zed aparece en mi
mente. Su confesión de amor por mi Tessa y su agradecida aceptación. « Yo
también te quiero» , había gemido ella.
Un lento escalofrío me recorre y me detengo.
Al notar mis dudas, ella pasa los dedos entre mis rebeldes cabellos y su boca
toma posesión de la mía.
—Vuelve a mí —me suplica.
Eso es todo cuanto necesito.
Todo desaparece excepto la suavidad de su cuerpo bajo el mío, la humedad
entre sus piernas mientras la penetro lentamente. La sensación es exquisita. No
importa cuántas veces la tome, nunca serán suficientes.
—Te quiero. —Tessa repite las palabras y yo paso un brazo bajo su cuerpo
para que estemos tan pegados el uno al otro como sea posible.
Me lamo los labios y vuelvo a enterrar la cara en su cuello, susurrándole
guarradas al oído y moviéndome para besarla cada vez que gime mi nombre.
Siento que la ola de presión sube por mi espalda encendiendo cada puta
vértebra. Las uñas de Tessa se clavan en mi piel, justo entre los hombros, como si
estuviera intentando alcanzar las palabras tatuadas en ella. Esas palabras
dedicadas a ella y sólo a ella.
« Ya nada podrá separarme de ti» , dicen. Voy a hacer todo lo posible para
mantener esa promesa permanentemente.
Me inclino para mirarla. Una mano aún reposa bajo su espalda; la otra
recorre su torso, pasa sobre sus pechos y descansa en su garganta.
—Dime cómo te sientes —le pido con un gruñido.
Casi no puedo contener el placer que me recorre por dentro. Quiero
mantenerlo ahí para los dos, hacerlo durar. Quiero crear este espacio que los dos
podamos habitar.
Acelero mis movimientos y ella baja una mano para aferrarse a las sábanas.
Cada pecaminoso giro de mis caderas, cada embestida violenta contra su cuerpo
hambriento intensifica y sella irremediablemente el poder de ella sobre mí.
—Tan bien, Hardin… Me siento tan bien… —Su voz es espesa y ronca, y
devoro el resto de sus gemidos como el ansioso bastardo que soy.
Noto que su cuerpo comienza a tensarse y no puedo aguantar más. Con un
suave grito de su nombre, me corro en el condón con empujones lentos y
desacompasados antes de derrumbarme, casi sin respiración, junto a ella.
Extiendo una mano para atraer su cuerpo hacia el mío y, cuando abro los
ojos, veo que una fina capa de sudor cubre su piel sedosa, tiene los ojos abiertos
y está mirando el ventilador del techo.
—¿Estás bien? —le pregunto. Sé que he sido un poco bruto hacia el final, pero
también sé lo mucho que le gusta que lo sea.
—Sí, claro.
Se inclina para depositar un beso sobre mi pecho desnudo y salta de la cama.
Gimo decepcionado cuando veo que se pone su camiseta blanca por la cabeza,
cubriendo su cuerpo.
—Aquí tienes tu diadema. —Sonríe, orgullosa de su comentario irónico, y me
lanza la camiseta sudada que me até alrededor de la cabeza en el gimnasio.
Enrollo la tela y me la vuelvo a poner en la cabeza sólo para ver cómo
reacciona.
—¿No te gusta? —pregunto, y ella se ríe.
—De hecho, sí.
Tessa está montando todo un espectáculo mientras se inclina para recoger sus
braguitas negras del suelo y se las sube hasta los muslos. Cuando agita el cuerpo
resulta maravillosamente evidente que no lleva sujetador.
—Bien, es más fácil así —digo señalando el recogido de mi cabeza.
De verdad que necesito un puto corte de pelo, pero siempre me lo ha hecho la
amiga de Steph, una tipa con el pelo color lavanda llamada Mads. La sangre me
empieza a arder al pensar en Steph. Esa estúpida y jodida…
—¡Tierra llamando a Hardin!
La voz de Tessa me saca de mis pensamientos llenos de odio. Levanto la
cabeza hacia ella.
—Lo siento —digo.
Con el pijama otra vez puesto, se acurruca junto a mí y, lo que es más
extraño, coge el mando a distancia de la tele y empieza a zapear intentando
encontrar algo para ver. Estoy un poco mareado, así que agradezco tener unos
momentos para recuperarme, pero tras varios minutos así me doy cuenta de que
ella ha suspirado varias veces. Y, cuando la miro, hay un profundo ceño en su
cara, como si encontrar un buen programa para ver fuera más frustrante de lo
que debería.
—¿Algo va mal? —pregunto.
—No —miente ella.
—Dímelo —la presiono, y ella deja escapar el aire.
—No es nada…, sólo estoy un poco… —Sus mejillas enrojecen—. Tensa.
—¿Tensa? Después de esto deberías estar de todo menos tensa —replico, y
me aparto un poco para mirarla.
—Es que no…, ya sabes. Yo no… —tartamudea.
Su timidez nunca deja de sorprenderme. Un minuto está gimiendo en mi oído
que la folle con más fuerza, más rápido y más profundo, y al siguiente ni siquiera
puede formar una frase.
—Suéltalo —exijo.
—No he acabado.
—¿Qué? —Me atraganto.
¿Cómo he podido estar tan consumido por mi propio placer como para no
notar que ella no se corría?
—Paraste justo antes… —explica en voz baja.
—¿Por qué no me lo habías dicho? Ven aquí. —Tiro de su camiseta para
quitársela por la cabeza.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta, con evidente excitación en su tono.
—Shhh…
En realidad no sé qué voy a hacer… Quiero volver a hacerle el amor, pero
necesito más tiempo para recuperarme.
« Espera…, y a lo tengo.»
—Vamos a hacer algo que sólo hemos hecho una vez. —Sonrío con malicia y
sus ojos se abren aún más—. Porque, y a sabes, la práctica lleva a la perfección.
—¿Qué es? —pregunta, y en un segundo su excitación se ve reemplazada por
el nerviosismo.
Me tumbo apoy ando el peso en los codos y le hago gestos para que se
acerque.
—No lo entiendo —dice ella.
—Ven, pon los muslos aquí —y palmeo el espacio a ambos lados de mi
cabeza.
—¿Qué?
—Tessa, ven y siéntate sobre mi cara para que pueda comértelo como es
debido —le explico clara y lentamente.
—Oh —exclama ella.
Veo la duda en sus ojos y extiendo una mano para apagar la luz. Quiero que
se sienta lo más cómoda posible. A pesar de la oscuridad, aún alcanzo a distinguir
la suave silueta de su cuerpo, la plenitud de su pecho, la curva sexi de sus
caderas.
Tessa se quita las braguitas y en cuestión de segundos está siguiendo mis
instrucciones y arrodillándose sobre mí.
—Menudas vistas tengo aquí —bromeo, y mi visión desaparece. Me acaba de
bajar mi camiseta sobre los ojos.
—Bueno, así resulta incluso más excitante. —Sonrío contra sus muslos. Ella
me golpea la cabeza de broma—. En serio…, es de lo más sexi —añado.
La oigo reír en la oscuridad y levanto las manos hasta sus caderas, guiando
sus movimientos. Una vez mi lengua la toca, ella empieza a moverse a su propio
ritmo, tirándome del pelo y susurrando mi nombre hasta que se pierde en el
placer que le estoy dando.
CAPÍTULO 99
Tessa
Vuelvo a la realidad, despacio, de mala gana, pero feliz de que Hardin esté
tumbado a mi lado.
—Eh. —Sonríe, besándome en los labios.
Me río: es un sonido perezoso, no quiero moverme. Tengo el cuerpo algo
dolorido, pero de la mejor manera posible.
—Ojalá no te fueras mañana —musito mientras paso la punta de los dedos
por una de las ramas de su tatuaje. El árbol es oscuro, inquietante e intrincado.
Me pregunto: si Hardin se hiciera el tatuaje ahora, ¿volvería a tatuarse ese árbol
muerto? O ahora que está más contento, más animado, ¿habría algunas hojas en
las ramas?
—Ojalá —me responde simplemente.
No puedo ocultar la desesperación tras mi súplica cuando añado:
—Entonces, no lo hagas.
Los dedos de Hardin se extienden por mi espalda y aprieta mi cuerpo
desnudo aún más contra el suyo.
—No quiero hacerlo, pero sé que sólo lo estás diciendo porque acabo de
conseguir que te corras varias veces seguidas.
Un jadeo horrorizado escapa de mis labios.
—¡Eso no es verdad! —El cuerpo de Hardin se agita suavemente con una risa
asombrada—. Bueno, no es la única razón… Tal vez podríamos vernos los fines
de semana durante algún tiempo y ver qué tal funciona.
—¿Esperas que conduzca hasta aquí cada fin de semana?
—No todos. Yo también iría. —Inclino la cabeza para mirarlo a los ojos—.
Hasta ahora está funcionando.
—Tessa… —suspira él—. Ya te he dicho cómo me siento con esta mierda de
la relación a distancia.
Desvío la vista hasta el ventilador del techo, que gira lentamente en la
penumbra del dormitorio. En la tele están dando un episodio de « Friends» .
Rachel está vertiendo salsa en el bolso de Monica.
—Sí y, aun así, aquí estás —lo presiono.
Hardin suspira y me tira suavemente del pelo para obligarme a mirarlo de
nuevo.
—Touché.
—Bueno, creo que hay algún tipo de compromiso al que podríamos llegar,
¿no crees?
—¿Cuál es tu oferta? —pregunta en voz baja, cerrando los ojos durante unos
segundos y tomando aire.
—No lo sé exactamente…, dame un momento —le pido.
¿Qué le estoy ofreciendo en concreto? Permanecer distanciados el uno del
otro sería lo mejor para nuestra salud mental. Por mucho que mi corazón olvide
las cosas terribles por las que Hardin y yo hemos pasado, mi cerebro no me
permitirá rendir la poca dignidad que me queda.
Estoy en Seattle, siguiendo mi sueño, sola y sin apartamento a causa de la
naturaleza posesiva de Hardin y de la incapacidad de ambos de ceder sobre los
detalles más triviales.
—No lo sé —confieso finalmente cuando no puedo llegar a ninguna
sugerencia sólida.
—Vale, pero ¿aún me quieres por aquí? ¿Al menos durante los fines de
semana? —pregunta. Sus dedos juguetean con mi pelo.
—Sí.
—¿Cada fin de semana?
—La may oría. —Sonrío.
—¿Quieres que hablemos cada día por teléfono como hemos hecho esta
semana?
—Sí.
Me ha encantado la forma en que Hardin y yo hemos estado hablando por
teléfono, ninguno de los dos conscientes de los minutos y las horas que pasaban.
—Así que todo sería igual que ha sido esta semana. No sé si me convence —
dice.
—¿Por qué no?
Hasta ahora parecía haber funcionado también para él, ¿por qué se opone a
continuar de la misma manera?
—Porque, Tessa, estás en Seattle sin mí y no estamos realmente
juntos, podrías ver a otra persona, conocer a alguien…
—Hardin…
Me incorporo sobre un codo para mirarlo. Sus ojos se clavan en los míos
mientras un mechón de mis rizos rubios cae sobre su cara. Sin romper contacto
visual o parpadear siquiera, sus dedos se mueven para colocarme el cabello tras
la oreja.
—No planeo ver o conocer a nadie. Todo cuanto busco es algo de
independencia y que seamos capaces de comunicarnos.
—¿Por qué de repente es tan importante para ti la independencia? —pregunta.
Su pulgar y su índice acarician el borde de mi oreja, enviando un escalofrío
por toda mi espalda. Si lo que intenta es distraerme, lo está consiguiendo.
A pesar de su suave toque y de sus ardientes ojos de jade, continúo mi
cruzada para hacerle entender lo que necesito.
—No es algo repentino. Te lo había mencionado antes. Tampoco había notado
lo dependiente que me he vuelto de ti hasta hace poco, y no me gusta. No me
gusta ser así.
—Amí sí —dice en voz baja.
—Ya sé que a ti te gusta, pero a mí no —repito, negándome a perder la
confianza en mi voz. Una parte de mí me da una palmadita en la espalda y
después pone los ojos en blanco porque no se cree lo que estoy diciendo.
—Y ¿qué pinto yo en toda esta mierda de tu independencia?
—Sólo te pido que sigas haciendo lo mismo que hasta ahora. Debo ser capaz
de tomar decisiones sin pensar en si me darás tu permiso o en qué opinarás al
respecto.
—Está claro que no has pensado que necesitas mi permiso ahora, o no harías
la mitad de lo que haces.
No quiero discutir.
—Hardin —le advierto—. Esto es importante para mí. Necesito ser capaz de
pensar por mí misma. Deberíamos ser compañeros…, iguales, ninguno de
nosotros debería tener más… poder que el otro. —Tengo que hacerlo. Esto forma
parte de quién soy o de quién quiero ser. Estoy esforzándome mucho por
averiguar quién soy por mi cuenta, con o sin Hardin.
—¿Iguales? ¿Poder? Es evidente que tú tienes mucho más poder. O sea…,
venga ya…
—No es sólo por mí…, también ha sido bueno para ti, reconócelo.
—Supongo que sí, pero ¿qué dice de nosotros el hecho de que sólo nos vaya
bien cuando estamos en ciudades diferentes? —pregunta, pronunciando en voz
alta lo que me ha estado preocupando desde que llegó.
—Eso y a lo pensaremos más adelante.
—Claro.
Pone los ojos en blanco pero suaviza el gesto besándome en la frente.
—¿Recuerdas lo que dijiste acerca de que había una diferencia entre amar a
alguien y no ser capaz de vivir sin él? —pregunto.
—No quiero volver a oír eso nunca más.
Le aparto el flequillo húmedo de la frente.
—Tú fuiste el que lo dijo —le recuerdo. Mis dedos recorren el puente de su
nariz y siguen hasta sus labios hinchados—. He estado pensando mucho al
respecto —admito.
Hardin gime.
—¿Por qué?
—Porque lo dijiste por una razón, ¿verdad?
—Estaba cabreado, eso es todo. Ni siquiera tenía idea de lo que significaba.
Sólo me estaba comportando como un capullo.
—Bueno, sea como sea, yo he seguido pensando en ello. —Mi dedo golpea
suavemente la punta de la nariz.
—Pues desearía que no lo hicieras porque no hay diferencia entre ambas. —
Sus palabras caen lentamente entre nosotros, su tono es pensativo.
—¿Y eso?
Me dedica una pequeña sonrisa.
—Yo no puedo vivir sin ti y te quiero. Las dos cosas van de la mano. Si
pudiera vivir sin ti, no estaría tan enamorado de ti como lo estoy, y es evidente
que no puedo estar alejado de ti.
—Eso parece.
Contengo la risa que amenaza con surgir.
Él nota que estoy más tranquila.
—Sé que no estás hablando de mí… Tú casi te rompiste la crisma corriendo
para saltarme encima cuando llegué.
Incluso en la oscuridad de la habitación puedo ver su amplia sonrisa y
contengo la respiración al reparar en su cruda belleza. Cuando está así, con la
guardia baja y actuando de forma natural, no existe nadie mejor en mi mundo.
—¡Sabía que acabarías echándomelo en cara! —Le doy un manotazo en el
pecho y sus largos dedos se cierran sobre mi muñeca.
—¿Intentas volver a ponerte violenta conmigo? Mira lo que pasó la última vez.
Levanta la cabeza del colchón y el fuego empieza a bajar por mi cuerpo
hasta anidar entre mis ya doloridos muslos.
—¿Puedes quedarte un día más? —pregunto, ignorando su comentario sobre
ponerme violenta. Necesito saber si voy a tener más tiempo con él mañana para
poder pasar el resto de la mañana…, bueno, siendo violentos—. Por favor… —
añado escondiendo la cabeza en el hueco de su cuello.
—Vale —concede. Puedo notar cómo su mandíbula se mueve al sonreír
contra mi frente—. Pero sólo si vuelves a vendarme los ojos.
En un solo movimiento me rodea con los brazos y rueda para poner mi
cuerpo bajo el suy o, y segundos después nos perdemos el uno en el otro… una y
otra vez…
CAPÍTULO 100
Hardin
Cuando entro en la cocina, Kimberly está sentada frente a la barra de desayuno.
No se ha maquillado y lleva el pelo recogido hacia atrás. Creo que no la había
visto nunca sin una tonelada de porquería en la cara, y juro por Vance que he
pensado en esconderle esa mierda porque está mucho mejor sin ella.
—Vaya, mira quién se ha levantado por fin —dice en tono alegre.
—Sí, sí —gruño pasando junto a ella, y voy directo a la cafetera que está en
una esquina de la encimera de granito oscuro.
—¿A qué hora te vas? —me pregunta mientras picotea un bol con lechuga.
—Me iré mañana, si no te importa. ¿O quieres que me vay a ya? —Lleno una
taza con café y me vuelve para mirarla.
—Claro que puedes quedarte. —Sonríe—. Siempre que no te estés
comportando como un capullo con Tessa.
—No lo estoy haciendo. —Pongo los ojos en blanco cuando Vance entra en la
habitación—. A ésta sí que tienes que atarla corto, puede que hasta ponerle un
bozal —le digo.
Su prometido suelta una risotada mientras Kimberly me mira levantando el
dedo corazón.
—Eso es clase —me burlo.
—Te veo de muy buen humor. —Christian sonríe con malicia y Kimberly lo
fulmina con la mirada.
¿De qué coño va todo esto?
—¿Te preguntas por qué puede ser? —añade, y ella le da un codazo.
—Christian… —lo regaña.
Él niega con la cabeza y levanta la mano para impedir que repita el ataque
juguetón.
—Seguramente porque echaba de menos a Tessa —sugiere Kimberly, que
sigue a Christian con la mirada mientras rodea la enorme isla de la cocina para
coger un plátano del frutero.
Sus ojos brillan divertidos mientras pela la fruta.
—Creo que eso lo arreglan los ejercicios de madrugada.
Se me hiela la sangre.
—¿Cómo has dicho?
—Tranquilo…, apagó la cámara antes de que empezara lo bueno —me
asegura Kimberly.
¿Una cámara?
Mierda. Está claro que este capullo debe de tener una cámara en el
gimnasio… Joder, seguramente todos los accesos a las habitaciones principales
están equipados con cámaras de seguridad. Siempre ha sido más paranoico de lo
que aparenta su actitud pasota.
—¿Qué viste? —gruño intentando contener la rabia.
—Nada. Sólo que Tessa entraba en la sala… y prefirió no seguir mirando…
—Kimberly reprime una sonrisa y un gran alivio recorre mi cuerpo.
Estaba demasiado inmerso en lo que pasaba, inmerso en Tessa, como para
pensar en chorradas como cámaras de seguridad.
—Y ¿qué hacías tú viendo esas imágenes? —le digo a Vance frunciendo el
ceño—. Es un poco rarito que me mires mientras hago ejercicio.
—No seas creído. Estaba comprobando el monitor de la cocina porque
fallaba, y el del gimnasio resultó ser el que se veía al lado justo en ese momento.
—Ya —exclamo alargando la palabra.
—Hardin se va a quedar otra noche. No pasa nada, ¿no? —le pregunta Kim.
—Claro que no pasa nada. De todas formas, no entiendo por qué no has
movido el culo hasta aquí para quedarte. Sabes que te pagaría más que en
Bolthouse.
—No lo hiciste la primera vez, ése fue el problema —le recuerdo con una
mueca de suficiencia.
—Eso es porque acababas de empezar la universidad por aquel entonces.
Tuviste suerte de tener unas prácticas remuneradas, por no hablar de un trabajo
real, sin tener una titulación. —Se encoge de hombros, intentando desechar mi
argumento. Yo cruzo los brazos a la defensiva.
—En Bolthouse no opinan lo mismo.
—Son gilipollas. ¿Tengo que recordarte que sólo en el último año la editorial
Vance los ha superado de largo? He abierto una sede en Seattle y tengo pensado
abrir otra en Nueva Yorkel año que viene.
—¿Tanto fanfarroneo es por algo? —le pregunto.
—Sí. Que Vance es mejor, más grande, y resulta que también es donde ella
trabaja.
No hace falta que diga el nombre de Tessa para que sienta el peso de sus
palabras.
—Te graduarás el próximo trimestre; no tomes una decisión impulsiva ahora
que podría afectar al resto de tu carrera antes de que empiece siquiera.
Le da un bocado a la fruta que tiene en la mano y yo lo miro con el ceño
fruncido intentando encontrar una respuesta cortante, aunque parece que no
encuentro ninguna.
—Bolthouse tiene una sede en Londres.
Me mira con burlona incredulidad.
—¿Quién va a volver a Londres? ¿Tú? —replica sin ocultar el sarcasmo en su
voz.
—Puede. Es lo que planeaba, y sigo pensando en ello.
—Sí, yo también. —Mira a su futura esposa—. No volverás a vivir allí, ni yo
tampoco.
Kimberly se pone colorada y se derrite al oír esas palabras, y yo llego a la
conclusión de que son la pareja más repulsiva que he conocido. Puedes notar lo
mucho que se quieren al verlos interactuar. Es incómodo y molesto.
—Demostrado —ríe Christian.
—No estoy de acuerdo contigo —le digo.
—Sí —Kimberly se mete como la buena tocapelotas que es—, pero tampoco
estás en total desacuerdo.
Sin mediar palabra, cojo mi taza de café y mis pelotas y me las llevo lo más
lejos de ella que puedo.
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